Tito Livio, La historia de Roma – Libro XXXVII (Ab Urbe Condita)

Tito Livio, La historia de Roma - Libro trigesimoséptimo: Derrota final de Antíoco. (Ab Urbe Condita).

La historia de Roma

Tito Livio

Tito Livio (59 a. C. – 17 d. C.) fue un escritor romano de finales de la República y principios del Imperio hoy famoso por su monumental trabajo sobre la Historia de Roma desde su fundación, o, en latín, Ab Urbe Condita Libri (Libros desde la fundación de la Ciudad). Nacido en la actual Padua, se muda con fines académicos a Roma a la edad de 24 años, ciudad donde es encargado con la educación de Claudio, el futuro emperador. Su obra original comprende los tiempos que van desde la fundación de Roma en 753 a. C. hasta la muerte de Druso el Mayor en 9 a. C. Solo un cuarto de la obra ha llegado a nuestros días (35 de 142 libros) habiéndose el resto de los mismos perdido en las arenas del tiempo. Los libros que han llegado relativamente intactos a nuestros días son los libros I a X y XXI a XLV. Para mayor información sobre la obra, el contexto histórico y político de la misma e información sobre los libros perdidos y su hallazgo durante el medioevo, dirígete al siguiente artículo: La Historia de Roma desde su fundación.

La historia de Roma

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Libro trigesimoséptimo

Derrota final de Antíoco.

[37,1] -190 a.C.- Después que los nuevos cónsules hubieran asumido el cargo y cumplido sus obligaciones religiosas, la situación de los etolios se impuso en orden de precedencia sobre el resto de temas a debatir en el Senado. Sus embajadores presionaban para conseguir una audiencia, pues el periodo del armisticio estaba llegando a su fin, y resultaron apoyados por Tito Quincio, que había regresado a Roma por entonces. Sabiendo que tenían más que esperar de la clemencia del Senado que de la fuerza de su caso, adoptaron una actitud suplicante y presentaron sus buenos servicios anteriores como contrapeso a su reciente mal comportamiento. Sin embargo, estando en la Curia fueron asediados a preguntas por todas partes, pues los senadores trataban de obtener, más que respuestas concretas, una confesión de culpabilidad; después de ello se les ordenó que se retirasen e iniciaron un debate muy animado. El resentimiento contra ellos era más fuerte que la compasión, pues el Senado estaba encolerizado contra ellos no solo como enemigos, sino como gente feroz e indomable. El debate se prolongó por varios días, y finalmente se decidió que ni se les concedería, ni se les negaría la paz. Se les ofrecieron dos alternativas: o bien ponerse sin reservas en manos del Senado o pagar una multa de mil talentos y tener los mismos amigos y enemigos que Roma. Cuando trataron de obtener alguna idea sobre las cuestiones en las que estarían a disposición del Senado, no recibieron una respuesta definida. Se les despidió así, sin haber logrado la paz, y se les ordenó salir de Roma el mismo día y de Italia en quince días.

Nota: los nombres de las personas y los pueblos han sido castellanizados según las convenciones de la RAE. Las unidades de medición, no obstante, han sido conservadas. Puede utilizar la siguiente tabla de equivalencias como referencia.

A continuación se trató de las provincias consulares. Ambos cónsules querían Grecia. Lelio poseía una gran influencia en el Senado, y cuando se decidió que los cónsules echaran a suertes o llegaran a un acuerdo sobre sus provincias, observó que tanto él como su colega actuarían con mejor criterio dejando el asunto a juicio del Senado antes que a la suerte. Escipión dijo, en respuesta, que debía considerar qué debía hacer y, tras una conversación privada con su hermano [el Africano.-N. del T.], que insistía en que dejara el asunto en manos del Senado, dijo a su colega que haría como él aconsejaba. El modo en que procedieron fue novedoso, o bien, por su antigüedad, no había quedado registro de los precedentes; Publio Escipión Africano declaró que si el Senado decidía que Grecia fuera para su hermano Lucio, él serviría bajo sus órdenes. Esta declaración se encontró con la general aprobación y puso fin a cualquier discusión posterior. El Senado tenía curiosidad por descubrir quién recibiría mayor asistencia, si Antíoco del vencido Aníbal o el cónsul y las legiones de Roma de su vencedor Escipión; casi por unanimidad, decretó Grecia para Escipión e Italia para Lelio.

[37,2] A continuación, los pretores sortearon sus provincias. Lucio Aurunculeyo recibió la pretura urbana y Cneo Fulvio la peregrina; Lucio Emilio Regilo recibió el mando de la flota; Publio Junio Bruto recibió la administración de Etruria; Marco Tucio, Apulia y el Brucio; y Cayo Atinio, Sicilia. El cónsul al que se le había asignado Grecia, además del ejército de dos legiones que recibiría de Manio Acilio, se reforzaría con tres mil infantes romanos y cien jinetes, y tropas aliadas en número de cinco mil infantes y doscientos jinetes. Se decidió, además, que una vez hubiera llegado a su provincia podría, si lo consideraba conveniente, llevar su ejército a Asia. Al otro cónsul se le proporcionó un ejército completamente nuevo, dos legiones romanas y quince mil infantes y seiscientos jinetes de los aliados. Quinto Minucio había escrito para decir que su provincia estaba pacificada y que todos los ligures se habían rendido; se le ordenó entonces que llevara su ejército al territorio de los boyos y lo entregara al procónsul Publio Cornelio [Escipión Nasica.-N. del T.], que estaba tratando de expulsar a los boyos de los territorios que les habían sido confiscados. Las legiones urbanas que se habían alistado el año anterior debían ser entregadas al pretor Marco Tucio. Estas, reforzadas por quince mil infantes y seiscientos jinetes aliados y latinos, irían a ocupar Apulia y el Brucio. Aulo Cornelio, que había ejercido el mando en el Brucio el año anterior, recibió instrucciones para llevar sus legiones a Etolia, si el cónsul lo aprobaba, y entregarlas a Manio Acilio en caso de que este deseara permanecer allí; pero si Acilio prefería volver a Roma, Cornelio debería mantener ese ejército en Etolia. Se dispuso también que Cayo Atinio Labeón se hiciera cargo de la provincia de Sicilia y del ejército de ocupación que mandaba Marco Emilio, aumentándolo con refuerzos, si deseaba hacerlo, de la misma isla hasta un número de dos mil infantes y cien jinetes. Publio Junio Bruto debía alistar un nuevo ejército para servir en Etruria, consistente en una legión romana y diez mil infantes y cuatrocientos jinetes aliados. Lucio Emilio, a quien había correspondido el mando naval, debía recibir de su predecesor, Marco Junio, veinte buques de guerra con sus tripulaciones y alistar, además, mil marineros aliados y dos mil soldados de infantería. Con su flota así dispuesta, debía partir hacia Asia y hacerse cargo de la flota que había mandado Cayo Livio. Los pretores al mando en las dos Hispanias seguirían en sus cargos y mantendrían sus ejércitos. Sicilia y Cerdeña debían proporcionar cada una dos décimas partes de su cosecha anual de grano; todo el grano de Sicilia sería llevado a Etolia para uso del ejército, el de Cerdeña iría parcialmente a Roma y parcialmente a Etolia, como el de Sicilia.

[37,3] Antes que los cónsules partieran para sus provincias, se decidió que debían ser expiados varios portentos de acuerdo con las órdenes de los pontífices. El templo de Juno Lucina, en Roma, fue alcanzado por el fuego del cielo con tanta intensidad que quedó dañado el frontón y las grandes puertas. En Pozzuoli, una de las puertas y muchas partes de la muralla fueron igualmente alcanzados y murieron dos hombres. En Norcia [la antigua Nursia.-N. del T.] se constató que, estando el cielo despejado, estalló repentinamente una tormenta; también allí murieron dos hombres libres. Los tusculanos contaron que en su país había llovido tierra y en Rieti se contó que una mula había tenido un potro. Estos signos fueron debidamente expiados y se celebró otra vez el Festival Latino por no haber recibido los laurentes la porción de carne que debían recibir del sacrificio. Para disipar los temores religiosos que despertaron estos distintos incidentes, se ofreció una solemne rogativa a las deidades que indicaron los decenviros tras consultar los Libros Sagrados. Intervinieron en estas diez niños nacidos libres y diez doncellas, cuyos padres y madres estaban vivos, y los decenviros de los Libros Sagrados ofrecieron por la noche sacrificios de víctimas lactantes. Antes de su partida, Publio Cornelio Escipión erigió un arco en el Capitolio, frente al camino que subía hasta el templo, con siete estatuas humanas doradas y dos ecuestres. Colocó, así mismo, dos fuentes de mármol delante del arco. Por este tiempo, llegaron a Roma, traídos por dos cohortes enviadas por Manio Acilio, cuarenta y tres notables de los etolios entre los que se encontraban Damócrito y su hermano. A su llegada, fueron arrojados a las Lautumias; después, el cónsul Lucio Cornelio ordenó a las cohortes que regresaran con el ejército. Llegó una delegación de los reyes Ptolomeo y Cleopatra para congratularse por la expulsión de Antíoco de Grecia por el cónsul Acilio y para solicitar al Senado que enviase un ejército a Asia, pues no solo allí, sino también en Siria, existía una sensación general de alarma. Ambos soberanos declararon su disposición a llevar a cabo las órdenes del Senado, aprobándose para ellos un voto de agradecimiento. Cada miembro de la delegación recibió un regalo de cuatro mil ases [109 kilos de bronce.-N. del T.].

[37,4] Una vez finalizados los asuntos a tratar en Roma, Lucio Cornelio hizo notificar en la Asamblea que los hombres que había alistado como suplemento, y los que estaban con Aulo Cornelio en el Brucio, debían todos reunirse en Brindisi el quince de julio. También nombró tres generales [legados.-N. del T.], Sexto Digicio, Lucio Apustio y Cayo Fabricio Luscino, para que se hicieran cargo de los buques de todas partes de la costa y los reunieran en el mismo lugar; habiendo quedado ya completados todos los preparativos, partió de la Ciudad vistiendo el paludamento. Al menos cinco mil voluntarios, entre romanos y soldados aliados que habían cumplido su tiempo de servicio bajo Publio Africano como general, estaban esperando al cónsul en su lugar de partida y se alistaron de nuevo [«nomina dederunt» en el original latino, es decir, dieron sus nombres.-N. del T.]. En el momento de la partida del cónsul, mientras se estaban celebrando los Juegos Apolinares, el día se oscureció, aunque el cielo estaba despejado, al pasar la Luna bajo la órbita del Sol. También partió por entonces Lucio Emilio Regilo, para tomar el mando de la flota. El Senado encargó a Lucio Aurunculeyo la construcción de treinta quinquerremes y veinte trirremes. Se dio este paso con motivo de un informe que decía que, desde la anterior batalla naval, Antíoco estaba preparando una flota mucho mayor que la de aquella ocasión. Cuando los enviados Etolia regresaron llevando la nueva de que no había esperanza de paz, y pese a que los aqueos estaban asolando todas sus costas que daban al Peloponeso, consideraron más el peligro que los daños y, con el fin de bloquear su ruta, ocuparon el monte Córace, pues no dudaban que los romanos regresarían en primavera y pondrían sitio a Lepanto. Acilio sabía que esto era lo que esperaban y pensó que lo mejor sería hacer algo inesperado; así, inició un ataque contra Lamia. Este lugar había sido casi destruido por Filipo, y como los habitantes no esperaban la repetición de nada parecido, Acilio pensó que podría tener éxito mediante la sorpresa. Después de partir de Elacia, fijó su primer campamento en territorio enemigo en el Esperqueo; desde allí, hizo una marcha nocturna y al amanecer había rodeado completamente la plaza y atacó.

[37,5] Como era natural ante un ataque sorpresa, se produjo considerable confusión y pánico, pero presentaron una resistencia más recia de lo que nadie hubiera creído posible ante un peligro tan repentino. Los hombres lucharon en las murallas, las mujeres les llevaban piedras y proyectiles de toda clase, y aunque llegaron a situarse en muchos puntos de las murallas las escalas de asalto, la defensa resistió durante ese día. Hacia el mediodía, Acilio dio la señal de retirada y llevó a sus tropas de vuelta al campamento, donde repusieron fuerzas y descansaron. Antes de despedir a su estado mayor [«praetorium dimitteret», en el original latino, despedir a su pretorio.-N. del T.], advirtió a sus hombres que estuvieran armados y dispuestos antes de alba, diciéndoles que hasta que no se hubiera tomado la ciudad no lo haría regresar al campamento. Como el día anterior, lanzó varios ataques simultáneos; y como la fuerza, las armas y, sobre todo, el coraje de los defensores empezaran a flaquear, tomaron la ciudad en pocas horas. El botín allí capturado se vendió parcialmente y la otra parte se dividió entre los soldados. Después de la captura, se celebró un consejo de guerra para decidir qué se debía hacer a continuación. Nadie estuvo a favor de marchar hacia Lepanto mientras los etolios ocuparan el desfiladero del Córace. Sin embargo, para evitar perder el verano en la inacción y que los etolios disfrutaran de ella tras no haber logrado obtener la paz del Senado, Acilio decidió atacar Ámfisa [a unos 12 km. al noroeste de Delfos.-N. del T.]. Llevó al ejército hacia Heraclea, pasando sobre el Eta, y cuando llegó a la ciudad no intentó, como en Lamia, un asalto combinado sobre todo el perímetro de las murallas, sino que inició obras de asedio. Se llevaron los arietes contra varios puntos y, aunque las murallas estaban siendo batidas, los ciudadanos no hicieron ningún preparativo ni ingeniaron nada con lo que enfrentarse a aquel tipo de dispositivo. Todas sus esperanzas estaban puestas en sus armas y su valor; hacían frecuentes salidas y hostigaban los puestos contrarios, en especial a los hombres que se encontraban trabajando en las obras y los arietes.

[37,6] Sin embargo, las murallas habían sido derribadas en muchos lugares cuando llegaron noticias a Acilio de que su sucesor había desembarcado en Apolonia y avanzaba a través del Epiro y Tesalia. El cónsul venía con trece mil soldados de infantería y quinientos de caballería; ya había alcanzado el golfo Malíaco y había enviado un destacamento a Hípata para exigir la entrega de esa ciudad. La respuesta de sus habitantes fue que se negaban a hacerlo sin la sanción de toda la comunidad etolia. No queriendo perder el tiempo en el asedio de Hípata mientras aún continuaba el de Ámfisa, envió a su hermano, el Africano, por delante y marchó hacia Ámfisa. Ante su llegada, los ciudadanos abandonaron su ciudad, que por entonces estaba, en gran medida, desprovista de sus murallas, y se retiraron todos, combatientes y no combatientes, hacia la ciudadela que consideraban inexpugnable. El cónsul acampó a unas seis millas de distancia del lugar [8880 metros.-N. del T.]. Llegó entonces una delegación de Atenas para interceder por los etolios, que se dirigió primero a Publio Escipión, quien, como hemos dicho, se había adelantado, y después al cónsul. Recibieron una respuesta conciliadora del Africano, que tenía la vista puesta en Asia y Antíoco y trataba de hallar algún pretexto honorable para abandonar la guerra etolia. Les dijo que también debían tratar de convencer a los etolios, tanto como a los romanos, de que era preferible la paz a la guerra. Como consecuencia de las gestiones de los atenienses, pronto llegó una numerosa delegación de etolios y mantuvieron una entrevista con el Africano. Sus esperanzas de paz aumentaron significativamente por cuanto les dijo, pues les señaló cómo muchas tribus y pueblos de Hispania, y luego de África, se habían puesto bajo su protección y cómo él había dejado por doquiera recuerdos más notables de su clemencia y amabilidad que de sus éxitos militares. Cuando todo aparentaba haber llegado a su final, llegaron ante el cónsul, que les dio la misma respuesta con que habían sido despedidos del Senado. Este tratamiento inesperado resultó un duro golpe para los etolios, pues consideraban que nada habían ganado, ni con la intermediación de los atenienses, ni con la considerada respuesta del Africano. Dijeron, pues, que deseaban consultar con los suyos.

[37,7] Volvieron a Hípata sin ver la manera de salir de sus dificultades. No tenían fondos con los que pagar los mil talentos y temían que, de rendirse incondicionalmente, sufrirían castigo en sus personas. Así pues, encargaron a la misma delegación que regresaran con el cónsul y el Africano, y que les imploraran, si estaban realmente dispuestos a concederles la paz y no simplemente fingirlo y defraudar a unos desdichados, que rebajaran la suma que se les había señalado o que ordenaran que las personas de los ciudadanos no resultaran afectadas por la rendición incondicional. No lograron convencer al cónsul para que cambiara de opinión y la delegación regresó nuevamente sin lograr nada. La delegación de Atenas les siguió a Hípata. Los etolios estaban completamente desmoralizados después de tantos desaires y deploraban con inútiles lamentos la difícil fortuna de su nación; entonces, Equedemo, el líder de la delegación ateniense, les hizo levantar el ánimo al sugerirles que pidieran una tregua de seis meses durante la que pudieran mandar embajadores a Roma. El retraso, señaló, en modo alguno agravaría su actual sufrimiento, que ya había alcanzado un punto extremo, pero entretanto podrían suceder muchas cosas que lo aliviasen. Actuando según su consejo, enviaron nuevamente a los mismos delegados. Lograron inicialmente una entrevista con Publio Escipión, y por su mediación lograron del cónsul una tregua durante el tiempo que solicitaron.

Manio Acilio levantó el sitio de Ámfisa y, después de entregar su ejército al cónsul, abandonó la provincia. El cónsul regresó desde a Tesalia, con la intención de marchar a través de Macedonia y Tracia hacia Asia. Ámfisa En este sentido, el Africano hizo la siguiente observación a su hermano: «Apruebo completamente la ruta que estás eligiendo, Lucio Escipión, pero todo depende de la actitud de Filipo. Si nos es fiel, nos dejará paso libre y nos proporcionará suministros y todo lo necesario para un ejército durante una larga marcha. Si no nos ayuda, no encontrarás parte alguna segura en Tracia. Creo, por tanto, que nos debemos asegurar de las intenciones del rey. Para ello, lo mejor sería que un enviado tuyo le haga una visita por sorpresa». Tiberio Sempronio Graco, con mucho el más hábil y enérgico joven de su tiempo, fue encargado de la misión y, mediante el uso de relevos de caballos, viajó a una velocidad increíble y llegó a Pella tres días después de salir de Ámfisa. Encontró al rey en un banquete; el solo hecho de encontrarlo en tal relajamiento de ánimo eliminó cualquier sospecha de que estuviera contemplando algún cambio en su política. Su huésped recibió una acogida cortés y al día siguiente vio dispuestas con abundancia provisiones para el ejército, puentes tendidos sobre los ríos y reparados los caminos por donde resultaba difícil el transporte. Volviendo tan rápidamente como había llegado, se reunió con el cónsul en Táumacos e informó de cuanto había visto. El ejército se sintió más confiado y esperanzado, y marchó con la moral alta, encontrando en Macedonia que todo lo tenían preparado. El rey recibió a los que llegaban con real magnificencia, acompañándolos en su marcha. Mostró gran tacto y elegancia, cualidades muy apreciadas por el Africano quien, singularmente distinguido como era en otros aspectos, no se oponía a la cortesía, siempre que no fuera acompañada de extravagancia. Filipo les acompañó a través de Macedonia y también de Tracia; tenía dispuesto todo cuanto necesitaban y de esta manera llegaron al Helesponto.

[37,8] Después de la batalla naval frente a Corfú, Antíoco dispuso libremente de todo el invierno para prepararse, tanto por mar como por tierra, poniendo especial cuidado en las reparaciones de su flota para que no se le pudiera privar completamente del dominio del mar. Pensaba que su derrota se produjo durante la ausencia de la flota de Rodas; si ellos tomaran parte en la próxima batalla, y estaba seguro de que no volverían a cometer el error de llegar demasiado tarde otra vez, necesitaría de gran número de buques para igualar al enemigo en tanto en naves como en hombres. En consecuencia, envió a Aníbal a Siria para que trajera los barcos fenicios y dio órdenes a Polixénidas para que, habiendo sido grande el fracaso anterior, fuera mayor el ahínco que pusiera en reparar los existentes y disponer otros nuevos. Antíoco pasó el invierno en Frigia, reclutando fuerzas auxiliares de todas partes y habiendo enviado emisarios incluso a la Galogrecia [habitada por los gálatas, es la actual región turca de la Galacia.-N. del T.]. Sus habitantes estaban más belicosos por entonces que en años anteriores; aún retenían el temperamento galo y no habían perdido el carácter de sus gentes. Había dejado a su hijo Seleuco, con un ejército, en la Eólide para refrenar a las ciudades de la costa que Eumenes, por un lado, desde Pérgamo, y los romanos por otro, desde Focea, trataban de incitar a la rebelión. La flota romana, como ya se ha dicho, pasaba el invierno en Canas, y el rey Eumenes se dirigió allí a mediados de invierno con dos mil soldados de infantería y quinientos de caballería. Contó a Livio que se podría obtener gran cantidad de botín en el territorio próximo a Akhisar [la antigua Tiatira, en la Lidia Turca.-N. del T.] y lo convenció para enviarle en una expedición al mando de cinco mil hombres, que regresó a los pocos días trayendo una enorme cantidad.

[37,9] Mientras tanto, en Focea fue comenzada una rebelión por ciertos individuos que trataban de conseguir las simpatías del populacho para Antíoco. Había varias quejas: la presencia de los buques pasando el invierno fue una de ellas; el tributo de quinientas togas y quinientas túnicas era otra, y otra más y de mayor gravedad era la escasez de trigo, debido a la cual hubieron de abandonar el lugar las naves y las tropas romanas. En ese momento, el partido que arengaba a las masas a favor de Antíoco se vio libre de todo temor. El Senado y la aristocracia estaban a favor de mantener la alianza con Roma, pero los revoltosos tenían más influencia sobre las masas. Rodas, en compensación por su negligencia el verano anterior, se apresuró en enviar en el equinoccio de primavera al propio Pausístrato, prefecto de la flota, treinta y seis barcos. Livio dejó Canas con treinta naves, además de los siete cuatrirremes que el rey Eumenes había llevado con él, y puso rumbo al Helesponto con el fin de hacer los preparativos para transportar el ejército que, esperaba, llegaría por tierra. Se dirigió primeramente hacia el puerto llamado «de los aqueos» [es el puerto de Troya, distante 4 km de la ciudad.-N. del T.]. Desde aquí se acercó a Ilión y ofreció sacrificios a Minerva, tras lo que concedió amablemente audiencia a delegaciones de las vecinas ciudades de Eleunte, Dárdano y Reteo, que llegaron para poner sus respectivas localidades bajo la protección de Roma. Desde allí navegó hasta la entrada, situó diez barcos frente a Abidos y navegó con el resto hasta la costa europea para atacar Sestos. Estaban ya sus hombres llegando al pie de las murallas cuando se encontraron con un grupo de hierofantes galos [el término latino original «fanatici», es traducido por fanáticos en la traducción castellana de 1794 y por místicos en la ed. de Gredos de 1993; dado el carácter de sacerdotes de la Gran Madre, asociada con Ceres, hemos preferido la traducción del término del original inglés, pues significa exactamente a estos sacerdotes.-N. del T.], vestidos con sus ropajes sacerdotales, que les anunciaron que venían por inspiración de la Madre de los Dioses y que, como servidores de la diosa, acudían a rogar a los romanos que salvaran la ciudad y sus murallas. No se hizo violencia a ninguno de ellos y al poco tiempo se presentó el senado y sus magistrados para entregar formalmente la ciudad. Desde allí la flota navegó a Abidos, donde se celebraron entrevistas con los ciudadanos para ganárselos; como no se recibiera una respuesta amistosa, los romanos hicieron los preparativos para un asedio.

[37,10] Durante estas operaciones en el Helesponto, Polixénidas, prefecto del rey -en realidad era un exiliado de Rodas-, recibió la noticia de que había partido de su país una flota de sus compatriotas, así como del modo insolente y despectivo en que Pausístrato había hablado de él en público. Esto convirtió el conflicto entre ambos en algo personal, y Polixénidas, día y noche, no pensaba más que en cómo desmentir con hechos sus fanfarronadas. Envió a un hombre, bien conocido por Pausístrato, para decirle que, si se le permitía, Polixénidas podía prestar un gran servicio a Pausístrato y a su patria, y podría Pausístrato devolverlo a su país. Pausístrato se sorprendió mucho y preguntó de qué manera podría esto lograrse. Cuando hubo dado al otro su palabra de colaborar en la operación o guardar silencio sobre ella, el intermediario le informó de que Polixénidas le entregaría toda la flota del rey o, en cualquier caso, la mayor parte de ella, y que la única recompensa que reclamaba por tan gran servicio era su regreso a la patria. La oferta era demasiado importante como para que Pausístrato pusiera en ella toda su confianza o para que la declinara completamente. Navegó hasta Panormo [pudiera tratarse de la bahía de Vathi.-N. del T.], un puerto en Samos, y se quedó allí para examinar la propuesta con más detenimiento. Iban y venían los mensajeros entre ellos, pero Pausístrato no quedó convencido hasta que Polixénidas hubo escrito, de su propia mano y en presencia del mensajero, los términos de la promesa, poniendo su sello en las tablillas que remitió. Pausístrato pensaba que, mediante aquel compromiso explícito, el traidor quedaría a su merced, pues viviendo Polixénidas bajo un autócrata, nunca se atrevería a presentar pruebas contra sí mismo, firmadas por su propia mano. Luego se organizó el plan de la supuesta traición. Polixénidas dijo que no iba a hacer ningún preparativo; no tendría alistados remeros ni marineros bastantes para la flota y llevaría a tierra algunos de los buques, supuestamente para repararlos, mientras que dispersaría a los demás por los puertos vecinos y mantendría unos cuantos en la mar, cerca del puerto de Éfeso, para poder exponerlos a una batalla si lo obligaban las circunstancias. Cuando Pausístrato oyó que Polixénidas iba a dispersar su flota de este modo, siguió su ejemplo. Envió una parte de su flota a Halicarnaso en busca de suministros, a otra la despachó a Samos y él permaneció en Panormo, de modo que pudiera estar en disposición de atacar al recibir la señal del traidor. Polixénidas aumentó aún más su engaño sacando ciertos buques a tierra y preparando los astilleros como si tuviera intención de sacar todavía más. Llamó de regreso a sus remeros desde sus cuarteles de invierno, pero no los envió a Éfeso, sino que los reunió en secreto en Magnesia.

[37.11] Resultó que llevó a Samos, para asuntos particulares, un soldado del ejército de Antíoco. Fue detenido como espía y llevado ante el prefecto en Panormo. Cuando se le preguntó sobre lo que estaba sucediendo en Éfeso, ya fuera por miedo o porque traicionó a sus compatriotas, lo reveló todo y afirmó que la flota estaba en el puerto, completamente equipada y lista para entrar en acción, que todos los remeros habían sido concentrados en Magnesia, que solo unos pocos buques habían sido varados, que las atarazanas estaban cubiertas y que se estaba atendiendo con más diligencia que nunca todo lo referente a la marina. Pausístrato estaba tan obcecado con el engaño en el que le habían hecho caer y las vanas esperanzas que entretenía, que no creyó lo que oía. Una vez hechos todos los preparativos, Polixénidas hizo venir a los remeros de Magnesia por la noche y botó rápidamente los barcos que estaban varados. Permaneció allí durante el día, no tanto para completar sus preparativos como para impedir que fuera vista la flota al salir del puerto. Partiendo tras la puesta del sol con setenta barcos con cubierta, con viento de proa, llegó antes del amanecer al puerto de Pigela. Permaneció allí durante el día por la misma razón -para evitar ser observado- y partió por la noche hasta el punto más próximo del territorio de Samos. Desde allí, ordenó a un hombre llamado Nicandro, un capitán de piratas, que navegara con cinco naves cubiertas hasta Palinuro y llevara las tropas desde allí, por el camino más corto campo a través, hasta la retaguardia enemiga, mientras él mismo se dirigía hacia allí con su flota dividida en dos escuadrones, de modo que pudiera apoderarse de la entrada al puerto por ambos lados.

Pausístrato quedó al principio un tanto desconcertado por este giro inesperado de los acontecimientos, pero el viejo soldado pronto se recuperó y, pensando que se detendría más fácilmente al enemigo por tierra que por mar, envió dos agrupaciones de sus tropas para ocupar los promontorios que se adentraban en el mar como dos cuernos formando el puerto. Esperaba rechazar fácilmente al enemigo atacándolo con proyectiles por ambos flancos, pero la visión de Nicandro en el terreno deshizo su plan y, cambiando repentinamente de táctica, ordenó que todos subieran a bordo. Se produjo una terrible confusión entre los soldados y marineros, produciéndose algo así como una huída hacia los barcos cuando se vieron rodeados por tierra y mar al mismo tiempo. Pausístrato vio que su única posibilidad de salvación consistía en lograr forzar el paso por el puerto, hacia mar abierto, y en cuanto vio que todos sus hombres estaban a bordo, ordenó a la flota que lo siguiera mientras él marcaba el camino con su nave remando a toda velocidad hacia la boca del puerto. Justo cuando estaba pasando la entrada, Polixénidas lo rodeó con tres quinquerremes; su nave, alcanzada por los espolones, resulta hundida, los defensores se vieron abrumados por una lluvia de proyectiles y Pausístrato, que luchó muy valientemente, resultó muerto. De los buques restantes, algunos fueron capturados fuera del puerto, otros en el interior, y algunos fueron tomados por Nicandro mientras trataban de alejarse de la costa. Solo escaparon cinco barcos de Rodas y dos de Cos, gracias al fuego prendido en braseros que, colgando de dos postes, se proyectaban sobre la proa; el espectáculo aterrador de estas llamas les permitió abrirse paso a través de los barcos atestados. Los trirremes eritreos, que venían para reforzar a la flota rodia, se encontraron a los buques fugitivos no lejos de Samos y cambiaron entonces su rumbo hacia el Helesponto para unirse a los romanos. Justo antes de todo esto, Seleuco se apoderó, mediante un acto de traición, de la ciudad de Focea; uno de los soldados de la guardia le abrió una de sus puertas. Cime y otras ciudades de aquella costa se pasaron a él por miedo.

[37,12] Mientras tenían lugar estos hechos en Eólide, Abidos soportó durante bastantes días un asedio, siendo defendidas las murallas por la guarnición del rey. Finalmente, cuando ya todos estaban agotados por la lucha, Filotas, el prefecto de la guarnición, confió a los magistrados la tarea de iniciar negociaciones con Livio, con vistas a una rendición. La cuestión se retrasó al no ser capaces de acordar si se debía permitir que la guarnición saliera con sus armas o sin ellas. Mientras estaban discutiendo este punto llegó la noticia de la derrota de Rodas. La cuestión se les fue de las manos, pues Livio, temiendo que Polixénidas, tras un éxito tan importante, sorprendiera a la flota en Canas, abandonó al instante el asedio de Abidos y la protección del Helesponto, haciendo botar las naves que había hecho varar allí. Eumenes marchó a Elea y Livio puso rumbo a Focea con la totalidad de su flota y dos trirremes de Mitilene que se le unieron. Al ser informado de que la plaza estaba guardada por una fuerte guarnición del rey y que Seleuco estaba acampado no muy lejos, saqueó la costa y embarcó rápidamente el botín, que consistía sobre todo en prisioneros, a bordo de sus barcos. Sólo esperó hasta que Eumenes llegó con su flota y después se dirigió a Samos. En Rodas, la noticia del desastre provocó pánico y dolor generalizado, pues además de las pérdidas en naves y hombres, se había perdido la flor y nata de su juventud; en efecto, muchos de sus nobles se habían visto atraídos por el carácter de Pausístrato y por la gran y merecida fama que este tenía entre sus compatriotas. Pero su dolor dio paso a la cólera ante la idea de que habían sido víctimas de la traición y, lo que aún era peor, a manos de sus propios compatriotas. Enviaron de inmediato diez barcos, y otros diez unos días más tarde, todos bajo el mando de Eudamo, hombre en modo alguno igual a Pausístrato en habilidad militar pero que, según creían, resultaría un jefe más prudente al poseer un espíritu menos intrépido. Los romanos y Eumenes llevaron la flota primeramente hacia Eritrea, donde permanecieron una noche. Al día siguiente, siguieron su curso hasta el promontorio de Córico. Desde allí, trataron de cruzar al punto más próximo de Samos, pero como no esperaron el amanecer, los pilotos no pudieron comprobar el estado del cielo y navegaron con clima incierto. Cuando estaban a mitad de camino, el viento nordeste roló al norte y empezaron a ser zarandeados por las olas de un mar embravecido.

[37,13] Polixénidas sospechaba que el enemigo se dirigiría hacia Samos para unirse con la flota rodia. Partiendo de Éfeso, se detuvo en primer lugar en Mioneso y desde allí puso rumbo a una isla llamada Macris, con el propósito de atacar a cualquier nave que perdiera el rumbo al paso de la flota o a la retaguardia del convoy. Cuando vio que la flota era dispersada por la tormenta, pensó que había llegado su oportunidad para atacarlos, pero al poco tiempo aumentó la violencia de la galerna y se levantó mar gruesa, haciéndole imposible el aproximarse a ellos. Puso proa entonces a la isla de Etalia [pudiera ser la isla de San Nicolás, en la bahía de Vathi.-N. del T.], para tratar de atacar desde allí, al día siguiente, a las naves que se dirigían hacia Samos desde alta mar. Hacia la noche, unos cuantos barcos romanos ganaron un puerto desierto de Samos; el resto de la flota, tras pasar la noche agitada violentamente en alta mar, alcanzó el mismo puerto. Allí se enteraron, por los campesinos, de que la flota enemiga se encontraba en Etalia, celebrándose un consejo de guerra para decidir si atacaban enseguida o esperaban al contingente de Rodas. Se decidió aplazar el encuentro y volvieron a su base en Córico. También Polixénidas, tras esperar en vano, volvió a Éfeso. Ahora que el mar estaba limpio de buques enemigos, los romanos partieron hacia Samos. La flota de Rodas llegó pocos días después, y para demostrar que los romanos habían estado esperándoles, se trasladaron inmediatamente a Éfeso para librar un combate decisivo o, si el enemigo declinaba la batalla, forzar la admisión de que temía combatir, lo que influiría muy significativamente en la actitud de las diversas ciudades. Formaron una larga línea de batalla, disponiendo todas las naves con la proa hacia el puerto. Como no apareció enemigo alguno, una división de la flota ancló ante la bocana del puerto y la otra desembarcó sus soldados, que procedieron a devastar el territorio a lo largo y lo ancho. Mientras regresaban con una enorme cantidad de botín, pasando cerca de las murallas, Andrónico, un macedonio que mandaba la guarnición de Éfeso, efectuó una salida, se apoderó de gran parte de su botín y los obligó a volver a las naves. Al día siguiente, los romanos planearon una emboscada como a mitad de camino entre la ciudad y la costa, avanzando en columna de marcha hacia la ciudad con el fin de sacar al macedonio al exterior de las murallas. Nadie salió, pues sospecharon lo que ocurría, y marcharon de vuelta a sus buques. Como el enemigo rehusaba un combate, tanto por tierra como por mar, la flota regresó a Samos. Desde este puerto, el pretor despachó dos barcos pertenecientes a los aliados italianos y dos buques de Rodas, bajo el mando de Epícrates de Rodas, para la protección del estrecho de Cefalania. Este mar estaba infestado por el pirata lacedemonio Hibristas y la juventud cefalania, impidiéndose el paso de los suministros procedentes de Italia.

[37,14] Lucio Emilio Regilo, que venía a relevar en el mando de la flota, fue recibido en el Pireo por Epícrates. Al enterarse de la derrota de los rodios, como él mismo solo tenía dos quinquerremes, llevó con él a Epícrates y sus cuatro naves a Asia; acompañándole algunas naves atenienses, cruzó el mar Egeo en dirección a Quíos. Timasícrates de Rodas llegó por la noche desde Samos con dos cuatrirremes y, tras ser llevado ante Emilio, explicó que se la había enviado como escolta porque las naves del rey hacían peligrosas aquellas aguas para los transportes, a causa de sus continuas salidas desde el Helesponto y desde Abidos. Mientras Emilio estaba cruzando de Quíos a Samos, se encontró con dos cuatrirremes rodios que le enviaba Livio, también se reunió con él el rey Eumenes con dos quinquerremes. Tras su llegada a Samos, Emilio relevó a Livio en el mando de la flota y, después de ofrecer en debida forma los sacrificios habituales, convocó un consejo de guerra. Se pidió su opinión a Livio en primer lugar. Este dijo que nadie podría dar consejos más sinceros que aquel que aconsejaba al otro hacer lo que él mismo haría, si estuviera en su lugar. Había tenido en mente navegar a Éfeso con la totalidad de su flota, incluyendo un cierto número de transportes cargados de lastre, y proceder al hundimiento de estos a la entrada del puerto. Este arrecife no resultaría difícil de hacer, pues la boca del puerto era como la de un río, larga, estrecha y llena de escollos. De esta manera se impediría al enemigo operar por mar y haría inútil su flota.

[37,15] Esta sugerencia no encontró partidarios. Eumenes preguntó: «¿Qué quieres decir? Cuando hayas bloqueado el acceso al mar con las naves hundidas, mientras tu propia flota queda libre, ¿vas a marcharte para ayudar a tus amigos y extender el miedo entre tus enemigos, o va a seguir con el bloqueo del puerto con todas tus naves? Si abandonas el lugar, ¿quién puede dudar de que el enemigo quitará los obstáculos hundidos y abrirá el puerto con menos dificultad de la que nos llevó cerrarlo? Y si te quedas aquí, ¿de qué sirve bloquear el puerto? Al contrario, el enemigo disfrutaría de un verano en un puerto completamente seguro, en una ciudad llena de riquezas y con todos los recursos de Asia a su disposición; entre tanto, los romanos, expuestos a las olas y las tormentas de mar abierto, y privados de todos los suministros, habrán de mantener una vigilancia constante, quedando ellos mismos más atados e impedidos de hacer lo que deben que el enemigo, a pesar de sus obstáculos». Eudamo, el prefecto de la flota de Rodas, expresó su desaprobación del plan sin decir qué pensaba que se debía hacer. Epícrates dio su opinión de que debían desentenderse de Éfeso por el momento y enviar una parte de la flota a Licia para ganarse a Pátara, la capital del país, como aliada. Esta opción tendría dos grandes ventajas: los rodios, con un país aliado frente a su isla, podrían dedicar sus enteras fuerzas a la guerra contra Antíoco, impidiéndose además que la flota que se estaba armando en Cilicia se uniera a Polixénidas. Esta propuesta pesó más en el consejo; no obstante, se decidió que Regilo llevaría toda la flota hasta el puerto de Éfeso para aterrorizar al enemigo.

[37,16] Cayo Livio fue enviado a Licia con dos quinquerremes romanos, cuatro cuatrirremes de Rodas y dos buques sin cubierta de Esmirna. Sus instrucciones eran visitar Rodas de camino y comunicar los planes al gobierno. Las ciudades por las que pasó en su viaje -Mileto, Mindo, Halicarnaso, Cnido y Cos- cumplieron plenamente todas sus órdenes. Cuando llegó a Rodas, explicó el objeto de su expedición y les pidió su opinión al respecto. Obtuvo la aprobación general y se le suministraron tres cuatrirremes adicionales para su flota, dirigiéndose a continuación hacia Pátara. Un viento favorable los llevó hasta la ciudad, y esperaban que lo repentino de su aparición pudiera provocar algún movimiento. Después, el viento roló y se levantó la mar con olas cruzadas. Lograron alcanzar tierra a base de remar duramente, pero no había ningún fondeadero seguro cerca de la ciudad y no podían aventurarse fuera de la bocana del puerto con una mar tan áspera y viniéndoseles encima la noche. Navegando hasta pasar las murallas de la ciudad, se dirigieron al puerto de Fenicunte, situado a menos de dos millas de distancia [2960 metros.-N. del T.]. Este puerto ofrecía un refugio seguro contra la violencia de las olas, pero estaba rodeado por altos acantilados que los habitantes, junto con las tropas del rey que formaban la guarnición, ocuparon rápidamente. Aunque la costa era rocosa y de difícil retirada, Livio envió contra ellos un contingente de iseos y de infantería ligera de Esmirna para desalojarlos. Mientras estas tropas ligeras sólo hubieron de hacer frente al lanzamiento de proyectiles y a pequeñas escaramuzas inconexas, lograron sostener el combate; pero poco a poco salían más y más fuerzas de la ciudad, en un flujo constante, terminando por salir toda la población apta para las armas; Livio empezó a temer que sus tropas ligeras fueran destrozadas y que incluso atacaran a los barcos desde la orilla. Así pues, envió al combate a todas sus fuerzas, a los marineros y hasta a los remeros, armados con cualquier clase de arma que pudieron conseguir. Incluso entonces siguió indecisa la batalla, resultando muerto Lucio Apustio, además de otros muchos buenos soldados, en aquella lucha tumultuosa. Los licios, sin embargo, fueron derrotados y expulsados hacia su ciudad, regresando victoriosos los romanos a sus buques, aunque con considerables pérdidas. Se abandonó toda idea de atacar nuevamente Pátara; los rodios fueron enviados de vuelta a casa y Livio, navegando a lo largo de la costa de Asia, cruzó a Grecia para encontrarse con los Escipiones, que se encontraban por entonces en Tesalia. Luego regresó a Italia.

[37,17] Las inclemencias del tiempo habían obligado a Emilio a abandonar su puesto en Éfeso, y regresó, sin haber hecho nada, a Samos. Una vez aquí se enteró de que Livio había abandonado la campaña en Licia y se había marchado a Italia. Consideraba el fracaso ante Pátara como una humillación y decidió navegar hasta allí con toda su flota y atacar la ciudad con todas sus fuerzas. Navegó pasando Mileto y las demás ciudades aliadas de aquella costa, y desembarcó en la bahía de Bargilias, en dirección a Jaso. La ciudad estaba en manos de las tropas del rey, los romanos trataron la comarca como enemigos y la devastaron. Después, trataron de iniciar conversaciones, mediante mensajeros, con los magistrados y los principales ciudadanos, con intención de convencerlos para que se rindieran; pero una vez le aseguraron que ellos no tenían poder para hacerlo, se dispuso a asaltar la plaza. Había entre los romanos algunos refugiados de Jaso un buen número de ellos marcharon a Rodas y les imploraron que no permitieran que aquella pereciera aquella ciudad inocente, con la que guardaban vecindad y relaciones de parentesco. Alegaban que habían sido expulsados de su ciudad natal por el solo hecho de su fidelidad a Roma, y que los que aún permanecían allí estaban obligados por las mismas tropas reales que les habían expulsado a ellos. El único deseo que guardaba en su seno cada ciudadano de Jaso era escapar de la esclavitud al rey. Movidos por sus ruegos y con el apoyo del rey Eumenes, los rodios llevaron ante el cónsul sus comunes vínculos de parentesco con los situados y la miseria de la ciudad, asediada por la guarnición del rey, Logrando persuadirlo para que desistiera de atacarla. Navegaron alejándose de allí, pues todas las demás ciudades eran amigas, y la flota bordeó la costa asiática alcanzando Lorima, un puerto situado frente a Rodas. Aquí, los tribunos militares hicieron comentarios, inicialmente en privado, pero que después llegaron a oídos de Emilio, en el sentido de que la flota se había retirado de Éfeso, de su propio teatro de guerra, de manera que el enemigo, a sus espaldas y con libertad de acción, pudo lanzar intentos contra todas las ciudades de las proximidades que eran aliadas de Roma. Emilio quedó tan influenciado por estos comentarios que hizo convocar a los rodios y les preguntó si el puerto de Pátara podía albergar a toda la flota. Al asegurarle que no tenía capacidad, convirtió esto en causa para abandonar su proyecto y llevó sus barcos de vuelta a Samos.

[37,18] Por este tiempo, Seleuco, que había mantenido a su ejército en Etolia durante todo el invierno, dedicado en parte a prestar ayuda a sus aliados y en parte a devastar los territorios de aquellas ciudades que no había logrado capturar, decidió ahora cruzar las fronteras del rey Eumenes mientras estaba lejos de casa, ocupado en atacar las ciudades marítimas de Licia junto a los romanos y los rodios. Comenzó amenazando con un ataque de sus fuerzas sobre Elea, después, abandonando el asedio, asoló el territorio circundante y marchó luego a atacar Pérgamo, la capital y plaza fuerte del reino. Atalo dispuso tropas frente a la ciudad, enviando por delante escaramuzadores de caballería e infantería ligera para hostigando al enemigo más que enfrentándolo. Cuando vio que en tal enfrentamiento no estaba, en absoluto, a la altura de las fuerzas enemigas, se retiró tras sus murallas y comenzó el asedio de la ciudad. Antíoco dejó Apamea en aquellas mismas fechas, acampando primeramente en Sardes y después junto al nacimiento del río Caico, no lejos del campamento de Seleuco, con un vasto ejército procedente de diversas razas, siendo la más temible cuatro mil mercenarios galos. A estos, con una pequeña adición de otros soldados, los envió a devastar todo el territorio de Pérgamo. En cuanto llegaron estas nuevas a Samos, Eumenes, reclamado en su casa por esta guerra dentro de sus fronteras, navegó directamente a Elea, donde ya estaba dispuesto una fuerza de caballería e infantería ligera. Protegido por estos, se apresuró hacia Pérgamo antes de que el enemigo se diera cuenta e iniciara algún movimiento en su contra. Una vez aquí, nuevamente se limitó el combate a escaramuzas, pues Eumenes rehusaba firmemente librar una acción decisiva. Pocos días después, las flotas romana y rodia se desplazaron desde Samos hacia Elea para apoyar al rey. Cuando Antíoco recibió información de que habían desembarcado fuerzas en Elea y que se había concentrado aquella gran fuerza naval en un solo puerto, teniendo noticia al mismo tiempo de que el cónsul y su ejército ya estaban en Macedonia y que se habían hecho todos los preparativos para cruzar el Helesponto, consideró que había llegado el momento de discutir los términos de la paz, antes de ser presionado por tierra y por mar. Existía cierto terreno elevado delante de Elena y lo escogió para situar su campamento. Dejando allí toda su infantería y su caballería, de la que tenía seis mil jinetes, bajó a la llanura que se extendía hasta las murallas de Elea y envió un heraldo a Emilio para informarle que deseaba abrir negociaciones de paz con él.

[37,19] Emilio hizo venir a Eumenes desde Pérgamo y celebró un consejo, en el que estuvieron presentes tanto Eumenes como los rodios. Estos no rehusaban la paz, pero Eumenes dijo que no se podían contemplar honorablemente, en aquel momento, las propuestas de paz ni se podía llegar a ningún acuerdo final. «¿Cómo -preguntó- podemos escuchar con honor ningún término de paz, asediados y encerrados tras nuestras murallas? ¿Quién considerará válido ningún acuerdo de paz hecho sin el consentimiento del cónsul, la autoridad del Senado y por orden del pueblo de Roma? Te planteo esta pregunta: Si pactas la paz por ti, ¿volverás inmediatamente a Italia, llevándote tu ejército y tu flota, o esperarás a saber qué piensa el cónsul, qué decide el Senado y qué ordena el pueblo? Ocurrirá, entonces, que deberás permanecer en Asia y que se suspenderán todas las operaciones en curso, tendrás que enviar a tus tropas a sus cuarteles de invierno y agotarás los recursos de tus aliados al tener que aprovisionarte. Y luego, si así lo deciden quienes tienen el poder para ello, tendremos que iniciar nuevamente la guerra; por el contrario, si no se debilita o entorpece mediante retrasos nuestra poderosa ofensiva, podemos darle fin, si a los dioses les place, antes de que comience el invierno.» Prevaleció este argumento y se comunicó a Antíoco que no se podían discutir los términos de paz hasta que llegara el cónsul. Encontrando infructuosos sus esfuerzos para procurar la paz, Antíoco procedió a devastar las tierras de Elea y luego las pertenecientes a Pérgamo. Dejó aquí a Seleuco y siguió su marcha con la intención de atacar Adramiteo [ciudad situada en la llanura que está al sur del monte Ida.-N. del T.], hasta que llegó al rico distrito conocido como la «Llanura de Tebas», celebrada en el poema de Homero. En ninguna otra localidad en Asia lograron las tropas del rey una mayor cantidad de botín. Emilio y Eumenes, bordeando con su flota, llegaron también ante Adramiteo para guarnecer la ciudad.

[37.20] Por aquel entonces, casualmente, llegaron a Elea unas fuerzas, procedentes de Acaya, compuestas por mil infantes y cien de caballería. Al desembarcar, se encontraron con un grupo enviado por Atalo para conducirles a Pérgamo. Todos ellos eran soldados veteranos con experiencia de guerra y bajo el mando de Diófanes, discípulo de Filopemen, el más notable general griego de su época. Se dedicaron dos días para el descanso de hombres y caballos, así como para mantener bajo observación los puestos de avanzada enemigos y para determinar en qué puntos y a qué horas llegaban o quedaban fuera de servicio. Las tropas del rey tomaron la costumbre de avanzar hasta el pie de la colina sobre la que estaba la ciudad. De esta manera, actuaban como pantalla para que no pudieran interceptar las partidas de saqueo que operaban a sus espaldas, pues ninguno salía de la ciudad ni siquiera para atacar a distancia con venablos los puestos avanzados. Una vez los ciudadanos se habían encerrado, intimidados, tras sus murallas, las tropas del rey los despreciaron y se volvieron descuidadas. Un gran número no mantenía ensillados ni embridados sus caballos; solo quedaron unos cuantos empuñando las armas, mientras el resto se dispersaba por la llanura, dedicándose algunos a deportes juveniles o libertinajes, comiendo otros bajo la sombra de los árboles y algunos, incluso, durmiendo acostados.

Diófanes observó todo esto desde lo alto de Pérgamo y ordenó a sus hombres que se armaran y estuvieran listos en la puerta. Fue luego a ver a Atalo y le dijo que había tomado la decisión de atacar al enemigo. Atalo le dio su consentimiento con mucha renuencia, pues veía que tendría que luchar con cien jinetes contra seiscientos y con mil infantes contra cuatro mil. Diófanes salió por la puerta, se situó no muy lejos de los puestos avanzados enemigos y esperó su oportunidad. Las gentes de Pérgamo lo consideraron más locura que valor y el enemigo, tras observarlos durante algún tiempo y no viendo movimiento alguno, regresó a su descuido habitual, ridiculizando incluso lo reducido de la fuerza de sus oponentes. Diófanes hizo que los suyos guardaran silencio durante un rato y luego, cuando vio que el enemigo había roto filas, ordenó a su infantería que lo siguieran lo más rápidamente posible; poniéndose a la cabeza de sus fuerzas de caballería, cargó contra el destacamento enemigo a toda velocidad, lanzando al mismo tiempo su grito de guerra tanto la infantería como la caballería. El enemigo fue presa del pánico, hasta los caballos se aterrorizaron y rompieron sus ronzales, creando confusión y alarma entre sus propios hombres. Unos cuantos no se asustaron y se quedaron donde estaban atados, pero incluso a estos no les resultó fácil a los jinetes embridar, ensillar y montar, pues los jinetes aqueos estaban provocando una alarma y un pánico fuera de toda proporción con su número. La infantería, cerrando con sus filas ordenadas, dispuesta a la batalla, atacó a un enemigo descuidadamente disperso y medio dormido. Toda la llanura quedó cubierta con los cuerpos de los muertos mientras por todas partes huían los hombres para salvar sus vidas. Diófanes sostuvo la persecución mientras resultó seguro, retirándose después al abrigo de las murallas de la ciudad tras ganar una gran gloria para los aqueos, pues tanto las mujeres como los hombres habían contemplado la acción desde las murallas de Pérgamo.

[37.21] Al día siguiente, los puestos avanzados del rey, con mejor orden y más cuidadosa formación, se atrincheraron media milla [740 metros.-N. del T.] más lejos de la ciudad, y los aqueos salieron a la misma hora y en el mismo lugar que el día anterior. Durante varias horas se mantuvieron alerta ambos bandos, como si esperasen un ataque inmediato. Cuando llegó la hora de regresar al campamento, justo antes del atardecer, las tropas del rey concentraron sus estandartes y se retiraron más en orden de marcha que de combate. Mientras estuvo a su vista, Diófanes se mantuvo quieto, pero luego cargó tan violentamente contra su retaguardia como el día anterior, provocando tal confusión y pánico que, aunque estaban siendo despedazados por la espalda, no hicieron ningún intento por detenerse y enfrentar al enemigo. Fueron arrastrados a su campamento en gran desorden y con sus filas casi completamente rotas. Este golpe de audacia de los aqueos obligó a Seleuco a retirar su campamento de territorio de Pérgamo. Al saber que los romanos habían llegado para proteger Adramiteo, Antíoco se mantuvo alejado de aquella ciudad y, tras asolar los campos, capturó al asalto la ciudad de Perea, una colonia de Mitilene. Cotón, Corileno, Afrodisias y Prinne fueron tomadas al primer asalto. Luego regresó a Sardis a través de Tiatira. Seleuco se mantuvo en la costa, aterrorizando a algunos y protegiendo a otros. La flota romana, en compañía de Eumenes y los rodios, navegó hasta Mitilene y, desde allí, a su base en Elea. Salieron de ese lugar hacia Focea, llegando a una isla llamada Baquio, que dominaba a los focenses y donde abundaban las obras de arte. En una ocasión anterior se habían salvado los numerosos templos y estatuas, pero ahora los trataron como propiedades del enemigo y los saquearon. Cruzaron después hacia la ciudad y tras repartir las tropas en diversos puntos dieron inicio al asalto. Parecía posible que se la pudiera capturar sin los acostumbrados trabajos de asedio, pero tras entrar en la ciudad un contingente de tres mil hombres que Antíoco había enviado para defenderla, se abandonó el ataque de inmediato y la flota se retiró hasta la isla sin lograr nada más allá del saqueo de la comarca vecina a la ciudad.

[37.22] Se decidió entonces que Eumenes marchara a casa y efectuara los preparativos necesarios para el cruce del cónsul y su ejército por el Helesponto, mientras que las flotas romana y rodia volvían a Samos y permanecían estacionadas allí para impedir que Polixénidas se moviera de Éfeso. El rey volvió a Elea y los romanos y rodios a Samos, donde murió Marco Emilio, el hermano del pretor. Una vez celebradas las honras fúnebres, los rodios navegaron hacia Rodas con trece de sus propios barcos, un quinquerreme de Cos y uno de Cnido. Fueron a poner allí su base con el objeto de estar preparados contra la flota que, según se rumoreaba, venía desde Siria. Dos días antes que llegara Eudamo con la flota desde Samos, un grupo de trece naves, junto a cuatro que habían estado protegiendo la costa de Caria, había sido enviado desde Rodas bajo el mando de Panfílidas para enfrentarse a aquella misma flota siria, habiendo levantado el asedio de Dedala y de otras plazas fuertes, pertenecientes a Perea, que estaban asediando las fuerzas del rey. Eudamo recibido órdenes de salir inmediatamente. La flota que había llevado con él se había ampliado con seis buques sin cubierta, y con esta fuerza, a la mayor velocidad posible, alcanzó a la otra en un puerto llamado Megiste [puerto situado en la actual isla de Castellorizo.-N. del T.]. Desde allí, las flotas combinadas navegaron hasta Faselis [próxima a la actual Terikova.-N. del T.], que parecía ser la mejor posición desde la que esperar al enemigo.

[37,23] Faselis está situada en la frontera entre Licia y Panfilia, y se levanta sobre un promontorio que se adentra en el mar. Es la primera tierra visible a los buques que navegan desde Cilicia hacia Rodas, permitiendo avistar los barcos desde muy lejos. Precisamente por este motivo se eligió esta posición, para encontrarse en la ruta de la flota enemiga. Una cosa, sin embargo, no se había previsto; y es que, debido a la insalubridad del lugar y a la estación del año -era pleno verano-, además del desacostumbrado olor hubo gran cantidad de enfermedades, especialmente entre los remeros. Alarmado por la propagación de esta epidemia, partieron y, pasando el golfo de Adalia [antiguo golfo Pamfilio.-N. del T.], anclaron en la desembocadura del Eurimedonte. Aquí, fueron informados por mensajeros de Aspendo que el enemigo se encontraba cerca de Sida. El avance de la flota del rey había sido retrasado por los vientos etesios, que en esa estación soplan casi únicamente del oeste [en realidad, los etesios soplan del noroeste entre junio y septiembre.-N. del T.]. La fuerza de Rodas estaba compuesta por treinta y dos cuatrirremes y cuatro trirremes; la flota del rey consistía en treinta y siete naves de mayor tamaño, entre los que había tres hepteras y cuatro hexeras [serían naves con siete y seis órdenes de remeros, respectivamente.-N. del T.]. Había, además de estos, diez trirremes. También ellos, desde un puesto de observación, descubrieron que el enemigo no estaba lejos. Al día siguiente, al amanecer, ambas flotas levaron anclas, dispuestas a combatir aquel mismo día. En cuanto los rodios hubieron rodeado el punto que se proyecta hacia el mar desde Sida, las dos flotas llegaron enseguida a la vista una de otra. La división izquierda de la flota del rey, que se extendía hacia alta mar, estaba bajo mando de Aníbal, la derecha bajo el de Apolonio, uno de los nobles de la corte, y tenían ya sus barcos formados en línea. Los rodios llegaron en una larga columna; en cabeza iba la nave insignia de Eudamo, con Caríclito cerrando la retaguardia y Panfílidas mandando el centro. Cuando Eudamo vio que el enemigo estaba en línea y dispuestos para combatir, se dirige él también hacia alta mar y ordena con señales a los buques que le siguen que formen en línea y que mantengan el orden. Esto, en un primer momento, dio lugar a cierta confusión, pues no se habían adentrado suficientemente en el mar como para permitir que todos los buques formaran en línea frente a tierra; con las prisas, solo tenía consigo cinco naves al enfrentarse con Aníbal, pues las demás no lo seguían al haber recibido la orden de formar en línea. A los últimos de la columna no les quedaba ya espacio hacia tierra, estando aún desordenados cuando dio inicio el combate en la derecha contra Aníbal.

[37,24] Sin embargo, la excelencia de sus buques y de su experimentada marinería pronto hizo perder completamente el miedo a los rodios. Cada nave, por su parte, se dirigió hacia mar abierto dejando sitio hacia el lado de tierra al que le seguía y, cada vez que alguna cerraba contra un buque enemigo, le atacaba con su espolón, le abría una vía en la proa, le quebraba los remos o bien pasaba libremente entre las filas y atacaba su popa. Lo que provocó la mayor alarma fue el hundimiento de una de las hepteras por el único impacto de un buque rodio de mucho menor tamaño; ante esto, el ala derecha se vio claramente obligada a huir. Aníbal, situado por el lado de mar abierto y apoyado en su mayor número, atacaba a Eudamo, pese a la superioridad rodia en los demás aspectos; y lo habría rodeado, de no ser porque la nave pretoria izó la señal generalmente usada para reagrupar la flota dispersa. Todas las naves que habían vencido en el lado derecho acudieron en auxilio de los suyos Ahora fue Aníbal y los barcos a su alrededor los que se dieron a la fuga; los rodios, sin embargo, no pudieron perseguirles porque, al estar enfermos la mayoría de remeros, se cansaban antes. Mientras reponían fuerzas en alta mar, donde se habían detenido, Eudamo vio cómo el enemigo remolcaba sus naves averiadas o a la deriva con las naves descubiertas, que eran poco más de veinte que se retiraban indemnes. Desde lo alto de la torre de la nave capitana ordenó silencio y les dijo: «Levantaos y venid a contemplar esta maravillosa vista.» Todos se levantaron y, tras ver la precipitada fuga de los enemigos, exclamaron casi con una sola voz que debían perseguirles. El propio barco de Eudamo tenía daños producidos por multitud de impactos, por lo que ordenó a Panfílidas y Caríclito que mantuvieran la persecución mientras pudieran hacerlo con seguridad. La caza se prolongó durante bastante tiempo, pero cuando Aníbal se acercó a tierra temieron que el viento les empujara contra las costas enemigas y regresaron junto a Eudamo con la heptera capturada, que había sido golpeada al comienzo de la batalla, logrando remolcarla hasta Faselis con cierta dificultad. Desde allí navegado de vuelta a Rodas, enfadados unos con otros, más que alegrándose por su victoria, por no haber hundido o capturado toda la flota enemiga cuando habían tenido esa oportunidad. Tan profundamente sintió Aníbal esta única derrota que, aunque estaba deseando unirse a la inicial flota del rey en cuanto pudiera, no se atrevió a navegar más allá de la costa de Licia; además, para impedirle tener libertad de hacer esto, los rodios enviaron a Caríclito con veinte buques con espolón a Pátara y al puerto de Megiste. Eudamo recibió órdenes de regresar con los romanos a Samos, con siete de los mayores buques de su flota, y usar toda su influencia y cualquier argumento que pudiera emplear para convencer a los romanos de que capturasen Pátara al asalto.

[37.25] Las noticias de la victoria, seguida por la aparición de los rodios, produjo gran regocijo entre los romanos; resultaba evidente que si los rodios se quitaban de encima aquella fuente de inquietud, podrían asegurar con tranquilidad todas las aguas de aquella parte del mundo. Pero la salida de Antíoco de Sardes y el peligro de que se apoderara de las ciudades costeras impidió que abandonaran la defensa de las costas de Jonia y la Eólide. En consecuencia, enviaron a Panfílidas con cuatro naves para reforzar la flota que estaba en las proximidades de Pátara. Antíoco había estado muy ocupado reuniendo contingentes de todas las ciudades a su alrededor, y también había enviado una carta a Prusias, el rey de Bitinia. En esta misiva, se quejaba amargamente de la expedición romana a Asia; habían llegado, escribió, para privarles a todos ellos de sus coronas para que no existiera más soberanía que la romana en el mundo; Filipo y Nabis habían sido reducidos a sumisión; él, Antíoco, iba a ser la tercera víctima; como un incendio que se propagaba, todos se verían envueltos, según cada uno quedara más próximo al ya derrocado. Ahora que Eumenes había aceptado voluntariamente el yugo de la servidumbre, el siguiente tras él sería Bitinia. Prusias quedó muy preocupado por esta carta, pero cualquier duda o sospecha que pudiera haber albergado quedó disipada por una carta del cónsul Escipión, y aún más por otra del Africano, el hermano del cónsul. En esta carta, le refería la perpetua costumbre del pueblo romano de acrecentar la dignidad de los reyes aliados, concediéndoles toda clase de honores, y citaba ejemplos de su propia familia con el fin de convencer a Prusias para que buscase su amistad. Los régulos que había tomado en Hispania bajo su protección eran reyes cuando los dejó; no solo había puesto a Masinisa en su trono y en el de Sífax, que lo había expulsado, sino que ahora era de lejos no solo el monarca más próspero de África, sino incluso el igual en grandeza y poder de cualquier monarca del mundo. Filipo y Nabis, que habían sido enemigos y a quienes Tito Quincio había derrotado, habían continuado en sus tronos; a Filipo, por cierto, se le había perdonado el pago del tributo del año anterior, se le había devuelto a su hijo, rehén, y se le había permitido recuperar algunas ciudades fuera de Macedonia, sin ninguna interferencia de los generales romanos. También Nabis habría conservado su honor y dignidad de no haberle resultado fatales, primero su propia locura y después la traición de los etolios. Lo que más decidió el ánimo del rey fue la visita de Cayo Livio, que anteriormente había mandado la flota como pretor. Llegó de Roma como embajador e hizo comprender al rey cuán más segura resultaba la posibilidad de victoria de los romanos que la de Antíoco, y cuánto más inviolable y segura sería su amistad entre los romanos.

[37,26] Ahora que había perdido cualquier esperanza de una alianza con Prusias, Antíoco partió de Sardes hacia Éfeso a fin de inspeccionar la flota, que llevaba varios meses equipada y lista. Su interés se debía a la imposibilidad de ofrecer una resistencia efectiva al ejército romano, con los dos Escipiones al mando, y no por las propias acciones navales, fuera por haberlas intentado con éxito en el pasado o porque tuviera ahora alguna confianza bien fundada. De momento, sin embargo, había algunas cuestiones que lo animaban. Había oído que una gran parte de la flota de Rodas estaba en Pátara y que el rey Eumenes había marchado con todos sus buques al Helesponto para encontrarse con el cónsul. La destrucción de la flota rodia en Samos, como resultado de la traición, también contribuyó a levantarle la moral. Estas consideraciones le llevaron a enviar a Polixénidas con su flota para probar suerte en un combate del modo que fuera, mientras él conducía sus fuerzas hacia Nocio. Este lugar pertenece a Colofón y está sobre el mar, a dos millas de distancia de ella [debe haber una errata en el texto latino, pues Nocio, que pasó a llamarse Colofón marítima para distinguirla de la propia Colofón, está realmente a unos 17 km, poco menos de doce millas romanas o 17760 metros.-N. del T.]. Quería que fuera suya esta ciudad precisamente, pues estaba tan cerca de Éfeso que no podría emprender ninguna acción por mar o tierra sin ser visto por las gentes de Colofón, que enseguida informarían a los romanos. Una vez los romanos supieran que Nocio estaba asediado, estaba seguro que llevarían su flota a Samos para ayudar a su aliada, proporcionando así a Polixénidas su oportunidad.

Por consiguiente, comenzó el ataque de la ciudad mediante obras de asedio; extendió sus fortificaciones por ambos extremos a la par, en dirección al mar; llevó por ambos lados los manteletes y el terraplén hasta las murallas, colocando en posición los arietes protegidos con sus tortugas [como en el libro 34,29, vuelve aquí a referirse Tito Livio a los «testudibinus arietes», o galerías que cubrían los arietes y sus operadores de los proyectiles enemigos.-N. del T.]. Aterrorizados por tales amenazas, las gentes de Colofón enviaron parlamentarios a Samos, ante Lucio Emilio, para implorarle la ayuda del pretor y del pueblo romano. Emilio no estaba cómodo con su larga inactividad en Samos y lo último que esperaba era Polixénidas, tras haber sido desafiado por él en vano dos veces, le fuera a ofrecer batalla. Consideraba también una humillación estar atado y obligado a prestar ayuda a la sitiada Colofón, mientras que la flota de Eumenes estaba ayudando al cónsul a trasladar sus legiones a Asia. El rodio Eudamo, al que había mantenido en Samos cuando deseaba ir al Helesponto, le urgía ahora, junto con el resto de oficiales, a marchar a Colofón. Señalaban cuánto más satisfactorio resultaría aliviar a sus aliados e infligir una segunda derrota a una flota a la que ya habían vencido antes, arrebatando así el dominio del mar al enemigo, que no abandonar a sus aliados, abandonar su propio marco de acción navegando hacia el Helesponto, donde ya bastaba con la flota de Eumenes, y dejar Asia en manos de Antíoco, tanto por mar como por tierra.

[37,27] Como sus provisiones se hubieran consumido por completo, la flota romana partió de Samos con la intención de navegar hasta Quíos y obtener suministros. Esta isla era el almacén de grano de Roma y todos los transportes de Italia dirigían allí su rumbo. Navegaron desde la ciudad hasta el lado opuesto de la isla -el que mira hacía Quíos y Eritrea, expuesto al aquilón [viento del norte.-N. del T.]-, y estaban a punto de iniciar la navegación cuando el pretor recibió un despacho informándole de que había llegado a Quíos desde Italia una gran cantidad de grano, pero que las naves cargadas con vino habían sido retrasadas por las tormentas. Al mismo tiempo, llegó un informe en el sentido de que los Teanos habían aprovisionado con liberalidad a la flota del rey con suministros y habían prometido entregarles cinco mil vasijas de vino. Emilio estaba a mitad de camino de su travesía, pero desvió inmediatamente su rumbo hacia Teos [que se encuentra en la orilla jónica frente a Samos, hacia el norte.-N. del T.] con la intención de hacer uso de los suministros dispuestos para el enemigo con el consentimiento de sus ciudadanos o, de lo contrario, dispuesto a tratarlos como enemigos. A medida que ponían proa a tierra, aparecieron ante su vista unos quince barcos a la altura de Mioneso. El pretor pensó al principio que eran parte de la flota del rey y comenzó a perseguirlos; después se hizo evidente que eran balandras y lembos piratas. Estos habían estado saqueando a lo largo de la costa de Quíos y regresaban con toda clase de botín. Cuando divisaron la flota se dieron a la fuga y debido a que sus buques eran más ligeros y estaban construidos espacialmente con aquel propósito, así como por estar más próximos a tierra, les ganaban en velocidad y escaparon de sus perseguidores. Antes de que la flota romana se aproximara se refugiaron en el puerto de Mioseno; y el pretor, con la esperanza de obligar a sus buques fuera del puerto, los siguió a pesar de que no estaba familiarizado con el lugar. Mioneso se encuentra en un promontorio entre Teos y Samos; el lugar en sí es un cerro de forma cónica que sube desde una base bastante amplia hasta un agudo pico. Se accede desde el lado de tierra por un camino estrecho, desde el mar queda cerrado por acantilados, socavados por el mar hasta tal punto que a veces las rocas salientes se proyectan más allá de los buques fondeados bajo ellas. Las naves romanas no se aproximaron, para no quedar expuestas a los ataques de los piratas situados por encima de ellos, perdiendo todo el día. Justo antes del anochecer abandonaron su infructuosa tarea, llegando a Teos al día siguiente. Una vez fondeados los barcos en el Gereástico -un puerto detrás de la ciudad-, el pretor envió a sus hombres a saquear el territorio alrededor de la ciudad.

[37,28] Cuando los teanos vieron ante sus ojos aquella devastación, mandaron una legación al romano, portando ínfulas y ramos de olivo [las ínfulas son adornos de lana blanca, a manera de venda, con dos tiras caídas a los lados, conque se ceñían la cabeza los sacerdotes de los gentiles y los suplicantes, y que se ponían también sobre las de las víctimas.-N. del T.]. En respuesta a sus protestas de inocencia sobre cualquier acto hostil de palabra u obra contra los romanos, él les acusó de haber prestado ayuda al enemigo proporcionándole los suministros que necesitaba y por la cantidad de vino que habían prometido a Polixénidas; si proporcionaban a la flota romana la misma cantidad, retiraría a sus soldados del saqueo; de lo contrario, los trataría como enemigos. Al regresar los delegados con esta dura respuesta, los ciudadanos fueron convocados por los magistrados a una asamblea para poder consultarles sobre lo que debían hacer. Mientras tanto, Polixénidas había oído decir que los romanos habían salido de Samos y, después de perseguir a los piratas hasta Mioneso, habían anclado sus naves en el puerto de Gerestico y estaban saqueando el territorio de Teos. Así pues, ancló en un puerto oculto frente a Mioneso, en una isla que los marinos llaman Macris.

Desde su posición observó de cerca las acciones del enemigo, albergando al principio grandes esperanzas de derrotar a los romanos mediante la misma maniobra con la que había derrotado a la flota de Rodas en Samos, es decir, bloqueando la entrada del puerto. La naturaleza del lugar no es muy distinta: el puerto queda tan cerrado por los promontorios convergentes que resulta difícil que salgan de día dos barcos al mismo tiempo. Polixénidas intentó apoderarse de la entrada durante la noche y, después de situar diez barcos para atacar por el flanco a los buques enemigos que salieran, desembarcar a las tropas del resto de su flota, como había hecho en Panormo, cayendo sobre los romanos tanto por tierra como por mar. Su plan hubiera tenido éxito de no ser por los movimientos de la flota romana pues, como los teanos se comprometieron a cumplir los requerimientos del pretor, consideraron que era más conveniente, a la hora de embarcar las provisiones, llevar la flota al puerto que está delante de la ciudad. Se afirma también que Eudamo se refirió a los inconvenientes del primer puerto después de que dos barcos hubieran roto sus remos, al enredarse unos con otros en la estrecha bocana. Otra consideración adicional, que pesó en el pretor y lo indujo a cambiar sus amarres, era el peligro que le amenazaba de la tierra, pues Antíoco tenía su campamento permanente a no mucha distancia.

[37,29] Una vez llevada la flota alrededor de la ciudad, los marineros y soldados desembarcaron para llevar a sus buques su cuota de provisiones, y sobre todo el vino. Ni un solo hombre era consciente de la proximidad de Polixénidas. Hacia el mediodía, un campesino fue llevado ante el pretor, informándole de que una flota llevaba dos días fondeada frente a la isla de Macris y que hacía algunas horas que se habían visto movimientos en algunos de los buques, como si se dispusieran a zarpar. El pretor, alarmado por esta inesperada noticia, ordenó que las trompetas tocaran a retreta, para que regresaran los que estaban dispersos por los campos, mientras que fueron enviados a la ciudad a los tribunos militares, con el fin de hacer volver a toda prisa a los soldados y marineros. El desorden fue como el causado por un incendio repentino o en la captura de una ciudad: algunos van corriendo a la ciudad para llamar a sus camaradas, otros salen fuera de ella para incorporarse a sus buques, y entre las órdenes confusas, grandes gritos y el tronar de las trompetas, se produjo una oleada general hacia los barcos. Apenas podía alguno distinguir su propio barco o acercarse a él en el tumulto, la confusión podría haberse convertido en un grave peligro tanto por tierra como por mar de no haberse repartido rápidamente las tareas. Emilio salió de puerto en primer lugar con su nave pretoria, dirigiéndose a mar abierto; conforme llegaba cada nave, la colocaba en su puesto de la línea frontal. Eudamo, con sus rodios, permanecía próximo a la costa para que pudieran embarcar sin confusión y que cada buque partiera en cuento estuviera listo. Así, la primera línea se formó bajo la mirada del pretor, los rodios cerraban la marcha, y la flota combinada navegaba hacia mar abierto en formación de combate, como si el enemigo estuviera realmente a la vista. Se encontraban entre Mioneso y el promontorio de Córico cuando avistaron al enemigo. La flota del rey, que avanzaba en una larga columna de a dos buques, se desplegó también en línea y extendió su izquierda tan lejos como para poder envolver y aislar la derecha romana. Cuando Eudamo vio esto, dándose cuenta de que los romanos no podrían desplegar su línea con igual longitud que la del enemigo y que su derecha podría quedar rodeada, aceleró sus buques, que eran con mucho los más rápidos de la flota, y tras extender su línea tanto como la del enemigo, puso su propia nave frente a la de Polixénidas.

[37.30] Ya habían entrado en combate ambas flotas por todas partes. Por el lado de los romanos se enfrentaban ochenta buques, veintidós de los cuales eran rodios. La flota enemiga estaba compuesta por ochenta y nueve barcos, contando con tres hexeras y dos hepteras, que eran de las clases de naves más grandes. Las naves romanas eran superiores en solidez y valor de sus soldados, las rodias tenían la ventaja de su movilidad, la pericia de sus pilotos y la técnica de sus remeros. Pero lo que produjo mayor alarma entre el enemigo fueron sus naves que llevaban fuego delante; y estas, que fueron lo único que los salvó en Panormo, resultaron ser también aquí el medio más eficaz para lograr la victoria. Al echarse a un lado los barcos del rey, para que no chocasen las proas por temor a las llamas, eran incapaces de embestir con sus espolones a los buques enemigos y dejaban expuestas sus bandas a los golpes; cualquier barco que fuera al choque con otro quedaba cubierto por el fuego que le echaban, provocando más confusión el fuego que el mismo combate. Sin embargo, como suele pasar en el combate, el valor de los soldados resultó el factor decisivo en la lucha. Los romanos rompieron a través del centro enemigo, y dando luego la vuelta, atacaron desde la retaguardia a las naves que se enfrentaban a los rodios; en un breve espacio de tiempo, el centro de Antíoco y los buques de la división izquierda fueron rodeados y hundidos. Los de la derecha, aún intactos, quedaron todavía más atemorizados por la derrota de sus camaradas que por el propio peligro. Así pues, cuando vieron a las demás naves rodeadas por los barcos enemigos y a Polixénidas abandonando a su flota y huyendo con todas sus velas desplegadas, izaron rápidamente sus gavias, pues el viento era favorable para dirigirse hacia Éfeso, y se dieron a la fuga tras perder cuarenta y dos naves en la batalla, trece de las cuales cayeron en manos enemigas y resultando las demás incendiadas o hundidas. De las romanas, dos naves quedaron destruidas y otras varias resultaron dañadas. Uno de los buques de Rodas fue capturado en un incidente digno de mención: Al embestir con el espolón a un buque sidonio, el golpe hizo salir despedida el ancla de la nave hacia la proa de la otra, a la que quedó enganchada con su diente curvo como si se tratara de un garfio de hierro. En la confusión siguiente, los rodios remaron hacia atrás para soltarse del enemigo, se tensó el cable del ancla y se enredó en los remos, quebrando todos los de un costado de la nave. Debilitado de aquel modo, resultó capturado por el mismo buque al que había embestido y trabado. Tal fue, en sus rasgos principales, la batalla naval de Mioneso.

[37,31] Antíoco quedó muy atemorizado. Perdido el dominio del mar, desesperaba de poder defender sus posesiones lejanas y, adoptando una política que los hechos posteriores demostrarían errónea, retiró su guarnición de Lisimaquia para impedir que la destruyeran los romanos. No sólo habría sido fácil defender Lisimaquia contra un primer ataque de los romanos, sino que la plaza podría haber resistido un asedio durante todo el invierno, provocando incluso entre los asediantes una situación de grave carestía de provisiones. Mientras tanto, se podría haber producido alguna oportunidad de llegar a un acuerdo y lograr la paz. Tampoco fue Lisimaquia el único lugar que entregó al enemigo después de su derrota naval; también levantó el asedio de Colofón y se retiró a Sardes. Desde allí envío mensajeros a Capadocia, a pedir ayuda a Ariarates [Ariarates IV, rey de Capadocia y yerno de Antíoco.-N. del T.], así como a cualquier lugar donde pudiera reunir tropas. Su único objetivo se centraba ya en librar una batalla decisiva. Después de su victoria, Emilio Regilo navegó hasta Éfeso y formó sus naves en línea delante del puerto. Una vez hubo obligado así al enemigo a admitir su renuncia definitiva al dominio del mar, navegó a Quíos, hacia donde se estaba dirigiendo desde Samos antes de la batalla naval. Aquí fueron reparados los barcos dañados y, en cuanto se finalizó esta tarea, envió a Lucio Emilio Escauro al Helesponto con treinta naves para transportar al ejército. Dispuso la vuelta a su casa de los rodios, después de honrarles con parte del botín y de los despojos de la batalla naval. Antes de hacerlo, estos tomaron parte activa en el transporte de las tropas del cónsul, y no regresaron a casa hasta haberse completado esta misión. La flota romana zarpó de Quíos hacia Focea. Esta ciudad se encuentra en la parte más interior de una bahía; es de forma oblonga y los muros que la rodean tienen aproximadamente dos millas y media de largo [3700 metros.-N. del T.], luego se acercan sus extremos en una especie de cuña. Al vértice de esta cuña lo llaman Lamptera [es el nombre de la pequeña península sobre la que está construida la ciudad actual y de la zona donde empieza el promontorio.-N. del T.]. Aquí, la ciudad tiene una anchura de mil doscientos pasos, extendiéndose hacia el mar desde allí una lengua de tierra que divide casi por el centro la bahía, como en una línea. Cuando se acerca a la estrecha boca de la bahía, forma dos puertos excelentes y perfectamente seguros, mirando en direcciones opuestas. El que mira hacia el norte se llama Naustatmos, por dar cabida a gran número de buques; el otro es el más próximo a Lamptera.

[37,32] Cuando la flota romana hubo ocupado estos puertos perfectamente protegidos, el pretor consideró conveniente, antes de que iniciar el ataque con escaleras y obras de asalto, enviar alguien para hacer propuestas a los magistrados y hombres principales de la ciudad. Al saber que estaban decididos a resistir, lanzó su ataque desde dos puntos diferentes. Uno de ellos contenía apenas unos cuantos edificios privados, con un espacio considerable ocupado por templos, y llevó los arietes en primer lugar a esta zona y comenzó a batir las murallas y torres. Cuando los ciudadanos se hubieron congregado allí para la defensa, se llevaron los arietes también contra la otra parte, derruyéndose entonces las murallas en ambas partes. Una vez hubieron caído, los soldados romanos empezaron a abrirse paso sobre las ruinas, pero los habitantes ofrecieron tan determinada resistencia que resultó evidente que encontraban más ayuda en sus armas y valor que en sus murallas. Al fin, el riesgo a que sus hombres estaban expuestos obligó el pretor a hacer tocar retirada, ya que no estaba dispuesto a exponerlos sin reparos a un enemigo enloquecido por la desesperación. Aunque la lucha en sí había terminado, ni siquiera entonces los defensores se permitieron descanso alguno: se reunieron de todas partes para reparar y reforzar lo que se había derruido. Quinto Antonio, que había sido enviado por el pretor, apareció entre ellos mientras estaban ocupados en esta labor y, después de censurar su obstinación, señaló que los romanos estaban más preocupados que ellos porque la lucha no terminase con la destrucción de su ciudad; si estaban dispuestos a desistir de su locura, podrían entregarla en los mismos términos que anteriormente habían obtenido de Cayo Livio para acogerse a su protección. Al saberlo, pidieron cinco días de armisticio para deliberar; entre tanto, trataron de averiguar qué posibilidades tenían de lograr la ayuda de Antíoco. Los emisarios que habían enviado al rey regresaron diciendo que no debían esperar ninguna ayuda de él y, ante esto, abrieron finalmente sus puertas tras estipular que no serían tratados como enemigos. Entrados los estandartes en la ciudad y expresada la voluntad del pretor de que se respetara a quienes se habían rendido, se levantaron gritos de protesta por parte de las tropas, furiosas porque los focenses, siempre enemigos encarnizados y nunca leales aliados, según decían, escaparan impunemente. A este grito, como si el pretor hubiera dado la señal, salen corriendo en todas direcciones para saquear la ciudad. En un principio, Emilio trató de detenerlos y llamarles de vuelta, diciéndoles que se saqueaba a las ciudades capturadas, no a las que se rendían, y aún en el caso de aquellas la decisión correspondía al general, no a los soldados. Cuando vio que la ira y la codicia podían más que su autoridad, mandó heraldos por toda la ciudad con la orden de convocar a todos los hombres libres en el foro, en torno a él, donde estarían a salvo de violencias; en cuanto a lo que de él dependió, mantuvo la palabra del pretor: Les devolvió su ciudad, sus tierras y sus leyes, y como el invierno ya se acercaba, escogió los puertos de Focea para que invernara la flota.

[37.33] Más o menos por entonces, el cónsul, que había marchado por los territorios de Eno y Maronea, recibió las noticias de la derrota de la flota del rey en Mioneso y del abandono de Lisimaquia. Esta última noticia le satisfizo más que la primera; sobre todo porque, cuando llegaron allí, la encontraron repleta con suministros de toda clase, como si se hubieran estado preparando para la llegada del ejército, ya que se habían hecho a la idea de tener que soportar los extremos de la falta de provisiones y los esfuerzos del asedio de una ciudad. El cónsul permaneció acampado aquí durante algunos días, para dar tiempo a que llegaran los bagajes así como también los enfermos que, agotados por la enfermedad y la duración de la marcha, había ido dejando en todas las ciudades fortificadas de Tracia. Una vez estuvieron todos reunidos, reanudaron su marcha por el Quersoneso y llegó al Helesponto. Aquí, gracias al rey Eumenes, ya se habían adoptado todas las medidas para la travesía y subieron a bordo de los barcos, cruzando sin trabas ni oposición, como si estuvieran en costas amigas y llevándolos a diferentes sitios. Los romanos habían esperado que esto fuera motivo de graves combates, por lo que se animaron mucho cuando vieron que se les permitía el paso a Asia. Permanecieron acampados algún tiempo en el Helesponto, al coincidir con los días sagrados durante los que se llevaban en procesión los Ancilia, inhábiles para marchar [los «ancilia» son los escudos sagrados de la Antigua Roma, que en número de once se guardaban en el templo de Marte a cargo de los sacerdotes saliares, instituidos para este fin. Según la leyenda, uno de ellos perteneció al dios Marte y se decía que había caído del cielo sobre el rey Numa Pompilio, al tiempo que se oía una voz que declaraba que Roma sería la dueña del mundo mientras se conservara el escudo. Se dice que Numa, por consejo de la ninfa Egeria, encargó otros once escudos, perfectamente idénticos al primero. Esto se hizo para que, si alguien intentaba robarlos como hizo Ulises con el paladio, no fuera capaz de distinguir el verdadero de los falsos. Se llevaban cada año, en el mes de marzo, en procesión alrededor de Roma, y en el 30º día del mes se colocaban de nuevo en su lugar.-N. del T.] Estas mismas fechas habían alejado del ejército a Publio Escipión, pues era uno de los saliares y retrasaron por él su avance hasta que se les unió.

[37,34] Durante este intervalo, Heráclides de Bizancio había llegado al campamento, con instrucciones de Antíoco para negociar la paz. Los retrasos y las vacilaciones de los romanos le habían hecho albergar esperanzas de obtener condiciones favorables, pues había supuesto que una vez puesto el pie en Asia, marcharían inmediatamente contra el campamento del rey. Heráclides, no obstante, decidió que no se acercaría al cónsul antes de haberse entrevistado con Publio Escipión, siendo estas, por otra parte, las instrucciones que había recibido del rey. Sus esperanzas se basaban principalmente en Publio, pues la grandeza de espíritu de Escipión y el estar saciado de gloria le hacían más proclive a la clemencia. Todo el mundo, además, sabía en qué modo se había comportado cuando venció en Hispania y África, estando también el hecho de que su hijo había caído prisionero y estaba en manos del rey. En cuanto a dónde, cuándo o por qué circunstancia había sido hecho prisionero, difieren los autores, como lo hacen en tantos otros asuntos. Algunos afirman que fue al comienzo de la guerra, cuando fue interceptado por los barcos del rey en su viaje desde Calcis a Oreo; otros dicen que, después del desembarco en Asia, fue enviado con una turma de caballería fregelana para hacer un reconocimiento del campamento del rey y que, cuando salió a su encuentro un gran destacamento de caballería, se retiró y cayó de su caballo en la refriega, siendo capturado junto con otros dos jinetes y conducido así a presencia del rey. Sí se admite generalmente que el joven no podría haber sido tratado con mayor amabilidad y generosidad, incluso de haberse mantenido la paz con Roma y si el rey hubiera mantenido vínculos personales de hospitalidad con los Escipiones. Por estas razones, el enviado esperó la llegada de Escipión y, cuando este llegó, se acercó al cónsul y le pidió que le concediera una audiencia en la que pudiera escuchar las propuestas que traía.

[37,35] Se convocó al consejo en pleno para escuchar lo que dijera el enviado. Este dijo que se habían enviado de una parte a la otra muchas embajadas para tratar sobre la cuestión de la paz, resultando infructuosas; esto mismo le inspiraba grandes esperanzas de lograr resultados donde los anteriores embajadores no consiguieron nada: en efecto, las dificultades en las anteriores discusiones habían residido en la posición de Esmirna, Lámpsaco, Alejandría de la Troade y la ciudad europea de Lisimaquia. De estas, Lisimaquia ya había sido evacuada por el rey, para que no se dijera que tenía alguna posesión en Europa. Estaba dispuesto a renunciar a las situadas en Asia y a aquellas otras que reclamaran los romanos, de los dominios del rey, porque se hubieran pasado a su bando. También estaba dispuesto a pagar la mitad de lo que les hubiera costado la guerra. Estas fueron las propuestas de paz. En el resto de su discurso, pidió al consejo que recordara la incertidumbre de los asuntos humanos, haciendo uso moderado de su buena fortuna y sin abusar de la desgracia ajena. Que limitaran su dominio a Europa, que aun así era inmenso; era más fácil extenderlo poco a poco que conservarlo unido en su integridad. Si, no obstante, deseaban anexionarse alguna parte de Asia, siempre y cuando se establecieran claramente las fronteras, el rey podría, en bien de la paz y la concordia, permitir que su moderación y sentido de la equidad cedieran a la codicia de los romanos. Estos argumentos en favor de la paz, que el orador consideraba tan convincentes, fueron considerados insuficientes por los romanos. Estos pensaban que era justo que el rey, que era el responsable del comienzo de la guerra, asumiera el coste total de la misma; y que retirase sus guarniciones no solo de Jonia y la Eólide, sino de todas las ciudades de Asia, que deberían quedar tan libres como las ciudades liberadas de Grecia, lo que solo podría llevarse a cabo si Antíoco entregaba todas sus posesiones asiáticas al oeste de la cordillera del Tauro.

[37.36] El enviado llegó a la conclusión de que, por lo que se refería al consejo, no estaba logrando ninguna condición aceptable y, de acuerdo con sus instrucciones, trató de tantear en privado el ánimo de Escipión. Empezó por decirle que el rey devolvería a su hijo sin rescate; después, ignorante tanto del carácter de Escipión como del uso romano, le ofreció una ingente cantidad de oro si obtenía la paz por su mediación y compartir totalmente su poder soberano, con la sola excepción del título real. A esto, Escipión respondió: «Tu ignorancia de los romanos en su conjunto y de mí en particular, a quien has sido enviado, me sorprende menos cuando veo que ignoras la situación del hombre que te envía. Si teníais intención de pedir la paz a quienes considerabais preocupados por el resultado de la guerra, debíais haber conservado Lisimaquia para impedirnos entrar en el Quersoneso, o habernos hecho frente en el Helesponto para impedirnos el paso a Asia. Pero ahora que habéis dejado el paso libre en Asia y han aceptado no sólo las riendas, sino también el yugo, ¿qué queda por discutir en igualdad de condiciones, cuando habréis de someteros a nuestro mando? Yo obtendré de la generosidad del rey el más preciado de los regalos: mi hijo; en cuanto a sus otras ofertas, ruego a los dioses que nunca mi suerte precise de ellas, en todo caso, mi ánimo nunca lo hará. A título particular, si desea un reconocimiento particular, lo tendrá por tan generoso acto hacia mí. En mi condición pública, nada tomaré de él y nada le daré. Lo que puedo dar ahora es un consejo sincero: Ve y dile en mi nombre que abandone las hostilidades y que no rechace ninguna condición de paz». Estas palabras no influyeron en lo más mínimo en el ánimo del rey, pues consideraba que el azar de la guerra no tenía peligros desde el momento mismo en que se le imponían términos como si ya estuviera vencido. Por lo tanto, dejó de lado por el momento las menciones a la paz, y dedicó toda su atención a la preparación de la guerra.

[37.37] Una vez estuvo todo listo para llevar a cabo sus planes, el cónsul levantó su campamento, llegó primero a Dárdano y luego a Reteo, saliendo a su encuentro los habitantes de ambas ciudades. Marchó después a Ilión y, tras fijar su campamento en una llanura bajo las murallas, subió a la ciudad y a la ciudadela donde ofreció sacrificios a Minerva, la diosa tutelar de la ciudadela. Los ilienses hicieron todo lo posible para demostrar con sus palabras y actos el orgullo que sentían por ser los romanos oriundos de su país, y los romanos se mostraban encantados de visitar su hogar original. Una marcha de seis días desde allí los llevó a la fuente del río Caico. Aquí se les unió el rey Eumenes; había tratado de llevar su flota de vuelta desde el Helesponto a sus cuarteles de invierno en Elea, pero el viento le fue contrario y durante varios días fue incapaz de doblar el cabo de Lecton [en la actual Babakale, Turquía.-N. del T.]. Deseoso de no perderse el inicio de la campaña. Desembarcó en el punto más cercano y con un pequeño destacamento de tropas marchó a toda prisa hacia el campamento romano. Aquí se le envió de vuelta a Pérgamo para agilizar la entrega de suministros y, tras supervisar que el grano se entregaba a los señalados por el cónsul para recibirlo, volvió al campamento. Desde allí, como tuvieran raciones para muchos días, decidieron marchar en dirección al enemigo antes de que les alcanzara el invierno. El campamento del rey estaba cerca de Tiatira. Cuando este supo que Escipión estaba detenido en Elea por una enfermedad, envió unos legados para que le llevaran de vuelta a su hijo. No solo fue un gesto generoso para su ánimo de padre, sino que también ayudó a su recuperación. Una vez saciado de abrazar a su hijo, le dijo a la escolta: «Regresad y decid al rey que le doy las gracias; no puedo ahora mostrarle mi gratitud de otro modo más que aconsejándole que no baje al campo de batalla hasta que sepa que he regresado al campamento». Aunque sus sesenta mil soldados de infantería y más de doce mil de caballería daban al rey esperanza de éxito en la batalla, Antíoco se dejó influir por la autoridad de hombre tan grande como aquel, sobre el que hacía descansar todas sus esperanzas de apoyo frente a los dudosos azares de la guerra. Retirándose más allá del río Frigio [es el actual Kum, afluente del Gediz.-N. del T.], acampó en las proximidades de Magnesia, la que está junto al Sípilo, y por si los romanos trataban de forzar sus líneas mientras esperaba, rodeó su campamento con un foso de seis codos de hondo y doce de ancho [el codo romano equivale a 0,44 metros; así pues, el foso tenía 2,64 metros de profundidad por 5,28 metros de ancho.-N. del T.], levantó una doble empalizada en la parte de fuera del foso y en el borde interior construyó una muralla flanqueada a cortos intervalos por torres desde las que se podía impedir fácilmente al enemigo que cruzara el foso.

[37.38] Suponiendo el cónsul que el rey estaba en Tiatira, marchó durante cinco días seguidos y descendió a la llanura de Hircania. Al saber que había partido de allí, siguió sus pasos y acampó en la orilla occidental del Frigio, a una distancia de cuatro millas del enemigo [5920 metros.-N. del T.]. Aquí, una fuerza de unos mil jinetes, en su mayoría galogriegos junto con algunos dahas y arqueros montados de otras tribus, cruzaron el río y cargaron tumultuosamente contra los puestos avanzados romanos. Al principio, como no estaban preparados, hubo alguna confusión; pero conforme siguió la batalla y el número de los romanos fue en aumento con los refuerzos que llegaban del campamento, las tropas del rey, cansadas y en inferioridad numérica, trataron de retirarse hacia la orilla del río. Antes que entraran en la corriente, sin embargo, resultó muerto una cantidad considerable por parte de sus adversarios, que los perseguían de cerca. Durante los siguientes dos días todo estuvo tranquilo, sin que ninguna de las partes hiciera intento alguno de cruzar el río. Al tercer día, todo el ejército romano cruzó en bloque y acampó a unas dos millas y medio del enemigo [3700 metros.-N. del T.]. Mientras estaban medían y fortificaban el área del campamento, se produjo una considerable alarma y confusión por la aproximación de una fuerza escogida de tres mil infantes y caballería de las tropas del rey. Los que estaban de guardia eran muchos menos en número, pero mantuvieron por sí mismos una resistencia constante, sin que hubiera que llamar a un solo soldado de los que fortificaban el campamento; según avanzó la lucha, expulsaron al enemigo tras matar a cien de ellos y tomar cien prisioneros. Durante los siguientes cuatro días, ambos ejércitos permanecieron delante de sus empalizadas formados para la batalla; al quinto día, los romanos avanzaron hasta mitad de la llanura, pero Antíoco no hizo ningún movimiento para avanzar sus estandartes y sus líneas frontales se mantuvieron en una posición a menos de una milla de su empalizada.

[37,39] Cuando el cónsul se dio cuenta de que declinaba dar batalla, convocó un consejo de guerra para el día siguiente, con el fin de decidir qué debía hacer si Antíoco no daba oportunidad de combatir. Se acercaba el invierno, dijo; tendría que acampar a los soldados o, si deseaba marchar a cuarteles de invierno, se tendrían que suspender las operaciones hasta el verano. Por ninguno de sus enemigos sintieron nunca los romanos mayor desprecio. Todos le pidieron a grandes voces que los llevase a la batalla y que aprovechara al máximo el ardor de los soldados, que estaban dispuestos, si el enemigo no salía, a cargar sobre los fosos y la empalizada e irrumpir en el campamento, pues no era como si tuvieran que luchar contra tantos miles de hombres, sino más bien como si tuvieran que masacrar a miles de cabezas de ganado. Cneo Domicio fue enviado para reconocer el terreno y averiguar qué punto de la empalizada permitía mejor aproximación; una vez que hubo llevado una información completa y segura, se decidió trasladar el campamento al día siguiente, más cerca del enemigo. Al tercer día, se avanzaron los estandartes hasta mitad de la llanura y se formaron las líneas. Antíoco, por su parte, sentía que no debería dudar más, para que no decayera el ánimo de sus propios hombres y aumentasen las esperanzas del enemigo de decidir la batalla. Condujo a sus fuerzas lo bastante lejos de su campamento como para dar la impresión de que tenía intención de combatir.

El ejército romano era prácticamente uniforme, tanto en lo referente a los hombres como a su equipamiento; había dos legiones romanas y dos de aliados y latinos, cada una compuesta por cinco mil hombres. Los romanos ocupaban el centro y los latinos las alas. Los estandartes de los asteros estaban en vanguardia, luego iban los de los príncipes y cerraban los de los triarios. Además de estas fuerzas, formadas por así decir de forma regular, el cónsul dispuso a su derecha, alineados con ellos, las fuerzas auxiliares del rey Eumenes que se incorporaron junto a los aqueos armados de cetra, con un total de unos tres mil hombres; más allá de estos, fueron situados casi tres mil de caballería, ochocientos de los cuales fueron proporcionados por Eumenes y el resto caballería toda romana. Más allá de estos colocó a los tralos y los cretenses, en número de quinientos cada uno de ellos. No se consideró que el ala izquierda necesitara tanto apoyo, pues descansaba sobre el río y estaba protegida por las orillas escarpadas; no obstante, se situaron en aquel extremo cuatro turmas de caballería [120 jinetes.-N. del T.]. Esta fue la fuerza total que los romanos llevaron al campo de batalla. Además de estos, sin embargo, existía una fuerza mixta de macedonios y tracios, dos mil en total, que los habían seguido como voluntarios y que quedaron para vigilar el campamento. Los dieciséis elefantes quedaron en reserva tras los triarios; posiblemente no podrían enfrentarse a los elefantes del rey, que contaba con cincuenta y cuatro, y los elefantes africanos no eran rival para los elefantes indios, aunque los igualasen en número, pues estos últimos eran mucho más grandes y combatían con más bravura.

[37.40] El ejército del rey era una fuerza heterogénea de muchas nacionalidades y presentaba gran diversidad, tanto en hombres como en sus equipos. Había dieciséis mil infantes armados al modo macedonio, llamados «falangitas». Estos formaban el centro y su frente estaba compuesto por diez divisiones; entre cada división había dos elefantes. Desde el frente hasta el fondo, tenían treinta y dos filas de profundidad. Esta era la fuerza principal del ejército del rey y presentaba un aspecto formidable, especialmente con los elefantes sobresaliendo de tanto en tanto por encima de los hombres. El efecto quedaba aumentado por las testeras, penachos y torres sobre las espaldas de los animales, sobre las que se encontraba el cornaca [el conductor.-N. del T.] acompañado por cuatro soldados. A la derecha de la falange, Antíoco situó a mil quinientos infantes galogriegos, y junto a estos colocó a tres mil jinetes vestidos con armadura a los que llaman «catafractos». A estos se añadió otra ala de caballería en número de mil, a la que llamaban «agema»; esta era una fuerza de medos, hombres escogidos, así como hombres de muchas tribus de aquella parte del mundo. Detrás de estos, como apoyo, se situó una manada de dieciséis elefantes. Seguía en la línea la cohorte real llamada «argiráspides», por la clase de escudos que portaban [literalmente, portadores de escudos de plata.-N. del T.]. Venían luego los dahas, arqueros montados, en número de mil doscientos; después había tres mil infantes ligeros, la mitad de ellos cretenses y la otra mitad tralos. Más allá de estos estaban dos mil quinientos arqueros misios y, cerrando la línea, una fuerza mixta de cuatro mil hombres con honderos cirtios y arqueros elimeos.

A la izquierda de la falange estaban mil quinientos infantes galogriegos y dos mil capadocios, armados de manera similar y enviados por Ariarates, a continuación de ellos se colocó una fuerza, mezcla de toda clase de razas, de unos dos mil setecientos auxiliares. Venían luego tres mil catafractos y otros mil jinetes con protección más ligera que los del ala regia, tanto ellos como los caballos, pero sin diferenciarse en el resto de su equipamiento; estaban compuestos en su mayoría por sirios más una mezcla de frigios y lidios. Delante de esta masa de caballería había cuadrigas con hoces y camellos de los que llaman dromedarios. Sentados sobre estos iban arqueos árabes provistos de estrechas espadas de cuatro codos de largo, de manera que podían alcanzar al enemigo desde tan gran altura. Más allá de ellos había un contingente de soldados igual al del ala derecha: primero los tarentinos, después dos mil quinientos jinetes galogriegos, mil neocretes, mil quinientos carios y cilicios armados de manera similar, y el mismo número de tralos. Iban luego cuatro mil armados con cetras, pisidios, panfilios y lidios, a continuación venían fuerzas cirtias y elimeas con la misma cantidad que en el ala derecha, y finalmente dieciséis elefantes a poca distancia.

[37.41] El rey mandaba personalmente la derecha, la izquierda la puso a cargo de su hijo Seleuco y del hijo de su hermano, Antípatro. El centro fue confiado a tres comandantes, Minión, Zeuxis y Filipo, mandando este último los elefantes. La bruma de la mañana, que según avanzaba el día se convirtió en nubes, oscureció la atmósfera, luego la humedad, como la que trae el viento del sur, lo mojó todo. Esto no molestó mucho a los romanos, pero fue una grave desventaja para las tropas del rey. Como la línea romana era sólo de moderada longitud, la falta de luz no les impedía la visión de todas las partes de su formación y, como estaba compuesta casi enteramente por tropas pesadas, la fina lluvia no afectó a sus armas, que eran espadas y pilos. La línea del rey, en cambio, era de longitud tan grande que resultaba imposible divisar las alas desde el centro, cuanto menos verse los extremos el uno al otro, y mojando la niebla húmeda sus arcos y hondas, así como las correas de sus lanzas arrojadizas. Además, los carros falcados con los que Antíoco confiaba sembrar el pánico en las filas enemigas, volvieron el peligro en contra de los suyos. Estos carros estaban armados de la siguiente manera: a cada lado del timón, sobresaliendo diez codos [4,40 metros.-N. del T.] del yugo, iban ajustadas unas picas que se proyectaban como cuernos y que penetraban cuanto se cruzara en su camino; a cada extremo del yugo salían dos hoces, una a la misma altura que el yugo y la otra más baja, apuntando al suelo, la primera cortaba cuanto se encontraba a los lados y la segunda atrapaba a los caídos o a quienes se arrastraban. De modo similar, dos guadañas, apuntando en direcciones opuestas, estaban fijadas a cada extremo del eje de las ruedas.

Los carros así armados estaban situados, como ya he mencionado, delante de las líneas, pues de haber estado en la retaguardia o en el centro habrían tenido que pasar a través de sus propios hombres. Cuando Eumenes vio esto, familiarizado con su modo de lucha y sabedor de que le sería de mucha ayuda si aterrorizaba a los caballos, ordenó a los arqueros cretenses, a los honderos y lanzadores de jabalinas, junto a algunas turnas de caballería, que avanzasen no en orden cerrado, sino tan abiertos como pudieran y que lanzasen sus proyectiles simultáneamente desde todas partes. Este ataque tan tempestuoso, en parte por las heridas producidas por los proyectiles y en parte por los gritos salvajes de los atacantes, aterrorizó de tal manera a los caballos que se lanzaron a un galope frenético sobre el campo de batalla, como si no llevaran riendas. La infantería ligera, los ágiles honderos y los veloces cretenses los evitaron fácilmente, y la caballería aumentó la confusión y el terror atemorizando a los caballos y aún a los camellos, añadiéndose a estos los gritos de quienes no habían entrado en acción. Los carros fueron sacados así del campo de batalla, y una vez deshecho tan inútil esperpento, se dio la señal por ambas partes y dio inicio la batalla regular.

[37,42] Aquella inútil acción, sin embargo, demostraría bien pronto ser la causa de una derrota real. Las tropas auxiliares que estaban situadas en reserva, muy próximas, quedaron tan desmoralizadas por el pánico y la confusión de las cuadrigas que se dieron a la fuga y dejaron expuesta a toda la línea hasta los catafractos. Ahora que las reservas estaban rotas, la caballería romana cargó contra estos y no resistieron ni la primera carga: algunos huyeron y otros, paralizados por el peso de sus corazas y armas, fueron muertos. A continuación, cedió completamente el resto del ala izquierda, y cuando los auxiliares, que estaban situados entre la caballería y la falange, quedaron desordenados, la desmoralización llegó al centro. Aquí se rompieron las filas, impidiéndoseles emplear sus extraordinariamente largas lanzas -que los macedonios llamaban «sarisas»- sus propios camaradas, que corrían en busca de refugio entre ellos. Estando en este desorden, los romanos avanzaron contra ellos y lanzaron sus pilos. Ni siquiera los elefantes dispuestos entre las secciones de la falange asustaron a los soldados romanos, acostumbrados como estaban por las guerras africanas a evitar la carga de las bestias y atacar sus flancos con sus pilos o, si se podían acercar a ellos, seccionar el tendón de sus corvas con sus espadas. El centro del frente estaba ya casi totalmente hundido y las reservas, habiendo sido flanqueadas, fueron destrozadas desde la retaguardia. En esta coyuntura, los romanos escucharon en la otra parte del campo de batalla los gritos de sus propios hombres al huir, casi hasta las mismas puertas de su campamento. Antíoco, desde su posición en su ala derecha, se había dado cuenta de que los romanos, confiando en la protección del río, habían situado allí sólo cuatro turmas de caballería; estas, al mantenerse junto a su infantería, habían dejado desguarnecida la orilla del río. Atacó esta parte de la línea con sus auxiliares y catafractos, no limitándose a presionar su frente sino que, rodeando a lo largo del río, presionó su flanco hasta que la caballería fue puesta en fuga y la infantería, que estaba junto a ella, fue empujada en desenfrenada carrera hasta su campamento.

[37.43] El campamento estaba a cargo de un tribuno militar, Marco Emilio, hijo del Marco Lépido que unos años más tarde fue nombrado Pontífice Máximo. Cuando vio que los fugitivos se dirigían hacia el campamento, se les enfrentó con toda la guarnición del campamento y les ordenó que se detuvieran; después, reprendiéndoles ásperamente por su cobarde huida, les amenazó para que regresaran al combate y les advirtió de que, si no le obedecían, se precipitaban ciegamente a su ruina. Finalmente, dio orden a sus hombres de que mataran a los primeros que llegaban y que obligasen a la multitud que les seguía, con sus espadas, a volver contra el enemigo. Este miedo, mayor, venció al menor. El peligro que les amenazaba por ambos lados los llevó, primero a detenerse y luego a regresar a la lucha. Emilio, con su guarnición del campamento -que estaba compuesta por dos mil valientes soldados- ofreció una firme resistencia al rey que les perseguía firmemente, y Atalo, el hermano del Eumenes, que estaba en la derecha romana donde el enemigo había sido puesto en fuga al primer choque, viendo a su izquierda la difícil situación de sus hombres y el tumulto alrededor del campamento, llegó oportunamente en aquel momento con doscientos jinetes. Cuando Antíoco se encontró con que los hombres, cuyas espaldas había visto poco antes, reanudaban ahora el combate y que llegaban otros grupos de soldados desde el campo de batalla y desde el campamento, volvió grupas a su caballo y huyó. Así, los romanos salieron victoriosos en ambas alas. Abriéndose paso a través de los montones de cadáveres que yacían apilados, sobre todo en el centro, donde el valor de las mejores tropas del enemigo y el peso de sus armaduras les impedían huir, se lanzaron a saquear el campamento. Con la caballería de Eumenes en cabeza, seguida por el resto de las tropas montadas, fueron persiguiendo al enemigo por toda la llanura y matando a los últimos conforme los alcanzaban. Pero aún más estragos sufrieron los fugitivos por el hecho de ir mezclados entre los carros, los elefantes y los camellos; no solo fueron aplastados por los animales, sino que, habiendo perdido todo orden, tropezaban ciegamente unos contra otros. Se produjo también una espantosa carnicería en el campamento, casi mayor que en la batalla. Los primeros fugitivos huyeron principalmente en aquella dirección y la guarnición del campamento, confiando en el gran número de los que llegaban, lucharon con la mayor determinación delante de su empalizada. Los romanos, que esperaban haber podido tomar al primer asalto las puertas y la empalizada, quedaron allí contenidos algún tiempo y, cuando por fin quebraron la defensa, por causa de su ira les infligieron una masacre aún mayor.

[37,44] Se dice que aquel día murieron cincuenta mil infantes y tres mil de caballería; mil quinientos resultaron prisioneros y se capturaron quince elefantes con sus cornacas. Muchos de los romanos sufrieron heridas, pero en realidad no cayeron más de trescientos de infantería, veinticuatro de caballería y veinticinco del ejército de Eumenes. Después de saquear el campamento enemigo, los romanos volvieron al suyo con una gran cantidad de botín; al día siguiente despojaron a los cuerpos de los muertos y reunieron a los prisioneros. Llegaron delegaciones desde Tiatira y Magnesia del Sípilo para entregar sus ciudades. Antíoco, acompañado en su huida del campo de batalla por un pequeño número de sus hombres, así como de otros más que se le unieron por el camino, llegó a Sardis sobre la medianoche con un modesto grupo de tropas. Al enterarse de que su hijo Seleuco, con algunos de sus amigos, había llegado hasta Apamea, partió también él, con su esposa y su hija, en dirección a la misma ciudad tras encargar la defensa de Sardis a Xenón y nombrar a Timón gobernador de Lidia. Los habitantes y los soldados de la ciudadela hicieron caso omiso de su autoridad y, de mutuo acuerdo, enviaron delegados al cónsul.

[37.45] Casi simultáneamente a estos delegados, llegaron otros desde Aydin [la antigua Tralles.-N. del T.], desde la Magnesia que está sobre el Meandro y desde Éfeso para entregar sus ciudades. Polixénidas, al tener noticias de la batalla, había salido de Éfeso y llevado su flota hasta Pátara, en Licia; pero temiendo un ataque de la escuadra rodia que estaba situada cerca de Megiste, desembarcó y se dirigió por tierra hacia Siria con un pequeño contingente. Las ciudades de Asia Menor se pusieron bajo la protección del cónsul y el dominio de Roma. El cónsul estaba ahora en Sardes y Publio Escipión marchó allí desde Elea, tan pronto fue capaz de soportar la fatiga del viaje. Por aquel mismo tiempo, llegó un heraldo de Antíoco que, por mediación de Publio Escipión, logró el consentimiento del cónsul para el rey enviara portavoces. Unos días más tarde llegaron Zeuxis, quien había sido gobernador de Lidia, y Antípatro, sobrino del rey. Se entrevistaron primero con Eumenes, que suponían sería el más fuerte oponente a la paz debido a sus antiguas disputas con el rey, pero le encontraron con un ánimo más conciliador de lo que ellos o Antíoco hubieran esperado. A continuación se acercaron a Escipión y, por su mediación, al cónsul. Se les concedió su petición de una reunión del consejo para hacer públicas las instrucciones que traían. Zeuxis habló primero: «No tenemos tanto que hablar nosotros -dijo-, como pediros a vosotros, romanos, que digáis de qué medios propiciatorios puede el rey expiar su error y obtener de vosotros, sus vencedores, la paz y el perdón. Siempre habéis mostrado la mayor magnanimidad al perdonar a los reyes y pueblos que habéis vencido. ¡Con cuánta mayor magnanimidad y serenidad actuaréis en este momento de victoria, que os ha convertido en los dueños del mundo! Conviene ahora que, terminadas las batallas contra los hombres, no menos que si fueseis dioses, proveáis y perdonéis a todo el género humano».

Antes de la llegada de los enviados ya se había decidido la respuesta que se les debía dar. Les plació que respondiera el Africano, y se dice lo que se expresó en los siguientes términos: «De todas las cosas que están en poder de los dioses inmortales, nosotros los romanos tenemos las que estos nos han concedido. Hemos mantenido nuestra fortaleza ánimo, que depende de nuestra razón, invariable ante cada giro de la fortuna hasta hoy; la prosperidad no la ha avivado y la adversidad no la ha deprimido. Por no mencionar ningún otro ejemplo, me gustaría poneros a Aníbal como prueba de esto, si no pudiera poneros a vosotros mismos. Una vez hubimos cruzado el Helesponto, antes de ver el campamento del rey, antes de ver su ejército formado en orden de combate, mientras Marte permanecía aún neutral y la suerte de la guerra incierta, os presentamos, cuando vinisteis a tratar la paz, condiciones de igual a igual. Ahora que somos vencedores, os ofrecemos las mismas condiciones como vencidos. Manteneos alejados de Europa; evacuar toda la parte de Asia que se encuentra a este lado de los montes Tauro. Por los gastos afrontados durante la guerra, nos daréis quince mil talentos euboicos [el talento euboico equivale a 25,92 kg.-N. del T.], quinientos ahora, dos mil quinientos en cuanto el senado y el pueblo de Roma hayan confirmado la paz, y luego mil al año durante doce años. Es también nuestra voluntad que se le paguen cuatrocientos talentos a Eumenes y el resto del trigo que se debía a su padre. Si convenimos en estas condiciones, y para tener la garantía de que las cumpliréis, nos entregaréis veinte rehenes escogidos por nosotros. Pero nunca nos sentiremos seguros de que habrá paz con Roma donde esté Aníbal, y ante todo exigimos su entrega. También entregaréis al etolio Toante, el instigador de la guerra etolia, que os incitó a tomar las armas contra nosotros confiando en ellos, y a ellos los hizo armarse contra nosotros confiando en vosotros. Con él habréis de entregar a Mnasíloco el acarnane, así como a los calcidenses Filón y Eubúlidas. El rey hará la paz ahora en peores condiciones, pues lo hace más tarde de cuando pudo haberla hecho. Si vacila ahora, hacedle saber que resulta más difícil derribar el orgullo de los monarcas desde la cima de su grandeza a una posición modesta, que hacerlos caer desde esa modesta situación al más hondo de los abismos». Los enviados habían sido instruidos por el rey para que aceptaran cualquier condición. En consecuencia, se decidió enviar una embajada a Roma. El cónsul distribuyó a su ejército en cuarteles de invierno entre Magnesia del Meandro, en Aydin y en Éfeso. Pocos días después, llegaron a Éfeso, ante el cónsul, los rehenes y los embajadores que tenían que ir a Roma. Eumenes partió hacia Roma al mismo tiempo que los enviados, y fueron seguidos por las delegaciones de todos los pueblos de Asia.

[37,46] Mientras se estaban produciendo en Asia estos acontecimientos, dos de los procónsules regresaron a Roma: Publio Minucio desde Liguria y Manio Acilio desde Etolia. Ambos esperaban disfrutar de un triunfo, pero cuando el Senado hubo escuchado su relato de cuanto que habían hecho, rechazó la solicitud de Minucio y por unanimidad concedieron el triunfo a Acilio, que entró en la Ciudad celebrando su triunfo sobre Antíoco y los etolios. Llevaron en la procesión doscientos treinta estandartes enemigos, tres mil libras de plata sin acuñar, de plata acuñada ciento trece mil tetracmas áticas, doscientos cuarenta y nueve mil cistóforos, así como muchos vasos de plata, cincelados y de gran peso; llevó también la vajilla de plata del rey y su magnífico vestuario. Llevó también cuarenta y cinco coronas de oro, regalo de varias ciudades aliadas, y despojos de toda clase; treinta y seis prisioneros de alto rango, los generales de Antíoco y los etolios, también marcharon en la procesión del vencedor. Damócrito, el jefe de los etolios, había escapado de la cárcel un par de noches antes; los guardias lo persiguieron hasta la orilla del Tíber, donde se atravesó con la espada antes de que lo pudieran atrapar. Solo faltaron los soldados siguiendo el carro; por lo demás, fue un triunfo magnífico tanto por el espectáculo como por la celebración de una espléndida victoria.

Estos festejos de triunfo se vieron empañados por una triste noticia desde Hispania: seis mil hombres del ejército romano, bajo el mando del procónsul Lucio Emilio, habían caído en una desgraciada batalla contra los lusitanos, en la Bastetania, cerca de la ciudad de Licón [se la suele identificar con Pinos Puente-Ilurco (Granada) o con Castulo-Ilugo (Jaén), en ambos casos se presentan dificultades que pueden indicar una confusión de Tito Livio o sus fuentes.-N. del T.]. Los restantes huyeron tras la empalizada de su campamento, que defendieron con dificultad, para retirarse finalmente a marchas forzadas, como si fuesen fugitivos, hacia territorio amigo. Este fue el informe recibido de Hispania. Llegó una delegación procedente de Plasencia y Cremona, en la Galia, y fueron presentados en el Senado por el pretor Lucio Aurunculeyo. Estos se quejaron de la escasez de colonos: algunos habían sido víctimas de los azares de la guerra, otros de la enfermedad, y algunos se habían marchado de las colonias debido a las molestias producidas por sus vecinos, los galos. El senado decretó que el cónsul Cayo Lelio debía, si le parecía bien, elaborar una lista de seis mil familias que se distribuirían entre las dos colonias, debiendo nombrar Lucio Aurunculeyo los triunviros que asentarían a los nuevos colonos. Los nombrados fueron Marco Atilio Serrano, Lucio Valerio Flaco, hijo de Publio, y Lucio Valerio Tapón, hijo de Cayo.

[37.47] No mucho después, como se acercaba la fecha de las elecciones consulares, el cónsul Cayo Lelio regresó de la Galia. Este, en cumplimiento del decreto que el Senado había hecho antes de su llegada, inscribió los colonos para reforzar la población de Cremona y Plasencia, presentando además una propuesta, que el Senado aprobó, para la fundación de dos nuevas colonias en tierras que habían pertenecido a los boyos. Llegó por entonces un despacho del pretor Lucio Emilio dando cuenta de la batalla naval librada en Mioneso y afirmando que Lucio Escipión había llevado su ejército a Asia. Se decretó un día de acción de gracias por la victoria naval, y otro día más, por ser la primera vez que se asentaba en suelo de Asia un ejército romano, para que este acontecimiento tuviera un final feliz y próspero para la república. El cónsul recibió instrucciones para sacrificar en cada día veinte víctimas adultas. Se celebraron unas elecciones consulares muy reñidas. Marco Emilio Lépido era uno de los candidatos, pero era impopular en todas partes debido a que había abandonado su provincia de Sicilia para presentar su candidatura, sin consultar al Senado para poder hacerlo. Los otros candidatos eran Marco Fulvio Nobilior, Cneo Manlio Vulsón y Marco Valerio Mesala. Fulvio fue el único elegido, al no obtener ninguno de los otros el número preciso de centurias. Fulvio, al día siguiente, proclamó colega suyo a Cneo Manlio; Lépido había quedado descartado, pues Mesala se retiró. Los nuevos pretores fueron dos Fabios, Labeón y Píctor -este último había sido consagrado flamen quirinal ese año-, Marco Sempronio Tuditano, Espurio Postumio Albino, Lucio Plaucio Hipseo y Lucio Bebio Dives.

[37,48] Nos cuenta Valerio Antias que, una vez asumido el cargo por los nuevos cónsules -189 a.C.-, corrió por Roma un rumor, que se extendió ampliamente, en el sentido de que los dos Escipiones, Lucio y el Africano, invitados a una entrevista con el rey con motivo del regreso del joven Escipión, habían sido apresados, llegando enseguida el ejército del rey hasta el campamento romano, que fue capturado, y siendo completamente destruidas las fuerzas romanas. Se decía, además, que los etolios ganaron nuevos ánimos con esto y se negaron a obedecer las órdenes, marchando sus líderes a Macedonia, Tracia y Dardania para contratar mercenarios. Aulo Terencio Varrón y Marco Claudio Lépido habrían sido enviados por el propretor Aulo Cornelio desde Etolia para llevar estas noticias a Roma. Complementa este cuento informándonos de que se les preguntó en el Senado a los embajadores etolios, entre otros asuntos, a quién habían escuchado que los jefes romanos habían sido hechos prisioneros por Antíoco y su ejército destruido, replicando los etolios que a ellos les habían informado así unos enviados suyos que estaban con el cónsul. No teniendo yo ninguna otra fuente sobre este rumor, la hago constar sin confirmarla ni pasarla por alto como infundada.

[37.49] Al comparecer los etolios ante el Senado, su propio interés y la situación en la que se encontraban aconsejaban que hubieran admitido toda su culpa o equivocación y hubiesen pedido humildemente perdón. En lugar de esto, empezaron por recordar los servicios que habían prestado al pueblo romano; rememorando, casi como un reproche, el valor que habían mostrado en la guerra contra Filipo, lograron ofender con su insolencia los oídos de su audiencia. Trayendo a colación viejos y olvidados incidentes, llegaron al extremo de recordar a los senadores cuánto habían hecho para perjudicar a Roma, mucho más que para beneficiarla. Así, aquellos hombres que necesitaban compasión y simpatía sólo provocaron irritación y enojo. Preguntados por un senador si dejaban la decisión de su caso al pueblo romano, y por otro si tendrían como aliados y enemigos los mismos que Roma, al no dar respuesta alguna se les ordenó salir de aquel lugar sagrado [«templo» es el término que usa Livio; otras traducciones ofrecen «el recinto» o «el Senado» como alternativas; nos ha parecido que, aquí concretamente, puede querer indicar Livio que estas sesiones se celebraban en el templo de Belona, donde solían tener lugar las relacionadas con los asuntos bélicos, aunque le serviría también para enfatizar el hecho de que el lugar donde celebraba sus sesiones el Senado de Roma debía haber sido previamente consagrado.-N. del T.]. Casi todo el senado se expresó a grandes voces diciendo que los etolios estaban aún completamente del lado de Antíoco y que su ánimo agresivo estaba pendiente únicamente de sus esperanzas en él; eran, indudablemente, enemigos de Roma y, como a tales, resultaba preciso combatirles y doblegar definitivamente la soberbia de sus ánimos desafiantes. Lo que les hizo enojar aún más fue la duplicidad de los etolios, pidiendo la paz a los romanos mientras hacían la guerra contra Dolopia y Atamania. Manio Acilio, el vencedor de Antíoco y los etolios, propuso una resolución que el Senado aprobó, a saber, que se ordenara a los enviados salir de la Ciudad aquel mismo día y que abandonaran Italia en un plazo de quince días. Aulo Terencio Varrón fue enviado a escoltarlos por el camino, y se les advirtió de que si iba a Roma algún delegado etolio, excepto con el permiso del comandante romano que gobernara aquella provincia y acompañados por un legado romano, se les trataría como enemigos [se ha preferido dejar el término «legado», sin inclinarnos por «enviado» o «general», al no poder precisar si Livio quiere indicar que el acompañante debía ser un militar de rango superior o un ciudadano en misión oficial.-N. del T.]. Con esta advertencia fueron despedidos.

[37.50] A continuación, los cónsules llevaron ante el Senado la asignación de las provincias. Se decidió que sortearan entre Etolia y Asia. A quien correspondiera Asia se haría cargo del ejército de Lucio Escipión, así como de refuerzos consistentes en cuatro mil infantes y doscientos jinetes romanos, y ocho mil infantes y cuatrocientos jinetes proporcionados por los aliados y los latinos; con estas fuerzas debía llevar a cabo la guerra contra Antíoco. El otro cónsul se haría cargo del ejército en Etolia y se le autorizaba a alistar refuerzos en el mismo número y proporción que su colega. También debería equipar y llevar con él los buques que habían sido preparadas el año anterior, no limitando sus operaciones a Etolia, sino pasar también a la isla de Cefalonia. También se le pedía que marchara a Roma para celebrar las elecciones, si lo podía hacer sin detrimento para el estado, pues se decidió que, además de la designación de los magistrados anuales, también deberían ser elegidos los censores. Si las circunstancias le impidieran dejar su puesto, informaría al Senado de que no podía estar presente en ese momento. Etolia correspondió a Marco Fulvio y Asia a Cneo Manlio. Los pretores sortearon a continuación: Espurio Postumio Albino recibió las jurisdicciones urbana y peregrina; a Marco Sempronio Tuditano correspondió Sicilia; Quinto Fabio Píctor -el flamen quirinal- obtuvo Cerdeña; a Quinto Fabio Labeón le correspondió el mando naval; Hispania Citerior fue para Lucio Plaucio Hipseo y la Ulterior para Lucio Bebio Dives. Se destinó una legión, así como la flota que ya estaba en la provincia, a Sicilia; también decidió que el nuevo pretor debía ordenar a los sicilianos que proporcionaran doble diezmo de trigo, uno para enviarlo a Asia y el otro a Etolia. Lo mismo se exigiría a los sardos, llevándose aquel trigo a los mismos ejércitos que el suministrado por Sicilia. Lucio Bebio recibió para Hispania refuerzos en número de mil soldados de infantería y quinientos de caballería, así como seis mil infantes y doscientos jinetes de los latinos y los aliados; A Plaucio Hipseo, en la Hispania Citerior, le asignaron mil infantes romanos, dos mil aliados latinos y doscientos jinetes; con estos refuerzos, cada una de las provincias hispanas dispondría de una legión cada una. De los magistrados del año anterior, Cayo Lelio conservó su provincia y su ejército por un año, así como también Publio Junio como propretor en Etruria, con el ejército que había en la provincia, y a Marco Tucio como propretor en el Brucio y Apulia.

[37.51] Antes de que los pretores partieran hacia sus provincias, surgió una disputa entre Publio Licinio, el pontífice máximo, y el flamen quirinal, Quinto Fabio Píctor. Muchos años antes se había producido una disputa similar entre Lucio Metelo y Postumio Albino. En aquel entonces, el pontífice máximo Metelo había impedido a Albino, el cónsul recién elegido, que marchara a Sicilia, a la flota, con su colega Cayo Lutacio, para que atendiera a sus obligaciones religiosas. En la presente ocasión, Publio Licinio impidió al pretor marchar a Cerdeña. La cuestión fue objeto de acalorados debates, tanto en el Senado como en la Asamblea, por ambas partes se hizo valer la autoridad, se exigieron garantías, se impusieron multas, se invocó a los tribunos y se apeló al pueblo. Finalmente, prevalecieron las razones religiosas y se ordenó al Flamen que obedeciera las órdenes del Pontífice, aunque la multa que se le impuso fue perdonada por orden del pueblo. El pretor estaba muy enojado por perder su provincia y quería renunciar a su cargo, pero el Senado ejerció su autoridad para impedirlo y ordenó que ejerciera la jurisdicción peregrina. En pocos días quedaron completados los alistamientos, pues no quedaban tantos hombres por llamar, y los pretores partieron hacia sus provincias. Comenzaron después a extenderse rumores, sin fundamento y sin origen claro, sobre las operaciones en Asia, y pocos días después llegó a Roma información segura y una carta del comandante jefe. El júbilo a la llegada de esta supuso un alivio después de sus recientes temores, pues ya no tenían nada que temer del rey, vencido en Etolia, y sobre todo después de los viejos rumores, ya que al comienzo de la guerra se le había considerado un enemigo formidable, tanto por sus propias fuerzas como por contar con Aníbal para dirigir la campaña. Se mantuvo, sin embargo, la decisión de enviar el cónsul a Asia, considerándose que no era prudente reducir sus fuerzas en vista de la probabilidad de una guerra con los galos.

[37.52] Poco después de esto, llegaron a Roma Marco Aurelio Cota, lugarteniente de Lucio Escipión, acompañado por la delegación de Antíoco, así como también Eumenes y los rodios. Cota presentó su informe, primero en el Senado y después, por orden de los senadores, ante la asamblea. Se decretó una acción de gracias de tres días y se ordenó que se sacrificaran cuarenta víctimas adultas. Luego, el senado recibió en audiencia, en primer lugar, a Eumenes. Comenzó con unas palabras de agradecimiento al Senado por haberlos liberado, a él y a su hermano, del asedio y por rescatar su reino de los ataques de Antíoco. Pasó a felicitarlos por sus éxitos por mar y tierra, y por haber expulsado de su campamento a Antíoco, tras derrotarlo y ponerlo en fuga, primero en Europa y después de toda Asia a este lado del monte Tauro. De los servicios que él mismo había prestado, prefería que tuvieran noticia por sus propios generales antes que por él mismo. Sus palabras fueron escuchadas con la aprobación general, instándole los senadores a que, por esta vez, dejara de lado la modestia y les expusiera francamente qué reconocimiento consideraba merecer del senado y el pueblo de Roma; el senado, se le aseguró, obraría con la mayor disposición y generosidad, en cuanto pudiera, según sus méritos. Respondió el rey a esto que, si la elección de los reconocimientos se la ofrecieran otros, con el solo privilegio de consultar al senado romano habría hecho uso de los consejos que le diera tan alto estamento, porque no parecieran extravagantes sus peticiones o carentes de modestia. Como, sin embargo, eran ellos los que iban a concederlas, pensaba que era mucho más conveniente que ellos mismos determinaran el alcance de su generosidad para con él y sus hermanos. A pesar de esta protesta, los padres conscriptos siguieron insistiéndole para que declarase sus deseos. Esta amistosa disputa duró algún tiempo: con el Senado dispuesto a conceder lo que el rey pidiera y el rey manteniendo una modesta reserva, dejando cada uno la decisión al otro y remitiéndose cada parte a la otra de manera cortés e interminable. Como no se llegara a una conclusión definitiva, salió finalmente el rey de la Cámara; los senadores se mantenían en su criterio de que era absurdo suponer que el rey no sabía qué expectativas tenía o que peticiones había venido a hacer. Él sabía qué era lo más conveniente para su reino; estaba más familiarizado con Asia que el senado y, por lo tanto, se le debía llamar y obligarlo a expresar sus verdaderos sentimientos y deseos.

[37,53] El rey fue conducido nuevamente al Senado por el pretor y se le pidió que expresara su opinión. «Habría mantenido mi silencio, senadores, -comenzó- de no haber sido porque no tardaréis en llamar a los delegados de Rodas y, después de ser oídos, me habría sido necesario hablar. Me será entonces más difícil exponer mis peticiones, pues sus demandas no parecerán opuestas a mis intereses, sino que tampoco parecerán afectar de algún modo a los suyos. Defenderán la causa de las ciudades griegas y dirán que deben ser declaradas libres. Si obtienen esto, ¿quién puede dudar que alejarán de nosotros no sólo las ciudades que sean declaradas libres, sino también a las que desde antiguo han sido nuestras tributarias? Después, tras quedar obligadas a ellos por tan gran servicio, las tendrán nominalmente como aliadas, pero quedarán en realidad sujetas completamente a su dominio. Y, si le place a los dioses, mientras ambicionan este inmenso poder, pretenderán que en modo alguno concierne a sus intereses y que únicamente estaréis haciendo lo que es correcto, adecuado y coherente con vuestra política pasada. Debéis estar en guardia para que nos os engañe este discurso; no sea que disminuyáis en exceso a unos aliados y engrandezcáis en demasía a otros, y sobre todo para que no pongáis en mejor posición a aquellos que han empuñado las armas contra vosotros respecto a los que han sido vuestros aliados y amigos. En cuanto a mí, prefiero que se piense de mí que cedo ante alguien, dentro de los límites de mis derechos, y que no me empeño excesivamente en mantenerlos; pero estando en cuestión el ser digno de vuestra amistad, el ofreceros pruebas de afecto y la consideración que nos tengáis, en tal caso no puedo resignarme a la derrota. Este es el patrimonio más valioso que he recibido de mi padre. Él fue el primero, de todos los que habitan en Grecia o Asia, en ser admitido en vuestra amistad, y la preservó con ininterrumpida y constante fidelidad hasta el fin de su vida. No solo fue un buen y fiel amigo de corazón, sino que tomó parte en todas las guerras que habéis librado en Grecia, os ayudó por mar y tierra y os proporcionó suministros de toda clase en una medida mayor de lo que hubiera hecho cualquier otro de vuestros aliados. Y por último, mientras estaba tratando de persuadir a los beocios para que aceptasen vuestra alianza, quedó inconsciente en pleno consejo y expiró poco después. Siguiendo sus pasos, no podría haber mostrado en modo alguna mayor buena voluntad o deseo más fuerte de honraros que él, pues eran insuperables. En lo que haya sido capaz de ir más lejos que él, en servicios prestados, en los sacrificios impuestos por el deber, se debe a las oportunidades presentadas por las circunstancias del momento, por Antíoco y por vuestra guerra en Asia. Antíoco, monarca entonces de Asia y de parte de Europa, ofreció darme su hija en matrimonio y devolver de inmediato las ciudades que se habían rebelado contra nosotros, haciéndome albergar grandes esperanzas de ampliar en el futuro mis dominios si me unía a él en su lucha contra vosotros».

«No me preciaré de no haberos fallado nunca; prefiero detenerme en aquellas cosas que son dignas de la muy antigua amistad entre mi casa y vosotros. Ayudé a vuestros comandantes con mis fuerzas terrestres y navales de una forma en la que ninguno de vuestros aliados se me puede comparar; os proporcioné suministros por tierra y por mar; participé en cada uno de los combates navales librados en distintos lugares; nunca reparé en esfuerzos o peligros; sufrí lo peor de la guerra, quedando asediado en Pérgamo con mi vida y mi reino en inminente peligro. Una vez liberado, a pesar del hecho de que Antíoco, por un lado, y Seleuco por otro situaban sus campamentos rodeando la ciudadela de mi reino, dejé de lado mis propios intereses y marché con toda mi flota al Helesponto para reunirme con vuestro cónsul, Lucio Escipión, y ayudarle a transportar su ejército. Una vez que vuestro ejército hubo desembarcado en Asia, nunca me aparté del lado del cónsul. Ningún soldado romano fue más asiduo en el campamento que mis hermanos y yo; no hubo expedición o acción de caballería en la que no estuviera presente; ocupé mi puesto en la línea de batalla y ocupé el puesto que el cónsul me asignó.

«No preguntaré, padres conscriptos, quién se me puede comparar en servicios prestados durante esta guerra; nadie hay, entre todos los pueblos o monarcas a los que tenéis en alta consideración, con quien yo no me atreva a compararme. Masinisa fue vuestro enemigo antes de ser vuestro aliado; no fue a vuestro campamento a prestaros apoyo cuando su corona estaba segura, sino cuando era un fugitivo proscrito, había perdido todas sus fuerzas y llegó con una turma de caballería para refugiarse. Y, sin embargo, porque permaneció leal y activo a vuestro lado contra Sífax y los cartagineses, no solo le devolvisteis su reino, sino que, al agregarle la parte más rica de los dominios de Sífax, lo hicisteis el rey más poderoso de África. ¿Qué honor o recompensa merecemos entonces a vuestros ojos, nosotros que nunca hemos sido vuestros enemigos sino siempre amigos vuestros? No sólo en Asia hemos empuñado las armas mi padre, mis hermanos y yo en vuestro nombre, sino tan lejos del hogar como en el Peloponeso, en Beocia, en Etolia, en las guerras contra Filipo, Antíoco y los etolios, tanto por mar como por tierra. Alguien me dirá: «¿Qué pides, pues?» Como que insistís, senadores, para que hable libremente, es preciso obedeceros. Si es vuestra intención, al alejar a Antíoco más allá de las montañas del Tauro, el ocupar aquellos territorios vosotros mismos, os prefiero a vosotros como vecinos antes que a cualquier otro, ni puedo ver cómo pueda estar mi reino más seguro o menos propenso a la inestabilidad con otra clase de disposición. Pero si tenéis el propósito de retiraros de allí y llevaros vuestros ejércitos, me atrevería a sugeriros que no hay ninguno de vuestros aliados más digno de ocupar los territorios que habéis conquistado que yo mismo. ¡Pero se me puede decir que resulta algo espléndido liberar ciudades de la esclavitud! Así lo creo yo también, si no han cometido ningún acto hostil contra vosotros; pero si han tomado partido por Antíoco, ¿no es más digno de vuestra sabiduría y justicia el mirar por el interés de los aliados que os han hecho bien, antes que por el de vuestros enemigos?».

[37.54] El discurso del rey complació a los senadores, y era fácil ver que estaban dispuestos a obrar en todo con espíritu generoso y de buena voluntad. Como uno de los enviados de Rodas estuviera ausente, se introdujo la delegación de Esmirna, que fue muy elogiada por haber escogido soportar todos los sufrimientos antes que entregarse a Antíoco. Después, se concedió audiencia a los rodios. Su portavoz empezó hablando de cómo se había iniciado su amistad con el pueblo romano y qué servicios les habían prestado los rodios, primero en la guerra contra Filipo y luego contra Antíoco, siguiendo así: «de todo nuestro caso, padres conscriptos, nada nos resulta más difícil y penoso que tener que entrar en controversia con el rey Eumenes. Estamos obligados a él, por lazos de hospitalidad, más que a cualquier otro monarca, tanto personalmente como, lo que más nos importa, nuestra propia ciudad oficialmente. No son, sin embargo, nuestros sentimientos, padres conscriptos, sino la naturaleza misma de las cosas, fuerza de lo más poderosa, la que nos pone en desacuerdo; nosotros, que somos libres, estamos abogando por la libertad de otros, a los que los reyes desean sometidos y sumisos a su gobierno. Pero, comoquiera que sea, encontramos mayor dificultad en el respeto y consideración que sentimos hacia el rey que en el hecho de que la discusión nos resulte compleja o que parezca que nos va a llevar a un debate confuso. Porque si no pudieseis honrar y recompensar a un monarca, que es vuestro amigo y aliado, y que os ha prestado buenos servicios en esta guerra, excepto entregando bajo su dominio ciudades libres, tendríais que elegir entre dos alternativas: O habríais de despedir, sin honrar ni recompensar, a un monarca aliado, u os deberíais apartar de vuestros principios y mancillaríais la gloria que habéis adquirido en la guerra con Filipo, esclavizando tantas ciudades. Pero vuestra buena fortuna os libera completamente de la disyuntiva de elegir entre la gratitud a un amigo o empañar vuestra gloria. Gracias al favor de los dioses, vuestro éxito glorioso no lo es más por la gloria que por la riqueza de sus resultados, bastantes para cumplir lo que pudiera llamarse vuestra deuda para con él. Licaonia, Pisidia, el Quersoneso, y las zonas adyacentes de Europa están en vuestro poder, y la añadidura de cualquiera de estos países engrandecería los dominios del rey en muchas veces su tamaño actual; si se le concedieran todas, le pondrían al nivel del mayor de los monarcas. Por tanto, podéis enriquecer a vuestros aliados con el botín de la guerra y, al mismo tiempo, evitar desviaros de vuestros principios y tener en cuenta el motivo que alegasteis para vuestra guerra contra Filipo y la actual contra Antíoco, así como la conducta que seguisteis tras la derrota de Filipo, que es la que deseamos y esperamos ahora que sigáis, no tanto por el hecho de que la sigáis sino porque es la correcta y apropiada. Son distintos para cada cual los motivos honrosos y razonables para tomar las armas. Los hay que luchan por ganar territorios, otros por pueblos, otros por ciudades fortificadas, otros por puertos y franja de costa. Vosotros no deseasteis tales cosas antes de poseerlas ni, probablemente, las ambicionáis ahora cuando todo el mundo está bajo vuestro dominio. Habéis combatido por el honor de vuestra república y la gloria de la que disfrutáis entre toda la raza del hombre, que durante tanto tiempo ha contemplado vuestra soberanía y vuestra fama, solo segundas a las de los dioses inmortales. Lograr y adquirir estas cosas ha sido una tarea ardua, y me inclino a pensar que es tarea aún más ardua el defenderlas. Os habéis comprometido a proteger de la tiranía de los monarcas las libertades de un antiguo pueblo, famoso tanto por su reputación militar como por cuanto tiene de elogiable, en todos los aspectos, su civilización y su cultura. Ahora que esa nación, en su totalidad, se ha puesto bajo vuestra protección como cliente, es vuestra responsabilidad mostrar en todo momento vuestro patronazgo. Las ciudades griegas que están en su antiguo territorio no son en modo alguno más griegas que las colonias que de ellas partieron a Asia; cambiaron su tierra, no su carácter ni su sangre. Nos hemos aventurado a competir en respetuosa rivalidad con nuestros padres y fundadores -cada ciudad con los suyos- en todas las artes honorables y en valor. La mayoría habéis visitado las ciudades de Grecia y Asia: no estamos en desventaja respecto a ellas, excepto en que estamos a mayor distancia de vosotros. Si el temperamento natural de los marselleses hubiera cedido a la influencia del territorio, hace ya tiempo habrían sido convertidos en bárbaros por las tantas tribus indómitas que les rodean; sin embargo, tenemos entendido que los tenéis en tanta consideración y honor como si vivieran en el ombligo de Grecia. Y todo ello porque han conservado, íntegros y alejados de toda contaminación de sus vecinos, su idioma, su vestimenta, su apariencia externa y, sobre todo, sus leyes, sus costumbres y su carácter. Las montañas del Tauro forman ahora la frontera de vuestro imperio, y nada dentro de esa línea os debe parecer distante. Dondequiera que han entrado vuestras armas, han entrado también las leyes de Roma. Que los bárbaros mantengan sus reyes, pues siempre han tenido como ley las órdenes de sus amos y están contentos con ello; los griegos tienen su propio destino, pero su ánimo es el mismo que el vuestro. Hubo un tiempo en que también dominaron un imperio con sus propias fuerzas; ahora rezan porque el imperio siga donde está; consideran suficiente que vuestras armas protejan su libertad, ya que no les bastan las suyas·.

«Se podrá aducir que algunas ciudades se aliaron con Antíoco. Sí, y antes lo hicieron otras con Filipo, y los Tarentinos con Pirro. Por no hablar de otros pueblos, Cartago permanece libre y bajo sus propias leyes. Ved, padres conscriptos, cómo estáis ligados por estos precedentes que vosotros mismos habéis establecido y seguramente os negaréis a conceder a la ambición de Eumenes lo que negasteis a la ira de vuestra justísima ira. Nosotros, los rodios, os dejamos juzgar cuán leales y efectivos servicios os hemos prestado en esta última guerra y en todas las que habéis emprendido en aquellas costas. Ahora que se ha asentado la paz, os sugerimos una política que, si la aprobáis, hará que el orbe entero recuerde el uso que hacéis de vuestra victoria como la prueba más contundente de vuestra grandeza, aún más que la misma victoria». Este discurso se consideró muy acorde con la grandeza de Roma.

[37,55] Después de los rodios, se llamó a los enviados de Antíoco que adoptaron el tono habitual de los que piden perdón y, después de reconocer los errores del rey, imploraron a los senadores que su decisión se guiara más por su propia clemencia que por las faltas del rey, quien ya había sufrido un castigo más que suficiente. Terminaron rogando al senado que confirmara con su autoridad la paz concedida por Lucio Escipión en las condiciones que había impuesto. El Senado decidió que se mantuviera la paz en aquellos términos y, pocos días más tarde, el pueblo lo ratificó. En el Capitolio quedó sellado el tratado formal con Antípatro, el hijo del hermano del rey, que era el jefe de la delegación. Tras esto, se dio audiencia a otras delegaciones de Asia. Todos ellos recibieron la misma respuesta, a saber, que el Senado, de conformidad con la costumbre de los antepasados, enviaría diez delegados para investigar y resolver los asuntos en Asia. Las principales disposiciones de lo acordado, no obstante, eran las siguientes: Todo el territorio a este lado de las montañas del Tauro, que había estado dentro de los dominios de Antíoco, sería entregado a Eumenes con la excepción de Licia y Caria hasta el Meandro; estas quedarían agregadas a la república de Rodas. De las restantes ciudades de Asia, las que habían sido tributarias de Atalo deberían pagar sus tributos a Eumenes, las que habían sido tributarias de Antíoco quedarían libres de tributo a cualquier potencia extranjera. Los diez comisionados fueron: Quinto Minucio Rufo, Lucio Furio Purpurio, Quinto Minucio Termo, Apio Claudio Nerón, Cneo Cornelio Mérula, Marco Junio Bruto, Lucio Aurunculeyo, Lucio Emilio Paulo, Publio Cornelio Léntulo y Publio Elio Tubero.

[37.56] Se les dio plenos poderes para disponer lo que considerasen conveniente sobre el terreno; las directrices generales fueron determinadas por el senado. Toda la Licaonia, ambas Frigias, Misia, los bosques reales, los territorios de Lidia y Jonia con excepción de las plazas que eran libres el día de la batalla con Antíoco, y especialmente Magnesia del Sípilo, la parte de Caria llamada Hidrela que limita con Frigia junto con sus castillos y aldeas hasta el Meandro, todas las ciudades que no eran libres antes de la guerra, y Telmeso y su campiña excepto lo que había pertenecido a Tolomeo de Telmeso, todos estos lugares arriba mencionados se ordenó que fueran entregados a Eumenes. A los rodios se les entregó Licia, con excepción de Telmeso y los campos y el territorio que había pertenecido a Tolomeo, que no fueron entregados ni a Eumenes ni a Rodas. También obtuvieron los rodios aquella parte de Caria que está al sur del Meandro y da a Roda, junto con las ciudades, aldeas, castillos y tierras fronterizas con Frigia, excluyendo las ciudades que habían sido libres antes de la batalla con Antíoco. Los rodios expresaron su gratitud por aquellas concesiones y a continuación presentaron la cuestión de la ciudad de Solos [a 11 km. de la actual Mersin, al sur de Turquía.-N. del T.], en Cilicia. Explicaron que este pueblo, al igual que ellos mismos, fueron originalmente una colonia de Argos y que debido a este parentesco siempre había existido un sentimiento de hermandad entre ellos; pedían ahora, como un favor especial, que esta ciudad quedara exenta de servidumbre bajo el rey. Se volvió a llamar a los enviados de Antíoco y se discutió el asunto con ellos, pero se negaron a aceptar la propuesta. Antípatro apeló a las disposiciones del tratado y sostuvo que aquello las contravenía; los rodios trataban de garantizarse, además de Solos, toda la Cilicia, yendo más allá de los montes del Tauro. Al llamar nuevamente a los rodios, el senado les explicó que el enviado del rey se oponía firmemente a tal concesión, asegurándoles además que, si los rodios consideraban que la cuestión afectaba a su honor y dignidad, el senado encontraría fácilmente un modo de superar la obstinación de los embajadores. Dieron entonces las gracias aún más profusamente que antes; al mismo tiempo, declararon los rodios que estaban dispuestos a ceder a la intransigencia de Antípatro antes que dar un pretexto para que se perturbara la paz. Así, el estatus de Solos se mantuvo sin cambios.

[37,57] Por aquellos días, llegaron unos delegados de Marsella llevando noticia de que el pretor Lucio Bebio, cuando iba de camino a Hispania, había sido rodeado por los ligures, muriendo gran parte de su escolta y resultando herido él mismo. Logró escapar con unos pocos hombres y sin sus lictores, refugiándose en Marsella donde murió a los tres días de llegar. Al recibir estas nuevas, el senado decretó que Publio Junio Bruto, que estaba gobernando Etruria como propretor, debería entregar su mando y ejército a uno de sus legados, y partir inmediatamente hacia Hispania Ulterior, que sería su provincia. Se remitió a Etruria este senadoconsulto junto con una carta del pretor Espurio Postumio, partiendo Publio Junio a Hispania como propretor. En esta provincia, Lucio Emilio Paulo, que años después ganaría gran reputación al derrotar a Perseo, había estado a cargo de la provincia y el año anterior no había obtenido buenos resultados; a pesar de esto, alistó apresuradamente un ejército y libró una batalla campal contra los lusitanos. El enemigo fue derrotado; murieron dieciocho mil, se hicieron dos mil trescientos prisioneros y se asaltó su campamento. La noticia de esta victoria tranquilizó las cosas de Hispania. El treinta de diciembre de este año, los triunviros Lucio Valerio Flaco, Marco Atilio Serrano y Lucio Valerio Tapón fundaron la colonia latina de Bolonia en cumplimiento de un senadoconsulto. Los colonos eran tres mil, recibiendo los caballeros setenta yugadas y los demás cincuenta [La ciudad era la antigua Bononia, recibiendo los colonos 18,9 y 13,5 Ha. respectivamente, según su orden.-N. del T.]. La tierra se tomó de aquella de la que los galos boyos habían expulsado antiguamente a los etruscos.

La censura de este año fue ambicionada por muchos hombres distinguidos y, como si esto no fuera lo suficientemente importante por sí mismo, provocó una competencia aún más violenta. Los candidatos rivales fueron Tito Quincio Flaminino, Publio Cornelio Escipión, Lucio Valerio Flaco, Marco Porcio Catón, Marco Claudio Marcelo y Manio Acilio Glabrión, el vencedor de Antíoco y los etolios en las Termópilas. Este último era el candidato más popular, debido al hecho de que había tenido numerosas ocasiones de repartir muchos congiarios, haciendo así que le quedaran obligados muchos hombres. Muchos de los nobles se mostraron indignados por esta preferencia demostrada hacia un «hombre nuevo», y dos de los tribunos de la plebe, Publio Sempronio Graco y Cayo Sempronio Rutilo, señalaron un día para acusarlo de negligencia al no llevar en su procesión triunfal ni depositar en el erario público una parte del tesoro real y del botín obtenido en el campamento de Antíoco. Las declaraciones prestadas por los lugartenientes y los tribunos militares resultaron contradictorias. Un notable testigo de los que se presentaron fue Marco Catón; la autoridad que había logrado con el modo de vida que siempre había llevado, quedaba algo disminuida por la toga cándida que vestía. En su declaración, testificó en el sentido de que no había visto en la procesión triunfal los vasos de oro y plata que había observado entre el tesoro real cuando se tomó el campamento. Glabrión, finalmente y con el fin de hacer que este candidato resultara especialmente odioso, declaró que retiraba su candidatura en vista de que un competidor, igualmente nuevo como él, lo acusaba, mediante un aborrecible perjurio, de aquello ante lo que se indignaban en silencio los nobles.

[37.58] Los acusadores solicitaron una multa de cien mil ases [2725 kg. de bronce.-N. del T.]. La discusión se produjo en dos ocasiones; a la tercera, como el acusado hubiera ya retirado su candidatura y el pueblo se negase a votar sobre la multa, los tribunos desistieron de seguir el proceso. Fueron elegidos censores Tito Quincio Flaminino y Marco Claudio Marcelo. Lucio Emilio Regilo, que había infligido la derrota decisiva al prefecto de la armada de Antíoco [Polixénidas.-N. del T.], fue recibido en audiencia por el senado en el templo de Apolo, fuera de la Ciudad. Tras escuchar su informe sobre sus gestas, sobre las grandes flotas enemigas a las que se había enfrentado y cuántos de sus buques había hundido o capturado, el senado acordó para él, por unanimidad, un triunfo naval. Celebró su triunfo el primero de febrero, llevando en su procesión cuarenta y nueve coronas de oro y una suma de monedas mucho menor de la que se podría haber esperado de un triunfo sobre un rey: treinta y cuatro mil doscientos tetracmas áticos y ciento treinta y dos mil trescientos cistóforos. Mediante un senadoconsulto se ordenaron rogativas en agradecimiento por los éxitos logrados en Hispania por Lucio Emilio. No mucho tiempo después llegó Lucio Escipión a la Ciudad. Para no ser menos que su hermano, el Africano, en cuestión de sobrenombres, quiso ser llamado «Asiático» [usa Livio aquí la forma tardía del cognomen, habiendo sido originalmente «Asiágeno» o «Asiagenes».-N. del T.]. Ante el senado y ante la asamblea expuso sus gestas. Algunas personas consideraron que la fama de la guerra superó a su auténtica dificultad; se le había dado fin en una batalla memorable y la gloria de aquella victoria se había marchitado en las Termópilas. Pero, juzgando con ecuanimidad, la batalla de las Termópilas se ganó más sobre los etolios que sobre el rey, pues ¿con qué proporción de sus fuerzas totales combatió allí Antíoco? En Asia se pusieron sobre el campo de batalla todas las fuerzas de Asia, congregándose las fuerzas extraídas de cada nación hasta los más lejanos límites de Oriente.

[37.59] Merecidamente, por lo tanto, se tributaron a los dioses inmortales los mayores honores posibles, al haber hecho incluso fácil una gloriosa victoria, decretándose además un triunfo para el comandante. Este lo celebró el último día del mes intercalar, el día antes del primero de marzo. En cuanto espectáculo ofrecido, su triunfo fue más grandioso que el de su hermano, el Africano; pero para cualquiera que recordase las circunstancias, considerando los riesgos y combates afrontados en ambas batallas, no se podía comparar entre ambas más de lo que se podía hacer entre los dos comandantes o entre el mando de Antíoco y el de Aníbal. Fueron llevados en la procesión doscientos veinticuatro estandartes militares, ciento treinta y cuatro representaciones de ciudades, mil doscientos treinta y un colmillos de marfil, doscientas treinta y cuatro coronas de oro, ciento treinta y siete mil cuatrocientas veinte libras de plata, doscientas veinticuatro mil tetracmas áticas, trescientos veintiún mil setenta cistóforos, ciento cuarenta mil filipos de oro, mil cuatrocientas veintitrés libras de vasos de plata, todos labrados, y mil veintitrés libras de vasos de oro. Entre los prisioneros, desfilaron delante del carro del vencedor treinta y dos generales, prefectos y nobles de la corte de Antíoco. Cada soldado recibió 25 denarios, el doble para cada centurión y el triple para cada jinete, dándose a cada uno de ellos, tras el triunfo, doble paga y doble ración de trigo; el cónsul ya les había entregado la misma cantidad en Asia, después de la batalla. Su triunfo se celebró aproximadamente un año después de haber abandonado el cargo [es decir, sobre el 188 a.C.-N. del T.].

[37.60] El cónsul Cneo Manlio desembarcó en Asia y el pretor Quinto Fabio Labeo se unió a la flota casi al mismo tiempo; al cónsul, sin embargo, no le faltaban motivos para librar una guerra, en este caso contra los galos. Quinto Fabio, sin embargo, estaba considerando a qué se podía dedicar para que no pareciese que había recibido una provincia en la que nada había que hacer, pese a que la derrota de Antíoco había limpiado el mar de enemigos. Pensó que lo mejor que podía hacer era navegar hacia Creta. Los cidonios estaban en guerra con los gortinios y los gnosios, y se decía que había por toda la isla un gran número de prisioneros romanos e italianos reducidos a esclavitud [Cidonia está ha en la costa noroeste de la isla, Gortinia en el sur y Gnosos al norte.-N. del T.]. Fabio zarpó de Éfeso, y en cuanto tocó la costa cretense envió mensajeros a las diversas ciudades para que depusieran las armas, buscaran a todos los prisioneros que hubiera en sus ciudades y pueblos y se los llevasen. Debían también enviarle representantes con los que pudiera resolver los asuntos de interés común para Creta y Roma. Los cretenses no hicieron gran caso a estas órdenes y, con excepción de Gortinia, ninguna ciudad devolvió a los prisioneros. Valerio Antias nos cuenta que se nos devolvieron unos cuatro mil prisioneros de toda la isla, por miedo a las amenazas de guerra, añadiendo que aquella fue la única razón por la que Fabio, que nada más había hecho, consiguió del senado un triunfo naval. Fabius se embarcó de vuelta a Éfeso y desde allí envío tres barcos a la costa de Tracia, con órdenes de retirar de Enos y Maronea las guarniciones de Antíoco a fin de que estas ciudades pudieran ser libres.

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