Tito Livio, La historia de Roma – Libro XXIII (Ab Urbe Condita)

Tito Livio, La historia de Roma - Libro vigesimotercero: Aníbal en Capua. (Ab Urbe Condita).

La historia de Roma

Tito Livio

Tito Livio (59 a. C. – 17 d. C.) fue un escritor romano de finales de la República y principios del Imperio hoy famoso por su monumental trabajo sobre la Historia de Roma desde su fundación, o, en latín, Ab Urbe Condita Libri (Libros desde la fundación de la Ciudad). Nacido en la actual Padua, se muda con fines académicos a Roma a la edad de 24 años, ciudad donde es encargado con la educación de Claudio, el futuro emperador. Su obra original comprende los tiempos que van desde la fundación de Roma en 753 a. C. hasta la muerte de Druso el Mayor en 9 a. C. Solo un cuarto de la obra ha llegado a nuestros días (35 de 142 libros) habiéndose el resto de los mismos perdido en las arenas del tiempo. Los libros que han llegado relativamente intactos a nuestros días son los libros I a X y XXI a XLV. Para mayor información sobre la obra, el contexto histórico y político de la misma e información sobre los libros perdidos y su hallazgo durante el medioevo, dirígete al siguiente artículo: La Historia de Roma desde su fundación.

La historia de Roma

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Libro vigesimotercero

Aníbal en Capua.

[23,1] -Agosto de 216 a.C.- Inmediatamente después de la batalla de Cannas y de la captura y saqueo del campamento romano, Aníbal se trasladó de la Apulia al Samnio como consecuencia de una invitación que había recibido de un hombre llamado Estacio Trebio, quien se comprometió a entregarle Conza [la antigua Compsa.-N. del T.] si marchaba hacia el territorio de los hirpinos. Trebio era un nativo de Conza, hombre notable entre los suyos, pero estaba en su contra la facción de los Mopsios, una familia que debía su predominancia al favor y apoyo de Roma. Después que el informe de la batalla de Cannas hubo llegado a la ciudad, con Trebio diciendo a todo el mundo que Aníbal se aproximaba, los Mopsios abandonaron la población. Esta se entregó pacíficamente a los cartagineses, que dejaron una guarnición en ella. Allí dejó Aníbal todo su botín y su equipaje, y luego, dividiendo su ejército en dos cuerpos, dio a Magón el mando de uno y retuvo para sí el mando del otro. Instruyó a Magón para que recibiera la sumisión de las ciudades próximas que habían desertado de Roma y que obligara a la rebelión a las que se negaban; entre tanto, él mismo marcharía a través de los territorios campanos hacia el mar inferior [el mediterráneo.-N. del T.] con vistas a atacar Nápoles para que poder estar en posesión de una ciudad accesible desde el mar. Cuando entró en territorio napolitano, situó convenientemente en emboscada a algunos de sus númidas, pues los caminos estaban muy encajonados y con muchas revueltas sin visibilidad. A los demás les ordenó cabalgar hasta las puertas, llevando ostentosamente ante ellos el botín que habían obtenido de los campos. Como semejaban tratarse de una fuerza pequeña y desorganizada, partió contra ellos una tropa de caballería que fue conducida por los númidas, al retirarse, hacia la emboscada, donde les rodearon. No habría escapado ni un solo hombre de no haber sido por la proximidad del mar y de algunos barcos, principalmente de pesca, que divisaron no lejos de la orilla y que ofrecieron un modo de escape para quienes eran buenos nadadores. Varios jóvenes nobles, sin embargo, fueron capturados o muertos en la refriega, entre ellos Hegeas, el jefe de la caballería, que cayó mientras perseguía imprudentemente al enemigo en retirada. El aspecto de las murallas disuadió a los cartagineses de atacar la ciudad, pues en modo alguno ofrecía facilidades para un asalto.

Nota: los nombres de las personas y los pueblos han sido castellanizados según las convenciones de la RAE. Las unidades de medición, no obstante, han sido conservadas. Puede utilizar la siguiente tabla de equivalencias como referencia.

[23.2] De allí se dirigió hacia Capua. Esta ciudad había degenerado por culpa de la prosperidad y la indulgencia de la Fortuna, pero sobre todo por la generalizada corrupción producida por los salvajes excesos de un populacho que ejercía su libertad sin ninguna restricción. Pacuvio Calavio había logrado la sumisión del Senado de Capua a sus designios y a los del pueblo. Él era un noble, y al mismo tiempo favorito del pueblo, pero había obtenido su influencia y poder con malas artes. Resultó que él era el magistrado principal el año de la derrota en el Trasimeno, y sabiendo el odio que el pueblo siempre había sentido hacia el Senado, pensó que era muy probable que aprovechasen su oportunidad, provocaran una violenta revolución y llegaran al extremo, si Aníbal con su victorioso ejército llegaba hasta las proximidades, de asesinar a los senadores y entregar Capua al púnico. Malo como era, pero no completamente perdido, prefería ejercer el poder sobre una comunidad incólume antes que sobre una arruinada, y sabía que ninguna comunidad incólume carecía de un consejo público. Se embarcó en un plan por el cual se podría conservar el Senado y, al mismo tiempo, hacerlo completamente servil a sí mismo y al pueblo. Convocó una reunión del Senado y comenzó su discurso diciendo que cualquier idea de revolverse contra Roma le habría resultado repugnante, de no ser una necesidad, en vista de que él tenía hijos con la hija de Apio Claudio y había dado su propia hija en matrimonio a Marco Livio, en Roma. «Pero», continuó, «hay un inminente peligro, mucho más grave y temible, pues el pueblo no está simplemente considerando empezar su revuelta contra Roma mediante el destierro del Senado, también están pensando en asesinar a los senadores y luego entregar la ciudad a Aníbal y a los cartagineses. Está en mí poder salvaros de este peligro si os ponéis en mis manos y, olvidando antiguas querellas, confiáis en mí». Sobrepasados por el miedo, todos se pusieron en sus manos. «Os encerraré», dijo entonces, «en la Curia, y mientras aparento ser su cómplice aprobando los designios a los que sería vano tratar de oponerme, descubriré un modo de salvaros. Tomad en este asunto cuantas garantías os plazcan». Tras dar garantías, salió y ordenó que se atrancasen las puertas, dejó una guardia en el vestíbulo para impedir que nadie entrara o saliera sin su orden.

[23.3] A continuación convocó una asamblea del pueblo y se les dirigió así: «A menudo habéis deseado, ciudadanos de Capua, tener el poder para ejecutar sumariamente justicia sobre el infame e inescrupuloso Senado. Ahora podéis hacerlo con seguridad, y nadie os pedirá cuentas. No es necesario que arriesguéis vuestras vidas en intentos desesperados de forzar las casas de cada senador, vigiladas como están por sus clientes y esclavos; cogedlos donde están ahora, encerrados por sí mismos en la Curia y sin armas. No tengáis prisa, no os precipitéis en nada. Os pondré en condición de dictar sentencia de vida o muerte, para que cada uno de ellos, a su vez, pueda pagar la pena que merezca. Pero sea lo que sea que hagáis, mirad de no ir demasiado lejos satisfaciendo vuestro rencor, que la seguridad y el bienestar de la república sean vuestra primera consideración. Porque, tal como yo lo entiendo, es a estos senadores en particular a los que odiáis; pues o tendréis un rey, lo que es una abominación, o un senado, que es el único órgano consultivo que puede existir en una comunidad libre. Así que debéis hacer dos cosas de inmediato: eliminar al antiguo Senado y elegir uno nuevo. Ordenaré que se convoque, uno por uno, a los senadores y os preguntaré vuestra opinión sobre su destino; cualquiera que sea vuestra decisión, se cumplirá. Pero antes de que se ejecute el castigo sobre uno hallado culpable, deberéis elegir a un hombre fuerte y enérgico para ocupar su puesto como senador». Luego se sentó y, después echar en una urna los nombres de los senadores, ordenó que el hombre cuyo nombre fue escogido en primer lugar fuera sacado del Senado. Tan pronto como oyeron el nombre, todos ellos gritaron que era un ímprobo y un sinvergüenza y que merecía ser castigado. Entonces dijo Pacuvio: «Veo claramente lo que pensáis de este hombre; en lugar de un canalla despreciable debéis elegir senador a un hombre digno y honesto. Durante unos minutos reinó el silencio, ya que eran incapaces de sugerir un hombre mejor. Entonces, uno de ellos, dejando a un lado su timidez, se atrevió a sugerir un nombre y se levantó un griterío cada vez mayor. Unos decían que nunca habían oído hablar de él, otros que se le imputaban vicios vergonzosos o un nacimiento humilde, una sórdida pobreza o una baja clase de profesión o beneficio. Muestras aún más violentas esperaban al segundo y tercero de los senadores convocados, y era evidente que, si bien les disgustaban profundamente aquellos hombres, no tenían a nadie a quien poner en su lugar. Era inútil mencionar los nombres una y otra vez, pues aquello solo llevaba a que hablaran siempre mal de ellos; los nombres que tuvieron éxito fueron los de aquellos de más bajo nacimiento y aún más desconocidos que los sugeridos al principio. Así que la multitud se fue dispersando, diciéndose unos a otros que los malos conocidos eran los más fáciles de soportar y pedían que liberasen al Senado.

[23.4] Pacuvio logró el control del Senado y que este le estuviera más agradecido a él que al pueblo, por haber salvado sus vidas. Por consentimiento general, ejercía ahora el poder supremo sin necesitar apoyo armado. A partir de entonces los senadores, olvidando su rango y su independencia, halagaban al pueblo, lo saludaban cortésmente, lo invitaban como huéspedes, les recibían en banquetes suntuosos, se hacían cargo de sus pleitos, se ponían siempre de su parte y, cuando juzgaban algún caso, siempre tomaban el partido que les aseguraba el favor del vulgo. En verdad, el Senado se comportaba como si fuese una asamblea popular. La ciudad había estado siempre dispuesta al lujo y a la extravagancia, no sólo por la debilidad de carácter de sus ciudadanos, sino también por la sobreabundancia de medios de disfrute y la incitación a cualquier tipo de placer que la tierra o del mar pudiera proporcionar; y ahora, por la obsecuencia de la nobleza y el libertinaje de la plebe, se estaban volviendo tan degenerados que la sensualidad y la extravagancia imperantes superaban todos los límites. Trataban a las leyes, a los magistrados y al Senado con similar desprecio, y ahora, tras la derrota de Cannas, empezaron a despreciar la única cosa hacia la que hasta entonces habían mostrado un poco de respeto: el poder de Roma. Las únicas circunstancias que les impidieron revelarse inmediatamente fue el antiguo derecho a los matrimonios mixtos, que había llevado a sus más ilustres y poderosas familias a emparentar con Roma, y el hecho de que varios ciudadanos estaban cumpliendo el servicio militar con los romanos. El lazo más fuerte de esta naturaleza era la presencia de trescientos jinetes, de las más nobles familias de Capua, en Sicilia, adonde habían sido enviados especialmente por las autoridades romanas como guarnición de la isla.

[23.5] Los padres y familiares de estos soldados lograron, después de muchas dificultades, que se enviaran embajadores al cónsul romano. El cónsul aún no había partido hacia Canosa di Puglia; todavía se encontraba en Venosa, con sus fuerzas insuficientemente armadas; esto, que habría provocado la mayor compasión en aliados leales, no produjo más que desprecio entre unos arrogantes y traicioneros como los campanos. El cónsul empeoró las cosas, aumentando el desprecio que sentían por él mismo y sus fortunas al revelar demasiado abierta y claramente la magnitud del desastre. Cuando los embajadores le aseguraron que el Senado y el pueblo de Capua sentían muchísimo toda desgracia sucedida a los romanos, y le expresaron su disposición a suministrarle cuando necesitara para la guerra, replicó: «Al ofrecernos cuanto precisemos para la guerra habéis usado las palabras esperables de unos aliados, en vez de adecuar vuestro lenguaje a la realidad de las circunstancias. Pues ¿qué nos ha quedado en Cannas para que, como si tuviésemos algo, pidiésemos lo que falta a nuestros aliados? ¿Os vamos a pedir que proporcionéis infantería, como si aún tuviésemos caballería? ¿Os pediremos dinero, como si eso fuera lo único que precisamos? La Fortuna ni siquiera nos ha dejado algo que podamos usar como refuerzo. Legiones, caballería, armas, estandartes, hombres y caballos, dinero, suministros, todo ha quedado o en el campo de batalla o al perderse ambos campamentos al día siguiente. Así pues, hombres de Capua, no es que tengáis que ayudarnos en la guerra, sino que casi tenéis que emprenderla en nuestro lugar. Recordad cómo una vez, cuando vuestros antepasados fueron puestos en precipitada fuga hasta refugiarse tras las murallas, por temor a los sidicinos y también a los samnitas, les tomamos bajo nuestra protección en Satícula, y cómo la guerra que entonces comenzó con los samnitas, en vuestro nombre, fue sostenida por nosotros con todos sus vaivenes durante casi un siglo. Además de todo esto, debéis recordar que después de que os hubieseis rendido os concedimos un tratado en igualdad de condiciones, os permitimos conservar vuestras leyes y, lo que era, antes de nuestra derrota en Cannas, en todo caso el mayor privilegio, os concedimos nuestra ciudadanía a la mayor parte y os hicimos miembros de nuestra república. Bajo estas circunstancias, hombres de Capua, debéis daros cuenta de que habéis sufrido esta derrota tanto como nosotros y sentir que tenemos una patria común que defender. No es contra los samnitas o los etruscos de quien lo hemos de hacer; aun si nos privasen de nuestro poder, todavía serían italianos quienes lo harían. Sin embargo, el cartaginés arrastra tras él un ejército que ni siquiera se compone de nativos de África; ha reunido una fuerza de los rincones más remotos de la tierra, desde el mar océano y las Columnas de Hércules, hombres carentes de todo sentido de lo justo, carentes casi del habla humana. Salvajes y bárbaros por naturaleza y costumbres, su general les ha hecho aún más brutales al hacerles construir puentes y empalizadas con cuerpos humanos y, me estremezco al decirlo, al enseñarles a alimentarse de carne humana. ¿Qué hombre, bastando solo que sea italiano, no se horrorizaría con el pensamiento de tenerlos como sus señores y amos, mirando a África y, sobre todo, a Cartago para gobernarse y teniendo que convertir Italia en dependencia de númidas y moros? Será algo espléndido, hombres de Capua, si el dominio de Roma, que se ha derrumbado en la derrota, es salvado y restaurado por vuestra lealtad y vuestra fuerza. Creo que en la Campania podéis alistar treinta mil infantes y cuatro mil jinetes; tenéis dinero y grano bastante. Si demostráis una lealtad equivalente a vuestra suerte, Aníbal no sentirá que ha vencido ni los romanos que están derrotados».

[23,6] Después de este discurso del cónsul, se despidió a los embajadores. Según iban de camino a su hogar, uno de ellos, Vibio Virrio, les dijo que había llegado el momento en que los campanos no solo podrían recuperar el territorio injustamente arrebatado por los romanos, sino que podían lograr el dominio sobre Italia. Podrían hacer un tratado con Aníbal con los términos que eligiesen, y no habría disputa sobre el hecho de que cuando acabase la guerra y Aníbal, tras su conquista, volviera con su ejército a África, la soberanía sobre Italia recaería en los campanos. Todos estuvieron de acuerdo con lo que Virrio dijo, y dieron tal relato de su entrevista con el cónsul como para que todo el mundo pensase que el mismo nombre de Roma había sido borrado. La plebe y la mayoría del Senado empezaron de inmediato a prepararse para una revuelta; fue gracias a los esfuerzos de los miembros más antiguos que se evitó la crisis durante unos pocos días. Al final, la mayoría impuso su opinión y los mismos embajadores que habían estado con el cónsul romano fueron enviados ahora a Aníbal. Veo que algunos analistas indican que, antes de comenzar o de decidirse definitivamente a la revuelta, se enviaron embajadores de Capua a Roma para exigir como condición para que prestasen su ayuda que uno de los cónsules debía ser campano y que, entre la indignación que provocó esta propuesta, se ordenó que los embajadores fuesen sumariamente expulsados de la Curia y se encargó a un lictor que los condujese fuera de la Ciudad, con órdenes de que no permaneciesen ni un solo día en territorio romano. Como, sin embargo, esta exigencia se parece demasiado a una hecha por los latinos en los primeros tiempos, y Celio, entre otros, no la habría dejado de mencionar sin un buen motivo, no me atrevería a asegurar la veracidad de ese relato.

[23.7] Los enviados llegaron donde Aníbal y negociaron con él una paz bajo los siguientes términos: ningún comandante o magistrado cartaginés tendría jurisdicción bajo ningún ciudadano de Capua, ni ciudadano alguno campano estaría obligado a prestar ningún servicio, militar o de otra naturaleza, contra su voluntad; Capua retendría sus propios magistrados y leyes, y los cartagineses les permitirían escoger a trescientos romanos de entre sus prisioneros de guerra para intercambiarlos por los jinetes campanos que estaban prestando servicio en Sicilia. Estos fueron los términos acordados, pero los campanos fue más allá de lo estipulado al ejecutar lo siguiente: El pueblo detuvo a algunos prefectos de nuestros aliados y otros ciudadanos romanos, algunos mientras desempeñaban sus obligaciones militares y otros cuando estaban ocupados en asuntos particulares, y ordenaron que se les encerrase en las termas so pretexto de protegerlos; incapaces de respirar debido al calor y el vapor, murieron en medio de grandes sufrimientos. Decio Magio, hombre que si sus conciudadanos hubieran tenido buen juicio habría llegado al más alto cargo, hizo todo lo posible para evitar que estos crímenes e impedir que se enviaran embajadores a Aníbal. Cuando se enteró de que Aníbal enviaba una guarnición a la ciudad, protestó ardientemente en contra de que se les admitiese y se refirió, como advertencia ejemplar, a la tiranía de Pirro y a la miserable servidumbre en que cayeron los tarentinos. Una vez fueron admitidos, instó a que se les expulsase, o mejor aún, si los capuanos deseaban limpiar por sí mismos un baldón que recordaría su culpabilidad en su deserción de antiguos aliados y parientes, que dieran muerte a la guarnición cartaginesa y fuesen nuevamente amigos de Roma.

Cuando se informó de esto a Aníbal, pues la acción de Magio no se hizo en secreto, mandó llamarlo a su campamento. Magio envió una enérgica negativa; Aníbal, dijo, no tenía autoridad legal sobre un ciudadano de Capua. El cartaginés, furioso por el rechazo, ordenó que se encadenase a aquel hombre y fuera llevado ante él. Temiendo, sin embargo, al pensarlo mejor, que el uso de la fuerza podía provocar un tumulto y que los sentimientos así surgidos podía llevar a una súbita ruptura, envió recado a Mario Blosio, el magistrado principal de Capua, de que él estaría en la ciudad por la mañana con una pequeña escolta. Mario convocó al pueblo y avisó público de que deben reunirse todos, junto a sus esposas e hijos, y salir al encuentro de Aníbal. Toda la población acudió, no porque se les ordenase, sino porque la plebe estaba entusiasmada a favor de Aníbal y estaban deseando ver a un comandante famoso por tantas victorias. Decio Magio no acudió a encontrarse con él, ni se encerró en su casa como habría hecho alguien que se considerase culpable; únicamente caminó con tranquilidad por el Foro, con su hijo y unos cuantos de sus clientes, mientras toda la ciudad estaba salvajemente excitada viendo y dando la bienvenida a Aníbal. Cuando hubo entrado en la ciudad, Aníbal pidió que se convocara enseguida al Senado. Los notables campanos, sin embargo, le imploraron que no tratara entonces ningún negocio serio, sino que se entregara a la alegre celebración de un día que se había hecho tan feliz por su llegada. A pesar de que era naturalmente impulsivo en su ira, no empezaría con una negativa y pasó la mayor parte del día visitando la ciudad.

[23.8] Se alojó con los Ninios Céleres, Estenio y Pacuvio, hombres distinguidos por su alto nacimiento y su riqueza. Pacuvio Calavio, a quien ya hemos mencionado, el líder del partido que entregó la ciudad a los cartagineses, llevó allí a su hijo. El joven era cercano a Decio Magio y se había levantado decididamente con él en favor de la alianza con Roma y contra cualquier pacto con los cartagineses; ni el cambio de la ciudad hacia el otro bando ni la autoridad de su padre habían podido hacer oscilar su resolución. Pacuvio se lo llevó a rastras del lado de Magio y buscaba ahora obtener el perdón de Aníbal para el joven, más intercediendo por él que tratando de exculparle. Fue vencido por los ruegos y las lágrimas del padre, y llegó a ordenarle acudir como invitado, junto a su padre, a un banquete al que no se admitió más campanos que a sus anfitriones y a Vibeo Táurea, un distinguido hombre de armas. El banquete comenzó temprano, de día, y no se celebró en absoluto según las costumbres cartaginesas o la disciplina militar sino, como era natural en aquella ciudad y aún más en una casa plena de riquezas y lujo, con una mesa llena de toda clase de manjares y exquisiteces. El joven Calavio fue el único que no pudo ser persuadido a beber, a pesar de sus anfitriones y de vez en cuando Aníbal le invitaban; se excusaba con motivos de salud, y su padre añadió su nada innatural perturbación, dadas las circunstancias. Caía la tarde casi cuando los invitados se levantaron. El joven Calavio acompañó a su padre fuera de la cámara del banquete y cuando hubieron llegado a un lugar alejado, en el jardín de la casa, se detuvo y dijo: «Tengo que proponerte un plan, padre, con el cual no solo ganaremos el favor de los romanos en compensación por nuestra ofensa al revolvernos en favor de Aníbal, sino que obtendremos mucha más influencia y prestigio en Capua del que nunca antes hayamos tenido». Cuando su padre le preguntó muy sorprendido cuál era su plan, él echó atrás su toga del hombre y le mostró una espada ceñida a su costado. «Ahora», le dijo, «en este mismo instante ratificaré nuestro tratado con Roma con la sangre de Aníbal. Quería que tú lo supieras primero, por si preferías estar fuera cuando se cometiera el acto».

[23.9] El anciano, fuera de sí y aterrorizado por lo que veía y oía, como si ya estuviese contemplando la acción que le había contado su hijo, exclamó: «Te pido y suplico, hijo mío, por todos los vínculos sagrados que unen a padres e hijos, que no persistas en efectuar y sufrir nada de cuanto resulta horrible a ojos de tu padre. Hace solo unas horas que dimos palabra de honor, jurando por todos los dioses y uniendo nuestras manos; ¿y quieres que justo tras separarnos, después de haber departido amigablemente y consagrados por nuestra promesa, empuñemos las armas contra él? ¿Te has levantado de la mesa anfitriona a la que has sido invitado por Aníbal con sólo otros dos más entre toda Capua, y vas a manchar esa mesa con la sangre de tu anfitrión? Yo, tu padre, fui capaz de hacer que Aníbal fuera propicio a mi hijo, ¿no tengo poder para que mi hijo se muestre amistoso con Aníbal? Pero no permitas que nada sagrado te detenga: ni la palabra dada, ni la obligación religiosa ni el amor filial; comete tales hechos infames, si es que no traen la ruina y la culpa sobre nosotros. ¿Y luego qué? ¿Vas a atacar a Aníbal en solitario? ¿Qué hay de esa multitud de hombres libres y esclavos, todos con sus ojos fijos únicamente en él? ¿Qué pasa con todas esas manos? ¿Se estarán quietas durante ese acto de locura? Ejércitos armados apenas han podido resistir ante la mirada de Aníbal, lo teme el pueblo romano, ¿y tú la resistirás? Y aunque le falte la ayuda de los demás, ¿tendrás el valor de golpearme, a tu padre, cuando me interponga para proteger a Aníbal? Y así tendrá que ser, herirle atravesando mi pecho. Pero deja que te detenga aquí, antes de que te venzan allí. Deja que mis ruegos te convenzan tal y como ya convencieron por ti». En ese momento el joven se echó a llorar y, al ver esto, el padre le abrazó por la cintura, le cubrió de besos y persistió en sus súplicas hasta que hizo que su hijo dejase su espada y le diese su palabra de que no intentaría nada de aquello. Entonces, el hijo dijo: «tengo dar a mi padre la obediencia sumisa que debo a mi patria. Me entristezco por ti, pues debes llevar la culpa de una triple traición a tu patria; en primer lugar por haber instigado la revuelta contra Roma, en segundo al instar la paz con Aníbal y ahora, una vez más, cuando has impedido el modo de restaurar Capua a los romanos. Recibe, patria mía, y ya que mi padre me la quita, esta espada de la que me he armado para defenderte al entrar en la fortaleza del enemigo». Con estas palabras, arrojó la espada por la pared del jardín a la vía pública, y para disipar cualquier sospecha regresaron a la sala de banquetes.

[23.10] Al día siguiente hubo una reunión del pleno del Senado para escuchar a Aníbal. Al principio su tono fue muy cortés y afectuoso; agradeció a los capuanos que prefirieran su amistad a la alianza con Roma, y entre otras magníficas promesas les aseguró que Capua sería pronto la capital de Italia y que Roma, junto al resto de pueblos, tendría que mirarla a ella para darle las leyes. Luego cambió de tono. Había un hombre, tronó, que estaba excluido de la amistad de Cartago y del tratado que habían firmado con él, un hombre que no era, y no debería ser llamado campano: Magio Decio [por algún motivo, quizá un error del copista, en el original latino aparece alterado el nombre.-N. del T.]. Exigió su entrega y pidió que este asunto fuera discutido y decidido antes de que él saliera de la Curia. Todos ellos votaron a favor de entregar al hombre, aunque muchos pensaban que no se merecía ese destino cruel y les parecía que habían dado un gran paso conculcando sus derechos y libertades. Al salir del edificio del Senado, tomó asiento en la tribuna de los magistrados y ordenó que se arrestase a Decio Magio, se le pusiera a sus pies y que se defendiera. El hombre mantenía aún su feroz ánimo y decía que, según los términos del tratado, no se le podía exigir aquello; sin embargo, enseguida se le encadenó y se ordenó que le llevaran al campamento seguido por un lictor. Mientras lo llevaban, con la cabeza descubierta, arengaba y gritaba incesantemente a la multitud que le rodeaba: «¡Ya tenéis, campanos, la libertad que pedíais! ¡En el centro del Foro, a plena luz del día, ante vuestra vista, sin antecedente alguno en toda Capua, me llevan a toda prisa encadenado a la muerte! ¿Podría haberse cometido ultraje más grande si hubiera sido tomada la ciudad? ¡Id al encuentro de Aníbal, decorad vuestra ciudad y que el día de su llegada sea festivo para que podáis disfrutar del espectáculo de su triunfo sobre un compatriota! Al parecer que la multitud se movía a causa de esos arrebatos, cubrieron su cabeza y se dieron órdenes de moverse con más rapidez para salir fuera de las puertas de la ciudad. De esta manera, fue llevado al campamento y luego, a continuación, puesto a bordo de un barco y enviado a Cartago. El miedo de Aníbal era que, si estallaba cualquier perturbación en Capua como consecuencia del escandaloso tratamiento, el Senado podría arrepentirse de haber entregado a su primer ciudadano, y si enviaban a solicitar su devolución podría ofender a sus nuevos aliados rehusando la primera petición que le hacían o, si se la concedía, tendría en Capua un instigador del desorden y la sedición. El buque fue impulsado por una tormenta hasta Shahhat [la antigua Cirene, en el noroeste de la actual Libia, formaba la Pentápolis junto a Barca, Evespérides, Teuchira y Apolonia.-N. del T.], que estaba entonces gobernada por los reyes. Hasta aquí huyó Magio, buscando refugio bajo la estatua del rey Tolomeo, y sus guardias lo llevaron hasta el rey de Alejandría. Después que le hubo contado cómo había sido encadenado por Aníbal, desafiando el tratado, fue liberado de sus ataduras y se le concedió permiso para regresar a Roma o a Capua, donde prefiriera. Magio dijo que no estaría a salvo en Capua, y como había en aquel momento guerra entre Roma y Capua, habría de vivir en Roma más como desertor que como huésped. No había lugar donde prefiriera vivir más que bajo el gobierno del hombre que era el autor y garante de su libertad.

[23,11] Durante estos sucesos, Quinto Fabio Píctor regresó a Roma de su misión en Delfos. Él leyó la respuesta del oráculo de un manuscrito, en el que figuraban los nombres de los dioses y diosas a quienes debía suplicarse y las formas que debían observarse al efectuarlas. Este era el último párrafo: «Si así lo hiciereis, romanos, vuestros asuntos mejorarán y se facilitarán, vuestra república seguirá adelante como queréis y la victoria en la guerra será para el pueblo de Roma. Cuando vuestra república sea próspera y segura, enviad un regalo a Apolo Pitio de las ganancias que logréis y honradle con el botín, lo obtenido con su venta y los despojos. Apartad de vosotros toda licenciosidad». Tradujo todo esto del griego según lo leía, y cuando hubo terminado de leer dijo que tan pronto como dejase el oráculo ofrecería un sacrificio de vino e incienso a todos los dioses nombrados, y fue además instruido por el sacerdote para que embarcase llevando la misma corona de laurel con la que había visitado el oráculo y que no se la quitase hasta llegar a Roma. Declaró que había seguido todas sus instrucciones con sumo cuidado y delicadeza y que había depositado la corona en el altar de Apolo. El Senado aprobó un decreto para que se efectuasen cuidadosamente, a la primera oportunidad, los sacrificios y rogativas exigidas.

Durante estos acontecimientos en Roma y en Italia, Magón, el hijo de Amílcar, había llegado a Cartago con la noticia de la victoria de Cannas. No había sido enviado por su hermano inmediatamente después de la batalla, sino que se había detenido durante algunos días a recibir en alianza a los pueblos brucios que se habían rebelado con éxito. En su comparecencia ante el Senado relató la historia de los éxitos de su hermano en Italia, cómo había combatido en batallas campales contra seis comandantes en jefe, cuatro de los cuales eran cónsules y los otros dos un dictador y su jefe de la caballería, y cómo había dado muerte a casi doscientos mil enemigos y tomado más de cincuenta mil prisioneros. De los cuatro cónsules dos habían caído, de los dos supervivientes, uno estaba herido y el otro, tras perder a la totalidad de su ejército, había escapado con cincuenta hombres. El jefe de la caballería, cuyos poderes eran como los de un cónsul, había sido derrotado y puesto en fuga, y al dictador, que nunca había combatido con él, le consideraba un general peculiar. Los brucios y los apulios, junto con algunas comunidades samnitas y lucanas, se habían pasado a los cartagineses. Capua, que no sólo era la principal ciudad de la Campania sino que, ahora que el poder de Roma había quedado destrozado en Cannas, era la capital de Italia, se había entregado a Aníbal. Por todas estas grandes victorias le parecía que debían estar verdaderamente agradecidos y se debía efectuar una acción de gracias pública a los dioses inmortales.

[23.12] Como prueba de la veracidad de las alegres nuevas que traía, ordenó que se apilaran en el vestíbulo del edificio del Senado cierta cantidad de anillos de oro; según algunos autores, formaron una pila que medía más de tres modios; el relato más probable, no obstante, es que no ascendían a más de un modio [recordemos que un modio civil son 8,75 litros de capacidad.-N. del T.]. Agregó a modo de explicación, para mostrar cuán grandes fueron las pérdidas romanas, que nadie excepto los caballeros, y entre ellas los de más alto rango, llevaban aquel ornamento. La esencia de su discurso fue que cuanto más cerca estaban las posibilidades de Aníbal de dar fin a la guerra, más ayuda precisaba que se le enviase; estaba en campaña lejos del hogar, en mitad de un país hostil; se consumían grandes cantidades de grano y se gastaba mucho dinero, y todas aquellas batallas, mientras destruía los ejércitos enemigos, al mismo tiempo consumían apreciablemente las fuerzas del vencedor. Por lo tanto, se debía enviar refuerzos, dinero para pagar a las tropas y suministros de grano con destino a los soldados que tan espléndido servicio habían hecho a Cartago. En medio de la alegría general con que se recibió el discurso de Magón, Himilcón, miembro del partido bárquida, pensó que era una oportunidad favorable para atacar a Hanón. «¿Qué, Hanón?» empezó, «¿Todavía desapruebas que iniciásemos una guerra contra Roma? Ordena que se rinda Aníbal, vetar toda acción de gracias a los dioses tras haber recibido tantas bendiciones, haz que escuchemos la voz de un senador romano en la Curia de Cartago».

Y Hanón le replicó: «padres conscriptos [patres conscripti, en el original latino; usa aquí Tito Livio una fórmula típicamente romana para señalar la advocación de Hanón.-N. del T.], habría guardado silencio en la presente ocasión, pues no deseo, en un día de tan general regocijo, decir nada que pueda aminorar vuestra felicidad. Pero como un senador me ha preguntado si todavía desapruebo la guerra que hemos iniciado contra de Roma, mi silencio demostraría insolencia o cobardía; la una implica olvidar el respeto debido a los demás, la otra el respeto a uno mismo. Esta es mi respuesta a Himilcón: Nunca he dejado de desaprobar la guerra, ni dejaré nunca de censurar a vuestro invencible general hasta que vea la guerra finalizada con condiciones tolerables. Nada desterrará mi pesar por la antigua paz que rompimos, excepto el establecimiento de una nueva. Esos detalles que Magón ha enumerado orgullosamente han hecho muy felices a Himilcón y al resto de satélites de Aníbal; también me harían feliz a mí, pues una guerra victoriosa, si escogemos hacer un uso sabio de nuestra buena fortuna, nos traerá una paz más favorable. Si dejamos pasar esta oportunidad, cuando estamos en condiciones de ofrecer en lugar de someter a los términos de paz, temo que nuestra alegría resultará extravagante y, finalmente, resultará estar infundada. Pero incluso ahora, ¿qué es de lo que os alegráis? ‘He aniquilado los ejércitos del enemigo, enviadme tropas.’ ¿Qué más podríais pedir, si hubieseis sido derrotados? ‘He capturado dos de los campamentos del enemigo, llenos, por supuesto, de botín y suministros, enviadme grano y dinero.’ ¿Qué más podríais pedir si os hubiesen expoliado y desalojado de vuestro propio campamento? Y puede que no sea yo el único que se sorprenda con vuestra alegría; pues ya que he contestado yo a Himilcón, tengo todo el derecho a preguntar a mi vez, y me gustaría que Himilcón o Magón me dijeran si, como decís, la batalla de Cannas ha destruido completamente el poder de Roma y toda Italia está revuelta, en primer lugar, alguna comunidad de la nación latina se ha pasado a nuestro bando y, en segundo, si un solo hombre de las treinta y cinco tribus de Roma ha desertado con Aníbal». Magón respondió ambas preguntas en sentido negativo. «Entonces», siguió Hanón, «todavía quedan demasiados enemigos. Pero me gustaría saber cuánto valor y cuánta confianza posee aún tan gran multitud.»

[23,13] Magón dijo que no lo sabía. «Nada», contestó Hanón, «es más fácil de saber. ¿Han enviado los romanos emisarios a Aníbal para pedir la paz? ¿Ha llegado a vuestros oídos algún rumor de que alguno haya siquiera mencionado la palabra ‘paz’ en Roma?» De nuevo dio Magón una respuesta negativa. «Pues bien», dijo Hanón, «entonces tenemos tanto trabajo ante nosotros en esta guerra como el que teníamos el día en que Aníbal pisó por primera vez Italia. Aún vivimos muchos que podemos recordar qué cambiante fue la fortuna en la anterior Guerra Púnica que libramos. Nunca nuestra causa pareció estar prosperando más por mar y tierra que inmediatamente antes del consulado de Cayo Lutacio y Aulo Postumio [242 a.C.-N. del T.]. Sin embargo, en el año de su consulado fuimos derrotados de las Égates. Pero si, ¡no lo permita el cielo!, la fortuna cambiase ahora de cualquier manera, ¿esperaríais obtener estando derrotados una paz que no se os ofrece ahora que sois victoriosos? Si alguien pidiera mi opinión en cuanto a ofrecer o aceptar términos de paz, diría lo que pensaba; pero si lo que se nos pregunta es, simplemente, si se deben conceder las demandas de Magón, no creo que nos concierna el mandar suministros a un ejército victorioso, y mucho menos considero que se les deban remitir si nos están engañando con falsas y vacías esperanzas». Muy pocos fueron convencidos por el discurso de Hanón. Su bien conocida aversión por los Barca privaba a sus palabras de peso, y estaban demasiado ocupados con las agradables noticias que acababan de oír como para escuchar nada que los hiciera tener menos motivos de alegría. Creyeron que, si estaban dispuestos a hacer un pequeño esfuerzo, la guerra terminaría pronto. Por lo tanto, se aprobó en consecuencia con gran entusiasmo una resolución para reforzar a Aníbal con cuatro mil númidas, cuarenta elefantes y talentos de plata [falta la cantidad en el original latino; unos estudiosos dan 500, otros 1500, nosotros hemos preferido dejar el texto tal cual.-N. del T.]. También se envió a Bóstar junto a Magón a Hispania para alistar veinte mil de infantería y cuatro mil de caballería para compensar las pérdidas de los ejércitos de Italia e Hispania.

[23.14] Sin embargo, como es habitual en épocas de prosperidad, estas medidas fueron ejecutadas con gran negligencia y dilación. Los romanos, junto a su laboriosidad natural, las tenían vedadas por lo precisado de su situación. El cónsul no dejó de cumplir con ninguno de sus deberes y el dictador no mostró menos energía. La fuerza entonces disponible estaba compuesta por las dos legiones que habían sido reclutadas por los cónsules a principios de año, la leva de esclavos y las cohortes alistadas en territorios del Piceno y de la Galia Cisalpina. El dictador decidió aumentar aún más sus fuerzas mediante la adopción de una medida a la que sólo un país en un estado casi desesperado podría rebajarse, cuando el honor debe ceder el paso a la necesidad. Después de cumplir debidamente con sus deberes religiosos y obtener los permisos necesarios para montar su caballo, publicó un edicto por el que todos los que hubieran resultado culpables de delitos capitales o que se encontraran en la cárcel por deudas y estuvieran dispuestos a servir bajo sus órdenes, quedarían libres del castigo y se cancelarían sus deudas. De esta manera fueron alistados seis mil hombres, y él los armó con los despojos tomados a los galos y que habían sido llevados en la procesión triunfal de Cayo Flaminio. Partió así de la Ciudad con veinticinco mil hombres. Aníbal, después de hacerse cargo de Capua y efectuar algunos intentos infructuosos, mediante esperanzas y amenazas, contra Nápoles, marchó hacia territorio de Nola. No la trató de inmediato de manera hostil, ya que no carecía de esperanzas de que sus ciudadanos se rindieran voluntariamente, pero si se retrasaban pensaba no dejar nada por hacer para causarles sufrimiento o terror. El Senado, y en especial sus líderes, eran fieles partidarios de la alianza con Roma; la plebe, como siempre, estaba a favor de desertar con Aníbal; se imaginaban la perspectiva de los campos asolados y un asedio con todas sus dificultades y humillaciones; tampoco había falta de hombres ansiosos por instigar una revuelta. El Senado temía que si se oponía abiertamente a la agitación no sería capaz de resistir la violenta multitud, y como manera de alejar el día infausto fingieron ponerse del lado de la multitud. Aparentaron que estaban a favor de la revuelta a favor de Aníbal, pero nada se resolvió en cuanto a las condiciones con que entrarían en un nuevo tratado y alianza. Habiendo ganado tiempo así, enviaron embajadores a toda prisa al pretor romano, Marcelo Claudio, que estaba con su ejército en Casilino, para informarle de la crítica posición de Nola, la forma en que su territorio estaba en manos de Aníbal, y que la ciudad caería en poder de los cartagineses a menos que recibiera auxilio; también sobre cómo el Senado, diciendo a la plebe que podría rebelarse cuando quisiera, les había hecho darse menos prisa en hacerlo. Marcelo dio las gracias a los embajadores y les dijo que siguieran la misma política y aplazaran los asuntos hasta que él llegase. Dejó entonces Casilino hacia Caiazzo [Caiatia en el original latino.-N. del T.] y desde allí marchó, cruzando el río Volturno, por los territorios de Satícula y Trebia, sobre las colinas que dominan Arienzo [Suessula en el original latino.-N. del T.], y llegó así a Nola.

[23.15] Ante la aproximación del pretor romano, el cartaginés evacuó el territorio de Nola y bajó por la costa hasta cerca de Nápoles, pues estaba deseando hacerse con un puerto de mar desde el que tener un paso seguro para los barcos procedentes de África. Sin embargo, cuando se enteró de que Nápoles estaba en poder de un prefecto romano, Marco Junio Silano, que había sido invitado por los napolitanos, dejó Nápoles, como había dejado Nola, y marchó hacia Nocera Superior [la antigua Nuceria.-N. del T.]. Pasó algún tiempo asediando la plaza, atacándola con frecuencia y haciendo a menudo propuestas tentadoras a los notables y a los jefes de la plebe, pero todo fue inútil. Al final, el hambre hizo su trabajo y recibió la sumisión de la ciudad, se permitió a los habitantes que salieran sin armas y con una sola prenda de vestir cada uno. Luego, para mantener su fama de ser amable con todos los pueblos italianos excepto el romano, prometió honores y recompensas a quienes consintieran servir militarmente en sus filas. Ni un solo hombre fue tentado por la perspectiva; todos se dispersaron, donde tuvieran amigos o donde a cada cual le llevara el azar o su imaginación, entre las ciudades de la Campania y especialmente a Nola y Nápoles. Alrededor de treinta de sus senadores, de hecho los principales, trataron de acogerse a Capua, pero se les negó la entrada porque habían cerrado sus puertas a Aníbal. Por consiguiente, se dirigieron a Cumas. El botín de Nocera Superior se entregó a los soldados y la misma ciudad fue incendiada.

Marcelo mantuvo su posición en Nola, tanto por el apoyo de sus principales hombres como por la confianza que sentía en sus tropas. Se temía al pueblo, y especialmente a Lucio Bancio. Este joven animoso era por entonces casi el más distinguido entre los jinetes aliados, pero el temor a que tratase de rebelarse y su miedo al pretor romano le estaban llevando a traicionar a su patria o, si no hallaba medios para efectuarlo, desertar. Se le había encontrado, yaciendo medio muerto, entre un montón de cuerpos sobre el campo de batalla de Cannas y, tras haberle tratado con el mayor de los cuidados, Aníbal le envió a su casa cargado de regalos. Sus sentimientos de gratitud por tanta amabilidad le hicieron desear poner el gobierno de Nola en manos de los cartagineses, y su ansiedad y entusiasmo tal acción atrajeron la atención del pretor. Como resultaba necesario frenar al joven, fuera mediante el castigo o ganándoselo con amabilidad, el pretor escogió la última opción, prefiriendo asegurarse a tan valiente y emprendedor joven como amigo antes que perderlo para el enemigo. Lo invitó a ir a verlo y le habló muy amablemente. «Puedes entender fácilmente», le dijo, «que muchos de tus compatriotas están celosos, lo que se demuestra por el hecho de que ni un solo ciudadano de Nola me ha señalado tus muchos y distinguidos servicios militares. Pero la valentía de un hombre que ha servido en un campamento romano no se puede esconder. Muchos de tus camaradas me dicen que eres un joven héroe, y cuántos peligros y riesgos has corrido defendiendo la seguridad y el honor de Roma. Me han dicho que no abandonaste el combate en la batalla de Cannas hasta que no te viste enterrado, casi sin vida, bajo una masa de hombres caídos, caballos y armas. ¡Ojalá vivas para cometer hazañas aún más valerosas! Ganarás conmigo todos los honores y recompensas, y encontrarás que cuanto más cerca de mí estés, más beneficio y ascenso tendrás». El joven se mostró encantado con estas promesas. El pretor le hizo regaló un magnífico caballo y autorizó al cuestor a pagarle 500 bigatos [denarios de plata con una biga en su anverso, a menudo guiada por el dios Júpiter como auriga; en total, unos 1950 gramos de plata.-N. del T.]; también instruyó a sus lictores para que le permitieran pasar cada vez que deseara verlo.

[23.16] El orgulloso quedó tan cautivado por la deferencia que Marcelo le mostraba que, en lo sucesivo, ningún otro de entre los aliados de Roma le prestó ayuda más eficiente o leal. Aníbal, una vez más, trasladó su campamento de Nocera Superior a Nola, y cuando apareció ante sus puertas la plebe volvió a contemplar la posibilidad de una revuelta. A medida que el enemigo se acercaba, Marcelo se retiró tras las murallas, no porque temiera por su campamento, sino porque no quería dar oportunidad alguna al gran número de ciudadanos que estaban empeñados en traicionar su ciudad. Ambos ejércitos empezaron a formar para la batalla; los romanos ante las murallas de Nola y los cartagineses delante de su campamento. Se produjeron leves escaramuzas, entre la ciudad y el campamento, con resultados variables, pues los generales no prohibían a sus hombres que se adelantasen en pequeños grupos para desafiar al enemigo ni daban la señal para una acción generalizada. Día tras día ambos ejércitos formaban en sus posiciones de esta manera, y durante este tiempo los líderes de Nola informaron a Marcelo de que se estaban produciendo entrevistas nocturnas entre la plebe y los cartagineses en las que habían dispuesto que, cuando el ejército romano hubiera salido por las puertas, saquearían sus bagajes y equipos, cerrando las puertas y guarneciendo las murallas para que, habiéndose hecho los amos de su ciudad y del gobierno, pudieran luego dejar entrar a los cartagineses en vez de a los romanos.

Al recibir esta información, Marcelo expresó su profundo agradecimiento a los senadores nolanos y se decidió a probar fortuna en una batalla antes de que surgieran disturbios en la ciudad. Formó su ejército en tres divisiones y las dispuso ante las tres puertas que daban al enemigo, ordenó que los bagajes le siguieran de cerca y que los asistentes, vivanderos y soldados de baja llevaran estacas. En la puerta central situó la parte más fuerte de las legiones y a la caballería romana, en las dos de cada lado dispuso a los reclutas, a la infantería ligera y a la caballería aliada. Se prohibió a los nolanos que se acercasen a las murallas o puertas, y se dispuso una reserva especial para ocuparse de los equipajes e impedir que los atacasen mientras las legiones estaban implicadas en la batalla. Con esta formación quedaron esperando dentro de las puertas. Aníbal tenía sus tropas formadas para la batalla, como había hecho durante varios días, y permaneció en su posición hasta terminar el día. En un primer momento le sorprendió que el ejército romano no saliera fuera de las puertas y que ni un solo soldado apareciera en las murallas. Luego, suponiendo que las entrevistas secretas habían sido traicionadas y que sus amigos temían moverse, devolvió parte de sus fuerzas a su campamento con órdenes de traer a primera línea todas las máquinas, para atacar la ciudad tan pronto como pudiera. Estaba bastante seguro de que si los atacaba mientras dudaban, la plebe provocaría algunos disturbios en la ciudad. Mientras que sus hombres se apresuraban hacia las primeras filas, cada uno con su deber asignado, y con toda la línea acercándose a las murallas, Marcelo ordenó de repente que se abriesen las puertas, sonó la orden de ataque y se lanzó el grito de guerra; la infantería, seguida por la caballería, se lanzó al ataque con toda la furia posible. Ya habían llevado bastante confusión e inquietud al centro enemigo cuando Publio Valerio Flaco y Cayo Aurelio, generales de las otras divisiones, salieron por las otras dos puertas y cargaron. Los vivanderos, los asistentes y el resto de tropas que custodiaban el equipaje se unieron al griterío, y esto hizo que los cartagineses, que habían menospreciado su escaso número, pensaran que se trataba de un gran ejército. Casi no me atrevería a afirmar, como hacen algunos autores, que murieran dos mil ochocientos enemigos y que los romanos no perdieron más de quinientos. Pero fuese o no tan grande la victoria, no creo que se librase una acción más importante por sus consecuencias en toda la guerra, pues resultó más difícil a los vencedores finales escapar de ser derrotados por Aníbal de lo que luego les resultó para vencerlo a él.

[23.17] Como no había ninguna esperanza de conseguir apoderarse de Nola, Aníbal se retiró a Acerra [antigua Acerrae.-N. del T.]. Tan pronto partió, Marcelo cerró las puertas y colocó guardias para impedir que nadie saliera de la ciudad. Luego abrió una investigación pública en el foro sobre la conducta de aquellos que habían estado llevando a cabo entrevistas secretas con el enemigo. Más de setenta fueron declarados culpables de traición, decapitados y confiscadas sus propiedades. Entonces, tras entregar el gobierno al Senado, se marchó con todo su ejército y tomó una posición por encima de Arienzo, donde acamparon. Al principio, los cartagineses trataron de persuadir a los hombres de Acerra, pero hicieron una entrega voluntaria, pero al ver que su lealtad era inquebrantable, se dispusieron a asediarla y asaltarla. Los acerranos tenían más valor que fuerzas, y cuando vieron que el asedio rodeaba sus murallas y que no había esperanza para intentar otra defensa, decidieron escapar antes de que la línea de circunvalación enemiga se cerrase, escabulléndose en la oscuridad de la noche a través de los huecos desprotegidos en los trabajos de asedio, y dejándose llevar por cualquier carretera o camino al que les llevase el azar. Escaparon hacia aquellas ciudades de Campania en las que tenían todas las razones para creer que no habían cambiado su lealtad. Después de saquear y quemar Acerra, Aníbal marchó a Casilino como consecuencia de la información que recibió sobre la marcha del dictador hacia Capua con sus legiones. Temía que la proximidad del ejército romano pudiera provocar una contra-revolución en Capua. En aquel momento Casilino estaba guarnecido por quinientos palestrinenses con unos cuantos romanos y latinos, que habían llegado allí cuando se enteraron del desastre de Cannas. El alistamiento en Palestrina no se completó el día señalado y aquellos hombres partieron de su hogar demasiado tarde para ser de utilidad en Cannas. Llegaron a Casilino antes que lo hicieran las noticias del desastre y, unidos a romanos y aliados, avanzaron con gran fuerza. Mientras marchaban se enteraron de la batalla y su resultado y regresaron a Casilino. Aquí, sospechando de los campanos y temiendo por su propia seguridad, pasaron unos días haciendo planes propios y deshaciendo tramas ajenas. Cuando tuvieron la certeza de que Capua había desertado y que habían dejado entrar a Aníbal, masacraron a los ciudadanos de Casilino por la noche y se apoderaron de la parte de la ciudad que está a este lado del río Volturno -el río divide en dos la ciudad- y la mantuvieron como guarnición romana. A ellos se unió también una cohorte de perusinos con cuatrocientos sesenta hombres, que fueron llevados a Casilino por la misma información que llevó allí a los palestrinenses unos días antes. La fuerza era bastante adecuada para el pequeño perímetro amurallado, protegido además como estaba al otro lado por el río, pero la escasez de grano hacía que incluso aquel número pareciera demasiado grande.

[23.18] No estando Aníbal no muy lejos del lugar, envió de avanzada una tropa de gétulos al mando de un oficial llamado Isalcas, para tratar de parlamentar con los habitantes y convencerlos con buenas palabras de que abrieran sus puertas y dejen entrar una guarnición. Si rehusaban, deberían emplear la fuerza y atacar la plaza por donde les pareciera factible. Cuando se acercaron a las murallas, la ciudad estaba tan silenciosa que pensaron que estaba desierta, y dando por sentado que los habitantes habían huido por temor empezaron a forzar las puertas y romper las trancas. De repente, se abrieron las puertas y dos cohortes que esperaban en el interior, listas para la acción, salieron a la carrera y cargaron furiosamente, sorprendiendo completamente al enemigo. Maharbal fue enviado en su ayuda con más fuerzas, pero ni siquiera él pudo resistir la impetuosidad de las cohortes. Al final, Aníbal acampó ante las murallas, e hizo los preparativos para asaltar la pequeña ciudad y su pequeña guarnición con la fuerza combinada de todo su ejército. Tras cerrar el círculo de asedio, comenzó a acosar y molestar a la guarnición, perdiendo de este modo a algunos de sus hombres más audaces al resultar alcanzados por los proyectiles lanzados desde muralla y torres. En una ocasión, cuando los defensores estaban a la ofensiva en una salida, estuvo a punto de destruirles con sus elefantes y ponerlos en precipitada fuga a la ciudad; las pérdidas, considerando su número, fueron bastante graves y habrían caído aún más de no haber llegado la noche. Al día siguiente había un ansia general por iniciar el asalto. El entusiasmo de los hombres había sido encendido por la oferta de una «corona mural» de oro, y también por la forma en la que el propio general protestó, ante los hombres que habían tomado Sagunto, por su retraso al atacar una pequeña fortaleza situada en campo abierto, recordando a todos y cada uno Cannas, Trasimeno y Trebia. Se dispusieron los manteletes y se empezaron las minas, pero se les opusieron varios movimientos enemigos de igual fuerza y habilidad por los defensores, los aliados de Roma; hicieron defensas contra los manteletes, interceptaron sus minas con contraminas y enfrentaron todos sus ataques por encima y por debajo del suelo con una constante resistencia, hasta que al final, Aníbal, para su vergüenza, renunció a su proyecto. Se limitó a fortificar su campamento y dejar una pequeña fuerza para defenderlo, para que no se pudiera suponer que el asedio había sido abandonado por completo, después de lo cual se instaló en Capua como su cuartel de invierno.

Allí mantuvo su ejército bajo techo la mayor parte del invierno. Una larga y variada experiencia había acostumbrado a ese ejército a todas las formas de sufrimiento humano, pero no se había habituado ni tenido experiencia alguna sobre la comodidad. Así vino a ocurrir que los hombres a quienes ni la presión si la calamidad habían sido capaces de someter, cayeron víctimas de tanta prosperidad y placeres tan atractivos como para resistirlos, y sobre todo cayeron principalmente en la avaricia por nuevos y no probados deleites. La pereza, el vino, las fiestas, las mujeres, los baños y un descanso inactivo, que se volvió cada vez más seductor cuanto más se acostumbraban a él, enervaron de tal modo sus mentes y cuerpos que lograron salvarse más por la memoria de las pasadas victorias que por cualquier fuerza combativa que poseyeran entonces. Los expertos en asuntos militares han considerado aquel invierno en Capua como un error mayor por parte de Aníbal que el de no marchar directamente contra Roma tras su victoria en Cannas; pues su retraso en ese momento puede ser considerado sólo como un retraso en la victoria final, pero también se puede considerar que le privó de la fortaleza necesaria para lograr la victoria. Y ciertamente pareció que dejara Capua con otro ejército completamente distinto; no mantenía ni una pizca de su anterior disciplina. Un gran número se había amancebado con prostitutas y regresaron allí, y tan pronto volvieron a las tiendas de campaña y la fatiga de las marchas y los demás deberes militares, en vez de fortalecer sus cuerpos y ánimos cedieron como si fueran nuevos reclutas. A partir de aquel momento, y a lo largo de la temporada de verano, un gran número abandonó los estandartes sin permiso y Capua fue el único lugar en el que los desertores trataron de ocultarse.

[23,19] Sin embargo, cuando llegó el clima suave, Aníbal sacó su ejército fuera de sus cuarteles de invierno y se dirigió de nuevo a Casilino. Aunque el asalto había quedado suspendido, el interrumpido asedio había reducido la población de la ciudad y a la guarnición al extremo de la miseria. Tiberio Sempronio Graco estaba al mando del campamento romano, pues el dictador tuvo que partir hacia Roma para tomar nuevos auspicios [para el nuevo año de 215 a.C.-N. del T.]. Marcelo deseaba igualmente ayudar a la guarnición sitiada, pero fue detenido por el desbordamiento del río Volturno y también por las súplicas del pueblo de Nola y Acerra, que temían a los campanos en caso de que los romanos retiraran su protección. Graco simplemente vigilaba Casilino, pues el dictador había dado órdenes estrictas de que no se debían efectuar operaciones activas en su ausencia. Por lo tanto, se mantuvo quieto, aunque los informes de Casilino habría sido fácilmente demasiado para la paciencia de cualquier hombre. Se señaló de hecho que algunos, incapaces de soportar el hambre por más tiempo, se habían arrojado desde las murallas, otros se expusieron sus cuerpos desarmados a los proyectiles del enemigo. Estas noticias sometieron su paciencia a una dura prueba, pus no se atrevía a luchar contra las órdenes del dictador, y veía que tendría que luchar si llevaba grano a la plaza, pues no había posibilidad de conseguirlo sin ser visto. Reunió un suministro de grano de todos los campos alrededor y llenó con él una serie de barricas; después envió un mensajero a Casilino para decirles que recogieran los barriles que el río llevaría corriente abajo. La noche siguiente, mientras todos estaban mirando fijamente el río, después de sus esperanzas hubieran sido avivadas por el mensajero romano, llegaron las barricas flotando en el medio de la corriente, y dividieron el grano a partes iguales entre todos ellos. Lo mismo ocurrió en los dos días siguientes; se enviaban por la noche y llegaban a su destino, ya que hasta entonces habían escapado a la detección enemiga. Luego, debido a las constantes lluvias, el río se hizo más rápido de lo habitual y las corrientes cruzadas llevaban las barricas hacia la orilla que custodiaba el enemigo. Las detectaron al quedar atrapadas entre las ramas de mimbre que crecían en la orilla e hicieron llegar un informe a Aníbal; como consecuencia, vigilaron con más precaución y más de cerca para que nada pudiera enviarse por el Volturno a la ciudad sin ser detectado. Sin embargo, desde el campamento romano se esparcieron frutos secos por el río; estos flotaban por el centro de la corriente y los atrapaban con cestas. Por fin, las cosas llegaron a tal extremo que los habitantes trataban de masticar las tiras de cuero y las pieles, que arrancaban de sus escudos, luego de ablandarlas en agua hirviendo, ni se negaron a comer ratones y otros animales; arrancaron incluso de la parte inferior de sus murallas hierbas y raíces de todo tipo. Cuando el enemigo arrancó toda la hierba fuera de las murallas, ellos arrojaron semillas de nabos, lo que hizo exclamar a Aníbal: «¿Me voy a quedar aquí sentado ante Casilino hasta que crezcan esas semillas?» y aunque él nunca había permitido oír hablar de términos de rendición, dio ahora su consentimiento a las proposiciones de rescate de todos los ciudadanos de nacimiento libre. El precio acordado fue de siete onzas de oro para cada persona [190,75 gramos de oro.- N. del T.]. Cuando su libertad quedó garantizada se rindieron, pero quedaron con custodia hasta que se pagó todo el oro, después se les liberó en estricta observancia del acuerdo. Es mucho más probable que esto sea lo cierto, y no que tras haberles dejado ir enviaran tras ellos la caballería y les dieran muerte a todos. La gran mayoría eran palestrinenses. De los quinientos setenta que formaban la guarnición, no menos de la mitad habían perecido por la espada y el hambre, el resto regresó salvo a Palestrina con su jefe, Marco Anicio, que anteriormente era escriba. Para conmemorar aquel evento se erigió una estatua de él en el Foro de Palestrina, llevando una cota de malla con una toga sobre ella y con la cabeza cubierta [una triple representación del soldado, el ciudadano y el sacerdote.-N. del T.]. Se colocó una placa de bronce con esta inscripción: «Marco Anicio ha cumplido la promesa que hizo para la seguridad de la guarnición de Casilino». La misma inscripción se fijó en las tres estatuas erigidas en el templo de la Fortuna.

[23.20] La ciudad de Casilino fue devuelta a los campanos, y se estableció en la misma una guarnición de setecientos hombres del ejército de Aníbal, por si los romanos la atacaban tras la partida del cartaginés. El Senado decretó que se concediera paga doble y una exención de cinco años sobre futuros servicios a las tropas palestrinenses. También se les ofreció la plena ciudadanía romana, pero prefirieron no cambiar su condición de ciudadanos de Palestrina. Más oscuro resulta lo ocurrido a los perusinos, ya que sobre ello no arroja luz ningún monumento suyo ni ningún decreto del Senado. Por aquel tiempo, los petelinos [habitantes de Petelia, la actual Strongoli, en Calabria.-N. del T.], que eran los únicos de entre todos los brucios que habían permanecido en la amistad de Roma, fueron atacados no solo por los cartagineses, que habían invadido aquel territorio, sino también por el resto de los brucios que habían adoptado la política opuesta. Viéndose indefensos ante tales peligros, enviaron embajadores a Roma para pedir ayuda. El Senado les dijo que tenían que cuidar de sí mismos y al oír esto rompieron en lágrimas y súplicas y se arrojaron sobre el suelo del vestíbulo. Su angustia suscitó la profunda simpatía tanto del Senado como del pueblo, y el pretor Marco Emilio pidió a los senadores que reconsiderasen su decisión. Después de estudiar cuidadosamente los recursos del imperio, se vieron obligados a admitir que eran impotentes para proteger a sus aliados lejanos. Aconsejaron a los embajadores que volviesen a casa y que, habiendo ya probado su lealtad al límite, adoptasen las medidas que exigía su actual situación. Cuando se informó del resultado de su misión a los petelinos, su senado quedó tan abrumado por el dolor y el temor que algunos se declararon a favor de abandonar la ciudad y buscar refugio donde pudieran, otros pensaron que, ya que habían sido abandonados por sus antiguos aliados, lo mejor sería unirse al resto de los brucios y entregarse a de Aníbal. La mayoría, sin embargo, decidió que no se debía tomar ninguna decisión precipitada y que la cuestión debía ser objeto de debate. Cuando el asunto se presentó al día siguiente, prevaleció un tono más calmado y sus principales líderes les persuadieron para reunir todos sus bienes y posesiones de los campos y poner a la ciudad y sus murallas en estado de defensa.

[23,21] Por entonces llegaron despachos desde Sicilia y Cerdeña. El enviado por Tito Otacilio, el propretor al mando en Sicilia, se leyó en el Senado en primer lugar. Señalaba que, en efecto, Publio Furio había llegado a Lilibeo con su flota; que él mismo estaba gravemente herido y que su vida corría gran peligro; que a los soldados y marineros no se les había entregado puntualmente paga ni grano y no había medio de procurárselos; urgía con insistencia para que se le enviasen ambos tan pronto como fuera posible y que, si el Senado estaba de acuerdo, enviasen uno de los nuevos pretores para sucederle. La carta de Aulo Cornelio Mamula trataba sobre las mismas dificultades con la paga y el grano. A ambos se dio la misma respuesta: no había posibilidad de enviar nada, y se les ordenaba que tomaran las disposiciones más adecuadas que considerasen para con sus flotas y ejércitos. Tito Otacilio envió embajadores a Hierón, el único hombre con quien Roma podía contar, y recibió en respuesta tanto dinero como precisaba y suministro de grano para seis meses. En Sicilia, las ciudades aliadas enviaron generosas contribuciones. Incluso en Roma, además, se hacía sentir la escasez de dinero y Marco Minucio, uno de los tribunos de la plebe, presentó una propuesta para nombrar triunviros encargados de las finanzas. Los hombres designados fueron: Lucio Emilio Papo, que había sido cónsul y censor, Marco Atilio Régulo, que había sido dos veces cónsul, y Lucio Escribonio Libo, uno de los tribunos de la plebe. Marco y Cayo Atilio, dos hermanos, fueron designados para dedicar el templo de la Concordia que Lucio Manlio había prometido durante su pretura. Se eligieron también tres nuevos pontífices: Quinto Cecilio Metelo, Quinto Fabio Máximo y Quinto Fulvio Flaco, en sustitución de Publio Escantinio, que había muerto y de Lucio Emilio Paulo, el cónsul y de Quinto Elio Peto, ambos caídos en Cannas.

[23.22] Cuando el Senado hubo hecho todo lo posible, en la medida en que la sabiduría humana pueda hacerlo, para compensar las pérdidas que la fortuna había infligido en tal serie ininterrumpida de desastres, volvieron finalmente su atención a los huecos en la Curia y al pequeño número de los que asistían al consejo nacional. No había habido ninguna revisión de las listas del Senado desde que Lucio Emilio y Cayo Flaminio fueran censores, a pesar de las graves pérdidas entre los senadores durante los últimos cinco años, así en el campo de batalla como por las fatalidades y accidentes a que todos estamos expuestos. Dando cumplimiento al el deseo unánime, el asunto fue presentado por el pretor, Marco Emilio, en ausencia del dictador, que había marchado a reunirse con el ejército tras la pérdida de Casilino. Espurio Carvilio habló largo y tendido acerca de la considerable falta de senadores, y también del escaso número de ciudadanos de entre los cuales podían ser elegidos senadores. Siguió diciendo que, a efectos de cubrir las vacantes, y también para fortalecer la unión entre los latinos y Roma, él insistía fervientemente para que el Senado aprobara que se concediese la ciudadanía plena a dos senadores de cada ciudad latina, y que de tales hombres se eligieran para el Senado en lugar de los que habían muerto. El Senado escuchó estas propuestas con tanta más impaciencia como la que habían sentido con anterioridad a demanda de los latinos. Un murmullo de indignación recorrió la Curia. A Tito Manlio, en particular, se le escuchó afirmar que aún quedaba al menos un hombre de la misma familia que tiempo atrás había amenazado en el Capitolio al cónsul con matar a cualquier latino al que viera sentado en el Senado. Quinto Fabio Máximo declaró que ninguna propuesta más inoportuna que aquella había sido jamás discutida en el Senado; se había expuesto en un momento en que las simpatías de sus aliados vacilaban y se volvía dudosa su lealtad, produciéndoles más inquietud que nunca; tales inconsideradas palabras, pronunciadas por un hombre, debían ser sofocadas por el silencio de todos los demás. De entre todas las cosas ocultas o sagradas sobre las que en algún momento se hubiese decretado el silencio en aquella Casa, esta debía ser considerada la mayor de ellas y así debía quedar oculta, enterrada, olvidada y considerada como si nunca se hubiera pronunciado. En consecuencia, se suprimió toda alusión posterior al asunto. Se decidió, en última instancia, designar dictador a un hombre que había sido antes censor y que era el más anciano de los que habían desempeñado aquel cargo, para que revisara las listas de los senadores. Cayo Terencio fue llamado para que designase al dictador. Dejando una guarnición en Apulia, regresó a Roma a marchas forzadas, y la noche después de su llegada designó, de acuerdo con la antigua costumbre, a Marco Fabio Buteo para ejercer como dictador durante seis meses sin jefe de la caballería -216 a.C.-.

[23,23] Acompañado por sus lictores, Fabio subió a los Rostra [muro de la tribuna de oradores del foro de Roma, decorado con los espolones -rostra- mandados arrancar a las naves enemigas el 338 a.C. por el cónsul Cayo Menio, tras la batalla naval de Anzio.-N. del T.] y pronunció el siguiente discurso: «Yo no apruebo la existencia de dos dictadores al mismo tiempo, algo totalmente sin precedentes, ni la existencia de un dictador sin un jefe de la caballería, ni que se encomienden los poderes censoriales a un único individuo y por segunda vez, ni que se ponga la suprema autoridad en manos de un dictador durante seis meses, a menos que lo hayan nombrado para ejercer el mando militar. Puede que estas irregularidades sean quizás necesarias en este momento, pero les voy a poner un límite. No quitaré de la lista a ninguno de los añadidos por Cayo Flaminio y Lucio Emilio, los últimos censores; ordenaré simplemente que se transcriban y lean sus nombres, pues no permitiré que el poder de juzgar y decidir sobre la reputación y el carácter de un senador descanse en un único individuo. Cubriré las plazas de los que están muertos de tal manera que se viera que daba preferencia a un orden sobre otro y no a un hombre sobre otro». Después de haber leído los nombres del antiguo Senado, Fabio empezó su selección. Los primeros elegidos fueron hombres que, con posterioridad a la censura de Lucio Emilio y Cayo Flaminio, habían desempeñado una magistratura curul pero aún no estaban en el Senado, y se les escogió según el orden de sus anteriores nombramientos. A ellos siguieron aquellos que habían sido ediles, tribunos de la plebe, o cuestores. Al final de todos, escogió a quienes no habían llegado a ocupar un cargo, pero poseían en sus casas los despojos de un enemigo o habían recibido una «corona cívica» [condecoración consistente en una corona de hojas de roble, que se concedía a quien hubiera salvado en batalla la vida de un ciudadano.-N. del T.]. De este modo se añadieron los nombres a la lista del Senado, en medio de la aprobación general. Después de haber cumplido su deber, depuso enseguida su dictadura y descendió de los Rostra como un ciudadano privado. Ordenó a los lictores que cesaran en su auxilio y se mezcló con la multitud de ciudadanos que trataban de sus negocios privados, retrasó deliberadamente el tiempo que empleaba, con el fin de no permitir que la gente saliera del foro para acompañarlo a su casa. No disminuyó, sin embargo, el interés de los hombres por él, aunque tuvieran que esperar, y una gran multitud lo acompañó hasta su casa [este acompañamiento a una persona desde el foro hasta su hogar era un signo de consideración pública, pues remedaba el acompañamiento que los clientes daban por turnos a su patrono, a modo de escolta.-N. del T.]. La noche siguiente, el cónsul regresó de nuevo junto al ejército, sin permitir que el Senado lo supiera, ya que no quería ser detenido en la Ciudad por las elecciones.

[23.24] Al día siguiente, el Senado, al ser consultado por Marco Pomponio, el pretor, aprobó un decreto para escribir al dictador pidiéndole que, si los intereses del Estado lo permitían, viniese a Roma para llevar a cabo la elección de los nuevos cónsules. Que trajera con él a su jefe de la caballería y a Marco Marcelo, el pretor, para que los senadores pudieran saber por él mismo en qué estado se encontraban los asuntos de la república y decidir en consecuencia. Al recibir la citación acudieron todos ellos, tras dejar lugartenientes al mando de las legiones. El dictador habló brevemente y con modestia acerca de sí mismo, concediendo la mayor parte de la gloria a Tiberio Sempronio Graco, el jefe de la caballería, y luego convocó las elecciones. Los cónsules electos fueron Lucio Postumio, por tercera vez y elegido en su ausencia, pues estaba por entonces administrando la provincia de la Galia, y Tiberio Sempronio Graco, jefe de la caballería y también por entonces edil curul. A continuación, se eligió a los pretores. Fueron elegidos Marco Valerio Levino, por segunda vez, Apio Claudio Pulcro, Quinto Fulvio Flaco y Quinto Mucio Escévola. Tras la elección de los diversos magistrados, el dictador volvió con su ejército a los cuarteles de invierno en Teano. El jefe de la caballería se quedó en Roma; como tomaría posesión en pocos días, le era preferible consultar al Senado sobre el alistamiento y equipamiento de los ejércitos del año siguiente -215 a.C.-.

Mientras estas cuestiones absorbían la atención, se anunció un nuevo desastre, pues la Fortuna apilaba un desastre tras otro aquel año. Se informó de que Lucio Postumio, el cónsul electo, y su ejército había sido aniquilado en la Galia. Había un gran bosque, llamada Litana por los galos [cerca de Módena, en la Galia Cisalpina.-N. del T.], por cuyo través debía conducir el cónsul a su ejército. Los galos cortaron los árboles a ambos lados de la carretera de tal manera que se quedaron de pie, siempre y cuando estuviesen quietos, pero prestos a caer a una ligera presión. Postumio tenía dos legiones romanas, y también había alistado una fuerza del país frontero al Mar Superior, lo bastante grande como para entrar en territorio hostil con cerca de veinticinco mil hombres. Los galos se habían colocado en el límite exterior del bosque, y tan pronto como el ejército romano entró empujaron los árboles aserrados desde el exterior, estos cayeron sobre los que estaban junto a ellos, inestables y que apenas podían mantenerse en pie, hasta que cayeron todos a ambos lados, enterrando en una ruina común armas, hombres y caballos. Apenas diez hombres escaparon, ya que cuando la mayoría de ellos murieron aplastados por los troncos o ramas rotas de los árboles, el resto, presa del pánico por el inesperado desastre, fueron muertos por los galos que rodeaban el bosque. De la cifra total sólo unos pocos fueron hechos prisioneros, y estos, a la vez tratando de llegar a un puente sobre el río, fueron interceptados por el enemigo, que ya lo había bloqueado. Fue allí donde cayó Postumio mientras luchaba desesperadamente para evitar ser capturado. Los boyos despojaron el cuerpo y le cortaron la cabeza, llevándolos en ovación al más sagrado de sus templos [señala aquí Livio para los boyos la ejecución de una ceremonia típicamente romana, la ovación, en la que un general, tras una victoria menor, procesionaba armado y sacrificaba una oveja; pudiera ser también una costumbre compartida.- N. del T.]. Según su costumbre, limpiaban la cabeza y cubrían el cráneo con oro; luego lo usaban como recipiente para libaciones y como copa para bebidas del sacerdote y ministros del templo. Además, el botín obtenido por los galos fue tan grande como su victoria, pues aunque la mayoría de los animales quedaron enterrados bajo los árboles caídos, el resto, al no haberse dispersado con la huida, se encontraba esparcido a lo largo de la línea en que yacía el ejército.

[23.25] Cuando llegó la noticia del desastre, toda la comunidad estaba en tal estado de alarma que las tiendas se cerraron y una soledad como la de la noche invadió la Ciudad. En estas circunstancias, el Senado ordenó a los ediles que hicieran una ronda por la Ciudad y ordenasen a los ciudadanos que abriesen de nuevo sus tiendas y abandonasen el aspecto de duelo público. Tiberio Sempronio convocó luego al Senado, y se dirigió a ellos en tono consolador y animoso. «Nosotros», dijo, «que no fuimos aplastados por la derrota de Cannas, no debemos descorazonarnos por pequeñas calamidades. Si tenemos vencemos, como confío que ocurrirá, en nuestras operaciones contra Aníbal y los cartagineses, podremos dejar de lado, momentáneamente, la guerra con los galos; los dioses y el pueblo romano tendrán en su mano vengar ese acto de traición. Era respecto a los cartagineses y los ejércitos con los que la guerra se libraría de que lo debían ahora deliberar y decidir». Detalló primeramente las fuerzas de infantería y caballería del ejército del dictador, y la proporción en cada una de tropas romanas y aliadas; Marcelo siguió con el mismo detalle en cuanto a sus propias fuerzas. Luego se consultó a los que estaban familiarizados con los hechos en cuanto a la entidad de la fuerza que esta con Cayo Terencio Varrón en Apulia. No veían cómo se podían levantar dos ejércitos consulares lo bastante fuertes como para tan importante guerra. Así que, a pesar del justificable resentimiento que todos sentían, se decidió suspender la campaña en las Galias durante aquel año. El ejército del dictador fue asignado al cónsul. Se decidió que aquellas las tropas de Marcelo que participaron en la huida de Cannas debían ser transportados a Sicilia para servir allí durante el tiempo que la guerra durase en Italia. Los menos aptos del ejército del dictador también serían enviados allí, sin fijárseles término para el fin de su servicio excepto el prescrito para el servicio regular. Las dos legiones alistadas en la Ciudad se asignaron al otro cónsul que sucediera a Lucio Postumio; se dispuso que sería elegido tan pronto se obtuvieran auspicios favorables. Las dos legiones de Sicilia serían llamadas a la mayor brevedad posible, y el cónsul a quien se asignaran las legiones de la Ciudad obtendría de aquellas los hombres que precisase. Cayo Terencio vería prorrogado su mando durante otro año y no se reduciría el ejército que estaba protegiendo Apulia.

[23.26] Mientras se hacían estos preparativos en Italia, la guerra en Hispania se llevaba a cabo con tanta energía como siempre y, hasta el momento, a favor de los romanos. Los dos Escipiones, Publio y Cneo, habían dividido sus fuerzas entre ellos, Cneo iba a operar por tierra y Publio por mar. Asdrúbal, el comandante cartaginés, no se sentía seguro de la fidelidad de ninguno de sus dos ejércitos y se mantuvo a salvo en posiciones fortificadas a distancia del enemigo hasta que, en respuesta a sus angustiosas peticiones de refuerzos, se le enviaron cuatro mil infantes y mil jinetes desde África. Luego, recobrando su confianza, se trasladó más cerca del enemigo y dio órdenes para que la flota se dispusiera a proteger las islas y la costa. En medio mismo de sus preparativos para una nueva campaña, quedó consternado por la noticia de la deserción de los prefectos de las naves. Después de haber sido muy censurados por su cobardía al abandonar la flota en el Ebro, ya no habían sentido mucha lealtad ni por su general ni por la causa de Cartago. Estos desertores habían provocado una revuelta entre la tribu de los Tartesios y habían inducido a rebelarse a varias ciudades, habiendo, de hecho, tomado una de ellas al asalto. La guerra se desvió de los romanos a esta tribu, y Asdrúbal entró en su territorio con un ejército invasor. Chalbo, un general distinguido entre ellos, estaba acampado con un poderoso ejército ante los muros de una ciudad, que había capturado unos días antes, y Asdrúbal decidió atacarlo. Envió delante hostigadores para arrastrar al enemigo a un enfrentamiento y dejó a parte de su caballería para que arrasara los campos circundantes y capturar a los dispersos. Hubo confusión en el campamento, y pánico y derramamiento de sangre en los campos, pero cuando se hubieron recogido al campamento desde todas partes, desaparecieron sus temores tan rápidamente que, recobrando el valor, no solo defendieron su campamento, sino que incluso tomaron la ofensiva contra el enemigo. Irrumpieron en un solo bloque fuera de su campamento, ejecutando luego sus danzas de guerra según sus costumbres, y esta inesperada osadía suya llenó de terror los corazones del enemigo, que poco antes había estado retándoles. Asdrúbal retiró luego su fuerza a un monte muy alto, que también estaba protegido por un río que sirve como barrera. También retiró hasta esta posición a sus escaramuzadores y a su caballería dispersa. Sin embargo, no sintiéndose lo bastante protegido ni por la colina ni por el río, valló su campamento. Varias escaramuzas tuvieron lugar entre ambas partes, que se atemorizaron alternativamente entre sí, y los jinetes númidas resultaron no ser rivales para los hispanos, así como tampoco los dardos moros lo fueron contra las cetras de piel de los nativos, que eran igual de rápidos en sus maniobras y poseían mayor fuerza y valor.

[23.27] Cuando se dieron cuenta de que, a pesar de que cabalgaban hasta las líneas cartaginesas, no podían atraer al enemigo al combate y el atacar el campamento estaba lejos de ser una tarea fácil, asaltaron con éxito la ciudad de Ascua [quizá se tratase de Oscua, cerca de la actual Villanueva de la Concepción, en Málaga.-N. del T.], donde Asdrúbal había almacenado su grano y otros suministros al entrar en su territorio, y se adueñaron de todo el país alrededor. No quedó ya disciplina alguna entre ellos, ni en su marcha ni en el campamento. Asdrúbal pronto se dio cuenta de esto, y viendo que el éxito les había hecho descuidados, instó a sus hombres a que les atacaran mientras estaban dispersos y lejos de sus estandartes; él mismo, entre tanto, bajó de la colina y marchó con sus hombres en formación de ataque directamente contra su campamento. Llegaron hombres a la carrera desde los puestos avanzados de vigilancia con la noticia de esta aproximación y se tocó a generala. A medida que cada hombre empuñaba sus armas corría con los demás a la batalla, sin mando, orden, formación ni estandartes. Ya los primeros estaban empeñados y los demás seguían llegando a la carrera en pequeños grupos, quedando aún algunos que no habían dejado el campamento. Su temeraria audacia, sin embargo, pudo en un primer momento frenar al enemigo; pero pronto, al ver que mientras que ellos estaban sin orden y dispersos, cargando contra un enemigo en formación cerrada, y que su escaso número hacía peligrar su seguridad, se miraron unos a otros y, como si hubiesen sido impelidos desde todas direcciones, formaron en círculo. Muy juntos, con sus escudos tocándose, fueron empujados poco a poco en una masa tan apretada que casi no había espacio para utilizar las armas, y durante gran parte de la jornada fueron simplemente despedazados por el enemigo que los rodeaba completamente. Unos pocos lograron abrirse paso y escapar hacia los bosques y colinas. El campamento fue abandonado en el mismo pánico y toda la tribu pactó la rendición al día siguiente. No duró mucho el acuerdo, pues justo después de esta batalla Asdrúbal recibió una orden de Cartago para que llevase su ejército, tan pronto como pudiera, a Italia. Esto fue de general conocimiento en toda Hispania, con el resultado de que todos volvieron su atención a los romanos. Asdrúbal envió inmediatamente un despacho a Cartago señalando cuánto mal había producido el simple rumor de su partida, y también que si él verdaderamente dejaba Hispania pasaría a manos de los romanos antes que hubiera cruzado el Ebro. Llegó a decir que no sólo no tenía una fuerza, tampoco tenía un general para dejar en su lugar, pues los generales romanos eran hombres a los que resultaba difícil enfrentarse aun cuando sus fuerzas estuviesen igualadas. Si, por lo tanto, deseaban con tanto anhelo retener Hispania, debían enviar un hombre con un poderoso ejército para sustituirle, y aun si todo marchaba bien para su sucesor, no se encontraría con una provincia fácil de gobernar.

[23,28] A pesar de que esta carta produjo una gran impresión en el Senado, decidieron que, como Italia demandaba su primera y más cercana atención, las disposiciones sobre Asdrúbal y sus fuerzas no se alterarían. Se envió a Himilcón con un gran y bien equipado ejército y una flota incrementada para mantener y defender Hispania por mar y tierra. Tan pronto como cruzaron las fuerzas navales y terrestres, estableció un campamento atrincherado, arrastró sus barcos a la playa y los rodeó con una empalizada. Después de proporcionar seguridad a sus fuerzas, encabezó un grupo selecto de caballería y marchó con él rápidamente, manteniéndose alerta tanto si pasaba cerca de tribus dudosas o de tribus hostiles, logrando reunirse con Asdrúbal. Tras presentarle las resoluciones e instrucciones del Senado y, a su vez, haber sido instruido en qué modo se había de conducir la guerra en Hispania, volvió a su campamento. Debía su seguridad, sobre todo, a la velocidad a la que viajaba, porque conseguía pasar antes que tuvieran tiempo de cualquier acción conjunta. Antes de ponerse Asdrúbal en marcha, recogió los tributos de todas las tribus bajo su dominio, pues era muy consciente de que Aníbal se había asegurado el paso a través de algunas tribus pagando por ello, y no consiguió auxiliares galos sino mercenarios. Iniciar una marcha como aquella sin dinero difícilmente le llevaría hasta los Alpes. Se apresuró el pago de las contribuciones y, tras recibirlas, marchó bajando hasta el Ebro. Cuando las resoluciones de los cartagineses y la marcha de Asdrúbal fueron puestas en conocimiento de los generales romanos, los dos Escipiones a la vez dejaron de lado todo lo demás y se dispusieron a enfrentarse con él con sus fuerzas unidas y detener su avance. Creían que si Aníbal por sí solo ya era demasiado para Italia, con un general como Asdrúbal y su ejército hispano a su lado significaría el fin del imperio romano. Con tanto que hacer, se concentraron ansiosamente con sus fuerzas en el Ebro y cruzaron el río. Deliberaron bastante tiempo sobre si debía enfrentarse con él, ejército contra ejército, o si les bastaría dificultar su propuesta marcha atacando las tribus aliadas con los cartagineses. Este último plan parecía el mejor e hicieron los preparativos para atacar una ciudad que por su proximidad al río era llamada Hibera [la actual Tortosa, en la provincia de Tarragona.-N. del T.], la más rica ciudad de aquel país. Tan pronto como Asdrúbal se dio cuenta de esto, en vez de ir en auxilio de sus aliados procedió a atacar a una ciudad que acababa de ponerse bajo la protección de Roma. Ante esto, los romanos abandonaron el asedio que habían iniciado y volvieron sus armas contra el propio Asdrúbal.

[23.29] Durante algunos días permanecieron acampados a unas cinco millas [7400 metros.-N. del T.] de distancia entre sí y, aunque se produjeron frecuentes escaramuzas, no hubo ninguna acción general. Por fin, el mismo día, como por acuerdo previo, ambas partes dieron la señal y bajaron con sus fuerzas a la llanura. La línea romana formó en tres cuerpos. Una parte de la infantería ligera fue colocada entre las primeras filas de las legiones, el resto fue situada entre las posteriores; la caballería cerraba las alas. Asdrúbal fortaleció su centro con sus hispanos, en el ala derecha colocó a los cartagineses, en la izquierda a los africanos y los mercenarios, a la caballería númida la situó delante de la infantería cartaginesa y al resto de la caballería delante de los africanos. No toda la caballería númida, sin embargo, quedó en el ala derecha, sino únicamente los que estaban entrenados para manejar dos caballos a la vez, como jinetes de circo, y que, cuando la batalla estaba en su momento álgido, solían cambiar de un caballo al otro más fresco, tal era la agilidad de los jinetes y la docilidad de los caballos.

Tales fueron las formaciones por cada bando y, estando ambos ejércitos dispuestos para el combate, sus jefes se sentían igualmente confiados en la victoria, pues ninguna parte era muy superior a la otra ni en el número ni en la calidad de las tropas. Respecto a los mismos hombres, la cosa era muy distinta. Aunque los romanos luchaban lejos de sus hogares, sus generales no tenían ninguna dificultad en hacer que fueran conscientes de que estaban luchando por Italia y por Roma. Sabían que dependía del resultado de aquel combate el que volvieran o no a ver sus hogares, y estaban absolutamente decididos a vencer o morir. El otro ejército no poseía nada parecido a aquella determinación, pues eran en su mayoría nativos de Hispania y preferían más ser derrotados en Hispania que vencer y ser llevados a Italia. En el primer choque, casi antes que hubieran lanzado sus jabalinas, el centro cedió terreno y, al llegar los romanos con su tremenda carga, dieron la vuelta y huyeron. El peso de la lucha cayó ahora sobre las alas; los cartagineses presionaban a la derecha, los africanos a la izquierda, y lentamente giraron para atacar a la infantería romana por los flancos. Pero toda la fuerza romana se había ya agrupado en el centro y dando frente en ambas direcciones repelió el ataque sobre sus flancos. Así trascurrieron ambas diferentes acciones. Los romanos, habiendo ya rechazado el centro de Asdrúbal y poseyendo ventaja tanto en número como en fortaleza de sus hombres, demostraron ser, sin duda, superiores en ambos frentes. Un número muy grande de enemigos cayó en estos dos ataques, y de no haberse dado su centro a la fuga casi antes de comenzar la batalla, muy pocos hubieran sobrevivido. La caballería no tomó parte alguna en la lucha, pues tan pronto como los moros y númidas vieron al centro de la línea ceder terreno huyeron precipitadamente, dejando expuestas las alas y conduciendo incluso a los elefantes ante ellos. Asdrúbal esperó a ver el último desarrollo de la batalla y luego escapó de la masacre con unos pocos seguidores. El campamento fue tomado y saqueado por los romanos. Esta batalla aseguró para Roma a todas las tribus que estaban vacilando y privó a Asdrúbal de todas las esperanzas de llevar a su ejército a Italia o incluso de permanecer con alguna semejanza de seguridad en Hispania. Cuando el contenido del despacho de los Escipiones fue conocido en Roma, la satisfacción que se sintió se debió no tanto a la victoria como a que se había puesto fin a la marcha de Asdrúbal hacia Italia.

[23.30] Mientras sucedían estas cosas en Hispania, Himilcón, uno de los lugartenientes de Aníbal, tomaba Strongoli en territorio brucio, tras un asedio de varios meses. Esa victoria costó a los cartagineses graves pérdidas, tanto en muertos como en heridos, pues los defensores solo cedieron por hambre. Habían consumido todo su grano y comido toda clase de animales, usados normalmente como alimento o no, y al fin se mantuvieron con vida ellos mismos comiendo cuero, hierbas, raíces y la corteza blanda de los árboles y las hojas de ciertos arbustos. No fue sino hasta que ya no tuvieron fuerzas para permanecer sobre las murallas, ni para soportar el peso de su armadura, que fueron sometidos. Tras la captura de Strongoli el cartaginés marchó con su ejército a Cosenza [la antigua Consentia.-N. del T.]. Aquí la defensa fue menos obstinada y la plaza se rindió a los pocos días. Casi al mismo tiempo, un ejército brucio asediaba la ciudad griega de Crotona [antigua Crotone.-N. del T.]. Hubo un tiempo en que esta ciudad había sido una potencia militar, pero había sido superada por tantos y tan serios reveses que toda su población se reducía ahora a menos de dos mil ciudadanos. El enemigo no tuvo ninguna dificultad en apoderarse de una ciudad tan desprovista de defensores; solo se mantuvo la ciudadela, después de que algunos se hubieran refugiado de la masacre y la confusión que siguió a la toma de la ciudad. Locri también se acercó a los brucios y cartagineses después que la aristocracia de la ciudad hubiera traicionado a la población. Solo el pueblo de Regio [la antigua Rhegium.-N. del T.], en todo el país, se mantuvo leal a los romanos y mantuvo su independencia hasta el final.

También llegó a Sicilia el cambio de ánimos y ni siquiera la casa de Hierón quedó completamente aparte de la defección. Gelón, el hijo mayor, tratando con el mismo desprecio a su padre y a la alianza con Roma, tras la derrota de Cannas se acercó a los cartagineses. Estaba armando a los nativos y haciendo gestos amistosos hacia las ciudades aliadas de Roma, y habría llevado a cabo una revuelta en Sicilia si no se lo hubiera impedido la muerte, tan oportuna que hizo incluso sospechar de su padre. Tales fueron los graves acontecimientos en Italia, África, Sicilia e Hispania durante el año (216 a.C.). Hacia el final del año, Quinto Fabio Máximo pidió al Senado que le permitiera dedicar el templo de Venus Ericina [por su importante centro de culto en Erice, al oeste de Sicilia, personifica el amor «impuro» y era la diosa patrona de las prostitutas.-N. del T.] que había ofrecido cuando fue dictador. El Senado aprobó un decreto por el que Tiberio Sempronio, el cónsul electo, debía proponer, inmediatamente que tomara posesión de su cargo, una resolución al pueblo para que Quinto Fabio fuese uno de los duunviros designados para dedicar el templo. Tras la muerte de Marco Emilio Lépido, que había sido augur y cónsul en dos ocasiones, sus tres hijos, Lucio, Marco y Quinto, celebraron unos juegos fúnebres en su honor durante tres días y exhibieron veintidós parejas de gladiadores en el Foro. Los ediles curules, Cayo Letorio y Tiberio Sempronio Graco, cónsul electo, quien durante su edilidad había sido jefe de la caballería, celebraron los Juegos Romanos; la celebración duró tres días. Los Juegos Plebeyos, dados por los ediles Marco Aurelio Cota y Marco Claudio Marcelo se repitieron en tres ocasiones. Al terminar el tercer año de la guerra púnica, Tiberio Sempronio tomó posesión de su consulado el 15 de marzo. Eran pretores Quinto Fulvio Flaco, que había sido censor y cónsul en dos ocasiones, y Marco Valerio Levino; el primero ejercía su jurisdicción sobre los ciudadanos y el segundo sobre los extranjeros. A Apio Claudio Pulcro se le asignó la provincia de Sicilia y a Quinto Mucio Escévola la de Cerdeña. El pueblo emitió una orden invistiendo a Marco Marcelo con poderes militares proconsulares, pues era el único de los generales romanos que había obtenido algunas victorias en Italia desde el desastre de Cannas.

[23.31] El primer día hábil que se reunió el Senado en el Capitolio aprobó un decreto por el que se doblaba el impuesto de guerra para ese año y que la mitad de la cantidad total se recaudase enseguida, para proporcionar la paga a todos los soldados excepto a los que habían estado presentes en Cannas. En lo referente a los ejércitos, se decretó que Tiberio Sempronio debía fijar un día para que las dos legiones ciudadanas fueran a reunirse en Calvi Risorta [la antigua Cales.-N. del T.], y que desde allí marcharían hacia el campamento de Claudio que dominaba Arienzo [el campamento estaba en la próxima colina de Cancello.- N. del T.]. Las legiones que allí estaban, en su mayoría tomadas del ejército que combatió en Cannas, debían ser transferidas por Apio Claudio Pulcro a Sicilia, y las legiones en Sicilia debían ser traídas a Roma. Marco Claudio Marcelo fue enviado a tomar el mando del ejército que había recibido la orden de reunirse en Cales, y recibió la orden de llevarlo hasta el campamento de Claudio. Apio Claudio envió a su general Tiberio Mecilio Crotón para que se hiciera cargo del antiguo ejército y lo condujera a Sicilia. Al principio, el pueblo esperaba en silenciosa expectación que el cónsul celebrase una asamblea para proceder a la elección de un colega, pero cuando vieron que Marco Marcelo, a quien habían deseado vivamente que se nombrase cónsul aquel año tras su brillante desempeño como pretor, era alejado como adrede, empezaron a escucharse murmullos en la Curia. Cuando el cónsul se dio cuenta de esto, declaró: «Es en interés de la república, senadores, que haya marchado Marco Claudio hacia la Campania para efectuar el intercambio de los ejércitos; y es igualmente en interés de la república el no haber avisado de las elecciones hasta que no haya cumplido la tarea encomendada y esté de regreso en casa, para que tengáis como cónsul al hombre a quien todos desean». Después de esto, nada más se dijo acerca de la elección hasta que Marcelo regresó.

Mientras tanto, fueron nombrados los dos duunviros para la dedicación de los templos: Tito Otacilio Craso dedicó el templo a la Razón y Quinto Fabio Máximo el que Venus Ericina. Ambos están en el Capitolio, separados sólo por un canal de agua. En el caso de los trescientos jinetes campanos, que tras servir lealmente en Sicilia, estaban ahora de vuelta en Roma como veteranos, se hizo una propuesta al pueblo para que recibieran la ciudadanía romana y se les inscribiese en las listas de los vecinos de Cumas, con antigüedad desde el día anterior a la revuelta de los campanos contra Roma. La razón principal de esta propuesta fue su declaración de que no sabían a qué pueblo pertenecían, ya que habían abandonado su país natal y aún no habían sido admitidos como ciudadanos en aquel al que habían regresado. Al regresar de Marcelo del ejército, se avisó de la celebración de elección de un cónsul en sustitución de Lucio Postumio. Marcelo fue elegido por unanimidad, con el fin de que pudiera tomar posesión de su magistratura en seguida. Mientras él estaba asumiendo las funciones de su cargo, se escuchó un trueno; fueron convocados los augures y dieron su opinión de que había algún defecto en su elección. Los senadores difundieron el rumor de que no era grato a los dioses el que por primera vez se hubieran elegido dos cónsules plebeyos. Marcelo renunció a su cargo y Quinto Fabio Máximo fue nombrado en su lugar; este fue su tercer consulado. Este año, el mar pareció estar en llamas, en Arienzo una vaca parió un potro, las estatuas en el templo de Juno Sospita en Lanuvio sudaron sangre y una lluvia de piedras cayó alrededor del templo. A causa de esta lluvia, se efectuaron las observancias habituales durante nueve días; en cuanto al resto de presagios, fueron expiados debidamente.

[23.32] Los cónsules dividieron los ejércitos entre ellos: el ejército que estaba en Teano, que había estado mandando el dictador Marco Junio pasó bajo el mando de Fabio, Sempronio se hizo cargo de los esclavos voluntarios de allí y de veinticinco mil soldados proporcionados por los aliados; las legiones que habían vuelto de Sicilia se asignaron al pretor Marco Valerio; a Marco Claudio se le envió con el ejército que estaba acampado sobre Arienzo para proteger Nola; los pretores marcharon a sus respectivas provincias en Sicilia y Cerdeña. Los cónsules emitieron un aviso diciendo que cada vez que se convocara el Senado, los senadores y todos cuantos tuviesen derecho a hablar en el Senado se reunirían en la puerta Capena. Los pretores que tenían la obligación de conocer de los casos establecieron sus tribunales cerca del sitio de la Piscina Pública [cerca de la puerta Capena, al SE del recinto amurallado.-N. del T.], y ordenaron a todos los litigantes que depositasen allí sus fianzas, administrándose todo el año allí justicia. Entre tanto, llegaron a Cartago las noticias de que las cosas habían ido mal en Hispania y que casi todos los pueblos se habían pasado a los romanos. Magón, el hermano de Aníbal, se estaba preparando para transportar a Italia una fuerza de doce mil infantes, mil quinientos de caballería y veinte elefantes, escoltados por una flota de sesenta buques de guerra. Al recibir aquellas noticias, sin embargo, algunos se mostraron a favor de que Magón, con aquella flota y ejército que tenía, fuese a Hispania en lugar de la Italia, pero mientras discutían sobre esto hubo un súbito estallido de esperanza en que se pudiera recuperar Cerdeña. Se les dijo que «solo había allí un pequeño ejército romano; el antiguo pretor, Aulo Cornelio, que conocía bien la provincia, se había marchado y esperaban la llegada de uno nuevo; los sardos, además, estaban cansados de su largo sometimiento, y durante los últimos doce meses el gobierno había sido duro y rapaz y los había aplastado con fuertes impuestos y una injusta exacción de grano. Nada faltaba sino un líder que encabezase la revuelta». Este informe fue presentado por algunos agentes secretos de sus líderes, el principal promotor del asunto era Hampsicora, el hombre más influyente y rico entre ellos en aquel momento. Perturbados por las noticias de Hispania y al mismo tiempo animados por el informe de Cerdeña, enviaron a Magón con su flota y el ejército a Hispania y escogieron a Asdrúbal para conducir las operaciones en Cerdeña, asignándole una fuerza casi tan grande como la que habían proporcionado a Magón.

Después de haber tramitado todos los asuntos necesarios en Roma, los cónsules empezaron a prepararse para la guerra. Tiberio Sempronio hizo saber a sus soldados la fecha en que debían reunirse en Arienzo y Quinto Fabio, tras consultar previamente con el Senado, hizo una proclama advirtiendo a todos para que llevasen el grano desde sus campos hasta las ciudades fortificadas el primer día del próximo junio, y todos los que no lo hicieran así verían sus tierras asoladas, sus granjas incendiadas y a ellos mismos vendidos como esclavos. Ni siquiera los pretores designados para administrar justicia quedaron exentos de sus obligaciones militares. Se decidió que Valerio sería enviado a Apulia para hacerse cargo del ejército de Terencio: cuando las legiones llegaran desde Sicilia debería emplearlas principalmente en la defensa de aquel territorio y enviar el ejército de Terencio, al mando de uno de sus lugartenientes, a Tarento. Se le proporcionó además una flota de veinticinco buques para proteger la costa entre Brindisi y Tarento. Una flota de la misma entidad se asignó a Quinto Fulvio, el pretor urbano, para la defensa de la costa cercana a Roma. Cayo Terencio, como procónsul, fue el encargado de levantar una fuerza en el territorio de Piceno para defender esa parte del país. Por último, Tito Otacilio Craso fue enviado a Sicilia, después de haber dedicado el templo de la Razón, con plenos poderes como propretor a tomar el mando de la flota.

[23.33] Esta lucha entre las naciones más poderosas del mundo atraía la atención de todos los hombres, reyes y pueblos por igual, y en especial la de Filipo, rey de Macedonia, ya que estaba relativamente cerca de Italia, separada de ella sólo por el mar Jónico. Cuando escuchó por primera vez el rumor del paso de Aníbal a través los Alpes, encantado como estaba en el estallido de la guerra entre Roma y Cartago, se mostró todavía indeciso, hasta que se hubiesen comprobado sus fuerzas respectivas, sobre cuál de los dos prefería que obtuviese la victoria. Pero tras haberse librado la tercera batalla y haber recaído la victoria por tercera vez en los cartagineses, se inclinó por el bando que favorecía la Fortuna y envió embajadores a Aníbal. Evitando los puertos de Brindisi y Tarento, que custodiaban buques romanos, desembarcaron cerca del templo de Juno Lacinia [en el cabo Colonna actual.-N. del T.]. Mientras atravesaban la Apulia, de camino a Capua, fueron a dar en medio de las tropas romanas que defendían aquel territorio y se les condujo ante Valerio Levino, el pretor, que estaba acampado cerca de Lucera [la antigua Luceria.-N. del T.]. Jenófanes, el jefe de la legación, explicó, sin el menor temor o vacilación, que había sido enviado por el rey para formar una liga de amistad con Roma, y que él llevaba sus instrucciones ante los cónsules y el Senado y el pueblo. En medio de la defección de tantos antiguos aliados, el pretor se alegró sobremanera ante la perspectiva de una nueva alianza con tan ilustre monarca y dio a sus enemigos una recepción de lo más hospitalaria. Les asignó una escolta y les señaló con todo cuidado qué ruta debían tomar, que lugares y pasos estaban en manos romanas y cuáles en manos enemigas. Jenófanes pasó a través de las tropas romanas en la Campania y desde allí llegó por la ruta más corta al campamento de Aníbal. Hizo un tratado de amistad con él en estos términos: el rey Filipo navegaría a Italia con una flota tan grande como le fuese posible -tenía, al parecer, la intención de equipar doscientos barcos- y devastaría la costa, y haría la guerra por tierra y por mar hasta el límite de su poder; cuando la guerra hubiera terminado, toda Italia, incluyendo la propia Roma, quedaría en poder de los cartagineses y de Aníbal, y todo el botín iría a parar a Aníbal; cuando los cartagineses hubieran sometido completamente Italia, irían navegando hasta Grecia y harían la guerra a cuantas naciones desease el rey; las ciudades de tierra firme y las islas fuera de Macedonia formarían parte del reino de Filipo.

[23,34] Tales fueron, en efecto, las condiciones en que se concluyó el tratado entre el general cartaginés y el rey de Macedonia. A su regreso, los embajadores fueron acompañados por otros enviados por Aníbal para obtener del rey la ratificación del tratado: fueron Giscón, Bóstar y Magón. Llegaron al lugar cerca del templo de Juno Lacinia, donde habían dejado su barco anclado en una cala escondida, y zarparon hacia Grecia. Cuando estaban en mar abierto, fueron divisados por la flota romana que custodiaba la costa calabresa. Valerio Flaco envió algunos barcos ligeros para perseguir y hacer volver la extraña nave. Al principio los hombres del rey trataron de huir, pero al ver que los otros tenían más velocidad se rindieron a los romanos. Cuando fueron llevados ante el prefecto de la flota [praefectum classis en el original latino; otras posibles traducciones habrían sido «el almirante de la flota» y también el «comandante» de la flota»; hemos preferido dejar el nombre del cargo tal y como era en la época y señalar sus posibles equivalencias modernas.-N. del T.], este les preguntó quiénes eran, de dónde venían y hacia dónde navegaban. Jenófanes, que hasta entonces había tenido mucha suerte, empezó a contar una historia: dijo que había sido enviado por Filipo a Roma y que había logrado llegar hasta Marco Valerio, pues era la única persona a la que se podía acercar con seguridad; no había podido atravesar la Campania al ser acosado por tropas del enemigo. Luego, los vestidos y maneras cartaginesas de los agentes de Aníbal levantaron sospechas y les traicionó su acento. Sus compañeros fueron enseguida llevados aparte y aterrorizados mediante amenazas, se descubrió una carta de Aníbal a Filipo así como los artículos del acuerdo entre el rey de Macedonia y el general cartaginés. Cuando la investigación se completó, pareció lo mejor llevar los prisioneros y a sus compañeros lo antes posible ante el Senado, en Roma, o ante los cónsules, dondequiera que estuviesen. Cinco de los más veloces barcos fueron seleccionados para tal fin y Lucio Valerio Antias fue puesto al mando, con instrucciones para distribuir a los embajadores entre los buques, bajo custodia y cuidando que no se les permitiera hablar entre ellos ni que se comunicasen ningún plan.

Por aquel tiempo, Aulo Cornelio Mamula, al dejar su provincia, hizo un informe sobre el estado de Cerdeña. Todo, decía, hacía esperar la guerra y la deserción; Quinto Mucio, que le había sucedido, se había visto afectado por la insalubridad del clima y el agua impura, habiendo caído en una enfermedad que era más tediosa que peligrosa y le incapacitaría durante algún tiempo para llevar las responsabilidades de la guerra. El ejército, también, que estaba alojado allí, aunque lo bastante fuerte para la ocupación de una provincia pacífica, era totalmente insuficiente para la guerra que parecía que iba a estallar. El Senado emitió un decreto por el que Quinto Fulvio Flaco debía alistar una fuerza de cinco mil infantes y cuatrocientos jinetes y disponer su traslado inmediato a Cerdeña; además, debía enviar a quien considerase el hombre más adecuado, investido de plenos poderes, para dirigir las operaciones hasta que Mucio recuperase la salud. El seleccionado fue Tito Manlio Torcuato, que había sido dos veces cónsul y censor y que durante su consulado había sometido a los sardos. Casi al mismo tiempo, una flota cartaginesa que había sido enviado a Cerdeña bajo el mando de Asdrúbal, apodado «el Calvo», resultó atrapado en una tormenta y conducido hasta las islas Baleares. Tanto daño recibieron, no solo los aparejos sino también los cascos, que los buques fueron varados en la orilla y gastaron un tiempo considerable en su reparación.

[23.35] En Italia, la guerra había sido dirigida con menos vigor desde la batalla de Cannas, pues la fortaleza de un bando había quedado quebrada y el ánimo del otro suavizado. En estas circunstancias, los campanos hicieron un intento por sí mismos para adueñarse de Cumas. Lo intentaron primeramente mediante la persuasión, pero al no lograr inducirles a rebelarse contra Roma decidieron emplear una estratagema. Los campanos celebraban regularmente unos sacrificios en Hamas [población sita probablemente entre Cumas y la actual Villa Literno.-N. del T.]. Dijeron a los cumanos que el senado campano iría allí y pidieron que el senado de Cumas también estuviera presente, para llegar a un común acuerdo y que ambos pueblos tuvieran los mismos aliados y los mismos enemigos. También prometieron que tendrían allí una fuerza armada para protegerles de cualquier peligro, fuese romano o cartaginés. A pesar de los cumanos sospechaban un complot, no pusieron ninguna dificultad en ir, porque pensaban que al consentir con aquello podrían ocultar su propia maniobra. El cónsul Tiberio Sempronio había, entre tanto, purificado a su ejército en Mondragone [la antigua Sinuessa.-N. del T.], el punto de encuentro designado, y después de cruzar el Volturno asentó su campamento cerca de Villa Literno. Como no tenían nada que hacer en el campamento, hacía ejecutar a sus hombres frecuentes maniobras de combate para acostumbrar a los reclutas, la mayoría de los cuales eran esclavos voluntarios, a seguir a los estandartes y conocer sus lugares en las filas cuando entraran en acción. Al realizar estos ejercicios, el principal objetivo del general -y había dado instrucciones similares a los generales y tribunos- era que no hubiera división de clases entre las filas a causa de cualquier reproche efectuado a alguien por su anterior condición; los soldados veteranos debían considerarse en completa igualdad respecto a los reclutas, los hombres libres respecto de los esclavos; todos aquellos a quienes Roma había encomendado sus estandartes y sus armas debían ser considerados igualmente honorables, igualmente bien nacidos; la Fortuna les había obligado a adoptar tal estado de cosas, y ahora que lo habían hecho debían defenderlo. Los soldados estaban tan ansiosos por obedecer estas instrucciones como los oficiales por darlas, y en poco tiempo los hombres se habían fundido ene tal concordia que casi habían olvidado cuál era la condición de vida de cada cual antes de convertirse en soldado.

Mientras Graco estaba así ocupado, mensajeros de Cumas le informaron de las propuestas hechas unos días antes por los campanos y de su respuesta, y de que el festival tendría lugar en tres días, estando allí no solo todo el senado estaría allí, sino también el ejército campano acampado. Graco dio órdenes a los cumanos para que recolectaran todo lo de sus campos y lo llevasen a la ciudad, permaneciendo dentro de sus murallas, mientras él mismo trasladaba su campamento a Cumas el día anterior a que los campanos efectuaran su sacrificio. Hamas distaba unas tres millas [4440 metros.-N. del T.]. Los campanos, como estaba previsto, ya se habían reunido allí en gran número y, no muy lejos de allí, Mario Alfio, el «Medix tuticus» -magistrado principal de los campanos-, había acampado secretamente con catorce mil hombres, aunque estuvo más dedicado a hacer los preparativos para el sacrificio y la estratagema que iba a ejecutar durante su celebración que en fortificar su campamento o en cualquier otra labor militar. La ceremonia tuvo lugar por la noche, terminando hacia la medianoche. Graco pensó que este era el mejor momento para su propósito, y después de situar guardias en la puerta del campamento para evitar que cualquiera informase de sus planes, ordenó a sus hombres que descansasen y durmiesen lo que pudieran hasta las cuatro de la tarde, de modo que estuviesen dispuestos a formar junto a sus estandartes tan pronto oscureciera. Sobre la primera guardia ordenó avanzar y el ejército marchó en silencio a Hamas, donde llegaron a la medianoche. El campamento campano, como se podía esperar durante un festival nocturno, estaba vigilado con negligencia y lanzó un ataque simultáneo por todos los lados del mismo. Algunos murieron mientras dormían, otros al regresar desarmados después de la ceremonia. En la confusión y terror de la noche, murieron más de dos mil hombres, incluyendo a su general, Mario Alfio, y capturando treinta y cuatro estandartes.

[23,36] Tras apoderarse del campamento de los enemigos con una pérdida de menos de cien hombres, Graco se retiró rápidamente, temiendo un ataque de Aníbal, que estaba acampado en el monte Tifata, por encima de Capua. Sus precauciones no carecían de fundamento. Tan pronto como las noticias del desastre llegaron a Capua, Aníbal, esperando encontrar en Hamas un ejército compuesto en su mayoría de reclutas y esclavos, disfrutando de su victoria, despojando a sus enemigos vencidos y acarreando el botín, marchó a toda velocidad pasando Capua, y ordenó que todos los fugitivos campanos que se encontraba fuesen escoltados a Capua y que a los heridos se les llevase allí en carros. Pero cuando llegó a Hamas encontró el campamento abandonado; nada había a la vista excepto las huellas de la reciente masacre y los cuerpos de sus aliados yaciendo por doquier. Algunos le aconsejaron que marchase directamente a Cumas y atacase la plaza. Nada se habría adaptado mejor a sus deseos pues, tras su fracaso al asegurar Nápoles, estaba ansioso por apoderarse de Cumas para disponer, en cualquier caso, de una ciudad marítima. Sin embargo, como sus soldados, en su apresurada marcha, no habían traído con ellos nada aparte de sus armas, volvió a su campamento en el Tifata. Al día siguiente, cediendo a la insistencia de los campanos, marchó de nuevo a Cumas con todos los aparejos necesarios para atacar la ciudad; tras devastar a conciencia los alrededores, asentó su campamento a una milla de distancia del lugar [1480 metros.-N. del T.]. Graco aún permanecía ocupando Cumas, más porque le avergonzaba abandonar a sus aliados, que imploraban su protección y la del pueblo romano, que por sentirse lo bastante seguro en cuanto a su ejército. El otro cónsul, Fabio, que estaba acampado en Calvi Risorta, no se atrevió a cruzar el Volturno; su atención estaba ocupada, primeramente, en tomar nuevos auspicios y luego en los portentos que se anunciaban uno tras otro y que, durante su expiación, los augures le aseguraban que le sería muy difícil obtener unos buenos.

[23.37] Mientras estos motivos impedían que Fabio se moviese, Sempronio quedó asediado, con los trabajos de asedio efectivamente en marcha. Una enorme torre de madera con ruedas había sido llevada contra las murallas, y el cónsul romano construyó otra aún más alta sobre la propia muralla, ya bastante elevada de por sí, a la que apuntaló con gruesas vigas. La guarnición sitiada protegía los muros de la ciudad lanzando piedras y palos afilados y otros proyectiles desde su torre; al fin, cuando vieron que aproximaban la otra torre a las murallas, lanzaron antorchas encendidas sobre ella y provocaron un gran incendio. Aterrorizados por la deflagración, la multitud de soldados que había en ella se lanzó al suelo al mismo tiempo que se producía una salida por dos de las puertas; los puestos de avanzada del enemigo fueron dispersados y puestos en fuga hacia su campamento, de manera que aquel día los cartagineses parecieron más los sitiados que los sitiadores. Unos mil trescientos cartagineses fueron muertos y cincuenta y nueve hechos prisioneros al ser sorprendidos, descuidados y despreocupados alrededor de las murallas o en los puestos avanzados, y sin temer en absoluto una salida. Antes de que el enemigo tuviese tiempo para recuperarse de su pánico, Graco dio la señal para retirarse y retrocedió con sus hombres dentro de las murallas. Al día siguiente, Aníbal, esperando que el cónsul, eufórico por su éxito, estaría dispuesto a librar una batalla campal, formó su línea en el terreno entre su campamento y la ciudad; sin embargo, cuando vio que ni un solo hombre se movía de su puesto habitual de defensa y que no se arriesgaban a pesar del aumento de su confianza, volvió al Tifata sin lograr nada. Justo en el momento en que se levantaba el sitio de Cumas, Tiberio Sempronio, apodado «Longo», se enfrentó en un combate victorioso con el cartaginés Hanón en Grumento, en Lucania. Murieron más de dos mil y se capturaron doscientos ochenta hombres y cuarenta y un estandartes militares. Expulsados de la Lucania, Hanón se retiró a territorio brucio. Entre los hirpinos, también, tres ciudades que se habían rebelado contra Roma, Vercelio, Vescelio y Sicilino [se desconoce la situación de las tres.-N. del T.], fueron retomadas por el pretor Marco Valerio, decapitando a los autores de la revuelta. Se vendieron más de cinco mil prisioneros, el resto del botín se regaló a los soldados y el ejército regresó a Lucera.

[23,38] Durante estos incidentes entre los lucanos y los hirpinos, los cinco barcos transportaban a los agentes macedonios y cartagineses a Roma; después de navegar alrededor de casi toda Italia, en su paso desde el mar superior al inferior, al pasar delante de Cumas, como no sabía si eran amigos o enemigos, Graco envió barcos de su propia flota para interceptarlos. Después de interrogarse mutuamente, los de abordo se enteraron de que el cónsul estaba en Cumas. En consecuencia, los buques entraron al puerto, los prisioneros fueron llevados ante el cónsul y pusieron en sus manos las cartas. Este leyó las cartas entre Filipo y Aníbal y decidió enviar todo, bajo sello, por tierra al Senado, ordenando que los agentes fueran llevados por mar. Las letras y los agentes llegaron a Roma el mismo día y, cuando se comprobó que lo que los agentes contaron en su interrogatorio coincidía con el contenido de las cartas, el Senado se llenó de sombríos temores. Reconocieron cuán pesada carga les impondría una guerra con Macedonia, en un momento en que hacían cuanto podían para soportar el peso de la guerra púnica. No cederían, sin embargo, a la desesperación hasta haberse dispuesto de inmediato a discutir cómo podrían desviar al enemigo de Italia sin tener que romper ellos mismos las hostilidades contra él. Se ordenó que se mantuviera encadenados a los agentes y que sus compañeros fueran vendidos como esclavos; también decidieron equipar veinte buques, además de los veinticinco que ya tenía Publio Valerio Flaco bajo su mando. Después de que estos hubieran sido pertrechados y botados, los cinco buques que habían transportado a los agentes se añadieron anteriores y los treinta partieron de Ostia en dirección a Tarento. A Publio Valerio se le encargó transportarse a bordo a los soldados que habían pertenecido al ejército de Varrón y que estaban ahora en Tarento bajo el mando de Lucio Apustio y que, con esta flota combinada de cincuenta y cinco buques, no solo debía proteger la costa de Italia, sino tratar de obtener información sobre la actitud hostil de Macedonia. Si los planes de Filipo demostraban corresponderse a los despachos capturados y a las declaraciones de los agentes, debía escribir a Marco Valerio, el pretor, en tal sentido y luego, tras poner su ejército bajo el mando de Lucio Apustio, marchar con la flota hasta Tarento, navegar hacia Macedonia en la primera oportunidad y hacer todo lo posible para mantener a Filipo dentro de sus propios dominios. Se aprobó un decreto para que el dinero que se había remitido a Apio Claudio, en Sicilia, para ser devuelto al rey Hierón, se dedicase ahora al mantenimiento de la flota y a los gastos de la guerra macedonia, siendo llevado a Tarento por Lucio Antistio. Al mismo tiempo, el rey Hierón envió doscientos mil modios de trigo y cien de cebada [es decir 1.400.000 kilos de trigo y 612,5 kilos de cebada.-N. del T.].

[23.39] Mientras se tomaban estas medidas, uno de los barcos capturados, estando de camino a Roma, escapó durante el viaje y pudo regresar con Filipo, enterándose este así de que sus agentes habían sido capturados junto con sus despachos [se produce aquí una contradicción que señalan todas las traducciones, a no ser que precisamente esa nave continuase con tripulación macedonia y escapase antes de llegar a Roma, donde el resto de tripulantes griegos y cartagineses serían luego vendidos.-N. del T.]. Como no sabía a qué clase de entendimiento habían llegado con Aníbal, o qué propuestas de Aníbal le traían sus agentes, envió una segunda embajada con las mismas instrucciones. Sus nombres eran Heráclito, apellidado Escotino, Critón de Beocia, y Sosíteo de Magnesia. Cumplieron con éxito su misión, pero el verano transcurrió antes de que el rey pudiera tomar ninguna medida activa. ¡Tan importante resultó la captura de aquel único barco, con los agentes del rey a bordo, para retrasar la ruptura de hostilidades que ahora amenazaban a Roma! Fabio por fin logró la expiación de los portentos y cruzó el Volturno, ambos cónsules reanudaron la campaña en torno a Capua. Combulteria, Treglia [la antigua Trebula, se desconoce la ubicación exacta de las otras dos poblaciones.-N. del T.] y Austícula, que se habían pasado todas con Aníbal, fueron victoriosamente atacadas por Fabio y fueron hechos prisioneros gran número de campanos así como las guarniciones que había situado Aníbal en ellas. En Nola, el Senado estaban de parte de los romanos, como ya lo habían estado el año anterior, y el pueblo, que era partidario de Aníbal, tramaba conjuras secretas para asesinar a los aristócratas y traicionar la ciudad. Para evitar que llevasen a cabo sus intenciones, Fabio marchó a situarse entre Capua y el campamento de Aníbal sobre el Tifata, estableciéndose él mismo en el campamento de Claudio, con vistas a Arienzo. Desde allí envió al propretor Marco Marcelo, con la fuerza bajo su mando, a ocupar Nola.

[23,40] Las operaciones en curso en Cerdeña, que habían decaído a causa de la grave enfermedad de Quinto Mucio, fueron retomadas bajo la dirección de Tito Manlio. Sacó a la orilla sus buques de guerra y proporcionó armas a marineros y remeros para que pudieran prestar servicio en tierra; con estos y el ejército del pretor, del que se hizo cargo, compuso una fuerza de veintidós mil infantes y mil doscientos jinetes. Con esta fuerza combinada, invadió el territorio enemigo y estableció su campamento a no mucha distancia de las líneas de Hampsícora. Sucedió que el propio Hampsícora estaba ausente; había marchado a visitar a los sardos pelitos [los nativos de la isla, habitantes del interior a quienes llamaban así por sus vestidos de piel.-N. del T.], para armar a los hombres jóvenes de entre ellos y así incrementar sus propias fuerzas. Su hijo Hosto quedó al mando del campamento, y con la impetuosidad de la juventud presentó batalla que resultó en su derrota y puesta en fuga. Murieron tres mil sardos en esa batalla y ochocientos fueron capturados con vida; el resto del ejército, después de esparcirse tras su huida por campos y bosques, se enteró de que su general había huido hacia un lugar llamado Corno [situada hacia la mitad oeste de la isla, entre Bosa y el cabo San Marco.-N. del T.], la principal ciudad del territorio, y se dirigieron hacia allí. Aquella batalla podría haber puesto fin a la guerra si la flota cartaginesa, bajo el mando de Asdrúbal, que había sido llevada por una tormenta hasta las islas Baleares, no hubiera llegado a tiempo de revivir sus esperanzas de renovar la guerra. Cuando Manlio tuvo noticia de su llegada se retiró a Cagliari [la antigua Carales.-N. del T.] y esto dio ocasión a Hampsícora para unirse a los cartagineses. Asdrúbal desembarcó su fuerza y envió las naves de regreso a Cartago; luego, bajo la guía de Hampsícora, procedió correr y devastar las tierras propiedad de los aliados de Roma. Habría llegado tan lejos como a Cagliari si Manlio no se le hubiera enfrentado con su ejército y detenido sus muchos estragos. Al principio, los dos campamentos se daban frente, con solo un pequeño espacio entre ellos; luego se produjeron pequeñas salidas y escaramuzas con resultado variado; al fin, se produjo la batalla, una acción campal que duró cuatro horas. Durante largo tiempo los cartagineses mantuvieron el resultado dudoso; los sardos, que estaban habituados a la derrota, estaban siendo batidos con facilidad; cuando los cartagineses, por fin, vieron todo el campo de batalla cubierto de muertos y que los sardos huían, también cedieron terreno pero, al darse la vuelta para escapar, el ala romana que había derrotado a los sardos les rodeó y les copó. Ya fue más una masacre que una batalla. Doce mil enemigos, sardos y cartagineses, fueron muertos, unos tres mil setecientos quedaron prisioneros y se capturaron veintisiete estandartes militares.

[23.41] Lo que, más que cualquier otra cosa, hizo gloriosa y memorable aquella batalla, fue la captura del general en jefe, Asdrúbal, y también la de Hanón y Magón, dos nobles cartagineses. Magón era miembro de la casa de los Barca, pariente cercano de Aníbal; Hanón había tomado el mando de la rebelión sarda y fue, sin duda, el principal instigador de la guerra. La batalla no fue menos memorable por el destino que cupo a los jefes sardos; el hijo de Hampsícora, Hosto, cayó en combate, y cuando Hampsícora, que huía de la carnicería con unos pocos jinetes, tuvo noticia de la muerte de su hijo, quedó tan apesadumbrado por la noticia, que venía como a caer encima del resto de desastres, que se suicidó durante la noche para que nadie pudiera impedir su propósito. El resto de los fugitivos encontró refugio, como ya antes, en Corno, pero Manlio la capturó a los pocos días al frente de sus tropas victoriosas. Ante esto, el resto de ciudades que habían abrazado la causa de Hampsícora y los cartagineses entregaron rehenes y se le rindieron. Les impuso a cada una un tributo de dinero y grano; el montante era proporcional a sus recursos y a la participación que habían tenido en la revuelta. Después de esto regresó a Cagliari. Allí, los barcos que habían sido sacados a tierra fueron botados de nuevo al mar, reembarcó a las tropas que había llevado con él y navegó rumbo a Roma. A su llegada informó al Senado de la total subyugación de Cerdeña y entregó el dinero a los cuestores, el grano a los ediles y los prisioneros a Quinto Fulvio, el pretor.

Durante todo este tiempo, Tito Otacilio había cruzado con su flota desde Lilibeo hasta la costa de África, y estaba devastando el territorio de Cartago cuando le llegó el rumor de que Asdrúbal había navegado recientemente desde las Baleares hasta Cerdeña. Puso rumbo a aquella isla y se encontró con la flota cartaginesa de regreso a África. Siguió una breve acción en alta mar durante la cual Otacilio se apoderó de siete buques con sus tripulaciones. El resto se dispersó presa del pánico por doquier, como si les hubiera diseminado una tormenta. Sucedió por entonces, pues, que llevó Bomílcar a Locri [cerca de la actual Gerace, en Reggio Calabria.-N. del T.] con refuerzos de hombres y elefantes así como con suministros. Apio Claudio trató de sorprenderle, y con este objeto llevó rápidamente su ejército hasta Mesina [la antigua Messana.-N. del T.], como si fuera a efectuar un recorrido por la provincia, y hallando favorables vientos y marea, cruzó hasta Locri. Bomílcar ya se había ido, para unirse a Hanón en territorio brucio, y los locros cerraron sus puertas a los romanos; Apio, al no obtener resultado alguno de sus esfuerzos, regresó a Mesina. Este mismo verano, Marcelo hizo frecuentes salidas desde Nola, donde estaba de guarnición, hacia territorio de los hirpinos y hacia la vecindad de los samnitas caudinos. Tal devastación extendió por doquier a sangre y fuego, que revivió por todo el Samnio la memoria de sus antiguos desastres.

[23.42] Ambos países enviaron simultáneamente emisarios a Aníbal, quienes se le dirigieron así: «Hemos sido enemigos de Roma, Aníbal, desde tiempos muy tempranos. La combatimos al principio nosotros mismos mientras que nuestras armas y nuestras fuerzas bastaron a protegernos. Cuando ya no pudimos confiar más en ellas, nos aliamos con el rey Pirro; cuando nos abandonó tuvimos que aceptar los términos de paz, y bajo tales términos permanecimos casi cincuenta años, hasta el momento de tu llegada a Italia. Fue tu evidente cortesía y amabilidad para con aquellos de nuestros compatriotas que fueron tus prisioneros, y que enviaste nuevamente con nosotros, tanto más que tu valor y fortuna, las que ganaron nuestros corazones; de manera que con tal de que tú, nuestro amigo, vivas con seguridad y prosperidad, nosotros no habremos de temer, no digo ya a los romanos, sino ni siquiera a la ira del cielo, si pudiera decirlo sin irreverencia. Pero, ¡por Hércules!, mientras tú estás aquí, a salvo, victorioso y de hecho casi entre nosotros, cuando puedes casi oír los gritos de nuestras esposas e hijos y contemplar nuestras casas incendiadas, nosotros hemos sufrido tan repetidas destrucciones este verano que parecería como si hubiera sido Marco Marcelo y no Aníbal el vencedor en Cannas, como si los romanos tuviesen buenas razones para presumir que tienes fuerzas solo para un único golpe y que, como abeja que ha dejado su aguijón, estás ahora inactivo e impotente. Durante cien años hemos estado en guerra con Roma, y ningún general, ningún ejército ha venido en nuestra ayuda, excepto los dos años en que Pirro usó nuestros soldados para aumentar sus fuerzas en vez de emplear las suyas en defendernos. No me jactaré de nuestros logros, los dos cónsules con sus ejércitos a los que hicimos pasar bajo el yugo, ni de ninguno de los demás gloriosos o afortunados sucesos que podemos recordar. Las pruebas y sufrimientos por la que luego pasamos se pueden contar con menos amargura que las que están ocurriendo hoy. Luego invadieron nuestras fronteras grandes dictadores con sus jefes de la caballería, dos cónsules y dos ejércitos consulares fueron necesarios para actuar contra nosotros, tomando todas las precauciones, explorando cuidadosamente, situando debidamente las reservas y con su ejército en orden de batalla, cuando asolaron nuestra patria; ¡ahora somos la presa de un solitario propretor y una pequeña guarnición en Nola! Ni siquiera marchan en manípulos, corren todo nuestro país como bandidos y sin más cuidado que si estuviesen vagando por territorio romano. Y la razón es simplemente esta: que tú no nos defiendes y que nuestros soldados, que nos podrían proteger si estuviesen en casa, están todos sirviendo bajo tus estandartes. En absoluto os conocería, a ti y a tu ejército, si no pensase que era tarea fácil para aquel hombre, que según mi conocimiento había abatido y derrotado tantos ejércitos romanos, aplastar tales saqueadores de nuestra patria mientras estaban robando errantes y en desorden por donde esperasen encontrar botín, aunque no hubiera ninguno. Serían el botín de unos pocos númidas, y tú nos aliviarías a nosotros de la guarnición de Nola solo si considerases que los hombres que consideraste dignos de tu alianza son también dignos de tu protección».

[23.43] A todo esto Aníbal respondió: «Vosotros, samnitas e hirpinos, todo lo hacéis a la vez; contáis vuestros sufrimientos y pedís protección y os quejáis de estar desprotegidos y abandonados. Pero deberíais haber informado primero y luego pedido protección, y si no la hubieseis obtenido, solo entonces haberos quejado de que habíais buscado ayuda en vano. No conduciré mi ejército a territorio samnita e hirpino porque no deseo ser una carga para vosotros, pero marcharé a aquellos territorios pertenecientes a los aliados de Roma que están más cerca de mí. Saqueándolos satisfaré y enriqueceré a mis soldados y atemorizaré lo bastante al enemigo como para lograr que os deje en paz. En cuanto a la guerra contra Roma, si la del Trasimeno fue una batalla más famosa que la del Trebia, si Cannas fue más famosa que Trasimeno, haré que incluso la memoria de Cannas se desvanezca a la luz de una victoria aún mayor y más brillante». Con esta respuesta y con generosos regalos despidió a los enviados; a continuación, dejando un pequeño destacamento en el Tifata, marchó con el resto de su ejército a Nola, a donde también llegó Hanón con los refuerzos que había traído de Cartago y con los elefantes. Acampando a no mucha distancia, se enteró, al investigar, de que todo era muy diferente de la impresión que había recibido de los enviados. Nadie que conociera los procedimientos de Marcelo podría haber dicho jamás que confiaba en la suerte o que por su imprudencia diera una oportunidad al enemigo. Hasta aquel entonces, sus expediciones de saqueo se habían realizado después de un cuidadoso reconocimiento, con fuertes apoyos a las partidas de merodeadores y una retirada asegurada. Ahora, al ser alertado de la aproximación del enemigo, mantuvo sus fuerzas dentro de las fortificaciones y ordenó a los senadores de Nola que patrullasen las empalizadas y vigilasen atentamente los alrededores, averiguando lo que hacía el enemigo.

Hanón había llegado hasta cerca de las murallas y, al ver entre los senadores a Baso Herenio y a Herio Petio, solicitó una entrevista con ellos. Después de haber obtenido el permiso de Marcelo se reunieron con él. Se les dirigió mediante un intérprete. Los méritos y buena fortuna de Aníbal crecen; está destruyendo la fortaleza y majestad del pueblo romano, así como sus recursos; y viene a decirles que, aun cuando Roma fuera la que una vez había sido, ellos eran hombres que ya sabían por experiencia cuán gravoso resultaba el gobierno de Roma a sus aliados y con cuánta indulgencia había tratado Aníbal a aquellos de sus prisioneros pertenecientes a cualquier nación italiana, y que preferirían seguramente la alianza y amistad con Cartago a las de Roma. Aun si ambos cónsules con sus ejércitos hubieran estado en Nola, no serían más rival para Aníbal de lo que lo fueron en Cannas, y mucho menos un pretor con unos pocos e inexpertos soldados habría de poder defender Nola. Era más importante para ellos que para Aníbal el que la plaza fuese tomada o se rindiera; se apoderaría de ella en cualquier caso, como ya lo había hecho con Capua y Nocera Inferiore [la antigua Nuceria.-N. del T.]. Pero ellos conocían bien qué diferencia hubo entre el destino de Capua y el de Nola, situados como estaban entre ambos lugares. No quería profetizar qué sucedería a la ciudad si era tomada; prefería comprometer su palabra de que si entregaban a Marcelo y su guarnición y a la ciudad de Nola, nadie salvo ellos mismos dictarían los términos bajo los que se convertirían en aliados y amigos de Aníbal.

[23,44] Herenio Baso respondió brevemente que la amistad entre Roma y Nola duraba ya muchos años, y hasta ese día ninguna de las partes había tenido ningún motivo para lamentarlo. Aun si hubieran querido cambiar su lealtad al cambiar su suerte, ya era demasiado tarde para hacerlo en aquel momento. ¿Habrían pedido una guarnición romana de haber estado pensando en rendirse a Aníbal? Estaban en perfecto acuerdo con aquellos que habían venido para protegerlos, y así seguiría siendo hasta el final. Esta entrevista destruyó cualquier esperanza que hubiera podido tener Aníbal respecto a asegurarse Nola mediante la traición. Así pues, dispuso sus líneas rodeando completamente la ciudad para poderla atacar por todas partes. Cuando Marcelo vio que estaba cerca de las murallas, agrupó sus hombres tras una de las puertas y efectuó luego una feroz y masiva carga. Unos cuantos resultaron sobrepasados y muertos al primer choque, pero conforme los hombres corrieron hacia la línea de combate y ambos bandos se igualaban, la lucha empezó a agravarse y pocas batallas habrían resultado más memorables si una fuerte tormenta de lluvia y viento no hubiera separado a los combatientes. Se retiraron por aquel día tras solo un breve encuentro, pero con los ánimos muy irritados, los romanos a la ciudad y los cartagineses a su campamento. De estos últimos, no más de treinta cayeron en el primer ataque; los romanos perdieron a cincuenta. La lluvia cayó sin interrupción durante toda la noche y continuó hasta la tercera hora del día siguiente [sobre las nueve de la mañana.-N. del T.], por lo que, aunque ambas partes estaban dispuestos para la batalla, se quedaron ese día dentro de sus líneas. Al tercer día, Aníbal envió parte de su fuerza en una expedición de saqueo contra el territorio nolano. En cuanto Marcelo lo supo formó su línea de batalla y Aníbal no rehusó el desafío. Había como una milla [1480 metros.-N. del T.] entre su campamento y la ciudad, y dentro de ese espacio, el terreno que rodeaba Nola era llano, se enfrentaron los ejércitos. El grito de guerra, lanzado en ambos bandos, atrajo de vuelta a las más próximas de las cohortes que habían sido enviadas a saquear; los nolanos, también, por su parte, formaron en la línea romana. Marcelo les dirigió unas cuantas palabras de aliento y agradecimiento, y les dijo que tomaran su puesto entre las reservas y ayudasen a trasladar a los heridos fuera del campo de batalla, se mantendrían alejados del combate a menos que recibieran su orden.

[23.45] La batalla se combatió con tenacidad; los generales animaban a sus hombres y estos lucharon hasta el límite de sus fuerzas. Marcelo ordenó a sus hombres que presionaran vigorosamente contra aquellos a los que habían vencido solo tres días atrás, habían puesto en fuga de Cumas y a los que él mismo, con otro ejército, había derrotado el año anterior. «No tienen en la batalla a todas sus fuerzas», les dijo, «algunas están diseminadas por los campos, dedicados al saqueo, mientras que las que luchan están debilitadas por el lujo de Campania y se han agotado ellos mismos mediante la indolencia invernal con el vino, las mujeres y toda clase de libertinaje. Han perdido su fuerza y su vigor, han disipado aquella fuerza mental y corporal con la que superaron las cumbres de los Alpes. Estos solo son las reliquias de los hombres que lograron aquello; apenas puedes soportar el peso de su armadura y sus extremidades mientras combaten. Capua ha resultado ser la Cannas de Aníbal. Todas sus virtudes bélicas, toda su disciplina militar, todas las glorias ganadas en el pasado, todas sus esperanzas futuras se han extinguido allí». Al mostrar su desprecio por el enemigo, Marcelo levantó los ánimos de sus hombres. Aníbal, por su parte, recriminaba a los suyos con términos mucho más severos. «Reconozco aquí», les dijo, «las mismas armas y estandartes que veía y empleaba en el Trebia, en el Trasimeno y, finalmente, en Cannas; pero no a los mismos soldados. Lo cierto es que llevé un ejército a invernar en Capua y salí con otro bien distinto. ¿Sois vosotros a los que no pudieron resistir dos ejércitos consulares?, ¿y ahora apenas podéis aguantar frente a un lugarteniente con su única legión y su ala? ¿Nos va a desafiar Marcelo impunemente por segunda vez con sus nuevos reclutas y sus apoyos nolanos? ¿Dónde está aquel soldado mio que cortó la cabeza del cónsul Cayo Flaminio tras arrojarlo del caballo? ¿Dónde está el que mató a Lucio Paulo en Cannas? ¿Ha perdido su filo la espada, ya no tienen fuerzas vuestras diestras? ¿O es que ha sucedido algún otro portento? A pesar de vuestro corto número, os habéis acostumbrado a derrotar a un enemigo que os superaba por mucho; ahora casi no podéis sosteneros en pie contra una fuerza mucho menor que la vuestra. Solíais jactaros, fanfarrones como sois, de que podríais tomar Roma al asalto si alguien os dirigía. Pues bien, quiero que demostréis vuestro valor y vuestra fuerza en una tarea más pequeña. Tomad Nola: es una ciudad en una llanura, sin protección de río o de mar. Cuando os hayáis cargado con el botín de una ciudad tan rica como esta, os conduciré u os seguiré donde queráis».

[23,46] Ni sus censuras ni sus promesas consiguieron fortalecer la moral de sus hombres. Conforme empezaba esta a decaer por todas partes, los ánimos de los romanos crecían, no solo a causa de las palabras de ánimo de su jefe, sino también porque los nolanos comenzaron a lanzar gritos de ánimo y simpatía hacia ellos; así hasta que los cartagineses dieron media vuelta y fueron obligados a entrar a su campamento. Los romanos estaban ansiosos por asaltar el campamento, pero Marcelo les hizo regresar a Nola en medio de las alegres felicitaciones de la misma plebe que había estado anteriormente más inclinada hacia los cartagineses. Murieron más de cinco mil enemigos aquel día, seiscientos fueron hechos prisioneros y se capturaron dieciocho estandartes y dos elefantes; cuatro habían muerto durante la batalla. Los romanos tuvieron menos de un millar de muertos. El día siguiente se pasó, por ambas partes, enterrando a los muertos en el combate, en una tregua informal. Marcelo quemó los despojos de los enemigos, en cumplimiento de un voto a Vulcano. Tres días más tarde, debido, creo yo, a algún altercado o a la esperanza de mayores pagas, doscientos setenta y dos jinetes, númidas e hispanos, desertaron con Marcelo. Los romanos a menudo se beneficiaron de su ayuda valiente y leal en esta guerra. A su término, se les hizo una donación de tierras, en Hispania a los hispanos y en África a los númidas, como recompensa a su valor.

Hanón fue enviado de vuelta al Brucio con las fuerzas que había traído, y Aníbal marchó a invernar en Apulia, acampando en la proximidad de Arpinova [la antigua Arpi, a un kilómetro de la actual Foggia.-N. del T.]. Tan pronto como Quinto Fabio tuvo noticia de que Aníbal había partido hacia Apulia, hizo enviar una provisión de grano desde Nola y Nápoles hacia el campamento sobre Arienzo; después de reforzar sus defensas y dejar una fuerza suficiente para mantener la posición durante los meses de invierno, trasladó su campamento cerca de Capua, devastando su territorio a fuego y espada. Los campanos no tenían confianza alguna en sus fuerzas, pero les obligó finalmente a salir tras sus puertas a campo abierto y asentar un campamento fortificado frente a la ciudad. Tenían seis mil hombres en armas: la infantería era completamente inútil, pero los jinetes eran más eficaces, así que se dedicaron a hostigar al enemigo con escaramuzas de caballería. Había varios nobles Campanos sirviendo como jinetes, entre ellos Cerrino Vibelio, llamado Táurea. Era ciudadano de Capua, y de lejos el mejor soldado de la caballería campana, hasta el punto de hecho que, cuando se encontraba al servicio de los romanos, solo había un jinete romano que disfrutase de igual reputación: Claudio Aselo. Táurea cabalgó durante mucho tiempo ante las turmas, para ver si encontraba a este hombre; por fin, cuando se hizo un instante de silencio, preguntó dónde estaba Claudio Aselo. «A menudo», dijo, «ha discutido conmigo sobre nuestros respectivos méritos; que resuelva ahora el asunto con la espada y que si le venzo se me rindan los spolia opima [Ver libro 4,20.-N. del T.], o que si vence él tome los míos».

[23.47] Cuando se informó de esto a Aselo en el campamento, solo esperó a poder pedir permiso al cónsul para que le permitiera, contra lo reglamentado, combatir a su rival. Una vez concedido el permiso, se armó en seguida y, cabalgando delante de los puestos avanzados, llamó a Táurea por su nombre y le dijo que se enfrentaría con él donde le placiera. Los romanos ya habían salido en masa a ver el duelo, y los campanos no solo se alinearon a lo largo de la empalizada de su campamento, sino que se habían reunido en gran número sobre las fortificaciones de la ciudad. Tras gran ostentación de palabras y expresiones de mutuo desafío, nivelaron sus lanzas y espolearon sus caballos. Al existir un gran espacio llano, se mantuvieron evitando el uno los otros y el combate prosiguió sin que ninguno resultase herido. Luego, el campano dijo al romano: «Esta será una prueba de habilidad entre los caballos y no entre sus jinetes, a menos que dejemos la planicie y vayamos hasta aquella cañada. No habrá allí espacio para esquivarse y lucharemos cuerpo a cuerpo». Casi antes de que las palabras salieran de su boca, Claudio llevó su caballo hasta el carril y Táurea, más audaz con las palabras que con los hechos, le gritó: «¡No se verá jamelgo en una zanja!», y esta expresión se convirtió en un proverbio rústico [que en nuestro castellano vendría a ser algo así como «te vas a quedar con las ganas».-N. del T.]. Tras cabalgar durante cierto tramo por la cañada y no encontrar rival, Claudio volvió a campo abierto y regresó al campamento, pronunciando fuertes palabras sobre la cobardía de su adversario. Fue recibido como vencedor entre los aplausos y felicitaciones de sus compañeros. Al relato de este duelo a caballo algunos analistas añaden una circunstancia adicional (y sobre cuánta verdad exista en ella cada uno lo juzgará por si mismo), que resulta reseñable; Dicen que Claudio se fue en busca de Táurea, que había huido a la ciudad, y entró al galope por una puerta abierta, saliendo ileso por otra y con el enemigo atónito ante el extraordinario espectáculo.

[23,48] Después de este incidente, el campamento romano permaneció tranquilo; el cónsul incluso alejó su campamento de modo que los campanos pudieron completar su siempre, y no infligió daño alguno a sus tierras hasta que el grano había crecido lo bastaste para producir forraje. Luego lo llevaron al campamento de Claudio sobre Arienzo y construyó allí sus cuarteles de invierno. Marco Claudio, el procónsul, recibió órdenes de mantener una fuerza suficiente en Nola para proteger la plaza y enviar el resto de sus tropas a Roma para impedir que fuesen una carga para los aliados y un gasto para la república. Y Tiberio Graco, habiendo marchado con sus legiones desde Cumas hasta Lucera, en la Apulia, envió al pretor Marco Valerio a Brindisi con el ejército que tenía en Lucera, le dio órdenes para que protegiera la costa del territorio salentino y para que tomara las medidas necesarias respecto a Filipo y la guerra macedonia. Sobre el final del verano en que sucedieron los hechos que hemos descrito, llegaron cartas de Publio y Cneo Escipión, dando cuenta de los grandes éxitos que habían obtenido, pero indicando también que se necesitaba dinero para pagar a las tropas, así como grano y vestuario para el ejército, mientras que los marineros estaban desprovistos de todo. En lo referente a la paga, si el tesoro estaba bajo de fondos, ellos (los Escipiones) idearían algún medio por el cual pudieran obtenerlos de los hispanos; en cuanto al resto de cosas, en todo caso, o se les enviaban desde Roma o de lo contrario no podrían mantener su ejército ni la provincia. Cuando fueron leídas las cartas, no hubo entre los presentes ninguno que no admitiera que las declaraciones eran veraces y las demandas justas y equitativas. Pero tenían presentes otras consideraciones: las enormes fuerzas de mar y tierra que debían mantener; la gran flota que habrían de armar si la guerra con Macedonia se hacía realidad; el estado de Cerdeña y Sicilia, que antes de la guerra habían ayudado a llenar el tesoro y que ahora apenas podían auxiliar a los ejércitos que protegían aquellas islas; y, sobre todo, la contracción de los ingresos. Porque, tras la destrucción de los ejércitos en el Trasimeno y en Cannas, había disminuido el número de quienes pagaban el impuesto de guerra al fisco; y si los pocos supervivientes debían pagarlo en un importe mucho mayor, ellos también perecerían aunque no fuera en combate. Por tanto, si la república no podía obtener créditos no podría mantenerse con sus propios recursos. Después de revisar así el estado de cosas, el Senado decidió que Fulvio, uno de los pretores, comparecería ante la Asamblea y señalaría al pueblo las acuciantes necesidades de la república, pediría a aquellos que habían acrecentado su patrimonio firmando contratos con el gobierno, mediante los que habían obtenido sus riquezas, que extendieran la fecha de los pagos del Estado y que se comprometieran a suministrar lo necesario para el ejército en Hispania, con la condición de que tan pronto hubiera efectivo en el tesoro serían los primeros en cobrar. Después de hacer esta propuesta, el pretor fijó una fecha para firmar los contratos de suministro de vestuario y grano al ejército de Hispania y para proveer todo lo necesario para los marineros.

[23.49] El día señalado se presentaron tres sociedades, cada una con diecinueve miembros, dispuestas a licitar los contratos. Insistieron en dos condiciones: una era que deberían quedar exentos del servicio militar mientras estuvieran ocupados en esta empresa pública, y la otra que los envíos que remitieran deberían quedar asegurados por el gobierno contra tormentas o capturas. Ambas demandas fueron concedidas, y la administración de la república se practicó con dinero privado. ¡Tal era la condición moral y el elevado patriotismo que impregnaba todos los rangos de la sociedad! Como los contratos se habían firmado a partir de un espíritu generoso y noble, fueron ejecutados con la máxima escrupulosidad; los soldados recibieron suministros tan abundantes como los que les entregaba con anterioridad un Tesoro abundante. Cuando llegaron estos suministros a Hispania, la ciudad de Iliturgi [cerca de Mengíbar; posteriormente «Forum Iulium», en Jaén.-N. del T.], que se había pasado a los romanos, estaba siendo atacada por Asdrúbal, Magón y Aníbal, el hijo de Bomílcar. Los Escipiones lograron abrirse paso entre los tres campamentos tras duros combates y con graves pérdidas. Trajeron con ellos cierta cantidad de grano, del que había gran escasez, y alentaron a la población para defender sus murallas con el mismo valor que vieron desplegar al ejército romano al combatir por ellos. Avanzaron después para atacar el mayor de los tres campamentos, al mando del cual estaba Asdrúbal. Los otros dos comandantes, con sus ejércitos, vieron que la batalla decisiva se libraría allí y se apresuraron a apoyarle. Tan pronto salieron de sus campamentos comenzaron los combates. Se enfrentaron aquel día sesenta mil enemigos y cerca de dieciséis mil romanos. Y, sin embargo, la victoria fue tan aplastante que los romanos, en aquel mismo día, dieron muerte a un número mayor que el suyo propio de enemigos, hicieron prisioneros a más de tres mil, capturaron algo menos de mil caballos, cincuenta y nueve estandartes militares, siete elefantes, mataron a cinco en la batalla y se apoderaron de los tres campamentos. Tras levantar así el sitio de Iliturgi, los ejércitos cartagineses marcharon a atacar Intibili [debía estar cerca de la anterior; se conoce una Intibili al sur del Ebro, en la costa mediterránea.-N. del T.]. Habían repuesto sus pérdidas en aquella provincia que, entre todas las demás, se mostraba más proclive a la guerra mientras hubiera botín o dinero y que abundaba en hombres jóvenes. Se libró de nuevo otra batalla campal, con el mismo resultado para ambas partes. Murieron más de trece mil enemigos, se hizo prisioneros a más de dos mil y se capturaron cuarenta y dos estandartes y nueve elefantes. Para entonces, casi todas las tribus de Hispania se inclinaron por Roma, y los éxitos obtenidos en Hispania aquel verano fueron mucho mayores que los de Italia.

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