Tito Livio, La historia de Roma – Libro XLIII (Ab Urbe Condita)

Tito Livio, La historia de Roma - Libro cuadragesimotercero: La Tercera Guerra Macedónica - Continuación. (Ab Urbe Condita).

La historia de Roma

Tito Livio

Tito Livio (59 a. C. – 17 d. C.) fue un escritor romano de finales de la República y principios del Imperio hoy famoso por su monumental trabajo sobre la Historia de Roma desde su fundación, o, en latín, Ab Urbe Condita Libri (Libros desde la fundación de la Ciudad). Nacido en la actual Padua, se muda con fines académicos a Roma a la edad de 24 años, ciudad donde es encargado con la educación de Claudio, el futuro emperador. Su obra original comprende los tiempos que van desde la fundación de Roma en 753 a. C. hasta la muerte de Druso el Mayor en 9 a. C. Solo un cuarto de la obra ha llegado a nuestros días (35 de 142 libros) habiéndose el resto de los mismos perdido en las arenas del tiempo. Los libros que han llegado relativamente intactos a nuestros días son los libros I a X y XXI a XLV. Para mayor información sobre la obra, el contexto histórico y político de la misma e información sobre los libros perdidos y su hallazgo durante el medioevo, dirígete al siguiente artículo: La Historia de Roma desde su fundación.

La historia de Roma

Libro ILibro IILibro IIILibro IVLibro VLibro VILibro VIILibro VIIILibro IXLibro X(… Libros XI a XX …)Libro XXILibro XXIILibro XXIIILibro XXIVLibro XXVLibro XXVILibro XXVIILibro XXVIIILibro XXIXLibro XXXLibro XXXILibro XXXIILibro XXXIIILibro XXXIVLibro XXXVLibro XXXVILibro XXXVIILibro XXXVIIILibro XXXIXLibro XLLibro XLILibro XLIILibro XLIIILibro XLIVLibro XLV

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Libro cuadragesimotercero

La Tercera Guerra Macedónica – Continuación.

[43,1] -171 a.C.- Durante el verano en que ocurrieron estos hechos en Tesalia, el cónsul envió al legado … [falta el nombre del mismo.-N. del T.] al Ilírico, donde asedió dos ricas y prósperas ciudades. Cerenia se vio obligada a rendirse y permitió a sus habitantes que conservaran sus posesiones; mediante este ejemplo de clemencia, esperaba inducir al pueblo de Carnunte a entregarse. No pudo, sin embargo, ni obligarlos a rendirse ni a tomar la plaza por asedio, de manera que, para que sus hombres se llevaran de regreso algo más que las fatigas de dos asedios, saqueó la ciudad que había dejado previamente intacta. Cayo Casio, el otro cónsul, al que se le había encomendado la Galia, no hizo allí nada digno de mención y trató, sin éxito, de llevar sus legiones a Macedonia a través de Iliria. El Senado se enteró de su propuesta expedición por una embajada enviada desde Aquilea. Se quejaban de que la suya era una colonia reciente y que aún no estaba lo bastante bien fortificada, pues estaba situada entre dos pueblos hostiles, los histros y los ilirios. Pidieron al Senado que considerase cómo se podía proteger la colonia. Al preguntárseles si les gustaría que se encargase del asunto el cónsul Cayo Casio, contestaron que este había reunido su ejército en Aquilea y había partido hacia Macedonia a través de Iliria; esto les resultó al principio increíble, y muchos senadores supusieron que, probablemente, había iniciado las hostilidades contra los carnos o los histros. Entonces, los aquileos les dijeron que lo único que sabían y que se atrevían a afirmar era que se había hecho entrega a los soldados de trigo para treinta días, y que habían encontrado y llevado consigo guías que conocían las rutas desde Italia hacia Macedonia. El Senado quedó profundamente indignado al ver que el cónsul se había atrevido a tanto como a abandonar su provincia y pasar a la del otro, conduciendo su ejército por una ruta desconocida y peligrosa a través de pueblos extranjeros, dejando a tantas naciones una vía abierta hacia Italia. Decidieron en una sesión plenaria que el pretor Cayo Sulpicio debía nombrar a tres senadores que deberían partir aquel mismo día, recorriendo su camino a la mayor velocidad posible y, encontrando al cónsul dondequiera que estuviese, le advertirían para que no efectuara ningún movimiento hostil contra pueblo alguno sin la autorización del Senado. Los senadores elegidos fueron Marco Cornelio Cetego, Marco Fulvio y Publio Marcio Rex. Los temores por el cónsul y el ejército impidieron por el momento que se prestara ninguna atención a la fortificación de Aquilea.

Nota: los nombres de las personas y los pueblos han sido castellanizados según las convenciones de la RAE. Las unidades de medición, no obstante, han sido conservadas. Puede utilizar la siguiente tabla de equivalencias como referencia.

[43,2] Después de esto, se introdujo en el Senado una embajada de pueblos de ambas provincias de Hispania. Se quejaban de la codicia y la opresión de los magistrados romanos, y cayendo de rodillas rogaron al Senado que no permitiera que ellos, los aliados de Roma, fuesen robados y maltratados de un modo más vergonzoso incluso del que lo eran sus enemigos. Se quejaban además de otros tratos indignos, pero el más evidente era el de extorsión de dinero. Se encargó a Lucio Canuleyo, el pretor a quien había correspondido Hispania, que designara cinco recuperadores [estos jueces, elegidos siempre en número impar, tuvieron al principio competencia solo en litigios con carácter internacional para casos de restitución o devolución. Los nombraba el pretor de entre los senadores, para atender los casos presentados por pueblos extranjeros por concusión, ya que correspondía al Senado la supervisión de las relaciones entre Roma y los pueblos extranjeros.-N. del T.] a partir del orden senatorial, para que tratasen con cada uno de aquellos a quienes los hispanos exigían reparación, dando igualmente permiso a los demandantes para que eligieran a quien quisiesen como abogado. Se llamó al Senado a los embajadores y se les leyó el decreto, invitándoles a nombrar sus abogados. Designaron a cuatro: Marco Porcio Catón, Publio Cornelio Escipión, hijo de Cneo, Lucio Emilio Paulo, y Cayo Sulpicio Galo. Los recuperadores empezaron con el caso de Marco Titinio, que había sido pretor de la Hispania Citerior durante el consulado de Aulo Manlio y Marco Junio [178 a.C.-N. del T.]. El proceso resultó aplazado en dos ocasiones y, en la tercera, el acusado fue absuelto. Se produjo una diferencia entre los embajadores, pues los procedentes de la Hispania Citerior eligieron como abogados a Marco Catón y a Publio Escipión, mientras que los procedentes de la Hispania Ulterior eligieron a Lucio Paulo y a Sulpicio Galo. Los de la Citerior llevaron ante los recuperadores a Publio Furio Filo y los de la Ulterior a Marco Macieno. Filo había sido pretor tres años antes, durante el consulado de Espurio Postumio y Quinto Mucio, y Marco Macieno lo fue al año siguiente, durante el consulado de Lucio Postumio y Marco Popilio. Ambos fueron acusados de gravísimos delitos; se suspendieron los procedimientos y, cuando llegó el momento de iniciarlos nuevamente desde el principio, fueron sobreseídos al haber marchado los acusados al exilio voluntario, Furio a Palestrina y Macieno a Tívoli. Corrió el rumor de que los patronos se oponían a que se convocara a los nombres o personas influyentes, sospechas que se acrecentaron por la acción de Canuleyo. Este abandonó completamente el asunto y se dedicó al alistamiento de tropas; después, de repente, partió hacia su provincia para impedir que fueran más los acusados por los hispanos. Quedó enterrado el pasado de aquel modo, aunque el Senado tomó medidas para el futuro accediendo a la demanda de los hispanos y promulgando una norma por la que los magistrados romanos no fijarían el valor del trigo ni obligarían a los hispanos a vender su vigésima al precio que ellos quisieran; tampoco se les impondrían a sus pueblos los prefectos para la recaudación de impuestos y tributos [Las provincias debían suministrar a los magistrados romanos cierta cantidad de trigo; algunos, sin embargo, exigían su valor en dinero después de tasar el grano a muy bajo precio, lo que se conocía como frumentum aestimatum. Como a cada magistrado se le entregaba una determinada cantidad de dinero para la adquisición de una cantidad también determinada de grano, al tasar el grano a un precio muy inferior al real lograban quedarse con la diferencia entre lo abonado a los hispanos y lo recibido por el Estado. Estas leyes conseguidas por los hispanos lograron que, en adelante, los pretores recibieran el trigo en especie o que el precio se estableciera según el del mercado.-N. del T.].

[43,3] Llegó otra embajada de Hispania, enviada esta vez por una nueva clase de gentes. Se declaraban hijos habidos entre los soldados romanos y mujeres españolas con las que no había derecho de matrimonio. Había más de cuatro mil de ellos y pedían que se les entregara una ciudad en la que vivir. El Senado decretó que diesen sus nombres a Lucio Canuleyo, y los que el pretor manumitiese serían enviados a Carteya [y así se fundaría el primer municipio de derecho latino fuera de Italia, al tener los hijos el estatuto jurídico de la madre y ser peregrinos, en la actual Bahía de Algeciras, en el actual término municipal de San Roque, provincia de Cádiz.-N. del T.], a las orillas del Océano. A los carteyenses que no desearan abandonar sus hogares, se les permitiría continuar con los nuevos colonos y se les asignarían tierras. Este lugar se convirtió en una colonia latina, que fue llamada la «Colonia de los Libertos». Por aquellas fechas llegó de África el régulo Gulusa, hijo de Masinisa, enviado por su padre, al mismo tiempo que una delegación de cartagineses. Se concedió audiencia en primer lugar a Gulusa. Este procedió a describir en primer lugar la naturaleza de las fuerzas que su padre había enviado a la guerra de Macedonia, prometiendo que, si el Senado quería pedir más, las suministraría en agradecimiento por los beneficios que el pueblo romano le había otorgado. A continuación, advirtió al Senado para que estuviese en guardia contra la mala fe de los cartagineses; habían tomado la determinación de preparar una gran flota, aparentemente para ayudar a los romanos contra los macedonios. Una vez estuviera equipada y dispuesta, estarían en libertad para escoger a quién querían como enemigo o a quién tener como aliado. Esta. . . [Seguimos la edición de Gredos, de 1994, al indicar que hay aquí una considerable laguna en el texto, al haberse perdido cuatro cuaterniones del manuscrito Vindobonense. Se describirían aquí las elecciones a nuevos magistrados en el 170 a.C. y la distribución de las provincias para ese año: al cónsul Aulo Hostilio Mancino le correspondió Macedonia y a Aulo Atilio Serrano, Italia. Al pretor Lucio Hortensio le correspondió el mando de la flota, y a Quinto Menio y Marco Recio, las preturas urbanas y peregrinas, respectivamente. Se indicarían también las incidencias de la nueva campaña: la rebelión de los epirotas, los éxitos de Perseo frente a Hostilio, los dárdanos y los ilirios, así como la sublevación de Hispania promovida por Olonico, con la que enlazan las primeras palabras del capítulo 4. Todos estos extremos son relatados en las versiones castellanas antiguas de 1796 y 1889 como si el texto no se hubiese perdido-N. del T.]

[43,4] Entraron en el campamento mostrando las cabezas [se trataría de las cabezas de Olonico y su compañero, que penetraron en el campamento romano con la intención de dar muerte al pretor y resultaron muertos por un centinela.-N. del T.] y provocaron tal pánico que, de haber llevado al ejército inmediatamente, se podría haber tomado el campamento. Incluso así, se produjo una huida generalizada y algunos pensaron que se debían mandar emisarios a suplicar que les concediesen la paz. Al enterarse de lo sucedido, se entregó un gran número de ciudades. Trataron de disculparse a sí mismas echando toda la culpa a la locura de dos hombres que se habían ofrecido al castigo espontáneamente. El pretor las perdonó y partió de inmediato a visitar otras ciudades. En todas partes se encontró con que sus órdenes estaban siendo obedecidas y su ejército no tuvo que ejecutar ninguna acción. El territorio por donde pasaba, que tan poco tiempo antes había sido un hervidero de agitación y desorden, estaba ahora tranquilo y en paz. Aquella clemencia del pretor, que había logrado frenar sin derramamiento de sangre el carácter de una nación tan belicosa, agradó tanto más al pueblo y al Senado cuanto que, en Grecia, el cónsul Licinio y el pretor Lucrecio habían conducido la guerra del modo más cruel y codicioso. Los tribunos de la plebe incitaban el odio contra el ausente Lucrecio en sus discursos, aunque se justificase su ausencia por estar prestando un servicio a la república. Pero la gente en aquellos días permanecía ignorante de los hechos tan cercanos como que, en aquel mismo momento, Lucrecio estaba residiendo en su finca de Anzio y que, con el producto de la venta del botín, estaba acometiendo una traída de aguas desde el río Cacamele [el antiguo Loracina.-N. del T.] hasta Anzio. Se dice que adjudicó esta obra en ciento treinta mil ases. También decoró el santuario de Esculapio con cuadros que habían formado parte del botín.

La envidia y la infamia que habían recaído sobre Lucrecio se desviaron luego sobre su sucesor, Hortensio, pues llegó a Roma una embajada de Abdera, llorando a las puertas del Senado y quejándose de que su ciudad había sido asaltada y saqueada por Hortensio. La causa de la destrucción era que se les había ordenado entregar cien mil denarios y cincuenta mil modios de trigo [si se trata de modios civiles, serían unos 350 000 kilos de cereal.-N. del T.], por lo que pidieron tiempo para mandar embajadores al cónsul Hostilio y a Roma. Apenas habían llegado donde estaba el cónsul cuando se enteraron de que su ciudad había sido tomada al asalto, se había decapitado a sus dirigentes y se había vendido como esclavos al resto de la población. El Senado consideró este hecho como algo vergonzoso y adoptó en el caso de los abderitas la misma decisión que tomaron el año anterior en el caso de los coroneos, ordenando al pretor Quinto Menio que la anunciara ante la asamblea del pueblo. Se envió a dos delegados, Cayo Sempronio Bleso y Sexto Julio César, para devolver la libertad a los abderitas y para informar a Hostilio y Hortensio de que el Senado consideraba injusto el ataque efectuado contra Abdera y justo que se buscase a todas las personas vendidas como esclavas y que se les devolviera la libertad.

[43,5] Por aquellos días, se presentaron acusaciones también contra Cayo Casio, que había sido cónsul el año anterior y que servía ahora como tribuno militar en Macedonia con Aulo Hostilio. El hermano del rey de los galos, Cincibilo, encabezaba la delegación y se quejó de Casio ante el Senado, por haber devastado los campos de las tribus alpinas aliadas de Roma, llevándose a muchos miles de hombres como esclavos. Llegaron también entonces las embajadas de los carnos, los histros y los yápides, quienes, en primer lugar, informaron al Senado de que el cónsul Casio les había exigido que proporcionasen guías que le indicasen la ruta a seguir, mientras estaba al frente de su ejército, hacia Macedonia. Había abandonado su territorio en paz, siendo al parecer su intención el hacer la guerra en otros lugares, pero luego, a mitad de su marcha, dio la vuelta, invadió su país, hostigándolos como enemigos y provocando por todas partes derramamiento de sangre, rapiñas e incendios, sin que hasta la fecha supieran por qué el cónsul los había tratado como enemigos. La respuesta que el Senado dio a estas delegaciones y al régulo galo fue que no tenía conocimiento previo de que hubieran tenido lugar los hechos de los que se quejaban y que, si habían sucedido, no los aprobaban. No obstante, resultaría injusto acusar y condenar en su ausencia a un hombre de rango consular, ya que el motivo de la ausencia era que estaba sirviendo a la república. Cuando Cayo Casio hubiera regresado de Macedonia, si deseaban acusarlo en su presencia, el Senado investigaría los hechos y se encargaría de darles satisfacción. Pero no se limitaron a dar una respuesta verbal a estos pueblos; decidieron además que se enviarían embajadores, dos al régulos transalpino y tres a los otros pueblos, para darles a conocer la decisión del Senado. Convinieron también en que se debían entregar regalos a cada uno de los embajadores por valor de dos mil ases. Por lo que respecta al hermano del régulo, se le entregaron dos torques de oro de cinco libras de peso, cinco vasos de plata de veinte libras, dos caballos enjaezados con los palafreneros, armadura ecuestre y capotes militares, y prendas de vestir para sus acompañantes, libres y esclavos. Pidieron, y se les concedió, poder comprar diez caballos y sacarlos de Italia. Los embajadores que acompañaron a los galos al otro lado de los Alpes fueron Cayo Lelio y Marco Emilio Lépido; los que marcharon ante los otros pueblos fueron Cayo Sicinio, Publio Cornelio Blasio y Tito Memio.

[43,6] Por aquel mismo tiempo, llegaron a Roma numerosos embajadores procedentes de ciudades de Grecia y Asia. Los atenienses fueron los primeros en obtener una audiencia. Estos explicaron que habían enviado al cónsul Publio Licinio y al pretor Cayo Lucrecio los buques y soldados que tenían. Sin embargo, no habían hecho uso de ellos y les habían exigido cien mil modios de trigo [700 000 kilos.-N. del T.]. Aunque la tierra que cultivaban era árida e incluso tenían que alimentar a sus propios campesinos con grano importado, habían reunido aquella cantidad para no faltar con su obligación y estaban dispuestos a suministrar aquellas otras cosas que pudieran resultar necesarias. El pueblo de Mileto, sin mencionar haber aportado nada, expresó no obstante su disposición a obedecer las órdenes que le pudiera dar el Senado respecto a la guerra. El pueblo de Alabanda declaró que había construido un templo dedicado a «La ciudad de Roma», instituyendo juegos anuales en honor a esa deidad. Además, habían traído una corona de oro de cincuenta libras de peso [16,35 kilos.-N. del T.] para depositarla como ofrenda a Júpiter Óptimo Máximo en el Capitolio, así como trescientos escudos de caballería que entregarían a quien el Senado dispusiera. Pidieron que se les permitiera depositar el regalo en el Capitolio y ofrecer allí sacrificios. La embajada de Lámpsaco, que había traído una corona de ochenta libras de peso [26,16 kilos.-N. del T.], hizo la misma petición. Recordaron que, aunque habían estado bajo el gobierno de Perseo y de su padre Filipo antes que él, se rebelaron en cuanto el ejército romano apareció en Macedonia. En consideración a esto y por haber prestado toda la ayuda que podían a los comandantes romanos, lo único que pedían era ser admitidos entre los amigos de Roma y que, si se hacía la paz con Perseo, quedaran ellos fuera de los términos del tratado para no caer de nuevo bajo el poder del rey. A las demás legaciones se les dio una respuesta amable; en el caso de los lampsacenos, se ordenó al pretor Quinto Mucio que los inscribiera entre los pueblos aliados. Cada uno de los embajadores recibió un regalo de dos mil ases cada uno. A los alabandenses se les dijo que llevaran los escudos a Aulo Hostilio, en Macedonia.

Llegaron al mismo tiempo a Roma embajadores de Cartago y de Masinisa. Declararon que ya sabían que este regalo, al que ellos consideraban un deber, era menos de lo que correspondía a los servicios que el pueblo romano les había prestado y a lo que a ellos les gustaría haberles podido entregar; sin embargo, en otras ocasiones más prósperas para ambos pueblos, habían cumplido con el deber propio de aliados fieles y agradecidos. Los embajadores de Masina, por su parte, prometieron proporcionar la misma cantidad de trigo, mil doscientos jinetes y doce elefantes, pidiendo al Senado que les dijera si necesitaban algo más y él lo proporcionaría con la misma buena disposición con que había ofrecido todo lo anterior. Se dieron las gracias tanto a los cartagineses como al rey y se les pidió que enviasen los suministros al cónsul Hostilio, en Macedonia. Cada miembro de las embajadas recibió un regalo de dos mil ases.

[43,7] Los embajadores de Creta aseguraron al Senado que habían enviado a Macedonia la cantidad de arqueros que el cónsul Publio Licinio les había exigido. Al ser interrogados, no negaron que el número de sus arqueros al servicio de Perseo era mayor del que servía con los romanos. El Senado, en respuesta a esto, dijo a los cretenses que si prefirieran con seriedad y honestidad la amistad de Roma a la de Perseo, el Senado de Roma los trataría como fieles aliados. Mientras tanto, llevarían a su pueblo la contestación del Senado: los cretenses deberían considerar el llamar de vuelta cuanto antes a los soldados que tenían prestando servicio con Perseo. Se despidió con esta respuesta a los cretenses y se llamó a los calcidenses. La entrada de esta legación causó una gran impresión, pues su líder, Micición, era transportado en una litera al haber perdido el uso de sus piernas. En seguida se comprendió que la situación debía ser verdaderamente grave si, afectado como estaba, no había considerado oportuno excusarse en su salud para evitar aquel viaje o que se lo hubiesen negado, si es que lo había intentado. Comenzó por decir que nada quedaba vivo en él, excepto su lengua, para deplorar las calamidades de su patria, pasando luego a enumerar los servicios que había prestado a los generales romanos y a sus ejércitos, tanto en el pasado como ahora en la guerra contra Perseo. Describió luego la tiranía, la codicia y el trato brutal que pretor romano Cayo Lucrecio había otorgado a sus compatriotas, antes, así como el que, de hecho en aquel mismo momento, estaba dándoles el cónsul Lucio Hortensio. Aunque pensaban que era mejor sufrir aquellas cosas, y aún otras peores, antes que abandonar su lealtad hacia ellos, estaban convencidos de que, por lo que se refería a Lucrecio y Hortensio, les habría sido más seguro cerrarles sus puertas antes que dejarles entrar en su ciudad. Las ciudades que les habían cerrado las puertas, Emacia, Anfípolis, Maronea, Eno, resultaron indemnes; en su caso, los templos habían sido despojados de sus ornatos y el sacrílego botín había sido trasladado por Lucrecio en sus naves hasta Anzio; se había arrastrado a los hombres libres a la esclavitud y se habían saqueado, y se seguían saqueando, las propiedades de los aliados de Roma. Porque, siguiendo el precedente sentado por Cayo Lucrecio, Hortensio mantuvo sus tripulaciones alojadas en casas particulares, tanto en invierno como en verano; sus hogares estaban ocupados por marineros ruidosos viviendo entre ellos, sus esposas y sus hijos, hombres que no cuidaban en absoluto sus palabras ni sus actos.

[43,8] El Senado decidió convocar a Lucrecio para que pudiera enfrentarse personalmente a sus acusadores y exculparse de las acusaciones. Sin embargo, cuando compareció tuvo que escuchar muchas más acusaciones más que las realizadas en su ausencia, sumándose además dos acusadores de mayor peso y autoridad en las personas de dos tribunos de la plebe, Marco Juvencio Talna y Cneo Aufidio. No se contentaron con abrumarlo ante el Senado, sino que lo obligaron a comparecer ante la Asamblea y, tras exponerlo achacarle muchos actos deshonrosos, le fijaron fecha para juzgarlo. A través del pretor Quinto Menio, el Senado dio la siguiente respuesta a la calcidenses: «Con respecto a los servicios que declaraban haber prestado a Roma, el Senado era consciente de la verdad de su declaración y les daba las gracias tanto por los pasados como por los de la presente guerra. En cuanto a las quejas por el comportamiento de Cayo Lucrecio y Lucio Hortensio, pretores romanos, ¿podría concebirse que hubieran ocurrido, o estuviesen sucediendo, por voluntad de aquel pueblo romano que inició la guerra contra Perseo y contra su padre antes que él en nombre de la libertad de Grecia, y no para que sus amigos y aliados sufrieran aquel trato de manos de sus magistrados?. Enviarían una carta al pretor Lucio Hortensio informándole de la desaprobación del Senado por los hechos de los que se quejaban los calcidenses; si se había hecho esclavo a cualquier hombre libre, el pretor debería ocuparse de que se le buscase y se le devolviese la libertad a la mayor brevedad. El Senado prohibía el alojamiento en casas particulares de los marineros, con excepción de los capitanes. Por orden del Senado, se le participó todo esto a Hortensio por escrito. Cada uno de los embajadores recibió un regalo de dos mil ases, y se alquilaron carruajes a cargo del Estado para transportar cómodamente a Micición hasta Brindisi. Cuando llegó el día del juicio, los tribunos acusaron a Lucrecio ante la Asamblea y pidieron que se le impusiera una multa de un millón de ases. Convocados los comicios, las treinta y cinco tribus, por unanimidad, lo declararon culpable.

[43,9] En Liguria no se hizo aquel año nada digno de mención; el enemigo no efectuó ningún movimiento hostil y el cónsul no llevó sus legiones a aquel país. Una vez se aseguró de que habría paz aquel año, licenció a los soldados de las dos legiones romanas a los dos meses de su llegada a su provincia. Los aliados latinos de su ejército fueron pronto llevados a sus cuarteles de invierno de Luna y Pisa, mientras él con su caballería visitaba la mayoría de las ciudades de la provincia de la Galia. No había guerra en parte alguna, excepto en Macedonia. Sin embargo, Gencio, el rey de los ilirios, había caído bajo sospecha. En consecuencia, el Senado emitió una orden para que se enviasen desde Brindisi a Isa ocho barcos completamente equipados y tripulados a Cayo Furio, quien con otros dos barcos proporcionados por los iseos, estaba al mando de la isla. Se embarcaron en los ocho barcos a dos mil soldados que habían sido alistados por el pretor Marco Recio, según órdenes del Senado, en aquella parte de Italia que se encuentra a Iliria. El cónsul Hostilio envió a Apio Claudio, con cuatro mil infantes, a Iliria para proteger a las poblaciones colindantes del Ilírico. No sintiéndose satisfecho con las fuerzas que había llevado con él, Claudio hizo que las ciudades aliadas le proporcionaran tropas y logró armar una fuerza de ocho mil hombres de diversa procedencia. Después de marchar por todo aquel territorio, se estableció en Ocrida [la antigua Licnido, al suroeste de la actual república de Macedonia, junto al lago del mismo nombre.-N. del T.] de los desarecios.

[43.10] No lejos de allí estaba el pueblo de Uscana [pudiera ser la actual Debar, o bien Kicevo.-N. del T.], que pertenecía al territorio y soberanía de Perseo. Tenía una población de diez mil habitantes y un pequeño destacamento de cretenses estaba allí de guarnición para protegerlo. Se presentaron a Claudio unos mensajeros, en secreto, asegurándole que si se acercaba a la ciudad habría gentes dispuestas a entregarla y que era algo que merecía la pena, pues con el botín podría enriquecerse no solo él, sino también sus amigos y los soldados. Claudio se cegó de tal manera con el cebo presentado a su codicia, que no detuvo a un solo mensajero, ni tampoco pidió rehenes como garantía de que no se produciría una traición durante el desarrollo del plan, y ni siquiera envió a nadie para reconocer el terreno ni insistió en que se hiciera un juramento para asegurarse la buena fe de los que le hacían la oferta. Simplemente, dejó Ocrida y avanzó el día señalado hasta un lugar situado a unas doce millas de la ciudad [17760 metros.-N. del T.], donde acampó. Emprendió la marcha al inicio de la cuarta guardia, dejando unos mil hombres para custodiar el campamento. Sus fuerzas alcanzaron la ciudad sin orden alguno, extendidos en una larga columna y escasos en número, habiéndose separado unos de otros durante la oscuridad de la noche. Su descuido aumentó al ver que no había hombres armados en las murallas. Sin embargo, en cuanto se pusieron a tiro de proyectil, desde ambas puertas se efectuó una salida simultánea. Por encima de los gritos de los que salían se elevó un terrible ruido desde las murallas, provocado por las mujeres que gritaban y golpeaban vasijas de bronce, mientras que en el aire resonaban los gritos discordantes de una muchedumbre de gentes del pueblo y esclavos. Estas visiones y sonidos terribles, que se multiplicaban desde todas direcciones, hizo que los romanos no pudieran soportar la primera salida que cayó sobre ellos como una tormenta. Murieron más durante la huida que en los combates, apenas dos mil hombres, entre los que estaba el propio Claudio, llegaron a alcanzar su campamento. La distancia que tenían que cubrir hacía más fácil para el enemigo el darles alcance, agotados como estaban. Apio ni siquiera permaneció en su campamento para reunir a los fugitivos, lo que habría permitido salvar a muchos que estaban dispersos por los campos, y condujo a los restos de sus fuerzas de vuelta a Ocrida.

[43,11] De estas y otras operaciones desafortunadas en Macedonia se tuvo noticia por Sexto Digicio, un tribuno militar que había llegado a Roma para ofrecer un sacrificio. Los senadores temían que se pudiera caer en alguna humillación aún peor, por lo que enviaron a Marco Fulvio Flaco y a Marco Caninio Rebilo a Macedonia para averiguar qué estaba ocurriendo y que les informasen. Se ordenó al cónsul Aulo Atilio que hiciera anunciar que las elecciones consulares se celebrarían en enero y que regresara a la Ciudad en cuanto le fuera posible. En el ínterin, el pretor Marco Recio se encargó de llamar de vuelta a Roma a todos los senadores de Italia, excepto a los que estaban a cargo de asuntos oficiales, así como de prohibir que ninguno de los que estaban en Roma se alejara más de una milla de la Ciudad. Se cumplió con todas estas disposiciones. Las elecciones consulares se celebraron el 28 de enero, siendo los nuevos cónsules Quinto Marcio Filipo, por segunda vez, y Cneo Servilio Cepión -169 a.C.-; dos días después fueron elegidos los pretores: Cayo Decimio, Marco Claudio Marcelo, Cayo Sulpicio Galo, Cayo Marcio Figulo, Servio Cornelio Léntulo y Publio Fonteyo Capito. Se les asignaron cuatro provincias, además de la pretura urbana, a saber: Hispania, Cerdeña, Sicilia y el mando de la flota.

Hacia finales de febrero regresaron de Macedonia los comisionados. Describieron estos los éxitos que había logrado Perseo durante el verano anterior y la alarma que sentían los aliados de Roma a ver las muchas ciudades que habían caído en manos del rey. El ejército del cónsul estaba muy reducido numéricamente, debido a la indiscriminada concesión de permisos a los soldados; el cónsul echaba la culpa de esto a los tribunos militares y estos se la echaban al cónsul. El Senado se dio cuenta de que los comisionados no daban importancia a la ignominiosa derrota de Claudio; entre quienes sucumbieron, se explicó, había muy pocas tropas italianas, y las de esta procedencia se habían alistado en una recluta apresurada. En cuanto los nuevos cónsules tomaron posesión del cargo, se les ordenó que presentasen la cuestión de Macedonia; Italia y Macedonia les fueron asignadas como provincias. Este año que terminaba -170 a.C.- fue uno intercalar, las calendas intercalares fueron insertadas dos días después de los Terminalia [el año del calendario de Numa, prejuliano, vigente hasta el 46 a.C., tenía 355 días; para hacerlo coincidir con el año solar, cada dos años se hacía terminar febrero el día 23 (o Terminalia, porque terminaba el año) y se añadía un mes conocido como intercalar, que duraba 27 y 28 días alternativamente. Así, cada año intercalar venía a tener 377 o 378 días. Los pontífices tenían facultad para darle el número de días que considerasen necesario, y abusaban de esta facultad según su interés o el de sus amigos; por esta razón terminaron trasladados los meses fuera de sus estaciones respectivas. Los meses de invierno en otoño y los del otoño en verano. Para corregir este desorden, suprimió Julio César su origen, el uso de las intercalaciones, y arregló el año según el curso del Sol.-N. del T.]. Durante su transcurso murieron los sacerdotes Lucio Flaminio … [hay aquí una breve laguna en la que constaría qué sacerdocio habría desempeñado y quién le sustituyó.-N. del T.] … fallecieron dos de los pontífices, Lucio Furio Filo y Cayo Livio Salinator; Los pontífices elegidos fueron Tiberio Manlio Torcuato en lugar de Furio y Marco Servilio en lugar de Livio.

[43,12] Cuando, a principios del nuevo año, los cónsules consultaron al Senado sobre sus provincias, se decidió que debían llegar a un acuerdo en cuanto fuera posible o sortear Macedonia e Italia. Antes de que la suerte emitiera su resultado y con la cuestión todavía indecisa, de manera que los prejuicios personales no pudieran influir en el Senado, se decretaron los refuerzos necesarios para cada provincia; a Macedonia irían seis mil infantes romanos y otros seis mil alistados entre los aliados latinos, así como doscientos cincuenta jinetes romanos y otros trescientos aliados. Se licenció a los soldados veteranos, de manera que no hubiera en cada legión romana más de seis mil infantes y trescientos jinetes. Para el otro cónsul, no se le determinó ninguna cantidad de ciudadanos romanos que pudiera elegir a modo de refuerzo; solo se le ordenó que alistase dos legiones, cada una con cinco mil doscientos infantes y trescientos jinetes. Para él se decretó una proporción mayor de tropas aliadas y latinas que para su colega: diez mil infantes y seiscientos jinetes. Se alistaría para el servicio a otras cuatro legiones adicionales, para llevarlas donde se requiriese. No se permitiría que los cónsules escogiesen los tribunos militares de estas legiones, sino que lo haría el pueblo. Se exigió a los aliados latinos que proporcionasen dieciséis mil soldados de infantería y mil de caballería. Se pretendía que esta fuerza estuviera simplemente dispuesta a partir a donde las circunstancias exigieran su presencia. Macedonia fue la causa principal de preocupación. Se alistaron mil ciudadanos romanos de la clase de los libertos y quinientos del resto de Italia para tripular la flota; el mismo número se alistaría en Sicilia, y el magistrado al que correspondiera aquella provincia recibió órdenes para llevarlos a Macedonia, allá donde estuviera la flota. Se enviaron tres mil soldados de infantería y trescientos de caballería para reforzar las fuerzas en Hispania. Se fijó para las legiones de allá el número de cinco mil doscientos infantes y trescientos jinetes. Se ordenó al pretor que tuviese el mando en Hispania que exigiera a los aliados cuatro mil soldados de infantería y trescientos de caballería.

[43,13] Soy muy consciente de que el espíritu indiferente, que en estos días hace que los hombres se nieguen a creer que los dioses nos advierten a través de signos, impide también que se haga público ningún presagio y que se registren en los anales. Pero según narro los acontecimientos de los tiempos remotos, me veo como poseído por el espíritu antiguo y un sentimiento religioso me obliga a considerar dignos de atención, y merecedores de un lugar en mis páginas, a aquellos acontecimientos que la sabiduría de nuestros mayores consideraron dignos de publicidad. En Anagnia se anunciaron aquel año dos prodigios: se había visto en el cielo una antorcha de fuego y una vaca había hablado; a la vaca se le estaba alimentando a costa del erario público. En Minturnas, el aspecto del cielo fue tal como si estuviera en llamas. En Rieti [la antigua Reate.-N. del T.] se produjo una lluvia de piedras. En Cumas, en la ciudadela, Apolo lloró durante tres días y tres noches. En Roma, los vigilantes de dos templos anunciaron portentos: uno declaró que una serpiente con crestas había sido vista por varias personas en el templo de la Fortuna; otro contó que se habían producido dos prodigios diferentes en el templo de la Fortuna Primigenia, en el Quirinal: había nacido una palmera en la explanada del templo y se había producido una lluvia de sangre durante el día. Se produjeron dos prodigios que no se tuvieron en cuenta, uno al suceder en terreno particular y otro por ocurrir en territorio extranjero. El primero fue notificado por Tito Marcio Figulo, que una palmera había nacido en el patio interior de su casa; el último lo contó Lucio Atreo, que dijo que en su casa de Fregellas, permaneció en llamas durante dos horas una lanza que había comprado para su hijo soldado, pero que ninguna parte de ella quedó consumida por el fuego. Los decenviros de los Libros Sagrados consultaron sobre aquellos portentos que afectaban al Estado y dieron los nombres de las divinidades a las que había que propiciar. Ordenaron que los cónsules debían sacrificar en expiación a cuarenta víctimas mayores; todos los magistrados debían unirse a la práctica de sacrificios similares en cada templo; que se ofrecieran rogativas especiales y que el pueblo se tocara con coronas. Se cumplieron escrupulosamente estas órdenes.

[43.14] A continuación se convocó la elección de censores. Se presentaban como candidatos algunos de los principales hombres de la república, como Cayo Valerio Levino, Lucio Postumio Albino, Publio Mucio Escévola, Marco Junio Bruto, Cayo Claudio Pulcro y Tiberio Sempronio Graco. Los dos últimos fueron elegidos censores por el pueblo de Roma. Aunque, debido a la guerra de Macedonia, se mostraba más cuidado del habitual en el alistamiento de tropas, los cónsules se quejaron en el Senado de que los más jóvenes de entre los plebeyos estaban evitando el reclutamiento. Los dos pretores, Cayo Sulpicio y Marco Claudio se encargaron de la defensa de la plebe. La dificultad se encontraba en los cónsules, y no porque fuesen cónsules, sino porque deseaban conquistar el afecto del pueblo y no alistaban a ningún soldado contra su voluntad. Para que los padres conscriptos pudiesen comprobar por sí mismos cuán cierto era esto, ellos se ofrecían a realizar el alistamiento, si el Senado lo aprobaba, aun cuando solo eran pretores y tenían mucha menos autoridad que los cónsules. El Senado dio su aprobación y encargó a los pretores de la tarea, no sin deshonra para los cónsules. Para reforzarles en esta medida, los censores anunciaron en una Asamblea del pueblo que harían una norma para la realización del censo por la que, además del juramento prestado por todos los ciudadanos, se debería contestar a las siguientes preguntas: «¿Eres menor de cuarenta y seis años de edad? ¿Te has presentado para ser alistado como exige el edicto de los censores, Cayo Claudio y Tiberio Sempronio? Mientras desempeñen el cargo estos censores, ¿te presentarás cada vez que se vayan a reclutar tropas, si no has sido alistado?» Además, debido a que muchos hombres de las legiones que estaban en Macedonia se encontraban ausentes del ejército, por haber concedido los comandantes, para lograr popularidad, permisos por toda clase de motivos dudosos, emitieron un decreto para que todos los soldados alistados durante el consulado de Publio Elio y Cayo Popilio, o después de él, y que se encontrasen por entonces en Italia, debían regresar a Macedonia en un plazo de treinta días después de haberse presentado ante los censores para apuntarse. Los que estuviesen bajo la autoridad de su padre o de su abuelo, deberían dar los nombres de estos a los censores. Los censores tenían intención de investigar los motivos de los licenciamientos y ordenar que se reincorporasen a filas aquellos que, según ellos, hubieran logrado la licencia como un favor. Se enviaron el edicto y la carta de los censores a todos los mercados y centros de reunión de Italia, acudiendo a Roma tal cantidad de jóvenes en edad militar que la multitud llegó a representar una grave carga para la Ciudad.

[43,15] Además de las fuerzas que tenían que alistarse como refuerzos, el pretor Cayo Sulpicio alistó otras cuatro legiones, quedando completo el reclutamiento en un plazo de once días. Entonces, los cónsules procedieron a sortear sus provincias; los pretores ya lo habían hecho anteriormente, al exigirlo la administración de justicia. La pretura urbana correspondió a Cayo Sulpicio y la peregrina a Cayo Decimio; Hispania fue para Marco Claudio Marcelo, Sicilia para Servio Cornelio Léntulo, Cerdeña para Publio Fonteyo Capito y el mando de la flota para Cayo Marcio Figulo. De las dos provincias consulares, Italia correspondió a Cneo Servilio y Macedonia a Quinto Marcio, quien partió en cuento finalizaron las Ferias Latinas. En cuanto a la consulta que efectuó Cepión al Senado, sobre cuáles dos de las cuatro legiones recién alistadas debía llevar con él a la Galia, el Senado decretó que los pretores Cayo Sulpicio y Marco Claudio entregarían al cónsul las legiones que quisieran de entre las que habían reclutado. El cónsul se indignó mucho por quedar así sometido a la voluntad de los pretores, levantó la sesión del Senado y, en pie ante la tribuna de los pretores, pidió que se le entregasen dos legiones según el senadoconsulto. Los pretores le dejaron la libertad de elegirlas. A continuación, los censores revisaron las listas del Senado. Nombraron a Marco Emilio Lépido como príncipe de la Cámara, y fueron los terceros censores en hacerlo así. Siete nombres fueron eliminados de la lista. Al revisar el censo de los ciudadanos, descubrieron a partir de los regresados cuántos hombres del ejército de Macedonia estaban ausentes de sus enseñas, los censores los obligaron a regresar a sus puestos. Investigaron los motivos del licenciamiento, exigiendo contestar, bajo juramento, la siguiente pregunta en todos los casos en que no aparecía ninguna causa justa para aquel: «¿Prometes, de buena fe y sin engaños, regresar a Macedonia en cumplimiento del edicto de los censores, Cayo Claudio y Tiberio Sempronio?»

[43.16] La revisión de las listas de los caballeros resultó especialmente rigurosa y estricta. Se privó a muchos del caballo y esto provocó el malestar de todo el orden ecuestre. El descontento así provocado se agravó por un edicto que publicaron los censores, mediante el que se prohibía a cualquiera que hubiera arrendado los impuestos públicos o hubiese tenido contratos de obras públicas, durante la censura de Cayo Claudio o Tiberio Sempronio, presentarse a subastas o convertirse en socio o partícipe en una adjudicación. A pesar de sus persistentes protestas, los antiguos publicanos no pudieran convencer al Senado para que impusiera restricciones al poder de los censores. Finalmente, consiguieron que un tribuno de la plebe, Publio Rutilio, que era enemigo de los censores por un asunto particular, defendiera su causa. Los censores habían ordenado a un cliente suyo, un liberto, que derribara un muro que daba a la Vía Sacra, frente a los edificios públicos, ya que había sido construido en un terreno de propiedad pública. El dueño apeló a los tribunos. Como ninguno, excepto Rutilio, interpusiera su veto, los censores hicieron que se cobrase una fianza y ante la Asamblea impusieron una multa al ciudadano particular. Se produjo una fuerte disputa y, cuanto los antiguos publicanos recurrieron al tribuno, este presentó de repente y en solitario una nueva medida por la cual quedaban anuladas todas las adjudicaciones de impuestos y obras públicas efectuadas por Cayo Claudio y Tiberio Sempronio; deberían hacerse de nuevo y todo el mundo podría tener la oportunidad de licitar en igualdad de condiciones. El tribuno fijó una fecha para que se votara la propuesta en la Asamblea. Al llegar el día, los censores se levantaron para oponerse a la medida; Se hizo el silencio mientras Graco estaba hablando, pero Claudio se hubo de enfrentar con interrupciones y murmullos, por lo que ordenó al heraldo que impusiera el silencio para que se le pudiera escuchar. Ante esto, el tribuno declaró que se le había desautorizado ante la Asamblea y abandonó de inmediato el Capitolio, donde se había reunido la Asamblea [nadie tenía derecho a ocupar la presidencia de una asamblea convocada por los tribunos, cosa que, según Aulo Gelio, sí se permitía a algunos magistrados en otras asambleas.-N. del T.]. Al día siguiente se dedicó a provocar graves disturbios. En primer lugar, consagró las propiedades de Tiberio Graco a los dioses infernales [esta «consagración» era empleada a veces por los tribunos como una manera de confiscación; desde ese momento, el propietario quedaba sin derecho sobre ellos. Pero se había abusado tanto de esta medida que, con frecuencia, no se hacía caso de ella.-N. del T.], pues al imponer una multa y embargar a un hombre que había apelado a un tribuno, no había respetado el derecho de veto y había menospreciado la autoridad tribunicia. Acusó formalmente a Cayo Claudio por haberle desautorizado ante la Asamblea, declarando que llevaría a juicio a ambos censores por alta traición, pidiendo al pretor urbano Cayo Sulpicio que fijara fecha para convocar a los comicios para conocer y pronunciarse sobre el caso. Los censores no se opusieron a que el pueblo les juzgara tan pronto como fuera posible, fijándose para el juicio por alta traición los días octavo y séptimo antes de las calendas de octubre. De inmediato subieron hasta el Atrio de la Libertad [el juicio había sido fijado para el veinticuatro y veinticinco de septiembre; el atrio de la libertad estaba en el Aventino y en él se encontraban los archivos y locales de los censores.-N. del T.], sellaron los registros, cerraron la oficina, despidieron a su personal y declararon que no gestionarían ningún asunto público hasta que el pueblo no hubiera emitido su veredicto. El caso de Claudio fue visto en primer lugar. Ocho de las doce centurias de caballeros y algunas otras de las otras de la primera clase lo condenaron a pagar una multa. No bien se tuvo conocimiento de esto, varios de los ciudadanos principales se quitaron sus anillos de oro y cambiaron sus ropas para dirigirse como suplicantes a la plebe. Se dice, no obstante, que el cambio de opinión se debió principalmente a Tiberio Graco. Cuando por todas partes se oían los gritos de la plebe exclamando que «Graco no estaba en peligro», este juró, usando la fórmula solemne, que si su colega resultaba condenado, él le acompañaría en su exilio sin esperar a su propio juicio. Poco faltó, no obstante, para que Claudio perdiera toda esperanza de absolución, pues solo faltaron los votos de ocho centurias para asegurar su condena. Absuelto Claudio, el tribuno declaró que no mantendría la acusación contra Graco.

[43.17] Llegó aquel año una delegación de Aquilea solicitando que se aumentara el número de colonos, haciéndose una lista de mil quinientas familias en virtud de un decreto del Senado. Los triunviros comisionados para asentar a estos colonos fueron Tito Annio Lusco, Publio Decio Subulo y Marco Cornelio Cetego. Los dos miembros de la embajada enviada a Grecia, Cayo Popilio y Cneo Octavio, dieron a conocer, primero en Tebas y luego por todas las ciudades del Peloponeso, la orden del Senado para que ninguna hiciera más contribución a los diversos magistrados romanos que las que hubiera fijado el Senado. Esta orden generó la esperanza de que en el futuro se aliviara a las ciudades del incesante drenaje que las cargas y gastos habían impuesto sobre ellas. Se dirigieron a continuación al Consejo de los aqueos, que se había reunido en Egisto para encontrarse con ellos, con el más amistoso de los ánimos; encontraron una recepción igualmente amistosa y abandonaron aquella leal nación dejándola completamente tranquila y segura en cuanto a su futura situación. Desde allí pasaron a Etolia, donde aunque no había ningún conflicto abierto todavía, reinaba un ambiente de general desconfianza y mutuas recriminaciones. Ante tales circunstancias, exigieron la entrega de rehenes, pero fueron incapaces de alcanzar ningún acuerdo. Marcharon desde allí a Acarnania, reuniéndose una asamblea en Tirreo [al sur de Limnea, la moderna Kervasará.-N. del T.] para encontrarse con ellos. También allí existía conflicto entre diversas facciones y algunos de sus líderes solicitaron que se pusieran guarniciones en sus ciudades para refrenar la locura de quienes trataban de arrastrarlos del lado de Macedonia; otros objetaban que sería una vergüenza para las pacíficas y amistosas ciudades que se las sometiera a la misma humillación que a las ciudades enemigas y a las capturadas en la guerra. Se consideró razonable esta objeción. Los embajadores regresaron a Larisa, junto al procónsul Hostilio, que era quien los había enviado. Este retuvo consigo a Octavio y mandó a Popilio, con unos mil soldados, a los cuarteles de invierno de Ambracia.

[43,18] [se produce aquí una vuelta atrás en la narración, situándonos en el invierno de 170-169 a.C.-N. del T.] En los primeros días del invierno, Perseo no se aventuró más allá de sus fronteras por temor a que los romanos lanzaran una invasión mientras él estaba ausente de su reino. Sobre mediados de invierno, sin embargo, cuando la nieve había bloqueado los puertos de montaña por el lado de Tesalia, pensó que era una buena oportunidad para aplastar las esperanzas y ánimos de sus vecinos; así no habría peligro para los macedonios por parte de aquellos, mientras él centraba toda su atención en la guerra contra Roma. Cotis garantizaba la paz desde el lado de Tracia y Céfalo, tras su repentina deserción de Roma, lo hacía por la parte del Epiro; los dárdanos habían visto doblegado su valor en la última guerra. Macedonia, según lo consideraba Perseo, quedaba expuesta solo a ataques desde Iliria. Los ilirios estaban cada vez más inquietos y estaban permitiendo el paso a los romanos; Perseo, por tanto, pensaba que si derrotaba a los ilirios más cercanos el rey Gencio, que durante tanto tiempo se había mostrado vacilante, podría convertirse en su aliado. En consecuencia, marchó hacia Estuberra con una fuerza de diez mil infantes, algunos pertenecientes a la falange, dos mil de infantería ligera y quinientos jinetes. Después de haber hecho provisión suficiente de trigo para varios días y dado orden de que le siguieran las máquinas de asedio, acampó cerca de Uscana, la mayor ciudad del territorio penestiano, tras una marcha de tres días. Antes de recurrir a la fuerza, sin embargo, envió emisarios para sondear la lealtad de los prefectos de la guarnición -que estaba compuesta por un destacamento romano junto a algunas tropas ilirias-, así como el sentir de los habitantes del lugar. Como sus emisarios no regresaron con palabras de paz, dio inicio al ataque y trató de capturar la plaza mediante un estrecho asedio. Día y noche, sin interrupción, las tropas se iban relevando, acercando algunos escalas de asalto a las murallas y tratando otros de incendiar las puertas. Los defensores, sin embargo, se defendían contra aquella tormenta desatada por los atacantes; esperaban que los macedonios no pudieran soportar mucho tiempo el invierno a la intemperie y que el ejército romano no dejaría que el rey se detuviera allí demasiado tiempo. Sin embargo, cuando vieron que acercaban manteletes y levantar las torres [de asalto.-N. del T.], cedieron en su resolución. Aparte del hecho de que su fuerza era inferior a la del enemigo, no les quedaban suministros bastantes ni de grano ni de otra cosa alguna, ya que no habían esperado un asedio. Como cualquier ulterior resistencia resultaba ahora inútil, el espoletino Cayo Carvilio y Cayo Afranio fueron enviados por la guarnición romana para pedir a Perseo que les dejara marchar con sus armas y pertenencias; si esto se rechazaba, le pedirían que les garantizara la vida y la libertad. El rey se mostró más generoso prometiendo que cumpliendo su promesa, pues tras decirles que podían salir y llevarse sus pertenencias, lo primero que hizo fue desarmarlos y luego les quitó la libertad. Después de la salida de los romanos, la cohorte de ilirios, que eran unos quinientos hombres, se rindió y luego lo hicieron los uscanenses, que rindieron su ciudad.

[43,19] Perseo situó una guarnición allí e hizo llevar a toda la población, casi igual en número a un ejército, a Estuberra. Las tropas romanas, en número de cuatro mil, con excepción de sus oficiales, fueron distribuidos entre diferentes ciudades para ser custodiados; los uscanenses y los ilirios fueron vendidos como esclavos. Después de esto, se llevó a su ejército contra los penestas para someter la ciudad de Oeneo [pudiera haber estado en el valle del Axio, donde ahora está la moderna Tetovo, en la actual república de Macedonia.-N. del T.] y ponerla bajo su autoridad, ya que tenía una situación muy conveniente para él por, entre otras cosas, resultar punto de paso hacia el territorio de los labeates, sobre quienes reinaba Gencio. Mientras estaba pasando ante una plaza fortificada y muy poblada llamada Draudaco; algunas personas que eran buenas conocedoras de aquellas tierras le aseguraron que no ganaría nada capturando Oeneo si Draudaco no estaba también en su poder, pues su posición resultaba más ventajosa en todos los sentidos. Mandó avanzar a sus tropas y la ciudad se rindió enseguida. Quedó entusiasmado al apoderarse del lugar mucho más rápidamente de lo que había esperado y, al ver el terror que provocaba la aproximación de su ejército, marchó a reducir otros once puestos fortificados en la misma forma. De ellos, muy pocos tuvieron que ser asaltados y el resto se rindió voluntariamente; se hizo prisioneros a mil quinientos soldados romanos que estaban destinados en estas fortalezas. El espoletino Carvilio le había resultado muy útil en las negociaciones de rendición al afirmar que ni él ni sus hombres habían sido tratados con crueldad o severidad. A continuación llegó ante Oeneo. Este lugar sólo podía ser tomado mediante un asedio en regla; era considerablemente más fuerte que los otros lugares, tanto por el número de sus defensores como por sus murallas. Por un lado estaba rodeada por el río Artato [no hay acuerdo sobre la identificación de este río: pudiera ser el Fani, el Velck o el Vardar.-N. del T.], y por el otro por una montaña muy elevada y casi intransitable. Estas ventajas proporcionaron a sus habitantes el valor para resistir.

Perseo circunvaló completamente la ciudad y empezó a construir sobre la parte más alta un terraplén que se elevara sobre las murallas. Mientras se procedía a terminar esta obra, se produjeron continuos combates y salidas en las que los habitantes trataban de defender sus propias murallas y, al mismo tiempo, impedir el progreso de las obras de asedio enemigas. Una gran parte de la población sucumbió a causa de diversos lances bélicos y los supervivientes no fueron de utilidad a causa de sus heridas y de los incesantes trabajos y esfuerzos, tanto durante el día como por la noche. En cuanto el terraplén quedó conectado a las murallas, la cohorte real, a quienes ellos llaman «nicatores» [los vencedores.-N. del T.], saltaron al interior mientras se escalaban las murallas por muchos puntos, lanzándose un ataque simultáneo contra todas las partes de la ciudad. Todos los hombres adultos fueron pasados a cuchillo, sus esposas y los niños fueron puestos bajo guardia y el resto del botín se entregó a los soldados. Después de esta victoria, regresó a Estuberra y envió a Pleurato, un ilirio que vivía exiliado junto a él, y al macedonio Adeo de Berea como embajadores ante Gencio. Sus instrucciones consistían en informar de las campañas de verano e invierno de Perseo contra los romanos y los dárdanos, dando cuenta también del resultado de su expedición invernal en Iliria. Debían instar a Gencio para que se aliara en amistad con él y los macedonios.

[43,20] Estos enviados cruzaron las cumbres del monte Escordo y se abrieron paso a través de las regiones desiertas de Iliria, que los macedonios habían despoblado mediante sus sistemáticos saqueos para impedir que los dárdanos encontrasen un paso fácil tanto hacia Iliria como hacia Macedonia. Finalmente, y con la mayor dificultad, llegaron a Escútari. El rey se encontraba en Alessio [la antigua Lissus, al norte de Dirraquio; Escútari es la antigua Scodra y el monte Escordo pudiera ser el actual Schar-Dagh.-N. del T.] Se les invitó a ir allí y se les escuchó amablemente mientras informaban de cuanto se les había ordenado que contaran. Su respuesta, sin embargo, fue una evasiva; les dijo que no le faltaba voluntad de participar en la guerra contra Roma, pero que tenía gran falta de dinero y que aquello le impedía acometer lo que deseaba. Llevaron esta respuesta al rey justo cuando este se encontraba dedicado a la venta de los prisioneros ilirios. Hizo que regresaran inmediatamente los mismos embajadores, acompañados por Glaucias, uno de los miembros de su guardia, pero sin hacer mención al dinero, que era lo único que podría arrastrar a la guerra a un bárbaro falto de recursos. Tras devastar Ancira, Perseo llevó su ejército a Penestia y se apoderó de Uscana, así como de todas las plazas fortificadas a su alrededor con sus guarniciones, tras lo cual regresó a Macedonia.

[43,21] Lucio Celio estaba al mando en Iliria como legado romano. No se atrevió a hacer ningún movimiento mientras el rey permaneció en aquella zona, pero tras su salida intentó recuperar Uscana de los macedonios que estaban de guarnición allí. Sin embargo, fue rechazado y resultaron heridos muchos de sus hombres, tras lo que llevó de vuelta sus fuerzas a Ocrida. Pocos días después, envió al fregelano Marco Trebelio a Penestia, con unas fuerzas bastante numerosas, para hacerse cargo de los rehenes de las ciudades que habían permanecido leales; debía luego pasar al territorio de los partinos, que también se habían comprometido a entregar rehenes. Ambas naciones se los entregaron sin presentarle dificultades. Los de los penestinos fueron enviados a Apolonia; los de los partinos se enviaron a Dirraquio, más conocido entonces por los griegos como Epidamno. Apio Claudio estaba ansioso por acabar con la vergüenza de su derrota en Iliria y se dirigió a atacar Fanote, que era una plaza fuerte del Epiro [cerca de la actual Kardhiq, al sur de la actual Albania.-N. del T.]. Llevó con él tropas de caonios y tesprotas, unos seis mil hombres, además del ejército romano. El intento fue un completo fracaso, pues Perseo había dejado allí a Clevas con una fuerte guarnición para defenderla.

Perseo por su parte, marchó hacia Elimea, y después de revistar su ejército en los alrededores de la ciudad, marchó hacia Estrato ante la llamada de los epirotas. Estrato era, por entonces, la ciudad más fuerte de Etolia; se encuentra más allá del Golfo de Ambracia, cerca del río Ínaco [afluente del Aqueloo.-N. del T.]. Debido a la estrechez y aspereza de los caminos, Perseo llevaba con él una fuerza relativamente pequeña de diez mil infantes y trescientos jinetes. Llegó al tercer día al monte Cicio que, debido a la nieve, le costó mucho cruzar; solo después de mucho trabajo pudo encontrar una posición adecuada para su campamento [puede tratarse del paso de Milia, a 1536 metros de altitud.-N. del T.]. Reanudó enseguida la marcha, más por la dificultad de permanecer allí que porque el camino o el clima fueran soportables; acampó al día siguiente, después de muchas penalidades y sufrimientos, en especial para los animales, junto a un templo dedicado a Júpiter, llamado Niceo [«vencedor».-N. del T.]. Desde allí efectuó una muy larga marcha hasta el río Arato, donde la profundidad del río le obligó a permanecer allí hasta que se pudo construir un puente. Una vez que sus tropas hubieron cruzado el río, avanzó en una marcha de un día y se encontró con Arquidamo, un magnate etolio que estaba intentando que se le entregara Estrato.

[43.22] Acampó aquel día en la frontera de Etolia y al día siguiente se presentó ante Estrato. Fijando su campamento cerca del río Ínaco, esperó expectante que los etolios salieran en tropel por todas las puertas implorando su protección. Pero se encontró con que las puertas estaban cerradas y que la noche antes de su llegada se había admitido al interior de la ciudad una guarnición romana bajo el mando del legado Cayo Popilio. Mientras Arquidamo estuvo en la ciudad, gozó de la suficiente influencia como para obligar al partido de los aristócratas a invitar al rey; sin embargo, una vez que partió para encontrarse con él, mostraron menos entusiasmo y dieron ocasión al partido opositor de hacer venir a Popilio desde Ambracia con mil soldados de infantería. También llegó Dinarco, el prefecto de la caballería de los etolios, en el momento justo con seiscientos infantes y cien jinetes. Estaba claro que había ido a Estrato con la intención de apoyar a Perseo, cambiando luego de idea al cambiar las circunstancias y uniéndose a los romanos a quienes venía a combatir. Rodeado de gente tan voluble, Popilio no descuidó ninguna precaución. Se hizo cargo inmediatamente de las llaves de las puertas y de la defensa de las murallas; trasladó a la ciudadela, con la aparente misión de defenderla, a Dinarco y sus etolios, así como a los jóvenes de Estrato. Perseo intentó parlamentar desde las colinas que dominaban la parte alta de la ciudad, pero cuando vio que su determinación era inquebrantable y que incluso le impedían avanzar más mediante el lanzamiento de proyectiles, se retiró a un lugar distante cinco millas de la ciudad, al otro lado del río Petitaro, donde fijó su campamento [a unos 7400 metros; el Petitaro pudiera ser el actual Kriekuki, afluente del Aqueloo.-N. del T.]. Una vez aquí, celebró un consejo de guerra. Arquidamo y los tránsfugas epirotas le insistían para que permaneciera allí, pero los jefes macedonios eran de la opinión de que no debía enfrentarse a las inclemencias de la estación sin reservas de suministros, pues los sitiadores sufrirían los efectos de la escasez antes que los sitiados. Lo que más inquietaba a Perseo era que los cuarteles de invierno del enemigo no estaban muy lejos, por lo que trasladó su campamento a Aperancia. Arquidamo gozaba de gran influencia y popularidad entre los aperantos, por lo que aquellas gentes dieron buena acogida a la presencia entre ellos de Perseo. -N. del T.], que quedó allí con una fuerza de ochocientos hombres.

[43.23] El retorno del rey de Macedonia provocó tantos sufrimientos a hombres y bestias como los padecidos durante la ida. Sin embargo, la noticia de la marcha de Perseo hacia Estrato bastó para que Apio abandonara el asedio de Fanote. En su retirada fue perseguido por Clevas, quien con un destacamento de jóvenes fuertes e incansables lo siguió por las casi intransitables estribaciones de la cordillera, dando muerte a unos mil hombres que iban retrasados y haciendo prisioneros a doscientos. Apio logró salir de aquellos desfiladeros, permaneciendo algunos días acampado en lo que se conoce como llanura de Meleón. Clevas, que mientras tanto se había sumado a Filostrato, quien tenía el mando de una fuerza de seiscientos epirotas, invadió el territorio de Saraqinisht [la antigua Antigonea, en Albania.-N. del T.]. Los macedonios salieron a saquear el territorio y Filostrato, con su cohorte, se apostó emboscado en un paraje sombrío. Cuando las tropas de Saraqinisht salieron para atacar a los saqueadores que estaban dispersos, se precipitaron en la vaguada donde estaban emboscados los enemigos; murieron unos seiscientos e hicieron prisioneros a unos cien de ellos. Habiendo logrado el éxito en todas partes, trasladaron su campamento cerca del campamento permanente de Apio, para impedir que el ejército romano pudiera causar ningún daño a las ciudades que eran aliadas suyas. Cansado Apio de perder inútilmente el tiempo en aquel territorio, mandó a sus casas a los caonios, trespocios y demás epirotas que tenía con él; regresó a Iliria con sus soldados italianos y los repartió por cuarteles de invierno en las distintas ciudades, regresando él a Roma para ofrecer un sacrificio. Perseo retiró a mil infantes y doscientos jinetes de Penestia, enviándolos como guarnición a Casandrea. Regresaron los embajadores que había enviado nuevamente a Gencio, con la misma respuesta, pero Perseo persistió en enviar embajadores nuevos una vez tras otra; veía claramente lo valioso que le resultaría su apoyo, pero no fue capaz de decidirse a invertir dinero en una empresa que tenía la mayor importancia en todos los aspectos.

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