Tito Livio, La historia de Roma – Libro VIII (Ab Urbe Condita)

Tito Livio, La historia de Roma - Libro octavo: La Guerra samnita Primera y la estabilización del Lacio. (Ab Urbe Condita).

La historia de Roma

Tito Livio

Tito Livio (59 a. C. – 17 d. C.) fue un escritor romano de finales de la República y principios del Imperio hoy famoso por su monumental trabajo sobre la Historia de Roma desde su fundación, o, en latín, Ab Urbe Condita Libri (Libros desde la fundación de la Ciudad). Nacido en la actual Padua, se muda con fines académicos a Roma a la edad de 24 años, ciudad donde es encargado con la educación de Claudio, el futuro emperador. Su obra original comprende los tiempos que van desde la fundación de Roma en 753 a. C. hasta la muerte de Druso el Mayor en 9 a. C. Solo un cuarto de la obra ha llegado a nuestros días (35 de 142 libros) habiéndose el resto de los mismos perdido en las arenas del tiempo. Los libros que han llegado relativamente intactos a nuestros días son los libros I a X y XXI a XLV. Para mayor información sobre la obra, el contexto histórico y político de la misma e información sobre los libros perdidos y su hallazgo durante el medioevo, dirígete al siguiente artículo: La Historia de Roma desde su fundación.

La historia de Roma

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Libro octavo

La Guerra samnita Primera y la estabilización del Lacio – (341 – 321 a. C.)

[8,1] Al llegar los mensajeros de Sezze y Norba, quejándose de la derrota que habían sufrido a manos de los rebeldes privernenses, el consulado era desempeñado por Cayo Plaucio, por segunda vez, y por Lucio Emilio Mamerco -341 a.C.-. Llegaron también noticias de que un ejército de volscos, dirigido por el pueblo de Anzio, se había concentrado en Sátrico. Ambas guerras fueron encomendadas a Plaucio. Marchó primero a Priverno y se enfrentó inmediatamente al enemigo, que fue derrotado sin mucho problema. Se capturó la ciudad y se devolvió a los privernenses después de situar en ella una fuerte guarnición; se les confiscó las dos terceras partes del territorio. Luego, el ejército victorioso se dirigió contra los anciates, en Sátrico. Allí se libró una batalla donde hubo un terrible derramamiento de sangre en ambos bandos y, mientras el resultado estaba aún indeciso, la noche separó a los combatientes. Los romanos no estaban en absoluto desalentados por lo indeciso de la batalla y se prepararon para combatir al día siguiente. Los volscos, después de comprobar sus pérdidas durante los combates, no estaban en absoluto ansiosos por correr ningún riesgo; considerándose derrotados, partieron apresuradamente hacia Anzio durante la noche, dejando a sus heridos y aparte de sus bagajes detrás. Se encontró una inmensa cantidad de armas, tanto entre los muertos en combate como en el campamento. Se dice que el cónsul las ofreció a Lua Mater [antigua divinidad itálica de la Expiación; se la identificaba con Némesis y a ella, después de a Marte y a Belona, se ofrendaban las armas capturadas en las batallas.- N. del T.]. A continuación, devastó los territorios enemigos hasta la orilla del mar. Cuando el otro cónsul penetró en territorio sabeliano, se encontró con que los samnitas no tenían campamento ni legiones para enfrentarle. Mientras estaba arrasando sus campos a fuego y espada, llegaron hasta él embajadores para pedir la paz, remitiéndolos al Senado. Tras darles autorización para presentar su caso, dejaron de lado sus formas truculentas y pidieron que se les concediese la paz y el derecho a hacer la guerra contra los sidicianos. Consideraban que tenían plena justificación para hacer esta petición, ya que tenían antiguas relaciones de amistad con Roma, de cuando sus asuntos iban bien, y no como en el caso de los campanos, que buscaron su amistad en la adversidad; también porque ya habían tomado las armas contra los sidicianos, que siempre habían sido sus enemigos y nunca habían sido amigos de Roma; que no buscaron, como los samnitas, su amistad en tiempo de paz, ni como los campanos, que les pidieron ayuda en tiempo de guerra y que no estaban bajo la protección y soberanía de Roma.

Nota: los nombres de las personas y los pueblos han sido castellanizados según las convenciones de la RAE. Las unidades de medición, no obstante, han sido conservadas. Puede utilizar la siguiente tabla de equivalencias como referencia.

[8,2] El pretor, Tito Emilio, llevó estas exigencias ante el Senado, y se decidió que se les renovaría el antiguo tratado. La respuesta dada entonces por el pretor fue en el sentido de que no era culpa del pueblo romano que la amistad con ellos no hubiera seguido intacta, y no había objeción alguna a que se restableciera por estar ellos cansados de una guerra en la que estaban por su propia culpa. En cuanto a los sidicianos, no harían nada para impedir a los samnitas que hiciesen la paz o la guerra. Después de acordarse el tratado, se retiró en seguida el ejército romano. Los hombres habían recibido una paga de un año y raciones para tres meses, como había dispuesto el cónsul, para dar un tiempo de armisticio hasta que volvieran los embajadores. Los samnitas avanzaron contra los sidicianos con las mismas tropas que habían empleado en la guerra contra Roma, y tenían muchas esperanzas en una pronta captura de la ciudad. Entonces, por fin, los sidicianos tomaron la medida de entregarse a sí mismos a Roma. El Senado lo rechazó, pues lo habían hecho demasiado tarde y forzados por la extrema necesidad. Entonces, se entregaron a los latinos, que estaban ya en armas por su propia cuenta. Ni siquiera los campanos rechazaron tomar parte en aquel movimiento hostil, pues era mayor su irritación por las ofensas infligidas por los samnitas que la bondad que les mostró Roma. Un inmenso ejército, compuesto de estas naciones y bajo el mando de los latinos, invadió el país samnita y produjo, de hecho, más daños mediante los saqueos que por los combates. Aunque los latinos demostraron ser superiores en diferentes encuentros, no estaban dispuestos a retirarse del territorio de un enemigo con el que no luchaban muy a menudo. Esto dio tiempo para que los samnitas enviaran emisarios a Roma. Cuando se les dio audiencia, se quejaron al Senado de que estaban sufriendo más ahora, que tenían un tratado que antes de tenerlo, cuando eran enemigos; les pedían con la mayor humildad que se dieran por satisfechos con haberles arrebatado la victoria sobre campanos y sidicianos y que no permitieran, además, que fuesen conquistados por pueblos más cobardes que ellos. Si los latinos y los campanos estaban realmente bajo la soberanía de Roma, deberían ejercer su autoridad para mantenerlos fuera de las tierras samnitas o, si rechazaban tal soberanía, debían obligarlos por la fuerza. Recibieron una respuesta ambigua, pues el Senado se limitó a reconocer que los latinos ya no aceptaban su autoridad y, por otra parte, temía que si los reprimían, se pudieran separar de Roma por completo. Las circunstancias de los campanos eran muy diferentes; no les ataba un tratado de amistad sino los términos de una rendición, así que debían mantenerse tranquilos quisieran o no. Nada había en su tratado con los latinos que les impidiera hacer la guerra a quien quisieran.

[8,3] Con esta respuesta despidieron a los samnitas, inciertos de lo que fuesen a hacer los romanos. Sin embargo, su efecto fue que alejó completamente a los campanos, que ahora se temían lo peor, e hizo a los latinos más decididos que nunca, ya que los romanos rechazaron hacer más concesiones. Bajo el pretexto de prepararse para la guerra samnita, éstos celebraban frecuentes reuniones de su consejo nacional y, en todas ellas, sus jefes preparaban los planes secretos para la guerra contra Roma. Los campanos también tomaron parte en este movimiento contra sus salvadores. Pero a pesar del cuidadoso secreto con que llevaron todo, pues querían desalojar a los samnitas de su retaguardia antes de que los romanos hicieran cualquier movimiento, algunos que tenían amigos y familia en Roma enviaron pistas sobre la coalición que se estaba formando. Se ordenó dimitir a los cónsules antes de la expiración de su año de mandato, para que se pudiesen elegir nuevos cónsules en fecha anterior a la vista de guerra tan formidable. Se presentaron dificultades religiosas, para dar curso a la celebración de las elecciones, por aquellos cuyo mandato había sido restringido, de modo que comenzó un interregno. Había dos interreges, Marco Valerio y Marco Fabio. El último eligió a Tito Manlio Torcuato, por tercera vez, y a Publio Decio Mus como cónsules. Al parecer, fue este año -340 a.C.-, cuando Alejandro, rey de Épiro, desembarcó en Italia, y no hay duda de que, de haber tenido éxito bastante al inicio, la guerra se habría extendido hasta Roma. Esta, también, fue la época de los logros de Alejandro Magno, hijo de la hermana de este hombre quien, habiéndose mostrado invencible en la guerra en otra región del orbe, fue doblegado, siendo aún un hombre joven, por la enfermedad. Aunque no podía haber duda en cuanto a la rebelión de sus aliados, la liga Latina, todavía, como si estuvieran preocupados por los samnitas y no por ellos mismos, los romanos invitaron a diez notables de la Liga a Roma para darles instrucciones sobre lo que deseaban. El Lacio, en ese momento, tenía dos pretores: Lucio Annio, de Sezze, y Lucio Numisio, de Cerceii [actual San Felice Circeo.- N. del T.], ambos pertenecientes a los colonos romanos. Por obra de estos hombres, no solo Segni y Velletri [antiguas Signia y Velitrae.- N. del T.], ellas mismas colonias romanas, sino también los volscos, habían sido instigados para tomar las armas. Se decidió que debería ser convocadas expresamente por su nombre. Nadie tenía la menor duda en cuanto a la razón de esta invitación. En consecuencia, antes de su partida se celebró una reunión de su consejo; informaron a los presentes de que el Senado les había pedido que fueran a Roma, y les pedían que decidieran qué respuesta debían dar respecto a los asuntos que tenían razones para suponer que se discutirían.

[8,4] Después que se hubieran expresado varias opiniones, Annio dijo lo siguiente: «A pesar de que fui yo quien os planteó la pregunta sobre qué respuesta debía darse, creo que es aún más importante para los intereses del Estado el decidir qué se debe hacer más que lo que se deba decir. Cuando se desarrollen nuestros planes, será mucho más fácil encajar las palabras con los hechos. Si incluso ahora somos capaces de someternos a servidumbre, bajo el pretexto oculto de un tratado en igualdad de condiciones, ¿qué se nos pide sino que abandonemos a los sidicianos y nos pongamos a las órdenes, no ya de los romanos, sino también de los samnitas, y que digamos a los romanos que depondremos nuestras armas siempre que nos intimiden a su voluntad? Pero si vuestro corazón está, al fin, tocado por algún anhelo de independencia; si realmente existe un tratado, una alianza, una igualdad de derechos; si somos libres de vanagloriarnos de que los romanos son de nuestra misma nación, aunque alguna vez nos hayamos avergonzado de ello; si nuestro ejército, que cuando se une al suyo dobla su fuerza y al que los cónsules no licencian cuando dirigen guerras que sólo a ellos importan; si, como digo, ese ejército es en realidad el ejército de sus aliados, entonces ¿por qué no estamos en pie de igualdad en todos los aspectos? ¿Por qué no se elige un cónsul de entre los latinos? Aquellos que poseen la mitad de la fuerza, ¿no deben poseer la mitad del gobierno? Esto no es, en sí mismo, demasiado honor para nosotros, ya que reconocemos a Roma como capital del Lacio, pero lo hemos hecho parecer así por nuestra prolongada paciencia».

«Si alguna vez habíais esperado la oportunidad de ocupar vuestro lugar en el gobierno y hacer uso de vuestra libertad, ahora es el momento; esta es la oportunidad que os ha ofrecido vuestro propio valor y la bondad de los dioses. Habéis tentado su paciencia al negaros a proporcionar tropas. ¿Quién duda que estarán intensamente irritados al haber roto nosotros una costumbre de más de dos siglos? Sin embargo, arrostraron la molestia. Hemos librado una guerra con los pelignos por cuenta propia; ellos, que antes no nos concedían el derecho de defender nuestras propias fronteras, no han intervenido. Se enteraron de que los sidicianos fueron acogidos bajo nuestra protección, que los campanos se rebelaron contra ellos y a favor nuestro, que estábamos alistando un ejército para combatir contra los samnitas, con los que tenían un tratado, y no se movieron de su Ciudad. ¿A qué se debió tan extraordinaria moderación sino a saber cuál era nuestra fuerza y cuál la suya? Sé de buena fuente que cuando los samnitas fueron a exponerles sus quejas contra nosotros, recibieron una respuesta del senado romano por la que resultaba evidente que ellos no reclamaban que el Lacio estuviera bajo la autoridad de Roma. Convertid en efectivos vuestros derechos insistiendo en lo que os reconocen tácitamente. Si alguien teme decir esto yo declaro mi disposición a decirlo, no sólo en los oídos del pueblo romano y de su Senado, sino en los oídos del mismo Júpiter que habita en el Capitolio, y a decirles que si quieren que sigamos siendo aliados, deben aceptar que un cónsul sea de los nuestros, así como la mitad de su Senado». Su discurso fue seguido por un general grito de aprobación, y se le facultó para hacer y decir cuanto considerase oportuno para promover los intereses del estado del Lacio y de su propio honor.

[8,5] A su llegada a Roma, el Senado se reunió y les concedió una audiencia. Tito Manlio, el cónsul, actuando según las instrucciones del Senado, les recomendó no hacer la guerra a los samnitas, con quienes los romanos tenían un tratado; ante esto, Annio, como si fuese un conquistador que hubiera capturado el Capitolio por las armas en lugar de un embajador protegido por el derecho de gentes, dijo: «Es ya hora, Tito Manlio y senadores, de que dejéis de tratarnos como si fueseis nuestros soberanos; ved que el estado del Lacio ha llegado por la bondad de los dioses a una situación de lo más floreciente, tanto en población como en poderío militar, con los samnitas derrotados, los sidicianos y campanos aliados nuestros y aún a los volscos haciendo causa común con nosotros, y mientras que vuestras propias colonias prefieren el gobierno del Lacio al de Roma. Pero ya que no os podéis hacer a la idea de dejar vuestras imprudentes reclamaciones de soberanía, y aunque nosotros somos lo bastante capaces de para afirmar la independencia del Lacio por la fuerza de las armas, llegaremos tan lejos, en el reconocimiento de la igualdad de nuestras naciones, como para ofrecer la paz en igualdad de derechos para ambos, ya que a los dioses ha complacido otorgar igualdad de fuerzas a ambos. Un cónsul deberá ser elegido de Roma y el otro del Lacio; el Senado deberá tener un número igual de miembros de ambas naciones; deberá haber una nación, una república. Y para que pueda haber una sede del gobierno y un único nombre para todos, y para que ambos lados hagan alguna concesión, dejaremos, para que esta Ciudad tenga realmente preferencia, que nos llamen a todos Romanos».

Pero ocurría que los romanos tenían en su cónsul, Tito Manlio, a un hombre tan orgulloso y apasionado como Annio. Se puso tan furioso que declaró que si el Senado se volvía tan loco como para aceptar tales condiciones de un hombre de Sezze, se llegaría a la Curia con la espada desenvainada y daría muerte a cualquier latino que encontrase allí. Luego, volviéndose a la imagen de Júpiter, exclamó: «Oye, Júpiter, estas abominables palabras! ¡Oídlas, oh Justicia y Derecho! ¡Tú, Júpiter, como si hubieras sido conquistado y hecho prisionero, has de ver en tu templo cónsules extranjeros y un extranjero Senado! ¿Eran éstos, oh latinos, aquellos términos del tratado que Tulio, rey de Roma, hizo con vuestros padres de Alba, o el que Lucio Tarquinio hizo después con vosotros? ¿Habéis olvidado la batalla en el lago Regilo? ¿Ya no recordáis nada de vuestras derrotas en los viejos tiempos y de nuestra bondad para con vosotros?».

[8,6] A estas excitadas palabras siguió la indignada protesta del Senado, y está registrado que mientras todas las manos clamaban a los dioses, a los que los dioses invocaban continuamente como garantes de los tratados, se oyó la voz de Annio despreciando la divina majestad del Júpiter de Roma. En todo caso, cuando, en medio de una tormenta de pasiones, él se dirigió fuera del pórtico del templo, rodó por los escalones y se golpeó la cabeza tan fuertemente contra el último escalón que quedó inconsciente. Como no todos los autores declaran que resultase muerto, yo también lo dejaré en la duda; como también la circunstancia de que una tormenta, con gran aparato de ruido celeste, tuvo lugar al apelarse a los dioses por la ruptura de los tratados; pues ambas pueden ser ciertas, pero también pueden ser una oportuna invención para justificar la ira de los dioses. A Torcuato le encargó el Senado conducir fuera a los embajadores y, cuando vio a Annio en el suelo, exclamó lo bastante algo para que le oyesen pueblo y senadores por igual: «¡Bien está. Los dioses han iniciado una guerra justa! ¡Está con nosotros el espíritu celeste; con nosotros el Gran Júpiter! ¡No en vano los hemos consagrado en la morada brillante, oh Padre de los dioses y de los hombres! ¿Por qué dudáis, Quirites, y vosotros, senadores, en tomar las armas cuando os guían los dioses? Derribaré las legiones latinas tal y como veis aquí derribado a su enviado». Las palabras del cónsul fueron recibidas por el pueblo con un fuerte aplauso y los elevó a tal grado de excitación que, cuando los enviados tomaron su camino de salida, debieron su seguridad más a la atención de los magistrados, que por orden del cónsul les acompañaron para protegerlos de los ataques de la plebe enfurecida, que a cualquier respeto que se sintiese por el derecho de gentes.

Habiendo sido decidida la guerra tanto por el Senado como por el pueblo, los cónsules alistaron dos ejércitos y se dirigieron a través de los territorios de los marsos y los pelignos, donde se les unió un ejército de samnitas. Asentaron su campamento en Capua, donde los latinos y sus aliados se habían reunido. Se dice que, mientras estaban allí, cada cónsul tuvo la misma visión en la quietud de la noche. Una forma más grande y más terrible que cualquier forma humana se les apareció y anunció que el comandante de un ejército y el ejército del otro bando estaban destinados como sacrificio a los dioses Manes y la Madre Tierra. Cualquiera que fuese el jefe que ofrendara las legiones de sus enemigos y a sí mismos a aquellas deidades, su ejército y su pueblo obtendrían la victoria. Cuando los cónsules compararon juntos estas visiones nocturnas, decidieron que se debían sacrificar víctimas para evitar la ira de los dioses y, además, que si, al inspeccionarlas, auguraban lo mismo que la visión había anunciado, uno de los dos cónsules cumpliría con su destino. Cuando las respuestas de los arúspices, tras haber inspeccionado las víctimas, demostraron que se correspondían con su secreta creencia de lo que habían visto, convocaron a los generales y tribunos y les dijeron que explicasen públicamente a los soldados lo que habían decretado los dioses, para que la muerte voluntaria del cónsul no produjera pánico en el ejército. Acordaron entre sí que, cuando cualquiera de los ejércitos empezase a ceder, el cónsul al mando del mismo se ofrendaría a sí mismo en nombre del pueblo romano y de los Quirites. El consejo de guerra decidió también que, si alguna vez se había conducido una guerra con el cumplimiento estricto de las órdenes, en esta ocasión, sin duda, la disciplina militar debía ser devuelta a sus antiguos usos. Su inquietud se acrecentaba por el hecho de que era contra los latinos contra quienes iban a combatir, un pueblo semejante a ellos en lengua, costumbres, armas y, especialmente, en su organización militar. Habían sido colegas y camaradas, como soldados, centuriones y tribunos, a menudo situados juntos en las mismas posiciones y en los mismos manípulos. Para que nada de esto diera como resultado un error o confusión, se dieron órdenes para que nadie fuera a dejar su puesto de combate ante el enemigo.

[8,7] Entre los prefectos de las turmas que habían sido enviadas por todas partes para efectuar un reconocimiento, estaba Tito Manlio, el hijo del cónsul. Había salido con sus hombres hasta el campamento enemigo y no estaba ni a un tiro de piedra de su posición más cercana, donde se hallaba la caballería túscula, cuando Gémino Mecio, hombre de gran reputación entre su propia gente, reconoció a la caballería romana con el hijo del cónsul a su frente, pues todos ellos, en especial los hombres distinguidos, se conocían entre sí. Abordando a Manlio le dijo: «¿Vas a conducir la guerra contra los latinos y sus aliados sólo con tus tropas? ¿Qué van a hacer los cónsules y ambos ejércitos mientras tanto?» «Aquí estarán a su debido tiempo», replicó Manlio, «y con ellos Júpiter, el grande y poderoso, será testigo de vuestra violación de la fidelidad. Si luchamos en el lago Regilo hasta que tuvisteis suficiente, con más razón lograremos también aquí impediros encontrar demasiado placer en enfrentaros a nosotros en batalla». En respuesta, Gémino se adelantó un poco y dijo: «¿Estás dispuesto, antes de que llegue el día de poner en marcha a vuestros ejércitos para tan gran esfuerzo, de enfrentarte conmigo para que el resultado de nuestro combate singular demuestre cuánto más es superior un jinete latino a otro romano?». Ya fuera empujado por la ira o por la vergüenza de declinar el desafío, o arrastrado por el irresistible poder del destino, el esforzado joven olvidó la orden del cónsul y la obediencia debida a su padre y se lanzó de cabeza a un combate en el que tanto la victoria como la derrota resultarían igualmente fatales. El resto de la caballería se retiró para seguir como espectadores la pelea; los dos combatientes eligieron un espacio despejado en el que cargaron uno contra otro al galope tendido con las lanzas niveladas. La lanza de Manlio pasó por encima del casco de su adversario y la de Mecio atravesó el cuello del caballo del otro. Dieron vueltas con sus caballos, y Manlio fue el primero en lograr un segundo ataque, dando una lanzada entre las orejas del caballo. Al sentirse herido, el caballo retrocedió, sacudió la cabeza con violencia y lanzó a su jinete. Mientras trataba de montar tras su pesada caída, apoyándose en su lanza y escudo, Manlio le atravesó el cuerpo con su lanza y le clavó en la tierra. Después de despojar el cuerpo volvió con sus hombres, y en medio de gritos exultantes entraron al campamento y se dirigió directamente donde su padre, en la tienda del pretorio, ignorando lo que le esperaban por su hazaña, si alabanzas o castigo. «Padre mío», dijo, «para que todos puedan decir que desciendo verdaderamente de tu sangre, te traigo estos despojos ecuestres, tomados de un enemigo muerto, que me retó a combate singular. Al oír esto, el cónsul se apartó de su hijo y ordenó que la trompeta tocara a Asamblea.

[8,8] Los soldados se reunió en gran número y el cónsul comenzó: «Ya que tú, Tito Manlio, no has mostrado ningún respeto ni por la autoridad de un cónsul ni por la obediencia debida a un padre, y en desafío de nuestro edicto has dejado tu puesto para luchar contra el enemigo, y has hecho todo lo posible para destruir la disciplina militar por la cual el estado romano se ha mantenido hasta ahora inquebrantable, y me has obligado forzosamente o a olvidar mi deber para con la república o mi deber para conmigo y mi hijo, es mejor que suframos nosotros mismos las consecuencias por nuestras ofensas a que el Estado tenga que expiar nuestro crimen sufriendo graves consecuencias. Seremos un ejemplo triste, pero será uno provechoso a todos los jóvenes del futuro. Mi amor natural por mis hijos y esta prueba de valor que has ofrecido a partir de un falso sentido del honor, me mueven a excusarte; pero ya que la autoridad consular debe ser vindicada con tu muerte o abrogada para siempre si te dejamos sin castigo, quiero creer que ni tú mismo, si hay una gota de sangre mía en tus venas, te encogerás para restaurar, con tu castigo, la disciplina militar que se ha debilitado con tu mala conducta. Ve, lictor, átalo al poste». Todos estaban paralizados por una orden tan cruel; se sentían como si el hacha se dirigiese contra cada uno de ellos; el miedo, más que la disciplina, les mantenía inmóviles. Por unos momentos se quedaron paralizados, en silencio; luego, de repente, cuando vieron la sangre que manaba de su cuello cortado, sus voces se elevaron con una amarga e inacabable protesta; no excusaron lamentos ni maldiciones. El cuerpo de la joven, cubierto con su botín, fue incinerado en una pira levantada fuera de la empalizada, con todos los honores funerarios que la devoción de los soldados pudo pagar. Las «Órdenes Manlias», no sólo fueron vistas con horror en aquel momento, sino que fueron consideradas como un terrible precedente en lo futuro.

La terrible severidad del castigo, sin embargo, hizo que los soldados fuesen más obedientes a su jefe, y no sólo esto llevó a que se pusiera más atención en los piquetes y en los deberes de centinela y la disposición de los puestos avanzados, sino que cuando fueron a la batalla para el combate final, esta severidad demostró ser un gran servicio. La batalla fue exactamente como si se luchara en una guerra civil; nada había distinto en el ejército latino del romano, excepto su valor. Al principio, los romanos utilizaban el escudo redondo grande llamado clípeo; más tarde, cuando los soldados recibieron un salario, fue adoptado el escudo oblongo, más pequeño, llamado scutum [de ahí la palabra castellana genérica escudo; en esta traducción mantendremos el término latino para distinguirlo de los otros muchos tipos de escudos existentes: parmas, rodelas, adargas, etcétera.- N. del T.]. La formación en falange, similar a la macedonia de los primeros días, fue abandonada en favor de la formación en manípulos; la parte posterior se dividió en unidades más pequeñas y cada una tenía sesenta hombres, con dos centuriones y un portaestandarte. La línea más importante estaba compuesta por los asteros, dispuestos en quince manípulos y formados a corta distancia unos de otros. Uno de estos estaba formado por veinte soldados armados a la ligera y los demás portando el scutum; los llamados ligeros llevaban una lanza larga (hasta) y varias jabalinas cortas de hierro. Esta línea de vanguardia la formaban los jóvenes en la flor de la juventud, justo al cumplir la edad suficiente para el servicio. Tras ellos forma un número igual de manípulos, llamados príncipes, compuestos por hombres en su pleno vigor vital, todos portando scutum y equipados con panoplia completa. Esta formación de treinta manípulos era llamada los antepilanos. Detrás de ellos estaban los estandartes bajo los que formaban quince manípulos, divididos en tres filas, cada una con su vexillum; a las primeras se las llamaba pilum; cada vexillum estaba dividido en tres unidades [es decir, que el tipo de estandarte empleado daba nombre al tipo de unidad.- N. del T.] con sesenta hombres, dos centuriones y un portaestandarte con su vexillum, en total ciento ochenta y seis hombres [deberían ser 187, pero Livio parece no contar al portaestandarte como miembro de la unidad.- N. del T.] El primer estandarte era seguido por los triarios, veteranos de probado valor; el segundo por los rorarios, hombres de menor habilidad por su edad y disposición; al tercero lo seguían los accensi [se deja el término latino porque el castellano correspondiente «supernumerario», al aplicarse a un militar, significa que se encuentra en excedencia y no presta servicio propio de su empleo.- N. del T.], de los que menos se esperaba y que, por tanto, se situaban en la línea más retrasada.

Cuando quedaba dispuesta la formación de batalla del ejército, los asteros eran los primeros en combatir. Si no lograban rechazar al enemigo, se iban retirando lentamente a través de los intervalos entre las unidades de los príncipes, que se hacían cargo entonces del combate con los asteros siguiéndoles por detrás. Los triarios, entre tanto, descansaban con una rodilla en tierra, bajo sus estandartes, con sus scuta sobre sus hombres y sus lanzas clavadas en el suelo con las puntas hacia arriba, haciéndoles parecer una valla erizada. Si los príncipes tampoco tenían éxito, se retiraban lentamente hasta donde los triarios, lo que ha dado lugar al dicho proverbial, cuando la gente está en grandes dificultades, de «han llegado las cosas hasta los triarios». Una vez que los triarios habían dejado pasar por los intervalos que separaban sus unidades a los asteros y príncipes, se alzaban de su postura de rodilla en tierra y cerraban inmediatamente la formación, bloqueando el paso a través de ellos y, formando una masa compacta, caían sobre el enemigo como última esperanza del ejército. El enemigo, que había seguido a los otros como si los hubieran derrotado, veía con espanto un nuevo y mayor ejército que parecía que se alzara de la tierra. Se alistaban, por lo general, cuatro legiones, cada una de cinco mil hombres, asignándose a cada legión trescientos de caballería. Una fuerza de igual tamaño solía ser suministrada por los latinos que ahora, sin embargo, eran hostiles a Roma. Los dos ejércitos habían adoptado la misma formación y sabían que, si los manípulos mantenían su posición, tendrían que luchar no sólo vexillum contra vexillum, asteros contra asteros y príncipes contra príncipes, sino incluso centurión contra centurión. Había entre los triarios dos centuriones, uno en cada ejército (el romano, un poco menos fuerte físicamente pero más enérgico y experimentado; el latino, hombre de tremenda fuerza y un espléndido combatiente) muy conocidos del uno del otro porque siempre habían servido en las mismas unidades. El romano, desconfiando de su propia fuerza, había obtenido el permiso del cónsul antes de salir de Roma para elegir a su propio sub-centurión [subcenturionem en el original latino, y no optio como podría haberse esperado.- N. del T.] para protegerse del hombre que estaba destinado a ser su enemigo. Este joven, al verse cara a cara con el centurión latino, obtuvo una victoria sobre él.

[8,9] La batalla tuvo lugar cerca de la base del Monte Vesubio, donde la carretera lleva a Veseris. Antes de conducir sus ejércitos a la batalla, los cónsules ofrecieron un sacrificio. El arúspice, cuya misión era la de inspeccionar los diferentes órganos de las víctimas, señaló a Decio con una insinuación profética sobre su muerte, siendo, en todo lo demás, favorables los signos. El sacrificio de Manlio fue totalmente satisfactorio. «Bien está», dijo Decio, «que mi colega haya obtenido signos favorables.» Avanzaron hacia la batalla en la formación que ya he descrito, Manlio al mando del cuerpo de la derecha y Decio del de la izquierda. Al principio, los dos ejércitos lucharon con la misma fuerza y la misma determinación. Después de un tiempo, los asteros romanos de la izquierda, incapaces de soportar la presión de los latinos, se retiraron detrás de los Príncipes. Durante la confusión momentánea creada por este movimiento, Decio llamó a grandes voces a Marco Valerio: «¡Valerio, necesitamos la ayuda de los dioses! ¡Que el Pontífice Máximo me dicte las palabras con las que yo me ofrende por las legiones!». El Pontífice le dijo que cubriera su cabeza con la toga pretexta, que alzase su mano cubierta con la toga hasta su mentón y pronunciase estas palabras permaneciendo en pie sobre una jabalina: «Jano, Júpiter, Padre Marte, Quirino, Bellona, Lares, vosotros, dioses Novensiles e Indigetes [novensiles; nueve dioses llevados a Roma por los sabinos: Pales, Vesta, Minerva, Feronia, Concordia, Fides, Fortuna, Pales, Salus. Indigetes; dioses indígenas u originales.- N. del T.], deidades que tenéis poder sobre nosotros y nuestros enemigos y también vosotros, divinos Manes, os rezo, os reverencio y os pido la gracia y el favor de que bendigáis al pueblo romano, a los Quirites, con el poder y la victoria, y que visitéis a los enemigos del pueblo romano, y de los Quirites, con el miedo, el terror y la muerte. De la misma manera en que he pronunciado esta oración, así dedico las legiones y auxiliares del enemigo, junto a mí mismo, a los dioses Manes y a la Tierra en nombre de la república de los Quirites, del ejército, legiones y auxiliares del pueblo romano, los Quirites». Tras esta oración, ordenó a los lictores que fuesen con Tito Manlio y que anunciasen enseguida a su colega que se había ofrendado a sí mismo en nombre del ejército. A continuación, se ciñó con el ceñido gabino [ver libro 5,46.- N. del T.], y con todas sus armas subió sobre su caballo y se precipitó en medio del enemigo. Para aquellos que lo vieron entre ambos ejércitos, apareció como algo terrible y sobrehumano, como enviado por el cielo para expiar y apaciguar toda la ira de los dioses, evitar la destrucción de su pueblo y llevarla contra sus enemigos. Todo el temor y el terror que llevaba con él creó el desconcierto entre la primera fila de los latinos y pronto se extendió por todo el ejército. Esto resultó de lo más evidente, pues por donde su caballo le llevaba, todos quedaban paralizados como heridos por alguna estrella mortal; más cuando cayó, abrumado por los dardos, las cohortes latinas, en un estado de perfecta consternación, huyeron del lugar y dejaron un amplio espacio vacío. Los romanos, por el contrario, liberado de todo temor religioso, siguieron adelante como si se hubiera dado entonces por vez primera la señal y comenzase una gran batalla. Hasta los rorarios se adelantaron entre los antepilanos y fortalecieron a los asteros y príncipes, mientras que los triarios, arrodillados sobre su rodilla derecha, esperaban la señal del cónsul para levantarse.

[8.10] Cuando Manlio escuchó la suerte de su colega, honró su gloriosa muerte no menos con lágrimas que los la debida ofrenda de alabanza. Mientras tanto, la lucha continuó y en algunos sectores el peso del número estaba dando ventaja a los latinos. Durante algún tiempo Manlio dudó si no habría llegado el momento de llamar a los triarios, pero juzgando mejor mantenerlos frescos hasta el punto crucial de la batalla, dio órdenes para que los accensi pasaran de la extrema retaguardia a la vanguardia. Cuando llegaron, los latinos, tomándolos por los triarios enemigos, llamaron inmediatamente a los suyos propios. En el desesperado combate, se habían cansado y roto o dañado sus lanzas, pero como estaban aun empujando atrás a los enemigos a viva fuerza, imaginaron que la batalla estaba decidida y que habían alcanzado la última línea. Fue entonces cuando el cónsul le dijo a sus triarios: «¡Levantaos ahora, frescos y vigorosos contra un enemigo cansado; pensad en vuestra patria y vuestros padres, esposas e hijos; pensad en vuestro cónsul que yace allí muerto para que podáis ganar la victoria!». Se levantaron frescos y resplandecientes en sus armaduras, como si un nuevo ejército hubiera surgido de repente, y tras dejar que los antepilanos se retirasen detrás de ellos lanzaron su grito de guerra. Las primeras filas de los latinos fueron puestas en desorden; los romanos daban lanzadas contra sus caras y de esta manera murió el principal soporte de su ejército. Marcharon indemnes a través de los restantes manípulos como si fueran a través de una multitud desarmada, y marcaron su avance con tal masacre que apenas quedó una cuarta parte del enemigo. Los samnitas, además, que estaban estacionados cerca de las estribaciones más bajas de la montaña, amenazaban el flanco latino, contribuyendo así a su desmoralización.

El mérito principal de esta batalla victoriosa fue achacado por todos, romanos y aliados por igual, a los dos cónsules; uno de los cuales había desviado sobre él, únicamente, todos los peligros con que amenazaban los dioses celestiales y los infernales, mientras que el otro había demostrado un generalato tan consumado en la misma batalla, que los historiadores romanos y latinos que han dejado un relato de ello están completamente de acuerdo en que cualquier bando que hubiera mandado Tito Manlio habría resultado vencedor. Después de su huida, los latinos se refugiaron en Minturna. Su campamento fue capturado después de la batalla y muchos resultaron muertos allí, en su mayoría campanos. El cuerpo de Decio no se halló aquel día y la noche sorprendió a los que le estaban buscando; al día siguiente se le descubrió, enterrado bajo un montón de jabalinas y con gran cantidad de enemigos yaciendo a su alrededor. Sus exequias fueron llevadas a cabo por su colega en forma acorde a muerte tan gloriosa. Debo añadir aquí que un cónsul, un dictador o un pretor, cuando ofrenda las legiones del enemigo, no necesariamente tienen ofrendarse a sí mismos, sino que pueden elegir a quien quieran, de entre una legión, que haya sido alistado regularmente. Si resulta muerto el hombre así ofrendado, todo se considera que ha sido debidamente realizado. Si no muere, una imagen del hombre, de al menos siete pies de alto [2,072 metros.- N. del T.], se debe enterrar en la tierra y se debe ofrecer una víctima como sacrificio expiatorio; en el lugar donde se haya enterrado una tal imagen nunca debe poner un pie un magistrado romano. Si, como en el caso de Decio, el comandante se ofrenda a sí mismo pero sobrevive a la batalla, ya no puede desempeñar ninguna función religiosa, ni por sí mismo ni en nombre del Estado. Tiene el derecho de ofrendar sus armas, sea ofreciéndolas en sacrificio o de otra manera, a Vulcano o a cualquier otra deidad. La lanza sobre la que permaneció el cónsul [cuando hizo la ofrenda; ver arriba.- N. del T.], al repetirse la fórmula de la dedicación, no debe pasar a manos enemigas; si esto ocurriese, se debe ofrecer una suovetaurilia como propiciación a Marte [ver libro 1,44.- N. del T.].

[8.11] Aunque la memoria de cada costumbre tradicional, ya sea relacionada con las cosas humanas o con las divinas, se ha perdido por nuestro abandono de la antigua religión de nuestros padres en favor de las novedades extranjeras, pensé que no sería ajeno a mi asunto registrar tales regulaciones con las mismas palabras con que habían sido dictadas. En algunos autores, encuentro escrito que solo cuando hubo terminado la batalla, los samnitas, que habían estado esperando a ver el resultado, llegaron en apoyo de los romanos. También les llegó ayuda a los latinos desde Lanuvio, aunque desperdiciaron el tiempo en deliberaciones, y cuando empezaban a enviarla y ya una parte de su columna estaba en marcha, les llegó la noticia de la derrota de los latinos. Dieron la vuelta y volvieron a entrar en su ciudad, y se afirma que Milionio, su pretor, comentó que por una marcha tan corta habrían de pagar a Roma un duro precio. Aquellos de los latinos que sobrevivieron a la batalla se retiraron por muchas rutas diferentes, y poco a poco se reunieron en la ciudad de Vescia. Aquí se reunieron los líderes para discutir la situación, y Numisio les aseguró que ambos ejércitos habían tenido en realidad la misma fortuna e igual derramamiento de sangre; sólo en el nombre disfrutaron los romanos de la victoria, en todo lo demás habían quedado como derrotados. Los pretorios de ambos cónsules quedaron manchados de sangre; el uno había matado a su hijo y el otro se había sacrificado a sí mismo; todo su ejército fue masacrado, sus asteros y príncipes muertos; los manípulos, tanto del frente como de retaguardia, y sus estandartes habían sufrido enormes pérdidas; los triarios, al final, salvaron la situación. Las tropas latinas, cierto era, sufrieron iguales bajas, pero el Lacio y los volscos podían suministrar refuerzos más rápidamente que Roma. Si, por tanto, lo aprobaban, él convocaría enseguida a los combatientes de los pueblos latinos y volsco y marcharía de vuelta con un ejército hacia Capua, y podría tomar a los romanos por sorpresa; una batalla era lo último que esperaban. Envió cartas engañosas por todo el Lacio y el país volsco; aquellos que no habían participado en la batalla fueron los más dispuestos a creer cuanto decía, y rápidamente reclutó y juntó un cuerpo de milicias reunido de todas partes. Este ejército fue enfrentado por el cónsul en Trifano, un lugar entre Sinuessa y Menturnas. Sin esperar siquiera a elegir los sitios para sus campamentos, ambos ejércitos apilaron su equipaje, lucharon y dieron fin a la guerra, pues los latinos quedaron tan completamente destruidos que, cuando el cónsul con su victorioso ejército se disponía a devastar su territorio, se rindieron completamente y los campanos siguieron su ejemplo. Al Lacio y a Capua se les privó de su territorio. El territorio latino, con el añadido de Priverno, junto con el de Falerno, que había pertenecido a los campanos hasta el río Volturno, fue distribuido entre la plebe romana. Recibieron dos yugadas por cabeza en territorio latino y en territorio privernense recibieron otros tres cuartos de yugada; en el caso de Falerno se les entregó tres yugadas, debiéndose el cuarto de yugada adicional a la distancia [5400 metros cuadrados más 2025 metros cuadrados a los primeros y 8100 metros cuadrados a los segundos.- N. del T.]. Los laurentes, de entre los latinos, y los caballeros campanos, quedaron exentos de castigo por no haberse rebelado. Se dio orden de renovar el tratado con los laurentes, y desde entonces se ha renovado anualmente al décimo día tras el Festival Latino. A los caballeros campanos se les concedió la ciudadanía romana, y una tabla de bronce recordando el hecho fue depositada en Roma, en el templo de Castor; al pueblo de Campania se le ordenó que pagase cada uno (su número ascendía a mil seiscientos en total) la suma de cuatrocientos cincuenta denarios al año [ya que los primeros denarios no serían acuñados, con 4,5 gramos de plata, hasta los años 214/211 a.C., es de suponer que aquí Livio traduce a una moneda contemporánea suya la cantidad de 4500 ases de bronce (pues denario procede de «deni asses», diez ases librales) que sería la multa realmente establecida.- N. del T.].

[8.12] Habiendo llegado así a término la guerra y habiendo concedido así los premios y castigos con arreglo a los merecimientos de cada cual, Tito Manlio regresó a Roma. Parece haber un buen motivo para creer que sólo los ancianos salieron a recibirle a su llegada, la parte más joven de la población le mostró su aversión y odio, no solo entonces sino durante toda su vida. Los anciates hicieron incursiones en los territorios de Ostia, Ardea y Solonia. La salud de Manlio le impidió dirigir esta guerra, así que nombró a Lucio Papirio Craso como dictador y éste designó a Lucio Papirio Cursor como su jefe de la caballería -340 a.C.-. El dictador no efectuó ninguna acción importante contra los anciates, aunque mantuvo un campamento permanente en su país durante algunos meses. Este año resultó reseñable por las victorias sobre muchas poderosas naciones, y más aún por la noble muerte de un cónsul, así como por el implacable e inolvidable ejercicio del mando por parte del otro. Fue seguido por el consulado de Tito Emilio Mamercino y Quinto Publilio Filón -339 a.C.-. No se encontraron con similares materias sobre las que construirse una reputación, ni consideraron los intereses de su patria tanto como los suyos o los de las facciones políticas en la república. Los latinos reanudaron las hostilidades para recuperar los dominios que habían perdido, pero fueron derrotados en las llanuras Fenectanas y expulsados de su campamento. Allí Publilio, que había logrado esta victoria, recibió la rendición de las ciudades latinas que habían perdido allí a sus hombres; entretanto, Emilio llevó a su ejército a Pedum. Este lugar estaba defendido por una fuerza combinada de Tivoli, Palestrina y Velletri, y fue enviada también ayuda desde Lanuvio y Anzio. En las diversas batallas, los romanos tuvieron la ventaja, pero restaba hacer todo el trabajo en la propia ciudad, y en el campamento contiguo a ésta de las fuerzas aliadas. El cónsul abandonó repentinamente la guerra antes de darle término, pues escuchó que se había decretado un triunfo para su colega y, de hecho, él regresó a Roma para demandar un triunfo antes de haber ganado una victoria. El Senado se disgustó por esta conducta egoísta y le hizo entender que no tendría ningún triunfo hasta que Pedum hubiera sido capturada o se hubiese rendido. Esto produjo un distanciamiento total entre Emilio y el Senado, y desde entonces administró su consulado con el espíritu y el temperamento de un tribuno sediciosos. Mientras fue cónsul no dejó de criminalizar al Senado ante el pueblo, sin oposición alguna por parte de su colega que, él mismo, pertenecía a la plebe. Material para sus acusaciones encontró en la deshonesta asignación entre la plebe de los territorios latinos y falernos; y después que el Senado, deseoso de restringir la autoridad del cónsul, emitiese una orden para nombrar un dictador que actuase contra los latinos, Emilio, que entonces tenía el turno de tener las fasces, nombró a su propio colega, de nombre Junio Bruto, como su jefe de la caballería. Hizo popular su dictadura mediante arengas incriminatorias contra el Senado, y también por presentar tres medidas dirigidas contra la nobleza y de lo más ventajosas para la plebe. Una de ellas era que las decisiones de la plebe debían ser vinculantes para todos los Quirites; la segunda, que las medidas presentadas ante los comicios centuriados debían ser sancionadas por los patricios antes de ser finalmente sometidas a voto; la tercera, que ya que ambos censores podían ser elegidos de entre la plebe, uno siempre había de ser elegido de ese orden. Los patricios consideró que los cónsules y el dictador había hecho más por dañar al Estado con su política interna que por reforzar su poder con sus éxitos en campaña.

[8.13] Los cónsules para el año siguiente fueron Lucio Furio Camilo y Cayo Menio -338 a.C.-. Con el fin de esparcir más descrédito sobre Emilio por su negligencia en sus deberes militares el año anterior, el Senado insistió en no hacer ningún gasto en armas ni en hombres para reducir y destruir Pedum. Se ordenó perentoriamente a los nuevos cónsules que dejasen de lado todo lo demás y marchasen enseguida. Los asuntos en el Lacio estaban de tal modo que no se podía considerar que hubiera ni paz ni guerra. Para la guerra, sus recursos eran completamente inadecuados, y estaban demasiado dolidos por la pérdida de territorio como para pensar en la paz. Se decidieron, por tanto, por un término medio, es decir, limitarse a sus ciudades y, si se enteraban de que cualquiera de ellas resultaba atacada, enviarle ayuda de todo el Lacio. La gente de Tivoli y la de Palestrina, que eran las más cercanas, se llegaron a Pedum, pero las tropas de Ariccia, Lanuvio y Velletri, junto con los volscos de Anzio, fueron atacados por sorpresa y derrotados por Menio en el río Astura. Camilo se enfrentó a los tiburtinos, que eran con mucho la fuerza más poderosa, y, aunque con gran dificultad, alcanzó un éxito similar. Durante la batalla, los ciudadanos hicieron una salida por sorpresa, pero Camilo, dirigiendo parte de su ejército contra ellos, no sólo los rechazó hasta el interior de sus murallas, sino que asaltó y capturó la ciudad, tras derrotar a las tropas enviadas en su ayuda, todo en un día. Después de este ataque con éxito contra una ciudad, decidieron hacer un esfuerzo mayor y más audaz y guiar su ejército victorioso hasta la sumisión completa del Lacio. No descansaron hasta que, por la captura o la aceptación de la rendición de una ciudad tras otra, alcanzaron su propósito. Se puso guarnición en las ciudades capturadas, tras lo cual volvieron a Roma para disfrutar un triunfo que se les otorgó por consenso general. Se concedió un honor adicional a ambos cónsules mediante la erección de sus estatuas ecuestres en el Foro, suceso poco frecuente en aquella época.

Antes de que se celebrasen las elecciones consulares para el año siguiente, Camilo llevó ante el Senado el estado de la cuestión de los asuntos del Lacio. «Senadores», dijo, «nuestras operaciones militares en el Lacio han llegado, por el favor de los dioses y la valentía de nuestros soldados, a feliz término. Los ejércitos enemigos fueron derrotados en Pedum y en el Astura, todas las ciudades latinas y la volsca Anzio han sido asaltadas o rendidas y están ocupadas por guarniciones. Nos estamos cansando de su constante renovación de hostilidades, y es por esto que os consulto, como los más notables hombres, sobre la mejor manera de obligarlos a una paz perpetua. Los dioses inmortales os han hecho tan completamente dueños de la situación, que han puesto en vuestras manos decidir si existirá o no, de ahora en adelante, un Lacio. Hasta tanto, así, por lo que se refiere a los latinos, podéis asegurar una paz duradera mediante la crueldad o mediante la bondad. ¿Deseáis adoptar medidas despiadadas contra un pueblo que se ha rendido y ha sido derrotado? Tenéis vía libre para arrasar toda la nación latina y provocar la desolación y el desierto en un país que os ha aportado un espléndido ejército de aliados que habéis empleado en tantas grandes guerras. ¿O querréis seguir el ejemplo de vuestros antepasados y hacer más grande a Roma concediendo su ciudadanía a quienes ha derrotado? Tenemos aquí, a mano, los materiales para expandirla a una altura gloriosa. Esta es, seguramente, la más firme base de un imperio, que sus súbditos se complazcan en someterse a su obediencia. Pero sea cual sea la decisión que vayáis a tomar, debéis daros prisa en tomarla. A tantos pueblos tenéis en tal estado de esperanza y miedo, que es preciso que os despreocupéis cuanto antes de ellos y que sus ánimos, mientras están aún aturdidos por la incertidumbre, queden enseguida impresionados por el castigo o por el beneficio. Nuestra tarea ha sido poneros en posición de llevaros a deliberar todo el asunto, la vuestra es decretar qué es lo mejor para vosotros mismos y para la república».

[8.14] Los líderes del Senado aplaudieron la forma en que el cónsul había presentado la moción pero, que las circunstancias diferían para cada caso, pensaron que cada uno debía decidirse por sus propios méritos, y con vista a facilitar la discusión pidieron al cónsul que expusiese el nombre de cada lugar por separado. Lanuvio recibido la plena ciudadanía y la restitución de sus objetos sagrados, con la salvedad de que el templo y el bosque de Juno Sospita [la salvadora.- N. del T.] debía pertenecer en común al pueblo romano y a los ciudadanos que vivan en Lanuvio. Ariccia, Nomento y Pedum obtuvieron los mismos derechos políticos que Lanuvio. Túsculo mantuvo la ciudadanía que había tenido antes, y la responsabilidad por la parte que tenía en la guerra se quitó del Estado, como tal, y se hizo recaer en unos pocos individuos. Los veliternos, que habían sido ciudadanos romanos desde tiempos antiguos, fueron a causa de sus muchas revueltas severamente tratados; sus murallas se derribaron, se deportó a su Senado y se le ordenó vivir al otro lado del Tíber; si alguno de ellos fuese capturado a este lado del río, sería multado con mil ases, y al hombre que le hubiera halado no le debería liberar hasta que se hubiera pagado la cantidad. Se asentaron colonos en las tierras que habían poseído, y su número hizo que Velletri pareciese tan poblado como antes. También se otorgó Anzio a un nuevo grupo de colonos, pero se permitió a los anciates que se enrolasen como colonos si lo deseaban; sus naves de guerra les fueron confiscadas y se les prohibió tener más; se les admitió a la ciudadanía. Tivoli y Palestrina vieron confiscados sus dominios, no tanto debido a la parte que habían tenido, junto con el resto del Lacio, en la guerra, sino porque, celosos del poder romano, habían unido sus armas con la bárbara nación de los galos. El resto de las ciudades latinas se vieron privadas del derecho de comercio, de matrimonios mixtos y de mantener reuniones entre sí. A Capua, como recompensa por la negativa de sus caballeros a unirse a los latinos, se le permitió disfrutar de los derechos privativos de los ciudadanos romanos, como también a Fondi y a Formi, porque siempre habían permitido el libre paso por su territorio. Se decidió que Cumas y Arienzo [Suessula en el original latino.-N. del T.] debían disfrutar de los mismos derechos que Capua. Algunos de los buques de Anzio fueron llevados a los muelles romanos, otros fueron quemados y sus espolones (rostra) se colocaron al frente de una galería elevada que se construyó al final del Foro y que, por esta circunstancia, fue llamado «los Rostra».

[8.15] Cayo Sulpicio Longo y Publio Elio Peto fueron los nuevos cónsules -337 a.C.-. Se disfrutaban ya por todas partes las bendiciones de la paz, una paz mantenida no tanto por el poder de Roma como por la influencia que había adquirido por su trato considerado hacia sus enemigos vencidos, cuando estalló una guerra entre los sidicianos y los auruncinos. Después que el cónsul Manlio hubiera aceptado su rendición, los auruncinos se habían mantenido tranquilos. Su petición de auxilio a Roma fue por una causa más que justa. El Senado decidió que se les ofrecería ayuda, pero, antes que los cónsules procedieran, llegaron informes de que los auruncinos habían temido permanecer en su propia ciudad y habían huido con sus esposas e hijos a Sessa (que ahora se llama Aurunca) [y en la actualidad se llama Sessa Aurunca.- N. del T.], a la que habían fortificado, y que su ciudad con sus antiguas murallas había sido destruida por los sidicianos. El Senado estaba enojado con los cónsules, por cuyo retraso habían sido traicionados sus aliados, y ordenó que se nombrase un dictador. Cayo Claudio Regilense, en consecuencia, fue nombrado, y designó como su jefe de la caballería a Cayo Claudio Hortator. Hubo algunas dificultades con la sanción religiosa del nombramiento del dictador, y como los augures dijeron que existía una irregularidad en su elección, tanto el dictador como el jefe de la caballería renunciaron. Este año, Minucia, una vestal, levantó sospechas por vestir de modo más elegante de lo que era apropiado y después fue llevada ante los pontífices por el testimonio de un esclavo. Estos le ordenaron que no tomase parte en las ceremonias sagradas y que no manumitiese a ninguno de sus esclavos. Fue juzgada y hallada culpable, y fue enterrada viva cerca de la Puerta Colina a la derecha de la carretera alta en el Campus Sceleratus (el «campo maldito»), que, creo, deriva su nombre de este incidente. En este año también resultó Quinto Publio Filón elegido como el primer pretor plebeyo, contra la oposición del cónsul Sulpicio; el Senado, tras fracasar en mantener los más altos cargos en su poder, mostraba menos interés en retener la pretura.

[8.16] Los cónsules para el año siguiente fueron Lucio Papirio Craso y Cesón Duilio -336 a.C.-. Hubo guerra con los ausonianos y fue reseñable por el hecho de que fuera contra un nuevo enemigo y más que contra uno formidable. Este pueblo habitaba la ciudad de Calvi Risorta [Cales en el original latino.- N. del T.], y había unido sus armas a las de sus vecinos, los sidicianos. El ejército combinado de las dos ciudades fue destrozado en un enfrentamiento bastante insignificante; la proximidad de ambas ciudades les hizo buscar enseguida la seguridad en la huida que no encontraron en el combate. El Senado no era el menos preocupado por la guerra, en vista del hecho de que los sidicianos se comportaban agresivamente con tanta frecuencia, o ayudaban a otros a hacerlo, o eran la causa de las hostilidades. Hicieron todo lo posible, por tanto, para asegurar la elección de Marco Valerio Corvo, el más grande comandante de su época, como cónsul por cuarta vez. Se le asignó a Marco Atilio Régulo como su colega -335 a.C.-. Para evitar cualquier posibilidad de error, los cónsules pidieron que esta guerra se asignase a Corvo sin echarlo a suertes. Después de hacerse cargo del victorioso ejército de los cónsules anteriores, se dirigió a Calvi Risorta, donde la guerra se había iniciado. El enemigo estaba desmoralizado por el recuerdo del anterior conflicto, y le derrotó al primer ataque. Luego avanzó para asaltar sus murallas. Tal era el entusiasmo de los soldados que estaban deseosos de asentar las escalas y escalar de inmediato las murallas, pero Corvo se dio cuenta de la dificultad de la tarea y prefirió lograr sus fines haciendo que sus hombres procediesen a los trabajos de un asedio regular, en vez de exponerlos a riesgos innecesarios. Así que construyó una rampa y llevó los manteletes y torres cerca de las murallas, pero una afortunada circunstancia lo hizo innecesario. Marco Fabio, un prisionero romano, logró eludir a sus guardianes en un festival y, tras romper sus cadenas, se dejó caer de la muralla, atado de una cuerda asegurada contra el pretil de la pared, entre las obras romanas. Indujo al cónsul para que atacara al enemigo mientras estaba durmiendo por los efectos del vino y la fiesta, y los ausonianos fueron capturados, junto con su ciudad, sin más problemas que haber sido previamente derrotados en campo abierto. El botín incautado fue enorme y, después de colocar una guarnición en Calvi Risorta, las legiones fueron llevadas de regreso a Roma. El Senado aprobó una resolución permitiendo al cónsul celebrar un triunfo, y para que Atilio pudiera tener oportunidad también de distinguirse, se ordenó a ambos cónsules que marchasen contra los sidicianos. Antes de comenzar, nombraron, por resolución del Senado, a Lucio Emilio Mamercino como dictador, con el propósito de celebrar las elecciones; éste nombró a Quinto Publilio Filón como su jefe de la caballería. Los cónsules electos fueron Tito Veturio y Espurio Postumio. Aunque aún había guerra con los sidicianos, presentaron una propuesta para asentar una colonia en Calvi Risorta, para anticiparse a la plebe con un acto voluntario de beneficencia. El Senado aprobó una resolución para que se inscribiesen dos mil quinientos nombres, y se nombraron tres comisionados, para asentar a los colonos y asignar los lotes de tierra, que fueron Cesón Duilio, Tito Quincio y Marco Fabio -334 a.C.-.

[8.17] Los nuevos cónsules, después de tomar el mando del ejército de sus predecesores, entraron en territorio enemigo y condujeron sus correrías hasta las murallas de su ciudad. Los sidicianos habían conseguido reunir un inmenso ejército y se preparaban a luchar desesperadamente; hubo también un informe de que en el Samnio se estaban iniciando hostilidades. Los cónsules, por tanto, nombraron un dictador por resolución del Senado: Publio Cornelio Rufino; el jefe de la caballería fue Marco Antonio. Posteriormente surgió una dificultad religiosa, por causa de una informalidad en su nombramiento, y renunciaron a sus cargos. Como consecuencia de una peste que siguió, parecía como si todos los auspicios hubieran quedado manchados por aquella informalidad y los asuntos derivaron a un interregno -333 a.C.- [este periodo abarca la dictadura de Publio Cornelio Rufino y el consulado de Cayo Petelio Libón y Lucio Papirio Cursor que no son nombrados explícitamente en el texto de Livio.- N. del T.]. Hubo cinco interreges y bajo el último, Marco Valerio Corvo, fueron elegidos cónsules Aulo Cornelio, por segunda vez, y Cneo Domicio -332 a.C.-. Las cosas estaban ahora tranquilas, pero un rumor sobre una guerra gala produjo tanta alarma como si fuese una invasión real y se decidió que había que nombrar un dictador. Fue nombrado Marco Papirio Craso, siendo Publio Valerio Publícola su jefe de la caballería. Mientras alistaban un número mayor del habitual para las guerras cercanas, las partidas de reconocimiento que se habían enviado informaron de que todo estaba tranquilo entre los galos. Durante los dos últimos años, había habido sospechas de un movimiento en el Samnio a favor de un cambio de política, y como medida de precaución no se retiró un ejército romano del territorio sidiciano. El desembarco de Alejandro del Épiro, cerca de Capaccio-Paestum [antigua Paestum, en latín, y Posidonia en griego anteriormente.- N. del T.], llevó a los samnitas a hacer causa común con los lucanos, pero sus fuerzas combinadas fueron derrotadas a su vez en una batalla campal. Él [Alejandro.- N. del T.], estableció luego relaciones de amistad con Roma, pero resulta bastante dudoso cuánto tiempo las hubiera mantenido si sus otras empresas hubiesen tenido el mismo éxito. En este año se hizo un censo, los censores fueron Quinto Publilio Filón y Espurio Postumio. Los nuevos ciudadanos fueron evaluados y organizados en dos tribus adicionales, la Mecia y la Escapcia [Maecia y Scaptia en el original latino.- N. del T.]. Lucio Papirio, el pretor, obtuvo la aprobación de una ley por la que se concedía la ciudadanía sin derecho de sufragio a los habitantes de Acerra [antigua Acerrae.- N. del T.]. Estas fueron los asuntos militares y civiles para este año.

[8.18] Marco Claudio Marcelo y Tito Valerio fueron los nuevos cónsules -331 a.C.-. Veo en los anales que dan Flaco y Potito como el sobrenombre del cónsul, pero es cuestión de poca importancia cuál fuera el verdadero. Este año se ganó una funesta notoriedad tanto por el tiempo insalubre como por el engaño humano. Yo creería gustoso, y los autores no están de acuerdo en este punto, que es una falsa historia la que cuenta que los que hicieron notorio aquel año al morir por la peste, en realidad murieron envenenados. Yo, sin embargo, relato el asunto tal como ha sido escrito para que no se diga que pongo en tela de juicio la credibilidad de nuestros autores. Los más importantes hombres del Estado fueron afectados por la misma enfermedad, y en casi todos los casos con el mismo fatal resultado. Una criada se llegó hasta Quinto Fabio Máximo, uno de los ediles curules, y se comprometió a revelar la causa de aquella peste si el gobierno la protegía contra cualquier peligro en que pudiera colocarle su descubrimiento. Fabio llevó enseguida el asunto a la consideración de los cónsules y éstos lo elevaron al Senado, que autorizó la concesión de la promesa de inmunidad. Ella entonces descubrió el hecho de que el Estado estaba sufriendo los crímenes de ciertas mujeres; los venenos eran cocinados por matronas romanas y, si ellos la seguían enseguida, ella les prometía que cogerían a las envenenadoras en plena acción. Siguieron a su informante y hallaron, de hecho, algunas mujeres componiendo drogas venenosas y algunos venenos ya preparados. Estos últimos eran llevados al Foro, y hasta veinte matronas, en cuyas casas habían sido confiscados, fueron detenidas por funcionarios de los magistrados. Dos de ellas, Cornelia y Sergia, ambas miembros de casas patricias, sostuvieron que las drogas eran preparados medicinales. La sirvienta, al ser confrontada a ellas, les dijo que bebieran un poco para demostrar que ella había prestado falso testimonio. Se les dio tiempo para consultar qué iban a hacer, y a los espectadores se les ordenó que se retirasen para que pudieran consultar con las otras matronas. Todas consintieron en beber la droga, y después de ello cayeron víctimas de sus propios designios criminales. Sus compañeras fueron inmediatamente detenidas y denunciaron a un gran número de matronas como autoras del mismo delito, de las cuales ciento setenta fueron declaradas culpables. Hasta ese momento nunca se había investigado en Roma una acusación por envenenamiento. Todo el asunto fue considerado un presagio y se pensó que fue más un acto de locura que de maldad deliberada. Como consecuencia de la general alarma producida, se decidió seguir el precedente registrado en los anales. Se vio en ellos que, durante las secesiones de la plebe en los viejos tiempos, el dictador había hincado un clavo y que los pensamientos de las gentes, alterados por la guerra civil, habían vuelto a la cordura. Se aprobó, en consecuencia, una resolución para que se nombrase un dictador que hincase el clavo. Fue nombrado Cneo Quintilio, y designó a Lucio Valerio como jefe de la caballería. Después de haber hincado el clavo renunciaron al cargo.

[8.19] Lucio Papirio Craso y Lucio Plaucio Venox fueron entonces elegidos cónsules, el primero por segunda vez -330 a.C.-. A principios de año llegaron delegaciones de Ceccano [antigua Fabrateria en el original latino.- N. del T.] y Luca, lugares pertenecientes a los volscos, con la petición de ser recibidos bajo la protección de Roma, cuyo señorío reconocerían con fidelidad y lealtad si ellos se comprometían a defenderles de los samnitas. El Senado accedió a su petición y envió una advertencia a los samnitas para que no violasen el territorio de aquellas dos ciudades. Los samnitas aceptaron la advertencia, no porque estuvieran ansiosos de paz, sino porque aún no estaban listos para la guerra. Este año comenzó una guerra con Priverno y su aliada, Fondi; su general era un Fondano, Vitrubio Bacco, hombre de gran distinción, no sólo en su propia ciudad sino también en Roma, donde tenían una casa en el Palatino, que fue después destruida y el solar vendido, siendo luego conocido el lugar como el Prado de Bacco. Mientras propagaba la destrucción a lo largo y lo ancho de las tierras de Sezze, Norba y Cora, Lucio Papirio avanzó contra él y tomó una posición no lejos de su campamento. Vitrubio no tenía ni la prudencia de mantenerse tras su empalizada en presencia de un enemigo más fuerte que él, ni el coraje de luchar a cierta distancia de su campamento. Presentó batalla mientras sus hombres apenas estaban fuera de su campamento y, pensando más en retirarse a él que en el combate o en el enemigo, fue con poco esfuerzo derrotado decisivamente. Debido a la proximidad del campamento, la retirada fue fácil y no tuvo mucha dificultad en proteger a sus hombres de una seria derrota; difícilmente pudo alguien morir en aquella batalla y sólo resultaron muertos unos pocos en la retaguardia más apiñada de fugitivos que corrían hacia su campamento. Tan pronto como oscureció, lo abandonaron por Priverno, confiando más en la protección de las murallas de piedra que en el terraplén de su campamento.

El otro cónsul, Plaucio, tras asolar los campos en todas direcciones y llevarse el botín, condujo su ejército a territorio de Fondo. Cuando cruzó la frontera, el senado de Fondi se reunió con él y le explicaron que no venían a interceder por Vitrubio y los de su partido, sino por el pueblo de Fondi. Señalaron que el propio Vitrubio les había eximido de toda responsabilidad al buscar refugio en Priverno y no en Fondi, aunque era su ciudad. Era en Priverno, por lo tanto, donde debían buscar y castigar a los enemigos de Roma, pues habían sido infieles tanto a Fondi como a Roma. Los hombres de Fondi deseaban la paz; sus simpatías eran totalmente romanas y mantenían su agradecimiento por los beneficios que recibieron al serles conferidos los derechos de ciudadanía. Rogaron al cónsul que se abstuviese de hacer la guerra a un pueblo inofensivo; sus tierras, su ciudad, sus propias personas y las de sus esposas e hijos estaban y seguirían estando a disposición de Roma. El cónsul les elogió por su lealtad y envió despachos a Roma para informar al Senado de que los fondanos seguían firmes en su lealtad, tras lo cual marchó a Priverno. Claudio hace un relato distinto. Según él, el cónsul procedió en primer lugar contra los cabecillas de la revuelta, de los cuales trescientos cincuenta fueron enviados encadenados a Roma. Añade que el Senado se negó a recibir la rendición, pues consideró que lo que los fondanos ansiaban era escapar con el castigo de unos pobres y oscuros individuos.

[8.20] Mientras Priverno era asediado por dos ejércitos consulares, uno de los cónsules fue llamado a casa para llevar a cabo las elecciones. Fue en este año cuando se erigieron las cárceles en el Circo Máximo. El problema de la guerra con Priverno aún no había acabado cuando llegaron noticias más alarmantes sobre un movimiento repentino entre los galos. Tales informes no eran tratados a la ligera con frecuencia. A los nuevos cónsules, Lucio Emilio Mamercino y Cayo Plaucio, se les ordenó de inmediato que asumiesen sus respectivos mandos el mismo día que asumieron el cargo, es decir, el primero de julio -329 a.C.-. La guerra Gala recayó sobre Mamercino, y éste no permitió que ninguno de los que eran llamados a prestar servicio reclamase la exención. Se afirma que, incluso, fueron convocados los artesanos y los más humildes trabajadores, gentes completamente inútiles para la guerra. Un inmenso ejército se concentró en Veyes para contener el avance de los galos. Se pensó que sería mejor no llegar más lejos, para el caso de que el enemigo tomara otra ruta hacia la Ciudad. Después de efectuar un reconocimiento completo, se pudo establecer a los pocos días que todo estaba tranquilo en lo referente a los galos y entonces toda la fuerza marchó hacia Priverno. Desde este punto hay dos versiones de la historia. Algunos afirman que la ciudad fue asaltada y Vitrubio capturado vivo; otros autores aseguran que, antes del asalto final, llegaron ciudadanos con un caduceo [símbolo de Mercurio y señal de ser su portador un mensajero; nuestro equivalente moderno sería levantar bandera blanca.- N. del T.] y se rindieron al cónsul mientras que Vitrubio era entregado por sus propios hombres. El Senado, al ser consultado sobre el destino de Vitrubio y de los privernenses, dio instrucciones al cónsul para que demoliera las murallas de Priverno y que situase allí una fuerte guarnición y, a continuación, que celebrase su triunfo. A Vitrubio se le mantendría en prisión hasta que el cónsul regresase y después sería azotado y decapitado; su casa en el Palatino sería destruida y sus bienes consagrados a Semoni Sancus [deidad sabina, adorada en el Quirinal, genio de la luz celestial, hijo de Júpiter Diespiter o Lucetius, vengador de la deshonestidad y defensor de la verdad y la buena fe.- N. del T.] El dinero obtenido por su venta fue fundido en unos orbes de bronce que fueron depositados en la capilla de Sancus, frente al templo de Quirino. En lo que respecta al Senado de Priverno, se decretó que todos los senadores que hubieran permanecido en esa ciudad después de la revuelta contra Roma debían ser deportados más allá del Tíber en las mismas condiciones que los de Velletri. Después de su triunfo, cuando Vitrubio y sus cómplices hubieron sido ejecutados, Plaucio pensó que, estando el Senado satisfecho con el castigo de los culpables, podría con seguridad referirse a la cuestión de los privernenses. Se dirigió a la Cámara en los siguientes términos: «Dado que los autores de la revuelta, senadores, han obtenido de los dioses inmortales y de vosotros el castigo que merecían, ¿Qué os place que se haga respecto a la población inocente? A pesar de que tengo el deber de solicitar opiniones en lugar de darlas, quisiera decir que, en vista del hecho de que los privernenses son vecinos de los samnitas, con quienes las relaciones pacíficas están ahora inciertas, estoy preocupado porque haya entre ellos y nosotros los menos motivos posibles de queja».

[8,21] La cuestión no era fácil de resolver pues los senadores se dividían según su temperamento, el de unos aconsejaba dureza y el de otros un comportamiento más suave. La divergencia de opinión generalizada fue aumentada por uno de los embajadores privernenses, que pensaba más en la situación en la que había nacido que en las exigencias de la actual coyuntura. Uno de los senadores que abogaba por medidas más severas le preguntó qué castigo creía que merecían sus compatriotas. Él respondió: «El castigo que merecen aquellos que estiman su libertad». El cónsul se dio cuenta de que esta respuesta enérgica sólo exasperaba a los que ya eran adversos a la causa de los privernenses, y trató de obtener una respuesta más suave mediante una pregunta más considerada. «Bien», dijo, «si perdonamos las penas, ¿qué clase de paz podemos esperar tener con vosotros en lo sucesivo?» «Una larga y verdadera», fue la respuesta, «si las condiciones son buenas, pero si son malas, pronto se romperá». Al oír esto, algunos de los senadores exclamaron que estaba empleando amenazas abiertas, y que era mediante un lenguaje así como se incitaba a reanudar las hostilidades a Estados que habían sido pacificados. La mayor parte del Senado, sin embargo, consideró de manera más favorable su respuesta, y declaró que era una expresión digna de un hombre, y de un hombre que amaba la libertad. ¿Debía, se preguntaron, suponerse que cualquier pueblo o, para el caso, cualquier persona, permaneciese mucho tiempo de acuerdo con condiciones que le disgustaban? La paz sólo se mantendría con fidelidad donde quienes la aceptaban lo hacían voluntariamente; no podían esperar que se guardase fidelidad donde buscaban reducir los hombres a la servidumbre. El Senado fue llevado a adoptar este punto de vista principalmente por el cónsul, que repetía a los consulares, los hombres que tenían que dar primero su opinión, en un tono lo bastante alto como para que muchos lo oyesen: «Hombres cuyo primero y último pensamiento es la libertad merecen ser romanos». Así ganaron su causa en el Senado, y la propuesta de otorgar la ciudadanía plena a los privernenses fue presentada al pueblo.

[8.22] Los nuevos cónsules fueron Publio Plaucio Próculo y Publio Cornelio Escápula -328 a.C.-. El año no fue reseñable por nada en casa ni en el extranjero, más allá del hecho de que se asentó una colonia en Fregellas [Fregellae en el original latino.- N. del T.], que estaba en territorio de los sidicianos y que después perteneció a los volscos. Hubo también una distribución de carne al pueblo hecha por Marco Flavio con ocasión del funeral de su madre. Hubo muchos que consideraron esto como el pago de un soborno al pueblo con el pretexto de honrar la memoria de su madre. Él había sido procesado por los ediles, acusado de seducir a una mujer casada, y había sido absuelto, y esto [la donación de carne.- N. del T.] fue así considerado claramente la devolución del favor de absolverle en el juicio. También demostró ser el medio para alcanzar un cargo, pues en las siguientes elecciones fue nombrado tribuno de la plebe en ausencia y pasando por encima de competidores que se concurrieron en persona. Paleópolis era una ciudad no muy lejos de la actual Nápoles [Paleópolis: ciudad antigua, en contraposición a Neápolis, «Nápoles», ciudad nueva.- N. del T.]. Las dos ciudades formaban una comunidad. Los primeros habitantes vinieron de Cumas; Cumas remonta sus orígenes a Calcis, en Eubea [isla al este de Grecia, separada de la Beocia por el estrecho de Euripo.- N. del T.]. La flota con la que salieron de su hogar les dio el dominio del distrito costero que ahora ocupaban, y tras desembarcar en las islas de Enaria y Pitecusa [Parece haber aquí un error de Livio o del copista, pues no se trata de dos islas sino de una sola, siendo Pithecusa el nombre griego y Aenaria el latino.- N. del T.], se aventuraron a trasladar sus asentamientos al continente. Esta comunidad, apoyándose en su propia fuerza y en la laxa observancia de las obligaciones del tratado que los samnitas estaban mostrando para con los romanos, o tal vez confiando en el efecto de la peste que habían oído estaba atacando la Ciudad, perpetraron muchos actos de agresión contra los romanos que vivían en la Campania y en el país falerno. Como consecuencia de esto, los cónsules, Lucio Cornelio Léntulo y Quinto Publilio Filón, envió los feciales a Paleópolis en demanda de reparación -327 a.C.-. Al enterarse de que los griegos, un pueblo valiente en palabras más que en hechos, había enviado una respuesta desafiante, el pueblo, con la sanción del Senado, ordenó que se hiciera la guerra a Paleópolis. Los cónsules organizaron sus respectivos mandos; de los griegos se encargaría Publilio y Cornelio, con un segundo ejército, controlaría cualquier movimiento por parte de los samnitas. Sin embargo, un informe les previno de que los samnitas, esperando ansiosos un levantamiento en la Campania, mandaban allí sus tropas; Cornelio pensó que lo más apropiado sería levantar allí un campamento.

[8.23] Ambos cónsules enviaron un mensaje al Senado diciendo que había muy pocas esperanzas de que los samnitas permaneciesen en paz. Publilio les informó de que dos mil soldados de Nola [antigua Nolanum.- N. del T.] y cuatro mil samnitas habían sido admitidos en Paleópolis, más por la presión de Nola que porque los griegos tuviesen grandes deseos de su presencia; Cornelio mandó la noticia de que se habían dado órdenes para un alistamiento general en el Samnio, y que se estaba tratando abiertamente de inducir a las comunidades vecinas de Priverno, Fondi y Formia a levantarse. En estas circunstancias, se decidió enviar embajadores a los samnitas antes de empezar de hecho la guerra. Los samnitas enviaron una respuesta insolente. Acusaron a los romanos de una agresión flagrante y negaron absolutamente las acusaciones que se formulaban contra ellos; declararon que la ayuda que habían recibido los griegos no la había facilitado su gobierno, ni que habían incitado a Fondi ni a Formia, pues no tenían motivo para desconfiar de sus propias fuerzas si se llegaba a la guerra. Además, era imposible disimular la profunda irritación que en la nación samnita inspiraba el comportamiento del pueblo romano al restaurar Fregellas después de que ellos la hubieran capturado a los volscos y la destruyeran, y que hubiesen asentado una colonia en territorio samnita a la que los colonos llamaban Fregellas. Si este insulto e injuria no era retirado por sus responsables, ellos mismos usarían toda su fuerza para librarse de él. Los embajadores romanos les invitaron a someter las cuestiones en disputa a un arbitraje ante sus amigos comunes, pero los samnitas respondieron: «¿Por qué tenemos que andarnos con rodeos? Ni la diplomacia ni el arbitraje pueden arreglar nuestra disputa; las armas y la fortuna de la guerra son lo único que puede decidir la cuestión. Que nuestros ejércitos se encuentren entre Capua y Suessula y allí decidiremos si serán los romanos o los samnitas quienes señorearán Italia». A lo que el romano respondió: «Los soldados romanos no irán donde les convoque el enemigo, sino donde les lleve su jefe».

Mientras tanto, Publilio había ocupado una posición adecuada entre Paleópolis y Nápoles, a fin de evitar que se prestasen mutuamente la ayuda que hasta entonces se habían dado. El tiempo para las elecciones se acercaba y hubiera sido muy inconveniente para el interés público llamar de vuelta a Publilio, ya que estaba listo para atacar el lugar y esperando de efectuar su captura en pocos días. Se llegó por tanto a un acuerdo con los tribunos de la plebe para proponer al pueblo que, a la finalización de su mandato, Publilio continuase como procónsul hasta que llegase a su fin la guerra con los griegos. La misma medida se adoptó con respecto a Cornelio, que ya había entrado en el Samnio, y se le dio instrucciones escritas para que nombrase un dictador para celebrar las elecciones. Nombró a Marco Claudio Marcelo, y este designó a Espurio Postumio como jefe de la caballería. Las elecciones, sin embargo, no fueron celebradas por ese dictador, pues se plantearon dudas en cuanto a si se habían observado las formalidades prescritas en su nombramiento. Los augures, al ser consultados, declararon que no se habían observado debidamente. Las tribunas calificaron su acción como deshonesta e injusta. «¿Cómo», preguntaron, «podían saber que existía alguna irregularidad? El cónsul se levantó a media noche para designar al dictador; no había comunicado nada a nadie, oficial o privadamente, sobre el asunto; no había nadie con vida que pudiera decir que él había visto u oído nada que pudiese viciar los auspicios; los augures, sentados tranquilamente en Roma, no podían adivinar a qué dificultades se pudiera enfrentar el cónsul en el campamento. ¿Quién de los presentes no veía que la irregularidad que habían descubierto los augures resultaba ser el hecho de que el dictador era un plebeyo?» Estas y otras objeciones fueron planteadas por los tribunos. Los asuntos, sin embargo, entraron en un interregno, y debido a la suspensión reiterada de las elecciones con un pretexto tras otro, hubo no menos de catorce interregnos. Por fin, Lucio Emilio, el decimocuarto interrex, declaró a Cayo Petilio y a Lucio Papirio Mugilano como debidamente electos -326 a.C.-. En otras listas me parece como sobrenombre Cursor.

[8.24] Se dice que la fundación de Alejandría, en Egipto, tuvo lugar este año (327 a. C.) [téngase presente que el año iba de marzo a marzo y que Livio se refiere al año ya transcurrido.- N. del T.], y también el asesinato de Alejandro de Épiro a manos de un refugiado lucano, un evento con el que se cumplió la predicción del oráculo de Júpiter Dodoneano [de Dodona, 80 km al este de la isla de Corfú.- N. del T.]. Cuando fue invitado por los tarentinos a Italia, recibió una advertencia para que se cuidase del agua de Aquerusia y de la ciudad de Pandosia, pues era allí donde se habían fijado los límites de su destino. Esto le hizo cruzar a Italia, tan pronto como le fue posible, desde la ciudad de Pandosia, en el Épiro y el río Aqueronte, que fluye desde Molossia hasta la laguna Infernal y finalmente desemboca en el golfo de Arta [Thesprotius sinus en el original latino.- N. del T.]. Pero, como sucede a menudo, al tratar de evitar su destino se precipitó sobre él. Ganó varias victorias sobre las naciones de la Italia meridional, causando numerosas derrotas a las legiones de Brucia y Lucania, capturando la ciudad de Heraclea, un asentamiento de colonos de Tarento, tomando Potenza a los lucanos, Siponto a los apulios, Consenza y Terina a los brucios y otras ciudades de los mesapios y lucanos. Envió a trescientas familias nobles al Épiro, detenidos como rehenes. Las circunstancias bajo las que halló la muerte fueron estas: Él había tomado una posición permanente sobre tres colinas, no muy lejos de la ciudad de Pandosia que está próxima a las fronteras entre lucanos y brucios. Desde este punto hacía incursiones en cada lugar del territorio del enemigo, y en estas expediciones empleaba como guardaespaldas a unos dos centenares de refugiados lucanos, en cuya fidelidad puso su confianza, pero que, como la mayoría de sus compatriotas, eran dados a cambiar de bando cuando cambiaba su suerte. Unas lluvias continuas habían inundado todo el país e impidieron que las tres divisiones del ejército se apoyasen mutuamente; el terreno entre las tres colinas se volvió intransitable. Mientras estaban en estas condiciones, dos de las tres divisiones fueron atacadas por sorpresa en ausencia del rey y vencidas. Después de aniquilarlas, el enemigo asaltó la tercera colina, donde el rey estaba presente en persona. Los refugiados lucanos lograron comunicarse con sus compatriotas y prometieron, en caso de que se les garantizase un retorno seguro, que pondrían al rey en sus manos, vivo o muerto. Alejandro, con un destacamento selecto de tropas, se abrió paso, con un espléndido coraje, a través del enemigo y enfrentándose al general lucano le mató tras un combate cuerpo a cuerpo. Luego, uniéndose a aquellos de sus hombres que se habían dispersado en la huida, se dirigió hacia las ruinas de un puente que había sido arrasado por las inundaciones y llegó a un río. Mientras sus hombres estaban vadeando en condiciones inciertas, un soldado, casi agotado por el esfuerzo y el miedo, maldijo el río por su funesto nombre y exclamó: «¡Con razón te llamas Acheronte!» Cuando estas palabras llegaron a oídos del rey, enseguida se le vino a la cabeza la advertencia del oráculo y se detuvo, dudando si cruzar o no. Sotimo, uno de sus asistentes personales, le preguntó por qué dudaba en un momento tan crítico y llamó su atención sobre los sospechosos movimientos de los refugiados lucanos que, evidentemente, meditaban su traición. El rey miró hacia atrás y los vio venir en un grupo compacto; enseguida desenvainó su espada y, espoleó su caballo por en medio del río. Ya había llegado a las aguas poco profundas del otro lado, cuando uno de los refugiados, a cierta distancia, le atravesó con una jabalina. Cayó de su caballo y su cuerpo sin vida, con el arma clavada en él, fue arrastrado por la corriente a la parte de la orilla donde estaban sus enemigos. Allí fue horriblemente mutilado. Después de cortarlo por en medio, enviaron una mitad a Consenza y le quedaron la otra para hacer burlas con ella. Mientras le estaban arrojando a distancia dardos y piedras, una mujer solitaria que se aventuró entre la chusma que mostraban tan increíble brutalidad y les imploró que desistieran. Ella les dijo entre lágrimas que su marido y sus hijos eran prisioneros del enemigo y que esperaba poder rescatarlos con el cuerpo del rey, por muy desfigurado que estuviera. Esto puso fin a los ultrajes. Lo que quedaba de las extremidades fue cremado en Consenza por el cuidado reverencial de esta mujer, y los huesos fueron devueltos al Metaponto; de allí fueron llevados a Cleopatra, la esposa del rey, y a Olimpia, su hermana; esta última era la madre, y la primera, la hermana, de Alejandro Magno. Me pareció bien para dar este breve relato de la trágica muerte de Alejandro de Épiro pues, aunque la fortuna le impidió mantener hostilidades con Roma, las guerras que libró en Italia le dan derecho a un lugar en esta historia.

[8.25] Este año (326 a. C.) se celebró un lectisternio, el quinto desde la fundación de la Ciudad, y se propiciaron en él a las mismas deidades que en el anterior. Los nuevos cónsules, actuando bajo las órdenes del pueblo, enviaron heraldos para entregar una declaración formal de guerra a los samnitas, y efectuaron todos los preparativos para esta guerra en una escala mucho mayor que contra los griegos. Se recibieron ayudas nuevas e inesperadas, pues los lucanos y apulios, con los que por entonces no mantenían relaciones los romanos, llegaron con la oferta de hacer una alianza y prometieron ayuda armada; se hizo pues una alianza de amistad con ellos. Mientras tanto, las operaciones en el Samnio se condujeron con éxito; las ciudades de Alife, Callifae, y Presenzano [Rufrium en el original latino.- N. del T.] pasaron a manos de los romanos, y después que hubieron entrado los cónsules al país, devastaron el resto del territorio a lo largo y a lo ancho. Mientras esta guerra comenzaba así favorablemente, la otra contra los griegos se aproximaba a su terminación. No sólo se cortaron las líneas de comunicación enemigas entre las dos ciudades de Paleópolis y Nápoles, sino que sus habitantes prácticamente quedaron prisioneros de sus defensores, y estaban sufriendo más de ellos de lo que cualquier enemigo exterior les pudiera hacer sufrir; sus esposas e hijos estaban sometidos a indignidades tan extremas como a las que solo se infligían a ciudades asaltadas y saqueadas. Les llegaron noticias de que les llegaban socorros desde Tarento y de los samnitas. Consideraron de que ya tenían, dentro de sus murallas, a más samnitas de los que querían, pero las fuerzas de Tarento estaban compuestas por griegos, a los que se preparaban a dar la bienvenida, siendo ellos mismos griegos, y por cuyo medio esperaban resistir a los samnitas y nolanos tanto como a los romanos. Al final, rendirse a los romanos les pareció el menor de los dos males. Carilao y Nimphio, los hombres principales de la ciudad, se pusieron de acuerdo entre sí sobre los papeles que iban a jugar cada uno. Uno desertaría con el jefe romano y el otro permanecería en la ciudad y la dispondría para ejecutar con éxito su plan. Carilao era el que marcharía donde estaba Publio Filón. Tras expresar la esperanza de que todo pudiera resultar en bien y felicidad de Paleópolis y Roma, pasó a decir que había decidido entregar las fortificaciones. Que al hacerlo hubiera preservado su patria o la hubiera traicionado dependía del sentido romano del honor. Para él no pedía condiciones ni exigía término alguno, pero para sus compatriotas rogaba y estipulaba que si su designio tenía éxito, el pueblo de Roma tuviese en cuenta el entusiasmo con el que habían tratado de renovar sus antiguas relaciones de amistad y el riesgo inherente a su acción, en vez de su locura y temeridad al romper los viejos lazos que les obligaban. El comandante romano dio su aprobación al ardid propuesto y le proporcionó tres mil hombres para apoderarse de aquella parte de la ciudad que estaba ocupada por los samnitas. Lucio Quincio, un tribuno militar, fue puesto al mando de esta fuerza.

[8,26] Nimphio, al mismo tiempo, se acercó al pretor samnita y lo convenció para que, ahora que toda la fuerza de combate romana estaba o rodeando Paleópolis u operando en el Samnio, le permitiera navegar con la flota hasta la costa romana y asolar no sólo los distritos costeros, sino todo el territorio cercano a la Ciudad. Señaló, empero, que para asegurar el secreto sería necesario comenzar por la noche, y que los buques debían ser botados enseguida. Para acelerar el proceso, el conjunto de las tropas samnitas, con excepción de los que estaban montando guardia en la ciudad, fue enviado a la costa. Aquí se encontraron tan amontonados que se impedían los movimientos unos a otros, y la confusión se acrecentó por la oscuridad y las órdenes contradictorias que Nimphio estaba dando para ganar tiempo. Mientras tanto, Carilao había sido admitido por sus cómplices en la ciudad. Cuando los romanos hubieron ocupado completamente las partes más altas de la ciudad, les ordenó lanzar un grito, ante el cual los griegos, siguiendo las instrucciones de sus jefes, guardaron silencio. Los nolanos escaparon hacia la otra parte de la ciudad y tomaron el camino hacia Nola. Los samnitas, como ya estaban fuera de la ciudad, tuvo menos dificultades para escapar, pero una vez fuera de peligro, se encontraron en una huida mucho más penosa. No tenían armas, todo lo que poseían había quedado atrás, en manos del enemigo; regresaron a sus hogares desnudos y míseros, objetos de burla no sólo para los extranjeros, sino incluso para sus propios compatriotas. Soy consciente de que hay otro punto de vista sobre esta acción, de acuerdo con el cual los samnitas se rindieron, pero en el relato anterior he seguido a los autores a quienes considero más dignos de crédito. Además, el tratado de Nápoles, por el que se trasladaba allí la sede del gobierno de los griegos, resulta más probable a que renovaran las relaciones amistosas por su propia voluntad. Como se pensó por todos que el enemigo había sido obligado por el asedio a llegar a un acuerdo, se decretó un triunfo a Publilio. Dos circunstancias ocurrieron, en relación con su consulado, que nunca habían ocurrido antes: la prolongación de su mandato y un triunfo posterior a la expiración de su cargo.

[8.27] A todo esto siguió, casi inmediatamente, una guerra con los griegos de la costa oriental. Los tarentinos habían alentado al pueblo de Paleópolis durante su larga resistencia con vanas esperanzas de ayuda, y cuando oyeron que los romanos habían tomado posesión del lugar, culparon gravemente a los paleopolitanos por dejarlos en la estacada, como si fuesen inocentes de haber actuado ellos mismos de un modo similar. Estaban furiosos con los romanos, sobre todo después de ver que los lucanos y los apulios habían establecido relaciones de amistad con ellos (pues fue este año cuando se formó la alianza) y se dieron cuenta de que serían los siguientes en verse envueltos. Vieron que pronto se convertiría en una cuestión de luchar contra Roma o someterse a ella, y que todo su futuro, de hecho, dependería del resultado de la guerra samnita. Esa nación se quedó sola, e incluso su fuerza resultaba insuficiente para luchar ahora que los lucanos les habían abandonado. Pensaron, sin embargo, que aún podrían recuperar a éstos e inducirlos a abandonar la alianza romana, si resultaban lo bastante hábiles para sembrar entre ellos las semillas de la discordia. Estos argumentos encontraron aceptación general en un pueblo que era voluble e inquieto, y algunos jóvenes lucanos, que se distinguían más por su falta de escrúpulos que por su sentido del honor, fueron sobornados para convertirse ellos mismos en instrumento del partido belicista. Después de azotarse los unos a los otros con varas, se presentaron con sus espaldas descubiertas ante la asamblea popular y se quejaron sonoramente de que tras haberse aventurado dentro del campamento romano, habían sido azotados por orden del cónsul y estuvieron a punto de perder la cabeza. El asunto tenía un feo aspecto y la visible evidencia eliminaba cualquier sospecha de fraude. La asamblea se excitó grandemente, y entre gritos insistió en convocar a los magistrados del Senado. Cuando se reunieron, los senadores estaban rodeados por una multitud de espectadores que clamaban por la guerra con Roma; mientras tanto, otros fueron por el país para hacer que los campesinos tomasen las armas. Hasta las más frías cabezas fueros arrastradas por el tumultuoso sentir popular; se aprobó un decreto para que se hiciese una nueva alianza con los samnitas y a continuación se iniciaron negociaciones con ellos. Los samnitas no tenían mucha confianza en este repentino, y aparentemente sin fundamento, cambio de política, y los lucanos se vieron obligados a dejar rehenes y permitir que los samnitas guarnecieran sus plazas fortificadas. Cegados por el engaño y el resentimiento, no pusieron ninguna dificultad para aceptar estos términos. Poco después, cuando los autores de las falsas acusaciones se hubieron trasladado a Tarento, comenzaron a ver cómo habían sido engañados; pero era demasiado tarde, los acontecimientos se les habían ido de las manos y no les quedaba más que el arrepentimiento inútil.

[8.28] Este año (326 a.C.) se caracterizó por el nacimiento, por así decir, de una nueva era de libertad para la plebe; ya no se permitió a los acreedores encarcelar a sus deudores. Este cambio en la ley se produjo por un señalado ejemplo de lujuria y crueldad por parte de un usurero. Lucio Papirio era el hombre en cuestión. Cayo Publilio le había comprometido su persona por una deuda que su padre había contraído. La juventud y la belleza del deudor, que debería haber provocado sentimientos de compasión, sólo sirvió de incentivo a la lujuria y el insulto. Viendo que sus infames propuestas sólo llenaban al joven de horror y repugnancia, el hombre le recordó que estaba absolutamente en su poder y trató de aterrorizarle con amenazas. Como con estas no consiguió quebrar los nobles instintos del muchacho, ordenó que le desnudasen y golpeasen. Destrozado y sangrando, el muchacho huyó a la calle y a voz en grito se quejó de la lujuria y brutalidad del usurero. Se juntó gran multitud y, al enterarse de lo ocurrido, enfureció por el ultraje perpetrado contra alguien de tan tierna edad, que les recordaba las condiciones bajo las que ellos y sus hijos vivían. Corrieron al Foro y desde allí, en un grupo compacto, a la Curia. Ante este brote repentino, los cónsules consideraron necesario convocar enseguida una reunión del Senado, y conforme los miembros llegaban al edificio, la multitud exhibía la espalda lacerada del joven y se arrojaban ellos mismos a los pies de los senadores conforme pasaban uno por uno. El vínculo y apoyo más fuerte del crédito quedó allí y entonces derrocado por los locos excesos de un individuo. El Senado ordenó a los cónsules que presentaran ante el pueblo una propuesta por la que «ningún hombre sería encadenado o encarcelado, excepto los que hubieran sido hallados culpables de algún crimen, y sólo hasta que se produjera la sentencia; y además, que serían los bienes, y no las personas de los deudores, la garantía de la deuda». Así fueron liberados los deudores detenidos y se prohibió que cualquiera fuese en lo sucesivo confinado.

[8.29] La guerra samnita, la repentina deserción de los lucanos y el hecho de que los tarentinos hubieran sido los instigadores, fueron suficiente motivo para provocar la inquietud de los senadores. Nuevas dificultades, sin embargo, surgieron este año debido a que los vestinos hicieron causa común con los samnitas. Este asunto, alargándose en el tiempo, fue tema de conversación durante el año actual en cualquier conversación pública, pero no ocupó el interés del gobierno. Al año siguiente, sin embargo, los nuevos cónsules, Lucio Furio Camilo y Junio Bruto Esceva -325 a.C.-, lo convirtieron en lo primero a plantear ante el Senado. Aunque el tema no era nada nuevo, sin embargo, se consideró tan grave que los senadores se abstuvieron tanto de afrontarlo como de negarse a hacerlo. Temían que si dejaban si castigo a aquella nación, los estados vecinos se envalentonarían y se atreverían a dar muestras similares de arrogancia vana, y que el castigarles con la fuerza de las armas llevase a los demás a temer un tratamiento similar y a despertar el resentimiento. De hecho, el conjunto de estos países -los marsios, los pelignos y los marrucinos- eran tan belicosos como los samnitas y, en caso de que los vestinos fuesen atacados, se les habría de contar como enemigos. La victoria, sin embargo, correspondió al partido del Senado que en aquel momento parecía ser más osado que prudente, pero el resultado demostró que la Fortuna favorece a los audaces. El pueblo, con la sanción del Senado, resolvió ir a la guerra con los vestinos. La conducción de esa guerra recayó sobre Bruto y la del Samnio tocó a Camilo. Los ejércitos marcharon hacia ambos países, y mediante una cuidadosa vigilancia de las fronteras se impidió al enemigo que las cruzase. El cónsul que tenía la tarea más pesada, Lucio Furio, fue alcanzado por una enfermedad grave y se vio obligado a renunciar a su mando. Se le ordenó que nombrase un dictador para dirigir la campaña, y nombró a Lucio Papirio Cursor, el soldado más importante de su tiempo, siendo designado Quinto Fabio Máximo Ruliano como jefe de la caballería [excepcionalmente, ambos permanecieron en el cargo durante todo un año, el 324 a.C.- N. del T.]. Los dos se distinguieron por su comportamiento en campaña, pero aun se hicieron más famosos por el conflicto que estalló entre ellos y que casi llevó a fatales consecuencias. El otro cónsul, Bruto, condujo una activa campaña contra los vestinos sin recibir un solo revés. Devastó los campos y quemó las granjas y cultivos del enemigo, consiguiendo que acudiesen a regañadientes al combate. Se libró una batalla campal e infligió tal derrota a los vestinos, aunque también con fuertes pérdidas para él, que huyeron a su campamento; pero no sintiéndose lo bastante protegidos por el foso y la empalizada, se dispersaron en grupos separados hacia sus ciudades, confiando en la fortaleza de sus posiciones y murallas de piedra para su defensa. Bruto comenzó entonces un ataque a sus ciudades. La primera en ser tomada fue Cutina, que tomó mediante escalas, tras un feroz asalto de sus hombres, que ansiaban vengar las graves pérdidas sufridas en la batalla previa. A esto siguió la captura de Cingilia. Concedió los despojos de ambas ciudades a sus tropas, como recompensa por haber superado las murallas y las puertas enemigas.

[8.30] El avance en el Samnio se realizó bajo auspicios dudosos. Esta circunstancia no auguraba el resultado de la campaña, para la que era bastante favorable, pero sí por la rabia y la ira que mostraron los comandantes. Papirio fue advertido por el pollero [pullarius en el original latino; era el sacerdote encargado de alimentar a los pollos sagrados.- N. del T.] que sería necesario tomar nuevamente los auspicios. Al salir de Roma con este propósito, encargó estrictamente a su jefe de la caballería que se mantuviese en sus líneas y que no se enfrentase al enemigo. Después de que se hubiera ido, Quinto Fabio supo por sus exploradores que el enemigo se mostraba tan descuidado como si no hubiese ni un romano en el Samnio. Fuera que su temperamento juvenil se resentía al depender del dictador, o que le tentó la oportunidad que se le ofrecía de lograr una brillante victoria, en cualquier caso, tras dar las disposiciones y hacer los preparativos necesarios, avanzó hasta Inbrinio -pues así se llamaba el lugar- y luchó en una batalla con los samnitas. Tal fue la suerte de la lucha que si el dictador hubiera estado presente no podría haber hecho nada para obtener un éxito más completo. El general no defraudó a sus hombres, ni los hombres decepcionaron a su general. La caballería cargó repetidas veces, pero no pudo romper la formación que se le oponía, y siguiendo el consejo de Lucio Cominio, un tribuno militar, quitaron los frenos a sus caballos y los espolearon con tanta furia que nada les pudo resistir. Forzaron el paso por lo más débil del enemigo y arrasaron cuanto se les oponía. La infantería les siguió y completó el desorden del enemigo. Se dice que ese día perdieron veinte mil hombres. Algunos autores de los que he consultado afirman que se libraron dos batallas en ausencia del dictador y que cada una de ellas fue una brillante victoria. En los más antiguos escritores, sin embargo, sólo se menciona una sola batalla, y algunos analistas [autor de anales, claro.- N. del T.] omiten el incidente por completo.

Como consecuencia de la gran cantidad de muertos y la gran cantidad de botín, en forma de armaduras y armas, recogido en el campo de batalla, el jefe de la caballería lo reunió todo en una enorme pila y lo quemó. Su propósito pudo haber sido el cumplir una promesa a alguna deidad. Pero si hemos de confiar en la autoridad de Fabio, lo hizo para evitar que el dictador cosechase los frutos de su gloria, o que llevase el botín en su triunfo y pusiese su nombre tras ellos. El hecho, también, de que enviase los despachos anunciando su victoria al Senado, y no al dictador, podría querer demostrar que no estaba en modo alguno ansioso por permitirle compartir ningún crédito en su victoria. En todo caso, el dictador se lo tomó en aquel sentido y, mientras todos los demás estaban jubilosos por la victoria que habían ganado, él tenía una expresión triste e iracunda. Despidió abruptamente al Senado y salió apresuradamente de la Curia, exclamando repetidamente que la autoridad y dignidad del dictador quedarían tan completamente sobrepasadas por el jefe de la caballería como lo habían sido las legiones samnitas, si tal desprecio a sus órdenes quedaba impune. En este estado de ánimo furioso y amenazante, se dirigió con toda la rapidez posible al campamento. No pudo, sin embargo, llegar a él antes que la noticia de su aproximación, llevada por mensajeros que habían salido de la Ciudad delante de él llevando el mensaje de que el dictador llegaba en busca de venganza, con palabras de alabanza para Tito Manlio [el que mató a su hijo por indisciplina militar.- N. del T.].

[8,31] Fabio convocó inmediatamente sus tropas a una asamblea, y les instó para mostrar el mismo valor con el que habían defendido la república contra un bravo y decidido enemigo, para proteger de la ferocidad sin límites del dictador al hombre bajo cuyos auspicios y mando habían resultado victoriosos. Aquel venía enloquecido por los celos, exasperado por los méritos de otro hombre y por su buena fortuna, furioso porque la república había triunfado en su ausencia. Si estuviera en su poder cambiar la suerte del día, preferiría más que la victoria hubiera sido para los samnitas que no para los romanos. Habla todo el tiempo sobre la desobediencia a las órdenes como si la razón por la que prohibió todo combate no fuera, precisamente, la misma por la que le molestaba que hayamos luchado. Así que, impulsado por los celos, quería suprimir los méritos ajenos y privar de sus armas a hombres más que dispuestos a usarlas, para impedir que las empleasen en su ausencia; y ahora está furioso y exasperado porque los soldados no estuviesen heridos o indefensos aunque Lucio Papirio no hubiese estado con ellos, y porque Quinto Fabio se consideraba a sí mismo jefe de la caballería y no lacayo del dictador. Viendo que ahora que el enemigo ha sido totalmente derrotado y que se ha ganado una victoria para la república, que ni bajo su generalato sin igual habría sido más completa, amenaza de hecho al jefe de la caballería con el castigo, ¡¿qué hubiera hecho él si, como sucede a menudo en medio de los azares de la guerra, la batalla nos hubiera sido adversa?! Lo que haría, si pudiese, sería tratar a todos con la misma severidad, no sólo al jefe de la caballería, sino a los tribunos militares, a los centuriones y a los hombres de la tropa. Celoso, como un relámpago, todo lo ataca, y como no puede alcanzar a todos, ha elegido como víctima a un hombre al que considera el principal conspirador: vuestro general. Si tuviera éxito al aplastarle y apagar el esplendor de su éxito, tratará a este ejército como el vencedor trata al vencido y con la misma crueldad que se le haya consentido tratar al jefe de la caballería. Defendiendo su causa, estarán defendiendo la libertad de todos. Si el dictador ve que el ejército está tan unido en la hora de la victoria como lo fue al luchar por ella, y que la seguridad de uno es la preocupación común de todos, él mismo volverá a un estado de ánimo más calmado. Sus últimas palabras fueron: «Encomiendo mi fortuna y mi vida a vuestra fidelidad y coraje». Sus palabras fueron recibidas con gritos generales de aprobación. Le decían que no desmayase ni se desanimase, que ningún hombre le haría daño mientras estuviesen en pie las legiones de Roma.

[8.32] No mucho después de esto, apareció el dictador y de inmediato ordenó la trompeta que tocase a Asamblea. Cuando se restableció el silencio, un mensajero citó a Quinto Fabio, el jefe de la caballería. Este se adelantó y se detuvo justo debajo de la tribuna del dictador. El dictador comenzó: «Quinto Fabio, en tanto que el dictador posee la autoridad suprema, a la que los cónsules que ejercen el antiguo poder real y los pretores que son elegidos bajo los mismos auspicios que los cónsules se someten, te pregunto para que digas si piensas que es correcto o no que el jefe de la caballería se someta a dicha autoridad. Además, también te pregunto ¿Era yo consciente de haber dejado la Ciudad bajo auspicios dudosos, y debería haber puesto en peligro la seguridad de la república a la vista de estas dificultades religiosas, o debía haber tomado nuevamente los auspicios y evitar así cualquier decisión hasta saber lo que placía a los dioses? También me gustaría saber si, en caso de que un impedimento religioso evite que el dictador actúe, ¿puede también el jefe de la caballería considerarse sin trabas y libre de tales impedimentos? Pero ¿por qué hago estas preguntas? Seguramente, si me hubiera ido sin dejar orden alguna, tú debieras haber usado tu criterio para interpretar mis deseos y actuar en consecuencia. Respóndeme, por tanto, a esto: ¿Te prohibí tomar ninguna acción en mi ausencia? ¿Te prohibí enfrentarte al enemigo? Con desprecio de mis órdenes, mientras estaban aún indecisos los auspicios y retenida la sanción religiosa, te atreviste a dar batalla desafiando todas las costumbres militares y la disciplina de nuestros antepasados, en contra de la voluntad de los dioses. Contesta las preguntas que se te hacen, pero cuídate de pronunciar una sola palabra sobre nada más. ¡Lictor, acércate a él!».

Fabio vio que no era nada fácil responder a cada pregunta en detalle, y protestó porque el mismo hombre fuera tanto acusador como juez en un asunto de vida o muerte. Gritó que sería más fácil privarle de la vida que de la gloria que había ganado, y llegó a exculparse y a acusar al dictador. Papirio, en un nuevo estallido de ira, ordenó que se desnudase al jefe de la caballería y que se dispusieran las varas y las hachas. Fabio hizo un llamamiento a los soldados en busca de ayuda, y como los lictores empezaran a quitarle la ropa, se retiró detrás de los triarios, que estaban ahora formando un tumulto. Sus gritos llegaron a toda la concurrencia, por todas partes se oyeron amenazas y súplicas. Los más cercanos al tribunal, que podrían ser reconocidos al estar a la vista del dictador, le imploraron por el jefe de la caballería y para que no condenase con él a todo el ejército; los que estaban más lejos y los que habían rodeado a Fabio vilipendiaban al dictador de insensible y despiadado. Las cosas se acercaban rápidamente al amotinamiento. Incluso los que estaban en el tribunal no se quedaron quietos; los oficiales de estado mayor que rodeaban la silla del dictador le rogaban que suspendiera el proceso hasta el día siguiente, para que se enfriasen los ánimos y dar tiempo a un examen tranquilo. Insistían en que el espíritu juvenil de Fabio había sido suficientemente castigado y su victoria suficientemente mancillada; le rogaban que no llevase su castigo hasta el extremo, ni que marcase con la ignominia no solo a un joven de mérito excepcional, sino también a su padre y a toda la gen Fabia. Cuando se dieron cuenta que de sus argumentos y súplicas eran igualmente inútiles, le incitaron a mirar la enojada multitud que tenía en frente. Añadir fuego al ánimo de hombres que ya lo tenían lo bastante inflamado, y darles motivos para amotinarse, dijeron, era indigno de un hombre de su edad y experiencia. Si se producía un motín, nadie echaría la culpa a Quinto Fabio, que sólo despreciaba el castigo; toda la responsabilidad caería sobre el dictador por haber provocado, con su ciega pasión, a la multitud a una lucha deplorable con él. Y como último argumento, declararon que para impedir que supusiera que actuaban por cualquier favoritismo hacia Fabio, estaban dispuestos a declarar bajo juramento que castigar a Fabio, en las actuales circunstancias, iba en contra del interés del Estado.

[8,33] Estas protestas sólo irritaron al dictador contra ellos, en vez de disponerle más favorablemente hacia Fabio, y les ordenó abandonar el tribunal. En vano exigieron silencio los ujieres, ni la voz del dictador ni las de sus oficiales se oían a causa del ruido y el alboroto; por fin, la noche puso fin al conflicto como si hubiera sido una batalla. Al jefe de la caballería se le ordenó comparecer al día siguiente. Como, sin embargo, todo el mundo le aseguró que Papirio estaba tan molesto y amargado por la resistencia que había encontrado que se mostraría más furioso que antes, Fabio abandonó secretamente el campamento y llegó a Roma por la noche. Por consejo de su padre, Marco Fabio, que había sido cónsul tres veces así como dictador, se convocó enseguida una reunión del Senado. Mientras su hijo estaba describiendo a los senadores la violencia y la injusticia del dictador, se escuchó de pronto el ruido de los lictores despejando el camino frente a la Curia y apareció el propio dictador, que le había seguido con una poca caballería ligera tan pronto se enteró de que había abandonado el campamento. Entonces comenzó de nuevo la controversia y Papirio ordenó que Fabio fuese detenido. Aunque no sólo los líderes del Senado, sino toda la Cámara, le pidieron que depusiera su ira, él permaneció impasible y persistió en su propósito. Entonces Marco Fabio, el padre, dijo: «Puesto que ni la autoridad del Senado, ni los años que yo, a quien te dispones a despojar de mi hijo, he alcanzado, ni el noble nacimiento y los méritos personales del jefe de la caballería al que tú mismo nombraste, ni los abundantes ruegos, han mitigado la ferocidad de los enemigos humanos ni apaciguado la ira de las ofendidas deidades, pues nada de esto te mueve, reclamo la intervención de los tribunos de la plebe y apelo al pueblo. Ya que tratas de evitar la sentencia que el ejército ha aprobado sobre ti y que el Senado aprueba ahora, te convoco ante el único juez que tiene en toda circunstancia más poder y autoridad que tu dictadura. Veremos si te presentas a la convocatoria a la que un rey romano, Tulio Hostilio, acudió». Al punto dejó la Curia y fue hacia la Asamblea. Hasta allí fue también el dictador con un pequeño grupo, mientras que el jefe de la caballería era acompañado por todos los líderes del Senado en bloque. Ambos habían tomado su lugar en los Rostra cuando Papirio ordenó que Fabio fuera llevado al espacio de abajo. Su padre le siguió y se dirigió a Papirio diciéndole: «Haces bien en ordenar que nos lleven a un lugar desde el que podremos hablar como ciudadanos privados».

Durante algún tiempo, el debate se interrumpió y nada se escuchaba aparte de las mutuas imprecaciones. Finalmente, el fuerte e indignado tono del viejo Fabio se impuso sobre la algarabía conforme se extendía sobre la tiranía y brutalidad de Papirio. Él mismo, dijo, había sido dictador, y ni una sola persona, ni un solo plebeyo, fuera centurión o soldado, había sufrido jamás ningún mal de él. Pero Papirio quería obtener una victoria y un triunfo de un comandante romano, como si fuera de un general enemigo. ¡Qué diferencia había entre la moderación mostrada por los antepasados y esta nueva moda de la severidad implacable! El dictador Quincio Cincinato rescató al cónsul Lucio Minucio de un cerco, y el único castigo que se le infligió fue dejarlo como segundo al mando del ejército. Lucio Furio, después de expresar su desprecio por la edad y la autoridad de Marco Furio Camilo, sufrió una derrota de lo más vergonzosa, pero Camilo no sólo controló en aquel momento su ira y se abstuvo de dar cuenta en sus despachos al pueblo, sino que a su regreso a Roma, después que el Senado le permitiese elegir de entre los tribunos consulares uno al que asociar al mando, eligió de hecho a Lucio Furio. ¿Por qué ni el propio pueblo, que tiene en sus manos el poder soberano, ha permitido nunca que sus sentimientos le llevasen más allá de imponer una multa cuando se habían perdido ejércitos por la temeridad o ignorancia de sus generales? Nunca hasta este día había sido juzgado a vida o muerte un comandante en jefe por haber sido derrotado. Pero ahora los generales que han ganado victorias y obtenido los más espléndidos triunfos son amenazados con las varas y las hachas, un castigo que las leyes de la guerra prohíben hasta para con los vencidos. ¿Qué, preguntó, habría sufrido su hijo si hubiese hallado la derrota, si hubiera sido puesto en fuga y desalojado de su campamento? ¿Pueden llegar la ira y la violencia de aquel hombre hasta la flagelación y el asesinato? Gracias a Quinto Fabio el Estado disfrutaba y ofrecía acciones de gracias y felicitaciones por la victoria; gracias a él estaban abiertos los templos, se ofrecían libaciones y oraciones en los altares y ascendía el humo de los sacrificios. ¡¿Cómo podía parecer razonable que este hombre debiera ser desnudado y golpeado con varas ante los ojos del pueblo romano, a la vista del Capitolio y de la Ciudadela, a la vista de los dioses a los que invocó en dos batallas, y no en vano?! ¿Qué sentiría el ejército, que había obtenido sus victorias bajo sus auspicios y generalato? ¡Qué consternación habría en el campamento romano, qué regocijo entre el enemigo! Acompañó este discurso de abundantes lágrimas; uniendo protestas y quejas a la petición de ayuda de dioses y hombres y abrazando cálidamente a su hijo.

[8.34] Tenía a su favor el apoyo del augusto y venerable Senado, la simpatía del pueblo, la protección de los tribunos y el recuerdo del ejército ausente. Al otro lado se alegaba el incuestionable poder soberano del pueblo romano y todas las tradiciones de disciplina militar, el edicto del dictador, que había sido considerado como poseedor de sanción divina y el ejemplo de Manlio, que había sacrificado su afecto por su hijo a la los intereses del Estado. «También Bruto, arguyó el dictador, el fundador de la libertad romana, hizo esto anteriormente en el caso de sus dos hijos. Ahora los padres, que eran hombres indulgentes y de edad, con facilidad para entrar en asuntos que no les concernían a ellos mismos, iban estropeando a los jóvenes, enseñándoles a despreciar la autoridad y a considerar la disciplina militar como de poca importancia. Declaró su intención de adherirse a su propósito, sin reducir un ápice la pena del hombre que había luchado en desafío a sus órdenes, mientras los auspicios eran dudosos y estaba retenida la sanción religiosa. Que la suprema autoridad del dictador fuera a seguir intacta o no, no dependía de él; pero él, Lucio Papirio, no iba a hacer nada que debilitase su poder. Esperaba sinceramente que los tribunos no usaran su autoridad, en sí misma inviolable, para violar con su interferencia la soberanía del gobierno romano, y que el pueblo a quien se había apelado no acabase, por este caso concreto, con dictador y dictadura por igual. «Si lo hiciera, no será a Lucio Papirio, sino a los tribunos y al corrompido juicio del pueblo a quien acusará en vano la posteridad. Cuando se rompe el vínculo de la disciplina militar una vez, ningún soldado obedecerá a su centurión, ningún centurión a su tribuno, ningún tribuno a su general y ningún jefe de la caballería a su dictador. Nadie mostrará reverencia alguna o respeto ni por hombres ni por dioses, no se mostrará ninguna obediencia a las órdenes de los jefes ni a los auspicios bajo los que actúan. Los soldados deambularán a placer por países amigos o enemigos sin obtener el permiso para ausentarse; haciendo caso omiso de su juramento militar, abandonarán sus estandartes cuando y donde quieran, rehusarán formar cuando se les ordenes, combatirán independientemente de si es de día o de noche, de sí el terreno les resulta o no favorable, tengan o no órdenes de su jefe y sin mantener la formación ni ningún orden. El servicio militar, en lugar de ser el asunto solemne y sagrado que es, parecerá bandolerismo salvaje y desordenado. ¡Exponeos a vosotros mismos, tribunos, y a todas las edades futuras, como autores de tales males! ¡Haceos personalmente responsables de la irresponsabilidad penal de Quinto Fabio!».

[8.35] Los tribunos estaban consternados y se sentían ahora más inquietos por su propia posición que por el hombre que había buscado su protección. Fueron relevados de su gran responsabilidad por la acción del pueblo; toda la Asamblea hizo un llamamiento al dictador y le rogó y suplicó que renunciase por su bien a castigar al jefe de la caballería. Cuando los tribunos vieron el giro que tomaban las cosas, añadieron también sus ruegos e imploraron al dictador que tuviese en cuenta la fragilidad humana y que perdonase a Quinto Fabio por un error natural a la juventud, pues ya había sufrido suficiente castigo. Y luego, el propio joven y hasta su padre, abandonando toda contención, cayeron sobre sus rodillas y trataron de aplacar la ira del dictador. Por fin, cuando se restableció el silencio, el dictador habló. «Así, Quirites,» dijo, «es como debe ser. La disciplina militar ha vencido, la suprema autoridad del gobierno ha prevalecido; de lo que se trataba hoy aquí era de si iban a sobrevivir. Quinto Fabio no es absuelto del delito de haber luchado en contra de las órdenes de su jefe pero, aunque condenado como culpable, se le restaura como una libre concesión al pueblo de Roma, a la autoridad de los tribunos, que lo protegieron no por el ejercicio de sus facultades legales sino por su intercesión. ¡Vive, Quinto Fabio; más feliz ahora por el deseo unánime de tus conciudadanos por defenderte que en la hora del entusiasmo tras la victoria! ¡Vive, aunque te has atrevido a hacer lo que ni tu padre, de haber estado en el lugar de Papirio, podría haber perdonado! En cuanto a mí, ya eres vuelto a mi amistad cuando lo desees. Pero al pueblo romano, a quien debes tu vida, no podrás devolver mejor retribución que demostrar que en este día has aprendido la lección de la sumisión a las órdenes lícitas en paz y en guerra». Tras anunciar que ya no detendría al jefe de la caballería, abandonó los Rostra. El alegre Senado, y el aún más alegre pueblo, rodearon al dictador y al jefe de la caballería y los felicitó por el buen fin y los acompañó después a sus hogares. Se consideró que la autoridad militar se había fortalecido no menos por el peligro en que Quinto Fabio se había visto como por el terrible castigo que recibió el joven Manlio. Vino a pasar que encada ocasión en que el dictador se ausentaba del ejército, los samnitas mostraban mayor actividad. Marco Valerio, sin embargo, el segundo al mando que estaba a cargo del campamento, vio el ejemplo de Quinto Fabio y temía la ira del dictador más que un ataque del enemigo. Una partida de forrajeo fue emboscada y destruida, y todos pensaron que se les podría haber auxiliado si el general no se hubiera detenido a causa de las perentorias órdenes que tenía. Este incidente amargó aún más el ánimo de los soldados, que ya estaban bastante alterados contra el dictador por su actitud implacable hacia Fabio, y por haberlo perdonado a petición del pueblo tras haber rechazado hacerlo ante su intercesión.

[8.36] Después de colocar Lucio Papirio Craso al mando de la ciudad, como jefe de la caballería, y prohibir a Quinto Fabio que actuase en modo alguno como magistrado, el dictador volvió al campamento. Su llegada no fue vista con mucha complacencia por sus propios hombres, ni creó ninguna alarma entre el enemigo. Al día siguiente, ya fueran inconscientes de su presencia o considerando de poca importancia que estuviera presente o ausente, el enemigo marchó en orden de combate hacia el campamento. Y sin embargo, mucho dependía de ese hombre, Lucio Papirio; tanto cuidado mostró en elegir el terreno y situar sus reservas, tanto fortaleció sus tropas en cuantas maneras aconsejaba el arte militar, que si las tácticas del general hubieran estado respaldadas por la buena voluntad de las tropas es absolutamente seguro que la guerra Samnita habría llegado aquel día a su fin. Pero lo que sucedió es que los soldados no mostraron energía; rechazaron deliberadamente la victoria para dañar la reputación de su comandante. Los samnitas tuvieron una mayor proporción de muertos, los romanos tenían más heridos. La sagaz mirada del comandante vio lo que impedía su victoria, y se dio cuenta de que debía contener su temperamento y suavizar su rigor con una mayor afabilidad. Dio una vuelta por el campamento en compañía de su personal y visitó a los heridos, asomando la cabeza en sus tiendas y preguntándoles cómo les iba, y encomendándoles individualmente por su nombre al cuidado de sus oficiales, de los tribunos militares y de los prefectos. Al adoptar este comportamiento, que naturalmente tendía a hacerle más popular, demostró tanto tacto que pronto se ganó los ánimos de los hombres para con su comandante, ahora que sus cuerpos estaban adecuadamente atendidos. Nada ayudó más a su recuperación que la gratitud que sentían por su atención. Cuando la salud del ejército quedó completamente restaurada dio batalla al enemigo; sintiéndose él y sus hombres bastante confiados en la victoria, y tan completamente derrotó y puso en fuga a los samnitas que esta fue la última ocasión en que se aventuraron a un enfrentamiento abierto con el dictador. Después de esto, el victorioso ejército avanzó por todas partes donde había perspectiva de saqueo, pero en ninguna parte hallaron fuerza armada alguna; en ningún sitio fueron atacados abiertamente ni sorprendidos por una emboscada. Se mantuvieron todos en la mayor alerta al haber dado el dictador una orden para que todo el botín fuese entregado a los soldados; la oportunidad de una ganancia privada estimuló su espíritu guerrero tanto como la conciencia de estar vengando los agravios a su país. Intimidados por estas derrotas, los samnitas hicieron propuestas de paz y se comprometieron con el dictador a dar a cada soldado un lote de vestidos y la paga de un año. Al referirles al Senado, ellos le dijeron que le seguirían a Roma y confiarían su causa únicamente a su honor y rectitud. El ejército fue, entonces, retirado del Samnio.

[8.37] El dictador hizo su entrada triunfal en la ciudad, y como deseaba abandonar su cargo, recibió instrucciones del Senado antes de hacerlo para celebrar las elecciones consulares. Los nuevos cónsules fueron Cayo Sulpicio Longo, por segunda vez, y Quinto Emilio Cerretano -323 a.C.-. Los samnitas, sin finalizar el tratado de paz por estar aun negociándose las condiciones, regresaron con una tregua por un año. Pero incluso esta fue pronto rota, pues cuando oyeron que Papirio había renunciado se mostraron ansiosos por reanudar las hostilidades. Los nuevos cónsules (algunos autores dan al segundo cónsul el nombre de Aulo en lugar de Emilio) tuvieron que manejar un nuevo enemigo, los apulios, además de la revuelta de los samnitas. Se enviaron ejércitos contra ambos; los samnitas correspondieron a Sulpicio y los apulios a Emilio. Algunos autores afirman que no se efectuó la campaña contra los apulios, sino para proteger a sus aliados contra las agresiones de los samnitas. Las circunstancias de aquel pueblo, no obstante, que era difícilmente capaz de defenderse a sí mismo, hace más probable que no hubieran atacado a los apulios, sino que ambas naciones se unieran en las hostilidades contra Roma. Nada digno de mención tuvo lugar; tanto los territorios del Samnio como de Apulia fueron devastadas, pero ni en uno ni en otro lado se enfrentaron al enemigo. En Roma, los ciudadanos fueron una noche despertados de repente de su sueño por una alarma tan grave que el Capitolio, la Ciudadela, las murallas y las puertas se guarnecieron con soldados. Toda la población fue llamada a las armas, pero cuando llegó la luz no se halló ni el autor ni la causa de la alarma. En este año Marco Flavio, un tribuno de la plebe, presentó al pueblo una propuesta para tomar medidas contra los tusculanos, «por cuyo consejo y ayuda los pueblos de Velletri y Priverno habían hecho la guerra contra el pueblo de Roma». La gente de Túsculo llegó a Roma con sus esposas e hijos de luto, como hombres en espera de juicio, e iban de tribu en tribu postrándose ante ellos. La compasión que provocó su actitud fue más útil para procurar su perdón que sus intentos por exculparse a sí mismos. Todas las tribus, con la excepción de la tribu Pollia, vetaron la propuesta. Esta tribu votó a favor de una propuesta por la que todos los varones adultos debían ser azotados y decapitados, y sus mujeres e hijos vendidos como esclavos. Hasta la última generación, los tusculanos retuvieron la memoria de tan cruel sentencia, y su rencor contra sus autores se mostraba en el hecho de que la tribu Papiria (a la que los túsculos fueron posteriormente incorporados) casi nunca votó por ningún candidato que perteneciera a la tribu Pollia.

[8.38] Quinto Fabio y Lucio Fulvio fueron los cónsules para el año siguiente -322 a.C.-. La guerra en el Samnio amenazaba con tomar un cariz más serio, pues se dijo los estados vecinos habían contratado tropas de mercenarios. Los temores que esto produjo condujeron al nombramiento de Aulo Cornelio Arvina como dictador, con Marco Fabio Ambusto como jefe de la caballería. Estos jefes condujeron el alistamiento con inusual rigor y llevaron un ejército excepcionalmente bueno al Samnio. Pero a pesar de encontrarse en territorio hostil, se comportaron con tan poca cautela al escoger el asentamiento para su campamento como si el enemigo hubiese estado a gran distancia. De pronto, las legiones samnitas avanzaron con tanta audacia que acamparon con su cerca próxima a los puestos de avanzada romanos. La llegada de la noche impidió que atacasen de inmediato; descubrieron su intención tan pronto amaneció la mañana siguiente. El dictador vio que la batalla estaba más próxima de lo que esperaba y se decidió a abandonar una posición que obstaculizaba el coraje de sus hombres. Dejando cierta cantidad de fogatas encendidas para engañar al enemigo se retiró en silencio con sus tropas, pero debido a la cercanía entre los campamentos su movimiento no dejó de ser visto. La caballería samnita les pisó los talones, pero de hecho se abstuvo de atacar hasta que hubo más luz, y la infantería tampoco salió de su campamento antes del amanecer. Tan pronto como se pudo ver, la caballería comenzó a hostigar a la retaguardia romana, y presionándoles cuando pasaban por terrenos difíciles, retrasaron considerablemente su avance. Mientras tanto, la infantería había llegado y ahora todas las fuerzas samnitas estaban presionando la retaguardia de la columna.

Al ver el dictador que no era posible seguir avanzando sin grandes pérdidas, ordenó que se midiera el terreno que ocupaba para levantar un campamento. Pero como la caballería enemiga les iba rodeando, resultaba imposible obtener madera para la empalizada o comenzar el atrincheramiento. Concluyendo que daba igual seguir adelante que permanecer donde estaban, el dictador ordenó que se quitasen los bagajes de la columna, se recogieran y que se formase la línea de batalla. El enemigo formó también en línea, igualados en valor y en fuerza. Su confianza se elevó, al atribuir la retirada romana al miedo y no, como era en realidad el caso, a la desventajosa posición de su campamento. Esto hizo que el combate durase bastante tiempo, aunque los samnitas durante largo tiempo no habían logrado aguantar el grito de guerra romano. Hemos leído, de hecho, que desde las nueve de la mañana hasta las dos de la tarde, el combate se mantuvo con tanta igualdad por ambas partes que el grito lanzado al primer choque nunca se repitió, los estandartes ni avanzaban ni retrocedían y por ninguna parte se cedía terreno. Lucharon, cada hombre manteniendo su posición, empujando con sus escudos y sin mirar atrás ni darse una pausa para respirar. El ruido y el tumulto nunca se debilitaron, la lucha continuó perfectamente constante y parecía como solo pudiera terminar a causa del total agotamiento de los combatientes o por la llegada de la noche. En aquel momento los hombres estaban comenzando a perder su fuerza y la espada su vigor, mientras que los generales estaban muy preocupados. Una turma de caballería samnita, que había cabalgado hasta cierta distancia de la retaguardia romana, descubrió que su impedimenta estaba a cierta distancia de los combatientes sin guardia ni protección alguna. Al enterarse de esto, toda la caballería cabalgó hasta allí, ansiosa por asegurarse el botín. A toda prima, un mensajero informó de esto al dictador, quien señaló: «Muy bien, dejemos que se carguen con los despojos.» Entonces los soldados, uno tras otro, empezaron a gritar que sus pertenencias estaban siendo saqueadas y que se las llevaban. El dictador mandó a buscar al jefe de la caballería. «¿Ves,» le dijo, «Marco Fabio, que la caballería del enemigo ha dejado la lucha? Se están obstaculizando y estorbando a sí mismos con nuestro equipaje. Atácalos mientras están dispersos, como suelen las partidas de saqueo; encontrarás a muy pocos montados y a muy pocos con la espada empuñada. Destrúyelos mientras cargan sus caballos con el botín y están sin armas para defenderse, ¡y haz un botín sangriento con ellos! Yo me encargaré de la batalla de infantería, la gloria de la victoria de la caballería será tuya».

[8.39] La fuerza de caballería, cabalgando en perfecto orden, cargó al enemigo disperso y estorbado por su botín, y convirtió el lugar en una carnicería. Incapaz de resistir ni de huir, fueron destrozados entre los bultos que habían tirado y sobre los cuales tropezaron sus sorprendidos caballos. Después de casi aniquilar a la caballería enemiga, Marco Fabio llevó la suya mediante un corto trayecto a rodear el combate principal y atacó a la infantería samnita por detrás. Los nuevos gritos que surgieron en esa dirección les hicieron caer en el pánico, y cuando el dictador vio a los hombres del frente mirar alrededor, con los estandartes moviéndose confusos y toda la línea ondulando, animó a sus hombres y les pidió un nuevo esfuerzo; llamó a los tribunos militares y a los centuriones principales por su nombre para que se le unieran en la renovación del combate. Lanzaron nuevamente el grito de guerra y empujaron hacia delante, y dondequiera que avanzaban veían más y más desmoralización entre el enemigo. La caballería estaba ahora a la vista de los de delante, y Cornelio, volviéndose a sus manípulos, les señaló lo mejor que pudo por voces y gestos de las manos que reconocía los estandartes y parmas de su propia caballería. Tan pronto les vieron y oyeron, olvidando las fatigas y trabajos que habían sufrido durante casi un día, olvidando sus heridas y tan ansiosos como si acabasen de salir frescos de su campamento tras recibir la señal para la batalla, se arrojaron sobre el enemigo. Los samnitas ya no pudieron resistir contra la terrible aparición de la caballería detrás de ellos y la poderosa carga de la infantería al frente. Un gran número fue muerto en medio de las dos y otros lo fueron durante la huida. La infantería se encargó de los que se vieron cercados y permanecieron en sus puestos, la caballería masacró a los fugitivos; entre los muertos se encontraba su comandante en jefe.

Esta batalla quebró por completo la resistencia, al punto que en todos sus consejos se pidió la paz. No podía, dijeron, sorprender que no tuvieran éxito en su desgraciada guerra, llevada a cabo en desafío a las condiciones del tratado y donde los dioses estuvieron más justamente indignados contra ellos que los hombres. Esa guerra tendría que ser expiada, y expiada a un gran costo. La única cuestión era si deberían pagar el castigo sacrificando a los pocos que eran culpables o derramando la sangre inocente de todos. Algunos, incluso, llegaron tan lejos como para nombrar a los instigadores de la guerra. Un nombre, especialmente, fue unánimemente denunciado, el de Brútulo Papio. Era este un aristócrata y tenía gran influencia, y había la menor duda de que fue él quien provocó la violación de la reciente tregua. Los pretores se vieron obligados a presentar un decreto, que el Consejo aprobó, ordenando que Brútulo Papio debía ser entregado y que todos los prisioneros y el botín capturado a los romanos se enviase con él a Roma y, además, que la reparación que los feciales habían exigido de conformidad con los extremos del tratado, debían satisfacerse conforme exigían el derecho y la justicia. Brútulo escapó a la ignominia y al castigo que le esperaban mediante el suicidio, pero el decreto se cumplió; los feciales fueron enviados a Roma con el cuerpo muerto y todos sus bienes se entregaron con él. Nada de esto, sin embargo, fue aceptado por los romanos más allá de los prisioneros y las cosas que de entre los despojos fueron identificadas por sus propietarios; por lo que hacía a todo lo demás, la entrega fue infructuosa. El Senado decretó un triunfo para el dictador.

[8.40] Algunos autores afirman que esta guerra fue conducida por los cónsules y que fueron ellos los que celebraron el triunfo sobre los samnitas y, además, que Fabio invadió Apulia y trajo grandes cantidades de despojos. No hay discrepancia en cuanto a que Aulo Cornelio haya sido dictador ese año; la única duda es si fue designado para dirigir la guerra, o si, debido a la grave enfermedad de Lucio Plaucio, el pretor, fue designado para dar la señal para el inicio de las carreras de carros y, tras cumplir esta no muy notable función, dimitió de su cargo. Es difícil decidir qué relato o qué autor preferir. Creo que la verdadera historia ha sido falsificada por las oraciones fúnebres y las inscripciones falsas en las imágenes familiares, pues cada familia se apropia para sí misma de un imaginario relato de actos nobles y distinciones oficiales. Es, en todo caso, por este motivo que se ha introducido tanta confusión en los registros de las carreras privadas y de los sucesos públicos. No hay escritor de aquellos tiempos que fuera contemporáneo a los hechos que relata y en cuya autoridad, por tanto, se pueda confiar.

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