Tito Livio, La historia de Roma – Libro III (Ab Urbe Condita)

Tito Livio, La historia de Roma - Libro tercero: El Decemvirato. (Ab Urbe Condita).

La historia de Roma

Tito Livio

Tito Livio (59 a. C. – 17 d. C.) fue un escritor romano de finales de la República y principios del Imperio hoy famoso por su monumental trabajo sobre la Historia de Roma desde su fundación, o, en latín, Ab Urbe Condita Libri (Libros desde la fundación de la Ciudad). Nacido en la actual Padua, se muda con fines académicos a Roma a la edad de 24 años, ciudad donde es encargado con la educación de Claudio, el futuro emperador. Su obra original comprende los tiempos que van desde la fundación de Roma en 753 a. C. hasta la muerte de Druso el Mayor en 9 a. C. Solo un cuarto de la obra ha llegado a nuestros días (35 de 142 libros) habiéndose el resto de los mismos perdido en las arenas del tiempo. Los libros que han llegado relativamente intactos a nuestros días son los libros I a X y XXI a XLV. Para mayor información sobre la obra, el contexto histórico y político de la misma e información sobre los libros perdidos y su hallazgo durante el medioevo, dirígete al siguiente artículo: La Historia de Roma desde su fundación.

La historia de Roma

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Libro tercero

El Decemvirato.

[3,1] Para el año siguiente a la captura de Anzio, Tiberio Emilio y Quincio Fabio fueron nombrados cónsules -467 a.C.-. Este era el Fabio que resultó único superviviente tras la extinción de su gens en el Crémera. Emilio, en su anterior consulado, ya había abogado por la concesión de tierras a la plebe. Como ya era cónsul por segunda vez, el Partido Agrario abrigaba esperanzas de que la Ley se cumpliría; los tribunos se ocuparon del asunto con la firme esperanza de que tras tantos intentos podrían tener éxito ahora que un cónsul estaba de su parte; el punto de vista del cónsul sobre el asunto no había cambiado. Quienes poseían las tierras (la mayoría de los patricios) se quejaron de que la jefatura del Estado estaba adoptando los métodos de los tribunos y ganando popularidad a base de regalar la propiedad ajena, y de esta manera cambiaron sus odios de los tribunos al cónsul. Se daban todos los indicios de que iba a producirse un serio conflicto, pero Fabio los ahuyentó con una sugerencia aceptable para ambas partes, a saber, que como había una considerable cantidad de tierras tomadas a los volscos el año anterior, bajo el feliz generalato de Tito Quincio, debía asentarse una colonia en Anzio, la cual, como ciudad portuaria, resultaba adecuada para tal propósito. Esto permitiría a los plebeyos poseer terrenos públicos sin injusticia para los que ya poseían, y así se restableció la armonía en el Estado. Se aprobó esta proposición. Nombró como delegados para la distribución de la tierra a Tito Quincio, Aulo Verginio y Publio Furio. Se ordenó que quienes deseasen recibir tierras diesen sus nombres. Como de costumbre, la abundancia produjo asco, y tan pocos dieron en sus nombres que se tuvo que completar el número de colonos añadiendo volscos. El resto del pueblo quería las tierras en Roma, no en otra parte. El ecuos solicitaron la paz a Quinto Fabio, que había marchado contra ellos, pero la rompieron con una repentina incursión en territorio latino.

Nota: los nombres de las personas y los pueblos han sido castellanizados según las convenciones de la RAE. Las unidades de medición, no obstante, han sido conservadas. Puede utilizar la siguiente tabla de equivalencias como referencia.

[3,2] El año siguiente -466 a.C.-, Quinto Servilio (que era cónsul junto a Espurio Postumio) fue enviado contra los ecuos, y sentó su campamento en territorio latino. Su ejército fue atacado por una epidemia y obligado a permanecer inactivo. La guerra se prolongó hasta su tercer año, cuando Quinto Fabio y Tito Quincio fueron cónsules -465 a.C.-. Como Fabio, tras su victoria, había asegurado la paz con los ecuos, mediante un edicto especial le fue encargado este asunto. Partió con la firme convicción de que la fama de su nombre les dispondría a la paz; en consecuencia, envió emisarios a su Consejo Nacional que se encargaron de llevar un mensaje del cónsul Quinto Fabio en el sentido de que como él llevase la paz con los ecuos a Roma, ahora llevaba la guerra de Roma a los ecuos con la misma mano derecha, ahora armada, que les había dado antes como promesa de paz. Los dioses eran ahora testigos y pronto serían los vengadores de los responsables de aquella perfidia y aquel perjurio. En cualquier caso, sin embargo, él prefería que los ecuos se arrepintiesen por su propia voluntad a que sufriesen de manos del enemigo; si se arrepentían, con seguridad podrían encomendarse a su clemencia, que ya habían experimentado, pero si encontraban placer en perjudicarse a sí mismos, entonces más estarían siendo beligerantes contra los enojados dioses que contra sus enemigos terrenales.

Estas palabras, sin embargo, tuvieron tan poco efecto que los enviados escaparon ilesos por poco, y enviaron un ejército al Monte Álgido contra los romanos. Cuando se informó de esto en Roma, los sentimientos de indignación en lugar de los de aprehensión por el peligro urgieron al otro cónsul a salir de la Ciudad. Así que dos ejércitos bajo el mando de los cónsules avanzaron contra el enemigo en formación de batalla, para encarar un inmediato enfrentamiento. Pero sucedió que no quedaba mucha luz, y un soldado les increpó desde los puestos de avanzada de los enemigos: «Así, romanos, hacéis demostración de fuerza, sin combatir. Formáis vuestro frente cuando la noche está a punto de llegar; necesitamos más luz diurna para la batalla. Cuando mañana nazca el Sol, volved a formar. ¡No temáis, tendréis amplia oportunidad de combatir!» Picados por estas burlas, los soldados se marcharon de regreso en el campamento para esperar el día siguiente. Ellos pensaban que la noche que se avecina sería larga, pues se había retrasado la confrontación; tras volver al campamento se rehicieron con la comida y el sueño. Cuando amaneció, al día siguiente, la línea romana formó un poco antes que la del enemigo. Por fin, los ecuos avanzaron. La lucha fue feroz en ambos lados; los romanos lucharon con ira y odio; los ecuos, conscientes del peligro en que sus fechorías les había puesto, y sin esperanza de que se volviesen a fiar de ellos, se vieron obligados a hacer un último y desesperado esfuerzo. Sin embargo, no mantuvieron su posición contra el ejército romano, sino que fueron derrotados y obligados a retirarse dentro de sus fronteras. El ánimo de las tropas permanecía intacto y ni un ápice más inclinado a la paz. Criticaron a sus generales por jugárselo todo en una batalla campal, un modo de luchar en que sobresalían los romanos, mientras que los ecuos, dijeron, eran mejores en las incursiones destructivas y correrías; numerosos grupos, actuando en todas direcciones, tendrían más éxito que se amontonaban en un gran ejército.

[3,3] En consecuencia, dejando un destacamento para vigilar el campamento, salieron e hicieron tales correrías en el territorio romano que el terror que causaron se extendió incluso a la Ciudad. La alarma fue aún mayor debido a que en absoluto se esperaban esas tácticas. Para nada les parecía menos de temer, de un enemigo que había sido derrotado y casi rodeado en su campamento, que pensasen en dedicarse a incursiones de pillaje; mientras el pánico de los campesinos afectados, llegando a las puertas de la Ciudad y exagerándolo todo con su alarma salvaje, exclamaba que no eran simples correrías o pequeños grupos de saqueadores, sino ejércitos completos enemigos los que se acercaban, preparándose para abatirse con violencia sobre la Ciudad. Los que estaban más cerca trasladaban a otros lo que oían, y los vagos rumores se hicieron cada vez mayores y más falsos. Las carreras y gritos de los hombres gritando «¡A las armas!» causaron un pánico casi tan grande como si la Ciudad hubiese sido realmente tomada. Afortunadamente, el cónsul Quincio regresó a Roma desde Álgido. Esto alivió sus temores, y después de calmar la excitación y reprenderles por temer a un enemigo derrotado, estacionó tropas para proteger las puertas. El Senado fue convocado, y por su autoridad se proclamó la suspensión de todos los negocios; tras lo cual se dedicó a proteger la frontera, dejando a Quinto Servilio como prefecto de la ciudad. Sin embargo, no encontró al enemigo. El otro cónsul logró un éxito brillante. Se informó de cuáles rutas usaría el enemigo, les atacó mientras iban cargados con el botín (obstaculizados así sus movimientos) y convirtió sus correrías de saqueo en fatales para ellos. Pocos enemigos escaparon y se recuperó todo el botín. El regreso del cónsul puso fin a la suspensión de los negocios, que duró cuatro días. Entonces se hizo el censo y Quincio cerró el lustro. Los números del censo expuesto fueron de ciento cuatro mil setecientos catorce, con exclusión de viudas y huérfanos. Nada más de importancia ocurrió entre los ecuos. Se retiraron a sus ciudades y miraban pasivamente el saqueo y el incendio de sus hogares. Después de marchar en varias ocasiones a lo largo y ancho del territorio enemigo y llevar la destrucción por todas partes, el cónsul regresó a Roma con gran gloria e inmenso botín.

[3,4] Los siguientes cónsules fueron Aulo Postumio Albo y Espurio Furio Fuso -464 a.C.-. Algunos autores llaman a los Furios, Fusios. Digo esto por si acaso alguien supone erróneamente que nombres distintos denotan personas diferentes. En cualquier caso, uno de los cónsules continuó la guerra con los ecuos. Éstos enviaron a pedir ayuda a los volscos de Ecetra. Tal era la rivalidad entre ellos en cuanto a quién debía mostrar la más inveterada enemistad con Roma, que la ayuda se concedió de buena gana y llevaron a cabo los preparativos para la guerra con la mayor energía. Los hérnicos se dieron cuenta de lo que estaba pasando y alertaron a los romanos de que Ecetra se había rebelado y unido a los ecuos. Se sospechó también de la colonia de Anzio, porque tras la captura de esa ciudad un gran número de sus habitantes [de los originarios.- N. del T.-] se había refugiado entre los ecuos, y fueron los soldados más eficaces en toda la guerra. Cuando los ecuos fueron devueltos a sus ciudades amuralladas, esta multitud fue disuelta y regresó a Anzio. Allí se encontraron a los colonos dispuestos de por sí a la traición y lograron separarlos completamente de Roma. Antes de que los asuntos estuviesen maduros, llegó al Senado la noticia de que se preparaba una revuelta, y se indicó a los cónsules que convocasen a Roma a los jefes de la colonia y se les preguntase qué estaba pasando. Vinieron sin vacilar, pero después de haber sido llevados al Senado por los cónsules, dieron respuestas tan insatisfactorias que dejaron aún mayores sospechas a su marcha que a su llegada. La guerra era segura. Espurio Furio, el cónsul a quien se encargó la dirección de la guerra, marchó contra los ecuos y los encontró efectuando correrías en territorio hérnico. Ignorante de su fuerza, porque no estaban a la vista todos a la vez, se lanzó temerariamente a la batalla con fuerzas inferiores. Fue rechazado en el primer choque y se retiró a su campamento, pero no quedó allí a salvo del peligro. Durante esa noche y el día siguiente, el campamento fue atacado con tal fuerza que ni siquiera pudo enviar un mensajero a Roma. La noticia del desafortunado combate y de la acción del cónsul y su ejército llegó a través de los hérnicos, produciendo tal alarma en el Senado que se emitió un decreto de una manera nunca usada hasta entonces, excepto en casos de extrema urgencia. Encargaron a Postumio que «mirara porque la República no sufriese daño». Se pensaba que lo mejor era que el cónsul permaneciese en Roma para alistar a todo el que pudiese empuñar un arma, mientras que Tito Quincio era enviado como legado proconsular [En el original latino: pro consule T. Qvintivm; es decir, general de un ejército de tamaño consular (2 legiones) con los poderes militares o imperium de un cónsul, pero que no podía tomar decisiones políticas que correspondiesen a los cónsules anuales, al Senado o al pueblo.- N. del T.] para liberar el campamento con un ejército suministrado por los aliados. Esta fuerza estaría integrada por los latinos y los hérnicos, mientras que la colonia en Anzio debía proporcionar subitarios (designación que se aplica a tropas alistadas apresuradamente).

[3,5] Numerosas maniobras y escaramuzas tuvieron lugar durante esos días, porque el enemigo con su superioridad numérica era capaz de atacar a los romanos desde muchos lugares y agotar sus fuerzas, pues no pudieron hallarlos juntos en ningún sitio. Mientras una parte de su ejército atacaba el campamento, otra fue enviado a devastar el territorio romano, y, si se presentaba una oportunidad favorable, intentarlo en la propia Ciudad. Lucio Valerio se quedó para proteger a la ciudad y se envió al cónsul Postumio a repeler las incursiones en la frontera. No se omitió ninguna precaución ni se ahorró ningún esfuerzo; se situaron destacamentos ante las puertas, los veteranos guarnecieron las murallas y, como medida necesaria en momentos de tal perturbación, se suspendieron los asuntos públicos durante algunos días. En el campamento, mientras tanto, el cónsul Furio, después de permanecer inactivo durante los primeros días del asedio, hizo una salida por la puerta decumana y sorprendió al enemigo, y aunque pudo haberlos perseguido, se abstuvo de hacerlo, temiendo que el campamento pudiera ser atacado desde el otro lado. Furio, general [legatum en el original latino: general de una legión y subordinado del cónsul, cuyo ejército consultar constaba de dos legiones.- N. del T.] y hermano del cónsul, llegó demasiado lejos en la carga y no se dio cuenta, en la emoción de la persecución, de que sus hombres estaban regresando y que el enemigo venía sobre él desde atrás. Al ver cortada la retirada, tras muchos intentos infructuosos por abrirse camino hasta el campamento, cayó luchando desesperadamente. El cónsul, al oír que su hermano estaba rodeado, volvió a la lucha, fue herido al sumergirse en el fragor de la refriega y con dificultad pudo ser rescatado por quienes le rodeaban. Este incidente amortiguó el coraje de sus hombres y acrecentó el de los enemigos, que tomaron tanto ánimo por la muerte de un general y por herir a un cónsul que los romanos, que habían sido rechazados a su campamento y estaban nuevamente sitiados, no volvieron a ser enemigo para ellos, ni en moral ni en fortaleza. Fracasaron sus mayores esfuerzos para contener al enemigo, y habrían estado en extremo peligro si Tito Quincio no hubiera llegado en su ayuda con las tropas aliadas, un ejército integrado por contingentes latinos y hérnicos. Como los ecuos estaban dirigiendo toda su atención al campamento romano y mostraban exultantes la cabeza del general al que habían atacado por la espalda, a una señal del cónsul Tito Quincio se efectuó simultáneamente una salida desde el campamento y quedó rodeada una gran cantidad de enemigos.

Entre los ecuos que estaban en territorio romano hubo menos pérdidas en muertos y heridos, pero fueron puestos en fuga rápidamente. Mientras estaban dispersos por todo el país con su botín, Postumio los atacó en varios lugares donde había situado destacamentos. Su ejército [de los ecuos.- N. del T.] quedó así dividido en varios cuerpos de fugitivos y en su huida se encontraron con Quincio, que volvía de su victoria con el cónsul herido. El ejército del cónsul luchó en una brillante acción y vengó las heridas de los cónsules y la muerte del legado y sus cohortes. Durante esos días se infligieron y recibieron grandes pérdidas por ambas partes. En un asunto de tanta antigüedad, es difícil hacer una declaración exacta del número de los que lucharon o de los que cayeron. Valerio de Anzio, sin embargo, se atreve a dar los totales definitivos. Dice que los romanos caídos en territorio hérnico eran 5800, y los antiates muertos por Aulo Postumio mientras corrían el territorio romano fueron 2400. El resto, que se encontró con tiempo Quincio cuando se llevaban su botín, se dispersó con pérdidas más pequeñas; da el número exacto de sus muertos: 4230. Al regresar a Roma, se revocó la orden para el cese de todos los asuntos públicos. El cielo parecía estar todo encendido y también fueron vistos otros portentos, o la gente, en su miedo, imaginó que los veían. Para apartar estos presagios alarmantes, fueron ordenadas intercesiones públicas durante tres días, durante los cuales todos los templos se llenaron de multitud de hombres y mujeres, implorando la protección de los dioses. Después de esto las cohortes latinas y hérnicas recibieron el agradecimiento del Senado por sus servicios y fueron enviadas a sus hogares. Los mil soldados de Anzio, que habían llegado después de la batalla, demasiado tarde para ayudar, fueron enviados de vuelta casi con ignominia [un soldado al servicio de Roma podía recibir la «honesta missio» o licencia honrosa, la «causaria missio» o licencia médica, o la «ignominiosa missio» o licencia sin honor, que no le permitiría recibir ventajas políticas o fiscales (como obtener la ciudadanía en el caso de tropas auxiliares).- N. del T.].

[3.6] A continuación se celebraron las elecciones, Lucio Ebucio y Publio Servilio fueron elegidos cónsules -463 a.C.-; tomaron posesión de sus cargos el 1º de agosto, que era entonces el comienzo del año consular. Ese año fue notable por la gran pestilencia que asoló tanto la Ciudad como los distritos rurales y afectó a los ganados tanto como a los seres humanos. La virulencia de la epidemia fue agravada por el hacinamiento en la Ciudad de la gente del campo y su ganado, por el temor a las correrías enemigas. Esta colección promiscua de animales de todo tipo se hizo ofensiva para los ciudadanos, por el olor inusual, y la gente del campo, constreñida como estaba en las viviendas, se afligían con el calor opresivo que no les dejaba conciliar el sueño. El contacto continuo entre ellos contribuyó a propagar la enfermedad. Mientras apenas eran capaces de soportar la presión de esta calamidad, los enviados de los hérnicos anunciaron que los ecuos y los volscos habían unido sus fuerzas, habían atrincherado su campamento dentro de su territorio [de los hérnicos.- N. del T.] y devastaban su frontera con un ejército inmenso. Los aliados de Roma no sólo vieron en el poco concurrido Senado una indicación de los sufrimientos causados por la epidemia, sino que también hubieron de llevar la melancólica respuesta de que los hérnicos debían, junto a los latinos, defenderse por sí mismos. La ciudad de Roma estaba siendo devastada por la peste enviada por la ira de los dioses; pero si el mal daba algún respiro, entonces enviarían socorro a sus aliados como lo habían hecho el año antes y en anteriores ocasiones. Los aliados partieron, llevando a casa en respuesta a las tristes noticias de que habían traído una respuesta aún más triste, porque quedaba en sus propias fuerzas en la que apenas tendrían igualdad sin el apoyo del poder de Roma. El enemigo ya no se limitó al país de los hérnicos, fueron a destruir los campos de Roma, que ya estaban devastados sin haber sufrido los estragos de la guerra. No encontraron a nadie, ni siquiera un campesino desarmado, y tras recorrer el país lo abandonaron como ya lo había sido por sus defensores y dejado sin cultivar, alcanzando la tercera piedra miliar [casi 4,5 km.- N. del T.] desde Roma en la via Gabia. El cónsul Ebucio murió; su colega Servilio aún respiraba, pero con pocas esperanzas de recuperación; la mayoría de los hombres principales fueron afectados, también la mayoría de los senadores y casi todos los hombres en edad militar; de modo que no sólo era su fuerza menor que la necesaria para una expedición como la que requerían los acontecimientos, sino que difícilmente permitiría guarnecer la Ciudad para su defensa. Los deberes de centinela fueron encomendadas por los senadores a personas que por su edad y salud pudieran efectuarlas; los ediles de la plebe se encargaron de su inspección. En estos magistrados se había transferido la autoridad consular y el control supremo de todos los asuntos.

[3,7] Toda desierta, privada de su jefatura y de toda su fortaleza, fue salvada la Ciudad por sus dioses tutelares y por la Fortuna, que hicieron que los volscos y los ecuos pensasen más en el botín que en su enemigo. Pues nunca tuvieron esperanza siquiera de aproximarse a las murallas de Roma, y aún menos de capturarla. La visión lejana de sus casas y colinas, lejos de fascinarles, les repelió. Por todas partes de su campamento se levantaron furiosas protestas: «¿Por qué estaban perdiendo el tiempo sin hacer nada en una tierra desierta y devastada, en medio de hombres y bestias apestados, mientras había sitios libres de la epidemia y con grandes riquezas en territorio de Túsculo?». Tomaron rápidamente sus estandartes, y marchando a través de los campos de los labicanos alcanzaron las colinas de Túsculo. Toda la violencia y la devastación de la guerra marchó en esta dirección. Mientras tanto, los hérnicos y los latinos unieron a sus fuerzas y se dirigieron a Roma. Actuaron así no sólo por un sentimiento de piedad, sino también porque la desgracia caería sobre ellos si no ofrecían ninguna oposición a su enemigo común mientras éste avanzaba para atacar a Roma y no llevaban ningún auxilio a quienes fueron sus aliados. Al no encontrar al enemigo allí, siguieron la información que les proporcionaban sus huellas, y les encontraron cuando estaban bajando desde las colinas de Túsculo al valle de Alba. Aquí combatieron por su propio impulso, y su fidelidad a sus aliados encontró, por el momento, poco éxito. La mortandad en Roma, por la epidemia, no era menor a la de los aliados por la espada. El cónsul superviviente murió; entre otras víctimas ilustres, murieron Marco Valerio y Tito Verginio Rutilo, los augures, y Servio Sulpicio, el Curio Máximo [antiguo sacerdote que supervisaba las Curias (o a los curios, jefes de éstas), agrupación de ciudadanos que, originalmente, pudieron haber sido las tribus.- N. del T.]. Entre el pueblo, la violencia de la epidemia hizo grandes estragos. El Senado, privado de toda ayuda humana, propuso al pueblo que se entregase a las oraciones; que ellos, con sus mujeres y niños, procesionasen como suplicantes y rogasen misericordia a los dioses. Convocados por la autoridad pública para hacer lo que la miseria de cada cual le permitiese, abarrotaron todos los templos. Matronas postradas, barriendo con sus cabellos despeinados el suelo de los templos, iban por todas partes implorando el perdón de los ofendidos Cielos y rogando que por fin acabase la pestilencia.

[3,8] Fuera que los dioses respondieron graciosamente a los orantes o que hubiese pasado la estación insana, la gente poco a poco se recuperó de la epidemia y la salud pública se volvió más satisfactoria. La atención se volvió una vez más a los asuntos de Estado, y tras haber pasado uno o dos interregnos [periodo de cinco días durante los cuales se hacía cargo de la jefatura del Estado el «interrex», que era un magistrado temporal, y se procedía la elección del dictador, generalmente en el segundo periodo aunque hubo excepciones.- N. del T.], Publio Valerio Publícola, que había sido interrex durante dos días, llevó a cabo la elección de Lucrecio Tricipitino y Tito Veturio Gémino (o Vetusio) como cónsules -462 a.C-. Tomaron posesión el 11 de agosto, y el Estado fue entonces lo bastante fuerte, no sólo para defender sus fronteras, sino tomar la ofensiva. En consecuencia, cuando los hérnicos anunciaron que el enemigo había cruzado sus fronteras, se les envió ayuda inmediatamente. Dos ejércitos consulares fueron alistados. Veturio fue enviado a actuar contra los volscos, Tricipitino tenía que proteger al país de los aliados de las incursiones predatorias y no avanzar más allá de la frontera hérnica. En la primera batalla Veturio venció y puso en fuga al enemigo. Aunque Lucrecio estaba acampado entre los hérnicos, un destacamento de saqueadores lo evitó marchando por las montañas de Preneste, y descendiendo hacia las llanuras devastaron los campos de los prenestinos y gabios, luego volvieron a las colinas de Túsculo. Se produjo una gran alarma en Roma, más por la sorprendente rapidez del movimiento que por falta de fortaleza para repeler cualquier ataque. Quinto Fabio era el prefecto de la Ciudad. Armando a los hombres más jóvenes y guarneciendo las defensas, devolvió la tranquilidad y la seguridad en todas partes. El enemigo no se atrevió a atacar la Ciudad, pero regresó dando un rodeo con el botín que había obtenido de la vecindad. Cuanto mayor era su distancia de la Ciudad, con mayor descuido marchaban; y en tal estado dieron con el cónsul Lucrecio, que había reconocido la ruta que habían tomado y estaba en formación de combate, ansioso por luchar. Como ya estaban alertados y dispuestos contra el enemigo, los romanos, aunque considerablemente menos en número, los derrotaron y masacraron a la gran hueste, a quien el inesperado ataque confundió, llevó a los profundos valles e impidió su fuga. La nación volsca casi desapareció allí. Encuentro en algunos anales que cayeron entre la batalla y la persecución 13.470 hombres y que 1.750 fueron tomados prisioneros, mientras que se capturaron veintisiete estandartes militares. Aunque puede haber cierta exageración, ciertamente se produjo una gran masacre. El cónsul, después de obtener enorme botín, regresó victorioso a su campamento. Los dos cónsules, después, unieron sus campamentos; los volscos y los ecuos también concentraron sus destrozadas fuerzas. Una tercera batalla tuvo lugar ese año; de nuevo la Fortuna dio la victoria a los romanos, los enemigos fueron derrotados y su campamento capturado.

[3,9] Los asuntos domésticos volvían a su antiguo estado; los éxitos en la guerra de inmediato provocaban trastornos en la Ciudad. Cayo Terentilio Harsa era ese año uno de los tribunos de la plebe. Pensando que la ausencia de los cónsules ofrecía una buena oportunidad para la agitación tribunicia, pasó varios días arengando a la plebe sobre la prepotente arrogancia de los patricios. En particular, arremetió contra la autoridad de los cónsules como excesiva e intolerable en un Estado libre, pues mientras que nominalmente era menos injusto, en realidad era casi más duro y opresivo de lo que lo había sido el de los reyes; pues ahora, decía, tenían dos amos en lugar de uno sólo, con poderes ilimitados e incontrolados que, sin nada que les frenase, dirigían todas las amenazas y sanciones de las leyes contra la plebe. Para evitar que esta tiranía sin límites se hiciese eterna, dijo que propondría una ley para que se nombrase una comisión de cinco personas para que escribiesen las leyes que regulaban el poder de los cónsules. Cualesquiera fuesen los poderes sobre ellos mismos que el pueblo diese al cónsul, sólo serían aquellos los que podría ejercer; no podría imponer su propio gusto y capricho como ley. Cuando esta medida fue promulgada, los patricios temieron que, en ausencia de los cónsules, ellos hubieran de aceptar el yugo. Quinto Fabio, el prefecto de la Ciudad, convocó una reunión del Senado. Hizo un ataque tan violento contra la proposición de ley propuesta y su autor, que las amenazas y la intimidación contra el tribuno no podrían haber sido mayores incluso si ambos cónsules hubieran estado en el tribuno, amenazando su vida. Lo acusó de planear traición, de aprovechar un momento favorable para planear la ruina de la república. «Si los dioses», continuó, «nos hubiesen concedido un tribuno así el año pasado, durante la peste y la guerra, nada podría haberlo detenido. Tras la muerte de los dos cónsules, mientras el Estado estaba abatido, podría haber aprobado leyes, en medio de la confusión universal, para privar a la república del poder de los cónsules, habría llevado a los volscos y los ecuos a atacar la Ciudad. ¿Es que, si los cónsules se comportaban de manera tiránica o cruel contra cualquier ciudadano, no podía él señalar día para llevarlo a juicio ante tales jueces para ser acusados por aquellos contra los que se hubiera actuado con tal severidad? Su acción estaba haciendo que el poder tribunicio, y no la autoridad consular, se volviera odioso e intolerable, y que después de haber sido ejercido pacíficamente y en armonía con los patricios, tal poder volviese ahora a sus viejas malas prácticas». En cuanto a Terentilio, no se disuadió de seguir como empezó. En cuanto a vosotros», dijo Fabio,» los demás tribunos, os rogamos que reflexionéis que en primera instancia vuestro poder os fue conferido para el auxilio de ciudadanos individuales, no para su ruina; habéis sido elegidos tribunos de la plebe, no enemigos de los patricios. Para nosotros es preocupante, para vosotros es una fuente de odio que la república sea así atacada mientras faltan sus jefes. No perjudicaréis vuestros derechos, sino que menguará el odio que se os tiene, si disponéis con vuestro colega que todo el asunto quede interrumpido hasta la llegada de los cónsules. Incluso los ecuos y los volscos, después que la epidemia se hubiese llevado a los cónsules el pasado año, no nos acosaron con guerra tan cruel y despiadada». Los tribunos llegaron a un entendimiento con Terentilio, el procedimiento aparentemente se suspendió aunque, de hecho, fue abandonado. Se hizo regresar inmediatamente a los cónsules.

[3.10] Lucrecio regresó con una inmensa cantidad de botín, y con una reputación aún más brillante. Él incrementó este prestigio a su llegada, exponiendo todo el botín en el Campo de Marte durante tres días y que cada persona pudiese reconocer y llevarse lo que fuese de su propiedad. El resto, para lo que no apareció propietario, fue vendido. Por asentimiento general se otorgó un triunfo al cónsul, pero se retrasó a causa del tribuno [Terentilio.- N. del T.], que estaba presionando para debatir su propuesta. El cónsul consideró que ésta era la cuestión más importante. Durante algunos días el tema fue debatido tanto en el Senado como en la asamblea popular. Por fin, el tribuno cedió a la autoridad superior del cónsul y abandonó su propuesta. Entonces, el cónsul y su ejército recibieron el honor que se merecían; a la cabeza de sus legiones victoriosas, celebró su triunfo sobre los volscos y ecuos. Al otro cónsul se le permitió entrar en la ciudad sin sus tropas y disfrutar de una ovación [forma inferior al triunfo, para honrar una victoria contra un enemigo menor, por ejemplo, o sin que hubiese guerra declarada.- N. del T.]. Al año siguiente -461 a.C.-, los nuevos cónsules, Publio Volumnio y Servio Sulpicio, se enfrentaron al proyecto de ley de Terentilio, que ahora fue presentado por todo el colegio de tribunos. Durante el año, el cielo parecía estar en llamas, hubo un gran terremoto, y se creyó que un buey había hablado (el año anterior no se dio crédito a este mismo rumor). Entre otros portentos, llovió carne, y se dice que gran número de aves se apoderó de ella mientras estaban volando; lo que cayó al suelo permaneció allí durante varios días sin producir mal olor. Los libros sibilinos fueron consultados por los duunviros [duunviros en el original. Magistrados ordinarios anuales con diversos cometidos: convocar y presidir comicios, realizar censos y otros. En las ciudades bajo dominio romano eran el equivalente a los cónsules.- N. del T.] y se halló una predicción de los peligros que resultarían de una alianza de extranjeros, atentados a los puntos más altos de la Ciudad y el consiguiente derramamiento de sangre. Entre otras advertencias, hubo una para que se abstuviesen de sediciones. Los tribunos alegaron que esto se hizo para impedir la aprobación de la Ley y parecía inminente un conflicto desesperado.

Como para mostrar cómo las cosas se repetían año tras año, los hérnicos advirtieron que los volscos y los ecuos, a pesar de su agotamiento, estaban equipando nuevos ejércitos. Anzio era el centro del movimiento; los colonos de Anzio celebraron reuniones públicas en Écetra, la capital y principal potencia de la guerra. Cuando llegó esta información al Senado, se dieron órdenes para proceder a un alistamiento. Se repartieron las operaciones entre los cónsules; los volscos fueron la provincia de uno y los ecuos del otro. Los tribunos, incluso delante de los cónsules, llenaron el Foro con sus gritos de que la historia de una guerra contra los volscos era una comedia convenida y que los hérnicos se habían preparado de antemano para el papel que debían desempeñar; las libertades de los romanos no estaban siendo reprimidas por una oposición directa, sino que estaban tratando de engañarles. Era imposible convencerlos de que los volscos y los ecuos, después de haber sido casi exterminados, podían iniciar por sí mismos las hostilidades; por lo tanto, se estaba buscando un nuevo enemigo; a una colonia que había sido un vecino leal se estaba cubierto de infamia. Se declaró así la guerra contra el pueblo inofensivo de Anzio; pero fue contra la plebe romana, realmente, contra quien se libraba la batalla. Después de cargarles con las armas les llevarían a toda prisa fuera de la Ciudad, y se vengarían de los tribunos condenando a sus conciudadanos al destierro. De este modo (que puede ser bien cierto) la Ley sería derrotada; a menos que, mientras que la cuestión estuviese aún por decidir y ellos aún permanecieran en casa sin alistar, tomasen medidas para impedir que les expulsasen de la Ciudad y les forzasen al yugo de la esclavitud. Si mostraban coraje no precisarían ayuda, fue la opinión unánime de los tribunos. No había motivo de alarma, no había peligro en el exterior. Los dioses se había ocupado, el año anterior, de que sus libertades fuesen protegidas con seguridad.

[3.11] Esto por parte de los tribunos. Los cónsules, en el otro extremo del Foro, sin embargo, colocaron sus sillas a la vista de los tribunos y procedieron al alistamiento. Los tribunos corrieron hacia allí, llevando a la Asamblea con ellos. Unos pocos fueron citados, aparentemente como una tentativa, y de inmediato se produjo un tumulto. Tan pronto como alguien era prendido por orden de los cónsules, un tribuno ordenaba que fuese liberado. Ninguno de ellos se mantuvo dentro de los límites de sus derechos legales; confiando en su fortaleza querían conseguir a la fuerza lo que deseaban. Los métodos de los tribunos para impedir el alistamiento fueron seguidos por los patricios para obstruir la Ley, que fue presentada cada día que se reunió la Asamblea. El problema comenzó cuando los tribunos hubieron ordenado al pueblo que procediera a la votación y los patricios se negaron a retirarse. Los miembros más veteranos del orden estaban generalmente ausentes de los procedimientos que estaban seguros de que no se controlarían mediante la razón, sino por la imprudencia y los excesos; los cónsules, también, se alejaron para que la dignidad de su magistratura no se viera expuesta a insultos. Ceso era un miembro de la gens Quincia, y su ascendencia noble, gran estatura y gran fuerza física le hacían un joven atrevido e intrépido. A estos dones de los dioses, agregaba brillantes cualidades militares y elocuencia como orador público, de modo que nadie en el Estado se preciaba de superarlo, fuera con la palabra o en la acción. Cuando asumió su puesto en medio de un grupo de patricios, visible entre todos ellos, llevando, por así decirlo, en su voz y en su fortaleza personal todas las dictaduras y consulados combinados, fue el único en resistir los ataques de los tribunos y las tormentas de indignación popular. Bajo su liderazgo, los tribunos fueron a menudo expulsados del Foro, los plebeyos derrotados y expulsados, cualquiera que se interpusiera en su camino era desnudado y golpeado. Se hizo evidente que si se dejaba seguir con este tipo de cosas, la Ley sería derrotada. Cuando los otros tribunos estaban casi desesperados, Aulo Verginio, uno de los colegiados, acusó a Ceso de un crimen capital. Este procedimiento inflamó, más que intimidó, a su carácter violento; se opuso a la Ley y hostigó a los plebeyos con más ferocidad que nunca, y declaró la guerra a los tribunos. Su acusador le dejó correr a su ruina y avivar la llama del odio popular, suministrando así nuevos cargos a las acusaciones que se le imputaban. Mientras tanto, continuó presentando la Ley, no tanto con la esperanza de aprobarla como para provocar que Ceso cometiese una mayor temeridad. Muchos discursos salvajes y excesos de los jóvenes patricios se achacaron a Ceso para reforzar las sospechas contra él. Sin embargo la oposición a la Ley se mantuvo. Aulo Verginio decía con frecuencia a los plebeyos: «¿Sois conscientes, Quirites, de que no podéis tener la ley que queréis y a Ceso, como ciudadano, juntos? Sin embargo, ¿por qué hablar de la Ley? Él es un enemigo de la libertad y supera a todos los Tarquinios en tiranía. Esperad a verlo, al hombre que ahora, en su condición privada, actúa con la audacia y violencia de un rey, esperad a verlo convertido en cónsul o dictador.» Sus palabras fueron apoyadas por muchos, que se quejaron de haber sido golpeados, y se urgió a los tribunos para que tomasen una decisión sobre el asunto.

[3.12] El día del juicio estaba próximo, y era evidente que el pueblo creía que su libertad dependía de la condena de Ceso. Por último, para su gran indignación, se vio obligado a acercarse a los miembros individuales de la plebe; fue seguido por sus amigos, que estaban entre los hombres más importantes de todo el Estado. Tito Quincio Capitolino, que había sido tres veces cónsul, tras describir sus numerosas propias distinciones y las de su familia, afirmó que ni en la gens Quincia ni en el Estado romano existía tal ejemplo de mérito personal y valor juvenil. Él había sido el soldado más importante en su ejército; a menudo había combatido bajo sus propios ojos. Espurio Furio dijo que Ceso había sido enviado por Quincio Capitolino en su ayuda cuando estaba en dificultades, y que ninguna persona había hecho más para recuperar la fortuna de aquel día. Lucio Lucrecio, el cónsul del año anterior, en el esplendor de su recién conquistada gloria, asoció a Ceso con su propio derecho a la distinción, enumeró las acciones en las que había tomado parte, contó sus brillantes hazañas en la marcha y en el campo, y se esforzó por persuadirlos para que conservasen como conciudadano a un joven adornado con tantos dones como podía conceder la naturaleza y la fortuna, que sería un inmenso poder para cualquier estado del que se convirtiese en miembro, en vez de arrojarlo a un pueblo extranjero. En cuanto a lo que había dado lugar a tal delito (su temperamento y audacia), estas fallas menguaban continuamente; lo que le faltaba (prudencia) iba en aumento día a día. Pues sus faltas decrecían y sus virtudes maduraban, debían permitir que un hombre así viviese con ellos hasta la vejez. Entre los que hablaron en su favor estuvo su padre, Lucio Quincio Cincinato. No volvió a repasar todos sus méritos, por temor a agravar el odio contra él, pero les rogó indulgencia por los errores de la juventud; él mismo nunca había ofendido a nadie, ya sea de palabra o de obra, y por su propio bien, les imploró el perdón para su hijo. Algunos se negaron a escuchar sus ruegos, para no desagradar a sus amigos; otros se quejaron de los malos tratos que habían recibido, y por sus respuestas enojadas mostraron de antemano cuál sería su veredicto.

[3.13] Más allá de la exasperación general, un cargo en particular pesaba en su contra. Marco Volscio Fictor, que unos años antes había sido tribuno de la plebe, se había presentado a declarar que no mucho después de que la epidemia hubiera visitado la ciudad, había encontrado con unos jóvenes paseando por el Suburra. Se inició una lucha y su hermano mayor, todavía débil por la enfermedad, fue derribado por un puñetazo de Ceso, y llevado a casa en un estado crítico, murió después, según él, a consecuencia del golpe. Los cónsules no le habían permitido, durante los años transcurridos, obtener reparación judicial por el ultraje. Mientras Volscio estaba contando esta historia en un tono alto de voz, se produjo tal excitación que Ceso estuvo a punto de perder la vida a manos de la gente. Verginio ordenó que fuera detenido y llevado a la cárcel. Los patricios enfrentaron la violencia con la violencia. Tito Quincio reclamó que cuando se establecía la fecha del juicio para alguien acusado de un crimen capital y que estaba presente, no se podía limitar su libertad personal antes de que fuese oído el caso y emitida la sentencia. El tribuno respondió que no iba a infligir castigo a un hombre que no había sido hallado culpable; pero debía mantenerlo en prisión hasta el día del juicio, para que el pueblo romano pudiera estar en condiciones de sancionar a aquel que hubiese tomado la vida de un hombre. Se apeló a los demás tribunos, y éstos salvaron sus prerrogativas mediante un compromiso; impidieron que fuera llevado a prisión, y anunciaron que su decisión era que el acusado compareciese ante el tribuno, y que si no lo hacía, debía pagar una multa al pueblo. La pregunta era, ¿qué suma era justa? El asunto fue remitido al Senado y el acusado quedó detenido en la Asamblea, mientras los senadores deliberaban. Decidieron que debía prestar fianza, y tal fianza ascendía a 3000 ases. Se dejaba a los tribunos la decisión de cuántos serían los fiadores; fijaron el número en diez. El fiscal liberó al acusado bajo fianza. Ceso fue el primero que prestó fianza en un juicio público. Después de abandonar el Foro, marchó la noche siguiente al exilio entre los etruscos. Cuando llegó el día del juicio, se declaró en defensa de su no comparecencia que había cambiado su domicilio para ir al exilio. Verginio, sin embargo, continuó con el procedimiento, pero sus colegas, a quienes se apeló, disolvieron la Asamblea. Se exigió, sin piedad, el dinero a su padre, que tuvo que vender todos sus bienes y vivir durante algún tiempo como un hombre desterrado en una choza al lado del Tíber.

[3.14] Este juicio y los debates sobre la Ley mantuvieron ocupado al Estado; hubo un respiro con los problemas exteriores. Los patricios quedaron intimidados por el destierro de Ceso, y los tribunos, que, según pensaban, habían obtenido la victoria, consideraban que la ley había quedado prácticamente aprobada. En lo que se refiere a los senadores veteranos, abandonaron el control de los asuntos públicos, pero los miembros más jóvenes, sobre todo aquellos que habían sido íntimos Ceso, aumentaron su ira contra los plebeyos y no se desanimaron. Ganaron más al efectuar sus ataques de un modo metódico. La primera vez que la ley fue presentada tras la huida de Ceso, se organizaron con una excusa y cuando los tribunos les mandaron retirarse, les atacaron con un enorme ejército de clientes, de tal modo que a nadie en especial se pudo achacar acción especial de gloria u odiosa. Los plebeyos se quejaron de que por un Ceso habían surgido miles. Mientras que los tribunos no presentaban la Ley, nada era más tranquilo o pacífico que aquellos mismos hombres [los jóvenes patricios.- N. del T.]; trataban afablemente a los plebeyos, conversaban con ellos, les invitaban a sus casas y cuando estaban en el Foro siempre permitían a los tribunos tratar de cualquier otra cuestión sin interrumpirles. Nunca eran desagradables con nadie, fuese en público o en privado, excepto cuando se inició una discusión sobre la Ley; en todas las demás ocasiones eran amistosos con el pueblo. No sólo los tribunos trataron sus otros asuntos tranquilamente, sino que incluso pudieron ser reelegidos para el año siguiente sin que se hiciese ningún comentario ofensivo ni se ejerciese violencia alguna. Con su comportamiento amable suavizaron el trato con la plebe y con aquellos ardides evitaron durante todo el año la aprobación de la Ley.

[3.15] Los nuevos cónsules, Cayo Claudio, el hijo de Apio, y Publio Valerio Publícola, se hicieron cargo el Estado en una situación más tranquila que de costumbre -460 a.C.-. El nuevo año no trajo nada nuevo. El interés político se centraba en la discusión de la ley. Cuanto más se congraciaban los jóvenes senadores con la plebe, más feroz era la oposición de los tribunos. Éstos trataron de despertar sospechas en su contra, alegando que se había formado una conspiración; que Ceso estaba en Roma, que se había planeado asesinar a los tribunos y masacrar a los plebeyos; y además, que los senadores de alto rango habían encargado a los miembros más jóvenes del Senado la misión de abolir la autoridad tribunicia a fin de que las condiciones políticas volvieran a ser las mismas que antes de la ocupación del Monte Sacro. La guerra con los volscos y los ecuos se había convertido ya en algo habitual, de recurrencia casi anual, y se esperaba con aprensión. Una nueva desgracia sucedió cerca de casa. Los refugiados políticos y un número de esclavos, unos 2.500 en total, bajo la dirección de Apio Herdonio Sabino, se apoderaron de la Ciudadela y del Capitolio por la noche. Los que se negaron a unirse a los conspiradores fueron inmediatamente asesinados, otros en la confusión bajaron completamente aterrorizados hasta el Foro; se oyeron varios gritos de «¡A las armas!» «¡El enemigo está en la ciudad!». Los cónsules temían tanto armar a la plebe como dejarla desarmada. Inciertos en cuanto a la naturaleza del problema que se había apoderado de la ciudad, si era causado por ciudadanos o por extranjeros, por amargura de la plebe o por traición de los esclavos, intentaron calmar el tumulto y no consiguieron sino incrementarlo; en su estado de terror e inseguridad, no se pudo controlar al pueblo. Sin embargo, se distribuyeron armas, no indiscriminadamente, sino sólo, al tratarse de un enemigo desconocido, para garantizar la protección suficiente para cualquier emergencia. El resto de la noche la pasaron apostando hombres en todos los lugares convenientes de la Ciudad, mientras que su incertidumbre en cuanto a la naturaleza y el número de los enemigos les mantenían en suspenso. La luz del día, por fin, dio a conocer el enemigo y su jefe. Apio Herdonio estaba llamando desde el Capitolio a los esclavos para ganar su libertad, diciendo que él había abrazado la causa de todos los condenados a fin de restablecer los exiliados que habían sido injustamente expulsados y eliminar el pesado yugo de los cuellos de los esclavos. Él preferiría que esto se hiciera por ofrecimiento del pueblo romano, pero si eso fuese imposible, correría todos los riesgos y levantaría a los volscos y los ecuos.

[3.16] La situación se hizo más clara a los senadores y cónsules. Temían, sin embargo, que detrás de tales objetivos abiertamente declarados, hubiera alguna trampa de los veyentinos o los sabinos, y que mientras dentro de la Ciudad se mantenía esta fuerza hostil, las legiones etruscas y sabinas apareciesen, y luego los volscos y los ecuos, sus enemigos declarados, vinieran contra la misma Ciudad, que estaba ya parcialmente tomada, y no a rapiñar su territorio. Muchos y diversos eran sus temores. Lo que más temían era un levantamiento de esclavos, en el cual cada hombre tendría un enemigo en su propia casa y en el que sería igualmente peligroso confiar como no confiar, pues la pérdida de la confianza sería un enemigo aún mayor. Peligros tan amenazantes y abrumadores sólo se podrían superar mediante la unidad y la concordia, y ningún temor era mayor que el que tenían a los tribunos o a la plebe. Este miedo se vio mitigado, pues sólo desapareció cuando el resto de los males dieron un respiro, y se pensó que había disminuido por el temor a una agresión extranjera. Sin embargo, más que cualquier otra cosa, contribuyó a disminuir la suerte del Estado zozobrante. Pues tal locura se apoderó de los tribunos que sostenían que no había tal guerra, sino un simulacro, en el Capitolio para distraer los pensamientos del pueblo de la Ley. Aquellos amigos, decían, y clientes de los patricios saldrían más silenciosamente de lo que habían llegado, si se frustraba su ruidosa demostración con la aprobación de la ley. Luego convocaron al pueblo para que dejasen las armas y formase una Asamblea con el propósito de aprobar la Ley. Mientras tanto, los cónsules, más alarmados por la acción de los tribunos que por el enemigo nocturno, convocaron una reunión del Senado.

[3.17] Cuando se informó de que se habían dejado las armas y que los hombres estaban abandonando sus puestos, Publio Valerio dejó a su colega guardando el Senado y se dirigió apresuradamente a los tribunos, en el Templo. «¿Qué significa esto, tribunos?», preguntó, ¿Vais a derrocar el Estado, bajo la dirección de Apio Herdonio? ¿Ha tenido éxito ése hombre, cuya llamada no ha levantado un sólo esclavo, en corromperos? ¿Decidís deponer las armas y discutir las leyes cuando el enemigo está sobre nuestras cabezas?». Después, dirigiéndose a la Asamblea, dijo, «Si no os preocupáis, Quirites, por la Ciudad ni por vosotros mismos, ¡aún deberíais hacerlo por vuestros dioses, cautivos del enemigo! Júpiter Optimo Máximo, Juno Reina y Minerva, con otros dioses y diosas, están siendo asediados; un campamento de esclavos tiene en su poder a vuestros dioses tutelares. ¿Es esta la apariencia que creéis que debe tener un Estado en sus cabales? No sólo con una fuerza hostil dentro de las murallas, sino en la misma Ciudadela, sobre el Foro, sobre la Curia, mientras se celebra una Asamblea en el Foro y con el Senado reunido en la Curia, como si hubiese paz y tranquilidad, y los Quirites en la Asamblea procediendo a votar. ¿No sería más propio que cada hombre, patricios y plebeyos por igual, cónsules y tribunos, dioses y hombres, acudieran, todos y cada uno, con sus armas al rescate, a correr al Capitolio y restaurar la libertad y poner sosiego en la más que venerable morada de Júpiter Óptimo Máximo? ¡Oh, Padre Rómulo, concede a tus hijos ese espíritu con el que recuperaste de aquellos mismos sabinos la Ciudadela que había sido capturada mediante el oro! Hazles tomar el mismo camino por el que tu guiaste a tu ejército. Y yo, el cónsul, seré el primero en seguir tus pasos en tanto que un hombre pueda seguir a un dios.» Terminó su discurso diciendo que tomaría las armas y exhortó a todos los Quirites para también se armasen. Si alguien trataba de impedírselo, ignoraría los límites de su autoridad consular, la autoridad de los tribunos y las leyes que les hacían inviolables, y a quien o dondequiera que fuese, tanto en el Capitolio como en el Foro, los trataría como a enemigos públicos. Los tribunos tenían mejores armas para emplear contra Publio Valerio, el cónsul, pues les prohibían usarlas contra Apio Herdonio. Él se atrevería a hacer, con el asunto de los tribunos, lo que el primero de su familia [Se refiere al Publio Valerio Publícola que había acompañado a Lucio Junio Bruto y a los otros tres en el primer año del consulado.- N. del T.] había hecho en el de los reyes. Pareció que se iba a recurrir a la fuerza, y que el enemigo disfrutaría del espectáculo de un motín en Roma. Sin embargo, la Ley no pudo ser sometida a votación, ni el cónsul ir al Capitolio, pues la noche puso fin al peligroso conflicto. Como llegó la noche, los tribunos se retiraron, temerosos de las armas del cónsul. Cuando los autores de la alteración hubieron desaparecido, los senadores fueron entre los plebeyos y mezclándose con distintos grupos les señalaban la gravedad de la crisis; les invitaban a reflexionar sobre la peligrosa posición a la que estaban llevando al Estado. No era una lucha entre patricios y plebeyos; sino que patricios y plebeyos por igual, la Ciudadela, los templos de los dioses, las deidades guardianas del Estado y las de cada casa estaban siendo entregados al enemigo. Mientras se tomaban estas medidas para borrar del Foro el espíritu de discordia, los cónsules habían ido a inspeccionar las puertas y murallas, por si se producía cualquier movimiento por parte de los sabinos o los veyentinos.

[3.18] La misma noche, llegaron mensajeros a Túsculo con noticias de la captura de la Ciudadela y el Capitolio, y de los disturbios en la Ciudad. Lucio Mamilio era en ese momento el dictador de Túsculo. Después de convocar a toda prisa el Senado y presentar a los mensajeros, instó enérgicamente a los senadores para que no esperasen la llegada de los enviados de Roma pidiendo ayuda; la certeza del peligro y la gravedad de la crisis, los dioses que vigilaban las alianzas y la lealtad a los tratados, todo exigía una acción inmediata. Nunca más los dioses nos presentarían ocasión tan favorable para ganar la obligación de un Estado tan poderoso ni tan cercano. Decidieron que se enviaría ayuda, los hombres en edad militar fueron reclutados y se distribuyeron las armas. Conforme se acercaban a Roma, en la madrugada, parecían en la distancia como si fuesen enemigos; parecía como si viniesen los volscos o los ecuos. Cuando se aclaró esta alarma infundada, se les dejó entrar en la Ciudad y llegaron desfilando hasta el Foro donde Publio Valerio, que había dejado a su colega mandando las tropas que guarnecían las puertas, estaba disponiendo su ejército para la batalla. Era su autoridad la que había logrado este resultado; declaró que si, cuando el Capitolio fuese recuperado y la Ciudad pacificada, le permitían descubrirles la deshonestidad de la Ley que los tribunos les proponían, no se opondría a la celebración de la Asamblea del pueblo, pues él tenía presentes a sus antepasados y al nombre que llevaba, el cual hizo de la protección del pueblo, por así decir, una tarea hereditaria. Siguiendo su guía, en medio de las protestas inútiles de los tribunos, marcharon en orden de batalla a la colina del Capitolio, la legión de Túsculo marchaba con ellos. Los romanos y sus aliados compitieron por ver quién tendría la gloria de recuperar la Ciudadela. Cada uno de los jefes animaba a sus hombres. Entonces, el enemigo se desmoralizó, su confianza sólo se apoyaba en la fortaleza de su posición; mientras desfallecían así, los romanos y los aliados avanzaron para cargar. Ya habían forzado su entrada al vestíbulo del templo cuando Publio Valerio, que estaba en primera línea animando a sus hombres, fue muerto. Publio Volumnio, un hombre de rango consular, lo vio caer. Dirigió a sus hombres para proteger el cuerpo, corrió al frente y sustituyó al cónsul. En el calor de su carga, los soldados no se dieron cuenta de la pérdida que había sufrido; obtuvieron la victoria antes de saber que estaban luchando sin general. Muchos de los exiliados profanaron el templo con su sangre, muchos fueron hechos prisioneros y Herdonio fue muerto. Así se recuperó el Capitolio. Se castigó a los prisioneros de acuerdo a su condición, tanto esclavos como libres; se concedió un voto de agradecimiento a los tusculanos; el Capitolio fue limpiado y solemnemente purificado. Se afirma que los plebeyos lanzaron cuadrantes [moneda de bronce o cobre, valía un cuarto de as.- N. del T.] a la casa del cónsul para que pudiese tener un funeral aún más espléndido.

[3.19] No bien se había restaurado el orden y la tranquilidad, los tribunos comenzaron a presionar a los senadores con la necesidad de hacer honor a la promesa hecha por Publio Valerio; urgieron a Claudio para que liberase a los males de su colega de penar por decepción, permitiendo que la Ley se votase. El cónsul se negó hasta que se hubiera asegurado la elección de un colega. La disputa siguió hasta que se llevó a cabo la elección. En el mes de diciembre, después de los mayores esfuerzos por parte de los patricios, Lucio Quincio Cincinato, el padre de Ceso, fue elegido cónsul, y de inmediato tomó posesión de su cargo. Los plebeyos se sintieron consternados ante la perspectiva de tener como cónsul a un hombre enfurecido contra ellos; y poderoso por el caluroso apoyo del Senado, por sus propios méritos personales y por los de sus tres hijos, ninguno de los cuales era inferior a Ceso en la elevación de sus mentes y sí eran superiores a él exhibiendo prudencia y moderación cuando era necesario. Cuando tomó posesión de su magistratura, lanzaba continuamente arengas desde la tribuna, en las que censuraba el Senado tan enérgicamente como contenía a la plebe. Era, dijo, por culpa de la apatía de aquel estamento, que los tribunos de la plebe, ahora perpetuamente en su magistratura, se portaban como reyes en sus discursos y acusaciones, como si vivieran, no en la república de Roma, sino en alguna familia miserable y mal gobernada. El valor, la resolución, todo lo que hace que los jóvenes se distinguiesen en casa y en el campo de batalla, había sido expulsado y desterrado de Roma con su hijo Ceso. Agitadores locuaces, sembradores de discordia, nombramientos como tribunos por segunda y tercera vez consecutiva, se vivía en medio de prácticas infames de libertinaje Real. «¿Merece ese hombre,», preguntó, «Aulo Verginius, aunque no estuviera en el Capitolio, menos castigo que Apio Herdonio? ¡Mucho más, por Hércules!, si se piensa bien. Herdonio, aun si no hiciera otra cosa, se declaró enemigo y con ello os avisó para tomar las armas; este hombre, negando la existencia de una guerra, os privó de vuestras armas y os expuso, sin defensa, a merced de vuestros esclavos y de los exiliados. Y a vosotros, sin faltar al respeto a Cayo Claudio ni al fallecido Publio Valerio, os pregunto: ¿avanzasteis contra el Capitolio antes de haber limpiado el Foro de tales enemigos? Es un ultraje, a los dioses y a los hombres, que cuando había enemigos en la Ciudadela y en el Capitolio, y el líder de los esclavos y de los exiliados, después de profanarlo todo, había establecido su cuartel en el mismo santuario de Júpiter Óptimo Máximo, fuese en Túsculo y no en Roma donde se tomasen las armas. No se sabía si la Ciudadela de Roma sería liberada por el general túsculo, Lucio Mamilio, o por los cónsules Publio Valerio y Cayo Claudio. Nosotros, que no habíamos permitido que los latinos se armasen, ni siquiera para defenderse contra una invasión, podíamos haber sido conquistados y destruidos si esos mismos latinos no hubiesen tomado las armas espontáneamente. ¡A esto, tribunos, es a lo que llamáis proteger a la plebe, exponerla a ser masacrada impotente por el enemigo! Si el más humilde miembro de vuestra plebe, a la que habéis separado del resto del pueblo y habéis convertido en una provincia, si tal persona, digo, os dijese que su casa estaba rodeada por esclavos armados pensaríais, supongo, que se le debe ayudar; ¿Y no merecía Júpiter Óptimo Máximo, tomado por esclavos armados y exiliados, recibir ayuda humana alguna? ¿Demandan tales individuos que sus personas sean sagradas e inviolables, cuando ni los propios dioses lo son ante sus ojos? Pero, incursos como estáis en crímenes contra los dioses y los hombres, proclamáis que vais a aprobar vuestra Ley este año. Entonces, por Hércules, con toda seguridad os digo que, si la proponéis, el día en que fui hecho cónsul será con mucho peor para el Estado que aquel en que murió Publio Valerio. Ahora tengo que daros un aviso, Quirites: la primera cosa que mi colega y yo pretendemos hacer es marchar con las legiones contra los volscos y los ecuos. Por una extraña fatalidad, resulta que los dioses nos son más propicios cuando estamos en guerra que cuando estamos en paz. Es mejor deducir de lo que ha ocurrido en el pasado que aprender por experiencia presente cuán grande pudo haber sido el peligro para aquellos Estados de los que se ha sabido que su Capitolio estuvo en poder de los exiliados».

[3.20] El discurso del cónsul produjo gran impresión en la plebe; los patricios se animaron y consideraron que se había restablecido el Estado. El otro cónsul, que mostró más coraje en el apoyo que en la propuesta, estaba muy contento de que su colega diera el primer paso en un asunto de tanta importancia, y que para su ejecución se hiciera plenamente responsable como cónsul. Los tribunos se rieron ante lo que consideraban palabras vanas; y constantemente preguntaban: «¿Cómo van los cónsules a alistar un ejército, cuando ninguno de nosotros se lo va a permitir?». «No hace falta», dijo Quincio, «hacer un nuevo reclutamiento. En el momento en que Publio Valerio dio armas al pueblo para recuperar el Capitolio, todos ellos hicieron el juramento de ponerse a las órdenes del cónsul y no disolverse hasta que se les ordenase. Por lo tanto, doy la orden de que todos los que prestaron el juramento se reúnan, mañana, en el lago Regilio.» Entonces, los tribunos quisieron liberar al pueblo de su juramento mediante una sutileza. Argumentaron que no era Quincio cónsul cuando se tomó el juramento. Pero el abandono de los dioses, que prevalece en nuestra época, todavía no había aparecido, ni interpretaban los hombres sus juramentos y leyes sólo en el sentido que más les convenían; prefirieron comportarse cumpliendo la exigencia. Los tribunos, viendo que no tenían esperanza de obstruirlo, se dedicaron a retrasar la salida del ejército. Lo intentaron con ahínco, pues se había extendido el rumor de que los augures habían recibido órdenes de consagrar un lugar en el lago Regilio, tras tomar los auspicios, donde asistiera el pueblo y se pudieran discutir sus asuntos; los hasta entonces votados en Roma, debido a la violencia de los tribunos, serían derogados allí mediante comicios. Esto permitiría que todas las medidas que se habían aprobado por el ejercicio violento de la autoridad tribunicia fuesen rechazadas en la Asamblea ordinaria de las Tribus. Todos votarían como los cónsules deseaban, porque el derecho de apelación no se extendía a más allá de una milla de la ciudad [1480 m.- N. del T.], y los propios tribunos, si iban con el ejército, estarían sujetos a la autoridad de los cónsules. Estos rumores eran alarmantes, pero lo que les llenó con el mayor temor fueron las repetidas afirmaciones de Quincio de que no se debía celebrar la elección de los cónsules; los males del Estado eran tales que ningún recurso habitual los podría remediar; la república necesitaba un dictador, para que todo el que quisiera alterar la Constitución supiese que contra las decisiones de un dictador no había apelación.

[3.21] El Senado estaba en el Capitolio. Allá fueron los tribunos, acompañados por los plebeyos muy perturbados. Gritaban pidiendo ayuda, en primer lugar a los cónsules y luego a los senadores, pero no conmovieron la determinación del cónsul, hasta que los tribunos hubieron prometido que se someterían a la autoridad del Senado. Los cónsules presentaron ante el Senado las exigencias de la plebe y sus tribunos, y se aprobaron decretos sobre que los tribunos no deberían presentar su ley durante el año, ni los cónsules deberían llevar el ejército fuera de la ciudad. El Senado también consideró que iba en contra de los intereses del Estado que la duración del ejercicio de un magistrado se prolongase o que los tribunos fuesen reelegidos. Los cónsules cedieron a la autoridad del Senado, pero los tribunos, pese a las protestas de los cónsules, fueron reelegidos. A este respecto, el Senado, para no dar ninguna ventaja a la plebe, quiso reelegir también a Lucio Quincio como cónsul. Nada de cuanto ocurrió aquel año indignó al cónsul tanto como este proceder de los suyos. «¿Me puedo sorprender,», exclamó, «Padres Conscriptos, si vuestra autoridad tiene poco peso para la plebe? Vosotros mismos la debilitáis. Porque, en verdad, ellos han hecho caso omiso al decreto del Senado que prohíbe la continuación de un magistrado en el cargo, y vosotros mismos queréis que sea desobedecido, pues no vais a la zaga del populacho en obstinación irreflexiva, pues aunque poseéis mayor poder en el Estado, no mostráis menos ligereza y anarquía. Sin duda, es lo más tonto e inapropiado para acabar con las propias disposiciones que cualquier otra cosa. Imitáis, Padres Conscriptos, a la multitud desconsiderada; pecáis siguiendo el ejemplo de otros, vosotros que debíais ser un ejemplo para los demás, en vez de que los otros sigan el vuestro; pues yo no imitaré a los tribunos ni permitiré volver a ser cónsul en desafío a la resolución del Senado. A ti, Cayo Claudio, apelo encarecidamente, para que también tú impidas que el pueblo romano caiga en esta anarquía. En cuanto a mí, estad seguros de que voy a aceptar vuestra acción en la convicción de que no os habéis interpuesto en el progreso de mi carrera política, sino que tendré más gloria al rechazarlo y eliminaré el odio que mi permanencia en la magistratura pudiera haber provocado». Entonces los dos cónsules emitieron un decreto conjunto para que nadie pudiera nombrar cónsul a Lucio Quincio; si alguno lo intentaba, no se le permitiría votar.

[3.22] Los cónsules electos fueron Quinto Fabio Vibulano, por tercera vez, y Lucio Cornelio Maluginense -459 a.C.-. En ese año se celebró el censo, y debido a la toma del Capitolio y la muerte del cónsul, el lustro se clausuró por motivos religiosos [se refiere el autor a que no se celebraron sacrificios; el lustro era una ceremonia religiosa de purificación en la que se celebraban varios sacrificios.- N. del T.]. Durante su consulado los asuntos se trastornaron desde el mismo principio del año. Los tribunos comenzaron a instigar a la plebe. Los latinos y y los hérnicos informaron de que los voslcos y los ecuos habían empezado la guerra a gran escala; las legiones voslcas ya estaban en Anzio y había grandes temores de que la propia colonia se rebelase. Con gran dificultad se convenció a los tribunos para que permitiesen que la guerra tuviese precedencia sobre su Ley. Luego se repartieron las misiones a los cónsules: Fabio fue encargado de llevar las legiones a Anzio; Cornelio se encargó de proteger Roma e impedir que los destacamentos enemigos llegasen a efectuar expediciones de saqueo, como era costumbre de los ecuos. A los hérnicos y latinos se les ordenó proporcionar tropas, de acuerdo con el tratado; dos tercios del ejército se componían de aliados, el resto de ciudadanos romanos. Los aliados llegaron en el día señalado, y el cónsul acampó fuera de la puerta Capena. Cuando se completó la lustración [ceremonia purificadora.- N. del T.] del ejército, se dirigió a Anzio y se detuvo a corta distancia de la ciudad y del campamento enemigo al pie de ella. Como el ejército ecuo no había llegado, los volscos no se aventuraron a combatir y se dispusieron a actuar a la defensiva y proteger su campamento. Al día siguiente, Fabio formó sus tropas alrededor de las murallas enemigas, no mezclando los ejércitos aliados y ciudadanos, sino cada nación en un cuerpo separado, permaneciendo él mismo en el centro con las legiones romanas. Dio órdenes de observar cuidadosamente sus señales, para que todos avanzaran y se retirasen (cuando se diera la señal de retirada) al mismo tiempo. La caballería se situó tras sus respectivos cuerpos. Con esta triple formación asaltó el campamento por tres lugares, y los voslcos, incapaces de enfrentarse al ataque simultáneo, fueron desalojados de los parapetos. Penetrando entre sus líneas, sembró el pánico entre la multitud que presionaba en una sola dirección: fuera de su campamento. La caballería, incapaz de superar los parapetos, había sido hasta el momento mera espectadora de la lucha; ahora alcanzaron al enemigo y los destrozaron conforme huían en desorden sobre la llanura y así gozaron de una participación en la victoria. Hubo una gran masacre, tanto en el campamento como en la persecución, pero aún mayor cantidad de botín, pues es enemigo apenas pudo llevarse sus armas. Su ejército habría sido aniquilado si los fugitivos no se hubieran refugiado en el bosque.

[3.23] Mientras estos acontecimientos sucedían en Anzio, los ecuos enviaron en avanzada algunas de sus mejores tropas y mediante un ataque nocturno capturaron la ciudadela de Túsculo; el resto de su ejército se detuvo no lejos de las murallas, para distraer al enemigo. La noticia de esto llegó rápidamente a Roma, y de Roma llegó al campamento frente a Anzio, donde produjo tanta excitación como si hubiese sido tomado el Capitolio. El servicio que Túsculo había prestado tan recientemente y la similar naturaleza entre el peligro anterior y el actual, exigían un envío de ayuda parecido. Fabio tomó como su primer objetivo el llevar el botín del campamento a Anzio; dejando allí un pequeño destacamento, se apresuró a marchas forzadas a Túsculo. A los soldados no se les permitió llevar nada excepto sus armas y el pan que tenían a mano, el cónsul Cornelio envió suministros desde Roma. La lucha continuó durante algunos meses en Túsculo. Con una parte de su ejército del cónsul atacó el campamento de los ecuos, el resto lo dejó con los tusculanos para la reconquista de su ciudadela. Ésta no podía tomarse por un asalto directo. En última instancia, fue el hambre lo que obligó al enemigo a evacuarla, y después de ser reducido al último extremo, todos ellos fueron despojados de sus armas y ropas, y hechos pasar bajo el yugo. Mientras volvían a sus hogares en esta situación ignominiosa, el cónsul romano les alcanzó en el Álgido y dio muerte a todos. Después de esta victoria, llevó su ejército a un lugar llamado Columen, donde asentó su campamento. Como las murallas de Roma ya no estaban expuestas al peligro después de la derrota del enemigo, el otro cónsul también salió de la Ciudad. Los dos cónsules entraron en territorio de los enemigos por caminos separados, y cada uno trató de superar al otro devastando las tierras voslcas, por un lado, y los territorios ecuos por el otro. He visto que la mayor parte de los autores relatan que Anzio se sublevó ese año; el cónsul Lucio Cornelio dirigió una expedición y recapturó la ciudad. No me atrevería a asegurarlo, pues no hay mención de ello en los autores más antiguos.

[3,24] Cuando esta guerra hubo llegado a su fin, los temores de los patricios se despertaron a causa de la guerra que los tribunos empezaron en casa. Proclamaron que el ejército estaba siendo retenido en el extranjero con mala intención; que se tenía la intención de frustrar la aprobación de la Ley; todos tratarían de terminar lo que habían empezado. Lucio Lucrecio, el prefecto de la Ciudad [en aquella época, asumía los poderes de los cónsules cuando éstos no estaban en la Ciudad.- N. del T.], logró, sin embargo, convencer a los tribunos para que aplazasen la decisión hasta la llegada de los cónsules. Surgió una nueva fuente de problemas. Aulo Cornelio y Quinto Servilio, los cuestores [inicialmente no eran magistrados permanentes y juzgaban casos de asesinato o traición.- N. del T.], acusaron a Marco Volscio de haber prestado, indudablemente, falso testimonio contra Ceso. Se había sabido por muchas fuentes que después que el hermano de Volscio enfermó, no sólo no había sido nunca visto en público, sino que ni siquiera abandonó su cama y su muerte fue debida a una enfermedad que duró varios meses. En la fecha en que el testigo precisaba el crimen, Ceso no fue visto en Roma, mientras que los que habían servido con él declararon que había estado constantemente en su puesto en filas, con ellos, y no había disfrutado ningún permiso. Muchas personas instaron a Volscio a iniciar una demanda privada ante un juez. Como no se atrevió a hacerlo, y todas las pruebas mencionadas anteriormente señalaban a la misma conclusión, su condena no fue más dudosa que lo había sido la de Ceso con el testimonio que había prestado. Los tribunos lograron retrasar el asunto; dijeron que no permitirían que los cuestores llevasen al acusado ante la Asamblea a menos antes se la convocase para aprobar la Ley. Ambas cuestiones fueron aplazadas hasta la llegada de los cónsules. Cuando hicieron su entrada triunfal a la cabeza de su ejército victorioso, nada se dijo sobre la Ley; la mayoría de la gente supuso, por lo tanto, que se amenazó a los tribunos. Pero ya era el final del año, y optaban a su cuarto año de magistratura, convirtieron la aprobación de la Ley en asunto de debate electoral. A pesar de que los cónsules se habían opuesto a la continuación de los tribunos en su magistratura tan vigorosamente como si la Ley se hubiera propuesto en detrimento de su autoridad, la victoria quedó de parte de los tribunos. En el mismo año, los ecuos pidieron y obtuvieron la paz. El censo, iniciado el año anterior, se completó, y el lustro, que se había clausurado, se dice que fue el décimo desde la fundación de la Ciudad. El número de los censados ascendió a 117.319 ciudadanos. Los cónsules de ese año ganaron gran reputación tanto en el hogar como en la guerra, pues aseguraron la paz exterior y, aunque no hubo armonía en el hogar, la república sufrió menos perturbaciones que en otras ocasiones.

[3.25] Los nuevos cónsules, Lucio Minucio y Cayo Naucio -458 a.C.-, se hicieron cargo de los dos asuntos que permanecían desde el año anterior. Como antes, obstruyeron la Ley y los tribunos impidieron el proceso de Volscio; pero los nuevos cuestores tenían mayor energía y mayor peso. Tito Quincio Capitolino, que había sido cónsul tres veces, fue cuestor con Marco Valerio, el hijo de Valerio y nieto de Voleso. Como Ceso no podía ser devuelto a la casa de la Quincios, ni el más grande de sus soldados devuelto al Estado, Quincio estaba obligado en justicia y por la lealtad a su familia a perseguir al testigo falso que había privado a un hombre inocente de poder alegar en su propia defensa. Como Verginio, y la mayoría de los tribunos, estaba agitando en favor de la Ley, se concedió a los cónsules dos meses para examinar la misma, a fin de que cuando hicieran comprender al pueblo la insidiosa falsedad que contenía, le dejarían votarla. Durante este intervalo, las cosas estuvieron tranquilas en la Ciudad. Los ecuos, sin embargo, no dieron mucho respiro. En violación del tratado hecho con Roma el año anterior, hicieron incursiones depredadoras en territorio de los labicos y luego en el de Túsculo. Habían puesto al mando a Graco Cloelio, su hombre más importante en esos momentos. Después de cargar con el botín, asentaron su campamento en el Monte Álgido. Quinto Fabio, Publio Volumnio, y Aulo Postumio fueron enviados desde Roma a exigir satisfacción, según los términos del tratado. La tienda del general estaba situada bajo un enorme roble y él dijo a los legados romanos que las instrucciones que habían recibido del Senado se las contasen al roble bajo cuya sombra se sentaban, que él estaba muy ocupado. Al retirarse, uno de ellos exclamó: «¡Que este roble sagrado, o cualquier otra deidad ofendida, sepa que habéis roto el tratado! ¡Que atiendan ahora nuestras quejas y presten ayuda a nuestras armas cuando tratemos de reparar el ultraje hecho así a los dioses como a los hombres!» Al regreso de los enviados, el Senado ordenó a uno de los cónsules que marchase contra Graco en Álgido; al otro se le ordenó que devastase el territorio de los ecuos. Como de costumbre, los tribunos intentaron obstruir el alistamiento y es probable que al final hubieran tenido éxito, si no se hubiese producido un nuevo motivo de alarma.

[3.26] Un inmenso ejército de sabinos llegó con sus estragos casi hasta las murallas de la ciudad. Los campos estaban en ruinas y la Ciudad aterrorizada. Ahora, los plebeyos tomaron las armas de buen grado, los tribunos protestaron en vano y se alistaron dos grandes ejércitos. Naucio dirigió uno de ellos contra los sabinos, construyó un campamento atrincherado y enviaba, generalmente por la noche, pequeños destacamentos que produjeron tal destrucción en territorio sabino que las fronteras romanas parecieron, en comparación, indemnes por la guerra. Minucio no fue tan afortunado, ni dirigió su campaña tampoco con la misma energía; después de ocupar una posición atrincherada no lejos del enemigo, se mantuvo tímidamente en su campamento, a pesar de que no había sufrido ninguna derrota importante. Como de costumbre, el enemigo se sintió alentado por la falta de coraje del otro bando. Hicieron un ataque nocturno a su campamento, pero al conseguir poca cosa con el asalto directo, procedieron a sitiarlo. Antes de que todas las salidas estuviesen cerradas por la circunvalación, cinco jinetes pasaron a través de los puestos exteriores del enemigo y llevaron a Roma las noticias de que el cónsul y su ejército estaban bloqueados. Nada podía haber ocurrido tan inesperado, tan inopinado; el pánico y la confusión fueron tan grandes como si hubiera sido la ciudad y no el campamento lo que habían sitiado. El cónsul Naucio fue llamado de regreso, pero como no actuó de acuerdo a la gravedad de la emergencia, decidieron nombrar un dictador para enfrentar la peligrosa situación. Por el consenso unánime, Lucio Quincio Cincinato fue nombrado para el puesto -458 a.C.-.

Vale la pena que aquellos que desprecian todos los intereses humanos en comparación con la riqueza, y creen que no hay posibilidades de honores o de virtud excepto cuando la riqueza es abundante, escuchen esta historia. La única esperanza de Roma, Lucio Quincio, solía cultivar un campo de cuatro yugadas [yugada: cantidad de tierra que araba en un día una pareja de bueyes, equivale a unas 0,27 Ha. 4 yugadas: 1,08 Ha aprox.- N. del T.] al otro lado del Tíber, justo enfrente del sitio donde están ahora los astilleros y el arsenal; lleva el nombre de Prados Quincios. Allí fue encontrado por la delegación del Senado, atareado con la excavación de una zanja o en la labranza, en todo caso, como se conviene en general, dedicado a la agricultura. Después de saludarse mutuamente, se le requirió para que vistiese su toga, pues debía escuchar el mandato del Senado y expresaron la esperanza de que todo ello fuese en bien suyo y del Estado. Les preguntó, sorprendido, si todo iba bien, y mando a su esposa, Racilia, a que le trajese rápidamente su toga de la casita [es de suponer que se trataría de una pequeña cabaña o casa de aperos y descanso, tan comunes en todo el Mediterráneo.- N. del T.]. Limpiándose el polvo y el sudor, se la puso y se adelantó, a lo que la Diputación le saludó como dictador y lo felicitó, lo invitó a la ciudad y le explicaron el estado de temor en que se hallaba el ejército. Se había dispuesto una nave para él y, después de haber cruzado, recibió la bienvenida de sus tres hijos, que habían salido a su encuentro. Les siguieron otros familiares y amigos, y la mayoría del Senado. Escoltado por esta reunión numerosa y precedido por los lictores, fue conducido a su casa. También hubo una enorme concentración de la plebe, pero no estaban en absoluto tan contentos de ver a Quincio; consideraban excesivo el poder con el que se le había investido, y al hombre aún más peligroso que a su poder. Nada más se hizo esa noche, aparte de proveer la adecuada protección de la Ciudad.

[3.27] La mañana siguiente el dictador fue, antes del amanecer, al Foro y nombró como su jefe de caballería [magistrum equitum, en el original.- N. del T.] a Lucio Tarquinio, miembro de una gens patricia, pero que por su pobreza había servido en la infantería, donde estaba considerado de lejos el mejor de los soldados romanos. Acompañado por el jefe de la caballería, del dictador se dirigió a la Asamblea, proclamó la suspensión de todos los asuntos públicos, ordenó que se cerrasen las tiendas en toda la Ciudad y prohibió la ejecución de cualquier negocio privado. Luego ordenó a todos los que estaban en edad militar que acudieran completamente armados al Campo de Marte antes de la puesta del sol, cada uno con provisiones para cinco días y doce estacas. Los que estaban pasaban de esa edad fueron requeridos para cocinar las raciones de sus vecinos mientras éstos disponían sus armas y buscaban las estacas. Así que los soldados se dispersaron en busca de las estacas; las tomaron de los sitios más próximos, a nadie se le impidió y obedecieron prontos el edicto del dictador. La formación del ejército se adoptó de manera que fuese igualmente apta para la marcha o, si las circunstancias lo exigieran, para combatir; el dictador dirigió personalmente las legiones, el jefe de la caballería iba al frente de sus jinetes. A ambos cuerpos se dirigieron arengas adecuadas a la emergencia, exhortándoles a avanzar a marchas forzadas, pues había que apresurarse si querían alcanzar al enemigo de noche; un ejército romano con su cónsul llevaba asediado ya tres días, y no era fácil adivinar lo que el día o la noche traerían, y muchos grandes problemas se habían resuelto en un instante. Los hombres se gritaban unos a otros, «¡a toda prisa, abanderado!» «¡Seguid, soldados!» para gran satisfacción de sus líderes. Llegaron a Álgido a la medianoche, y viendo que estaban cerca del enemigo, se detuvieron.

[3.28] El dictador, después de montar y dar una vuelta de reconocimiento a la posición y forma del campamento enemigo, mandó a los tribunos militares que ordenasen juntar la impedimenta y a los soldados con sus armas y estacas que formasen en sus puestos en las filas. Sus órdenes se ejecutaron. Luego, manteniendo la formación en la que habían marchado, todo el ejército, en una larga columna, rodeó las líneas enemigas. Con una señal, a todos se les ordenó lanzar el grito de guerra; tras lanzar el grito, cada hombre cavó una trinchera frente a él e hincó sus estacas. Una vez transmitida la orden, se dio la señal. Los hombres obedecieron la orden, y el grito de guerra pasó sobre los enemigos y llegó al campamento del cónsul. En unos produjo pánico, en otros alegría. Los romanos reconocieron el grito de guerra de sus conciudadanos y se felicitaban mutuamente por la ayuda que estaba cercana. Incluso efectuaron salidas desde sus puestos avanzados contra el enemigo, incrementando así su alarma. El cónsul dijo que no debía haber ninguna demora, pues aquel grito no sólo significaba que sus amigos habían llegado sino que estaban combatiendo y le sorprendería si no estaban siendo ya atacadas las líneas exteriores del enemigo. Ordenó a sus hombres que empuñasen sus armas y le siguiesen. Empezó una batalla nocturna. Advirtieron, con sus gritos, a las legiones del dictador de que por su lado ya había comenzado la lucha. Los ecuos ya se estaban preparando para evitar ser rodeados cuando el enemigo asediado empezó la batalla; para impedir que rompiesen sus líneas, se volvieron desde los que les estaban rodeando hacia los de dentro, y así dejaron al dictador libre, toda la noche, para completar su tarea. La lucha contra el cónsul continuó hasta el amanecer. En ese momento estaban totalmente rodeados por el dictador, y apenas fueron capaces de mantener la lucha contra un ejército. Entonces, sus líneas fueron atacados por el ejército de Quincio, que había completado la circunvalación y retomado sus armas. Habían de mantener un nuevo frente mientras que el anterior no se había debilitado en absoluto. Bajo la presión del doble ataque, se convirtieron de guerreros en suplicantes, e imploraron al dictador por un lado y al cónsul por otro no hacer de su exterminio el precio de la victoria, sino que les permitiesen deponer sus armas y marcharse. El cónsul les mandó al dictador, el cual, en su ira, determinó humillar al enemigo derrotado. Ordenó que a Graco Cloelio y a otros de sus hombres principales que se les cargasen de cadenas, y a la ciudad de Corbión que fuese evacuada. Dijo a los ecuos que no quería su sangre, que eran libres de partir; pero que, como muestra evidente de la derrota y sometimiento de su nación, tendrían que pasar bajo el yugo. Este se hizo con tres lanzas, dos fijadas en el suelo, en posición vertical, y la tercera unida a ellas en su parte superior. Bajo este yugo hizo pasar el dictador a los ecuos.

[3,29] Encontraron su campamento lleno de toda clase de cosas (pues habían sido expulsados casi desnudos) y el dictador entregó todo el botín únicamente a sus propios soldados. Se dirigió al cónsul y a su ejército en tono de severa reprimenda: «Vosotros, soldados», dijo, «os quedaréis sin vuestra parte del botín, pues vosotros mismos sois parte del botín arrancado al enemigo; y tú, Lucio Minucio, mandarás estas legiones como general hasta que muestres el ánimo de un cónsul.» Minucio abandonó su consulado y se quedó con el ejército bajo las órdenes del dictador. Pero tal ciega obediencia prestaban en aquellos días los soldados a la autoridad, cuando se ejercía con eficacia y sabiduría, que los soldados, conscientes del servicio que él había prestado y no del castigo que se les impuso, votaron para el dictador una corona de oro de una libra de peso, y cuando salió le saludaron como su patrono [lo que significaba reconocerse a sí mismos como clientes; ésta era una relación de dependencia personal sólo posible entre ciudadanos libres, por la cual el patrono «gestionaba» los problemas de sus clientes mientras éstos le prestaban diversos servicios: escolta, votos, propaganda. Con todos los matices que se quiera, es una versión temprana del vasallaje medieval.- N. del T.]. Quinto Fabio, el prefecto de la Ciudad, convocó una reunión del Senado, y se decretó que Quincio, con el ejército que regresaba a casa, debía entrar en la Ciudad en procesión triunfal. Los jefes del enemigo irían al frente, luego los estandartes militares por delante del carro del general y le seguiría el ejército cargado con el botín. Se dice que se distribuyeron mesas con viandas por todas las casas, y que los festejantes siguieron al carro con canciones sobre el triunfo y las bromas y pasquines habituales. Ese día, fue entregada la ciudad de Túsculo a Lucio Mamilio, con la aprobación general. El dictador habría abandonado enseguida su magistratura si no se lo hubiera impedido la Asamblea que debía juzgar a Marco Volscio: el miedo al dictador evitó que los tribunos lo obstruyeran. Volscio fue condenado y marchó al exilio en Lanuvio. Quincio renunció al decimosexto día de la dictadura que le había sido concedida por seis meses. Durante ese período, el cónsul Naucio se enfrentó en una brillante acción con los sabinos en Eretum, quienes sufrieron una severa derrota además de la destrucción de sus campos. Fabio Quinto fue enviado a relevar en el mando a Minucio en Álgido. Hacia el final del año, los tribunos comenzaron a agitar la Ley, sino como había dos ejércitos desplegados en el exterior, el Senado logró impedir que se sometiera a la plebe cualquier medida. Esta última obtuvo algo, sin embargo, al asegurarse la reelección por quinta vez de los tribunos. Se dice que fueron vistos, en el Capitolio, lobos perseguidos por perros; este prodigio hizo necesaria su purificación. Tales fueron los acontecimientos del año.

[3.30] Los cónsules siguientes fueron Quinto Minucio y Marco Horacio Pulvilo -457 a.C.-. Como había paz en el exterior a principios de año, los problemas internos comenzaron de nuevo; los mismos tribunos haciendo campaña a favor de la misma Ley. Las cosas podrían haber ido más lejos (tan encendidas estaban las pasiones en ambos lados) si no hubiesen llegado noticias, como si se hubiese planeado deliberadamente, de la pérdida de la guarnición de Corbión en un ataque nocturno de los ecuos. Los cónsules convocaron una reunión del Senado; se les ordenó encuadrar una fuerza con todos los que pudiesen llevar armas y que marchasen hacia Álgido. La disputa sobre la Ley quedó suspendida y comenzó otra por el alistamiento. La autoridad consular estaba a punto de ser aplastada por la interferencia de los tribunos, cuando se produjo una nueva alarma. Un ejército sabino había descendido sobre los campos romanos para saquearlos, y se acercaban a la Ciudad. Muy asustados, los tribunos permitieron el alistamiento; no, empero, sin insistir en un acuerdo para alcanzar en adelante el número de diez tribunos de la plebe electos, ya que durante cinco años habían sido frustrados y muy poca había sido la protección de los plebeyos. La necesidad obligó al Senado a aceptar esto, con la única condición de que en el futuro no se verían los mismos tribunos en dos años sucesivos. Las elecciones para elegir tribunos se celebraron de inmediato, para evitar que también este acuerdo quedara sin efecto tras finalizar la guerra. La magistratura del tribunado había existido durante treinta y seis años cuando se nombraron diez por vez primera, dos de cada clase. Se dispuso definitivamente que ésa debería ser la norma en todas las elecciones futuras. Cuando el alistamiento se completó, Minucio avanzó contra los sabinos, pero no encontró al enemigo. Después de masacrar a la guarnición de Corbión, los ecuos habían capturado Ortona; Horacio les combatió en Álgido, causándoles gran masacre, y los expulsó no sólo de Álgido, sino también de Corbión y de Ortona; destruyó completamente Corbión por haber traicionado a la guarnición.

[3.31] Marco Valerio y Espurio Verginio fueron los nuevos cónsules -456 a.C.-. Todo estaba tranquilo en casa y en el extranjero. Debido al exceso de lluvias hubo escasez de provisiones. Se aprobó una ley por la que se convertía al Aventino en parte del dominio del Estado. Se reeligieron a los tribunos de la plebe. Estos hombres, al año siguiente -455 a.C.-, cuando Tito Romilio y Cayo Veturio fueron cónsules, hicieron continuamente de la Ley el añadido de todas sus arengas, y decían que deberían avergonzarse de que se hubiera aumentado su número sin ningún resultado, si este asunto progresase tan poco durante sus dos años de magistratura como durante los cinco anteriores. Mientras la agitación estaba en su apogeo, un mensaje urgente llegó de Túsculo, avisando de que los ecuos estaban en territorio tusculano. Los buenos servicios que esa nación había rendido hacía tan poco tiempo, avergonzó al pueblo de retrasar el envío de ayuda. Ambos cónsules fueron enviados contra el enemigo, y lo encontraron en su posición usual en el Álgido. Se combatió allí; cerca de 7000 enemigos murieron y el resto fue puesto en fuga; se capturó un enorme botín. Este, debido a la mala situación de la hacienda pública, fue vendido por los cónsules. Su acción, sin embargo, creó malestar en el ejército, y ofreció a los tribunos una causa en la que basar una acusación contra ellos. Por consiguiente, cuando dejaron la magistratura, en la que fueron sucedidos por Espurio Tarpeyo y Aulo Aternio -454 a.C.-, fueron ambos acusados; Romilio por Cayo Calvio Cicerón, tribuno de la plebe, y Veturio por Lucio Alieno, edil de la plebe [lo que indica una predisposición a liquidar el asunto con una multa, pues ésta era la única clase de procesos en que podían intervenir los ediles de la plebe.- N. del T.]. Para intensa indignación del partido senatorial, ambos fueron condenados y multados; Romilio tuvo que pagar diez mil ases y Veturio, quince mil. La suerte de sus predecesores no debilitó la resolución de los nuevos cónsules; dijeron que, si bien era muy posible que a ellos también se les condenase, no iba a ser posible que la plebe y sus tribunos aprobasen la Ley. Después de tan largas discusiones, se había quedado obsoleta, los tribunos la usaban ahora como arma arrojadiza y se acercaron a los patricios con un espíritu menos agresivo. Les instaron a que pusieran fin a sus controversias, y ya que se oponían a las medidas aprobadas por los plebeyos, debían consentir en el nombramiento de un cuerpo de legisladores, elegidos a partes iguales entre plebeyos y patricios, para promulgar lo que fuese útil a ambos órdenes y asegurase la igualdad de libertades para cada uno. Los patricios pensaban que la propuesta merecía ser considerada; dijeron, sin embargo, que nadie debía legislar a menos que fuese un patricio, pues ellos estaban de acuerdo con las leyes y sólo diferían en quién debía promulgarlas. Enviaron una legación a Atenas con instrucciones de hacer una copia de las famosas leyes de Solón y estudiar las instituciones, costumbres y leyes de los demás estados griegos. Sus nombres eran Espurio Postumio Albo, Aulo Manlio y Publio Sulpicio Camerino.

[3.32] Por lo que respecta a la guerra en el exterior, el año fue tranquilo. Al año siguiente -453 a.C.-, cuando fueron cónsules Publio Curiacio y Sexto Quintilio, fue aún más tranquilo a causa del persistente silencio de los tribunos. Esto se debió a dos causas: en primer lugar, que esperaban el regreso de los comisionados que habían ido a Atenas y las leyes extranjeras que iban a traer; y en segundo lugar, dos terribles desastres vinieron juntos, el hambre y la peste, que fueron fatales para los hombres y para el ganado. Los campos quedaron asolados, la Ciudad se agotó con una serie ininterrumpida de muertes, muchas de las más ilustres casas vistieron de luto. Murió el Flamen Quirinal [sacerdote de Quirino, de la categoría de los mayores junto al de Marte y al de Júpiter.- N. del T.], Servio Cornelio, murió también el augur Cayo Horacio Pulvilo, en cuyo lugar los augures eligieron a Cayo Veturio, tanto más impaciente cuanto que había sido condenado por la plebe. El cónsul Quintilio y cuatro tribunos de la plebe murieron. El año fue sombrío por las numerosas pérdidas. Hubo un respiro por parte de los enemigos exteriores. Los siguientes cónsules fueron Cayo Menenio y Publio Sestio Capitolino -452 a.C.-. Este año también estuvo libre de la guerra en el extranjero, pero empezaron los problemas en casa. Los legados habían vuelto con las leyes de Atenas; los tribunos, en consecuencia, insistieron más en que se debería empezar a compilar las leyes. Se decidió que se debía crear un conjunto de diez hombres (de ahí el nombre «decenviros»), contra los que no debería caber ningún recurso y que todas los demás magistrados debían suspenderse durante el resto del año. Hubo una larga controversia acerca de si debían ser admitidos los plebeyos; al fin cedieron a los patricios, a condición de que la Ley Icilia sobre el Aventino y las demás leyes sagradas no pudieran ser derogadas.

[3.33] Por segunda vez (en el año 301º de la fundación de Roma) cambió la forma de gobierno; la autoridad suprema fue transferida de los cónsules a los decenviros, igual que antes pasó de los reyes a los cónsules -451 a.C.-. El cambio fue menos notable debido a su corta duración, pues el comienzo feliz de este régimen se convirtió en una creciente lujuria; de aquí su temprano fracaso y la vuelta a la vieja práctica de cargar a dos hombres con el nombre y oficio de cónsul. Los decenviros fueron Apio Claudio, Tito Genucio, Publio Sestio, Lucio Veturio, Cayo Julio, Aulo Manlio, Publio Sulpicio, Publio Curiacio, Tito Romilio, y Espurio Postumio. Como Claudio y Genucio eran los cónsules designados para ese año, recibieron este honor en lugar del honor del que fueron privados. Sestio, uno de los cónsules del año anterior, fue honrado por haber, en contra de su colega, llevado el asunto ante el Senado. Junto a ellos estaban los tres comisionados que habían ido a Atenas, como recompensa por haberse comprometido con una embajada tan lejana, y también porque se pensaba que estarían familiarizados con las leyes de otros Estados extranjeros que podrían resultar útiles al compilar las nuevas. Se dice que en la votación final para completar el número con los cuatro restantes, los electores escogieron hombres de edad para evitar cualquier oposición violenta a las decisiones del resto. La presidencia de todo el grupo, de conformidad con los deseos de la plebe, fue confiada a Apio. Había asumido como un nuevo carácter, de ser un enemigo severo y amargo del pueblo, de pronto aparecía como su defensor, y desplegaba sus velas para captar cada aliento del favor popular. Ellos administran justicia cada diez días por turno, el que presidía el tribunal ese día era precedido por los doce lictores, los demás disponían sólo de un ordenanza para cada uno. Reinaba, no obstante, entre ellos una singular armonía (una armonía que en otras circunstancias podría resultar peligrosa para las personas) mostraban con los demás la más perfecta ecuanimidad. Será suficiente con un sólo ejemplo como prueba de la moderación con que actuaron. Un cadáver había sido descubierto y desenterrado en la casa de Sestio, miembro de una gens patricia. Fue llevado a la Asamblea. Como era evidente que se había cometido un crimen atroz, Cayo Julio, un decenviro, acusó a Sestio y compareció en persona ante el pueblo para acusarle, aun cuando tenía derecho a ejercer como único juez en el caso. Él renunció a su derecho a fin de que la libertad del pueblo ganase el poder que él cedía.

[3,34] Mientras, así los más encumbrados como los más humildes disfrutaban de su rápida e imparcial administración de justicia, como emitida por un oráculo, y al mismo tiempo prestaban atención a la elaboración de las leyes. Estaban especialmente interesados en que las leyes fuesen al fin escritas en diez tablas que serían exhibidas en una Asamblea especialmente convocada para ese fin. Deseando que su trabajo aportase bienestar y felicidad al Estado, a ellos y a sus hijos, los decenviros les propusieron ir y leer las leyes que se exhibían. «Tanto como lo permite la sabiduría y previsión de diez hombres, han establecido leyes iguales para todos, tanto los que más tienen como los que menos; pero será de más ayuda que la multitud las debata. Deberá cada uno examinar cada ley por separado, discutirla con los demás y presentar al debate público lo que parezca superfluo o incorrecto de cada decreto. Las futuras leyes de Roma deben ser tales que parezcan haber sido unánimemente propuestas por el propio pueblo, en vez de que éste las haya ratificado a propuesta de otros.» Cuando parecía que habían sido suficientemente modificadas de acuerdo con lo que todos habían expresado, las Leyes de las Diez Tablas fueron aprobadas por los comicios centuriados [en el modo organizativo por centurias, de origen militar y económico -cada soldado se encuadraba según su fortuna-, las centurias de caballeros votaban las primeras y solían decidir el resultado.- N. del T.]. Incluso en la enormidad de la legislación actual, donde las leyes se apilan unas sobre otras en un confuso montón, aún son la fuente de toda la jurisprudencia pública y privada. Después de su ratificación, corrió el rumor de que faltaban dos tablas; si fuesen añadidas, el cuerpo, por así decir, de las leyes romanas quedaría completo. Conforme se acercaba el día de las elecciones, esta impresión produjo el deseo de nombrar decenviros para un segundo año. Los plebeyos habían aprendido a detestar el título de «cónsul» tanto como el de «rey», y ahora que los decenviros admitían apelar a uno de ellos contra la decisión de otro, no necesitaban más la ayuda de sus tribunos.

[3,35] Sin embargo, después de notificar que la elección de decenviros se celebraría el tercer día de mercado, tantos desearon estar entre los elegidos, que hasta los más principales hombres del Estado iniciaron un postulado individual como humildes suplicantes de una magistratura a la que antes se habían opuesto con todas sus fuerzas, buscándola entre las manos de cualquier plebeyo con el que hasta entonces había estado enfrentado. Creo que temían que si no acaparaban aquellos puestos de gran autoridad, quedarían abiertos a hombres que no serían dignos de ellos. Apio Claudio era plenamente consciente de que podría no ser reelegido, a pesar de su edad y los honores que había disfrutado. Difícilmente se podría decir si lo consideraban como un decenvir o como un candidato. A veces parecía más alguien que buscase una magistratura que uno que de hecho ya la detentaba; acusaba a la nobleza y exaltaba a cualquier candidato pese a su bajo nacimiento o poca importancia; solía alborotar en el Foro, rodeado por ex-tribunos de los Duelios e Icilios, y a través de ellos hacía propuestas a los plebeyos; hasta que sus colegas, que hasta entonces le eran completamente afectos, empezaron a preguntarse qué era lo que pretendía. Estaban convencidos de que no había sinceridad en su comportamiento, pues un hombre tan orgulloso no exhibe tanta afabilidad por nada. Consideraban que este degradarse a sí mismo y codearse con vulgares particulares era la acción de un hombre que no estaba dispuesto a abandonar su magistratura y trataba de alcanzar algún modo para prolongarla. Sin atreverse a frustrar abiertamente sus intenciones, intentaron moderar su violencia a base de complacerle. Como él era el miembro más joven de la institución [del decenvirato.- N. del T.], unánimemente se le confirió el cargo de presidir los comicios. Mediante este artificio esperaban impedir que se eligiese a sí mismos; cosa que nadie, excepto los tribunos de la plebe, había hecho nunca, estableciendo así el peor de los precedentes. Sin embargo, él se dió cuenta de que, si todo iba bien, podría asegurar las elecciones, y convirtió lo que debía haber sido un impedimento en una gran oportunidad para llevar a cabo su propósito. Mediante la formación de una coalición, se aseguró el rechazo de los dos Quincios, Capitolino y Cincinato, de su propio tío, Cayo Claudio, uno de los más firmes partidarios de la nobleza, y otros ciudadanos del mismo rango. Consiguió la elección de hombres que estaban muy lejos de ser sus iguales, fuera política o socialmente, él en primer lugar; esto fue algo que los hombres respetables desaprobaban, sobre todo porque ninguno le creía capaz de ello. Con él fueron elegidos Marco Cornelio Maluginense, Marco Sergio, Lucio Minucio, Quinto Fabio Vibulano, Quinto Petelio, Tito Antonio Merenda, Cesón Duilio, Espurio Opio Corniceno, y Manlio Rabuleyo -450 a.C.-.

[3.36] Allí dejó Apio de llevar la máscara de alguien que no era. A partir de ese momento su conducta fue acorde con su disposición natural, y comenzó a manejar a sus nuevos compañeros, incluso antes de que tomasen posesión, de acuerdo con su propio carácter. Mantenían a diario reuniones privadas; luego, siguiendo planes urdidos en absoluto secreto para ejercer sin freno el poder, ya sin problemas para disimular su tiranía, se hicieron de difícil acceso, duros y severos para con aquellos a los que concedían audiencias. Así continuaron las cosas hasta mediados de mayo. Ese día, el 15 de mayo, era en el que los magistrados tomaban solemne posesión de sus cargos. En primer lugar, el primer día de su gobierno estuvo marcado por una manifestación que provocó grandes temores. Porque, mientras que los anteriores decenviros habían observado la norma de que sólo uno llevara las fasces y hacían que este emblema de la realeza se llevase por turno, ahora los diez aparecieron de pronto cada uno con sus doce lictores. El Foro estaba lleno de ciento veinte lictores, y llevaban las hachas atadas con las fasces [las hachas simbolizaban el poder de aplicar la pena de muerte que tenía el magistrado escoltado por los lictores.- N. del T.]. Los decenviros lo justificaron diciendo que, ya que habían sido investidos con poder absoluto sobre la vida y la muerte, no había razón para que se quitasen las hachas. Presentaban el aspecto de diez reyes, y muchos temores fueron abrigados no sólo por las clases más bajas, sino incluso por los senadores más importantes. Se consideró que estaban buscando un pretexto para comenzar el derramamiento de sangre, de manera que si alguien pronunciaba, fuera en el Senado o entre el pueblo, una sola palabra que les recordara la libertad, las varas y las hachas se dispondrían inmediatamente contra él para intimidar al resto. Porque no sólo no había ya protección para el pueblo, ahora que el derecho de apelar se había eliminado, sino que los decenviros habían acordado entre ellos no interferir en las sentencias de los otros; mientras que los anteriores habían permitido que sus decisiones judiciales pudieran ser revisadas en apelación por otro colega, y determinados asuntos, al ser considerados jurisdicción del pueblo, le habían sido remitidos a éste. Durante algún tiempo inspiraron terror a todos por igual, poco a poco éste quedó solamente en la plebe. Los patricios no eran molestados; era el hombre de vida humilde al que reservaron su arbitrariedad y el trato cruel. Actuaron únicamente por motivos personales, no por la justicia de una causa, pues las influencias tenían con ellos la fuerza de la equidad. Celebraban sus juicios en sus casas y pronunciaban las sentencias en el Foro; si alguno apelaba a uno de sus colegas, abandonaba la presencia de éste último lamentándose de no haber aceptado la primera sentencia. Se había extendido la creencia, no atribuible a ninguna fuente de autoridad, de que su conspiración contra la ley y la justicia no se ceñía sólo al momento actual; existía un acuerdo secreto y sagrado entre ellos para no celebrar ninguna elección, sino mantenerse en el poder ahora que lo habían conseguido, haciendo perpetuo el decenvirato.

[3.37] Empezaron entonces los plebeyos a observar a los patricios, para captar algún pequeño destello de libertad en los hombres de quienes habían temido la esclavitud, pese a que tal temor había llevado la república a aquella condición. Los principales entre los patricios odiaban a los decenviros y odiaban a la plebe; no aprobaban lo que les estaba sucediendo, pero pensaban que los plebeyos se lo merecían totalmente y no querían ayudar a hombres que por correr demasiado en pos de la libertad, habían caído en la esclavitud. Incluso aumentaron los males que sufrían, para que por su impaciencia y malestar ante las condiciones presentes, deseasen volver al antiguo estado de cosas, con los dos cónsules como antaño. Ya había transcurrido la mayor parte del año; se habían añadido dos tablas a las diez del año anterior; si estas leyes restantes eran aprobadas por los comicios centuriados ya no habría razón para que el decenvirato fuese considerado necesario más tiempo. Los hombres se preguntaban cuánto tardarían en anunciar las elecciones de cónsules; la única inquietud de los plebeyos era acerca del método por el que podrían restablecer aquel baluarte de sus libertades, la potestad tribunicia, que ahora estaba suspensa. Mientras tanto, nada se decía acerca de ninguna elección. Al principio, los decenviros habían buscado la popularidad ante la plebe compareciendo rodeados de ex-tribunos, pero ahora iban acompañados por una escolta de jóvenes patricios que se jactaban ante los tribunales, maltrataban a los plebeyos y saqueaban sus bienes; y siendo los más fuertes, alcanzaron a obtener todo aquello de lo que se encaprichaban. No se detenían en ejercer la violencia con las personas, algunos fueron azotados, otros decapitados y esto no era sin motivo, pues al castigo seguía la confiscación de los bienes. Corrompida por tales sobornos, los jóvenes nobles no sólo se negaban a oponerse a la ilegalidad de los decenviros, sino que preferían abiertamente su propia libertad a la libertad pública.

[3.38] El quince de mayo llegó, el periodo de la magistratura de los decenviros expiró, pero no se nombraron nuevos magistrados. Aunque ahora eran sólo ciudadanos particulares, los decenviros se mostraron tan determinados como siempre para hacer valer su autoridad y conservar todos los emblemas del poder. Ahora, en verdad, era una monarquía descarada. La Libertad se consideró perdida para siempre, nadie se levantó para reclamarla ni parecía probable que alguien lo hiciera. No sólo el pueblo se había sumido en el desaliento, sino que empezaban a ser despreciados por sus vecinos, que despreciaba la idea de que el poder soberano existiese donde no había libertad. Los sabinos hicieron una fuerte incursión en territorio romano haciendo grandes destrozos, llevándose una inmensa cantidad de hombres y ganado a Ereto, donde reunieron sus fuerzas dispersas y acamparon con la esperanza de que el estado de cosas en Roma impidiera el alistamiento de un ejército. No sólo los mensajeros que traían las noticias, también los campesinos que huían a la Ciudad sembraron el pánico. Los decenviros, odiados por igual por el Senado y por la plebe, se quedaron sin apoyo alguno, y mientras celebraban consultas para adoptar las medidas necesarias, la Fortuna añadió un nuevo motivo de alarma. Los ecuos, avanzando en una dirección diferente, se habían atrincherado en Álgido, y desde allí hacían incursiones de saqueo en el territorio de Túsculo. Las nuevas fueron presentadas por los enviados de Túsculo, que imploraba ayuda. El pánico producido inquietó a los decenviros, y viendo la Ciudad enzarzada en dos guerras distintas se vieron obligados a consultar al Senado. Ordenaron convocar a los senadores, muy conscientes de que les esperaba una tormenta de resentimiento y de que sólo a ellos se haría responsables por la devastación del territorio y los peligros que amenazaban. Esto, esperaban, llevaría a un intento de privarlos de la magistratura, a menos que ofrecieron una resistencia unánime y que por un agudo ejercicio de la autoridad sobre algunos de los espíritus más audaces pudieran reprimir las intenciones de los demás.

Cuando la voz del pregonero se escuchó en el Foro, convocando a los patricios a la Curia para encontrarse con los decenviros, esta novedad tras tan largo tiempo de suspensión del Senado, llenó de asombro a los plebeyos. «¿Qué ha pasado», se preguntaban, «¿para revivir una práctica tan en desuso? Debemos estar agradecidos al enemigo que nos amenaza con la guerra, pues ha provocado algo que es propio de un Estado libre.» Buscaban por el Foro algún senador, pero no reconocieron casi a ninguno; luego vieron la Curia y la soledad alrededor de los decenviros. Esto último se atribuyó al odio universal que sentían hacia su autoridad, los plebeyos lo explicaban diciendo que los senadores no se presentaron porque los ciudadanos privados no tenían derecho a convocarlos. Si la plebe hacía causa común con el Senado, aquellos que estaban empeñados en recuperar su libertad tendrían quienes les guiasen; y como los senadores no acudieron a la convocatoria, la plebe debía negarse al alistamiento para el servicio. Así expresaban su opinión los plebeyos. En cuanto a los senadores, apenas se hallaba uno de ellos en el Foro, y muy pocos en la Ciudad. Disgustado con el estado de cosas, se habían retirado a sus casas de campo y se ocupaban de sus propios asuntos, habiendo perdido todo interés en los del Estado. Pensaban que cuanto más alejados se mantuvieran de cualquier reunión y relación con sus tiránicos amos, más seguros estarían. Como, habiendo sido citados, no vinieron, se les envió ujieres a sus casas para exigir las multas por no asistir y comprobar si se ausentaban a propósito. Volvieron diciendo que el Senado estaba en el campo. Esto fue menos desagradable para los decenviros que si hubieran estado en la Ciudad y hubiesen rechazado reconocer su autoridad. Se dieron órdenes de que se citase a todos para el día siguiente. Asistieron en mayor número de lo que ellos mismos esperaban. Esto llevó a los plebeyos a pensar que su libertad había sido traicionada por el Senado, ya que había obedecido a los hombres cuyo mandato había expirado y que, a pesar de la fuerza a su disposición, sólo eran ciudadanos particulares, reconociendo así su derecho a convocar al Senado.

[3,39] Esta obediencia, sin embargo, se mostró más por su llegada a la Curia que por cualquier servilismo en los pareceres que expresaron. Queda memoria de que después que Apio Claudio presentase la cuestión de la guerra, y antes de que empezase la discusión formal, Lucio Valerio Potitio hizo un inciso para pedir que se le permitiese hablar de la situación política, pero al negárselo los decenviros en tono amenazante declaró que se presentaría ante el pueblo. Marco Horacio Barbato se opuso abiertamente, llamando a los decenviros «diez Tarquinios» y recordándoles que fue bajo la guía de los Valerios y de los Horacios cuando se expulsó de Roma a la monarquía. No era del nombre de rey de lo que los hombres se habían cansado, ya que era el título propio de Júpiter; Rómulo, el fundador de la Ciudad y sus sucesores fueron llamados reyes, y éste nombre aún se conservaba por razones religiosas. Era la tiranía y la violencia de los reyes lo que los hombres detestaban. Si éstos eran insoportables en un rey o en el hijo de un rey, ¿quién lo soportaría de diez ciudadanos particulares? Ellos debían velar por esto, pues ellos no lo hacían; al prohibir hablar en la Curia les obligaban a hacerlo fuera de sus muros. No podía ver cómo era menos admisible que él, como ciudadano privado, convocase la Asamblea del pueblo, que para ellos convocar el Senado. Hallarían que en todas partes será mayor su dolor para vengar su libertad que su codiciosa ambición de la tiranía. Traían la cuestión de la guerra con los sabinos como si el pueblo romano no tuviese otra guerra más importante que aquella contra los hombres que, nombrados para elaborar las leyes, no dejaban vestigio alguno de ley o justicia en el Estado; los que habían abolido las elecciones, los magistrados anuales, la sucesión regular de gobernantes, los que eran garantes de la libertad igual para todos; quienes, aunque simples ciudadanos, aún retenían las fasces y del poder despótico de los monarcas. Después de la expulsión de los reyes, los magistrados eran patricios; después de la secesión de la plebe, fueron nombrados magistrados plebeyos. «¿A qué partido pertenecían estos hombres?», preguntó. «¿Al partido popular? ¿Por qué?, ¿qué han hecho en unión de la plebe? ¿A la nobleza? «¡¿Qué?!, ¿éstos hombres, que no han celebrado una reunión del Senado en casi un año y ahora, que están celebrando una, prohíben que se hable sobre la situación política? No confiéis demasiado en los temores ajenos. Los males que padecen ahora mismo los hombres les parecen mucho más graves que cualquier temor que alberguen sobre el futuro.»

[3.40] Mientras Horacio estaba pronunciando tan apasionado discurso, y los decenviros dudaban hasta dónde irían, fuera hacia la agria resistencia o hacia la concesión, y sin poder ver cuál sería el resultado, Cayo Claudio, el tío del decenviro Apio, hizo un discurso más orientado a la súplica que a la censura. Él le rogó, por el alma de su padre, que pensase más en el orden social bajo el que había nacido que en los nefastos acuerdos hechos con sus colegas. Hacía este ruego, dijo, mucho más por el bien de Apio que por el del Estado, pues el Estado podría hacer valer sus derechos a pesar suyo, si no podía hacerlo con su consentimiento. Pero las grandes controversias, en general, encienden grandes y amargas pasiones, y lo que temía es a lo que éstas podrían conducir. Aunque los decenviros prohibieron la discusión de cualquier asunto, aparte del que habían presentado, su respeto por Claudio les impidió interrumpirle, por lo que él concluyó con una resolución por la que el Senado no debía aprobar ningún decreto. Este se interpretó por todos como que Claudio les consideraba meros ciudadanos privados, y muchos de los consulares [quienes habían sido alguna vez cónsules.- N. del T.] expresaron su acuerdo. Otra propuesta, aparentemente más drástica, pero en realidad menos eficaz, fue que el Senado debería ordenar que los patricios se reunieran para nombrar un «interrex». Pues para votar esto, decidieron que quienes estaban presidiendo el Senado eran magistrados legales, quienes quiera que fuesen, mientras que la propuesta que habían aprobado antes para que no se emitiese ningún decreto les convertía en ciudadanos privados.

La causa de los decenviros estaba a punto de derrumbarse cuando Lucio Cornelio Maluginense, el hermano del decenviro Marco Cornelio, que había sido deliberadamente elegido de entre los cónsules para cerrar el debate, emprendió la defensa de su hermano y de los colegas de éste mediante la expresión de grandes inquietudes acerca de la guerra. Se preguntaba, dijo, qué fatalidad había ocurrido para que los decenviros tuviesen que ser atacados por aquellos que habían pretendido ésa misma magistratura o por sus aliados o por aquellos hombres en particular; o por qué, durante todos los meses en que la república estuvo tranquila, nadie puso en cuestión si eran magistrados legítimos o no, hasta ahora, cuando el enemigo estaba casi a las puertas, y ellos azuzaban la discordia civil (a menos que supusieran que la naturaleza de su proceder sería menos evidente en medio de la confusión general). Nadie estaba justificado para producir un perjuicio así en un momento en que estaban preocupados por temores muchos más graves. Dio así su opinión de que la cuestión planteada por Valerio y Horacio, a saber, que los decenviros habían cesado en sus funciones el 15 de mayo, debía presentarse al Senado para su votación una vez que la guerra hubiera llegado a su fin y se hubiese restaurado la tranquilidad del Estado. Y, además, que Apio Claudio debía a la vez comprender que debía prepararse para desconvocar las elecciones de decenviros, indicando tanto que habían sido elegidos sólo para un año, o hasta el tiempo necesario para que las leyes fuesen aprobadas. En su opinión, todos los asuntos, menos la guerra, debían apartarse por el momento. Si pensaban que los informes que llegaban de fuera eran falsos y que, no sólo los mensajeros que habían venido sino también los legados túsculos, se habían inventado un cuento, entonces debían mandar partidas de reconocimiento para traer noticias exactas. Sin embargo, si creían que los mensajeros y los legados, debían hacer el alistamiento tan pronto como pudieran, los decenviros mandarían los ejércitos donde se juzgase mejor y nada debía tener más prioridad.

[3.41] Mientras se dividían las opiniones y los jóvenes senadores iban aceptando esta propuesta, Valerio y Horacio se levantaron de nuevo muy airados y a gritos exigieron que se les dejase examinar la situación política. Sí, dijeron, aquella facción del Senado se lo impedía, lo harían ante el pueblo, pues los ciudadanos particulares no tenían poder para silenciarlos ni en la Curia ni en la Asamblea, y ellos no cederían antes las fasces de unos supuestos magistrados. Apio consideró que a menos que enfrentase su violencia con igual audacia, su autoridad había prácticamente llegado a su fin. «Será mejor», dijo, «que no se hable de ningún otro tema salvo del que ahora estamos considerando»; y como Valerio insistió en que no guardaría silencio por orden de un ciudadano particular, Apio ordenó a un lictor que fuese por él. Valerio corrió a las puertas de la Curia, e invocó «la protección de los Quirites.» Lucio Cornelio puso fin a la escena abrazando a Apio como para proteger a Valerio, pero realmente para proteger a Apio de más daños. Obtuvo el permiso para que Valerio dijese lo que quisiera, y como esta libertad no fue más allá de las palabras, los decenviros lograron su propósito. Los cónsules y los senadores mayores notaron que la potestad tribunicia, a la que aún recordaban con asco, era más anhelada por el pueblo que la restauración de la autoridad consular; así que casi preferirían que los decenviros renunciasen voluntariamente a su magistratura tras un periodo, a que la plebe recuperase su poder a causa de su impopularidad. Si las cosas se pudieran solucionar con tranquilidad y restaurar a los cónsules sin alteraciones populares, pensaban que tanto la preocupación por la guerra como el ejercicio moderado del poder por parte de los cónsules harían que la plebe olvidase a sus tribunos. Se anunció el alistamiento sin ningún tipo de protesta del Senado. Los hombres en edad para el servicio activo respondieron a sus nombres, pues no se podía apelar contra la autoridad de los decenviros. Cuando las legiones fueron alistadas, los decenviros se repartieron sus mandos respectivos. Los más importantes de entre ellos fueron Quinto Fabio y Apio Claudio. La guerra doméstica amenazaba con ser más seria que la del exterior, y el carácter violento de Apio se consideró más adecuado para reprimir altercados en la Ciudad mientras que el de Fabio se consideraba más inclinado a las malas prácticas que a beneficiarles en algo. Este hombre, en otro tiempo tan distinguido en la Ciudad como en el campo de batalla, había cambiado tanto con la magistratura y por influencia de sus colegas que prefería hacer de Apio su modelo antes que ser fiel a sí mismo. Se le confió la guerra contra los sabinos, y se le asoció a Manlio Rabuleyo y a Quinto Petilio para dirigirla. Marco Cornelio fue enviado a Álgido junto con Lucio Minucio, Tito Antonio, Céson Duilio y Marco Sergio. Se decretó que Espurio Opio debería ayudar a Apio Claudio en la defensa de la Ciudad, con una autoridad coordinada a la de los otros decenviros.

[3.42] Las operaciones militares no fueron más satisfactorias que la administración doméstica. Los comandantes tenían indudablemente la culpa de haberse vuelto detestables a los ciudadanos, pero también fueron culpables todos los soldados que, para impedir que nada tuviese éxito bajo el mando y los auspicios de los decenviros, se deshonraron a sí mismos y a sus generales dejándose derrotar. Ambos ejércitos habían sido derrotados, uno por los sabinos en Ereto, el otro por los ecuos en Álgido. Huyendo de Ereto en el silencio de la noche, se habían atrincherado en un terreno elevado cerca de la Ciudad, entre Fidenas y Crustumeria. Ellos se negaron a enfrentarse con el enemigo perseguidos en igualdad de condiciones, y confiaron su seguridad a sus trincheras y a la naturaleza del terreno antes que a sus armas o a su valor. En Álgido se comportaron de modo aún más vergonzoso, sufrieron una derrota más dura e incluso perdieron su campamento. Privados de todas sus vituallas, los soldados se dirigieron a Túsculo, fiando la subsistencia a la buena fe y compasión de sus anfitriones, y su confianza no fue defraudada. Tan alarmantes informes llegaron a Roma que el Senado, dejando a un lado sus sentimientos contra los decenviros, resolvió que se establecieran guardias en la Ciudad, ordenó que todos los que estaban en edad de portar armas debían guarnecer las murallas y pusieron puestos avanzados ante las puertas, y decretaron que se debía enviar armas a Túsculo para reemplazar las que se habían perdido y que los decenviros evacuarían Túsculo y mantendrían acampados a sus hombres. El otro campamento debía trasladarse desde Fidenas hasta territorio sabino, y pasando a la ofensiva se disuadiría al enemigo de cualquier proyecto de ataque a la Ciudad.

[3.43] A estas derrotas a manos del enemigo hubieron de añadirse dos crímenes infames por parte de los decenviros. Lucio Sicio estaba sirviendo en la campaña contra los sabinos. Al ver el resentimiento contra los decenviros, solía hablar en secreto con la soldadesca y aludía a la restauración de los tribunos y a la necesidad de una secesión. Fue enviado para seleccionar y examinar un sitio para un campamento, y los soldados a los que se les dijo que le acompañasen recibieron instrucciones para elegir una oportunidad favorable en que atacarle y matarle. Ellos no cumplieron su propósito con impunidad, algunos de los asesinos le rodearon mientras él se defendía con un valor igual a su fuerza, que era excepcional. Los demás llevaron al campamento la noticia de que Sicio había caído en una emboscada y había muerto luchando bravamente y que algunos soldados habían muerto con él. Al principio se les creyó; pero, posteriormente, una cohorte que había salido con permiso de los decenviros para enterrar a los caídos, no encontró, al llegar al lugar, ningún cuerpo despojado, sino que el cuerpo de Sicio reposaba en el centro completamente armado y rodeado por los demás vueltos hacia él, mientras que no había ningún cuerpo del enemigo ni señal de que se hubiesen retirado. Trajeron el cuerpo de vuelta y declararon que, sin duda ninguna, había sido asesinado por sus propios hombres. El campamento estaba lleno de un profundo resentimiento y se decidió que Sicio debía ser llevado inmediatamente a Roma. Los decenviros dieron solución a esto decidiendo enterrarle a toda prisa con honores militares a costa del Estado. Los soldados manifestaron profundo dolor en su funeral, y se tenían las peores sospechas posibles contra los decenviros.

[3.44] A esto le siguió una segunda atrocidad, resultado de una lujuria brutal, que ocurrió en la Ciudad y llevó a consecuencias no menos trágicas que las que tuvo el ultraje y muerte de Lucrecia, que había provocado la expulsión de la familia real. No sólo tuvieron los decenviros el mismo final que los reyes, sino que la causa para que perdiesen el poder fue el mismo en ambos casos. Apio Claudio había concebido una pasión culpable por una virgen de nacimiento plebeyo. El padre de la niña, Lucio Verginio, tenía un alto rango en el ejército en Álgido; era un hombre de carácter ejemplar, tanto en casa como en el campo de batalla. Su esposa había sido educada en principios igualmente altos, y sus hijos fueron criados en la misma forma. Había prometido a su hija con Lucio Icilio, que había sido tribuno, un hombre activo y enérgico cuyo valor se había demostrado en sus luchas en favor de la plebe. Esta muchacha, ahora en la flor de su juventud y belleza, excitó las pasiones de Apio y trató de prevalecer sobre ella mediante regalos y promesas. Cuando se encontró con que su virtud era a prueba contra toda tentación, recurrió a la violencia brutal y sin escrúpulos. Encargó a un cliente, Marco Claudio, que reclamase a la muchacha como su esclava y que no cediese a ninguna demanda de los amigos de la joven para retenerla hasta que el caso fuese juzgado, pues pensaba que la ausencia del padre le daba una buena ocasión para este desafuero. Cuando la chica iba a su escuela en el Foro (las escuelas de gramáticas tenían allí sus locales), el secuaz del decenviro la agarró y manifestó que ella era hija de un esclavo suyo, y ella misma esclava. Luego le ordenó que le siguiera y la amenazó, si vacilaba, con llevársela por la fuerza. Mientras la muchacha quedaba paralizada por el miedo, los gritos de su criada, invocando «la protección de los Quirites», consiguieron atraer una multitud. Los nombres de su padre, Verginio, y de Icilio, su prometido, gozaban del respeto general. Al recordárselos sus amigos, los sentimientos de indignación valieron a la doncella el apoyo de la multitud. Ahora estaba a salvo de la violencia; el hombre que la reclamó dijo que estaba actuando de acuerdo con la ley, no por la violencia, y que no había necesidad de que se excitase la multitud. Citó a la muchacha ante el tribunal. Sus partidarios le aconsejaron seguirlo y llegaron ante el tribunal de Apio. El reclamante había ensayado una historia que ya conocía perfectamente al juez, pues éste había sido el autor del argumento. Cómo había nacido la muchacha en su casa, robada de ella, llevada a casa de Verginio y presentada como su hija; tales alegaciones se apoyarían en pruebas definitivas y se lo probaría al mismo Verginio, quien era en verdad el más afectado, pues se le había injuriado. Mientras tanto, instó, era justo que una esclava fuese con su amo. Los defensores de la muchacha manifestaron que Verginio estaba ausente, sirviendo al Estado, y que podría presentarse en dos días si se le enviaba aviso, y que era contrario a derecho que en su ausencia se pusiera en riesgo a sus hijos. Pidieron que se interrumpiese el procedimiento hasta la llegada del padre, y que de acuerdo con la ley que él mismo había redactado, se entregase la custodia de la muchacha a quienes asegurasen su libertad, y que no pudiese una doncella en plenitud sufrir peligro en su reputación al comprometerse su libertad [pues, como «esclava», su amo podría disponer de ella sexualmente sin cortapisas.- N. del T.].

[3.45] Antes de dictar sentencia, Apio demostró cómo la libertad era defendida por la misma ley a la que los amigos de Verginia habían apelado en apoyo de su demanda. Pero, continuó diciendo, garantizaba la libertad sólo en la medida en que sus disposiciones se respeten estrictamente en lo concerniente a las personas y cosas. Pero ya que la libertad personal era la causa de la reclamación, la proposición le parecía bien, pues todos debían poder alegar legítimamente, pero en el caso de quien aún estaba bajo la potestad del padre, nadie excepto éste podía renunciar a su posesión. Su decisión, por tanto, fue que se citase al padre y, en el entretanto, el hombre que la reclamaba no debía renunciar a su derecho a llevarse a la muchacha y dar seguridad de que se presentaría con ella a la llegada de su presunto padre. La injusticia de esta sentencia levantó muchas murmuraciones, pero nadie se atrevió a protestar abiertamente hasta que Publio Numitorio, el abuelo de la chica, e Icilio, su prometido, aparecieron en el lugar. La intervención de Icilio parecía ofrecer la mejor oportunidad de frustrar a Apio y la multitud le abría paso. El lictor le dijo que se había pronunciado sentencia, y como Icilio siguiera protestando a gritos, aquel trató de expulsarlo. Una injusticia así habría encendido hasta al más templado. Exclamó: «Por tus órdenes, Apio, se me expulsa a punta de espada para ahogar cualquier comentario sobre lo que quieres mantener oculto. Me voy a casar con esta doncella, y estoy decidido a tener una esposa casta. Convoca todos los lictores de todos tus colegas, da orden de que alisten fasces y hachas, que la prometida de Icilio no quedará fuera de la casa de su padre. Incluso si nos has privado de las dos defensas de nuestra libertad, la ayuda de nuestros tribunos y el derecho de apelar al pueblo de Roma, esto no te da derecho sobre nuestras mujeres e hijos, las víctimas de tu lujuria. Desahoga tu crueldad en nuestras espaldas y cuellos; pero deja a salvo, al menos, el honor de las mujeres. Si se hace violencia a esta muchacha, invocaré aquí la ayuda de los Quirites para mi prometida, Verginio la de los soldados para su única hija; todos invocaremos la ayuda de los dioses y los hombres, y no podrás ejecutar tal sentencia sino al precio de nuestras vidas. ¡Reflexiona, Apio, te lo pido, el paso que das! Cuando Verginio haya venido, él deberá decidir qué acción tomar acerca de su hija; si accede a la pretensión de este hombre, tendrá que buscar otro marido para ella. Mientras tanto, reivindico su libertad al precio de mi vida, antes que sacrificar mi honor.»

[3.46] La gente estaba alterada y parecía inminente un enfrentamiento. Los lictores habían rodeado a Icilio, pero las cosas no habían pasado de las amenazas por ambas partes cuando Apio declaró que la defensa de Verginia no era la preocupación principal de Icilio; era un intrigante incansable, que aún aspiraba a restaurar el tribunado y buscaba la ocasión para provocar una sedición. Él no quería, sin embargo, darle motivo para ello ése día; pero que supiera que no estaba cediendo a causa su insolencia, sino por esperar al ausente Verginio, supuesto padre, y por la libertad, y no se pronunciaría ni emitiría sentencia alguna en ese momento. Pediría a Marco Claudio que renunciase a su derecho, y permitió que la muchacha continuase bajo la custodia de sus amigos hasta la mañana siguiente. Si el padre no aparecía para entonces, advirtió a Icilio y a quienes iban con él que ni como legislador podía traicionar su propia ley, ni como decenviro dejaría de ser firme en su ejecución. Él, por cierto, no llamaría a los lictores de sus colegas para reprimir a los cabecillas de la rebelión, sino que los contendría sólo con los suyos. Quedó así aplazado el momento para perpetrar esta ilegalidad y, tras retirarse los partidarios de la muchacha, se decidió que lo más importante era que el hermano de Icilio y uno de los hijos de Númitor, ambos jóvenes enérgicos, atravesaran inmediatamente las puertas y llegaran al campamento de Verginio a la mayor velocidad. Sabían que la seguridad de la muchacha dependía de que su protector contra el desafuero se presentase a tiempo. Se marcharon, y cabalgando a toda velocidad llevaron las noticias al padre. Mientras el reclamante de la chica estaba presionando a Icilio para que contestase a su demanda y diese el nombre de sus fiadores, Icilio le entretenía diciéndole que todo se estaba disponiendo y ganaba tiempo para que los mensajeros pudiesen llegar al campamento, la muchedumbre por todas partes le estrechaba las manos para mostrarle que cada uno de ellos estaba dispuesto a salir en su favor. Con lágrimas en los ojos, les decía: «Es muy amable de tu parte. Mañana puedo necesitar tu ayuda, por ahora tengo garantías suficientes». Así, Verginia quedó a salvo con sus familiares. Apio permaneció algún tiempo en el tribunal, para que no pareciese que sólo había ido allí para atender ese asunto en particular. Cuando se enteró de que, debido al interés general por este único asunto, no se habían presentado otros litigantes, se retiró a su casa y escribió a sus colegas en el campamento para que no diesen permiso a Veginio para dejar su puesto y que, de hecho, lo arrestasen. Este universal en este único caso no aparecieron otros pretendientes, se retiró a su casa y escribió a sus colegas en el campo de no conceder el permiso de ausencia para Verginio, y de hecho para mantenerlo bajo arresto. Este consejo malicioso llegó, sin embargo, demasiado tarde, como merecía; Verginio ya había obtenido permiso y lo inició en la primera guardia. La carta ordenando su detención fue entregada a la mañana siguiente y, así, resultó inútil.

[3,47] En la Ciudad, los ciudadanos esperaban, con gran expectación, en el Foro desde la madrugada. Verginio, de luto, llevó a su hija vestida de manera similar y acompañada por cierto número de matronas, al Foro. Una multitud inmensa de simpatizantes les rodearon. Pasó entre la gente, les cogía las manos y pedía su ayuda, no sólo por compasión sino porque aquello también les concernía; él permanecía en el frente un día tras otro, defendiendo a sus hijos y esposas; de ningún otro hombre escucharían más hazañas ni actos de tenacidad que de él. ¿De qué servía todo eso, les preguntaba, si mientras la Ciudad quedaba a salvo, sus hijos estaban expuestos a un destino peor que si hubiesen sido realmente capturados? Los hombres se reunieron alrededor de él, mientras que él hablaba como si se dirigiera a la Asamblea. Icilio le seguía con la misma tensión. Las mujeres que le acompañaban producían una impresión más profunda con su silencio que con cualquier palabra que pudieran haber pronunciado. Insensible a todo esto (pues, con seguridad, era la locura y no el amor lo que había nublado su juicio), Apio constituyó el tribunal. El demandante comenzó con una breve protesta contra las actuaciones del día anterior; el juicio, dijo, no tuvo lugar por culpa de la parcialidad del juez. Pero antes de poder seguir con su demanda o de que Verginio tuviese oportunidad de responder, Apio intervino. Es posible que los escritores antiguos hayan descrito adecuadamente los considerandos de su sentencia, pero no he encontrado en ninguna parte motivo alguno para justificar su inicua resolución. Lo único en lo que todos están de acuerdo es en la sentencia que dio. Resolvió que la niña era una esclava. Al principio, todos quedaron estupefactos y asombrados ante esta atrocidad, y por unos momentos hubo un silencio de muerte. Entonces, como Marco Claudio se acercase a las matronas que rodeaban a la muchacha para apoderarse de ella entre sus gritos y lágrimas, Verginio, señalando con el brazo extendido a Apio, gritó: «¡Es a Icilio y no a ti, Apio, a quien he prometido a mi hija; la he criado para el matrimonio, no para el ultraje. ¿Estás decidido a satisfacer tus brutales deseos como el ganado y las bestias salvajes? Si esta gente se conforma con ello, no lo sé, pero espero que quienes tengan armas lo rechacen». Mientras que el hombre reclamaba a la joven era rechazado por el grupo de mujeres y los que estaban alrededor, el pregonero pidió silencio.

[3.48] El decenviro, totalmente poseído por su pasión, se dirigió a la multitud y les dijo que había comprobado, no sólo por el insolente abuso de Icilio el día antes y por la violencia de Verginio que el pueblo romano podía atestiguar, sino por una información definitiva que le había llegado, que durante la noche se habían celebrado reuniones en la Ciudad para organizar un movimiento sedicioso. Avisado del riesgo de disturbios, había venido al Foro con una escolta armada, no para herir a ciudadanos pacíficos, sino para afianzar la autoridad del gobierno acabando con los perturbadores de la tranquilidad pública. «Por lo tanto,-prosiguió-,» ser mejor para vosotros que guardéis silencio. Ve, lictor, disuelve a la multitud y despeja el camino para que el amo tome posesión de su esclava.» Como había rugido estas palabras en un arrebato de ira, la gente retrocedió y dejó a la niña abandonada a la injusticia. Verginio, no viendo ayuda por ninguna parte, se dirigió al tribunal. «Perdóname, Apio, te lo ruego, si te he hablado sin respeto, perdona el dolor de un padre. Permíteme que interrogue aquí a su nodriza, en presencia de la doncella, por los hechos exactos del asunto; pues si he sido llamado padre con engaño, podré dejarla marchar con la mayor resignación.» Habiendo obtenido el permiso, llevó a la muchacha y a su ama de cría junto a las tiendas [taberna en el original latino; se refería más a tiendas que a establecimientos de bebidas; véase a continuación que el padre toma un cuchillo de carnicero, presumiblemente de una carnicería sita junto a él.- N. del T.] cercanas al templo de Venus Cloacina, que ahora se conocen como «Tiendas Nuevas», y allí, empuñando un cuchillo de carnicero, lo hundió en su pecho diciendo: «Hija mía, ésta es la única forma en que puedo darte la libertad». Entonces, mirando hacia el tribunal, dijo: «Por esta sangre, Apio, dedico tu cabeza a los dioses infernales». Alarmado por las protestas que surgieron de este hecho terrible, el decenviro ordenó que detuviesen a Verginio. Blandiendo el cuchillo, se abrió paso delante de él, protegido por una multitud de simpatizantes, y llegó a la puerta de la ciudad. Icilio y Numitorio tomaron el cuerpo sin vida y lo mostraron al pueblo; lamentaron la vileza de Apio, la mortal belleza de la muchacha y la terrible presión bajo la que había actuado el padre. Las matronas, que le habían seguido con gritos de cólera, preguntaban: «¿Bajo estas condiciones iban a criar hijos, era ésta la recompensa de la modestia y la pureza?». Y así con otras manifestaciones de femenino pesar que, por su mayor sensibilidad, exhibían más abiertamente y se expresaban con las maneras y movimientos más penosos. Los hombres, y especialmente Icilio, no hablaban más que de la abolición de la potestad tribunicia y del derecho de apelación y protestaban airadamente por el estado de los asuntos públicos.

[3,49]. La gente estaba indignada, en parte por la atrocidad de lo ocurrido y en parte por la oportunidad que se le ofrecía de recuperar sus libertades. Apio ordenó en primer lugar que se citase a Icilio para comparecer ante él, después, al negarse, ordenó que le arrestasen. Como los lictores no pudieron acercarse a él, el propio Apio junto a un grupo de jóvenes patricios se abrió paso a través de la multitud y ordenó que fuera conducido a la cárcel. En esos momentos, Icilio no sólo estaba rodeado por la gente, sino que también estaban allí los líderes del pueblo, Lucio Valerio y Marco Horacio. Rechazaron a los lictores y dijeron que, si iban a proceder con arreglo a la ley, ellos asumirían la defensa de Icilio contra quien sólo era un ciudadano particular; pero que si deseaban emplear la fuerza, también les enfrentarían. Se inició una furiosa reyerta; los lictores del decenviro atacaron a Valerio y a Horacio, sus fasces fueron quebrados por la gente; Apio subió a la tribuna y Horacio y Valerio le siguieron; la Asamblea les escuchó mientras que Apio fue abucheado. Valerio, con tono lleno de autoridad, ordenó a los lictores que dejasen de ayudar a quien no ostentaba ningún cargo oficial; a lo que Apio, completamente acobardado y temiendo por su vida, envolvió su cabeza con la toga y se retiró a su casa cerca del Foro sin que sus enemigos percibiesen su huida. Espurio Opio irrumpió por el otro lado del Foro para apoyar a su colega y vió que su autoridad fue superada por una fuerza superior. Sin saber qué hacer y distraído por los consejos contradictorios que le daban por todas partes, ordenó que se convocase al Senado. Como se pensaba que gran número de senadores desaprobaban la conducta de los decenviros, el pueblo esperaba que se pusiera fin a su poder a través de la acción del Senado y, en consecuencia, se tranquilizó. El Senado decidió que no debía hacerse nada que irritase a la plebe y, lo que era mucho más importante, que se debían tomar todas las precauciones para impedir que la llegada de Verginio crease una conmoción en el ejército.

[3.50] En consecuencia, algunos de los senadores más jóvenes fueron enviados al campamento, que estaba por entonces en el Monte Vecilio. Informaron a los tres decenviros que estaban al mando que por todos los medios posibles impidieran que los soldados se amotinasen. Verginio causó mayor conmoción en el campamento que la que había dejado tras él en la Ciudad. La vista de su llegada desde la Ciudad, con un grupo de cerca de 400 hombres que llenos de indignación se habían alistado a sí mismos como sus camaradas, empuñando aún el arma en su mano y con las ropas ensangrentadas, llamó la atención de todo el campamento. Las vestiduras civiles por todas partes del campamento hizo que la cantidad de ciudadanos que le habían acompañado pareciera mayor de lo que era. Interrogado sobre lo sucedido, Verginio tardó en hablar, impedido por el llanto; por fin, cuando los que le habían rodeado se hubieron callado y estaban en silencio, les explicó todo en el orden en que sucedió. Entonces, alzando sus manos al cielo, apeló a ellos como sus camaradas y les imploró que no le atribuyeron lo que realmente era el crimen de Apio, ni que le mirasen con horror por considerarlo el asesino de sus hijos. La vida de su hija era para él más querida que la suya propia, si se le hubiera permitido vivirla en libertad y con pureza; cuando la vio arrastrada como una esclava para ultrajarla, pensó que sería mejor perder a su hija por la muerte que por la deshonra. Fue por la compasión que sintió por ella que había caído en lo que parecía crueldad, ni la habría sobrevivido de no abrigar la esperanza de vengar su muerte con la ayuda de sus camaradas. Pues ellos, también, tenían hijas, hermanas y esposas; la lujuria de Apio no se había extinguido con la vida de su hija, antes bien, cuanta mayor fuera su impunidad, más desenfrenado sería su deseo. A través de los sufrimientos de otro habían sido advertidos de cómo protegerse a sí mismos contra un mal similar. En cuanto a él, su esposa le había sido arrebatada por el destino; su hija, al no poder ya vivir en castidad, había encontrado una lamentable, aunque honrosa, muerte. Ya no había en su casa posibilidad alguna de que Apio satisficiera; de cualquier otra violencia de aquel hombre podría defenderse él con la misma resolución con que había defendido a su niña; los demás debían preocuparse por sí mismos y por sus hijos.

A este llamamiento apasionado de Verginio, la multitud respondió con un grito que no le faltarían en su dolor ni en la defensa de su libertad. Los civiles que se mezclaban con la multitud de soldados contaron la misma trágica historia y cómo fue aún más escandalosa de contemplar que de oír; al mismo tiempo, les participaban la funesta confusión de los asuntos en Roma y que algunos les habían seguido al campamento con las noticias de que Apio, tras casi haber sido asesinado, había marchado al exilio. El resultado fue un llamado general a las armas, se apoderaron de los estandartes y marcharon hacia Roma. Los decenviros, alarmados por lo que vieron y por lo que habían oído sobre el estado de cosas en Roma, fueron a distintas partes del campamento para tratar de calmar la excitación. En donde usaban de la persuasión, no obtenían respuestas; y donde trataron de emplear su autoridad, la respuesta fue: «Somos hombres y tenemos armas». Se marcharon en orden de combate hacia la Ciudad y ocuparon el Aventino. A todo el que se encontraban le instaban para recuperar las libertades de la plebe y a nombre tribunos; aparte de esto, no se escucharon llamamientos a la violencia. La reunión del Senado fue presidida por Espurio Opio. Se decidió no adoptar medidas de dureza, pues había sido por culpa de los decenviros que había surgido la rebelión. Se enviaron tres legados de rango consular a inquirir en nombre del Senado bajo qué órdenes habían abandonado su campamento y que significaba aquella forzada ocupación del Aventino con las armas, cambiando la guerra desde los enemigos hacia sus propios conciudadanos. Se marcharon sin respuesta, por no haber quien la diera, pues no habían nombrado un jefe y los oficiales no se atrevían a exponerse a los peligros de tal situación. La única respuesta fue una demanda fuerte y general para que se les enviase a Lucio Valerio y Marco Horacio, a estos hombres darían una respuesta formal.

[3.51] Tras despedir a los legados, Verginio señaló a los soldados que, pocos momentos antes, se habían sentido avergonzados en un asunto de poca importancia al ser una multitud sin cabeza; y la respuesta que habían dado, aunque servía por el momento, era más el resultado del sentir del momento que de una intención pensada. Él era de la opinión de que se debía elegir a diez hombres para el mando supremo, y que en virtud de su rango militar debían ser llamados tribunos militares [tribunos militum en el original: tribunos de los soldados en traducción literal; el término asentado de tribunos militares emplea el adjetivo en el sentido genitivo propio del original.- N. del T.]. Él mismo fue el primero a quien se ofreció esta distinción, pero respondió: «Reservad la opinión que os habéis formado de mí hasta que estemos en circunstancias más favorables; mientras mi hija no haya sido vengada, ningún honor me proporcionará placer ni en el presente estado de confusión de la república hay ventaja alguna en que los que os manden sean hombres desagradables a la malicia de las partes. Si he de ser de alguna utilidad lo seré, no obstante, sólo a título privado». A continuación se nombraron diez tribunos militares. El ejército que actuaba contra los sabinos no permaneció inactivo. Allí, también, a instancias de Icilio y Numitorio, se produjo una rebelión contra los decenviros. Los sentimientos de los soldados se despertaron por el recuerdo del asesinado Sicio no menos que por la reciente noticia de la doncella a quien se había hecho víctima de una loca lujuria. Cuando Icilio oyó que se habían elegido tribunos militares en el Aventino, anticipando que la Asamblea de la plebe seguiría el precedente de la Asamblea militar y nombraría sus propios tribunos de la plebe de entre los tribunos militares ya nombrados. Como él mismo aspiraba al tribunado, tuvo cuidado de que por sus hombres se nombrase el mismo número y con el mismo poder, antes de entrar en la Ciudad. Ellos hicieron su entrada por la puerta Colina en orden de marcha, con los estandartes desplegados y desfilando por el corazón de la Ciudad hacia el Aventino. Allí, unidos ambos ejércitos, se pidió a los veinte tribunos militares que eligiesen a dos de entre ellos para encargarse del mando supremo. Se nombró a Marco Opio y a Sexto Manlio. Alarmado por el cariz que tomaban las cosas el Senado se reunió diariamente, pero pasaban el tiempo haciéndose reproches mutuos en vez de deliberar. Se acusó abiertamente a los decenviros del asesinato de Sicio, del libertinaje de Apio y de la deshonra militar. Se propuso que Valerio y Horacio fuesen al Aventino, pero se negaron a ir a menos que los decenviros entregasen las insignias de una magistratura que había expirado el año anterior. Los decenviros protestaron contra este intento de coacción, y dijeron que no abdicarían de su autoridad hasta que las leyes que habían elaborado fuesen adecuadamente promulgadas.

[3.52] Marco Duilio, un antiguo tribuno, informó a la plebe que debido a las incesantes discusiones nada se estaba decidiendo en el Senado. No creía que los senadores se preocuparían hasta que viesen la Ciudad desierta; el Monte Sacro les recordaría la firme determinación que ya una vez mostró la plebe, y comprenderían que a menos que se restaurase la potestad tribunicia, no habría concordia en el Estado. Los ejércitos dejaron el Aventino y, saliendo por la Vía Nomentana (o como se llamaba entonces, la Ficolense), acamparon en el Monte Sacro, imitando la moderación de sus padres al abstenerse de toda violencia. Los plebeyos civiles siguieron al ejército, ninguno cuya edad se lo permitiera dejó de ir. Sus esposas e hijos les siguieron, preguntándoles en tono lastimero por qué les dejaban en la Ciudad, donde ni su pudor ni su libertad serían respetadas. La inusitada soledad daba un aspecto triste y abandonado a toda Roma; en el Foro sólo quedaban unos cuantos de los patricios más ancianos, y cuando el Senado se reunía quedaba totalmente abandonado. Muchos, además de Horacio y Valerio, se preguntaban ahora airadamente: «¿A qué esperáis, senadores? Si los decenviros no cesan en su obstinación, ¿permitiréis que todo se destruya y arruine? ¿Y cuál es ésa autoridad, decenviros, a la tanto que os aferráis? ¿Vais a administrar justicia a las paredes y techos? ¿No os da vergüenza ver en el Foro más lictores que ciudadanos? ¿Qué haréis si el enemigo se aproxima a la Ciudad? ¿O si la plebe, viendo que su secesión no tiene efecto, viene contra nosotros empuñando las armas? ¿Quieres poner fin a vuestro poder con la caída de la Ciudad? O bien tendréis que prescindir del pueblo o tendréis que aceptar a sus tribunos; antes de quedarse sin sus magistrados, nosotros nos quedaremos sin los nuestros. Ese poder que arrancaron de nuestros padres, cuando era una novedad sin práctica, no se lo dejarán ahora arrebatar, toda vez que han probado sus ventajas y que nosotros no hacemos un uso moderado de nuestro poder que impida su necesidad de protección.» Protestas como éstas se oían por toda la Curia; al final, los decenviros, sobrepasados por la oposición general, afirmaron que, ya que era el deseo de todos, se someterían a la autoridad del Senado. Lo único que pidieron fue que se les protegiese de la ira popular; advirtieron al Senado para que el pueblo no se acostumbrase con sus muertes a castigar a los patricios.

[3,53] Valerio y Horacio fueron luego enviados a la plebe con los términos que, según pensaban, conducirían a su vuelta y al cese de todas las diferencias; se les encargó que obtuviesen garantías de protección para los decenviros contra cualquier violencia popular. Fueron recibidos en el campamento con grandes expresiones de alegría, porque de principio a fin del conflicto fueron indudablemente considerados como liberadores. Se les dio las gracias a su llegada. Icilio fue el portavoz. Antes de su llegada habían acordado su política, por lo que al empezar la discusión de los términos y preguntar los enviados cuáles eran las peticiones de la plebe, Icilio presentó unas propuestas de tal naturaleza que demostraban claramente que depositaban sus esperanzas en la justicia de su causa más que en recurrir a las armas. Pidieron el restablecimiento del poder tribunicio y del derecho de apelación, que antes de la institución de los decenviros habían sido sus principales garantías. También pedían una amnistía para los que habían incitado a los soldados o la plebe a recuperar su libertad mediante la secesión. La única demanda de carácter vengativo que hicieron fue en relación con el castigo de los decenviros. Insistieron, como un acto de justicia, en que debían serles entregados, y amenazaron con quemarlos vivos. Los enviados respondieron a estas demandas de la siguiente manera: «Las peticiones que habéis presentado como resultado de vuestras deliberaciones son tan justas que sin duda se os habrían ofrecido, pues las pedís como salvaguarda de vuestras libertades y no como licencia para atacar a otros. Vuestra ira se puede excusar y perdonar; pues ha sido por el odio a la crueldad por lo que os abocáis ahora también vosotros a la crueldad, y casi que antes que liberaros a vosotros mismos deseáis tiranizar a vuestros enemigos. ¿Es que nuestro Estado nunca disfrutará de un descanso de los castigos infligidos por los patricios a la plebe romana, o por la plebe a los patricios? Necesitáis el escudo en vez de la espada. Ya vive suficientemente humillado quien lo hace en el Estado bajo leyes justas, sin infringir ni sufrir lesión alguna. Incluso si llegara el momento en que consiguieseis, tras recuperar vuestros magistrados y leyes, tener poder legal sobre nuestras vidas y propiedades (aun si sentenciaseis cada caso por sus méritos), por ahora es suficiente con que recuperéis vuestras libertades.»

[3.54] Se les autorizó a obrar como considerasen mejor y los enviados anunciaron que volverían en breve, una vez que se acordasen todo. Cuando expusieron las demandas de la plebe ante el Senado, los demás decenviros, al comprobar que no se hacía mención de infligir castigo sobre ellos, no plantearon objeción alguna. El severo Apio, quien era el más detestado, midiendo el odio de los demás por el suyo hacia ellos, dijo: «Soy muy consciente del destino que se cierne sobre mí. Veo que el ataque contra nosotros queda sólo aplazado hasta que nuestras armas estén en manos de nuestros oponentes. Su ira debe ser apaciguada con sangre. Sin embargo, ni siquiera yo vacilaré en renunciar a mi decenvirato». Se aprobó un decreto para que los decenviros dimitieran lo antes posible, que Quinto Furio, el Pontífice Máximo, nombrara tribunos de la plebe y para que se garantizase una amnistía por la secesión de los soldados y de la plebe. Tras aprobar estos decretos, el Senado se disolvió y los decenviros se dirigieron a la Asamblea y renunciaron formalmente a su magistratura, para inmensa alegría de todos. De todo esto se informó a la plebe en el Monte Sacro. Los enviados que lograron el acuerdo fueron seguidos por todos los que se quedaron en la Ciudad; esta masa de personas se encontró con otra multitud alegre que salía del campamento. Intercambiaron felicitaciones mutuas por la restauración de la libertad y la concordia. Los enviados, dirigiéndose a la multitud como si fuera una Asamblea, dijeron: «¡Prosperidad, Fortuna y Felicidad para vosotros y para el Estado! ¡Regresad a vuestra patria, vuestros hogares, vuestras esposas y vuestros hijos! Pero llevad a la Ciudad la misma continencia que habéis mostrado aquí, donde no ha sido dañada la tierra de nadie a pesar de la gran necesidad de tantas cosas que tiene una multitud tan grande. Id al Aventino, de donde llegasteis; allí, en el lugar feliz donde empezó vuestra libertad, nombraréis a vuestros tribunos; el Pontífice Máximo estará presente para celebrar las elecciones». Grande fue la alegría y el entusiasmo con que aplaudieron. Tomaron los estandartes y se dirigieron a Roma, superando a los que se encontraban en su alegría. Marchando con las armas por la Ciudad en silencio, llegaron al Aventino. Allí, el Pontífice Máximo procedió en seguida a celebrar la elección de tribunos. El primero en ser elegido fue Lucio Verginio; a continuación, los organizadores de la secesión, Lucio Icilio y Publio Numitorio, el tío de Verginio; después, Cayo Sicinio, el hijo del hombre consignado como el primero de los elegidos tribunos en el Monte Sacro, y Marco Duilio, que había ocupado con distinción el cargo antes del nombramiento de los decenviros y que, pese a todos los conflictos con ellos, nunca había dejado de apoyar a la plebe. Después de éstos nombraron a Marco Titinio, Marco Pomponio, Cayo Apronio, Apio Vilio y Cayo Opio; a todos se les eligió por su esperada futura utilidad más que por los servicios que hasta allí hubiesen prestado. Una vez tomó posesión de su tribunado, Lucio Icilio en seguida propuso una resolución, que la plebe aceptó, para que nadie fuese perseguido por la secesión. Marco Duilio inmediatamente presentó una propuesta para que se eligieran cónsules y restablecer el derecho de apelación. Todas estas medidas fueron aprobadas en una Asamblea de la plebe que se celebró en las praderas Flaminias, que ahora se llaman Circo Flaminio.

[3.55] La elección de los cónsules se llevó a cabo bajo la presidencia de un interrex. Los elegidos fueron Lucio Valerio y Marco Horacio, que enseguida tomaron posesión -449 a.C.-. Su consulado fue muy popular y no se cometió injusticia contra los patricios, aunque les miraban con recelo, pues cuanto se había hecho en salvaguarda de las libertades de la plebe lo consideraban como una violación de sus propias competencias. En primer lugar, como que era dudoso desde cierto punto de vista jurídico que los patricios estuviesen obligados por los decretos de la plebe, presentaron una ley en los comicios centuriados para que lo que aprobase la plebe en sus Asambleas de las Tribus fuese vinculante para todo el pueblo. Con esta ley se puso en manos de los tribunos un arma muy eficaz. Después, no sólo se restauró, sino que se reforzó para el futuro con una nueva redacción, otra ley consular confirmando el derecho de apelación, como única defensa de la libertad, que había sido anulado por los decenviros. Ésta prohibía el nombramiento de un magistrado ante quien no hubiese derecho de apelación, y establecía que cualquiera que lo hiciese podría ser justa y legalmente condenado a muerte y que el hombre que le diese muerte no podría ser declarado culpable de asesinato. Cuando hubieron reforzado suficientemente a la plebe mediante el derecho de apelación, por un lado, y con la protección otorgada mediante los tribunos por el otro, procedieron a asegurar la inviolabilidad de los propios tribunos. El recuerdo de esto casi se había perdido, por lo que lo renovaron con ciertos ritos sagrados recuperados del lejano pasado y, además de asegurar su inviolabilidad con la sanción de la religión, promulgaron una ley por la que a cualquiera que ofendiese a los magistrados de la plebe, fuesen tribunos, ediles o jueces decenviros, se le consagrase la cabeza a Júpiter [tras separarla antes de su cuerpo por medios cortantes, claro.- N. del T.], vendidas sus posesiones y sus ingresos asignados a los templos de Ceres, Liber y Libera [tríada de naturaleza agrícola que forma una agrupación correspondiente a la griega compuesta por Démeter, Dionisos y Perséfone; el 17 de marzo se celebraban las liberalia, cuando habitualmente vestían los muchachos por vez primera la toga viril.- N. del T.]. Los juristas dicen que, a causa de esta ley, ninguno resultaba realmente sacrosanto sino que cuando se ofendía a cualquiera de los arriba mencionados el ofensor era considerado maldito. Si un edil, por ejemplo, fuera detenido y enviado a prisión por magistrados superiores, aunque esto no se podía hacer legalmente (pues por esta ley no sería lícito que se les ofendiese), aun así sería una prueba de que un edil no es considerado sacrosanto, mientras que los tribunos de la plebe eran sacrosantos a causa del antiguo juramento tomado por los plebeyos cuando se creó por primera vez la magistratura. Hubo quienes interpretaron que esta Ley Horacia abarcaba incluso a los cónsules en sus disposiciones, y a los pretores, pues eran elegidos bajo los mismos auspicios que los cónsules, pues se apelaba al cónsul como juez. Esta interpretación se ve refutada por el hecho de que en aquellos tiempos era costumbre que un juez se llamase pretor y no cónsul. Estas fueron las leyes promulgadas por los cónsules. También ordenaron que los decretos del Senado, que solían al principio ser manipulados y suprimidos a gusto de los cónsules, de ahora en adelante se entregarían a los ediles de la plebe en el templo de Ceres. Marco Duilio, el tribuno, propuso una resolución, que aprobó la plebe, por la que quien dejase a la plebe sin tribunos, o quien crease una magistratura ante la que no cupiese apelación, sería azotado y decapitado. Todas estas disposiciones desagradaban a los patricios, pero no se opusieron activamente a ellas, pues ninguno había sido aún acusado por procesos vengativos.

[3.56] El poder de los tribunos y las libertades de la plebe tenían ahora una base segura. Los tribunos dieron el siguiente paso, pues pensaban que había llegado el momento en que podían proceder con seguridad contra las individualidades. Eligieron a Verginio para ocuparse del primer proceso, que fue el de Apio. Cuando se hubo fijado el día y Apio había bajado al Foro con una guardia de jóvenes patricios, su vista y la de sus satélites recordó a todos los presentes el poder que tan vilmente había ejercido. Verginius comenzó: «La oratoria se inventó para los casos dudosos. No perderé, por tanto, el tiempo ante vosotros con una larga acusación contra un hombre por cuya crueldad os rebelasteis vosotros mismos por la fuerza de las armas, ni le permitiré añadir a sus otros crímenes el de una defensa descarada. Así que voy a pasar por alto, Apio Claudio, todas las cosas malas e impías que tuvo la audacia de cometer, una tras otra, durante los últimos dos años. Sólo haré una acusación contra ti: que en contra de la ley condenaste a la esclavitud a una persona libre, y a menos que nombres un juez ante el que puedas demostrar tu inocencia, ordenaré que seas llevado a la cárcel». Apio no tenía nada que esperar de la protección de los tribunos o del veredicto de la gente. Sin embargo, hizo un llamamiento a los tribunos, y cuando nadie intervino para suspender el procedimiento y era tomado por un ujier, dijo: «Apelo». Esta sola palabra, protección de la libertad, pronunciada por los labios que tan poco antes había judicialmente a una persona privada de su libertad, produjo un silencio general. Entonces el pueblo se dijo que había dioses, después de todo, que no descuidaban los asuntos de los hombres; la arrogancia y la crueldad eran visitadas por castigos que, aunque lentos en llegar, no eran leves; el hombre que apelaba era el que había derogado la capacidad de apelación; el hombre que imploraba la protección del pueblo era el que había pisoteado sus derechos; perdía su propia libertad y era encarcelado aquel que condenó a la esclavitud a una persona libre. En medio del murmullo de la Asamblea, se oyó la voz del mismo Apio implorando «la protección del pueblo romano.»

Comenzó enumerando los servicios de sus antepasados para con el Estado, tanto en casa como en la milicia; su propia desafortunada devoción a la plebe, que le llevó a renunciar a su consulado a fin de que se promulgasen leyes justas para todos, presentando así la mayor ofensa a los patricios; sus leyes todavía estaban en vigor, aunque a su autor lo estuviesen llevando a la cárcel. En cuanto a su propia conducta personal y sus buenas y malas obras, sin embargo, los pondría a examen cuando tuviese la oportunidad de defender su causa. De momento, reclamó el derecho común de un ciudadano romano a alegar el día señalado Por el momento se reclamó el derecho común de un ciudadano romano que se le permita alegar en el día señalado y someterse al juicio del pueblo romano. No temía tanto a la opinión pera tan temeroso de la opinión general en su contra como para abandonar toda esperanza en la imparcialidad y la simpatía de sus conciudadanos. Si iba a ser trasladado a la prisión antes de que su caso fuese oído, apelaría una vez más a los tribunos, y les advertía contra imitar el ejemplo de aquellos a quienes odiaban. Si ellos admitían que se habían comprometido a abolir el derecho de apelación, como acusaban a los decenviros de haber hecho, el apelaría al pueblo e invocaría las leyes que tanto los cónsules como los tribunos habían promulgado ese mismo año para proteger tal derecho. Porque, si no se podía apelar antes que el caso fuese oído y dictada la sentencia, ¿quién podría apelar? ¿Qué plebeyo, hasta el más humilde, encontraría protección en las leyes, si Apio Claudio no pudo? Su caso demostraría si era tiranía o libertad lo que traían las nuevas leyes, o si el derecho de impugnar y apelar contra la injusticia de los magistrados eran palabras vacías o algo efectivo.

[3.57] Verginio respondió. Apio Claudio, dijo, en solitario estaba fuera de la ley, fuera de las obligaciones que mantenían unido el Estado o las mismas sociedades humanas. Dejemos que los hombres posen sus ojos en este tribuno, castillo de todas las maldades, en ese decenviro perpetuo, rodeado de verdugos, que no lictores; despreciado por igual de dioses y hombres, descargó su venganza sobre los bienes, las espaldas y las vidas de los ciudadanos, amenazándoles a todos indistintamente con varas y hachas; y después, cuando su mente se desvió de la rapiña y el asesinato hacia la lujuria, arrancó a una joven doncella libre de brazos de su padre, ante los ojos de Roma, y la entregó a un cliente, ministro de sus intrigas, a un tribunal donde por culpa de una cruel sentencia y un infame juicio un padre levantó su mano armada contra su hija, donde ordenó que aquellos que tomaron el cuerpo sin vida de la doncella (su traicionado prometido y su abuelo) fuesen encarcelados, movido menos por su muerte que por satisfacer su deseo criminal. Para él, tanto como para otros, se había construido aquella prisión que solía llamar «el domicilio de la plebe romana.» Dejadle apelar cuanto quiera, él (Verginio) siempre le llevaría ante un juez acusado de haber condenado a la esclavitud a una persona libre. Si no ante un juez, ordenaría que fuese encarcelado hasta que se le hallase culpable. Fue, pues, metido en la cárcel y, aunque en realidad nadie se opuso a este paso, había una sensación general de ansiedad, ya que incluso los plebeyos pensaban que era un uso excesivo de su libertad el infligir tan gran castigo así a un hombre tan distinguido. El tribuno suspendió el día del juicio. Durante estos hechos, llegaron embajadores de los latinos y hérnicos para presentar sus felicitaciones por el restablecimiento de la armonía entre el patriciado y la plebe. En conmemoración de ello, trajeron una ofrenda a Júpiter Optimo Máximo en forma de una corona de oro. No era una grande, pues no eran Estados ricos; su observancia religiosa se caracterizaba más por la devoción que por la magnificencia. También trajeron la información de que los ecuos y los volscos estaban dedicando todas sus energías a prepararse para la guerra. Se ordenó entonces a los cónsules que organizasen sus respectivas misiones. Los sabinos fueron encargados a Horacio y los ecuos a Valerio. Anunciaron un alistamiento para estas guerras, y tan favorable fue la actitud de la plebe que no sólo los hombres sujetos al servicio dieron prontamente sus nombres, sino que una gran parte del alistamiento consistió en hombres que ya habían servido su periodo de tiempo y acudieron como voluntarios. De esta manera, el ejército se reforzó no sólo numéricamente, sino en la calidad de los soldados pues los veteranos ocuparon su lugar en filas. Antes de salir de la Ciudad, las leyes de los decenviros, conocidas como las «Doce Tablas», fueron grabadas en bronce y exhibidas públicamente; algunos autores afirman que los ediles cumplieron con esta tarea bajo las órdenes de los tribunos.

[3.58] Cayo Claudio, por el odio hacia los crímenes de los decenviros y la ira que él, más que cualquier otro, sentía por la conducta tiránica de su sobrino, se había retirado a Regilo, su antigua patria. A pesar de su avanzada edad, regresó a la Ciudad para aliviar los peligros que amenazaban al hombre cuyas prácticas viciosas le habían obligado a huir. Bajando al Foro de luto, acompañado por los miembros de su casa y por sus clientes, se dirigía individualmente a los ciudadanos y les imploraba que no manchasen la gens Claudia con la indeleble vergüenza de considerarlos merecedores de prisión y cadenas. ¡Pensar que un hombre cuya imagen sería tenida en el más alto honor por la posteridad, el artífice de su legislación y fundador de la jurisprudencia romana, debía acostarse encadenado entre ladrones nocturnos y saqueadores! Les hacía abandonar por un instante sus sentimientos de ira y entregarse con calma a la reflexión, perdonando a Apio por la intercesión de tantos Claudios a pesar del odio que sentían por él. Tan lejos llegaría él por el honor de su gens y de su nombre, aunque no se había reconciliado con el hombre cuya angustia tanto deseaba aliviar. Habían recuperado sus libertades mediante su valor, mediante la clemencia se fortalecería la armonía entre los órdenes del Estado. Convenció a algunos, aunque más por el cariño que mostraba por su sobrino que por consideración hacia el hombre por el que rogaba. Pero Verginio suplicó con lágrimas que guardasen su compasión para él y para su hija; que no escuchasen los ruegos de los Claudios, que habían asumido el poder soberano sobre la plebe, sino a los tres tribunos, parientes de Verginia, quienes tras ser elegidos para proteger a los plebeyos buscaban ahora su protección. Se estimó este alegato como más justo. Habiendo perdido toda esperanza, Apio se suicidó antes que llegase el día del juicio.

Poco después, Spurio Opio fue procesado por Publio Numitorio. Sólo era menos odiado que Apio, pues él estaba en la Ciudad cuando su colega pronunció su inicua sentencia. Más indignación, sin embargo, producía una atrocidad cometida por Opio que el no haber impedido una. Apareció un testigo que, tras veintisiete años de servicio y ocho condecoraciones por otras tantas muestras de valentía, se presentó ante el pueblo llevando todas sus condecoraciones. Desgarrando su vestido expuso su espalda lacerada por el sarmiento [en la castigatio, se azotaba con sarmientos al reo.- N. del T.]. Él pedía sólo que Opio presentase pruebas de alguna acusación contra él; si tal prueba aparecía, Opio, aunque ahora sólo era un ciudadano privado, podría repetir su crueldad para con él. Opio fue llevado a prisión y allí, antes de la fecha del juicio, puso fin a su vida. Su propiedad y la de Claudio fueron confiscadas por los tribunos. Sus colegas dejaron sus casas para ir al exilio y sus propiedades también fueron confiscadas. Marco Claudio, que había sido el reclamante de Verginia, fue juzgado y condenado; el propio Verginio, sin embargo, se negó a presionar para obtener la pena máxima, por lo que se le permitió exiliarse a Tíbur. Verginia fue más afortunada tras su muerte que en su vida; su espíritu, tras vagar por tantas casas buscando venganza, al fin pudo descansar al no quedar ya vivo ningún culpable.

[3.59] Se apoderó una gran alarma de los patricios; la vista de los tribunos se volvía ahora a quienes habían sido decenviros. Marco Duilio, el tribuno, impuso un control saludable a su ejercicio abusivo de autoridad. «Hemos ido», dijo, «lo bastante lejos en la afirmación de nuestra libertad y el castigo de nuestros oponentes, así que para el resto del año no dejaré que ningún hombre sea juzgado o encarcelado. Desapruebo que los antiguos crímenes, ya olvidados, sean traídos nuevamente a colación ahora que los recientes han sido penados con el castigo de los decenviros. La constante preocupación que se toman los cónsules en proteger vuestras libertades es garantía de que nada se hará que merezca el poder de los tribunos». Este espíritu de moderación mostrado por el tribuno alivió los temores de los patricios, pero también aumentó su resentimiento contra los cónsules, pues parecían estar tan totalmente dedicados a la plebe que la seguridad y libertad de los patricios eran una cuestión de interés más inmediato para los plebeyos que para los magistrados patricios. Parecía como si sus adversarios se cansasen de castigarles antes que los cónsules de frenar su insolencia. Se afirmó, por lo general, que mostraron debilidad, ya que sus leyes habían sido sancionadas por el Senado, y no quedaba duda de que habían cedido a la presión de las circunstancias.

[3.60] Tras haber resuelto los asuntos de la Ciudad y quedar asegurada la posición de la plebe, los cónsules partieron a sus respectivas provincias. Valerio sabiamente suspendió las operaciones contra las fuerzas combinadas de ecuos y volscos. Si se hubiera aventurado a un enfrentamiento, me pregunto si, teniendo en cuenta el carácter de los romanos y el del enemigo después del mando desafortunado de los decenviros, no habría sufrido una grave derrota. Tomó una posición a un kilómetro y medio del enemigo [mille pasuum en el original: 1 471 metros.- N. del T.] y mantuvo a sus hombres en el campamento. El enemigo formó para presentar batalla y ocupó el espacio entre ambos campamentos, pero no hallaron respuesta a su desafío por parte romana. Cansados finalmente de formar y esperar en vano la batalla, y considerando que prácticamente les habían concedido la victoria, ambas naciones fueron a devastar los territorios de hérnicos y latinos. La fuerza que dejaron detrás era suficiente para proteger el campamento, pero no para sostener un combate. Al ver esto el cónsul, hizo que el terror lo sufriesen los enemigos y sacó a sus hombres en orden de batalla, desafiándolos a pelear. Como eran conscientes de su menor fuerza, rehusaron el enfrentamiento y el valor de los romanos creció enseguida, pues consideraban vencidos a los hombres que se mantenían tímidamente tras sus líneas. Después de permanecer todo el día ansiosos por combatir, se retiraron al caer la noche; el enemigo, en un estado anímico muy diferente, mandó llamar rápidamente de todas partes a las partidas de saqueo; los que estaban más cerca regresaron a toda prisa al campamento, los más distantes no fueron localizados. Tan pronto como amaneció, los romanos salieron, preparados para asaltar su campamento si no les presentaban batalla. Cuando el día estaba muy avanzado, sin ningún movimiento por parte del enemigo, el cónsul dio la orden de avanzar. Conforme avanzó la línea, los ecuos y volscos, indignados ante la perspectiva de ver sus ejércitos victoriosos protegidos por terraplenes en vez de por el valor y las armas, clamó para que le diesen señal de batalla. Se dio, y parte de su fuerza ya había salido por la puerta del campamento mientras que otros bajaban en orden y formaban en sus posiciones asignadas; pero antes de que el enemigo pusiese sobre el campo toda su fuerza, el cónsul romano lanzó su ataque. No habían salido todos del campamento, quienes lo habían hecho no fueron capaces de desplegarse en línea y, hacinados como estaban, empezaron a flaquear y Habían no todos salieron del campamento, quienes lo habían hecho no estaban en condiciones de desplegar en línea, y hacinados como estaban, comenzaron a flaquear y ceder. Mientras miraban a su alrededor sin poderse ayudar unos a otros, indecisos sobre qué hacer, los romanos lanzaron su grito de guerra y el enemigo cedió terreno; luego, tras recuperar su presencia de ánimo y que sus generales les instasen a no ceder terreno ante aquellos a quien habían derrotado, se reinició la batalla.

[3.61] En el otro lado, el cónsul hizo recordar a los romanos que aquel día combatían por vez primera como hombres libres y en nombre de una Roma libre. Conquistaban para ellos mismos y los frutos de su victoria no serían para los decenviros. La batalla no se libraba a las órdenes de un Apio, sino bajo su cónsul Valerio, descendiente de los libertadores del pueblo romano y un liberador él mismo. Tenían que demostrar las anteriores derrotas fueron por culpa de los generales, no de los soldados; sería una desgracia que mostrasen más valor contra sus propios conciudadanos que contra un enemigo extranjero, o que temiesen más la esclavitud en casa que fuera. En tiempo de paz, sólo estuvo en peligro la castidad de Verginia, sólo el libertinaje de Apio resultaba peligroso; pero en el vaivén de la guerra, todos y cada uno de sus hijos estarían en peligro ante esos miles de enemigos. Él no presagiaría los desastres que ni Júpiter ni su Padre Marte permitirían a una Ciudad fundada bajo tan felices auspicios. Les recordó el Aventino y el Monte Sacro, y les rogó que volviesen con tan irreprochable dominio a ese lugar donde unos meses antes se habían ganado su libertad. Debían dejar claro que los soldados romanos tenían las mismas cualidades ahora que los decenviros habían sido expulsados que antes de que fuesen nombrados, y que el valor romano no se había debilitado por el hecho de que las leyes fuesen iguales para todos.

Tras arengar así a la infantería, galopó hasta donde estaba la caballería. «¡Vamos, jóvenes!», gritó, «demostrad que sois superiores a los infantes en valor, igual que lo sois en rango y honor. Han rechazado al enemigo al primer encuentro, cabalgad entre ellos y expulsadlos del campamento. No aguantarán vuestra carga, ahora mismo están vacilando en vez de resistir.» Con las riendas aflojadas, espolearon sus caballos contra el enemigo que ya estaba confundido por el choque con la infantería, y abriéndose paso a través de sus filas llegaron a la retaguardia. Algunos, girando en terreno abierto, lo atravesaron y se dirigieron a los fugitivos que desde todas partes iban hacia su campamento. La línea de infantería, con el propio cónsul, y todo el combate se inclinó en persona y el conjunto de la batalla rodó en la misma dirección, que tomó posesión del campamento con una pérdida inmensa para el enemigo, pero el botín fue aún mayor que la carnicería. Las noticias de esta batalla no sólo llegaron a la Ciudad, sino hasta el otro ejército que estaba entre los sabinos. En la ciudad se celebró la victoria con fiestas públicas, pero en el otro campamento indujo a los soldados a emularla. Horacio les entrenó para que confiasen en sí mismos mediante las incursiones y puso a prueba su valor en escaramuzas, en vez de dejarles pensar en las derrotas que sufrieron bajo los decenviros, y con esto les hizo confiar en la victoria final. Los sabinos, envalentonados por sus éxitos del año anterior, les provocaban sin cesar y les retaban a luchar, preguntándoles por qué malgastaban su tiempo con pequeñas incursiones y retiradas, como si fueran bandidos, en vez de enzarzarse en un combate decisivo y no en pequeños enfrentamientos. ¿Por qué, les preguntaban sarcásticamente, no se enfrentaban con ellos en batalla campal y confiaban de una vez en la fortuna de la guerra?

[3.62] Los romanos no sólo habían recuperado su valor, sino que ardían de indignación. El otro ejército, decían, estaba a punto de regresar a la Ciudad en triunfo, mientras ellos estaban aguantando las burlas de un enemigo insolente. ¿Cuándo iban a combatir al enemigo, si no era ahora? El cónsul se dio cuenta de estos murmullos de descontento y después de reunir a los soldados en una asamblea, se dirigió a ellos así: «Supongo que habréis oído, soldados, cómo se libró la batalla del Álgido. El ejército se comportó como se supone debe comportarse el ejército de un pueblo libre. La victoria se obtuvo por el mando de mi colega y la valentía de sus soldados. En lo que a mí respecta, estoy dispuesto a adoptar ese plan de operaciones que vosotros, mis soldados, tendréis el coraje de ejecutar. La guerra puede ser prolongada con ventaja o terminada de una vez. Si hubiera de prolongarse, seguiré el método de entrenamiento con que he empezado, para que vuestra moral y valor aumenten día a día. Si deseáis un combate decisivo, vamos ahora, gritad ahora como en la batalla, en prueba de vuestra voluntad y valor». Después de haber gritado con gran ardor, él les aseguró que, con la bendición del cielo, cumpliría sus deseos y les guiaría a la batalla por la mañana. El resto del día lo pasaron aprestando armas y armaduras. Tan pronto como los sabinos vieron a los romanos formando en orden de batalla a la mañana siguiente, ellos también marcharon hacia el combate que tanto habían ansiado. La batalla fue como cabría esperar entre dos ejércitos tan llenos de confianza en sí mismos; el uno orgulloso de su antiguo e invicto renombre y el otro encendido por su reciente victoria. Los sabinos buscaron el auxilio de la estrategia pues, tras dar a su línea una extensión igual a la de su enemigo, mantuvieron dos mil hombres en reserva para lanzar un ataque al flanco izquierdo romano cuando la batalla estaba en su apogeo. Mediante este ataque casi rodearon y estaban empezando a dominar esa ala, cuando la caballería de ambas legiones (unos seiscientos jinetes) saltó de sus monturas y se lanzó al frente para apoyar a sus compañeros que estaban cediendo. Frenaron el avance enemigo y levantaron, al mismo tiempo, el ánimo de la infantería al compartir sus peligros; apelaron a su amor propio, demostrándoles que mientras la caballería podía combatir tanto a pie como a caballo, la infantería, entrenada para combatir a pie, era inferior incluso a la caballería desmontada.

[3.63] Y así se reanudó la lucha que daban por perdida y recuperaron el terreno cedido; en un momento, no sólo se reinició la batalla, sino que incluso obligaron a retroceder a los sabinos de esa ala. La caballería volvió a sus caballos, protegida por la infantería a través de cuyas filas pasaron, y se alejó al galope a la otra ala para anunciar su victoria a sus compañeros. Al mismo tiempo, cargaron al enemigo que estaba ahora desmoralizado por la derrota de su ala más fuerte. Ninguno demostró un valor más brillante en esa batalla. Los ojos del cónsul estaban en todas partes, felicitó a los valientes, tuvo palabras de reproche donde la batalla parecía aflojar. Aquellos a quienes censuró recuperaron enseguida el valor, estimulados en su amor propio como los otros lo fueron por sus elogios. Se volvió a lanzar el grito de guerra, y con un esfuerzo conjunto de todo el ejército rechazaron al enemigo; el ataque romano era imparable. Los sabinos se dispersaron en todas direcciones a través de los campos, y dejaron su campamento como botín para el enemigo. Lo que los romanos encontraron que no fueron las propiedades de sus aliados, como había sido el caso en Álgido, sino las suyas, que se habían perdido en el saqueo de sus hogares. Por esta doble victoria, ganada en dos batallas por separado, el Senado decretó maliciosamente una acción de gracias a favor de los cónsules para el mismo día. El pueblo, sin embargo, sin recibir órdenes, fue al segundo día también en grandes multitudes a los templos, y esta no autorizada y espontánea acción de gracias se celebró con casi más entusiasmo que la primera.

Los cónsules se aproximaron de común acuerdo a la Ciudad durante esos dos días y convocaron una reunión del Senado en el Campo de Marte. Mientras estaban rindiendo su informe sobre la dirección de las campañas, los líderes del Senado protestaron por celebrar esta sesión en medio de las tropas a fin de intimidarlos. Para no dar motivo a esta acusación, los cónsules de inmediato citaron el Senado en los Prados Flaminios, donde ahora está el templo de Apolo (luego llamado el Apolinar). El Senado por una gran mayoría se negó a conceder a los cónsules el honor de un triunfo, con lo cual Lucio Icilius, como tribuno de la plebe, llevó la cuestión ante el pueblo. Muchos se acercaron para oponerse, en particular Cayo Claudio, que exclamó en un tono exaltado que los cónsules no querían celebrar su triunfo sobre los enemigos, sino sobre el Senado. Se exigía como acto de gratitud por un servicio privado prestado a un tribuno y no en honor al mérito. Nunca antes había sido ordenado un triunfo por el pueblo, siempre había residido en el Senado la decisión de concederlo o no; ni siquiera los reyes habían infringido la prerrogativa del primer orden del Estado. Los tribunos no debían hacer que su poder prevaleciese sobre todas las cosas hasta hacer imposible la existencia de un Consejo de Estado. El Estado sólo será libre, las leyes ecuánimes, a condición de que cada orden conserve sus propios derechos, su propio poder y su dignidad. En el mismo sentido hablaron muchos de los miembros principales del Senado, pero las tribus aprobaron por unanimidad la propuesta. Esa fue la primera vez en que se celebró un triunfo por orden del pueblo, sin la autorización del Senado.

[3,64] Esta victoria de los tribunos y de la plebe casi produjo un peligroso abuso de poder. Se produjo un acuerdo secreto entre los tribunos para ser reelegidos, y para evitar que su ambición fuese demasiado evidente, aseguraron también la continuación de los cónsules en su magistratura. Alegaron, como justificación, el acuerdo del Senado para socavar los derechos de la plebe mediante el desaire que habían hecho a los cónsules. «¿Qué», argumentaron, «pasaría si, antes de que las leyes hubieran adquirido firmeza, los patricios atacasen a los nuevos tribunos a través de cónsules de su propia facción? Pues los cónsules no siempre serían hombres como Valerio y Horacio, que subordinaban sus propios intereses a la libertad de la plebe». Por una feliz casualidad le tocó en suerte a Marco Duilio presidir las elecciones. Era un hombre sagaz, y previó la deshonra en que se incurriría de seguir en el cargo los actuales magistrados. Al manifestar con no aceptaría votos para los antiguos tribunos, sus colegas insistieron que debía dejar que las tribus votasen a quien quisieran o ceder el control de la votación a sus colegas, quienes la dirigirían conforme a la ley y no conforme a la voluntad de los patricios. Como se había planteado una disyuntiva, Duilio mandó preguntar a los cónsules qué pensaban hacer con respecto a las elecciones consulares. Ellos respondieron que elegirían nuevos cónsules. Habiendo así ganado adeptos entre el pueblo para una medida en absoluto popular, fue en su compañía a la Asamblea. Aquí los cónsules fueron puestos frente al pueblo y se les sometió la cuestión: «Si el pueblo romano, al recordar cómo recuperasteis su libertad para él en casa, recordando también vuestros servicios y logros en la guerra, os hiciera cónsules por segunda vez, ¿qué pensáis hacer?» Declararon su resolución sin cambiar de opinión, y Duilio, aplaudiendo a los cónsules por mantener su actitud hasta el final, a diferencia de los decenviros, procedió a celebrar la elección. Sólo fueron elegidos cinco tribunos, pues debido a los evidentes esfuerzos de los nueve tribunos para controlar el escrutinio, los demás candidatos no pudieron obtener la mayoría necesaria de votos. Disolvió la Asamblea y no celebró una segunda elección, con base en que había satisfecho los requisitos de la ley, que en ninguna parte fijaba el número de tribunos y que sólo decía que la magistratura de tribuno no podía quedar vacante. Ordenó a los que habían sido elegidos que nombrasen a sus colegas y recitó la fórmula que regía el caso y es como sigue: «Si os requiero para que elijáis diez tribunos de la plebe; si en este día habéis elegido menos de diez, entonces aquellos que escojáis serán legalmente tribunos de la plebe por la misma ley, de igual modo que aquellos a quienes habéis elegido hoy tribunos de la plebe». Duilio insistió en afirmar hasta el final que la república no podía tener quince tribunos, y renunció a su magistratura tras haberse ganado la buena voluntad de los patricios y de los plebeyos por igual, al frustrar los ambiciosos designios de sus colegas.

[3.65] Los nuevos tribunos de la plebe consideraron los deseos del Senado al elegir a sus colegas; incluso admitieron a dos patricios de rango consular, Espurio Tarpeyo y Aulo Eternio. Los nuevos cónsules fueron Espurio Herminio y Tito Verginio Celiomontano -448 a.C.-, que no eran partidarios violentos de patricios ni de plebeyos. Mantuvieron la paz tanto en casa como en el extranjero. Lucio Trebonio, un tribuno de la plebe, estaba enojado con el Senado porque, como él decía, había sido engañado por ellos en la cooptación de los tribunos, y dejado en la estacada por sus colegas. Presentó una propuesta para que cuando fueran a elegir tribunos de la plebe, el magistrado presidente debía mantener la celebración de elecciones hasta que se hubieran elegido diez tribunos. Pasó sus años de mandato inquietando a los patricios, lo que hizo que recibiera el apodo de «Asper» (es decir, «el cascarrabias»). Los siguientes cónsules fueron Marco Geganio Macerino y Cayo Julio -447 a.C.-. Aplacaron las querellas que habían estallado entre los tribunos y los jóvenes nobles, sin interferir con los poderes de los primeros ni comprometer la dignidad de los patricios. El Senado había decretado un alistamiento para servir contra los volscos y los ecuos, pero dejaron en paz a la plebe sin llevarlo a efecto diciendo públicamente que cuando la Ciudad estaba en paz, todo en el exterior se mantenía tranquilo; por el contrario, la discordia civil envalentonaba al enemigo. Su preocupación por la paz trajo la armonía en el hogar. Pero un orden estaba siempre inquieto cuando el otro mostraba moderación. Si bien la plebe permanecía tranquila, empezó a ser objeto de actos de violencia por parte de los jóvenes patricios. Los tribunos trataron de proteger al lado más débil, pero lograron poco al principio, y pronto ni ellos se libraron de los malos tratos, especialmente en los últimos meses de su año de mandato. Los acuerdos secretos de la parte más fuerte dieron como resultado la anarquía, y el ejercicio de la autoridad tribunicia fue más débil hacia final del año. Todas las esperanzas de los plebeyos pudieran tener en sus tribunos dependían de tener hombres como Icilio; durante los dos últimos años sólo habían tenido nombres. Por otra parte, los patricios mayores se daban cuenta de que sus miembros más jóvenes eran demasiado agresivos, pero si tenían que cometerse excesos preferían que lo hicieran los de su propio bando en vez del de sus oponentes. Tan difícil es observar moderación en defensa de la libertad, mientras cada hombre en presencia de la igualdad se levanta solamente para mantener a los demás bajo él, y por precaverse en exceso contra el miedo se hacen temibles, y al devolver las ofensas que se nos hacen las hacemos a los demás; de modo que no había alternativa entre hacer el mal y sufrirlo.

[3.66] Tito Quincio Capitolino y Agripa Furio fueron los siguientes cónsules elegidos, el primero por cuarta vez -446 a.C.-. No se encontraron, al tomar posesión del cargo, disturbios en casa ni guerra en el extranjero, aunque ambos conflictos amenazaban. Ya no se podían controlar las disensiones de los ciudadanos, pues tanto los tribunos como la plebe estaban exasperados contra los patricios debido a que la Asamblea se veía constantemente alterada con nuevos altercados siempre que se procesaba a algún noble. Al primer signo de disturbios, los ecuos y volscos, como si se hubiese dado una señal, se levantaron en armas. Sobre todo sus dirigentes, ávidos de botín, se convencieron de que había sido imposible efectuar el alistamiento ordenado hacía ya dos años, porque la plebe rehusó obedecer y por esto no se envió ningún ejército contra ellos; la disciplina militar se había quebrado por la insubordinación; Roma ya no era considerada la patria común; toda su ira contra los enemigos extranjeros la volvían el uno contra el otro. Ahora era la oportunidad para destruir a esos lobos cegados por la locura del odio mutuo. Con sus fuerzas unidas, en primer lugar asolaron totalmente el territorio latino; luego, al no encontrar a nadie que controlase sus depredaciones, llegaron de hecho hasta las murallas de Roma, con gran alegría de los que habían fomentado la guerra. Extendiendo sus estragos en dirección a la puerta del Esquilino, saquearon y acosaron a la vista de la Ciudad. Después que se hubieron marchado tranquilamente con su botín a Corbión, el cónsul Quincio convocó al pueblo a una Asamblea.

[3,67] He visto que él habló allí de la siguiente manera: «Aunque, Quirites, mi propia conciencia está limpia, vengo sin embargo ante vosotros con los más profundos sentimientos de vergüenza. ¡Que se sepa (pues será transmitido a la posteridad) que los ecuos y los volscos, que últimamente no fueron rival para los hérnicos, llegaron armados e impunes, en el cuarto consulado de Tito Quincio, hasta las murallas de Roma! De haber yo sabido que esta desgracia estaba reservada para este año, entre todos los demás, aunque hubiéramos estado comportándonos de este modo y los asuntos públicos fuesen de tal índole que no pudiera yo augurar nada bueno, habría yo evitado mediante el exilio o la muerte, de no tener otro medio, el honor de un consulado. Porque entonces, si aquellas armas hubieran estado en manos de hombres dignos de ese nombre, ¡Roma habría sido tomada mientras yo era cónsul! He tenido suficientes honores; suficiente y más que bastante tiempo de vida, ¡yo debería haber muerto en mi tercer consulado! ¿Por quién sentían más desprecio aquellos enemigos negligentes?, ¿por nosotros, los cónsules, o por vosotros, Quirites? Si es culpa nuestra, deponednos de una magistratura que no somos dignos de ostentar y, si no fuese bastante, castigadnos. Si la culpa es vuestra, puede que no haya nadie, hombre o dios, que castigue vuestros pecados; ¡Sólo vosotros os podéis arrepentir de ellos! No fue vuestra cobardía lo que provocó su desprecio, ni su valor lo que les dio confianza; han sido tantas veces derrotados, puestos en fuga, expulsados de sus fortificaciones, privados de su territorio o pasados bajo el yugo, como para que no lo sepan tan bien como vosotros. Son las disputas entre los dos órdenes, las querellas entre patricios y plebeyos lo que envenena la vida de esta Ciudad. Mientras nuestro poder no tenga límites, mientras vuestra libertad no conozca restricción, mientras no aguantéis a los patricios ni nosotros a los magistrados plebeyos, durante todo ese tiempo aumentará el coraje de nuestros enemigos. ¿Qué queréis, en nombre del Cielo? Resolvisteis de corazón tener tribunos de la plebe; cedimos, en aras de la paz. Anhelabais decenviros, y consentimos en su nombramiento; se hartaron completamente de ellos, y les obligamos a renunciar. Vuestro odio les persiguió hasta su vida privada; para contentaros permitimos que los más nobles y distinguidos de nuestra clase sufriesen la muerte o marchasen al exilio. Quisisteis volver a nombrar tribunos de la plebe; los habéis nombrado. Aunque vimos lo injusto que era para los patricios que hombres dedicados a vuestros intereses fueran elegidos cónsules, hemos contemplado incluso cómo se concedían privilegios patricios por el favor de la plebe. La autoridad protectora de los tribunos, el derecho de apelación del pueblo, las resoluciones de la plebe que obligan a los patricios, la supresión de nuestros derechos y privilegios con el pretexto de hacer las leyes iguales para todos; a todas esas cosas nos hemos sometido y nos sometemos. ¿Cuándo se acabarán estas discordias? ¿Cuándo podremos tener una Ciudad unida, una patria común? Nosotros, que hemos perdido, mostramos más calma y serenidad de carácter que vosotros, que habéis ganado. ¿No es suficiente que nos hayan hecho temerles? Fue en contra nuestra que tomaron el Aventino, contra nosotros ocuparon el Monte Sacro. Cuando el Esquilino era todo lo que quedaba por capturar y los volscos trataban de escalar la muralla, nadie les desalojó. Contra nosotros os mostráis hombres; contra nosotros tomáis las armas.

[3,68] «Pues bien entonces, ahora que habéis sitiado la Curia, y tratado al Foro como territorio enemigo, y llenado la prisión con nuestros hombres más insignes, mostrad el mismo valor haciendo una salida por la puerta Esquilina; o si ni siquiera tenéis valor para esto, subid a las murallas y mirad vuestras tierras devastadas desgraciadamente a fuego y espada, el botín saqueado y el humo elevándose por doquier desde vuestras casas ardiendo. Pero se me dirá que son los intereses generales los perjudicados por esto; la tierra quemada, la Ciudad sitiada, la gloria de la guerra con el enemigo. ¡Santo cielo! ¿En qué estado están vuestros propios intereses particulares? Dentro de poco os dirán las pérdidas sufridas en vuestros campos. ¿Qué tenéis en vuestros hogares para compensar el daño? ¿Os devolverán y repondrán los tribunos cuanto habéis perdido? Os darán muchas palabras y discursos y acusaciones contra los líderes, y ley tras ley y convocatorias a las Asambleas. Pero de esas reuniones ni uno de vosotros volverá más rico a su casa. ¿Quién ha llevado a su mujer e hijos algo que no sea resentimiento y odio, lucha partidista y querellas personales de las que tenéis que protegeros, no por vuestro propio valor e intenciones honestas, sino con la ayuda de los demás? Pero dejadme decíroslo: cuando luchabais bajo nosotros, los cónsules, no bajo los tribunos, en el campo de batalla y no en el Foro, cuando vuestro grito de guerra atemorizaba al enemigo y no a los patricios de Roma en la Asamblea, entonces obteníais botín, arrebatabais territorios al enemigo y volvíais a vuestras casas y vuestros penates triunfantes, cargados de riquezas y cubiertos de gloria para el Estado y para vosotros mismos. Ahora dejáis que el enemigo se aleje cargado con vuestros bienes. ¡Venga!, acudid a vuestras reuniones en la Asamblea, pasad la vida en el Foro, aunque os perseguirá la necesidad, de la que huis, de recuperar vuestras tierras. Era demasiado para vosotros marchar contra los ecuos y volscos; ahora la guerra está a vuestras puertas. Si no se les rechaza, entrarán dentro de las murallas, escalarán la Ciudadela y el Capitolio y seguirán hasta vuestros hogares. Han pasado dos años desde que el Senado ordenó un alistamiento y que el ejército marchase al Álgido; aún estamos sentados en casa sin hacer nada, discutiendo unos con otros como un grupo de mujeres, encantados con la paz momentánea y cerrando los ojos al hecho de que pronto habremos de pagar muchas veces por nuestra inacción ante la guerra.

«Sé que hay otras cosas más agradables de las que hablar que éstas, pero la necesidad me obliga, aunque el sentido del deber no lo hiciera, a deciros lo que es verdad en vez de lo que es agradable. Mucho me gustaría, Quirites, complaceros; pero me gustaría mucho más veros a salvo, pese a lo que podáis sentir luego hacia mí. La naturaleza ha dispuesto las cosas de manera que el hombre que se dirige a la multitud con lo que ésta quiere es mucho más popular que quien no piensa más que en el bien general. Puede que creáis que es en vuestro interés por lo que esos demagogos halagan a la plebe y no os dejan vivir en paz ni tomar las armas, os excitan e inquietan. Sólo lo hacen para ganar notoriedad o en su beneficio, y como ven que cuando los dos órdenes están en armonía ellos no son nadie, desean más liderar una mala causa que no ninguna y provocar disturbios y sediciones. Si hay alguna posibilidad de que estéis, por fin, cansados de este estado de cosas; si estáis dispuestos a recuperar el carácter que marcó a vuestros padres y a vosotros mismos tiempo atrás, en vez de estas nuevas costumbres, entonces no habrá castigo al que no me someta si en pocos días no pongo en desordenada fuga a esos destructores de nuestros campos y llevo de nuestras puertas y murallas a las suyas esta guerra terrible que ahora os espanta».

[3,69] Nunca fue el discurso de un tribuno de la plebe tan favorablemente recibido por los plebeyos como lo fue el de este severo cónsul. Los hombres en edad militar, que en similares emergencias habían hecho del rechazo a alistarse el arma más efectiva contra el Senado, volvieron ahora su atención a las armas y a la guerra. Los fugitivos de los distritos rurales, los que habían sido heridos y sufrido el saqueo en el campo, informaban del más terrible estado de cosas más allá de lo que se veía desde las murallas y llenaban a toda la Ciudad con sed de venganza. Cuando el Senado se reunió, todos los ojos miraban a Quincio como al único que podía defender la majestad de Roma. Los líderes de la Cámara declararon en sus discursos que era digno del cargo que ocupaba como cónsul, digno de los muchos consulados que había desempeñado, digno de toda su vida, rica como había sido en honores, muchos ya disfrutados y muchos más que merecía. Otros cónsules, dijeron, habían halagado a la plebe traicionando la autoridad y privilegios de los patricios o, al insistir demasiado severamente en los derechos de su orden, incrementando la oposición de las masas; Tito Quincio, en su discurso, había mantenido visible la autoridad del Senado, la concordia de ambos órdenes y, sobre todo, las circunstancias del momento. Se pidió a él y a su colega que se hicieran cargo de la dirección de los asuntos públicos, e hicieron un llamamiento a los tribunos para que fuesen uno con los cónsules en su deseo de ver alejarse la guerra de las murallas de la Ciudad y que indujesen a la plebe, en una crisis tal, a ceder a la autoridad del Senado. La patria común, proclamaron, estaba llamando a los tribunos e implorando su ayuda ahora, cuando sus campos estaban siendo arrasados y la Ciudad asediada.

Por consenso universal se decretó un alistamiento y se llevó a cabo. Los cónsules avisaron público de que no había tiempo para investigar reclamaciones de exención, y que todos los hombres obligados a servir se presentarían al día siguiente en el Campo de Marte. Cuando terminase la guerra darían ocasión a investigar los casos de quienes no se hubiesen alistado, y a los que no demostrasen tener justificación se les consideraría desertores. Todos los que estaban obligados a servir se presentaron al día siguiente. Cada cohorte escogió a sus propios centuriones y se puso a dos senadores al mando de cada cohorte. Entendemos que estas disposiciones se llevaron a cabo con tanta rapidez que los estandartes, que se recogieron en el Tesoro y fueron llevados por los cuestores al Campo de Marte por la mañana, abandonaron el Campo a la hora cuarta del mismo día, y el ejército recién alistado se detuvo en la décima piedra miliar, seguido por unas cuantas cohortes de veteranos como voluntarios. El día siguiente los llevó a la vista del enemigo y establecieron su campamento cerca del de los enemigos, en Corbión. Los romanos estaban encendidos de ira y rencor; el enemigo, consciente de su culpa después de tantas revueltas, perdió la esperanza de perdón. No habría, por tanto, retraso en afrontar el asunto.

[3.70] En el ejército romano, los dos cónsules tenían la misma autoridad. Agripa, sin embargo, renunció voluntariamente el mando supremo a favor de su colega (una decisión muy beneficiosa cuando se trataba de asuntos de gran importancia) y éste, así promovido por la generosa renuncia de su colega, respondió cortésmente haciéndole partícipe de sus planes y tratándole en todos los sentidos como a un igual. Cuando formaban en orden de batalla, Quincio mandaba del ala derecha y Agripa la izquierda. El centro se asignó al legado Espurio Postumio Albo, al mando de medio ejército; el otro legado, Publio Sulpicio, fue puesto al mando de la caballería. La infantería en el ala derecha luchó espléndidamente, pero tropezó con fuerte resistencia en el lado de los volscos. Publio Sulpicio con su caballería rompió el centro del enemigo. Podría haber regresado al cuerpo principal antes de que el enemigo rehiciese sus quebradas filas, pero decidió atacarles por la retaguardia, y los hubiera dispersado en un momento, atacados como habrían estado por el frente y la retaguardia, si la caballería de los ecuos y volscos, adoptando la misma táctica, no les hubiese interceptado y mantenidos ocupados. Le gritó a sus hombres que no había tiempo que perder, que les rodearían y aislarían de su fuerza principal si no hacían todo lo posible para dar fin al combate de caballería; no era suficiente ponerlos en fuga, debían conseguir que ni hombres ni bestias pudieran regresar luego al campo de batalla para reanudar el combate. No pudieron resistir ante aquellos a quienes no pudo detener una línea de infantería.

Sus palabras no cayeron en oídos sordos. Con un choque derrotaron a toda la caballería, desmontando a muchos y dieron muerte con sus lanzas tanto a jinetes como a caballos. Ese fue el final del combate de las caballerías. A continuación atacaron a la infantería por la retaguardia, y cuando su línea empezó a oscilar enviaron un informe a los cónsules de lo que habían efectuado. Las noticias dieron nuevos ánimos a los romanos, que ahora estaban ganando, y desanimaron a los ecuos en retirada. Su derrota se inició en el centro, donde la carga de la caballería les había desordenado. Después comenzó el rechazo de su ala izquierda por parte del cónsul Quincio. El ala derecha dio más problemas. Aquí, Agripa, cuya edad fuerza le hacían temerario, viendo que las cosas marchaban mejor en el resto de secciones de la batalla que en la suya, quitó los estandartes a los portaestandartes y avanzó él mismo con ellos, lanzando incluso alguno de ellos entre las masas del enemigo. Enardecidos por el miedo y temor a perderlos, sus hombres lanzaron una nueva carga contra el enemigo, y así por todas partes fueron los romanos igualmente victoriosos. En ese momento llegó un mensaje de Quincio, diciendo que había salido victorioso y que ahora amenazaba el campamento enemigo, pero que no lo atacaría hasta saber que la lucha en el ala izquierda se había decidido. Si Agripa había derrotado al enemigo se reuniría con él, de modo que todo el ejército unido pudiera hacerse con el botín. El victorioso Agripa, en medio de las felicitaciones mutuas, se dirigió donde estaba su colega y el campamento enemigo. Los pocos defensores fueron derrotados en un momento y el atrincheramiento forzado sin resistencia alguna. El ejército se marchó de vuelta a su propio campamento después de conseguir un inmenso botín y recuperar sus propios bienes, que habían perdido en el saqueo de sus tierras. No puedo encontrar escrito ni que los cónsules solicitasen un triunfo ni que el Senado se lo concediese; ni si dejaron de pedir tal honor porque suponían que no se lo darían o que no se lo dieran porque no lo solicitaron. Hasta donde yo puedo suponer después de tanto tiempo, la razón parece que sería que como el Senado rechazó conceder el triunfo a los cónsules Valerio y Horacio, quienes aparte de vencer a volscos y ecuos habían dado término a la Guerra Sabina, los cónsules actuales tuvieron vergüenza de pedir un triunfo por conseguir sólo la mitad, como mucho, no fuese que si lo obtenían pareciera que se apreciaba más a los hombres que a sus servicios.

[3,71] Esta honorable victoria obtenida sobre un enemigo de honor fue manchada por una vergonzosa decisión del pueblo respecto al territorio de sus aliados. Los habitantes de Aricia y Ardea habían ido con frecuencia a la guerra a causa de algunas tierras en disputa; cansados finalmente de sus muchas y recíprocas derrotas, recurrieron al arbitrio de Roma. Los magistrados convocaron una Asamblea para tratar el asunto, y cuando llegaron para exponer sus posiciones debatieron largamente. Cuando terminaron de alegar y llegó el momento de que las tribus fuesen llamadas a votar, Publio Escapcio, un plebeyo de edad, se levantó y dijo: «cónsules, si se me permite hablar en asuntos de alta política, no dejaré que la plebe yerre en este asunto». Los cónsules le negaron una audiencia, por ser un hombre de ningún crédito, y cuando exclamó en voz alta que la república estaba siendo traicionada le ordenaron retirarse. Él apeló a los tribunos. Los tribunos, que casi siempre estaban gobernados por la multitud en vez de gobernarla, al considerar que la plebe estaba ansiosa de oírle, autorizaron a Escapcio a decir lo que quisiese. Así que empezó diciendo que él estaba ahora en su octogésimo tercer año y había prestado servicio en ese territorio que estaba en litigio, no como un hombre joven sino como un veterano con veinte años de antigüedad, cuando la guerra contra Corioli. Por lo tanto, él consideraba un hecho, olvidado por el transcurso del tiempo pero profundamente impreso en su propia memoria, que el territorio en disputa formaba parte del de Corioli y, al ser tomada esa ciudad, pasó por derecho de guerra a ser parte del dominio público de Roma. Los ardeatinos y aricios nunca lo habían reclamado mientras Corioli fue independiente, y él se preguntaba cómo podían esperar tomárselo al pueblo de Roma, a quien acudían como árbitros en vez de como propietarios. No le quedaba mucho tiempo de vida, pero no podía, viejo como era, resignarse a dejar de usar su única arma, su voz, para asegurar el derecho sobre ese territorio que había ganado como soldado. Recomendaba encarecidamente al pueblo que no se pronunciase, por una falsa sensación de delicadeza, contra una causa que en realidad era la suya propia.

[3,72] Cuando los cónsules vieron que Escapcio era escuchado no sólo en silencio, sino incluso con aprobación, pusieron a los dioses a los hombres como testigos de que se iba a cometer una monstruosa injusticia y mandaron a buscar a los notables del Senado. Acompañados por ellos se fueron hacia las tribus y les imploraron que no cometiesen el peor de los crímenes y estableciesen un precedente aún más pésimo al pervertir la justicia en su propio beneficio. Incluso suponiendo que fuera admisible que un juez mirase por su propio interés, podían estar seguros de que nunca ganarían tanto apropiándose del territorio en disputa como perderían al enajenarse los sentimientos de sus aliados por su injusticia. El daño hecho a su buen nombre y crédito sería incalculable. ¿Qué iban a decir los embajadores al volver a sus casas, qué iban a decir a todo el mundo, qué llegaría a oídos de amigos y enemigos? ¡Con cuánto dolor los escucharían los primeros y con cuánta alegría los últimos! ¿Suponían que las naciones vecinas harían responsable sólo a Escapcio, un orador senil? Para él podría ser una muestra de nobleza, pero al pueblo romano lo estamparía con el carácter del fraude y del engaño. ¿Pues qué juez se había nunca adjudicado a sí mismo la propiedad en litigio? Ni siquiera Escapcio lo haría, aunque ya hubiera perdido cualquier asomo de vergüenza. A pesar de estos severos llamamientos hechos por los cónsules y senadores, la codicia de Escapcio, su instigador, prevalecido. Las tribus, al ser llamadas a votar, decidieron que las tierras eran parte del dominio público de Roma. No se puede negar que el resultado habría sido el mismo si el caso se hubiera visto ante otros jueces; pero tal como fue, la desgracia vinculada a la sentencia no estaba en último grado aligerada por la justicia del caso, ni pareció más amarga y tiránica a los pueblos de Aricia y Ardea de lo que resultó al Senado romano. El resto del año fue tranquilo en casa y en el extranjero.

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