Tito Livio, La historia de Roma – Libro XXXI (Ab Urbe Condita)

Tito Livio, La historia de Roma - Libro trigesimoprimero: Roma y Macedonia. (Ab Urbe Condita).

La historia de Roma

Tito Livio

Tito Livio (59 a. C. – 17 d. C.) fue un escritor romano de finales de la República y principios del Imperio hoy famoso por su monumental trabajo sobre la Historia de Roma desde su fundación, o, en latín, Ab Urbe Condita Libri (Libros desde la fundación de la Ciudad). Nacido en la actual Padua, se muda con fines académicos a Roma a la edad de 24 años, ciudad donde es encargado con la educación de Claudio, el futuro emperador. Su obra original comprende los tiempos que van desde la fundación de Roma en 753 a. C. hasta la muerte de Druso el Mayor en 9 a. C. Solo un cuarto de la obra ha llegado a nuestros días (35 de 142 libros) habiéndose el resto de los mismos perdido en las arenas del tiempo. Los libros que han llegado relativamente intactos a nuestros días son los libros I a X y XXI a XLV. Para mayor información sobre la obra, el contexto histórico y político de la misma e información sobre los libros perdidos y su hallazgo durante el medioevo, dirígete al siguiente artículo: La Historia de Roma desde su fundación.

La historia de Roma

Libro ILibro IILibro IIILibro IVLibro VLibro VILibro VIILibro VIIILibro IXLibro X(… Libros XI a XX …)Libro XXILibro XXIILibro XXIIILibro XXIVLibro XXVLibro XXVILibro XXVIILibro XXVIIILibro XXIXLibro XXXLibro XXXILibro XXXIILibro XXXIIILibro XXXIVLibro XXXVLibro XXXVILibro XXXVIILibro XXXVIIILibro XXXIXLibro XLLibro XLILibro XLIILibro XLIIILibro XLIVLibro XLV

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Roma y Macedonia.

[31,1] También yo siento alivio por haber llegado al final de la Segunda Guerra Púnica, como si hubiera participado personalmente en sus trabajos y peligros. No corresponde a quien ha tenido la osadía de prometer una historia completa de Roma quejarse de cansancio en cada una de las partes de tan extensa obra. Pero cuando considero que los sesenta y tres años, que van desde el inicio de la Primera Guerra Púnica hasta el final de la Segunda, han consumido tantos libros como los cuatrocientos ochenta y siete años desde la fundación de la Ciudad hasta el consulado de Apio Claudio, bajo el cual comenzó la Primera Guerra Púnica, veo que soy como las personas que se sienten tentadas a adentrarse en el mar por las aguas poco profundas a lo largo de la playa; cuanto más progreso, mayor es la profundidad; como si me dejara llevar hacia un abismo. Me imaginé que, conforme hubiera completado una parte tras otra, la tarea disminuiría; y a lo que parece, casi se hace aún mayor. La paz con Cartago fue muy pronto seguida por la guerra con Macedonia. No hay comparación entre ellas, ni en cuanto a la naturaleza del conflicto, a la capacidad del general o a la fortaleza de las tropas. Pero la Guerra Macedonia fue, en todo caso, más digna de mención a causa de la brillante reputación de los antiguos reyes, la antigua fama de la nación y la vasta extensión de sus dominios, cuando dominó una gran parte de Europa y una parte aún mayor de Asia. La guerra con Filipo, que había comenzado unos diez años antes, había quedado en suspenso los últimos tres años, debiéndose, tanto la guerra como su cese, a la acción de los etolios. La paz con Cartago dejaba ahora libres a los romanos, que sentían hostilidad contra Filipo por su ataque a los etolios y a otros estados aliados en Grecia, mientras estaba nominalmente en paz con Roma, así como por su ayuda, en hombres y dinero, a Aníbal y Cartago. Él había saqueado el territorio ateniense y expulsado a los habitantes de la ciudad, y fue su petición de ayuda lo que decidió a los romanos a reanudar la guerra.

Nota: los nombres de las personas y los pueblos han sido castellanizados según las convenciones de la RAE. Las unidades de medición, no obstante, han sido conservadas. Puede utilizar la siguiente tabla de equivalencias como referencia.

[31,2] Casi al mismo tiempo, llegaron mensajeros del rey Atalo, así como de Rodas, con noticias de que Filipo estaba tratando de instigar a las ciudades de Asia Menor. La respuesta dada a las dos delegaciones fue que el Senado se estaba ocupando de la situación en Asia. El asunto de la guerra con Macedonia fue remitido a los cónsules, que se encontraban por entonces en sus respectivas provincias [recordemos que nos encontramos en el 201 a.C., y que los cónsules eran Publio Cornelio Léntulo y Publio Elio Peto, que mandaban, respectivamente, la flota y en la Galia.-N. del T.]. Mientras tanto, Cayo Claudio Nerón, Marco Emilio Lépido y Publio Sempronio Tuditano fueron enviados en una misión ante Tolomeo, rey de Egipto, para anunciarle la derrota final de Aníbal y los cartagineses, y dar las gracias al rey por haberse mantenido como un amigo firme de Roma en un momento crítico, cuando incluso sus aliados más próximos la habían abandonado. También debían solicitarle, en el caso de que las agresiones de Filipo les obligara a declararle la guerra, que mantuviera su antigua actitud amistosa hacia los romanos. Durante este período, Publio Elio, el cónsul que estaba al mando en la Galia, se enteró de que los boyos, antes de su llegada, habían estado haciendo incursiones en los territorios de las tribus amigas. Se apresuró a levantar una fuerza de dos legiones en vista de esta alteración, reforzándolas con cuatro cohortes de su propio ejército. Esta fuerza, apresuradamente reunida, la confió a Cayo Ampio, un prefecto de los aliados, y le ordenó marchar a través del territorio umbro llamado Sapinia [pudiera estar alrededor del río Sapis, el actual Savis.-N. del T.] e invadir el país de los boyos. Él mismo marchó por un camino abierto en las montañas. Ampio cruzó la frontera del enemigo y, después de haber devastado su país sin encontrar ninguna resistencia, escogió una posición en el puesto fortificado de Mútilo [pudiera estar al norte de la actual Módena.-N. del T.] como un lugar apropiado para proceder a la siega del grano, que ya estaba maduro. Comenzó las labores sin reconocer previamente los alrededores ni situar partidas armadas de suficiente entidad para proteger a los forrajeadores, que habían dejado sus armas y estaban concentrados en su tarea. De repente, él y sus forrajeadores se vieron sorprendidos por los galos, que aparecieron por todas partes. El pánico y el desorden se extendieron a los hombres de guardia; siete mil hombres dispersos por los campos de grano fueron exterminados, entre ellos el propio Cayo Ampio, y los demás huyeron temerosos al campamento. La noche siguiente, los soldados, ya que no tenían un jefe reconocido, decidieron actuar por sí mismos y, abandonando la mayor parte de sus posesiones, se abrieron paso a través de bosques casi impenetrables hasta reunirse con el cónsul. Aparte de asolar el territorio boyo y concertar una alianza con los ligures ingaunos, el cónsul no efectuó nada digno de mención en su provincia antes de regresar a Roma.

[31.3] En la primera reunión del Senado después de su regreso, hubo una exigencia unánime de que los actos de Filipo y las quejas de los estados aliados tuvieran prioridad sobre cualquier otro asunto. La cuestión fue inmediatamente planteada ante una Curia atestada, y se emitió un decreto para que el cónsul Publio Elio enviara al hombre que considerase más adecuado, con plenos poderes para tomar el mando de la flota que Cneo Octavio traía de vuelta de África y pusiera rumbo a Macedonia. Eligió a Marco Valerio Levino, que fue enviado con rango de propretor. Levino tomó treinta y ocho de los barcos de Octavio, que estaban fondeados en Vibo, y se embarcó poniendo rumbo a Macedonia. Se reunió con el general Marco Aurelio, que le dio detalles sobre las grandes fuerzas navales y terrestres que había reunido el rey, así como la medida en que se estaba asegurando ayuda armada no solo de las ciudades del continente, sino también de las islas del Egeo, en parte por su influencia personal y en parte por la de sus agentes. Aurelio señaló que los romanos tendrían que mostrar mucha más energía en la conducción de esta guerra; de lo contrario, Filipo, alentado por su desidia, podría aventurarse a la misma empresa que ya había intentado Pirro, cuyo reino era considerablemente menor. Se decidió que Aurelio debería remitir esta información en una carta a los cónsules y el Senado.

[31,4] Hacia el final del año se planteó el asunto de la asignación de tierras a los veteranos que habían servido con Escipión en África. Los senadores decretaron que Marco Junio, el pretor urbano, nombrase a su discreción diez delegados con el propósito de mensurar y repartir aquellas partes de los territorios samnitas y apulios que habían devenido en propiedad del Estado. Los delegados fueron Publio Servilio, Quinto Cecilio Marcelo, los dos Servilios, Cayo y Marco -conocidos como «los gemelos»-, los dos Hostilios Catones, Lucio y Aulo, Publio Vilio Tápulo, Marco Fulvio Flaco, Publio Elio Peto y Tito Quincio Flaminio. Las elecciones fueron celebradas por el cónsul Publio Elio. Los cónsules electos fueron Publio Sulpicio Galba y Cayo Aurelio Cotta. Los nuevos pretores fueron Quinto Minucio Rufo, Lucio Furio Purpúreo, Quinto Fulvio Gilón y Cayo Sergio Plauto. Este año, los ediles curules Lucio Valerio Flaco y Tito Quincio Flaminio celebraron con un esplendor inusual los Juegos Escénicos Romanos, que se repitieron un segundo día. También distribuyeron al pueblo, con estricta imparcialidad y para general satisfacción, logrando gran popularidad, una gran cantidad de grano que Escipión había enviado desde África. Se vendió a cuatro ases el modio [8,75 litros, que para el trigo serían unos 7 kg. y para la cebada unos 6,125 kg.-N. del T.]. También se celebraron hasta en tres ocasiones los Juegos Plebeyos, ofrecidos por los ediles plebeyos Lucio Apustio Fulón y Quinto Minucio Rufo; este último, tras desempeñar su edilidad, resultó uno de los pretores recién elegidos. También se celebró el Festival de Júpiter.

[31.5] En el año quinientos cincuenta y uno desde la fundación de la Ciudad, durante el consulado de Publio Sulpicio Galba y Cayo Aurelio, unos pocos meses después de la conclusión de la paz con Cartago, dio inicio la guerra contra el rey Filipo -200 a.C.-. El quince de marzo, día en que tomaron posesión del cargo los cónsules, Publio Sulpicio presentó este asunto en primer lugar ante el Senado. Se emitió un decreto para que los cónsules sacrificasen víctimas mayores a aquellas deidades que eligiesen, ofreciendo la siguiente oración: «¡Que la voluntad y los propósitos del Senado y del Pueblo de Roma, sobre la república y la declaración de una nueva guerra, sean cosa próspera y feliz tanto para el pueblo romano como para los aliados latinos!». Después del sacrificio y la oración, los cónsules fueron a consultar al Senado sobre la política a seguir y la asignación de las provincias. Justo por entonces, el espíritu belicoso fue estimulado por la recepción de los despachos de Marco Aurelio y de Marco Valerio Levino, así como por una nueva embajada de Atenas, que anunció que el rey estaba próximo a sus fronteras y pronto se adueñaría de su territorio, y hasta de su ciudad si Roma no acudía en su auxilio. Los cónsules informaron sobre la debida ejecución de los sacrificios y la declaración de los augures en el sentido de que los dioses habían escuchado sus oraciones, pues las víctimas habían presentado presagios favorables y anunciaban la victoria, el triunfo y una ampliación del dominio de Roma. A continuación se dio lectura a las cartas de Valerio y Aurelio, concediéndose audiencia a los embajadores atenienses. El Senado aprobó una resolución por la que se daba las gracias a sus aliados por permanecer fieles a pesar de los continuos intentos para tentarlos, incluso cuando se les amenazó con el asedio. Con respecto a la prestación de asistencia activa, el Senado aplazó una respuesta definitiva hasta que los cónsules hubieran sorteado sus provincias y aquel a quien tocase la provincia de Macedonia hubiera presentado al pueblo el asunto de la declaración de guerra contra Filipo de Macedonia.

[31,6] Correspondió esta provincia a Publio Sulpicio, quien mando anunciar que propondría a la Asamblea que «debido a los actos ilegales y los ataques armados cometidos contra los aliados de Roma, es voluntad y orden del pueblo de Roma que se declare la guerra contra Filipo, rey de Macedonio, y contra su pueblo, los macedonios». Al otro cónsul, Aurelio, correspondió Italia como provincia. A continuación, los pretores sortearon sus respectivos mandos. Cayo Sergio Plauto recibió la pretura urbana; Quinto Fulvio Gilón, Sicilia; Quinto Minucio Rufo, el Brucio, y Lucio Furio, la Galia. La propuesta de declaración de guerra contra Macedonia fue casi unánimemente rechazada en la primera reunión de la Asamblea. La duración y exigentes demandas de la última guerra habían hecho que los hombres estuviesen cansados de lugar y rehuyeran caer en nuevos esfuerzos y peligros. Uno de los tribunos de la plebe, Quinto Bebio, además, había adoptado el antiguo sistema de acusar a los patricios de estar siempre sembrando las semillas de nuevas guerras para impedir que los plebeyos disfrutasen de ningún descanso. Los patricios se enojaron profundamente y atacaron amargamente al tribuno en el Senado, instando cada uno de los senadores al cónsul para convocar la Asamblea para considerar una nueva propuesta y, al mismo tiempo, para reprender al pueblo por su falta de ánimo, mostrándole cuántas pérdidas y desgracias derivarían del aplazamiento de aquella guerra.

[31.7] La Asamblea se convocó debidamente en el Campo de Marte, y antes de que la cuestión fuera sometida a votación, el cónsul se dirigió a las centurias en los siguientes términos: «No parece que os deis cuenta, Quirites, de que lo que tenéis que decidir no es tanto si vais a tener paz o guerra; Filipo no os ha dejado opción alguna en cuanto a esto, pues se está preparando para una guerra a enorme escala tanto por tierra como por mar. La única pregunta es si llevaréis las legiones a Macedonia o esperaréis al enemigo en Italia. Habéis aprendido por experiencia, si no antes, en la última guerra púnica, qué diferencia habrá según lo que decidáis. Cuando Sagunto fue sitiada y nuestros aliados nos estaban implorando ayuda, ¿quién puede dudar de que si hubiésemos enviado ayuda rápidamente, como hicieron nuestros padres con los mamertinos, podríamos haber confinado a las fronteras de Hispania aquella guerra que, en su mayor parte desastrosa para nosotros, permitimos entrar en Italia por nuestra dilación? Pues este mismo Filipo había llegado a un acuerdo con Aníbal, mediante agentes y cartas, para invadir él Italia, y no hay la menor duda de que lo mantuvimos en Macedonia enviando a Levino con la flota para tomar la ofensiva en su contra. ¿Dudamos en hacer ahora lo que hicimos entonces, cuando teníamos a nuestro enemigo Aníbal en Italia, ahora que Aníbal ha sido expulsado de Italia y de Cartago, y que Cartago está completamente derrotado? Si permitimos que el rey ponga a prueba nuestra desidia asaltando Atenas, como permitimos que hiciera Aníbal asaltando Sagunto, no pondrá el pie en Italia a los cinco meses, que fue lo que tardó Aníbal en tomar Sagunto, sino a los cinco días de zarpar de Corinto.

«Tal vez vosotros no consideréis a Filipo a la misma altura de Aníbal, ni a los macedonios iguales a los cartagineses. En cualquier caso, lo consideráis el igual de Pirro. ¿Igual, digo? ¡En cuán gran medida uno de ellos sobrepasa al otro, cuán superior es una nación a la otra! El Epiro siempre ha sido, y aún lo es hoy, un añadido muy pequeño al reino de Macedonia. Todo el Peloponeso está bajo la influencia de Filipo, sin exceptuar siquiera a Argos, famosa por la muerte de Pirro tanto como por su antigua gloria. Comparemos ahora nuestra situación. Considerad cuánto más floreciente estaba Italia, cuando todos aquellos generales y ejércitos estaban intactos, y cómo fueron barridos por la Guerra Púnica. Y, sin embargo, cuando Pirro atacó, la sacudió hasta sus cimientos ¡y casi llega hasta la misma Roma en su victorioso avance! No sólo hizo que los tarentinos se rebelasen contra nosotros, así como todo aquel territorio costero de Italia llamado Magna Grecia, a quienes naturalmente supondréis que seguirían a un jefe de su misma lengua y nacionalidad, sino que también hicieron lo mismo los lucanos, los brucios y los samnitas. ¿Creéis que, si Filipo desembarcara en Italia, estos permanecerían tranquilos y fieles a nosotros? Supongo que demostraron su lealtad en la Guerra Púnica. No, esas naciones no dejarán nunca de traicionarnos, a menos que no tengan con quién desertar. Si hubieseis pensado que era demasiado el pasar a África, aún hoy tendríais a Aníbal y sus cartagineses en Italia. ¡Que sea Macedonia en lugar de Italia el escenario de la guerra; que sean las ciudades y campos del enemigo los devastados por el fuego y la espada! Hemos aprendido en estos tiempos que tienen más éxito y más fuerza nuestras armas en el extranjero que en casa. Votad, con la ayuda de los dioses, y confirmad la decisión del Senado. No es solo vuestro cónsul el que os insta a tomar esta decisión, también os lo piden los dioses inmortales; pues cuando yo estaba ofrendando los sacrificios y rogando para que esta guerra finalizara felizmente para el Senado, para mí mismo, para vosotros, para nuestros aliados y confederados latinos, para nuestras flotas y ejércitos, los dioses otorgaron todos los beneplácitos y presagios felices».

[31,8] Después de este discurso se separaron para la votación. El resultado fue favorable a la propuesta del cónsul y resolvieron ir a la guerra. Acto seguido, los cónsules, actuando según una resolución del Senado, ordenaron un triduo de rogativas [o sea, oraciones durante tres días.-N. del T.], ofreciéndose intercesiones en todos los santuarios para que la guerra que el pueblo romano había ordenado contra Filipo tuviera un buen y feliz término. El cónsul consultó con los feciales si era necesario que la declaración de guerra fuera transmitida personalmente al rey Filipo, o si sería suficiente que se le anunciara a una de sus ciudades fronterizas de guarnición. Estos declararon que cualquiera de ambos modos de proceder serían correctos. El Senado dejó a elección del cónsul escoger a uno de ellos, no siendo miembro del Senado, para enviarlo en embajada y declarar la guerra al rey. El siguiente asunto fuera la asignación de los ejércitos a los cónsules y pretores. Los cónsules recibieron la orden de licenciar los antiguos ejércitos y, cada uno de ellos, alistar dos nuevas legiones. Como la dirección de la nueva guerra, que se consideraba muy grave, fuera encargada a Sulpicio, se le permitió reenganchar como voluntarios a todos los que pudiera del ejército que Escipión había traído de vuelta de África, pero sin poder obligar en absoluto a ningún veterano a que se le uniera contra su voluntad. Los cónsules debían dar a cada uno de los pretores, Lucio Furio Purpúreo y Quinto Minucio Rufo, cinco mil hombres de los contingentes latinos para que sirvieran como ejército de ocupación de sus provincias, el uno en la Galia y el otro en el Brucio. También se ordenó a Quinto Fulvio Gilón que eligiese hombres de las fuerzas aliadas y latinas del ejército que había mandado el cónsul Publio Elio, empezando por aquellos que llevaban menos tiempo de servicio, hasta completar una fuerza de cinco mil hombres. Este ejército serviría para la defensa de Sicilia. Marco Valerio Faltón, cuya provincia el año anterior había sido la Campania, debía hacer una selección similar entre el ejército de Cerdeña, de cuya provincia se haría cargo como propretor. Los cónsules recibieron instrucciones para alistar dos legiones urbanas como reserva para ser enviada allá donde se precisaran sus servicios, pues muchos de los pueblos italianos se habían puesto del lado de Cartago en la última guerra y hervían de ira. La república dispondría aquel año de seis legiones romanas.

[31.9] En medio de estos preparativos para la guerra, llegó una delegación del rey Tolomeo para informar de que los atenienses le habían pedido ayuda contra Filipo. A pesar de ambos Estados eran aliados de Roma, el rey -según dijeron los delegados- no enviaría ni flota ni ejército a Grecia, para proteger o atacar a nadie, sin el consentimiento de Roma. Si los romanos deseaban defender a sus aliados, él permanecería tranquilo en su reino; si, por el contrario, los romanos preferían abstenerse de intervenir, con la misma facilidad él mismo enviaría aquella ayuda para proteger a los atenienses contra Filipo. El Senado aprobó un voto de agradecimiento al rey y aseguró a la delegación que era intención del pueblo romano proteger a sus aliados; si surgiera la necesidad, se lo señalarían al rey, pues eran totalmente conscientes de que los recursos de su reino habían demostrado ser un apoyo constante y leal para la república. El Senado regaló a cada uno de los delegados cinco mil ases [136,25 kg. de bronce a cada uno.-N. del T.]. Mientras que los cónsules estaban alistando las tropas y preparándose para la guerra, los ciudadanos estaban ocupados con celebraciones religiosas, especialmente con las acostumbradas cuando empezaba una nueva guerra. Las rogativas especiales y los rezos se habían ofrecido debidamente en todos los templos pero, para que nada quedase sin omitir, se autorizó al cónsul al que había tocado Macedonia para ofrecer unos Juegos en honor de Júpiter y efectuar una ofrenda a su templo. Esta se retrasó por la acción del Pontífice Máximo, Licinio, que estableció que no se podía hacer ningún voto a menos que se calculase la suma en dinero a que equivalía, se apartase y no se mezclase con ninguna otra cantidad. A menos que se hiciera esto, el voto no se podría considerar efectuado debidamente. Aunque la autoridad del pontífice y las razones que dio tenían mucho gran peso, se ordenó al cónsul que remitiera el asunto al colegio pontifical, para que determinaran si era correcto efectuar una ofrenda de valor económico indeterminado. Los pontífices declararon que sí se podía efectuar, y aún con mayor propiedad en tales circunstancias. El cónsul recitó las palabras del voto en la misma forma que se las decía el Pontífice Máximo, siendo iguales a las pronunciadas habitualmente cada cinco años, con la diferencia de que se comprometió mediante el voto a celebrar los juegos y la ofrenda con la cantidad que determinaría el Senado en el momento de su cumplimiento. Hasta entonces, siempre se nombraba una suma determinada cuando se prometían Juegos y ofrendas; esta fue la primera vez en que no se determinó el valor en el mismo momento.

[31.10] Mientras la atención de todos estaba concentrada en la Guerra Macedonia, llegaron repentinamente rumores sobre un levantamiento de los galos, que era lo último que se esperaba. Los ínsubros, los cenomanos y los boyos, habían inducido a los celinos y los ilvates, así como a otras tribus ligures, a que se les unieran; habían tomado las armas bajo el mando de Amílcar, un general cartaginés, que había tenido un mando en el ejército de Asdrúbal y que se había quedado en el país [los ínsubros tenían como principal ciudad Mediolanum, la actual Milán; a los cenomanos pertenecían las actuales Brescia y Verona y ambos pueblos eran celtas. Sobre los celinos no hay más referencias y los ilvates era una tribu ligur.-N. del T.]. Habían asaltado y saqueado Plasencia, habiendo destruido con su ciega ira la mayor parte de la ciudad mediante el fuego, quedaron apenas dos mil hombres en medio de las ruinas humeantes. Desde allí, cruzando el Po, avanzaron con la intención de saquear Cremona. Al enterarse de la catástrofe que se había apoderado de sus vecinos, los habitantes de la ciudad tuvieron tiempo de cerrar sus puertas y guarnecer sus murallas para que pudieran, en todo caso, soportar un asedio y enviar un mensaje al pretor romano antes del asalto final. Lucio Furio Purpúreo estaba por entonces al mando de aquella provincia, y actuando de conformidad con la resolución del Senado había disuelto su ejército, conservando sólo cinco mil de los contingentes latinos y aliados. Con esta fuerza estaba acampado en las proximidades de Rímini [la antigua Arimino.-N. del T.]. En un despacho al Senado describió la grave situación de su provincia; de las dos colonias militares que habían resistido la terrible tormenta de la Segunda Guerra Púnica, una fue tomada y destruida por el enemigo y la otra estaba siendo atacada. Su propio ejército no podía prestar auxiliar a los colonos en sus peligros, a menos que expusiera sus cinco mil hombres a ser masacrados ante los cuarenta mil del enemigo, que era el número de los que estaban bajo las armas, y provocar mediante este desastre que se elevase la moral del enemigo, que ya estaba exultante por la destrucción de una colonia romana.

[31,11] Después que la carta hubiera sido leída, el Senado decretó que el cónsul Cayo Aurelio debía ordenar a su ejército que se reuniera en Rímini el día que ya había fijado para su agrupamiento en Etruria. Si el estado de los asuntos públicos lo permitía, debía ir personalmente a suprimir los disturbios; de lo contrario, debería ordenar a Lucio Furio que, en cuanto le llegasen las legiones, enviase su fuerza de cinco mil aliados y latinos a sustituirlas en Etruria, y levantar después el sitio de Cremona. El Senado también decidió enviar una misión a Cartago y a Masinisa en Numidia. Sus instrucciones para la visita a Cartago eran informar a su gobierno de que Amílcar, uno de sus ciudadanos que habían venido con el ejército de Asdrúbal o con el de Magón, se había quedado atrás y, desafiando el tratado, había inducido a los galos y a los ligures a tomar las armas contra Roma. Si desean permanecer en paz, debían llamarlo de vuelta y entregarlo a los romanos. Los comisionados también debían anunciarles que no habían sido entregados todos los desertores, pues gran número de ellos se paseaba abiertamente por las calles de Cartago; era deber de las autoridades dar con ellos y arrestarlos, para que se les pudiera entregar de acuerdo con el tratado. Estas eran sus instrucciones respecto a Cartago. En cuanto a Masinisa, debían transmitirle las felicitaciones del Senado por haber recuperado el reino de sus antepasados y por haberlo extendido aún más mediante la anexión de la parte más rica de los dominios de Sífax. También debían informarle de que se había emprendido una guerra contra Filipo a consecuencia de su auxilio activo a los cartagineses, así como por haber producido daños a los aliados de Roma mientras Italia estaba envuelta en las llamas de la guerra. Se vio así obligada a enviar barcos y ejércitos a Grecia, y por tanto, al tener que dividir sus fuerzas, Filipo fue la causa principal del retraso en el envío de una expedición a África. Los delegados debían también solicitar a Masinisa que ayudara en aquella guerra mediante el envío de un contingente de caballería númida. Se les entregaron algunos espléndidos regalos para el rey: vasos de oro y plata, un manto de púrpura, una túnica palmada junto con un cetro de marfil, y también una toga pretexta junto con una silla curul. Se les instruyó para asegurarle que, si precisaba algo para asegurar y extender su reino e insinuaba que lo quería, el pueblo romano haría todo lo posible para satisfacer sus deseos en correspondencia por los servicios que había prestado.

También compareció ante el Senado una delegación de Vermina, el hijo de Sífax. Se excusaron por sus errores, achacándolos a su juventud y culpando de todo a los engaños de los cartagineses. Masinisa había sido una vez enemigo, y ahora se había convertido en amigo de Roma; Vermina, también, dijeron, se esforzaría cuanto pudiera para que ni Masinisa ni ningún otro superase sus buenos oficios para con Roma. Finalizaron solicitando al Senado que le concedieran el título de «rey, aliado y amigo». La respuesta recibida por la legación fue en el sentido de que «Sífax, su padre, se había convertido, de repente y sin razón alguna, en enemigo del pueblo romano tras haber sido su aliado y amigo; y que el propio Vermina había iniciado su instrucción militar con un ataque a los romanos. Por lo tanto, debía pedir la paz antes de que pudiera obtener cualquier título del estilo de «rey, aliado y amigo». El pueblo romano acostumbraba conferir esta distinción honorífica en correspondencia con los grandes servicios que los reyes les hubieran prestado. Los enviados romanos estarían dentro de poco en África y el Senado les daría poderes para otorgar la paz a Vermina bajo determinadas condiciones, siempre que él dejase absolutamente la disposición de tales condiciones al pueblo romano. Si deseaba que algo se añadiera, borrase o alterase de las condiciones, debería hacer una nueva apelación al Senado». Los hombres enviados para llevar a cabo estas negociaciones fueron Cayo Terencio Varrón, Espurio Lucrecio y Cneo Octavio; cada uno tuvo un quinquerreme a su disposición.

[31.12] Se dio lectura en la Curia a una carta de Quinto Minucio, el pretor al mando del Brucio, en la que declaraba que había sido robado, durante la noche, cierta cantidad de dinero del templo de Proserpina en Locri, no existiendo pista alguna sobre los autores materiales del crimen. El Senado se indignó al ver que seguían produciéndose actos de sacrilegio y que, ni siquiera el ejemplo de Pleminio, notorio tanto por el delito como por el castigo que rápidamente le siguió, habían servido en modo alguno como elemento de disuasión. Cayo Aurelio se encargó de escribir el pretor al Brucio y decirle que el Senado deseaba que se practicara una investigación sobre las circunstancias del robo, siguiendo la misma línea de la que había efectuado tres años antes el pretor Marco Pomponio. Cualquier dinero que se encontrara se debería devolver y se cubriría el déficit; se debían ofrecer los sacrificios expiatorios precisos, según las instrucciones de los pontífices en las ocasiones anteriores. Su preocupación por expiar la violación del templo se agudizó ante los anuncios simultáneos de portentos en numerosas localidades. En Lucania se contó se había incendiado el cielo; en Priverno, el Sol se había enrojecido en un día sin nubes; en el templo de Juno Sóspita, en Lanuvio, se escuchó por la noche un fuerte estrépito. También se informó de numerosos nacimientos monstruosos de animales entre los sabinos: nació un niño que no se sabía si era hombre o mujer; se descubrió otro caso similar, donde el muchacho tenía ya dieciséis años; en Frosinone, nació un cordero con cabeza como de cerdo; en Sinuesa, apareció un cerdo con cabeza humana y en las tierras públicas de la Lucania, apareció un potro con cinco patas. Todo esto se consideró como productos horribles y monstruosos de una naturaleza que viciaba las especies; los hermafroditas fueron considerados como presagios especialmente maléficos y se ordenó que se les arrojara de inmediato al mar, igual que se había hecho recientemente, durante los consulados de Cayo Claudio y Marco Livio, ante un engendro similar. El Senado ordenó a los decenviros, no obstante, que consultasen los Libros Sagrados acerca de este portento. Siguiendo las instrucciones que allí se encontraron, se ordenó que se celebrasen las mismas ceremonias que con ocasión de su última aparición. Tres coros, compuesto cada uno por nueve doncellas, deberían cantar un himno por toda la Ciudad y se debía llevar un presente a la Reina Juno. El cónsul Cayo Aurelio dio cuenta de haberse llevado a cabo las instrucciones de los decenviros de los Libros Sagrados. El himno anterior, según recordaban los senadores, fue compuesto por Livio [Livio Andrónico.-N. del T.]; en esta ocasión lo fue por Publio Licinio Tégula.

[31.13] Una vez realizados debidamente todos los ritos de expiación, habiendo sido investigado por Quinto Minucio el sacrilegio en Locri, recuperado el dinero mediante la venta de los bienes de los culpables y depositado en el tesoro, los cónsules estaban deseando partir para sus provincias, pero se produjo un retraso. Cierto número de personas habían prestado dinero al Estado durante el consulado de Marco Valerio y Marco Claudio, y el pago del tercer plazo vencía este año. Los cónsules les informaron de que el dinero en la tesorería apenas cubría el costo de la nueva guerra, pues se lo llevarían la gran flota y los grandes ejércitos, y no había manera de pagarles por el momento. Apelaron al Senado y este les dio la razón, declarando que si el Estado optaba por utilizar el dinero prestado para la Guerra Púnica en sufragar además el coste de la guerra de Macedonia, y si a una guerra le seguía otra, aquello simplemente significaría que les habían confiscado su dinero como si se tratara de una multa por ser culpables de algo. Las demandas de los acreedores eran justas, pero el Estado no podía afrontar sus obligaciones y el Senado decidió una medida que combinaba la justicia con lo factible. Muchos de los reclamantes habían declarado que había tierras a la venta por todas partes y que querrían convertirse en compradores; así pues, el Senado publicó un decreto para que pudieran tener la opción de hacerse con cualquier terreno de propiedad pública en un radio de cincuenta millas de la Ciudad [74 km.-N. del T.]. Los cónsules valorarían las tierras e impondrían una tasa renta nominal de un as por yugada [0,27 Ha.-N. del T.], como reconocimiento de su titularidad pública; cuando el Estado pudiese abonar sus deudas, si cualquiera de ellos prefería el dinero a las tierras lo podría obtener y devolver los terrenos al pueblo. Aceptaron de buen grado estos términos, y la tierra ocupada fue, por lo tanto, llamada trientábulo, por haberles sido dada en lugar de la tercera parte de su préstamo.

[31,14] Después que haber ofrecido Publio Sulpicio en el Capitolio los votos acostumbrados, fue investido por sus lictores con el paludamento y dejó la Ciudad hacia Brindisi [es decir, asumió su condición de mando militar.-N. del T.]. Aquí incorporó a sus legiones a los veteranos del ejército de África, que se habían presentado voluntarios y escogió también los buques de la flota de Cneo Cornelio. Zarpó de Brindisi y al día siguiente desembarcó en Macedonia. Aquí se encontró con una embajada de Atenas que le rogó que levantara el sitio al que estaba sometida la ciudad. Cayo Claudio Centón fue enviado allí de inmediato con veinte buques de guerra y mil hombres. El rey no estaba dirigiendo personalmente el sitio, pues justo en aquel momento estaba atacando Abidos, después de probar sus fuerzas en choques navales con los rodios y con Atalo, sin haber tenido éxito en ninguno. Pero la suya no era una naturaleza que aceptase en silencio la derrota, y ahora que se había aliado con Antíoco, el rey de Siria, estaba más decidido a la guerra que nunca. Habían acordado dividir entre ellos el rico reino de Egipto, y al enterarse de la muerte de Ptolomeo ambos se dispusieron a atacarlo. Los atenienses, que nada conservaban de su antigua grandeza más que su orgullo, se habían visto envueltos en las hostilidades contra Filipo por culpa de un incidente sin importancia. Durante la celebración de los Misterios de Eleusis, dos jóvenes acarnanes, que no habían sido iniciados, entraron en el templo de Ceres con el resto de la multitud, nada conscientes de la naturaleza sacrílega de su acción. Les traicionaron las preguntas absurdas que hicieron y fueron llevados ante las autoridades del templo. Aunque era evidente que habían pecado de ignorancia, se les condenó a muerte como si fuesen culpables de un crimen horrible. Los acarnanes informaron de este acto hostil y bárbaro a Filipo, obteniendo su consentimiento para hacer la guerra a Atenas con el apoyo de un contingente macedonio. Este ejército empezó por devastar el territorio del Ática a sangre y espada, tras lo cual regresó a Acarnania con toda clase de botín. Llegados a este punto, los ánimos estaban irritados; posteriormente, mediante una disposición de los ciudadanos, Atenas hizo una declaración formal de guerra. Para cuando el rey Atalo y los rodios, que seguían a Filipo en su retirada hacia Macedonia, hubieron alcanzado Egina, el rey cruzó navegando hasta el Pireo con el propósito de renovar y confirmar su alianza con los atenienses. Todos los ciudadanos salieron a su encuentro, con sus esposas e hijos; los sacerdotes, revestidos de sus ropas sagradas, lo recibieron cuando entró en la ciudad; hasta los propios dioses salieron casi de sus santuarios para darle la bienvenida.

[31,15] Se convocó inmediatamente al pueblo a una Asamblea, para que el pudiera exponerles sus deseos. Sin embargo, se pensó que resultaba más acorde con su dignidad que pusiera por escrito lo que considerase conveniente, por evitar la vergüenza de tener que estar presente al relatarse sus servicios a la ciudad, o que su modestia se viera abrumada por los empalagosos halagos de la multitud que aplaudía. En consecuencia, redactó una declaración escrita, que fue leída en la asamblea, en la que enumeraba los beneficios que había otorgado a su ciudad y describía su lucha con Filipo, instándoles a modo de conclusión a tomar parte en la guerra mientras le tenían a él, a los rodios y, especialmente ahora, a los romanos para apoyarlos. Si se quedaban atrás ya nunca tendrían otra oportunidad. A continuación se escuchó a los enviados de Rodas; hacía poco que habían prestado un buen servicio a los atenienses, pues habían recuperado y devuelto a Atenas cuatro naves de guerra que habían capturado los macedonios. Se decidió por unanimidad la guerra contra Filipo. Se rindieron honores extraordinarios al rey Atalo y también a los rodios. Se aprobó una propuesta para añadir a las antiguas diez tribus una nueva que se llamaría tribu Atálida. Se regaló al pueblo de Rodas una corona de oro en reconocimiento a su valentía, y se les concedió la plena ciudadanía como anteriormente se la habían concedido ellos a los atenienses. Tras esto, Atalo se reunió con su flota en Egina y los rodios navegaron hasta Cea, marchando desde allí a Rodas a través de las Cícladas. Todas las islas se unieron a ellos con la excepción de Andros, Paros y Citnos, que estaban ocupadas por guarniciones macedonias. Atalo había enviado mensajeros a Etolia y estaba esperando a los legados que venían de allí; la espera lo mantuvo inactivo durante algún tiempo. No podía inducir a los etolios a tomar las armas, que se contentaban con mantenerse en paz con Filipo en cualquier término. Si él, junto con los rodios, se hubiesen opuesto vigorosamente a Filipo, habrían podido ganarse el glorioso título de Libertadores de Grecia. En lugar de esto, le permitieron cruzar el Helesponto por segunda vez y apoderarse de una posición excelente en la Tracia, donde pudo concentrar sus fuerzas y dar así nueva vida a la guerra, entregando a los romanos la gloria de librarla y darle fin.

[31,16] Filipo mostró un ánimo propio de un rey. A pesar de que no haberse podido sostener contra Atalo y Rodas, no se alarmó ni siquiera ante la perspectiva de una guerra con Roma. Filocles, uno de sus generales, fue enviado con una fuerza de dos mil infantes y doscientos jinetes a devastar las tierras de los atenienses, siendo puesto Heráclides al mando de la flota y con órdenes de navegar hacia Maronea. Filipo marchó allí por tierra con otros dos mil infantes armados a la ligera, tomando la plaza al primer asalto. Enos le dio muchos problemas, pero finalmente logró su captura por la traición de Calímedes, prefecto de Tolomeo. Ipsala, Tusla y Maki fueron tomadas en rápida sucesión, avanzando luego hasta el Quersoneso, donde Eleunte y Alopeconeso se entregaron voluntariamente; también se entregaron Galípoli y Maditos, junto con algunos otros lugares fortificados sin importancia [respectivamente, las antiguas Cipsela, Doriscos, Serreo, Eleunte, Alopeconeso, Callipolis y Madytos.-N. del T] . El pueblo de Abidos ni siquiera admitió a sus embajadores y cerró sus puertas al rey. El asedio de esta plaza retuvo a Filipo un tiempo considerable, y si Atalo y los rodios hubieran mostrado la menor energía, podrían haber salvado el lugar. Atalo envió solo trescientos hombres para ayudar en la defensa y los rodios enviaron un cuatrirreme de su flota, que estaba anclada en Ténedos. Más tarde, cuando ya apenas podían resistir más, el propio Atalo navegó hasta Ténedos y tras elevarles el ánimo con su aproximación, no prestó ayuda a sus aliados ni por tierra ni por mar.

[31,17] Los abidenos, en primera instancia, colocaron máquinas a todo lo largo de sus murallas, impidiendo de este modo no solo cualquier aproximación por tierra, sino haciendo inseguro el fondeo de las naves enemigas. Sin embargo, cuando un parte de la muralla se derrumbó y las minas enemigas habían llegado hasta el muro interior que los defensores habían levantado a toda prisa, mandaron emisarios al rey para acordar los términos para la rendición de la ciudad. Propusieron que se permitiera salir al cuatrirreme rodio con su tripulación y al contingente que había enviado Atalo, así como que los habitantes pudieran abandonar la ciudad solamente con la ropa que llevaran puesta. Filipo les respondió que no habría la menor esperanza de paz a menos que se rindieran incondicionalmente. Cuando llevaron de regreso esta respuesta, se produjo tal estallido de indignación e ira que los ciudadanos tomaron la misma rabiosa resolución que los saguntinos habían adoptado años antes. Ordenaron a todas las matronas que se encerraran en el templo de Diana; a los niños y niñas nacidos libres, incluyendo a los bebés con sus nodrizas, se les reunió en el gimnasio; todo el oro y la plata se llevó al foco, todos los ropajes de valor se embarcaron en las naves de Rodas y Cícico que estaban en el puerto; se elevaron altares en medio de la ciudad, alrededor de los cuales se dispusieron los sacerdotes con víctimas para sacrificar. Un grupo de hombres, seleccionados al efecto, prestó aquí un juramento que les fue dictado por los sacerdotes, para llevar a cabo la medida desesperada que se había decidido. Tan pronto como vieran que resultaban muertos todos sus camaradas, de los que estaban combatiendo delante de la muralla derrumbada, habrían de dar muerte a las esposas e hijos, echarían por la borda el oro, la plata y los vestidos que estaban en las naves, y prenderían fuego a cuantos edificios públicos y particulares pudieran, invocando sobre ellos las más terribles maldiciones si rompían su juramento. Tras ellos, todos los hombres en edad militar juraron solemnemente que ninguno dejaría con vida la batalla, excepto como vencedores. Tan fieles fueron a su juramento y con tal desesperación combatieron que, antes de que la noche pusiera fin a la batalla, Filipo se retiró de la lucha espantado de su rabia. Los ciudadanos más notables, a quienes se habían asignado la parte más cruel, viendo que solo quedaban unos pocos supervivientes, y aún estos heridos y exhaustos, enviaron a los sacerdotes en cuanto amaneció, vistiendo sus cintas de suplicantes, para que rindieran la ciudad a Filipo.

[31.18] Antes de que tuviera efectivamente lugar la rendición, los embajadores romanos, que habían sido enviados a Alejandría, oyeron hablar del asedio de Abidos y el más joven de los tres, Marco Emilio, de acuerdo con sus colegas se dirigió al encuentro de Filipo. Este protestó por la agresión contra Atalo y Rodas, y especialmente contra el ataque que se estaba produciendo sobre Abidos. Al replicar el rey que Atalo y los rodios habían sido los agresores, aquel preguntó: «¿Fueron también los abidenos los primeros en atacarte?» Para alguien que rara vez escuchaba la verdad, este lenguaje parecía demasiado audaz para dirigirse a un rey. «Tu juventud, tu buena apariencia y, sobre todo, el hecho de ser romano, te hacen demasiado insolente. En cuanto a mí, me gustaría que recordaseis las obligaciones de los tratados y mantuvierais la paz conmigo; pero si me atacáis, estoy bien dispuesto a luchar, y veréis que me enorgullezco de que el reino y el nombre de Macedonia sean no menos famosos en la guerra que los de Roma». Tras despedir así al embajador, Filipo se apoderó del oro y la plata que había reunido, pero perdió toda posibilidad de hacer prisioneros. Pues se apoderó tal locura de la gente, que creyeron que se había traicionado a todos los que habían resultado muertos en el combate, acusándose unos a otros de perjurio, especialmente los sacerdotes, pues ellos entregaron al enemigo a quienes se habían ofrecido a morir. Presos de un súbito impulso, todos se apresuraron a matar a sus esposas e hijos, infligiéndose después a sí mismos la muerte en todas las formas posibles. El rey estaba totalmente sorprendido por este arrebato de locura y e hizo volver a sus hombres del asalto, diciéndoles que daría a los habitantes de Abidos tres días para morir. Durante este intervalo, los vencidos perpetraron con ellos mismos más horrores de los que hubieran cometido los vencedores, por enfurecidos que hubiesen estado. Ni un solo hombre cayó en manos del enemigo con vida, salvo aquellos para los que las cadenas o alguna otra causa más allá de su control hicieron la muerte imposible. Tras dejar una fuerza de guarnición en Abidos, Filipo regresó a su reino. Así como la destrucción de Sagunto reforzó la decisión de Aníbal de guerrear contra Roma, la caída de Abidos animó a Filipo a hacer lo mismo. En su camino se encontró con mensajeros que le anunciaron que el cónsul estaba ahora en el Epiro y que hacía invernar a sus tropas en Apolonia y a su fuerza naval en Corfú.

[31,19] Los embajadores enviados a África para informar de la acción de Amílcar al asumir el liderazgo de los galos, fueron informados por el gobierno cartaginés de que no podían hacer nada más que condenarlo al destierro y confiscar sus bienes; habían entregado a todos los refugiados y desertores que habían sido capaces de descubrir después de una cuidadosa búsqueda, y tenían intención en mandar emisarios a Roma para dar garantías suficientes a tal respecto. Enviaron a Roma doscientos mil modios de trigo, y una cantidad similar al ejército de Macedonia [es decir, 1,400.000 kg. de trigo a cada lugar.-N. del T.]. Desde Cartago, los legados se dirigieron a Numidia para visitar a los dos reyes. Se entregaron a Masinisa los regalos a él destinados, así como el mensaje enviado por el Senado. Se ofreció a aportar dos mil jinetes númidas, pero solo se aceptaron mil, y él mismo supervisó su embarque. Envió con ellos a Macedonia, dos millones de modios de trigo y la misma cantidad de cebada [14,000.000 kg. de trigo y 12,250.000 kg. de cebada.-N. del T.]. La tercera misión era con Vermina. Este vino a reunirse con ellos en la frontera de su reino y dejó para ellos que pusieran por escrito las condiciones de paz que deseaban, asegurándoles que consideraría justa y ventajosa cualquier clase de paz con Roma. Se le hizo entrega de los términos y se le indicó que enviara delegados a Roma para obtener su ratificación.

[31.20] Por esta época regresó de Hispania el procónsul Lucio Cornelio Léntulo. Después de efectuar un informe sobre las operaciones con éxito que había dirigido durante varios años, solicitó que se le permitiera entrar a la Ciudad en Triunfo. El Senado opinaba que sus servicios bien merecían un triunfo, pero le recordaron que no había precedente de que disfrutase de un triunfo un general que no hubiera sido dictador, cónsul o pretor, y él había desempeñado su mando en Hispania como procónsul, no como cónsul o pretor. Sin embargo, le permitirían entrar en la Ciudad en Ovación, a pesar de la oposición de Tiberio Sempronio Longo, uno de los tribunos de la plebe, quien decía que no había ningún precedente o costumbre de los mayores ni para un caso ni para el otro. Al final, cedió ante el parecer unánime del Senado y, después de haberse aprobado su resolución, Léntulo disfrutó de su ovación. Cuarenta y tres mil libras de plata y dos mil cuatrocientas cincuenta de oro, capturadas al enemigo, se llevaron en la procesión. Además del botín, distribuyó ciento veinte ases a cada uno de sus hombres [llevó 14.061 kg. de plata y 801,15 kg. de oro, entregando 3,27 kg. de bronce a cada uno de sus soldados.-N. del T.].

[31.21] Por entonces, el ejército consular en la Galia había sido trasladado de Arezzo a Rímini y los cinco mil hombres del contingente latino se habían trasladado desde la Galia hasta Etruria. Lucio Furio, en consecuencia, abandonó Rímini y se dirigió a marchas forzadas hacia Cremona, que los galos estaban asediando en aquel momento. Asentó su campamento a una milla y media de distancia del enemigo [2220 metros.-N. del T.], y habría tenido la oportunidad de obtener una brillante victoria si hubiera dirigido a sus hombres directamente desde su marcha contra el campamento galo. Los galos estaban diseminados por los campos en todas direcciones y el campamento no había quedado suficientemente vigilado; pero tuvo miedo de que sus hombres estuvieran demasiado cansados por su rápida marcha; los gritos de los galos, llamando a sus compañeros de vuelta, les hizo dejar atrás el botín que ya habían reunido y correr de vuelta a su campamento. Al día siguiente salieron al combate. Los romanos no tardaron en aceptar el reto, pero apenas tuvieron tiempo de completar su formación, tan rápidamente se les aproximó el enemigo. El ala derecha -el ejército aliado estaba dividido en alas- formaba en primera línea, con las dos legiones romanas constituyendo la reserva. Marco Furio estaba al mando de esta ala, Marco Cecilio mandaba las legiones y Lucio Valerio Flaco la caballería. Todos estos eran generales [legatus, legados, en el original latino.-N. del T.]. El pretor mantuvo con él a dos de sus legados, Cayo Letorio y Publio Titinio, para que le ayudaran en la supervisión del campo de batalla y se enfrentasen a cualquier acción repentina del enemigo.

En un primer momento, los galos dirigieron todas sus fuerzas hacia un único lugar, con la esperanza de poder desbordar el ala derecha y destrozarla. Al no lograrlo, trataron de flanquearlos y envolver la línea de su enemigo, lo que, considerando su número y lo escaso de sus oponentes, les parecía una tarea fácil. Cuando el pretor vio esta maniobra, extendió su frente mediante el procedimiento de situar las dos legiones de reserva a la derecha e izquierda de las tropas aliadas; además, ofreció un templo a Júpiter en caso de que derrotara al enemigo aquel día. Luego ordenó a Lucio Valerio que lanzase a la caballería romana contra una de las alas de los galos y a la caballería aliada contra la otra para frenar el movimiento envolvente. En cuanto vio que los galos debilitaban su centro, al desviar tropas a las alas, ordenó a su infantería que cargara avanzando en orden cerrado y rompiera las filas contrarias. Esto resultó decisivo; las alas fueron rechazadas por la caballería y el centro por la infantería. Como estaban siendo destrozados en todos los sectores del campo de batalla, los galos se dieron la vuelta y en medio de una salvaje huida buscaron refugio en su campamento. La caballería les perseguía, llegando de inmediato la infantería que atacó el campamento. No llegaron a seis mil los hombres que consiguieron escapar; más de treinta y cinco mil fueron muertos o hechos prisioneros; se capturaron setenta estandartes, junto a doscientos carros galos cargados de botín. El general cartaginés Amílcar cayó en esa batalla, así como tres nobles generales galos. Dos mil hombres, a los que los galos habían capturado en Plasencia, fueron puestos en libertad y devueltos a sus hogares.

[31.22] Fue esta una gran victoria y causó gran alegría en Roma. Cuando llegó el despacho con la noticia se decretaron tres días de acción de gracias. Los romanos y los aliados perdieron dos mil hombres, la mayoría pertenecientes al ala derecha contra la que lanzó su ataque la enorme masa del enemigo. Aunque el pretor prácticamente había puesto fin a la guerra, el cónsul Cayo Aurelio, tras finalizar los asuntos imprescindibles en Roma, marchó a la Galia y se hizo cargo del ejército victorioso del pretor. El otro cónsul llegó a su provincia bastante avanzado el otoño e invernó en las proximidades de Apolonia. Como se indicó anteriormente, Cayo Claudio fue enviado a Atenas con una veintena de trirremes de la flota que estaba amarrada en Corfú [la antigua Corcira.-N. del T.]. Cuando entraron en el Pireo dieron muchas esperanzas a sus aliados, que ya se encontraban muy desanimados. Los saqueos cometidos en sus campos desde Corinto, a través de Megara, cesaron ahora, y los piratas de Calcis, que habían infestado el mar y devastado las costas de Atenas, ya no se aventuraron a doblar el Sunio ni a seguir a alta mar, más allá del estrecho de Euripo [este divide Eubea del continente, con una anchura de 30 a 60 metros.-N. del T.]. Además de los barcos romanos había tres cuatrirremes de Rodas y tres buques sin cubierta atenienses, que habían sido acondicionados para proteger su costa. Como se ofrecía a Cayo Claudio la posibilidad de un éxito importante, este pensó que de momento sería suficiente si esta flota protegía la ciudad y el territorio de Atenas.

[31,23] Algunos de los refugiados de Calcis que habían sido expulsados por los partidarios del rey, informaron que el lugar podía ser capturado sin ninguna resistencia sería pues, al no haber ningún enemigo que temer en los alrededores, los macedonios se paseaban por todas partes y los ciudadanos, confiando en la protección de los macedonios, no hacían ningún intento de proteger la ciudad. Con estas seguridades, Cayo Claudio se dirigió a Calcis, y aunque llegó al Sunio lo bastante temprano como para poder cruzar el estrecho de Eubea el mismo día, mantuvo anclada su flota hasta la noche para que no se pudiera observar su aproximación. En cuanto oscureció, navegó sobre la mar en calma y llegó a Calcis poco antes del amanecer. Escogió la parte menos poblada de la ciudad para su propósito y, encontrando a los guardias dormidos en ciertos puntos y otros lugares sin guardia alguna, dirigió un pequeño grupo de soldados a colocar sus escalas de asalto contra la torre más cercana, que fue capturada junto a cada tramo de muralla a cada lado de la misma. Después avanzaron a lo largo de esta, hasta donde los edificios eran más numerosos, matando a los centinelas según avanzaban; llegaron a la puerta, que rompieron y permitieron así la entrada al cuerpo principal de tropas. Diseminándose en todas direcciones, llenaron la ciudad de confusión y, para aumentarla, incendiaron los edificios alrededor del foro. Pusieron fuego a los graneros del rey y al arsenal, que contenía un inmenso número de máquinas de guerra y artillería. A todo esto siguió una masacre indiscriminada de todo aquel que ofreció resistencia y de los que trataron de escapar; finalmente, todo hombre capaz de empuñar las armas resultó muerto y puesto en fuga. Entre los primeros se encontró Sópatro, un acarnane y comandante de la guarnición. Todo el botín se reunió en el foro y se puso luego a bordo de los barcos. Los rodios, además, forzaron la cárcel y fueron liberados los prisioneros de guerra que Filipo había encerrado allí por ser el lugar más seguro para custodiarlos. Tras derribar y mutilar las estatuas del rey, se dio la señal de embarcar y navegaron de vuelta al Pireo. Si hubiera habido una fuerza suficiente de soldados romanos para permitir que se ocupara Calcis sin interferir con la protección de Atenas, Calcis y Euripo le habrían sido arrebatadas al rey y hubiera supuesto un éxito de la mayor importancia al comienzo mismo de la guerra, pues el Euripo es la llave por mar de Grecia de la misma forma que el paso de las Termópilas lo es por vía terrestre.

[31,24] Filipo estaba en Demetrias en aquel momento. Cuando se le anunció el desastre que había caído sobre una ciudad aliada, determinó, pues ya era demasiado tarde para salvarla, poner en práctica la segunda mejor opción y vengarla. Con una fuerza de cinco mil infantes, armados a la ligera, y trescientos jinetes, marchó casi a la carrera hasta Calcis, sin dudar por un momento que podría tomar por sorpresa a los romanos. Al comprobar que no había nada que ver, excepto el espectáculo poco atractivo de una ciudad en ruinas humeantes, en la que los apenas había hombres para enterrar a las víctimas del combate, se apresuró a la misma velocidad y, cruzando el Euripo por el puente, marchó a través de la Beocia hasta Atenas, pensando que al mostrar tanto ánimo como los romanos, podría alcanzar el mismo éxito. Y lo pudiera haber tenido, si un explorador no hubiera observado el ejército en marcha del rey desde una torre de vigilancia. Este hombre era lo que los griegos llaman un hemeródromos, porque estos hombres cubren corriendo enormes distancias en un solo día, y adelantándose a ellos llegó a Atenas a medianoche. Aquí se daba la misma somnolencia y negligencia que había provocado la pérdida de Calcis unos días antes. Despertados por el mensajero sin aliento, el pretor ateniense [Livio traduce así el término griego στρατηγός, «strategós».-N. del T.] y Dioxipo, el prefecto de la cohorte de mercenarios, reunieron a sus soldados en el foro y ordenaron a las trompetas que tocaran generala desde la ciudadela, para que todos pudieran saber que el enemigo estaba próximo. Todos corrieron hacia las puertas y murallas.

Algunas horas más tarde, aunque bastante antes del amanecer, Filipo se aproximó a la ciudad. Cuando vio las numerosas luces y oyó el ruido de los hombres se apresuraban de aquí para allá en la inevitable confusión, detuvo sus fuerzas y ​​les ordenó acostarse y descansar. Al fallar su intento por sorprenderles, se dispuso a un combate abierto y avanzó por la parte del Dipilón. Esta puerta, colocada como una boca a la ciudad, es considerablemente más alta y más ancha que el resto, y la calzada que sale y entra de la misma es amplia, de modo que los ciudadanos pudieron formar en orden de combate desde el foro hasta allí; la vía del exterior se extendía alrededor de una milla [1480 metros.-N. del T.] hasta la Academia, dejando mucho espacio para la infantería y la caballería del enemigo. Después de formar su línea puertas adentro, salieron los atenienses, junto con el destacamento que había dejado Atalo y la cohorte de Dioxipo. En cuanto los vio, Filipo pensó que los tenía en su poder y que podría satisfacer su deseo largamente acariciado de destruirles, pues no había Estado en Grecia contra el que estuviera más furioso que Atenas. Después de exhortar a sus hombres para que mantuvieran sus ojos sobre él y recordándoles que los estandartes y la línea de combate debían estar donde se encontrase el rey, espoleó a su caballo animado no solo por su ira, sino también por un deseo de ostentación. Pensó que resultaba algo espléndido el ser visto luchando por la inmensa multitud que llenaba las murallas, como ante un espectáculo. Galopando por delante de sus líneas con unos cuantos jinetes, cargó contra el centro del enemigo y provocó tanto temor entre ellos que llenó a sus hombres de entusiasmo. Hirió a muchos de cerca, a otros con los proyectiles que lanzaba, y los hizo retroceder hacia sus puertas donde les infligió grandes pérdidas al confinarse entre su limitado espacio. Aún persiguiéndoles imprudentemente, todavía pudo escapar con seguridad, pues los de las torres sobre la puerta se abstuvieron de lanzar sus jabalinas por temor a herir a sus propios compañeros, que estaban mezclados con el enemigo. Después de esto, los atenienses se mantuvieron detrás sus murallas y Filipo, tras dar la señal de retirada, asentó su campamento en Cinosarges, donde había un templo de Hércules y un gimnasio con un bosque sagrado alrededor. Pero Cinosarges, el Liceo y cada lugar sagrado y delicioso alrededor de la ciudad fueron incendiados; no solo fueron destruidos los edificios, ni siquiera las tumbas, ni nada perteneciente a los dioses o a los hombres se salvó de su furia incontrolable.

[31.25] Al día siguiente, las puertas cerradas se abrieron de repente para admitir un cuerpo de tropas enviadas por Atalo desde Egina y por los romanos desde el Pireo. El rey retiró entonces su campamento a una distancia de unas tres millas de la ciudad [4440 metros.-N. del T.]. Desde allí marchó a Eleusis, con la esperanza de asegurarse mediante un golpe de mano el templo y la fortaleza que lo rodea y protege por todos lados. Sin embargo, al encontrarse con que los defensores estaban alerta y que la flota estaba de camino desde el Pireo para prestarles ayuda, abandonó su proyecto, marchó a Mégara y de allí directamente a Corinto. Al enterarse de que el Consejo de los aqueos estaba reunido en Argos, se presentó en la Asamblea de manera bastante inesperada. En aquel momento, estaban discutiendo la cuestión de la guerra con Nabis, tirano de los lacedemonios. Este reanudó las hostilidades cuando se traspasó el mando supremo de Filopemén a Ciclíadas, que en modo alguno era un jefe tan competente, y en vista de que los aqueos habían despedido a sus mercenarios, tras devastar los campos de sus vecinos estaba ahora amenazando sus ciudades. El consejo deliberaba sobre qué proporción de tropas debía proporcionar cada Estado para oponerse a este enemigo. Filipo prometió aliviarlos de cualquier temor por lo que hacía a Nabis y los lacedemonios; no solo protegería de sus correrías los territorios de sus aliados, sino que llevaría todo el terror de la guerra a Lacedemonia marchando allí con su ejército. Cuando estas palabras fueron recibidas con aplausos pasó a decir: «Sin embargo, si vuestros intereses van a ser protegidos con mis armas, es justo que los míos no queden sin defensa. Proporcionadme pues, si así lo aprobáis, una fuerza suficiente para guarnecer Óreo, Calcis y Corinto, para que con esta seguridad en mi retaguardia pueda hacer la guerra a Nabis y a los lacedemonios libre de riesgos». Los aqueos no tardaron en detectar el motivo para hacer una promesa tan generosa y ofrecerles ayuda contra los lacedemonios. Vieron que su objetivo era sacar las fuerzas combatientes de los aqueos fuera del Peloponeso, como rehenes, y obligar así a su nación a una guerra con Roma. Ciclíadas, pretor de los aqueos, viendo que cualquier otro argumento resultaría irrelevante, observó simplemente que las leyes de los aqueos no permitían discutir otros asuntos que no fueran aquellos para los que se había reunido el Consejo. Después haber aprobado un decreto para levantar un ejército que actuase contra Nabis, despidió al consejo que había presidido con valor e independencia, pese a que antes de aquel día había sido considerado como un firme partidario del rey. Filipo, cuyas muchas esperanzas es esfumaron de aquella manera, logró alistar unos cuantos voluntarios y después de esto regresó a Corinto, y de allí al Ática.

[31,26] Durante el tiempo en que Filipo estuvo en Acaya, Filocles, prefecto del rey, partió de Eubea con dos mil tracios y macedonios, con el propósito de asolar el territorio ateniense. Cruzó el paso de Citerón [cadena montañosa entre el Ática y Beocia.-N. del T.], en las cercanías de Eleusis, y allí dividió sus fuerzas. Mandó por delante una mitad para que devastaran los campos en todas direcciones, a la otra la ocultó en una posición adecuada para una emboscada de manera que, si se lanzaba un ataque desde el castillo de Eleusis contra los suyos, pudieran tomar a los asaltantes por sorpresa. Su emboscada, no obstante, fue descubierta, de modo que llamó de vuelta a los hombres que tenía dispersos, unión de nuevo sus fuerzas y lanzó un ataque contra la fortaleza. Después de un infructuoso intento, en el que muchos de sus hombres resultaron heridos, se retiró y se unió a Filipo que regresaba de Acaya. El propio rey lanzó un ataque sobre el mismo castillo, pero la llegada de naves romanas desde el Pireo y la llegada de refuerzos a la plaza, le obligaron a abandonar la empresa. Envió luego a Filocles, con una parte de su ejército, a Atenas; con el resto se dirigió a El Pireo con el fin de que, mientras Filocles mantenía a los atenienses dentro de su ciudad aproximándose a las murallas y amenazando con un asalto, él pudiera aprovechar la oportunidad de atacar El Pireo al quedarse con una débil guarnición. Pero el asalto al Pireo resultó ser tan difícil como el de Eleusis, ya que prácticamente las mismas tropas defendieron ambos. Abandonando el Pireo marchó rápidamente a Atenas. Aquí fue rechazado por una fuerza de infantería y caballería que desde la ciudad lo atacaron por sorpresa en el estrecho paso de las largas murallas en ruinas que conectan el Pireo con Atenas. En vista de que era inútil cualquier intento contra la ciudad, dividió su ejército con Filocles y se dedicó a devastar los campos. Sus primeras destrucciones se habían limitado a los sepulcros que rodeaban la ciudad; ahora decidió no dejar nada libre de profanación y dio órdenes para que se destruyeran e incendiaran los templos de los dioses que se habían consagrado en cada aldea. La tierra del Ática era famosa por aquel tipo de construcción tanto como por la abundancia de mármol nativo y el genio de sus arquitectos; por lo tanto, ofrecía abundante material para aquella furia destructora. No quedó satisfecho con el derrocamiento de los templos con sus estatuas, e incluso ordenó que se rompieran en pedazos los bloques de piedra para que no se pudieran reconstruir las ruinas. Cuando ya no quedaba nada sobre lo que su rabia, aún insatisfecha, pudiera descargarse, dejó los territorios enemigos y se dirigió a Beocia, no haciendo en Grecia nada más digno de mención.

[31.27] El cónsul Sulpicio estaba acampado por entonces junto al río Semeni [el antiguo Apso.-N. del T.] en una posición que se extendía entre Apolonia y Dirraquio. Hizo volver a Lucio Apustio y lo envió con parte de sus fuerzas a devastar las fronteras del enemigo. Después de devastar las fronteras de Macedonia y capturar al primer asalto los puestos fortificados de Corrago, Gerrunio y Orgeso, Apustio llegó a Berat [la antigua Antipatrea.-N. del T.], una ciudad situada en un estrecho desfiladero. En primer lugar, convocó a una entrevista a los hombres principales de la ciudad, tratando de persuadirlos para que se confiaran a los romanos. Confiando en el tamaño de su ciudad, sus fortificaciones y su fuerte posición, trataron sus propuestas con desprecio. Él, a continuación, recurrió a la fuerza y tomó el lugar por asalto. Después de dar muerte a los hombres adultos y permitir que los soldados se apoderasen de todo el botín, arrasó las murallas e incendió la ciudad. El temor a un trato similar provocó la rendición de Codrión [pudiera tratarse de la actual Rmait, en Albania.-N. del T.], una ciudad bastante fuerte y fortificada, sin ofrecer ninguna resistencia. Se dejó allí un destacamento para guarnecer el lugar y se tomó Cnido al asalto, nombre más conocido como el de una ciudad de Asia. Cuando Apustio marchaba de regreso con el cónsul, llevando una considerable cantidad de botín, fue atacado al cruzar el río por un tal Atenágoras, uno de los prefectos de rey, sembrando la confusión en su retaguardia. Al oír los gritos y el tumulto, regresó al galope, hizo que sus hombres dieran media vuelta, lanzaran los equipajes al centro de la columna y formaran su línea de combate. Los soldados del rey no resistieron la carga de los romanos, muriendo muchos y siendo los más hechos prisioneros. Apustio llevó íntegro de regreso a su ejército con el cónsul y se le envió de inmediato a reunirse con la flota.

[31,28] Al quedar marcado el inicio de la guerra por esta expedición victoriosa, varios príncipes y notables de los países fronterizos con Macedonia visitaron el campamento romano; entre ellos estaba Pléurato, el hijo de Escardiledo [ver Libros XXVI, cap. 24 y XXIX, cap. 5.-N. del T.], Aminandro, rey de los atamanes, y Bato, el hijo de Longaro, que representaba a los dárdanos. Longaro había estado combatiendo por su propia cuenta contra Demetrio, el padre de Filipo. En respuesta a sus ofertas de ayuda, el cónsul dijo se valdría de los servicios de los dárdanos y de Pléurato cuando llevara su ejército a Macedonia. Acordó con Aminandro que este debía convencer a los etolios para que tomaran parte en la guerra. También habían venido embajadores de Atalo, a los que ordenó pedir al rey que se encontrase con la flota romana en Egina, donde invernaba, y que en unión de ella acosara a Filipo, como ya antes había hecho, mediante operaciones navales. Se enviaron, además, emisarios a los rodios animándolos a tomar parte en la guerra. Filipo, que había llegado ya a Macedonia, mostró no menos energía en disponer los preparativos para la guerra. Su hijo Perseo, un simple muchacho con quien había destinado algunos miembros de su Consejo para que lo dirigieran y aconsejaran, fue enviado a guarnecer el paso que conduce a la Pelagonia. Esciatos y Peparetos, ciudades de cierta importancia, fueron destruidas para que no pudieran enriquecer a la flota enemiga con su saqueo. Envió embajadores a los etolios para evitar que aquel pueblo, excitado por la llegada de los romanos, rompiera su alianza con él.

[31.29] El encuentro de la Liga Etolia, que ellos llaman Panetólica, se iba a celebrar el día señalado. Los enviados del rey apresuraron su viaje con el fin de llegar allí a tiempo; también estaba presente Lucio Furio Purpúreo como representante del cónsul, además de una delegación de Atenas. Se permitió hablar en primer lugar a los macedonios, pues el tratado con ellos era el último que se había establecido. Estos dijeron que, no habiendo surgido nuevas circunstancias, nada nuevo tenían que aducir sobre el tratado existente. Los etolios, habiendo aprendido por la experiencia cuán poco tenían que ganar de una alianza con los romanos, habían hecho la paz con Filipo y, una vez hecha, estaban obligados a mantenerla. «¿O es que preferís -preguntó uno de los enviados- copiar la falta de escrúpulos, por no decir la desvergüenza, de los romanos? Cuando vuestros embajadores estuvieron en Roma, la respuesta que recibieron fue «¿Por qué venís a nosotros, etolios, después de haber hecho la paz con Filipo sin nuestro consentimiento?» Y ahora esos mismos hombres nos insisten para que nos unamos a ellos en la guerra contra Filipo. Primeramente fingieron que tomaban las armas contra él en vuestro nombre y para protegeros, ahora os prohiben estar en paz con Filipo. En la primera guerra púnica marcharon a Sicilia con el pretexto de ayudar a Mesina; en la segunda, para librar a Siracusa de la tiranía cartaginesa y restaurar su libertad. Ahora, Mesina y Siracusa, y de hecho toda Sicilia, son sus tributarias: han reducido la isla a una provincia en la que ejercen poder absoluto de vida y muerte. Imaginaréis, supongo, que los sicilianos disfrutan de los mismos derechos que vosotros; que, al igual que vosotros celebráis vuestro propio consejo en Lepanto [la moderna Nafpaktos.-N. del T.], bajo vuestras propias leyes y presididos por los magistrados que elegís, con total capacidad para formar alianzas y declarar la guerra a vuestro placer, ellos hacen igual en los consejos que celebran en las ciudades de Sicilia, en Siracusa, en Mesina o en Marsala [la antigua Lilibeo.-N. del T.]. Pues no: un pretor romano dispone sus reuniones; es a convocatoria cuya cuando han de reunirse; a él ven emitir sus edictos desde su alta tribuna, como un déspota y rodeado por sus lictores; sus espaldas están amenazadas por la vara, sus cuellos por el hacha y cada año se les sortea a un amo diferente. Tampoco les debe ni puede extrañar esto, cuando ven ciudades de Italia como Regio, Tarento o Capua yacer postradas bajo la misma tiranía, por no hablar de aquellas, más próximas a Roma, sobre cuyas ruinas ha crecido su grandeza.

Capua sobrevive, de hecho, como sepulcro y memorial de la nación campana: el propio pueblo, en realidad, está muerto o enterrado, o bien expulsado como exiliados. Es una ciudad sin cabeza ni extremidades, sin un senado, sin una plebe, sin magistrados, un portento antinatural sobre la tierra; dejarla habitable por los hombres fue un acto de mayor crueldad que haberla destruido completamente. Si hombres de una raza extranjera, aún más separados de vosotros por idioma, costumbres y leyes que por el mar y la tierra, consiguen dominar aquí, será locura e insensatez esperar que nada siga como hasta ahora. Creéis que la soberanía de Filipo es un peligro para vuestra libertad. Fueron vuestros propios actos los que le hicieron tomar las armas contra vosotros, y su único objetivo era conseguir una paz firme con vosotros. Todo lo que os pide hoy es que no quebréis esa paz. Una vez se familiaricen las legiones extranjeras con estas costas y postren vuestros cuellos bajo el yugo, buscaréis entonces en vano y demasiado tarde el apoyo de Filipo como aliado; tendréis a los romanos como amos vuestros. Etolios, acarnanes y macedonios se unen y separan solo por motivos leves y temporales; con los bárbaros y extranjeros todos los griegos han estado y siempre estarán en guerra; pues ellos son nuestros enemigos por naturaleza, y la naturaleza es inmutable; su hostilidad no se debe a causas que puedan variar de un día para otro. Pero voy a terminar donde comencé. Hace tres años que en este mismo lugar decidisteis hacer la paz con Filipo. Sois los mismos hombres que erais entonces, él es el mismo que era y los romanos que se oponían a ello son los mismos a quienes ahora molesta. Nada ha cambiado la Fortuna; no veo por qué debéis cambiar de opinión».

[31,30] A los macedonios siguieron, con el consentimiento y a petición de los propios romanos, los atenienses que, después del modo escandaloso en que se les había tratado, tenían todos los motivos para protestar contra la bárbara crueldad de Filipo. Se quejaban por la lamentable devastación y el saqueo de sus campos, pero sus quejas no eran por haber sufrido un trato hostil de un enemigo. Había ciertos usos de la guerra que se podían sufrir y hacer sufrir legalmente; la quema de cosechas, la destrucción de viviendas, la captura de hombres y ganado como botín, todo aquello provocaba el sufrimiento de quienes lo soportaban, pero no se consideraban una indignidad. De lo que se quejaban era de que el hombre que llamaba a los romanos extranjeros y bárbaros, había violado tan completamente toda ley, humana y divina, que en sus primeros ataques hizo una guerra impía contra los dioses infernales y en los siguientes contra los de las alturas. Todos los sepulcros y monumentos dentro de sus fronteras fueron destruidos, quedaron al descubierto los muertos en todas sus tumbas, sin que a sus huesos les cubriera ya la tierra. Había santuarios consagrados por sus antepasados en pequeñas aldeas y puestos fortificados, cuando vivían en los distritos rurales, que ni siquiera fueron abandonados o descuidados cuando se concentraron a vivir en una ciudad. Todos estos templos había entregado Filipo a las llamas sacrílegas; las imágenes de sus dioses, ennegrecidas, quemadas y mutiladas, yacían entre los caídos pilares de sus templos. Lo que había hecho a la tierra del Ática, famosa con justicia una vez por su belleza y su riqueza, si se le permitía, lo haría a Etolia y a toda Grecia. La propia Atenas habría quedado igualmente desfigurada, de no haber llegado los romanos en su rescate, pues la misma ira impía le llevaba contra los dioses que habitaban en la ciudad: Minerva, la protectora de la ciudadela, la Ceres de Eleusis y a Júpiter y a Minerva en el Pireo. Sin embargo, había sido rechazado por la fuerza de las armas no sólo de sus templos, sino incluso de las murallas de la ciudad, y había vuelto su furia salvaje contra aquellos santuarios cuya santidad era su única protección. Cerraron con una ferviente apelación a los etolios, para que se compadecieran de los atenienses y participaran en la guerra bajo la guía de los dioses inmortales y de los romanos, que después de los dioses eran quienes más poder poseían.

[31,31] A continuación, el legado romano habló así: «Los macedonios, y después los atenienses, me obligan a alterar completamente el discurso que iba a hacer. Yo venía para protestar por los actos ilegales de Filipo contra todas las ciudades de nuestros aliados, pero los macedonios, con las acusaciones que han hecho contra Roma, me han convertido más en defensor que en acusador. Luego los atenienses, nuevamente, al relatar sus crímenes impíos e inhumanos contra los dioses de lo alto y de lo profundo, nada han dejado que yo, o cualquier otro, puedan presentar en su contra. Considerad que las mismas cosas han dicho los habitantes de Cíos y Abidos, los de Eno, los maronitas, los tasios, los nativos de Paros y Samos, de Larisa y Mesene, y de aquí, en la Acaya; todos se quejan de actos similares o incluso más graves, pues tuvo más ocasión de dañarles. En cuanto a las acciones que él ha presentado como crímenes en nuestra contra, admitiré francamente que no se pueden defender, a menos que se consideren dignas de gloria. Mencionó, como ejemplos, Regio, Capua y Siracusa. En el caso de Regio, los propios habitantes nos pidieron durante la guerra contra Pirro que enviásemos una legión para protegerles, y los soldados, perpetrando una conspiración criminal, se apoderaron por la fuerza de la ciudad a la que se les envió a defender. ¿Aprobamos, entonces, sus actos? Por el contrario ¿acaso no adoptamos medidas militares contra los criminales y, cuando los tuvimos en nuestro poder, no los obligamos a dar satisfacción a nuestros aliados azotándolos y ejecutándolos?, ¿y no devolvimos a los reginos su ciudad, sus tierras y todas sus propiedades junto con su libertad y sus leyes?. En cuanto a Siracusa, cuando estaba oprimida por tiranos extranjeros, una humillación aún mayor, vinimos en su ayuda y pasamos tres largos años lanzando ataques por mar y tierra contra sus casi inexpugnables fortificaciones. Y aunque los propios siracusanos ya preferían seguir como esclavos bajo la tiranía a que la ciudad fuese capturada por nosotros, la tomamos y las mismas armas que efectuaron su captura aseguraron su libertad. Y, al mismo tiempo, no negamos que Sicilia es una de nuestras provincias, ni que las ciudades que se pusieron del lado de los cartagineses y los instaron a guerrear contra nosotros son ahora tributarias y nos pagan impuestos. No lo niego, al contrario, deseamos que vosotros y todo el mundo sepa que cada cual ha tenido de nosotros el trato que ha merecido. Igual fue con Capua. ¿Suponéis que lamentamos el castigo impuesto a los campanos, castigo del que ni ellos mismos pueden convertir en motivo de queja?. En su nombre guerreamos contra los samnitas durante casi setenta años y durante aquel tiempo sufrimos graves derrotas; nos unimos con ellos mediante un tratado, luego mediante matrimonios mixtos y, por último, por la ciudadanía común. Y sin embargo, estos hombres fueron los primeros de todos los pueblos de Italia en aprovecharse de nuestras dificultades y pasarse con Aníbal después de masacrar a nuestra guarnición; después, en venganza por nuestro asedio, lo mandaron a atacar Roma. Si ni su ciudad ni uno solo de sus habitantes hubiera sobrevivido, ¿quién podría indignarse por su destino o acusarnos de haber adoptado medidas más duras de las que merecían? Aquellos a quienes su conciencia de culpa llevó al suicidio fueron más numerosos que los castigados por nosotros; y aunque privamos a los supervivientes de su ciudad y territorios, se les dio tierra y un lugar para morar. La misma ciudad no nos había ofendido y la dejamos intacta, tanto es así que cualquiera que la contempla hoy en día no encuentra rastro alguno de que haya sido asaltada y capturada.

¿Pero por qué hablo de Capua, cuando incluso a la conquistada Cartago hemos dado la paz y la libertad? Más bien corremos el peligro de que, al mostrar demasiada indulgencia sobre los vencidos, les incitemos aún más a probar fortuna haciéndonos la guerra. Vaya todo esto en defensa de nuestra conducta. En cuanto a las acusaciones contra Filipo: las masacres en su propia familia, los asesinatos de sus parientes y amigos, su lujuria casi más inhumana que su crueldad, vosotros que vivís más próximos a Macedonia sabéis más sobre todo ello. En cuanto a vosotros, etolios, hicimos la guerra contra él por vosotros y vosotros hicisteis la paz con él sin nosotros. Quizá diréis que, como estábamos completamente ocupados con la guerra púnica, os visteis obligados a aceptar los términos de paz del hombre cuyo poder, por entonces, estaba en ascenso; y que nosotros, tras abandonar vosotros las hostilidades, también cesamos en ellas por reclamarnos asuntos más graves. Ahora, sin embargo, que por el favor de los dioses ha terminado la guerra púnica, hemos descargado toda nuestra fuerza sobre Macedonia y se os ofrece la oportunidad de ganar nuevamente nuestra amistad y apoyo, a no ser que prefiráis perecer con Filipo en vez de vencer junto a los romanos».

[31.32] A la conclusión de este discurso, el sentir general era favorable a los romanos. Damócrito, el pretor de los etolios, del que se rumoreaba que había sido sobornado por el rey, se negó a apoyar a cualquiera de los lados. «En asunto de tan graves consecuencias -dijo- nada es tan fatal para tomar una sabia decisión como hacer las cosas con precipitación. A esta le sigue el arrepentimiento que, sin embargo, resulta tan tardío como inútil; no se puede volver atrás de las decisiones que se toman rápida y apresuradamente, ni se puede deshacer el daño». Él era de la opinión de que se debía dejar un tiempo para permitir una madura consideración, y que ese tiempo podría ser fijado allí mismo sobre la siguiente base: Como, por ley, les estaba prohibido discutir cuestiones sobre la paz y la guerra en ningún otro lugar más que en el consejo Panetólico o de las Termópilas, debían aprobar enseguida un decreto eximiendo al pretor de toda culpa si convocaba un consejo cuando él pensase que había llegado el momento de presentar la cuestión de la paz y la guerra, y los decretos de tal consejo tendrían la misma fuerza y validez que si hubieran sido aprobados en un consejo Panetólico o de las Termópilas. Después que el asunto quedara aplazado, se despidió a los embajadores y Damócrito declaró que aquella decisión era favorable en alto grado para la nación, pues podrían unirse a cualquiera que fuese el bando que disfrutase de mejor fortuna en la guerra. Aquellos fueron los sucesos en el consejo Panetólico.

[31,33] Filipo estaba vigorosos preparativos tanto por tierra como por mar. Concentró sus fuerzas navales en Demetrias, en Tesalia, pues esperaba que Atalo y la flota romana se moverían de Egina al comienzo de la primavera. Heráclides siguió al mando de la flota y de la costa, como antes. Dirigió en persona la concentración de sus fuerzas terrestres, animado por la creencia de que había privado a los romanos de dos importantes aliados: por una parte los etolios, y por otra a los dárdanos, pues el desfiladero de Pelagonia estaba cerrado por su hijo Perseo. En aquel momento, el cónsul no se estaba preparando para la guerra, sino que ya estaba haciéndola. Condujo su ejército a través del territorio de los dasarecios, llevando con ellos, sin tocarlo, el grano que había sacado de sus cuarteles de invierno, pues los campos por los que marchaban les suministraban todo el que precisaban. Algunas de las ciudades y pueblos en su ruta se entregaron voluntariamente, otros por temor, algunos fueron tomados al asalto, otros se encontraron abandonados, habiendo huido sus habitantes a las montañas vecinas. Estableció un campamento permanente en Linco, cerca del río Molca [el antiguo Bevo, que desemboca en el lago Ochrid.-N. del T.], enviando desde allí partidas a recoger grano de los hórreos de los dasarecios [el horreum que aparece en el texto latino da el hórreo castellano, que es sinónimo de granero.-N. del T.].

Filipo veía la consternación de la población de los alrededores y su pánico pero, no sabiendo dónde estaba el cónsul, envió un ala de caballería a practicar un reconocimiento y averiguar en qué dirección marchaba el enemigo. El cónsul estaba en la misma oscuridad, sabía que el rey había salido de sus cuarteles de invierno pero, ignorante de su paradero, envió también caballería a reconocer el terreno. Habiéndose alejado durante un tiempo considerable cada partida, a lo largo de caminos desconocidos en territorio dasarecio, finalmente tomaron el mismo camino. Al escuchar en la distancia el sonido de los hombres y los caballos acercándose, ambos se percataron de que se acercaba un enemigo. Así, antes de que llegaran a la vista el uno del otro, habían dispuesto caballos y armas, cargando en cuanto divisaron a su enemigo. No estaban desigualmente enfrentados, ni en número ni en valor, pues cada destacamento estaba compuesto por hombres escogidos; sostuvieron la lucha durante algunas horas hasta que el agotamiento de hombres y caballos detuvo el combate sin que la victoria fuese para ningún bando. Cayeron cuarenta de los macedonios y treinta y cinco de los romanos. Ninguna de las partes obtuvo información alguna sobre el paradero del campamento de sus adversarios, que pudieran llevar de vuelta al cónsul o al rey. Esta información fue transmitida, en última instancia, por los desertores, una clase de personas cuyo poco carácter hace que, en todas las guerras, desean desde el principio proporcionar información útil sobre el enemigo.

[31.34] Pensando que se ganaría el afecto de sus hombres, y los dispondría mejor a afrontar el peligro en su nombre, si ponía especial atención en el entierro de los jinetes caídos en la acción de caballería, ordenó que los cuerpos fuesen llevados al campamento para que todos pudiesen contemplar los honores tributados a los muertos. Pero nada es tan incierto o tan difícil de medir como el ánimo de la multitud. Aquello que esperaba les hiciera más proclives a afrontar cualquier combate, solo les inspiró duda y temor. Los hombres de Filipo se habían acostumbrado a pelear contra griegos e ilirios, y sólo habían contemplado las heridas producidas por jabalinas y flechas, y en raras ocasiones por lanzas. Pero cuando vieron los cuerpos desmembrados con la espada hispana [he aquí la famosa descripción del temible gladivs hispaniensis, recién adoptado por las legiones romanas tras sus combates en la Península Ibérica.-N. del T.]: brazos cortados, hombro incluido, cabezas separadas del tronco con el cuello totalmente seccionado, intestinos expuestos y otras terribles heridas, reconocieron la clase de armas y de hombres contra los que habían de luchar, y un estremecimiento de horror corrió por las filas. Incluso el propio rey sintió temor, pues aún no se había enfrentado a los romanos en combate abierto, y con objeto de aumentar sus fuerzas llamó a su hijo de vuelta junto a las tropas situadas en el paso de Pelagonia, dejando así abierta la vía a Pléurato y a los dárdanos para la invasión de Macedonia. Avanzó ahora contra el enemigo con un ejército de veinte mil infantes y cuatro mil jinetes, llegando a una colina cercana a Ateo, donde se atrincheró con foso y empalizada como a una milla del campamento romano [1480 metros.-N. del T.]. Se dice que al mirar hacia abajo y contemplar con admiración el aspecto del campamento en su conjunto, así como sus diversas secciones delimitadas por las filas de tiendas y las vías que las cruzaban, exclamó: «Nadie podría considerar aquel un campamento de bárbaros». Durante dos días enteros, el rey y el cónsul mantuvieron acampados sus respectivos ejércitos, cada uno esperando que el otro atacase. Al tercer día, el general romano condujo todas sus fuerzas a la batalla.

[31.35] El rey, sin embargo, tenía miedo de arriesgar un enfrentamiento general tan pronto, y se contentó con enviar una avanzada de cuatrocientos tralos, una tribu iliria, como ya explicamos antes, y trescientos cretenses, añadiendo a estos el mismo número de jinetes al mando de Atenágoras, uno de los nobles de su corte [purpurati, purpurados, los califica Livio en el original latino.-N. del T.], para desafiar a la caballería enemiga. Los romanos, cuyo frente formaba a unos quinientos pasos de distancia [unos 740 metros.-N. del T.], situaron por delante a sus vélites y a dos alas de caballería, de manera que el número de sus hombres, montados y desmontados, igualaba a los del enemigo. Las tropas del rey esperaban el tipo de lucha con el que estaban familiarizados: la caballería haciendo cargas y retirándose, lanzando en cierto momento sus proyectiles para luego galopar a la retaguardia; los ilirios se aprovecharían de su velocidad con bruscas y rápidas cargas, y los cretenses descargarían sus flechas sobre el enemigo cuando se lanzara en desorden al ataque. Pero esta táctica de combate quedó completamente desbaratada por el método de ataque romano, que resultó tan sostenido como feroz. Estos lucharon con tanta constancia como si participara todo el ejército; los vélites, tras descargar sus jabalinas, cerraron cuerpo a cuerpo con sus espadas; la caballería, una vez hubo llegado hasta el enemigo, detuvo sus caballos y luchó, unos montados y otros desmontados, ocupando sus lugares entre la infantería. En estas condiciones, la caballería de Filipo, no habituada a un combate estático, no resultó enemiga para la caballería romana, y su infantería, entrenada para escaramucear en orden abierto y sin la protección de la armadura, estaba a merced de los vélites, que con sus espadas y escudos estaban igualmente preparados para la defensa como para el ataque. Incapaces de sostener el combate, se retiraron a la carrera a su campamento, confiados solo en su velocidad.

[31.36] Tras dejar pasar un día, el rey decidió poner en acción a toda su caballería y tropas ligeras. Durante la noche, ocultó un destacamento de soldados equipados con cetra, a quienes llaman peltastas [tanto la cetra, de etimología latina, como la pelta, de etimología griega, son escudos ligeros de cuero, mimbre o madera recubierta de cuero, de entre 50 y 70 cm de diámetro; en el caso griego, además, solía tener forma de media luna crecida.-N. del T.], en una posición entre ambos campamentos bien situada para una emboscada. Ordenó a Atenágoras y a su caballería que, en caso de que la batalla se desarrollase en su favor, presionara para obtener ventaja; de lo contrario, que cediera terreno lentamente y llevara al enemigo hasta donde estaba dispuesta la emboscada. La caballería se retiró, pero los oficiales de la cohorte cetrada no esperaron lo bastante a que se diera la señal y, haciendo avanzar a sus hombres antes del momento adecuado, perdieron su oportunidad de vencer. Los romanos, victoriosos en combate abierto y a salvo del peligro de la emboscada, regresaron al campamento. Al día siguiente, el cónsul salió a la batalla con todas sus fuerzas. Delante de su línea situó algunos elefantes, que los romanos empleaban como apoyo por primera vez, de los capturados en la guerra púnica. Cuando vio que el enemigo se mantenía en calma tras sus empalizadas, subió a cierto terreno elevado, llegando incluso cerca de su valla y se burló de ellos por su miedo. Ni siquiera entonces se le ofreció ocasión de combatir, y como el forrajeo no resultaba en modo alguno seguro mientras los campamentos estuvieran tan próximos, pues la caballería de Filipo podía atacar a sus hombres cuando estaban dispersos por los campos, trasladó su campamento a un lugar llamado Otolobo, a unas ocho millas de allí [11840 metros.-N. del T.], para proporcionar más seguridad a sus forrajeadores al aumentar la distancia. Mientras los romanos se encontraban recolectando grano en los alrededores de su campamento, el rey mantuvo a sus hombres detrás de su empalizada para que el enemigo se volviera más atrevido y descuidado. Cuando los vio dispersarse, partió con toda su caballería y los auxiliares cretenses a paso tan rápido que solo los más veloces de los infantes pudieron mantenerse a la par con los jinetes. Al llegar a una posición entre los forrajeadores y su campamento, dividió su fuerza. Una parte fue enviada en persecución de los forrajeadores, con órdenes de no dejar un solo hombre vivo; con la otra tomó posiciones sobre los distintos caminos por los que el enemigo habría de regresar a su campamento. Ya caían y huían los hombres en todas partes, sin que ninguno hubiera llegado todavía al campamento romano con noticias de la catástrofe, pues los que huían de allí caían en manos de las tropas del rey, que les estaban esperando; murieron más en manos de los que bloqueaban los caminos que de los que habían sido enviados en su persecución. Por fin, algunos que habían logrado eludir al enemigo llevaron al campamento, en su excitación, más confusión que información concreta.

[31.37] El cónsul ordenó a su caballería que acudiera, donde le fuera posible, al rescate de sus camaradas, sacando al mismo tiempo a las legiones fuera del campamento y marchando en orden cerrado contra el enemigo. Algunos de los jinetes se perdieron por los campos, por culpa de los gritos que surgían de diferentes lugares, otros se encontraron cara a cara con el enemigo y comenzaron los enfrentamientos en varios puntos al mismo tiempo. Fueron más enconados donde estaba situado el rey, pues debido a su número, tanto de infantería como de caballería, casi formaban un ejército regular; al ocupar el camino central, la mayoría de los romanos se encontraron con ellos. Los macedonios, además, tenían la ventaja de la presencia del rey para animarlos, mientras que los auxiliares cretenses, en orden cerrado y dispuestos al combate, herían por sorpresa a muchos de sus oponentes, quienes se encontraban dispersos sin ningún orden o formación. Si hubiesen contenido en su persecución, no solo habrían alcanzado la gloria en aquella batalla, sino que habían influido enormemente en el curso de la guerra. Tal como fueron las cosas, se dejaron llevar por la sed de sangre y se encontraron con las cohortes romanas que avanzaban y con sus tribunos militares; también la caballería, en cuanto vio los estandartes de sus camaradas, volvió sus caballos contra el enemigo que estaba ahora desordenado y en un momento se invirtió la fortuna del día: los que habían sido los perseguidores daba ahora la vuelta y huían. Muchos murieron en combates cuerpo a cuerpo y muchos al huir; no todos perecieron por la espada, algunos fueron empujados a los pantanos y succionados con sus caballos por el lodo sin fondo. Hasta el rey se vio en peligro, pues fue arrojado al suelo por su caballo herido y enloquecido, y casi aplastado al caer. Debió su salvación a un jinete que descabalgó de inmediato y puso al atemorizado rey sobre su propio caballo; aquel, al no poder seguir su huida a pie junto a la caballería, fue alanceado por el enemigo que había cabalgado hasta donde cayó el rey. Filipo galopó rodeando el pantano y se abrió camino, en su precipitada fuga, a través de senderos y lugares sin caminos hasta alcanzar la seguridad de su campamento, donde la mayoría de los hombres le había dado por perdido. Doscientos macedonios perecieron en esa batalla, un centenar fueron hechos prisioneros y se capturaron ochenta caballos bien equipados junto a los despojos de sus jinetes caídos.

[31,38] Hubo algunos que aquel día culparon al rey de temeridad y al cónsul de falta de energía. Decían que Filipo tendría que haberse mantenido en calma, pues sabía que el enemigo habría devastado en pocos días toda la comarca de grano y tendría total falta de provisiones. El cónsul, por otra parte, tras derrotar a la caballería y la infantería ligera enemigas, y casi capturar al mismo rey, debería haber marchado de inmediato contra el campamento enemigo; este estaba demasiado desmoralizado como para presentar resistencia y la guerra podría haber finalizado en aquel momento. Como la mayoría de las veces, esto era más fácil decirlo que hacerlo. Si el rey hubiera entrado en combate con toda su infantería, es posible que pudiera haber perdido su campamento tras ser completamente derrotado y huir del campo de batalla en total desorden hacia aquel, continuando luego su huida cuando el enemigo irrumpiese a través de sus fortificaciones. Pero como las fuerzas de infantería en el campamento se mantuvieron intactas, y los puestos de avanzada y los vigías seguían en sus puestos, ¿qué habría ganado el cónsul, aparte de imitar la temeridad del rey en su alocada persecución de la caballería derrotada? Tampoco podía encontrarse fallo alguno en el plan del rey de atacar a los forrajeadores mientras estaban dispersos por los campos, si se hubiera contentado con aquella victoria. Que hubiera tentado a la fortuna como lo hizo no es nada sorprendente, pues ya corrían rumores de que Pléurato y los dárdanos habían invadido Macedonia con una fuerza inmensa. Si tales fuerzas llegaban a rodearle, bien podría creerse que los romanos darían término a la guerra sin moverse un paso. Tras las dos fallidas acciones de caballería, Filipo pensó que correría un riesgo considerable quedándose más tiempo en su campamento. Como deseaba ocultar su partida al enemigo, envió un emisario con caduceo justo antes del atardecer para solicitar un armisticio con el propósito de enterrar a los muertos [el caduceo es una vara delgada, lisa y cilíndrica, rodeada de dos culebras, atributo de Hermes/Mercurio, dios del comercio y mensajero de los dioses, considerado en la Antigüedad como símbolo de paz.-N. del T.] Habiendo engañado así al enemigo, salió durante la segunda guardia en completo silencio y dejando numerosos fuegos encendidos por todo el campamento.

[31.39] El cónsul estaba descansando cuando le dieron noticia de la llegada del heraldo y el motivo de su venida. Toda su respuesta fue que se le concedería una entrevista a la mañana siguiente. Esto era justo lo que Filipo quería, pues le concedía toda la noche y parte del día siguiente para alejarse de su oponente. Tomó el camino por las montañas, por la que sabía que no se atrevería el general romano con su pesada columna. Al amanecer, el cónsul concedió el armisticio y despidió al heraldo; no mucho después, se dio cuenta de que el enemigo había desaparecido. Sin saber en qué dirección seguirlo, pasó unos días en el campamento recolectando grano. Marchó después a Bucinsko Kalé [la antigua Stuberra, junto al río Erígono, el actual Tcherna, en Macedonia.-N. del T.], donde reunió el trigo que hizo traer desde los campos de Pelagonia. Desde allí avanzó a Pluina sin haber descubierto hasta entonces la ruta que había tomado el enemigo. Filipo, en un primer momento, fijó su campamento en Bruanio [también, al parecer, junto al río Tcherna.-N. del T.], y luego avanzó por caminos transversales, provocando una repentina alarma en el enemigo. Los romanos, en consecuencia, abandonaron Pluina y acamparon junto al río Osfago [afluente del Tcherna, que a su vez lo es del Vardar.-N. del T.]. El rey levantó su campamento no lejos de allí, junto a un río que los nativos llaman Erígono, levantando su empalizada a lo largo de la orilla. Entonces, habiéndose asegurado definitivamente de que los romanos tenían intención de marchar hacia Eordea [cerca del lago Ostrovo.-N. del T.], decidió anticipárseles y ocupar un estrecho paso con el propósito de imposibilitar que el enemigo lo cruzara. Lo obstaculizó en varias formas: en algunas partes con empalizadas, en otras con fosos, en otras con piedras apiladas a modo de muralla y en otros lugares con troncos de árboles según permitiera la naturaleza del suelo o de los materiales disponibles, hasta que pensó haber conseguido convertir un camino ya de por sí difícil en absolutamente infranqueable con los obstáculos que había situado en cada salida. El país era sobre todo boscoso, difícil para que las tropas maniobraran, en especial la falange macedónica, pues a menos que pueda levantar una especie de empalizada con sus extraordinariamente largas lanzas, que sitúan frente a sus escudos y que precisan de mucho espacio libre, no resulta de utilidad. Los tracios con sus picas, que también eran de una longitud enorme, se veían obstaculizados e impedidos en todas partes por las ramas. La cohorte cretense fue la única que resultó de alguna utilidad, y esto solo en muy limitada medida, pues aunque cuando era atacada por una caballería sin protección podían descargar sus flechas con efectividad, sus proyectiles no tenían fuerza suficiente para penetrar los escudos romanos ni estos dejaban expuestas suficientes partes del cuerpo a las que pudieran apuntar. Encontrar, pues, inútil aquel modo de ataque, arrojaron sobre el enemigo las piedras que yacían por todo el valle. Esto provocó más ruido que daño, pero el batir contra sus escudos detuvo el avance de los romanos durante unos minutos. Pronto dejaron de prestarles atención y algunos de ellos, formando la tortuga [un techo de escudos sobre sus cabezas.-N. del T.], se abrieron paso entre el enemigo que tenían al frente mientras otros, dando un corto rodeo, ganaron la cresta de la colina y arrojaron a vigías y destacamentos macedonios de sus puestos de observación. Degollaron a la mayoría, al resultar casi imposible la huida en un terreno tan lleno de obstáculos.

[31.40] Así se pudo franquear el paso, con menos dificultad de lo que habían supuesto, entrando en el territorio de Eordea. Después de asolar los campos en todas direcciones, el cónsul se trasladó a Elimia. Aquí lanzó un ataque contra Orestis y se aproximó a la ciudad de Kastoria [Elimia estaba al sur de Eordea, junto al río Haliacmón; Orestis está al oeste de aquella y Kastoria es la antigua Celetrum.-N. del T.]. Esta estaba situada en una península, las murallas estaban rodeadas por un lago y solo había un camino al territorio adyacente, sobre una estrecha lengua de tierra. Al principio, los ciudadanos, confiados en su posición, cerraron sus puertas y rechazaron las conminaciones a rendirse. Sin embargo, cuando vieron los estandartes avanzando y a las legiones marchando bajo la tortuga [la formación del “testudo”, antes citada.-N. Del T.] hasta la puerta, y la estrecha lengua de tierra cubierta por la columna enemiga, se descorazonaron y se rindieron sin arriesgar una batalla. Desde Kastoria penetró en territorio dasarecio y tomó al asalto la ciudad de Pelión. Se llevó los esclavos y el resto del botín, pero liberó sin rescate a los ciudadanos libres y les devolvió su ciudad tras poner en ella una fuerte guarnición. Su posición era muy apropiada para servirle como base de operaciones contra Macedonia. Después de recorrer así el país enemigo, el cónsul regresó a territorio amigo y llevó sus fuerzas de regreso a Apolonia, que había sido el punto de partida de su campaña. Filipo había sido reclamado por los etolios, la Atamanes, los dárdanos y los numerosos conflictos que habían estallado en diferentes lugares. Ya se estaban retirando los dárdanos de Macedonia cuando envió a Atenágoras, con la infantería ligera y la mayor parte de la caballería, para atacarlos por la retaguardia cuando se retiraban y, acosando así su retirada, hacerlos menos dispuestos a enviar sus ejércitos fuera de sus fronteras. En cuanto a los etolios, el pretor Damócrito, que les había aconsejado en Lepanto retrasar su resolución sobre la guerra, les había instado encarecidamente, en su siguiente consejo, a que tomaran las armas después de todo lo que había sucedido -el combate de caballería en Otolobo, la invasión de Macedonia por los dárdanos y Pléurato junto a los ilirios y, especialmente, la llegada de la flota romana a Óreo y la certeza de que Macedonia, acosada por todos aquellos estados, estaba bloqueada por mar.

[31,41] Estas consideraciones devolvieron a Damócrito y a los etolios al lado de los romanos, y en unión de Aminandro, el rey de los atamanes, se dirigieron a asediar Cercinio [población posiblemente próxima al actual lago Karla.-N. del T.]. Los ciudadanos habían cerrado sus puertas, no está claro si fue espontáneamente o bajo amenazas, pues las tropas de Filipo guarnecían el lugar. Sin embargo, en pocos días se tomó e incendió Cercinio, y todos los que sobrevivieron a la completa masacre, tanto ciudadanos libres como esclavos, fueron llevados junto al resto del botín. El temor a un destino similar llevó a los habitantes de todas las ciudades alrededor de las marismas de Bebe a dejar sus ciudades y marchar a las montañas. No habiendo más posibilidad de botín, los etolios dejaron aquella parte del país y se dispusieron a entrar en Perrebia [en el nordeste de Tesalia.-N. del T.]. Aquí tomaron Domeniko [la antigua Cirecia.-N. del T.] al asalto y la saquearon sin piedad. La población de Malea se entregó voluntariamente [no está claro si se trata de la moderna Analipsis o Paljokastro.-N. del T.] y fue admitida en la Liga Etolia. Aminandro aconsejó ir de Perrebia a Gonfos, ciudad que estaba cerca de Atamania y de la que pensaba que se podría tomar sin demasiada lucha. Los etolios, sin embargo, preferían saquear y se dirigieron a las fértiles llanuras de Tesalia. Aminandro los acompañó, aunque él no estaba de acuerdo con la forma desordenada en que efectuaron sus correrías ni su modo descuidado de levantar su campamento de cualquier manera, sin tomarse la molestia de escoger una buena posición ni fortificarse apropiadamente. Temía que su imprudencia y descuido pudieran suponer un desastre para él y sus hombres, y al verlos asentar su campamento en un terreno abierto y llano, por debajo de la colina en que se levantaba la ciudad de Farcadón, se apoderó de cierto lugar elevado a poco más de una milla [1480 metros.-N. del T.], que precisaba de muy poca fortificación para resultar seguro. Excepto porque continuaban con sus saqueos, los etolios parecían haberse olvidado de que se hallaban en territorio enemigo; algunos deambulaban sin armas, otros convertían el día en noche mediante el vino y el sueño, dejando el campamento completamente desguarnecido.

De repente, cuando nadie lo esperaba, se presentó Filipo. Algunos de los que estaban por los campos se apresuraron a regresar y anunciar su aparición, quedando terriblemente consternados Damócrito y los demás generales. Resultó ser mediodía, cuando la mayor parte de los soldados estaban dormitando después de la pesada comida. Sus oficiales les despertaron, ordenaron armarse a algunos y enviaron otros a llamar de vuelta a las partidas de saqueo que estaban dispersas por los campos. Tan grande fue la prisa y la confusión que algunos jinetes partieron sin sus espadas y la mayoría sin haberse colocado su armadura. Enviados, así pues, a toda prisa, apenas seiscientos de entre infantería y caballería se enfrentaron a la caballería del rey, que les superaba en número, equipamiento y moral. Naturalmente, fueron derrotados al primer choque y, después de oponer apenas ninguna lucha, rompieron en una cobarde huida y se dirigieron a su campamento. Muchos de los que fueron aislados de su cuerpo principal por la caballería resultaron muertos o capturados.

[31,42] Ya estaban sus hombres llegando a la empalizada enemiga cuando Filipo ordenó que se tocara retirada, pues tanto los hombres como los caballos estaban cansados, no tanto por la lucha como por la duración y extraordinaria celeridad de su marcha. Se ordenó a las turmas de caballería y manípulos de infantería ligera que se turnasen para conseguir agua y comer; mantuvo a los demás, armados, en sus posiciones y esperando al cuerpo principal de infantería, que debido al peso de sus armaduras marchaba con más lentitud. Cuando estos llegaron, recibieron la orden de plantar sus estandartes, descansar sus armas y tomar una comida apresurada mientras dos o tres, como mucho, de cada manípulo eran enviados en busca de agua. La caballería y la infantería ligera, entre tanto, estaban en posición y dispuestas ante cualquier movimiento del enemigo. En ese momento, la multitud de etolios que había estado diseminada por los campos se había reunido en su campamento y dispusieron tropas alrededor de las puertas y la empalizada, como si se dispusieran a defender sus líneas. Contemplaban con fiereza al inmóvil enemigo desde la seguridad, pero en cuanto los macedonios se pusieron en movimiento y dieron en avanzar hacia su campamento, completamente dispuestos al combate, abandonaron rápidamente sus posiciones y escaparon por la puerta hacia la parte trasera del campamento, en dirección al promontorio donde estaba el campamento de los atamanes. También en esta precipitada fuga resultaron muertos o prisioneros muchos etolios. Filipo consideraba que, de haber quedado bastante luz, habría podido también privar a los atamanes de su campamento; pero el día se había consumido, primero en la batalla y después en el saqueo del campamento etolio. Así pues, asentó su posición en el terreno llano cerca de la colina y se preparó para atacar al amanecer. Sin embargo, los etolios, que no se habían recuperado del terror con el que habían abandonado su campamento, huyeron en diversas direcciones durante la noche. Aminandro demostró serles de gran ayuda; bajo su mando, los atamanes que estaban familiarizados con las rutas sobre las cumbres de las montañas les condujeron hasta Etolia por caminos desconocidos para el enemigo, que les seguía en su persecución. Solo unos pocos, que se habían perdido en su huida apresurada, cayeron en manos de la caballería que envió Filipo, al ver que habían abandonado el campamento, para hostigar su retirada.

[31,43] Atenágoras, el prefecto de Filipo, alcanzó en el ínterin a los dárdanos que se retiraban tras sus fronteras y provocó gran confusión en la retaguardia de su columna. Estos se dieron la vuelta y formaron su línea de combate, produciéndose una batalla en la que ninguno ganó ventaja. Cuando los dárdanos volvieron a avanzar, la caballería y la infantería ligera del rey siguió acosándolos, pues no tenían fuerzas de aquel mismo tipo para protegerles y su armamento les estorbaba. El mismo terreno, además, se mostraba favorable a los asaltantes. En realidad murieron muy pocos, pero hubo muchos heridos; no se tomaron prisioneros, pues se guardaron mucho de abandonar sus filas y mantenían el combate, durante la retirada, en orden cerrado. De este modo, Filipo, tanto por su audaz iniciativa como por el éxito de sus resultados, se enfrentó a ambas naciones mediante sus bien calculados movimientos, compensando así las pérdidas que había sufrido en la guerra con Roma. Un incidente que se produjo posteriormente le dio una ventaja adicional al disminuir el número de sus enemigos etolios. Escopas, uno de sus notables, que había sido enviado por el rey Tolomeo desde Alejandría con una cantidad considerable de oro, llevó a Egipto un ejército mercenario consistente en seis mil infantes y quinientos jinetes. No habría dejado en Etolia ni un hombre en edad militar si Damócrito no hubiera conservado alguno de aquellos jóvenes en casa recordándoles con severidad la guerra que se aproximaba y la despoblación en que quedaría el país. No está claro si su acción fue dictada por el patriotismo o por enemistad personal contra Escopas, que no lo había sobornado. Tales fueron las diferentes empresas a las que se enfrentaron los romanos y Filipo durante este verano.

[31.44] Fue a principios de este verano cuando la flota, bajo el mando de Lucio Apustio, partió de Corfú y, tras rodear el cabo de Malea, se reunió con la de Atalo cerca de Escileo, un lugar situado en el territorio de Hermíone [Corfú es la antigua Corcira, el cabo de Malea está en el extremo sureste del Peloponeso, el Escileo es el del más al este de la Argólide y la Hermíone está en la costa sur de aquella.-N. del T.]. Ante esto, los atenienses, que durante mucho tiempo habían temido mostrar su hostilidad a Filipo demasiado abiertamente, ante la perspectiva de una ayuda inmediata dieron ahora rienda suelta a su ira contra él. Nunca hay falta de lenguas para agitar al populacho. Esta clase de personas prosperan sobre el aplauso de la multitud y se encuentran en todos los Estados libres, particularmente en Atenas, donde la oratoria ha tenido tanta influencia. Se presentó una propuesta, y se aprobó de inmediato por el pueblo, para que todas las estatuas y bustos de Filipo y de todos sus antepasados, hombres y mujeres por igual, junto con sus inscripciones, fueran retiradas y destruidas; los festivales, sacrificios y sacerdotes instituidos en su honor o el de sus predecesores serían abolidos; también se execraría todo lugar en que se hubiera erigido o inscrito algo en su honor, y nada de lo que la religión consideraba que solo se podía situar en lugar consagrado, podría ser construido o erigido en tales lugares. En cada ocasión en la que los sacerdotes públicos ofrecieran oraciones por el pueblo de Atenas y por los ejércitos y flotas de sus aliados, deberían siempre invocar solemnes maldiciones sobre Filipo, sus hijos y su reino, sobre todas sus fuerzas, terrestres y navales, y sobre toda la nación de los macedonios. Se decretó, además, que si alguien en el futuro presentase cualquier medida para marcar con la ignominia a Filipo, los atenienses la deberían adoptar de inmediato, y que si alguno, de palabra u obra, intentara vindicarlo o hacerle honor, se consideraría justificado al hombre que le diera muerte por hacerlo. Por último, se dispuso que todos los decretos que ya se habían promulgado contra Pisístrato fueran también efectivos contra Filipo. Fue con las palabras con lo que los atenienses hicieron la guerra a Filipo, pues solo en aquellas residía su fuerza.

[31.45] Cuando Atalo y los romanos llegaron al Pireo, se quedaron allí unos días y luego partieron hacia Andros con una pesada carga de decretos tan extravagantes en las abalanzas de sus amigos como en sus expresiones indignadas contra su enemigo. Llegaron al puerto de Gaurio y mandaron emisarios, para tantear el sentir de los ciudadanos y ver si preferían una rendición voluntaria o experimentar la fuerza. Les respondieron que no eran dueños de sí mismos, pues la plaza estaba en poder de tropas de Filipo. Así pues, se desembarcaron las tropas y se hicieron los preparativos habituales; el rey se acercó a la ciudad por un lado y el general romano por el otro. La novedosa visión de las armas y estandartes romanos, y el ánimo con el que los soldados, sin la menor vacilación, coronaron las murallas, horrorizó completamente a los griegos, que huyeron rápidamente a la ciudadela dejando al enemigo en posesión de la ciudad. Allí se mantuvieron durante dos días, confiando más en la fuerza del lugar que en sus propias armas; al tercer día, en unión de la guarnición, rindieron la ciudad y la ciudadela con la condición de que se les permitiera retirarse, con una sola prenda de vestir, hacia Dilisi [la antigua Delio.-N. del T.], en la Beocia. La ciudad en sí fue entregada por los romanos a Atalo; ellos se llevaron el botín y cuanto adornaba la ciudad. No deseando poseer una isla solitaria, Atalo persuadió a casi todos los macedonios, así como a algunos andrios, para que permanecieran allí. Posteriormente, aquellos que, según los términos de la rendición, habían emigrado a Dilisi, fueron inducidos a regresar por las promesas del rey, pues el amor por su patria les hizo más proclives a confiar en su palabra.

Desde Andros, las flotas navegaron a Citnos. Pasaron allí unos días, atacando infructuosamente la ciudad; como apenas merecía la pena continuar con sus esfuerzos, se alejaron. En Prasias, un lugar en el Ática continental, los iseanos se unieron a la flota romana con veinte lembos [«lembi» en el original latino; los lembos son embarcaciones pequeñas de vela y remos.-N. del T.]. Se les envió a devastar el territorio caristio; en espera de su regreso, el resto de la flota marchó a Geresto, un puerto muy conocido de Eubea. Después, salieron todos a mar abierto y, dejando atrás Esciros, llegaron a Icos. Aquí les retuvo durante unos días un furioso viento del norte [el Bóreas.-N. del T.], y en cuanto el tiempo mejoró navegaron hacia Esciatos, una ciudad que había sido devastada y saqueada por Filipo. Los soldados se dispersaron por los campos, regresando a los barcos con suministro de grano y cualquier otro alimento que pudieron encontrar. No hubo saqueo, ni tampoco los griegos habían hecho nada para merecer ser saqueados. Desde allí pusieron rumbo a Casandrea, tocando en Mendeo, un pueblo de la costa. Doblando el cabo, se proponían llevar sus buques justo hasta las murallas cuando fueron sorprendidos y dispersados por una violenta tormenta que casi echa a pique los barcos. Ganaron tierra con dificultad, después de perder la mayor parte de sus aparejos. Esta tormenta resultó también un presagio de las operaciones terrestres, pues tras haber reunido sus naves y desembarcado sus tropas, fue rechazado su ataque contra la ciudad, con graves pérdidas, a causa de la fuerza de la guarnición que ocupaba el lugar para Filipo. Después de este fracaso se retiraron hacia el cabo Canastreo, en Palene; desde allí, doblando el cabo de Torona, se dirigieron a Acanto. Después de asolar el territorio, tomaron la ciudad al asalto y la saquearon. Al estar ya por entonces pesadamente cargados sus barcos con el botín, no siguieron más lejos y, volviendo sobre su curso, alcanzaron Esciatos y desde Esciatos navegaron hasta Eubea.

[31,46]. Dejando allí el resto de la flota, entraron en el Golfo Malíaco con diez naves rápidas para consultar la dirección de la guerra con los etolios. El etolio Pirrias era el jefe de la delegación que llegó a Heraclea para hablar con Atalo y el general romano. Se pidió a Atalo que proporcionase un millar de soldados, pues según los términos del tratado estaba obligado a suministrar esa cantidad si le hacían la guerra a Filipo. La demanda fue rechazada sobre la base de que los etolios se habían negado a marchar y devastar el territorio de Macedonia, durante el tiempo en que Filipo estaba incendiando cuanto de sagrado y profano rodeaba Pérgamo, alejándolo así de allí para ocuparse de sus propios intereses. Así que se despidió a los etolios más con esperanzas que con ayuda efectiva, pues los romanos se limitaron a las promesas. Apustio y Atalo regresaron con la flota. Se discutieron entonces planes para atacar Óreo. Era esta una ciudad bien fortificada y, después del anterior intento contra ella, había sido ocupada por una fuerte guarnición. Después de la captura de Andros, veinte barcos rodios al mando del prefecto Acesímbroto, todos con cubierta, se unieron a la flota romana. Esta escuadra fue enviada a situarse frente a Zelasio, un promontorio en la Ftiótide, que domina Demetrias a modo de adecuada barrera, donde estaría admirablemente situada para hacer frente a cualquier movimiento por parte de los barcos de Macedonia. Heráclides, el prefecto del rey [praefectum classis en el original latino; otras posibles traducciones habrían sido «el almirante de la flota» y también el «comandante» de la flota»; hemos preferido dejar el nombre del cargo tal y como era en la época y señalar sus posibles equivalencias modernas.-N. del T.], estaba anclado en Demetria, esperando alguna oportunidad que le ofreciera el descuido del enemigo, en lugar de aventurarse en una batalla abierta.

Los romanos y Atalo atacaron Óreo desde diferentes lados; el primero dirigió su asalto contra la ciudadela que da al mar, mientras que Atalo atacó el hueco entre las dos ciudadelas, donde una muralla separaba una parte de la ciudad de la otra. Como atacaban partes distintas, emplearon métodos distintos. Los romanos llevaron sus manteletes y arietes cerca de la muralla, protegiéndose con el testudo; los fuerzas del rey lanzaron una lluvia de proyectiles con sus ballestas y catapultas de toda clase. Lanzaron enormes trozos de roca, construyeron minas e hicieron uso de todo artificio que habían encontrado útil en el asedio anterior. Sin embargo, los macedonios defendían la ciudad y la ciudadela no sólo con fuerzas superiores, sino que no olvidaban los reproches de Filipo por su mala conducta anterior, ni sus amenazas y promesas respecto al futuro, mostrando por lo tanto el mayor coraje y determinación. El general romano veía que estaba empleando allí más tiempo del que esperaba y que tendría mejores perspectivas de éxito en un asedio regular que un asalto por sorpresa. Durante el sitio podrían llevarse a cabo otras operaciones; así, dejando una fuerza bastante para completar el asedio, navegó hasta el punto más cercano del continente y, apareciendo frente a Larisa de repente -no es la bien conocida ciudad de Tesalia, sino otra llamada Cremaste- se apoderó de toda la ciudad, excepto de la ciudadela. Atalo, por su parte, sorprendió Ptéleon, donde sus habitantes no esperaban en lo más mínimo el ataque de un enemigo que estaba ocupado asediando otra ciudad. Para entonces, los trabajos de asedio en torno a Óreo empezaban a llegar a su fin, la guarnición estaba debilitada por las pérdidas y agotada por la incesante labor de vigía y las guardias, tanto diurnas como nocturnas. Una parte de la muralla, debilitada por los impactos de los arietes, se había derrumbado en varios lugares. Los romanos irrumpieron por la brecha, durante la noche, y se abrieron paso en la ciudadela que dominaba el puerto. Al recibir una señal de los romanos en la ciudadela, Atalo entró en la ciudad al amanecer, donde una gran parte de la muralla estaba en ruinas. La guarnición y los habitantes de la ciudad huyeron a la otra ciudadela y se rindieron a los dos días. La ciudad fue para Atalo y los prisioneros para los romanos.

[31.47] El equinoccio de otoño estaba ya próximo y el golfo de Eubea, que ahora se llama Cela, se consideraba peligroso para la navegación. Como estaban deseando partir antes de que empezasen las tormentas de invierno, las flotas navegaron de regreso al Pireo, su base de partida durante la guerra. Dejando allí treinta barcos, Apustio navegó con el resto hacia Corfú, pasando Malea. El rey esperó la celebración de los Misterios de Ceres, en los que deseaba estar presente, y cuando terminaron se retiró a Asia después de enviar a casa a Acesímbroto y a los rodios. Tales fueron las operaciones contra Filipo y sus aliados llevadas a cabo por el cónsul romano y su lugarteniente, con la ayuda del rey Atalo y de los rodios. Cuando el otro cónsul, Cayo Aurelio, entró en su provincia, se encontró con que la guerra había terminado y no ocultó su disgusto por la actividad del pretor en su ausencia. Envió a este a Etruria y llevó después sus legiones a territorio enemigo para saquearlo: una expedición de la que regresó con más botín que gloria. Lucio Furio, al no encontrar nada que hacer en Etruria y deseando obtener un triunfo por sus victorias en la Galia, lo que pensaba que podría conseguir con más facilidad mientras el enojado y celoso cónsul estuviese fuera, regresó repentinamente a Roma y convocó una reunión del Senado en el templo de Belona. Después de rendir informe de cuanto había hecho, solicitó que se le permitiera entrar en la Ciudad en Triunfo.

[31.48] Un considerable número de senadores lo apoyaron, tanto por los grandes servicios que había prestado como por su influencia personal. Los miembros más antiguos le negaban el triunfo, en parte porque el ejército que había empleado había sido asignado a otro comandante, y en parte porque, en su afán por conseguir un triunfo, había salido de su provincia, un acto contrario a todos los precedentes. Los consulares, en particular, insistían en que debería haber esperado al cónsul, porque entonces podría haber fijado su campamento cerca de la ciudad [se refiere a Cremona.-N. del T.] y haber brindado así protección suficiente a la colonia para mantener a raya al enemigo sin combatir hasta la llegada del cónsul. Lo que él no hizo, debía hacerlo el Senado, es decir, esperar al cónsul; después de escuchar lo que el cónsul y el pretor tuvieran que decir, se formarían un juicio certero sobre el caso. Muchos de los presentes instaron a que el Senado no considerase nada más allá del éxito del pretor y la cuestión de si lo había logrado como magistrado con plenos poderes y bajo sus propios auspicios. «Se habían asentado dos colonias -argumentaron- como barreras para controlar los levantamientos entre los galos. Una había sido saqueada e incendiada, amenazando la conflagración a la otra, que estaba tan próxima a ella, como un fuego extendiéndose de casa en casa. ¿Qué debía hacer el pretor? Si ninguna acción debía ejecutarse en ausencia del cónsul, o era culpable el Senado por haber proporcionado un ejército al pretor, pues al haberse decidido que la campaña fuera librada por el ejército del cónsul y no por el del pretor que estaba más lejos, se debía haber especificado así para que se combatiese bajo el mando del cónsul y no del pretor; o bien obró mal el cónsul al no unirse a su ejército en Rímini, después de haberle ordenado trasladarse desde Etruria a la Galia, para tomar participar personalmente en la guerra que, según decís, no se debía haber llevado a cabo sin él. Los momentos críticos en la guerra no esperan a los retrasos y dilaciones de los comandantes, y a veces te ves forzado a combatir, no porque así lo desees, sino porque el enemigo te obliga. Tenemos que tener en cuenta la propia batalla y sus consecuencias. El enemigo fue derrotado y destrozado; su campamento fue tomado y saqueado; se liberó del asedio a una colonia; se recuperó a aquellos de la otra que habían sido hechos prisioneros, devolviéndoles a sus hogares y amigos; se dio fin a la guerra en una sola batalla. No sólo para los hombres resultó aquella victoria motivo de alegría; se debían ofrecer tres días de acciones de gracias a los dioses inmortales, pues Lucio Furio había defendido bien y felizmente, no mal o precipitadamente. Parecía, además, como si la guerra contra los galos fuese el destino señalado a la casa de los Furios».

[31.49] Mediante discursos de este tenor pronunciados por él y sus amigos, la influencia personal del pretor, que estaba presente, superó la dignidad y autoridad del cónsul ausente y, por una abrumadora mayoría, se decretó el Triunfo para Lucio Furio. Así, Lucio Furio celebró como pretor un triunfo sobre los galos durante su magistratura. Llevó al Tesoro trescientos veinte mil ases y ciento setenta y una mil monedas de plata [la cantidad de ases equivalía a 8720 kilos de bronce; en cuanto da las monedas de plata, resultarían 666,9 kg. de plata; la versión latina empleada por el traductor inglés inserta el término «bigati», bigados, en referencia a los denarios que representaban una biga en su anverso. Ver Libro 23,15.-N. del T.] No llevó prisioneros en procesión delante de su carro, ni se exhibió despojo alguno, ni le seguían sus soldados. Era obvio que todo aquello, excepto la victoria real, quedaba a disposición del cónsul. Los Juegos que Escipión había prometido cuando era procónsul en África se celebraron con gran esplendor. Se aprobó un decreto para asignar tierras a sus soldados; cada hombre recibiría dos yugadas [1 yugada= 0,27 Hectáreas aproximadamente.-N. del T.] por cada año que hubiera servido en Hispania o en África, administrado los decenviros la asignación. También se designaron triunviros para completar el número de colonos en Venosa [la antigua Venusia.-N. del T.], pues la fuerza de aquella colonia se había visto disminuida durante la guerra contra Aníbal; Cayo Terencio Varrón, Tito Quincio Flaminio y Publio Cornelio, el hijo de Cneo Escipión, fueron los encargados de llevar a cabo la tarea. Durante este año, Cayo Cornelio Cétego, que ocupaba Hispania como propretor, derrotó a un gran ejército enemigo en el territorio sedetano. Se dice que murieron en esa batalla quince mil hispanos y que se capturaron setenta y ocho estandartes. A su regreso a Roma para llevar a cabo las elecciones, Cayo Aurelio no convirtió en motivo de queja, como se esperaba, que el Senado no hubiera esperado su regreso para ofrecerle la oportunidad de discutir el asunto del pretor. De lo que se quejó fue del modo en que el Senado había aprobado el decreto concediendo el triunfo, sin escuchar a ninguno de los que habían tomado parte en la guerra ni, de hecho, a nadie más que al hombre que había disfrutado el triunfo. «Nuestros antepasados -dijo- establecieron que debían estar presentes los generales [«legati» en el original latino y «lieutenants-general», lugartenientes, en la traducción inglesa; ver Nota del Traductor al inicio del presente Volumen.-N. del T.], los tribunos militares, los centuriones y los soldados, para que el pueblo de Roma pudiera tener prueba visible de la victoria lograda por el hombre para el que se decretase tal honor. ¿Hubo un solo soldado del ejército que luchó contra los galos, o siquiera un simple vivandero, al que el Senado pudiese haber preguntado sobre la verdad o falsedad del informe del pretor?» Después de hacer esta protesta, fijó el día de las elecciones. Los nuevos cónsules fueron Lucio Cornelio Léntulo y Publio Vilio Tápulo. A continuación siguió la elección de los pretores, resultando electos Lucio Quincio Flaminio, Lucio Valerio Flaco, Lucio Vilio Tápulo y Cneo Bebio Tánfilo.

[31.50] Los alimentos fueron muy baratos aquel año. Se había traído gran cantidad de grano desde África que los ediles curules, Marco Claudio Marcelo y Sexto Elio Peto, distribuyeron al pueblo por dos ases el modio [1 modio=8,75 litros; para el trigo, suponía unos 7 kilos.-N. del T.]. También se celebraron los Juegos de Roma con gran aparato, y los repitieron una segunda jornada. Colocaron en el Tesoro, procedentes de los ingresos de las multas, cinco estatuas de bronce. Los ediles, Lucio Terencio Masiliota y Cneo Bebio Tánfilo, siendo este último ya pretor electo, celebraron por tres veces los Juegos Plebeyos. También se exhibieron durante cuatro días, en el Foro, unos Juegos funerarios con motivo de la muerte de Marco Valerio Levino, ofrecidos por sus hijos, Publio y Marco; ofrecieron también un espectáculo gladiatorio en el que combatieron veinticinco parejas. Murió Marco Aurelio Cota, uno de los decenviros de los Libros Sagrados, y se nombró a Manlio Acilio Glabrión para sucederle. Dio la casualidad de que los ediles curules que se habían elegido no pudieron asumir inmediatamente sus cargos; Cayo Cornelio Cétego fue elegido mientras estaba ausente en Hispania, donde ostentaba el mando; Cayo Valerio Flaco estaba en Roma al ser elegido, pero como era sacerdote de Júpiter no podía prestar el juramento, y estaba prohibido desempeñar ninguna magistratura durante más de cinco días sin hacerlo. Flaco solicitó que no se aplicara a su caso esta condición y el Senado decretó que si un edil podía presentar alguien que, a juicio de los cónsules, pudiera prestar el juramento por él, los cónsules, si lo consideraban oportuno, se pondrían de acuerdo con los tribunos para presentar la cuestión ante la plebe. Lucio Valerio Flaco, pretor electo, se adelantó a tomar el juramento en nombre de su hermano. Los tribunos llevaron la cuestión ante la plebe y esta decidió que debería ser como si el propio edil lo hubiera prestado. En el caso del otro edil, los tribunos pidieron a la plebe que designara dos hombres para el mando de los ejércitos de Hispania, de manera que el edil curul, Cayo Cornelio, pudiera regresar a casa para tomar posesión de su cargo y que Lucio Manlio Acidino se retirase de su provincia después de haberla tenido durante muchos años. Se dispuso a continuación que Cneo Cornelio Léntulo y Lucio Estertinio asumirían el mando supremo en Hispania como procónsules.

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