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Aulo Hircio

(obra continuadora a Gayo Julio Cesar)

Comentarios de la Guerra de Alejandría

 

I. Encendida la guerra de Alejandría, hizo venir César toda la armada de Rodas, de Siria y de Cilicia; llamó a los flecheros de Creta, y la gente de a caballo de Maleo rey de los nabateos, y asimismo dio orden de buscar por todas partes las máquinas de guerra necesarias, hacer provisiones de víveres y levantar tropas auxiliares. Entre tanto se adelantaban diariamente las fortificaciones, se ponían en defensa con tortugas y manteletes los parajes de menos resistencia, y por unos edificios se batían con arietes otros inmediatos, adelantando los reparos a todo aquel terreno que o se arrasaba con ruinas o se ocupaba por fuerza. Porque del incendio está bien segura casi toda Alejandría, por estar construidos los edificios sin maderas en que pueda cebarse el fuego, levantados sobre arcos de cal y canto, y enlosados. Deseaba César en gran manera separar con paredones y otros reparos una parte de la ciudad, a la cual estrecha mucho una laguna que la baña por el Mediodía, de la otra parte. Porque dividida en dos trozos la ciudad, esperaba poder manejar las tropas con un solo consejo y orden, y dar también socorro desde la otra parte a los que se hallasen en peligro; pero sobre todo tener abundancia de agua y de pasto, porque se hallaba con escasez de agua, y no podía tener pasto suficiente, y uno y otro lo podría suministrar la laguna con abundancia.

II. Mas no se descuidaban los alejandrinos, ni dormían en sus disposiciones. Despacharon comisionados por todas las tierras confinantes con su reino para hacer nuevas levas de gentes; habían juntado en la ciudad una gran multitud de armas y máquinas de guerra, y tenían de antemano muchas armerías para trabajarlas; habían puesto en armas a todos los siervos mozos, a quienes sus señores daban el sustento y paga diariamente. Con esta multitud repartida defendían las fortificaciones más distantes; tenían cohortes veteranas desocupadas en los parajes más públicos de la ciudad, que estuviesen prontas y descansadas, para acudir de refresco a cualquiera parte donde se pelease. En odas las calles y atrios habían levantado un triple muro de piedras cuadradas, no menos que de cuarenta pies de alto; tenían fortalecidos los parajes bajos con torres de diez altos, y además tenían otras movibles de la misma altura, las cuales con ruedas, maromas y caballerías llevaban adonde convenía, en especial por las calles más llanas y derechas.

III. Para todo daba disposición la ciudad abundantísima, y en la mejor proporción. Los moradores, gente sumamente aguda e ingeniosa, hacían al instante con grande habilidad cuanto veían hacer a los nuestros; de suerte que parecían los nuestros los imitadores de sus obras. De suyo inventaban también mil cosas; a un mismo tiempo incomodaban a nuestras fortificaciones y defendían las suyas. Tos sujetos principales esparcían en sus juntas y consejos, «que el Pueblo Romano se iba acostumbrando poco a poco a señorearse de este reino; que pocos años atrás había estado Gabinio en Egipto con ejército; que Pompeyo le había elegido también para amparo de su derrota; y que últimamente acababa de venir César con sus tropas, sin que se hubiese adelantado nada con la muerte de Pompeyo, para que César se les metiese en casa; que si no echaban a César fuera, quedaría el reino hecho una provincia de Roma, y que esto convenía ejecutarlo con presteza, pues hallándose ahora encerrado por los temporales y la estación del año, no podía recibir socorros transmarinos».

IV. En este intermedio, habiéndose suscitado mucha discordia entre Aquilas, general del ejército veterano, y Arsinoe, hija menor del rey Tolomeo, como arriba se dijo, y poniéndose asechanzas uno a otro con el deseo de alcanzar el mando absoluto, se anticipó Arsinoe, e hizo dar muerte a Aquilas por medio de su ayo el eunuco Ganímedes. Muerto su competidor, tenía ella todo el imperio sin compañero alguno. Entregóse el mando del ejército a Ganímedes, el cual, tomando a su cargo la empresa, aumentó las dádivas a los soldados, y en lo demás se portó con igual actividad.

V. La ciudad de Alejandría está minada casi toda y tiene unas cisternas que se comunican con el Nilo, por donde se introduce el agua en las casas particulares, que poco a poco y con el discurso del tiempo se sienta y aclara. De ésta usan los dueños de las casas y sus familias, por ser tan cenagosa y turbia la que lleva el Nilo, que ocasiona muchas enfermedades, pero la plebe y el resto de la multitud se contenta con ella por precisión, por no haber fuente alguna en toda la ciudad. Bañaba el río la parte que ocupaban los naturales; con lo cual pensó Ganímedes poder cortar el agua a los nuestros, que repartidos por varias calles con el fin de defender sus trabajos, tomaban el agua de las cisternas de las casas particulares.

VI. Tomada esta resolución, emprendió tan grande y difícil obra, y cortando la comunicación de los conductos en todos aquellos parajes que él ocupaba, se empeñó en sacar del mar con ruedas y máquinas a propósito gran cantidad de agua, la cual hacía correr continuamente desde los sitios más altos hacia la parte de César. Con esto empezó a sacarse el agua de las casas inmediatas un poco más salada y admirándose en gran manera del motivo que lo habría ocasionado, no acababan de darse crédito a sí mismos, porque los que estaban más a la parte de abajo, aseguraban ser del mismo género y sabor el agua que bebían que la que habían bebido hasta entonces; se juntaban entre sí, probaban una y otra, y hallaban la gran diferencia de las aguas. A poco tiempo la primera no se podía beber absolutamente, y la de más abajo se experimentaba ya más salada y corrompida.

VII. Deshecha con esto la duda, se apoderó de todos tan gran terror, que les parecía haber llegado al último extremo. Unos decían que César tardaba demasiado en mandarles embarcar, otros temían mayor desgracia; porque ni se podrían ocultar a los naturales, mediando tan corta distancia, las prevenciones de la retirada, ni hacerse de ningún modo a la vela, teniendo encima los enemigos, que los habían de sorprender. Además de que había una multitud de ciudadanos en la parte que ocupaba César, a quienes no había removido de sus domicilios, por fingirse muy fieles a nuestro partido y separarse de sus conciudadanos. De suerte que si emprendiera yo defender a los alejandrinos de la nota de falaces y traidores, gastaría en balde todo mi discurso; mas dándose bien a conocer al mismo tiempo su nación y propiedades, nadie puede dudar que es gente muy a propósito para engaños y traiciones.

VIII. Procuraba César disminuir el temor de sus tropas con consuelos y razones, diciéndoles, «que haciendo pozos, no podía menos de encontrarse agua dulce, porque naturalmente tienen manantiales de ella todas las riberas del mar; y que cuando fuese distinta la naturaleza de las orillas egipcias de todas las demás, puesto que se hallaban señores del mar y estaban sin escuadra los enemigos, nadie les podía estorbar conducir el agua todos los días con las naves o de Albertón por la banda de la izquierda, o por la de la derecha de la isla de Faro, las cuales navegaciones, siendo opuestas, nunca se les podrían cerrar por vientos contrarios a un mismo tiempo. Que para la retirada no tenían medio alguno, no sólo hallándose constituidos en la mayor reputación, sino aun cuando nada tuviesen que pensar más que en salvar las vidas. Que era mucho el trabajo con que se sostenían en los asaltos de los contrarios desde sus fortificaciones, desamparadas las cuales, así en el paraje como en el número quedaban muy inferiores. Que el embarco costaría mucho tiempo y mucha dificultad, especialmente desde las lanchas; y al contrario los alejandrinos se manejarían con la mayor celeridad con el conocimiento de los parajes y edificios, y muy insolentes con la victoria, se les anticiparían, ocuparían los puestos y edificios más altos y por consiguiente les estorbarían la fuga y el embarco; por lo cual concluyó, que abandonasen semejante pensamiento e hiciesen el ánimo a vencer por todas razones».

IX. Hecha por César esta plática a sus soldados, con que quedaron todos sosegados y atentos, encargó a los centuriones que, cesando en las obras, pusiesen toda su atención en abrir pozos, sin interrumpir ese trabajo en toda la noche. Tomada por su cuenta esta comisión, y asistiendo a la obra con mucho empeño los trabajadores, en una sola noche se halló grande abundancia de agua dulce. Y así con el trabajo de no largo tiempo, se ocurrió a las costosas máquinas y grandes esfuerzos de los alejandrinos. Con intermedio de dos días arribó a las costas de África, un poco más arriba de Alejandría, la legión treinta y siete, compuesta de los soldados que se rindieron de Pompeyo, la cual había hecho embarcar Domicio Calvino, con provisiones de víveres, armas, pertrechos y máquinas de guerra. No dejaba tomar puerto a las naves el viento de Oriente, que reinaba ya muchos días continuos; y aunque todos aquellos parajes son a propósito para estar sobre áncoras, con todo, como se detenían demasiado y empezaban a experimentar falta de agua, despacharon a César una nave ligera con el aviso.

X. Embarcóse César para tomar por sí la resolución conveniente, dando orden de que le siguiese toda la escuadra, pero sin ningunas tropas, por no dejar sin gente las fortificaciones, cuando se apartaba a mayor distancia. Habiendo llegado a un paraje que llaman Chersoneso, echó en tierra algunos remeros para hacer aguada; y como parte de ellos se adelantase más de lo justo con deseo de alguna presa, dieron en manos de una tropa de caballos enemigos, que los sorprendió, y así supieron que venía César en persona, y sin gente en la escuadra. Con esta noticia creyeron que les proporcionaba la fortuna la mejor ocasión de lograr un buen golpe, y así embarcando sus tropas en todas cuantas naves tenían listas para el caso, salieron al encuentro con ellas a César, cuando ya volvía. César, por dos razones, no pensaba combatir este día, porque se hallaba sin tropas, como por ser ya más de las cuatro de la tarde, pareciéndole que la noche aumentaría la esperanza a los que fiaban en el conocimiento de aquellos parajes, y a él le faltaría el auxilio de animar a los suyos, no siendo de provecho ninguna exhortación, cuando no pudiese distinguir el valor o la cobardía. Por lo cual arrimó a tierra las naves que pudo, adonde le pareció que no se atreverían a exponerse los enemigos.

XI. Estaba en el ala derecha de César una nave rodia muy separada de las otras. Viéndola así los enemigos, no se pudieron contener, sino que salieron sobre ella con grande ímpetu cuatro naves cubiertas y otras muchas de las que no lo estaban; de suerte que se vio César en precisión de socorrerla, por no recibir una afrenta a sus propios ojos, aunque si la sucediese algún fracaso, juzgaba que le tenía bien merecido. Trabóse el combate con gran denuedo de los rodios, que siendo sobresalientes en valor y pericia militar en todo género de batallas, no rehusaron en esta ocasión sufrir toda la carga, porque no resultase alguna pérdida por culpa suya. Así se acabó el combate con la mayor felicidad, porque se apresó una nave enemiga de cuatro órdenes de remos, otra se echó a pique, se barrenó otra, y perecieron los soldados de ésta y una gran multitud de las restantes, de manera, que si la noche no separara el combate, hubiera quedado César dueño de toda la escuadra enemiga. Mientras ellos estaban poseídos del miedo, calmó algo el viento contrario con que César con sus naves vencedoras llevó a remolque las de carga a Alejandría.

XII. Cayeron mucho de ánimo los alejandrinos viéndose ya vencidos no sólo por el valor de los defensores, sino también por la pericia de la marina........ Texto perdido en el tiempo ........ Se subían a los parajes más elevados para defenderse desde los edificios y oponían delante muros de madera, temiendo aun en tierra el ataque de nuestras naves. Pero después que Ganímedes les aseguró en un consejo que no solamente restablecería las perdidas naves, sino que acrecentaría su número, empezaron con grande ánimo y esperanza a recomponer las viejas, tomando esta empresa con el mayor calor y aplicación. Y aunque habían perdido más de ciento diez galeras en el puerto y astilleros, no desistieron del pensamiento de reparar la armada, viendo que si llegaban a estar pujantes por el mar, no podrían venir refuerzos ni víveres a César. Y siendo gente marinera por naturaleza y acostumbrada desde la niñez con un continuo ejercicio al tráfico de una ciudad y un país marítimo, se dedicaban con gusto a este recurso, como a su bien doméstico y natural, conociendo lo mucho que habían adelantado con sus pequeñas lanchas; así que con todo su conato y esfuerzo se empeñaron en la construcción de la escuadra.

XIII. En todas las embocaduras del Nilo había naves repartidas para la cobranza de entradas, y otras tenían más antiguas en el fondo del arsenal real, de las cuales había muchos años que no usaban para la navegación. Compusieron éstas e hicieron venir las otras a Alejandría. Como les faltaban maderas para remos, abrían los pórticos, gimnasios y edificios públicos y aprovechaban las vigas para este fin, dándoles arbitrios para unas cosas su natural industria y para otras la abundancia de la ciudad. Finalmente, no se preparaban para una larga navegación, sino a la necesidad del tiempo presente, y a combatir dentro del mismo puerto. Así en pocos días, y contra la esperanza de todos, concluyeron veintidós naves de cuatro órdenes de remos y cinco de cinco órdenes. A éstas añadieron otras muchas menores y descubiertas, y habiendo experimentado en el puerto con remos la aptitud de ellas, las acomodaron de buenos soldados y se pertrecharon de todo lo necesario para el combate. Tenía César nueve naves rodias (porque de diez que le enviaron pereció una en la costa de Egipto), ocho del Ponto, cinco de Licia, y doce del Asia. De éstas, cinco eran de cinco órdenes de remos, diez de a cuatro, las otras de menor porte y las más, descubiertas, pero confiando en el valor de sus soldados, y conociendo el de los enemigos, se dispuso para el combate.

XIV. Cuando se llegó a tal disposición que unos y otros confiaban bastante en sus fuerzas, dobló César la isla de Faro y dispuso su frente hacia los enemigos, poniendo en el ala derecha las naves rodias y las pónticas en la izquierda, entre las cuales dejó un espacio como de cuatrocientos pasos, que le pareció bastante para que se manejasen con desembarazo. Después de esta primera división distribuyó las demás para refuerzo, señalando cuál había de seguir a cada una de las otras y servirla de refuerzo. Sacaron también su escuadra los alejandrinos con resolución y la pusieron en orden: colocaron las veintidós en la frente, las demás de refuerzo en otra segunda división, y además un gran número de embarcaciones menores y lanchas con haces y materias incendiarias, por si con la multitud, la gritería y los fuegos podían amedrentar a los nuestros. Mediaban entre las dos escuadras unos bancos de arena de muy estrecho tránsito, que pertenecen al país de África (pues se dice que la mitad de Alejandría pertenece al África); y unos y otros esperaron largo tiempo quiénes empezarían a pasarlos, porque los que entrasen en ellos parecía que se habían de hallar muy embarazados, así para el manejo de la escuadra como para la retirada, si la desgracia les ponía en esta precisión.

XV. Mandaba las naves rodias Eufranor, sujeto más comparable en valor y grandeza de ánimo con nuestros romanos que con los griegos, el cual por su conocida destreza y grande espíritu fue elegido por los rodios para general de la escuadra. Conociendo éste la detención de César, le dijo: «Paréceme, César, que te recelas de que entrando el primero en estos bancos te has de ver en la precisión del combate antes de poder desembarazar el resto de la armada. Fía de nosotros la empresa; nosotros sostendremos el combate, sin que quede frustrada tu confianza, hasta que los demás puedan seguirnos; pues nos causa notable pena, y aun tenemos por un género de descrédito, el que se vanaglorien éstos más tiempo a nuestros propios ojos. » Animóle César, y dio la señal del combate engrandeciendo su valor con las mayores alabanzas. Adelantóse entonces Eufranor con cuatro galeras rodias, las cuales fueron al punto cercadas y batidas fuertemente por los alejandrinos. Ellas se sostuvieron, y se manejaban con su pericia y arte con gran desembarazo, y pudo tanto su destreza, que en medio de la desigualdad del número, ninguna de las rodias presentó el costado al enemigo, ni rompió sus remos, antes salieron siempre de proa a los ataques contrarios. Entre tanto siguieron a incorporarse las otras. Entonces por necesidad de la estrechez del mar, cesó la destreza y quedó toda la fuerza del combate en la resistencia y valor. No hubo en este trance persona en Alejandría, ni de los moradores, ni de los nuestros, que parase la atención en los reparos, ni en el asalto de ellos, sino que subieron todos a los terrados más altos, buscando lugar para el espectáculo, por cuanto podía extenderse la vista, y pidiendo victoria para los suyos con ruegos y votos a los dioses inmortales.

XVI. Era el combate muy desigual por sus circunstancias, porque vencidos los nuestros, no les quedaba refugio alguno ni por mar ni por tierra, y aun siendo vencedores, quedaba todo el negocio muy incierto; pero ellos, si vencían la batalla naval, lo poseían todo, y si quedaban vencidos, podían todavía tentar otros recursos. Juntamente parecía muy penoso y miserable que un tan corto número de gente decidiese de todo el suceso y de la común suerte de los demás, de los cuales si alguno caía de ánimo y de su fortaleza, debería mirar también por aquellos que no hubiesen tenido facultad de pelear y defenderse por sí. Estos mismos cargos les había hecho César repetidas veces, en los días antecedentes, que peleasen con tanto más denuedo, porque veían que a ellos se fiaba la vida y conservación de todos. Esto mismo había repetido cada uno a su camarada, a su amigo y conocido al tiempo de la despedida, que no hiciese por donde quedase frustrada su opinión y la de todos aquellos por cuyo juicio había sido elegido para el combate. Y así se peleó con tal esfuerzo, que ni a la marina socorría su destreza y arte, ni la multitud de naves aprovechaba a los que hacían ventajas en el número de ellas, ni los escogidos entre tanta muchedumbre eran capaces de igualar el valor de los nuestros. Se apresó en este combate una nave de cinco órdenes de remos, otra de dos con toda su tripulación, y se echaron tres a pique, sin que pereciese ninguna de las nuestras. Las demás tomaron la vuelta de la ciudad, que tenían inmediata, a las cuales protegieron desde los muelles y edificios que dominaban la playa y estorbaban a los nuestros el acercarse.

XVII. Para que esto no sucediese con frecuencia, procuró César hacer los esfuerzos posibles para ganar la isla y el dique que conducía a ella; pues concluida ya la mayor parte de las fortificaciones en la ciudad, esperaba poder asaltar a un mismo tiempo la ciudad y la isla. Tomada esta resolución, embarcó en las naves menores y en los esquifes diez cohortes, con alguna gente escogida de infantería ligera y la que le pareció más a propósito de la caballería francesa y acometió con las naves cubiertas otra parte de la isla, a fin de dividir las fuerzas, proponiendo grandes premios al primero que entrase en la isla. Sostuvieron los enemigos al principio con igualdad el ímpetu de los nuestros, defendiéndose a un mismo tiempo desde los terrados, y guardando también las orillas adonde no podían acercarse fácilmente los nuestros por la aspereza de la orilla, y con las lanchas y cinco galeras disputaban con agilidad y destreza la estrechez del lugar. Pero luego que algunos de los nuestros, reconocido y tentado el vado, llegaron a poner el pie en la ribera, y a éstos se siguieron otros, y empezaron a pelear constantemente con los que se habían hecho fuertes en la orilla, todos los isleños volvieron las espaldas. Rechazados éstos, y abandonada la defensa del puerto, se echaron hacia las riberas y población, y saltaron en tierra para defender sus casas.

XVIII. Mas no pudieron los alejandrinos sostenerse largo tiempo en aquella defensa, aunque, comparadas las cosas pequeñas con las grandes, no era muy diversa la planta de aquellos edificios de los de la ciudad, y podían pasar por muralla algunas torres altas, que casi se tocaban unas con otras, ni venían los nuestros prevenidos de escalas ni manteletes, ni de los demás preparativos para el asalto. Pero el temor, como se vio entonces, quita el ánimo y el conocimiento a los hombres, y les debilita las fuerzas. Porque los que antes confiaban poder contrarrestar en paraje igual y llano, estos mismos, amedrentados con la fuga y pérdida de unos pocos de los suyos, no se atrevieron a mantenerse en unos edificios de treinta pies de alto, sino que se arrojaron al mar por el dique, y huyeron a nado hasta la ciudad todo un espacio de ochocientos pasos. Muchos de ellos quedaron prisioneros, muchos muertos, y se hicieron seiscientos cautivos.

XIX. César, habiendo concedido la presa a los soldados, entregó al saco los edificios, fortaleció un castillo junto al puente más inmediato a Faro, y puso en él la guarnición competente. Éste le habían desamparado los isleños; otro más fuerte y cercano a la ciudad le defendían los alejandrinos; pero le acometió César del mismo modo al día siguiente, porque ganados ambos, creía poder estorbar las salidas de las embarcaciones menores y sus repentinos latrocinios. Ya había desalojado desde las lanchas con flechas y algunas máquinas, y retirado hasta la ciudad su guarnición, y tenía desembarcadas tres cohortes, porque la estrechez del lugar no daba espacio para más gente, y quedaban para sostenerlas las demás tropas en las naves. Hecho esto, dio orden de fortificar el puente contra los enemigos, y asimismo de cegar con piedras un arco que le sostenía, por el cual tenían salida las naves. De las dos obras, hecha ésta, no podía salir ninguna nave; y en cuanto a la del puente, apenas se empezó, salieron de la ciudad todas las tropas de los alejandrinos y se pusieron a hacer frente a los reparos en paraje bastante descubierto, arrimando también al dique las embarcaciones menores, que acostumbraban destacar a incendiar las de transporte. Peleaban los nuestros desde el puente y el dique, y los enemigos desde el raso enfrente del puente y desde las naves contra el dique.

XX. Estando César ocupado en esto, y animando sus tropas, un número considerable de remeros y soldados se arrojó al dique desde nuestras galeras, parte llevados del deseo de ver lo que pasaba, y parte del de probar las manos. Éstos, al principio rechazaban desde el dique con hondas y piedras las naves enemigas, y parecía de mucha utilidad la multitud de sus tiros; pero luego que se atrevieron algunos alejandrinos a saltar de las naves un poco más lejos de aquel paraje y los acometieron por el flanco, empezaron a huir precipitadamente a las naves, sin banderas, sin orden ni gobierno alguno, conforme habían salido. Con cuya fuga excitados los alejandrinos, saltaban de las naves, y perseguían a los nuestros desbaratados. Juntamente los que habían quedado en las galeras se apresuraban por quitar las escalas y apartar las naves de tierra, para que no se apoderasen de ellas los enemigos. Con esto, perturbadas nuestras tres cohortes, que se habían hecho fuertes en el puente y la parte anterior del dique, oyendo a sus espaldas las voces, viendo la fuga de los suyos, y haciendo frente a un diluvio de flechas, temieron ser cercados por la espalda y que, partiendo las naves, se les cerrase la vuelta a ellas; y así abandonaron la empezada fortificación del puente y tomaron a carrera abierta el camino de las naves. Parte de éstos cargaron sobre las más inmediatas, y con la multitud y el peso se sumergieron; parte, más detenidos e irresolutos en el partido que debían tomar, perecieron a manos de los alejandrinos; algunos con más feliz suceso, hallando naves desocupadas sobre el áncora, escaparon libres, y muy pocos, sostenidos en los escudos y sacando fuerzas para semejante lance, llegaron nadando a las embarcaciones inmediatas.

XXI. César, haciendo cuanto podía por animar a los suyos a que se mantuviesen en el puente y en las fortificaciones, se halló en el mismo peligro; pero al ver que todos se retiraban, se volvió a su navío, adonde le siguió tanta multitud, que no daba lugar a manejarle ni separarle de tierra; y así, previendo lo que había de suceder, se arrojó al mar y llegó nadando a las naves que estaban más apartadas, desde donde envió lanchas a los suyos, que zozobraban, y pudo salvar algunos. Pero el navío, sumergido por la mucha gente, se perdió con ella. Perecieron en esta ocasión cerca de cuatrocientos soldados legionarios, y algo mayor número de los remeros y tropa de marina. Los alejandrinos guarnecieron el castillo con muchas y grandes fortificaciones y máquinas, sacaron las piedras del arco y usaron después de él libremente para despachar sus navíos.

XXII. Tan lejos estuvieron nuestros soldados de perder el ánimo con esta desgracia, que antes irritados hacían vigorosas arremetidas por forzar los reparos de los enemigos; y siempre que se ofrecía ocasión en los encuentros diarios con motivo de los ataques y salidas de los alejandrinos...... Texto perdido en el tiempo..... se les veía encendidos en los más ardientes deseos de exponerse a todos los trabajos y de venir a las manos. No era capaz de igualar la exhortación de César tal trabajo de las legiones y deseo de pelear; de suerte que más había que contenerlos de las acciones y ataques más peligrosos, que incitarlos al combate.

XXIII. Viendo los alejandrinos que a los romanos los alentaban los sucesos prósperos y los incitaban los adversos, y no hallando en el arte de la guerra un medio entre estos extremos con que enflaquecerlos, o aconsejados, según se puede inferir por conjeturas, de los amigos del rey que se hallaban en poder de César, o con aprobación del mismo rey, a quien darían parte secretamente de su determinación, enviaron diputados a César, pidiéndole «pusiese en libertad al rey y le permitiese pasar entre sus vasallos, porque cansada la nación del gobierno de una muchacha, que sólo tenía una tutoridad precaria, y dé la cruelísima dominación de Ganímedes, estaba dispuesta a seguir las órdenes de su señor; y que si les aconsejase que debían ponerse y reducirse bajo la protección y amistad de César, no habría temor de peligro alguno que les detuviese para entregarse».

XXIV. Aunque César tenía bien conocida esta gente, que siente siempre una cosa en el corazón y otra manifiesta en las palabras, con todo le pareció conveniente condescender a su petición; pues si por fortuna sentían lo que le suplicaban, pensaba que el rey, puesto en libertad, permanecería en su fidelidad, pero sí, como era natural a su genio, deseaban tener al rey al frente de sus armas, pelearía él contra un rey con más esplendor y gloria que contra una tropa de advenedizos y fugitivos. Y así exhortando al rey «a que mirase por el reino de su padre, y se condoliese, de tan gloriosa patria, desfigurada enteramente con afrentosas ruinas e incendios; que lo primero de todo redujese a sus vasallos a las leyes de la razón y después los conservarse; que guardase fidelidad a él y al Pueblo Romano, pues fiaba tanto de su persona, que le enviaba libre a sus enemigos armados, estando los dos asidos de las manos, puso en libertad al rey joven, ya de edad adulta». Pero su real ánimo doctrinado en artes falacísimas, por no desmentir la índole de su nación, empezó a derramar lágrimas delante de César y a decirle que no le pusiese en libertad, pues el mismo reino no le era más agradable que la presencia de César. Él, conteniendo su llanto, y aun enternecido además, y asegurándole que presto estarían unidos, si eran tales los sentimientos de su corazón, le dejó ir con sus vasallos. Mas él, como sacado de una estrecha prisión a una carrera abierta, empezó a hacer la guerra a César con tanta vehemencia, que no parecía sino que habían sido de gozo las lágrimas que había derramado en su despedida. Alegrábanse de este lance los lugartenientes de César, sus amigos, los capitanes, y aun los soldados, al ver burlada su demasiada bondad por un astuto muchacho, como si César hubiera ejecutado esto llevado sólo de su buen corazón y no por prudentísimo consejo,

XXV, Conociendo los alejandrinos que, aun recobrando su caudillo, no se habían hecho más poderosos, ni los romanos más débiles, burlándose las tropas de la poca edad y flaqueza del rey y recibiendo de esto gran pena por conocer que nada habían adelantado; en medio de estos discursos se extendió la voz de que le venían a César considerables refuerzos por la Siria y Cilicia, de que aun no tenía César el menor aviso. Así determinaron apresar los víveres que venían por el mar. Estaban en acecho de nuestros convoyes apostadas varias naves ligeras en parajes convenientes junto a Canopo; de lo cual informado César, mandó prevenir y poner lista su escuadra, de la que dio el mando a T. Nerón. Partieron con la escuadra las naves rodias y con ellas Eufranor, sin el cual ningún combate marítimo se había dado nunca con felicidad. Pero la fortuna, que por lo regular reserva para mayor desgracia a los que suele honrar con más favores, miraba ya a Eufranor con diferente rostro que en los tiempos pasados. Pues habiendo llegado a Canopo, y empezado a embestirse, puestas en orden las dos armadas, trabó el combate Eufranor el primero, según su costumbre. Ya había barrenado y sumergido una nave enemiga de tres órdenes de remos, y seguía dando caza a otra inmediata adelantándose a las otras, pero siguiéndole éstas con poca diligencia, fue cercado de los alejandrinos. Nadie acudió a su socorro, o por creer que en su valor y felicidad llevaba consigo suficiente defensa, o porque todos tuvieron miedo de sí mismos. Y así el único que cumplió como debía en aquella ocasión, pereció con su nave vencedora de cuatro órdenes de remos.

XXVI. A este tiempo Mitrídates Pergameno, sujeto muy conocido por su ilustre casa, de gran pericia y valor en la guerra, y de muy experimentada fidelidad para con César, a quien éste había despachado al principio de la guerra de Alejandría a traer tropas de refuerzo de Siria y Cilicia, vino por tierra con un grueso considerable que juntó con mucha prontitud, con voluntad muy propensa de todas las ciudades, y con su buena diligencia. Llegó a la ciudad de Pelusio, por la cual se junta la Siria con el Egipto. Tenía Aquilas dentro de ella una buena guarnición, por ser plaza importante (pues se cree muy fortificado todo el Egipto con dos fuertes barreras, la isla de Faro por la parte del mar, y esta ciudad por la de tierra); pero cercada de improviso con unos numerosos ejércitos, del cual destacaba Mitrídates continuos refuerzos a los heridos y cansados, y con la gran perseverancia y constancia del asalto, a pesar de la vigorosa resistencia de los que la defendían, la tomó el mismo día que vino a combatirla, y dejó en ella guarnición. Con este buen suceso prosiguió su marcha la vuelta de Alejandría, sujetando de paso y reduciendo a la obediencia de César toda la tierra por donde caminaba con aquella autoridad que de ordinario asiste al vencedor.

XXVII. Hay en este país un paraje famoso llamado Delta, no lejos de Alejandría, que tomó el nombre de su semejanza con esta letra griega. Porque dividida maravillosamente en dos brazos cierta parte del Nilo, y dejando lentamente entre los dos un buen espacio intermedio, se viene a unir con el mar con un intervalo de mucha distancia. Cuando el rey supo que Mitrídates estaba cerca de este sitio, y que había de pasar el río, despachó contra él un grueso considerable de sus tropas, con que creía poder deshacer o desbaratar a Mitrídates, o a lo menos estorbarle el paso sin duda alguna; y así como deseaba vencerla, se contentaba también con detenerle, para que no se incorporase con César. Las primeras tropas que pasaron el río por Delta, salieron al encuentro de Mitrídates, y trabaron la batalla, apresurándose por quitar a las que les seguían la compañía de la victoria. Sostuvo Mitrídates su primer ímpetu con gran prudencia, fortificado en sus reparos a usanza nuestra; mas viendo que con poca cautela y con insolencia además se acercaban a las fortificaciones, hizo una salida general, con que les mató mucha gente, y si no se encubrieran los demás con el conocimiento que tenían de la tierra, y parte no se refugiara a las naves con que habían pasado el río, quedaran enteramente deshechos. Mas luego que se rehicieron algún tanto de aquel susto, y se incorporó después con ellos el resto del ejército, volvieron otra vez sobre Mitrídates.

XXVIII. Despachó éste un mensajero a César con la noticia de aquel suceso; fue también informado el rey por los suyos; y así a un mismo tiempo partió él con ánimo de desbaratar a Mitrídates, y César a recibirle. Hizo el rey más presto la navegación del Nilo, en el que tenía prevenida una escuadra para el intento. César no quiso ir por el mismo camino, por no tener combate naval en el río, sino dando la vuelta a aquel pedazo de mar que dijimos arriba pertenecía al África. Con todo salió al encuentro de las tropas reales antes que hubiesen podido acometer a Mitrídates, de suerte que sin desgracia alguna vino a incorporarse con el vencedor. Había hecho alto el rey con sus tropas en un paraje fortalecido de su naturaleza por ser elevado y dominar el llano todo alrededor, y defendido por tres lados con varias fortificaciones: por el uno tocaba casi con el río Nilo, por otro tomaba toda la elevación de la cuesta su campo formado, y al tercero tocaba una laguna.

XXIX. Entre los reales del rey y el camino que traía César mediaba un riachuelo estrecho, pero de muy altas orillas, que entraba en el Nilo. Distaba éste de los reales del rey cerca de siete millas. Avisado, pues, de que César venía por este camino, destacó al río toda la caballería y alguna infantería ligera escogida, para estorbarle el paso y trabar desde las orillas una desigual batalla. Porque ninguna ventaja tenía el valor, ni se exponía a riesgo la cobardía; cosa que dio mucho sentimiento a nuestra gente de a pie y de a caballo, por ver que después de tanto tiempo se peleaba con igualdad con los alejandrinos. Y así a un mismo tiempo la caballería alemana, que se destacó a buscar vado, pasó el río por algunas partes donde iba menos profundo, y los legionarios, cortados grandes árboles que llegasen de un lado a otro, echándolos al agua, y encima de pronto gran cantidad de céspedes, también pasaron. Cuyo acontecimiento temieron tanto los enemigos, que pusieron en la fuga toda la esperanza de salvarse; bien que en vano, porque muy pocos escaparon a la presencia del rey, quedando tendida en el alcance casi toda la multitud.

XXX. Habiendo salido esta acción con tanta felicidad y juzgando César que su repentina llegada infundiría mucho terror en los enemigos, se dirigió desde aquí vencedor a los reales del rey. Pero advirtiendo que estaban fortificados con grandes obras y por la naturaleza y viendo una espesa multitud colocada en la trinchera, no le pareció acercarse al asalto con las tropas cansadas de la pelea y de la marcha, y así sentó su real a mediana distancia del enemigo. Al día siguiente acometió y tomó con todas sus fuerzas un castillo que había el rey fortalecido en un lugar inmediato a sus reales y le había unido por medio de una línea con sus fortificaciones para dominar el lugar. No porque pensase que sería difícil tomarle con menos gente, sino con el ánimo de atemorizar así a los enemigos y dar inmediatamente desde esta victoria sobre los reales del rey. Y así con el mismo ímpetu con que los soldados persiguieron a los alejandrinos que escapaban del castillo a los reales, llegaron a las fortificaciones y empezaron a lo lejos un asalto porfiado. Por dos partes había lugar para nuestros ataques: una por el llano que dije arriba tenía la entrada fácil, y por otra un mediano espacio que quedaba entre los reales y el Nilo. El mayor número y mejor de los alejandrinos defendía la parte de más fácil entrada, y hacían mucho efecto sobre los nuestros que peleaban por el lado del Nilo; porque eran cargados por dos partes los que atacaban los reales desde las trincheras y desde el Nilo, donde tenían prevenidas muchas naves con honderos y flecheros.

XXXI. Viendo César que sus tropas no podían pelear con más esfuerzo, y que por la mala situación se adelantaba muy poco, y observando que los enemigos habían abandonado la altura de su campo, que por sí estaba resguardada, y que parte con deseo de pelear, y parte de ver lo que pasaba, se habían bajado al paraje donde se combatía, mandó que algunas cohortes rodeasen los reales y acometiesen aquella altura bajo la dirección de Carsuleno, sujeto muy distinguido por su valor y pericia militar. Luego que llegaron, defendiendo pocos el sitio, peleando los nuestros con doble gritería y pelea, empezaron a discurrir aturdidos por varias partes. Con esta perturbación creció tanto el ánimo de los nuestros, que a un mismo tiempo y por todos lados forzaron las fortificaciones, pero las penetraron primero los que se apoderaron de la altura de los reales, de donde bajando corriendo mataron una gran multitud de los enemigos. Muchos de ellos por escapar de este peligro se arrojaban a montones por las trincheras hacia la parte del río. Oprimidos los primeros con la precipitación en el mismo foso de la línea, dieron fácil efugio a los demás. El rey mismo se sabe que salió huyendo de los reales y que se refugió a una nave, pero con la multitud de los que se venían nadando a las más inmediatas, pereció sumergido.

XXXII. Concluida esta acción con tanta prontitud y felicidad, partió César la vuelta de Alejandría con la gente de a caballo por el camino más cercano con gran satisfacción de la victoria, y entró en ella vencedor por la parte que ocupa la guarnición enemiga. No le engañó su opinión de que en sabiendo los enemigos el suceso de esta batalla, no pensarían más en continuar la guerra. Cogió al entrar el fruto digno de su valor y grandeza de ánimo, porque toda la multitud de los vecinos, arrojando las armas, abandonando las fortificaciones, tomando aquellos vestidos con que acostumbran a humillarse los rendidos ante sus dominadores, y sacando en público todos los vasos y adornos sagrados, con cuya ceremonia religiosa solían aplacar los ánimos ofendidos de sus reyes, se presentaron a la entrada de César y se pusieron en sus manos. César los recibió bajo su palabra, y consolándolos, pasó por en medio de sus fortificaciones a la parte de la ciudad que él ocupaba, con mucho aplauso y parabienes de los suyos, que no tanto se alegraban del suceso y trances de la misma guerra, como de aquella su venida con tanta felicidad.

XXXIII. Apoderado César de Egipto y de Alejandría, puso por reyes en ella los que Tolomeo había dejado en su testamento, suplicando al Pueblo Romano que no se mudasen. Y así muerto el mayor de los dos príncipes, entregó el reino al menor y a Cleopatra, la mayor de las hijas, que había permanecido en su fidelidad y al amparo de sus presidios. A la menor, llamada Arsinoe, en cuyo nombre dijimos que había reinado tiránicamente Ganímedes, la mando sacar del reino, para que no se originase alguna nueva discordia movida por personas sediciosas, antes de que el tiempo asegurase el cetro a los dos reyes. Llevó consigo la sexta legión veterana y dejó allí las demás, para que quedase más seguro el reino a los dos hermanos, que ni podían tener de su parte el amor de sus vasallos, porque habían permanecido en la amistad de César, ni la autoridad de antigüedad por ser reyes de pocos días. Y al mismo tiempo creía que era importante, para la reputación de nuestro imperio y utilidad pública, que estuviesen seguros los reyes con nuestras guarniciones, si se mantuviesen fieles, y si fuesen ingratos, se les pudiese contener con ellas mismas. Concluidas y dispuestas las cosas, partió por tierra a la Siria.

XXXIV. Mientras pasaba esto en Egipto, acudió el rey Deyotaro a suplicar a Domicio Calvino, a quien César había dado el gobierno del Asia y de las provincias comarcanas, no permitiese a Farnaces poseer y destruir la Armenia Menor, reino suyo, ni la Capadocia, reino de Ariobarzanes, pues si no se les libertaba de esta fatalidad, no podrían cumplir lo que se les mandaba ni aprontar el dinero que tenían prometido a César. Domicio, juzgando que no sólo era necesario el dinero para los gastos de la guerra, sino que era vergonzoso para el Pueblo Romano, para César vencedor y para sí propio que un rey extranjero se apoderase de los reinos de sus aliados y amigos, despachó inmediatamente sus mensajeros a Farnaces diciendo que saliese de Armenia y de Capadocia y que no ofendiese al derecho y majestad del Pueblo Romano, por verle ocupado en una guerra civil. Y creyendo que esta notificación tendría más fuerza si él se acercase a aquellas regiones con un ejército, partió adonde estaban las legiones, llevó consigo la treinta y seis de tres que tenía, y envió las otras dos a César, que se las pedía por cartas desde Egipto, de las cuales la una no se halló en la guerra de Alejandría por haber ido por tierra de Siria. Añadió Domicio a la legión treinta y seis otras dos del rey Deyotaro, que muchos años antes tenía él prevenidas y enseñadas en nuestra disciplina militar, y además cien caballos, con otros tantos que tomó de Ariobarzanes. Despachó a P. Sextio, adonde estaba el cuestor C. Pletorio, para que trajese una legión levantada aceleradamente en el Ponto, y a Q. Patisio a Cilicia para conducir tropas auxiliares, todas las cuales se juntaron prontamente en Comana a las órdenes de Cn. Domicio.

XXXV. Llegaron entre tanto diputados de Farnaces con la respuesta de que había salido de Capadocia, pero que conservaba la Armenia Menor, la cual debía poseer como herencia de su padre, y que la pretensión de este reino se reservase íntegra hasta la venida de César, pues él estaba pronto a ejecutar sus órdenes. Conoció Cn. Domicio que el haber evacuado la Capadocia más había sido por precisión que de buena voluntad, para poder defender mejor la Armenia, inmediata a su reino, que la Capadocia más distante; y por pensar que Domicio traería en todas sus tropas tres legiones, y aun de éstas había oído que había enviado dos a César, por esto se mantenía con mayor atrevimiento en este reino. Por lo mismo se empeñó Domicio en que también le había de dejar libre, pues no había razón alguna, ni título diverso entre Capadocia y Armenia, ni pedía con justicia que el asunto se dilatase enteramente hasta la venida de César, porque quedar íntegro era quedar como antes estaba. Dada esta respuesta, partió con las tropas que he dicho la vuelta de Armenia, dirigiendo su marcha por las alturas. Porque desde el Ponto y Comana empieza una cordillera de montes hasta la Armenia Menor que la separa de la Capadocia, en cuyo tránsito había la oportunidad de que no podía ocurrir acontecimiento repentino de los enemigos y de que la Capadocia, que estaba al pie de las montañas, podía suministrar los víveres con abundancia.

XXXVI. Durante la marcha enviaba continuamente mensajeros Farnaces a Domicio para tratar de ajuste y ofrecerle ricos presentes. Domicio los despreciaba todos con constancia y respondía que en nada pondría su atención más que en recobrar la autoridad del Pueblo Romano y los reinos de sus aliados. Así, después de largas y continuas marchas, llegando cerca de Nicópolis, ciudad de la Armenia Menor, puesta en una llanura y resguardada por los dos lados de dos altas montañas separadas buen trecho de la ciudad, sentó su real a cerca de siete millas de distancia de ella. Desde su campo tenía que pasar por un paraje estrecho y embarazoso, donde ocultó Farnaces en una emboscada la mejor gente de a pie y casi toda la caballería, haciendo derramar por la estrechura gran porción de ganados, y que los aldeanos y vecinos anduviesen por allí como de ordinario, para que si Domicio entraba como amigo en el desfiladero, no sospechase la emboscada, viendo a la gente y ganados por los campos como en entrada de amigos, pero si venía como enemigo, se desparramasen sus soldados cebados en la presa y pudiese sorprenderlos entonces.

XXXVII. En medio de estas disposiciones no dejaba de enviar comisionados a Domicio sobre la paz y amistad, creyendo que así le podría engañar más fácilmente. Pero al contrario, esta misma esperanza dio motivo a Domicio para detenerse en los reales. Y así Farnaces, perdida la oportunidad de la primera ocasión, y temiendo no fuesen descubiertas las asechanzas, retiró sus tropas a sus reparos. Al día siguiente se acercó Domicio más a Nicópolis y acampó enfrente de la ciudad. Entre tanto que los nuestros fortificaban su campo, ordenó Farnaces sus tropas a su manera formando una sola línea de frente y guarneciendo las alas con tres órdenes de refuerzos. Los mismos aplicó al centro, y en los espacios entre las dos alas derecha e izquierda cuerpos de una sola línea. Domicio formó parte de sus tropas al frente de sus trincheras y concluyó la fortificación.

XXXVIII. La noche siguiente, habiendo sorprendido Farnaces los correos que traían noticias a Domicio del estado de la guerra de Alejandría, supo que César se hallaba en mucho peligro, que pedía con mucha instancia socorros a Domicio, y que él mismo se acercase a Alejandría por la Siria. Con estas noticias contaba Farnaces por una victoria el alargar el tiempo, pensando que Domicio no podría menos de ponerse en marcha desde luego. Y así empezó a hacer dos trincheras en línea recta de cuatro pies de altura y no muy distantes una de otra desde la ciudad, por la parte que veía era más fácil la entrada para el ataque de los nuestros, hasta donde tenía determinado extender su ejército. Formaba siempre las tropas de la parte de adentro de estos reparos, y colocaba fuera toda la caballería a los lados, la cual no podía serle útil de otra manera, y excedía mucho en número a la nuestra.

XXXIX. Movido más Domicio del peligro de César que del suyo propio y juzgando que no podía retirarse ya con seguridad, si volviese a apetecer las condiciones que antes había rehusado, o se pusiese en marcha sin motivo, sacó sus tropas de los reales al campo. Colocó la legión treinta y seis en el ala derecha, la Póntica en la izquierda, y en el centro las de Deyotaro, a las cuales dejó con cuidado un frente muy estrecho, y reservó las demás cohortes para refuerzos. Formadas así las haces de ambas partes, se adelantaron unos y otros a darse la batalla.

XL. Hecha la señal de acometer, llegaron a embestirse a un mismo tiempo. Peleóse con valor y con vario suceso. Porque habiendo acometido la legión treinta y seis a la caballería del rey fuera de la línea, la encontró con tanta felicidad, que la hizo retirar pasando el foso hasta la misma muralla, y revolvió sobre la infantería por la retaguardia. Pero, por otra parte, habiendo cedido algún tanto la legión Póntica e intentando la segunda línea rodear el foso para acometer al enemigo por el flanco, fue sorprendida y desbaratada en el mismo paso del foso. Las legiones de Deyotaro apenas pudieron resistir el primer choque. Así vencedoras las tropas del rey, convirtieron toda el ala derecha y el centro de sus ejércitos contra la legión treinta y seis, que sin embargo, sostuvo fuertemente el ímpetu de los vencedores, y aun cercada de un número excesivo, se retiró formada en un pelotón a la falda del monte, peleando con grandísimo valor, adonde no quiso Farnaces perseguirla por la calidad del terreno. De esta manera, perdida casi toda la legión Póntica y muerta gran parte de la gente de Deyotaro, ocupó las alturas la legión treinta y seis, sin que se echasen de menos de ella más que doscientos cincuenta soldados. Murieron en esta batalla sujetos muy principales y nobles, y algunos caballeros romanos. Sin embargo, recogió Domicio las reliquias de su ejército desbaratado y se entró en la Siria por los caminos seguros de Capadocia.

XLI. Engreído Farnaces con este buen suceso y esperando de César el éxito que deseaba, se apoderó del Ponto con todas sus fuerzas; y como vencedor y bárbaro rey, preparándose la misma fortuna que su padre con mayor felicidad, tomó muchas ciudades por fuerza, robó los bienes de los naturales y de los romanos, y estableció tormentos más terribles que la misma muerte contra los que tenían alguna recomendación dé su edad o de su hermosura. Así estaba en posesión del Ponto, sin que nadie se lo estorbase, muy vano y orgulloso de haber recobrado el reino de su padre.

XLII. Por este mismo tiempo acaeció una desgracia en el Ilírico, provincia que se habían mantenido los meses anteriores no sólo sin deshonor, sino aun con mucha gloria. Envió César aquí por el verano al cuestor Q. Cornificio en lugar de pretor con dos legiones, y aunque estaba escasa la provincia para mantener ejércitos, y por la inmediación de la guerra y revoluciones había quedado asolada y consumida, con todo eso la recobró y defendió con su actividad y prudencia y con gran cautela de no pasar nunca adelante sin mucha consideración. Así tomó muchos fuertes en puestos ventajosos, cuya oportunidad movía a los que los ocupaban a hacer algunas correrías y continuar la guerra. Estas presas las repartía entre los soldados, que aunque pequeñas, con todo, respecto de la escasez de toda la provincia, les eran agradables, y especialmente debiéndose a su valor. Habiendo entrado en aquel golfo Cn. Octavio con una armada considerable después de la derrota de Farsalia, se apoderó Cornificio de algunas de sus naves, con unas pocas que pudo juntar de los jadertinos, que siempre habían servido a la República con particular fidelidad, de suerte que aun podía aventurarse a un combate naval, unidos los navíos apresados con los de sus amigos. Andaba César vencedor persiguiendo a Pompeyo en una parte del mundo muy distante; oía que muchos de los contrarios recogidas las reliquias de la fuga se habían entrado en el Ilírico por la cercanía de Macedonia; por los que despachó sus cartas a Gabinio, para que se encaminase al Ilírico con las legiones nuevamente alistadas, a fin de que, juntas sus tropas con las de Cornificio, pudiese defender la provincia de cualquiera peligro; y si ésta se podía mantener con poca gente, entrase con sus tropas en Macedonia, pues él creía que toda esta tierra y gente renovaría la guerra mientras viviese Cn. Pompeyo.

XLIII. Luego que Gabinio entró en el Ilírico en tiempo de invierno, y muy calamitoso, o creyendo que estaba más abundante la provincia o atribuyendo demasiado a la felicidad de César, vencedor o fiado en su valor y pericia militar, con que aventurado en las guerras muchas veces había ejecutado grandes y favorables empresas por su conducta y ardimiento, ni le ayudaba con sus facultades la provincia, parte exhausta y parte levantada, ni se podían transportar víveres por el mar, cerrado el tránsito por los temporales; de modo que, obligado de muchas y graves necesidades, hacía la guerra, no como quisiera, sino como era preciso. Necesitado, pues, por la falta de todo a asaltar muchos fuertes y pueblos en tiempos muy crudos, recibía notables golpes; y llegó a ser tenido en tan poco de aquellos bárbaros, que retirándose a Salona, ciudad marítima habitada de fortísimos y muy leales ciudadanos romanos, se vio precisado a pelear con ellos sobre la marcha. Perdió en esta batalla más de dos mil soldados, treinta y ocho centuriones y cuatro tribunos, y entró con el resto en la ciudad, donde oprimido de una suma escasez de todas las cosas, enfermó y murió dentro de pocos meses. La desgracia de este varón en el último tercio de su vida y su repentina muerte, dio grandes esperanzas a Cn. Octavio de apoderarse de la provincia; pero la fortuna, que puede mucho en la guerra, la vigilancia de Cornificio y el valor de Vatinio no le dejaron gozar largo tiempo de sus prosperidades.

XLIV. Informado Vatinio, que estaba en Brindis, de lo acontecido en el Ilírico, e instado por continuas cartas de Cornificio a que saliese a socorrer a la provincia; noticioso también de que Octavio había hecho alianza con los bárbaros y asaltaba en muchas partes nuestros presidios, parte por sí con la escuadra, parte con las tropas de sus aliados por tierra, aunque gravemente enfermo apenas podían hacer compañía al ánimo las fuerzas del cuerpo, con todo venció su valor la incomodidad de la naturaleza, las dificultades de un invierno y de una preparación apresurada. Hallábase con pocas galeras en el puerto, y así despachó mensajeros a Q. Caleño que estaba en Acaya, para que le enviase una escuadra. Pero como tardase más de lo que pedía el peligro de los nuestros, puso espolones a las naves de transporte, de que tenía bastante número, aunque muy inferiores al porte necesario para exponerse a un combate. Añadidas éstas a las galeras y aumentada así la escuadra, embarcó los soldados veteranos, que eran muchos, de todas las legiones, y habían quedado enfermos en Brindis cuando se transportaba el ejército a Grecia, y partió la vuelta del Ilírico, recobrando de paso algunas ciudades marítimas que se habían levantado y entregado a Octavio, y aun dejando otras que insistían en el mismo pensamiento, por no pararse a nada, y con la sola mira de dar alcance a Octavio lo más pronto que fuese posible. Hallóle sitiando a Ragusa por mar y por tierra, donde había guarnición nuestra, y con su llegada le obligó a levantar el sitio y recobró la guarnición.

XLV. Pero informado Octavio de que la mayor parte de la escuadra de Vatinio se componía de navichuelos de carga, muy confiado en la suya, le esperó en la isla de Tauris, por enfrente de la cual navegaba Vatinio en su seguimiento, no porque supiese el arribo de Octavio a esta isla, sino por el ánimo que llevaba de seguirle a dondequiera que se hubiese adelantado. Llegando más cerca de Tauris con sus naves esparramadas por causa del fuerte temporal y sin sospecha alguna de enemigos, advirtió de improviso una nave que venía hacia él bajas las vergas hasta la mitad del mástil, armada en guerra. A vista de esto, mandó al instante calar las velas, bajar las vergas y ponerse en arma las tropas y, enarbolando la bandera en señal de combate, dio a entender que ejecutasen lo mismo las naves que venían detrás. Empezaban a prevenirse sorprendidas las tropas de Vatinio, cuando se veían ya salir del puerto las de Octavio. Pusiéronse unos y otros en ademán de combate: más bien ordenada la escuadra de Octavio, y más animada de valor la de Vatinio.

XLVI. Conocía éste que ni en la grandeza de las naves, ni en el número era igual para el combate, pero quiso esta vez aventurar el lance a la fortuna, y así se adelantó a todos y embistió con su nave de cinco órdenes de remos a la del mismo Octavio, que era de cuatro órdenes. Remando Octavio con gran presteza y furia para hacerla frente, se encontraron las dos de proa con tanta furia, que la de Octavio perdió el espolón y quedó desarmada la proa en solo el fundamento. Trabóse un combate muy porfiado entre las demás y en especial adonde batallaban los dos capitanes. Cada uno deseaba socorrer al suyo, y se batían desde cerca en muy estrecho espacio. Cuanto más proporción había para el abordaje, tanto más superiores eran los vatinianos, que con increíble valor no reparaban en saltar desde sus naves a las de los contrarios, igualando así el combate y logrando feliz suceso por la ventaja de su esfuerzo. La cuadrirreme de Octavio se fue a pique, y se apresaron además otras muchas, o desbaratadas las proas, fueron sumergidas; y los soldados de Octavio parte fueron pasados por la espada en las naves, parte precipitados al mar. Octavio se escapó en una lancha, a la cual pretendieron acogerse tantos, que se sumergió; él, sin embargo de estar herido, se refugió en un bergantín a nado. Recibido en él, la noche separó el combate; así durante la fuerza del temporal, huyó a fuerza de vela; siguiéronle algunas naves, a las cuales libertó de la refriega la casualidad.

XLVII. Logrado el lance con tanta felicidad, hizo Vatinio señal de retirada, y sin perder un hombre, entró vencedor en el mismo puerto de donde había salido la escuadra, de Octavio para combatirle. Se apresaron una nave de cinco órdenes de remos, dos de tres órdenes, ocho galeras de dos y muchísimos remeros, y se detuvo allí otro día mientras se reparaban sus naves y las apresadas. Al tercer día salió para la isla de Lisa, adonde creía que se habría retirado Octavio. Había en esta isla una ciudad famosa y muy afecta a Octavio; pero luego que se presentó Vatinio, se le rindieron humildes los vecinos y le informaron que había partido Octavio con buen viento para la Grecia con algunas naves de poco porte, con ánimo de tomar desde allí el camino de Sicilia y pasarse al África. Así que concluida esta campaña en brevísimo tiempo con suma felicidad, puesta en cobro y restituida la provincia a Cornificio, y echada la escuadra enemiga de todo aquel golfo, se volvió Vatinio victorioso a Brindis, sin el menor menoscabo del ejército y de la escuadra.

XLVIII. Por aquel tiempo en que César tenía bloqueado a Pompeyo en Durazo, y salía bien con sus empresas en Farsalia, y peleaba en Alejandría con gran peligro de su persona, el cual aumentaba la fama más de lo que era en realidad, Casio Longino, que quedó de propretor en España para gobernar la provincia Ulterior, o por malignidad de su naturaleza o por odio que había concebido en la cuestura contra aquella provincia, donde fue herido a traición, se había hecho sumamente aborrecible; cosa que podía conocer muy bien o por el testimonio de su conciencia, creyendo que toda la provincia pensaría acerca de él como él pensaba de ella, o por otras muchas señales y pruebas de los que con dificultad disimulaban su aborrecimiento. El procuraba recompensar el odio de la provincia con el amor de las tropas; y así la primera vez que juntó en un lugar todo el ejército, prometió cien sestercios a cada soldado. Poco después, habiendo tomado en Portugal la ciudad de Armena y el monte Armiño, adonde se habían refugiado sus moradores y donde fue aclamado capitán general, les volvió a repartir a razón de otros cien sestercios. Además de estas gratificaciones daba muchos y grandes premios en particular, los cuales le producían un aparente amor del ejército, pero disminuían poco a poco y ocultamente la severidad de la disciplina militar.

XLIX. Repartidas las legiones en cuarteles de invierno, partió Casio la vuelta de Córdoba para administrar justicia. Habiendo contraído aquí muchas deudas, proponíase pagarlas a costa de muy grandes imposiciones sobre la provincia, y corno lo pide la costumbre de los pródigos, por una causa aparente de liberalidad, buscaba cada día nuevas contribuciones. Pedíase dinero a los ricos, a quienes no sólo consentía Longino que se lo diesen de contado, sino que les obligaba a ello. Le fingían leves pretextos de enemistades contra el cuerpo de los poderosos, sin perdonar ningún género de ganancia, o crecida y rica y evidente, o ínfima y vergonzosa, de que se abstuviese la casa y tribunal del pretor. No había persona que tuviese algo que perder, que inmediatamente no fuese citada ante él, o contada entre los reos. De suerte que al menoscabo y pérdida de las haciendas, se añadía una grande solicitud de otros peligros.

L. Por estas causas sucedió que ejecutando Longino de pretor las mismas habilidades que acostumbraba en la cuestura, volvieron a renovar los provinciales sus antiguos designios acerca de su muerte. Confirmaban este odio también algunos de sus confidentes, que andando en la misma compañía de robos, no aborrecían menos a aquel en cuyo nombre pecaban, atribuyendo a su propia maña lo que ellos robaban e imputando a Casio lo que se les perdía, cuando se les hallaba casi con el hurto en las manos. Alistó Casio una quinta legión; aumentóse su odio por la recluta y gastos de la nueva tropa. Completó un cuerpo de tres mil caballos; con que les cargó de gastos crecidos, y no se daba instante de reposo a toda la provincia.

LI. En este intermedio recibió cartas de César para que pasase con sus tropas al África y se acercase por la Mauritania a los confines de Numidia, porque había enviado el rey Juba grandes socorros a Cn. Pompeyo y aun se creía que los enviaría mayores. Llenóse con este aviso de un insolente gozo, por ver que se le ofrecía ocasión de nuevos gobiernos y en un reino fértilísimo. Y así partió a Portugal para conducir las legiones y tropas auxiliares, y encargó a ciertos sujetos que hiciesen provisión de trigo, aprestasen cien naves y se señalase y mandase contribuir cierta cantidad de dinero, para no detenerse en nada cuando volviese. Fue su vuelta más pronta de lo que todos esperaban, porque no temía la fatiga ni le faltaba diligencia, especialmente cuando le estimulaban sus propios intereses.

LII. Juntó todas sus tropas en un lugar y asentado su real cerca de Córdoba, expuso en una plática lo que debía ejecutar de orden de César; prometió cien sestercios a cada soldado en llegando a Mauritania y dijo que se quedaría en España la quinta legión. Después de esta plática se entró en Córdoba. En aquel mismo día, yendo a palacio a la hora de mediodía, le entregó un memorial un tal Minucio Silo, dependiente de L. Racilio, en ademán de pedirle algo como soldado. Metióse después por detrás de Racilio, que guardaba el lado de Casio, como si pidiese respuesta, y haciéndole éste lugar con presteza, le asió con la mano izquierda y con la otra le dio dos puñaladas. Levantado el grito, acudieron con prontitud todos los conjurados. Munacio Planeo pasó con la espada a un ministro que encontró más inmediato, e hirió también al lugarteniente Q. Casio. T. Vasio y Lucio Mergilio acudieron con igual confianza a ayudar a Planeo su paisano, pues todos eran de la ciudad de Itálica. Vino también sobre Longino L. Licinio Esquilo, y hallándole tendido, le dio algunas heridas leves.

LIII. Otros concurrieron a defender a Casio, pues tenía siempre cerca de su persona algunos veteranos valientes armados de dardos, los cuales estorbaron a los que venían a concluir la obra, entre quienes figuraban Calpurnio Salvia no y Manilio Tusculo. Minucio, que iba huyendo, se rindió a las pedradas que le tiraban, y llevado Casio a su casa, fue conducido a su presencia. Racilio se metió en la casa inmediata de un amigo suyo, hasta saber de positivo si Casio quedaba muerto. No dudándolo L. Laterense, fue corriendo a los reales muy alegre a dar el parabién a los soldados provinciales y dé la segunda legión, los cuales sabía que aborrecían a Casio sobre manera. Al punto le levantaron al tribunal y le aclamaron pretor; pues ninguno de la provincia, ya fuese soldado, o que por larga mansión en ella se hubiese hecho del bando de los naturales, en cuyo número entraba la legión segunda, dejaba de consentir en el odio de Casio con toda la provincia. Las legiones que César había señalado a Longino eran la treinta y la veintiuna, levantadas pocos meses antes en Italia; la quinta se acababa de alistar allí.

LIV. Entre tanto se dio aviso a Laterense de que Casio vivía, con cuya noticia, más conmovido de sentimiento que perturbado de ánimo, se recobró presto y pasó a visitarle. Extendida esta voz, entró sus banderas en Córdoba la legión treinta para dar auxilio a su general; lo mismo hizo la legión veintiuna, a las cuales siguió la quinta. Quedaban dos legiones todavía en los reales, pero temiendo los de la segunda quedarse solos y que así llegase a descubrirse su primera intención, hicieron lo que los otros. Sólo la legión provincial permaneció en su resolución, sin que ningún temor fuese parte para hacerla perder un punto de su constancia.

LV. Mandó Casio prender a los cómplices de la conjuración y envió a los reales a la legión quinta, dejando treinta cohortes en la ciudad. Por delación de Minucio supo que L. Racilio, L. Laterense y Annio Escápula, sujeto de mucha autoridad y favor en la provincia, y tan amigo suyo como Laterense y Racilio, habían sido cómplices en la conspiración. No dio muchas treguas al sentimiento, sino que al instante los mandó dar muerte. Entregó a Minucio a sus libertos para que le atormentasen, y lo mismo a Calpurnio Salviano, el cual ofreció denunciar a otros y aumentar el número de los cómplices con verdad, según unos, y según otros obligado. La misma fortuna corrió L. Mergilio. Esquilo nombró muchos, a quienes Casio mandó ajusticiar, menos a los que se rescataron con dinero, pues claramente redimió su vida Calpurnio por diez mil sestercios, y por cincuenta mil Q. Sextio, los cuales, aunque justamente fueron multados, siendo de los principales cómplices, con todo el riesgo de la vida y el dolor de las heridas conmutado en dinero, dio a entender que andaban a competencia en el gobernador la crueldad y la avaricia.

LVI. Algunos días después recibió por carta de César la noticia de la derrota y fuga de Pompeyo y de su ejército, con que recibió también un placer mezclado de sentimiento. La noticia de la victoria le causaba alegría, pero la conclusión de la guerra cortaba la libertad de los tiempos. Así se hallaba irresoluto, sin saber cuál sería mejor, si el no temer nada o dar amplia licencia al libertinaje. Sano ya de las heridas, mandó llamar a todos aquellos que se habían obligado a darle dinero y les intimó que se lo aprontasen, y a los que le pareció que había impuesto poca carga, impuso de nuevo mayores cantidades. A los que tenía alistados por la leva, tanto romanos como de las audiencias y colonias, que mostraban alguna repugnancia a la milicia ultramarina, les convidó a redimir sus juramentos por dinero. De este arbitrio sacó una ganancia inmensa, con que cada día crecía más su aborrecimiento. Dispuestas así las cosas, pasó revista a todo el ejército. Envió al Estrecho las legiones y tropas auxiliares con que había de pasar al África; y él, por ver la armada que se prevenía, se acercó a Sevilla, donde se detuvo por haber expedido un decreto por toda la provincia en que mandaba que se le presentasen todos aquellos a quienes hubiese impuesto contribución pecuniaria y no la hubiesen satisfecho; cuyo llamamiento conmovió a todos extrañamente.

LVII. Entre tanto L. Ticio, tribuno de los soldados de la legión provincial, le avisó que corría la voz de que la legión treinta, que conducía el lugarteniente Q. Casio, estando acampada junto a la ciudad de llora se había amotinado, y que dando muerte a algunos centuriones que se oponían a la jornada, se había encaminado a incorporarse con la segunda, que se dirigía también al Estrecho por diverso camino. Con esta noticia partió de noche con cinco cohortes de la legión diecinueve y llegó por la mañana adonde estaba esta legión. Detúvose aquel día para examinar lo que pasaba, y luego pasó a Carmena. Habiéndose juntado aquí la legión treinta, la veintiuna y además cuatro cohortes de la legión quinta con toda la caballería, supo que los provinciales habían arrebatado cuatro cohortes en Obucula, se habían incorporado con ellas con la legión segunda y elegido por su capitán a Q. Torio, natural de Itálica. Juntó de repente el consejo y despachó a Marcelo a Córdoba, para que la conservase a su devoción, y al lugarteniente. Q. Crasio a Sevilla. A pocos días se le avisó que se le había rebelado la audiencia de Córdoba y que Marcelo, o de su propia voluntad o precisado (pues sobre esto variaban las noticias) estaba de acuerdo con los cordobeses, y lo mismo dos cohortes de la legión quinta, que había de guarnición en la ciudad. Encendido en cólera con estas novedades, levantó el campo y al día siguiente llegó a Segovia, que está puesta sobre el río Genil. Aquí hizo una oración a los soldados para explorar sus ánimos, los cuales conoció estar muy fieles, no por respeto suyo, sino por el de César ausente, y que ningún peligro rehusarían por restituirle la provincia.

LVIII. Torio acercó a Córdoba las legiones veteranas, y para dar a entender que el principio del levantamiento no nacía de su genio sedicioso, o de los soldados, y oponer al mismo tiempo una autoridad igual en representación a la de Q. Casio, que tenía mayores fuerzas en nombre de César, decía públicamente que quería restituir la provincia a Cn. Pompeyo. Quizá lo hizo por odio de César y amor a Pompeyo, cuyo nombre solo era de mucha autoridad entre aquellas legiones que M. Varrón había tenido a su cargo, pero con qué designio lo ejecutó así no se puede saber por conjeturas. Lo cierto es que Torio esto publicaba y los soldados lo confesaban de tal manera, que llevaban el nombre de Pompeyo puesto en los escudos. Salió al paso a las legiones una gran multitud, no sólo de hombres, sino de matronas y niños, suplicándoles que no maltratasen la ciudad entrando como enemigos, pues también ellos sentían con todos mal de Casio, y rogándolos no les pusiesen en precisión de obrar contra César.

LIX. Movido el ejército con los ruegos y lágrimas de tanta gente, viendo que para perseguir a Casio no era menester valerse de la memoria y nombre de Pompeyo, que tan aborrecido era Longino de los pompeyanos como de los cesarianos y que no podrían reducir a la Audiencia ni a Marcelo contra la facción de César, quitaron de los escudos el nombre de Pompeyo, tomaron por su capitán a Marcelo, que ofrecía defender la parte de César, y le aclamaron por pretor; se hicieron del bando de la Audiencia y sentaron sus reales junto a la ciudad. En aquellos dos días puso Casio los suyos a cuatro millas de distancia de la misma plaza, en una eminencia a su vista de la parte de acá del río Guadalquivir. Despachó mensajeros al rey Bogud a la Mauritania y a M. Lepido, procónsul de la España Citerior, para que viniese cuanto antes a su socorro y de la provincia por respeto de César. Y él, a manera de enemigo, entró por las tierras de los cordobeses, talando y abrasando los campos y edificios.

LX. A vista de esta fealdad e ignominia, vinieron a la presencia de Marcelo las legiones que le habían elegido por su capitán, pidiéndole que las sacase a campaña y las pusiese en proporción de pelear antes que con tanta afrenta fuesen consumidas con latrocinios, robos o incendios a sus propios ojos sus excelentes y muy amenas posesiones. Marcelo, que tenía por la mayor desventura el venir a las manos, porque la pérdida del vencedor y el vencido había de redundar contra el mismo César, y viendo que tampoco estaba en su mano impedirlo, pasó el Guadalquivir con las legiones y las formó en orden de batalla. Mas viendo que Casio tenía formadas las suyas al frente de su campo en lugar ventajoso, pudo persuadir a los soldados a que se retirasen a los reales, con el pretexto de que no se aventuraba. Arremetió al campo raso, y así empezó a recoger sus tropas. Arremetió Casio a los legionarios con la gente tú que conocía ser superior y Marcelo inferior, que era la caballería, y mató mucha gente de la retaguardia en la orilla del río. Conocido con esta pérdida el defecto y la dificultad de pasar el río a vista del enemigo, mudó Marcelo su real de otra parte del Guadalquivir, y ambos sacaron diferentes veces las legiones al campo de batalla, pero no se llegó al trance de pelear por las dificultades del terreno.

LXI. Era muy superior Marcelo en la infantería, porque se hallaba con legiones veteranas y experimentadas en muchas batallas. Casio confiaba más en la fidelidad que en el valor de sus tropas. Estando los dos ejércitos uno enfrente de otro en ademán de pelear y habiendo tomado Marcelo un sitio a propósito para levantar un fuerte desde donde podía cortar el agua a los contrarios, temió Longino no fuese encerrado con una especie de cerco en tierras donde no estaba muy bienquisto, y saliéndose del campo en el silencio de la noche, partió a toda prisa a Montemayor, la cual ciudad esperaba que le sería fiel. Aquí sentó sus reales tan inmediatos a la muralla, que por la situación de la plaza, puesta en una montaña, que por las fortificaciones de ella estaba seguro del asalto. Siguióle Marcelo y acampó enfrente de su real lo más cerca que pudo de la ciudad; y reconocido el terreno, se vio puesto por necesidad en el mismo caso que deseaba, esto es, de no pelear (aunque si se ofrecía la ocasión no podría contener el ardor de las tropas), y de estorbar a Casio el extenderse para que no sufriesen otros muchos pueblos la misma calamidad que habían padecido los cordobeses. Y así levantados algunos fuertes en lugares oportunos, y continuadas sus obras en circuito, cerró a Montemayor y a Casio con sus fortificaciones. Antes que se concluyesen, sacó Longino a campaña toda su caballería, creyendo que le sería muy útil el estorbar a Marcelo el pastar y forrajear libremente, y de mucho perjuicio si él cerrado y la caballería inútil, se consumiese el trigo que tanto necesitaba.

LXII. A pocos días el rey Bogud, recibidas las cartas de Casio, vino con sus tropas e incorporó con las de Casio una legión y otras muchas cohortes auxiliares de españoles. Porque, como suele acontecer en las guerras civiles, algunas ciudades de España estaban por Casio, bien que muchas más seguían la parte de Marcelo. Acercóse Bogud con sus tropas a las fortificaciones exteriores de éste y se trabó una recia batalla, cosa que sucedía frecuentemente, inclinándose la fortuna a unos y otros con vario suceso. Pero nunca fue desalojado Marcelo de sus reparos.

LXIII. Entre tanto llegó Lepido a Montemayor de la Provincia Citerior con treinta y cinco cohortes legionarias y un buen número de caballos y tropas auxiliares, con ánimo de ajustar las diferencias entre Casio y Marcelo, sin fin alguno particular. Fióse de él Marcelo y se puso en sus manos luego que llegó; mas por el contrario Casio se estuvo quieto dentro de sus reparos, o pareciéndole que se le debía más consideración que a Marcelo, o por temer que estuviese preocupado el ánimo de Lepido con el obsequio de su contrario. Puso Lepido su real sobre la plaza, sin separarse en nada de Marcelo; dio orden de que no se pelease, convidó a Casio a que saliese, interponiendo su palabra y autoridad para su seguridad en todo acontecimiento. Manteniéndose Casio largo tiempo dudoso sobre lo que debía hacer y lo que podría fiar de Lepido, y no hallando otro recurso, pidió que se demoliesen las fortificaciones y se le franquease libre salida. Estando ya no sólo hechas treguas, sino para derribarse las obras, y habiéndose ya sacado las guarniciones de los reparos, acometieron las tropas auxiliares del rey a aquel fuerte de Marcelo más inmediato a su campo, sin pensarlo nadie (si es que se puede contar en este número a Casio, de cuya fe se dudaba) y murieron allí algunos soldados; y si no se separara el combate prontamente con indignación, y por socorro de Lepido, se hubiera recibido mayor daño.

LXIV. Hecho camino a Casio, incorporó Marcelo su campo con el de Lepido, y a un mismo tiempo marcharon con su gente a Córdoba, y Casio a Carmona. Llegó a la sazón el procónsul Trebonio a encargarse de la provincia, y luego que Casio tuvo noticia de su venida, repartió las legiones y caballería con que se hallaba en cuarteles de invierno y recogiendo arrebatadamente todas sus riquezas, partió a Málaga, donde embarcó con tiempo contrario, según decía por no ponerse en manos de Trebonio, Lepido y Marcelo. Según sus amigos, hízolo por no pasar con menos reputación por aquella provincia, que se había separado en gran parte de su obediencia, y en opinión de otros para que no viniese a parar en manos de nadie su riqueza atesorada de infinitos latrocinios. Hecho a la vela con buen viento para en tiempo de invierno, habiéndose parado, temeroso de la noche, a la embocadura del Ebro, se levantó poco después una recia tempestad, a pesar de la cual partió creyendo poder continuar su viaje; pero halló a la salida del río tan terribles olas, que no pudiendo volver por la rapidez de la corriente, ni resistir las olas que le embestían de frente, pereció con su nave en la misma embocadura del río.

LXV. Pasó César desde Egipto a Siria, y supo por los que venían de Roma y por cartas de la ciudad, que se hacían muchas cosas malas e inútiles en el gobierno, y ninguna parte de la República se dirigía como era debido; que se originaban alborotos muy perjudiciales por empeños de los tribunos del pueblo y que por condescendencia de los soldados que mandaban las legiones se cometían mil excesos contra el orden y costumbre de la milicia, que se encaminaban a relajar la severidad y disciplina. Y viendo que estos desórdenes pedían con instancias su presencia, con todo, le pareció preferible dejar establecidas y arregladas las provincias adonde asistía; de forma que quedasen libres de disensiones domésticas, recibiesen el señorío y leyes, y depusiesen el miedo de los enemigos de afuera. Esto esperaba lograr con prontitud en Siria, Cilicia y Asia, porque éstas se hallaban enteramente libres de guerra. En la Bitinia y en el Ponto veía que le aguardaba más que hacer y entender, porque oía que Farnaces aun no había salido del Ponto, ni trataría de hacerlo, estando muy engreído con la batalla favorable contra Domicio Calvino. Paraba ordinariamente en las ciudades de más nombre, repartía premios en público y en particular a los beneméritos, conocía y ajustaba las diferencias antiguas. Recibió en su amistad a los reyes, tiranos y dinastas de la provincia, y a los demás comarcanos, que concurrieron todos a presentársele, les encargó que velasen en mantener y defender la provincia y los despachó muy satisfechos y bien dispuestos consigo y con el Pueblo Romano.

LXVI. Empleados pocos días en esta provincia, dio el mando de las legiones y el gobierno de la Siria a su amigo y pariente Sexto César, y con la misma armada que vino, volvió a partir para Cilicia. Mandó que se juntasen en Tarso todas las diputaciones de esta provincia, por ser la ciudad más famosa y tuerte de toda ella. Arregladas aquí las cosas de la provincia y ciudades comarcanas, no se detuvo más de lo preciso con el deseo de partir a la guerra. Alargando mucho las marchas por Capadocia, y habiéndose detenido dos días en Mazaca, llegó a Comana, donde había un antiquísimo y muy famoso templo de Belona, que se veneraba con tal religiosidad, que el sacerdote es tenido por respeto de la diosa por la segunda persona después del rey en mando y poderío, con general consentimiento. Adjudicó este sacerdocio a Nicomedes, sujeto muy distinguido de Bitinia, descendiente de sangre real en Capadocia, que le pretendía con derecho nada dudoso, aunque interrumpido largo tiempo por adversa fortuna de sus mayores y decadencia de su linaje. A Ariarates, hermano de Ariobarzanes, siendo uno y otro beneméritos de la República, le entregó a Ariobarzanes que le tuviese bajo su mando y dirección, para que no le estimulase la herencia del reino, o como heredero le causase algún temor. Hecho esto, siguió su empezada marcha con la misma celeridad.

LXVII. Al llegar cerca del Ponto y los confines de Galacia, Deyotaro, tetrarca entonces de casi toda Galacia (lo cual murmuraban los demás tetrarcas no serle debido ni por las leyes ni por las costumbres), pero que sin duda había sido proclamado rey de la Armenia Menor por el Senado, vino a presentársele sin señal alguna de su dignidad, no sólo en hábito de simple particular sino aun de reo, y a suplicarle que le perdonase el que, hallándose él en un país que no tenía guarnición de César, había seguido con ejército y mando los reales de Pompeyo; pues no debía él ser juez de las controversias del Pueblo Romano, sino obedecer a las órdenes que se le habían comunicado.

LXVIII. César, haciéndole a la memoria muchos beneficios con que siendo cónsul le había favorecido con públicos decretos, y redarguyéndole que aquel descargo no le podía servir de excusa de imprudencia, porque un hombre como él, de tanta habilidad y conocimiento, hubiera podido saber quién era el dueño de la ciudad y de Italia, dónde estaba el Senado y Pueblo Romano, dónde la República, y quién era cónsul después de L. Lentulo y C, Marcelo, le dijo que, sin embargo, le perdonaba este hecho por sus servicios anteriores, por el antiguo hospedaje, por la amistad, por la estimación de su persona, por su edad y por las súplicas de muchos huéspedes y amigos que habían venido a pedirle por él. Le insinuó que después examinaría las diferencias de los tetrarcas; le restituyó las insignias reales, y le mandó traer la legión que tenía armada y disciplinada a usanza nuestra, y toda la caballería para hacer la guerra.

LXIX. Llegado César al Ponto, reunió en un lugar sus tropas, que así por el número como por su experiencia en la guerra eran muy inferiores, pues a excepción de la legión sexta (la única veterana que había traído consigo de Alejandría, ejercitada en muchos trabajos y peligros, y muy incompleta, parte por las incomodidades de marchas y navegaciones, parte con la continuación de las guerras, en tanto grado, que aun no llegaban a mil hombres), las otras tres eran una de Deyotaro, y las dos que dijimos se habían hallado con Domicio en la primera batalla contra Farnaces. Vinieron a César embajadores de Farnaces suplicándole ante todas cosas, «que no entrase como enemigo en su tierra, pues estaba pronto a ejecutar todo cuanto le mandase; y con particularidad le acordaron que no habían querido dar socorros a Pompeyo contra él, como había hecho Deyotaro, a quien, sin embargo, había admitido su satisfacción».

LXX. César respondió, «que le vería Farnaces muy humano, si ponía por obra desde luego lo que ofrecía, y amonestó con suaves palabras, como solía, a los embajadores, que no le pusiesen por delante a Deyotaro ni fiasen mucho del beneficio de no haber dado auxilio a Pompeyo; porque nada hacía él de más buena voluntad que perdonar a los rendidos, pero que tampoco podía sufrir las injusticias hechas a las provincias, aun a los que le habían servido particularmente. Que este mismo servicio que alegaban había sido más útil a Farnaces, que se había excusado de ser vencido, que a él, a quien los dioses inmortales habían concedido la victoria. Y así, desde luego no haría cargo a Farnaces de los muchos y graves perjuicios ocasionados a los ciudadanos romanos que comerciaban en el Ponto, puesto que no podría darles entera satisfacción; pues era imposible restituir la vida a quienes se la había quitado, ni la virilidad a los que por su crueldad la habían perdido; el cual suplicio, más terrible que la misma muerte, habían padecido algunos ciudadanos romanos. Pero que saliese al instante del Ponto; que pusiese en libertad las familias de los arrendadores de las rentas, y por fin, restituyese a los ciudadanos romanos y a sus aliados los efectos suyos que obrasen en su poder. Que si así lo hacía podría enviarle entonces los presentes y regalos que los capitanes generales acostumbraban recibir de sus amigos, habiendo salido con felicidad de sus expediciones (porque le había enviado Farnaces una corona de oro)». Con esta respuesta despachó a los embajadores.

LXXI. Farnaces lo prometió todo con gran franqueza, esperando que César, que estaba muy de priesa, creería fácilmente y de más buena voluntad a sus promesas de lo que pedía la materia, por partirse más presto y con mejor título a donde le llamaba la necesidad, pues nadie ignoraba los graves motivos que tenía para volver a Roma. Así empezó a dar largas, a pedir más tiempo para retirarse, a proponer condiciones; en suma, a eludir lo prometido. Conocido por César el doblez de este hombre, lo que en otras ocasiones había hecho por costumbre de su carácter, hizo ahora precisado de la necesidad, esto es, venir a las manos más presto de lo que nadie pensara.

LXXII. Hay en el Ponto una ciudad llamada Zela, bastante fuerte por su situación para estar en un llano, porque sostiene el muro por todas partes un cerro natural, como si fuera hecho a mano, con su altura medianamente elevada. Alrededor de la ciudad hay otros muchos y grandes cerros, cortados con algunos valles, de los cuales el más elevado, que se comunica con la ciudad por caminos hechos en las alturas, es el más famoso, por la victoria de Mitrídates, la desgracia de Triario y la pérdida de nuestro ejército, y dista de la ciudad poco más de tres millas. Aquí se hizo fuerte Farnaces con todas sus tropas, habiendo reparado las antiguas obras de los victoriosos reales de su padre.

LXXIII. César sentó su campo a cinco millas de distancia del enemigo, y viendo que aquellos valles que fortalecían el campo contrario fortificarían también el suyo a la misma distancia, si los enemigos no se apoderasen antes de los puestos más inmediatos a su real, dio orden de conducir gran porción de madera y faginas a las fortificaciones. Conducidas con prontitud, partió al amanecer del día siguiente con todas las legiones armadas a la ligera, dejando todo el equipaje en los reales, y sin que lo pensasen los enemigos, ocupó aquel mismo puesto en que Mitrídates derrotó a Triario. Mandó que los esclavos condujesen aquí las faginas de los reales, para que ningún soldado se apartase de la obra, de la cual y del nuevo campo sólo se separaba el del enemigo por un valle cortado, que tendría el espacio de una milla.

LXXIV. Advertido esto por Farnaces, formó de improviso al amanecer todas sus tropas delante de los reales, las que, como mediaban unos pasos difíciles y escabrosos, creía César que las ordenaba siguiendo la costumbre militar, o para estorbar sus obras ocupándose mucha gente en las armas, o por ostentación de la real confianza, para que no se entendiese que Farnaces defendía su puesto más con fortificaciones que con las manos; y así, formando la primera línea delante de la trinchera, no dejó de continuar la obra con el resto del ejército. Pero Farnaces, o incitado de la oportunidad del sitio, o movido de sus auspicios y señales religiosas, de que oímos después se había creído, o averiguado el corto número de los nuestros que estaba sobre las armas, creyendo por la costumbre ordinaria de las obras que aquella multitud de siervos que arreaban los materiales eran soldados, o por la confianza en su ejército veterano, el cual se vanagloriaban sus tenientes que había peleado con la legión veintidós y salido victorioso, y al mismo tiempo por desprecio de nuestro ejército, que sabía había sido desbaratado por él con su capitán Domicio, tomada la resolución de pelear, empezó a bajar por el quebrado valle. César al principio se reía de su vana ostentación y de la apretura de las tropas en un paraje en que ningún capitán prudente se hubiera empeñado, cuando entre tanto Farnaces, al mismo paso con que había bajado al valle, empezó a subir por el collado arriba, formando su ejército en batalla.

LXXV. Conmovido César, o de su temeridad, o de su confianza, al verse sorprendido sin pensarlo, a un mismo tiempo llama a los soldados de las obras, mándales tomar las armas, opone sus legiones y las ordena para la refriega, repentina disposición que no dejó de causar alguna confusión en los nuestros. Aun no estaban ordenadas del todo las filas, cuando los carros falcados del Rey, tirados de cuatro caballos, comenzaron a desbaratar nuestras tropas, si bien fueron rechazados por una gran multitud de dardos. Siguióles a éstos el ejército enemigo, y levantado el grito, se trabó la batalla, favoreciéndonos mucho el sitio y en especial la benignidad de los dioses inmortales, que si bien intervienen en todos los trances de la guerra, con particularidad en aquellos en que nada se ha podido disponer con orden y prudencia.

LXXVI. Trabada, pues, de cerca una recia batalla, empezó la victoria por el ala derecha, donde estaba la legión sexta, que rechazó a los enemigos por la cuesta abajo. Algo más tarde, pero al fin con el favor especial de los dioses, fueron enteramente desbaratadas las tropas del Rey por el ala izquierda y por el centro; las cuales desalojadas, eran oprimidas en el terreno llano con igual celeridad a la que habían mostrado en exponerse a un paraje tan desproporcionado. Y así muertos muchos soldados, oprimidos unos con la caída de otros, los que podían escapar por su ligereza, arrojando las armas, aunque pasaron el valle, nada adelantaban, aun desde puesto ventajoso, por hallarse desarmados. Los nuestros, animosos con la victoria, no dudaron subir detrás de ellos al puesto desigual y atacar las fortificaciones. Sólo defendían los reales unas cohortes que Farnaces había dejado de guarnición, y así con gran presteza los tomaron. Muerta o prisionera la mayor parte de los suyos, Farnaces, a quien si la toma de los reales no hubiera dado tiempo oportuno para escaparse, hubiera sido traído vivo a la presencia de César, se puso en salvo con unos cuantos caballos.

LXXVII. Con esta victoria tantas veces vencedor, recibió César una increíble alegría, por ver concluida en tan breve tiempo una guerra muy importante; y tanto más gozoso estaba, acordándose del repentino riesgo, porque había resultado una victoria fácil de un lance muy apurado. Recobrado el Ponto repartida a los soldados toda la presa del ejército real, partió al día siguiente con la caballería ligera, mandó salir del campo a la legión sexta y tomar la vuelta de Italia, para recibir los premios y honores merecidos, envió a su casa las tropas auxiliares de Deyotaro, y dejó en el Ponto dos legiones al cargo de Celio Vinciano.

LXXVIII. Marchó al Asia por Galogrocia y Bitinia; oyó y compuso las diferencias de estas provincias, dio maneras de gobierno a los reyes, tetrarcas y ciudades. A Mitrídates Pergameno, que con tanta prontitud y felicidad dijimos había hecho su expedición a Egipto, descendiente de sangre real y criado en sus artes y doctrinas (porque Mitrídates, rey de toda el Asia, le trajo siendo niño por su nobleza de Pérgamo a sus reales y le tuvo muchos años consigo), le nombró rey del Bósforo, que antes estaba sujeto a Farnaces; y puesto en aquella parte este rey muy afecto suyo, fortaleció las provincias del Pueblo Romano contra los bárbaros enemigos. A este mismo adjudicó la tetrarquía de Galogrecia por las leyes, por el derecho de su familia y parentesco, ocupada y poseída pocos años antes por Deyotaro. Con todo esto, en ninguna parte se detuvo más de lo que parecía daba lugar la necesidad de las disensiones de Roma; y así, concluidas estas cosas con tanta prontitud y felicidad, llegó a Italia mucho más presto de lo que todos pensaban.

 

 


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