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POLIBIO DE MEGALÓPOLIS
HISTORIA UNIVERSAL
BAJO LA REPÚBLICA ROMANA
TOMO I
LIBRO PRIMERO
LIBRO PRIMERO
CAPÍTULO PRIMERO
Someten los romanos a todos los pueblos vecinos.- Messina y Regio son sorprendidas: La primera por los campanios, y la segunda por los romanos.- Castiga Roma la traición de sus compatriotas.- Derrota de los campanios por Hierón de Siracusa.
El año diecinueve, luego del combate naval del río Ægos, y el decimosexto antes de la batalla de Leutres (387 antes de J. C.), en el que los lacedemonios firmaron la paz de Antalcida con el rey, de los persas; Dionisio el Viejo, vencidos los griegos de Italia junto al río Eleporo, sitiaba a Regio; y los galos apoderados a viva fuerza ocupaban la misma Roma, a excepción del Capitolio; cuando los romanos, ajustada la paz con los galos con los pactos y condiciones que éstos quisieron, recobrada su patria contra toda esperanza, y tomando esta dicha por basa de su elevación, declararon después la guerra a sus vecinos. Hechos señores de todo el Lacio, ya por el valor, ya por la dicha en los encuentros, llevaron sucesivamente sus armas contra los tirrenios, los celtas y los samnitas, confinantes al oriente y septentrión con los latinos. Poco tiempo después los tarentinos, temerosos que los romanos no quisiesen satisfacer el insulto hecho a sus embajadores, llamaron a Pirro en su ayuda en el año antes que los galos invadiesen la Grecia (281 antes de J. C.), fuesen deshechos en Delfos, y pasasen al Asia. Entonces fue cuando los romanos, sojuzgados los tirrenios y samnitas, y vencedores ya en muchos encuentros de los celtas que habitaban la Italia, concibieron por primera vez el designio de invadir lo restante de este país, reputándole no como ajeno sino como propio y perteneciente en gran parte. Los combates con los samnitas y celtas los habían hecho verdaderos árbitros de las operaciones militares. Por lo cual, sosteniendo con vigor esta guerra, y arrojando al cabo a Pirro y sus tropas de la Italia, atacaron después y sometieron a los que habían seguido el partido de este Príncipe. Con esto sojuzgados contra lo regular y sujetados a su poder todos los pueblos de Italia, excepción de los celtas, emprendieron sitiar a los romanos, que a la sazón poseían a Regio.
Fue igual y casi en todo semejante la suerte que tuvieron estas dos ciudades, Messina y Regio, situadas ambas sobre el estrecho. Poco tiempo antes del en que vamos hablando, los campanios que estaban a sueldo de Agatocles, codiciosos de la hermosura y demás arreo de Messina, pensaron en faltar a la fe con esta ciudad, al instante que la ocasión se presentase. En efecto, introducidos con capa de amigos y apoderados de la ciudad, destierran a unos, degüellan otros, y no contentos retienen las mujeres e hijos de aquellos infelices, según que la suerte hacía caer cada uno entre sus manos; y por último reparten entre sí las restantes riquezas y heredades. Dueños de ciudad y de su ameno territorio por un camino tan pronto y de tan poca costa, no tardó su maldad en hallar imitadores.
Por el mismo tiempo en que Pirro disponía pasar Italia (280 años antes de J. C.) los de Regio, atemorizados por una parte con su venida, y temiendo por otra a los cartagineses, señores entonces del mar, imploraron la protección y auxilio de los romanos. Introducidos en la ciudad cuatro mil de éstos al mando de Decio Campano, la custodiaron fielmente por algún tiempo, y observaron sus pactos; pero al cabo, provocados del ejemplo de los mamertinos, y tomándolos por auxiliares, faltaron a la fe con los de Regio, llevados de la bella situación de la ciudad, y codiciosos de las fortunas de sus particulares. Consiguientemente, a imitación de los campanios, echan a unos, degüellan a otros, y se apoderan de la ciudad. Mucho sintieron los romanos esta perfidia; pero no pudieron por entonces manifestar su resentimiento, a causa de hallarse ocupados con las guerras de que arriba hicimos mención. Mas luego que se desembarazaron de éstas, pusieron sitio a Regio, como hemos dicho. La ciudad fue tomada (271 años antes de J. C.), y en el mismo acto de asaltarla pasan a cuchillo la mayor parte de estos traidores, que se defendían con intrepidez, previendo la suerte que les esperaba. Los restantes, que ascendían a más de trescientos, hechos prisioneros, los envían a Roma, donde conducidos por los pretores a la plaza, son azotados y degollados todos, según su costumbre; castigo que, los romanos creyeron necesario para restablecer, cuanto estaba de su parte, la buena fe entre sus aliados. La ciudad y su territorio fue restituida al punto a los de Regio.
Los mamertinos (así se llamaban los campanios después que se apoderaron de Messina) mientras subsistió la alianza de los romanos que habían invadido a Regio, no sólo vivían en pacífica posesión de su ciudad y contornos, sino que inquietando infinito las tierras comarcanas de los cartagineses y siracusanos, hicieron tributaria una gran parte de la Sicilia. Pero luego que sitiados los de Regio les faltó este socorro, al instante los siracusanos, por varios motivos que voy a exponer, los estrecharon dentro de sus muros.
Poco tiempo antes, originadas varias disensiones entre los ciudadanos de Siracusa y sus tropas, haciendo éstas alto en los contornos de Mergana, eligieron por sus jefes a Artemidoro y Hierón, que después reinó en Siracusa, príncipe a la verdad de tierna edad entonces, pero de bella disposición para el gobierno y expediente de los negocios. Éste, tomado el bastón, entró en la ciudad con el auxilio de ciertos amigos (275 años antes de J. C.), y dueño de los espíritus revoltosos, supo conducirse con tal dulzura y magnanimidad, que los siracusanos, aunque descontentos con la licencia que los soldados se habían tomado en elecciones, todos unánimes consintieron recibirlo pretor. Desde sus primeras deliberaciones descubrieron espíritus reflexivos que aspiraba a mayores cargos los que daba de sí la pretura. La consideración de que los siracusanos, apenas salían las tropas y sus jefes de la ciudad, ardían en intestinas sediciones y amaban la novedad, y el ver que Leptines excedía mucho a los demás ciudadanos en autoridad y crédito, y gozaba de gran reputación entre la plebe, determinaron a Hierón a contraer con él parentesco, a fin de dejar en la ciudad un apoyo para cuando tuviese que salir a campaña con las tropas. En efecto, casóse con la hija de éste, y echando de ver que sus antiguas tropas extranjeras estaban llenas de vicios y de revoltosos, determina sacar su ejército, pretextando llevarle contra los bárbaros que ocupaban a Messina. Acampado cerca de Centoripa, ordena su armada en batalla a lo largo del río Ciamosoro, y retiene consigo en lugar separado a la caballería e infantería siracusana, aparentando invadir a los contrarios por otra parte. Presenta al enemigo sólo los extranjeros, consiente que todos sean destrozados por los bárbaros, y durante esta carnicería vuelve sin peligro con sus ciudadanos a Siracusa. Concluido con maña el fin que se había propuesto, y desembarazado de todos los malsines y sediciosos de su armada, levantó por sí un suficiente número de tropas mercenarias, y ejerció en adelante el mando sin sobresalto (269 años antes de J. C.) Para contener a los bárbaros, fieros e insolentes con su victoria, arma y disciplina prontamente sus tropas siracusanas, sácalas, y encuentra al enemigo en las llanuras de Mila sobre las márgenes del Longano, donde hace una gran carnicería en sus contrarios; coge prisioneros a sus jefes reprime la audacia de los bárbaros, y vuelto a Siracusa, es proclamado rey por todos los aliados.
CAPÍTULO II
Los mamertinos solicitan el auxilio de los romanos.- Vence la razón de Estado los inconvenientes que había en concederle.- Su primera expedición fuera de Italia.- Derrota de los siracusanos y cartagineses.
Privados antes los mamertinos, como he dicho anteriormente (265 años antes de J. C.), de la ayuda de los de Regio, y turbadas ahora por completo sus miras particulares por las razones que acabo de exponer, unos se refugiaron en los cartagineses, y pusieron en sus manos sus personas y la ciudadela; otros enviaron legados a los romanos para hacerles entrega de la ciudad, y suplicarles socorriesen a unos hombres, que provenían de un mismo origen. Este punto dio que deliberar por mucho tiempo a los romanos. Parecíales estaba a la vista de todos la sinrazón del tal socorro. Reflexionaban que haber hecho poco antes un castigo tan ejemplar con sus propios ciudadanos, por haber violado la fe a los de Regio, y enviar ahora socorro a los mamertinos, reos de igual delito, no sólo con los messinios sino también con los de Regio, era cometer un error de difícil solución. No ignoraban la fuerza de esta inconsecuencia; pero viendo a los cartagineses, no sólo señores ya del África, sino también de muchas provincias de España, y dueños absolutos de todas las islas del mar de Cerdeña y Toscana, temían y con fundamento, que si a estas conquistas añadían ahora la Sicilia, no viniesen a ser unos vecinos demasiado poderosos y formidables, teniéndoles como bloqueados, y amenazando a la Italia por todas partes. Que de no socorrer a los mamertinos pondrían prontamente esta isla bajo su obediencia, no admitía duda alguna. Puesto que apoderados de Messina, que sus naturales le ofrecían, no tardarían en tomar también a Siracusa cuando ya casi todo lo restante de la Sicilia reconocía su dominio. Previendo esto los romanos, y juzgando que les era preciso no desamparar a Messina ni permitir a los cartagineses que hiciesen de esta isla como un puente para pasar a Italia, tardaban mucho tiempo en resolverse. El Senado tampoco se atrevía a decidir, por las razones que hemos apuntado. Juzgaba que tanto en la injusticia del socorro de los mamertinos, como en las ventajas que de él podrían provenir, militaban iguales razones. Pero el pueblo, agobiado por una parte con las guerras precedentes, y deseando de cualquier modo el restablecimiento de sus atrasos; por otra haciéndole ver los pretores, a más de lo dicho, que la guerra, tanto en común como en particular, traería grandes y conocidas ventajas a cada uno, determinó enviar el socorro. Expedido el plebiscito (264 años antes de J. C.), eligen por comandante a Appio Claudio uno de los cónsules, y le envían con orden de socorrer y pasar a Messina. Entonces los mamertinos, y con amenazas, ya con engaños, echaron al Gobernador cartaginés, por quien estaba ya la ciudadela y llamando a Apio, le entregaron la ciudad. Los cartagineses, creyendo que su Gobernador había entregado la ciudadela por falta de valor y de consejo, le dan muerte en la cruz; y situando su armada naval junto al Peloro, y su ejército de tierra hacia las Senas, insisten con esfuerzo en el cerco de Messina.
Al mismo tiempo Hierón, creyendo que se le presentaba buena ocasión para desalojar enteramente de la Sicilia a los bárbaros que ocupaban a Messina, hace alianza con los cartagineses mueve su campo de Siracusa y toma el camino de la susodicha ciudad. Acampado a la parte opuesta, junto al monte Chalcidico cierra también esta salida a los sitiados. Entretanto Appio, general de los romanos, atravesando de noche el estrecho con indecible valor, entra en Messina. Pero advirtiendo que los enemigos estrechaban con actividad la ciudad por todas partes, y reflexionando que el asedio le era de poco honor y mucho peligro, por estar los enemigos señoreados del mar y de la tierra, envía primero legados a uno y otro campo, con el fin de eximir a los mamertinos del peso de la guerra. Pero no siendo escuchadas sus proposiciones, la necesidad al fin le hizo tomar el partido de aventurar el trance de una batalla y atacar primero a los siracusanos. En efecto, saca sus tropas y las ordena en batalla, a tiempo que Hierón venía determinado a combatirle. El combate duró largo tiempo; pero al cabo Appio venció a los contrarios, los persiguió hasta sus trincheras, y despojados los muertos, retornó otra vez a la ciudad.
Hierón, pronosticando mal de lo general de sus negocios, llegada la noche, se retiró precipitadamente a Siracusa. Al día siguiente Appio, que advirtió su huida, lleno de confianza, creyó no debía de perder tiempo, sino atacar a los cartagineses. Dada la orden a las tropas de que estuviesen prevenidas, las saca al romper el día, y cayendo sobre los contrarios, mata a muchos y obliga a los demás a refugiarse rápidamente en las ciudades circunvecinas. Bien se aprovechó después de estas ventajas; hizo levantar el sitio de la ciudad; corrió y taló libremente las campiñas de los siracusanos y de sus aliados, sin atreverse ninguno a hacerle frente a campo raso; y por último, acercó sus tropas y emprendió el poner sitio a Siracusa.
Tal fue la primera expedición de los romanos con su ejército fuera de Italia, por estas razones y en estos tiempos. La cual considerando yo ser la época más conocida de toda la historia, tomé de ella principio, recorriendo a más de esto los tiempos anteriores, para no dejar género de duda sobre la demostración de las causas. Porque para dar una idea a los venideros por donde pudiesen justamente contemplar el alto grado del poder actual de los romanos, me pareció conveniente el que supiesen cómo y cuándo, perdida su propia patria, comenzaron a mejorar de fortuna; asimismo en qué tiempo y de qué manera, sojuzgada la Italia emprendieron extender sus conquistas por defuera. Y así no hay que admirar que teniendo que hablar en lo sucesivo de las repúblicas más célebres, recorramos primero los tiempos anteriores. En el supuesto de que esto lo haremos por tomar ciertas épocas de donde fácilmente se pueda conocer de qué principios, en qué tiempo y por qué medios haya llegado cada pueblo al estado en que al presente se halla, así como lo hemos ejecutado hasta aquí con los romanos.
CAPÍTULO III
Temario de los dos primeros libros, que sirven de preámbulo a esta historia.- Críticas de Polibio sobre los historiadores Filino y Fabio.
Ya es llegado el momento de que, abandonando estas digresiones, hablemos de nuestro asunto, y expliquemos breve y sumariamente lo que se ha de tratar en este preámbulo. La primera en orden será la guerra que se hicieron romanos y cartagineses en Sicilia. A ésta se seguirá la de África, con la que están unidas las acciones de Amílcar, Asdrúbal y los cartagineses en España. Durante este período pasaron por primera vez los romanos a la Iliria y estas partes de Europa, y en los anteriores acaecieron los combates de los romanos contra los celtas que habitaban la Italia. Por entonces fue en la Grecia la guerra llamada Cleoménica, con lo que daremos fin a todo este preámbulo y al segundo libro. El hacer una relación circunstanciada de estos hechos, ni a mí me parece preciso, ni conducente a mis lectores. Mi designio no ha sido formar historia de ellos; sólo sí me he propuesto recordar sumariamente en este apartado lo que pueda conducir a las acciones de que hemos de hablar. Por lo cual, apuntando por encima los acontecimientos de que antes hemos hecho mención, sólo procuraremos unir el fin de este preámbulo con el principio y objeto de nuestra historia. De este modo continuada la serie de la narración, me parece poco precisamente lo que otros historiadores han ya tratado, y con esta disposición preparo a los aficionados un camino expedito y pronto para la inteligencia de lo que adelante se dirá. Seremos un poco más minuciosos en la relación de la primera guerra entre romanos y cartagineses sobre la Sicilia. Pues a la verdad no es fácil hallar otra, ni de mayor duración, ni de aparatos más grandes, ni de expediciones más frecuentes, ni de combates más célebres, ni de vicisitudes más señaladas que las acaecidas a uno y otro pueblo en esta guerra. Por otro lado, estas dos repúblicas eran aun por aquellos tiempos sencillas en costumbres, medianas en riquezas e iguales en fuerzas; y así, quien quiera informarse a fondo de la particular constitución y poder de estos dos Estados, antes podrá formar juicio por esta guerra que por las que después se sucedieron. Otro estímulo no menos poderoso que el antecedente para extenderme sobre esta guerra, ha sido ver que Filino y Fabio, tenidos por los más instruidos escritores en el asunto, no nos han referido la verdad con la fidelidad que convenía. Yo no presumo se hayan puesto a mentir de propósito, si considero la vida y doctrina que profesaron. Pero me parece les ha acaecido lo mismo que a los que aman. A Filino le parece por inclinación y demasiada benevolencia que los Cartagineses obraron siempre con prudencia, rectitud y valor, y que los romanos fueron de una conducta opuesta; a Fabio todo lo contrario. En lo demás de su vida es excusable semejante conducta. Pues es natural a un hombre de bien ser amante de sus amigos y de su patria, lo mismo que aborrecer con sus amigos a los que éstos aborrecen y amar a los que aman. Pero cuando uno se reviste del carácter de historiador, debe despojarse de todas estas pasiones, y a veces alabar y elogiar con el mayor encomio a los enemigos, si sus acciones lo requieren; otras reprender y vituperar sin comedimiento a los más amigos, cuando los defectos de su profesión lo están pidiendo. Así como a los animales, si se les saca los ojos, quedan totalmente inútiles, del mismo modo a la historia, si se le quita la verdad, sólo viene a quedar una narración sin valor. Por lo cual el historiador no debe detenerse ni en reprender a los amigos, ni en alabar a los enemigos. Ni temer el censurar a veces a unos mismos y ensalzarles otras, puesto que los que manejan negocios, ni es fácil que siempre acierten, ni verosímil que de continuo yerren. Y así, separándose de aquellos que han tratado las cosas adaptándose a las circunstancias, el historiador únicamente debe referir en su historia los dichos y hechos como acontecieron. Que es verdad lo que acabo de decir, se verá por los ejemplos que se siguen.
Filino, comenzando a un tiempo la narración de los hechos y el segundo libro dice que los cartagineses y siracusanos pusieron sitio a Messina; que pasando los romanos por mar a la ciudad, hicieron al instante una salida contra los siracusanos; que habiendo recibido un descalabro considerable, se tornaron a Messina, y que volviendo a salir una segunda vez contra los cartagineses, no sólo fueron rechazados, sino que perdieron gran número de sus tropas. Al paso que refiere esto, cuenta que Hierón, después de concluida la refriega, perdió la cabeza de tal modo, que no sólo, puesto prontamente fuego a sus trincheras y tiendas, huyó de noche a Siracusa, sino que abandonó todas las fortalezas situadas en la provincia de los messinos. Tal como los cartagineses, desamparando al punto sus atrincheramientos después del combate, se diseminaron por las ciudades próximas, sin atreverse a hacer frente a campo raso; motivo porque los jefes, advertido el miedo que se había adueñado de sus tropas, determinaron no aventurar la suerte al trance de una batalla. Pero que los romanos que los perseguían, no sólo arrasaron la provincia, sino que acercándose a la misma Siracusa, emprendieron el ponerla sitio. Todo esto, a mi ver, está tan lleno de inconsecuencias, que absolutamente no necesita de examen. A los que supone sitiadores de Messina y vencedores en los combates, a estos mismos no los representa que huyen, que abandonan la campaña, y al fin cercados y apoderados del miedo sus corazones; a los que, por el contrario, pinta vencidos y sitiados, nos los hace ver después perseguidores señores del país, y por último sitiadores de Siracusa. Concordar entre sí estas especies, es imposible. Pues ¿qué medio, sino decir precisamente o que los primeros supuestos son falsos, o los asertos que después se siguen? Estos son los verdaderos. Pues lo cierto es que los cartagineses y siracusanos abandonaron la campaña, y que los romanos en el acto pusieron sitio a Siracusa, y aun (como él mismo asegura) a Echetla, ciudad situada en los límites de los siracusanos y cartagineses. Resta por precisión que confesemos que son falsas sus primeras hipótesis, y que este escritor nos representó a los romanos vencidos, cuando fueron ellos los que desde el principio tuvieron la superioridad en los combates de Messina. Cualquiera notará este defecto en Filino por toda su obra, e igual juicio hará de Fabio, como se demostrará en su lugar. Pero yo, habiendo expuesto lo conveniente sobre esta digresión, procuraré, tornando a mi historia, guardar siempre consecuencia en lo que diga, y dar a los lectores en breves razones una justa idea de la guerra de que arriba hicimos mención.
CAPÍTULO IV
Alianza de Hierón con los romanos.- Sitio de Agrigento.- Salida de la plaza, rechazada por los romanos.
Una vez hubo llegado de Sicilia a Roma la nueva de los sucesos de Appio y de sus tropas (263 años antes de J. C.); y creados cónsules M. Octalicio y M. Valerio, se enviaron todas las legiones con sus jefes, unas y otros para pasar a Sicilia. Asciende el total de tropas entre los romanos, sin contar las de los aliados, a cuatro legiones que se escogen todos los años. Cada una de las legiones se compone de cuatro mil infantes y trescientos caballos. A la llegada de éstas, muchas ciudades de los cartagineses y siracusanos, dejando su partido, se agregaron a los romanos. La consideración del abatimiento y espanto de los sicilianos, junto con la multitud y fuerza de las legiones romanas, persuadieron a Hierón que se podía abrigar esperanzas más lisonjeras de los romanos que no de los cartagineses. Y así, estimulado de la razón a seguir este partido, despachó embajadores a los Cónsules para tratar de paz y alianza. Los romanos oyeron con gusto la propuesta, especialmente por los convoyes; pues señores entonces cartagineses del imperio del mar, temían no les cerrasen por todas partes el transporte de los víveres principalmente cuando en el pasaje de las primeras legiones se había experimentado una gran escasez de comestibles. Por lo cual, atento a que Tierón en esta parte les serviría de mucho provecho, aceptaron con gusto su amistad. Concertados los pactos de que el Rey restituiría a los romanos los cautivos sin rescate y a más pagaría cien talentos de plata, de allí en adelante vivieron éstos como amigos y aliados de los siracusanos; y el rey Hierón, desde aquel tiempo, acogido a la sombra del poder romano, y auxiliándole siempre según las circunstancias lo exigían, reinó tranquilamente en Sicilia, sin más ambición que la de ser coronado y aplaudido entre sus vasallos. En efecto, fue príncipe el más recomendable de todos, y el que por más tiempo gozó el fruto de su prudencia en los asuntos públicos y privados. Llevado a Roma este tratado y aprobadas y ratificadas por el pueblo con Hierón sus condiciones, determinaron los romanos no enviar en adelante todas las tropas a Sicilia, sino únicamente dos legiones; persuadidos de que con la alianza de este rey se habían descargado en parte del peso de la guerra, y que su modo de entender abundarían de esta manera sus tropas más fácilmente de todo lo necesario. Los cartagineses, noticiosos de que Hierón se había declarado su enemigo, y que los romanos se empeñaban con mayor esfuerzo sobre la Sicilia, concibieron necesitaban mayores acopios con que poder contrarrestar sus enemigos y conservar lo que poseían en esta isla. Por lo que, movilizando tropas a su sueldo en las regiones ultramarinas, muchas de ellas ligures y celtas, y muchas más aún españolas, todas las enviaron a Sicilia. Además de esto, viendo que Agrigento era por naturaleza la ciudad más acomodada y fuerte de su mando para los acopios, recogieron en ella las provisiones y tropas, resueltos a servirse de esta ciudad como plaza de armas para la guerra.
Los Cónsules romanos que habían concluido el tratado con Hierón tuvieron que volverse a Roma (262 años antes de J. C.), y L. Postumio y Q. Mamilio, nombrados en su lugar, vinieron a Sicilia con las legiones. Éstos, conocida la intención de los cartagineses, y el objeto de los preparativos que se hacían en Agrigento, determinaron insistir en la acción con mayor empeño. Por lo cual, abandonando otras expediciones, marchan con todo su ejército a atacar la misma Agrigento, y puestos sus reales a ocho estadios de ella, encierran a los cartagineses dentro de sus muros. Por estar entonces en sazón la recolección de mieses y dar a entender el sitio que duraría algún tiempo, se desmandaron los soldados a coger frutos con más confianza de la que convenía. Los cartagineses, que vieron a sus enemigos dispersos por la campiña, realizan una salida, dan sobre los forrajeadores, y desbaratándolos fácilmente, acometen unos a saquear los reales, y otros a degollar los cuerpos de guardia. Pero la exacta y particular disciplina que observan los romanos, así en esta como en otras muchas ocasiones, salvó sus negocios. Se castiga con la muerte entre ellos al que desampara el lugar o abandona absolutamente el cuerpo de guardia. Por eso entonces, aun en medio de ser superiores en número a los contrarios, sosteniendo el choque con valor, muchos de ellos mismos perecieron, pero muchos más aun de los enemigos quedaron sobre el campo. Finalmente, cercados los cartagineses cuando estaban ya para saquear el real, parte de ellos perecieron, parte hostigados y heridos fueron perseguidos hasta la ciudad.
Esto fue causa de que los cartagineses procediesen en adelante con mayor cautela en las salidas, y los romanos usasen de mayor circunspección en los forrajes. En efecto, cuando ya aquellos no se presentaban sino para ligeras escaramuzas, los Cónsules romanos dividieron el ejército en secciones, situaron el uno alrededor del templo de Esculapio que estaba al frente de la ciudad, y acamparon el otro en aquella parte que mira hacia Heraclea. El espacio que mediaba entre los dos campos, lo fortificaron por ambos lados. Por la parte de adentro tiraron una línea de contravalación, para defenderse contra las salidas de la plaza, y por la parte de afuera echaron otra de circunvalación, para estar a cubierto de las irrupciones de la campaña y evitar se metiese e introdujese lo que se acostumbra en las ciudades cercadas. Los espacios que mediaban entre los fosos y los ejércitos estaban guarnecidos con piquetes, y fortificados los lugares ventajosos de trecho en trecho. Los aliados todos les acopiaban pertrechos y demás municiones que traían a Erbeso, y ello llevando y acarreando continuamente víveres de esta ciudad poco distante del campo, se proveían muy abundantemente de todo lo necesario.
En este estado permanecieron las cosas casi cinco meses, sin poder alcanzar una parte de otra ventaja alguna decisiva, mas que las que sucedían en las escaramuzas. Pero al cabo, hostigados los cartagineses por el hambre debido a la mucha gente que encerraba la ciudad (no eran menos de cincuenta mil almas), Aníbal, que mandaba las tropas sitiadas, no sabiendo qué hacerse en tales circunstancias, despachaba sin cesar correos a Cartago, para informarles del estado actual o implorar su socorro. En Cartago se embarcaron las tropas y elefantes que se pudieron juntar y las enviaron a Sicilia a Hannón, otro de sus comandantes. Éste recogiendo los víveres y tropas en Heraclea, se apodera con astucia de la ciudad de Erbeso, y corta los víveres y demás provisiones necesarias a los ejércitos contrarios. De aquí provino que los romanos, a un tiempo sitiadores y sitiados, se hallaron en tal penuria y escasez de lo necesario, que muchas veces consultaron levantar el sitio; lo que hubieran ejecutado por último si Hierón con gran diligencia y cuidado no les hubiera provisto de aquello más preciso e indispensable.
CAPÍTULO V
Toma de Agrigento por los romanos.- Retirada de Aníbal.- Primer pensamiento de hacerse marinos los romanos.- Preparación para esta empresa.
Observando Hannón a los romanos debilitados por la peste y el hambre (262 años antes de J. C.), por ser insano el aire que respiraban; y al contrario, considerando que sus tropas se hallaban en estado de combatir, dispone cincuenta elefantes que tenía con lo restante del ejército, y lo saca con rapidez fuera de Heraclea, intimando a la caballería númida batiese la campaña, se acercase al foso de los contrarios, incitase su caballería, procurase atraerla al combate, y hecho esto, simulase retroceder hasta incorporársele. Puesta en práctica esta orden por los númidas, y aproximándose a uno de los campos, al punto la caballería romana se echó fuera y dio con arrojo sobre ellos. Éstos se replegaron según la orden hasta que se juntaron con los de Hannón, donde ejecutado un cuarto de conversión se dejan caer sobre los enemigos, los cercan exterminan muchos de ellos, y persiguen los restantes hasta el campo. Terminada esta acción, Hannón se acampó en un sitio que dominaba a los romanos, protegiéndose de una colina llamada Toro, distante como diez estadios de los contrarios. Dos meses duraron las cosas en este estado, sin producirse acción alguna decisiva más que los ligeros ataques diarios. Bien que Aníbal, con fanales y mensajeros que incesantemente enviaba a Hannón desde la ciudad, le daba a entender que la muchedumbre no podía sufrir el hambre, y bastantes por la escasez desertaban al campo contrario. Entonces el Comandante cartaginés resolvió aventurar la batalla. El romano no se inclinaba menos a esto, por las razones arriba citadas. Por lo cual, sacando ambos sus ejércitos al lugar que mediaba entre los dos campos, se llegó a las manos. Largo tiempo duró la batalla; pero al fin los romanos hicieron volver grupas a los mercenarios cartagineses que peleaban en la vanguardia, y cayendo éstos sobre los elefantes y las otras líneas que estaban detrás, fueron motivo de que todo el ejército cartaginés se llenase de confusión y espanto. La huida fue general, la mayoría quedaron sobre el campo, algunos se salvaron en Heraclea, y la casi totalidad de elefantes, con todo el bagaje, quedó en poder de los romanos. Llegada la noche, la lógica alegría de una acción tan memorable y el cansancio de la tropa hizo relajar la disciplina en los centinelas. Aníbal, que no hallaba remedio en sus negocios, consideró que esta negligencia le presentaba una oportuna ocasión para salvarse. Sale a media noche de la ciudad con sus tropas mercenarias, ciega los fosos con cestos llenos de paja, y saca su ejército indemne sin que lo perciban los contrarios. Los romanos, que advirtieron lo sucedido con la luz del día, atacan por el pronto, aunque ligeramente, la retaguardia de los de Aníbal; pero poco después se lanzan sobre las puertas de la ciudad, y no hallando obstáculo la saquean con furor, y se hacen dueños de multitud de esclavos y de un rico y variado botín.
Llevada la noticia al Senado romano de la toma de Agrigento, alegróse aquel infinito y concibió grandes esperanzas. Ya no se sosegaba con sus primeras ideas, ni le bastaba haber salvado a los mamertinos y haberse enriquecido con los despojos de esta guerra. Se prometía nada menos de que sería empresa fácil arrojar enteramente a los cartagineses de la isla y que ejecutando esto adquirirían un gran ascendiente sus negocios; a esto se reducían sus conversaciones y éste era el objeto de sus pensamientos. Y a la verdad, veían que por lo concerniente a las tropas de tierra iban las cosas a medida de sus deseos. Pues les parecía que L. Valerio y T. Octacilio, cónsules nombrados en lugar de los que habían sitiado a Agrigento (261 años antes de J. C.), administraban satisfactoriamente los negocios de Sicilia. Pero poseyendo los cartagineses el imperio del mar sin disputa, estaba en la balanza el éxito de la guerra. Pues aunque en dos tiempos próximos después de tomada Agrigento, muchas ciudades mediterráneas habían aumentado el partido de los romanos por temor a sus ejércitos de tierra, muchas más aún marítimas lo habían abandonado temiendo la escuadra cartaginesa. Por lo cual persuadiéndose más y más que la balanza de la guerra era dudosa a una y otra parte por lo arriba expuesto, y sobre todo, que la Italia era talada muchas veces por la escuadra enemiga, mientras que el África al cabo no experimentaba extorsión alguna, decidieron echarse al mar al igual de los cartagineses.
No fue éste el menor motivo que me impulsó a hacer una relación más circunstanciada de la guerra de Sicilia, para que así no se ignorase su principio, de qué modo, en qué tiempo y por qué causas se hicieron marinos por primera vez los romanos. La consideración de que la guerra se iba dilatando, les suscitó por primera vez el pensamiento de construir cien galeras de cinco órdenes de remos y veinte de a tres. Pero les servía de grande embarazo el ser sus constructores absolutamente imperitos en la fabricación de estos buques de cinco órdenes, por no haberlos usado nadie hasta entonces en la Italia. Por aquí se puede colegir con particularidad el magnánimo y audaz espíritu de los romanos. Sin tener los materiales, no digo proporcionados, pero ni aun los imprescindibles, sin haber jamás formado idea del mar, les viene entonces ésta por primera vez al pensamiento, y la emprenden con tanta intrepidez, que antes de adquirir experiencia del proyecto se proponen rápidamente dar una batalla naval a los cartagineses, que de tiempo inmemorial tenían el imperio incontestable del mar. Sirva de prueba para la verdad de lo que acabo de referir y su increíble audacia, que cuando intentaron la primera vez transportar sus ejércitos a Messina no sólo no tenían embarcaciones con cubierta, sino que ni aun en absoluto navíos de transporte, ni siquiera una falúa. Antes bien, tomando en arriendo buques de cincuenta remos y galeras de tres órdenes de los tarentinos, locres eleatos y napolitanos pasaron en ellas con arrojo sus soldados. Durante este transporte de tropas los cartagineses les atacaron cerca del estrecho, y uno de sus navíos con puente, deseoso de batirse se acercó tanto, que encallado sobre la costa, quedó en poder de los romanos, de cuyo modelo se sirvieron para construir a su parecido toda la armada. De manera que de no haber acaecido este accidente, sin duda su impericia les hubiera imposibilitado llevar a cabo la empresa. Mientras que unos, a cuyo cargo estaba la construcción, se ocupaban en la fabricación de los navíos, otros, completando el número de marineros, los enseñaban a remar en tierra de esta manera: sentábanlos sobre los remos en la ribera, haciéndoles llevar el mismo orden que sobre los bancos de los navíos. En medio de ellos estaba un comandante, que los acostumbraba a elevar a un tiempo el remo inclinando hacia sí las manos, y a bajarlo impeliéndolas hacia afuera, para comenzar y terminar los movimientos a la voluntad del que mandaba. Preparadas así las cosas y acabados los navíos, los echan al mar, y, poco expertos ciertamente en la marina, costean la Italia a las órdenes del Cónsul.
CAPÍTULO VI
Sorpresa de Lipari por Cornelio, malograda.- Imprudencia de Aníbal.- Instrumento de Duilio para atacar.- Batalla naval en Mila y victoria por los romanos.- Muerte de Amílcar, y toma de algunas ciudades.
Cn. Cornelio, que dirigía las fuerzas navales de los romanos (260 años antes de J. C.), notificada la orden pocos días antes a los capitanes de navío para que después de dispuesta la escuadra hiciesen vela hacia el estrecho, sale al mar con diecisiete navíos y toma la delantera hacia Messina, con el cuidado de tener pronto lo necesario para la armada. Durante su estancia en este puerto presentósele la ocasión de sorprender la ciudad de los liparos, y abrazando el partido sin la reflexión conveniente, marcha con los mencionados navíos y fondea en la ciudad. Aníbal, capitán de los cartagineses que a la sazón estaba en Palermo enterado de lo sucedido destaca allá con veinte navíos al senador Boodes, quien, navegando de noche, bloquea en el puerto a los del Cónsul. Llegado el día, los marineros echaron a huir a tierra, y Cneio, sorprendido y sin saber qué hacerse, se rindió por último a los contrarios. Los cartagineses con esto, adueñados de las naves y del comandante enemigo, marcharon de inmediato a donde estaba Aníbal. Pocos días después, en medio de haber sido tan ruidosa y estar aun tan reciente la desgracia de Cneio, le faltó poco al mismo Aníbal para no incurrir a las claras en el mismo error. Porque oyendo decir que estaba próxima la escuadra romana que costeaba la Italia, deseoso de informarse por sí mismo de su número y total ordenación, sale del puerto con cincuenta navíos, y doblando el promontorio de Italia, cae en manos de los enemigos que navegaban en orden y disposición de batalla, pierde la mayor parte de sus buques, y fue un verdadero milagro que él se salvase con los que le quedaban. Los romanos después, acercándose a las costas de Sicilia y enterados de la desgracia ocurrida a Cneio, dan aviso al instante a C. Duilio, que mandaba las tropas de tierra, y esperan su llegada. Al mismo tiempo, oyendo que no estaba distante la escuadra enemiga, se aprestan para el combate. Sin duda al ver sus navíos de una construcción tosca y de lentos movimientos, les sugirió alguno el invento para la batalla, que después se llamó cuervo; cuyo sistema era de esta manera: se ponía sobre la proa del navío una viga redonda, cuatro varas de larga y tres palmos de diámetro de ancha; en el extremo superior tenía una polea, y alrededor estaba clavada una escalera de tablas atravesadas, cuatro pies de ancha y seis varas de larga. El agujero del entablado era oblongo y rodeaba la viga desde las dos primeras varas de la escalera. A lo largo de los dos costados tenía una baranda que llegaba hasta las rodillas, y en su extremo una especie de pilón de hierro que remataba en punta, de donde pendía una argolla; de suerte que toda ella se asemejaba a las máquinas con que se muele la harina. De esta argolla pendía una maroma, con la cual, levantando los cuervos por medio de la polea que estaba en la viga, los dejaban caer en los embestimientos de los navíos sobre la cubierta de la nave contraria, unas veces sobre la proa, otras haciendo un círculo sobre los costados, según los diferentes encuentros. Cuando los cuervos, clavados en las tablas de las cubiertas, cogían algún navío, si los costados se llegaban a unir uno con otro, le abordaban por todas partes; pero si lo aferraban por la proa, saltaban en él de dos en dos por la misma máquina. Los primeros de éstos se defendían con sus escudos de los golpes que venían directos, y los segundos, poniendo sus rodelas sobre la baranda, prevenían los costados de los oblicuos. De este modo dispuestos, no esperaban más que la ocasión de combatir.
Al punto que supo C. Duilio el descalabro del jefe de la escuadra, entregando el mando de las tropas de tierra a los tribunos, dirigióse a la armada, e informado de que los enemigos talaban los campos de Mila, salió del puerto con toda ella. Los cartagineses, a su vista, ponen a la vela con gozo y diligencia ciento treinta navíos, y despreciando la impericia de los romanos no se dignan poner en orden de batalla, antes bien, como que iban a un despojo seguro, navegan todos vuelta las proas a sus contrarios. Mandábalos Aníbal, el mismo que había sacado de noche sus tropas de Agrigento. Mandaba una galera de siete órdenes de remos, que había sido del rey Pirro. Al principio los cartagineses se sorprendieron de ver, al tiempo que se iban acercando los cuervos levantados sobre las proas de cada navío, extrañando la estructura de semejantes máquinas. Sin embargo, llenos de un sumo desprecio por sus contrarios, acometieron con valor a los que iban en la vanguardia. Pero al ver que todos los buques que se acercaban quedaban atenazados por las máquinas, que estas mismas servían de conducto para pasar las tropas y que se llegaba a las manos sobre los puentes, parte de los cartagineses fueron muertos, parte asombrados con lo sucedido se rindieron. Fue esta acción semejante a un combate de tierra. Perdieron los treinta navíos que primero entraron en combate, con sus tripulaciones. Entre ellos fue también tomado el que mandaba Aníbal; pero él escapó con arrojo en un bote como por milagro. El resto de la armada vigilaba con el fin de atacar al enemigo, pero advirtiéndoles la proximidad el estrago de su primera línea, se apartó y estudió los choques de las máquinas. No obstante fiados en la agilidad de sus buques, contaban poder acometer sin peligro al enemigo, rodeándole unos por los costados y otros por la popa. Mas viendo que por todas partes se les oponían y amenazaban estas máquinas y que inevitablemente habían de ser asidos los que se acercasen, atónitos con la novedad de lo ocurrido, toman al fin la huida, después de perder en la acción cincuenta naves. Los romanos, lograda una victoria tan inverosímil en el mar, concibieron doblado valor y espíritu para proseguir la guerra. Desembarcaron en la Sicilia, hicieron levantar el sitio de Egesta, que estaba en el último extremo, y partiendo de allí, tomaron a viva fuerza la ciudad de Macella. Después de la batalla naval, Amílcar, capitán de los cartagineses, que mandaba las tropas de tierra y a la sazón se encontraba en Palermo, informado de que se había originado cierta disensión en el campo enemigo entre los romanos y sus aliados sobre la primacía en los combates, y seguro de que éstos acampaban por sí solos entre Paropo y los Termas Himerenses, cae sobre ellos inesperadamente con todo el ejército cuando estaban levantando el campo, y mata cerca de cuatro mil. Realizada esta acción, marchó a Cartago con los navíos que le habían quedado salvos, y de allí a poco pasó a Cerdeña, tomando otros navíos mandados por algunos de los trierarcas de mayor fama. Poco tiempo después, sitiado por los romanos en cierto punto de Cerdeña (isla que desde que los romanos pusieron el pie en el mar se propusieron conquistarla), perdidas allí muchas de sus naves, le apresaron los cartagineses que se habían salvado, y al punto le crucificaron. En el año siguiente (259 antes de J. C.) no hicieron cosa memorable los ejércitos romanos que estaban en Sicilia. Pero llegados que fueron los sucesores cónsules A. Atilio y C. Sulpicio, marcharon contra Palermo, por estar allí las tropas cartaginesas en cuarteles de invierno. En efecto, acercándose los Cónsules a la ciudad, pusieron todo su ejército en batalla (258 años antes de J. C.); pero no presentándose los enemigos, marchan de allí contra Ippana, y al punto la toman por asalto. Tomaron también a Mitistrato, cuya natural fortaleza había hecho resistir el asedio mucho tiempo. La ciudad de los camarineos, que poco antes había abandonado su partido, fue igualmente ocupada, después de avanzadas las obras y derribados sus muros. Enna y otros muchos lugares de menor importancia de los cartagineses sufrieron la misma suerte. Terminada esta campaña, emprendieron sitiar la ciudad de los liparos.
CAPÍTULO VII
Recíproco descalabro de romanos y cartagineses.- Orden y disposición de sus armadas.- Batalla de Ecnomo.- Victoria obtenida por los romanos.
El año siguiente (257 antes de J. C.), C. Atilio, cónsul romano, habiendo arribado a Tindarida, y observando que la escuadra cartaginesa navegaba sin orden, previene a sus dotaciones que le sigan, y él parte con anticipación acompañado de diez navíos. Los cartagineses, que vieron a los enemigos, unos embarcar en sus buques, otros estar ya fuera del puerto, y entre aquellos y éstos mediar una gran distancia, se vuelven, les hacen frente, y cercándoles echan a pique todos los otros, menos el del Cónsul, que por poco no fue apresado con toda la gente; pero la buena marinería con que estaba tripulado y la agilidad de movimientos, le salvaron afortunadamente del peligro. Los restantes navíos romanos, que venían poco a poco, se reúnen, colocándose de frente, acometen a los enemigos, se apoderan de diez buques con sus tripulaciones, hunde a ocho, y el resto se retira a las islas de Lipari. Como de esta acción unos y otros juzgasen que habían salido con iguales pérdidas, todo su empeño fue aumentar las fuerzas navales y disputarse el dominio del mar. Durante este tiempo, los ejércitos de tierra no hicieron cosa alguna digna de mención, únicamente se ocuparon en expediciones leves y de corta duración. Pero las armadas navales, aprestadas como queda dicho, se hicieron a la vela en la primavera siguiente. Los romanos arribaron a Messina con trescientos treinta navíos largos y con puente, de donde salieron, y dejando la Sicilia a la derecha, doblado el cabo Pachino, pasaron frente a Ecnomo, por estar acampado en aquellas cercanías el ejército de tierra. Los cartagineses salieron al mar con trescientos cincuenta navíos con puente, tocaron primero en Lilibea, y de allí anclaron en Heraclea de Minos. La finalidad de los romanos era marchar al África situando allí el teatro de la guerra, para que de este modo los cartagineses no cuidasen defender la Sicilia sino su propia patria y personas. Los cartagineses pensaban al contrario: consideraban que el África era de fácil arribo; que una vez en ella los romanos, toda la gente de los campos se les rendiría sin resistencia: y así, lejos de consentirlo, procuraban aventurar el trance de una batalla naval. Dispuestos de este modo, unos a hacer una irrupción y otros a rechazarla, bien se dejaba conocer de la obstinación de uno y otro pueblo, que amenazaba un próximo combate. Los romanos hacían los preparativos para ambos casos, bien se hubiese de pelear por mar, bien se hubiese de hacer un desembarco por tierra. Por lo cual, escogido de sus ejércitos la flor de las tropas, dividieron toda la armada que habían de llevar en cuatro partes. Cada una de ellas tuvo dos denominaciones. La primera se llamó la primera legión y la primera escuadra, y así de las demás. La cuarta no tuvo nombre; se la llamó Triarios, como se la acostumbraba llamar en los ejércitos de tierra. El total de esta armada era de ciento cuarenta mil hombres; de suerte que cada navío llevaba trescientos remeros, y ciento veinte soldados de armas. Los cartagineses, por su parte, se preparaban con sumo estudio y cuidado para un combate naval. El total de su ejército, según el número de buques, ascendía a más de ciento cincuenta mil hombres. A la vista de esto, ¿quién, al considerar tan prodigiosa multitud de hombres y navíos, podrá, no digo mirar, pero ni aun oír sin asombro la importancia del peligro, y la grandeza y poder de las dos repúblicas? Los romanos, reflexionando que a ellos les convenía bogar en alta mar, y que los enemigos les superaban en la ligereza de sus buques, procuraron formar un orden de batalla resguardado por todas partes y difícil de desbaratar por los contrarios. Para esto, los dos navíos de seis órdenes, que mandaban los cónsules M. Atilio Régulo y L. Manlio (256 años antes de J. C.), fueron puestos paralelamente los primeros al frente. Detrás de cada uno de ellos dispusieron uno por uno los navíos en orden sucesivo. Al uno seguía la primera escuadra y al otro la segunda; pero siempre haciendo mayor el intervalo, a medida que cada buque de cada división se iba situando; de manera que sucediéndose los unos a los otros, todos miraban con las proas hacia fuera. Ordenadas de este modo la primera y segunda escuadra en forma de ángulo, pusieron detrás la tercera de frente en línea recta, con cuya situación todo el orden de batalla figuraba un triángulo perfecto. A éstas seguían las embarcaciones de carga, arrastradas a remolque por los navíos de la tercera escuadra. A espaldas de ésta colocaron la cuarta, llamada de los Triarios, de tal forma prolongada sobre una línea recta, que superase uno y otro costado de los que tenía delante. Dispuestas de este modo todas las divisiones, el total de la formación representaba un triángulo cuya parte superior estaba hueca y la base sólida; pero el todo, fuerte, propio para la acción, y difícil de romper.
Durante este tiempo, los jefes cartagineses, arengando brevemente a sus tropas, y haciéndolas ver que ganada la batalla naval únicamente tendrían que defender la Sicilia, pero que si eran derrotados aventuraban su propia patria y familias, dan la orden de embarcar. Los soldados ejecutaron rápidamente el mandato, por pronosticar del éxito según lo que acababan de oír, y con gran ánimo y resolución se hicieron a la mar. Pero advirtiendo sus jefes la formación de lo contrarios, y adaptándose a ella, situaron las tres divisiones de su armada sobre una línea, prolongando el ala derecha hacia el mar en situación de rodear a los enemigos, vueltas contra ellos las proas de todo sus navíos. La cuarta división, de que se componía el ala izquierda de toda su formación, estaba ordenada en forma de tenaza, dirigida hacia la tierra. El ala derecha, compuesta de los navíos y quinquerremes más propios por su ligereza para desconcertar las alas de los contrarios, la mandaba Hannón, aquel que había sido derrotado en el sitio de Agrigento. La izquierda estaba a las órdenes de Amílcar, aquel que se batió en el mar junto a Tindarida, y el que en esta ocasión, haciendo que cargase el peso de la batalla en el centro de la formación, usó de esta estratagema durante el combate.
Apenas observaron los romanos que los cartagineses se desplegaban sobre una simple línea, atacaron el centro, y por aquí se dio principio a la acción. Amílcar, entonces, para romper la formación de los romanos, mandó al instante a su centro echase a huir. En efecto, retiróse éste con rapidez, y los romanos iban con valor en su persecución. La primera y segunda escuadra acosaba a los que huían; mientras que la tercera, que remolcaba las embarcaciones de carga, y la cuarta, donde estaban los triarios destinados a su defensa, quedaban desunidas. Cuando consideraron los cartagineses que la primera y segunda estaban a una gran distancia de las otras, entonces puesta una señal sobre el navío de Amílcar, rápidamente se vuelve toda la armada y ataca a los que la perseguían. Grande fue la refriega que originó de una y otra parte. Los cartagineses llevaban mucha ventaja en la veloz maniobra de sus buques y en la facilidad de acercarse y retirarse con ligereza; pero el valor de los romanos en los ataques, al aferrar los cuervos a los que una vez se acercaban, la presencia de los dos Cónsules que combatían a su frente, y a cuya vista se superaba el soldado, no les inspiraba menos confianza que a los cartagineses. Tal era la situación del combate por esta parte.
Durante este tiempo, Hannón, a cuyo mando estaba el ala derecha que desde el principio de la acción había permanecido separada, tomando altura dio sobre los navíos de los triarios y los puso en grande aprieto y apuro. Los cartagineses que se encontraban situados cerca de tierra se ordenan de frente en vez de la formación que antes tenían, y vueltas las proas, acometen a los que remolcaban los barcos de carga. Estos, abandonadas las cuerdas, vienen a las manos y se baten con sus contrarios. De suerte que el total de la acción estaba dividida en tres partes, y otros tantos eran los combates navales, mediando mucha distancia entre unos y otros; y como las divisiones de una y otra armada eran iguales, según la separación que habían hecho al principio, ocurría que lo era también el peligro; pues en cada una de ellas se realizaba justamente lo que de ordinario sucede, cuando es en un todo igual el poder de los combatientes. Pero al fin vencieron los primeros, porque obligados los de Amílcar echaron a huir, y Manlio unió a los suyos los navíos que había capturado. Régulo, luego que se percató del peligro en que se hallaban los triarios y las embarcaciones de carga, marcha prontamente en su socorro con los navíos de la segunda escuadra que le habían quedado indemnes. Con su venida y ataque que hace a los de Hannón, los triarios, que estaban ya para ceder malamente, se rehacen y vuelven a adquirir espíritu para la carga. Los cartagineses entonces hostigados, ya por los que les atacaban de frente, ya por los que les acometían por la espalda, y rodeados por el nuevo socorro cuando menos lo pensaban, cedieron y lanzáronse a huir a alta mar. Durante este tiempo, vuelto ya Manlio de su primer combate, advierte que el ala izquierda de los cartagineses tenía acorralada la tercera escuadra sobre la costa: llega también Régulo a la sazón, después de haber dejado a salvo el convoy y los triarios, y emprenden uno y otro el socorrer a los que peligraban. Estaban ya éstos prácticamente sitiados, y sin duda hubieran perecido. Pero el temor de los cartagineses a los cuervos se contentaba con tenerlos bloqueados y cercados contra la costa, y el miedo de ser aferrados no les dejaba acercar para atacarlos. Llegados que fueron los Cónsules, cercan rápidamente a los cartagineses, se apoderan de cincuenta navíos con sus equipajes, y sólo unos pocos se escapan virando hacia tierra. Ésta es la relación de la batalla, contada por partes. La ventaja de toda ella quedó por los romanos. De éstos fueron hundidos veinticuatro navíos; de los cartagineses, más de treinta; de los romanos, ningún navío con tripulación fue a poder de los contrarios; de los cartagineses, sesenta y cuatro.
CAPÍTULO VIII
Los romanos en África.- Toma de Aspis.- Atilio Régulo queda solo en África.- Batalla de Adis y victoria por los romanos.- Cartago rechaza las proposiciones de paz formuladas por Atilio.
Después de esta victoria, los romanos acumularon mayores provisiones, repararon los navíos que habían apresado, y cuidando de la marinería con el esmero competente a lo bien que se había portado, se hicieron a la vela, encaminando su rumbo al África. Su primera división abordó al promontorio de Hermea, el cual, enclavado frente del golfo de Cartago, se introduce en el mar mirando a la Sicilia. Aquí esperaron a los navíos que venían detrás, y congregada toda la armada, costean el África hasta arribar a la ciudad llamada Aspis. Efectuado aquí el desembarco, sacaron sus buques a tierra, y rodeados de un foso y trinchera, se preparan a sitiar la ciudad por no haberla querido entregar voluntariamente sus moradores.
Regresados a su patria los cartagineses que habían salido salvos del combate naval, y persuadidos de que la victoria ganada ensoberbecería a los contrarios y los dirigiría con presteza a la misma Cartago, habían defendido con tropas de tierra y fuerzas navales los puestos avanzados de la ciudad. Pero desengañados de que los romanos en efecto habían hecho su desembarco y tenían sitiada a Aspis, desistieron de vigilar el rumbo de su venida, levantaron tropas y fortificaron la ciudad y sus alrededores. Una vez apoderados de Aspis los romanos, dejan una competente guarnición para defensa de la ciudad y su país, y enviando legados a Roma que diesen parte de lo acaecido, se informasen de lo que se debía hacer y cómo se habían de conducir en adelante, marchan después rápidamente con todo su ejército, y comienzan a talar la campaña. No hallaron resistencia alguna, por lo cual arruinaron muchas quintas magníficamente construidas, robaron infinidad de ganado cuadrúpedo, y embarcaron en sus navíos más de veinte mil esclavos. Durante este tiempo regresan de Roma los legados con la resolución del Senado de que era preciso que uno de los cónsules permaneciese, quedándose con las fuerzas correspondientes, y el otro llevase a Roma la armada. Régulo fue el que se quedó con cuarenta navíos, quince mil infantes y quinientos caballos. L. Manlio, con los marineros e infinidad de cautivos, pasando sin riesgo por la Sicilia, llegó a Roma. Apenas advirtieron los cartagineses que los enemigos se disponían para una guerra más dilatada, eligieron primeramente entre sí dos comandantes, Asdrúbal, hijo de Annón, y Bostar, y enviaron después a decir a Amílcar, a Heraclea, que se restituyese cuanto antes. Éste, con quinientos caballos y cinco mil infantes, llega a Cartago, y nombrado tercer comandante delibera con Asdrúbal sobre el estado actual de los negocios. Convinieron en que se debía defender la provincia y no permitir que el enemigo la talase impunemente. Pocos días después (256 años antes de J. C.), Régulo sale a campaña, toma por asalto los castillos que no tenían muros y pone sitio a los que los tenían. Llegado que hubo a Adis, ciudad importante, sitúa sus reales alrededor de ella y emprende con ardor las obras y el cerco. Los cartagineses se dieron prisa a socorrer la ciudad, y en la firme inteligencia que libertarían las campiñas de la tala, sacaron su ejército, ocuparon una colina que dominaba a los contrarios, aunque molesta a sus propias tropas, y acamparon en ella. Tener puestas sus principales esperanzas en la caballería y los elefantes y abandonar el país llano encerrándose en lugares ásperos e inaccesibles, era mostrar a los enemigos lo que debían hacer para atacarles. En efecto, sucedió así. Desengañados por la experiencia, los capitanes romanos de que lo desventajoso del sitio inutilizaba lo más eficaz y temible del ejército contrario, sin esperar a que bajase al llano y se pusiese en batalla se aprovechan de la ocasión y ascienden la colina por una y otra parte al rayar el día. La caballería y los elefantes de los cartagineses fueron completamente inútiles. Los soldados extranjeros se batieron con generoso valor e intrepidez, y obligaron a ceder y huir la primera legión; pero atacados de nuevo, y acorralados por los que montaban la colina por la otra parte, tuvieron que volver la espalda. Después de esto, todo el campo se dispersa. Los elefantes y la caballería ganaron el llano lo más rápido que pudieron, y se pusieron a salvo. Los romanos persiguieron la infantería por algún tiempo, robaron el real enemigo, y después, batida toda la campaña, saquearon las ciudades impunemente. Hechos señores de Túnez, se acantonaron en ella, ya por la conveniencia que tenía para las incursiones que proyectaban, ya también por estar en una situación ventajosa para invadir a Cartago y sus alrededores.
Los cartagineses, derrotados poco antes en el mar y ahora sobre la tierra, no por el poco espíritu de sus tropas, sino por la imprudencia de los capitanes, se hallaban en una situación lamentable de todos modos. A esto se añadía que, invadida su provincia por los númidas, les causaban éstos mayores daños que los romanos. De lo que resultaba que, refugiados por el miedo los de la campaña en la ciudad, estaba ésta en una suma consternación y penuria, causada en parte por la gran muchedumbre, y en parte por la probabilidad de un asedio. Régulo, que veía frustradas las esperanzas de los cartagineses por mar y tierra, se juzgaba casi señor de Cartago. Pero el temor de que el Cónsul que había de llegar de Roma a sucederle no se llevase el honor de haber concluido la guerra, le impulsó a exhortar a los cartagineses a un ajuste. Fue éste escuchado con agrado, y se envió a los principales de la ciudad, quienes, conferenciando con el Cónsul, distaron tanto de conformarse con ninguna de las proposiciones que se les hacía, que ni aun pudieron oír con paciencia lo insoportable de las condiciones que les quería imponer. En efecto, Régulo, como absoluto vencedor, creía debían juzgar por gracia y especial favor todo cuanto les concediese. Los cartagineses, al contrario, considerando que, aun en el caso de ser sometidos, no les podía sobrevenir carga más pesada que la que entonces se les imponía, no sólo se tornaron exasperados con semejantes propuestas, sino también ofendidos de la dureza de Régulo. El Senado de Cartago, oída la propuesta del Cónsul, aunque perdidas casi las esperanzas de arreglo, conservó no obstante tal espíritu y grandeza de ánimo que prefirió antes sufrirlo todo, padecerlo todo e intentar cualquier fortuna, que tolerar ninguna cosa indecorosa e indigna a la gloria de sus pasadas acciones.
CAPÍTULO IX
Llega Jantippo a Cartago y se le entrega el mando de las tropas.- Ordenanza de cartagineses y romanos.- Batalla de Túnez y victoria cartaginesa.- Reflexiones sobre este acontecimiento.
Por este tiempo (255 años antes de J. C.), llegó a Cartago cierto conductor, de los que habían sido anteriormente enviados a la Grecia, conduciendo un gran reemplazo de tropas, entre las que venía un cierto Jantippo, lacedemonio, educado a la manera de su país y bastante conocedor del arte de la guerra. Éste, informado por una parte del descalabro ocurrido a los cartagineses, y del cómo y de qué manera había pasado por otra contemplando los preparativos que aun les restaban y el número de su caballería y elefantes, rápidamente echó la cuenta y declaró a sus amigos que los cartagineses no habían sido vencidos por los romanos sino por la ineptitud de sus comandantes. Divulgada prontamente por los circunstantes entre la plebe y los generales la conversación de Jantippo, deciden los magistrados llamar y hacer experiencia de este hombre. En efecto, viene, les hace ver las razones que le asistían, demuestra los defectos en que habían incurrido y asegura que si le dan crédito y se aprovechan de los lugares llanos, tanto en las marchas como en los campamentos y ordenanzas, podrían sin dificultad no sólo recobrar la seguridad para sus personas, sino triunfar de sus enemigos. Los jefes aplaudieron sus razones, convencidos le confiaron inmediatamente el mando de las tropas.
Cuando se divulgó entre el pueblo la voz de Jantippo circulaba ya un cierto rumor y fama que hacía abrigar de él a todos grandes esperanzas. Pero cuando sacó el ejército fuera de la ciudad, le puso en formación, y comenzó, dividido en trozos, a hacer evoluciones y a mandar según las reglas del arte, se reconoció en él tanta superioridad respecto de la impericia de los precedentes comandantes, que todos manifestaron a voces la impaciencia de batirse sin tardanza con los contrarios, en la firme seguridad de que no podía ocurrir cosa adversa bajo la conducta de Jantippo. Con estas disposiciones, aunque los jefes reconocieron que la tropa habían recobrado su espíritu indecible, sin embargo las exhortaron según la ocasión lo aconsejaba, y pocos días después se puso en marcha el ejército. Se componía éste de doce mil infantes, cuatro mil caballos, y cerca de un centenar de elefantes.
Cuando los romanos advirtieron que los cartagineses realizaban las marchas y situaban sus campamentos en lugares llanos y descampados, aparte de que en esto les sorprendía la novedad, sin embargo, seguros del éxito, ansiaban venir a las manos. En efecto, se fueron aproximando y acamparon el primer día a diez estadios de los enemigos. En el siguiente celebraron consejo los jefes cartagineses sobre por qué y cómo se había de obrar en el caso presente. Pero las tropas, impacientes por el combate, se aglomeran en corrillos, claman por el nombre de Jantippo, y piden que se las saque cuanto antes. En vista de este ardor y deseo del soldado, junto con el asegurar Jantippo que no había que dejar pasar la ocasión, ordenaron los capitanes que estuviese pronta la armada, y dieron atribuciones al lacedemonio para que usase del mando conforme lo creyese conveniente. Revestido de este poder, sitúa sobre una línea los elefantes al frente de todo el ejército. A continuación de las bestias coloca la falange cartaginesa a una distancia proporcionada. Las tropas extranjeras, a unas las introduce en el ala derecha, y otras, las más ágiles, las coloca con la caballería al frente de una y otra ala.
Después que vieron los romanos formarse a sus contrarios, salieron al frente en buena formación. Pero asombrados por presentir el ímpetu de los elefantes, ponen al frente los velites, sitúan a la espalda muchos manípulos espesos, y dividen la caballería sobre las dos alas. Por el hecho mismo de ser toda su formación menos extensa que antes, pero más profunda, estaban perfectamente dispuestos para resistir el choque de las fieras; pero para rechazar el de la caballería, que era mucho más superior que la suya, lo erraron de medio a medio. Después que ambas armadas se situaron a medida de su deseo, y cada línea ocupó el lugar que la correspondía, permanecieron en formación, aguardando el tiempo de llegar a las manos.
Lo mismo fue ordenar Jantippo a los conductores de los elefantes que avanzasen y rompiesen las líneas enemigas, y a la caballería que los cercase y atacase por ambas alas, que acometer también los romanos con gran ruido de armas y algazara según la costumbre. La caballería romana, por ser la de los cartagineses más numerosa, desamparó al instante el puesto en una y otra ala. La infantería situada sobre el ala izquierda, en parte por evitar el ímpetu de las fieras, y en parte por desprecio de las tropas extranjeras, atacó la derecha de los cartagineses, y haciéndola volver la espalda, la rechazó y persiguió hasta el campo. Las primeras líneas que estaban frente a los elefantes, agobiadas, rechazadas y atropelladas por la violencia de estos animales murieron a montones con las armas en las manos. El resto de la formación, por la profundidad de sus filas continuó sin desunirse durante cierto tiempo; pero cuando las últimas líneas, rodeadas por todas partes de la caballería, se vieron obligadas a hacer frente para pelear, y las primeras que habían abierto brecha por medio de los elefantes, situadas estas fieras a la espalda, encontraron con la falange cartaginesa, intacta aún y coordinada que las pasaba a cuchillo; entonces, hostigados por todas partes los romanos, la mayor parte fue presionada por el enorme peso de estos animales, el resto sin salir de formación fue asaetado por la caballería, y sólo unos pocos pudieron huir. Pero como el terreno era llano, unos murieron arrollados por los elefantes y la caballería; otros, hasta quinientos que huían con Régulo, fueron más tarde hechos prisioneros y conducidos vivos con el mismo Cónsul. Los cartagineses perdieron en esta acción ochocientos soldados extranjeros, que estaban opuestos a la izquierda de los romanos. De éstos únicamente se salvaron dos mil, que persiguiendo al enemigo, como hemos dicho, se desplazaron fuera de la batalla. Todos los demás quedaron sobre el terreno, a excepción del cónsul Régulo y los que con él escaparon. Las cohortes romanas que se salvaron se refugiaron en Aspis milagrosamente. Y los cartagineses, satisfechos con el suceso, volvieron a la ciudad, después de haber despojado los muertos, llevando consigo al Cónsul y los demás prisioneros.
Reflexione alguien detenidamente sobre este paso, y hallará infinito conducente al arreglo de vida de los mortales. La desdicha que acaba de suceder a Régulo es una demostración de que aún en las prosperidades debemos desconfiar de la fortuna. El que poco antes no daba lugar a la compasión ni cuartel al vencido, se ve hoy obligado a suplicar a este mismo por su propia vida. Parece que lo que en otro tiempo dijo tan al caso Eurípides, que un buen consejo vale más que muchas manos, lo está ahora confirmando la misma experiencia. Un solo hombre, un solo consejo, aniquila ejércitos al parecer invencibles y disciplinados; al paso que restablece una república que visiblemente se iba a desmoronar de todo punto y recobra los ánimos abatidos de sus tropas. He hecho mención de estos avisos para corrección de los que lean estos comentarios. Pues siendo los dos caminos que tienen de rectificar sus defectos los humanos, el de sus propias infelicidades o el de las ajenas, aquel que nos conduce por nuestros propios infortunios es sin duda más eficaz, pero más seguro el que nos guía por los ajenos. Por lo cual, de ningún modo debemos escoger voluntariamente el primero, porque nos proporciona la corrección a costa de muchas penas y trabajos; pero el segundo lo debemos recorrer siempre buscando, porque sin riesgo alguno nos hace verlo mejor. A vista de esto, debemos estar convencidos que el mejor estudio para moderar las costumbres es el que se forma en la escuela de una fiel y exacta historia. Porque sola ella en todo tiempo y ocasión nos provee sin riesgo de saludables avisos para lo mejor. Pero esto baste de moralidades.
CAPÍTULO X
Regreso de Jantippo a su patria.- Victoria naval de los romanos.- Toma de Palermo.
Los cartagineses, habiéndoles resultado las cosas a medida de sus deseos, no perdonaron exceso alguno de regocijo, ya tributando a Dios repetidas gracias, ya realizando entre sí mutuos oficios de benevolencia. Pero Jantippo, que había hecho adquirir tal ascendiente y aspecto a los intereses de Cartago, se volvió a ausentar de allí a poco, después de bien pensado y reflexionado el asunto. Las acciones gloriosas y extraordinarias aportan, por regla general, ya negras envidias, ya violentas calumnias. Éstas en su patria los naturales las pueden soportar, por la multitud de parientes y amigos; pero a los extranjeros cualquiera de ellas es fácil aniquilar y exponer a un precipicio. De diverso modo se cuenta la marcha de Jantippo; pero yo procuraré manifestar mi opinión aprovechando ocasión más oportuna.
Los romanos, llegada la noticia de lo sucedido en el África cuando menos la esperaban, pensaron al momento equipar una escuadra y sacar del peligro la gente que había quedado a salvo del combate. Los cartagineses, por el contrario, con el anhelo de reducir estas tropas, habían acampado y puesto sitio a Aspis; pero no pudiendo conquistarla por el espíritu y valor de los que la defendían, tuvieron al fin que alzar el cerco. Con el aviso que recibieron de que los romanos equipaban una flota, en la que habían de venir otra vez al África, repararon parte de sus barcos y construyeron otros de nuevo. Con lo que tripulados rápidamente doscientos de ellos, se hicieron a la mar para vigilar la venida de los contrarios.
Al principio del estío (255 años antes de J. C.), los romanos, botadas al mar trescientas cincuenta naves entregan el mando de ellas a Marco Emilio y Servio Fulvio, haciéndose a la vela. Costeaba esta flota la Sicilia como quien mira al África, cuando al doblar el promontorio de Hermea se topó con la armada cartaginesa, y haciéndola volver prontamente la espalda al primer choque, apresó ciento catorce navíos con sus respectivas tripulaciones. Después toma a bordo en Aspis la gente joven que había quedado en el África, y pone proa a la Sicilia. Ya había recorrido sin peligro la mitad del camino y estaba para tocar en la provincia de los camarineos cuando la sobrevino tan terrible tempestad y tan gran contratiempo, que toda exageración resultaría corta respecto a la magnitud del fracaso. De trescientos sesenta y cuatro navíos, tan sólo ochenta se salvaron. Los demás, unos hundidos, otros estrellados por las olas contra las rocas y promontorios, mostraban la costa cubierta de cadáveres y fragmentos. No hay recuerdo en las historias de catástrofe naval mayor que ésta en una sola jornada. La causa de esta desgracia no tanto se ha de atribuir a la suerte, cuanto a los jefes. Porque asegurando repetidas veces los pilotos que no se debía navegar tan próximo a la costa exterior de la Sicilia, que está mirando a la costa de África, por ser muy profunda el mar en aquella parte y difícil de abordar; a más de esto, que las dos constelaciones infaustas a la navegación, Orión y el Perro, en cuyo centro navegaban, la una no era aún enteramente pasada, y la otra empezaba a descubrirse; sin embargo, sordos a sus representaciones los Cónsules, se adentran temerariamente en alta mar, con el deseo de que ciertas ciudades situadas sobre la costa se les rendirían atemorizadas con la noticia de la precedente victoria. Pero ellos no reconocieron su temeridad hasta que cayeron en grandes desgracias por unas débiles esperanzas.
Por lo general los romanos se valen de la violencia para todas las empresas. Creen que su fantasía debe tener efecto por una especie de necesidad, y que nada de lo que una vez se imaginaron es para ellos imposible. Muchas veces por este furor han realizado sus intentos, pero algunas les ha acarreado visibles desgracias, principalmente en el mar. En la tierra, como únicamente tienen que pelear contra los hombres y sus obras, y medir sus fuerzas contra iguales, por lo general han triunfado, y rara vez ha desmentido la realización a la idea. Pero cuando han querido enfrentarse al mar y violentar el cielo, han incurrido en tan grandes contratiempos; lo que ya han experimentado no una sino infinitas veces, y experimentarán aún, mientras no corrijan esta audacia y desenfreno que los persuade a que en todo tiempo el mar y la tierra debe ser para ellos transitable.
Conocedores los cartagineses del naufragio de la armada romana, se creyeron que la victoria precedente por tierra, y la catástrofe actual por mar, los ponía en estado de hacer frente a sus contrarios, y emprendieron con más ardor los preparativos marítimos y terrestres. Enviaron al instante a Asdrúbal a la Sicilia, y le entregaron, a más de las fuerzas que antes tenía, las que habían venido de Heraclea con ciento cuarenta elefantes. Después de despachado éste, equiparon doscientos navíos y prepararon todo lo necesario para la expedición. Asdrúbal, habiendo llegado felizmente a Lilibea, se ocupaba en amaestrar las fieras y adiestrar las tropas, resuelto a apropiarse la campaña.
Los romanos, informados del pormenor del naufragio por los que habían escapado, lamentaron infinito este accidente. Pero firmes en no confiar una vez más en la fortuna, determinaron volver a construir de nuevo doscientos veinte navíos. En efecto, terminada esta armada en tres meses, lo que parece inverosímil, los cónsules nombrados, Aulo Atilio y Cn. Cornelio, la preparan prontamente y se hacen a la vela (254 años ante de J. C.) Atraviesan el estrecho, toman en Messina los barcos que se habían salvado del naufragio, y fondeando con trescientos navíos en Palermo de Sicilia, ciudad la más importante de la dominación cartaginesa, deciden ponerla sitio. Avanzados los trabajos por dos partes, y hechos los demás preparativos, acercan las máquinas. Fácilmente se destruyó un torreón inmediato al mar, por cuyas ruinas entró el soldado a mano armada y se apoderó de la ciudad nueva a viva fuerza Con este suceso vino a estar en gran peligro la otra parte de la ciudad, llamada vieja, por cuyo motivo la entregaron inmediatamente sus habitantes. Apoderados de ella los romanos, vuelven a Roma, dejando una guarnición en la ciudad.
CAPÍTULO XI
Los romanos siguen luchando contra los elementos de la naturaleza.- Batalla de Palermo.- Construcción de una nueva armada por éstos.
El verano siguiente, los nuevos cónsules Cn. Servilio y C. Sempronio se hicieron a la mar con toda la armada (253 años antes de J. C.), pasaron la Sicilia y marcharon de allí al África. Bordearon esta región realizando muchos desembarcos, pero volvieron a la isla de los lotofagos, llamada Meninx, a poca distancia de la pequeña Sirtes, sin haber efectuado cosa memorable. Durante la estancia en esta isla, su impericia les hizo dar en un bajío. La baja marea dejó en seco sus navíos y los puso en un gran apuro; pero vuelta poco después la marea cuando menos la esperaban lanzaron al mar toda la carga, y apenas hubieron alijado, cuando marcharon a manera de quien va huyendo. Tan pronto llegaron a la Sicilia, doblaron el cabo de Lilibea y abordaron a Palermo. De allí su temeridad los llevó por mar a Roma, en cuyo viaje sufrieron otra vez tan horrible temporal que perdieron más de ciento cincuenta navíos. Con estas pérdidas tan importantes y repetidas, el pueblo romano, aunque en todo émulo del honor sobremanera, desistió de construir otra flota, y forzado de la actualidad de los negocios, concretó sus restantes esperanzas a los ejércitos de tierra, envió a la Sicilia a los cónsules L. Cecilio y Cn. Furio con las legiones (252 años antes de J. C.), y dotó únicamente sesenta navíos para transportar víveres a las tropas.
Con estos infortunios mejoraron de aspecto los intereses de Cartago. Poseían ya sin disputa el imperio del mar por cesión de los romanos, y en las tropas de tierra tenían muy fundadas esperanzas. Y con razón, pues la fama extendida de la batalla de África, el haber destrozado los elefantes sus líneas, y haber muerto infinidad de soldados, habían hecho formar a los romanos una idea tan espantosa de estas fieras, que en los dos años siguientes acampados en distintas ocasiones en los territorios de Lilibea y Selinuncia, a cinco o seis estadios de los enemigos, no se atrevieron jamás a presentarse al combate sin descender absolutamente a la llanura, por temor al ímpetu de estas bestias. Pues aunque sitiaron durante este tiempo a Terma y Lipari, esto fue situándose en lugares escabrosos e inaccesibles. El temor y desaliento que los romanos advirtieron en sus ejércitos de tierra, les hizo mudar de resolución y volver sus pensamientos a la marina. En efecto, crearon cónsules a C. Atilio y L. Manlio, construyeron cincuenta navíos e inscribieron y recogieron prontamente el personal correspondiente para la armada.
Asdrúbal, comandante de los cartagineses, testigo del espanto de los romanos en los campamentos anteriores, informado de que uno de los Cónsules había marchado a Italia con la mitad del ejército (252 años antes de J. C.), y que Cecilio quedaba en Palermo con la parte restante para defender los frutos de los aliados, cuya cosecha estaba ya en sazón; Asdrúbal, digo, parte de Lilibea con su ejército y sienta sus reales sobre los límites del territorio de Palermo. Cecilio, que advirtió su confianza, retuvo sus tropas dentro de la ciudad, con vistas a provocar su audacia. Fiero el cartaginés de que en su concepto Cecilio no osaba hacerle frente, avanza temerario con todo el ejército, y desciende por unos desfiladeros al país de Palermo. El procónsul, no obstante la tala de frutos que el cartaginés hacía hasta la ciudad, permanecía firme en su resolución hasta ver si le incitaba a pasar el río que corre por delante. Pero cuando ya tuvo de esta parte los elefantes y el ejército, destaca al instante sus tropas ligeras para que los provoquen y se vean obligados a poner todo su campo en batalla. Al fin, cumplido su deseo, sitúa algunas tropas ligeras delante del muro y del foso, con orden de, si los elefantes se acercaban, dar sobre ellos una carga cerrada de saetas; y en caso de verse precisados, retirarse al foso, y desde allí volver a la carga contra los que se acercasen. Ordena después a los artesanos llevar dardos de la plaza y estar dispuestos en el exterior al pie del muro. Él con sus cohortes se aposta en la puerta opuesta al ala izquierda de los enemigos, para enviar continuamente socorros a sus ballesteros. Empeñada algo más la acción, los conductores de los elefantes, émulos de la gloria de Asdrúbal y deseosos de que a ellos se les atribuyese la victoria, avanzaron todos contra los primeros que peleaban, los pusieron fácilmente en huida y los persiguieron hasta el foso. Aproximáronse después los elefantes, pero heridos por los que disparaban desde el muro, y traspasados a golpe seguro con los continuos chuzos y lanzas de los que coronaban el foso, se enfurecen al fin acribillados de flechas y heridas, se vuelven y atacan a los suyos, atropellan y matan a los soldados, confunden y desordenan sus líneas. A la vista de esto, Cecilio saca rápidamente el ejército, da en flanco con sus tropas de refresco y coordinadas sobre el ala de los enemigos desorganizados, causa un grande daño en los contrarios, mata a muchos, y hace huir a los demás precipitadamente. Toma diez elefantes con sus indios, y se apodera de todos los demás que habían desmontado a sus conductores, rodeándolos la caballería después de la batalla. Acabada la acción, en general se confesaba que Roma era deudora a Cecilio de que sus tropas de tierra hubiesen recuperado el valor y hubiesen vindicado la campiña. Llevada a Roma la noticia de este triunfo, se alegraron infinito, no tanto porque privados de los elefantes quedaban muy inferiores los enemigos, cuanto porque habiendo apresado estas fieras habían recobrado el espíritu sus soldados. Con tal motivo se confirmaron también en su anterior resolución de enviar los Cónsules a la expedición con la armada y tropas navales, y procurar poner fin a la guerra del modo posible. Aprestado todo lo necesario para la partida, salen al mar los Cónsules con doscientos navíos hacia la Sicilia. Ya era éste el decimocuarto año de la guerra (251 antes de J. C.) Echan anclas en Lilibea, y con la incorporación de tropas de tierra que había en la isla, emprenden poner sitio a la ciudad con la esperanza de que, dueños de ella, pasarían fácilmente al África el teatro de la guerra. Cuanto a esta parte, casi pensaban del mismo modo que los romanos los comandantes cartagineses, y hacían las mismas reflexiones. Por cuya razón, desatendiendo lo demás, únicamente insistieron en socorrer esta plaza, y aventurar y sufrirlo todo por su conservación, por no quedarles ya recurso alguno, poseyendo los romanos lo demás de la Sicilia, a excepción de Drepana. Pero para que aquellos que no conocen la geografía no confundan lo que se va a decir, intentaré dar a mis lectores una breve noticia de la oportunidad y situación de este país.
CAPÍTULO XII
Situación de la Sicilia.- Sitio de Lilibea.- Traición de las tropas extranjeras.- Socorro que envía Cartago bajo la conducta de Aníbal.- Salida de los sitiados contra las máquinas de guerra.
Sicilia está situada respecto a Italia y sus límites de igual modo que el Peloponeso respecto al resto de la Grecia y sus extremos. En esto estriba la diferencia que entre las dos se halla: que aquella es isla, y ésta península. El istmo de ésta es transitable, y el de aquella vadeable. La figura de la Sicilia es un triángulo. Los vértices de cada ángulo son otros tantos promontorios. De los cuales, el que mira a Mediodía y se avanza al mar de Sicilia, se llama Pachino; el que yace al Septentrión y termina la parte occidental del estrecho, distante de Italia como doce estadios, Peloro, finalmente, el tercero se llama Lilibeo, mira al África está situado cómodamente para pasar a los promontorios de Cartago que mencionamos anteriormente, está distante de ellos como mil estadios, se inclina hacia el ocaso del invierno, y divide los mares de África y de Cerdeña. Sobre este último cabo se halla emplazada la ciudad del mismo nombre, y a la que entonces los romanos sitiaron. Está bien protegida por muros, circundada de un profundo foso y esteros que llena el mar, cuya travesía para entrar en el puerto necesita de mucha práctica y experiencia.
Los romanos, situados sus reales delante de esta ciudad por una y otra parte (251 años antes de J. C.) y guarnecidos los espacios que mediaban entre los dos campos de foso, trinchera y muro, empezaron el ataque por un torreón situado a la orilla del mar que mira al África. Se añadían sin cesar obras a obras; se adelantaban cada vez más los preparativos, con lo que finalmente, derribaron seis torreones contiguos al susodicho y emprendieron batir con el ariete todos lo restantes. Como el sitio se estrechaba con actividad y esfuerzo, los torreones, unos amenazaban ruina de día en día, otros se habían ya venido a tierra y las obras se iban internando más y más en la ciudad; la consternación y espanto era grande entre los sitiados, en medio de que ascendía la guarnición a diez mil mercenarios, sin contar los habitantes. Sin embargo, Imilcón, comandante de esta tropa, no omitía cosa de cuantas le podían conducir. Reparaba las brechas, hacía contraminas y molestaba no poco a los enemigos. Cada día inspeccionaba las obras por sí mismo y observaba cómo podría poner fuego a las máquinas, para lo cuales daba día y noche tantos y tan obstinados combates que a veces en estos encuentros quedaba más gente sobre el campo que la que acostumbra a morir en las batallas campales.
En el transcurso de este tiempo algunos oficiales de los de mayor graduación en las tropas extranjeras conspiraron entre sí de entregar la ciudad a los romanos. Satisfechos de la sumisión de sus tropas, pasan por la noche desde la plaza al campo enemigo y conferencian con el Cónsul acerca del asunto. Alexón, natural de la Acaya, que tiempo atrás había salvado a Agrigento de la traición tramada por las tropas extranjeras a sueldo de los siracusanos, descubrió también entonces el primero la conspiración y la denunció al comandante cartaginés. Éste reúne rápidamente los oficiales que habían quedado, les exhorta con súplicas, les promete magníficas gracias y recompensas para que se mantengan en la fe que le habían pactado y no coadyuven a la traición de los que habían salido. Acogidas con aceptación sus persuasiones, envía al instante emisarios a las tropas extranjeras: a los galos a Aníbal, hijo de Aníbal, que había muerto en Cerdeña, por la familiaridad que había contraído con ellos en aquella expedición; para los otros mercenarios elige a Alexón, por la aceptación y crédito que entre ellos tenían. Reúnen éstos la guarnición, la exhortan, la aseguran de las recompensas que a cada uno ofrecía el comandante, y la persuaden tan bien a desistir del empeño, que vueltos poco después a los muros los traidores, para congregar y declarar a sus compañeros lo que los romanos les ofrecían, lejos de asentir a su demanda, ni aun se dignan escucharles, y los despiden con piedras y saetas que les tiran desde el muro. Por lo relatado se ve que la falta de fe en las tropas extranjeras puso a pique de perecer a los cartagineses. Mas Alexón, a cuya fidelidad debieron anteriormente los agrigentinos, no sólo su ciudad y país, sino sus leyes e inmunidades, fue también la causa en esta ocasión de que a los cartagineses no se les frustrasen sus intentos.
Todo esto se ignoraba en Cartago; pero conjeturando las necesidades de un asedio, equiparon cincuenta navíos, al mando de Aníbal, hijo de Amílcar, trierarco y amigo íntimo de Adherbal, a quien, después de una exhortación conveniente a las presentes coyunturas, destacan en diligencia con orden de que, sin tardanza, use de su espíritu a medida de las circunstancias y socorra a los sitiados. En efecto, sale al mar Aníbal con diez mil hombres, fondea en las islas Egusas, situadas entre Lilibea y Cartago, y aguarda tiempo oportuno para su viaje. Se aprovecha después de un próspero y suave viento, despliega todas las velas, y arrebatado de su impulso, llega a la entrada del puerto con sus soldados armados sobre las cubiertas y dispuestos para la acción. El inesperado descubrimiento de la escuadra, y temor de que la violencia del viento no les arrastrase dentro del puerto con sus enemigos, hizo desistir a romanos de impedir el arribo del socorro y estarse a la capa admirando la audacia de los contrarios. La multitud del pueblo que coronaba los muros, ya quieta con el suceso, ya alegre en extremo con el auxilio inesperado, alentaba con aplausos y algazara a los que venían. Finalmente, Aníbal entra con temerario arrojo y confianza, fondea en el puerto y desembarca sus gentes sin peligro. Los de la ciudad, no tanto estaban gozosos por la venida del socorro, aunque muy capaz de aumentar sus fuerzas y esperanzas, cuanto por no haberse atrevido los romanos a impedir la entrada a los cartagineses.
Imilcón, gobernador de la ciudad, dándose cuenta del espíritu y buen animo de los ciudadanos con la llegada del socorro, y de los recién llegados con la falta de experiencia en los trabajos ocurridos, desee de aprovecharse de las disposiciones de unos y otros antes que se resfriasen, los convoca a junta para incendiar las máquinas de los sitiadores. Aquí, por medio de un largo discurso conveniente a las circunstancias del día, en que les promete en particular y en común a los que se destaquen magníficos dones y presentes de parte de la República, excita en ellos tal valor, que todos unánimes atestiguan y claman que sin más los saquen al enemigo. Entonces el comandante, aplaudido y aceptado su buen deseo, despidió la asamblea, advirtiéndoles que se recogiesen temprano y obedeciesen a sus jefes.
Poco después llamó a los comandantes, distribuyó entre ellos los más aptos sitios que cada uno debía ocupar, les dio la señal y tiempo de apostarse, y ordenó a los oficiales estar en los puestos con las tropas de su mando antes de la madrugada. Obedecidos sus mandatos, saca el ejército al amanecer y ataca las máquinas por diferentes partes. Los romanos, que habían previsto lo que había de suceder, no estaban ociosos ni desprevenidos, antes bien acudían prontamente donde era menester y hacían una vigorosa resistencia. No tardó la acción en hacerse general y ser obstinado el combate alrededor de las murallas. Los de la ciudad no bajaban de veinte mil y los de fuera eran aún en mayor número. La lucha era tanto más viva, cuanto el soldado peleaba confusamente sin guardar orden, según le dictaba el impulso. De tal modo que como eran tantos los ataques de hombre a hombre y línea a línea, parecía que cada uno se había desafiado a un combate particular, bien que la mayor vocería y confusión era alrededor de las máquinas. Éste era el objetivo que uno y otro bando se había propuesto al situarse en sus puestos: los unos hacer volver la espalda a los que defendían las obras, los otros, no abandonarlas; y era tal la emulación y ardor de aquellos en insistir desalojarlos, y la obstinación de éstos en no ceder al ataque, que finalmente morían unos y otros en los mismos puestos que habían ocupado desde el inicio. Mezclados unos con otros, hubo quienes con la mecha, estopas y fuego en la mano, embistieron con tal furor las máquinas por todas partes, que los romanos se vieron en el último peligro, sin poder contener el ímpetu de los enemigos. Por último, el Comandante cartaginés, a la vista de la mucha gente que moría, ordenó tocar a retirada, sin haber logrado apoderarse de las máquinas, cuyo fin se había propuesto. Y los romanos, que estuvieron a punto de perder todos sus preparativos, quedaron al cabo dueños de sus obras y las conservaron todas sin daño alguno.
CAPÍTULO XIII
Audacia de un rodiano, que al fin es apresado por los romanos.- Incendio de las máquinas guerreras.
Transcurrida esta acción, Aníbal, ocultándose de los enemigos, salió del puerto por la noche con sus navíos para Drepana, donde se encontraba Adherbal, jefe de los cartagineses. Es Drepana una plaza cuya ventajosa situación y conveniencia del puerto hacía muy interesante su conservación a los cartagineses, a una distancia de Lilibea como de ciento veinte estadios. En Cartago se ansiaba tener noticias de lo que pasaba en Lilibea, pero no era posible, por tener los sitiados cerrada la entrada del puerto y guardarla los sitiadores con exactitud. Sin embargo, cierto hombre distinguido llamado Aníbal, rodio de nación, se ofreció a marchar a Lilibea, y enterado por sí de lo ocurrido, regresar con la noticia de todo. Se aceptó con gusto su oferta, aunque se desconfiaba del cumplimiento, por estar fondeada la escuadra romana en la boca del puerto. É no obstante, equipada su embarcación, se hace a la vela, y arribando a una de las islas que están delante de Lilibea, al día siguiente se aprovecha con fortuna de un viento favorable, entra a las cuatro de la mañana, a la vista de todos los enemigos, que admiran su osadía, y se dispone a salir al día siguiente. El Cónsul, deseoso de tener más bien custodiada la entrada dispone con rapidez por la noche diez de sus más ágiles navíos, y él con todo el ejército se pone desde la costa en observación de los pasos del rodiano. Estos navíos, atracados cuanto era dable en los esteros de una y otra parte de la boca, se hallaban con los remos levantados, para atacar y apresar la nave que había de salir. Pero finalmente el rodio hace su salida a la vista de todos, y satisfecho de su audacia y agilidad, insulta de tal modo a los enemigos, que no sólo saca por medio de los navíos contrarios su buque y tripulación sin daño alguno, sino que virando de una parte a otra, se detiene algún tanto con los remos levantados, en ademán provocativo; y sin atreverse ninguna a presentarse por la celeridad de su curso, marcha después de haber insultado con sola su embarcación toda la escuadra. Esta maniobra, que repitió en adelante muchas veces, reportó una grande utilidad: a los de Cartago, por tener continuamente noticia de las urgencias de la plaza; a los sitiados, por haberles aumentado su espíritu, y a los romanos, por haberles amedrentado con su arrojo.
Mucho contribuyó a la osadía del rodiano el exacto conocimiento que tenía de la entrada del puerto por su experiencia en los bajíos. Para esto, después que tomaba altura y comenzaba a ser visto, giraba de tal modo su proa hacia la torre del mar como quien viene de Italia, que ésta servía de impedimento a las demás que miran al África, para no ser visto. Por este solo medio es fácil a los que navegan con viento favorable, lograr la boca del puerto. La audacia del rodio alentó a muchos expertos en aquellas rutas a seguir su ejemplo. El gran perjuicio que esto representaba para los romanos, les estimuló a cegar la boca; pero en su mayor parte fue inútil su empeño. Era mucha la profundidad del mar. Nada de cuanto se echaba permanecía por lo general, ni subsistía en el mismo sitio. Las olas y violencia de la corriente conmovían y esparcían, al tiempo de caer, lo que se arrojaba. Solamente en un lugar en que había un banco de arena, se consiguió levantar un cúmulo de fagina a mucha costa. Una galera de cuatro órdenes, de diferente construcción que las demás, varó pasando de noche por este sitio, y cayó en poder de los enemigos. Dueños de ella los romanos, la dotaron de una tripulación de marineros escogidos, y observaban a todos los que entraban en el puerto, y sobre todo al rodio. Éste por casualidad entró una noche, y a poco volvió a salir a la vista de todos. Pero advirtiendo que la galera adaptaba sus movimientos a los suyos, se asombró al reconocerla. Al principio intentó ganarle la delantera; mas, alcanzada por la destreza de los remeros, se vio al cabo precisada a hacer frente, y batirse con sus enemigos. Eran éstos superiores en número y elección de soldados, y así fue apresada. Dueños los romanos de este buque bien construido, lo equipan de todo lo necesario, y refrenan de este modo la audacia de los que navegaban a Lilibea.
Los sitiados reparaban con ardor las ruinas, pero no tenían esperanza de inutilizar y destruir las baterías de los contrarios, cuando se originó una tempestad de aire, cuyo ímpetu y fuerza contra los cimientos de las máquinas era tal, que hacía bambolear los cobertizos, y llevaba tras sí con violencia las torres que precedían para su defensa. Para entonces (251 años antes de J. C.), algunos griegos que estaban a sueldo advirtieron la oportunidad que se les presentaba de destruir las obras, de cuyo intento dieron parte al comandante. Éste da su aprobación, dispone al punto lo necesario para la empresa, y juntos los jóvenes prenden fuego por tres partes a las máquinas. Como la diuturna construcción de las obras hacía tan propensos a la combustión los materiales, y la violencia del aire soplaba y conmovía los fundamentos de las torres y máquinas, venía a ser eficaz y activo el pábulo del fuego; sobre todo cuando el atajarlo y socorrerlo era absolutamente difícil e impracticable a los romanos. Este accidente les puso en tal consternación, que ni comprender ni ver podían lo que pasaba. Las tinieblas en que se hallaban envueltos, las chispas que el viento les impelía y la densidad del humo, sofocaban y mataban a muchos, sin poder acudir a donde el fuego demandaba. Cuanta mayor era la incomodidad para los romanos por lo expuesto, tanta mayor era la ventaja para los que prendían el fuego. Todo lo que les podía cegar, todo lo que les podía ofender, impelía y llevaba el viento contra los sitiadores; a la vez de que todo lo que se tiraba, todo lo que se arrojaba en su ofensa o para ruina de las baterías, todo se aprovechaba, por ver los sitiados sin obstáculo lo que tenían delante. Aun la violencia del mismo viento coadyuvaba a hacer más eficaz y vehemente el daño. Finalmente, la pérdida fue tan general, que hasta los fundamentos de las torres y las cabezas de los arietes quedaron inutilizados por el fuego. Con tales contratiempos, los romanos convirtieron el sitio en bloqueo, se conformaron con rodear y cercar la ciudad con foso y trinchera, ceñir con un muro su propio campo y el resto dejarlo al tiempo. Los de Lilibea, por el contrario, reparando las ruinas de los muros, sufrían ya el asedio con más constancia.
CAPÍTULO XIV
Infructuosa sorpresa de Drepana.
Llegada y divulgada en Roma la nueva de que la mayor parte de la armada había perecido, o en la defensa de las máquinas, o en lo demás del asedio, sin dilación se alistó gente, se reunió hasta diez mil hombres, y se enviaron a Sicilia. Pasado que hubieron éstos el estrecho, y llegado a pie hasta los reales, el cónsul Pub. Claudio congrega los tribunos, y les comunica «Ahora es la ocasión de que toda la armada marche a Drepana. Adherbal, capitán de los cartagineses y gobernador de esta plaza (250 años antes de J. C.), está desapercibido de lo que le va a suceder. Ignora la llegada de este refuerzo, y vive persuadido a que es imposible a los romanos poner en el mar una escuadra, después de haber muerto tanta gente en el asedio.» Aprobado fácilmente el pensamiento, embarca prontamente los remeros que antes tenía con los que le acabab |