La Eneida, Virgilio – Libro III (versión en prosa)

Tercer libro de la Eneida, por Virgilio. Versión en prosa.

La Eneida

Publio Virgilio Marón

La Eneida (en latín Aeneis) es la obra maestra de Publio Virgilio Marón, uno de los más célebres de todos los poetas romanos. Estos poemas, divididos en doce libros y dos tomos, fueron escritos entre los años 29 a. C. a 19 a. C. bajo el encargo del emperador Augusto con el fin de darle a Roma una épica fundacional. Basándose en la obra homérica, Virgilio relata la épica de Eneas, un héroe troyano que escapa a la destrucción de Troya y tras un viaje plagado de amenazas y aventuras concluye con la fundación de Roma a la manera de los mitos griegos.

La Eneida

Tomo I
Libro ILibro IILibro IIILibro IVLibro VLibro VI

Tomo II
Libro VIILibro VIIILibro IXLibro XLibro XILibro XII

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TERCER LIBRO

Después que plugo a los dioses derruir el imperio de Asia y abrumar a la raza de Príamo con una desgracia inmerecida; luego que cayó la soberbia Ilión y toda Troya, la ciudad de Neptuno, quedó reducida a humeantes pavesas, decidímonos, por los agüeros de los dioses a buscar diversos destierros y regiones desiertas, a cuyo fin construimos una armada en el pueblo de Antandro, al pie de los montes del frigio Ida, sin saber a dónde nos llevarán los hados, dónde nos será dado establecernos. Reúno, pues, toda mi gente: empezaba entonces apenas el verano, y como ya mi padre Anquises disponía que diésemos la vela a la aventura, abandoné, en fin, llorando, las costas y los puertos de la patria y los campos donde fue Troya; desterrado, surco el hondo mar con mis compañeros, mi hijo, mis penates y nuestros grandes dioses.

Hay distante de Troya una vasta región favorecida de Marte, poblada por los Tracios, en la cual reinó en otro tiempo el cruel Licurgo, y que en los días de prosperidad para nosotros fue de muy antiguo nuestra aliada y amiga. A ella enderezo el rumbo, y en sus corvas playas, impulsado por aciaga fortuna, asiento la primera cerca de una ciudad, a cuyos pobladores doy el nombre de Eneadas, tomado del mío.Allí hice un sacrificio a mi madre Dione y a las deidades protectoras de las obras comenzadas, e inmolé en la playa al supremo rey de los dioses un corpulento toro. Alzábase por dicha allí cerca un túmulo, que cubría con sus espesas ramas un cerezo silvestre y un enorme arrayán. Lleguéme a él, y queriendo arrancar del suelo algunas verdes malezas para esparcir sus hojas sobre los altares, se aparece a mis ojos un horrendo prodigio: del primer arbusto que descuajo, destilan gotas de negra sangre, con que se empapa el suelo; un frío horror paraliza mis miembros; helada de espanto, se me cuaja la sangre en las venas. Segunda vez pruebo a arrancar el flexible tallo de otro arbusto para descubrir la causa de aquel misterio, y otra vez chorrea sangre la corteza. Revolviendo en mi mente mil pensamientos, invocaba a las ninfas de las selvas y al padre Gradivo, que protege los campos de los Getas, a fin de que trocasen aquella triste aparición en próspero agüero; pero cuando con mayor empuje pruebo a arrancar la tercera mata, y forcejeo, apoyada una rodilla en la arena (¿lo diré o no?), sale de lo más hondo del túmulo un gemido lastimero, y llegan a mis oídos estas palabras: «¿Por qué, ¡Oh Eneas!, despedazas a un infeliz? Deja en paz al que yace en el sepulcro; no manches con un crimen tus piadosas manos. Hijo de Troya como tú, no soy para ti un extranjero; esa sangre que ves, no mana de los arbustos. ¡Ah! huye de este despiadado suelo, huye de estas avaras playas. Yo soy Polidoro; aquí me encubre, clavado en tierra, una férrea mies de dardos, cuyas aceradas puntas han ido botando sobre mi cuerpo acribillado.» Oprimido entonces el ánimo de un inquieto terror, quédeme yerto, mis cabellos se erizaron y la voz se me pegó a la garganta.

Era aquel Polidoro el mismo a quien el desventurado Príamo, cuando llegó a desconfiar del triunfo de las armas troyanas, viendo estrechamente cercada su ciudad, envió tiempo antes, con gran cantidad de oro, al Rey de Tracia para que cuidase de su crianza. El Rey, tan luego como vio mal paradas las cosas de los Troyanos, y que los abandonaba la fortuna, siguió el partido de Agamenón y de sus armadas vencedoras, y atropellando todos los deberes, degüella a Po lidoro y se apodera por fuerza de su caudal. ¡A qué no arrastras a los mortales corazones, impía sed del oro! Luego que volví de mi espanto, fui a referir a los próceres elegidos del pueblo, y a mi padre, el primero entre ellos, el prodigio que me habían manifestado los dioses, y a pedirles su parecer sobre lo que debía hacerse. Todos estuvieron unánimes en que debíamos huir de aquel suelo criminal, abandonar aquellos sitios, en que se había profanado la hospitalidad, y dar las naves al viento; pero antes hacemos exequias funerales a Polidoro. Hacinamos gran porción de tierra para sepulcro, levantamos a sus manes altares enlutados con azules ínfulas y negro ciprés, colocándose en derredor las Troyanas, destrenzado el cabello, conforme al rito. Sobre ellos derramamos espumantes cuernos de leche tibia y copas de sangre de las víctimas sacrificadas; encerramos su alma en el sepulcro, y con grandes clamores le damos el último adiós.

Apenas pudimos tener confianza en la mar, viendo sus olas en paz con los vientos y oyendo la apacible voz del austro, que nos convidaba a navegar, botaron al agua las naves mis compañeros, y con su muchedumbre llenaron las playas.

Salimos, en fin, del puerto; pronto dejamos atrás tierras y ciudades. En medio del mar se alza una frondosa isla, tierra sagrada, gratísima a la madre de las Nereidas y a Neptuno egeo; errante en otro tiempo por los mares de playa en playa, el dios flechador, compadecido, la fijó entre Micón y la alta Giaro, concediéndole que permaneciese inmoble y arrostrase el furor de los vientos. Allí vamos a parar; aquella apacible isla nos recibe, fatigados navegantes, en su seguro puerto. Ya desembarcados, saludamos con veneración la ciudad de Apolo. El rey Anio, rey de aquellos pueblos y juntamente sacerdote de Febo, ceñidas las sienes de la real diadema y del sacro laurel, nos sale al encuentro y reconoce a su antiguo amigo Anquises; nos damos las manos en señal de hospitalidad y le seguimos a su palacio.

Voy luego a adorar a Apolo en su templo, labrado de vetustas piedras. «Concédenos», le dije, «¡Oh Timbreo! morada propia. Concede a estos infelices fatigados murallas y ciudad donde tomar asiento y perpetuar su linaje; conserva a Troya un segundo Pérgamo en nosotros, reliquias de los Griegos y del cruel Aquiles. ¿A quién hemos de seguir? ¿A dónde nos mandas que vayamos? ¿Dónde quieres que nos fijemos? Danos ¡Oh padre! un agüero e infunde tu numen en nuestras almas.»

No bien hube pronunciado estas palabras, cuando de repente me pareció que retemblaba todo en derredor, los umbrales y el laurel del dios; que se estremecía el circunvecino monte y que crujía la trípode en el abierto santuario. Prosternámonos en tierra, y estas palabras llegan a nuestros oídos: «Esforzados hijos de Dárdano, la primera tierra que produjo el linaje de vuestros padres, y con él a vosotros, esa misma os acogerá en su fecundo regazo cuando tornéis a ella; buscad, pues a vuestra antigua madre. Allí dominarán de uno a otro confín la casa de Eneas y los hijos de sus hijos y los que nacieran de ellos.» Esto nos respondió Febo; todos prorrumpen en alborozada gritería y se echan a discutir qué murallas sean aquellas de que habla el dios, adónde quiere que encaminemos nuestros errantes pasos y adónde nos manda volver; entonces mi padre, evocando memorias de los antiguos varones, «Escuchad, ¡Oh próceres!» dijo, «y sabed el secreto de vuestras esperanzas. En medio del mar se extiende la isla de Creta, donde está el monte Ida, cuna del gran Jove y de nuestro linaje. Pueblan sus naturales cien grandes y riquísimas ciudades; de allí, si recuerdo bien lo que tengo oído, nuestro insigne antepasado Teucro llegó el primero a las bocas Reteas, donde eligió sitio para fundar un reino. Aun no se había levantado Ilión ni existía el alcázar de Pérgamo; sólo estaban poblados los hondos valles. De allí nos vinieron el culto de la madre Cibeles y los címbalos de los coribantes y los misterios del bosque Ideo; de allí el silen cio de las ceremonias sagradas y los leones uncidos al carro de la diosa. Ea, pues, sigamos el rumbo que nos señalan los mandatos de los dioses; aplaquemos los vientos y encaminémonos a los reinos de Creta; ni creáis que distan de aquí gran trecho: con tal que Júpiter nos sea propicio, al tercer día arribará nuestra escuadra a las playas cretenses.» Dicho esto, inmoló en las aras los holocaustos debidos a los dioses: un toro a Neptuno, otro a ti, hermoso Apolo, una oveja negra a la Tempestad, y una blanca a los bonancibles Céfiros.

En alas de la fama llegan a nuestros oídos nuevas de que el caudillo Idomeneo, arrojado del reino de sus padres, ha huido, dejando desamparadas las playas de Creta; de que sus moradas están libres de enemigos, y de que allí nos esperan habitaciones abandonadas. Salimos del puerto de Ortigia, y volando por el piélago, dejamos atrás a Naxos con sus collados cubiertos de bacantes, a la verde Donusa, a Olearo y a la blanca Paros; las Cícladas, esparcidas por el mar y una multitud de estrechos y de lenguas de tierra. Nuestros marineros claman a porfía, encareciendo unos con otros sus deseos, de que lleguemos a Creta, cuna de nuestros antepasados; y favorecidos del viento, que se levantó a popa, llegamos en fin prósperamente a las playas de los antiguos Curetes. Al punto, llevado de mi impaciencia, hago empezar a construir los muros de la anhelada ciudad, a la que pongo por nombre Pérgamo, exhortando a mi gente, entusiasmada de aquella denominación troyana, a que ame sus nuevos hogares y levante al punto una fortaleza. Ya habíamos sacado a la seca playa casi todas nuestras naves; ya nuestra juventud celebraba fiestas nupciales y atendía al cultivo de nuestros nuevos campos; yo empezaba a darles leyes y viviendas, cuando de repente sobrevino un año de horrible peste, producida por la corrupción del aire, mortífera para los hombres, los árboles y los sembrados. Los que no perdían la dulce vida, la arrastraban entre crueles enfermedades; pasaba esto en la estación en que Sirio abrasa con sus rayos los campos esterilizados; las yerbas estaban secas, y las mieses, agostadas, negaban todo sustento. Entonces mi padre me exhortó a que, cruzando el mar, fuese a consultar segunda vez el oráculo de Febo en su templo de Ortigia, y a implorar su clemencia, preguntándole qué término tiene señalado a nuestras cansadas peregrinaciones, de dónde nos manda que probemos a sacar remedio a nuestros trabajos, adónde en fin, hemos de enderezar el rumbo.

Era la noche, y el sueño embargaba en la tierra a todas las criaturas, cuando se me aparecieron en sueños, iluminadas por la clara luz de la luna llena, que penetraba por mis ventanas, las sagrados efigies de los dioses y los penates frigios que traje conmigo de Troya, sacándolos de entre las llamas de la ciudad; entonces me pareció que me hablaban así, disipando mis angustias con estas palabras: «Lo que Apolo te diría si fueses a Ortigia a consultarle, te lo va a vaticinar aquí, y para eso nos envía a tus umbrales. Nosotros te hemos seguido después del incendio de Troya, a ti y a tus armas, y contigo y en tus naves hemos surcado el revuelto piélago; nosotros levantaremos hasta las estrellas a tus futuros descendientes, y daremos a su ciudad el señorío del mundo. Tú prepara grandes murallas para un gran pueblo, y no desmayes en el largo afán de tus peregrinaciones. Fuerza es que cambies de morada; no son éstas las playas a que el delio Apolo te persuadió que fueras, ni te mandó fijar tu asiento en Creta. Hay una gran región (los Griegos le dan por nombre Hesperia), tierra antigua, poderosa en armas y rica en frutos, poblada en otro tiempo por los Enotrios; ahora es fama que sus descendientes la llaman Italia, del nombre de su caudillo. Allí tenemos nuestras moradas propias; de allí proceden Dárdano y nuestro ascendiente Jasio, de quien desciende el linaje troyano. Levántate, pues, y ve jubiloso a contar estas cosas certísimas a tu anciano padre, y a decirle que se dirija a Corito y a las regiones ausonias. Júpiter no consiente que mores en los campos dicteos.» Atónito con tales visiones y con aquellas palabras de los dioses (porque aquello no era un sueño, antes se me figuraba que los tenía delante y que reconocía sus rostros y veía sus cabelleras, ceñidas de sacras vendas), un frío sudor corrió por todo mi cuerpo. Levántome del lecho, tiendo al cielo las manos y mi voz suplicantes, y libo en mi hogar puras ofrendas. Cumplido aquel deber, voy, lleno de alegría, a enterar de todo a Anquises, y se lo refiero por su orden; con esto reconoce la ambigüedad de nuestro linaje, nacida de sus dos troncos, y su nuevo error en confundir los antiguos lugares. Entonces repuso: «Hijo mío, trabajado por los adversos hados de Ilión, Casandra era la única que me vaticinaba esos sucesos; ahora recuerdo que presagió a mi linaje la posesión de un imperio, al que unas veces daba el nombre de Hesperia, otras el de Italia; pero ¿quién había de creer que los Teucros irían a las playas de Hesperia? o ¿A quién entonces hacían fuerza los vaticinios de Casandra? Rindámonos a Febo, y persuadidos de su oráculo, sigamos mejores rumbos» Dice, y todos con aplauso obedecemos sus palabras, abandonando también aquellos sitios, y dejando en ellos a unos pocos, damos la vela y surcamos el vasto piélago en nuestras huecas naves.

Luego que estuvimos en alta mar, y desaparecieron todas las costas, sin que viésemos por dondequiera más que cielo y agua, una azulada nube se paró encima de mi cabeza, trayendo en su seno la noche y la tempestad. Horribles tinieblas cubrieron las olas. Al punto los vientos revuelven la mar y se levantan enormes oleadas: juguete de su empuje, vagamos dispersos por el vasto abismo. Negros nubarrones envuelven el día, y una lluviosa obscuridad nos roba el cielo; de las rasgadas nubes brotan frecuentes relámpagos. Perdido el rumbo, andamos errantes por el tenebroso piélago; el mismo Palinuro no acierta a distinguir el día de la noche, ni recuerda el derrotero en medio de las olas. Todavía anduvimos errantes por el caliginoso mar durante tres días sin sol, y otras tantas noches sin estrellas; por fin, al cuarto día vimos por primera vez alzarse tierra en el horizonte, aparecer montes a lo lejos y algunas nubes de humo. Amainamos velas y echamos mano al remo sin perder momento; los marineros baten la espuma a fuerza de puños y barren las cerúleas ondas; las playas de las Strofadas me reciben las primeras, libertado del mar. Los Griegos denominan Strofadas, unas islas del vasto mar Jónico, donde habitan la cruel Celeno y las otras arpías, desde que, cerrado para ellas el palacio de Tineo, el miedo les hizo abandonar sus abundosas mesas. Jamás salieron de las aguas estigias, suscitados por la cólera de los dioses, monstruos más tristes ni peste más repugnante; tienen cuerpo de pájaro con cara de virgen, expelen un fetidísimo excremento, sus manos son agudas garras, y llevan siempre el rostro descolorido de hambre…

Apenas desembarcamos en el puerto, vimos esparcidas por toda la campiña hermosas vacadas y rebaños de cabras sin pastor. Entrámoslos a cuchillo, ofreciendo a los dioses y al mismo Júpiter parte de aquella presa; luego disponemos en la corva playa los hechos y empezamos a comer aquellos óptimos manjares, cuando de pronto acuden desde los montes con horrible vuelo las arpías, y batiendo las alas con gran ruido, arrebatan nuestras viandas y las corrompen todas con su inmundo contacto, esparciendo en torno, entre sus fieros graznidos, insoportable hedor. Segunda vez ponemos las mesas a gran distancia de allí, en una honda gruta, cerrada por corpulentos árboles, que la cubren de espesísima sombra, y restablecemos el fuego en los altares; mas segunda vez también, desde diversos puntos del cielo, sale la resonante turba de sus lóbregos escondrijos, revolotea, esgrimiendo sus garras, alrededor de nuestros manjares y los ensucia con sus bocas. Mando entonces a mis compañeros que empuñen las armas y cierren con aquella familia maldita; hácenlo como lo dispongo, ocultando las espaldas y los broqueles entre la yerba, y apenas las arpías se dispersan en ruidoso tropel por las corvas playas, y Miseno, desde un alto risco, da la señal con una trompeta, las acometen los míos, y en tan nuevo linaje de lid, acuchillan a aquellas sucias aves del mar; pero su plumaje impenetrable las preserva de toda herida, y tendiendo su vuelo por el firmamento en rápida fuga, abandonan la ya roída presa entre asquerosos rastros de su presencia. Sólo Celeno quedó posada en una eminente roca, desde donde, fatal agorera, rompió a hablar en estos términos:

«Hijos de Laomedonte después de habernos movido guerra, destruyendo nuestros ganados, ¿todavía intentáis expulsar a las inocentes arpías del reino de sus padres? Oíd, pues, lo que os voy a decir, y guardad bien en la memoria estas palabras: Yo, la mayor de las furias, voy a revelaros las cosas que el Padre omnipotente tiene vaticinadas a Febo, y Febo me ha vaticinado a mí. A Italia enderezáis el rumbo, y a Italia os llevarán los vientos invocados; lograréis arribar a sus puertos, pero no rodearéis con murallas la ciudad que os conceden los hados, sin que antes horrible hambre, castigo de la matanza que habéis intentado en nosotras os haya obligado a morder y devorar vuestras propias mesas.»

Dijo, y volando fue a refugiarse en la selva. Aquellas palabras helaron de súbito terror la sangre en las venas a mis compañeros; decayeron los ánimos, y renunciado al medio de las armas, con votos y preces determinan implorar la paz, ya sean diosas las arpías, ya crueles e inmundas aves. Mi padre Anquises, tendiendo en la playa sus manos al cielo, invoca a los grandes númenes y prescribe los sacrificios que reclama el caso. «¡Apartad, oh dioses». exclama, «esas amenazas! ¡Apartad de nosotros tamaño desastre, y salvad a estos hombres piadosos!» Enseguida manda cortar los cables y tender las sacudidas jarcias.

Hinchan los notos nuestras velas y bogamos por las espumosas olas, siguiendo el derrotero que nos señalan los vientos y el piloto. Ya aparecen en medio del mar la selvosa Zacinto, y Duliquio, y Samos, y Nerito, toda erizada de peñascos. Esquivamos los arrecifes de Itaca, reino de Laertes, maldiciendo aquel suelo, que produjo al cruel Ulises. Pronto se descubren a nuestra vista las nebulosas cimas del monte Leucates y el promontorio de Apolo, tan temido de los marineros. Allí, sin embargo, nos dirigimos fatigados y entramos en la pequeña ciudad: echamos el ancla y amarramos las naves a la playa.

Desembarcados, por fin, impensadamente en aquella tierra, ofrecemos a Júpiter, encendiendo en sus altares llamas votivas, y celebramos juegos troyanos en la playa de Accio.

Desnudos y ungido de aceite el cuerpo, nuestros compañeros se ejercitan en las luchas nacionales, regocijándose de haber escapado con bien de tantas ciudades argólicas, y de haber logrado la fuga por medio de sus enemigos. Entre tanto el sol iba llegando al término de su larga carrera en derredor del año, y el frío invierno con sus aquilones encrespaba las olas. Clavo en las puertas del templo un escudo de cóncavo bronce, antiguo arreo del grande Abante, y esculpo en él esta inscripción: «Eneas arrebató este trofeo a los Griegos vencedores»; enseguida mando a los remeros dejar el puerto y tomar asiento en sus bancos; ellos a porfía baten con los remos las aguas y barren la mar. Pronto perdemos de vista las enhiestas torres de los Feacios, seguimos las costas de Epiro, arribamos al puerto Caonio, y subimos a la eminente ciudad de Butroto.

Allí llegaron a nuestros oídos increíbles rumores de que Eleno, hijo de Príamo, reinaba en algunas ciudades griegas, por haberse casado con la viuda de Pirro, del linaje de Eaco, y sucedídole en el trono; y de que Andrómaca había contraído nuevo enlace con un troyano. Quedéme pasmado, y en mi pecho se encendió un vehementísimo deseo de hablar con Eleno y averiguar la verdad de tan grandes sucesos; salgo del puerto, dejando mis naves y la playa, y me adelanto tierra adentro. Por dicha, en aquel momento estaba Andrómaca en un bosque, a corta distancia de la ciudad, junto a la orilla de un imaginario Simois, ofreciendo libaciones solem nes, manjares y fúnebres dones a las cenizas de Héctor, evocando sus manes a un túmulo vacío, formado de verde césped, al que había consagrado dos altares, ocasión de su continuo llanto. En cuanto me vio dirigirme a ella, y reconoció, delirante, mis arreos troyanos, aterrada como a la vista de un fantasma, cayó de pronto exánime y yerta; mas recobrando al fin la voz tras largo desmayo, me habló así: «¿Es realidad? ¿Eres tú verdaderamente, hijo de una diosa, el que viene a mí como mensajero? ¿Vives? o si la luz del cielo faltó ya para ti, ¿Dónde está Héctor?» Dijo, prorrumpió en llanto y llenó todo el bosque con sus clamores. Turbado en vista de aquella acerba aflicción, apenas acierto a articular estas confusas palabras: «Vivo, sí, arrastrando una miserable existencia entre crudos afanes. No lo dudes; lo que estás viendo es una realidad… Mas ¡Ay! ¿Qué trance cruel te derribó de la altura en que te puso tu primer marido? ¿Cuál fortuna, digna de él y de ti, es ahora la tuya? ¿Eres, ¡oh Andrómaca! la viuda de Héctor o la esposa de Pirro?» Bajó el rostro, avergonzada y me dijo con humilde acento: «¡Oh feliz sobre todas la virgen hija de Príamo, condenada a morir ante un túmulo enemigo, bajo las altas murallas de Troya, que ni se vio sorteada, ni subió cautiva, al lecho de un amo vencedor! Yo, después del incendio de Troya, llevada por diversos mares, tuve que sufrir la insolencia de un mancebo soberbio, hijo de Aquiles, y concebí en la esclavitud; el cual, prendado al poco tiempo de Hermione, nieta de Leda, y prefiriendo enlazarse con una Lacedemonia, me entregó a mí, su sierva, por esposa de su siervo Eleno. Pero Orestes, inflamado de un violento amor a su prometida esposa, que quieren arrebatarle, e impelido al crimen por las Furias, cayó de improviso sobre Pirro y le inmoló al pie de los patrios altares. Por muerte de Neptolemo, una parte de sus reinos pasó a poder de Eleno, que, del nombre del troyano Caón, denominó Caonia a toda esta tierra, y construyó en esos collados un nuevo Pérgamo y un alcázar como el de Ilión. Pero a ti, ¿qué vientos, qué hados te han impelido en tu derrotero? ¿Cuál dios te ha hecho arribar sin saberlo a nuestras playas? ¿Qué es del niño Ascanio?

¿Vive, respira aún? Nació cuando Troya… ¿Se acuerda con dolor de su perdida madre? ¿Le excita al culto de la antigua virtud y al varonil esfuerzo el ejemplo de su padre Eneas y de su tío Héctor?»

Así decía llorando y exhalando en vano largos sollozos, cuando salió de las murallas con grande acompañamiento, y se encaminó a nosotros, el héroe Eleno, hijo de Príamo, y reconociendo a los suyos, nos condujo alborozado, a su palacio, llorando de alegría a cada palabra que nos dirige. Sigo adelante y me encuentro con una pequeña Troya, con una fortaleza construida a semejanza del grande alcázar de Pérgamo, con un seco arroyo denominado Xanto, y abrazo los umbrales de una puerta Scea. También mis Teucros se regocijan, como yo, a la vista de aquella ciudad amiga, que les recuerda su patria. Recibíales el Rey en sus espaciosos pórticos, en medio de su palacio hacían libaciones a Baco, y la copa en la mano, apuraban sabrosos manjares, servidos en vajilla de oro.

Así pasamos un día; cuando ya las auras bonancibles nos brindan a navegar e hincha nuestras velas el impetuoso austro, dirijo estas palabras a Eleno, juntamente rey y adivino:

«Hijo de Troya, intérprete de los dioses, tú que descubres la voluntad de Febo en las trípodes, en el laurel de Claros, en las estrellas y en los agüeros del canto y del vuelo de las aves, habla, yo te lo ruego. En todo la religión me tiene vaticinado un próspero viaje; todos los númenes me han amonestado a que me encamine a Italia y penetre en aquellas repuestas regiones; sólo la arpía Celeno me ha anunciado un nefando y nunca visto prodigio, venganzas crueles y un hambre espantosa. ¿Qué peligros son los que debo evitar primero?

¿Qué he de hacer para superar tan grandes trabajos?» Entonces Eleno, después de inmolar, conforme al rito, algunos novillos, implora el favor de los dioses, desciñe las ínfulas de su sagrada cabeza, y él mismo me conduce por la mano, temblando yo a la idea de verme en presencia de tan gran numen, a los umbrales de su templo, ¡Oh Febo!; enseguida el sacerdote pronunció con su inspirado labio este vaticinio:

«Hijo de una diosa, los más grandes auspicios me declaran patentemente que debes lanzarte al mar; así el rey de los dioses dispone tus hados y prepara tus futuros azares; tal es el orden que te señala. Pocas te declararé de las muchas cosas que te convendría saber para que te fuesen más seguros y hospitalarios los mares que vas a explorar, y los puertos ausonios en que has de hacer asiento, pues las Parcas vedan a Eleno saberlas todas, y Juno, hija de Saturno, le impide hablar. En primer lugar, la Italia, que tú te imaginas cercana, y esos puertos que te dispones a ocupar y que crees vecinos, está muy lejos, y de ellos te separan largos e intransitables caminos. Tus remos han de doblegarse en las olas trinacrias, han de surcar tus naves las aladas olas del mar Ausonio, los lagos infernales y las aguas de la isla de Circe, hija de Eea, antes de que te sea dado echar los cimientos de una ciudad en el suelo seguro. Yo te daré las señales por las que has de guiarte; grábalas bien en tu mente. Cuando engolfado en tristes pensamientos te encuentres a la margen de un desconocido río, tendida bajo las encinas de la ribera, una corpulenta cerda blanca dando de mamar a treinta lechoncillos, blancos como ella, habrás hallado el sitio en que has de edificar tu ciudad; aquél será el descanso cierto de tus trabajos.

No te horrorice la idea de que habéis de devorar hasta vuestras mesas; los hados te sacarán de ese trance, y Apolo invocado será contigo. Evita, sin embargo, esas tierras, evita esas cercanas costas de Italia, que bañan las olas de nuestro mar; todas sus ciudades están habitadas por los pérfidos Griegos.

Allí los Locrios han levantado las murallas de Naricia, y el lictio Idomeo ocupa con sus guerreros los campos salentinos; allí el caudillo Filoctetes, rey de Melibea, ha fortificado la reducida población de Petelia. Mas luego que, traspuestos los mares, hayan anclado tus naves en la costa, y levantadas las aras, pagues a los númenes los debidos votos, cúbrete la cabellera con un velo de púrpura, no sea que en medio de las sagradas llamas, encendidas en honor de los dioses, se te presente el rostro de un enemigo y turbe el agüero. Observad tus compañeros y tú esta práctica en las ceremonias sagradas, y perpetúese como una tradición religiosa entre vuestros piadosos descendientes. Mas cuando los vientos te impelan hacia las playas sicilianas y se ensanchen a tu vista las angostas bocas de Peloro, dirígete por un largo circuito a las tierras y a los mares que verás a tu izquierda; huye de las costas y de las olas que veas a tu derecha. Es fama que aquellos dos continentes, que en otro tiempo formaban uno solo; se separaron violentamente en un espantoso rompimiento, a impulso de las aguas del mar, que dividió a la Hesperia de la costa siciliana: ¡Tan poderosa es para producir mudanzas la larga sucesión de los siglos! y abriéndose un estrecho canal entre ellas, baña a la par los campos y las ciudades de ambas riberas. Señorease del diestro lado Scila, y del izquierdo la implacable Caribdis; ésta se sorbe tres veces las vastas olas precipitadas en su profundo báratro, y tres veces las vuelve a arrojar a lo alto, batiendo con ellas el firmamento, mientras que Scila encerrada en las negras cavidades de una caverna, saca la cabeza por ella y arrastra las naves hacia sus peñascos.

Tiene la primera rostro de hombre, y hasta medio cuerpo figura de hermosa virgen; el resto es de enorme pez, uniendo una doble cola de delfín a un vientre como el de los lobos.

Más te valdrá, aunque sea más lento, enderezar el rumbo al promontorio siciliano de Paquino y dar un largo rodeo, que ver una sola vez a la horrible Scila en su enorme caverna, y sus riscos, siempre resonantes con los ladridos de sus perros marinos. Además, si alguna prudencia reconoces en Eleno, si tienes alguna fe en los vaticinios, y crees que Apolo infunde en mi mente el espíritu de la verdad, una cosa te aconsejaré,¡Oh hijo de una diosa!, y no me cansaré de repetirla: lo pri mero es que implores en tus preces el numen de la gran Juno; ofrece a Juno continuos votos, y aplaca a fuerza de suplicantes dones a aquella poderosa soberana, y así, en fin, vencedor, dejando la Sicilia, llegarás a los confines ítalos.

Arribado que hayas allí, y entrando en la ciudad de Cumas y en los divinos lagos y en las resonantes selvas del Averno, verás una exaltada profetisa que anuncia los hados futuros bajo una hueca peña y escribe en hojas de árboles sus vaticinios, los cuales dispone en cierta manera, dejándolos así encerrados en su caverna, donde permanecen quietos sin que varíe en nada el orden en que ella los ha dejado; mas apenas llega a entreabrirse la puerta y penetra en la cueva la menor ráfaga de viento, se dispersan, revoloteando por todo el ámbito aquellas hojas escritas, sin que ella se cure de recogerlas, de colocarlas nuevamente en su sitio, ni de coordinar, juntándolas, sus oráculos; los que han acudido a consultarla se vuelven sin respuesta, maldiciendo de la cueva de la Sibila.

Nada te importe detenerte allí cuanto fuere preciso; aunque te increpen tus compañeros, aunque los vientos te brinden y aun te fuercen a darte a la vela, soplando prósperos, no dejes de ir a buscar a la Sibila y de implorar con preces sus oráculos; aguarda a que te los dé, aguarda que benévola te haga oir su voz. Ella te declarará los pueblos de Italia y las futuras guerras que te aguardan, y te dirá los medios de evitar o de vencer cualesquiera trabajos; si la veneras, ella hará prósperas tus aventuras. He aquí las cosas que a mi voz le es lícito declararte; ve, pues, y sublima hasta los astros con tus hechos el gran nombre de Troya.»

Después de haberme dirigido estas palabras amigas, dispuso el adivino que llevasen a las naves cuantiosos regalos de oro y marfil; en ellas amontona además mucha plata, vasos de Dodona, una loriga de triples mallas de oro y un magnífico yelmo de undoso y largo crestón, armas d Neptolemo.

También para mi padre hubo presentes; a ellos añade caballos y guías… nos proporciona remeros, y provee además de armas a mi gente.

Entre tanto que Anquises mandaba aparejar la escuadra para que no hubiese demora en aprovechar el primer viento favorable, el intérprete de Febo le habló así con respetuoso acento: «¡Oh Anquises, digno de tu glorioso enlace con Venus, cuidado de los dioses, libertado por dos veces de las ruinas de Pérgamo! ahí tienes delante la tierra de Ausonia; vuela a arrebatarla con tus naves. Y sin embargo, fuerza te será navegar largo rato antes de llegar a ella; lejos está todavía aquella parte de la Ausonia que Apolo designa en sus oráculos. Ve, ¡Oh padre feliz por la piedad de tu hijo! ¿A qué he de extenderme más, impidiéndoos con mis palabras aprovechar los vientos que se levantan?» También Adrómaca, pesarosa de aquella suprema despedida, y no menos espléndida que Eleno, trae ropas recamadas de oro y una clámide frigia para Ascanio, le abruma de regalos de telas labradas, y le dice así: «Recibe, niño, estas labores de mis manos, y consérvalas como un recuerdo y un testimonio del acendrado cariño de Andrómaca, esposa de Héctor. Recibe estos últimos dones de los tuyos, ¡Oh única imagen que me queda de mi Astianax! Así levantaba los ojos, así movía las manos, ése era su porte; ahora tendría tu edad y crecería contigo.» Yo me despedí de ellos, diciéndoles entre lágrimas: «¡Vivid felices, oh vosotros, cuyas vicisitudes han terminado ya! Nosotros estamos todavía destinados a ser juguete de la fortuna.

Asegurado os está el descanso; no tenéis que surcar mar alguno, ni que buscar los campos de la Ausonia, que no parece sino que siempre van huyendo de nosotros. Viendo estáis una imagen del río Xanto y una Troya, obra de vuestras manos; ¡Ojalá viva bajo mejores auspicios que la primera, y menos expuesta que ella a las insidias de los Griegos! Si algún día llego a pisar las márgenes y las campiñas del Tíber; si algún día llego a ver las murallas prometidas a los míos, nuestras ciudades y nuestros pobladores, el Epiro y la Hes peria, unidos de antiguo por un mismo origen, pues todos, tienen por padre a Dárdano, y ligados por iguales infortunios, formaremos por nuestra estrecha unión una sola Troya.

¡Ojalá cundan estos sentimientos hasta nuestros últimos descendientes!»

Damos por fin la vela y llegamos al cercano promontorio Ceraunio, camino el más breve por mar para Italia. En tanto el sol se precipita en el ocaso, y los montes de la costa se cubren de opacas sombras; desembarcamos, y designados por la suerte los remeros que han de velar, nos tendemos cabe la orilla en el regazo de la deseada tierra; desparramados en grupos por la seca playa, restauramos los fatigados cuerpos con un apacible sueño. Todavía la noche, conducida por las horas, no había llegado a la mitad de su carrera, cuando se levanta del lecho el diligente Palinuro, explora todos los vientos y presta el oído al menor soplo de las auras; observa todas las estrellas que se deslizan por el callado cielo; Arturo, las lluviosas Híadas, los dos Triones y Orión, armado con su espada de oro. Cerciorado de todas las señales de un cielo sereno, dio desde la popa de su nave el toque sonoro, a cuya llamada levantamos los reales, y dándonos nuevamente al mar, desplegamos las alas de nuestras velas. Ya la Aurora sonrosaba los cielos, ahuyentadas las estrellas, cuando divisamos en lontananza unos nebulosos collados, y visible apenas sobre la superficie del mar, el suelo de Italia. ¡Italia!

clamó el primero Acates, y a Italia saludan con jubilosos clamores mis compañeros. Entonces mi padre Anquises enguirnalda una gran copa, la llena de vino, y puesto de pie en la más alta popa, invoca a los dioses en estos términos:

«Dioses del mar y de la tierra, árbitros de las altas tempestades, otorgadnos una fácil travesía y prósperos vientos.»

Arrecian en esto las deseadas auras, descúbrese el puerto ya más cercano, y aparece en una altura un templo de Minerva; recogen mis compañeros las velas y enderezan las proas hacia la costa. Batido de las olas por la parte de Oriente, ábrese el puerto formando un arco, delante del cual oponen una barrera de salada espuma dos grandes escollos, que a manera de torres extienden en contorno una doble muralla; a medida que nos acercamos, parece que el templo se aleja de la playa.

Allí, por primer agüero, vi cuatro caballos blancos como la nieve, que estaban paciendo en un extenso y hermoso prado.

Entonces mi padre Anquises: «Guerra nos traes, ¡Oh tierra hospitalaria! para la guerra se arman los caballos; esos brutos nos amenazan con la guerra. Mas sin embargo, esos mismos caballos se acostumbran a arrastrar un carro y a llevar uncidos al yugo acordes frenos, lo cual es también una esperanza de paz.» Dice, y al punto imploramos el santo numen de la armisonante Palas, primera deidad que acogió nuestros gritos de alegría. Prosternados delante de sus altares, nos cubrimos las cabezas con el velo frigio, y ajustándonos a los preceptos importantísimos de Eleno, tributamos a la argiva Juno los debidos honores.

Sin pérdida de momento, cumplidos por su orden los votos, hacemos girar las velas en las entenas, y abandonamos aquellos campos sospechosos, habitados por Griegos. Desde allí descubrimos el golfo de Tarento, ciudad edificada por Hércules, si no miente la fama; en frente se levanta el templo de la diosa Lacinia, los alcázares de Caulonia y el promontorio de Scila, donde tantas naves van a estrellarse. En seguida divisamos a lo lejos sobre las olas trinacrias el Etna, y oímos los grandes gemidos del piélago, los bramidos de las peñas batidas del mar, la voz de las olas que van a romperse en la playa; hierve el fondo del mar y se revuelven las arenas en remolinos. Entonces mi padre Anquises: «Esa es sin duda, aquella Caribdis; esos son, sin duda, aquellos arrecifes, aquellas horrendas peñas que nos vaticinaba Eleno. Arrancadnos de aquí, compañeros, y todos a la par echaos sobre los remos.» Hácenlo todos así, y Palinuro el primero endereza la rechinante proa hacia las olas que se extienden a la izquierda; toda la tripulación pugna por dirigirse a la izquierda con re mo y vela. Una enorme oleada nos levanta al firmamento, y aplanándose luego, descendemos con ella a la mansión de los profundos mares. Tres veces los escollos lanzaron un inmenso clamor de sus huecas cavernas; tres veces vimos desecha la espuma y rociados con ella los astros. Por fin, al ponerse el sol, la caída del viento trajo el término de nuestras fatigas, y perdido el derrotero, fuimos a parar a las costas de los Cíclopes.

Cerrado a los vientos el puerto, muy espacioso, es en extremo apacible, pero cerca de él truena el Etna en medio de horrorosas ruinas; unas veces arroja al firmamento una negra nube de huno como pez, mezclado con blancas pavesas, y levanta globos de llamas, que van a lamer las estrellas; otras vomita peñascos, desgajadas entrañas del monte, y apiña en el aire con gran gemido rocas derretidas, y rebosa hirviendo de su profundo centro. Es fama que aquella mole oprime el cuerpo de Encélado, medio abrasado por un rayo; sobre ella estriba además el enorme Etna, de cuyos rotos hornos brotan llamas y cada vez que el gigante fatigoso se revuelve de otro lado, retiembla con sordo murmullo toda Sicilia y el cielo se cubre de humo. Escondidos en las selvas, toda la noche observamos con espanto aquellos horrendos prodigios, sin discurrir cuál podía ser la causa del estruendo que oíamos, pues ni aparecían los astros, ni iluminaba el firmamento la menor claridad, antes todo era nieblas en el obscuro cielo, y una borrascosa noche envolvía en sus sombras a la luna.

Ya el próximo día empezaba a despuntar en el Oriente, y la Aurora ahuyentaba del cielo las húmedas sombras, cuando de pronto sale de las selvas, dirigiéndose a nosotros, tendiendo suplicante sus manos hacia la playa, un desconocido de singular y lastimosa catadura, reducido a la última demacración. Atónitos quedamos contemplando su miseria espantosa, su larga barba, su andrajoso vestido, sujeto con espinas de pescado; por lo demás, se conocía que era un griego de los que en otro tiempo habían acudido con los ejércitos de su nación contra Troya. En cuanto vio de lejos nuestros atavíos dardanios y nuestras armas troyanas, paróse un momento, despavorido, sin poder dar un paso; enseguida se precipitó hacia la playa, llorando y dirigiéndonos estas súplicas: «Por los astros, por los dioses, por ese aire del cielo que respiramos todos, os conjuro ¡Oh Teucros! que me saquéis de estos sitios, y sean cualesquiera aquellos a que me llevéis, me daré por muy contento. No os ocultaré que he formado parte de las escuadras griegas, ni tampoco que fui uno de los que llevaron a la guerra a los penates de Ilión, por lo cual, si tan grande os parece mi delito, arrojad al mar mi despedazado cuerpo y sumergidlo en el inmenso abismo. Si perezco, me será grato al menos perecer a manos de hombres.» Dijo, y echándose a nuestros pies, se nos asía a las rodillas, como clavado en el suelo, mientras le instamos a que hable, a que nos declare quién es, qué linaje es el suyo, qué desgracias le persiguen; mi mismo padre Anquises, al cabo de breves momentos, tiende la diestra al mancebo, y con esta señal de bondad conforta su ánimo. Depuesto, en fin, el terror, nos habla en estos términos:

«Compañero del desgraciado Ulises, Itaca es mi patria, mi nombre Aqueménides; la pobreza de mi padre Adamastor me impulsó a ir a la guerra de Troya (¡Ojalá me durase todavía aquella pobreza!) Mientras huían despavoridos de estos terribles sitios, mis compañeros me dejaron olvidado en la vasta caverna del Cíclope, negra mansión, toda llena de podredumbre y de sangrientos manjares. El monstruo que la habita es tan alto, que llega con su frente al firmamento (¡Oh Dioses, apartad de la tierra tamaña calamidad!), nadie osa mirarle ni hablarle. Son su alimento las entrañas y la negra sangre de sus miserables víctimas. Yo mismo, yo le vi, cuando tendido en medio de su caverna, asió con su enorme mano a dos de los nuestros y los estrelló contra una peña, inundando con su sangre todo el suelo; le vi devorar sus sangrientos miembros, vi palpitar entre sus dientes las carnes tibias todavía. Mas no quedó impune; no consintió Ulises tales horrores, no se olvidó de los suyos en tan tremendo trance el Rey de Itaca. Luego que Polifemo, atestado de comida y aletargado por el vino, reclinó la doblada cerviz y se tendió cuan inmenso era en su caverna, arrojando por la boca, entre sueños, inmundos despojos, mezclados con vino y sangre, nosotros, después de invocar a los grandes númenes, y designados por la suerte los que habían de acometer la empresa, nos arrojamos todos a la vez sobre él, y con una estaca aguzada le taladramos el enorme ojo, único que ocultaba bajo el entrecejo de su torva frente, semejante a una rodela argólica o al luminar de Febo; y alegres en fin, vengamos las sombras de nuestros compañeros. Pero huíd, infelices, huíd, y cortad el cable que os amarra a la costa…

porque no es ese Polifemo, tal cual os le ha pintado, el único que recoge sus ovejas en la inmensa caverna y les exprime las ubres; otros cien infandos Cíclopes, tan gigantescos y fieros como él, habitan estas corvas playas y vagan por estos altos montes. Ya por tercera vez se han llenado de luz los cuernos de la luna desde que arrastro mi existencia por las selvas, entre las desiertas guaridas de las fieras, observando desde una roca cuándo asoman los gigantes Cíclopes, y temblando al ruido de sus pisadas y de su voz. Los arbustos me dan un miserable alimento de bayas y desabridas cerezas silvestres; las yerbas me sustentan con sus raíces, que arranco con mi mano. Atalayando estos contornos, descubrí vuestras naves, que se dirigían a estas playas, y a ellas, fuesen de quien fuesen, resolví entregarme. Mi único afán es huir de esta monstruosa gente; ahora vosotros imponedme el género de muerte que os plazca.»

No bien había pronunciado estas palabras, cuando en la cumbre de un monte vemos moverse entre su rebaño la enorme mole del mismo pastor Polifemo, que se encaminaba a las conocidas playas; monstruo horrendo, informe, colosal, privado de la vista. Lleva en la mano un pino despojado de sus ramas, en que apoya sus pasos, y le rodean sus lanudas ovejas, su único deleite, consuelo también en su desgracia…

Luego que tocó las profundas olas y hubo penetrado en el mar, lavó con sus aguas la sangre que chorreaba de su ojo reventado, rechinándole los dientes de dolor; y avanzando enseguida a la alta mar, aun no mojaban las olas su enhiesta cintura. Temblando precipitamos la fuga, después de haber acogido en nuestro bordo al griego suplicante, que bien lo merecía; cortamos los cables en silencio, e inclinados sobre los remos, a porfía barremos la mar. Oyonos él, y torció su marcha hacia donde sonaba el ruido que hacíamos; mas como no le fuese dado alcanzarnos con su mano, ni pudiese correr tan aprisa como las olas jónicas, levantó un inmenso clamor, conque se estremecieron el ponto y todas las olas, retembló en sus cimientos toda la tierra de Italia, y rugió el Etna en sus huecas cavernas. Concitados por aquel ruido, acuden los Cíclopes de las selvas y de los altos montes, y precipitándose en tropel hacia el puerto, llenan las playas; en ellas veíamos de pie y mirándonos en vano con feroces ojos, a aquellos hermanos, hijos del Etna, cuyas altas frentes se levantaban al firmamento. ¡Horrible compañía! tales se alzan con sus excelsas copas las aéreas encina o los coníferos cipreses, en las altas selvas de Júpiter o en los bosques de Diana. Aguijados por el miedo, maniobramos, atentos sólo a precipitar la fuga, tendiendo las velas al viento favorable; mas recordando los preceptos contrarios de Eleno, que nos recomendaba evitar el rumbo entre Scila y Caribdis, como muy peligroso, determinamos volver atrás, cuando he aquí que empieza a soplar el Bóreas por el angosto promontorio de Peloro, y nos impele más allá de las bocas del río Pantago, formadas por peñas vivas del golfo de Megara y de la baja isla de Tapso. Todas aquellas playas que de nuevo recorría, nos iba enseñando Aqueménides, compañero del infeliz Ulises.

En el golfo de Sicilia, en frente del undoso Plemirio, se extiende una isla, a la que sus primeros moradores pusieron por nombre Ortigia. Es fama que el río Alfeo de la Elide, abriéndose hasta allí secretas vías por debajo del mar, confunde ahora con sus aguas ¡Oh Aretusa! sus ondas sicilianas.

Obedeciendo a Anquises, ofrecemos sacrificios a los grandes númenes de aquellos sitios, y enseguida avanzo a las tierras que el Heloro fertiliza con sus aguas estancadas. De allí seguimos costeando los altos arrecifes y los peñascos de Paquino, que parecen suspendidos sobre el mar; a lo lejos aparece Camarina, a la que los hados no permiten que mude nunca de asiento, y los campos gelenses y la gran ciudad de Gela, así llamada del nombre de su río. A lo lejos, en una vasta extensión, ostenta sus magníficas murallas la alta Acragas, madre en otro tiempo de fogosos caballos. Impelidos por los vientos, te dejo atrás ¡Oh Selinos! rica de palmas, y paso los vados Lilibeos, peligrosos por sus ocultos escollos.

Luego me reciben el puerto de Drepani y su triste playa; allí, trabajado por tantas tempestades, perdí, ¡Ay! a mi padre Anquises, consuelo único de mis trabajos; allí me dejaste abandonado a mis fatigas, ¡Oh el mejor de los padres, libertado,¡Ay! en vano de tantos peligros! Ni el adivino Eleno, cuando me anunciaba tantos horrores, ni la cruel Celeno, me vaticinaron aquella dolorosa pérdida. Tal fue mi última desventura, tal fue el término de mis largas peregrinaciones, a mi salida de allí, fue cuando un dios me trajo a vuestras playas.

Así alzando él solo la voz en medio de la atención universal, recordaba el gran caudillo Eneas los hados que le depararan los dioses, y refería sus viajes. Calló por fin, dando aquí punto a su historia.

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