La Eneida, Virgilio – Libro II (versión en prosa)

Segundo libro de la Eneida, por Virgilio. Versión en prosa.

La Eneida

Publio Virgilio Marón

La Eneida (en latín Aeneis) es la obra maestra de Publio Virgilio Marón, uno de los más célebres de todos los poetas romanos. Estos poemas, divididos en doce libros y dos tomos, fueron escritos entre los años 29 a. C. a 19 a. C. bajo el encargo del emperador Augusto con el fin de darle a Roma una épica fundacional. Basándose en la obra homérica, Virgilio relata la épica de Eneas, un héroe troyano que escapa a la destrucción de Troya y tras un viaje plagado de amenazas y aventuras concluye con la fundación de Roma a la manera de los mitos griegos.

La Eneida

Tomo I
Libro ILibro IILibro IIILibro IVLibro VLibro VI

Tomo II
Libro VIILibro VIIILibro IXLibro XLibro XILibro XII

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SEGUNDO LIBRO

Callaron todos, puestos a escuchar con profunda atención, y enseguida el gran caudillo Eneas habló así desde su alto lecho: «Mándasme ¡oh Reina! que renueve inefables dolores, refiriéndote cómo los Dánaos asolaron las grandezas troyanas y aquel miserando reino; espantosa catástrofe, que yo presencié y en que fui gran parte. ¿Quién al narrar tales desastres; quién, ni aun cuando fuera uno de los Mirmidones o de los Dólopes, o soldado del duro Ulises, podría refrenar el llanto? Y ya la húmeda noche se precipita del cielo, y las estrellas que van declinando convidan al sueño. Mas si tanto deseo tienes de saber nuestras tristes aventuras, y de oir brevemente el supremo trance de Troya, aunque el ánimo se horroriza a su solo recuerdo y retrocede espantado, empezaré. Quebrantados por la guerra y contrariados por el destino en tantos años ya pasados, los caudillos de los Griegos construyen, por arte divino de Palas, un caballo tamaño como un monte, cuyos costados forman con tablas de abeto bien ajustadas, y haciendo correr la voz de que aquello es un voto para obtener feliz regreso, consiguen que así se crea.

Allí, en aquellos tenebrosos senos, ocultan con gran sigilo la flor de los guerreros, designados al efecto por la suerte, y en un momento llenan de gente armada las hondas cavidades y el vientre todo de la gran máquina.

«Hay a la vista de Troya una isla, llamada Ténedos, muy afamada y rica en los tiempos en que estaban en pie los reinos de Príamo, y que hoy no es más que una ensenada, fondeadero poco seguro para las naves. Allí avanzan los Griegos y se ocultan en la desierta playa, mientras nosotros creíamos que habían levantado el campo y enderezado el rumbo a Micenas: con esto, toda Troya empieza a respirar tras su largo luto. Abrense las puertas; para todos es un placer salir de la ciudad y ver los campamentos dóricos, los lugares ya libres de enemigos y la abandonada playa; aquí acampaba la hueste de los Dólopes; allí tenía sus tiendas el feroz Aquiles; en aquel punto fondeaba la escuadra, por aquel otro solía embestir el ejército. Unos se maravillan en vista de la funesta ofrenda consagrada a la virginal Minerva, y se pasman de la enorme mole del caballo, siendo Timetes el primero en aconsejar que se lleve a la ciudad y se coloque en el alcázar, ya fuese traición, ya que así lo tenían dispuesto los hados de Troya; pero Capis, y con él los más avisados, querían, o que se arrojase al mar aquella traidora celada, sospechoso don de los Griegos, o que se le prendiese fuego por debajo, o que se barrenase el vientre del caballo y registrasen sus hondas cavidades. El inconstante vulgo se divide en encontrados pareceres.

«Baja entonces corriendo del encumbrado alcázar, seguido de gran multitud, el fogoso Laoconte, el cual desde lejos,» ¡Oh miserables ciudadanos!» empezó a gritarles: ¿Qué increíble locura es ésta? ¿Pensáis que se han alejado los enemigos y os parece que puede estar exento de fraude don alguno de los Dánaos? ¿Así conocéis a Ulises? O en esa armazón de madera hay gente aquiva oculta, o se ha fabricado en daño de nuestros muros, con objeto de explorar nuestras moradas y dominar desde su altura la ciudad, o algún otro engaño esconde. ¡Troyanos, no creáis en el caballo!

¡Sea de él lo que fuere, temo a los griegos hasta en sus dones!» Dicho esto, arrojó con briosa pujanza un gran venablo contra los costados y el combo vientre del caballo, en el cual se hincó retemblando y haciendo resonar con hondo gemido sus sacudidas cavidades; y a no habernos sido adversos los decretos de los dioses, si nosotros mismos no nos hubiéramos conjurado en nuestro daño, aquel ejemplo nos habría impelido a acuchillar a los Griegos en sus traidoras guaridas, y aun subsistieras, ¡Oh Troya! y aun estarías en pie, ¡Oh alto alcázar de Príamo!

Llegan en esto unos pastores troyanos, trayendo maniatado por la espalda, a presencia del Rey, con gran vocerío, un mancebo desconocido, que se les había presentado de improviso para mejor encubrir aquella traza y abrir a los Griegos las puertas de Troya, fiado en su valor e igualmente dispuesto, o a valerse de engaños, o a arrostrar una muerte seguro. Por todas partes la juventud troyana, con el afán de verle, se precipita en derredor del preso, insultándole a porfía. Ve aquí ¡Oh Reina! las traiciones y maldades de los Dánaos, y juzga por ésta todas las demás… Turbado, inerme, párase en medio de la muchedumbre, que le contempla, y tiende sus miradas sobre los apiñados Frigios. «¡Ah! exclama, ¿qué tierra, qué mares pueden ahora ampararme, o qué me queda ya en fin, mísero de mí? Ya no puedo acogerme entre los Griegos, y además los mismos Troyanos, irritados, piden mi castigo y mi sangre.» Estos lamentos cambian los ánimos y sosiegan todos los ímpetus; le exhortamos a que hable, a que nos diga cuál es su origen, qué se propone, qué confianza le movió a dejarse prender. Depuesto, en fin, el temor, nos habló de esta manera:

«Suceda lo que suceda, voy a confesarte ¡Oh Rey! toda la verdad. No negaré, en primer lugar, que pertenezco al linaje argólico, pues no porque la impía fortuna haya hecho desgraciado a Sinón, ha de hacerle también vano y falaz. Acaso alguna vez habrá llegado a tus oídos el nombre de Palamedes, del linaje de Belo, y su ínclita fama, al cual, inocente, por una falsa delación, y sólo porque se oponía a la guerra, dieron muerte los Griegos, alucinados por un fatal indicio.

Ahora, que está privado de la luz del día, le lloran. A su lado, como su compañero y su pariente cercano, mi padre, que era pobre, me envió aquí desde mis primeros años a ejercitarme en el oficio de las armas, y en los consejos de los reyes, algo de su nombre y de su lustre recayó sobre mí; mas luego que por la envidia del pérfido Ulises (harto notorio es lo que os refiero) desapareció de la mansión de los vivos, empecé a arrastrar una miserable existencia en la obscuridad y el llanto, devorando la indignación que me causaba el desastre de mi inocente amigo. Insensato, no acerté a callar; hice propósito de vengarle si me ayudaba la fortuna, si algún día tornaba vencedor al patrio suelo de Argos, y con mis palabras suscité contra mí violentos odios. Tal fue el origen de mis desgracias; de aquí nació que continuamente me acosase Ulises con nuevas calumnias, de aquí que difundiese por el vulgo contra mí vagos rumores y labrase astutamente mi ruina; y no paró hasta que, auxiliado por Calcas… Pero ¿a qué fin evoco vanamente estos ingratos recuerdos? ¿A qué me detengo? Si tenéis en un mismo concepto a todos los Griegos, bastante habéis oído ya; acabad pronto conmigo. Eso desea el rey de Itaca, y con grandes mercedes os lo pagarán los Atridas.»

«Avívase con esto nuestro afán por averiguar los motivos de aquellos sucesos, sin sospechar las maldades y artificios de que es capaz la perfidia griega. El prosiguió así, aparentando pavura:

«Muchas veces los Griegos, cansados de tan larga guerra, desearon levantar el sitio de Troya y volverse a su patria.

¡Ojalá lo hubiesen hecho! Muchas veces recios temporales les cerraron el camino del mar, y el austro los aterró en su emprendida fuga; principalmente cuando se acabó de labrar con trabados maderos de alerce este caballo, todo el firmamento estalló en estrepitosos aguaceros. Suspensos con aquel prodigio, enviamos a Euripilo sin pérdida de momento a consultar los oráculos de Febo, y he aquí la triste respuesta que nos trajo del santuario: «Con sangre ¡oh Griegos! e inmolando una virgen aplacasteis los vientos cuando por primera vez vinisteis a las playas de Ilión; ¡Con sangre habéis de obtener el regreso y sacrificando a un Griego!» Cuando cundió este oráculo por la multitud, fue general la consternación y un helado espanto corrió por los huesos de todos. ¿A quien designan los hados? ¿Cuál es la víctima que reclama Apolo? En esto se presenta el rey de Itaca en medio de la muchedumbre, trayendo con gran tumulto al adivino Calcas, y le insta a que declare la voluntad de los dioses; ya muchos anunciaban la cruel perfidia tramada contra mí, y sin decírmelo preveían lo que me iba a suceder. Por espacio de diez días guardó silencio, resistiéndose a denunciar a alguno de palabra y destinarlo a la muerte, hasta que, acosado en fin por los grandes clamores del Itaco, rompió a hablar según lo pactado con él, y me designó para el sacrificio. Todos asintieron, viendo con gusto convertirse en la perdición de un infeliz la desgracia que cada cual temía para sí. Ya era llegado el infando día; ya se preparaban para mí el sacrificio y las saladas ofrendas, y me ceñían con ínfulas las sienes, cuando, lo confieso, me sustraje a la muerte y rompí mis ligaduras, y a favor de la obscuridad de la noche, me escondí entre las algas de un cenagoso lago mientras daban la vela, si por ventura llegaban a darla; y ya no me queda esperanza alguna de ver mi antigua patria, ni a mis dulces hijos, ni a mi queridísimo padre, en quienes acaso los Griegos vengarán mi fuga, haciendo a aquellos infelices expiar esta culpa con la muerte. Así, ¡oh Rey! Por los dioses, sabedores de la verdad con que te hablo, por la inmaculada fe, si aun queda alguna que lo sea en los mortales, te ruego que te compadezcas de tantas desventuras, que te apiades de un hombre a quien persigue una desgracia inmerecida.»

Grandemente compadecidos de sus lágrimas, le concedemos la vida; el mismo Príamo manda el primero que le quiten las esposas y los apretados cordeles, y le dirige estas amistosas palabras: «Quien quiera que seas, olvídate ya de los Griegos, ausentes de aquí para siempre; serás uno de los nuestros; pero responde la verdad, te ruego, a lo que voy a preguntarte. ¿Con qué objeto construyeron los Griegos la enorme mole de ese caballo? ¿Quién le construyó? ¿A qué le destinaban? ¿Era un voto religioso, o una máquina de guerra?» Dijo; y Sinón, amaestrado en los engaños y artificios de los Griegos, exclamó levantando al cielo las manos, libres ya de sus prisiones: «¡Oh eternos fuegos y oh númenes inviolables a que están consagrados! ¡Oh altares y nefandos cuchillos a que logré sustraerme! ¡Oh ínfulas de los dioses, que ya ceñían mi frente, destinada al sacrificio, sed testigos de la verdad de mis palabras! Séame lícito romper los sagrados vínculos que me unían a los Griegos, séame lícito detestarlos y divulgar sus ocultas tramas; ninguna obligación me liga ya a la patria; mas tú ¡oh Rey! Cúmpleme lo prometido, y tú ¡oh Troya, libertada por mí! guárdame tu fe si digo verdad, si logro recompensar tan gran beneficio.

Toda la esperanza de los Dánaos, y su confianza en la emprendida guerra, estribaron siempre en los auxilios de Palas; pero desde que el impío hijo de Tideo y Ulises, inventor de maldades, acometieron sustraer del sacro templo el fatal Paladión, después de haber dado muerte a los guardias del sumo alcázar, y arrebataron a la sacra efigie, y con ensangrentadas manos osaron tocar las virginales ínfulas de la deidad, empezaron a decaer y se desvanecieron aquellas esperanzas, y se quebrantaron sus fuerzas, apartada ya de ellos la protección de la diosa. Pronto dio Tritonia manifiestas y horribles señales de su cólera; apenas se colocó su estatua en el campamento, ardieron rechinantes llamas en sus ojos, clavados en nosotros, y por todos sus miembros corrió un sudor salado, y tres veces ¡oh prodigio! se levantó por sí sola del suelo, blandiendo el broquel y la trémula lanza. Al punto Calcas anuncia que es preciso cruzar los mares y huir, pues Pérgamo no puede ser debelado por las armas argólicas, si no vuelven a Argos a renovar sus votos, y de nuevo se llevan al numen que trajeron consigo por el mar en sus huecas naves. Y ahora que, impelidos por el viento, han llegado al patrio suelo de Micenas, aprestan sus armas y solicitan el favor de los dioses para volver de improviso surcando nuevamente el mar; así interpretó Calcas la voluntad de los númenes. Persuadidos de sus palabras, labraron esa efigie para reemplazar el Paladión, desagravio de la diosa ultrajada y como expiación de su nefando sacrilegio; Calcas les mandó erigir con trabados maderos esa inmensa mole y elevarla hasta el cielo, para que no pudiese caber por las puertas ni penetrar dentro de las murallas de vuestra ciudad, ni cobijar a vuestro pueblo, seguro bajo el amparo de un antiguo culto.

Porque, si vuestras manos, dijo, violan los dones de Minerva, un inmenso desastre (¡antes conviertan los dioses contra él su funesto presagio!) caerá sobre el imperio de Príamo y sobre los Troyanos; mas si levantado por ellas ese inmenso simulacro, llega a penetrar en vuestra ciudad, el Asia será la que a favor de una gran guerra dominará el Peloponeso; destino fatal, reservado a nuestros descendientes.

¡Con tales insidias y con el perjuro artificio de Sinón, creímoslo todo, y así fueron vencidos con engaños y fingidas lágrimas aquellos a quienes no pudieron domar ni el hijo de Tideo, ni Aquiles de Larisa, ni diez años de combates, ni mil bajeles!

Sobreviene en esto de pronto un nuevo y terrible accidente, que acaba de conturbar los desprevenidos ánimos.

Laoconte, designado por la suerte para sacerdote de Neptuno, estaba inmolando en aquel solemne día un corpulento toro en los altares, cuando he aquí que desde la isla de Ténedos se precipitan en el mar dos serpientes (¡de recordarlo me horrorizo!), y extendiendo por las serenas aguas sus inmensas roscas, se dirigen juntas a la playa; sus erguidos pechos y sangrientas crestas sobresalen por cima de las ondas; el resto de su cuerpo se arrastra por el piélago, encrespando sus inmensos lomos, hácese en el espumoso mar un grande estruendo; ya eran llegadas a tierra; inyectados de sangre y fuego los encendidos ojos, esgrimían en las silbadoras fauces las vibrantes lenguas. Consternados con aquel espectáculo, echamos a huir; ellas, sin titubear, se lanzan juntas hacia Laoconte; primero se rodean a los cuerpos de sus dos hijos mancebos y atarazan a dentelladas sus miserables miembros; luego arrebatan al padre, que, armado de un dardo, acudía en su auxilio, y le amarran con grandes ligaduras, y aunque ceñidas ya con dos vueltas sus escamosas espaldas a la mitad de su cuerpo, y con otras dos a su cuello, todavía sobresalen por encima sus cabezas y sus erguidas cervices. El pugna por desatar con ambas manos aquellos nudos, chorreando sangre y negro veneno las vendas de su frente, y eleva a los astros al mismo tiempo horrendos clamores, semejantes al mugido del toro cuando, herido, huye del ara y sacude del cuello la segur asestada con golpe no certero. Luego los dos dragones se escapan, rastreando con dirección al alto templo y alcázar de la cruenta Tritónide, y se esconden bajo los pies y el redondo escudo de la diosa. Nuevas zozobras penetran entonces en nuestros aterrados pechos, y todos se dicen que Laoconte ha merecido su desastre por haber ultrajado la sacra imagen de madera, lanzando contra ella su impía lanza; todos claman también que es preciso llevar al templo la imagen e implorar el favor de la deidad ofendida. Al punto hacemos una gran brecha en las murallas, abriendo así la ciudad; todos ponen mano a la obra, encajan bajo los pies del caballo ruedas con que se arrastre fácilmente, y le echan al cuello fuertes maromas; así escala nuestros muros la fatal máquina, preñada de guerreros; en torno niños y doncellas van entonando sagrados cánticos, y recreándose a porfía en tocar la cuerda con su mano. Avanza aquella en tanto, y penetra amenazadora hasta el centro de la ciudad. ¡Oh patria, oh Ilión, morada de los dioses! ¡Oh murallas de los Dárdanos, ínclitas en la guerra! Cuatro veces se paró la enemiga máquina en el mismo dintel de la puerta, y cuatro veces se oyó resonar en su vientre un crujido de armas. Avanzamos, no obstante, desatentados y ciegos en nuestro delirio, y colo camos el fatal monstruo en el sagrado alcázar. Entonces también abrió la boca para revelarnos nuestros futuros destinos Casandra, jamás creída de los Troyanos por voluntad de Apolo; y nosotros, infelices, para quienes era aquél el último día, íbamos por la ciudad, ornando con festivas enramadas los templos de los dioses. Gira en tanto el cielo, y la noche se precipita en el Océano, envolviendo en sus dilatadas sombras la tierra y el firmamento y las insidias de los Mirmidones. Esparcidos por la ciudad, quedan en silencio los Troyanos; un profundo letargo se apodera de sus fatigados cuerpos.

Ya la falange de los Argivos se encaminaba desde Ténedos a nuestras conocidas playas en sus bien armadas naves, a favor del silencio y de la protectora luz de la luna, y apenas la real encendió una hoguera en su popa para dar la señal, cuando Sinón, defendido por los hados de los dioses, crueles para nosotros, abre furtivamente a los Griegos encerrados en el vientre del coloso su prisión de madera; devuélvelos al aire libre el ya abierto caballo, y alegres salen del hueco roble, descolgándose por una maroma, los caudillos Tesandro y Stenelo y el cruel Ulises, Acamante, Toas y Neptolemo, nieto de Peleo, y Macaón el primero, y Menelao, y el mismo Epeos, artífice de aquella traidora máquina. Invaden la ciudad, sepultada en el sueño y el vino, matan a los centinelas, abren las puertas, dan entrada a todos sus compañeros, y se unen a las huestes que los esperan para dar el golpe.

Era la hora en que empieza para los dolientes mortales y se difunde por sus cuerpos el primer sopor, dulcísimo don de los dioses, cuando me pareció que veía entre sueños a Héctor en ademán tristísimo, derramando copioso llanto, cual le vi en otro tiempo, arrebatado por un carro de dos caballos manchado de sangre y polvo, arrastrado por los pies, entumecidos con sus ligaduras de correas. ¡Cuál estaba, ay de mí! ¡Cuán distinto de aquel Héctor cuando volvía cubierto con los despojos de Aquiles o después de arrojar las frigias teas a las naves de los Dánaos! Escuálida la barba, cuajados con sangre los cabellos, mostraba aquellas numerosas heridas que recibió en derredor de los patrios muros; entonces me pareció que, llorando yo también, le dirigía el primero estas doloridas palabras:

«¡Oh luz de la ciudad dardania, oh firmísima esperanza de los Teucros! ¿Cómo te tardaste tanto? ¿De qué playas vuelves, ¡oh deseado Héctor! que al fin te vemos, rendidos después de tanta mortandad de los tuyos, después de tantos varios trabajos para la ciudad y sus defensores? Mas ¿cuál indigna causa ha desfigurado tu sereno rostro? ¿Por qué veo en tu cuerpo esas heridas? Nada me responde, ni aun parece atender a mis vanas preguntas; mas exhalando gravemente de lo hondo del pecho un gemido, «Huye, ay, ¿oh hijo de una diosa! dice; huye y líbrate de esas llamas. El enemigo ocupa la ciudad. Troya se derrumba desde su alta cumbre.

Bastante hemos hecho por la patria y por Príamo; si Pérgamo hubiera podido ser defendido por manos mortales, mi mano le hubiera defendido. Troya te confía sus númenes y penates, toma contigo esos compañeros de sus futuros hados, y busca para ellos nuevas murallas, que fundarás, grandes por fin, después de andar errante mucho tiempo por los mares.» Dice, y él mismo con sus manos se lleva la poderosa Vesta y las ínfulas y el eterno fuego que arde en el profundo santuario.

Resuenan en tanto por la ciudad confusos y tristes lamentos, y aunque la morada de mi padre Anquises estaba en lugar retirado y cubierta de árboles, cada vez las voces iban llegando a ella más penetrantes y se oía mejor el horroroso estrépito de las armas. Despiértome sobresaltado, y subiendo al punto a la más alta azotea, me pongo a escuchar con profunda atención, no de otra suerte cuando la llama, impelida por el furioso austro, se precipita sobre las mieses, o cuando un torrente acrecido con los raudales que bajan de los montes arrasa los campos, arrasa los lozanos sembrados, y arre bata el trabajo de los bueyes y las desgajadas selvas, aturdido el pastor escucha el impensado estrago desde la alta cima de un peñasco. Entonces conocí la traición de que éramos víctimas, y vi patente la perfidia de los Dánaos. Ya se había derrumbado a impulso de las llamas el gran palacio de Deifobo; ya estaba ardiendo también el inmediato de Ucalegonte; los dilatados mares de Sigeo se iluminan con los resplandores del incendio. Oyense los clamores de los guerreros y el sonido de las trompetas. Fuera de mi, empuño mis armas, mas de poco sirven ya las armas; mi único pensamiento es volar a la lid y acudir con mis compañeros a la defensa del alcázar; el furor y la ira me arrebatan; sólo anhelo alcanzar, peleando, una honrosa muerte.

En esto me encuentro con Panto, hijo de Otreo y sacerdote del templo de Febo, que libertado de los dardos enemigos y llevando en sus brazos los ornamentos sagrados, las imágenes de nuestros vencidos dioses y un nietecillo suyo, corría desatentado hacia las puertas de la ciudad. «¿En qué estado van nuestras cosas, exclamé, oh Panto? ¿Nos queda todavía alguna fortaleza?» A estas palabras replicó, exhalando un gemido: «¡Llegado es ya nuestro último día, llegado es ya el inevitable término de la ciudad dardania! ¡Los Troyanos fuimos, fue Ilión, fue la gran gloria de los Teucros! Fiero Júpiter lo ha transferido todo a Argos; los Dánaos se señorean de nuestra ciudad, incendiada. El colosal caballo, colocado en medio de nuestras murallas, arroja torrentes de guerreros, y Sinón, vencedor e insultante, lleva doquiera el incendio; otros ocupan las puertas, abiertas de par en par, en tan numerosa muchedumbre, cual nunca vino mayor de las poderosa Micenas. Otros cierran con una lluvia de flechas las angostas calles; por todas partes el filo de las espadas y las centelleantes puntas fulminan la muerte; apenas si los primeros centinelas de las puertas prueban a pelear y en medio de las tinieblas resisten en desesperada lid.» Arrebatado por estas palabras del hijo de Otreo y por la voluntad de los dioses, me lanzo al incendio y a la pelea, adonde me llaman las tristes Euménides, el crujido de las armas y los clamores que se levantan hasta el cielo. Unense a mí Ripeo y Epito, el más anciano de nuestros guerreros, y guiados por la claridad de la luna, se nos agregan también Hipanis y Dimante, y el joven Corebo, hijo de Migdon, que por aquellos días acababa de llegar a Troya, abrasado en un inmenso amor a Casandra; considerándose ya como yerno de Príamo, había acudido en auxilio suyo y de los Troyanos. ¡Infeliz, que desoyó los vaticinios de su inspirada amante!… Al verlos aparejados a la lid, les hablé de esta manera: «¡Oh mancebos, corazones fortísimos, pero en vano! si estáis decididos a seguirme en mi desesperada empresa, ya veis cuál es la situación de nuestras cosas; todos los dioses, por cuyo favor subsistía este imperio, han abandonado sus santuarios y sus altares; vais a acudir en socorro de una ciudad incendiada; muramos, pues, sucumbamos en medio de la pelea. La única salvación para los vencidos es no esperar ninguna.» Con estas palabras inflamé más y más el ánimo de los mancebos. Entonces, como rapaces lobos en negra noche, a quienes hambre horrible arroja rabiosos de sus guaridas, donde los aguardan, secas las fauces, sus abandonados cachorros, por en medio de los dardos y de los enemigos volamos a una muerte segura, dirigiéndonos al centro de la ciudad, rodeados por las tinieblas de la noche. ¡Quién podría narrar dignamente la mortandad y los horrores de aquella noche y ajustar sus lágrimas a tantos desastres! Cayó la antigua ciudad, libre y poderosa por tantos años; por todas partes se ven tendidos cadáveres inertes en las calles, delante de las casas y en los sagrados umbrales de los dioses. Mas no son sólo los Teucros los que derraman su sangre; también a veces renace el valor en el corazón de los vencidos, y sucumben los vencedores Dánaos. Por todas partes lamentos y horror; por todas partes la muerte, bajo innumerables formas.

El primer enemigo que encontramos fue Androgeo, que, acompañado de muchedumbre de Griegos y creyéndonos de los suyos, nos increpa con estas amistosas palabras: «Daos prisa, compañeros; ¿cómo os habéis retardado tanto? ¿Otros están ya saqueando los incendiados palacios de Pérgamo, y vosotros bajáis ahora de las altas naves!» Dijo; y conociendo al punto, por nuestra ambigua respuesta, que había tropezado con gente enemiga, quedó estupefacto y calló, y retrocedió espantado, semejante al que de improviso pisa una culebra escondida entre ásperos abrojos y de repente retira el pie tembloroso, viendo al reptil alzarse lleno de ira, hinchado el cerúleo cuello; no de otra suerte Androgeo, aterrado al vernos, se disponía a huir. Precipitámonos sobre ellos y los envolvemos con nuestras espadas, haciéndolos sucumbir, validos del terror que los embarga y de su ignorancia del terreno; la fortuna favorece aquella nuestra primera empresa.

Alentado Corebo con el triunfo, «¡Oh compañeros!» exclama, sigamos este camino de salvación que por primera vez nos enseña la fortuna, y por el que se nos muestra propicia.

Troquemos broqueles y cubrámonos con los arreos de los Griegos; astucia o valor, ¿qué más da cuando se emplean contra los enemigos? Ellos mismos nos darán armas» Esto diciendo, cúbrese al punto con el penachudo yelmo de Androgeo, embraza su magnífico escudo y ciñe a su costado la espada argiva; lo mismo hacen Rifeo, el mismo Dimante y toda nuestra entusiasmada juventud, armándose cada cual con algunos recientes despojos. Avanzamos así, mezclados con los Griegos, bajo ajenos auspicios, y trabamos en medio de las tinieblas muchos recios combates, lanzando en ellos al Orco a muchos dánaos. Huyen unos a las naves, buscando un refugio en la playa; otros, con torpe miedo, escalan segunda vez el monstruoso caballo y se esconden en su conocido seno.

¡Ah! ¡En nada hay que fiar cuando los dioses son contrarios! Vemos en esto venir del templo de Minerva, tendido el cabello y casi arrastrada, a la virgen Casandra, hija de Príamo, alzando en vano al cielo sus inflamados ojos; sus ojos nada más, pues llevaba amarradas las tiernas manos. No pudo el indignado Corebo soportar aquella vista, y resuelto a morir, se arrojó en medio de los enemigos; seguímosle todos y cerramos de tropel sobre ellos. En esto empieza a caer sobre nosotros desde la alta techumbre del templo, causándonos horrible mortandad, una lluvia de dardos, disparados por nuestra gente, engañada a la vista de nuestros escudos penachos griegos. Ciegos de dolor y rabia por verse arrebatar a Casandra, acuden entonces y nos embisten por todos lados los Griegos, el intrépido Ayax, los dos Atridas y toda la hueste de lo Dólopes; no de otra suerte se estrellan en deshecho torbellino los encontrados vientos, el céfiro, el noto y euro, ufano de cabalgar en los caballos de la Aurora; rechinan las selvas, el airado Nereo hace saltar la espuma bajo su tridente y revuelve los mares en sus más profundos abismos. Aun aquellos mismos a quienes sorprendimos a favor de la obscuridad de la noche y dispersamos por toda la ciudad, aparecen de nuevo; ellos los primeros reconocen el engaño de nuestros escudos y nuestras armas, y advierten nuestro lenguaje extraño. Abrumados por la muchedumbre de los contrarios, Corebo el primero sucumbió a manos de Peneleo, junto al altar de la armipotente diosa; también cayó Ripeo, el más justo de los Troyanos; ¡Otro fue el sentir de los dioses! Traspasados por sus propios compañeros, perecieron también Hispanis y Dimante; ¡ ni a ti, oh Panto alcanzaron a liberarte de la muerte tu eminente piedad ni las sagradas ínfulas de Apolo! ¡Oh, cenizas de Ilión! ¡Oh, postreras llamas de los míos! ¡Sedme testigos de que en vuestra caída no esquivé ni los dardos de los Griegos, ni ninguno de los trances de la guerra, y de que, si mi destino hubiera sido sucumbir, bien lo merecí por mis hechos! Enseguida tuvimos que dispersarnos, siguiéndome Ifito y Pelias (Ifito, ya abrumado por los años, y Pelias, a quien apenas dejaba andar una herida que recibió de Ulises), llamados precipitadamente al palacio de Príamo por el gran clamoreo que se oía hacia aquella parte.

Allí vimos un combate tan porfiado y terrible, cual si sólo allí se pelease y no hubiese víctimas en ningún otro punto de la ciudad; formando con sus escudos trabados una inmensa tortuga, sitiaban los Griegos todas las puertas y pugnaban por escalar los tejados. Enganchando escalas en las paredes, trepan por ellas ante los mismos atrios, guareciéndose de los dardos con los broqueles, sostenidos con la izquierda, mientras con la diestra se asen a las techumbres. Por su parte, los Troyanos demuelen sus torres y los tejados de sus casas, de que sacan proyectiles con que defenderse en aquel desesperado trance, y arrojan sobre el enemigo dorados artesones, magníficos ornamentos de sus mayores; otros, espada en mano, ocupan las puertas bajas y las defienden en apretado tropel; con esto nos alentamos a socorrer el palacio del Rey, a reforzar a sus defensores con nuestra ayuda e infundir a los vencidos.

Había a espaldas del palacio de Príamo una puerta falsa, por donde se comunicaba a todas las habitaciones, y por donde la desventurada Andrómaca, en los tiempos en que subsistía nuestro imperio, acostumbraba a pasar sin comitiva a la estancia de sus suegros, llevando al niño Astianax a que su abuelo lo viese. Por aquella puerta subo al tejado del palacio, desde donde los míseros Teucros lanzaban dardos con omnipotente mano. Alzábase allí, como suspendida en los aires, una alta torre, desde donde Troya solía ir a contemplar las naves de los Griegos y los campamentos aqueos; socavándola en derredor con picos de hierro por las junturas, ya bastante desmoronadas, de los más altos sillares, la arrancamos de sus elevados cimientos y la empujamos, haciéndola derrumbarse de súbito con grande estrépito sobre los Griegos, causando en sus dilatadas huestes horrible estrago; pero otras al punto suceden a aquéllas, y sobre ellas llueven entre tanto sin cesar piedras y todo linaje de proyectiles… Delante del vestíbulo, y en el primer umbral, estaba Pirro, lleno de júbilo, resplandeciente con los fulgores metálicos de sus armas: tal se aparece a la luz del día la culebra que, apacentada con yerbas ponzoñosas y entumecida, ocultaba el invierno bajo tierra, cuando, mudada la piel y brillante de juventud, enroscada la tersa espalda, levantando el pecho y erguida al sol, vibra en la boca la trisulca lengua. Juntamente con él, invaden el palacio y arrojan sus teas incendiarias hasta los techos, el corpulento Perifas y Automedonte, escudero y auriga de Aquiles, y toda la juventud sciria. A su frente, Pirro, blandiendo una hacha de dos filos, hace pedazos los duros dinteles, arranca de sus quicios las ferradas puertas, y rajando los robustos robles y haciéndoles astillas, abre una anchísima brecha. Aparecen entonces el interior del palacio y sus dilatadas galerías; aparece la morada de Príamo y de nuestros antiguos reyes, y se ve en el recién abierto portillo gente armada.

Entre tanto en el interior del palacio todo es tumulto y miserables lamentos; resuenan las bóvedas con llorosos alaridos de mujeres, que llegan hasta las fúlgidas estrellas. Despavoridas las madres, vagan por las espaciosas estancias, se abrazan a las puertas y estampan en ellas sus labios. Con su heredado brío arremete Pirro; ni barreras ni las guardias mismas bastan a atajarle el paso; titubean las puertas al continuo empuje del ariete, y caen arrancadas de sus goznes. La fuerza se abre camino, no hay entrada que no se rompa; los Griegos invasores acuchillan a los primeros que se les ponen delante y ocupan con su gente todo el palacio; no con tal violencia, cuando se desborda, rotos los diques, espumoso río, y cubre con sus raudales los opuestos collados, se derrama furioso y soberbio en su crecida por los campos, arrastrando en sus olas los ganados con sus rediles. Yo, vi a Neptolemo, ebrio de sangre, y a los dos Atridas en el umbral del palacio; vi a Hécuba y a sus cien nueras y a Príamo en los altares ensangrentando con sacrificios las hogueras que él propio había consagrado. Los cincuenta tálamos de sus hijos, esperanza de una numerosísima prole, los artesones de oro, ricos despojos de los bárbaros, todo es ruinas; lo que no abrasan las llamas es presa de los Griegos.

Pero acaso desearás saber ¡oh Reina! cuál fue la suerte de Príamo. Luego que vio el desastre de su ciudad tomada, los umbrales de su palacio derruidos, y posesionado el enemigo de sus hogares, rodea vanamente el anciano sus trémulos hombros con la desacostumbrada armadura, ciñe la inútil espada y se arroja a morir en medio de la muchedumbre enemiga.

Había en medio del palacio, bajo la desnuda bóveda del cielo, un gran altar, junto al cual inclinaba sus ramas un antiquísimo laurel, cobijando con su sombra a los dioses penates de la real familia; allí Hécuba y sus hijas, buscando vanamente un refugio alrededor de los altares, semejantes a una bandada de palomas impelidas por negra tempestad, se apiñaban, abrazadas a las imágenes de los dioses. En cuanto Hécuba vio a Príamo cubierto con aquellos atavíos juveniles,»¿Qué insensato frenesí, mísero esposo», le dijo, «te impele a ceñir esas armas? ¿Adónde te precipitas? No es esta ocasión para tal auxilio ni para tales defensores; ni aun la presencia de mi propio Héctor bastaría para salvarnos. Ven, ven aquí con nosotras, este altar nos protegerá a todos, o a lo menos moriremos juntos.»

Dicho esto, atrajo a sí al anciano y le colocó en el sagrado recinto.

He aquí en esto que Polites, uno de los hijos de Príamo, salvado de los estragos de Pirro, va huyendo, herido, por los largos pórticos, en medio de los dardos y de los enemigos, y cruza los ya desiertos atrios, perseguido de cerca por el fogoso Pirro, que ya casi se le echa encima y le acosa con su lanza. Logra, en fin, el mancebo llegar adonde están sus padres, y allí, ante sus ojos, a su vista cae y exhala la vida en raudales de sangre. Entonces Príamo, aunque presa casi ya de la muerte, no pudo contenerse y prorrumpió en iracundas voces: «¡Ah, castiguen los dioses cual mereces tamaño crimen y tales atentados, si hay en el cielo algún numen vengador de las maldades! ¡Ellos te den el digno premio de haberme hecho presenciar la muerte del hijo mío, de haber manchado con su sangre la frente de un padre! No, no se condujo así con su enemigo Príamo aquel Aquiles de quien te mientes hijo, antes bien respetó los pactos y la fe de un suplicante, me devolvió, para que lo sepultara, el cadáver de Héctor y me dejó restituirme a mi palacio.» Dicho esto, disparóle el viejo un impotente dardo, incapaz de herirle, que repelido al punto por el sonoro metal, quedó inútilmente suspendido en el centro del combado broquel. Entonces Pirro: «Pues ve tú mismo a contar esto que ves a mi padre Aquiles; refiérele mis tristes proezas, dile que Neptolemo ha degenerado; pero ahora ¡muere!». Esto diciendo, arrastra hasta el mismo pie del altar al trémulo anciano, cuyos pies resbalan en la abundante sangre de su hijo, y asiéndole del cabello con la mano izquierda, desenvaina con la diestra el refulgente acero y se lo hunde en el costado hasta la empuñadura. Tal fue el fin de Príamo; de esta manera arrebató el destino, después de haber visto a Troya incendiada y a Pérgamo derruido; así acabó aquel soberbio dominador de tantos pueblos y territorios de Asia. Sus restos yacen ahora insepultos en las playas de Ilión; de aquel gran rey sólo quedan una cabeza separada de los hombros y un cuerpo sin nombre.

Entonces, por primera vez, me sentí penetrado de horror. Quedéme por de pronto sin sentido; luego me asaltó la imagen de mi querido padre, cuando vi a aquel rey, tan anciano como él, exhalar la vida a impulso de crueles heridas; me acordé de mi esposa Creusa, a quien había dejado abandonada; de que tal vez estarían saqueando mi palacio, y de los peligros que corría mi pequeño Iulo. Miro en torno para ver qué gente me rodea; todos mis compañeros, rendidos, se habían precipitado por las ventanas, o arrojándose, acribillados de heridas en las llamas.

Hallábame solo pues, cuando vi a la hija de Tíndaro, que andaba errante por junto a los umbrales del templo de Vesta, buscando silenciosa algún lugar apartado donde esconderse, iluminada por los resplandores del incendio y teniendo azorada la vista por todos lados. Temiendo aquella infeliz, común calamidad de su patria y de Troya, las iras de los Teucros, a quienes costara la destrucción de Pérgamo, la venganza de los Griegos y el enojo de su abandonado esposo, procuraba ocultarse, y aborrecida de todos, buscaba un refugio en los altares. Su presencia inflama mi ánimo; ciego de ira, quiero vengar en ella la ruina de mi padre y castigar de una vez tantas maldades. «Y ¿qué? ¿Será justo, exclamé, que esta mujer vuelva incólume a Esparta y a su patria Micenas, como triunfante reina? ¿Será justo que vuelva a ver a su esposo, sus hogares, a sus padres, a sus hijos, acompañada de una muchedumbre de Troyanos y de doncellas frigias, mientras que Príamo ha muerto acuchillado y Troya es presa de las llamas, mientras que nuestras playas se han empapado tantas veces en sangre dárdana? No, no será; porque, si bien no hay gloria alguna en castigar a una mujer, ni tal victoria es honrosa, al cabo mereceré alabanza por haber exterminado a esta infame y dándole el merecido castigo, y confortará mi alma el deseo ardentísimo de vengar de vengar a mi patria y de aplacar los males de los míos.» Así exclamaba, arrebatado de furor, cuando se me apareció cual nunca tan patente la habían visto mis ojos, brillante con purísima luz en medio de la noche, mi divina madre Venus, con atavíos de diosa, tan soberana y bella cual suele mostrarse a los inmortales; contúvome asiendo mi diestra, y de su rosada boca dejó caer estas palabras: «¿Cuál inmenso dolor, hijo mío, provoca tus indómitas iras? ¿Cómo así te ciega el furor? ¿Cómo te olvidas de mí y de los tuyos? ¿Por qué no atiendes más bien a buscar donde lo has dejado a tu padre Anquises, abrumado por la ancianidad, y a ver si aún viven Creusa y el niño Ascanio? Por todas partes los rodean las desbandadas huestes griegas, y si no lo resistiera mi desvelo, ya los hubiera demorado las llamas o la enemiga espada habría derramado su sangre. No culpes en este trance a la odiosa Lacedemonia, hija de Tíndaro, ni a París; la inclemencia de los dioses, de los crueles dioses, es la que ha asolado todas esas grandezas y derribado a Troya de su alto asiento. Atiéndeme bien, porque voy a disipar la densa nube que con su húmeda sombra rodea y ofusca ahora tus ojos mortales; oye sin temor los mandatos de tu madre, y no titubees en obedecerlos. Allí donde ves aquellas moles derruidas y aquellos peñascos revueltos entre sí, y aquellos nubarrones de humo y polvo, está Neptuno batiendo con su poderoso tridente los muros y sus removidos cimientos; allí la crudelísima Juno ocupa al frente del enemigo las puertas Sceas, e hirviendo en ira, blandiendo su lanza, grita a sus amigas huestes griegas que acudan de las naves… Mira cómo la tritonia Palas, rodea de una esplendente nube y embrazada la aterradora égida, en que se ve la cabeza de la Gorgona, se asienta en la más eminente torre.

El mismo padre de los dioses infunde aliento a los Dánaos y favorece sus esfuerzos; él mismo concita a los dioses contra las armas troyanas. Huye, pues, hijo mío, y pon fin a una vana resistencia. En donde quiera me tendrás a tu lado y te dejaré seguro en tus nativos umbrales.» Dijo y desapareció entre las densas sombras de la noche. Entonces vi patentes los irritados rostros de las grandes deidades enemigas de Troya…

Entonces vi a todo Ilión ardiendo en vivas llamas, y revuelta hasta sus cimientos la ciudad de Neptuno, semejante al añoso roble de las altas cumbres, cuando, serrado ya por el pie, pugnan los labradores por derribarle a fuerza de hachazos; álzase todavía amenazante, y trémula en la sacudida copa, se cimbrea su pomposa cabellera; vencida poco a poco, al fin, con repetidos golpes, lanza un postrer gemido y se pre cipita, arrastrando sus ruinas por las laderas. Bajo entonces a la ciudad, y guiado por un numen, me abro paso por entre las llamas y los enemigos; delante de mí se apartan los dardos y retroceden las llamas.

Llegado que hube a los umbrales de la morada paterna, antiguo solar de mis mayores, mi padre, que era el primero a quien yo me proponía llevarme a los altos montes vecinos, y el primero a quien buscaba, se resiste a prolongar su vida después de la destrucción de Troya y a sufrir el destierro.

«Huíd vosotros, exclama, que aun tenéis todo el vigor de la sangre juvenil, y cuyas fuerzas se conservan enteras; huíd vosotros… Por lo que a mí toca, si los dioses quisieran que prolongase mi vida, me hubieran conservado estas moradas; basta y sobra par mí haber presenciado tantos estragos y sobrevivido a la toma de mi ciudad nativa. Dejadme aquí morir y decidme el último adiós; yo mismo sabré darme la muerte con mi propia mano. El enemigo se compadecerá de mí y buscará mis despojos; poco me importa quedar insepulto. Harto tiempo hace ya que odioso a las deidades, arrastro una inútil ancianidad, desde que el padre de los dioses y rey de los hombres sopló en mí con los vientos de su rayo y me tocó con su fuego.» Abstraído en estos recuerdo, mientras nosotros, todos bañados en lágrimas, mi esposa Creusa, Ascanio y la servidumbre entera, le suplicamos que no nos haga perderlo todo por su causa, ni quiera agravar el peso de nuestro acerbo destino; pero él se niega, y persevera aferrado en su propósito de no moverse de aquellos sitios.

Desesperado, lánzome segunda vez a la pelea, y anhelo la muerte; porque ¿qué otro arbitrio, qué otro recurso me quedaba? «¿Y pudiste esperar, ¡oh padre!, exclamé, que huyera, abandonándote? ¿Tan impías palabras pudieron salir de la boca de un padre? Si es voluntad de los dioses que nada quede de una ciudad tan poderosa, y estás decidido a añadir a la perdición de Troya tu perdición y la de los tuyos, abierta tienes la puerta para que perezcamos todos; ahí tienes a Pirro, que sabe inmolar al hijo entre los ojos de su padre, y al padre al pie de los altares. ¿Para esto ¡oh divina madre mía!

me libertaste de los dardos y de las llamas, para que viese al enemigo en el corazón de mis hogares, y a Ascanio y a mi padre y a Creusa con ellos sacrificados en una común matanza? Traedme, escuderos, traedme mis armas; la postrera luz llama a los vencidos. ¡Restituidme a los Griegos, dejadme que vuelva a ver la recrudecida lid; no moriremos hoy todos sin venganza!»

Con esto, empuño segunda vez la espada, embrazo el broquel con la siniestra mano, y ya iba a salir del palacio, cuando en el mismo umbral se me abraza a los pies mi esposa, tendiéndome nuestro tierno Iulo. «Si vas a morir, llévanos también contigo adonde quiera que vayas; mas si pones todavía alguna esperanza en el probado esfuerzo de tus armas, empieza por asegurar este palacio. ¿A quién encomiendas la defensa de tu tierno Iulo, de tu padre y de la que en otro tiempo llamabas tu esposa querida?»

Con estas voces llenaba todo el palacio la llorosa Creusa, cuando de súbito se ofrece a nuestra vista una maravillosa visión, y fue que sobre la cabeza de Iulo, entre los brazos y a la vista de sus afligidos padres, alzóse una leve llama, que, sin lastimarle con su contacto, blandamente acariciaba sus cabellos y parecía como que tomaba cuerpo alrededor de sus sienes. Despavoridos, nos echamos al punto sobre su encendida cabellera, y rociándola con agua, quisimos apagar aquel fuego milagroso; pero Anquises, lleno de júbilo, alzó los ojos al cielo, y exclamó: «Omnipotente Júpiter, si hay preces que puedan moverte a compasión, vuelve hacia nosotros tus ojos; nada más te pedimos; y si somos dignos de piedad, danos en adelante tu auxilio y confirma estos felices agüeros.»Apenas pronunció estas palabras el anciano, retumbó de repente a nuestra izquierda el estampido de un trueno y recorrió el espacio, deslizándose del cielo, en medio de las tinieblas, una luminosa estrella. Después de resbalar por la cima de nuestro palacio, vímosle esconder sus fulgores en las selvas del monte Ida, señalándonos el camino, que habíamos de seguir; brilló entonces detrás de ella un largo rastro de luz y un fuerte olor de azufre se extendió por todos los sitios circunvecinos. Vencido mi padre por aquellas señales, se levanta, invoca a los dioses y adora la santa estrella. «Pronto, pronto» exclama; «no haya detención; ya os sigo y voy adonde queráis llevarme. ¡Oh patrios dioses, conservad mi linaje, conservad a mi nieto! Vuestro es este agüero; por vuestro numen subsiste Troya. Cedo, pues, hijo mío, y no me opongo ya a acompañarte.»

Dijo, y ya percibíamos más claramente el chirrido de las llamas en las murallas, ya nos llegaban más de cerca las ardientes bocanadas del incendio. «Pronto, querido padre», le dije, «súbete sobre mi cuello, yo te llevaré en mis hombros, y esta carga no me será pesada; suceda lo que suceda, común será el peligro, común la salvación para ambos. Mi tierno Iulo vendrá conmigo y mi esposa seguirá de lejos nuestros pasos. Vosotros mis criados, advertid bien esto que voy a deciros. A la salida de la ciudad hay sobre un cerro un antiguo templo de Ceres, ya abandonado, y junto a él un añoso ciprés, que la devoción de nuestros mayores ha conservado por muchos años; allí nos dirigiremos todos, yendo cada cuál por su lado. Tú, padre mío, lleva en tus manos los objetos sagrados y nuestros patrios penates; a mí que salgo de tan recias lides y de tan recientes matanzas, no me es lícito tocarlos hasta purificarme en las corrientes aguas de un río…»

Dicho esto, me cubro los anchos hombros y el cuello con la piel de un rojo león, y me bajo para cargar con mi padre; el pequeño Iulo ase mi diestra y sigue a su padre con desiguales pasos; detrás viene mi esposa. Así cruzamos las obscuras calles, y a mí, que poco antes arrostraba impávido los de los Griegos y sus apiñadas huestes, me espanta ahora el menor soplo de viento; cualquier ruido me hace estremecer; apenas acierto a respirar, temblando igualmente por los que van conmigo y por la carga que llevo sobre mis hombros.

Próximo ya a la puerta, y cuando me figuraba haber salvado todos los peligros, parecióme oír un ruido como de muchas pisadas; entonces mi padre, tendiendo la vista por las sombras, «¡Huye», exclama, «huye, hijo mío! Por allí se acercan; ya diviso los relucientes broqueles, ya veo centellear las espadas». En esto, no sé cuál numen adverso ofuscó mi confusa razón, dejándome sin sentido; porque mientras corro de aquí para allí sin dirección fija por sitios extraviados, ya fuese que me la arrebatasen los hados, ya por haber perdido el camino, ya rendida del cansancio, mi Creusa, ¡ay! mi infeliz esposa se nos quedó atrás, y desde entonces no la he vuelto a ver; ni siquiera advertí su pérdida ni reflexioné en ella hasta que llegamos al cerro y al sagrado templo de Ceres; reunidos allí todos, en fin, la echamos de menos; ella sola faltaba a sus compañeros de fuga, a su hijo, a su esposo.

Fuera de mí, ¿A cuál de los dioses o de los hombres no acusé entonces? ¿Cuál trance más cruel había visto en la asolada ciudad? Confío a mis compañeros la custodia de Ascanio, de mi padre Anquises y de los penates teucros, a quienes dejo escondidos en lo más hondo del valle, y ciñendo mis fulgentes armas, vuelvo a la ciudad, decidido a correr de nuevo todos los azares, a recorrer toda Troya y a ofrecer segunda vez mi cabeza a todos los peligros. Vuelvo primeramente a las murallas y a los obscuros umbrales de la puerta por donde habíamos salido, y siguiendo a la escasa claridad de la noche las huellas de nuestras pisadas, registro todos los contornos. Todo es horror, un silencio universal aterra el corazón. De allí me dirijo a nuestra morada por si acaso ha dirigido allí su planta. Los Griegos la habían asaltado y la ocupaban toda entera; un voraz incendio, atizado por el viento, la envolvía hasta los tejados, coronados por las llamas, que furiosas se alzaban al firmamento. Sigo adelante y vuelvo a ver el palacio de Príamo y el alcázar; en los desier tos pórticos del templo de Juno, Fénix y el cruel Ulises, elegidos para custodiar el botín, velaban sobre él. Vense allí hacinados por todas partes los tesoros de Troya, arrebatados a los santuarios incendiados, las mesas de los dioses, macizas copas de oro, vestiduras y despojos de cautivos; alrededor se extienden en larga hilera los niños y las despavoridas madres… Aventuréme, no obstante, a gritar en la sombra, llenando las calles con mis clamores, y en vano con doloridas voces repetí una y cien veces el nombre de Creusa. Mientras así clamaba en mi delirio, recorriendo inútilmente todas las casa, aparecióse ante mis ojos, cual un fantasma colosal, la triste sombra de Creusa. Quedéme extático, mis cabellos se erizaron y la voz se me pegó a la garganta; entonces me dirigió estas palabras, desvaneciendo con ellas mis afanes: «¿Por qué te entregas a ese insensato dolor, dulce esposo mío?

Dispuesto estaba por la voluntad de los dioses lo que hoy nos sucede; ellos no quieren que te lleves de Troya a Creusa por compañera; no lo consiente el Soberano del supremo Olimpo. Largos destierros te están destinados y largas navegaciones por el vasto mar; llegarás en fin, a la región Hesperia, donde el lidio Tiber fluye con mansa corriente entre fértiles campiñas, pobladas de fuertes varones. Allí te están prevenidos prósperos sucesos, un reino y una regia consorte; no llores más a tu amada Creusa. No veré yo las soberbias moradas de los Mirmidones y de los Dólopes, no iré a servir a las matronas griegas, yo, del linaje de Dárdano y nuera de la diosa Venus; antes bien me retiene en estas playas la gran madre de los dioses. Adiós, pues, y guarda en tu corazón el amor de nuestro hijo.»

Dicho esto, dejóme anegado en lágrimas, pugnando en vano por responderle las mil cosas que se agolpaban a mi mente, y se desvaneció en el aura leve. Tres veces fui a echarle los brazos al cuello, y tres veces su imagen, vanamente asida, se deslizó de entre mis manos, como un viento sutil, como un fugaz ensueño. Pasada así, en fin, la noche, volví a reunirme con mis compañeros.

Allí vi que se les habían agregado otros muchos, admirándome de que su número fuese tan grande; allí había matronas, guerreros, niños, muchedumbre infeliz congregada para el destierro.

De todas partes habían acudido a igual punto, trayendo consigo sus ajuares y aparejados a seguirme por mar a cualesquiera regiones adonde me pluguiera llevarlos.

Ya en esto el lucero de la mañana se alzaba por cima de las altas cumbres del Ida, trayendo el día; los Griegos ocupaban las puertas de Troya; ninguna esperanza de socorrerla nos quedaba ya. Cedí, pues a la suerte, y levantando en hombros a mi padre, me encaminé al monte.

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