La Eneida, Virgilio – Libro I (versión en prosa)

Primer libro de la Eneida, por Virgilio. Versión en prosa.

La Eneida

Publio Virgilio Marón

La Eneida (en latín Aeneis) es la obra maestra de Publio Virgilio Marón, uno de los más célebres de todos los poetas romanos. Estos poemas, divididos en doce libros y dos tomos, fueron escritos entre los años 29 a. C. a 19 a. C. bajo el encargo del emperador Augusto con el fin de darle a Roma una épica fundacional. Basándose en la obra homérica, Virgilio relata la épica de Eneas, un héroe troyano que escapa a la destrucción de Troya y tras un viaje plagado de amenazas y aventuras concluye con la fundación de Roma a la manera de los mitos griegos.

La Eneida

Tomo I
Libro ILibro IILibro IIILibro IVLibro VLibro VI

Tomo II
Libro VIILibro VIIILibro IXLibro XLibro XILibro XII

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PRIMER LIBRO

Yo aquel que en otro tiempo modulé cantares al son de la leve avena, y dejando luego las selvas, obligué a los vecinos campos a que obedeciesen al labrador, aunque avariento, obra grata a los agricultores, ahora canto las terribles armas de Marte y el varón que, huyendo de las riberas de Troya por el rigor de los hados, pisó el primero la Italia y las costas Lavinias. Largo tiempo anduvo errante por tierra y por mar, arrastrado a impulso de los dioses, por el furor de la rencorosa Juno. Mucho padeció en la guerra antes de que lograse edificar la gran ciudad y llevar a sus dioses al Lacio, de donde vienen el linaje latino y los senadores Albanos, y las murallas de la soberbia Roma.

Musa, recuérdame por qué causas, dime por cuál numen agraviado, por cuál ofensa, la reina de los dioses impulsó a un varón insigne por su piedad a arrostrar tantas aventuras, a pasar tantos afanes. ¡Tan grandes iras caben en los celestes pechos!

Hubo una ciudad antigua, Cartago, poblada por colonos tirios, en frente y a gran distancia de Italia y de las bocas del Tiber, opulenta y bravísima en el arte de la guerra. Es fama que Juno la habitaba con preferencia a todas las demás ciudades, y aun a la misma Samos; allí tenía sus armas y su carro, y ya de antiguo revolvía en su mente el propósito y la esperanza de que llegase a ser señora de todas las gentes, si lo consintiesen los hados; pero había oído que del linaje de los Troyanos procedería una raza que, andando el tiempo, había de derribar las fortalezas tirias, y que de ella nacería un pueblo dominador del mundo, soberbio en la guerra y destinado a exterminar la Libia; así lo tenían hilado las Parcas.

Temerosa de esto, y recordando la hija de Saturno aquella antigua guerra que ella la primera suscitó a Troya por sus amados Griegos, tenía también presentes en su ánimo las causas de su enojo y sus crudos resentimientos. Vivos perseveraban en su alta mente el juicio de Paris y el desprecio hecho a su hermosura, y su odio al linaje troyano y las honras tributadas al arrebatado Ganimides. Exasperada por estos recuerdos, apartaba a gran trecho del Lacio, haciéndolos juguete de las olas, a los Troyanos, reliquias de los Griegos y del cruel Aquiles; y así, a impulso de los hados, andaban, hacía muchos años, errantes por todos los mares. ¡Tan ardua empresa era fundar el linaje Romano!

Apenas perdidas ya de vista las costas de Sicilia, bogaban alegres los Troyanos por la alta mar, cortando las salobres espumas con la acerada proa, cuando Juno, viva en lo hondo de su pecho la eterna herida, exclamó, hablando consigo misma: “¿ Habré de desistir, vencida de lo comenzado, y no podré apartar de Italia al Rey de los Teucros? Los hados me lo impiden; mas ¿no pudo Palas incendiar la armada de los Griegos y anegarlos a todos en el Ponto por sólo la culpa y los furores de Ayax, hijo de Oileo? Ella misma, arrojando desde las nubes el rápido fuego de Júpiter, desbarató las naves y revolvió los mares con los vientos, y arrebatándole expirante en un torbellino, traspasado el pecho y arrojando llamas, le estrelló en un agudo peñasco. ¡Y yo, reina de los dioses y hermana y esposa de Júpiter, sostengo guerra por tantos años contra una sola nación! ¿Quién, después de esto, adorará al numen de Juno, o suplicante llevará ofrendas a sus altares?”

Revolviendo consigo misma la diosa tales pensamientos en su acalorada fantasía, partióse a la Eolia, patria de las tempestades, lugares henchidos de furiosos vendavales; allí el rey Eolo en su espaciosa cueva rige los revoltosos vientos y las sonoras tempestades, y los subyuga con cárcel y cadenas; ellos, indignados, braman, con gran murmullo del monte, alrededor de su prisión. Sentado está Eolo en su excelso alcázar, empuñado el cetro, amasando sus bríos y templando sus iras, porque si tal no hiciese, arrebatarían rápidos consigo mares y tierras y el alto firmamento, y los barrerían por los espacios; de lo cual, temeroso el Padre omnipotente, los encerró en negras cavernas, y les puso encima la mole de altos montes, y les dio un rey que, obediente a sus mandatos, supiese con recta mano tirarles y aflojarles las riendas. Dirigióse a él entonces suplicante Juno con estas razones:

“¡Oh, Eolo, a quien el padre de los dioses y rey de los hombres concedió sosegar las olas y revolverlas con los vientos! Una raza enemiga mía navega por el mar Tirreno, llevando a Italia su Ilión y sus vencidos penates. Infunde vigor a los vientos y sumerge sus destrozadas naves, o dispérsala y esparce sus cuerpos por el mar. Tengo catorce hermosísimas ninfas, de las cuales te daré en estable himeneo y te destinaré para esposa a la más gallarda de todas, Deyopea, a fin de que, en recompensa de tales favores, more perpetuamente contigo y te haga padre de hermosa prole.”

Eolo respondió: “A ti corresponde ¡oh Reina! Ver lo que deseas; a mi tan sólo obedecer tus mandatos. Por ti me es dado este mi reino, tal cual es; por ti el cetro y el favor de Jove; tú me otorgas sentarme a la mesa de los dioses y me haces árbitro de las lluvias y de las tempestades.”

Apenas hubo pronunciado estas palabras, empujó a un lado con la punta de su cetro un hueco monte, y los vientos, como en escuadrón cerrado, se precipitan por la puerta que les ofrece, y levantan con sus remolinos nubes de polvo.

Cerraron de tropel con el mar, y lo revolvieron hasta sus más hondos abismos el Euro, el Noto y el Abrego, preñado de tempestades, arrastrando a las costas enormes oleadas. Siguiese a esto el clamoreo de los hombres y el rechinar de las jarcias. De pronto las nubes roban el cielo y la luz a la vista de los Teucros; negra noche cubre el mar. Truenan los polos y resplandece el éter con frecuentes relámpagos; todo amenaza a los navegantes con una muerte segura. Afloja entonces de repente el frío los miembros de Eneas; gime, y tendiendo a los astros ambas palmas, prorrumpe en estos clamores: “¡Oh, tres y cuatro veces venturosos, aquellos a quienes cupo en suerte morir a la vista de sus padres bajo las altas murallas de Troya! ¡Oh, hijo de Tideo, el más fuerte del linaje de los Dánaos! ¿No me valiera más haber sucumbido en los campos de Ilión, y entregado esta alma al golpe de tu diestra, allí donde Héctor yace traspasado por la lanza de Aquiles, donde yace también el corpulento Sarpedonte, donde arrastra el Simois bajo sus ondas tantos escudos arrebatados y tantos yelmos y tantos fuertes cuerpos de guerreros?”

Mientras así exclamaba, la tempestad, rechinante con el vendaval, embiste la vela y levanta las olas hasta el firmamento. Pártense los remos, vuélvese con esto la proa y ofrece el costado al empuje de las olas; un escarpado monte de agua se desploma de pronto sobre el bajel. Unos quedan suspendidos en la cima de las olas, que, abriéndose, les descubren el fondo del mar, cuyas arenas arden en furioso remolino. A tres naves impele el noto contra unos escollos ocultos debajo de las aguas, y que forman como una inmensa espalda en la superficie del mar, a que llaman Aras los Italos; a otras tres arrastra el euro desde la alta mar a los estrechos y las sirtes del fondo, ¡miserando espectáculo! Y las encalla entre bajíos y las rodea con un banco de arena. A la vista de Eneas, una enorme oleada se desploma en la popa de la nave que llevaba los Licios y al fiel Oronte; ábrese, y el piloto cae de cabeza en el mar; tres veces las olas voltean la nave, girando en su derredor; hasta que al fin se la traga un rápido torbellino. Vénse algunos pocos nadando por el inmenso piélago, armas de guerreros, tablones y preseas troyanas.

Ceden ya al temporal, vencidas, la pujante nao de Ilioneo, la del fuerte Acates y las que montan Abante y el anciano Aletes; todas reciben al enemigo mar por las flojas junturas de sus costados, y se rajan por todas partes.

Entre tanto Neptuno advierte que anda revuelto el mar con gran murmullo, ve la tempestad desatada y las aguas que rebotan desde los más hondos abismos, con lo que, gravemente conmovido y mirando a lo alto, sacó la serena cabeza por cima de las olas, y contempló la armada de Eneas esparcida por todo el mar, y a los Troyanos acosados de la tempestad y por el estrago del cielo. No se ocultaron al hermano de Juno los engaños y las iras de ésta, y llamando a sí al Euro y al Céfiro, les habla de esta manera: “¿Tal soberbia os infunde vuestro linaje? ¿Ya ¡oh vientos! osáis, sin contar con mi numen, mezclar el cielo con la tierra y levantar tamañas moles? Yo os juro… Mas antes importa sosegar las alborotadas olas; luego me pagaréis el desacato con sin igual castigo.

Huíd de aquí, y decid a vuestro rey que no a él, sino a mí, dio la suerte el imperio del mar y el fiero tridente. El domina en sus ásperos riscos, morada tuya, ¡oh, Euro! Blasone Eolo en aquella mansión como señor, y reine en la cerrada cárcel de los vientos”. Dice, y aun antes de concluir, aplaca las hinchadas olas, ahuyenta las apiñadas nubes y descubre de nuevo el sol; Cimotoe y Tritón desencallan las naves de entre los agudos escollo; el mismo dios las levanta con su tridente y descubre los grandes bajíos, y sosiega la mar, y con las ligeras ruedas de su carro se desliza por la superficie de las olas.

Como muchas veces sucede en un gran pueblo cuando estalla una sedición y embravece el ánimo del grosero vulgo, vuelan las teas y las piedras, y el furor improvisa armas, que si por ventura sobreviene un varón grave por su virtud y méritos, todos callan y le escuchan atentos, y él con sus palabras compone las voluntades y amansa las iras; tal calló todo el estruendo de las olas, apenas el padre Neptuno, tendiendo a lo lejos la vista sobre el mar bajo un cielo ya sereno, da la vuelta a sus caballos y les larga las riendas, volando en su propicio carro.

Procuran los cansados compañeros de Eneas enderezar el rumbo a las costas más cercanas, y vuelven a las playas de la Libia. Hay en ellas una oculta y profunda bahía, en que se abre un puerto, formado por las opuestas laderas de una isla, en las cuales se rompen las olas que vienen de la alta mar y van a dividirse en reducidos senos. Aquí y allí vastas rocas y dos escollos gemelos amenazan el cielo; debajo de ellos, y a gran distancia, entorno yace la mar callada. Más allá se descubren selvas de espléndida verdura, y entre ellas un negro bosque, cubierto de pavorosa sombra. Abrese a la parte opuesta una caverna, formada de pendientes riscos, en que hay aguas dulces y asientos en la peña viva: aquella es la morada de las Ninfas. Allí las cansadas naves no han menester cadenas que la amarren, ni las sujeta el ancla con su corvo diente. En ella penetra Eneas con siete naos que ha recogido de la escuadra toda, y arrastrados por el grande afán de tocar tierra, saltan los Troyanos a la ansiada arena y tienden en la playa sus miembros, entumecidos por las salobres aguas.

Acates hace brotar el primero chispas de un pedernal, recoge el fuego en un montón de hojas, y poniéndole alrededor áridos pábulos, levanta una gran llamarada; entonces los fatigados náufragos sacan de las naves el trigo mareado y los instrumentos de Ceres, y se aprestan a tostar en la llama y a moler con piedras los granos salvados de la tempestad.

Sube entre tanto Eneas a lo alto de una peña, y tiende a lo lejos sus miradas sobre el mar, por si logra ver a Ateneo, trabajado por los vientos, las birremes frigias, a Capis o las armas de Caico en las enhiestas popas. Ningún bajel se divisaba; errantes por las playas vio tres ciervos, a los que sigue toda la manada, que en largo tropel va pastando por los valles. Párase y empuña el arco y las veloces flechas, armas que llevaba el fiel Acates, y derriba primero a los guiones de cabeza erguida con sus ramosas cornamentas; luego acomete a los demás, y disparándoles sus saetas, revuelve toda la turba por los frondosos bosques, y no cesa hasta que, vencedor, postra en tierra siete corpulentos ciervos, número igual al de sus naves; con esto se encamina al puerto y reparte la caza con sus compañeros, entre los cuales distribuye además los vinos con que el generoso héroe Acestes cargó las bodegas de sus barcos al despedirlos en las playas de Sicilia. Al mismo tiempo procura con sus palabras consolar aquellos ánimos afligidos:

“¡Oh, compañeros! Les dice, ¡oh, vosotros, que habéis pasado conmigo tan grandes trabajos! Un dios pondrá término también a los que pasamos ahora. Habéis arrostrado la rabia de Escila y sus escollos, que resuenan profundamente; habéis probado también las rocas de los Cíclopes; recobrad el ánimo y deponed el triste miedo; acaso algún día nos será grato recordar estas cosas. Corriendo varias fortunas, atravesando los mayores peligros, nos encaminamos al Lacio, donde los hados nos prometen sosegado asiento; allí deben resucitar los reinos de Troya. Armaos de valor y conservaos para la próspera fortuna.”

Dice, y aunque oprimido con grandes cuidados, simula en su rostro la esperanza y encierra en el pecho un profundo dolor. Echanse ellos, en tanto, sobre la caza y preparan el festín; desuellan las reses y les sacan las entrañas; unos las trinchan en tasajos y las espetan palpitantes en los asadores; otros disponen calderas en la playa y atizan la lumbre. Recobran las fuerzas con el alimento, y tendidos sobre la yerba, se hartan de vino añejo y de la suculenta carne de los venados; luego que han saciado el hambre y quitado las mesas, recuerdan en largas pláticas a sus perdidos amigos, y dudosos entre la esperanza y el temor, ora los juzgan vivos, ora se imaginan que, después de pasar los últimos trabajos, no pueden ya oir a quien los llama. Sobre todo, el piadoso Eneas lamenta entre sí la desastrosa suerte del fogoso Oronte, la de Amico, el destino cruel de Lico, y al fuerte Gias y al fuerte Cloanto.

Ya era acabado el día cuando Júpiter, mirando desde lo más alto del firmamento el mar cruzado de rápidas velas, y las dilatadas tierras, y las playas, y los remotos pueblos, se paró en la cumbre del Olimpo y clavó sus ojos en los reinos de la Libia. Mientras tales cuidados revolvía en su mente, Venus, en extremo triste y, arrasados los ojos de lágrimas, le habló de esta manera: “¡Oh, tú, que riges los destinos de los hombres y de los dioses con eterno imperio y los aterras con tu rayo! ¿En qué pudo mi Eneas, en qué pudieron ofenderte tanto los Troyanos, para que así, después de pasar tantos trabajos, se les cierre el paso a Italia por todo el orbe? Me habías prometido que de ellos, andando los años, saldrían los Romanos, guías del mundo, descendencia de la sangre de Teucro, los cuales dominarían el mar y la tierra con soberano imperio. ¿Qué te ha hecho ¡oh, Padre! mudar de resolución?

Con esto, en verdad, me consolaba yo de la caída de Troya y de su triste ruina, compensando los hados adversos con los prósperos. Ahora la misma suerte contraria persigue a unos hombres trabajados ya por tantas aventuras. ¿Qué término das ¡oh, Gran Rey! a sus desgracias? Antenor pudo, escapándose de en medio de los Griegos, penetrar en los golfos de la Iliria, y llegar con seguridad al corazón del país de los Liburnos y a la fuente del Timavo, de donde, precipitándose por nueve bocas, de lo alto de un monte, con gran murmullo, va al mar y oprime los campos con resonantes ondas. Allí, además, edificó la ciudad de Padua y las moradas de los Teucros, y dio nombre a su gente, y fijó las armas de Troya; ahora, sosegado, descansa en plácida paz. Y nosotros, progenie tuya; nosotros, a quienes concedes morar en los alcázares del cielo, perdemos nuestras naves ¡oh dolor! Por la ira de una sola diosa, y nos vemos constantemente alejados de las costas italianas. ¿Este es premio de nuestra piedad? ¿Así nos repones en nuestro señorío?”

Besó a su hija el padre de los hombres y de los dioses, sonriéndose con aquel apacible semblante con que serena el cielo y las tempestades, y enseguida le habló así: “Depón el miedo, ¡oh Citerea! ; inmotos perseveran para ti los hados de los tuyos. Verás la ciudad y las murallas prometidas de Lavino, y levantarás hasta las estrellas del cielo al magnánimo Eneas; no he cambiado de resolución. Mas, pues te aqueja este cuidado, voy a descubrirte, tomándolos desde muy atrás, los arcanos del porvenir. Tu Eneas sostendrá en Italia grandes guerras, y domará pueblos feroces, y les dará leyes y murallas; tres veranos pasarán y tres inviernos antes de que reine en el Lacio y logre sojuzgar a los Rútulos. Y el niño Ascanio, que ahora lleva el sobrenombre de Iulo (Ilo se llamaba mientras existió el reino de Ilión); llenará con su imperio treinta años largos, un mes tras otro, y trasladará la capital de su reino de Lavino a AlbaLonga, que guarnecerá con gran fuerza. Allí reinará por espacio de trescientos años el linaje de Héctor, hasta que la reina sacerdotisa Ilia, fecundada por el dios Marte, pariere de un parto dos hijos. Luego Rómulo, engalanado con la roja piel de la loba, su nodriza, dominará a aquella gente y levantará las murallas de la ciudad de Marte, y dará su nombre a los Romanos. No pongo a las conquistas de este pueblo límite ni plazo; desde el principio de las cosas les concedí un imperio sin fin. La misma áspera Juno, que ahora revuelve con espanto el mar, la tierra y el firmamento, vendrá a mejor consejo y favorecerá conmigo a los Romanos, señores del mundo, a la nación togada. Pláceme así. Llegará una edad, andando los lustros, en que la casa de Asaraco subyugará a Ftias y a la ilustre Micenas, y dominará a la vencida Argos. Troyano de esta noble generación, nacerá César Julio, nombre derivado del gran Iulo, y llevará su imperio hasta el Océano y su fama hasta las estrellas. Tú, segura, le recibirás algún día en el Olimpo, cargado con los despojos del Oriente, y los hombres le invocarán con votos; entonces también, suspensas las guerras, se amansarán los ásperos siglos. La cándida Fe, y Vesta y Quirino, con su hermano Remo, dictarán leyes; las terribles puertas del templo de la guerra se cerrarán con hierro y apretadas trabes; dentro el impío Furor, sentado sobre sus crueles armas, y atadas las manos detrás de la espalda con cien cadenas, bramará, espantoso con sangrienta boca.”

Dice, y desde la altura envía al hijo de Maya a fin de que las tierras y los nuevos alcázares de Cartago se abran como asilo para los Teucros; no fuese que, ignorante Dido de lo dispuesto por los hados, los rechazase de sus confines. Tiende el mensajero su vuelo por el inmenso éter, batiendo las alas, y pronto se paró en las playas de la Libia, cumpliendo al punto su mandado; los Penos, porque lo quiere el dios, deponen su fiero natural, y la Reina principalmente se apresta a recibir con benevolencia suma a los Teucros.

Entre tanto el piadoso Eneas, revolviendo mil cuidados en su cabeza toda la noche, apenas empezó a despuntar la vivificadora luz del día, determinó salir a reconocer por sí mismo aquellos sitios desconocidos, y saber a qué playas le han impelido los vientos; si las habitan (pues las ve incultas) hombres o fieras, y llevar a sus compañeros cabal noticia de todo. Oculta sus naves en un hueco de los bosques, debajo de una socavada peña, cercada de árboles y opacas sombras, y sale acompañado solamente de Acates, blandiendo en su mano dos jabalinas con grandes puntas de hierro. En medio de la selva le sale al encuentro su madre, disfrazada con rostro, traje y armas de virgen espartana, o semejante a Harpalice de Tracia cuando fatiga sus caballos y vence en la carrera al rápido Euro, pues llevaba pendiente de los hombros, a modo de cazadora, el certero arco y daba al viento la suelta cabellera, desnuda la rodilla y prendida con un broche la flotante túnica. “Hola, mancebos, les dice, hablándoles la primera, ¿habéis visto aquí por acaso errante alguna de mis hermanas, ceñidas la aljaba y la piel de manchado lince, o acosando con sus gritos la carrera de espumante jabalí?”

Dijo Venus, a lo que respondió su hijo: “A ninguna de tus hermanas he oído ni visto, ¡oh virgen! Que no sé cuál nombre darte, pues ni tu rostro es de mortal, ni parece humana tu voz; ¡oh diosa seguramente! ¿Eres acaso la hermana de Febo o del linaje de las Ninfas? Quienquiera que seas, sénos propicia, alivia nuestro grave afán y dinos bajo qué cielo por fin, a qué playas del mundo nos ha arrojado la suerte. Ignorantes del sitio en que estamos y de los pueblos que la habitan, vagamos perdidos, arrastrados aquí por el viento y las inmensas olas; dinos dónde nos hallamos, y nuestra mano, agradecida, ofrecerá en tus altares numerosos sacrificios.”

Venus contestó: “A la verdad no soy digna de tales honores; uso es de las doncellas tirias ceñir aljaba y calzar altos borceguíes de púrpura. Viendo estás los púnicos dominios, los Tirios y la ciudad de Agenor; éstos son los lindes africanos, poblados por una raza muy belicosa. Rige este imperio la reina Dido, que abandonó su ciudad de Tiro, huyendo de su hermano; larga es la historia de estas disensiones, muchos sus accidentes, pero sólo recordaré los puntos principales.

Era Dido esposa de Siqueo, el más rico señor de tierras entre los Fenicios, y a quien profesaba la infeliz grande amor; virgen se la había dado su padre al unirla con él bajo felices auspicios; pero, como reinase en Tiro su hermano Pigmalión, el más perverso de los hombres, suscitóse entre ellos un odio terrible, y el impío Pigmalión, ciego con el amor del oro, asesinó al desprevenido Siqueo delante de los altares, despreciando el dolor de su amante hermana. Por largo tiempo tuvo encubierto el crimen, e inventando mil pretextos, burló con vanas esperanzas a la triste esposa; mas vio ésta en sueños la imagen de su marido insepulto, el cual, levantando la faz maravillosamente pálida, le descubrió su pecho traspasado por el hierro al pie del ara, y le reveló todo el oculto crimen de su familia. Persuádela enseguida a acelerar la fuga y abandonar su patria, y para auxilio del viaje le descubre antiguos tesoros que tenía enterrados, en cantidad inmensa de plata y oro. Agitada con esto Dido, preparaba su fuga y reunía los que habían de acompañarla, señalados entre los que más detestaban o temían al tirano; apodéranse de unas naves que por dicha estaban aparejadas, y las cargan de oro; las riquezas del avaro Pigmalión van por el mar, y una mujer capitanea la empresa. Llegaron los fugitivos a estos sitios, donde ahora ves las altas murallas y el alcázar, ya comenzado a levantar, de la nueva Cartago, y compraron una porción de terreno, tal que pudiera toda ella cercarse con la piel de un toro, de donde le vino el nombre de Birsa. Pero vosotros, decidme, ¿quiénes sois, de qué playas venís, a dónde enderezáis el camino? El, suspirando arrancando la voz de lo más hondo del pecho, respondió a estas preguntas:

“¡Oh diosa! Se he de referiros nuestras desgracias desde su origen, y tenéis vagar para oír los anales de nuestros trabajos, antes de que concluya, véspero sepultará la luz del día en el cerrado cielo. Después de andar errantes por diversos mares, un capricho de la tempestad nos ha arrojado a las costas africanas desde la antigua Troya (si por dicha el nombre de Troya ha llegado a vuestros oídos). Yo soy el piadoso Eneas, cuya fama llega al cielo; traigo conmigo en mis naves los patrios penates, arrebatados del furor de los enemigos, y voy buscando mi patria, Italia, y el linaje del supremo Júpiter, de quien desciendo. Con veinte bajeles di la vela en el mar frigio, y mostrándome el camino la diosa Venus, mi madre, seguí la suerte que me estaba deparada; hoy apenas me quedan siete naves maltratadas del euro y de las olas; yo mismo, desconocido, menesteroso, ando perdido por los desiertos de Africa, repelido de Europa y Asia”. No pudo Venus oír más tiempo a su doliente hijo, y le interrumpió en estos términos, en medio de su dolor:

“Quienquiera que seas, ¡oh tú! Que acabas de llegar a la ciudad tiria, no creo que vivas aborrecido de los dioses. Prosigue tu camino y ve desde aquí a los dinteles de la reina Dido, porque te anuncio que recobrarás tus compañeros y tu armada dispersa, que han llevado a puerto seguro los vientos ya mudados, a menos de que mis padres me enseñasen en vano la ciencia de los agüeros. Mira esos doce alegres cisnes, cuya aérea bandada perseguía en el sereno cielo el ave de Júpiter, desprendida de la altura; mira cómo ahora, o andan por la tierra en larga hilera, o parece que eligen sitio donde posarse, y ya reunidos, baten las sonoras alas y forman círculos en el aire y sueltan el canto; no de otra suerte tus naves y la flor de tus guerreros o están ya en el puerto o entran en él a toda vela. Ve, pues, y dirige el paso adonde conduce ese camino.”

Dijo, y volviendo el rosado cuello, resplandeció como una estrella, y sus cabellos esparcieron un divino olor de ambrosía; soltó el ropaje hasta los pies, y se reveló en su porte que verdaderamente era una diosa. Eneas, en cuanto conoció a su madre, la siguió en su fuga, con estos clamores:

“¿Por qué tú también, cruel, alucinas tantas veces a tu hijo con imágenes engañosas? ¿Por qué no me es dado juntar mi diestra con la tuya, y oir tu voz y hablar contigo sin falaces apariencias?” Mientras con tales razones acusa a su madre, va, seguido de Acates, andando hacia la ciudad; mas a ambos los rodea Venus de un obscuro ambiente, extendiendo en torno una densa capa de niebla, con que nadie pudiese verlos, ni tocarlos, ni detenerlos, ni preguntarles las causas de su venida. Ella, por los aires, se dirige a Pafos y torna alegre a ver su morada, donde tiene un templo, en que humean cien altares con el incienso sabeo y embalsaman el aire guirnaldas de flores recién cortadas.

Prosiguen ellos en tanto su camino por la senda indicada, y suben el collado que domina la ciudad por cima de todos los demás, y desde cuya altura se ven de frente fortificaciones. Maravíllase Eneas de ver aquellas grandes moles, chozas de pastores en otro tiempo; admira las puertas y el bullicio de tanta gente y la disposición de las calles. Con ardor sumo trabajan los Tirios, unos en levantar las murallas, en construir la ciudadela y en arrastrar a brazo grandes piedras; otros eligen solar para labrarse casa y acotarla con una zanja; éstos atienden a la elección de jueces y magistrados y del venerado senado. Unos aquí cavan un puerto, otros allí disponen los hondos cimientos de los teatros y arrancan de las canteras enormes columnas, alto ornamento de los futuros espectáculos. Tal en la primavera ejercitan las abejas su trabajo al sol por los floridos campos, cuando sacan los enjambres ya crecidos, o cuando labran la líquida miel, o llenan sus celdillas con el dulce néctar, o reciben las cargas de las que llegan, o en batallón cerrado embisten a la indolente turba de los zánganos y los ahuyentan de las colmenas. Hierve la faena; la fragante miel esparce un fuerte olor de tomillo. “¡Oh, afortunados aquéllos, cuyas murallas se están ya levantando!”

exclama Eneas, y contempla las cimas de la ciudad naciente; luego se entra por medio, encubierto con la niebla, y se mezcla entre la multitud (¡oh maravilla!) sin que ninguno le vea.

Hubo en medio de la ciudad un bosque de muy apacible sombra, que fue el sitio en que los Penos, después de sus grandes trabajos por las olas y los temporales, hallaron una primera señal que les mostrara la regia Juno, y era la cabeza de un fuerte caballo, para indicar que aquella nación había de ser en todo tiempo ilustre en la guerra y rica de mantenimientos. Allí la sidonia Dido hacía labrar un gran templo, consagrado a Juno, riquísimo con sus dones y con la presencia de la diosa. Ya se levantaban en las gradas los dinteles de bronce y las vigas ensambladas con el mismo metal; los quicios rechinaban con las puertas de hierro. En este bosque fue donde por primera vez se le ofreció un objeto que mitigó sus temores; allí fue donde por primera vez se atrevió Eneas a esperar alivio a sus males y a confiar en mejor suerte, porque mientras, aguardando a la Reina, lo examina todo cosa por cosa en el gran templo; mientras admira la rara fortuna de aquella ciudad y el primor de las obras y la habilidad de los artífices, ve representadas por su orden las batallas troyanas y toda aquella gran guerra que la fama ha divulgado ya por todo el orbe. Ve al hijo de Atreo y a Príamo, y a Aquiles, terrible para ambos. Paróse, y llenos de lágrimas en los ojos,“¿Cuál lugar, exclama, ¡oh Acates! Qué región hay ya en la tierra adonde no haya llegado la fama de nuestras desventuras? Ve ahí a Príamo; también aquí reciben su recompensa las virtudes; aquí hay lágrimas para las desgracias y compasión para los grandes desastres. Depón el temor; esta celebridad te servirá de algún consuelo.” Dice y, apacienta su ánimo con la vista de aquellas vanas pinturas, sollozando amargamente y vertiendo largo raudal de llanto. Veía aquí a los Griegos huyendo alrededor de las murallas de Pérgamo, acosados por la juventud troyana; allí huían los Troyanos, a quienes estrechaba desde su carro el penachudo Aquiles. No lejos de allí reconoció con lágrimas las tiendas de Reso con sus blancos pabellones, que sorprendidas traidoramente durante el primer sueño, el sangriento hijo de Tideo asolaba con espantosa carnicería, llevándose luego a sus reales los fogosos caballos del infeliz vencido, antes de que hubiesen gustado los pastos de Troya y bebido las aguas del Xanto.

En otra parte ve a Troilo, que huye, perdidas las armas; mancebo infeliz, empeñado con Aquiles en desigual pelea; arrástranle sus caballos tendido boca arriba en su carro vacío, llevando todavía, sin embargo, las riendas en la mano, barriendo van el suelo su cuello y su cabellera, y vuelta la punta de la lanza va trazando un surco en el polvo. Entretanto las Troyanas desgreñadas iban al templo de la airada Palas, y tristemente suplicantes, le llevaban en ofrenda una rica vestidura y se golpeaban los pechos con las manos; la diosa, vuelta la cabeza, clavaba los ojos en el suelo. Tres veces Aquiles había arrastrado a Héctor alrededor de los muros de Troya, y vendía por oro el exánime cuerpo. Entonces Eneas exhala un gran gemido de lo hondo del pecho, al ver los despojos, el carro y hasta el cuerpo mismo de su amigo, y a Príamo tendiendo sus manos inermes. También se reconoció a sí propio mezclado entre los príncipes aquivos, y reconoció las falanges orientales y las armas del negro Memnón. La fogosa Pentesilea conduce las huestes de las Amazonas, con sus broqueles en forma de media luna, y brilla por su ardor en medio de la muchedumbre, atando el dorado ceñidor bajo el descubierto pecho, y guerrera virgen, osa competir en denuedo con los hombres.

Mientras admira estas cosas el dardanio Eneas, y pasmado, no acierta a apartar sus ojos de ninguna de ellas, llega al templo la reina Dido, hermosísima y rodeada de una numerosa comitiva de mancebos. Cual Diana, cuando en las riberas del Eurotas o en los collados del monte Cinto ejercita los coros de sus oreadas, que en gran tropel se agolpan en torno suyo; lleva la diosa su aljaba pendiente del hombro, y al andar sobresale por cima de las otras diosas: un secreto placer conmueve el pecho de Latona; tal aparecía Dido, tal circulaba satisfecha por en medio de los suyos, activando las obras y la futura grandeza de su reino. Entonces, en los umbrales de la diosa, y en medio de la bóveda del templo, rodeada de armas, se sentó en un alto solio, desde donde dictaba sentencias y leyes a su pueblo, y ajustaba por partes iguales o sacaba por suerte las tareas de las obras. En esto Eneas vio de repente llegar con grande acompañamiento de gente a Anteo, a Sergesto, al fuerte Cloanto y a los demás Troyanos, a quienes había dispersado la tempestad en el revuelto piélago y arrojado a otras costas. Pasmáronse a una Eneas y Acates, suspensos entre la alegría y el miedo; ansiaban por darles las manos, pero lo desconocido del caso les conturbaba el ánimo. Disimulan, y guarecidos con la niebla que los rodea, están a la expectativa de lo que anhelan saber: qué suerte ha cabido a sus compañeros, en qué playa han dejado sus naves, a qué vienen, pues los que se dirigían implorando favor con sus clamores eran gente elegida de todos los bajeles.

Luego que estuvieron dentro y se les permitió hablar delante del pueblo, el más anciano de todos comenzó así con sosegado continente: “¡Oh Reina! A quien Júpiter concedió edificar una nueva ciudad y refrenar con sus leyes a pueblos bravíos, los míseros Troyanos, trabajados por los vientos en todos los mares, te dirigimos nuestras súplicas. No permitas que infandos incendios abrasen nuestras naves; perdona a una generación piadosa y mira propicia nuestra suerte. No venimos a asolar con el hierro los líbicos hogares, o a llevarnos a la costa las robadas presas; no hay fuerza para tanto en nuestro ánimo, ni cabe tanta soberbia en los vencidos. Hay una región que los Griegos denominan Hesperia, tierra antigua, poderosa por sus armas y por la fertilidad de sus frutos, poblada un día por los Enotrios; mas hoy es fama que los descendientes de éstos la llaman Italia, nombre tomado del de su caudillo. A ella enderezábamos el rumbo, cuando el borrascoso Orión, levantándose con súbito remolino, nos estrelló en ocultos bajíos y nos dispersó enteramente por en medio de las ondas y de inaccesibles riscos, a impulso de los tenaces vientos, cubriendo nuestras naves el mar. Unos pocos hemos podido llegar aquí a vuestras playas. Pero ¿Qué linaje de hombres es éste, cuál es esta bárbara nación, que tolera tales costumbres? ¡Se nos veda refugiarnos en la costa!

¡Nos mueven guerra, y no nos permiten tomar la primera tierra que vemos! Si menospreciáis a los hombres y las armas mortales, pensad a lo menos en los dioses, atentos a lo justo y a lo injusto. Teníamos por rey a Eneas, el más justiciero, el más piadoso, el más grande de los hombres en la guerra, y el más valeroso; si los hados nos le conservan, si aun respira el aura vital, y no ha bajado todavía a las crueles tinieblas, no temas, que no te pesará de haberte adelantado a favorecernos. Todavía contamos con la ciudad de Sicilia y con sus armas y con el ilustre Acestes, descendiente de la sangre troyana. Permítenos sacar a tierra nuestra armada, quebrantada por los vientos, y repararla con maderas de tus bosques y surtirla de remos, si nos es dado proseguir nuestro viaje a Italia con nuestros compañeros, después de haber recobrado nuestro rey, para que alegres caminemos a aquella tierra y al Lacio. Pero si se nos niega toda salvación, y te tiene en su seno el mar de Africa, ¡Oh padre excelente de los Teucros! Yno nos queda ni aun la esperanza de recobrar a Iulo, concédenos a lo menos volver a los estrechos de Sicilia y a las moradas que nos están dispuestas, de donde hemos sido arrojados acá; concédenos volver a la corte del buen Acestes”. Esto dijo Ilioneo ente los sordos murmullos que a la par se alzaban entre todos los Troyanos.

Entonces Dido, inclinada la cabeza, respondió en breves palabras: “Deponed el temor, ¡oh Teucros!, desechad los cuidados. La dura ley de la necesidad, en los principios de un reinado, me precisa a estas cosas y a mirar mucho por la seguridad de mis confines. ¿Quién no tiene noticia del linaje de Eneas y de los suyos? ¿Quién no ha oído hablar de la ciudad de Troya, y de sus proezas, y de sus héroes, y de los desastres de tan terrible guerra? No somos los Penos tan rudos como imagináis, ni unce el sol sus caballos tan apartado de la ciudad tiria. Ya os encaminéis a la grande Hesperia y a los campos de Saturno, ya a los confines del monte Erix, donde reina Acestes, yo os despacharé seguros con mis auxilios y os ayudaré con mis riquezas. ¿Queréis quedaros conmigo en estos reinos? Vuestra es esta ciudad que estoy edificando; sacad a tierra vuestras naves; sin diferencia alguna gobernaré a los Troyanos y a los Tirios. Y ¡ojalá que vuestro mismo rey Eneas, impelido por el viento que os ha traído a vosotros, estuviese también aquí! Ciertamente enviaré exploradores por las costas y mandaré registrar los términos del Africa, por si vaga perdido en las selvas o en los pueblos.”

Reanimados con estas palabras el fuerte Acates y el padre Eneas, ansiaban ya hacía tiempo por romper la nube que los rodeaba. Acates, el primero, dice a Eneas: “Hijo de una diosa, ¿qué te parece de esto? Todo lo ves ya en seguridad; ya has recobrado tu armada y tus compañeros. Uno sólo falta, a quien nosotros vimos con nuestros propios ojos sumergido en las olas; todo lo demás se ajusta puntualmente con lo que dijo tu madre” Apenas pronunció estas palabras, cuando, deshaciéndose de pronto, se abre la nube que los rodeaba y se resuelve en aire puro. Apareció Eneas, resplandeciente en medio de una viva luz, semejante en rostro y apostura a un dios, porque su misma madre había infundido en su hermosa cabellera y en sus ojos el resplandor purpúreo y la alegre lozanía de la juventud; así la mano del artífice añade belleza al marfil o engasta con amarillo oro la plata y la piedra de Paros. Entonces habló así a la Reina, apareciéndose a todos de improviso: “Ved aquí presente al Eneas que buscáis, libertado de las ondas africanas. ¡Oh! Tú, la sola que te has apiadado de los infandos desastres de Troya, y que nos das ciudad y hogar a nosotros, reliquias de los Griegos, vencidos ya por todo linaje de desgracias en tierra y en mar y necesitados de todo! No es en nuestra mano ¡oh Dido! Demostrarte la gratitud de que eres digna, ni bastaría a tanto lo que aun queda de la gente dardania, desparramada por el ancho mundo. Los Dioses te den digno premio, si hay númenes que respetan a los piadosos, si hay en alguna parte justicia y conciencia de lo recto. ¡Oh!, ¿ Qué felices siglos te dieron al mundo? ¿Qué padres tan grandes fueron los que tal te informaron? Mientras corran los ríos hacia el mar, mientras las sombras cubran los huecos de los montes, mientras el polo apaciente estrellas, siempre durarán en el mundo tu gloria, tu nombre y tus loores en cualquier parte adonde me lleven los hados.” Dice, y tiende la diestra mano a su amigo Ilioneo, y la izquierda a Seresto, y luego a los demás y al fuerte Gías y al fuerte Cloanto.

Pasmóse la sidonia Dido con la súbita aparición, no menos que con el prodigioso caso de tan grande héroe, y exclamó: “¿Cuál hado te persigue ¡oh hijo de Venus! por medio de tantos peligros? ¿Qué fuerza te arroja a estas despiadadas costas? ¿Eres tú aquel Eneas a quien la alma Venus concibió del troyano Anquises a la margen del frigio Simois? Me acuerdo de que Teucro fue a Tiro, echado de los confines patrios, en busca de un nuevo reino, con el auxilio de Belo; entonces mi padre Belo estaba talando la ópima isla de Chipre, y vencedor, la dominaba toda. Ya en aquella época supe la desgracia de la ciudad troyana, y conocí tu nombre y los de los reyes griegos; vuestro enemigo mismo ensalzaba con grandes alabanzas a los Teucros, y se decía oriundo de la antigua estirpe troyana. Así, pues, adelante, ¡Oh guerreros!

Entrad en nuestras moradas. También a mí una fortuna semejante a la vuestra, después de haberme hecho juguete de grandes trabajos, ha querido por fin darme asiento en este suelo; conocedora de la desgracia, he aprendido a socorrer a los desgraciados.” Dice, y conduce a Eneas a las regias mansiones, y dispone que se hagan sacrificios en los templos de los dioses. Al mismo tiempo envía a los compañeros de Eneas que habían quedado en la playa, veinte toros, cien cerdosas canales de corpulentos jabalíes y cien gruesos corderos con sus madres, a lo que unió los dones de Baco, la alegría de los festines. Decórase además el interior del palacio con regio aparato, y se dispone todo para los convites en las salas del centro, y ricas alfombras y colgaduras, labradas con espléndida grana; mucha plata en las mesas: vense representadas en oro cincelado las grandes hazañas de los progenitores, larguísima serie trasmitida por tantos héroes desde el origen de un antiguo linaje.

Eneas (a quien no dejaba sosegar un punto el amor de padre) envía a Acates con toda prisa a las naves, a fin de que refiera a Ascanio aquellos sucesos y le conduzca a la ciudad; en Ascanio se cifran todos los cuidados de aquel buen padre.

Manda además traer unas preseas, salvadas de las ruinas de Ilión: una falda recamada de figuras de oro y un manto bordado en derredor de rojo acanto, galas de la argiva Elena, que llevó de Micenas cuando fue a Troya tras un infando himeneo, admirable presente de su madre Leda; además el cetro que en otro tiempo empuñó Ilione, la mayor de las hijas de Príamo, un collar de perlas y una diadema de oro y piedras preciosas. Con este objeto se encaminaba Acates rápidamente a las naves.

Entre tanto Citerea revuelve en su pensamiento nuevos artificios, nuevos planes; decide que Cupido, tomando la apariencia y el rostro del dulce Ascanio, venga en lugar de él, inflame con aquellas dádivas a la apasionada Reina, y le infunda su fuego en las entrañas, por cuanto se recela de aquella poco segura casa y de los falaces Tirios; la abrasa el temor de la vengativa Juno, y toda la noche la atormenta aquel cuidado. Estas palabras dice, pues, al alígero Amor: “¡Oh hijo, en quien cifro mi única fuerza, mi gran poder! ¡Oh hijo, único que desprecias los dardos del sumo padre, que debelaron a Tifeo, a ti me acojo y suplicante invoco tu numen! Bien sabes cómo tu hermano Eneas anda errante por todos los mares, víctima de los odios de la inicua Juno, y muchas veces te condoliste de mi aflicción. Ahora le tiene en su poder la fenicia Dido y le cautiva con blandas palabras; temo que ha de parar en mal ese hospedaje, obra de Juno; no creo que se descuide en tan crítico trance. Medito, pues, ganarla por la mano en sus ardides, y abrasar de amor el corazón de la Reina, de modo que no se trueque a impulso de otra divinidad; antes me esté sujeta por su irresistible pasión a Eneas. Para que hagas esto, oye mi pensamiento: el regio niño, que es el que me da mayor cuidado, se dispone a ir a la ciudad sidonia, llamado por su amoroso padre, a llevar unas preseas salvadas del mar y de las llamas de Troya. Sepultado en un profundo sueño, yo me le llevaré a la alta Citeres o al bosque Idalio, y le ocultaré en un sitio sagrado, de suerte que nadie pueda descubrir este engaño ni oponerle obstáculo. Tú disfrázate, por una noche no más, con la figura de Ascanio y, niño, toma la conocida semejanza de un niño, a fin de que cuando Dido gozosísima te reciba en su regazo y en medio de los regios festines y de los licores de Lieo te estreche en sus brazos y te dé dulces besos, le infundas un oculto fuego y la enloquezcas con tu veneno.” Obedece al punto el Amor las palabras de su madre querida, y depuestas las alas, echa a andar muy contento, parecido en un todo a Iulo, mientras que Venus derrama un plácido sopor por los miembros de Ascanio, y se lo lleva abrigado en su regazo a las profundas selvas de Idalia, donde la suave y olorosa mejorana le brinda un lecho lleno de flores y de apacible sombra. Ya Cupido, obediente al mandato de su madre, caminaba contento, conducido por Acates, llevando a los tirios los regios dones, y llega en el momento en que la Reina tomaba asiento en áureo lecho, cubierto de magníficos tapices, y en medio de sus convidados, y en que Eneas y la juventud troyana llegaban también y se recuestan en purpúreos estrados. Danles los criados aguamanos, sacan el pan de los canastillos y tienden manteles de fino vellón. En el interior de la sala, cincuenta doncellas tienen a su cuidado los grandes aprestos de las provisiones y perfuman con aromas los penates; otras ciento e igual número de mancebos colocan los manjares en las mesas y distribuyen las copas. Reúnense además, por los alegres zaguanes multitud de Tirios convidados por las Reina y se tienden en cojines de varios colores. Maravíllanse de los regalos de Eneas, admiran la hermosura de Iulo, su rostro, que brilla con un resplandor divino, y sus fingidas palabras, su vestidura y su manto, bordado de rojo acanto. Principalmente la infeliz Dido, presa del fuego que la ha de perder, no se sacia de contemplarle, y arde mirándole, movida igualmente por el influjo del niño y de los presentes que ha recibido. El, después de haberse colgado al cuello de Eneas y de haber inundado de ternura el corazón de su supuesto padre, se dirigió a la Reina, la cual clava en él sus ojos y toda su alma, y de cuando en cuando le aprieta a su regazo: ¡No sabe la desgraciada Dido cuán poderoso es el dios que se sienta en sus rodillas! Recordando el precepto de su madre Venus, empieza el dios a borrar poco a poco la imagen de Siqueo, y prueba a inflamar en vivo amor aquel espíritu, por tanto tiempo sosegado, y aquel corazón, ya desacostumbrado de amar. Acabado el primer servicio y levantadas todas las mesas, traen las grandes copas y las llenan de vino hasta los bordes; empieza el estrépito y retumba la gritería por los espaciosos atrios; las lámparas encendidas penden de los dorados artesones, y vencen con sus luces la obscuridad de la noche. Pidió en esto la Reina una copa muy maciza de oro y piedras preciosas, y la llenó de vino: copa de que habían usado Belo y todos sus descendientes; y en medio del silencio general, «¡Oh Júpiter, exclamó (pues es fama que dictas leyes para el ejercicio de la hospitalidad), dispón que este día sea igualmente feliz para los Tirios y para los arrojados de Troya, y que nuestros descendientes celebren su memoria!

Asístenos también, ¡Oh Baco, dador de la alegría! y tú, ¡Oh bondadosa Juno! y vosotros, ¡Oh Tirios! regocijaos y favoreced también a nuestros huéspedes!» Dijo, y derramó en la mesa la ofrenda del vino, y la primera acercó apenas la copa a sus labios; luego se la pasó a Bicias, provocándole a beber; él, nada perezoso, apuró la espumante copa de oro y se bañó en vino toda la cara; enseguida bebieron los demás magnates. El crinado Iopas pulsa la áurea cítara, que le enseñó a tocar el grande Atlante, y canta las mudanzas de la luna y los eclipses del sol, el origen del linaje humano y de los brutos; de dónde nacen el agua y el fuego, y Arturo y las lluviosas Hiadas y las dos Osas; por qué el sol en invierno se apresura tanto a ir a bañarse en el Océano, y por cuál causa son entonces tan largas las noches. Prorrumpen en aplausos los Tirios y siguen su ejemplo los Troyanos. También la desventurada Dido pasaba la noche entretenida en varias pláticas, y en ellas bebía raudales de amor, preguntando a Eneas mil cosas de Príamo, mil de Héctor; qué armas llevaba el hijo de la Aurora, por qué eran tan famosos los caballos de Diomedes, cuán grande era el esfuerzo de Aquiles. Al fin le dijo:

«Cuéntanos, ¡Oh huésped! tomándolas desde su primer origen, las insidias de los Griegos, las varias fortunas de los tuyos y tus propias aventuras, en que llevas ya siete años de andar errante por todas las tierras y todos los mares.»

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