Instituciones militares

Flavio Vegecio Renato

De re militari (Sobre asuntos militares) o también Epitoma rei militaris, mejor conocido en la cultura hispana como Instituciones militares, nombre que le da a la obra Jaime de Viana en el siglo XVIII, es un tratado militar escrito por Flavio Vegecio Renato a finales del siglo IV d. C. y uno de los trabajos de literatura militar más influyentes y consultados desde el siglo IV al siglo XVIII. Muy poco sabemos de la vida de Vegecio, excepto lo que él mismo revela en sus obras. El autor no se identifica como un militar, sino que se refiere a sí mismo como un vir illustris et comes (hombre ilustre y comes), lo que significa que era cercano al emperador. Debido a que alude al emperador Graciano como deificado se estima que la obra fue publicada luego del año 383.

Sobre la traducción
La traducción aquí presente no es una traducción directa del latín. Si no que la misma es una traducción al español de la traducción inglesa realizada por John Clarke (Libros I a III) y de la traducción francesa por Monsieur le chevalier de Bongars (libro IV). La traducción al español de las obras anteriormente mencionadas fue realizada por la comunidad de impromano.elistas.net y ha sido repasada junto a la original en latín.

Para facilitar la lectura las unidades de medida romanas han sido traducidas al sistema métrico. No obstante, puede consultar los valores originales en las notas.

Instituciones militares

Notas a las Instituciones militares

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Libro I

Selección de personal, armas y medios de fortificar en pantalla.

Prefacio al libro I

Ha sido una antigua tradición de los autores la de ofrecer a sus Príncipes los frutos de sus estudios sobre las artes liberales, desde el convencimiento de que ningún trabajo puede ser publicado adecuadamente sino bajo los auspicios del Emperador, y que el conocimiento del Príncipe debiera ser más general, y de la mayor importancia, pues su influencia es sentida notoriamente por todos sus súbditos. Tenemos muchos ejemplos de la favorable recepción que Augusto y sus ilustres sucesores concedieron a los trabajos que se les presentaron; y este estímulo del Soberano hizo florecer las ciencias. La consideración de la superior indulgencia de Vuestra Majestad hacia intentos de esta clase, me indujo a seguir este ejemplo, y al mismo tiempo casi me hizo olvidar mi propia incapacidad al compararme con los escritores antiguos. Una ventaja, no obstante, se deriva de la naturaleza de este trabajo, pues no necesita elegancia de expresión, ni una porción extraordinaria de talento, sino solamente gran cuidado y fidelidad al recopilar y explicar, para uso general, las instrucciones y observaciones de nuestros antiguos historiadores de asuntos militares, o de aquellos que escribieron expresamente sobre ellos.

Mi plan en este tratado es presentar con cierto orden las costumbres peculiares y usos de los antiguos en la elección y disciplina de sus nuevas levas. Lejos de mí la presunción de ofrecer este trabajo a Vuestra Majestad desde la suposición de que no estáis al tanto de cada parte de su contenido; sino que podéis ver que las mismas saludables disposiciones y regulaciones que Vuestra propia sabiduría indicó para la felicidad del Imperio, fueron anteriormente observadas por los mismos fundadores de esta materia; y así Vuestra Majestad puede hallar con facilidad, en este breviario, cuanto resulta más útil en asunto tan necesario e importante.

I – La disciplina romana: la causa de su grandeza

La victoria en la guerra no depende completamente del número o del simple valor; sólo la destreza y la disciplina la asegurarán. Hallaremos que los Romanos debieron la conquista del mundo a ninguna otra causa que el continuo entrenamiento militar, la exacta observancia de la disciplina en sus campamentos y el perseverante cultivo de las otras artes de la guerra. Sin esto, ¿qué oportunidad habrían tenido los insignificantes ejércitos romanos frente a las muchedumbres de los Galos?. ¿O con qué éxito podría su pequeño tamaño haberse opuesto a la prodigiosa estatura de los Germanos?. Los españoles nos superaban no sólo en número, sino en fortaleza física. Siempre fuimos inferiores a los africanos en riqueza y desiguales en engaño y estratagema. Y los griegos, indudablemente, fueron muy superiores a nosotros en la destreza con las artes y toda clase de conocimientos.

Pero a todas esas ventajas, los romanos opusieron un cuidado inusual en la elección de sus levas y en su entrenamiento militar. Comprendieron completamente la importancia de endurecerse con la práctica continua y de entrenarse en cada maniobra que pudiera ocurrir en la formación y en el combate. Tampoco fueron menos estrictos al castigar la desidia y la pereza. El valor de un soldado se enaltece con el conocimiento de su profesión, y sólo desea una oportunidad para ejecutar aquello que él está convencido de haber aprendido perfectamente. Un puñado de hombres, curtidos en la guerra, marcharán a una victoria cierta mientras que, por el contrario, ejércitos numerosos con tropas indisciplinadas y novatas no son sino multitudes de hombres llevados al sacrificio.

II – La selección de los reclutas

Para tratar nuestra materia con algún método, deberíamos antes examinar qué provincias o naciones van a preferirse para proveer de reclutas a los ejércitos. Es cierto que cada país produce tanto hombres valientes como cobardes; pero es igualmente cierto que algunas naciones son naturalmente más aguerridas que otras y que el valor, así como la fortaleza de cuerpo, dependen grandemente de la influencia de los distintos climas.

III – Qué procedencia es mejor para el recluta: la ciudad o el campo

Examinaremos a continuación si la ciudad o el campo producen los mejores y más capaces soldados. Nadie, imagino, puede dudar que los campesinos son los más capacitados para empuñar las armas pues desde su infancia han estado expuestos a toda clase de climas y criados para el trabajo más duro. Son capaces de soportar el mayor calor, desconocen el uso de baños y les son extraños otros lujos de la vida. Son sencillos, se contentan con poco, están acostumbrados a toda clase de fatigas y preparados, en cierta medida, para la vida militar por su continuo empleo en labores agrícolas, en manejar la azada, cavando zanjas y llevando cargas, soportando el Sol y el polvo. Sus comidas suelen ser rústicas y moderadas; deben estar acostumbrados a descansar ora al aire libre, ora en tiendas. Tras esto, deben ser instruidos en el uso de sus armas. Si se planea alguna larga expedición, debería acampárseles tan lejos como se pueda de las tentaciones de la ciudad. Con estas prevenciones, sus mentes y sus cuerpos serán adecuadamente adiestradas para el servicio.

Me doy cuenta de que en las primeras épocas de la República, los romanos siempre levantaron sus ejércitos en la misma ciudad, pero ésto sucedía en una época donde no había placeres ni lujos que les enervaran. El Tíber era, entonces, su único baño y en él se refrescaban, nadando, tras sus ejercicios y sus trabajos en el campo. En aquellos días, el mismo hombre era soldado y granjero, pero un granjero que, llegada la ocasión, dejaba a un lado sus herramientas y empuñaba la espada. La veracidad de esto se confirma con el ejemplo de Quintius Cincinnatus, que estaba arando cuando llegaron a ofrecerle la Dictadura. La fortaleza principal de nuestros ejércitos, así, debe ser reclutada del campo. Pues es cierto que cuanto menos familiarizado está un hombre con los placeres de la vida, menos motivos tiene para temer la muerte.

IV – La edad adecuada de los reclutas

Si seguimos la costumbre antigua, el momento adecuado para alistar a un joven es a su llegada a la pubertad. En este momento, las prácticas de toda clase son más rápidamente asimiladas y más profundamente impresas en la mente. Además de esto, los ejercicios militares de correr y saltar deben ser adquiridos antes de que los miembros estén demasiado castigados por la edad. Así, tal actividad, acrecentada por la práctica continua, moldea el mejor y más útil soldado. Antiguamente, dice Salustio, la juventud romana, tan pronto como alcanzaban la edad de portar armas, era entrenada del modo más estricto en sus campamentos en todos los ejercicios y fatigas de la guerra. Así es ciertamente mejor que un soldado, perfectamente disciplinado, se queje de no haber llegado aún a la edad apropiada para el combate a padecer la mortificación de saber que ya ha pasado. Es necesario un tiempo suficiente para su instrucción en los distintos aspectos del servicio. No es cosa fácil entrenar la caballería o el arquero de infantería, o instruir al legionario en cada parte del orden cerrado1, enseñarle a no abandonar su puesto, mantener las filas, apuntar y lanzar sus armas arrojadizas, y cómo detener un ataque con destreza. Un soldado, tan perfecto en sus cometidos, lejos de mostrar torpeza en el enfrentamiento, estará ansioso de tener una oportunidad de señalarse.

V – La altura de los reclutas

Vemos que los antiguos procuraban disponer de los hombres más altos para el servicio, pues la estatura normal para la caballería de las alas y las primeras cohortes legionarias fue fijada en un metro y setenta y siete centímetros2, o al menos en un metro y setenta y dos centímetros3. Tales medidas podían ser mantenidas en aquella época cuando tantos seguían la profesión de las armas y era costumbre de la flor de la juventud romana antes de dedicarse al servicio civil del Estado. Pero cuando la necesidad lo imponía, la altura de un hombre no era mirada tanto como su fortaleza; y como ejemplo de ello tenemos la autoridad de Homero, quien nos cuenta que la deficiencia en estatura de Tideo estaba ampliamente compensada por su vigor y coraje.

VI – Signos de las cualidades deseables

Aquellos que se dedican a supervisar las nuevas levas deberían ser particularmente cuidadosos en examinar sus caras, sus ojos y la constitución de sus miembros, para poder hacerse un juicio veraz y elegir a los más a propósito para ser buenos soldados. La experiencia nos demuestra que hay en los hombres, como en los perros y los caballos, signos evidentes por los que descubrir sus virtudes. Los soldados jóvenes, así pues, deben tener una mirada despierta, llevar la cabeza erguida, su pecho debe ser ancho, sus hombros musculosos y fuertes, sus dedos largos, sus brazos fuertes, su cintura pequeña, sus piernas y pies tan nervudos como flexibles. Cuando tales señas se encuentran en un recluta, una estatura pequeña puede dispensarse, pues resulta mucho más importante que un soldado sea fuerte antes que alto.

VII – Oficios adecuados para las levas

Al seleccionar reclutas se ha de considerar su oficio. Pescadores, cazadores de aves, sastres, tejedores y, en general, todas aquellas profesiones más propias de las mujeres, deberían, en mi opinión, no ser admitidas en absoluto para el servicio. Por el contrario, los herreros, carpinteros, carniceros y cazadores resultan los más adecuados para ser reclutados. De la cuidadosa elección de los soldados depende el bienestar de la República, y la esencia primordial del Imperio Romano y de su poder está tan inseparablemente conectada con este cometido (el de soldado. N. del T.) que resulta de la mayor importancia que tal misión se encargue a personas de confianza. Los antiguos consideraron el cuidado de Sertorio, en este punto, era una de sus más eminentes cualidades militares. Al soldado a quien se confía la defensa del Imperio y en cuyas manos está la fortuna de la guerra, debe, si es posible, pertenecer a familias reputadas e intachable en sus costumbres. De tales consideraciones se puede esperar de esos hombres que serán buenos soldados. El sentido del honor, impidiendo el mal comportamiento, les hará victoriosos.

Pero ¿qué bien se puede esperar de un hombre cobarde por naturaleza, aunque sea disciplinado o aunque haya servido en muchas campañas?. Un ejército alistado sin la adecuada atención a la selección de sus reclutas nunca ha resultado bueno a lo largo del tiempo; y ahora estamos convencidos, por cruel experiencia, de que éste es el origen de todas nuestras desgracias. Tantas derrotas pueden imputarse únicamente a los efectos de una larga paz que nos ha convertido en negligentes y descuidados en la selección de nuestras levas, así como a la preferencia mayoritaria entre los mejores de nosotros por los puestos civiles del gobierno antes que por la profesión de las armas, y al comportamiento vergonzoso de los superintendentes quienes, por interés o connivencia, aceptan a muchos de aquellos hombres enviados por quienes han de proveer reemplazos para el ejército y admiten para el servicio a quienes ni los maestros querrían como siervos. Así, es evidente que tal confianza no ha de encomendarse sino a hombre de mérito e integridad.

VIII – La marca militar

El recluta, sin embargo, no debe recibir la marca militar4 tan pronto como es alistado. Debe juzgarse antes si es apto para el servicio, que tiene la suficiente fortaleza y nervio; si tiene capacidad para aprender su deber y si posee el suficiente valor militar. Muchos, aunque prometedores en apariencia, resultan inadecuados tras el entrenamiento. Ésos han de ser rechazados y sustituidos por hombres mejores; pues no es la cantidad, sino el valor lo que triunfa.

Tras su examen, los reclutas recibirán la marca militar y se les enseñará el uso de sus armas con la práctica constante y diaria. Pero esta costumbre básica ha sido abolida por la relajación inducida por una larga paz. No podemos esperar encontrar ahora un hombre para enseñar lo que él mismo nunca aprendió. El único método disponible, pues, para recuperar las viejas costumbres son los libros y la consulta de los antiguos historiadores. Pero nos resultan de poca ayuda respecto a esto, pues ellos sólo relatan las hazañas y sucesos de las guerras y no dan noticia de los asuntos que ahora nos ocupan, pues los consideraban universalmente conocidos. La negligencia de nuestra época ha hecho que tenga que exponer conjuntamente en esta recopilación lo que Catón el Censor, Cornelius Celsus, Frontino y Paternvs, autor versado en esta materia, escribieron sobre la disciplina militar; y lo que Augusto, Trajano y Adriano mandaron en sus reglamentos. Todo se ha sacado de estos autores, habiéndome limitado a resumirlo.

IX – Entrenamiento inicial: el paso militar, la carrera y el salto

Lo primero que se debe enseñar al soldado es el paso militar, que sólo se puede adquirir con la práctica constante de marchar rápido y juntos. Y es algo de la mayor importancia, tanto en la marcha como en el frente, que mantengan sus filas con la mayor exactitud. Las tropas que marchan de manera irregular y desordenada están siempre en peligro de ser derrotadas. Deben marchar con el paso normal militar veinte millas en cinco horas de verano, y a paso rápido, que es más rápido, veinticuatro millas en el mismo número de horas, si se supera esta velocidad ya no marchan sino que corren y no se puede precisar la cadencia.

Los jóvenes reclutas, en particular, deben ejercitarse en la carrera para poder cargar sobre el enemigo con gran vigor; ocupar, si hay ocasión, un lugar ventajoso con gran velocidad e impedir que el enemigo haga lo mismo; así, pueden, cuando se les manda de reconocimiento, avanzar con rapidez, volver velozmente y enfrentar al enemigo en una persecución.

El salto es otro ejercicio necesario, para permitirles pasar fosos u obstáculos molestos de cualquier clase sin dificultad. Hay también otra ventaja material derivada de tales ejercicios al llegar el combate; para un soldado que avanza con su jabalina, corriendo y saltando, deslumbrando los ojos de su adversario, le ataca con terror y le propina el golpe fatal antes de que haya tenido tiempo de alistar su defensa. Salustio, hablando de la excelencia de Pompeyo el Grande en este particular, nos dice que él disputaba la superioridad en el salto con los más activos, en la carrera con el más raudo y en los ejercicios de fuerza con los más robustos. No hubiera sido nunca capaz de haberse opuesto con éxito a Sertorio si no se hubiera preparado a sí mismo y a sus soldados para la acción con ejercicios continuos de esta clase.

X – Aprender a nadar

Cada joven soldado, sin excepción, debe aprender a nadar durante los meses de verano; pues a veces es imposible atravesar los ríos por puentes, y los ejércitos que huyen o persiguen están a menudo obligados a nadar por ellos. Una súbita fusión de las nieves o la caída de lluvia hacen a menudo que se desborden sus márgenes y, en tal situación, hay más peligro en no saber nadar que en el enemigo. Los antiguos romanos, pues, perfeccionados en cada aspecto del arte militar por las continuas guerras y peligros, eligieron el campo de Marte como el más a propósito para sus ejercicios por su vecindad al Tíber, pues los jóvenes podían lavarse el polvo y el sudor y refrescarse tras el cansancio con la natación. La caballería así como la infantería, e incluso los caballos y los sirvientes del ejército deben estar acostumbrados a este ejercicio pues todos están expuestos por igual a los mismos accidentes.

XI – Ejercicios de guarnición: uso del escudo y del palo

Estamos informados por los escritos de los antiguos que entre sus otros ejercicios se contaban los de guarnición. Daban a sus reclutas escudos trenzados de sauce, el doble de pesados de los que solían emplear en el servicio real, y espadas de madera del doble de peso que las normales. Se ejercitaban con ellos en el palo tanto por la mañana como por la tarde.

Este es un invento de gran utilidad, no sólo para los soldados, sino para los gladiadores. Ningún hombre de tales profesiones se distinguió nunca en el circo o en el campo de batalla sin ser hábil en tal ejercicio. Cada soldado, pues, fijaba un poste firmemente en el suelo, de unos seis pies de altura. Contra ése, como contra un enemigo real, el recluta se ejercitaba con las armas arriba mencionadas, como si fueran los escudos y espadas normales, apuntando ora a la cabeza o cara, ora a los lados o tratando de atacar las piernas o muslos. Eran instruidos en el modo de avanzar y retirarse, como tomar ventaja en el cuerpo a cuerpo sobre su adversario; pero se les prevenía a todos particularmente para no abrir su guardia al enemigo mientras le apuntaban para atacarle.

XII – No cortar, sino dar estocadas con la espada

Se les enseñaba, igualmente, a no cortar, sino dar estocadas con sus espadas. Para los romanos, no sólo resultaba motivo de chanza quienes luchaban con el borde de tal arma, sino que constituían una fácil conquista. Un ataque con los filos, aún los hechos con mucha fuerza, raramente mata, pues las partes vitales del cuerpo están defendidas tanto por los huesos como por la armadura. Por el contrario, una estocada, con que penetre dos pulgadas, es generalmente fatal. Además, en la posición del ataque, es imposible evitar exponer el brazo derecho y el costado; de otra parte, el cuerpo está cubierto al dar una estocada, y el adversario recibe la punta antes de que vea la espada. Este fue el método de lucha usado principalmente por los romanos, y sus motivos para ejercitar a los reclutas al principio con armas de un tal peso era que cuando al fin llevaban las normales, mucho más ligeras, la gran diferencia de peso les permitía comportarse con gran seguridad y diligencia a la hora del combate.

XIII – El ejercicio llamado esgrima

Las nuevas levas deben también ser instruidas por los maestros de armas en el ejercicio llamado esgrima, que aún se conserva parcialmente entre los nuestros. La experiencia, aún en nuestros tiempos nos persuade de que a los soldados, experimentados en ella, les resulta del mayor valor en el combate. Y les proporciona pruebas ciertas de la importancia y efectos de la disciplina por la diferencia que vemos entre aquellos adecuadamente entrenados en esta instrucción y las demás tropas. Los antiguos romanos eran tan conscientes de su utilidad que recompensaban a los maestros de armas con doble ración. Los soldados que se quedaban atrás en la instrucción de este ejercicio eran castigados obteniendo su ración en cebada. Ni tampoco la recibían, como era normal, en trigo, hasta que habían demostrado, en presencia del prefecto, de los tribunos u otros oficiales superiores, suficientemente su conocimiento de cada parte de su instrucción.

Ningún Estado puede estar feliz ni seguro si es remiso y negligente con la disciplina de sus tropas. Pues no es la profusión de riquezas o el exceso de lujuria lo que pueda inducir a nuestros enemigos a juzgarnos o respetarnos. Esto sólo se conseguirá por el terror a nuestras armas. Es una observación de Catón el que se puede recuperar el mal comportamiento en asuntos comunes, pero resulta muy de otra manera en la guerra, donde los errores son fatales y no tienen remedio, siendo inmediatamente seguidos de castigo. A consecuencia de enfrentarse al enemigo sin valor o coraje, es esta parte del ejército abandonada en el campo de batalla, y aquellos que permanecen reciben tal impresión de su derrota que no osan luego mirar la cara del enemigo.

XIV – El uso de armas arrojadizas

Junto al antedicho ejercicio de los reclutas en el poste, se les proporciona jabalinas de más peso que las normales, con las que son enseñados a arrojarlas al mismo poste. Y los maestros de armas tenían mucho cuidado en instruirles en cómo lanzarlas con adecuada puntería y potencia. Esta práctica fortalece el brazo y convierte al soldado en un buen tirador.

XV – El uso del arco

Un tercio o un cuarto de los soldados más jóvenes y capaces deben también ejercitarse en el poste con arcos y flechas construidos expresamente con este propósito. Los instructores de esta arma deben ser elegidos con cuidado y deben aplicarse diligentemente para enseñar a los hombres a agarrar el arco en la posición adecuada, a tensarlo con fuerza, a mantener la mano izquierda estable, a tirar acertadamente con la derecha, a dirigir su atención y su mirada al objetivo y a tomar puntería con igual precisión tanto a pie como a caballo. Pero esto no se adquiere sin gran dedicación, ni se conserva sin ejercicio diario y práctica.

La utilidad de los buenos arqueros en el combate es claramente demostrado por Catón en su tratado sobre la disciplina militar. A la constitución de un cuerpo de tropas de esta clase debió Claudio su victoria sobre un enemigo que, hasta ese momento, se había mostrado superior a él. Escipión el Africano, antes de su combate con los Numantinos, que habían hecho pasar al ejército romano bajo el yugo, consideró que no tendría ninguna posibilidad de éxito a no ser que incorporara cierto número de arqueros selectos con cada centuria.

XVI – La honda

Se debe instruir a los reclutas en el arte del lanzamiento de piedras tanto a mano como con honda. Se dice que los habitantes de las islas Baleares han sido los inventores de la honda, y que su sorprendente destreza en el manejo la debían a la forma de enseñar a sus niños. Sus madres no les permitían coger su comida si antes no la habían derribado con sus hondas. Los soldados, a pesar de su armadura defensiva, quedan a menudo más vejados por los cantos rodados que por las flechas del enemigo. Las piedras matan sin lacerar el cuerpo y la contusión es mortal sin pérdida de sangre. Es universalmente sabido que los antiguos emplearon honderos en sus combates. Existe el mayor motivo para instruir a todas las tropas, sin excepción, en este ejercicio, pues la honda no suele considerarse de gran importancia y a menudo resulta del mayor servicio, especialmente cuando se está obligado a combatir en poblaciones de piedra, o a defender una montaña o promontorio, o al rechazar al enemigo que ataca una ciudad o castillo.

XVII – Los dardos pesados

El ejercicio de los dardos pesados5, llamados mattiobarbuli6, no debe omitirse. Antiguamente teníamos dos legiones en Iliria, de seis mil hombres cada una, que por su extraordinaria destreza y habilidad en el uso de tales armas fueron distinguidas con el mismo nombre. Soportaron durante mucho tiempo el peso de todas las guerras y se distinguieron tan reseñablemente que los emperadores Diocleciano y Maximiano, en su acceso al trono, las honraron con los títulos de Joviana y Herculana y las prefirieron sobre las otras legiones. Cada soldado lleva cinco de tales jabalinas en el hueco de su escudo. Y así el legionario parece sustituir el lugar de los arqueros, pues hieren tanto a los hombres como a los caballos del enemigo antes de que entren al alcance de las armas arrojadizas normales.

XVIII – Enseñar equitación

Los antiguos obligaban estrictamente, tanto a los veteranos como a los reclutas, a la práctica constante de la equitación. Ha llegado incluso a nuestros tiempos, aunque se le dedique hoy poca atención. Tienen caballos de madera, con este propósito, situados en invierno a cubierto y en verano al aire libre. A los jóvenes soldados se les enseñaba a saltar sobre ellos, al principio sin armas y luego completamente armados. Y era tal su atención hacia este ejercicio que estaban acostumbrados a montar y desmontar por cualquier lado, indistintamente, con las espadas empuñadas o con lanzas en las manos. Con la práctica continua en tiempos de paz, su caballería fue llevada a tal perfección de disciplina que montaban sus caballos en un instante incluso en la confusión de la sorpresa y de las alarmas inesperadas.

XIX – Y a llevar cargas

Acostumbrar a los soldados a llevar cargas es también parte esencial de la disciplina. A los reclutas, en particular, se les debe obligar frecuentemente a llevar un peso de no menos de sesenta libras7 (lo que pesan sus armas) y marchar con ellos en las filas. Esto se debe a que, en las expediciones difíciles, a menudo se hallaban en la necesidad de llevar sus provisiones y sus armas. No lo encontrarían problemático cuando lo tomaron por costumbre, lo que facilita todo. Nuestras tropas, en los tiempos antiguos, eran una prueba de esto, y Virgilio lo remarcó en los siguientes versos:

Los soldados romanos, criados en las alertas de la guerra, encorvados con
pesos injustos y armas pesadas, alegres sobrellevaban sus penosas marchas,
levantaban prestos sus campamentos ante el enemigo.

XX – Las armas de los antiguos

Pondremos ahora a consideración el modo de armar las tropas. Pero ya no se sigue el método de los antiguos. Pues aunque tras el ejemplo de los Godos, los Alanos y los Hunos, hemos hecho algunas mejoras en las armas de la caballería, todavía es evidente que la infantería está totalmente indefensa. Desde la fundación de la ciudad hasta el reinado del emperador Graciano, los infantes llevaron corazas y cascos. Pero la negligencia y la pereza crecientes ha llevado, de hecho, a una total relajación de la disciplina, los soldados empezaron a pensar que sus armaduras eran demasiado pesadas y raramente se las colocaban. Primero pidieron permiso al emperador para dejar las corazas y después el casco. A consecuencia de esto nuestras tropas, en sus enfrentamientos con los Godos, a menudo resultaron desbaratados con sus lluvias de flechas. De ahí la necesidad de obligar a la infantería a recuperar sus corazas y cascos, pese a las repetidas derrotas, cuya ausencia llevó a la destrucción de tantas grandes ciudades.

Las tropas, indefensas y expuestas a todas las armas del enemigo, están más dispuestas a huir que a luchar. ¿Qué se puede esperar de un arquero de a pie, sin coraza o casco, que no puede empuñar enseguida su arco y escudo, o de los portaestandartes cuyos cuerpos están desnudos y que no pueden llevar a la vez un escudo y los colores?. El soldado de infantería encuentra el peso de una coraza, o incluso de un casco, intolerable. Ello es porque raramente se entrenan y se las ponen.

Pero el asunto podría ser muy distinto, aunque fueran más pesados de lo que son, si por la práctica constante estuvieran acostumbrados a llevarlas. Pero parece que muchos de tales hombres, que no pueden soportar el peso de la antigua armadura, no piensan que se exponen sin defensa a las heridas y la muerte ni, lo que es peor, a la vergüenza de ser hechos prisioneros o de traicionar a su patria con la huida; y así, para evitarse una incierta cantidad de ejercicio y fatiga, sufren la ignominia de ser hechos pedazos. ¿Por qué podrían llamar los antiguos muro a la infantería, sino porque en cierto modo lo recordaban la armadura completa del legionario, con escudos, cascos, corazas y grebas de hierro en la pierna derecha; y los arqueros que llevaban guanteletes en el brazo izquierdo?. Tales eran las armas defensivas de los soldados legionarios. Aquellos que luchaban en primera línea de sus respectivas legiones eran llamados principes, los que luchaban en segunda línea, hastatii, y quienes en la tercera, triarii.

Los triarii, conforme a su sistema de disciplina, descansaban en momentos de acción sobre una rodilla, bajo la cubierta de sus escudos, pues en esta posición estaban menos expuestos a los dardos del enemigo que si permanecieran en pie; y además, cuando había necesidad de llevarles al frente, estaban frescos, con todo su vigor y cargaban con la mayor impetuosidad. Han dado muchos ejemplos de ganar una victoria tras la completa derrota de los príncipes y los hastatii.

Los antiguos tenían así mismo un cuerpo de infantería ligera, honderos y ferentarii8, que se situaban normalmente en las alas y comenzaban el combate. Los hombres más activos y más disciplinados se elegían para este servicio; y como su número no era muy grande, se retiraban fácilmente, si les rechazaban, entre los intervalos de la legión sin ocasionar el menor desorden en las líneas.

Los gorros panónicos de piel que llevan nuestros soldados, fueron inicialmente introducidos con un diseño distinto. Los antiguos obligaban a los hombres a llevarlas siempre para que estuvieran constantemente acostumbrados a llevar la cabeza cubierta y que fueran menos sensibles al peso del casco

Como armas arrojadizas de la infantería, llevaban jabalinas con una punta triangular de hierro, de once pulgadas o un pie de largo, que llamaban pilum. Una vez fijados en el escudo era imposible arrancarlos, y cuando se los lanzaba con fuerza y destreza, penetraban la coraza sin dificultad. En la actualidad son raramente empleados entre nosotros, pero son el arma principal de la infantería pesada bárbara. Ellos la llaman bebrae, y cada hombre lleva dos o tres de ellas en la batalla.

Ha de observarse que cuando los soldados emplean la jabalina, el pie izquierdo debe adelantarse pues, con esta postura, la potencia del lanzamiento se incrementa. Por el contrario, cuando están lo bastante cerca para usar sus pila y espadas, el pie derecho debe adelantarse para que el cuerpo presente menos blanco al enemigo y que el brazo derecho esté más cerca y en posición más ventajosa para atacar. De aquí aparece la necesidad de proporcionar a los soldados armas defensivas de cada clase y enseñarles el uso de las ofensivas.

Pues es cierto que un hombre luchará con más valor y confianza cuando se encuentre adecuadamente armado para la defensa.

XXI – Campamentos atrincherados

Pues es cierto que un hombre luchará con más valor y confianza cuando se encuentre adecuadamente armado para la defensa. Los reclutas deben ser instruidos en el modo de atrincherar campamentos, no habiendo parte de la disciplina tan útil y necesaria como ésta. Pues en un campamento, bien elegido y afosado, las tropas pueden descansar seguras tanto de día como de noche entre su obra, aún cuando estén a la vista del enemigo. Parece imitar una ciudad fortificada que ellos pueden construir para su seguridad donde quiera que les plazca. Pero este valioso arte está ahora totalmente perdido, pues ya hace mucho desde que nuestros campamentos fueran fortificados con foso o empalizadas. Por esta negligencia nuestras fuerzas han sido a menudo sorprendidas por el día y por la noche, por la caballería enemiga, sufriendo severas pérdidas. La importancia de esta costumbre se muestra no sólo por el peligro al que las tropas que acampan sin precauciones están constantemente expuestas sino por la desastrosa situación de un ejército que, tras recibir un castigo en el campo de batalla, se halla sin retaguardia y, consecuentemente, a merced del enemigo.

XXII – De la elección del lugar del campamento

Un campamento, especialmente en la cercanía del enemigo, debe elegirse con gran cuidado. Su situación debe ser fuerte por naturaleza y debe estar bien provisto de madera, forraje y agua. Si el ejército va a ocuparlo durante un tiempo considerable, se debe prestar atención a la salubridad del lugar. El campamento no debe estar dominado por terrenos más altos desde los que el enemigo les pueda insultar o vejar, ni estar expuesto a corrientes que pondrían en gran peligro al ejército. Las dimensiones de los campamentos han de estar determinadas por el número de tropas y la cantidad de bagajes, que un ejército pueda tener suficiente espacio y que uno pequeño no le obligue a extenderse fuera de su propia extensión.

XXIII – De la forma de los campamentos

La forma del campamento debe estar determinada por la orografía del terrero y de acuerdo con ella será cuadrado, triangular u oval. La puerta pretoriana debe dar frente al este o al enemigo. En un campamento temporal, debe dar frente a la ruta por la que marcha el ejército. Dentro de esta puerta, se ponen las tiendas de las primeras centurias o cohortes y se plantan los dracos9 y otras insignias.

La puerta decumana está directamente opuesta a la pretoriana, en la parte de atrás del campamento, y por ella son llevados los soldados al lugar señalado para el castigo o la ejecución.

XXIV – Fortificación del campamento

Hay tres formas de atrincherar un campamento. Cuando el peligro no es inminente, llevan una estrecha zanja alrededor de todo el perímetro, de sólo 2,66 metros de ancho y dos de hondo10. Con la turba que se ha sacado, se hace una especie de muro o terraplén de noventa centímetros11 de alto en la cara interior del foso. Pero donde haya motivo para temer ataques del enemigo, el campamento de rodearse de un foso regular, de 3 metros y medio12 de ancho y 2,66 metros13 de hondo, perpendicular a la superficie del terreno. Se eleva entonces un parapeto en el lado próximo al campo, de una altura de cuatro pies, con obstáculos y fajinas (haces de palos) adecuadamente cubiertas y aseguradas a la tierra sacada del foso. Con estas dimensiones, la altura interior del atrincheramiento alcanzará los 3,85 metros14 y la anchura del foso, 3,55 metros15. Encima de todo se situarán fuertes empalizadas que los soldados llevan constantemente con este propósito. Un número suficiente de azadas, zapapicos, canastas de mimbre y herramientas de toda clase han de proporcionarse para tales trabajos.

XXV – Fortificación del campamento en presencia del enemigo

No hay dificultad en fortificar un campamento cuando no hay enemigo a la vista. Pero si el enemigo está próximo, toda la caballería y la mitad de la infantería deben formar en orden de batalla para cubrir al resto de las tropas que trabajan en el atrincheramiento y estar dispuestos a enfrentar al enemigo si se deciden a atacar. Las centurias se emplean por turnos en el trabajo y son llamados regularmente al relevo por un pregonero hasta que se completa el trabajo. Luego se inspecciona y mide por los centuriones, que castigan tanto a los indolentes como a los negligentes. Este es un punto muy importante en la disciplina de los jóvenes soldados quienes, cuando están adecuadamente entrenados en ello, son capaces en una emergencia de fortificar su campamento con habilidad y rapidez.

XXVI – Maniobras

Ninguna parte de la instrucción es más esencial en combate que los soldados mantengan sus filas con la mayor exactitud, sin abrirlas o cerrarlas demasiado. Las tropas demasiado cerradas nunca luchan como debieran, y sólo se molestan unas a otras. Si su orden es demasiado abierto y laxo, le dan al enemigo la oportunidad de penetrar. Siempre que ocurre esto y son atacados por la retaguardia, son inevitables la confusión y el desorden general. Los reclutas, así pues, deben estar constantemente en el terreno, formados según su rol y dispuestos en una sólo línea. Deben aprender a formar en línea recta y mantener la misma distancia entre hombre y hombre. Se les ordenará luego en doble fila, lo que ejecutarán rápidamente, cubriendo instantáneamente a sus guías de fila. A continuación doblarán otra vez y formarán en profundidad de a cuatro. Y después el triángulo o, como se le llama normalmente, la cuña, una formación muy útil en combate. Debe enseñárseles a formar el círculo u orbe; para tropas bien disciplinadas, tras haber sido rotas por el enemigo, haberse colocado en esta posición ha evitado la completa ruptura del ejército. Estas maniobras, practicadas a menudo en el terreno de ejercicios, se ejecutarán con facilidad en el servicio actual.

XXVII – Marchas mensuales

Era una costumbre constante entre los antiguos romanos, confirmada por las ordenanzas de Augusto y Adriano, ejercitarse tanto la caballería y la infantería tres veces al mes con marchas de cierta longitud. La infantería era obligada a marchar, completamente armada, la distancia de diez millas16 desde el campamento y regresar con el mayor orden y con el paso militar, que cambiaban y aceleraban en ciertos momentos de la marcha. Así mismo, su caballería, con tropas y apropiadamente armadas, ejecutaba las mismas marchas y se ejercitaban al mismo tiempo en sus movimientos y maniobras peculiares; a veces, como si persiguieran al enemigo, ora iban o volvían otra vez con gran impetuosidad a la carga. Hacían tales marchas no sólo en terrenos llanos o de tierra, sino que tanto la caballería como la infantería eran llevadas a terrenos difíciles y abruptos y a ascender o descender montañas, para prepararles a toda clase de accidentes y familiarizarlos con las distintas maniobras que las diferentes orografías de un país podían requerir.

XXVIII – Exhortación sobre las virtudes y el arte de la guerra

Estas máximas militares e instrucciones, invencible Emperador, como prueba de mi devoción y celo en vuestro servicio, he reunido cuidadosamente a partir de los trabajos sobre el tema de los autores antiguos. Mi deseo aquí es apuntar el método cierto para formar buenos y útiles ejércitos, lo que sólo se puede alcanzar mediante la exacta imitación de los antiguos en su cuidado en la selección y disciplina de las nuevas levas. Los hombres no han degenerado en su valor, ni están todavía exhaustos los países que produjeron a los lacedemonios, atenienses, marsianos, samnitas, pelignos e incluso a los propios romanos. ¿No alcanzaron los epirotas en tiempos anteriores gran reputación en la guerra?. ¿No penetraron los macedonios y tesalianos, tras conquistar a los persas, hasta la misma India?. Y es bien conocido que la disposición a la guerra de dacios, moesios y tracios dio lugar a la leyenda de que Marte nació entre ellos.

Pretender enumerar las diferentes naciones de los antiguos, tan formidables, que están ahora bajo el dominio de los romanos, sería tedioso. Pero la seguridad establecida por la larga paz ha alterado sus disposiciones, arrastrándolos fuera de la milicia a ocupaciones civiles e infundiéndoles amor la desidia y la comodidad. De aquí se sigue una relajación de la disciplina militar, luego la negligencia en ella, para hundirse después en un completo olvido. Ahora parecerá sorprendente que esta alteración pueda haber ocurrido en los últimos tiempos, si consideramos que la paz de unos veinte años o algo más tras las Primera Guerra Púnica, desmadejó a los romanos, antes por doquier victoriosos, por desidia y negligencia de la disciplina hasta tal punto, que en la Segunda Guerra Púnica no fueron capaces de mantener el campo frente a Aníbal. Al final, tras la derrota de muchos cónsules y la pérdida de muchos oficiales y ejércitos, se convencieron de que el resurgimiento de la disciplina era el único camino a la victoria y así recuperaron su superioridad. La necesidad de la disciplina, así pues, no puede a menudo inculcarse, así como el requisito de la estricta atención en la selección y entrenamiento de nuevas levas. Es también cierto que es mucho menos caro para un Estado entrenar a sus súbditos en las armas que pagar extranjeros.


Libro II

Estructura interna de las legiones romanas.

Prefacio al libro II

Tal serie continuada de victorias y triunfos han probado incontestablemente el completo y perfecto conocimiento de Vuestra Majestad de la disciplina militar de los antiguos. El éxito en cualquier profesión es la muestra más cierta de la habilidad en ella. Por vuestra grandeza de mente, por encima de la comprensión humana, Vuestra Majestad consiente en buscar consejo de los antepasados, pese a que Vuestras recientes y propias hazañas sobrepasan las de la misma antigüedad. Al recibir órdenes de Vuestra Majestad para seguir con este breviario, no tanto para Vuestra instrucción como para Vuestro interés, no supe cómo conciliar mi devoción a Vuestras órdenes con el respeto debido a Vuestra Majestad. ¿No podría resultar la mayor de las presunciones, pretender mencionar el arte de la guerra al Señor y Maestro del mundo y al Conquistador de todas las naciones bárbaras, a menos que fuera describiendo sus propias acciones?. Pero la desobediencia al deseo de tan gran Príncipe resultaría tan grandemente criminal como peligrosa. Mi obediencia, por lo tanto, me hizo confiado de la aprehensión por parecerlo más que por lo contrario. Y en esto no fui poco osado, por la indulgencia, en última instancia, de Vuestra Majestad. Mi tratado sobre la selección y disciplina de nuevas levas encontró la favorable recepción de Vuestra Majestad, y ya de un trabajo con tanto éxito finalizado, compuesto a mi propio entender, no podía temer de uno emprendido por Vuestras expresas órdenes.

I – De las divisiones de la milicia

La institución militar se compone de tres partes: la caballería, la infantería y la marina. Las alas de la caballería se llaman así por su similitud con las alas que se extienden a ambos lados del cuerpo para su protección. Ahora se les llama vexillationes por la clase de estandartes peculiares a ellos. La caballería legionaria son cuerpos particularmente anexadas a cada legión y de una clase diferente; y sobre su modelo fue organizada la caballería llamada ocreati, por las botas ligeras que llevaban. La flota consiste en dos divisiones, la primera, llamada liburnia y la otra con balandros armados. La caballería está ideada para planicies. Las flotas se emplean en la protección de mares y ríos. La infantería es adecuada para la defensa de prominencias, para la guarnición de ciudades y son igualmente útiles en terrenos llanos como abruptos. La última es, por tanto, por su facilidad para actuar en cualquier lugar, ciertamente la más útil y necesaria pues a pesar de su mayor número puede ser mantenida con poco gasto. La infantería se divide en dos cuerpos: las legiones y los auxiliares, estando compuestos los últimos por aliados o confederados. La fortaleza peculiar de los romanos consistió siempre en la excelente organización de sus legiones. Se denominaron así como la expresión «ab eligendo», por el cuidado y exactitud puestos en la selección de los soldados. El número de tropas legionarias en un ejército es generalmente más considerable que el de los auxiliares.

II – Diferencia entre las legiones y los auxiliares

Los macedonios, los griegos y los dárdanos formaban sus fuerzas en falanges de ocho mil hombres cada una. Los galos, celtíberos y muchas otras naciones bárbaras dividían sus ejércitos en cuerpos de seis mil hombres cada uno. Los romanos tenían normalmente en sus legiones una fuerza de seis mil, a veces más.

Explicaremos ahora la diferencia entre las legiones y los auxiliares. Los últimos eran cuerpos de extranjeros a sueldo, de distintas partes del Imperio, compuestos de diferente número, sin conocimiento entre ellos o clase alguna de lazo de afecto. Cada nación posee su propia disciplina particular, costumbres y modos de luchar. Poco se puede esperar de fuerzas tan disimilares en todo aspecto, pues es uno de los más esenciales puntos del mando militar que todo el ejército debe poder ponerse en movimiento y gobernado por un único y mismo orden. Pero es casi imposible para los hombres actuar en concierto bajo tan variables e inusitadas circunstancias.

La legión estaba compuesta de cohortes en las que había infantería pesada como los príncipes, hastatii o lanceros, los triarii y los antesignarios; y otros armados a la ligera como los ferentarii, los arqueros, los honderos y los ballesteros. También había una sección de caballería, llamada legionaria. Y todas estas fuerzas estaban unidas por un mismo ánimo, obrando así juntos cuando había que establecer un campamento, formar para el combate o luchar; cada legión era una unidad perfecta que no necesitaba de ayuda extraña para vencer a cualquier número de enemigos. Y así lo prueban las numerosas victorias alcanzadas sobre los enemigos cuando fue menester, señalando la gloria romana.

III – Causas de la decadencia de la legión

El nombre “legión” permanece hasta hoy en nuestros ejércitos pero su fuerza y esencia se fueron pues, a causa de la desidia de nuestros predecesores, los honores y ascensos, que habían sido antiguamente las recompensas por los largos servicios, pasaron a ser obtenidos solamente por interés y favor. Ya no se pone cuidado al sustituir los soldados, quienes tras servir su periodo completo han recibido sus licencias. Las bajas que se producen continuamente por enfermedad, permisos, deserción u otras causas, si no se cubren cada año o incluso cada mes, pueden con el tiempo deshacer los ejércitos más numerosos. Otra causa de la debilidad de nuestras legiones es que, en ellas, los soldados hallan el servicio penoso, las armas pesadas, las recompensas lejanas y la disciplina severa. Para evitar tales desventajas, los jóvenes se alistan como auxiliares, donde el servicio es menos trabajoso y pueden esperar recompensas más rápidas.

Catón el Mayor, quien fue varias veces Cónsul y siempre victorioso a la cabeza de los ejércitos, creía que él prestaría a su país un servicio más acusado escribiendo de asuntos militares que con sus victorias en campaña. Pues las consecuencias de las acciones valerosas son solamente temporales, mientras que lo conseguido al escribir para el bien público era beneficioso a largo plazo. Algunos otros han seguido su ejemplo, particularmente Frontino, quien pergeñó trabajos sobre este asunto que fueron bien recibidos por el divino Trajano. Éstos son los autores cuyas máximas e instituciones he tratado de resumir del modo más fiel y conciso.

El costo de mantener tropas buenas o malas es el mismo; pero depende completamente de Vos, muy Augusto Emperador, recuperar la excelente disciplina de los antiguos y corregir los abusos de los últimos tiempos. Es ésta una ventaja que se dejará sentir tanto en nosotros mismos como en nuestra posteridad.

IV – Del número de las legiones

Todos nuestros escritores coinciden en que nunca más de dos legiones, junto a sus auxiliares, se debían poner al mando de cada cónsul para enfrentar a los ejércitos enemigos más numerosos. Tal era la confianza que tenían en su disciplina y resolución que este número se creyó suficiente para enfrentar cualquier guerra. Explicaré, por lo tanto, la organización de la antigua legión de acuerdo con la ordenanza militar. Pero si la descripción parece oscura o imperfecta no se me ha de imputar a mí, sino a la dificultad del asunto mismo, el cual será así examinado con la mayor atención. Un príncipe, habituado él mismo a los asuntos militares, tiene en su mano convertirse en invencible alistando el número de fuerzas bien disciplinadas que considere apropiadas.

V – De cómo levantar una legión

Los reclutas, tras haber sido así elegidos cuidadosamente, con la adecuada atención a sus personas y cualidades, habiendo sido entrenados diariamente durante al menos cuatro meses, forman la legión a las órdenes y bajo los auspicios del Emperador. La marca militar, que es indeleble, se imprime primero en las manos de los nuevos reclutas y cuando sus nombres son consignados en el libro de las legiones pronuncian el juramento habitual, llamado el juramento militar. Juran por Dios, por Cristo y por el Espíritu Santo; y por Su Majestad el Emperador quien, tras Dios, ha de ser principal objeto del amor y veneración de la Humanidad. Pues cuando él ha recibido el título de Augusto, sus súbditos están obligados a prestarle su más sincera devoción y homenaje, como representante de Dios en la tierra. Y todo hombre, tanto en un puesto civil como militar, sirve a Dios sirviéndole a él17a con fidelidad, pues reina por Su Autoridad17b. Los soldados, así pues, juran que obedecerán deseosos al Emperador y todas sus órdenes, que nunca desertarán y estarán siempre prestos a sacrificar sus vidas por el Imperio Romano.

VI – De las cohortes en una legión y los soldados de cada cohorte

La legión debe consistir en diez cohortes, la primera de las cuales excede a las otras tanto en el número como en la calidad de sus soldados, quienes son seleccionados para servir en ella como hombres de ciertas familias y educación. Esta cohorte tiene la custodia del Águila, la insignia principal de los ejércitos Romanos y común a toda la legión, así como las imágenes de los emperadores, que siempre se han considerado sagradas. Consta de mil ciento cinco infantes y ciento treinta y dos caballos acorazados18 y se distingue con el nombre de Cohorte Miliaria. Es la cabeza de la legión y forma siempre en primer lugar a la derecha de la primera línea, cuando la legión forma en orden de batalla.

La segunda cohorte consta de quinientos cincuenta y cinco infantes y sesenta y seis caballos19, y es llamada Cohorte Quingentenaria. La tercera consta de quinientos cincuenta y cinco infantes y sesenta y seis caballos, generalmente hombres escogidos, de acuerdo con su posición en el centro de la primera línea. La cuarta consta del mismo número de quinientos cincuenta y cinco infantes y sesenta y seis caballos. La quinta tiene, así mismo, quinientos cincuenta y cinco infantes y sesenta y seis caballos, y debieran ser algunos de los mejores hombres, siendo situados en el flanco izquierdo como la primera cohorte lo está en el derecho. Estas cinco cohortes componen la primera línea.

La sexta consta de quinientos cincuenta y cinco infantes y sesenta y seis caballos, quienes serán la flor de los soldados jóvenes pues forman a retaguardia del Águila y las imágenes de los emperadores y a la derecha en la segunda línea. La séptima consta de quinientos cincuenta y cinco infantes y sesenta y seis caballos. La octava consta de quinientos cincuenta y cinco infantes y sesenta y seis caballos, todas tropas elegidas, pues ocupan el centro de la segunda línea. La novena tiene quinientos cincuenta y cinco infantes y sesenta y seis caballos. La décima consta del mismo número de quinientos cincuenta y cinco infantes y sesenta y seis caballos y necesita buenos hombres, pues cierra el flanco izquierdo de la segunda línea. Éstas diez cohortes forman la legión completa, constando en total de seis mil cien infantes y setecientos veintiséis caballos. Una legión no debe constar jamás de un número menor de hombres, pero puede ser fortalecida por la adición de otra Cohorte Miliaria.

VII – Nombres y grados de los oficiales de la legión

Habiendo mostrado la antigua constitución de la legión, explicaremos ahora los nombres de sus principales soldados o, para usar el término apropiado, los oficiales, y sus rangos de acuerdo con la estructura actual de las legiones. El tribuno mayor es designado por elección y comisión expresa del Emperador. El tribuno menor alcanza ese rango por sus servicios. Los tribunos se llaman así porque manda sobre los soldados que fueron alistados al principio, por Rómulo, a partir de las distintas tribus. Los oficiales que mandan en acción los órdenes y divisiones se llaman Ordinarii. Los Augustales fueron añadidos por Augusto a los Ordinarii; y los Flaviales fueron designados por el divino Vespasiano para duplicar el número de los Augustales. Los Aquilifer y los Signifer son los que llevan el Águila y las imágenes del Emperador. Los Optiones son oficiales subalternos, así llamados por haber sido elegidos por sus oficiales superiores, para cumplir sus obligaciones y sustituirles en caso de enfermedad u otro accidente. Los signifer llevan las insignias y se les llama ahora Draconarii. Los Tesserarii llevan la palabra y órdenes del general a los distintos grupos de soldados. Los Campignei o Antesignani son aquellos cuya obligación en mantener la adecuada disciplina y adiestramiento entre las tropas.

Los Metatores están encargados de allanar el suelo para los campamentos. Los Beneficiarii se llaman así por haber obtenido su promoción por interés o conveniencia de los Tribunos. Los Librarii llevan la contabilidad legionaria. Los Tubicines, Cornicines y Buccinatores derivan sus nombres de que soplan la tuba, cornu y buccina. Aquellos que, hábiles en sus tareas, reciben doble ración de provisiones, son llamados Armaturae Duplares y los que reciben ración simple, Simplares.

Los Mensores se encargan de medir y marcar el terreno para las tiendas en el campamento, y asignar a las tropas sus respectivos acuartelamientos en la guarnición. Los Torquati, así llamados por los collares de oro que se les han concedido en recompensa por su valor, tienen además de este honor otras ventajas. Aquellos que han recibido dos son llamados Torquati Duplares y quienes sólo uno, Simplares.

Había, por el mismo motivo, Candidatii Duplares y Candidatii Simplares. Estos son los soldados principales u oficiales distinguidos por su rango y privilegios. El resto son llamados Munifices, o soldados trabajadores, ya que están obligados a todos los trabajos militares sin excepción.

VIII – Nombres de los mandos de los antiguos

antiguamente, era norma que el primer Princeps de la legión fuera ascendido regularmente al empleo de Centurión de los Primipile. No sólo se le confiaba el Águila sino que mandaba cuatro centurias, o sea, cuatrocientos hombres en la primera línea. Como cabeza de la legión él tenía distinciones de gran honor y provecho. El primer Hastatus tenía el mando de dos centurias o doscientos hombres en la segunda línea y se le llama hoy Ducenarius. El Princeps de la primera cohorte mandaba una centuria y media, o sea, ciento cincuenta hombres y mantenía en gran medida el detalle general de la legión. El segundo Hastatus mandaba igualmente una centuria y media, o ciento cincuenta hombres. El primer Triarius tenía el mando de cien hombres. Así las diez centurias de la primera cohorte eran mandadas por cinco Ordinarii, que por las disposiciones de los antiguos disfrutaban de grandes honores y emolumentos que se añadían a su rango para inspirar a los soldados de las legiones por la emulación, para obtener tan grandes y considerables recompensas. Designaban también centuriones para cada centuria, que ahora se llaman Centenarii y Decani, que mandaban diez hombres, ahora llamados cabeza de contubernio. La segunda cohorte tenía cinco Centuriones; y todo el resto, el mismo número. Había cincuenta y cinco en toda la legión.

XIX – De las obligaciones del prefecto de la legión

Los legados del emperador, de dignidad consular, eran enviados, antiguamente, para mandar en los ejércitos, y su autoridad se extendía tanto sobre las legiones como sobre los auxiliares en tiempo de paz como de guerra. En vez de tales oficiales, personas de alta alcurnia son ahora sustituidas con el título de Magistros Militum. No se limitan al mando de sólo dos legiones, sino que a menudo lo hacen sobre más. Pero el oficial propio de la legión es el Prefecto, quien siempre fue un conde de primer orden. En él recae el mando en ausencia del legado. Los tribunos, centuriones y todos los soldados en general están bajo sus órdenes: Da los comunicados y órdenes para la marcha y las guardias. Y si un soldado comete un crimen, bajo su autoridad es juzgado y castigado por el tribuno. Está a cargo de las armas, caballos, vestidos y provisiones. Es también su obligación el entrenamiento diario de la caballería legionaria y de la infantería y mantener la más estricta disciplina. Debe ser un oficial diligente y cuidadoso, pues la sola obligación de formar la legión con regularidad y obediencia depende de él y la excelencia de los soldados redundará enteramente en su honor y crédito.

X – De las obligaciones del prefecto del campamento

El Praefectus Castrorum, aunque inferior en rango al anterior, tiene un puesto de no menor importancia. La ubicación del campamento, la dirección de los atrincheramientos, la inspección de las tiendas o cabañas de los soldados y la impedimenta están dentro de sus obligaciones. Su autoridad se extiende sobre el enfermo, y los médicos que cuidan de ellos; y controla los gastos. Está a cargo de suministrar carruajes, herraduras y herramientas adecuadas para serrar y cortar madera, hacer trincheras, aprestar parapetos, obtener bienes y llevar agua al campamento. También está a su cargo suministrar a la tropa madera y paja, así como los arietes, onagros, balistas y otras las demás máquinas de guerra bajo su dirección. Su puesto se concede siempre a un oficial de gran competencia, experiencia y largo servicio, siendo por tanto capaz de instruir a otros en aquellos aspectos de la profesión en los que se ha distinguido él mismo.

XI – De las obligaciones del prefecto de los obreros

La legión tenía un tren de adjuntos, albañiles, carpinteros, herreros, pintores y trabajadores de toda clase para la construcción de barracones en los campamentos de invierno y para hacer o reparar la torres de madera, armas, carruajes y las distintas clases de máquinas e ingenios para el ataque y defensa de las plazas. Tenían también fábricas portátiles en la que construían escudos, corazas, cascos, arcos, flechas, favalinas y armas ofensivas y defensivas de todas clases. Los antiguos hicieron cuanto pudieron para tener todos los servicios del ejército dentro del campamento. Incluso tenían un cuerpo de mineros que, trabajando bajo tierra y horadando los cimientos de los muros, de acuerdo con las prácticas de los Bessos, penetraban en el interior de una plaza. Todos ellos estaban bajo la dirección de un oficial llamado Praefectus Fabrum.

XII – De las obligaciones del tribuno militar

Ya dijimos que las legiones tenían diez cohortes, la primera de las cuales, llamada Cohorte Miliaria, estaba compuesta por hombres elegidos de acuerdo con sus circunstancias, nacimiento, educación, persona y valor. El tribuno que les mandaba se distinguía, así mismo, por su competencia en su profesión, por las virtudes de su persona y la integridad de sus costumbres. Las otras cohortes eran mandadas, de acuerdo con los deseos del Emperador, tanto por tribunos como por otros oficiales designados con tal propósito. En los primeros tiempos la disciplina era tan estricta que los tribunos u oficiales arriba mencionados no sólo obligaban a las tropas bajo su mando a entrenarse diariamente en su presencia, sino que ellos mismos eran tan diestros en su ejecución que les servían de ejemplo. Nada hace tanto honor a las habilidades o aplicación del tribuno como el aspecto y disciplina de los soldados, cuando su apariencia es limpia y clara, sus armas brillantes y en buen orden y cuando ejecutan sus ejercicios y evoluciones con destreza.

XIII -De las centurias y banderas de infantería

La insignia principal de la legión es el Águila y es llevaba por el aquilifer. Cada cohorte tiene también su propia insignia, el Dragón, portada por el Draconarius. Los antiguos, sabedores de que las filas eran fácilmente desordenadas en la confusión del combate, dividieron las cohortes en centurias y dieron a cada centuria una enseña insrita con el número tanto de la cohorte como de la centuria, para que los hombres, teniéndola a la vista, evitaran separarse de sus camaradas en los mayores tumultos. Además, los centuriones, ahora llamados centenarii, se distinguían por diferentes cimeras atravesadas sobre sus cascos, para ser más fácilmente conocidos por los soldados de sus respectivas centurias. Tales precauciones evitaban cualquier error, pues cada centuria era guiada no sólo por sus propias insignias, sino así mismo por la forma peculiar del casco de sus oficiales al mando. Las centurias estaban además divididas en grupos de diez hombres que dormían en la misma tienda y estaban bajo las órdenes e inspección de un Decanus o caput contubernii. A tales grupos se les llamaba también Manípulos, por su constante costumbre de combatir juntos en la misma compañía o división.

XIV – De las turmas de caballería legionaria

Así como las divisiones de la infantería son denominadas centurias, así aquellas de la caballería son llamadas turma. Una turna consiste en treinta y dos hombres y es mandada por un Decurión. Cada centuria tiene su insignia y cada turna un estandarte. El centurión en la infantería es elegido por su tamaño, fortaleza y destreza en lanzar sus armas arrojadizas y por su habilidad en el uso de su espada y escudo, así como por su experiencia en todos los ejercicios. Debe ser despierto, moderado, activo y presto a ejecutar las órdenes que recibe, en vez de discutirlas. Estricto en el ejercicio y en mantener la adecuada disciplina entre sus soldados, en obligarles a permanecer limpios y bien vestidos y en tener sus armas constantemente bruñidas y brillantes. Del mismo modo el Decurión es preferido para el mando de la turma por su actividad y habilidad en montar su caballo completamente armado, por su destreza al cablagar y en el uso de la lanza y el arco, por su atención al instruir a sus hombres en todas las evoluciones de la caballería, y por su cuidado al obligarles a mantener sus corazas, lanzas y cascos siempre brillantes y en buen estado. El esplendor de las armas no tiene una importancia menor en infundir terror al enemigo. ¿Pueden ser considerados buenos soldados quienes dejan, por negligencia, sus armas sucias y cubiertas de polvo?. En fin, es obligación del Decurión estar atento a cuanto concierne a la salud o disciplina de los hombres o caballos de su turma.

XV – De la formación de batalla

Mostraremos el modo de formar un ejército en orden de batalla con el ejemplo de una legión, que puede servir para cualquier número de ellas. La caballería se sitúa en las alas. La infantería empieza a formar en una línea, con la primera cohorte a la derecha. La segunda cohorte se sitúa a la izquierda de la primera; la tercera ocupa el centro; la cuarta se coloca a continuación y la quinta cierra el flanco izquierdo. Los ordinarii, los demás oficiales y los soldados de la primera línea, extendidos delante y alrededor de las insignias, eran llamados Principes. Eran todos tropas pesadamente armadas y tenían cascos, corazas, grebas y escudos. Sus armas ofensivas eran espadas largas, llamadas spathae, y otras más pequeñas llamadas semispathae, así como cinco dardos pesados20 en la concavidad del escudo, que arrobajan en la primera carga. Así mismo tenían otras dos jabalinas, la mayor de ellas compuesta por un hasta de cinco pies y medio de largo y una punta triangular de hierro de nueve pulgadas de largo. A ésta se la llamaba antiguamente pilum aunque ahora se la conoce como spiculum. Los soldados se entrenaban especialmente en el uso de esta arma porque, cuando se la arrojaba con fuerza y habilidad, a menudo penetraba los escudos de la infantería y las corazas de la caballería. La otra jabalina era más pequeña; su punta triangular tenía sólo cinco pulgadas de largo y el hasta tenía tres pies y medio. Antiguamente se le llamaba vericulum, pero ahora se le dice verutum.

La primera línea, como dijimos, estaba formada por los Principes; los Hastati formaban la segunda y estaban armados del mismo modo. En la segunda línea, la sexta cohorte estaba situada en el flanco derecho, con la séptima a su izquierda; la octaba formaba en el centro; la novena estaba a continuación y la décima siempre cerraba el flanco izquierdo. A retaguardia de estas dos líneas estaban los ferentarii y la infantería ligera, a quienes ahora denominamos exculcatores et armaturas21 y las tropas armadas con escudos, plumbata, espadas y armas arrojadizas normales, a la manera de nuestros soldados de hoy. Este era también el lugar de los arqueros, que llevaban cascos, corazas, espadas, arcos y flechas; el de los honderos que arrojaban piedras con la honda normal o con el fustibalus22 y el de los tragularii, que fustigaban al enemigo con fechas desde las manubalistas y arcubalistas.

XVI – Del armamento de triarios y centuriones

En la retaguardia de todas las líneas, formaban los triarii, completamente armados. Tenían escudos, corazas, cascos, grebas, espadas, puñales, plumbatas y dos armas arrojadizas comunes. Descansaban, durante la acción, sobre una rodilla, de manera que si las primeras líneas eran obligadas a retroceder, ellos permanecían frescos cuando se lanzaban a la carga y de tal modo se detenía la retirada y se alcanzaba la victoria. Todos los portaestandartes de la infantería llevaban corazas de menor tamaño y cubrían sus cascos con las pieles velludas de bestias para hacer su visión más terrible al enemigo. Los centuriones llevaban corazas completas, escudos, y cascos de hierro cuya cimera, situados transversalmente, ornamentaban con plata para poder ser más fácilmente distinguidos por sus soldados respectivos.

XVII – El comienzo de la batalla: un muro de armaduras pesadas

La siguiente disposición merece la mayor atención. Al empezar el enfrentamiento, la primera y segunda líneas permanecían inmutables en sus puestos y los triarii en su formación habitual. Las fuerzas ligeras, compuestas como se dijo arriba, avanzaban al frente de las líneas y atacaban al enemigo. Si les podían hacer huir, les perseguían; pero si eran rechazados por el número superior o por el valor, se retiraban tras su infantería pesada, la cual parecía un muro de hierro y renovaban el ataque, lanzando primero sus armas arrojadizas y luego con las espadas. Si rompían al enemigo nunca lo perseguían por si, desordenadas sus filas, tomando ventaja de su desorden, volvía el enemigo al ataque y les destruían sin dificultad. La persecución, así pues, era dejada a las tropas ligeras y a la caballería. Con estas precauciones y disposiciones la legión obtenía la victoria sin peligro, o si sucedía lo contrario, se preservaba sin pérdidas considerables pues así como no estaba pensada para perseguir, del mismo modo no era fácilmente conducida al desorden.

XVIII – El nombre y el grado de los soldados escritos en sus escudos

Para que los soldados, en la confusión de la batalla, no se separen de sus camaradas, cada cohorte tenía sus escudos pintados de un modo propio. El nombre de cada soldado se escribía, también, en su escudo, junto con el número de la cohorte y centuria a la que pertenecía. De esta descripción podemos comparar la legión, formada, con una ciudad bien fortificada que contenía en sí misma todo lo necesario para la guerra, donde quiera que fuese. Estaba asegurada contra cualquier intento repentino o por sorpresa del enemigo por su método expeditivo de atrincherar sus campamentos, incluso en terrenos abiertos, y estaba siempre provista de armas y tropas de toda clase. Para alcanzar, así pues, la victoria sobre nuestros enemigos en el campo de batalla, debemos suplicar sin desánimo al cielo para que el Emperador reforme los abusos al hacer levas y que reclute nuestras legiones siguiendo el método de los antiguos. El mismo cuidado al elegir e instruir a nuestros jóvenes soldados en todos los ejercicios militares y maniobras les hará pronto iguales a las antiguas tropas romanas que subyugaron el mundo entero. Que esta alteración y pérdida de la antigua disciplina no afecte en modo alguno a Vuestra Majestad, pues es una felicidad reservada únicamente a Vos el restaurar las antiguas ordenanzas y establecer otras nuevas para el bienestar público. Todo trabajo, antes de intentado, tiene apariencia de difícil; pero en este caso, si las levas se hacen por oficiales cuidadosos y experimentados, se puede levantar un ejército, disciplinarlo y prepararlo para el servicio en un corto tiempo, pues una vez dispuestos los necesarios gastos, la diligencia pronto surte efecto una vez acometidos aquellos.

XIX – Elegir reclutas que sepan leer y escribir y un cuerpo robusto

Varios puestos en la legión precisan hombres de cierta educación, los superintendentes de las levas deben elegir algunos reclutas por su habilidad en escribir y llevar cuentas, además del resto de características necesarias en general como tamaño, fortaleza y adecuada disposición al servicio. Para el completo detalle de la legión, incluyendo las listas de los soldados exentos de servicio por asuntos particulares, la lista de sus turnos de servicios y las listas de pagos, se inscribirán diariamente en los libros legionarios y se guardará cuanto ya hemos dicho, con mayor exactitud que las regulaciones de las provisiones u otros asuntos civiles en los registros de policía. Las guardias de día en tiempo de paz, las guardias avanzadas y escuchas en tiempo de guerra, que se establecerán regularmente por centurias y contubernios, por su turno, se guardarán así mismo puntualmente en rollos con este propósito, con el nombre de cada soldado cuyo turno haya pasado, para que no se le haga injusticia o sea eximido, por favoritismo, de su obligación.

Serán, además, exactos al asentar el tiempo y límites de las licencias, que antiguamente no se solían conceder sino con gran dificultad y sólo por asuntos verdaderos y urgentes. Así no sufrirán los soldados por atender sólo a sus personas ni por ocuparse en negocios privados, pues es absurdo e impertinente pensar que los soldados del Emperador, vestidos y mantenidos a expensas públicas, siguieran cualquier otra profesión. Algunos soldados, sin embargo, eran destinados al servicio de los prefectos, tribunos e incluso los demás oficiales, llamados accensi o supernumerarios, o se incorporaban una vez completada la legión. Las tropas regulares estaban obligadas a llevar su madera, heno, agua y paja al campamento, por tal clase de servicio a sí mismos se les llamaba munifices.

XX – La mitad de los ingresos del soldado se deben depositar en el sitio de las banderas

Las disposiciones de los antiguos que obligaban a los soldados a depositar la mitad de los donativos que recibían bajo las enseñas era sabia y juiciosa; la intención era preservarlos para que no fueran gastados en lujos ni gastos semejantes. La mayoría de los hombres, particularmente los de la clase más pobre, pronto gastan todo cuanto obtienen. Una reserva de esta clase, así pues, resulta evidentemente del mayor servicio a los propios soldados; ya que son mantenidos a expensas públicas, su ahorro, por este método, se incrementará continuamente. El soldado que sabe que su fortuna está depositada bajo sus insignias no tiene pensamientos de desertar, concibe la mayor afición por ellas y lucha con la mayor intrepidez en su defensa. Se mantiene así, también, por su interés, que es lo que más cuidan los hombres. El dinero se depositaba en diez bolsas, una por cada cohorte. Había una undécima bolsa con las pequeñas contribuciones de toda la legión, como un fondo común para subvenir a los gastos de enterramiento de cualquiera de sus camaradas. Estos ahorros se guardaban en cestas bajo la custodia de los signiferos, escogidos por su integridad y capacidad, para hacerles cargo de los depósitos y que dieran cuenta a cada uno de lo que le tocaba.

XXI – De las promociones de la legión y entre las cohortes

El Cielo inspiró, ciertamente, a los Romanos, con la organización de la legión, pues parece algo superior en vez de una invención humana. Así son el alineamiento y disposición de las diez cohortes que la componen, que semejan un cuerpo perfecto y componen un todo completo. Un soldado, al ascender, lo hacía por rotación entre los distintos grados de varias cohortes, de tal manera que quien era ascendido pasaba de la primera cohorte de la décima e iba pasando regularmente por todas las demás, incrementando su rango y paga, hasta llegar otra vez a la primera. Así el centurión primipilo, tras haber desempeñado el mando en las distintas filas de cada cohorte, llegaba a la mayor dignidad en la primera con infinitas ventajas sobre toda la legión. El prefecto principal de la Guardia Pretoriana ascendía por el mismo método de rotación hasta tan lucrativo y honorable puesto. Así la caballería legionaria contraía un sentido de afecto hacia la infantería de sus propias cohortes, a pesar de la natural antipatía existente entre ambos cuerpos. Y esta conexión establecía una unión y lazo recíprocos entre todas las cohortes y la caballería e infantería de la legión.

XXII – De las trompetas, trompas y cuernos

La música de la legión consiste en trompetas rectas, cuernos y trompetas curvas23. El sonido de la tuba marca la carga y la retirada. Los cornu se usaban sólo para regular los movimientos de las insignias; las bucinae sirven cuando los soldados están ordenados para hacer algo sin las enseñas; pero en el momento de la batalla las tuba y los cornu tocan juntos. El classicum, que es un sonido propio de la tuba o del cornu, es propio del comandante en jefe y se emplea en presencia del general o en la ejecución de un soldado, como señal de que se ejecuta por su autoridad. Las guardias ordinarias y puestos exteriores se montan y relevan con el toque de tuba, que además dirige los movimientos de los soldados en las partidas de trabajo o en días de maniobras. Los cornu tocan siempre que las insignias se izan o plantan. Tales reglas deben ser observadas puntualmente en todos los ejercicios y revistas, para que los soldados estén prontos a obedecerlas en acción sin titubeos, conforme a las órdenes del general de atacar o detenerse, de perseguir al enemigo o de retirarse. Por esta razón estamos convencidos de que lo que será necesario acometer en el calor del combate debe ser constantemente practicado en tiempo de paz.

XXIII – De los ejercicios de los soldados

Habiendo así explicado la organización de la legión, volvamos a los ejercicios, de donde deriva el nombre ejército. Los soldados jóvenes y los reclutas efectuarán todas sus maniobras cada mañana y tarde y los veteranos y más expertos una vez al día. El tiempo de servicio o la edad, por sí solas, no formarán nunca un militar, pues tras servir muchos años, un soldado indisciplinado es todavía un novato en su profesión. No sólo aquellos, bajo los maestros de armas, sino todos los soldados en general fueron antiguamente entrenados sin cesar en los ejercicios de esgrima, que ahora sólo se exhibe en paradas en el circo, en ciertas solemnidades. Sólo con la práctica se alcanza la agilidad de cuerpo y la habilidad precisa para enfrentarse a un enemigo con ventaja, especialmente en el combate cuerpo a cuerpo. Pero el punto más esencial de todos es enseñar a los soldados a mantener sus filas y no abandonar nunca sus insignias durante las evoluciones más difíciles. Los hombres así entrenados nunca se perderán entre la confusión de la muchedumbre.

Los reclutas, igualmente, deben ejercitarse con espadas de madera en el palo, para aprender a atacar a este enemigo imaginario en todas partes, apuntando a los costados, pies o cabeza, tanto con la punta como con el filo de la espada. Se les debe enseñar a herir y a saltar, a mirar por encima del escudo y luego volverse a cubrir tras él, así como a avanzar y retirarse. Deben también arrojar sus jabalinas al palo desde una distancia considerable para adquirir buena puntería y fortalecer los brazos.

Los arqueros y honderos ponían blancos de leña o paja y les lanzaban flechas o piedras con el fustibalus a una distancia de hasta seiscientos pies. Así se adistraban y acostumbraban a hacer en la acción lo que habían perfeccionado en el campo de entrenamiento. Los soldados deben aprender a girar una sóla vez la honda sobre la cabeza antes de lanzar la piedra. Antiguamente todos los soldados se entrenaban lanzando piedras de una libra de peso con la mano, pues era un método más rápido al no requerir de una honda. El uso de las armas arrojadizas normales y de la plumbata era otra parte del entrenamiento a la que se atendía estrictamente.

Para seguir este entrenamiento sin interrupción durante el invierno, erigían, para la caballería, picaderos y soportales cubiertos con tejas o tablillas, o si no podían procurárselas, con cañas, hierbas o paja. Se construían también grandes soportales de la misma guisa para la infantería. De tal manera, las tropas tenían sitios donde entrenar a cubierto del mal tiempo. Pero incluso en invierno, si no llovía o nevaba, se les obligaba a ejecutar sus maniobras en el campo, para que la interrupción de la disciplina no afectara el valor y fortaleza del soldado. En resumen, tanto los legionarios como los auxiliares deben ejercitarse continuamente en cortar madera, llevar fardos, pasar zanjas, nadar en el mar o en los ríos, marchar a paso completo o incluso a correr con sus armas y equipajes de modo que, acostumbrados al trabajo en paz, no encuentren dificultad en la guerra. Pues, así como el soldado bien entrenado está presto a la acción, el que no lo está la teme. En la guerra es más importante la disciplina que la fuerza; pero si se omite la disciplina, no hay diferencia entre el soldado y el paisano.

XXIV – Ejemplos extraídos de algunas artes, donde se prueba la necesidad del arte militar

Los atletas, los cazadores o los aurigas, por interés o por conseguir el favor del pueblo, se entrenan continuamente para mantener o aumentar su habilidad. Los soldados, que sirven al bien público, se deben entrenar diariamente, con mayor motivo, en todos los asuntos de la guerra. No solo la victoria premia su habilidad, también los botines, objetos y ascensos con que les premia el Emperador. Si un actor ensaya sin descanso para obtener el elogio del pueblo; ¿Qué no debe hacer el soldado, aunque sea veterano, juramentado y obligado a mantener su propia vida y la libertad pública?. Es cierta la vieja máxima de que la esencia de todo arte consiste en su práctica incesante.

XXV – Enumeración de las máquinas y pertrechos de guerra de las legiones

La legión debe su éxito tanto a sus armas y máquinas como al número y valor de sus soldados. En primer lugar, cada centuria tiene una carrobalista montada en un carro tirado por mulas y servida por un contubernio, esto es, por diez hombres de la centuria a la que pertenecen. Cuanto mayor es la máquina, mayor es a su alcance y su fuerza. Se emplea no solamente para defender los atrincheramientos de los campamentos, sino que se sitúan en el campo de batalla a retaguardia de la infantería pasada. Y es tal la violencia con que arroja los dardos que ni las corazas de la caballería ni los escudos de la infantería pueden resistir su impacto. El número de carrobalistae, en la legión, es de cincuenta y cinco. Junto a ellas hay diez onagros, uno por cada cohorte; son arrastradas en carros tirados por bueyes. En caso de ataque, defienden los muros del campamento arrojando piedras tal y como las balistas hacen con las fechas.

La legión lleva un cierto número de canoas, cada una ahuecada y con una pequeña pieza de madera, así como cables y cadenas de hierro, para unirlas con rapidez. Estos botes, unidos y cubiertos con tablas, sirven como puentes sobre ríos no vadeables sobre los que puede pasar la infantería y la caballería sin riesgo. La legión lleva ganchos de hierro, llamados lupos, y guadañas de hierro unidas a largas hastas; y con horcas, azadas, palas, zapapicos, carretillas y cestas para cavar y llevar tierra; junto con hachuelas, hachas y sierras para cortar madera. Además de esto, un tren de trabajadores diestros y provistos de todos los instrumentos necesarios para la construcción de tortugas, musculi, arietes, vineas, torres móviles y otras máquinas para el ataque de las plazas. Y como la enumeración de cada una de ellas sería demasiado tediosa, diré sólo que la legión las llevará consigo, donde quiera que vaya, todo lo necesario para el servicio y que los campamentos tengan la fortaleza y lo propio de una ciudad fortificada.


Libro III

Medios para la defensa, y la descripción de las armas.

Prefacio al libro III

Los atenienses y lacedemonios dominaron en Grecia antes de los macedonios, como nos informa la Historia. Los atenienses sobresalieron no solamente en la guerra sino en las demás artes y ciencias. Los lacedemonios hicieron de la guerra su estudio principal. Afirmaban ser los primeros que razonaron sobre los sucesos de las batallas y pusieron por escrito sus observaciones con tanto éxito que resumieron el arte militar, antes considerado como dependiente en todo del valor o la fortuna, en reglas determinadas y principios fijos. Como resultado, establecieron escuelas de táctica para la instrucción de la juventud en todas las maniobras de la guerra. ¡Cuán dignos de admiración son tales pueblos por aplicarse en el estudio de la guerra, sin el que no podría existir ningún otro!. Los romanos siguieron su ejemplo, tanto practicando cuando dispusieron como preservándolo mediante su escritura. Tales son las máximas e instrucciones dispersas por los trabajos de diferentes autores, que Vuestra Majestad me ha ordenado resumir, pues la lectura cuidadosa de todos ellos sería demasiado tediosa y la autoridad de sólo una parte insatisfactoria. El resultado de la propiedad de las disposiciones lacedemonias para la disciplina militar aparece evidentemente en el único ejemplo de Jántipo, que ayudó a los cartagineses. Su sóla habilidad y superior mando derrotó a Atio Régulo a la cabeza de un ejército romano, hasta aquel momento victorioso. Jántipo le hizo prisionero y así terminó la guerra, con una sola acción. Aníbal, además, antes de acometer su expedición a Italia, tomó el consejo de los lacedemonios en asuntos militares; y por su consejo, aunque inferior a los romanos tanto en número como en fortaleza, derrotó muchos cónsules y a tan poderosas legiones. El que desee la paz, así pues, ha de prepararse para la guerra. Quien aspire a la victoria, no reparará esfuerzos en entrenar a sus soldados. Y quien espere el éxito luchará según reglas, no según la fortuna. Nadie osa ofender o insultar a una potencia de reconocida superioridad en el combate.

I – La dimensión adecuada de un ejército

El primer libro trata de la selección y entrenamiento de nuevas levas; el segundo explica la organización de la legión y el sistema de disciplina; y el tercero contiene las disposiciones para el combate. Con esta progresión metódica, las siguientes instrucciones sobre las acciones generales y la consecución de las victorias serán de mayor utilidad y mejor comprensión. Se llama ejército a una cantidad de tropas, legiones y auxiliares, caballería e infantería, destinados a hacer la guerra. Este número es limitado, según los jueces de la profesión. Las derrotas de Jerjes, Darío, Mitrídates y otros monarcas que condujeron innumerables multitudes sobre el campo de batalla, muestran claramente que la destrucción de tan prodigiosos ejércitos se debió más a su propio número que al valor de sus enemigos. Un ejército demasiado numeroso está sujeto a muchos peligros y desventajas. Su volumen le hace lento al ejecutar sus maniobras; y está obligado a marchar en columnas de gran longitud, expuesto al riesgo de ser continuamente acosado y ofendido aun por escasos enemigos. La multitud de bagajes es a menudo motivo de ser sorprendido a su paso por lugares difíciles o incluso ríos. La dificultad de proveer de forraje para tantas caballerías y otras bestias de carga es muy grande. Además, la carestía de provisiones, contra la que hay que precaverse en todas las expediciones, de hecho arruina a tan grandes ejércitos, donde el consumo es tan alto, pues no obstante el cuidado puesto en proveer los almacenes, pronto comienzan a faltar. Y a veces no pueden evitar ser deshechos por la falta de agua. Pero, si desafortunadamente tales ejércitos son derrotados, el número de pérdidas es necesariamente muy grande y los que restan, salvándose mediante la lucha, quedan demasiado desaminados para ir nuevamente al combate.

Los antiguos, enseñados por la experiencia, prefirieron la disciplina al número. En guerras de importancia menor consideraron que una legión con sus auxiliares, esto es, diez mil infantes y dos mil de caballería, eran suficientes. Y a menudo concedieron el mando a un pretor antes que a un general de segundo orden. Cuando los preparativos del enemigo eran formidables, enviaban a un general de dignidad consular con veinte mil infantes y cuatro mil de caballería. En nuestros días se da el mando a un conde de primer orden. Pero cuando se produce cualquier revuelta peligrosa apoyada por infinitas multitudes de fieras y bárbaras naciones, en tales emergencias salían en campaña con dos ejércitos bajo dos cónsules responsables, tanto individual como colectivamente, de preservar a la República del peligro. De esta manera, con tales disposiciones, los romanos, casi continuamente envueltos en guerras con diferentes naciones de distintas partes del mundo, se vieron capaces de oponérseles en cada ocasión. La excelencia de su disciplina bastó para que sus pequeños ejércitos enfrentaran a todos sus enemigos con éxito. Pero fue una regla invariable de sus ejércitos que el número de los aliados o auxiliares nunca excediera al de los ciudadanos romanos.

II – Medios para mantener la salud

El siguiente punto es de la mayor importancia: los medios para mantener la salud de las tropas. Ésta depende de la elección del asentamiento y agua, de la estación del año, de los médicos y del ejercicio. En cuanto a la situación, el ejército no debe nunca permanecer por mucho tiempo en la vecindad de pantanos insalubres, o en planicies secas y prominencias sin alguna clase de sombra o techo. En verano, las tropas no deben acampar nunca sin tiendas. Y sus marchas, en esta época del año cuando el calor es excesivo, deben comenzar al romper el día para que lleguen al punto de destino con tiempo agradable. De otro modo, caerán enfermos por el calor y la fatiga de la marcha. En inviernos severos, no marcharán nunca por la noche, con hielo y nieve, ni se expondrán sin madera o abrigo. Un soldado aterido por el frío nunca estará saludable ni será adecuado para el servicio. El agua debe ser salubre y no estancada. El agua insalubre es una especie de veneno y la causa de enfermedades epidémicas.

Es obligación de los oficiales de la legión, de los tribunos y aún del propio comandante en jefe, procurar que a los soldados enfermos se les suministre una dieta adecuada y sean atendidos con diligencia por los médicos. Pues poco se puede esperar de hombres que han de combatir tanto con la enfermedad como con el enemigo. Sin embargo, los más expertos en la materia han sido siempre de la opinión de que la práctica diaria de los ejercicios militares es mucho más eficaz para la salud de un ejército que todo el arte de la medicina. Por este motivo, ejercitaban a su infantería sin cesar. Si llovía o nevaba, lo hacían a cubierto y, si el tiempo era bueno, en el campo. Solían también ejercitar a su caballería, no sólo en las llanuras, sino también en terreros quebrados y horadados por zanjas. Los caballos, igual que los hombres, estaban así entrenados del modo antes indicado y preparados para el combate. De aquí podemos percibir la importancia y necesidad de una estricta observancia de los ejercicios militares en un ejército, pues la salud en el campamento y la victoria en la batalla dependen de ellos. Si un ejército numeroso permanece largo tiempo en un lugar, en verano u otoño, las aguas se corrompen y el aire se infecta. Enfermedades malignas y fatales proceden de esto y se pueden evitar sólo mediante cambios frecuentes de asentamiento.

III – Cuidados para la provisión del forraje y las provisiones

El hambre provoca más destrozos en un ejército que el enemigo y es más terrible que la espada. El tiempo y las ocasiones pueden ayudar a reparar otras desgracias, pero cuando no se proporcionan víveres y forrajes cuidadosamente, el hambre no tiene remedio. El mayor y principal punto en la guerra en asegurarse provisiones de sobra y destruir al enemigo por hambre. Un cálculo exacto, así pues, debe ser efectuado al comienzo de la guerra teniendo en cuenta el número de tropas y el gasto a realizar; para que las provincias puedan reunir y transportar en tiempo el forraje, grano y las demás clases de provisiones que se les requieran. Deben ser más que suficientes en cantidad y almacenadas en las ciudades más fuertes y convenientes antes de comenzar la campaña. Si las provincias no pueden suministrar sus cuotas, se les permutará por dinero para comprar todas las cosas necesarias para el servicio. Pues las posesiones de los súbditos no se pueden asegurar más que con la defensa de las armas.

Tales precauciones a menudo resultan doblemente necesarias pues los sitios a menudo duran más de lo previsto y los sitiadores terminan por sufrir ellos mismos los inconvenientes de querer levantar pronto el asedio, si tienen esperanzas de rendir la plaza por hambre. Se deben dictar bandos para que los campesinos recojan su ganado, grano, vino y otras provisiones en guarniciones fortificadas o ciudades seguras, para que no sean de utilidad al enemigo. Y si no cumplen con tal orden, se destinarán oficiales para obligarles a hacerlo. Los habitantes de una provincia deben, así mismo, ser obligados a retirarse, con sus efectos, en algún lugar fortificado antes de la irrupción del enemigo. Las fortificaciones y todas las máquinas de diversa clase deben ser inspeccionadas y reparadas a tiempo. Pues una vez que resultas sorprendido por el enemigo antes de estar con la adecuada disposición defensiva, se te arroja en una confusión irrecuperable y no puedes esperar ningún apoyo de sitios vecinos, pues las comunicaciones habrán quedado cortadas. Sin embargo, una administración fiel de los almacenes y una distribución frugal de las provisiones, habiendo tomado al principio las adecuadas precauciones, asegurarán un abastecimiento suficiente. Una vez que empiezan a fallar los víveres, la parsimonia es inoportuna y llega demasiado tarde.

En las expediciones dificultosas, los antiguos distribuían las provisiones de un modo fijo a cada hombre, sin distinción de grado; y cuando la emergencia había pasado, la República proveía las proporciones completas según el grado de cada cual. A las tropas no les ha de faltar madera y forraje en invierno o agua en verano. Deben siempre tener grano, vino, vinagre y sal. Las ciudades y fortalezas guardadas por tales hombres han de ser provistas también para la batalla. Se les suministrará con toda clase de armas, flechas, fustibales, hondas, piedras, onagros y ballestas para su defensa. Se pondrá gran cuidado para que la sencillez de los habitantes no sea motivo de que el enemigo les engañe o hiera, pues las conferencias fingidas o las apariencias engañosas han sido con frecuencia más fatales que la fuerza. Observando las precauciones anteriores, el sitiado puede tener en su mano rendir al enemigo por hambre, si mantiene sus tropas juntas o si las divide, con salidas frecuentes y por sorpresa.

IV – Métodos para prevenir motines en un ejército

A veces, un ejército disperso por diversos lugares, se amotina. Y las tropas, aunque no estén inclinadas a la lucha, fingen estar enfadadas porque no se las conduzca contra el enemigo. Pero la disposición a la sedición se muestra mayormente en aquellos que viven acuartelados, ociosos y afeminados. Tales hombres, desacostumbrados a la necesaria fatiga de la campaña, se disgustan con su severidad. Su ignorancia de la disciplina les hace temer la acción y les hace ser insolentes.

Hay varios remedios para este mal. Mientras las tropas estén aún separadas y cada cuerpo siga en sus respectivos cuarteles, mandaréis a los tribunos, sus lugartenientes y a los oficiales, en general, ocuparse de mantener una disciplina tan estricta que no se les de ocasión a albergar pensamientos que no sean los de sumisión y obediencia. Se les hará trabajar constantemente tanto en maniobras como inspeccionando sus armas. No se les permitirá ausentarse con permisos. Se pasará revista y se les impondrá en la observancia exacta de cada orden. Se les entrenará en el uso del arco, lanzando armas arrojadizas y piedras, tanto a mano como con la honda, así como con la espada en el palo; se les hará repetir todo esto continuamente y se les mantendrá bajo las armas hasta que estén cansados. Se les ejercitará en la carrera y el salto para facilitar el paso de zanjas. Y si sus cuarteles están cerca del mar o de ríos, se les hará a todos, sin excepción, practicar la natación. Se les acostumbrará a marchar por espesuras y terrenos estrechos y quebrados, a talar árboles y hacer tablones, a deshacer tierra y defender un puesto contra sus camaradas, a quienes se habrá dispuesto para desalojarles; y en el enfrentamiento, cada parte debe emplear sus escudos para desalojar y derribar a su antagonista. Todas las distintas tropas, así entrenadas y ejercitadas en sus cuarteles, se hallarán inspiradas por emulación para la gloria y prestos para la acción cuando vayan a la batalla. Un soldado que tenga confianza en su propia habilidad y fortaleza no guarda pensamientos de sedición.

Un general debe estar atento para descubrir a los soldados turbulentos y sediciosos en el ejército, legiones o auxiliares, caballería o infantería. Debe procurar obtener esa inteligencia no de informadores, sino de los tribunos, sus lugartenientes y los demás oficiales de indudable veracidad. Debe entonces ser prudente para separarles de los demás fingiendo que les encarga servicios que les agraden o enviándoles de guarnición a ciudades o castillos, pero con tal discreción que piensen que los honra o que se crean tratados con preferencia y favor. Una multitud no entra nunca enseguida abiertamente en sedición sin unanimidad. Se les prepara y excita por unos pocos sediciosos, que esperan asegurarse la impunidad de sus crímenes por el número de sus cómplices. Pero si la gravedad del motín precisara remedios violentos, será más aconsejable, al modo de los antiguos, castigar a los cabecillas para que, con el sufrimiento de unos pocos, todos queden asustados con el ejemplo. Pero es más merecedor de crédito un general que induce a sus tropas a la sumisión y a la obediencia que el que se ve obligado a forzarlos a cumplir con su deber mediante el terror o el castigo.

V – De las señales militares24

Muchas son sin duda las cosas que han de decirse y observarse por los que luchan, supuesto que no hay ninguna condescendencia a la negligencia, cuando por la salvación se lucha. Pero entre las restantes nada más hace avanzar hacia la victoria que someterse a los avisos de las señales. Pues como con la voz sola entre el tumulto de los combates no puede mandarse a la multitud, y como por necesidad muchas cosas han de mandarse y hacerse al tiempo, el uso antiguo de todos los pueblos inventó de qué manera lo que solo el jefe considerara útil por medio de señales lo percibiera y lo siguiera el ejército todo. Y así consta que existen tres clases de señales: vocales, semivocales y mudas. De ellas las vocales y semivocales se perciben por los oídos, pero las mudas se emiten para los ojos. Vocales se llaman las que se pronuncian por la voz humana, como en las guardias y en el combate se dice por ejemplo “victoria”, “palma”, “valor”, “Dios con nosotros” “el triunfo del Emperador” y cualesquiera otras que quisiera dar el que en el ejército tiene la máxima potestad. Sin embargo, se debe saber que esos vocablos deben variarse diariamente, para que los enemigos no conozcan la señal con el uso ni sus exploradores se muevan entre los nuestros impunemente. Semivocales son las que se dan con la tuba, el cuerno o la bocina; tuba se llama la que es recta; bocina la que se dobla sobre sí en un círculo de aire; cuerno el que de uros salvajes, engastado en plata, templado con el arte y el aliento del que toca, emite un sonido conocido. En efecto, siendo indudables los sonidos de estos, el ejército sabe si conviene resistir o avanzar o bien retroceder (o si perseguir lejos a los que huyen o tocar a retirada). Las señales mudas son las águilas, los dragones, los estandartes, los banderines, los penachos, las plumas; en efecto, a donde quiera que el jefe mande que sean llevadas estas, allí es necesario que acompañando a su señal continúen los soldados. Hay también otras señales mudas que el jefe del combate manda que se guarden en los caballos o en las ropas y en las armas mismas, para que se distinga el enemigo; además hace alguna señal con la mano, o con un látigo, según la costumbre bárbara, o con un movimiento del vestido el que lo usa. Todas estas acostumbran a seguirlas y a entenderlas la totalidad de los soldados en los campamentos, en las marchas en cualquier ejercicio castrense. En la paz parece, pues, necesario el uso continuo de este asunto, para que sea observado en la confusión del combate. Así mismo, mudo y común signo es siempre que surge polvo que se levanta a semejanza de las nubes por una tropa que avanza, y muestra la llegada de los enemigos. De modo semejante, si las tropas están divididas, hacen señales que de otro modo no pueden comunicarse a sus aliados, con fuegos durante la noche, por el día con humo. No pocos cuelgan vigas en las torres de los castillos o de las ciudades, con las que, unas veces levantadas, otras depuestas, indican lo que pretenden.

VI – Marchas en proximidad del enemigo

Está asegurado por aquellos que se han dedicado al estudio de su profesión que un ejército está expuesto a más peligro durante las marchas que durante las batallas. En un combate, los hombres están adecuadamente armados, ven a sus enemigos con anterioridad y se preparan para la lucha. Pero en una marcha el soldado está menos alerta, no tiene siempre dispuestas sus armas y se le lleva al desorden por un ataque sorpresa o una emboscada. Un general, así pues, debe ser muy cuidadoso y diligente al tomar las precauciones necesarias para prevenir una sorpresa sobre la marcha y en rechazar al enemigo, si tal sucede, sin pérdidas.

En primer lugar, debe tener una descripción exacta del país, o sea, el mapa de campaña, en el que las distancias de las plazas, especificadas por el número de pasos, la naturaleza de los caminos, las rutas más cortas por caminos, montañas y ríos, deben reflejarse correctamente. Se nos ha dicho que los más grandes generales han llevado sus prevenciones sobre este extremo tan lejos que, no satisfechos con la simple descripción del país donde están empeñados, ordenaron no sólo delinear, sino pintar planos para llevarlos en campaña y regular sus marchas con sus ojos con mayor seguridad. Un general debe también informarse por sí mismo de aquellos particulares sobre personas honradas y de buena reputación y conocimiento del país, examinando por separado sus descripciones y luego comparándolas para conocer la realidad con certeza.

Si surge cualquier dificultad sobre la elección de los caminos, debe procurar tener guías adecuados y hábiles. Debe ponerles bajo custodia y esperar que o las promesas o las amenazas les hagan mantener su fidelidad. Ellos mismos accederán de grado cuando se den cuenta de que les resulta imposible escapar y que serán recompensados por su fidelidad o castigados por su perfidia. Debe estar seguro de su capacidad y experiencia, y no se debe poner en peligro a todo el ejército por los errores de dos o tres personas. A veces, las gentes del común piensan que saben lo que realmente no saben, y, por su ignorancia, prometen más de lo que son capaces.

Pero de todas las precauciones la más importante es guardar completo secreto sobre cuál ruta o por cuál camino va a marchar el ejército. Pues la seguridad de una expedición depende de la ocultación de todos los movimientos al enemigo. Existía antiguamente entre las enseñas legionarias la del Minotauro, significando que este monstruo, según la fábula, estaba oculto en el mayor secreto en los huecos y alas del laberinto, justo como los deseos de un general debieran ser impenetrables. Cuando el enemigo no está al tanto de una marcha, ésta se hace con seguridad; pero como a veces los exploradores sospechan o descubren el levantamiento del campamento, o los desertores o traidores proporcionan informes de ello, será adecuado mencionar el modo de actuar en caso de un ataque sobre la columna en marcha.

El general, antes de poner sus tropas en movimiento, debe enviar destacamentos de soldados experimentados y de confianza en buenas monturas, para reconocer los lugares por los que se va a marchar, al frente, a la retaguardia y a la izquierda y la derecha, para no caer en emboscadas. La noche es más segura y ventajosa que el día para que nuestros exploradores hagan su trabajo, pues si se les toma prisioneros nosotros, si así fuere, nos traicionaríamos. Tras esto, la caballería debe salir primero y después la infantería; el equipaje, arqueros, sirvientes y carruajes siguen, en el centro, y parte de la mejor caballería e infantería irán a la retaguardia pues ésta parte es más a menudo atacada, durante las marchas, que la vanguardia. Los flancos de los equipajes, expuestos a frecuentes emboscadas, deben ser también cubiertos con guardia bastante que los asegure. Pero, sobre todo, la parte donde más se espere el ataque enemigo debe reforzarse con alguna de la mejor caballería, infantería ligera y arqueros de a pie.

Si se es rodeado por todas partes por el enemigo, deben tomarse disposiciones para afrontarles por donde quiera que ataquen, y los soldados se deben precaver de antemano para tener listas sus armas y estar prestos a prevenir los efectos indeseables de un ataque por sorpresa. Los hombres se atemorizan y caen en el desorden por accidentes repentinos y sorpresas, que no tienen consecuencias cuando se preveen. Los antiguos cuidaban mucho que los siervos y seguidores del ejército, si eran heridos o se atemorizaban con el ruido de la batalla, no pudieran inducir el desorden entre las tropas mientras combatían, y también para evitar que se extravíen o que en la multitud se alejen los unos de los otros y entorpezcan a sus propios hombres y den ventaja al enemigo. Alistaban los bagajes, así pues, del mismo modo que a las tropas, bajo sus propias enseñas. Elegían de entre los sirvientes y a los que llamaban galearios, pues llevaban las corazas de los soldados, a los más adecuados y experimentados y les daban el mando de cierto número de siervos y muchachos, sin exceder los doscientos, y sus enseñas les mostraban dónde dirigirse y congregarse. Se deben mantener los intervalos adecuados entre las tropas y los equipajes, para que los últimos no estorben cuando se refugien en caso de un ataque durante la marcha.

El modo y disposición de la defensa puede cambiar de acuerdo con la naturaleza del terreno. En campo abierto estaréis más expuestos a ataques de caballería que de infantería. Pero en terrenos montañosos, boscosos o pantanosos, el peligro se debe esperar de la infantería. Algunas unidades, por descuido, se pueden mover demasiado rápidas y otras demasiado lentas; se debe tener mucho cuidado en que el ejército no sea roto ni de que se extienda con demasiada longitud, para que el enemigo no tome instantáneamente ventaja del descuido y penetre sin dificultad.

Los tribunos, sus lugartenientes o los maestros de armas de mayor experiencia, así pues, deben ser situados a distancias adecuadas para detener a aquellos que avancen demasiado rápidos y apremiar a quienes se marchan muy lentos. Los hombres a gran distancia del frente, al aparecer el enemigo, están más dispuestos a huir, no prestar ayuda, caer masacrados por el enemigo y a su propio sacrificio. El enemigo, se puede concluir, buscará tanto tender emboscadas o atacar abiertamente, de acuerdo con la naturaleza del terreno. El miramiento al examinar cada lugar será una seguridad contra peligros ocultos; y una emboscada, si se descubre y se rodea prestamente, se volverá en contra de quien la intenta.

Si el enemigo planea caer en masa sobre vosotros en un país montañoso, se deben enviar destacamentos en vanguardia para ocupar las prominencias, para que por su llegada no osen atacaros en terreno tan desventajoso, con vuestras tropas situadas a mayor altura y presentando un frente listo a recibirles. Es mejor enviar hombres por delante con hachuelas y otras herramientas para abrir caminos que sean estrechos pero seguros, sin obviar el trabajo, en vez de correr más riesgos por caminos mejores. Es necesario estar bien familiarizado sobre si el enemigo suele hacer sus ataques por la noche, al romper el día o en las horas de comida o descanso; y con este conocimiento de sus costumbres nos guardaremos de sus costumbres. Debemos también informarnos de si son fuertes en caballería o infantería; si su caballería está principalmente armada con lanzas o con arcos; o si su principal fortaleza consiste en su número o en la bondad de sus armas. Todo esto nos permitirá tomar las medidas más adecuadas para afligirles y para nuestra ventaja. Cuando tenemos un objetivo en proyecto, debemos considerar si es más aconsejable emprender la marcha por el día o por la noche; debemos calcular la distancia de los lugares a los que queremos llegar y tomar las disposiciones para que en verano las tropas no sufran de sed en sus marchas, ni sean estorbados en invierno por torrentes o cenagales que exponen al ejército a gran peligro antes de que puedan llegar al lugar de destino. Y nos importa mucho guardarnos contra tales inconvenientes con prudencia, pues es inexcusable no aprovecharnos de la ignorancia o descuido del enemigo para derrotarle. Debemos enviar espías constantemente, no tener miedo de atacar a sus hombres y dar facilitar sus desertores. Por tales medios procuraréis tener conocimiento de sus planes presentes o futuros. Y tendremos siempre dispuestos algunos destacamentos de caballería e infantería ligera, para caer sobre ellos cuando menos lo esperen, tanto durante la marcha como cuando estén forrajeando o merodeando.

VII – Cruce de ríos

El paso de ríos es muy peligroso si se hace sin gran cuidado. Al cruzar corrientes rápidas o anchas, los equipajes, sirvientes y a veces hasta los soldados más incautos están en riesgo de perderse. Habiendo primero sondeado el vado, se deben montar dos líneas de la mejor caballería, alineadas a una distancia adecuada hasta abarcar toda la anchura del río, para que la infantería y los equipajes pasen entre ellos. La línea superior del vado rompe la fuerza de la corriente y la línea inferior recupera y transporta a los hombres arrastrados por la corriente. Cuando el río es demasiado profundo para ser vadeado tanto por la caballería como por la infantería, y corre por un lugar llano, se le puede desaguar con gran número de acequias, y pasarlo así con facilidad.

Los ríos navegables se pasan colocando pilones fijados al fondo y situando sobre ellos tablones; o si ocurre algún imprevisto, se juntan rápidamente cubas vacías y se las cubre con tablones. La caballería, quitándose su impedimenta, hace pequeños flotadores con ramas secas sobre las que pueden colocar sus armas y corazas para preservarlas de la humedad. Ellos mismos llevan a nado sus caballos para cruzar el río y arrastran los flotadores tras ellos con una correa de cuero.

Pero el invento más cómodo es el de los pequeños botes hechos de una sola pieza y muy ligeras tanto por su construcción como por la calidad de la madera. El ejército siempre tiene cierto número de tales botes sobre carros, junto con una cantidad bastante de planchas y clavos de hierro. Así, con la ayuda de cables para atar los botes entre sí, se construye instantáneamente un puente, que temporalmente tiene la solidez de uno de piedra.

Como el enemigo generalmente se esfuerza en caer sobre un ejército cuando está pasando un río, por sorpresa o en emboscada, es necesario asegurar ambos flancos colocando destacamentos para que las tropas no sean atacadas y derrotadas mientras están separadas por la corriente del río. Pero es aún más seguro poner empalizadas en ambos extremos, pues os permitirán sostener cualquier ataque sin muchas pérdidas. Si se quiere mantener el puente, no sólo para este transporte sino para la vuelta y para las expediciones de avituallamiento, será conveniente excavar fosos para cubrir cada cabeza del puente, y guarnecerlas con un número suficiente de hombres que las defiendan tanto tiempo como lo requieran las circunstancias.

VIII – Reglas para el campamento de un ejército

El ejército en marcha no puede siempre esperar hallar ciudades amuralladas en las que acuartelarse y es muy imprudente y peligroso acampar de cualquier manera, sin ningún atrincheramiento. Es fácil sorprender a las tropas cuando hacen la aguada o están diseminadas en sus diversas ocupaciones. La oscuridad de la noche, la necesidad de sueño y la dispersión de los caballos por los pastos ofrecen oportunidades para la sorpresa. Una buena situación del campamento no es suficiente; debemos escoger la mejor que podamos hallar, no sea que habiéndolo ocupado el enemigo, seamos grandemente perjudicados.

Un ejército no debe acampar, en verano, cerca de aguas malas o lejos de las buenas ni, en invierno, sin estar totalmente aprovisionados de forraje y madera. El campamento no debe estar expuesto a inundaciones repentinas. Las calles no deben ser muy empinadas ni estrechas para que, si se es invadido, las puedan encontrar sin dificultad las tropas al retirarse; ni debe estar el campamento dominado por altura desde las cuales les puedan ofender las armas enemigas. Tras estas precauciones, el campamento tendrá forma rectangular, circular, triangular u oblonga, de acuerdo con la naturaleza del terreno. Pues su bondad no depende de la forma. Aquellos que se consideran mejores, sin embargo, son aquellos un tercio más de largo que de ancho. Las dimensiones han de medirse exactamente por los ingenieros para que el tamaño del campamento sea proporcional al número de tropas. Un campamento demasiado estrecho no permitirá que las tropas ejecuten sus movimientos con libertad y uno demasiado extenso les separará demasiado. Hay tres métodos para fortificar un campamento. El primero es para cuando el ejército está marchando y permanecerá en el campamento sólo una noche. Harán un parapeto de turba y colocarán sobre ésta una fila de empalizadas o estacas de madera. Los terrones se cortarán con instrumentos de hierro. Si la tierra está apelmazada en torno a las raíces, se cortarán con forma de ladrillos de un pie y medio de alto, uno de ancho y uno y medio de largo. Si la tierra está demasiado suelta para que se hagan ladrillos, harán una pequeña trinchera alrededor del campo, de cinco pies de ancho y tres de profundidad. La tierra sacada de la trinchera formará un parapeto en la parte interior y asegurará al ejército del peligro. Este es el segundo método.

Pero los campamentos permanentes, tanto en verano como en invierno, en proximidad del enemigo, son fortificados con mayor cuidado y regularidad. Una vez que se señala el terreno por los oficiales competentes, se asigna a cada centuria una porción para atrincherar. Alinean entonces sus escudos y equipajes en un círculo en torno a sus propias insignias y, sin otras armas que sus espadas, abren una trinchera de nueve, once o trece pies de ancho. O, si están bajo gran acecho del enemigo, la ensanchan hasta diecisiete o diecinueve pies (es una regla general usar números impares). En el interior construyen un terraplén con haces o manojos de árboles bien asegurados con estacas, para que la tierra se aguante mejor. Sobre este terraplen elevan un parapeto almenado como en las fortificaciones de una ciudad. Los centuriones miden el trabajo con varas de diez pies de largo y comprueban que cada uno haya terminado la porción que se le asignó. Así mismo, los tribunos supervisarán el trabajo y no abandonarán el lugar hasta que no se haya terminado en su totalidad. Y para que los trabajadores no sean interrumpidos repentinamente por el enemigo, toda la caballería y parte de la infantería exentas, por el privilegio de su rango de tales trabajos, permanecerán en orden de batalla ante el atrincheramiento, listos para rechazar cualquier ataque.

Lo primero que hay que hacer tras atrincherar el campamento es plantar las insignias, llevadas por los soldados con la mayor veneración y respeto a sus lugares adecuados. Tras ello, el pretorio se prepara para el general y sus lugartenientes, y las tiendas dispuestas para los tribunos, quienes tienen soldados particularmente destinados a tal servicio y para buscar su agua, madera y forraje. Entonces las legiones y auxiliares, caballería e infantería, se distribuyen por el terreno para plantar sus tiendas de acuerdo con la clase de los distintos cuerpos. Cuatro infantes de cada centuria y cuatro soldados de cada tropa se designan para montar guardia cada noche. Como parece imposible que un centinela permanezca toda la noche en su puesto, las guardias se dividían en cuatro partes con un reloj de agua25, para que cada soldado permanezca sólo tres horas. Todas las guardias se montaban con el sonido de una tuba y cambiadas con el del cornu. Los tribunos designarán hombres adecuados y de confianza para visitar los distintos puestos de guardia e informarles de cuanto no encuentren adecuado. Este es ahora un oficio militar y a las personas destinadas para ello se les llama circitores.

La caballería hace rondas por la noche y vigila los puestos exteriores por el día. Son relevados cada mañana y cada tarde por la fatiga de hombres y caballos. Es incumbencia, particularmente, del general mirar por la protección de los pastos y de las caravanas con grano y otras provisiones, tanto en campo abierto como en guarnición, y asegurar la madera, agua y forrajes contra las incursiones del enemigo. Esto sólo se puede hacer situando destacamentos ventajosamente en las cimas o torreones por donde la caravana avanza. Y si no se encuentran antiguas fortificaciones, se deben construir, en sitios a propósito, castillos, diminutivo del nombre castra, rodeados con anchos fosos, para alojar destacamentos de caballería e infantería y que las caravanas tengan la adecuada protección. Pues un enemigo difícilmente se aventura en un territorio donde sabe que las tropas enemigas están dispuestas para enfrentarse a él donde quiera que sea.

IX – De la elección del modo de ataque: en emboscada o en el campo abierto

Los que se dignen leer este breviario esperarán, quizás impacientes, instrucciones respecto a los enfrentamientos. Más debieran considerar que una batalla se decide normalmente en dos o tres horas tras las que no suelen quedar esperanzas para el ejército derrotado. Cada plan, así pues, debe ser considerado, cada situación probada y cada método adoptado antes de llevar las cosas hasta su último extremo. Los buenos oficiales declinan los enfrentamientos generales, donde el peligro es general, y prefieren el empleo de las estratagemas y la inteligencia para destruir al enemigo tanto como puedan e intimidarle sin exponer las fuerzas propias.

Daré algunas instrucciones necesarias sobre este asunto, tomadas de los antiguos. Es deber e interés del general reunir frecuentemente a los oficiales más prudentes y experimentados, de los distintos cuerpos del ejército, y consultarles sobre el estado de sus propias fuerzas y de las del enemigo. Toda adulación, de la más funesta de las consecuencias, debe prohibirse en las deliberaciones. Ha de examinar quién tiene la superioridad numérica; qué tropas están mejor armadas, las propias o las enemigas, cuáles son más disciplinadas y más resolutivas ante una emergencia. Se debe averiguar el estado de la caballería de ambos ejércitos, pero muy especialmente el de la infantería, pues la mayor fortaleza de un ejército reside en ésta última. Con respecto a la caballería, debe insistir en cuál tiene el mayor número de arqueros o lanceros, cuál tiene más coraceros y mejores caballos. Por último, ha de considerar el campo de batalla y si el terreno le favorece a él o a su enemigo. Si es superior en caballería, preferirá terrenos llanos y abiertos; si es superior en infantería, eligirá lugares con estrechamientos, trincheras, cenagales o bosques e, incluso, a veces montañosos. La abundancia o escasez en ambos ejércitos se considerará de no poca importancia pues el hambre, según los antiguos proverbios, es un enemigo interior que provoca más bajas que la espada. Pero el asunto más principal es determinar si es más adecuado presentar batalla enseguida o retardarla. El enemigo a veces confía que una expedición se haga enseguida y, si la espera se dilata por algún tiempo, sus tropas se consumirán por la ansiedad, querrán volver a su hogar para ver a sus familias o, no habiendo hecho nada reseñable en el campo de batalla, se dispersarán por no haber tenido éxito. Tales números, cansados por la fatiga y disgustados por el servicio, desertan; otros les traicionan y muchos se rinden. Raramente se encuentra fidelidad en las tropas descorazonadas por el infortunio. Y en tal caso, un ejército que era numeroso sobre el campo de batalla, se diluye en nada poco a poco.

Es esencial conocer el carácter del enemigo y de sus principales jefes; si son impetuosos o prudentes, emprendedores o tímidos, si luchan por principios o como mercenarios y si las naciones a las que se han enfrentado antes eran valerosas o cobardes.

Hemos de conocer cuánto podemos confiar en la fidelidad y fortaleza de nuestros auxiliares, la confiabilidad de nuestras tropas y las del enemigo y cuáles están más seguras de la victoria, lo que es del mayor valor para estimar el valor de un ejército. Una arenga del general, especialmente si él mismo no parece atemorizado, puede animar a sus soldados si están decaídos. Sus espíritus reviven si se obtiene cualquier ventaja considerable, tanto por una estratagema como por otro método, si empieza a cambiar la fortuna del enemigo o si logramos golpear algunos de sus destacamentos más débiles o pobremente armados.

Pero bajo ningún concepto se debe guiar un ejército irresoluto o de poco fiar a la batalla. La diferencia es grande, tanto si las tropas son novatas o veteranas, o si están habituadas a la guerra por servicios recientes como si llevan varios años sin ser empleadas. Pues a los soldados que llevan largo tiempo desacostumbrados a la guerra se les deberá mirar del mismo modo que a los reclutas. Tan pronto como las legiones, auxiliares y caballería estén asentados en sus distintos acuartelamientos, es obligación de un buen general que cada parte del ejército sea entrenado en sus propios ejercicios por tribunos, designados para esto, de reconocida capacidad. Tras esto, deberá formarles en un cuerpo y entrenarles en todas las maniobras que se dan en el frente durante una batalla campal. Debe entrenarles él mismo frecuentemente para comprobar su habilidad y fortaleza y para ver si ejecutan las maniobras con la regularidad precisa y si están suficientemente atentos al sonido de las tubas, el movimiento de las insignias y a sus propias órdenes y señales. Si hay deficiencias en cualquiera de tales particulares, se les debe instruir y ejercitar hasta que lo hagan a la perfección.

Pero aunque estén totalmente disciplinados y hayan completado sus ejercicios de campaña, los del uso del arco y la jabalina, y las evoluciones en línea, no es aconsejable llevarles inmediatamente a la batalla. Se debe esperar una oportunidad favorable y se les ha de preparar con escaramuzas frecuentes y encuentros ligeros. Así, un general prudente y avezado pesará cuidadosamente con su Consejo el estado de sus propias fuerzas y las del enemigo, como un magistrado civil juzga entre dos partes litigantes. Si se considera superior en muchos aspectos a su enemigo, no debe, de ninguna manera, diferir el enfrentamiento; pero si se sabe inferior, debe evitar batallas campales y procurar la victoria mediante sorpresas, emboscadas y engaños. Éstas, cuando son manejadas con habilidad por los buenos generales, a menudo reportan la victoria sobre enemigos superiores en número y fortaleza.

X – Cómo manejar las tropas indisciplinadas y novatas

Todas las artes y obras han sido siempre llevadas a la perfección por la práctica continua. ¡Cuánto consideraremos esta máxima, cierta en asuntos menores, para ser observada en asuntos de importancia!. Y cuán superior a todas las demás es el arte de la guerra, por el que son preservadas nuestras libertades, perpetuadas nuestras dignidades y existen las provincias del mismo Imperio. Los lacedemonios, y tras ellos los romanos, eran tan conscientes de esta verdad que a esta ciencia supeditaron las demás. Y hasta las naciones bárbaras, en nuestros días, piensan que sólo este arte merece atención, pues creen que incluye o confiere todas las demás. En resumen, es totalmente necesario para quienes se ven envueltos en la guerra que se instruyan no sólo en los métodos para proteger sus vidas, sino en cómo ganar la victoria sobre sus enemigos.

Un general, así pues, cuyo poder y dignidad son tan grandes, y a quien se le confían los compatriotas que le honran con fidelidad y valor, la defensa de sus ciudades, las vidas de sus soldados y la gloria del Estado, no debe solamente buscar el provecho del ejército en general, sino extender su cuidado a cada soldado particular. Pues cuando ocurra alguna desgracia a alguno bajo su mando, se considerará una pérdida para la república y se achacará enteramente a su responsabilidad. Si, de este modo, encontrara su ejército compuesto por tropas novicias y si llevaran mucho tiempo desacostumbradas de la lucha, deberá estudiar cuidadosamente la fortaleza, el espíritu, las costumbres de cada legión en particular, de cada cuerpo de auxiliares, caballería e infantería. Debe conocer, si es posible, el nombre y capacidad de cada conde, tribuno, subalternos y soldado. Ha de asumir la más respetable autoridad y mantenerla con severidad. Debe castigar todos los crímenes militares son el mayor rigor de las leyes. Debe ser inexorable hacia los ofensores y procurar dar ejemplo público en distintos sitios y ocasiones.

Una vez establecidas tales normas firmemente, debe buscar la oportunidad en que el enemigo, disperso en busca de botín, se crea seguro, y le atacará con destacamentos de caballería probada o infantería, mezclados con soldados jóvenes y los que estén por debajo de la edad militar. Los veteranos refrescarán su experiencia y los demás se inspirarán, por el coraje, de las grandes ventajas que les ofrecen tales oportunidades. Deberán montar emboscadas con el mayor secreto, para sorprender el enemigo en el pasaje de ríos, en los escabrosos pasos de montañas, en desfiladeros en bosques y cuando esté entorpecido por cenagales o caminos difíciles. Deben regular su marcha para caer sobre ellos mientras comen o duermen, están desarmados y sus caballos sin aprestar. El general seguirá con tal clase de enfrentamientos hasta que sus soldados tengan la necesaria confianza en ellos mismos. Pues las tropas que nunca han entrado en acción o que llevan cierto tiempo sin hacerlo, suelen impresionarse grandemente a la vista de los heridos y moribundos y el miedo que perciben les dispone más a huir que a luchar.

Si el enemigo efectuara salidas o correrías, el general las atacará tras la fatiga de una larga marcha, cayendo sobre ellos por sorpresa, acosando su retaguardia. Debe destacar partidas para tratar de alcanzar por sorpresa los cuarteles establecidos a distancia del ejército enemigo para el almacenamiento de forrajes y provisiones. Tales medidas se acometerán en primer lugar, pues si fracasan no llevarán a malas consecuencias y si tienen éxito supondrán una gran ventaja. Un general prudente tratará de sembrar la discordia entre sus adversarios, pues no hay nación, aún débil, que pueda resultar completamente arruinada por sus enemigos a no ser que ella misma lo facilite con su desidia. En las discordias civiles los hombres están más interesados en la destrucción de sus enemigos particulares que en el cuidado de la seguridad pública.

Una máxima se ha de recordar en estos menesteres: que nadie debe desesperar de realizar lo que ya antes se llevó a cabo. Se puede decir que, durante muchos de los años anteriores, nuestras tropas ni siquiera han fortificado sus campamentos permanentes con trincheras, terraplenes o empalizadas. La respuesta es clara. Si se hubiesen tomado tales precauciones, nuestros ejércitos nunca habrían sufrido las sorpresas del enemigo, de día y de noche. Los persas, siguiendo el ejemplo de los antiguos romanos, rodeaban sus campamentos con fosos y, como la tierra de su país es normalmente arenosa, siempre llevaban consigo sacos vacíos para llenarlos con la arena sacada de los fosos y elevar con ellos un parapeto, apilándolos los unos sobre los otros. Todas las naciones bárbaras alinean sus carros alrededor de ellos, en círculo, un sistema que guarda cierta similitud con un campamento fortificado. Así, pasan las noches seguros contra las sorpresas.

¿Temeremos no poder aprender de otros lo que ellos antes aprendieron de nosotros?. En la actualidad, todo esto sólo se puede hallar en los libros aunque antiguamente se practicaba de continuo. Nadie se pregunta ahora sobre las costumbres que hace tanto fueron abandonadas, porque en medio de la paz la guerra es mirada como un asunto demasiado distante para tenerlo en consideración. Pero ejemplos pasados nos convencerán de que el restablecimiento de la antigua disciplina no es, en absoluto, imposible, aunque ahora se haya perdido del todo.

En tiempos antiguos, el arte de la guerra, a menudo olvidado y dejado, fue recuperado con frecuencia a partir de los libros y restablecido por la autoridad y atención de nuestros generales. Nuestros ejércitos en España, cuando Escipión el Africano tomó el mando, estaban deshechos y con frecuencia vencidos bajo los generales anteriores. Él pronto los reformó con una disciplina severa y les obligó a sobrellevar la mayor fatiga en todos los trabajos militares reprochándoles que, ya que no podían manchar sus manos con la sangre del enemigo, habrían de hacerlo con el barro de las trincheras. En resumen, con tales tropas, después de todo, tomó la ciudad de Numancia y la quemó hasta los cimientos con tal destrucción que no escapó ninguno de sus habitantes. En África, un ejército que bajo el mando de Albinus fue forzado a pasar bajo el yugo, fue puesto por Metello en tal orden y disciplina, según el modelo de los antiguos, que después vencieron a los mismos enemigos que los vejaron con tan ignominioso tratamiento. Los cimbrios derrotaron a las legiones de Caepio, Manilus y Silanus en la Galia, pero Mario reunió los pedazos dispersos y los disciplinó con tanta efectividad que destruyó una innumerable multitud de los Cimbrios, Teutones y Ambrones en una batalla campal. No obstante, es más fácil formar jóvenes soldados e inspirarles con ideales de honor que reanimar tropar que ya han sido derrotadas alguna vez.

XI – Disposiciones para el día de la batalla

Tras haber explicado los aspectos menos importantes del arte de la guerra, el orden de los asuntos militares nos lleva naturalmente a la batalla campal. Esta es una circunstancia llena de incertidumbre y funesta para reinos y naciones, pues de la resolución de una batalla depende enteramente la victoria. Este momento, por encima de los demás, precisa de todas las habilidades de un general y su buena conducción en tales ocasiones le ganará la mayor de las glorias, aunque sus peligros le expondrán al mayor riesgo y desgracia. Este es el instante en que su talento, habilidad y experiencia se mostrarán en toda su extensión.

Antiguamente, para que los soldados cargaran con mayor vigor, era costumbre suministrarles un refrigerio moderado antes del combate, para que su fortaleza se mantuviera durante un largo conflicto. Cuando el ejército va a marchar fuera del campamento o ciudad, en presencia del enemigo formado y listo para la acción, se han de observar grandes precauciones para que no sean atacados mientras desfilan por las puertas y que no sean hechos pedazos. Así pues, se han de tomar las medidas adecuadas para que todo el ejército pueda salir por las puertas y formar en orden de batalla antes de que se aproxime el enemigo. Si el enemigo está dispuesto antes de que hayáis dejado el lugar, deberéis retardar vuestra decisión de marchar en espera de otra oportunidad o disimularla al menos para que, cuando empiecen a insultaros suponiendo que no queréis comparecer y se desmanden para dedicarse al pillaje o para regresar, entonces salgáis y caigáis sobre ellos de improviso. Nunca se emplearán las tropas en una batalla campal inmediatamente después de una larga marcha, cuando los hombres están fatigados y los caballos cansados. La fuerza necesaria para el combate es gastada en la faena de la marcha. ¿Qué puede hacer un soldado que carga cuando está sin aliento?. Los antiguos evitaron cuidadosamente tal inconveniente, pero en los últimos tiempos algunos de nuestros generales romanos por ignorancia, para no decir más, perdieron sus ejércitos por olvidar imprudentemente tal precaución. No contenderán en igualdad de condiciones dos ejércitos: uno cansado y desgastado y el otro fresco y con todo su vigor.

XII – Investigar los sentimientos de las tropas

Es necesario conocer los sentimientos de los soldados el día de la batalla. Su confianza o miedos se descubren fácilmente por sus aspectos, sus palabras, sus acciones y sus movimientos. No se ha de confiar en la ansiedad de los jóvenes soldados por la batalla, pues ésta es deseada por aquellos que no la han conocido. Por otra parte, será malo arriesgar un combate si los soldados veteranos muestran poca inclinación a la lucha. Un general, sin embargo, puede animarles y subir el valor de sus tropas con arengas y exhortaciones apropiadas, especialmente si su descripción de la batalla próxima les lleva a la creencia en una fácil victoria. En este punto, puede persuadirles de la cobardía e inutilidad de sus enemigos y recordarles todas las ventajas que antes hubieran adquirido sobre ellos. Debe emplear cualquier argumento capaz de excitar los ánimos, elevar el odio y la indignación contra los adversarios en las mentes de los soldados.

Es natural que los hombres se vean afectados por el miedo al principio de un combate, pero hay, sin duda, algunos de más temerosa disposición que se inquietan a la menor visión del enemigo. Para disminuir tales aprehensiones antes de entrar en acción, llevaréis vuestro ejército frecuentemente, en orden de batalla y en situación secura, para que vuestros hombres se acostumbren a la visión y apariencia del enemigo. Cuando se ofrezca la oportunidad, se les hará caer sobre ellos y se tratará de ponerlos en huida o matarles algunos hombres. Así se acostumbrarán a ellos, sus armas y caballos. Y los sujetos con los que estamos familiarizados ya no serán capaces de inspirarnos terror.

XIII – Elección del campo de batalla

Los buenos generales saben bien que la victoria depende mucho de la naturaleza del campo de batalla. Cuando intentes, así pues, entablar combate, trata de tomar ventaja de tu situación. Los terrenos altos son tenidos por mejores. Las armas arrojadas desde la altura impactan con mayor fuerza; y la tropa que está sobre sus antagonistas los puede rechazar y derrotar con mayor impetuosidad, mientras que los que atacan cuesta arriba han de luchar con el terreno y con el enemigo. Hay, sin embargo, esta diferencia con respecto al lugar: Si dependes de la infantería contra la caballería enemiga, debes elegir un lugar montañoso, desigual y quebrado. Pero si, por el contrario, esperas que sea tu caballería la que actúe con ventaja contra la infantería enemiga, tu terreno debe ser más alto, pero llano y abierto, sin obstáculos de árboles o cenagales.

XIV – Orden de batalla

Al formar un ejército en orden de batalla, tres cosas se han de considerar: el sol, el polvo y el viento. El sol en vuestras caras deslumbra los ojos; si el viento está en vuestra contra, desviará y debilitará la fuerza de vuestras armas mientras ayudará a las del adversario; y el polvo dándoos de frente enturbiará los ojos de vuestros hombres y les cegará. Hasta los más incompetentes tratan de evitar tales inconvenientes en el momento de tomar sus disposiciones; pero un general prudente debe anticiparse a lo que pueda suceder; tomará las medidas necesarias para no ser incomodado en el transcurso del día por los movimientos del sol o por vientos contrarios que a veces se levantan a ciertas horas y pueden ser inconvenientes durante la acción. Nuestras tropas deben disponerse para tener estos elementos a sus espaldas, dando por el frente a sus enemigos.

Se llama Acies al ejército formado y frente a la parte se enfrenta al enemigo. En la batalla, si se sabe disponer la formación correcta, se vence y si la formación no es adecuada, por buenas que sean las tropas, se es derrotado. Se han de poner en primera línea a los soldados veteranos y más hábiles, llamados antiguamente principes. En la segunda, a los que están armados de corazas, lanzas, espículas y dardos, que se llamaban hastatos. Cada soldado ocupa tres pies de terreno; o sea, en una línea de mil pasos se forman mil seiscientos sesenta y seis infantes, teniendo bastante espacio para ellos y para mover sus armas. Entre fila y fila se dejan seis pies para que al luchar con la espada puedan avanzar y retroceder pues los dardos que se arrojan al correr o saltar le impulsan con más fuerza. En estas dos filas se forman los soldados de más edad, más expertos y con armadura pesada. Se mantienen firmes sin mandárseles avanzar o retroceder, para que mantengan el orden de la línea y rechacen al enemigo y le hagan huir. La tercera línea está compuesta de luchadores muy rápidos, arqueros jóvenes y lanzadores de jabalina, antes llamados ferentarios. La cuarta fila se compone de soldados muy ágiles armados con escudos, los arqueros más jóvenes y los que llevan verutis y mattiobarbulis, antes llamados plumbatas, conocidos por levis armaturas.

Al principio, las dos primeras filas se mantienen quietas y la tercera y la cuarta provocan al enemigo lanzándoles sus armas arrojadizas y flechas. Si el enemigo se da a la fuga, se les persigue con la caballería; si el enemigo les rechaza se retiran entre la primera y segunda línea. La primera y segunda filas, con las espadas y las pila, así pues, sostienen el combate.

A veces se formaba una quinta línea, con carroballesteros, manuballesteros, fustibalarios y honderos26. Los fustibalarios son los que lanzan piedras con el fustibalus, que es un palo de cuatro pies a cuya mitad se ata una honda de cuero y que, manejada con las dos manos, dispara las piedras como un onagro. Los honderos llevan la honda, hecha de lino o de cerda, que son las mejores, y lanzan el tiro con dándoles una vuelta sobre la cabeza. Los que no poseían escudo se ponían en esta fila y lanzaban piedras u otras armas arrojadizas con las manos.

En la sexta línea se colocaban los hombres aguerridos y diestros, armados con todas las armas, que los antiguos llamaban triarios. Para poder atacar al enemigo con más vigor, reposaban sentados tras las demás líneas. Si el resto de las líneas eran derrotadas, sólo quedaba la esperanza de los triarios.

XV – Distancias adecuadas de intervalos entre los soldados

Habiendo explicado la disposición general de las líneas, trataremos ahora de las distancias y dimensiones. Mil pasos comprende una sóla fila de mil seiscientos cincuenta y seis infantes, con tres pies por cada hombre. Seis filas formadas en la misma extensión de terreno necesitan nueve mil novecientos noventa y seis hombres. Para formar sólo tres filas con el mismo número se necesitan dos mil pasos, pero es mucho mejor incrementar el número de filas que hacer el frente demasiado extenso. Hemos antes observado que la distancia entre cada fila debe ser seis pies, y el siguiente de los cuales es ocupado por los hombres. Así, si formas un cuerpo de diez mil hombres en seis filas, ocuparán cuarenta y dos pies de profundidad y mil pasos de frente. Por este cálculo es fácil calcular la extensión de terreno necesaria para formar veinte o treinta mil hombres. Tampoco se puede equivocar un general cuando sabe, así, la cantidad de terreno precisa para cierto número dado de hombres.

Pero si el campo de batalla no tiene espacio suficiente o vuestras tropas son muy numerosas, podéis formarlas en nueve líneas o incluso más, pues es más ventajoso enfrentarse en orden cerrado que extender demasiado vuestra línea. Un ejército que se extiende por un frente demasiado grande y con poca profundidad, puede ser rápidamente penetrado por la primera oleada enemiga. Tras esto no hay remedio. Y por lo que hace al puesto de los distintos cuerpos en el ala derecha, izquierda o en el centro, es norma general formarlas de acuerdo con sus rangos respectivos o distribuirlos según las circunstancias o disposiciones del enemigo.

XVI – Disposición de la caballería

Una vez formada la infantería en línea, la caballería forma en las alas. La caballería pesada, o sea, los coraceros y tropas armadas con lanzas se unirán a la infantería. La caballería ligera, compuesta por los arqueros y los que no llevan corazas, se situarán a mayor distancia. Los caballos más pesados y mejores son para cubrir los flancos de la infantería y los ligeros se sitúan en el lugar arriba mencionado para rodear y desordenar las alas enemigas. Un general debe saber qué parte de su propia caballería es más adecuada para enfrentarse a cualquier escuadrón de infantería o caballería enemiga. Por ciertos motivos que no vienen al caso, algunas unidades concretas luchan mejor contra otras, y aquellas que han derrotado a enemigos superiores a menudo son derrotadas por una fuerza inferior.

Si vuestra caballería no es igual a la del enemigo, lo adecuado, según la antigua costumbre, es mezclarla con infantería armada a la ligera con pequeños escudos, llamados velites, y entrenarlos en esta clase de lucha. Guardando este sistema, aun cuando la flor de la caballería enemiga os ataque, nunca podrán copar esta disposición mixta. Éste era el único método de los antiguos generales para suplir los defectos de su caballería, y mezclaban los hombres entre la caballería, armados para que pudieran correr con escudos ligeros, espadas y jabalinas.

XVII – De las reservas

El método de tener cuerpos de reserva en la retaguardia del ejército, compuestos de infantería y caballería escogida, al mando de lugartenientes del general, condes y tribunos, es muy juicioso y de gran utilidad para vencer en la batalla. Algunos se deben situar en la retaguardia de las alas y algunos cerca del centro, para estar prestos a acudir inmediatamente en ayuda de cualquier parte de la línea que esté en dificultades, para evitar que sean penetrados, para reponer las bajas durante el combate y, por tanto, para sostener el valor de sus camaradas y detener la impetuosidad del enemigo. Esto fue una invención de los lacedemonios, en lo que fueron imitados por los cartagineses. Los romanos desde entonces lo observaron y no se ha podido encontrar mejor disposición.

La línea está pensada únicamente para rechazar o, si es posible, romper al enemigo. Si es necesario formar la cuña o la pinza, debe hacerse con las tropas sobrantes estacionadas en la retaguardia con tal propósito. Si se va a formar la sierra, también se hará con las reservas, pues si comenzáis a quitar hombres del frente los llevaréis a todos a la confusión. Si cualquier pelotón del enemigo cae sobre vuestro flanco o cualquier otra parte de vuestro ejército, y no tenéis tropas sobrantes para oponérseles o si pretendéis destacar caballería o infantería de vuestro frente para tal servicio, por tratar de defender una parte expondréis a la otra a un peligro mayor. En ejércitos no muy numerosos, es mucho mejor acortar el frente y tener reservas fuertes. En resumen, debéis tener una reserva de buena infantería, bien armada, cerca del centro para formar la cuña y penetrar así la línea enemiga; y también cuerpos de caballería armadas con lanzas y corazas, junto a infantería ligera, cerca de las alas, para rodear los flancos del enemigo.

XVIII – El lugar del general y del segundo y tercero al mando

El lugar del comandante en jefe está, generalmente, a la derecha, entre la caballería y la infantería. Desde este lugar puede dirigir mejor los movimientos de todo el ejército y mover las unidades con la mayor facilidad a donde lo considere necesario. Es también el sitio más conveniente para dar sus órdenes tanto a la caballería como a la infantería y para animarles por igual con su presencia. Es su obligación rodear el ala izquierda enemiga, que se le opone, con sus reservas de caballería e infantería ligera y atacarles por su flanco y retaguardia. El segundo al mando se sitúa en el centro de la infantería para enardecerles y darles apoyo. Una reserva de buena infantería, bien armada, está cercana a él y bajo sus órdenes. Con esta reserva puede tanto formar la cuña para penetrar la línea enemiga como, si ésta forma antes la cuña, disponer la pinza para recibirles. El puesto del tercero al mando está a la izquierda. Debe ser un oficial prudente e intrépido; esta parte del ejército es difícil de manejar e imperfecta por su ubicación en el frente. Así pues, ha de disponer una reserva de buena caballería y rápidos infantes que le permitan siempre extender su flanco izquierdo de tal manera que no pueda ser rodeado.

No se debe lanzar el grito de guerra hasta que hayan chocado ambos ejércitos, pues es señal de ignorancia y cobardía lanzarlo a distancia. Es mucho mayor el efecto sobre el enemigo cuando son alcanzados al mismo tiempo por el terror que produce el grito de guerra y las puntas de las armas.

Debéis tratar siempre de formar vuestro ejército antes que el enemigo, pues así podréis tomar vuestras propias disposiciones sin obstrucción. Esto incrementará el valor de vuestras propias tropas e intimidará a las de vuestro adversario. Pues la superioridad en el valor parece estar implícita en aquel ejército que ofrece batalla, mientras que las fuerzas que ven atacar primero al enemigo se vuelven temerosas. Os habréis de asegurar de otra gran ventaja, que es marchar en orden y caer sobre ellos mientras están formando y aún en confusión. Parte de la victoria consiste en poner desorden en el enemigo antes de enfrentaros a él.

XIX – Cómo resistir a los ataques enemigos

Un general capaz nunca pierde una oportunidad favorable de sorprender al enemigo, sea cuando está cansado por la marcha, dividido al cruzar un río, entorpecido por cenagales, estrechado por desfiladeros de montaña, dispersos sobre el terreno al creerse seguros o durmiendo en sus cuarteles. En todos estos casos, los adversarios resultan sorprendidos y destruidos antes de que tengan tiempo de ponerse en guardia. Pero si son demasiado precavidos como para ofreceros la oportunidad de sorprenderlos, estaréis obligados entonces a enfrentaros en campo abierto y en igualdad. Ahora esto es ajeno al asunto que nos ocupa. Sin embargo, la habilidad militar es tan necesaria en las batallas campales como en la guerra mediante subterfugios y estratagemas.

Nuestro primer cuidado es asegurar que el enemigo no rodee el ala izquierda o derecha, aunque esto sucede menos, para que no lo rodee ni lo ataque de flanco o por la retaguardia con unidades volantes llamadas drungos, una desgracia que a veces sucede. Sólo hay un remedio para esto: rotar hacia atrás vuestro flanco. Con esta maniobra, vuestros soldados darán frente al enemigo y protegerán la espalda de sus camaradas. Y vuestros mejores hombres se han de colocar en los ángulos de los flancos, pues contra tal lugar hace el enemigo sus mayores esfuerzos.

Hay también un método para resistir la cuña, cuando la forme el enemigo. La cuña es una disposición de un cuerpo de infantería que se ensancha gradualmente hacia atrás en la base y termina en punta hacia el frente. Penetra la línea enemiga con una multitud de armas arrojadizas lanzadas hacia el mismo punto. Los soldados la llaman caput porcinum27. Para oponerse a esta maniobra, se ha inventado otra llamada la pinza, que semeja la letra V, compuesta de un cuerpo de hombres en orden cerrado. Recibe la cuña, la encierra por ambos lados y así evita que el frente propio sea penetrado.

La sierra es otra disposición, formada por soldados decididos, que se envía a reparar una línea rota y desordenada por el enemigo. El pelotón, o globus, es un cuerpo de hombres separados del frente para rondar por ambos flancos y atacar al enemigo cuando encuentren la ocasión. Contra éste, hay que destacar un globus más numeroso y fuerte.

Por encima de todo, un general nunca debe intentar alterar sus formaciones o deshacer su orden de batalla durante el combate, pues tal alteración producirá desorden y confusión de inmediato y el enemigo no dejará de aprovecharse de ello.

XX – Cómo dar batalla y ganar con menos soldados y menos fuertes

Un ejército puede adoptar siete formaciones distintas para la batalla: La primera formación es un rectángulo de amplio frente, de uso común tanto en tiempos antiguos como modernos, aunque no se la considera como la mejor por varios expertos, pues no siempre se puede encontrar un terreno lo bastante llano para adoptarlo y si se produce cualquier irregularidad o hueco en la línea resulta a menudo penetrado por tal parte. Además, un enemigo superior en número puede rodear su ala derecha o izquierda, la consecuencia de lo cual es muy peligrosa a menos que tengáis un cuerpo de reserva listo para avanzar y sostener su ataque. Un general debe emplear esta disposición sólo cuando sus fuerzas sean mejores y más numerosas que las del enemigo, estando por lo tanto en su voluntad atacar tanto los flancos y rodearlos por cada lado.

La segunda y mejor disposición es la oblicua. Aunque vuestro ejército no tenga muchas fuerzas, si se las sitúa bien y con ventaja, esta disposición puede permitiros obtener la victoria, no obstante el número y valor del enemigo. Es como sigue: Conforme los ejércitos marchan para el ataque, vuestra ala izquierda se debe mantener retrasada a cierta distancia de la derecha enemiga para quedar fuera del alcance de sus dardos y flechas. Vuestra ala derecha avanzará oblicuamente sobre la izquierda enemiga y comenzará el combate. Y debéis tratar, con vuestra mejor caballería e infantería, de rodear el ala con la que lucháis, hacerla huir y caer sobre el enemigo por la retaguardia. Una vez que huyen, si el ataque es adecuadamente secundado, sin duda obtendréis la victoria mientras vuestro flanco izquierdo, que seguirá a distancia, permanecerá indemne. Un ejército formado de tal manera, guarda cierta semejanza con la letra A o una escuadra de albañil. Si el enemigo se os adelanta a esta maniobra, se recurrirá a la caballería e infantería situadas en reserva, a retaguardia, como ya dije. Debe ordenárseles apoyar vuestro flanco izquierdo. Esto os permitirá oponer una vigorosa resistencia contra el artificio del enemigo.

La tercera formación es como la segunda, pero no tan buena, pues os obliga a comenzar el ataque con vuestra ala izquierda sobre la derecha enemiga. Los esfuerzos de los soldados de la izquierda son más débiles e imperfectos por su situación expuesta y difícil en la línea. Expondré esta formación con más claridad. Aunque vuestra ala izquierda pueda ser mucho mejor que la derecha, debe ser todavía reforzada son alguna de la mejor caballería e infantería y ordenársele comenzar el combate con la derecha enemiga para desordenarla y rodearla tan rápidamente como se pueda. Y la otra parte de vuestro ejército, compuesta por tropas peores, debe quedar a tal distancia de la izquierda enemiga que no pueda ser herida por sus dardos o en peligro de ser atacada cuerpo a cuerpo. En esta formación oblicua, se ha de poner cuidado de que la línea no sea penetrada por las cuñas del enemigo y sólo se debe emplear cuando el ala derecha enemiga es débil y vuestra mayor fortaleza resida en el ala izquierda.

La cuarta formación es ésta: Conforme vuestro ejército está marchando para atacar en orden de batalla y llegáis a cuatrocientos o quinientos pasos del enemigo, debéis ordenar de repente a vuestras alas que aceleren el paso y avancen con rapidez. Cuando se vean atacados por ambas alas al mismo tiempo, la sorpresa les desconcertará tanto que os dará una fácil victoria. Pero aunque este método, si vuestras fuerzas son expertas y resolutivas, puede destruir en seguida al enemigo, es todavía peligrosa. El general que la intenta está obligado a abandonar y exponer su centro y a dividir su ejército en tres partes. Si el enemigo no es obligado a huir con la primera carga, tendrá una clara oportunidad de atacar las alas que están separadas entre sí y el centro, que no tendrá ayuda.

La quinta formación es parecida a la cuarta pero con este añadido: La infantería ligera y los arqueros se forman delante del centro para cubrirlos de los intentos del enemigo. Con esta precaución el general puede seguir con seguridad el método arriba mencionado y atacar la izquierda enemiga con su ala derecha y su izquierda con el flanco derecho. Si les hace huir, obtiene una victoria inmediata y si fracasa su centro no queda en peligro, estando protegido por la infantería ligera y los arqueros.

La sexta formación es muy buena y casi tanto como la segunda. Se emplea cuando el general no puede confiar en el número o valor de sus tropas. Si se hace con juicio, no obstante su inferioridad, tiene a menudo una buena ocasión para vencer. Conforme vuestra línea se aproxima al enemigo, avanzaréis vuestra ala derecha contra su izquierda y comenzaréis el ataque con vuestra mejor caballería e infantería. Al mismo tiempo mantendréis el resto del ejército a gran distancia de la derecha enemiga, extendida en una línea recta como una jabalina. Así, si podéis rodear su izquierda y atacarles de flanco y por la retaguardia, inevitablemente les derrotaréis. Es imposible para el enemigo retirar refuerzos de su derecha o de su centro para sostener a su izquierda en esta emergencia, pues la parte restante de vuestro ejército está extendida y a gran distancia de ellos, con forma de letra l. Es una formación empleada a menudo en combates sobre la marcha.

La séptima formación obtiene su ventaja de la naturaleza del terreno y os permitirá enfrentar un enemigo con un ejército inferior tanto en número como en fortaleza, apoyado uno de vuestros flancos en una altura, el mar, un río, un lago, una ciudad, un pantano o terreno quebrado inaccesible al enemigo. El resto del ejército debe formarse, como siempre, en una línea recta y el flanco no asegurado debe estar protegido por vuestras tropas ligeras y toda vuestra caballería. Defendido suficientemente por un lado por la naturaleza del terreno y por el otro por el doble apoyo de la caballería, podréis aventuraros al combate con seguridad.

Se debe observar una regla general y excelente. Si tratáis de combatir sólo son vuestra ala derecha, ésta debe estar compuesta por vuestras mejores tropas. E igual vale para la izquierda. O si tratáis de penetrar la línea enemiga, las cuñas que forméis con éste propósito delante de vuestro centro han de estar compuestas por los soldados más disciplinados. La victoria, en general, es obtenida por un pequeño número de hombres. Así pues, la sabiduría de un general se muestra solamente con la disposición y elección de tales hombres, como los más adecuados con la razón de su empleo.

XXI – La huida del enemigo no debe ser impedida, sino facilitada

Los generales poco avezados en la guerra creen una victoria incompleta a menos que el enemigo esté tan encerrado en su terreno o tan rodeado por el número que no tenga posibilidad de escapar. Pero en tal situación, donde no queda esperanza, el propio miedo armará al enemigo y la desesperación le inspirará valor. Cuando los hombres se encuentran inevitablemente perdidos, resuelven morir con sus camaradas y con las armas en las manos. La máxima de Escipión, que se debe tender un puente de oro al enemigo que huye28, debe ser muy encarecida. Pues cuando tienen una vía de escape no piensan en otra cosa más que en salvarse huyendo y la confusión se generaliza, haciéndose gran carnicería de ellos. Los perseguidores no estarán en peligro al desprenderse los vencidos de sus armas para huir mejor. En tal caso, cuanto mayor sea el número del ejército que huye, mayor será la matanza. La cantidad no tiene importancia cuando las tropas han caído en la desmoralización y están igualmente aterrorizadas por la visión del enemigo y la de sus armas. Por el contrario, los hombres encerrados, por débiles que estén o pocos que sean, se vuelven un problema para su enemigo al entender que no tienen más recurso que la desesperación. Así, según la máxima de Virgilio, “La seguridad del vencido es la esperanza de no haberla”.

XXII – Modos de rehusar batalla, si no conviene

Habiendo repasado algunos de los particulares referidos a las batallas campales, queda ahora explicar la manera de retirarse en presencia del enemigo. Ésta es una operación que, a juicio de hombres de gran capacidad y experiencia, ha de atenderse con gran cuidado. Un general verdaderamente desmoraliza a sus propias tropas y anima a sus enemigos si retira sus fuerzas del campo de batalla sin luchar. Pero si esto debe hacerse algunas veces, será adecuado considerar cómo ejecutarlo con seguridad.

En primer lugar, vuestros hombres no han de pensar que os retiráis o que rehusáis el combate, sino creer que vuestra retirada es un engaño para tender una emboscada al enemigo, o para llevarle a una posición ventajosa donde podáis derrotarle más fácilmente si os sigue. Las tropas que perciben que su general no confía en el éxito están prontas a huir. Debéis ser cuidadoso para que el enemigo no descubra que os retiráis y caiga sobre vosotros. Para evitar este peligro, la caballería se sitúa delante de la infantería para encubrir sus movimientos y retrasar los del enemigo. Las primeras divisiones se retiran en primer lugar, las otras les siguen por turnos. La última mantiene el terreno hasta que el resto se ha marchado y después rompen filas y se juntan con ellos pausada y regularmente. Algunos generales han juzgado mejor ejecutar su retirada durante la noche, tras reconocer sus rutas, y así ganar tanto terreno al enemigo que, al no descubrir éste su retirada hasta el romper del día, no les puede seguir de cerca. La infantería ligera, además, se envía por delante para ocupar las alturas bajo las que el ejército se retirará con seguridad; y el enemigo, en el caso de que nos persiga, estará expuesto a la infantería ligera, dueños de las alturas y secundada por la caballería.

Una huida repentina y poco meditada expone a un ejército al mayor riesgo posible, como caer en emboscadas a manos de tropas dispuestas para ello. Pues la temeridad de un ejército se incrementa y su precaución disminuye al perseguir a un enemigo que huye; ésta es la oportunidad más favorable para tales artimañas. Cuanto mayor sea la seguridad sentida, mayor será el peligro. Las tropas, cuando no están dispuestas, cuando están comiendo, cansadas tras una marcha, cuando sus caballos están pastando y, en resumen, cuando se creen más seguros, pueden sufrir más fácilmente una sorpresa. Todos los peligros de esta clase deben ser cuidadosamente evitados y todas las oportunidades de destrozar al enemigo con tales métodos, aprovechadas. Ni el número ni el valor sirven en tales infortunios.

Un general que ha sido derrotado en una batalla campal, aunque la habilidad y la conducta tengan la mayor parte de la importancia, puede en su defensa apelar a la mala fortuna. Pero si ha sido sorprendido, o conducido a tales trampas por el enemigo, no tiene excusa alguna, pues debía haber tomado las prevenciones adecuadas o haber usado espías de cuyos informes pudiera fiarse.

Cuando el enemigo persigue a un adversario que se retira, se suele emplear el siguiente truco: Se ordena a un pequeño cuerpo de caballería que le persiga al descubierto. Al mismo tiempo, se manda secretamente un destacamento más fuerte por otra ruta para ocultarse en el camino. Cuando la caballería ha alcanzado al enemigo, lanza ataques de distracción y se retira. El enemigo, creyendo que el peligro ha pasado y que ha escapado de la trampa, descuida su orden y marcha sin regularidad. Entonces, el destacamento enviado a interceptarle, aprovechando la oportunidad, cae sobre ellos de improviso y les destruye con facilidad.

Muchos generales, al verse obligados a retirarse por bosques, envían por delante partidas para tomar los desfiladeros y pasos difíciles, para evitar emboscadas y bloquear los caminos con barricadas de árboles cortados para impedir ser perseguidos y atacados por la retaguardia. En resumen, ambas partes tienen posibilidades de tender emboscadas al adversario durante su marcha. El ejército que se retira deja tropas tras él con tal propósito, situadas en valles convenientes o montañas cubiertas de bosques; y si el enemigo cae en la trampa, vuelve de inmediato en su ayuda. El ejército que persigue destaca varios grupos de infantería ligera para ir por delante y, por otros caminos, interceptar al enemigo quien así se ve sorprendido y atacado tanto al frente como a la retaguardia. El ejército que huye puede volverse y caer sobre el enemigo mientras duerme por la noche. Y el ejército perseguidor puede, aunque la distancia sea grande, sorprender a su adversario con marchas forzadas. El primero intento puede darse al cruzar un río, para destruir a la parte del ejército enemigo que ya ha cruzado. Los perseguidores pueden apresurar su marcha para caer sobre las unidades del enemigo que aún no hayan cruzado.

XXIII – Camellos y caballería pesada29

No pocas naciones entre las antiguas llevaron en formación camellos, y los urcilianos en África o los demás maziques hoy los llevan. Con todo se recuerda que esa raza de animales, apta para las arenas y para soportar la sed, encuentra incluso los caminos confundidos por el viento entre el polvo y sin errores. Por lo demás, excepto por su novedad, si no se está acostumbrado a verlos, son ineficaces para la guerra. Los catafracti30, a salvo de las heridas por las protecciones que llevan, pero fáciles de capturar y expuestos frecuentemente a las emboscadas por causa de la impedimenta y del peso de las armas, mejores en la lucha contra la infantería dispersa que contra la caballería, sin embargo rompen la formación de los enemigos, o puestos delante de las legiones o mezclados con los legionarios, cuando se lucha de cerca, esto es mano a mano.

XXIV – Defensa contra carros con guadañas y elefantes

Los carros armados de guadañas fueron empleados en la guerra por Antíoco y Mitrídates y aterrorizaron al principio a los romanos, pero después éstos los tomaron a broma. Como un carro de este tipo no siempre encuentra un terreno llano y nivelado, la menor obstrucción los detiene. Y si uno de los caballos resulta herido o muerto, cae en manos enemigas. Los soldados romanos los volvieron inútiles por medio de la siguiente contramedida: en el momento de empezar el combate, esparcían por el campo de batalla abrojos, y los caballos que tiraban de los carros, corriendo a toda velocidad sobre ellos, resultaban infaliblemente heridos. Un abrojo es una máquina compuesta por cuatro pinchos dispuestos de manera que, al ser arrojados, descansaban sobre tres de ellos y presentaba el cuarto hacia arriba.

Los elefantes, por su gran tamaño, horrible bramido y la novedad de su forma, resultaron al principio muy terribles contra los romanos en Lucania, llevados por Pirro. Y después Aníbal los llevó con él a la batalla en África. Antíoco en el oriente y Yugurta en Numidia tenían gran número de ellos. Muchos artificios se han usado contra ellos. En Lucania, un centurión cortó la trompa de uno con su espada. Dos soldados armados de pies a cabeza en un carro tirado por dos caballos, también cubiertos por armadura, atacaron tales bestias con lanzas de gran longitud31. Habían cubierto, con sus armaduras, de los arqueros de los elefantes y evitaron la furia de los animales por la agilidad de sus caballos. Soldados de infantería, con armaduras completas y largos pinchos de hierro fijados a sus brazos, hombros y escudos para precaverse de la trompa de los elefantes, se emplearon también contra ellos.

Pero fueron los vélites, entre los antiguos, quienes generalmente se enfrentaban a ellos. Eran soldados jóvenes, armados ligeramente, rápidos y muy expertos en arrojar sus armas desde las ancas de los caballos. Tales tropas se mantenían rondando los elefantes contínuamente y matándoles con lanzas largas y jabalinas. Después, los soldados, al disminuir la aprehensión, les atacaban en el cuerpo y, arrojando juntos sus jabalinas, les destruían por la multitud de heridas. Honderos con piedras redondas, disparadas con hondas y fustibalis, mataban tanto a los hombres que los guiaban como a los soldados que luchaban desde las torres sitas en sus espaldas. La experiencia mostró que éste era el mejor y más seguro sistema. Otras veces, al aproximarse tales bestias, los soldados abrían sus filas y les dejaban pasar a través de ellas. Cuando estaban en medio de las tropas, que les rodeaban por todas partes, eran capturados con sus guardias indemnes.

Grandes balistas, sobre carros tirados por dos caballos o mulas, se colocaban a retaguardia del frente, de modo que cuando los elefantes se ponían a tiro podían ser traspasados con dardos. La balista debía ser más grande, y las cabezas de los dardos más fuertes y anchas de lo normal, para que los dardos alcanzaran más lejos, con más fuerza y que las heridas fueran proporcionales al tamaño de las bestias. Era necesario describir tales métodos para enfrentarse a los elefantes, para que sea conocido si se da la ocasión de tener que enfrentarse a tan prodigiosos animales.

XXV – Recursos en caso de derrota

Si mientras una parte de vuestro ejército vence, la otra es derrotada, no debéis desesperar pues aún en tal extremo la constancia y resolución de un general pueden lograr una victoria completa. Hay muchos ejemplos en que la parte que no desesperó consiguió vencer. Donde las pérdidas y ganancias son más o menos iguales, venció quien luchó contra sus desventajas con mayor resolución. Habéis de ser, pues, el primero en tomar el botín de los muertos y lanzar gritos de victoria. Tales signos de confianza desmoralizan al enemigo y redoblan el valor de los vuestros.

No obstante, aún en caso de una completa derrota, se han de intentar todos los remedios, pues muchos generales han sido lo bastante afortunados como para reparar tal pérdida. Un oficial prudente nunca arriesgará una batalla campal sin tomar aquellas precauciones que le prevengan contra pérdidas considerables en caso de derrota, pues la incertidumbre de la guerra y la naturaleza de las cosas pueden hacer tal desgracia inevitable. La proximidad de una montaña, un puesto fortificado en la retaguardia o una resistencia decidida a cargo de un buen cuerpo de tropas que cubran la retirada pueden significar la salvación del ejército.

Un ejército, tras ser derrotado, a veces se ha recuperado, vuelto sobre el enemigo y lo ha derrotado persiguiéndolo con orden y destruyéndolo sin dificultad. No pueden estar los hombres en mayor peligro que cuando, en medio de la alegría de la victoria, su exultación se ha convertido de repente en terror. Como quiera que suceda, los restos del ejército han de ser inmediatamente reagrupados, reanimados por exhortaciones convenientes y provistos con nuevas remesas de armas. Se han de hacer inmediatamente nuevas reclutas y proveer nuevos reemplazos. Y es de la mayor conveniencia aprovechar toda oportunidad de sorprender a los enemigos victoriosos, llevarles a trampas y emboscadas para, de esta manera, recuperar los ánimos decaídos de vuestros hombres. No han de ser difíciles de hallar tales oportunidades, pues está en la naturaleza humana el actuar con poca precaución y regocijo en la prosperidad. Si alguno cree que no queda recurso alguno tras la pérdida de una batalla, que reflexione sobre lo ocurrido en casos similares y verá que los que resultaron victoriosos al final fueron, a menudo, los que al principio parecían perdedores.

XXVI – Máximas generales de la guerra

Es la naturaleza de la guerra que lo que os resulta beneficioso va en desventaja del enemigo y que, lo que a él sirve, a vosotros os daña. Es, pues, una máxima, no nacer nunca, u omitir hacer, algo que le sirva sino atender siempre a vuestro propio interés. Os perjudicaréis si hacéis lo mismo que él hace en su propio beneficio. Por el mismo motivo, será malo para él imitaros en lo que ejecutáis en vuestro provecho.

Cuanto más acostumbradas estén vuestras tropas a las guardias del campamento en lugares de frontera y cuanto más disciplinadas sean, a menos riesgos estarán expuestas en el campo de batalla.

Los hombres han de estar suficientemente entrenados antes de llevarlos frente al enemigo.

Es mucho mejor derrotar al enemigo por hambre, sorpresa o terror que en batallas campales pues, en última instancia, la fortuna ha tenido a menudo más cuenta que el valor. Tales empeños resultan mejores cuando el enemigo los ignora completamente hasta el instante en que se ejecutan. En la guerra, se depende más a menudo de la casualidad que del valor.

Es de mucha utilidad atraerse a los soldados enemigos y estimularles cuando son sinceros en su rendición, pues un adversario resulta más debilitado por la deserción que por la muerte.

Es mejor tener varios cuerpos en reserva que extender demasiado vuestro frente.

Un general no será fácilmente derrotado si tiene una idea clara de sus fuerzas y de las del enemigo.

El valor es superior al número.

A menudo, vale más la elección del terreno que el valor.

Pocos hombres nacen valerosos; muchos lo son por la fuerza de la disciplina.

Un ejército se fortalece con el trabajo y se debilita con la inacción.

No se han de conducir al combate las tropas sin confianza en la victoria.

Lo novedoso y la sorpresa llevan al enemigo al temor, pero lo conocido no le afecta.

Quienes persiguen desordenadamente a un enemigo que huye, parece rehusar la victoria que antes había ganado.

Un ejército sin suministros de grano y otras provisiones necesarias será vencido sin lucha.

Un general cuyas tropas sean superiores tanto en número como en valor, luchará en formación de rectángulo oblongo, que es la primera formación.

Quien se juzgue inferior debe avanzar su ala derecha oblicuamente contra la izquierda enemiga. Ésta es la segunda formación.

Si vuestra ala izquierda es más fuerte, debéis atacar la derecha enemiga conforme a la tercera formación.

El general que pueda confiar en la disciplina de sus hombres debe empezar el combate atacando enseguida los flancos enemigos; ésta es la cuarta formación.

El que tenga buenas tropas de infantería ligera, la formará delante de su centro y cargará sobre los flancos enemigos enseguida. Ésta es la quinta formación

Quien no pueda fiar en el valor o número de sus tropas, si está obligado a combatir, debe empezar la lucha con su ala derecha y tratar de romper la izquierda enemiga; el resto del ejército permanecerá formada en una línea perpendicular al frente y extendido hacia la retaguardia, como una jabalina. Esta es la sexta formación.

Si vuestras fuerzas son pocas y débiles en comparación con el enemigo, debéis usar la séptima formación y cubrir uno de vuestros flancos por una altura, una ciudad, el mar, un río o alguna protección de tal índole.

Un general que tiene buena caballería debe elegir el terreno adecuado a ella y emplearla principalmente en el combate.

Quien tenga una buena infantería debe escoger la situación más adecuada a ella para servirse de todas sus ventajas.

Si en el campamento se introduce algún espía, ordenad a todos vuestros soldados que se introduzcan en sus tiendas y lo aprehenderéis de inmediato.

Si veis que el enemigo conoce vuestros planes, cambiadlos inmediatamente.

Consultad con muchos las medidas que se hayan de tomar, pero comunicad a pocos los planes que queréis ejecutar y que éstos sean de la mayor fidelidad o, aún mejor, no lo digáis a nadie.

El castigo y el miedo son necesarios para mantener el orden de los soldados en el cuartel; pero en el campo de batalla se les estimula más con la esperanza y la recompensa.

Los buenos oficiales nunca combaten en batallas campales a menos que se les presente una oportunidad o les obligue la necesidad.

Derrotar al enemigo por hambre antes que por la espada es una muestra de habilidad excelente.

Muchas normas se pueden dar respecto a la caballería. Pero, pues que esta arma ha crecido en perfección desde los antiguos escritos y se han hecho considerables mejoras en sus formaciones y maniobras, en sus armas y en la calidad y manejo de sus caballos, nada se puede obtener de sus escritos. Nunca disciplina actual es bastante.

El orden de combate debe ser cuidadosamente ocultado al enemigo, para que no pueda precaverse contra aquel y tomar sus propias medidas.

Este compendio de los más eminentes escritores militares, Invencible Emperador, contiene las máximas e instrucciones que nos han dejado los autores antiguos, probados en varias épocas y confirmados en repetidas experiencias. Los persas admiran vuestra habilidad como arquero, los hunos y alanos tratan en vano de imitar vuestra destreza como jinete, los sarracenos e indios no pueden igualar vuestra rapidez en la carrera, y aún los maestros de armas tratan de aprehender alguna parte de vuestra sabiduría y experiencia, de las que habéis dado tantos ejemplos con Vuestra propia actividad. ¡Qué glorioso, así pues, resulta Vuestra Majestad, con tantas virtudes unidas al conocimiento del arte de la guerra y de la conquista, y que maravilla al Imperio con su conducta y valor tanto ejecutando los deberes del soldado como los del general!.


Libro IV

Guerra de asedio y fortificación de ciudades.

Prefacio al libro IV

Es gracias al establecimiento de pueblos y ciudades que el hombre grosero y salvaje de los orígenes del mundo se distinguió de las bestias salvajes y de los animales en general. El bien común hizo nacer el nombre de república. Es por esto que las naciones más poderosas y los príncipes que reciben su título del mismo Dios, no han podido imaginar mayor gloria que fundar ciudades o dar su propio nombre a otras ya fundadas, a la vez que las engrandecen. Es en esto en lo que Vuestra Serenidad se lleva la palma. Otros príncipes han trabajado con pocas ciudades o incluso en una sola; vuestra Piedad, por sus continuos trabajos, ha llevado a un número inmenso a un punto tal de perfección que menos parecen erigidas por la mano de los hombres que por la voluntad del cielo.

Vuestra felicidad, vuestra moderación, la pureza de vuestras costumbres, vuestra ejemplar clemencia, vuestro amor por las cosas del espíritu, os colocan por encima de todos los emperadores. Contemplamos los bienes que nos vienen de vuestra virtud y vuestro reino; poseemos lo que era deseado en los siglos precedentes y lo que la posteridad querría ver durar para siempre. Nos felicitamos, con todo el universo, de haber recibido todo lo que los deseos humanos pueden pedir y todo lo que la bondad divina les puede conceder. Nada demuestra mejor la utilidad de las fortificaciones, y la sabiduría de las ideas de vuestra Majestad en las grandes obras que ha encargado, que el ejemplo de Roma misma, que en otros tiempos debió la salud de sus ciudadanos a la defensa del Capitolio: un solo fuerte salvó a esta ciudad, destinada al imperio de todo el mundo. El ataque y la defensa de las plazas son pues un tema muy importante, que entra necesariamente en la obra que he empezado por orden de vuestra Majestad. Voy a tratarlo metódicamente, según los diferentes autores que han escrito sobre el mismo; no me quejaré por hacer un trabajo que puede contribuir tanto a la utilidad pública.

I – De la fortificación natural y artificial de las plazas

Las plazas y castillos son fuertes bien por la naturaleza, bien por el arte, y mejor aún cuando lo son por la una y por el otro: por la naturaleza, cuando se asientan sobre lugar elevado o escarpado, rodeado de mar, de marismas o de ríos; por el arte cuando se los rodea de murallas y de fosos. Es mejor y más seguro aprovechar las ventajas naturales del lugar cuando se trata de construir una plaza, pues si se las olvida, todo se ha de basar en la industria y el trabajo. Sin embargo se encuentran antiguas plazas dispuestas en llanuras abiertas, que a pesar de ello se han convertido en inexpugnables a fuerza de trabajos y arte.

II – De la necesidad de construir las murallas con ángulos y no en línea recta

Nuestros antepasados ya vieron que no se debía hacer el cercado de una plaza en una línea continua, a causa de los arietes que abrían brechas con toda facilidad; pero por medio de torres erigidas en las murallas, muy cercanas entre sí, las murallas presentaban salientes y entrantes. Si los enemigos querían colocar escalas o acercar máquinas contra una muralla de esa construcción, se les veía de frente, de lado y casi que por detrás; así se encontraban como rodeados en medio de las baterías de la plaza, que les fulminaban.

III – De cómo se debe usar en la muralla la tierra extraída del foso

Esta es la manera de construir la muralla para dotarla de la máxima fuerza: Se construyen dos muros paralelos a veinte pies de distancia uno del otro; en este espacio, que será el espesor de la muralla, se tira la tierra que se extraiga del foso, y se compacta a fuerza de golpes. Los dos muros no se elevan a la misma altura: el que mira hacia el interior de la plaza debe ser mucho más bajo que el otro, a fin de poder construir una pendiente suave y cómoda para subir desde el pueblo a sus defensas.

Es difícil para un ariete derribar un muro que está sostenido por tierras; y si por azar derriban las piedras de la muralla, esta masa de tierras compactas aún resistirá sus golpes como si de una verdadera muralla se tratara.

IV – De rejas y puertas y de cómo protegerlas del fuego

Se trata de cómo proteger las puertas del fuego que se les pueda lanzar. Para conseguirlo, se deben cubrir de pieles frescas o de planchas de hierro; pero estas soluciones no son tan buenas como la de nuestros antepasados, que consistía en añadir delante de la puerta un espacio, en la entrada del cual se coloca una reja colgada de sogas o cadenas de hierro: si los enemigos intentan entrar, la reja cae sobre ellos, los encierra y los libra a los asediados. Es necesario, sin embargo, construir la muralla sobre la puerta con matacanes, para poder lanzar agua sobre ella si el enemigo consigue prenderle fuego.

V – De los fosos

Es necesario construir fosos delante de las plazas, muy anchos y profundos, para que los asediadores no puedan llenarlos fácilmente, y para que las aguas de los mismos, filtrándose en sus minas, les impidan continuarlas. La profundidad de los fosos y sus aguas son los mayores obstáculos para esos trabajos subterráneos.

VI – De cómo protegerse de las flechas de los asediadores

Es muy de temer que la gran cantidad de flechas que los asaltantes pueden lanzar haga abandonar las murallas y les facilite escalar hasta la plaza, así que la mayoría de la guarnición debe tener grandes escudos y armaduras completas; y para protegerlos aún mejor, se deben tender sobre las murallas lienzos de tela y mantas de crin. Esta doble protección flotante amortigua el impacto de las flechas, y difícilmente las deja pasar.

Se ha de añadir a todo esto la invención de las metellas, que son cajas de madera llenas de piedras; se colocan a lo largo de los parapetos con un arte tal que los asaltantes, al subir por las escalas, no pueden tocarlas sin producir una lluvia de piedras sobre sus cabezas.

VII – De los medios por los que los asediados pueden evitar el hambre

En su momento hablaremos de los diferentes métodos de ataque y defensa; pero antes es necesario saber que hay dos maneras, en general, de atacar una plaza: la primera, tomándola por la fuerza, por medio de asaltos; la segunda cuando, después de haber sitiado la plaza, se desvían las fuentes de agua de los sitiados, y se les corta la provisión de víveres, para conseguir su rendición por el hambre; y es la manera más fácil de desmoralizar a los sitiados, sin correr riesgo alguno. Para no correr este riesgo, es necesario a la más mínima sospecha de las intenciones de enemigo, transportar a la plaza todos los víveres que se puedan encontrar en el campo a fin de que los sitiados puedan tener más incluso de lo necesario, y que la escasez obligue a los enemigos a retirarse. Es adecuado salar no solamente los cerdos sino también todos los animales que no puedan mantenerse vivos en un espacio cerrado, para proporcionar carne a los sitiados. La volatería es necesaria para los enfermos y se alimenta con poco gasto en la plaza. Es imprescindible reunir todo el forraje posible y quemar todo lo que no se pueda llevar. Se deben hacer también grandes provisiones de vino, vinagre, de frutas y legumbres de todos los tipos, y no dejar nada que pueda ser de utilidad para el enemigo. Se debe tener gran cuidado de los jardines públicos y particulares, pues son muy útiles en esas circunstancias.

Pero de nada sirve reunir gran cantidad de alimentos si la distribución de los mismos no se hace desde el principio con sabiduría. Aquellos que han vivido en una economía de la abundancia nunca han estado expuestos al hambre. A menudo se ha hecho salir de una plaza sitiada a las mujeres, los niños y los ancianos por temor a que la escasez de víveres forzara a la guarnición a rendirse.

VIII – Del aprovisionamiento de municiones para la defensa de las plazas

Se debe hacer provisión de betún, azufre, pez líquida, y ese aceite al que llaman incendiario para quemar las máquinas del enemigo. Se debe guardar en los almacenes suficiente hierro y acero, junto con carbón, para fabricar armas, y madera preparada para fabricar astas de todo tipo y manera. Se deben recoger de las riveras todo tipo de piedras redondas, pues son más pesadas y se lanzan mejor. Estos cantos se amontonan en las torres y murallas, los más pequeños para ser lanzados a mano o con la honda o el fustibal (honda con asta), los medianos para ser lanzados con los onagros (catapultas); y se colocan los mayores y más redondos a lo largo de los parapetos, para aplastar a los asaltantes y destrozar sus máquinas. También se construyen grandes ruedas de madera verde, o bien se cortan grandes cilindros de los troncos de los árboles más gruesos, pulidos para que puedan rodar bien. Estas masas, dejadas caer por su propio peso sobre los escombros de las brechas de las murallas, derriban a los enemigos y producen temor por doquier. También es necesario tener en el almacén postes, maderos y clavos de todos los tamaños; pues la única manera de enfrentarse a las máquinas de los asaltantes es con otras máquinas, sobre todo cuando se trata de aumentar rápidamente la altura de murallas y parapetos para no ser dominados por las torres móviles de los asediantes.

IX – De lo que se debe hacer cuando fallan las cuerdas de las máquinas

Es necesario prestar una atención particular a dotarse de cuerdas de nervios (tendones): Los onagros, las balistas y las otras máquinas no sirven para nada si no son armadas con cuerdas de este tipo. Algunos aseguran sin embargo que las cuerdas de crin de caballo sirven igualmente; y está fuera de toda duda, sobre todo por la experiencia práctica que tuvieron los romanos en un caso de urgencia, que los cabellos de mujer no tienen menor fuerza. En el sitio del Capitolio, las máquinas estaban desarmadas a fuerza de usarlas, y carecían totalmente de cuerdas de nervios, las damas hicieron donación de sus cabellos a los maridos, que rearmaron las máquinas y rechazaron vigorosamente a los enemigos: loable sacrificio, que preservó la libertad de esas damas virtuosas y la de sus esposos. También es necesario hacer acopio de mantas de pelo y pieles crudas, para cubrir las balistas y las otras máquinas.

X – De las maneras de impedir la falta de agua en la plaza

Es una gran ventaja para una plaza estar surtida en el interior de su cercado de fuentes que no se agoten. Cuando no se dispone de ellas, es necesario excavar pozos profundos y extraer el agua con cubos. Pero si el asedio se da en una fortaleza erigida en terreno montañoso, o en terreno seco o rocoso como suele ocurrir, se deben buscar vías de agua más bajas, fuera del cerco de la plaza, y se las protege con las baterías de las murallas y de las torres para asegurar la comunicación. Y si la fuente está fuera del alcance de nuestras armas, pero a nivel inferior y del lado de la plaza, es necesario construir entre la plaza y la fuente un pequeño fuerte, que se suele llamar burgo, en el que se colocan balistas y arqueros para alejar a los enemigos y defender a las gentes enviadas para acarrear el agua. También se deben excavar grandes cisternas en todos los edificios públicos, y en gran parte de las casas particulares, para recoger las aguas de lluvia. Por lo demás, la sed raramente ha hecho caer una plaza, por poca agua que haya disponible, siempre que los asediados solo la usen para beber.

XI – De cómo solucionar la falta de sal

Si se está asediado en una villa costera, y se agota la sal, se debe desviar el agua del mar por canales hasta estanques llanos, donde el calor del sol la reducirá a sal. Pero si el enemigo os impide recoger el agua, como puede llegar a pasar, se recogen las arenas que la tormenta haya acercado, y se lavan en agua dulce que la acción del sol convertirá también en sal.

XII – De cómo rechazar un primer asalto

Cuando se atacan plazas por la fuerza, el peligro es recíproco: sin embargo cuesta más sangre a los asediadores por los asaltos sangrientos que realizan, aunque los asediados sienten más el efecto del miedo. La violencia de los asaltantes amenazando con tomar la plaza, el aspecto aterrador de las tropas luchando bajo las murallas, el sonido de las trompetas, los gritos de los hombres, aterrorizan más cuanto menos acostumbrado se esté a ello. Entonces, si los asediados no están acostumbrados a los peligros, y se dejan sorprender por el primer asalto, se colocan las escalas y la villa puede darse por tomada. Pero si este primer asalto es soportado de forma rigurosa por gente aguerrida, el valor se crece también entre los asediados; el miedo desaparece y las dos partes acaban usando solamente la fuerza y el arte.

XIII – De las máquinas para atacar las plazas

Para tomar una plaza se puede usar: tortugas (testudos), carneros (arietes), guadañas, vineas (galerías cubiertas), manteletes, musculus (otro tipo de galerías) y torres. Voy a mostrar la forma de construir estas máquinas, junto con la manera de usarlas en el ataque y de resistirse a ellas en la defensa.

XIV – Del carnero, la guadaña y la tortuga

Se construye la tortuga con un armazón de tablones, y se la protege del fuego cubriéndola de cueros crudos, mantas de pelo o piezas de lana: la tortuga protege una viga armada en uno de sus extremos de un hierro ganchudo usado para arrancar las piedras de las murallas: entonces se llama guadaña a dicha viga, debido a la forma del hierro; o bien se la arma de una gran pieza de hierro, a la que se llama carnero, ya sea porque derriba las murallas por la dureza de su frente, o bien porque recula, a la manera de los carneros, para volver a golpear enseguida con más fuerza. La tortuga es llamada así también por su parecido al animal del mismo nombre. De la misma manera que la tortuga esconde la cabeza o la saca, esta máquina retira y vuelve a sacar la viga para golpear con más fuerza.

XV – De las vineas, el mantelete y el caballero

Antiguamente se llamaba Vineas a las galerías de aproximación, a las que los soldados dan hoy en día un nombre bárbaro (causias). Esta máquina se construye con una estructura de carpintería ligera, de siete pies de alto, ocho pies de ancho y dieciséis pies de largo, con un doble techo de tablas y planchas. Sus lados se cubren con un tejido de mimbres impenetrable a piedras y proyectiles; y por temor al fuego se cubre todo su exterior con cueros frescos o mantas de lana; se colocan varias de estas máquinas, unidas por el extremo, de forma que los asaltantes pueden avanzar a cubierto hasta el pie de las murallas, para minarlas. Los manteletes están hechos de carpintería ajustada y recubiertos de un tejido de mimbres, guarnecido de pieles frescas o piezas de lana. Se las colocan a placer, como carretas, por medio de tres pequeñas ruedas colocadas, una en el centro de la parte delantera, y las otras dos en los dos extremos traseros. Los asediadores acercan estos manteletes a las murallas; y desde esa protección desalojan a los defensores de las murallas a base de flechas, con las hondas y con proyectiles de todo tipo, para facilitar la escalada. El caballero es una plataforma que se va elevando por medio de maderas y tierra contra las murallas, para lanzar proyectiles hacia la plaza.

XVI – Del musculus

Llamamos musculus a unas pequeñas máquinas bajo las que los asaltantes rellenan el foso de la plaza con piedras, tierras y manojos que acercan hasta el mismo.; consolidan y aplanan el terreno para que las torres de asalto puedan acercarse a las murallas sin obstáculo alguno. Se les llama musculus por el nombre de un animal marino. Al igual que dicho pez sirve de guía a las ballenas, y les es de gran utilidad, a pesar de su diminuto tamaño, de la misma manera estas pequeñas máquinas destinadas al servicio de las grandes torres, caminan delante de ellas abriéndoles paso y franqueándoles el camino.

XVII – De las torres de asalto

Las torres son grandes construcciones de vigas y maderos, revestidas con cuidado de cueros crudos o mantas de lana para protegerlas del fuego del enemigo. Su anchura es proporcional a la altura, a veces tienen treinta pies en cuadrado, a veces cuarenta o cincuenta: pero su altura excede la de las murallas o las torres de piedra más altas. Están construidas con destreza sobre numerosas ruedas, que permiten mover estas masas prodigiosas. La plaza está en claro peligro cuando una de estas torres logra unirse a las murallas; sus pisos se comunican interiormente por escalas, y contiene en su interior diferentes máquinas para conquistar la villa. En el piso inferior hay un carnero (ariete) para abrir brecha en las murallas; el piso central tiene un puente hecho con dos armazones y rodeado de un parapeto. Este puente puede ser lanzado y colocado entre la torre y lo alto de la muralla y crea un pasillo por el que los soldados pueden penetrar en la plaza. La parte superior de la torre está ocupada por combatientes armados de lanzas, arcos y piedras para limpiar de defensores las murallas. Desde el momento en que llegamos a esta situación, la villa es tomada en poco tiempo. ¿Qué recurso les queda a los que se confían a la altura de sus murallas cuando de pronto ven una más alta sobre su cabeza…?

XVIII – De cómo prender fuego a una torre de asalto

Hay varias maneras de defenderse de estas temibles máquinas. Si los asediados tienen el coraje y la seguridad suficiente, pueden hacer una salida con tropas de élite; y después de rechazar al enemigo, pueden arrancar los cueros que cubren la torre y prenderle fuego: pero si la guarnición no osa arriesgarse a una salida, se pueden lanzar con grandes balistas unos proyectiles llamados malleolus u otros llamados falaricas que atraviesan los cueros y las coberturas, y llevan el fuego hasta las maderas. Los malleolus (martillitos) son una especie de flechas ardientes, que prenden fuego en todas las partes donde se clavan. La falarica es una especie de lanza armada con una gran punta, entre la cual y el asta se atan unas estopas empapadas de azufre, betún, resina y aceite incendiario. Este proyectil, lanzado por las balistas, atraviesa las coberturas de la torre, se clava en el cuerpo de la máquina y normalmente le prende fuego. Si se escoge un momento en que los asaltantes tengan la guardia baja, por medio de cuerdas se hace descender las murallas a unos cuantos hombres con linternas encendidas, y se les vuelve a subir después de que hayan prendido fuego a las máquinas.

XIX – De cómo aumentar la altura de las murallas

Los asediados, para no ser dominados y atacados por una máquina más alta que sus defensas, remontan la parte de muralla por donde la torre intenta acercarse; y eso se consigue con una construcción de piedra y cemento, de tierra o de ladrillo, o incluso de carpintería. Esas torres temibles dejan de serlo en cuanto se ven inferiores a las defensas que se les oponen. Pero los atacantes suelen emplear una treta para esto.

La máquina aparece de menor altura que las murallas de la plaza; y de hecho lo es, pero encierra en su interior una pequeña torreta invisible para los asediados, y que se hace subir por medio de cuerdas y poleas en el momento adecuado; de pronto se eleva por encima de las defensas de la plaza y los soldados que hay en ella penetran en la villa.

XX – Del uso de minas para defenderse de las torres de asalto

A veces se colocan largas vigas revestidas de acero en el camino de las torres de asalto para alejarlas de las murallas. En el sitio de Rodas los asediadores habían construido una torre de asalto, muy superior en altura a las murallas y torres de la villa, pero un ingeniero imaginó un sistema para inutilizarla. Durante la noche excavó una galería subterránea que pasaba por debajo de las murallas de la plaza, llegando hasta un lugar por donde la torre debía pasar al día siguiente, en su camino hacia las murallas. Los enemigos, sin sospechar ningún artificio, condujeron la torre hasta el lugar minado. La galería no pudo soportar el peso enorme de la torre, y se hundió de manera que no fue posible retirar la torre del lugar. Tuvieron que dejarla allá, lo que salvó la plaza.

XXI – De las escalas, arpa, exostra y tollenon

En cuanto la torre de asalto llegaba a las murallas, los honderos con piedras, los arqueros, los manubalistarios y ballesteros con flechas y en general todos los hombres con armas arrojadizas, desalojaban a los asediados de los contrafuertes; y acto seguido se alzan las escalas: pero generalmente se está expuesto a la suerte de Capaneo, a quien se atribuye la invención de la escalada, y a quien los tebanos precipitaron tan violentamente que los poetas temieron que hubiese sido alcanzado por un rayo. Los asaltantes se sirven de otros medios para tomar la plaza, como por ejemplo el Arpa o puente colgante, la Exostra o pasarela extensible y el Tollenon o báscula. El Arpa es una especie de puente levadizo, llamado así por su parecido con el instrumento musical del mismo nombre: es un puente de estructura ligera, unido perpendicularmente a la torre, y es bajado por medio de cuerdas y poleas hasta alcanzar la muralla; e inmediatamente los soldados saliendo de la torre, y se lanzan sobre las murallas atravesando el pasadizo. La Exostra es el mismo puente que hemos descrito antes, y que se extiende desde la torre hasta la muralla. El Tollenon es una báscula hecha con dos grandes trozos de madera, la una bien plantada en tierra y la otra, mucho más larga, bien asentada al través en la punta de la primera, y en equilibrio de manera que cuando se baja uno de los extremos, el otro se eleva. En ese extremo se ata una caja de mimbre o madera con un puñado de soldados en su interior; y bajando el otro extremo, se les hace alcanzar la altura de las murallas.

XXII – De las Balistas, Onagros, Escorpios, Ballestas, Fustibales, Hondas, etc. Para defender la plaza

Los asediados oponen a las máquinas de asalto que acabamos de nombrar otras llamadas balistas, onagros, escorpios, ballestas, fustibales, hondas y flechas. La balista se monta con cuerdas de tendones; y dispara más lejos cuanto mayor es la longitud de sus brazos; siempre que haya sido construida según las proporciones dictadas por el arte, y servida por personal preparado que haya estudiado su alcance, puede atravesar todo lo que golpea. El onagro se usa para lanzar piedras; y según su tamaño y el grosor de las cuerdas de tendones, puede lanzar cuerpos más o menos pesados, con una violencia comparable al rayo. Estas dos máquinas son las más terribles de todas. Lo que hoy es llamado manubalista, era llamado antiguamente escorpio, porque esta máquina mata con dardos finos y delgados. Me parece superfluo describir el fustibal, la ballesta o la honda, armas suficientemente conocidas por el uso que se hace de ellas en la actualidad. Añado que en lo referente al onagro, las masas que lanza son de un peso suficiente para destrozar no solo a hombres y caballos sino también a las máquinas del enemigo.

XXIII – De los colchones, nudos corredizos, lobos y columnas pesadas contra el ariete

Hay varios medios de resistir el ataque de los arietes y hoces. Algunos bajan por medio de cuerdas unos colchones y mantas de lana, a lo largo de la muralla, por delante del lugar donde golpea el ariete, para amortiguar la violencia de los golpes. Otros enlazan la cabeza del ariete con nudos corredizos, tiran de ellos a fuerza de brazos desde lo alto de las murallas y consiguen volcar ariete y tortuga. Muchos cuelgan de cuerdas unos hierros dentados, a manera de pinzas, que se llama lobo, con el que agarran el ariete y lo levantan de manera que no pueda seguir su labor. Otras veces se tiran de lo alto de las murallas columnas y masas de piedras o mármol sobre los arietes para destrozarlos. Si a pesar de todo esto el ariete perfora la muralla, cosa que ocurre a menudo, la única solución posible es derruir las viviendas y construir otro muro interior, combatiendo a los enemigos sobre las murallas si intentan forzarlas.

XXIV – De las minas, sean para derruir las murallas, sean para penetrar la plaza

Hay otra manera, silenciosa y traicionera, de tomar las plazas: son las minas o conejeras, porque se parece a las galerías de los conejos. Se emplea un gran número de trabajadores para abrir la tierra, como hacen los mineros para sacar la plata y el oro de la tierra de los Besas32, pueblos industriosos en la excavación de minas de oro y plata, y se dirige hacia la villa una galería subterránea. Esta obra tiene dos usos posibles: o bien los asaltantes la hacen llegar hasta el interior de la plaza, se introducen de noche, sin que los asediados se aperciban, abran las puertas de la plaza a sus gentes y degüellen a los habitantes en el interior de sus casas; o bien cuando los mineros llegan a los cimientos de las murallas, los excavan a lo largo, por gran extensión, y los apuntalan con maderos secos, que rodean de sarmientos y diferentes materiales combustibles. Después de haber dispuesto las tropas para el asalto, se prende fuego al apuntalamiento y la muralla, hundiéndose de golpe, abre una larga brecha que permite el asalto.

XXV – Último recurso de una plaza forzada

Hay multitud de ejemplos de villas forzadas y tomadas por sorpresa, que han logrado hacer perecer a todos los enemigos que habían entrado en ellas. En realidad la villa no se puede considerar perdida si los asediados siguen siendo dueños de las murallas, las torres y los lugares altos de la plaza. Desde la altura, la guarnición puede rodear a los infiltrados y atacarlos por todos lados, en las calles y las plazas, mientras que desde las ventanas y los tejados de las casas, la burguesía de todo sexo y edad hace llover sobre ellos piedras y dardos. Para no correr este riesgo, normalmente se abren las puertas a los asediados para evitar la decisión de una defensa obstinada, producida por la desesperación

XXVI – De las precauciones a tomar para evitar que el enemigo tome furtivamente los muros

A menudo los asaltantes usan del engaño, simulan retirarse y levantar el asedio; pero en cuanto la guarnición, creyéndose segura, abandona la guardia de las murallas, aprovechando la oscuridad de la noche vuelven sobre sus pasos y escalan los muros. Por esto es imprescindible hacer una guardia más estricta cuando el enemigo se retira que antes. Por la misma razón, las murallas y las torres deben estar dotadas de garitas donde los centinelas estén a cubierto del frío y la lluvia durante el invierno, y del ardor del sol durante el verano. En ocasiones se alojan en las torres perros feroces, de buena nariz, para olfatear de lejos a los enemigos que se aproximan; y se cuenta que las ocas tiene similar sagacidad para alertar con sus gritos los ataques nocturnos. Roma no hubiese subsistido al ataque de los galos, que ya entraban en el Capitolio, si Manlio, alertado por los gritos de las ocas, no hubiese salvado la ciudadela con su valor. Así, estos hombres que iban a ser sojuzgados, conservaron la libertad gracias a la vigilancia de un ave, o una suerte increíble.

XXVII – De los engaños de los asaltantes

No solo en los asedios sino que en todo lo que concierne a los asuntos de la guerra, es imprescindible estudiar y conocer a fondo las costumbres de los enemigos. Solo se encontrará la ocasión apropiada para tenderle trampas si se conocen los momentos en que relaja la guardia, que presta menos atención: si es a mediodía, por la tarde o por la noche cuando sus soldados comen o reposan. En cuanto son conocidas estas costumbres de los asediados por los asaltantes, se suspenden los ataques a esas horas para fomentar la negligencia; y cuando se han confiado lo suficiente, debido a la falta de ataques en esos momentos, se acercan las máquinas rápidamente, se levantan las escalas y se toma la plaza. Por esto es necesario disponer en las murallas montones de piedras y máquinas siempre preparadas, para que si se produce un ataque sorpresa, los soldados que acuden a la primera señal de alarma tengan siempre a mano proyectiles para usar contra los enemigos.

XXVIII – De cómo los asaltantes pueden protegerse de los engaños de los asediados

La negligencia expone a los asaltantes, al igual que a los asediados, al peligro de los ataques por sorpresa. Pues si la guarnición sabe aprovechar los momentos adecuados, puede hacer una salida, matar fácilmente a los que coja desprevenidos, quemar los arietes, las máquinas y plataformas y destruir todas las obras de asedio. Pero los asaltantes deben excavar alrededor de la plaza, fuera del alcance de los proyectiles, un gran foso, rodeado con una empalizada de tierra y madera, flanqueada por pequeñas torres para impedir las salidas de los asediados. Esta obra se llama contravallado y suele encontrarse citado en las crónicas, en la descripción de los asedios, que tal o cual villa ha sido rodeada por una construcción similar

XXIX – De las máquinas que sirven para la defensa de las plazas

Las mismas máquinas sirven para el ataque y para la defensa de las plazas, con la diferencia de que las armas arrojadizas, ya sean dardos arrojadizos33, picas, lanzas o jabalinas golpean más duramente cuando son lanzadas desde arriba. De la misma manera, las flechas disparadas por los arcos, y las piedras lanzadas con la mano, la honda o el fustibal, alcanzan mayor distancia cuanto mayor es la altura desde la que son lanzadas. En cuanto a las balistas y onagros, si son servidos por gentes hábiles, sobrepasan a todas las otras máquinas y no hay valor ni armadura que protejan de sus golpes: como el rayo, rompen y destruyen todo lo que alcanzan.

XXX – De cómo saber la altura de las murallas

Para que las escalas y máquinas cumplan con la función que se espera de ellas, es necesario construirlas con una altura superior a la de las murallas. Hay dos métodos para encontrar esa medida. El primero consiste en atar una cinta delgada y ligera a la punta de una flecha que se lanza contra la muralla; y cuando llega a la parte superior de la misma, se estima la altura de la muralla según la longitud conocida de la cinta: o si se prefiere, se puede medir esa altura gracias a la sombra de las murallas y torres, sin que los asediados se den cuenta. Se planta en tierra un poste de diez pies de altura, y se mide la longitud de la sombra que proyecte. Entonces se puede calcular la altura de las murallas por la proporción entre las longitudes de las dos sombras, al saber lo que mide la sombra del poste.

A mi parecer, he redactado por el bien público todo lo que los autores militares nos han legado desde la antigüedad y las novedades que la experiencia nos ha enseñado en los últimos tiempos sobre el ataque y la defensa de las plazas. Y repito una vez más que es imprescindible tomar las mayores precauciones para evitar la falta de víveres o de agua, pues es mal sin remedio. Se tienen que almacenar más provisiones de las necesarias para subsistir el máximo tiempo que el enemigo pueda tener la plaza asediada.

La navegación.

XXXI – De cómo los Romanos siempre tuvieron una flota presta

Después de haber tratado, por orden de vuestra Majestad, de la guerra que se desarrolla en tierra, solo queda, a mi parecer, hablar de la marina; y no hay mucho que decir sobre este aspecto de la milicia, pues estando la mar en paz desde hace tanto tiempo, solo tenemos pendencias con las naciones bárbaras en tierra.

El pueblo romano, desde el principio de su historia, siempre había tenido una flota equipada para la grandeza y el bien del estado; no por una necesidad bélica concreta, sino por la posibilidad de dicha necesidad, dicha flota siempre estaba presta a zarpar. Nadie osa insultar fácilmente a una potencia preparada para resistir y tomar cumplida venganza. Siempre se disponía de dos flotas preparadas en Misena y Rávena compuestas por una legión cada una. Estos puertos fueron designados por su cercanía a Roma y para velar por su seguridad, y a la vez para poder salir sin retrasos ni rodeos en dirección a cualquier parte del mundo. La flota de Misena estaba próxima a las Galias, las Españas, la Mauritania, África y Egipto, Cerdeña y Sicilia; y la flota de Rávena tenía ruta directa hacia el Epiro, la Macedonia, la Propóntide, el Ponto, Oriente, las islas de Creta y de Chipre. Esta situación era muy ventajosa, pues en las expediciones, a menudo la velocidad es más importante que la fuerza o el valor.

XXXII – De los oficiales de las flotas navales

El prefecto de la flota de Misena estaba al mando de las galeras (liburnae) de los mares de la Campania, y el de la flota de Rávena de los mares Jonios. Diez tribunos, comandando otras tantas cohortes, obedecían a cada uno de estos oficiales. Cada galera tenía su capitán, que, a excepción de algunas partidas del servicio de marineros, estaba al cargo de controlar las funciones cotidianas de timoneles, remeros y soldados.

XXXIII – Del origen de las galeras (liburnae)

A lo largo del tiempo, diversas provincias han sido muy poderosas en el mar, lo que les ha hecho imaginar diferentes tipos de navíos. Pero debido a la gran victoria que Augusto obtuvo en Actium, debido principalmente a sus galeras de Liburnia, hizo que se les diera preferencia sobre todas las demás; y los emperadores romanos han compuesto desde entonces sus flotas con navíos similares. En el presente, todos los navíos de guerra se construyen sobre el mismo modelo, y se llaman liburnas, por el nombre de Liburnia. Esta provincia formaba parte de la Dalmacia, y su capital era la ciudad de Jadere.

XXXIV – Del cuidado con que son construidos los navíos de Liburnia

Si para construir una casa se debe escoger con gran cuidado la calidad de la arena y las piedras, con más razón deben ser escogidos con cuidado los materiales para la construcción de las galeras, pues es mucho mayor el riesgo de navegar un mal navío que el de habitar una casa mal construida. Se construyen principalmente con ciprés, pino cultivado o salvaje, alerce y abeto; y es preferible usar clavos de cobre para unir las piezas que clavos de hierro. Por grande que parezca el gasto, todo eso se gana sin embargo en duración del barco. Los clavos de hierro, expuestos al aire y a la humedad, son rápidamente destruidos por el óxido; en vez de los de cobre, que se mantienen enteros incluso en el agua.

XXXV – De las reglas a seguir para cortar las maderas

Los árboles para la construcción de las galeras, deben cortarse entre el quince y el veintitrés de la luna; la madera cortada en este intervalo de ocho días se conserva perfectamente; si se corta en cualquier otro momento, se corre el riesgo de que sea comido por los gusanos y se pudra en el mismo año: esto dicen los conocimientos del arte, es confirmado por la práctica constante de todos los arquitectos y consagrado por la religión, verdad eterna, pues las fiestas siempre se celebran en estos días.

XXXVI – Del mes en que se deben cortar las maderas

Las maderas para construcción de barcos deben cortarse después del solsticio de verano, es decir en los meses de julio y agosto, y después del equinoccio de otoño, hasta el primero de enero: en esos meses la savia no circula y la madera está más seca y dura; sin embargo no se debe trabajar la madera en cuanto se abate el árbol, ni usarlo en la construcción de barcos en cuanto es aserrado. Los árboles cortados deben reposar cierto tiempo en tierra, sin tocarlos; y los tablones que se sacan también necesitan reposo. Si no se secan completamente, la savia que no ha salido les hace germinar: así se producen las vías de agua tan peligrosas en el mar.

XXXVII – Del tamaño de las galeras

En cuanto al tamaño de la construcción, las galeras más pequeñas tienen una sola fila de remos, las medianas dos, y las de tamaño apropiado tienen tres, cuatro y algunas veces hasta cinco filas de remos. Y no nos ha de parecer muy grande, pues se cuenta que en la batalla de Actium había navíos aún más grandes, de seis filas de remos, e incluso más. A estas grandes galeras se les unen unos barcos dotados de unos veinte remeros por borda: los bretones los llaman barcos pintados. Están destinados a tender emboscadas y para interceptar los barcos de carga y provisiones del enemigo, para observar sus movimientos y descubrir sus designios. Pero como que el color blanco les haría muy visible en el mar, se tiñen las velas y los cordajes de un color verde agua que imita el color del mar, todas las partes son pintadas de ese color: incluso los marineros y los soldados se visten de ese color, para ser menos visibles de noche y de día, mientras navegan a la descubierta.

XXXVIII – Del nombre y número de los vientos

Todo hombre que esté al mando de un ejército en el mar debe conocer el pronóstico de las tempestades; pues muchos más navíos han sido hundidos por las tormentas y las olas que por los enemigos. Gracias al estudio de esta parte de la filosofía natural, aprenderá la naturaleza de los vientos y los fenómenos del cielo que producen las tempestades. El mar es un elemento muy difícil para los hombres prudentes y mortal para los que carecen de previsión. Por esto, la primera regla en el arte de la navegación es conocer el número y el nombre de los diferentes vientos. Antiguamente se creía que, según la posición de los puntos cardinales, solo existían cuatro vientos, que soplaban desde las cuatro partes del mundo: pero por la experiencia que hemos adquirido desde entonces, ahora sabemos que existen doce. Para eliminar la más mínima duda, hemos dado a estos vientos, no solo los nombres latinos, sino también los que tienen en lengua griega; de forma que después de conocer los cuatro vientos principales, indicamos todos los que soplan a derecha e izquierda de las cuatro direcciones principales

Empecemos por el solsticio de primavera u oriente, de donde viene el viento del este, que mira al sol levante. A su derecha tiene el viento del noreste, a la izquierda el eurus, o vulturno. A mediodía está el viento del sur, el auster. Tiene a su derecha el notus blanco, a su izquierda el corus. A poniente sopla el zéfiro o viento de poniente; tiene a su derecha el africus; a la izquierda el iapix o favonius. A septentrión está el viento del norte, que tiene a su derecha el circius, y a la izquierda el bóreas, o aquilon.

Estos vientos soplan a menudo solos, a veces dos a la vez, incluso tres en las grandes tempestades. Por su violencia, los mares, que son de natural tranquilo, se vuelven furiosos, y sus soplos caprichosos cambian según las estaciones y las costas, la calma en tempestad o la tempestad en calma. Un viento favorable lleva a una flota al puerto deseado, mientras que el viento contrario la para, la obliga a recular y a afrontar los peligros del mar: pero no se ha visto naufragar a los que han conseguido un perfecto conocimiento de los vientos.

XXXIX – De los meses más seguros para la navegación

El rigor y la inconstancia de las estaciones no permite navegar todo el año. Hay meses apropiados para la navegación; los hay dudosos y otros en los que la mar es absolutamente impracticable. Después de la aparición de las Pléyades, desde el 27 de mayo hasta la aparición de Arturo, es decir, hasta el 14 de septiembre, la navegación se considera segura, porque la dulzura del verano calma la furia de los vientos. Desde ese momento hasta el 11 de noviembre, empieza a ser peligrosa; pues la violenta constelación de Arturo aparece a partir del 13 de septiembre; el 24 del mismo mes llega el molesto tiempo del equinoccio; los lluviosos Cabritillos aparecen sobre el 7 de octubre y el Toro el 11 del mismo mes: pero es en noviembre cuando la desaparición de las Vergilias (Pléyades) empieza a producir frecuentes tempestades. Así, desde el 11 de noviembre hasta el 10 de marzo, los mares están cerrados. En ese tiempo los días son cortos y las noches largas: las nubes espesas, las nieblas, el complejo rigor de los vientos, de la lluvia y de la nieve, impiden el viaje no solo de las naves de la mar sino también de los viajeros por tierra. Sin embargo, después de la abertura de la navegación, que se celebra con solemnes juegos, a la vista del pueblo y de muchas naciones extranjeras, aún hay peligro en la navegación marítima hasta el 15 de mayo, a causa de muchos astros peligrosos y de la estación misma. No digo que la laboriosa industria de los mercaderes deba quedar parada, pero hay muchas otras consideraciones, para una armada naval, que no debe exponerse en el mar como si se tratase de particulares, a quien el deseo de beneficios hace afrontar el peligro.

XL – De los signos para reconocer la proximidad de una tormenta

La salida y la puesta de algunos astros producen violentas tormentas. Aunque algunos autores les han asignado fechas fijas, a menudo varían por causas diversas; aunque hemos de confesar que el conocimiento perfecto del cielo está vedado al espíritu humano. Por eso, el arte náutico ha establecido tres órdenes de observación que deben hacerse. Hay que notar que las tempestades llegan, o bien el día marcado, o la víspera o al día siguiente; de ahí la distinción que hacían los griegos entre las que precedían (proceimasin), las que llegaban el día marcado (epiceimasin), y las que venían después (metaceimasin). Pero este detalle sería inútil sin las observaciones circunstanciales, no sólo de los meses sino incluso de los días, que tantos autores nos han dado. Los cambios de planeta causan también mal tiempo, cuando entran o salen de ciertos signos. Las razones de los sabios, así como la experiencia del vulgo nos informan también que los días interlunares son extremadamente tempestuosos.

XLI – De los pronósticos del buen y el mal tiempo

La luna es una especie de espejo donde se pueden ver reflejados muchos signos de tempestades o de buen tiempo. El color rojo anuncia vientos; el azulado la lluvia; y cuando se mezclan, anuncian grandes lluvias y furiosas tempestades. La luna brillante y serena promete a los navíos la serenidad que refleja su pálida faz, sobre todo si al cuarto día los cuernos del creciente no son romos, ni el disco está enrojecido u ofuscado por vapores. También deben tenerse en cuenta las salidas y puestas de sol. Si ilumina de forma pareja todo el horizonte, o si las nubes lo tapan por momentos; si es brillante o si la fuerza de los vientos hace que parezca un incendio; si se ve pálido y manchado por la amenaza de lluvia, todos estos son otros tantos pronósticos conocidos. El aire, el mismo mar, el tamaño y color de las nubes instruyen a los marineros atentos sobre lo que pueden esperar. Los pájaros y los peces también les ofrecen signos. El genio divino de Virgilio los ha reunido en sus Geórgicas y Varrón los ha descrito en sus libros sobre la navegación. Los pilotos hacen profesión de saber todas esas cosas, pero la costumbre y el uso participan más de sus conocimientos que la reflexión sobre sus observaciones.

XLII – Del flujo y el reflujo

El mar es la tercera parte del mundo. Aparte del soplo de los vientos que lo agitan, está animado por un movimiento y una respiración propias. A ciertas horas del día y de la noche, va y viene debido a una agitación llamada flujo y reflujo. En un caso, como un torrente se desborda hacia tierra, y en el otro retrae sus aguas hacia el lecho. Este movimiento recíproco ayuda o retarda a los navíos, según sea favorable o contrario; y por eso es importante tomar medidas cuando se quiere entrar en combate. La violencia de la marea no se puede vencer por la fuerza de los remos, pues hasta el mismo viento cede ante ella; y dado que varía según la diversidad de las costas y de las fases de la luna, es necesario, antes de enzarzarse en un combate naval, conocer las horas de la marea para las costas en las que se esté en ese momento.

XLIII – Del conocimiento de los lugares, o de la maniobra

La habilidad del piloto consiste en conocer bien los mares que navega, para poder evitar los arrecifes, los bancos de arena, los bajíos y otros peligros. Cuanto más profunda es la mar, más seguro se está. Si se pide vigilancia al capitán y sabiduría al piloto, los remeros necesitan fuerza, porque las batallas navales ocurren en tiempo de calma, cuando no se dispone del soplo de los vientos para mover las grandes masas de las galeras. Necesitan de toda la fuerza de los remos para golpear violentamente con los espolones contra los barcos enemigos, o para evitar que los enemigos choquen contra ellas. En estas maniobras, la victoria depende en gran parte del brazo de los remeros y de la destreza del timonel.

XLIV – De las armas y máquinas navales

En una batalla marítima se usan, además de todos los tipos de armas que usan en batalla los ejércitos en tierra, algunas de las máquinas e instrumentos que se usan para atacar o defender las plazas. Nada es tan cruel como una batalla naval, donde los hombres mueren por el fuego o por el agua. Por esto, la primera precaución debe ser dotar a los soldados de protección suficiente, armaduras completas o medias corazas, con cascos y grebas, más si tenemos en cuenta que no pueden quejarse por el peso de las armas dado que el combate se realiza en los navíos, sin moverse del lugar. También se les dan escudos más duros, para soportar los impactos de piedras, y más amplios por las guadañas y los «colmillos» y demás armas usadas en las batallas navales. Desde las dos bandas se lanzan piedras, flechas, dardos, plumbatas, por medio de hondas, fustibales, onagros, balistas y escorpiones: pero el abordaje es terrible. Los más atrevidos juntan sus galeras de las del enemigo, lanzan unos puentes por la borda para pasar; y entonces es cuando se inicia el combate cercano con espadas, cuerpo a cuerpo como se suele decir. En las galeras grandes se suelen levantar castillos y torres, a fin de poder, como desde lo alto de una muralla, hostigar al enemigo y llegar a matarlo. Por fin, las balistas lanzan a los navíos enemigos flechas rodeadas de estopa embebida de aceite incendiario, azufre y asfalto, las cuales incendian rápidamente las planchas de madera tratadas con cera, brea y resina. En estos combates algunos perecen por el hierro, otros aplastados por las piedras; otros son consumidos por las llamas, en medio de las olas; y entre todas las muertes diferentes, lo más cruel es que los cuerpos sin sepultura sirven de pasto a los peces.

XLV – De los engaños que se practican en el mar. De lo que sucede en las batallas navales en mar abierto. Enumeración de las armas que son necesarias. De los postes herrados, de las hoces, y de las hachas de doble hoja

Los engaños se dan de la misma manera en el mar que en tierra. Se tienden emboscadas en las zonas más favorables de las islas, para vencer fácilmente a un enemigo que no está en guardia. Si sus marineros están cansados por haber remado demasiado tiempo; si tienen el viento o la marea en contra; si están en una rada sin salida; en fin, siempre que la situación de combate se presente como la hemos deseado, hay que aceptar los dones de la fortuna, y entrar en combate con las ventajas que nos ha ofrecido. Pero si, al estar vigilantes, los enemigos no caen en las trampas que les hemos tendido, y nos fuerzan a entrar en combate, entonces debemos colocar nuestras galeras en orden de batalla, no en línea recta, como se colocan los ejércitos en tierra, sino en una línea curva en forma de creciente. Vuestro centro será cóncavo, y las alas se adelantarán, curvándose hacia el interior, de manera que si el enemigo quiere atravesar el centro, se encontrará rodeado por la misma disposición de vuestras alas. Por la misma razón, se deben colocar las mejores tropas en las alas, y las galeras más fuertes de la flota.

XLVI – ¿Qué hacer cuando se emprende una batalla naval en un combate abierto?

Hay que tratar de tener el viento favorable para vuestra flota y empujar la del enemigo contra la costa, porque los navíos que son empujados hacia tierra pierden el empuje necesario para la maniobra que piden las acciones navales. En estos combates se consiguen grandes ventajas del uso de tres tipos de armas, que son los postes herrados, las hoces y las hachas de dos filos. Los postes herrados por los dos extremos son largos y finos, y están colgados del mástil a manera de verga. Cuando los navíos llegan a abordarse por la derecha o la izquierda, se ponen en funcionamiento estas especies de arietes que derriban y matan a los marineros y a los soldados, y a menudo perforan las bordas de los navíos. Las hoces son hierros curvos y afilados unidos a una larga pértiga: sirven para cortar de un solo golpe todos los cordajes de las vergas y las velas, para inutilizar el barco enemigo. Las hachas de doble filo es un hacha doble, hecha a partir de un hierro grande y acerado, y que corta por los dos lados. La usan los marineros o los soldados más osados, que, en el calor del combate y usando pequeñas canoas, disimuladamente cortan con ellas el cordaje del timón de los navíos enemigos: lo que vuelve inevitable la toma del barco, ya que queda totalmente fuera de combate. ¿Qué defensa puede tener una vez perdido el timón?. Creo necesario no comentar nada sobre los barcos de crucero, que se usan para las guardias diurnas y nocturnas en el Danubio: dado el gran uso que se hace de ellos en la actualidad, ha llevado estos navíos a un punto de perfección tal que no se encontraría nada parecido en los libros de nuestros ancestros.

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