Instituciones militares

Flavio Vegecio Renato

De re militari (Sobre asuntos militares) o también Epitoma rei militaris, mejor conocido en la cultura hispana como Instituciones militares, nombre que le da a la obra Jaime de Viana en el siglo XVIII, es un tratado militar escrito por Flavio Vegecio Renato a finales del siglo IV d. C. y uno de los trabajos de literatura militar más influyentes y consultados desde el siglo IV al siglo XVIII. Muy poco sabemos de la vida de Vegecio, excepto lo que él mismo revela en sus obras. El autor no se identifica como un militar, sino que se refiere a sí mismo como un vir illustris et comes (hombre ilustre y comes), lo que significa que era cercano al emperador. Debido a que alude al emperador Graciano como deificado se estima que la obra fue publicada luego del año 383.

Sobre la traducción
La traducción aquí presente no es una traducción directa del latín. Si no que la misma es una traducción al español de la traducción inglesa realizada por John Clarke (Libros I a III) y de la traducción francesa por Monsieur le chevalier de Bongars (libro IV). La traducción al español de las obras anteriormente mencionadas fue realizada por la comunidad de impromano.elistas.net y ha sido repasada junto a la original en latín.

Para facilitar la lectura las unidades de medida romanas han sido traducidas al sistema métrico. No obstante, puede consultar los valores originales en las notas.

Instituciones militares

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Libro II

Estructura interna de las legiones romanas.

Prefacio al libro II

Tal serie continuada de victorias y triunfos han probado incontestablemente el completo y perfecto conocimiento de Vuestra Majestad de la disciplina militar de los antiguos. El éxito en cualquier profesión es la muestra más cierta de la habilidad en ella. Por vuestra grandeza de mente, por encima de la comprensión humana, Vuestra Majestad consiente en buscar consejo de los antepasados, pese a que Vuestras recientes y propias hazañas sobrepasan las de la misma antigüedad. Al recibir órdenes de Vuestra Majestad para seguir con este breviario, no tanto para Vuestra instrucción como para Vuestro interés, no supe cómo conciliar mi devoción a Vuestras órdenes con el respeto debido a Vuestra Majestad. ¿No podría resultar la mayor de las presunciones, pretender mencionar el arte de la guerra al Señor y Maestro del mundo y al Conquistador de todas las naciones bárbaras, a menos que fuera describiendo sus propias acciones?. Pero la desobediencia al deseo de tan gran Príncipe resultaría tan grandemente criminal como peligrosa. Mi obediencia, por lo tanto, me hizo confiado de la aprehensión por parecerlo más que por lo contrario. Y en esto no fui poco osado, por la indulgencia, en última instancia, de Vuestra Majestad. Mi tratado sobre la selección y disciplina de nuevas levas encontró la favorable recepción de Vuestra Majestad, y ya de un trabajo con tanto éxito finalizado, compuesto a mi propio entender, no podía temer de uno emprendido por Vuestras expresas órdenes.

I – De las divisiones de la milicia

La institución militar se compone de tres partes: la caballería, la infantería y la marina. Las alas de la caballería se llaman así por su similitud con las alas que se extienden a ambos lados del cuerpo para su protección. Ahora se les llama vexillationes por la clase de estandartes peculiares a ellos. La caballería legionaria son cuerpos particularmente anexadas a cada legión y de una clase diferente; y sobre su modelo fue organizada la caballería llamada ocreati, por las botas ligeras que llevaban. La flota consiste en dos divisiones, la primera, llamada liburnia y la otra con balandros armados. La caballería está ideada para planicies. Las flotas se emplean en la protección de mares y ríos. La infantería es adecuada para la defensa de prominencias, para la guarnición de ciudades y son igualmente útiles en terrenos llanos como abruptos. La última es, por tanto, por su facilidad para actuar en cualquier lugar, ciertamente la más útil y necesaria pues a pesar de su mayor número puede ser mantenida con poco gasto. La infantería se divide en dos cuerpos: las legiones y los auxiliares, estando compuestos los últimos por aliados o confederados. La fortaleza peculiar de los romanos consistió siempre en la excelente organización de sus legiones. Se denominaron así como la expresión «ab eligendo», por el cuidado y exactitud puestos en la selección de los soldados. El número de tropas legionarias en un ejército es generalmente más considerable que el de los auxiliares.

II – Diferencia entre las legiones y los auxiliares

Los macedonios, los griegos y los dárdanos formaban sus fuerzas en falanges de ocho mil hombres cada una. Los galos, celtíberos y muchas otras naciones bárbaras dividían sus ejércitos en cuerpos de seis mil hombres cada uno. Los romanos tenían normalmente en sus legiones una fuerza de seis mil, a veces más.

Explicaremos ahora la diferencia entre las legiones y los auxiliares. Los últimos eran cuerpos de extranjeros a sueldo, de distintas partes del Imperio, compuestos de diferente número, sin conocimiento entre ellos o clase alguna de lazo de afecto. Cada nación posee su propia disciplina particular, costumbres y modos de luchar. Poco se puede esperar de fuerzas tan disimilares en todo aspecto, pues es uno de los más esenciales puntos del mando militar que todo el ejército debe poder ponerse en movimiento y gobernado por un único y mismo orden. Pero es casi imposible para los hombres actuar en concierto bajo tan variables e inusitadas circunstancias.

La legión estaba compuesta de cohortes en las que había infantería pesada como los príncipes, hastatii o lanceros, los triarii y los antesignarios; y otros armados a la ligera como los ferentarii, los arqueros, los honderos y los ballesteros. También había una sección de caballería, llamada legionaria. Y todas estas fuerzas estaban unidas por un mismo ánimo, obrando así juntos cuando había que establecer un campamento, formar para el combate o luchar; cada legión era una unidad perfecta que no necesitaba de ayuda extraña para vencer a cualquier número de enemigos. Y así lo prueban las numerosas victorias alcanzadas sobre los enemigos cuando fue menester, señalando la gloria romana.

III – Causas de la decadencia de la legión

El nombre “legión” permanece hasta hoy en nuestros ejércitos pero su fuerza y esencia se fueron pues, a causa de la desidia de nuestros predecesores, los honores y ascensos, que habían sido antiguamente las recompensas por los largos servicios, pasaron a ser obtenidos solamente por interés y favor. Ya no se pone cuidado al sustituir los soldados, quienes tras servir su periodo completo han recibido sus licencias. Las bajas que se producen continuamente por enfermedad, permisos, deserción u otras causas, si no se cubren cada año o incluso cada mes, pueden con el tiempo deshacer los ejércitos más numerosos. Otra causa de la debilidad de nuestras legiones es que, en ellas, los soldados hallan el servicio penoso, las armas pesadas, las recompensas lejanas y la disciplina severa. Para evitar tales desventajas, los jóvenes se alistan como auxiliares, donde el servicio es menos trabajoso y pueden esperar recompensas más rápidas.

Catón el Mayor, quien fue varias veces Cónsul y siempre victorioso a la cabeza de los ejércitos, creía que él prestaría a su país un servicio más acusado escribiendo de asuntos militares que con sus victorias en campaña. Pues las consecuencias de las acciones valerosas son solamente temporales, mientras que lo conseguido al escribir para el bien público era beneficioso a largo plazo. Algunos otros han seguido su ejemplo, particularmente Frontino, quien pergeñó trabajos sobre este asunto que fueron bien recibidos por el divino Trajano. Éstos son los autores cuyas máximas e instituciones he tratado de resumir del modo más fiel y conciso.

El costo de mantener tropas buenas o malas es el mismo; pero depende completamente de Vos, muy Augusto Emperador, recuperar la excelente disciplina de los antiguos y corregir los abusos de los últimos tiempos. Es ésta una ventaja que se dejará sentir tanto en nosotros mismos como en nuestra posteridad.

IV – Del número de las legiones

Todos nuestros escritores coinciden en que nunca más de dos legiones, junto a sus auxiliares, se debían poner al mando de cada cónsul para enfrentar a los ejércitos enemigos más numerosos. Tal era la confianza que tenían en su disciplina y resolución que este número se creyó suficiente para enfrentar cualquier guerra. Explicaré, por lo tanto, la organización de la antigua legión de acuerdo con la ordenanza militar. Pero si la descripción parece oscura o imperfecta no se me ha de imputar a mí, sino a la dificultad del asunto mismo, el cual será así examinado con la mayor atención. Un príncipe, habituado él mismo a los asuntos militares, tiene en su mano convertirse en invencible alistando el número de fuerzas bien disciplinadas que considere apropiadas.

V – De cómo levantar una legión

Los reclutas, tras haber sido así elegidos cuidadosamente, con la adecuada atención a sus personas y cualidades, habiendo sido entrenados diariamente durante al menos cuatro meses, forman la legión a las órdenes y bajo los auspicios del Emperador. La marca militar, que es indeleble, se imprime primero en las manos de los nuevos reclutas y cuando sus nombres son consignados en el libro de las legiones pronuncian el juramento habitual, llamado el juramento militar. Juran por Dios, por Cristo y por el Espíritu Santo; y por Su Majestad el Emperador quien, tras Dios, ha de ser principal objeto del amor y veneración de la Humanidad. Pues cuando él ha recibido el título de Augusto, sus súbditos están obligados a prestarle su más sincera devoción y homenaje, como representante de Dios en la tierra. Y todo hombre, tanto en un puesto civil como militar, sirve a Dios sirviéndole a él17a con fidelidad, pues reina por Su Autoridad17b. Los soldados, así pues, juran que obedecerán deseosos al Emperador y todas sus órdenes, que nunca desertarán y estarán siempre prestos a sacrificar sus vidas por el Imperio Romano.

VI – De las cohortes en una legión y los soldados de cada cohorte

La legión debe consistir en diez cohortes, la primera de las cuales excede a las otras tanto en el número como en la calidad de sus soldados, quienes son seleccionados para servir en ella como hombres de ciertas familias y educación. Esta cohorte tiene la custodia del Águila, la insignia principal de los ejércitos Romanos y común a toda la legión, así como las imágenes de los emperadores, que siempre se han considerado sagradas. Consta de mil ciento cinco infantes y ciento treinta y dos caballos acorazados18 y se distingue con el nombre de Cohorte Miliaria. Es la cabeza de la legión y forma siempre en primer lugar a la derecha de la primera línea, cuando la legión forma en orden de batalla.

La segunda cohorte consta de quinientos cincuenta y cinco infantes y sesenta y seis caballos19, y es llamada Cohorte Quingentenaria. La tercera consta de quinientos cincuenta y cinco infantes y sesenta y seis caballos, generalmente hombres escogidos, de acuerdo con su posición en el centro de la primera línea. La cuarta consta del mismo número de quinientos cincuenta y cinco infantes y sesenta y seis caballos. La quinta tiene, así mismo, quinientos cincuenta y cinco infantes y sesenta y seis caballos, y debieran ser algunos de los mejores hombres, siendo situados en el flanco izquierdo como la primera cohorte lo está en el derecho. Estas cinco cohortes componen la primera línea.

La sexta consta de quinientos cincuenta y cinco infantes y sesenta y seis caballos, quienes serán la flor de los soldados jóvenes pues forman a retaguardia del Águila y las imágenes de los emperadores y a la derecha en la segunda línea. La séptima consta de quinientos cincuenta y cinco infantes y sesenta y seis caballos. La octava consta de quinientos cincuenta y cinco infantes y sesenta y seis caballos, todas tropas elegidas, pues ocupan el centro de la segunda línea. La novena tiene quinientos cincuenta y cinco infantes y sesenta y seis caballos. La décima consta del mismo número de quinientos cincuenta y cinco infantes y sesenta y seis caballos y necesita buenos hombres, pues cierra el flanco izquierdo de la segunda línea. Éstas diez cohortes forman la legión completa, constando en total de seis mil cien infantes y setecientos veintiséis caballos. Una legión no debe constar jamás de un número menor de hombres, pero puede ser fortalecida por la adición de otra Cohorte Miliaria.

VII – Nombres y grados de los oficiales de la legión

Habiendo mostrado la antigua constitución de la legión, explicaremos ahora los nombres de sus principales soldados o, para usar el término apropiado, los oficiales, y sus rangos de acuerdo con la estructura actual de las legiones. El tribuno mayor es designado por elección y comisión expresa del Emperador. El tribuno menor alcanza ese rango por sus servicios. Los tribunos se llaman así porque manda sobre los soldados que fueron alistados al principio, por Rómulo, a partir de las distintas tribus. Los oficiales que mandan en acción los órdenes y divisiones se llaman Ordinarii. Los Augustales fueron añadidos por Augusto a los Ordinarii; y los Flaviales fueron designados por el divino Vespasiano para duplicar el número de los Augustales. Los Aquilifer y los Signifer son los que llevan el Águila y las imágenes del Emperador. Los Optiones son oficiales subalternos, así llamados por haber sido elegidos por sus oficiales superiores, para cumplir sus obligaciones y sustituirles en caso de enfermedad u otro accidente. Los signifer llevan las insignias y se les llama ahora Draconarii. Los Tesserarii llevan la palabra y órdenes del general a los distintos grupos de soldados. Los Campignei o Antesignani son aquellos cuya obligación en mantener la adecuada disciplina y adiestramiento entre las tropas.

Los Metatores están encargados de allanar el suelo para los campamentos. Los Beneficiarii se llaman así por haber obtenido su promoción por interés o conveniencia de los Tribunos. Los Librarii llevan la contabilidad legionaria. Los Tubicines, Cornicines y Buccinatores derivan sus nombres de que soplan la tuba, cornu y buccina. Aquellos que, hábiles en sus tareas, reciben doble ración de provisiones, son llamados Armaturae Duplares y los que reciben ración simple, Simplares.

Los Mensores se encargan de medir y marcar el terreno para las tiendas en el campamento, y asignar a las tropas sus respectivos acuartelamientos en la guarnición. Los Torquati, así llamados por los collares de oro que se les han concedido en recompensa por su valor, tienen además de este honor otras ventajas. Aquellos que han recibido dos son llamados Torquati Duplares y quienes sólo uno, Simplares.

Había, por el mismo motivo, Candidatii Duplares y Candidatii Simplares. Estos son los soldados principales u oficiales distinguidos por su rango y privilegios. El resto son llamados Munifices, o soldados trabajadores, ya que están obligados a todos los trabajos militares sin excepción.

VIII – Nombres de los mandos de los antiguos

antiguamente, era norma que el primer Princeps de la legión fuera ascendido regularmente al empleo de Centurión de los Primipile. No sólo se le confiaba el Águila sino que mandaba cuatro centurias, o sea, cuatrocientos hombres en la primera línea. Como cabeza de la legión él tenía distinciones de gran honor y provecho. El primer Hastatus tenía el mando de dos centurias o doscientos hombres en la segunda línea y se le llama hoy Ducenarius. El Princeps de la primera cohorte mandaba una centuria y media, o sea, ciento cincuenta hombres y mantenía en gran medida el detalle general de la legión. El segundo Hastatus mandaba igualmente una centuria y media, o ciento cincuenta hombres. El primer Triarius tenía el mando de cien hombres. Así las diez centurias de la primera cohorte eran mandadas por cinco Ordinarii, que por las disposiciones de los antiguos disfrutaban de grandes honores y emolumentos que se añadían a su rango para inspirar a los soldados de las legiones por la emulación, para obtener tan grandes y considerables recompensas. Designaban también centuriones para cada centuria, que ahora se llaman Centenarii y Decani, que mandaban diez hombres, ahora llamados cabeza de contubernio. La segunda cohorte tenía cinco Centuriones; y todo el resto, el mismo número. Había cincuenta y cinco en toda la legión.

XIX – De las obligaciones del prefecto de la legión

Los legados del emperador, de dignidad consular, eran enviados, antiguamente, para mandar en los ejércitos, y su autoridad se extendía tanto sobre las legiones como sobre los auxiliares en tiempo de paz como de guerra. En vez de tales oficiales, personas de alta alcurnia son ahora sustituidas con el título de Magistros Militum. No se limitan al mando de sólo dos legiones, sino que a menudo lo hacen sobre más. Pero el oficial propio de la legión es el Prefecto, quien siempre fue un conde de primer orden. En él recae el mando en ausencia del legado. Los tribunos, centuriones y todos los soldados en general están bajo sus órdenes: Da los comunicados y órdenes para la marcha y las guardias. Y si un soldado comete un crimen, bajo su autoridad es juzgado y castigado por el tribuno. Está a cargo de las armas, caballos, vestidos y provisiones. Es también su obligación el entrenamiento diario de la caballería legionaria y de la infantería y mantener la más estricta disciplina. Debe ser un oficial diligente y cuidadoso, pues la sola obligación de formar la legión con regularidad y obediencia depende de él y la excelencia de los soldados redundará enteramente en su honor y crédito.

X – De las obligaciones del prefecto del campamento

El Praefectus Castrorum, aunque inferior en rango al anterior, tiene un puesto de no menor importancia. La ubicación del campamento, la dirección de los atrincheramientos, la inspección de las tiendas o cabañas de los soldados y la impedimenta están dentro de sus obligaciones. Su autoridad se extiende sobre el enfermo, y los médicos que cuidan de ellos; y controla los gastos. Está a cargo de suministrar carruajes, herraduras y herramientas adecuadas para serrar y cortar madera, hacer trincheras, aprestar parapetos, obtener bienes y llevar agua al campamento. También está a su cargo suministrar a la tropa madera y paja, así como los arietes, onagros, balistas y otras las demás máquinas de guerra bajo su dirección. Su puesto se concede siempre a un oficial de gran competencia, experiencia y largo servicio, siendo por tanto capaz de instruir a otros en aquellos aspectos de la profesión en los que se ha distinguido él mismo.

XI – De las obligaciones del prefecto de los obreros

La legión tenía un tren de adjuntos, albañiles, carpinteros, herreros, pintores y trabajadores de toda clase para la construcción de barracones en los campamentos de invierno y para hacer o reparar la torres de madera, armas, carruajes y las distintas clases de máquinas e ingenios para el ataque y defensa de las plazas. Tenían también fábricas portátiles en la que construían escudos, corazas, cascos, arcos, flechas, favalinas y armas ofensivas y defensivas de todas clases. Los antiguos hicieron cuanto pudieron para tener todos los servicios del ejército dentro del campamento. Incluso tenían un cuerpo de mineros que, trabajando bajo tierra y horadando los cimientos de los muros, de acuerdo con las prácticas de los Bessos, penetraban en el interior de una plaza. Todos ellos estaban bajo la dirección de un oficial llamado Praefectus Fabrum.

XII – De las obligaciones del tribuno militar

Ya dijimos que las legiones tenían diez cohortes, la primera de las cuales, llamada Cohorte Miliaria, estaba compuesta por hombres elegidos de acuerdo con sus circunstancias, nacimiento, educación, persona y valor. El tribuno que les mandaba se distinguía, así mismo, por su competencia en su profesión, por las virtudes de su persona y la integridad de sus costumbres. Las otras cohortes eran mandadas, de acuerdo con los deseos del Emperador, tanto por tribunos como por otros oficiales designados con tal propósito. En los primeros tiempos la disciplina era tan estricta que los tribunos u oficiales arriba mencionados no sólo obligaban a las tropas bajo su mando a entrenarse diariamente en su presencia, sino que ellos mismos eran tan diestros en su ejecución que les servían de ejemplo. Nada hace tanto honor a las habilidades o aplicación del tribuno como el aspecto y disciplina de los soldados, cuando su apariencia es limpia y clara, sus armas brillantes y en buen orden y cuando ejecutan sus ejercicios y evoluciones con destreza.

XIII -De las centurias y banderas de infantería

La insignia principal de la legión es el Águila y es llevaba por el aquilifer. Cada cohorte tiene también su propia insignia, el Dragón, portada por el Draconarius. Los antiguos, sabedores de que las filas eran fácilmente desordenadas en la confusión del combate, dividieron las cohortes en centurias y dieron a cada centuria una enseña insrita con el número tanto de la cohorte como de la centuria, para que los hombres, teniéndola a la vista, evitaran separarse de sus camaradas en los mayores tumultos. Además, los centuriones, ahora llamados centenarii, se distinguían por diferentes cimeras atravesadas sobre sus cascos, para ser más fácilmente conocidos por los soldados de sus respectivas centurias. Tales precauciones evitaban cualquier error, pues cada centuria era guiada no sólo por sus propias insignias, sino así mismo por la forma peculiar del casco de sus oficiales al mando. Las centurias estaban además divididas en grupos de diez hombres que dormían en la misma tienda y estaban bajo las órdenes e inspección de un Decanus o caput contubernii. A tales grupos se les llamaba también Manípulos, por su constante costumbre de combatir juntos en la misma compañía o división.

XIV – De las turmas de caballería legionaria

Así como las divisiones de la infantería son denominadas centurias, así aquellas de la caballería son llamadas turma. Una turna consiste en treinta y dos hombres y es mandada por un Decurión. Cada centuria tiene su insignia y cada turna un estandarte. El centurión en la infantería es elegido por su tamaño, fortaleza y destreza en lanzar sus armas arrojadizas y por su habilidad en el uso de su espada y escudo, así como por su experiencia en todos los ejercicios. Debe ser despierto, moderado, activo y presto a ejecutar las órdenes que recibe, en vez de discutirlas. Estricto en el ejercicio y en mantener la adecuada disciplina entre sus soldados, en obligarles a permanecer limpios y bien vestidos y en tener sus armas constantemente bruñidas y brillantes. Del mismo modo el Decurión es preferido para el mando de la turma por su actividad y habilidad en montar su caballo completamente armado, por su destreza al cablagar y en el uso de la lanza y el arco, por su atención al instruir a sus hombres en todas las evoluciones de la caballería, y por su cuidado al obligarles a mantener sus corazas, lanzas y cascos siempre brillantes y en buen estado. El esplendor de las armas no tiene una importancia menor en infundir terror al enemigo. ¿Pueden ser considerados buenos soldados quienes dejan, por negligencia, sus armas sucias y cubiertas de polvo?. En fin, es obligación del Decurión estar atento a cuanto concierne a la salud o disciplina de los hombres o caballos de su turma.

XV – De la formación de batalla

Mostraremos el modo de formar un ejército en orden de batalla con el ejemplo de una legión, que puede servir para cualquier número de ellas. La caballería se sitúa en las alas. La infantería empieza a formar en una línea, con la primera cohorte a la derecha. La segunda cohorte se sitúa a la izquierda de la primera; la tercera ocupa el centro; la cuarta se coloca a continuación y la quinta cierra el flanco izquierdo. Los ordinarii, los demás oficiales y los soldados de la primera línea, extendidos delante y alrededor de las insignias, eran llamados Principes. Eran todos tropas pesadamente armadas y tenían cascos, corazas, grebas y escudos. Sus armas ofensivas eran espadas largas, llamadas spathae, y otras más pequeñas llamadas semispathae, así como cinco dardos pesados20 en la concavidad del escudo, que arrobajan en la primera carga. Así mismo tenían otras dos jabalinas, la mayor de ellas compuesta por un hasta de cinco pies y medio de largo y una punta triangular de hierro de nueve pulgadas de largo. A ésta se la llamaba antiguamente pilum aunque ahora se la conoce como spiculum. Los soldados se entrenaban especialmente en el uso de esta arma porque, cuando se la arrojaba con fuerza y habilidad, a menudo penetraba los escudos de la infantería y las corazas de la caballería. La otra jabalina era más pequeña; su punta triangular tenía sólo cinco pulgadas de largo y el hasta tenía tres pies y medio. Antiguamente se le llamaba vericulum, pero ahora se le dice verutum.

La primera línea, como dijimos, estaba formada por los Principes; los Hastati formaban la segunda y estaban armados del mismo modo. En la segunda línea, la sexta cohorte estaba situada en el flanco derecho, con la séptima a su izquierda; la octaba formaba en el centro; la novena estaba a continuación y la décima siempre cerraba el flanco izquierdo. A retaguardia de estas dos líneas estaban los ferentarii y la infantería ligera, a quienes ahora denominamos exculcatores et armaturas21 y las tropas armadas con escudos, plumbata, espadas y armas arrojadizas normales, a la manera de nuestros soldados de hoy. Este era también el lugar de los arqueros, que llevaban cascos, corazas, espadas, arcos y flechas; el de los honderos que arrojaban piedras con la honda normal o con el fustibalus22 y el de los tragularii, que fustigaban al enemigo con fechas desde las manubalistas y arcubalistas.

XVI – Del armamento de triarios y centuriones

En la retaguardia de todas las líneas, formaban los triarii, completamente armados. Tenían escudos, corazas, cascos, grebas, espadas, puñales, plumbatas y dos armas arrojadizas comunes. Descansaban, durante la acción, sobre una rodilla, de manera que si las primeras líneas eran obligadas a retroceder, ellos permanecían frescos cuando se lanzaban a la carga y de tal modo se detenía la retirada y se alcanzaba la victoria. Todos los portaestandartes de la infantería llevaban corazas de menor tamaño y cubrían sus cascos con las pieles velludas de bestias para hacer su visión más terrible al enemigo. Los centuriones llevaban corazas completas, escudos, y cascos de hierro cuya cimera, situados transversalmente, ornamentaban con plata para poder ser más fácilmente distinguidos por sus soldados respectivos.

XVII – El comienzo de la batalla: un muro de armaduras pesadas

La siguiente disposición merece la mayor atención. Al empezar el enfrentamiento, la primera y segunda líneas permanecían inmutables en sus puestos y los triarii en su formación habitual. Las fuerzas ligeras, compuestas como se dijo arriba, avanzaban al frente de las líneas y atacaban al enemigo. Si les podían hacer huir, les perseguían; pero si eran rechazados por el número superior o por el valor, se retiraban tras su infantería pesada, la cual parecía un muro de hierro y renovaban el ataque, lanzando primero sus armas arrojadizas y luego con las espadas. Si rompían al enemigo nunca lo perseguían por si, desordenadas sus filas, tomando ventaja de su desorden, volvía el enemigo al ataque y les destruían sin dificultad. La persecución, así pues, era dejada a las tropas ligeras y a la caballería. Con estas precauciones y disposiciones la legión obtenía la victoria sin peligro, o si sucedía lo contrario, se preservaba sin pérdidas considerables pues así como no estaba pensada para perseguir, del mismo modo no era fácilmente conducida al desorden.

XVIII – El nombre y el grado de los soldados escritos en sus escudos

Para que los soldados, en la confusión de la batalla, no se separen de sus camaradas, cada cohorte tenía sus escudos pintados de un modo propio. El nombre de cada soldado se escribía, también, en su escudo, junto con el número de la cohorte y centuria a la que pertenecía. De esta descripción podemos comparar la legión, formada, con una ciudad bien fortificada que contenía en sí misma todo lo necesario para la guerra, donde quiera que fuese. Estaba asegurada contra cualquier intento repentino o por sorpresa del enemigo por su método expeditivo de atrincherar sus campamentos, incluso en terrenos abiertos, y estaba siempre provista de armas y tropas de toda clase. Para alcanzar, así pues, la victoria sobre nuestros enemigos en el campo de batalla, debemos suplicar sin desánimo al cielo para que el Emperador reforme los abusos al hacer levas y que reclute nuestras legiones siguiendo el método de los antiguos. El mismo cuidado al elegir e instruir a nuestros jóvenes soldados en todos los ejercicios militares y maniobras les hará pronto iguales a las antiguas tropas romanas que subyugaron el mundo entero. Que esta alteración y pérdida de la antigua disciplina no afecte en modo alguno a Vuestra Majestad, pues es una felicidad reservada únicamente a Vos el restaurar las antiguas ordenanzas y establecer otras nuevas para el bienestar público. Todo trabajo, antes de intentado, tiene apariencia de difícil; pero en este caso, si las levas se hacen por oficiales cuidadosos y experimentados, se puede levantar un ejército, disciplinarlo y prepararlo para el servicio en un corto tiempo, pues una vez dispuestos los necesarios gastos, la diligencia pronto surte efecto una vez acometidos aquellos.

XIX – Elegir reclutas que sepan leer y escribir y un cuerpo robusto

Varios puestos en la legión precisan hombres de cierta educación, los superintendentes de las levas deben elegir algunos reclutas por su habilidad en escribir y llevar cuentas, además del resto de características necesarias en general como tamaño, fortaleza y adecuada disposición al servicio. Para el completo detalle de la legión, incluyendo las listas de los soldados exentos de servicio por asuntos particulares, la lista de sus turnos de servicios y las listas de pagos, se inscribirán diariamente en los libros legionarios y se guardará cuanto ya hemos dicho, con mayor exactitud que las regulaciones de las provisiones u otros asuntos civiles en los registros de policía. Las guardias de día en tiempo de paz, las guardias avanzadas y escuchas en tiempo de guerra, que se establecerán regularmente por centurias y contubernios, por su turno, se guardarán así mismo puntualmente en rollos con este propósito, con el nombre de cada soldado cuyo turno haya pasado, para que no se le haga injusticia o sea eximido, por favoritismo, de su obligación.

Serán, además, exactos al asentar el tiempo y límites de las licencias, que antiguamente no se solían conceder sino con gran dificultad y sólo por asuntos verdaderos y urgentes. Así no sufrirán los soldados por atender sólo a sus personas ni por ocuparse en negocios privados, pues es absurdo e impertinente pensar que los soldados del Emperador, vestidos y mantenidos a expensas públicas, siguieran cualquier otra profesión. Algunos soldados, sin embargo, eran destinados al servicio de los prefectos, tribunos e incluso los demás oficiales, llamados accensi o supernumerarios, o se incorporaban una vez completada la legión. Las tropas regulares estaban obligadas a llevar su madera, heno, agua y paja al campamento, por tal clase de servicio a sí mismos se les llamaba munifices.

XX – La mitad de los ingresos del soldado se deben depositar en el sitio de las banderas

Las disposiciones de los antiguos que obligaban a los soldados a depositar la mitad de los donativos que recibían bajo las enseñas era sabia y juiciosa; la intención era preservarlos para que no fueran gastados en lujos ni gastos semejantes. La mayoría de los hombres, particularmente los de la clase más pobre, pronto gastan todo cuanto obtienen. Una reserva de esta clase, así pues, resulta evidentemente del mayor servicio a los propios soldados; ya que son mantenidos a expensas públicas, su ahorro, por este método, se incrementará continuamente. El soldado que sabe que su fortuna está depositada bajo sus insignias no tiene pensamientos de desertar, concibe la mayor afición por ellas y lucha con la mayor intrepidez en su defensa. Se mantiene así, también, por su interés, que es lo que más cuidan los hombres. El dinero se depositaba en diez bolsas, una por cada cohorte. Había una undécima bolsa con las pequeñas contribuciones de toda la legión, como un fondo común para subvenir a los gastos de enterramiento de cualquiera de sus camaradas. Estos ahorros se guardaban en cestas bajo la custodia de los signiferos, escogidos por su integridad y capacidad, para hacerles cargo de los depósitos y que dieran cuenta a cada uno de lo que le tocaba.

XXI – De las promociones de la legión y entre las cohortes

El Cielo inspiró, ciertamente, a los Romanos, con la organización de la legión, pues parece algo superior en vez de una invención humana. Así son el alineamiento y disposición de las diez cohortes que la componen, que semejan un cuerpo perfecto y componen un todo completo. Un soldado, al ascender, lo hacía por rotación entre los distintos grados de varias cohortes, de tal manera que quien era ascendido pasaba de la primera cohorte de la décima e iba pasando regularmente por todas las demás, incrementando su rango y paga, hasta llegar otra vez a la primera. Así el centurión primipilo, tras haber desempeñado el mando en las distintas filas de cada cohorte, llegaba a la mayor dignidad en la primera con infinitas ventajas sobre toda la legión. El prefecto principal de la Guardia Pretoriana ascendía por el mismo método de rotación hasta tan lucrativo y honorable puesto. Así la caballería legionaria contraía un sentido de afecto hacia la infantería de sus propias cohortes, a pesar de la natural antipatía existente entre ambos cuerpos. Y esta conexión establecía una unión y lazo recíprocos entre todas las cohortes y la caballería e infantería de la legión.

XXII – De las trompetas, trompas y cuernos

La música de la legión consiste en trompetas rectas, cuernos y trompetas curvas23. El sonido de la tuba marca la carga y la retirada. Los cornu se usaban sólo para regular los movimientos de las insignias; las bucinae sirven cuando los soldados están ordenados para hacer algo sin las enseñas; pero en el momento de la batalla las tuba y los cornu tocan juntos. El classicum, que es un sonido propio de la tuba o del cornu, es propio del comandante en jefe y se emplea en presencia del general o en la ejecución de un soldado, como señal de que se ejecuta por su autoridad. Las guardias ordinarias y puestos exteriores se montan y relevan con el toque de tuba, que además dirige los movimientos de los soldados en las partidas de trabajo o en días de maniobras. Los cornu tocan siempre que las insignias se izan o plantan. Tales reglas deben ser observadas puntualmente en todos los ejercicios y revistas, para que los soldados estén prontos a obedecerlas en acción sin titubeos, conforme a las órdenes del general de atacar o detenerse, de perseguir al enemigo o de retirarse. Por esta razón estamos convencidos de que lo que será necesario acometer en el calor del combate debe ser constantemente practicado en tiempo de paz.

XXIII – De los ejercicios de los soldados

Habiendo así explicado la organización de la legión, volvamos a los ejercicios, de donde deriva el nombre ejército. Los soldados jóvenes y los reclutas efectuarán todas sus maniobras cada mañana y tarde y los veteranos y más expertos una vez al día. El tiempo de servicio o la edad, por sí solas, no formarán nunca un militar, pues tras servir muchos años, un soldado indisciplinado es todavía un novato en su profesión. No sólo aquellos, bajo los maestros de armas, sino todos los soldados en general fueron antiguamente entrenados sin cesar en los ejercicios de esgrima, que ahora sólo se exhibe en paradas en el circo, en ciertas solemnidades. Sólo con la práctica se alcanza la agilidad de cuerpo y la habilidad precisa para enfrentarse a un enemigo con ventaja, especialmente en el combate cuerpo a cuerpo. Pero el punto más esencial de todos es enseñar a los soldados a mantener sus filas y no abandonar nunca sus insignias durante las evoluciones más difíciles. Los hombres así entrenados nunca se perderán entre la confusión de la muchedumbre.

Los reclutas, igualmente, deben ejercitarse con espadas de madera en el palo, para aprender a atacar a este enemigo imaginario en todas partes, apuntando a los costados, pies o cabeza, tanto con la punta como con el filo de la espada. Se les debe enseñar a herir y a saltar, a mirar por encima del escudo y luego volverse a cubrir tras él, así como a avanzar y retirarse. Deben también arrojar sus jabalinas al palo desde una distancia considerable para adquirir buena puntería y fortalecer los brazos.

Los arqueros y honderos ponían blancos de leña o paja y les lanzaban flechas o piedras con el fustibalus a una distancia de hasta seiscientos pies. Así se adistraban y acostumbraban a hacer en la acción lo que habían perfeccionado en el campo de entrenamiento. Los soldados deben aprender a girar una sóla vez la honda sobre la cabeza antes de lanzar la piedra. Antiguamente todos los soldados se entrenaban lanzando piedras de una libra de peso con la mano, pues era un método más rápido al no requerir de una honda. El uso de las armas arrojadizas normales y de la plumbata era otra parte del entrenamiento a la que se atendía estrictamente.

Para seguir este entrenamiento sin interrupción durante el invierno, erigían, para la caballería, picaderos y soportales cubiertos con tejas o tablillas, o si no podían procurárselas, con cañas, hierbas o paja. Se construían también grandes soportales de la misma guisa para la infantería. De tal manera, las tropas tenían sitios donde entrenar a cubierto del mal tiempo. Pero incluso en invierno, si no llovía o nevaba, se les obligaba a ejecutar sus maniobras en el campo, para que la interrupción de la disciplina no afectara el valor y fortaleza del soldado. En resumen, tanto los legionarios como los auxiliares deben ejercitarse continuamente en cortar madera, llevar fardos, pasar zanjas, nadar en el mar o en los ríos, marchar a paso completo o incluso a correr con sus armas y equipajes de modo que, acostumbrados al trabajo en paz, no encuentren dificultad en la guerra. Pues, así como el soldado bien entrenado está presto a la acción, el que no lo está la teme. En la guerra es más importante la disciplina que la fuerza; pero si se omite la disciplina, no hay diferencia entre el soldado y el paisano.

XXIV – Ejemplos extraídos de algunas artes, donde se prueba la necesidad del arte militar

Los atletas, los cazadores o los aurigas, por interés o por conseguir el favor del pueblo, se entrenan continuamente para mantener o aumentar su habilidad. Los soldados, que sirven al bien público, se deben entrenar diariamente, con mayor motivo, en todos los asuntos de la guerra. No solo la victoria premia su habilidad, también los botines, objetos y ascensos con que les premia el Emperador. Si un actor ensaya sin descanso para obtener el elogio del pueblo; ¿Qué no debe hacer el soldado, aunque sea veterano, juramentado y obligado a mantener su propia vida y la libertad pública?. Es cierta la vieja máxima de que la esencia de todo arte consiste en su práctica incesante.

XXV – Enumeración de las máquinas y pertrechos de guerra de las legiones

La legión debe su éxito tanto a sus armas y máquinas como al número y valor de sus soldados. En primer lugar, cada centuria tiene una carrobalista montada en un carro tirado por mulas y servida por un contubernio, esto es, por diez hombres de la centuria a la que pertenecen. Cuanto mayor es la máquina, mayor es a su alcance y su fuerza. Se emplea no solamente para defender los atrincheramientos de los campamentos, sino que se sitúan en el campo de batalla a retaguardia de la infantería pasada. Y es tal la violencia con que arroja los dardos que ni las corazas de la caballería ni los escudos de la infantería pueden resistir su impacto. El número de carrobalistae, en la legión, es de cincuenta y cinco. Junto a ellas hay diez onagros, uno por cada cohorte; son arrastradas en carros tirados por bueyes. En caso de ataque, defienden los muros del campamento arrojando piedras tal y como las balistas hacen con las fechas.

La legión lleva un cierto número de canoas, cada una ahuecada y con una pequeña pieza de madera, así como cables y cadenas de hierro, para unirlas con rapidez. Estos botes, unidos y cubiertos con tablas, sirven como puentes sobre ríos no vadeables sobre los que puede pasar la infantería y la caballería sin riesgo. La legión lleva ganchos de hierro, llamados lupos, y guadañas de hierro unidas a largas hastas; y con horcas, azadas, palas, zapapicos, carretillas y cestas para cavar y llevar tierra; junto con hachuelas, hachas y sierras para cortar madera. Además de esto, un tren de trabajadores diestros y provistos de todos los instrumentos necesarios para la construcción de tortugas, musculi, arietes, vineas, torres móviles y otras máquinas para el ataque de las plazas. Y como la enumeración de cada una de ellas sería demasiado tediosa, diré sólo que la legión las llevará consigo, donde quiera que vaya, todo lo necesario para el servicio y que los campamentos tengan la fortaleza y lo propio de una ciudad fortificada.

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