Instituciones militares

Flavio Vegecio Renato

De re militari (Sobre asuntos militares) o también Epitoma rei militaris, mejor conocido en la cultura hispana como Instituciones militares, nombre que le da a la obra Jaime de Viana en el siglo XVIII, es un tratado militar escrito por Flavio Vegecio Renato a finales del siglo IV d. C. y uno de los trabajos de literatura militar más influyentes y consultados desde el siglo IV al siglo XVIII. Muy poco sabemos de la vida de Vegecio, excepto lo que él mismo revela en sus obras. El autor no se identifica como un militar, sino que se refiere a sí mismo como un vir illustris et comes (hombre ilustre y comes), lo que significa que era cercano al emperador. Debido a que alude al emperador Graciano como deificado se estima que la obra fue publicada luego del año 383.

Sobre la traducción
La traducción aquí presente no es una traducción directa del latín. Si no que la misma es una traducción al español de la traducción inglesa realizada por John Clarke (Libros I a III) y de la traducción francesa por Monsieur le chevalier de Bongars (libro IV). La traducción al español de las obras anteriormente mencionadas fue realizada por la comunidad de impromano.elistas.net y ha sido repasada junto a la original en latín.

Para facilitar la lectura las unidades de medida romanas han sido traducidas al sistema métrico. No obstante, puede consultar los valores originales en las notas.

Instituciones militares

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Libro I

Selección de personal, armas y medios de fortificar en pantalla.

Prefacio al libro I

Ha sido una antigua tradición de los autores la de ofrecer a sus Príncipes los frutos de sus estudios sobre las artes liberales, desde el convencimiento de que ningún trabajo puede ser publicado adecuadamente sino bajo los auspicios del Emperador, y que el conocimiento del Príncipe debiera ser más general, y de la mayor importancia, pues su influencia es sentida notoriamente por todos sus súbditos. Tenemos muchos ejemplos de la favorable recepción que Augusto y sus ilustres sucesores concedieron a los trabajos que se les presentaron; y este estímulo del Soberano hizo florecer las ciencias. La consideración de la superior indulgencia de Vuestra Majestad hacia intentos de esta clase, me indujo a seguir este ejemplo, y al mismo tiempo casi me hizo olvidar mi propia incapacidad al compararme con los escritores antiguos. Una ventaja, no obstante, se deriva de la naturaleza de este trabajo, pues no necesita elegancia de expresión, ni una porción extraordinaria de talento, sino solamente gran cuidado y fidelidad al recopilar y explicar, para uso general, las instrucciones y observaciones de nuestros antiguos historiadores de asuntos militares, o de aquellos que escribieron expresamente sobre ellos.

Mi plan en este tratado es presentar con cierto orden las costumbres peculiares y usos de los antiguos en la elección y disciplina de sus nuevas levas. Lejos de mí la presunción de ofrecer este trabajo a Vuestra Majestad desde la suposición de que no estáis al tanto de cada parte de su contenido; sino que podéis ver que las mismas saludables disposiciones y regulaciones que Vuestra propia sabiduría indicó para la felicidad del Imperio, fueron anteriormente observadas por los mismos fundadores de esta materia; y así Vuestra Majestad puede hallar con facilidad, en este breviario, cuanto resulta más útil en asunto tan necesario e importante.

I – La disciplina romana: la causa de su grandeza

La victoria en la guerra no depende completamente del número o del simple valor; sólo la destreza y la disciplina la asegurarán. Hallaremos que los Romanos debieron la conquista del mundo a ninguna otra causa que el continuo entrenamiento militar, la exacta observancia de la disciplina en sus campamentos y el perseverante cultivo de las otras artes de la guerra. Sin esto, ¿qué oportunidad habrían tenido los insignificantes ejércitos romanos frente a las muchedumbres de los Galos?. ¿O con qué éxito podría su pequeño tamaño haberse opuesto a la prodigiosa estatura de los Germanos?. Los españoles nos superaban no sólo en número, sino en fortaleza física. Siempre fuimos inferiores a los africanos en riqueza y desiguales en engaño y estratagema. Y los griegos, indudablemente, fueron muy superiores a nosotros en la destreza con las artes y toda clase de conocimientos.

Pero a todas esas ventajas, los romanos opusieron un cuidado inusual en la elección de sus levas y en su entrenamiento militar. Comprendieron completamente la importancia de endurecerse con la práctica continua y de entrenarse en cada maniobra que pudiera ocurrir en la formación y en el combate. Tampoco fueron menos estrictos al castigar la desidia y la pereza. El valor de un soldado se enaltece con el conocimiento de su profesión, y sólo desea una oportunidad para ejecutar aquello que él está convencido de haber aprendido perfectamente. Un puñado de hombres, curtidos en la guerra, marcharán a una victoria cierta mientras que, por el contrario, ejércitos numerosos con tropas indisciplinadas y novatas no son sino multitudes de hombres llevados al sacrificio.

II – La selección de los reclutas

Para tratar nuestra materia con algún método, deberíamos antes examinar qué provincias o naciones van a preferirse para proveer de reclutas a los ejércitos. Es cierto que cada país produce tanto hombres valientes como cobardes; pero es igualmente cierto que algunas naciones son naturalmente más aguerridas que otras y que el valor, así como la fortaleza de cuerpo, dependen grandemente de la influencia de los distintos climas.

III – Qué procedencia es mejor para el recluta: la ciudad o el campo

Examinaremos a continuación si la ciudad o el campo producen los mejores y más capaces soldados. Nadie, imagino, puede dudar que los campesinos son los más capacitados para empuñar las armas pues desde su infancia han estado expuestos a toda clase de climas y criados para el trabajo más duro. Son capaces de soportar el mayor calor, desconocen el uso de baños y les son extraños otros lujos de la vida. Son sencillos, se contentan con poco, están acostumbrados a toda clase de fatigas y preparados, en cierta medida, para la vida militar por su continuo empleo en labores agrícolas, en manejar la azada, cavando zanjas y llevando cargas, soportando el Sol y el polvo. Sus comidas suelen ser rústicas y moderadas; deben estar acostumbrados a descansar ora al aire libre, ora en tiendas. Tras esto, deben ser instruidos en el uso de sus armas. Si se planea alguna larga expedición, debería acampárseles tan lejos como se pueda de las tentaciones de la ciudad. Con estas prevenciones, sus mentes y sus cuerpos serán adecuadamente adiestradas para el servicio.

Me doy cuenta de que en las primeras épocas de la República, los romanos siempre levantaron sus ejércitos en la misma ciudad, pero ésto sucedía en una época donde no había placeres ni lujos que les enervaran. El Tíber era, entonces, su único baño y en él se refrescaban, nadando, tras sus ejercicios y sus trabajos en el campo. En aquellos días, el mismo hombre era soldado y granjero, pero un granjero que, llegada la ocasión, dejaba a un lado sus herramientas y empuñaba la espada. La veracidad de esto se confirma con el ejemplo de Quintius Cincinnatus, que estaba arando cuando llegaron a ofrecerle la Dictadura. La fortaleza principal de nuestros ejércitos, así, debe ser reclutada del campo. Pues es cierto que cuanto menos familiarizado está un hombre con los placeres de la vida, menos motivos tiene para temer la muerte.

IV – La edad adecuada de los reclutas

Si seguimos la costumbre antigua, el momento adecuado para alistar a un joven es a su llegada a la pubertad. En este momento, las prácticas de toda clase son más rápidamente asimiladas y más profundamente impresas en la mente. Además de esto, los ejercicios militares de correr y saltar deben ser adquiridos antes de que los miembros estén demasiado castigados por la edad. Así, tal actividad, acrecentada por la práctica continua, moldea el mejor y más útil soldado. Antiguamente, dice Salustio, la juventud romana, tan pronto como alcanzaban la edad de portar armas, era entrenada del modo más estricto en sus campamentos en todos los ejercicios y fatigas de la guerra. Así es ciertamente mejor que un soldado, perfectamente disciplinado, se queje de no haber llegado aún a la edad apropiada para el combate a padecer la mortificación de saber que ya ha pasado. Es necesario un tiempo suficiente para su instrucción en los distintos aspectos del servicio. No es cosa fácil entrenar la caballería o el arquero de infantería, o instruir al legionario en cada parte del orden cerrado1, enseñarle a no abandonar su puesto, mantener las filas, apuntar y lanzar sus armas arrojadizas, y cómo detener un ataque con destreza. Un soldado, tan perfecto en sus cometidos, lejos de mostrar torpeza en el enfrentamiento, estará ansioso de tener una oportunidad de señalarse.

V – La altura de los reclutas

Vemos que los antiguos procuraban disponer de los hombres más altos para el servicio, pues la estatura normal para la caballería de las alas y las primeras cohortes legionarias fue fijada en un metro y setenta y siete centímetros2, o al menos en un metro y setenta y dos centímetros3. Tales medidas podían ser mantenidas en aquella época cuando tantos seguían la profesión de las armas y era costumbre de la flor de la juventud romana antes de dedicarse al servicio civil del Estado. Pero cuando la necesidad lo imponía, la altura de un hombre no era mirada tanto como su fortaleza; y como ejemplo de ello tenemos la autoridad de Homero, quien nos cuenta que la deficiencia en estatura de Tideo estaba ampliamente compensada por su vigor y coraje.

VI – Signos de las cualidades deseables

Aquellos que se dedican a supervisar las nuevas levas deberían ser particularmente cuidadosos en examinar sus caras, sus ojos y la constitución de sus miembros, para poder hacerse un juicio veraz y elegir a los más a propósito para ser buenos soldados. La experiencia nos demuestra que hay en los hombres, como en los perros y los caballos, signos evidentes por los que descubrir sus virtudes. Los soldados jóvenes, así pues, deben tener una mirada despierta, llevar la cabeza erguida, su pecho debe ser ancho, sus hombros musculosos y fuertes, sus dedos largos, sus brazos fuertes, su cintura pequeña, sus piernas y pies tan nervudos como flexibles. Cuando tales señas se encuentran en un recluta, una estatura pequeña puede dispensarse, pues resulta mucho más importante que un soldado sea fuerte antes que alto.

VII – Oficios adecuados para las levas

Al seleccionar reclutas se ha de considerar su oficio. Pescadores, cazadores de aves, sastres, tejedores y, en general, todas aquellas profesiones más propias de las mujeres, deberían, en mi opinión, no ser admitidas en absoluto para el servicio. Por el contrario, los herreros, carpinteros, carniceros y cazadores resultan los más adecuados para ser reclutados. De la cuidadosa elección de los soldados depende el bienestar de la República, y la esencia primordial del Imperio Romano y de su poder está tan inseparablemente conectada con este cometido (el de soldado. N. del T.) que resulta de la mayor importancia que tal misión se encargue a personas de confianza. Los antiguos consideraron el cuidado de Sertorio, en este punto, era una de sus más eminentes cualidades militares. Al soldado a quien se confía la defensa del Imperio y en cuyas manos está la fortuna de la guerra, debe, si es posible, pertenecer a familias reputadas e intachable en sus costumbres. De tales consideraciones se puede esperar de esos hombres que serán buenos soldados. El sentido del honor, impidiendo el mal comportamiento, les hará victoriosos.

Pero ¿qué bien se puede esperar de un hombre cobarde por naturaleza, aunque sea disciplinado o aunque haya servido en muchas campañas?. Un ejército alistado sin la adecuada atención a la selección de sus reclutas nunca ha resultado bueno a lo largo del tiempo; y ahora estamos convencidos, por cruel experiencia, de que éste es el origen de todas nuestras desgracias. Tantas derrotas pueden imputarse únicamente a los efectos de una larga paz que nos ha convertido en negligentes y descuidados en la selección de nuestras levas, así como a la preferencia mayoritaria entre los mejores de nosotros por los puestos civiles del gobierno antes que por la profesión de las armas, y al comportamiento vergonzoso de los superintendentes quienes, por interés o connivencia, aceptan a muchos de aquellos hombres enviados por quienes han de proveer reemplazos para el ejército y admiten para el servicio a quienes ni los maestros querrían como siervos. Así, es evidente que tal confianza no ha de encomendarse sino a hombre de mérito e integridad.

VIII – La marca militar

El recluta, sin embargo, no debe recibir la marca militar4 tan pronto como es alistado. Debe juzgarse antes si es apto para el servicio, que tiene la suficiente fortaleza y nervio; si tiene capacidad para aprender su deber y si posee el suficiente valor militar. Muchos, aunque prometedores en apariencia, resultan inadecuados tras el entrenamiento. Ésos han de ser rechazados y sustituidos por hombres mejores; pues no es la cantidad, sino el valor lo que triunfa.

Tras su examen, los reclutas recibirán la marca militar y se les enseñará el uso de sus armas con la práctica constante y diaria. Pero esta costumbre básica ha sido abolida por la relajación inducida por una larga paz. No podemos esperar encontrar ahora un hombre para enseñar lo que él mismo nunca aprendió. El único método disponible, pues, para recuperar las viejas costumbres son los libros y la consulta de los antiguos historiadores. Pero nos resultan de poca ayuda respecto a esto, pues ellos sólo relatan las hazañas y sucesos de las guerras y no dan noticia de los asuntos que ahora nos ocupan, pues los consideraban universalmente conocidos. La negligencia de nuestra época ha hecho que tenga que exponer conjuntamente en esta recopilación lo que Catón el Censor, Cornelius Celsus, Frontino y Paternvs, autor versado en esta materia, escribieron sobre la disciplina militar; y lo que Augusto, Trajano y Adriano mandaron en sus reglamentos. Todo se ha sacado de estos autores, habiéndome limitado a resumirlo.

IX – Entrenamiento inicial: el paso militar, la carrera y el salto

Lo primero que se debe enseñar al soldado es el paso militar, que sólo se puede adquirir con la práctica constante de marchar rápido y juntos. Y es algo de la mayor importancia, tanto en la marcha como en el frente, que mantengan sus filas con la mayor exactitud. Las tropas que marchan de manera irregular y desordenada están siempre en peligro de ser derrotadas. Deben marchar con el paso normal militar veinte millas en cinco horas de verano, y a paso rápido, que es más rápido, veinticuatro millas en el mismo número de horas, si se supera esta velocidad ya no marchan sino que corren y no se puede precisar la cadencia.

Los jóvenes reclutas, en particular, deben ejercitarse en la carrera para poder cargar sobre el enemigo con gran vigor; ocupar, si hay ocasión, un lugar ventajoso con gran velocidad e impedir que el enemigo haga lo mismo; así, pueden, cuando se les manda de reconocimiento, avanzar con rapidez, volver velozmente y enfrentar al enemigo en una persecución.

El salto es otro ejercicio necesario, para permitirles pasar fosos u obstáculos molestos de cualquier clase sin dificultad. Hay también otra ventaja material derivada de tales ejercicios al llegar el combate; para un soldado que avanza con su jabalina, corriendo y saltando, deslumbrando los ojos de su adversario, le ataca con terror y le propina el golpe fatal antes de que haya tenido tiempo de alistar su defensa. Salustio, hablando de la excelencia de Pompeyo el Grande en este particular, nos dice que él disputaba la superioridad en el salto con los más activos, en la carrera con el más raudo y en los ejercicios de fuerza con los más robustos. No hubiera sido nunca capaz de haberse opuesto con éxito a Sertorio si no se hubiera preparado a sí mismo y a sus soldados para la acción con ejercicios continuos de esta clase.

X – Aprender a nadar

Cada joven soldado, sin excepción, debe aprender a nadar durante los meses de verano; pues a veces es imposible atravesar los ríos por puentes, y los ejércitos que huyen o persiguen están a menudo obligados a nadar por ellos. Una súbita fusión de las nieves o la caída de lluvia hacen a menudo que se desborden sus márgenes y, en tal situación, hay más peligro en no saber nadar que en el enemigo. Los antiguos romanos, pues, perfeccionados en cada aspecto del arte militar por las continuas guerras y peligros, eligieron el campo de Marte como el más a propósito para sus ejercicios por su vecindad al Tíber, pues los jóvenes podían lavarse el polvo y el sudor y refrescarse tras el cansancio con la natación. La caballería así como la infantería, e incluso los caballos y los sirvientes del ejército deben estar acostumbrados a este ejercicio pues todos están expuestos por igual a los mismos accidentes.

XI – Ejercicios de guarnición: uso del escudo y del palo

Estamos informados por los escritos de los antiguos que entre sus otros ejercicios se contaban los de guarnición. Daban a sus reclutas escudos trenzados de sauce, el doble de pesados de los que solían emplear en el servicio real, y espadas de madera del doble de peso que las normales. Se ejercitaban con ellos en el palo tanto por la mañana como por la tarde.

Este es un invento de gran utilidad, no sólo para los soldados, sino para los gladiadores. Ningún hombre de tales profesiones se distinguió nunca en el circo o en el campo de batalla sin ser hábil en tal ejercicio. Cada soldado, pues, fijaba un poste firmemente en el suelo, de unos seis pies de altura. Contra ése, como contra un enemigo real, el recluta se ejercitaba con las armas arriba mencionadas, como si fueran los escudos y espadas normales, apuntando ora a la cabeza o cara, ora a los lados o tratando de atacar las piernas o muslos. Eran instruidos en el modo de avanzar y retirarse, como tomar ventaja en el cuerpo a cuerpo sobre su adversario; pero se les prevenía a todos particularmente para no abrir su guardia al enemigo mientras le apuntaban para atacarle.

XII – No cortar, sino dar estocadas con la espada

Se les enseñaba, igualmente, a no cortar, sino dar estocadas con sus espadas. Para los romanos, no sólo resultaba motivo de chanza quienes luchaban con el borde de tal arma, sino que constituían una fácil conquista. Un ataque con los filos, aún los hechos con mucha fuerza, raramente mata, pues las partes vitales del cuerpo están defendidas tanto por los huesos como por la armadura. Por el contrario, una estocada, con que penetre dos pulgadas, es generalmente fatal. Además, en la posición del ataque, es imposible evitar exponer el brazo derecho y el costado; de otra parte, el cuerpo está cubierto al dar una estocada, y el adversario recibe la punta antes de que vea la espada. Este fue el método de lucha usado principalmente por los romanos, y sus motivos para ejercitar a los reclutas al principio con armas de un tal peso era que cuando al fin llevaban las normales, mucho más ligeras, la gran diferencia de peso les permitía comportarse con gran seguridad y diligencia a la hora del combate.

XIII – El ejercicio llamado esgrima

Las nuevas levas deben también ser instruidas por los maestros de armas en el ejercicio llamado esgrima, que aún se conserva parcialmente entre los nuestros. La experiencia, aún en nuestros tiempos nos persuade de que a los soldados, experimentados en ella, les resulta del mayor valor en el combate. Y les proporciona pruebas ciertas de la importancia y efectos de la disciplina por la diferencia que vemos entre aquellos adecuadamente entrenados en esta instrucción y las demás tropas. Los antiguos romanos eran tan conscientes de su utilidad que recompensaban a los maestros de armas con doble ración. Los soldados que se quedaban atrás en la instrucción de este ejercicio eran castigados obteniendo su ración en cebada. Ni tampoco la recibían, como era normal, en trigo, hasta que habían demostrado, en presencia del prefecto, de los tribunos u otros oficiales superiores, suficientemente su conocimiento de cada parte de su instrucción.

Ningún Estado puede estar feliz ni seguro si es remiso y negligente con la disciplina de sus tropas. Pues no es la profusión de riquezas o el exceso de lujuria lo que pueda inducir a nuestros enemigos a juzgarnos o respetarnos. Esto sólo se conseguirá por el terror a nuestras armas. Es una observación de Catón el que se puede recuperar el mal comportamiento en asuntos comunes, pero resulta muy de otra manera en la guerra, donde los errores son fatales y no tienen remedio, siendo inmediatamente seguidos de castigo. A consecuencia de enfrentarse al enemigo sin valor o coraje, es esta parte del ejército abandonada en el campo de batalla, y aquellos que permanecen reciben tal impresión de su derrota que no osan luego mirar la cara del enemigo.

XIV – El uso de armas arrojadizas

Junto al antedicho ejercicio de los reclutas en el poste, se les proporciona jabalinas de más peso que las normales, con las que son enseñados a arrojarlas al mismo poste. Y los maestros de armas tenían mucho cuidado en instruirles en cómo lanzarlas con adecuada puntería y potencia. Esta práctica fortalece el brazo y convierte al soldado en un buen tirador.

XV – El uso del arco

Un tercio o un cuarto de los soldados más jóvenes y capaces deben también ejercitarse en el poste con arcos y flechas construidos expresamente con este propósito. Los instructores de esta arma deben ser elegidos con cuidado y deben aplicarse diligentemente para enseñar a los hombres a agarrar el arco en la posición adecuada, a tensarlo con fuerza, a mantener la mano izquierda estable, a tirar acertadamente con la derecha, a dirigir su atención y su mirada al objetivo y a tomar puntería con igual precisión tanto a pie como a caballo. Pero esto no se adquiere sin gran dedicación, ni se conserva sin ejercicio diario y práctica.

La utilidad de los buenos arqueros en el combate es claramente demostrado por Catón en su tratado sobre la disciplina militar. A la constitución de un cuerpo de tropas de esta clase debió Claudio su victoria sobre un enemigo que, hasta ese momento, se había mostrado superior a él. Escipión el Africano, antes de su combate con los Numantinos, que habían hecho pasar al ejército romano bajo el yugo, consideró que no tendría ninguna posibilidad de éxito a no ser que incorporara cierto número de arqueros selectos con cada centuria.

XVI – La honda

Se debe instruir a los reclutas en el arte del lanzamiento de piedras tanto a mano como con honda. Se dice que los habitantes de las islas Baleares han sido los inventores de la honda, y que su sorprendente destreza en el manejo la debían a la forma de enseñar a sus niños. Sus madres no les permitían coger su comida si antes no la habían derribado con sus hondas. Los soldados, a pesar de su armadura defensiva, quedan a menudo más vejados por los cantos rodados que por las flechas del enemigo. Las piedras matan sin lacerar el cuerpo y la contusión es mortal sin pérdida de sangre. Es universalmente sabido que los antiguos emplearon honderos en sus combates. Existe el mayor motivo para instruir a todas las tropas, sin excepción, en este ejercicio, pues la honda no suele considerarse de gran importancia y a menudo resulta del mayor servicio, especialmente cuando se está obligado a combatir en poblaciones de piedra, o a defender una montaña o promontorio, o al rechazar al enemigo que ataca una ciudad o castillo.

XVII – Los dardos pesados

El ejercicio de los dardos pesados5, llamados mattiobarbuli6, no debe omitirse. Antiguamente teníamos dos legiones en Iliria, de seis mil hombres cada una, que por su extraordinaria destreza y habilidad en el uso de tales armas fueron distinguidas con el mismo nombre. Soportaron durante mucho tiempo el peso de todas las guerras y se distinguieron tan reseñablemente que los emperadores Diocleciano y Maximiano, en su acceso al trono, las honraron con los títulos de Joviana y Herculana y las prefirieron sobre las otras legiones. Cada soldado lleva cinco de tales jabalinas en el hueco de su escudo. Y así el legionario parece sustituir el lugar de los arqueros, pues hieren tanto a los hombres como a los caballos del enemigo antes de que entren al alcance de las armas arrojadizas normales.

XVIII – Enseñar equitación

Los antiguos obligaban estrictamente, tanto a los veteranos como a los reclutas, a la práctica constante de la equitación. Ha llegado incluso a nuestros tiempos, aunque se le dedique hoy poca atención. Tienen caballos de madera, con este propósito, situados en invierno a cubierto y en verano al aire libre. A los jóvenes soldados se les enseñaba a saltar sobre ellos, al principio sin armas y luego completamente armados. Y era tal su atención hacia este ejercicio que estaban acostumbrados a montar y desmontar por cualquier lado, indistintamente, con las espadas empuñadas o con lanzas en las manos. Con la práctica continua en tiempos de paz, su caballería fue llevada a tal perfección de disciplina que montaban sus caballos en un instante incluso en la confusión de la sorpresa y de las alarmas inesperadas.

XIX – Y a llevar cargas

Acostumbrar a los soldados a llevar cargas es también parte esencial de la disciplina. A los reclutas, en particular, se les debe obligar frecuentemente a llevar un peso de no menos de sesenta libras7 (lo que pesan sus armas) y marchar con ellos en las filas. Esto se debe a que, en las expediciones difíciles, a menudo se hallaban en la necesidad de llevar sus provisiones y sus armas. No lo encontrarían problemático cuando lo tomaron por costumbre, lo que facilita todo. Nuestras tropas, en los tiempos antiguos, eran una prueba de esto, y Virgilio lo remarcó en los siguientes versos:

Los soldados romanos, criados en las alertas de la guerra, encorvados con
pesos injustos y armas pesadas, alegres sobrellevaban sus penosas marchas,
levantaban prestos sus campamentos ante el enemigo.

XX – Las armas de los antiguos

Pondremos ahora a consideración el modo de armar las tropas. Pero ya no se sigue el método de los antiguos. Pues aunque tras el ejemplo de los Godos, los Alanos y los Hunos, hemos hecho algunas mejoras en las armas de la caballería, todavía es evidente que la infantería está totalmente indefensa. Desde la fundación de la ciudad hasta el reinado del emperador Graciano, los infantes llevaron corazas y cascos. Pero la negligencia y la pereza crecientes ha llevado, de hecho, a una total relajación de la disciplina, los soldados empezaron a pensar que sus armaduras eran demasiado pesadas y raramente se las colocaban. Primero pidieron permiso al emperador para dejar las corazas y después el casco. A consecuencia de esto nuestras tropas, en sus enfrentamientos con los Godos, a menudo resultaron desbaratados con sus lluvias de flechas. De ahí la necesidad de obligar a la infantería a recuperar sus corazas y cascos, pese a las repetidas derrotas, cuya ausencia llevó a la destrucción de tantas grandes ciudades.

Las tropas, indefensas y expuestas a todas las armas del enemigo, están más dispuestas a huir que a luchar. ¿Qué se puede esperar de un arquero de a pie, sin coraza o casco, que no puede empuñar enseguida su arco y escudo, o de los portaestandartes cuyos cuerpos están desnudos y que no pueden llevar a la vez un escudo y los colores?. El soldado de infantería encuentra el peso de una coraza, o incluso de un casco, intolerable. Ello es porque raramente se entrenan y se las ponen.

Pero el asunto podría ser muy distinto, aunque fueran más pesados de lo que son, si por la práctica constante estuvieran acostumbrados a llevarlas. Pero parece que muchos de tales hombres, que no pueden soportar el peso de la antigua armadura, no piensan que se exponen sin defensa a las heridas y la muerte ni, lo que es peor, a la vergüenza de ser hechos prisioneros o de traicionar a su patria con la huida; y así, para evitarse una incierta cantidad de ejercicio y fatiga, sufren la ignominia de ser hechos pedazos. ¿Por qué podrían llamar los antiguos muro a la infantería, sino porque en cierto modo lo recordaban la armadura completa del legionario, con escudos, cascos, corazas y grebas de hierro en la pierna derecha; y los arqueros que llevaban guanteletes en el brazo izquierdo?. Tales eran las armas defensivas de los soldados legionarios. Aquellos que luchaban en primera línea de sus respectivas legiones eran llamados principes, los que luchaban en segunda línea, hastatii, y quienes en la tercera, triarii.

Los triarii, conforme a su sistema de disciplina, descansaban en momentos de acción sobre una rodilla, bajo la cubierta de sus escudos, pues en esta posición estaban menos expuestos a los dardos del enemigo que si permanecieran en pie; y además, cuando había necesidad de llevarles al frente, estaban frescos, con todo su vigor y cargaban con la mayor impetuosidad. Han dado muchos ejemplos de ganar una victoria tras la completa derrota de los príncipes y los hastatii.

Los antiguos tenían así mismo un cuerpo de infantería ligera, honderos y ferentarii8, que se situaban normalmente en las alas y comenzaban el combate. Los hombres más activos y más disciplinados se elegían para este servicio; y como su número no era muy grande, se retiraban fácilmente, si les rechazaban, entre los intervalos de la legión sin ocasionar el menor desorden en las líneas.

Los gorros panónicos de piel que llevan nuestros soldados, fueron inicialmente introducidos con un diseño distinto. Los antiguos obligaban a los hombres a llevarlas siempre para que estuvieran constantemente acostumbrados a llevar la cabeza cubierta y que fueran menos sensibles al peso del casco

Como armas arrojadizas de la infantería, llevaban jabalinas con una punta triangular de hierro, de once pulgadas o un pie de largo, que llamaban pilum. Una vez fijados en el escudo era imposible arrancarlos, y cuando se los lanzaba con fuerza y destreza, penetraban la coraza sin dificultad. En la actualidad son raramente empleados entre nosotros, pero son el arma principal de la infantería pesada bárbara. Ellos la llaman bebrae, y cada hombre lleva dos o tres de ellas en la batalla.

Ha de observarse que cuando los soldados emplean la jabalina, el pie izquierdo debe adelantarse pues, con esta postura, la potencia del lanzamiento se incrementa. Por el contrario, cuando están lo bastante cerca para usar sus pila y espadas, el pie derecho debe adelantarse para que el cuerpo presente menos blanco al enemigo y que el brazo derecho esté más cerca y en posición más ventajosa para atacar. De aquí aparece la necesidad de proporcionar a los soldados armas defensivas de cada clase y enseñarles el uso de las ofensivas.

Pues es cierto que un hombre luchará con más valor y confianza cuando se encuentre adecuadamente armado para la defensa.

XXI – Campamentos atrincherados

Pues es cierto que un hombre luchará con más valor y confianza cuando se encuentre adecuadamente armado para la defensa. Los reclutas deben ser instruidos en el modo de atrincherar campamentos, no habiendo parte de la disciplina tan útil y necesaria como ésta. Pues en un campamento, bien elegido y afosado, las tropas pueden descansar seguras tanto de día como de noche entre su obra, aún cuando estén a la vista del enemigo. Parece imitar una ciudad fortificada que ellos pueden construir para su seguridad donde quiera que les plazca. Pero este valioso arte está ahora totalmente perdido, pues ya hace mucho desde que nuestros campamentos fueran fortificados con foso o empalizadas. Por esta negligencia nuestras fuerzas han sido a menudo sorprendidas por el día y por la noche, por la caballería enemiga, sufriendo severas pérdidas. La importancia de esta costumbre se muestra no sólo por el peligro al que las tropas que acampan sin precauciones están constantemente expuestas sino por la desastrosa situación de un ejército que, tras recibir un castigo en el campo de batalla, se halla sin retaguardia y, consecuentemente, a merced del enemigo.

XXII – De la elección del lugar del campamento

Un campamento, especialmente en la cercanía del enemigo, debe elegirse con gran cuidado. Su situación debe ser fuerte por naturaleza y debe estar bien provisto de madera, forraje y agua. Si el ejército va a ocuparlo durante un tiempo considerable, se debe prestar atención a la salubridad del lugar. El campamento no debe estar dominado por terrenos más altos desde los que el enemigo les pueda insultar o vejar, ni estar expuesto a corrientes que pondrían en gran peligro al ejército. Las dimensiones de los campamentos han de estar determinadas por el número de tropas y la cantidad de bagajes, que un ejército pueda tener suficiente espacio y que uno pequeño no le obligue a extenderse fuera de su propia extensión.

XXIII – De la forma de los campamentos

La forma del campamento debe estar determinada por la orografía del terrero y de acuerdo con ella será cuadrado, triangular u oval. La puerta pretoriana debe dar frente al este o al enemigo. En un campamento temporal, debe dar frente a la ruta por la que marcha el ejército. Dentro de esta puerta, se ponen las tiendas de las primeras centurias o cohortes y se plantan los dracos9 y otras insignias.

La puerta decumana está directamente opuesta a la pretoriana, en la parte de atrás del campamento, y por ella son llevados los soldados al lugar señalado para el castigo o la ejecución.

XXIV – Fortificación del campamento

Hay tres formas de atrincherar un campamento. Cuando el peligro no es inminente, llevan una estrecha zanja alrededor de todo el perímetro, de sólo 2,66 metros de ancho y dos de hondo10. Con la turba que se ha sacado, se hace una especie de muro o terraplén de noventa centímetros11 de alto en la cara interior del foso. Pero donde haya motivo para temer ataques del enemigo, el campamento de rodearse de un foso regular, de 3 metros y medio12 de ancho y 2,66 metros13 de hondo, perpendicular a la superficie del terreno. Se eleva entonces un parapeto en el lado próximo al campo, de una altura de cuatro pies, con obstáculos y fajinas (haces de palos) adecuadamente cubiertas y aseguradas a la tierra sacada del foso. Con estas dimensiones, la altura interior del atrincheramiento alcanzará los 3,85 metros14 y la anchura del foso, 3,55 metros15. Encima de todo se situarán fuertes empalizadas que los soldados llevan constantemente con este propósito. Un número suficiente de azadas, zapapicos, canastas de mimbre y herramientas de toda clase han de proporcionarse para tales trabajos.

XXV – Fortificación del campamento en presencia del enemigo

No hay dificultad en fortificar un campamento cuando no hay enemigo a la vista. Pero si el enemigo está próximo, toda la caballería y la mitad de la infantería deben formar en orden de batalla para cubrir al resto de las tropas que trabajan en el atrincheramiento y estar dispuestos a enfrentar al enemigo si se deciden a atacar. Las centurias se emplean por turnos en el trabajo y son llamados regularmente al relevo por un pregonero hasta que se completa el trabajo. Luego se inspecciona y mide por los centuriones, que castigan tanto a los indolentes como a los negligentes. Este es un punto muy importante en la disciplina de los jóvenes soldados quienes, cuando están adecuadamente entrenados en ello, son capaces en una emergencia de fortificar su campamento con habilidad y rapidez.

XXVI – Maniobras

Ninguna parte de la instrucción es más esencial en combate que los soldados mantengan sus filas con la mayor exactitud, sin abrirlas o cerrarlas demasiado. Las tropas demasiado cerradas nunca luchan como debieran, y sólo se molestan unas a otras. Si su orden es demasiado abierto y laxo, le dan al enemigo la oportunidad de penetrar. Siempre que ocurre esto y son atacados por la retaguardia, son inevitables la confusión y el desorden general. Los reclutas, así pues, deben estar constantemente en el terreno, formados según su rol y dispuestos en una sólo línea. Deben aprender a formar en línea recta y mantener la misma distancia entre hombre y hombre. Se les ordenará luego en doble fila, lo que ejecutarán rápidamente, cubriendo instantáneamente a sus guías de fila. A continuación doblarán otra vez y formarán en profundidad de a cuatro. Y después el triángulo o, como se le llama normalmente, la cuña, una formación muy útil en combate. Debe enseñárseles a formar el círculo u orbe; para tropas bien disciplinadas, tras haber sido rotas por el enemigo, haberse colocado en esta posición ha evitado la completa ruptura del ejército. Estas maniobras, practicadas a menudo en el terreno de ejercicios, se ejecutarán con facilidad en el servicio actual.

XXVII – Marchas mensuales

Era una costumbre constante entre los antiguos romanos, confirmada por las ordenanzas de Augusto y Adriano, ejercitarse tanto la caballería y la infantería tres veces al mes con marchas de cierta longitud. La infantería era obligada a marchar, completamente armada, la distancia de diez millas16 desde el campamento y regresar con el mayor orden y con el paso militar, que cambiaban y aceleraban en ciertos momentos de la marcha. Así mismo, su caballería, con tropas y apropiadamente armadas, ejecutaba las mismas marchas y se ejercitaban al mismo tiempo en sus movimientos y maniobras peculiares; a veces, como si persiguieran al enemigo, ora iban o volvían otra vez con gran impetuosidad a la carga. Hacían tales marchas no sólo en terrenos llanos o de tierra, sino que tanto la caballería como la infantería eran llevadas a terrenos difíciles y abruptos y a ascender o descender montañas, para prepararles a toda clase de accidentes y familiarizarlos con las distintas maniobras que las diferentes orografías de un país podían requerir.

XXVIII – Exhortación sobre las virtudes y el arte de la guerra

Estas máximas militares e instrucciones, invencible Emperador, como prueba de mi devoción y celo en vuestro servicio, he reunido cuidadosamente a partir de los trabajos sobre el tema de los autores antiguos. Mi deseo aquí es apuntar el método cierto para formar buenos y útiles ejércitos, lo que sólo se puede alcanzar mediante la exacta imitación de los antiguos en su cuidado en la selección y disciplina de las nuevas levas. Los hombres no han degenerado en su valor, ni están todavía exhaustos los países que produjeron a los lacedemonios, atenienses, marsianos, samnitas, pelignos e incluso a los propios romanos. ¿No alcanzaron los epirotas en tiempos anteriores gran reputación en la guerra?. ¿No penetraron los macedonios y tesalianos, tras conquistar a los persas, hasta la misma India?. Y es bien conocido que la disposición a la guerra de dacios, moesios y tracios dio lugar a la leyenda de que Marte nació entre ellos.

Pretender enumerar las diferentes naciones de los antiguos, tan formidables, que están ahora bajo el dominio de los romanos, sería tedioso. Pero la seguridad establecida por la larga paz ha alterado sus disposiciones, arrastrándolos fuera de la milicia a ocupaciones civiles e infundiéndoles amor la desidia y la comodidad. De aquí se sigue una relajación de la disciplina militar, luego la negligencia en ella, para hundirse después en un completo olvido. Ahora parecerá sorprendente que esta alteración pueda haber ocurrido en los últimos tiempos, si consideramos que la paz de unos veinte años o algo más tras las Primera Guerra Púnica, desmadejó a los romanos, antes por doquier victoriosos, por desidia y negligencia de la disciplina hasta tal punto, que en la Segunda Guerra Púnica no fueron capaces de mantener el campo frente a Aníbal. Al final, tras la derrota de muchos cónsules y la pérdida de muchos oficiales y ejércitos, se convencieron de que el resurgimiento de la disciplina era el único camino a la victoria y así recuperaron su superioridad. La necesidad de la disciplina, así pues, no puede a menudo inculcarse, así como el requisito de la estricta atención en la selección y entrenamiento de nuevas levas. Es también cierto que es mucho menos caro para un Estado entrenar a sus súbditos en las armas que pagar extranjeros.

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