Instituciones militares

Flavio Vegecio Renato

De re militari (Sobre asuntos militares) o también Epitoma rei militaris, mejor conocido en la cultura hispana como Instituciones militares, nombre que le da a la obra Jaime de Viana en el siglo XVIII, es un tratado militar escrito por Flavio Vegecio Renato a finales del siglo IV d. C. y uno de los trabajos de literatura militar más influyentes y consultados desde el siglo IV al siglo XVIII. Muy poco sabemos de la vida de Vegecio, excepto lo que él mismo revela en sus obras. El autor no se identifica como un militar, sino que se refiere a sí mismo como un vir illustris et comes (hombre ilustre y comes), lo que significa que era cercano al emperador. Debido a que alude al emperador Graciano como deificado se estima que la obra fue publicada luego del año 383.

Sobre la traducción
La traducción aquí presente no es una traducción directa del latín. Si no que la misma es una traducción al español de la traducción inglesa realizada por John Clarke (Libros I a III) y de la traducción francesa por Monsieur le chevalier de Bongars (libro IV). La traducción al español de las obras anteriormente mencionadas fue realizada por la comunidad de impromano.elistas.net y ha sido repasada junto a la original en latín.

Para facilitar la lectura las unidades de medida romanas han sido traducidas al sistema métrico. No obstante, puede consultar los valores originales en las notas.

Instituciones militares

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Libro IV

Guerra de asedio y fortificación de ciudades.

Prefacio al libro IV

Es gracias al establecimiento de pueblos y ciudades que el hombre grosero y salvaje de los orígenes del mundo se distinguió de las bestias salvajes y de los animales en general. El bien común hizo nacer el nombre de república. Es por esto que las naciones más poderosas y los príncipes que reciben su título del mismo Dios, no han podido imaginar mayor gloria que fundar ciudades o dar su propio nombre a otras ya fundadas, a la vez que las engrandecen. Es en esto en lo que Vuestra Serenidad se lleva la palma. Otros príncipes han trabajado con pocas ciudades o incluso en una sola; vuestra Piedad, por sus continuos trabajos, ha llevado a un número inmenso a un punto tal de perfección que menos parecen erigidas por la mano de los hombres que por la voluntad del cielo.

Vuestra felicidad, vuestra moderación, la pureza de vuestras costumbres, vuestra ejemplar clemencia, vuestro amor por las cosas del espíritu, os colocan por encima de todos los emperadores. Contemplamos los bienes que nos vienen de vuestra virtud y vuestro reino; poseemos lo que era deseado en los siglos precedentes y lo que la posteridad querría ver durar para siempre. Nos felicitamos, con todo el universo, de haber recibido todo lo que los deseos humanos pueden pedir y todo lo que la bondad divina les puede conceder. Nada demuestra mejor la utilidad de las fortificaciones, y la sabiduría de las ideas de vuestra Majestad en las grandes obras que ha encargado, que el ejemplo de Roma misma, que en otros tiempos debió la salud de sus ciudadanos a la defensa del Capitolio: un solo fuerte salvó a esta ciudad, destinada al imperio de todo el mundo. El ataque y la defensa de las plazas son pues un tema muy importante, que entra necesariamente en la obra que he empezado por orden de vuestra Majestad. Voy a tratarlo metódicamente, según los diferentes autores que han escrito sobre el mismo; no me quejaré por hacer un trabajo que puede contribuir tanto a la utilidad pública.

I – De la fortificación natural y artificial de las plazas

Las plazas y castillos son fuertes bien por la naturaleza, bien por el arte, y mejor aún cuando lo son por la una y por el otro: por la naturaleza, cuando se asientan sobre lugar elevado o escarpado, rodeado de mar, de marismas o de ríos; por el arte cuando se los rodea de murallas y de fosos. Es mejor y más seguro aprovechar las ventajas naturales del lugar cuando se trata de construir una plaza, pues si se las olvida, todo se ha de basar en la industria y el trabajo. Sin embargo se encuentran antiguas plazas dispuestas en llanuras abiertas, que a pesar de ello se han convertido en inexpugnables a fuerza de trabajos y arte.

II – De la necesidad de construir las murallas con ángulos y no en línea recta

Nuestros antepasados ya vieron que no se debía hacer el cercado de una plaza en una línea continua, a causa de los arietes que abrían brechas con toda facilidad; pero por medio de torres erigidas en las murallas, muy cercanas entre sí, las murallas presentaban salientes y entrantes. Si los enemigos querían colocar escalas o acercar máquinas contra una muralla de esa construcción, se les veía de frente, de lado y casi que por detrás; así se encontraban como rodeados en medio de las baterías de la plaza, que les fulminaban.

III – De cómo se debe usar en la muralla la tierra extraída del foso

Esta es la manera de construir la muralla para dotarla de la máxima fuerza: Se construyen dos muros paralelos a veinte pies de distancia uno del otro; en este espacio, que será el espesor de la muralla, se tira la tierra que se extraiga del foso, y se compacta a fuerza de golpes. Los dos muros no se elevan a la misma altura: el que mira hacia el interior de la plaza debe ser mucho más bajo que el otro, a fin de poder construir una pendiente suave y cómoda para subir desde el pueblo a sus defensas.

Es difícil para un ariete derribar un muro que está sostenido por tierras; y si por azar derriban las piedras de la muralla, esta masa de tierras compactas aún resistirá sus golpes como si de una verdadera muralla se tratara.

IV – De rejas y puertas y de cómo protegerlas del fuego

Se trata de cómo proteger las puertas del fuego que se les pueda lanzar. Para conseguirlo, se deben cubrir de pieles frescas o de planchas de hierro; pero estas soluciones no son tan buenas como la de nuestros antepasados, que consistía en añadir delante de la puerta un espacio, en la entrada del cual se coloca una reja colgada de sogas o cadenas de hierro: si los enemigos intentan entrar, la reja cae sobre ellos, los encierra y los libra a los asediados. Es necesario, sin embargo, construir la muralla sobre la puerta con matacanes, para poder lanzar agua sobre ella si el enemigo consigue prenderle fuego.

V – De los fosos

Es necesario construir fosos delante de las plazas, muy anchos y profundos, para que los asediadores no puedan llenarlos fácilmente, y para que las aguas de los mismos, filtrándose en sus minas, les impidan continuarlas. La profundidad de los fosos y sus aguas son los mayores obstáculos para esos trabajos subterráneos.

VI – De cómo protegerse de las flechas de los asediadores

Es muy de temer que la gran cantidad de flechas que los asaltantes pueden lanzar haga abandonar las murallas y les facilite escalar hasta la plaza, así que la mayoría de la guarnición debe tener grandes escudos y armaduras completas; y para protegerlos aún mejor, se deben tender sobre las murallas lienzos de tela y mantas de crin. Esta doble protección flotante amortigua el impacto de las flechas, y difícilmente las deja pasar.

Se ha de añadir a todo esto la invención de las metellas, que son cajas de madera llenas de piedras; se colocan a lo largo de los parapetos con un arte tal que los asaltantes, al subir por las escalas, no pueden tocarlas sin producir una lluvia de piedras sobre sus cabezas.

VII – De los medios por los que los asediados pueden evitar el hambre

En su momento hablaremos de los diferentes métodos de ataque y defensa; pero antes es necesario saber que hay dos maneras, en general, de atacar una plaza: la primera, tomándola por la fuerza, por medio de asaltos; la segunda cuando, después de haber sitiado la plaza, se desvían las fuentes de agua de los sitiados, y se les corta la provisión de víveres, para conseguir su rendición por el hambre; y es la manera más fácil de desmoralizar a los sitiados, sin correr riesgo alguno. Para no correr este riesgo, es necesario a la más mínima sospecha de las intenciones de enemigo, transportar a la plaza todos los víveres que se puedan encontrar en el campo a fin de que los sitiados puedan tener más incluso de lo necesario, y que la escasez obligue a los enemigos a retirarse. Es adecuado salar no solamente los cerdos sino también todos los animales que no puedan mantenerse vivos en un espacio cerrado, para proporcionar carne a los sitiados. La volatería es necesaria para los enfermos y se alimenta con poco gasto en la plaza. Es imprescindible reunir todo el forraje posible y quemar todo lo que no se pueda llevar. Se deben hacer también grandes provisiones de vino, vinagre, de frutas y legumbres de todos los tipos, y no dejar nada que pueda ser de utilidad para el enemigo. Se debe tener gran cuidado de los jardines públicos y particulares, pues son muy útiles en esas circunstancias.

Pero de nada sirve reunir gran cantidad de alimentos si la distribución de los mismos no se hace desde el principio con sabiduría. Aquellos que han vivido en una economía de la abundancia nunca han estado expuestos al hambre. A menudo se ha hecho salir de una plaza sitiada a las mujeres, los niños y los ancianos por temor a que la escasez de víveres forzara a la guarnición a rendirse.

VIII – Del aprovisionamiento de municiones para la defensa de las plazas

Se debe hacer provisión de betún, azufre, pez líquida, y ese aceite al que llaman incendiario para quemar las máquinas del enemigo. Se debe guardar en los almacenes suficiente hierro y acero, junto con carbón, para fabricar armas, y madera preparada para fabricar astas de todo tipo y manera. Se deben recoger de las riveras todo tipo de piedras redondas, pues son más pesadas y se lanzan mejor. Estos cantos se amontonan en las torres y murallas, los más pequeños para ser lanzados a mano o con la honda o el fustibal (honda con asta), los medianos para ser lanzados con los onagros (catapultas); y se colocan los mayores y más redondos a lo largo de los parapetos, para aplastar a los asaltantes y destrozar sus máquinas. También se construyen grandes ruedas de madera verde, o bien se cortan grandes cilindros de los troncos de los árboles más gruesos, pulidos para que puedan rodar bien. Estas masas, dejadas caer por su propio peso sobre los escombros de las brechas de las murallas, derriban a los enemigos y producen temor por doquier. También es necesario tener en el almacén postes, maderos y clavos de todos los tamaños; pues la única manera de enfrentarse a las máquinas de los asaltantes es con otras máquinas, sobre todo cuando se trata de aumentar rápidamente la altura de murallas y parapetos para no ser dominados por las torres móviles de los asediantes.

IX – De lo que se debe hacer cuando fallan las cuerdas de las máquinas

Es necesario prestar una atención particular a dotarse de cuerdas de nervios (tendones): Los onagros, las balistas y las otras máquinas no sirven para nada si no son armadas con cuerdas de este tipo. Algunos aseguran sin embargo que las cuerdas de crin de caballo sirven igualmente; y está fuera de toda duda, sobre todo por la experiencia práctica que tuvieron los romanos en un caso de urgencia, que los cabellos de mujer no tienen menor fuerza. En el sitio del Capitolio, las máquinas estaban desarmadas a fuerza de usarlas, y carecían totalmente de cuerdas de nervios, las damas hicieron donación de sus cabellos a los maridos, que rearmaron las máquinas y rechazaron vigorosamente a los enemigos: loable sacrificio, que preservó la libertad de esas damas virtuosas y la de sus esposos. También es necesario hacer acopio de mantas de pelo y pieles crudas, para cubrir las balistas y las otras máquinas.

X – De las maneras de impedir la falta de agua en la plaza

Es una gran ventaja para una plaza estar surtida en el interior de su cercado de fuentes que no se agoten. Cuando no se dispone de ellas, es necesario excavar pozos profundos y extraer el agua con cubos. Pero si el asedio se da en una fortaleza erigida en terreno montañoso, o en terreno seco o rocoso como suele ocurrir, se deben buscar vías de agua más bajas, fuera del cerco de la plaza, y se las protege con las baterías de las murallas y de las torres para asegurar la comunicación. Y si la fuente está fuera del alcance de nuestras armas, pero a nivel inferior y del lado de la plaza, es necesario construir entre la plaza y la fuente un pequeño fuerte, que se suele llamar burgo, en el que se colocan balistas y arqueros para alejar a los enemigos y defender a las gentes enviadas para acarrear el agua. También se deben excavar grandes cisternas en todos los edificios públicos, y en gran parte de las casas particulares, para recoger las aguas de lluvia. Por lo demás, la sed raramente ha hecho caer una plaza, por poca agua que haya disponible, siempre que los asediados solo la usen para beber.

XI – De cómo solucionar la falta de sal

Si se está asediado en una villa costera, y se agota la sal, se debe desviar el agua del mar por canales hasta estanques llanos, donde el calor del sol la reducirá a sal. Pero si el enemigo os impide recoger el agua, como puede llegar a pasar, se recogen las arenas que la tormenta haya acercado, y se lavan en agua dulce que la acción del sol convertirá también en sal.

XII – De cómo rechazar un primer asalto

Cuando se atacan plazas por la fuerza, el peligro es recíproco: sin embargo cuesta más sangre a los asediadores por los asaltos sangrientos que realizan, aunque los asediados sienten más el efecto del miedo. La violencia de los asaltantes amenazando con tomar la plaza, el aspecto aterrador de las tropas luchando bajo las murallas, el sonido de las trompetas, los gritos de los hombres, aterrorizan más cuanto menos acostumbrado se esté a ello. Entonces, si los asediados no están acostumbrados a los peligros, y se dejan sorprender por el primer asalto, se colocan las escalas y la villa puede darse por tomada. Pero si este primer asalto es soportado de forma rigurosa por gente aguerrida, el valor se crece también entre los asediados; el miedo desaparece y las dos partes acaban usando solamente la fuerza y el arte.

XIII – De las máquinas para atacar las plazas

Para tomar una plaza se puede usar: tortugas (testudos), carneros (arietes), guadañas, vineas (galerías cubiertas), manteletes, musculus (otro tipo de galerías) y torres. Voy a mostrar la forma de construir estas máquinas, junto con la manera de usarlas en el ataque y de resistirse a ellas en la defensa.

XIV – Del carnero, la guadaña y la tortuga

Se construye la tortuga con un armazón de tablones, y se la protege del fuego cubriéndola de cueros crudos, mantas de pelo o piezas de lana: la tortuga protege una viga armada en uno de sus extremos de un hierro ganchudo usado para arrancar las piedras de las murallas: entonces se llama guadaña a dicha viga, debido a la forma del hierro; o bien se la arma de una gran pieza de hierro, a la que se llama carnero, ya sea porque derriba las murallas por la dureza de su frente, o bien porque recula, a la manera de los carneros, para volver a golpear enseguida con más fuerza. La tortuga es llamada así también por su parecido al animal del mismo nombre. De la misma manera que la tortuga esconde la cabeza o la saca, esta máquina retira y vuelve a sacar la viga para golpear con más fuerza.

XV – De las vineas, el mantelete y el caballero

Antiguamente se llamaba Vineas a las galerías de aproximación, a las que los soldados dan hoy en día un nombre bárbaro (causias). Esta máquina se construye con una estructura de carpintería ligera, de siete pies de alto, ocho pies de ancho y dieciséis pies de largo, con un doble techo de tablas y planchas. Sus lados se cubren con un tejido de mimbres impenetrable a piedras y proyectiles; y por temor al fuego se cubre todo su exterior con cueros frescos o mantas de lana; se colocan varias de estas máquinas, unidas por el extremo, de forma que los asaltantes pueden avanzar a cubierto hasta el pie de las murallas, para minarlas. Los manteletes están hechos de carpintería ajustada y recubiertos de un tejido de mimbres, guarnecido de pieles frescas o piezas de lana. Se las colocan a placer, como carretas, por medio de tres pequeñas ruedas colocadas, una en el centro de la parte delantera, y las otras dos en los dos extremos traseros. Los asediadores acercan estos manteletes a las murallas; y desde esa protección desalojan a los defensores de las murallas a base de flechas, con las hondas y con proyectiles de todo tipo, para facilitar la escalada. El caballero es una plataforma que se va elevando por medio de maderas y tierra contra las murallas, para lanzar proyectiles hacia la plaza.

XVI – Del musculus

Llamamos musculus a unas pequeñas máquinas bajo las que los asaltantes rellenan el foso de la plaza con piedras, tierras y manojos que acercan hasta el mismo.; consolidan y aplanan el terreno para que las torres de asalto puedan acercarse a las murallas sin obstáculo alguno. Se les llama musculus por el nombre de un animal marino. Al igual que dicho pez sirve de guía a las ballenas, y les es de gran utilidad, a pesar de su diminuto tamaño, de la misma manera estas pequeñas máquinas destinadas al servicio de las grandes torres, caminan delante de ellas abriéndoles paso y franqueándoles el camino.

XVII – De las torres de asalto

Las torres son grandes construcciones de vigas y maderos, revestidas con cuidado de cueros crudos o mantas de lana para protegerlas del fuego del enemigo. Su anchura es proporcional a la altura, a veces tienen treinta pies en cuadrado, a veces cuarenta o cincuenta: pero su altura excede la de las murallas o las torres de piedra más altas. Están construidas con destreza sobre numerosas ruedas, que permiten mover estas masas prodigiosas. La plaza está en claro peligro cuando una de estas torres logra unirse a las murallas; sus pisos se comunican interiormente por escalas, y contiene en su interior diferentes máquinas para conquistar la villa. En el piso inferior hay un carnero (ariete) para abrir brecha en las murallas; el piso central tiene un puente hecho con dos armazones y rodeado de un parapeto. Este puente puede ser lanzado y colocado entre la torre y lo alto de la muralla y crea un pasillo por el que los soldados pueden penetrar en la plaza. La parte superior de la torre está ocupada por combatientes armados de lanzas, arcos y piedras para limpiar de defensores las murallas. Desde el momento en que llegamos a esta situación, la villa es tomada en poco tiempo. ¿Qué recurso les queda a los que se confían a la altura de sus murallas cuando de pronto ven una más alta sobre su cabeza…?

XVIII – De cómo prender fuego a una torre de asalto

Hay varias maneras de defenderse de estas temibles máquinas. Si los asediados tienen el coraje y la seguridad suficiente, pueden hacer una salida con tropas de élite; y después de rechazar al enemigo, pueden arrancar los cueros que cubren la torre y prenderle fuego: pero si la guarnición no osa arriesgarse a una salida, se pueden lanzar con grandes balistas unos proyectiles llamados malleolus u otros llamados falaricas que atraviesan los cueros y las coberturas, y llevan el fuego hasta las maderas. Los malleolus (martillitos) son una especie de flechas ardientes, que prenden fuego en todas las partes donde se clavan. La falarica es una especie de lanza armada con una gran punta, entre la cual y el asta se atan unas estopas empapadas de azufre, betún, resina y aceite incendiario. Este proyectil, lanzado por las balistas, atraviesa las coberturas de la torre, se clava en el cuerpo de la máquina y normalmente le prende fuego. Si se escoge un momento en que los asaltantes tengan la guardia baja, por medio de cuerdas se hace descender las murallas a unos cuantos hombres con linternas encendidas, y se les vuelve a subir después de que hayan prendido fuego a las máquinas.

XIX – De cómo aumentar la altura de las murallas

Los asediados, para no ser dominados y atacados por una máquina más alta que sus defensas, remontan la parte de muralla por donde la torre intenta acercarse; y eso se consigue con una construcción de piedra y cemento, de tierra o de ladrillo, o incluso de carpintería. Esas torres temibles dejan de serlo en cuanto se ven inferiores a las defensas que se les oponen. Pero los atacantes suelen emplear una treta para esto.

La máquina aparece de menor altura que las murallas de la plaza; y de hecho lo es, pero encierra en su interior una pequeña torreta invisible para los asediados, y que se hace subir por medio de cuerdas y poleas en el momento adecuado; de pronto se eleva por encima de las defensas de la plaza y los soldados que hay en ella penetran en la villa.

XX – Del uso de minas para defenderse de las torres de asalto

A veces se colocan largas vigas revestidas de acero en el camino de las torres de asalto para alejarlas de las murallas. En el sitio de Rodas los asediadores habían construido una torre de asalto, muy superior en altura a las murallas y torres de la villa, pero un ingeniero imaginó un sistema para inutilizarla. Durante la noche excavó una galería subterránea que pasaba por debajo de las murallas de la plaza, llegando hasta un lugar por donde la torre debía pasar al día siguiente, en su camino hacia las murallas. Los enemigos, sin sospechar ningún artificio, condujeron la torre hasta el lugar minado. La galería no pudo soportar el peso enorme de la torre, y se hundió de manera que no fue posible retirar la torre del lugar. Tuvieron que dejarla allá, lo que salvó la plaza.

XXI – De las escalas, arpa, exostra y tollenon

En cuanto la torre de asalto llegaba a las murallas, los honderos con piedras, los arqueros, los manubalistarios y ballesteros con flechas y en general todos los hombres con armas arrojadizas, desalojaban a los asediados de los contrafuertes; y acto seguido se alzan las escalas: pero generalmente se está expuesto a la suerte de Capaneo, a quien se atribuye la invención de la escalada, y a quien los tebanos precipitaron tan violentamente que los poetas temieron que hubiese sido alcanzado por un rayo. Los asaltantes se sirven de otros medios para tomar la plaza, como por ejemplo el Arpa o puente colgante, la Exostra o pasarela extensible y el Tollenon o báscula. El Arpa es una especie de puente levadizo, llamado así por su parecido con el instrumento musical del mismo nombre: es un puente de estructura ligera, unido perpendicularmente a la torre, y es bajado por medio de cuerdas y poleas hasta alcanzar la muralla; e inmediatamente los soldados saliendo de la torre, y se lanzan sobre las murallas atravesando el pasadizo. La Exostra es el mismo puente que hemos descrito antes, y que se extiende desde la torre hasta la muralla. El Tollenon es una báscula hecha con dos grandes trozos de madera, la una bien plantada en tierra y la otra, mucho más larga, bien asentada al través en la punta de la primera, y en equilibrio de manera que cuando se baja uno de los extremos, el otro se eleva. En ese extremo se ata una caja de mimbre o madera con un puñado de soldados en su interior; y bajando el otro extremo, se les hace alcanzar la altura de las murallas.

XXII – De las Balistas, Onagros, Escorpios, Ballestas, Fustibales, Hondas, etc. Para defender la plaza

Los asediados oponen a las máquinas de asalto que acabamos de nombrar otras llamadas balistas, onagros, escorpios, ballestas, fustibales, hondas y flechas. La balista se monta con cuerdas de tendones; y dispara más lejos cuanto mayor es la longitud de sus brazos; siempre que haya sido construida según las proporciones dictadas por el arte, y servida por personal preparado que haya estudiado su alcance, puede atravesar todo lo que golpea. El onagro se usa para lanzar piedras; y según su tamaño y el grosor de las cuerdas de tendones, puede lanzar cuerpos más o menos pesados, con una violencia comparable al rayo. Estas dos máquinas son las más terribles de todas. Lo que hoy es llamado manubalista, era llamado antiguamente escorpio, porque esta máquina mata con dardos finos y delgados. Me parece superfluo describir el fustibal, la ballesta o la honda, armas suficientemente conocidas por el uso que se hace de ellas en la actualidad. Añado que en lo referente al onagro, las masas que lanza son de un peso suficiente para destrozar no solo a hombres y caballos sino también a las máquinas del enemigo.

XXIII – De los colchones, nudos corredizos, lobos y columnas pesadas contra el ariete

Hay varios medios de resistir el ataque de los arietes y hoces. Algunos bajan por medio de cuerdas unos colchones y mantas de lana, a lo largo de la muralla, por delante del lugar donde golpea el ariete, para amortiguar la violencia de los golpes. Otros enlazan la cabeza del ariete con nudos corredizos, tiran de ellos a fuerza de brazos desde lo alto de las murallas y consiguen volcar ariete y tortuga. Muchos cuelgan de cuerdas unos hierros dentados, a manera de pinzas, que se llama lobo, con el que agarran el ariete y lo levantan de manera que no pueda seguir su labor. Otras veces se tiran de lo alto de las murallas columnas y masas de piedras o mármol sobre los arietes para destrozarlos. Si a pesar de todo esto el ariete perfora la muralla, cosa que ocurre a menudo, la única solución posible es derruir las viviendas y construir otro muro interior, combatiendo a los enemigos sobre las murallas si intentan forzarlas.

XXIV – De las minas, sean para derruir las murallas, sean para penetrar la plaza

Hay otra manera, silenciosa y traicionera, de tomar las plazas: son las minas o conejeras, porque se parece a las galerías de los conejos. Se emplea un gran número de trabajadores para abrir la tierra, como hacen los mineros para sacar la plata y el oro de la tierra de los Besas32, pueblos industriosos en la excavación de minas de oro y plata, y se dirige hacia la villa una galería subterránea. Esta obra tiene dos usos posibles: o bien los asaltantes la hacen llegar hasta el interior de la plaza, se introducen de noche, sin que los asediados se aperciban, abran las puertas de la plaza a sus gentes y degüellen a los habitantes en el interior de sus casas; o bien cuando los mineros llegan a los cimientos de las murallas, los excavan a lo largo, por gran extensión, y los apuntalan con maderos secos, que rodean de sarmientos y diferentes materiales combustibles. Después de haber dispuesto las tropas para el asalto, se prende fuego al apuntalamiento y la muralla, hundiéndose de golpe, abre una larga brecha que permite el asalto.

XXV – Último recurso de una plaza forzada

Hay multitud de ejemplos de villas forzadas y tomadas por sorpresa, que han logrado hacer perecer a todos los enemigos que habían entrado en ellas. En realidad la villa no se puede considerar perdida si los asediados siguen siendo dueños de las murallas, las torres y los lugares altos de la plaza. Desde la altura, la guarnición puede rodear a los infiltrados y atacarlos por todos lados, en las calles y las plazas, mientras que desde las ventanas y los tejados de las casas, la burguesía de todo sexo y edad hace llover sobre ellos piedras y dardos. Para no correr este riesgo, normalmente se abren las puertas a los asediados para evitar la decisión de una defensa obstinada, producida por la desesperación

XXVI – De las precauciones a tomar para evitar que el enemigo tome furtivamente los muros

A menudo los asaltantes usan del engaño, simulan retirarse y levantar el asedio; pero en cuanto la guarnición, creyéndose segura, abandona la guardia de las murallas, aprovechando la oscuridad de la noche vuelven sobre sus pasos y escalan los muros. Por esto es imprescindible hacer una guardia más estricta cuando el enemigo se retira que antes. Por la misma razón, las murallas y las torres deben estar dotadas de garitas donde los centinelas estén a cubierto del frío y la lluvia durante el invierno, y del ardor del sol durante el verano. En ocasiones se alojan en las torres perros feroces, de buena nariz, para olfatear de lejos a los enemigos que se aproximan; y se cuenta que las ocas tiene similar sagacidad para alertar con sus gritos los ataques nocturnos. Roma no hubiese subsistido al ataque de los galos, que ya entraban en el Capitolio, si Manlio, alertado por los gritos de las ocas, no hubiese salvado la ciudadela con su valor. Así, estos hombres que iban a ser sojuzgados, conservaron la libertad gracias a la vigilancia de un ave, o una suerte increíble.

XXVII – De los engaños de los asaltantes

No solo en los asedios sino que en todo lo que concierne a los asuntos de la guerra, es imprescindible estudiar y conocer a fondo las costumbres de los enemigos. Solo se encontrará la ocasión apropiada para tenderle trampas si se conocen los momentos en que relaja la guardia, que presta menos atención: si es a mediodía, por la tarde o por la noche cuando sus soldados comen o reposan. En cuanto son conocidas estas costumbres de los asediados por los asaltantes, se suspenden los ataques a esas horas para fomentar la negligencia; y cuando se han confiado lo suficiente, debido a la falta de ataques en esos momentos, se acercan las máquinas rápidamente, se levantan las escalas y se toma la plaza. Por esto es necesario disponer en las murallas montones de piedras y máquinas siempre preparadas, para que si se produce un ataque sorpresa, los soldados que acuden a la primera señal de alarma tengan siempre a mano proyectiles para usar contra los enemigos.

XXVIII – De cómo los asaltantes pueden protegerse de los engaños de los asediados

La negligencia expone a los asaltantes, al igual que a los asediados, al peligro de los ataques por sorpresa. Pues si la guarnición sabe aprovechar los momentos adecuados, puede hacer una salida, matar fácilmente a los que coja desprevenidos, quemar los arietes, las máquinas y plataformas y destruir todas las obras de asedio. Pero los asaltantes deben excavar alrededor de la plaza, fuera del alcance de los proyectiles, un gran foso, rodeado con una empalizada de tierra y madera, flanqueada por pequeñas torres para impedir las salidas de los asediados. Esta obra se llama contravallado y suele encontrarse citado en las crónicas, en la descripción de los asedios, que tal o cual villa ha sido rodeada por una construcción similar

XXIX – De las máquinas que sirven para la defensa de las plazas

Las mismas máquinas sirven para el ataque y para la defensa de las plazas, con la diferencia de que las armas arrojadizas, ya sean dardos arrojadizos33, picas, lanzas o jabalinas golpean más duramente cuando son lanzadas desde arriba. De la misma manera, las flechas disparadas por los arcos, y las piedras lanzadas con la mano, la honda o el fustibal, alcanzan mayor distancia cuanto mayor es la altura desde la que son lanzadas. En cuanto a las balistas y onagros, si son servidos por gentes hábiles, sobrepasan a todas las otras máquinas y no hay valor ni armadura que protejan de sus golpes: como el rayo, rompen y destruyen todo lo que alcanzan.

XXX – De cómo saber la altura de las murallas

Para que las escalas y máquinas cumplan con la función que se espera de ellas, es necesario construirlas con una altura superior a la de las murallas. Hay dos métodos para encontrar esa medida. El primero consiste en atar una cinta delgada y ligera a la punta de una flecha que se lanza contra la muralla; y cuando llega a la parte superior de la misma, se estima la altura de la muralla según la longitud conocida de la cinta: o si se prefiere, se puede medir esa altura gracias a la sombra de las murallas y torres, sin que los asediados se den cuenta. Se planta en tierra un poste de diez pies de altura, y se mide la longitud de la sombra que proyecte. Entonces se puede calcular la altura de las murallas por la proporción entre las longitudes de las dos sombras, al saber lo que mide la sombra del poste.

A mi parecer, he redactado por el bien público todo lo que los autores militares nos han legado desde la antigüedad y las novedades que la experiencia nos ha enseñado en los últimos tiempos sobre el ataque y la defensa de las plazas. Y repito una vez más que es imprescindible tomar las mayores precauciones para evitar la falta de víveres o de agua, pues es mal sin remedio. Se tienen que almacenar más provisiones de las necesarias para subsistir el máximo tiempo que el enemigo pueda tener la plaza asediada.

La navegación.

XXXI – De cómo los Romanos siempre tuvieron una flota presta

Después de haber tratado, por orden de vuestra Majestad, de la guerra que se desarrolla en tierra, solo queda, a mi parecer, hablar de la marina; y no hay mucho que decir sobre este aspecto de la milicia, pues estando la mar en paz desde hace tanto tiempo, solo tenemos pendencias con las naciones bárbaras en tierra.

El pueblo romano, desde el principio de su historia, siempre había tenido una flota equipada para la grandeza y el bien del estado; no por una necesidad bélica concreta, sino por la posibilidad de dicha necesidad, dicha flota siempre estaba presta a zarpar. Nadie osa insultar fácilmente a una potencia preparada para resistir y tomar cumplida venganza. Siempre se disponía de dos flotas preparadas en Misena y Rávena compuestas por una legión cada una. Estos puertos fueron designados por su cercanía a Roma y para velar por su seguridad, y a la vez para poder salir sin retrasos ni rodeos en dirección a cualquier parte del mundo. La flota de Misena estaba próxima a las Galias, las Españas, la Mauritania, África y Egipto, Cerdeña y Sicilia; y la flota de Rávena tenía ruta directa hacia el Epiro, la Macedonia, la Propóntide, el Ponto, Oriente, las islas de Creta y de Chipre. Esta situación era muy ventajosa, pues en las expediciones, a menudo la velocidad es más importante que la fuerza o el valor.

XXXII – De los oficiales de las flotas navales

El prefecto de la flota de Misena estaba al mando de las galeras (liburnae) de los mares de la Campania, y el de la flota de Rávena de los mares Jonios. Diez tribunos, comandando otras tantas cohortes, obedecían a cada uno de estos oficiales. Cada galera tenía su capitán, que, a excepción de algunas partidas del servicio de marineros, estaba al cargo de controlar las funciones cotidianas de timoneles, remeros y soldados.

XXXIII – Del origen de las galeras (liburnae)

A lo largo del tiempo, diversas provincias han sido muy poderosas en el mar, lo que les ha hecho imaginar diferentes tipos de navíos. Pero debido a la gran victoria que Augusto obtuvo en Actium, debido principalmente a sus galeras de Liburnia, hizo que se les diera preferencia sobre todas las demás; y los emperadores romanos han compuesto desde entonces sus flotas con navíos similares. En el presente, todos los navíos de guerra se construyen sobre el mismo modelo, y se llaman liburnas, por el nombre de Liburnia. Esta provincia formaba parte de la Dalmacia, y su capital era la ciudad de Jadere.

XXXIV – Del cuidado con que son construidos los navíos de Liburnia

Si para construir una casa se debe escoger con gran cuidado la calidad de la arena y las piedras, con más razón deben ser escogidos con cuidado los materiales para la construcción de las galeras, pues es mucho mayor el riesgo de navegar un mal navío que el de habitar una casa mal construida. Se construyen principalmente con ciprés, pino cultivado o salvaje, alerce y abeto; y es preferible usar clavos de cobre para unir las piezas que clavos de hierro. Por grande que parezca el gasto, todo eso se gana sin embargo en duración del barco. Los clavos de hierro, expuestos al aire y a la humedad, son rápidamente destruidos por el óxido; en vez de los de cobre, que se mantienen enteros incluso en el agua.

XXXV – De las reglas a seguir para cortar las maderas

Los árboles para la construcción de las galeras, deben cortarse entre el quince y el veintitrés de la luna; la madera cortada en este intervalo de ocho días se conserva perfectamente; si se corta en cualquier otro momento, se corre el riesgo de que sea comido por los gusanos y se pudra en el mismo año: esto dicen los conocimientos del arte, es confirmado por la práctica constante de todos los arquitectos y consagrado por la religión, verdad eterna, pues las fiestas siempre se celebran en estos días.

XXXVI – Del mes en que se deben cortar las maderas

Las maderas para construcción de barcos deben cortarse después del solsticio de verano, es decir en los meses de julio y agosto, y después del equinoccio de otoño, hasta el primero de enero: en esos meses la savia no circula y la madera está más seca y dura; sin embargo no se debe trabajar la madera en cuanto se abate el árbol, ni usarlo en la construcción de barcos en cuanto es aserrado. Los árboles cortados deben reposar cierto tiempo en tierra, sin tocarlos; y los tablones que se sacan también necesitan reposo. Si no se secan completamente, la savia que no ha salido les hace germinar: así se producen las vías de agua tan peligrosas en el mar.

XXXVII – Del tamaño de las galeras

En cuanto al tamaño de la construcción, las galeras más pequeñas tienen una sola fila de remos, las medianas dos, y las de tamaño apropiado tienen tres, cuatro y algunas veces hasta cinco filas de remos. Y no nos ha de parecer muy grande, pues se cuenta que en la batalla de Actium había navíos aún más grandes, de seis filas de remos, e incluso más. A estas grandes galeras se les unen unos barcos dotados de unos veinte remeros por borda: los bretones los llaman barcos pintados. Están destinados a tender emboscadas y para interceptar los barcos de carga y provisiones del enemigo, para observar sus movimientos y descubrir sus designios. Pero como que el color blanco les haría muy visible en el mar, se tiñen las velas y los cordajes de un color verde agua que imita el color del mar, todas las partes son pintadas de ese color: incluso los marineros y los soldados se visten de ese color, para ser menos visibles de noche y de día, mientras navegan a la descubierta.

XXXVIII – Del nombre y número de los vientos

Todo hombre que esté al mando de un ejército en el mar debe conocer el pronóstico de las tempestades; pues muchos más navíos han sido hundidos por las tormentas y las olas que por los enemigos. Gracias al estudio de esta parte de la filosofía natural, aprenderá la naturaleza de los vientos y los fenómenos del cielo que producen las tempestades. El mar es un elemento muy difícil para los hombres prudentes y mortal para los que carecen de previsión. Por esto, la primera regla en el arte de la navegación es conocer el número y el nombre de los diferentes vientos. Antiguamente se creía que, según la posición de los puntos cardinales, solo existían cuatro vientos, que soplaban desde las cuatro partes del mundo: pero por la experiencia que hemos adquirido desde entonces, ahora sabemos que existen doce. Para eliminar la más mínima duda, hemos dado a estos vientos, no solo los nombres latinos, sino también los que tienen en lengua griega; de forma que después de conocer los cuatro vientos principales, indicamos todos los que soplan a derecha e izquierda de las cuatro direcciones principales

Empecemos por el solsticio de primavera u oriente, de donde viene el viento del este, que mira al sol levante. A su derecha tiene el viento del noreste, a la izquierda el eurus, o vulturno. A mediodía está el viento del sur, el auster. Tiene a su derecha el notus blanco, a su izquierda el corus. A poniente sopla el zéfiro o viento de poniente; tiene a su derecha el africus; a la izquierda el iapix o favonius. A septentrión está el viento del norte, que tiene a su derecha el circius, y a la izquierda el bóreas, o aquilon.

Estos vientos soplan a menudo solos, a veces dos a la vez, incluso tres en las grandes tempestades. Por su violencia, los mares, que son de natural tranquilo, se vuelven furiosos, y sus soplos caprichosos cambian según las estaciones y las costas, la calma en tempestad o la tempestad en calma. Un viento favorable lleva a una flota al puerto deseado, mientras que el viento contrario la para, la obliga a recular y a afrontar los peligros del mar: pero no se ha visto naufragar a los que han conseguido un perfecto conocimiento de los vientos.

XXXIX – De los meses más seguros para la navegación

El rigor y la inconstancia de las estaciones no permite navegar todo el año. Hay meses apropiados para la navegación; los hay dudosos y otros en los que la mar es absolutamente impracticable. Después de la aparición de las Pléyades, desde el 27 de mayo hasta la aparición de Arturo, es decir, hasta el 14 de septiembre, la navegación se considera segura, porque la dulzura del verano calma la furia de los vientos. Desde ese momento hasta el 11 de noviembre, empieza a ser peligrosa; pues la violenta constelación de Arturo aparece a partir del 13 de septiembre; el 24 del mismo mes llega el molesto tiempo del equinoccio; los lluviosos Cabritillos aparecen sobre el 7 de octubre y el Toro el 11 del mismo mes: pero es en noviembre cuando la desaparición de las Vergilias (Pléyades) empieza a producir frecuentes tempestades. Así, desde el 11 de noviembre hasta el 10 de marzo, los mares están cerrados. En ese tiempo los días son cortos y las noches largas: las nubes espesas, las nieblas, el complejo rigor de los vientos, de la lluvia y de la nieve, impiden el viaje no solo de las naves de la mar sino también de los viajeros por tierra. Sin embargo, después de la abertura de la navegación, que se celebra con solemnes juegos, a la vista del pueblo y de muchas naciones extranjeras, aún hay peligro en la navegación marítima hasta el 15 de mayo, a causa de muchos astros peligrosos y de la estación misma. No digo que la laboriosa industria de los mercaderes deba quedar parada, pero hay muchas otras consideraciones, para una armada naval, que no debe exponerse en el mar como si se tratase de particulares, a quien el deseo de beneficios hace afrontar el peligro.

XL – De los signos para reconocer la proximidad de una tormenta

La salida y la puesta de algunos astros producen violentas tormentas. Aunque algunos autores les han asignado fechas fijas, a menudo varían por causas diversas; aunque hemos de confesar que el conocimiento perfecto del cielo está vedado al espíritu humano. Por eso, el arte náutico ha establecido tres órdenes de observación que deben hacerse. Hay que notar que las tempestades llegan, o bien el día marcado, o la víspera o al día siguiente; de ahí la distinción que hacían los griegos entre las que precedían (proceimasin), las que llegaban el día marcado (epiceimasin), y las que venían después (metaceimasin). Pero este detalle sería inútil sin las observaciones circunstanciales, no sólo de los meses sino incluso de los días, que tantos autores nos han dado. Los cambios de planeta causan también mal tiempo, cuando entran o salen de ciertos signos. Las razones de los sabios, así como la experiencia del vulgo nos informan también que los días interlunares son extremadamente tempestuosos.

XLI – De los pronósticos del buen y el mal tiempo

La luna es una especie de espejo donde se pueden ver reflejados muchos signos de tempestades o de buen tiempo. El color rojo anuncia vientos; el azulado la lluvia; y cuando se mezclan, anuncian grandes lluvias y furiosas tempestades. La luna brillante y serena promete a los navíos la serenidad que refleja su pálida faz, sobre todo si al cuarto día los cuernos del creciente no son romos, ni el disco está enrojecido u ofuscado por vapores. También deben tenerse en cuenta las salidas y puestas de sol. Si ilumina de forma pareja todo el horizonte, o si las nubes lo tapan por momentos; si es brillante o si la fuerza de los vientos hace que parezca un incendio; si se ve pálido y manchado por la amenaza de lluvia, todos estos son otros tantos pronósticos conocidos. El aire, el mismo mar, el tamaño y color de las nubes instruyen a los marineros atentos sobre lo que pueden esperar. Los pájaros y los peces también les ofrecen signos. El genio divino de Virgilio los ha reunido en sus Geórgicas y Varrón los ha descrito en sus libros sobre la navegación. Los pilotos hacen profesión de saber todas esas cosas, pero la costumbre y el uso participan más de sus conocimientos que la reflexión sobre sus observaciones.

XLII – Del flujo y el reflujo

El mar es la tercera parte del mundo. Aparte del soplo de los vientos que lo agitan, está animado por un movimiento y una respiración propias. A ciertas horas del día y de la noche, va y viene debido a una agitación llamada flujo y reflujo. En un caso, como un torrente se desborda hacia tierra, y en el otro retrae sus aguas hacia el lecho. Este movimiento recíproco ayuda o retarda a los navíos, según sea favorable o contrario; y por eso es importante tomar medidas cuando se quiere entrar en combate. La violencia de la marea no se puede vencer por la fuerza de los remos, pues hasta el mismo viento cede ante ella; y dado que varía según la diversidad de las costas y de las fases de la luna, es necesario, antes de enzarzarse en un combate naval, conocer las horas de la marea para las costas en las que se esté en ese momento.

XLIII – Del conocimiento de los lugares, o de la maniobra

La habilidad del piloto consiste en conocer bien los mares que navega, para poder evitar los arrecifes, los bancos de arena, los bajíos y otros peligros. Cuanto más profunda es la mar, más seguro se está. Si se pide vigilancia al capitán y sabiduría al piloto, los remeros necesitan fuerza, porque las batallas navales ocurren en tiempo de calma, cuando no se dispone del soplo de los vientos para mover las grandes masas de las galeras. Necesitan de toda la fuerza de los remos para golpear violentamente con los espolones contra los barcos enemigos, o para evitar que los enemigos choquen contra ellas. En estas maniobras, la victoria depende en gran parte del brazo de los remeros y de la destreza del timonel.

XLIV – De las armas y máquinas navales

En una batalla marítima se usan, además de todos los tipos de armas que usan en batalla los ejércitos en tierra, algunas de las máquinas e instrumentos que se usan para atacar o defender las plazas. Nada es tan cruel como una batalla naval, donde los hombres mueren por el fuego o por el agua. Por esto, la primera precaución debe ser dotar a los soldados de protección suficiente, armaduras completas o medias corazas, con cascos y grebas, más si tenemos en cuenta que no pueden quejarse por el peso de las armas dado que el combate se realiza en los navíos, sin moverse del lugar. También se les dan escudos más duros, para soportar los impactos de piedras, y más amplios por las guadañas y los «colmillos» y demás armas usadas en las batallas navales. Desde las dos bandas se lanzan piedras, flechas, dardos, plumbatas, por medio de hondas, fustibales, onagros, balistas y escorpiones: pero el abordaje es terrible. Los más atrevidos juntan sus galeras de las del enemigo, lanzan unos puentes por la borda para pasar; y entonces es cuando se inicia el combate cercano con espadas, cuerpo a cuerpo como se suele decir. En las galeras grandes se suelen levantar castillos y torres, a fin de poder, como desde lo alto de una muralla, hostigar al enemigo y llegar a matarlo. Por fin, las balistas lanzan a los navíos enemigos flechas rodeadas de estopa embebida de aceite incendiario, azufre y asfalto, las cuales incendian rápidamente las planchas de madera tratadas con cera, brea y resina. En estos combates algunos perecen por el hierro, otros aplastados por las piedras; otros son consumidos por las llamas, en medio de las olas; y entre todas las muertes diferentes, lo más cruel es que los cuerpos sin sepultura sirven de pasto a los peces.

XLV – De los engaños que se practican en el mar. De lo que sucede en las batallas navales en mar abierto. Enumeración de las armas que son necesarias. De los postes herrados, de las hoces, y de las hachas de doble hoja

Los engaños se dan de la misma manera en el mar que en tierra. Se tienden emboscadas en las zonas más favorables de las islas, para vencer fácilmente a un enemigo que no está en guardia. Si sus marineros están cansados por haber remado demasiado tiempo; si tienen el viento o la marea en contra; si están en una rada sin salida; en fin, siempre que la situación de combate se presente como la hemos deseado, hay que aceptar los dones de la fortuna, y entrar en combate con las ventajas que nos ha ofrecido. Pero si, al estar vigilantes, los enemigos no caen en las trampas que les hemos tendido, y nos fuerzan a entrar en combate, entonces debemos colocar nuestras galeras en orden de batalla, no en línea recta, como se colocan los ejércitos en tierra, sino en una línea curva en forma de creciente. Vuestro centro será cóncavo, y las alas se adelantarán, curvándose hacia el interior, de manera que si el enemigo quiere atravesar el centro, se encontrará rodeado por la misma disposición de vuestras alas. Por la misma razón, se deben colocar las mejores tropas en las alas, y las galeras más fuertes de la flota.

XLVI – ¿Qué hacer cuando se emprende una batalla naval en un combate abierto?

Hay que tratar de tener el viento favorable para vuestra flota y empujar la del enemigo contra la costa, porque los navíos que son empujados hacia tierra pierden el empuje necesario para la maniobra que piden las acciones navales. En estos combates se consiguen grandes ventajas del uso de tres tipos de armas, que son los postes herrados, las hoces y las hachas de dos filos. Los postes herrados por los dos extremos son largos y finos, y están colgados del mástil a manera de verga. Cuando los navíos llegan a abordarse por la derecha o la izquierda, se ponen en funcionamiento estas especies de arietes que derriban y matan a los marineros y a los soldados, y a menudo perforan las bordas de los navíos. Las hoces son hierros curvos y afilados unidos a una larga pértiga: sirven para cortar de un solo golpe todos los cordajes de las vergas y las velas, para inutilizar el barco enemigo. Las hachas de doble filo es un hacha doble, hecha a partir de un hierro grande y acerado, y que corta por los dos lados. La usan los marineros o los soldados más osados, que, en el calor del combate y usando pequeñas canoas, disimuladamente cortan con ellas el cordaje del timón de los navíos enemigos: lo que vuelve inevitable la toma del barco, ya que queda totalmente fuera de combate. ¿Qué defensa puede tener una vez perdido el timón?. Creo necesario no comentar nada sobre los barcos de crucero, que se usan para las guardias diurnas y nocturnas en el Danubio: dado el gran uso que se hace de ellos en la actualidad, ha llevado estos navíos a un punto de perfección tal que no se encontraría nada parecido en los libros de nuestros ancestros.

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