Tristes

Publio Ovidio Nasón

Las Tristes (Tristia en latín), también llamadas en español Tristezas, es una colección de poemas escritos por el afamado poeta y escritor romano Publio Ovidio Nasón, mejor conocido en nuestros tiempos simplemente por su nomen, Ovidio. Los mismos fueron escritos en el exilio, luego de que en el año 8 después de Cristo el emperador Octavio Augusto expulsara al poeta de Roma por considerar vulgares los versos hallados en su obra Ars Amatoria (aunque otras fuentes plantean, de manera quizás más afín a la realidad, que la expulsión se debió a que Ovidio tenía conocimiento de las aventuras amorosas de Julia, la nieta del emperador). Se estima que Ovidio escribió la obra en el año 9 d. C. durante su penosa travesía a Tomos.

Los poemas, de esquema dístico elegíaco (un hexámetro y un pentámetro), se agrupan en cinco libros a lo largo de los cuales Ovidio expresa con su bella poesía sus dolores, nostalgia y melancolía a causa del exilio. Además de lo anterior, la obra tiene como objetivo el explicar lo sucedido, defender su inocencia e implorar clemencia al emperador. Ovidio continua su obra en el exilio con las Cartas del Póntico.

Tristes

Notas a las Tristes

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Libro primero

ELEGIA 1

I.- Pequeño libro, irás, sin que te lo prohíba ni te acompañe, a Roma, donde, ¡ay de mí!, no puede penetrar tu autor. Parte sin ornato, como conviene al hijo de un desterrado, y viste en tu infelicidad el traje que te imponen los tiempos. Que el jacinto no te hermosee con su tinte de púrpura: tal color es impropio de los duelos; que tu título no se trace con bermellón, ni el aceite de cedro brille en tus hojas, ni los extremos de marfil se destaquen de la negra página. Luzcan estos primores en los libros venturosos; tú debes recordar mi adversa fortuna. Que la frágil piedra pómez no pula tu doble frente, para que aparezcas erizado con los pelos dispersos. No te avergüences de los borrones; el que los vea, notará que los han producido mis lágrimas. Marcha, libro mío; saluda de mi parte aquellos gratos lugares, y al menos los visitaré del único modo que se me permite.

Recomendación: puede consultar las notas a cada verso siguiendo este enlace. Las notas ayudarán a una mejor comprensión del contexto.

Si entre la turba hay quien se acuerda de mi, y pregunta acaso en qué me ocupo, dile que vivo, mas no afirmes que estoy sano y salvo; pues gozo la existencia gracias al beneficio de un Dios. Entrega con prudencia tus páginas a la curiosidad indiscreta, y no hables más de lo necesario. Al punto que te vea el lector, recordará mi crimen, y la voz general me declarará enemigo del bien público. No salgas a mi defensa, aunque las acusaciones me despedacen; una causa mala se empeora si la defienden. Tal vez encuentres alguno que se lastime de mi destierro, y no lea tus versos sin humedecer sus mejillas, y temeroso de que le sorprenda cualquier malvado, haga mudos votos por que la clemencia de César me imponga castigo de menos rigor. Quienquiera que sea, yo a la vez ruego mil prosperidades para el que pretende aplacar a los dioses en pro de un desvalido. Ojalá consiga lo que impetra, y calmada la cólera del Príncipe, se me permita morir en el seno de la patria. Aun cumpliendo fiel mis órdenes, tal vez, libro mío, seas criticado y puesto por debajo de la reputación que se labró mi ingenio. Es deber del juez pesar tanto las circunstancias del hecho como el hecho mismo; si así fueres juzgado, no temas los peligros. Los cantos son partos de un ánimo sereno, y súbitas desgracias ennegrecen mis días; los cantos reclaman el sosiego y la soledad del escritor, y yo soy juguete del mar, los vientos y las sombrías tempestades. El vate necesita hallarse libre de temores, y mi perdición me representa una espada que amenaza a todas horas clavárseme en el pecho. Un crítico benévolo admirará mi labor actual, y leerá con indulgencia mis versos desmayados.

Pon en mi lugar a Homero asediado de infortunios, y su ingenio sobresaliente caerá abatido por tantos males. En fin, libro mío, corre sin que te preocupe la fama, y no te sonrojes si desagradas al lector. La fortuna no se nos muestra tan propicia que hagamos caso de la gloria. En mis prósperos tiempos amaba la celebridad y me afanaba con ardor por conquistar alto renombre; hoy hago bastante si no aborrezco la poesía para mí tan funesta, porque mi destierro lo debo a los frutos de mi ingenio. No obstante, ya que te es lícito, ve en mi lugar y contempla a Roma. Así permitiesen los dioses que yo me convirtiera en mi libro.

Mas no porque te presentes como extranjero en la gran ciudad vayas a creer que pasarás inadvertido del público; te delatará tu sombrío color, bien que no lleves título y quieras disimular que me perteneces; sin embargo, penetra a la callada, no sea que te perjudiquen mis anteriores poemas, que hoy no gozan como en otros días la plenitud del favor. Si tropiezas alguno que por haberte yo compuesto renuncia a leerte y te arroja con displicencia, dile que se fije en el título, que no eres el maestro del Amor, obra que ya pagó la merecida pena. Tal vez quieras saber sí te mando subir la colina donde se abre el palacio que habita César. Perdonadme, augustos lugares y dioses que presidís en ellos: de vuestra altura descendió el rayo sobre mi cabeza; reconozco la clemencia de los númenes que habitan tales mansiones, pero temo la cólera que me ha castigado. Al menor ruido de alas se asusta la paloma herida por las uñas del gavilán, y la oveja arrancada a la boca de hambriento lobo no se atreve a apartarse lejos del redil. Si resucitara Faetón huiría del cielo, y se negaría a regir los corceles que pretendió su arrogancia. Yo mismo, lo reconozco, temo las armas de Jove que experimenté en mi daño, y cuando truena me creo amenazado por un rayo vengador. El piloto de la escuadra de Argos que escapó a los escollos de Cafarea, aparta siempre su nave de los bordes de la Eubea, y mi barca, ya una vez maltrecha por horrorosa tempestad, rehuye la visita de los sitios en que estuvo a pique de naufragar. Así, pues, libro mío, encógete con cierta timidez, y que te baste ser leído entre gentes de modesta condición. Icaro, por haberse lanzado con alas poco firmes a las regiones aéreas, dio su nombre al mar Icario. Difícil me es aconsejarte si debes valerte de los remos o las velas; consulta en esto el lugar y la ocasión. Si puedes introducirte cuando se halle desocupado; si ves todas las circunstancias favorables; si la cólera agotó ya su violencia; si algún protector, viéndote perplejo y temeroso, te presenta y habla cuatro palabras en tu abono, pasa adelante, y ojalá, más dichoso que tu dueño, llegues allá en buena hora y ayudes al alivio de sus males; pues nadie sino el que causó las heridas puede, como Aquiles, aplicarles el remedio. Mas cuida no me perjudiques queriendo favorecerme; en mi alma alienta menos la esperanza que el temor. Evita atizar de nuevo la cólera que reposaba; no seas la ocasión de un segundo castigo. Cuando vuelvas a penetrar en el santuario de mis estudios y ocupes la caja redonda que destino a tu residencia, contemplarás allí pues tos en orden a tus hermanos, producto de mis constantes vigilias. Todos llevarán ostensiblemente sus títulos respectivos y publicarán sus nombres con todas las letras; tres verás que se ocultan aparte en un rincón obscuro y enseñan lo que nadie ignora: El Arte de amar. Huye su contacto y condénalos con los dictados de Edipo o Telegón. Te aconsejo que, por respeto a tu padre, no ames a ninguno de estos tres libros, despreciando sus lecciones. Hallarás también quince volúmenes de Metamorfosis, poesías que escaparon a mis funerales; diles que el semblante de mi varia fortuna podría añadir una nueva transformación a las ya celebradas; pues de súbito tomó aspecto tan diferente del anterior, que hoy arranca lágrimas el que ayer rebosaba de alborozo. Tenía, si quieres saberlo, otras muchas cosas que encomendarte; pero temo haber dado motivo al retraso de tu viaje, y si hubieses de llevar contigo, libro mío, cuanto se me ocurre, llegarías a convertirte en un fardo de difícil transporte. Apresura los pasos, el camino es largo; yo habitaré el último confín del orbe, tierra bien apartada de aquella en que nací.

II.- Dioses de mar y cielo, ¿qué me resta sino acudir a los votos? No acabéis de destrozar mi nave quebrantada, ni confirméis, os lo suplico, la cólera del gran César. Contra la persecución de un Dios, otro nos presta muchas veces auxilio. Vulcano se declaró contra Troya, y Apolo la defendía. Venus era favorable a los Teucros, y Minerva su enemiga. La hija de Saturno aborrecía a Encas y fue la defensora de Turno; pero aquél vivía incólume gracias a la protección de Venus. Neptuno, furibundo, acometió cien veces al cauto Ulises, y otras tantas Minerva salvó al hermano de su padre. Aunque a larga distancia de la grandeza de estos héroes, ¿quién impedirá que una divinidad nos defienda de las iras de otra? ¡Ay mísero!, piérdense en el vacío mis inútiles plegarias, y olas imponentes cierran la boca del que las profiere. El airado Noto dispersa las palabras y no permite que mis preces lleguen a los dioses a quienes van dirigidas; así los mismos vientos, como si un suplicio no bastase a destruirme, se llevan, yo no sé adónde, mis velas y mis votos.

¡Oh trance fatal, cuántos montes de agua se levantan contra mí! Diríase que amenazan a los astros del cielo. ¡Qué profundos valles entre las ondas que se rompen y hienden! Creyérase que van a descubrir los abismos del Tártaro. Adondequiera que vuelvas los ojos no verás sino mar y cielo: el uno hinchado con las olas, el otro amenazador con las nubes, y entre mar y cielo se desencadenan los vientos huracanados, y las ondas no saben a qué dueño obedecer; porque ya el Euro se precipita impetuoso desde el purpúreo Oriente, ya sopla el blando Céfiro de la parte occidental, ya el helado Bóreas desciende del árido Septentrión, ya el Noto le sale al encuentro por la parte contraria. El piloto, indeciso, no sabe qué rumbo seguir o evitar, y su arte vacila, recelando peligros por doquier. No hay duda, aquí perecemos, es vana la esperanza de salvación; mientras hablo, un golpe de mar me inunda el semblante, me quita el aliento y recibo por la boca, que implora al cielo en vano, las espumas salobres que pretenden ahogarme. Mi fiel esposa no se conduele más que de verme desterrado; es el único de mis trabajos que conoce y llora. No sabe que me veo perdido en la inmensidad del Ponto, que soy juguete de los vientos y que veo próxima la muerte. Los dioses me aconsejaron bien no permitiendo que se embarcara conmigo: hubiese pasado la amargura de sufrir dos veces la muerte; mas ahora, si yo perezco, como ella no peligra, sobreviviré a lo menos en la mitad de mi ser. ¡Ay de mi!, ¡cómo se encienden las nubes en rápidas llamas!; ¡qué espantoso fragor resuena en las bóvedas celestes! Las ondas azotan los costados de mi nave, con la fuerza de la pesada balista que rompe las murallas. La ola que en este momento nos ataca sobrepuja a todas las anteriores; es la que sigue a la novena y precede a la undécima. No temo la muerte, sino este espantoso modo de morir; suprimido el naufragio, la muerte sería para mí una merced. Sirve de gran consuelo al que cae por la enfermedad o por el hierro, rendir el cuerpo exánime en la tierra donde ha vivido, esperar de sus deudos el sepulcro que se les ordenó levantar, y no servir de pasto a los peces marinos. Suponed que merezco muerte tan cruel; no soy el único pasajero de la nave. ¿Por qué infligir mi castigo a hombres inocentes? Númenes supremos, dioses que reináis en los mares azulados, cesad unos y otros en vuestras amenazas. Permitid a un desgraciado arrastrar la vida que le concedió la cólera harto clemente de César en el punto que se le asigna. Si queréis que pague la pena merecida, mi culpa no es digna de la muerte, según el propio juez. Si César me hubiese querido enviar a las riberas de la Estigia, no necesitaba para esto vuestra ayuda: él no tiene empeño en que se vierta mi sangre; cuando quiera puede quitarme la vida que me perdonó. Vosotros, contra quienes no me reprocho haber cometido ningún crimen, ¡oh dioses!, aplacaos al fin con las cuitas que padezco. Mas aunque todos os esforzarais por salvar a un desdichado, no podríais volver a la existencia al que yace herido de muerte. Que el mar repose en calma, que los vientos me favorezcan, que consiga vuestro perdón, no por eso dejaré de ser el desterrado. Y no es la codicia insaciable de riquezas ganadas con el tráfico de mercancías la que me impele a surcar los vastos mares; no voy, como en otro tiempo, a completar mis estudios en Atenas o a las ciudades de Asia y los sitios que antes visité; no navego hacia la insigne ciudad de Alejandría para asistir, ¡oh Nilo!, regocijado al espectáculo de tus fiestas. Si deseo vientos favorables, ¿quién osará creerlo?, es porque anhelan mis votos llegar a la tierra de Sarmacia; con ellos me atrevo a pisar las bárbaras playas del Ponto occidental, y aun me quejo de retrasar tanto la fuga de mi patria y me esfuerzo en abreviar la ruta con mis preces para visitar a los habitantes de Tomos, ciudad situada en no sé qué rincón del orbe.

Si os soy querido, calmad la rabia de las olas y que vuestra divinidad se manifieste propicia a mi viaje; si os soy odioso, dejadme llegar a la región que se me ha señalado: la mitad de mi suplicio radica en la naturaleza de este país. ¿Ya qué hago aquí? Vientos, empujad rápidos mis velas; ¿por qué se distinguen todavía desde las playas de Ausonia? El César os lo prohibe. ¿Por qué detenéis al mísero que ha desterrado? Vean luego mis ojos la comarca del Ponto; lo dispuso y lo merecí, y estimo injusto y poco piadoso defender los delitos que él condena. Si nunca las acciones humanas escapan a la penetración de los dioses, vosotros sabéis que fui culpable, pero no criminal; es más: si me dejé impulsar del error, debiose a la ofuscación del entendimiento, no a la maldad. Si con mi escaso prestigio sostuve siempre la casa de Augusto; si sus órdenes tuvieron para mí el valor de públicos decretos; si llamé siglo feliz al de su imperio y mi piedad quemó el incienso en honor de César y los suyos; si tales fueron mis sentimientos, dioses, dignaos perdonarme; si lo contrario, que me arrebate la ola suspendida sobre mi cabeza. ¿Es ilusión, o comienzan a desvanecerse las nubes tormentosas y se quebranta la agitación del mar que muda de aspecto? No es debido al azar; sois vosotros, a quienes condicionalmente invoqué, a quienes nadie consigue engañar, los que venís en mi auxilio.

III.- Cuando se me representa la imagen de aquella tristísima noche que fue la última de mi permanencia en Roma, cuando de nuevo recuerdo la noche en que hube de abandonar tantas prendas queridas, aun ahora mis ojos se deshacen en raudales de llanto. Ya estaba a punto de amanecer el día en que César me ordenaba traspasar las fronteras de Ausonia; ni la disposición del espíritu ni el tiempo consentían los preparativos del viaje, y un profundo estupor paralizaba mis energías. No me cuidé de escoger los siervos, los acompañantes, los vestidos y lo que necesita quien parte al destierro; estaba tan atónito como el hombre que, herido por el rayo de Jove, vive y no se da cuenta de su vida. Así que el exceso del dolor disipó las nubes que ofuscaban mi mente y comencé a recobrar los sentidos, resuelto a partir, dirijo las últimas palabras a mis inconsolables amigos, que de muchos sólo me acompañaba alguno que otro: mi esposa, mezclando su llanto con el mío, me sujetaba en los tiernos brazos y anegaba en ríos de lágrimas las inocentes mejillas. Mi hija, ausente en la tierra lejana de Libia, no podía conocer mi suerte fatal. Adondequiera que volvieses los ojos no verías más que llantos y gemidos; todo presentaba el cuadro de un luctuoso funeral. Mujeres, hombres y niños me lloran como muerto, y no hay rincón en la casa que no se vea anegado de lágrimas. Si es lícito comparar los grandes sucesos con los pequeños accidentes, tal era el aspecto de Troya en el momento de su caída. Ya cesaban de oírse las voces de los hombres y los ladridos de los perros, y la luna regía en lo alto del cielo los nocturnos caballos; yo, contemplándola, y distinguiendo a su luz el Capitolio, cuya proximidad de nada aprovechó a mis Lares, exclamé: «Númenes habitadores de estas mansiones vecinas, templos que ya nunca volverán a ver mis ojos, dioses que abandono y que residís en la noble ciudad de Quirmo, recibid para siempre mi postrer salutación. Aunque embrazo tarde el escudo después de recibir la herida, no obstante libertad ni destierro del odio que me persigue, y decid al varón celestial el error de que fui víctima, no vaya a juzgar mi falta un odioso crimen. Lo que vosotros sabéis, sépalo asimismo el autor de mi castigo; porque aplacando a este dios, ya no puedo llamarme desdichado.» Tal plegaria dirigí a los dioses; mi esposa estuvo más insistente y entrecortaba con los sollozos sus palabras. Postrada ante los Lares y los cabellos en desorden, besó con sus trémulos labios los fuegos extintos y elevó a los adversos Penates cien súplicas que no habían de reportar ningún provecho a su desventurado esposo. Ya la noche precipitando los pasos me negaba toda dilación, y la Osa de Parrasio había vuelto su carro. ¿Qué hacer? El dulce amor de la patria me retenía, mas esta noche era la última de mi estancia en Roma. ¡Ah!, ¡cuántas veces viendo el apresuramiento de algún compañero le dije «¿Por qué te apresuras? Piensa en el lugar que abandonas y en aquel adonde corres precipitado.» ¡Cuántas veces, engañándome a mí mismo, señalé otra hora más favorable a mi partida! Tres veces pisé el umbral, y otras tantas volví los pasos atrás, y mis tardíos pies revelaban la indecisión del ánimo. Con frecuencia, después de las despedidas, reanudaba de nuevo la conversación, y como si ya me alejase, di los últimos besos, reiteré los mismos mandatos y procuré engañarme contemplando las prendas queridas de mi corazón. Por fin exclamé: «¿A qué tal premura? La Escitia es adonde me destierran, y tengo que abandonar a Roma; una y otra justifican la demora. Vivo aún, me arrancan por siempre de los brazos de mi esposa, de mi casa y de los miembros fieles a la misma. ¡Oh dulces compañeros a quienes amé con amor fraternal, oh corazones unidos al mío con la fidelidad de Teseo!, os estrecharé con efusión, ya que se me permite; pues acaso no vuelva a hacerlo jamás: quiero lucrarme de la hora que se me concede.» Llega el momento, dejo sin concluir las palabras y abrazo a los seres queridos del alma. Mientras que hablo y lloramos, el lucero de la mañana, estrella funesta para mí, resplandeció en el alto firmamento. Me separo con esfuerzo como si me arrancasen los miembros y mi cuerpo se rompiese en dos partes; de tal modo se dolió Metio cuando los caballos vueltos en sentido contrario le despedazaron en castigo de su traición. Resuenan entonces los clamores y gemidos de todos los míos y se golpean los pechos con violentas manos. Entonces mi esposa, arrojándose a los hombros del que partía, mezcló con sus lágrimas estas tristes palabras: «No puedes separarte de mí; partiremos, ¡ah!, partiremos los dos juntos; te seguiré, y mujer de un desterrado, me desterraré igualmente. Tu camino se abre para mí, los últimos confines me recibirán y no seré pesada carga en tu nave pronta a zarpar. La cólera del César te ordena salir de la patria, el amor que te profeso, sí, el amor será mi César. » Bregaba en tal empeño que ya había manifestado antes, y apenas se dejó persuadir por la consideración de nuestro mutuo interés. Parto al fin, si aquello no era conducirme derecho al sepulcro, desaliñado y con el cabello revuelto sobre el hirsuto rostro. Ella, angustiada por mi pena, sintió obscurecérsele la vista, y supe después que se desplomó sobre el suelo desmayada. Así que recobró el sentido y con el cabello manchado de sucio polvo levantó el cuerpo del frío pavimento, deploró su suerte y sus Penates abandonados, y llamó por su nombre cien veces al esposo que le arrebataban, gimiendo con no menos duelo que si viese en la alzada pira el cuerpo de su hija o el mío. Deseaba morir y con la muerte poner término al sufrimiento, y sólo consintió vivir para serme útil en adelante. Que viva, pues así lo dispusieron los hados; que viva y preste continua ayuda a su desterrado esposo.

IV.- El guardián de la Osa de Erimanto se sumerge en el Océano, y con su influjo alborota las aguas marinas; nosotros, sin embargo, rompemos las olas del Jonio a la fuerza y el temor alienta nuestra audacia. ¡Ay, mísero, qué ráfagas tan impetuosas encrespan el piélago y cómo hierve la arena removida en el hondo abismo! Una ola, cual montaña, asalta la proa y la encorvada popa y azota las imágenes de los dioses. Los costados de pino retumban; los cables sacudidos rechinan y la misma nave parece gemir con nuestros quebrantos. El piloto declara su terror en la palidez del rostro y déjase llevar por la nave que no acierta a dirigir, como el jinete de escaso vigor abandona las riendas impotentes a detener el potro rebelde; así veo al piloto disponer las velas, no hacia donde se dirige, sino adonde le arrebata la impetuosidad de las ondas, y a no enviar Eolo vientos contrarios, pronto nos veremos arrastrados a lugares que nos están entredichos; pues dejando a la izquierda lejos la Iliria, nos hallamos a la vista de Italia, que se nos impide pisar. Cesad, vientos, os lo suplico, de empujarme a tierras prohibidas, y obedeced conmigo a un Dios poderoso. Mientras hablo y deseo y temo a la vez alejarme, ¡con qué violencia las ondas se estrellan en el costado de mi embarcación! Perdonadme, sí, perdonadme, númenes del cerúleo Ponto, ya me basta con el odio de Jove. Salvad de la muerte cruel a un hombre aniquilado, si quien pereció puede aun volver a la vida.

V.- ¡Oh tú, a quien siempre recordaré como el mejor de mis amigos, el primero que identificó su suerte con la mía, el primero, bien lo recuerdo, que viéndome consternado osó alentarme con sus persuasiones y me aconsejó dulcemente conservar la vida cuando en mi destrozado pecho se abrigaba el ansia de la muerte, ya sabes a quién aludo en las señales que indican tu nombre, y no es posible que te equivoques sobre la gratitud a que me obligan tus favores, que quedarán por siempre grabados en el fondo de mi alma, siéndote deudor perpetuo de la existencia; el hálito que me anima se perderá en el vacío del aire, y abandonaré mis despojos a la llama de la pira antes que me olvide de tu generosa conducta, y en tiempo alguno deje de corresponderte con mi ternura. Que los dioses te sean propicios y te concedan fortuna en todo diferente de la mía, que no necesite la asistencia de nadie. Si un viento favorable impulsara mi nave, tal vez quedase ignorada tu fiel abnegación. Piritoo no habría conocido la constancia de Teseo, a no descender vivo aún a las riberas infernales. Desventurado Orestes, las furias que te perseguían hicieron que Pílades se revelase como el modelo de una acendrada fidelidad. Si Euríalo no hubiera caído en las manos enemigas de los Rútulos, ninguna gloria hubiera conquistado Niso, el hijo de Hírtaco; que así como el oro se prueba sometido al fuego, así en la desgracia se acrisola la amistad verdadera. Cuando la fortuna nos ayuda y sonríe con benévola faz, todos siguen al esplendor de las riquezas; pero así que truena la tormenta, todos huyen y desconocen al mortal poco antes asediado por una turba de aduladores. Esta verdad que conocí en los ejemplos de los antepasados, ahora me la confirma la experiencia de mi propia desventura. De tantos amigos, apenas me quedasteis dos o tres; los demás eran secuaces de la fortuna, no fieles amigos. Cuanto más reducido vuestro número, con tanto mayor ahínco debéis socorrer al desvalido y dar a su naufragio un seguro puerto. No os dejéis embargar de falso miedo, temerosos de que un Dios se ofenda de vuestra compasión. Mil veces César alabó la fidelidad en los mismos adversarios; ama esta virtud en los suyos y la aprueba en los enemigos. Mi causa tiene mejor defensa; no fomenté contra él disensiones y merecí el destierro por inadvertencia; así, te suplico que vivas atento a mi grave situación, por si consigues calmar un tanto la cólera de este numen.

Si alguien deseara conocer todas mis calamidades pretendería más de lo que me es posible decir. He padecido tantos males como estrellas rutilan en el cielo, como en la árida playa se revuelven menudos átomos de arena; he soportado contrariedades que parecen increíbles, y aunque harto verdaderas, no encontraré quien las crea; parte de ellas debe morir conmigo, y ojalá mi silencio las sepultase en el olvido. Si tuviera una voz incansable, un pecho más duro que el bronce y añadiese cien bocas con cien lenguas, aun así el asunto agotaría mis fuerzas, antes que llegase a abarcarlo por completo. Famosos poetas, escribid sobre mis infortunios olvidando al rey de Nerito. Él anduvo errante muchos años por el breve espacio que media entre Duliquio y las casas de Ilión; a mí la suerte me ha lanzado a las costas de los Getas y los Sármatas, atravesando mares muy alejados del cielo que conocía; él tuvo una hueste devota de fieles compañeros, y los míos me abandonaron en el momento de partir al destierro; él, regocijado y victorioso, volvió a la patria, y yo, vencido y desterrado me alejo de la mía, y no radicaba mi casa en Duliquio, Itaca o Samos, lugares que sin mucho sentimiento pueden abandonarse, sino, en Roma, la ciudad que desde sus siete colinas vela sobre todo el universo, la sede del Imperio y la morada de los dioses. El cuerpo de Ulises era recio y endurecido en las fatigas, mis fuerzas son débiles y mi complexión delicada; él se había hecho robusto en los trances duros de la guerra, yo me entregué siempre a estudios apacibles. Un dios me abrumó, sin que ningún otro aliviase mi desventura, y la diosa de los combates prestaba al rey de Itaca constante ayuda. Siendo inferior a Jove el numen que reina en las hinchadas olas, él se vio perseguido por la venganza de Neptuno, yo por la de Jove. Añádase que la mayor parte de sus trabajos es una pura ficción, lo que no sucede en mis tristes sucesos. Él por fin encontró sus Penates deseados, y pisó los campos que por tanto tiempo le fuera imposible visitar, y yo tengo que carecer de la patria a perpetuidad, si no se calma la cólera del dios a quien he agraviado.

VI.- Lide no fue tan amada del poeta de Claros, ni Batis del nacido en Cos, como tú, cara esposa, cuya imagen llevo grabada en el fondo del corazón, digna de marido más feliz, ya que no más consecuente. Tú fuiste el puntal que impidió mi completa ruina, y si algo soy todavía, a ti lo debo todo. Tú conseguiste que no fuera el despojo y la presa de aquellos que codiciaban los restos de mi naufragio. Como el lobo rapaz incitado por el hambre y la sed de matanza espía el instante de sorprender un redil indefenso; como el buitre voraz revuelve a todas partes la vista, ansioso de descubrir un cadáver insepulto, así un sujeto que desconozco, envalentonado por mi fatal proscripción, intentó apoderarse de mis bienes, si tú lo hubieras consentido; mas le detuvo tu valor, que alentaron esforzados amigos, para los cuales será siempre poca mi inmensa gratitud. Un testigo tan veraz como desdichado ensalza tu proceder, si tiene algún peso testimonio como el mío. Tu abnegación sobrepuja a la de la esposa de Héctor y de Laodamia, que acompañó en la muerte a su marido. Si hubieses alcanzado la suerte de hallar un Hornero, tu fama eclipsaría la de Penélope, ya debas tanta virtud a ti sola, sin que ninguna maestra te inculcara esa piedad, y tus nobles cualidades te adornen desde el día que naciste; ya sea que una mujer principal, por la que siempre has sentido veneración, te enseñase a ser el modelo de las buenas esposas, y el trato continuo te hiciese su semejante, si cabe similitud entre los destinos grandes y los humildes. ¡Ay de mí! ¿Por qué mis versos no revelan más brío? ¿Por qué mis cantos quedan debajo de tus méritos? ¿Por qué el escaso vigor con que escribí en otro tiempo yace aniquilado por la pesadumbre de mis desdichas? Tú ocuparías el primer puesto entre las santas heroínas y brillarías la primera por las virtudes del ánimo. No obstante, por menguado valor que alcancen mis elogios, vivirás eternamente en mis versos.

VII.- Seas quien seas, tú que conservas la imagen fiel de mi persona, quita de mis cabellos la guirnalda de hiedra consagrada a Baco; esos felices distintivos convienen a los poetas dichosos, y no sienta bien la corona a mi triste situación. Caro amigo, afectas en vano el disimulo, sabiendo que me dirijo a ti, que me llevas a todas lloras en el anillo del dedo. Engarzaste mi efigie en oro de ley, para ver del único modo que se te consentía la faz de un desterrado; acaso cuantas veces la contemplas te ocurre exclamar: «¡Qué lejos vive de aquí el amigo Nasón!». Te agradezco de veras el piadoso recuerdo, pero mi imagen se reproduce más exacta en los versos que te envío; léelos, a pesar de su escaso mérito. Canto en ellos las transformaciones de los mortales, obra interrumpida por el funesto destierro del autor, quien antes de partir los arrojó por su misma mano al fuego, con otros muchos poemas, en el arrebato de la desesperación. Como la hija de Testas abrasó, según cuentan, a su hijo con un tizón, revelándose mejor hermana que madre, así yo condené a morir conmigo mis inocentes libros, y arrojé mis propias entrañas a las llamas devoradoras, o en aborrecimiento de las Musas culpables de mi condenación, o porque mi libro sin terminar semejaba todavía un esbozo informe. Mas puesto que no fue enteramente destruido, y aun vive, así lo creo, porque existían varios ejemplares, hoy les deseo próspera vida, que deleiten los ocios del lector y conserven mi recuerdo. Sin embargo, no podrá sostener con paciencia su lectura quien ignore que me ha sido imposible darles la última mano. Me los arrebataron cuando aun estaban en el yunque, y falta a sus páginas la postrer lima. No pido alabanzas, sino indulgencia; harto alabado me estimaré si consigo, lector, que no me desprecies. Al frente del primer libro he puesto seis versos; helos aquí, si los juzgas dignos de figurar en la portada: « Seas quienquiera, tú, que tomas en las manos esta obra huérfana de padre, concédele al menos un asilo en Roma, tu patria, y para que la favorezcas más, ten presente que no fue lanzada a la publicidad por el autor, sino casi arrancada de sus funerales. A ser posible, hubiéranse corregido las imperfecciones que descubren versos tan poco limados.»

VIII.- Los ríos caudalosos retrocederán desde la desembocadura hacia sus fuentes; el sol volverá atrás los pasos de sus fogosos corceles; la tierra se cubrirá de estrellas; el arado abrirá surcos en el cielo, brotarán las llamas del seno de las ondas y saltará el agua del fuego; se trastornarán, en fin, todas las leyes de la Naturaleza, y ningún cuerpo seguirá la ruta que se le trazó, se realizarán los fenómenos juzgados más imposibles y no habrá nada tan asombroso a que no prestemos crédula fe. Hago estos vaticinios después de verme burlado por quien debía constituir el apoyo más firme de mi desgracia. Pérfido, ¿a tal punto llegó tu falta de memoria, tanto miedo sentiste de socorrer a un desdichado, que ni osabas mirarle compasivo, ni sentir su aflicción, ni acompañarle siquiera a sus funerales? ¿Te atreves a pisotear como una cosa vil el santo y venerable nombre de la amistad? ¿Tanto te costaba visitar al amigo postrado bajo el peso de la desventura y levantar su ánimo con el lenitivo de tus palabras? Y ya que no te costase una lágrima su infortunio, ¿no pudiste acompañarle en sus quejas, aun siendo fingido tu dolor, y darle el último adiós, lo que no niegan los extraños, y unir tu voz y tus gritos a los del pueblo, y, en fin, contemplar, pues que te era lícito, en el día supremo de la partida aquel semblante angustiado que nunca volverías a ver, y por una vez sola en el curso de la vida recibir y devolverle con voz afectuosa el postrer adiós? Así lo hicieron otros no obligados por los lazos de la amistad, que con las lágrimas patentizaron sus íntimos sentimientos. ¿Cómo te hubieras conducido si relaciones habituales, causas poderosas y una amistad de larga fecha no me uniesen contigo? ¿Qué habrías hecho a no conocer todos mis placeres y ocupaciones, como yo conocía tus ocupaciones y placeres? ¿Qué si te hubiese tratado sólo en medio de Roma, cuando tantas veces fuiste recibido en los mismos lugares que yo? Y todo esto vino a ser juguete de los vientos del mar, todo esto se lo llevaron en su corriente las olas del Leteo. ¡Ah! No te considero nacido en la grata ciudad de Quirino, donde jamás he de poner las plantas, sino entre los pefiascos que erizan la ribera izquierda del Ponto, en los montes salvajes de los Escitas y Sármatas. Tus entrañas son de roca, tu corazón de insensible hierro, y sin duda una tigre ofreció como nodriza sus hinchadas ubres a tu boca infantil; de otro modo asistieras a mi desgracia más conmovido, y no serías de mi parte fustigado por tu crueldad. Mas puesto que a mis daños fatales se une la pérdida del afecto que antes me acreditabas, haz por que me olvide de tus faltas, y con el mismo labio que hoy te acuso pueda ensalzar pronto tu fidelidad.

IX.- Así logres arribar sin percances al término de la carrera, tú que lees mi obra sin enemiga prevención, y ojalá queden cumplidos en tu favor mis votos, que no consiguieron en el mío vencer a los dioses implacables. Mientras seas feliz contarás numerosos amigos; si el cielo de tu dicha se anubla, te quedarás solo. Mira cómo acuden las palomas a las blancas moradas, mientras que la torre ennegrecida por los años no recibe a ningún huésped alado. Nunca las hormigas se dirigen a los graneros vacíos, y nadie solicita la amistad del que perdió sus riquezas. Como a los rayos del sol sigue la sombra a nuestro cuerpo, y huye al momento que las nubes obscurecen su disco, así el vulgo inconsecuente sigue el brillo de la fortuna y se aparta al instante que la envuelve un nublado amenazador. Quisiera que estas verdades te pareciesen siempre erróneas, pero mis propios sucesos obligan a confesar que no lo son.

Cuando permanecía firme mi casa, si no con fausto, con cierta celebridad, vióse visitada por una turba suficiente de amigos; mas a la primer sacudida todos temieron la ruina, todos con espanto se dieron de concierto a la fuga, y no me asombra que teman los rayos crueles, los que ven cómo destruyen cuanto encuentran a su alrededor. Sin embargo, César, aun en el aborrecido contrario, aplaude al que permanece leal en el infortunio, y no suele irritarse, porque ninguno iguala su moderación contra el que ama en la adversidad al que amó en la fortuna. Dícese que Toas aprobó la conducta de Pílades cuando reconoció al compañero de Orestes el de Argos; la boca de Héctor solía ensalzar el hondo afecto que al hijo de Actor profesó siempre el invicto Aquiles; cuando el piadoso Tesco descendió a la región de los Manes por acompañar a su amigo, cuéntase que el mismo dios del Tártaro se sintió conmovido, y es creíble, Turno, que las lágrimas humedecieron tus mejillas al saber la heroica abnegación de Niso y Euríalo. También para los desgraciados existe la piedad, sentimiento que se encomia hasta en el enemigo. ¡Ay de mí! A cuán pocos mueven mis reflexiones, y eso que mi situación y las vicisitudes de mi existencia debieran arrancar copiosos raudales de llanto. Mas aunque las angustias laceren mi alma con los propios sucesos, se ha serenado al considerar los tiempos felices; caro, amigo, ya había previsto tu éxito cuando un tiempo menos favorable impulsaba tu barca. Si tienen algún valor las buenas costumbres y una vida irreprochable, nadie será más estimado que tú. Si alguien se aventaja en el estudio de las artes liberales, eres tú, cuya elocuencia triunfa en todas las causas ¿Yo, conmovido por ella, te dije desde el primer día, buen amigo, que un vasto escenario se abría a tus dotes sobresalientes, y no me lo revelaron las entrañas de las ovejas, o el trueno que retumbaba a la izquierda, o el canto y vuelo de las aves. Mi augur fue la razón, que presentía lo futuro; por ella adiviné y expuse lo que sabía, y puesto que el éxito ha confirmado mi predicción, me felicito y te felicito de todas veras, porque tu ingenio no quedó sepultado en la obscuridad. Ojalá el nuestro se hubiese hundido en profundas tinieblas; me convenía que mis estudios no viesen nunca la luz. Como se beneficia tu elocuencia con las serias artes, así me perjudicaron otras distintas de las que cultivas. Sin embargo, conoces mi vida, sabes que mis costumbres no tienen parentesco con aquel Arte de que soy autor, que este poema fue una diversión de mi juventud, y bien que digno de censura, al fin un simple juego. Si ningún argumento es capaz de colorar mi falta, creo a lo menos que podría disculparse. Discúlpala en lo posible, no hagas traición a la causa de la amistad. Diste un primer paso afortunado; sigue, pues, la misma ruta.

X.- Voy a bordo, y así prosiga, de una nave puesta bajo la protección de la sabia Minerva, que debe su nombre al casco de la de diosa en ella pintado. Cuando iza las velas, boga presta al menor soplo del viento; cuando se vale del remo, avanza dócil al esfuerzo del remador. No satisfecha con vencer la velocidad de las que parten a su lado, si quiere déjase atrás a las que abandonaron antes el puerto. Afronta las corrientes, resiste el choque de las olas que de lejos la asaltan, y sus costados no se hienden al furor de las aguas tempestuosas. Desde Cencrea, próxima a Corinto, donde la conocí por vez primera, ha sido el guía y fiel compañero de mi fuga precipitada, y navego indemne a través de cien vicisitudes y borrascas, concitadas por los indómitos vientos, gracias a la protección de Palas. Ojalá franquee sin riesgo ahora la entrada del vasto Ponto y penetre en las aguas del litoral Gético, término de mi viaje.

Así que me llevó al mar de Helle, nieta de Eolo, y recorrió tan largo trayecto por un estrecho surco, nos dirigimos a la izquierda, y dejando la ciudad de Héctor, arribamos al puerto de Imbros; de allí un viento fresco nos impulsó a las playas de Cerinto, y fatigados anclamos, por fin, en Samotracia, de la que dista Tempira una breve travesía. Hasta aquí hice mi viaje a bordo, pero quise recorrer a pie los campos Bistonios, mientras mi nave volvía a las aguas del Hellesponto, encaminándose a Dardania, así llamada del nombre de su fundador; a Lampsaco, defendida por el dios de los jardines, y al estrecho canal que separa las ciudades de Sestos y Abidos, donde pereció la virgen, mal conducida por el áureo carnero; luego dirigió el rumbo a Cicico, situada en las costas de la Propóntida, noble fundación del pueblo de Hemonia, y posteriormente a las costas de Bizancio, que señorea la entrada del Ponto, como ancha puerta que pone en comunicación dos mares. Así venza todos los escollos, y alentada por el impulso del Austro, atraviese incólume los montes inestables de Cianea, el golfo de Tynios, y desde él, por la ciudad de Apolonia, siga su ruta ante los muros elevados de Anquiale, y se deje atrás el puerto de Mesembria, Odesa, la ciudad, ¡oh Baco!, que lleva tu nombre, y aquella en que los fugitivos de Alcatoe establecieron sus lares errantes, desde la cual arribe sin daño a la colonia de Mileto, adonde me relegó la cólera de un numen ofendido. Si llego a pisar esta tierra, ofreceré a Minerva el sacrificio bien merecido de una oveja; víctima mayor, está por encima de mis recursos. Vosotros, hijos de Tíndaro, reverenciados en esta isla, os lo ruego, sed propicios a mi doble travesía. La una de mis naves se arriesga a pasar el estrecho de las Simplégadas; la otra se abre camino por las aguas Bistonias. Haced que los vientos favorezcan por igual a las dos, aunque siguen vías tan distintas.

XI.- Todas las epístolas del libro que acabas de leer han sido compuestas durante mi penosa navegación. Las aguas del Adriático viéronme escribir, la una estremecido por los fríos de diciembre, la otra se compuso después de haber cruzado el istmo que divide dos mares, en el momento de tomar la segunda nave que había de conducirme al destierro. Imagino que las Cícladas del Egeo se llenaron de estupor viéndome componer poesías entre las fieras amenazas del mar embravecido. Yo mismo me asombro ahora de que no se abatiese mi ingenio en medio de tantas turbaciones del ánimo y las olas. Ya se dé a esta manía el nombre de estolidez o de locura, gracias a ella mi espíritu se sintió libre de toda inquietud. Con frecuencia era el juguete de las nubes tormentosas que aglomeraban las Cabrillas; con frecuencia el piélago rugía amenazador por el influjo de Estérope; ya el guardián de la osa de Erimanto enlutaba el día, ya el Austro, al ocultarse las Híadas, amontonaba las nubes. A veces una ola invadía mi barco, y, no obstante, mi mano temblorosa seguía trazando versos buenos o malos. Ahora oigo rechinar los cables, sacudidos por el Aquilón, y la onda surge y se dobla a manera de un monte. El mismo piloto tiende las manos al cielo, se olvida de su arte e impetra la ayuda de los dioses. Adondequiera que vuelo los ojos descubro la imagen de la muerte, el temor amilana mi brío, y deseo lo que temo, porque si arribo al puerto, el puerto mismo es para mí un motivo de terror. La tierra adonde voy me inspira más espanto que las olas enemigas; persíguenme a un tiempo las perfidias de los hombres y del mar; la espada y el oleaje doblan mis temores; recelo que la una se disponga a lucrarse con mi sangre y que el otro ambicione el honor de mi muerte. La gente de la izquierda del Ponto es bárbara y siempre dispuesta a la rapiña; entre ella reinan constantemente la sangre, la guerra y la carnicería.

Aunque el mar se subleve alborotado por las borrascas del invierno, mi alma se halla más alterada que sus olas; por esta razón debes ser indulgente, lector benévolo, con mis poemas, si los encuentras, cual son, inferiores a lo que esperabas. No los escribo como en otros días en mis jardines, ni mi cuerpo reposa sobre el blando lecho en que solía tenderse. Véome acometido por el abismo indomable en un día cubierto de nubarrones, y las tablillas en que escribo se mojan con las cerúleas aguas. La tempestad lucha encarnizada y se indigna contra mí porque me atrevo a componer, despreciando sus pavorosas amenazas. Venza la tempestad al hombre; mas al mismo tiempo que pongo fin a mis versos, ponga ella también término a sus furores.


Libro segundo

ELEGIA UNICA

I.- ¿Qué tengo que ver con vosotros, escritos malhadados, frutos de mis vigilias, yo que sucumbí de modo miserable por culpa de mi ingenio? ¿Por qué reanudo el trato con las Musas, que constituye mi delito y motivó mi falta y mi condenación? ¿Acaso no me basta haber atraído una vez el castigo?. Mis poemas, de infausto sino, hicieron que hombres y mujeres se apresurasen a conocerme, y que el mismo César notase mi persona y costumbres, después de poner los ojos en El Arte de amar. Quítame la manía de componer versos, y borrarás todos los errores de mi vida. Reconozco que sólo en ellos soy culpable. He aquí el fruto que he recogido de mi numen, mis afanes y mis laboriosas vigilias: el destierro. A ser más prudente, habría odiado con razón a las doctas hermanas, divinidades perniciosas al que les rinde culto; mas ahora, tan extremada es la locura de mi pasión, que vuelvo a poner mi planta en la roca que la hirió, de igual manera que el gladiador vencido vuelve a pisar la arena, y la nave que una vez naufragó afronta de nuevo las encrespadas olas. Acaso, como aconteció en otros tiempos al rey de Tentras, el mismo hierro que me produjo la herida me brinde la curación y mi Musa desarme la cólera que ha provocado; con frecuencia la poesía calma a los potentes númenes, y el mismo César ordenó a las madres y nueras de Ausonia cantar la majestad de la diosa coronada de torres, y ensalzar a Apolo en los días de sus juegos, que cada siglo contempla una sola vez. Al ejemplo de estos númenes te suplico, ¡oh clementísimo César!, que leyendo mis versos depongas tu rencor. Confieso que es legítimo; no niego que lo merecí; el pudor no huyó hasta ese punto de mis labios; pero sin mi falta, ¿qué merced podrías otorgarme? Mi culpa te ha dado motivo para el perdón. Si Júpiter vibrase los rayos a cada yerro que cometen los hombres, ¡cuán presto se quedaría desarmado! Mas apenas acaba de espantar al orbe con el ronco estrépito del trueno, disipa los nublados y serena el día. Por eso se le llama con justicia el padre y soberano de los dioses, y en el vasto mundo no hay quien supere a Jove. Tú también, pues eres llamado el padre y soberano de la patria, revélate semejante al dios que lleva el mismo nombre; pero ya lo haces, y nadie empuñó jamás las riendas del Imperio con más moderación. Cien veces concediste al contrario vencido un perdón que él te hubiera rehusado de salir vencedor. Yo te vi prodigar también honores y riquezas a muchos que tomaron las armas para derribarte; el mismo día que terminó la guerra acabó la cólera que en ti había provocado, y vencido y vencedor confundieron en los templos sus ofrendas. Como tus soldados se regocijaban por la derrota del enemigo, así el enemigo sentía regocijo por tu triunfo.

Mi causa es mejor; no se me reprochó haber tomado contra ti las armas ni seguido las enseñas del enemigo. Lo juro por el mar, la tierra, los númenes celestes y por la divinidad protectora que resplandece a nuestros ojos. Siempre favorecí tus empresas, príncipe insigne, y siempre fui tuyo en el fondo del alma, ya que no pude de otra manera. Siempre rogué que penetrases tarde en las celestes moradas; uniendo mi débil súplica a la del pueblo, quemé en tu honor el piadoso incienso y confundí mis votos con los de todos los ciudadanos. ¿A qué recordar aquellos libros que constituyen mi delito, en mil lugares realzados por tu nombre? Fija tu atención en el poema más importante, que dejé sin concluir, sobre las metamorfosis increíbles de los mortales; encontrarás allí preconizada tu excelsitud, y a la par cien prendas de mis leales sentimientos. Mis cantos no realzan tu gloria, porque los encomios son incapaces de acrecentarla. La fama de Júpiter es superior; no obstante, gózase oyendo referir sus altos hechos y en prestar asuntos a las canciones de los vates; y cuando se rememoran las batallas que sostuvo con los Gigantes, a no dudarlo, se deleita en sus alabanzas. Otros te celebran en poemas dignos de ti, y entonan tus elogios con más elevado ingenio; pero si Júpiter se cautiva con la sangre derramada en una hecatombe, es igualmente sensible a la ofrenda de los menudos granos de incienso. ¡Ah, qué fiero, qué encarnizado contra mí el enemigo desconocido que te leyó mis frívolas poesías, para que no vieses con espíritu benévolo tus elogios estampados en otros libros! Si te enconas contra mí, ¿quien podrá ser mi amigo? Difícil me será no odiarme yo a mí mismo. Cuando una casa quebrantada comienza a agrietarse, todo el peso de la misma carga sobre la parte más ruinosa, el edificio entero se resquebraja si los muros se hienden, y los techos se derrumban por su propio peso. Así mis poesías me han concitado el odio público, y la muchedumbre, como debía, se acomodó a imitar tu semblante. Recuerdo que aprobabas mi vida y costumbres cuando pasé revista ante ti en aquel caballo que me regalaste. Enhorabuena que esto no me sirva de nada, porque nada merece el que cumple su deber, pero al menos tampoco di lugar a censuras. Jamás malversé la hacienda de los acusados que se me confiara en los pleitos que juzgaba el tribunal de los centurriviros. Como juez intachable resolví sobre los pleitos civiles, y la parte condenada declaró mi rectitud. Mísero de mí, si los hechos recientes no me condenasen; pude vivir seguro bajo tu protección, más de una vez acreditada. Los últimos momentos me perdieron; una sola tormenta sepultó en el hondo abismo mi barca, tantas veces incólume; y no me combatieron unas olas aisladas, sino que se lanzaron contra mi cabeza las del Océano entero. ¿Por qué vi lo que vi? ¿Por qué hice delincuentes mis ojos? ¿Por qué conocí mi culpa después de cometer la imprudencia? Acteón por descuido vio a Diana despojada de sus vestiduras, y no por ello dejó de ser la presa de sus perros. Sin duda con respecto a los dioses deben expiarse los crímenes fortuitos, y el acaso que los ofende no alcanza su perdón; pues desde el día en que me ofuscó una ciega temeridad acarreé la pérdida de mi casa, modesta, pero sin tacha, y aunque modesta, esclarecida desde la antigüedad, tanto que a ninguna cede en nobleza. Cierto que no gozaba cuantiosas rentas, mas tampoco padeció la estrechez, y un caballero de la misma no llamaba la atención por ninguno de estos extremos. Pero admitiendo su modestia por el caudal y el origen, no quedó sepultada en la obscuridad gracias a mi ingenio, y si he abusado del mismo en mis escarceos juveniles, eso no me impidió conquistar un nombre célebre en todo el universo. La turba de los inteligentes conoce a Nasón y se atreve a contarle entre sus autores favoritos. Así se ha desmoronado esta casa querida de las Musas; una sola falta, bien que grave, precipitó su ruina, cayendo de modo que pueda levantarse, si un día se templa la cólera del César ofendido, cuya clemencia fue tanta en la imposición de la pena, que mi miedo la recelaba menos benigna. Me concediste la vida; tu enojo se detuvo ante la muerte, ¡oh príncipe tan moderado en valerte de tu poderío! Además, como si el concederme la vida fuese poca merced, no confiscaste mi patrimonio, no me condenaste por decreto del Senado, ni se ordenó mi extrañamiento por un juez especial; pronunciando las palabras fatales, así ha de obrar un príncipe, tú mismo, como convenía, dejaste vengada tus ofensas. Añádase que el edicto, ciertamente riguroso y amenazador al menos en la forma, dulcificaba el nombre de la pena, puesto que por él era relegado, no desterrado, y la sobriedad de los términos aminoraba en parte mi infortunio. Ningún castigo más grave para el hombre sensato y razonable que haber incurrido en el desagrado de tan excelso varón; pero la divinidad no siempre se manifiesta implacable: el día suele resplandecer al ahuyentarse las nubes. Yo vi un olmo cargado de pámpanos y racimos después de herirlo el rayo cruel de Jove; aunque me prohibas esperar, nunca perderé la esperanza; sólo en eso puedo desobedecerte. Cuando pienso en ti, ¡oh el más dulce de los príncipes!, concibo grandes alientos; cuando pienso en mi fatal destino, al punto se desvanecen, y como los vientos que agitan el mar no se desencadenan con el mismo ímpetu y el mismo tenaz furor, sino que a ratos se calman y quedan tan silenciosos que parecen haber depuesto su coraje, así mis temores huyen, vuelven y en incesantes alternativas ya me brindan, ya me niegan el consuelo de verte aplacado.

Por los dioses a quienes ruego te concedan, y te la concederán sin duda, una larga existencia a poco que amen el nombre romano; por la patria segura y pacífica, gracias a tus desvelos paternales, de la que ayer formaba parte entre la muchedumbre, así tus constantes beneficios y claras virtudes hallen su galardón en el amor y la gratitud de la ciudad reconocida. Así Livia goce como tú largos años; Livia, la sola mujer digna de llamarse tu esposa; Livia, que de no existir, debieras renunciar al lazo del matrimonio, por ser la única de quien podías llamarte marido. Así vivas mil años y viva igualmente tu hijo, hasta que entrado en edad ayude a tu vejez en el desvelo de regir el Imperio, y así tus nietos, astros juveniles, sigan las huellas que les señalas tú y su padre, y ojalá la victoria, siempre ligada a la suerte de tus ejércitos, resplandezca de nuevo siguiendo sus favoritas enseñas, envuelva con sus alas protectoras al caudillo de Ausonia, y coloque la corona de laurel sobre la frente del héroe, por cuya mano diriges la guerra, por cuyo esfuerzo combates, al que favoreces con tus auspicios y ayudas con tus dioses; pues con la mitad de tu ser atiendes al gobierno de Roma y con la otra mitad sostienes en lejanas tierras una guerra sangrienta. Ojalá vuelva pronto a tu lado vencedor del enemigo y se alce triunfante sobre los corceles coronados de guirnaldas. Perdóname, te lo ruego; depón tus dardos crueles, de este mísero harto conocidos; perdona, padre de la patria, y recordando este glorioso nombre, no me quites la esperanza de verte un día aplacado. No te pido mi regreso, aunque es creíble que los potentes dioses dispensan a veces beneficios mayores que los impetrados. Si concedes a mis súplicas destierro menos duro y apartado, me sentiré libre de gran parte de mi condena. Sufro toda suerte de rigores teniendo que vivir entre pueblos hostiles; ningún desterrado se vio jamás tan lejos de su patria. Solo y relegado cerca de las siete desembocaduras del Danubio, sintiendo el influjo de la helada virgen del Parrasia, y la corriente del río apenas me separa de los Jácigas, los de Colcos, los Getas y las hordas de Meterca. Bien que otros hayan sido desterrados por culpas mayores, a ninguno se confinó en tierra tan remota como a mí . Más allá sólo reinan los fríos y los enemigos, y las ondas del mar convertidas en masas de hielo. El dominio de Roma concluye aquí, a la izquierda del Euxino; pues las comarcas limítrofes se hallan bajo el poder de los Basternas y Sármatas. Este país recién sometido a la dependencia de Ausonia, toca en los últimos límites del Imperio. Por tales razones te suplico que me relegues a sitio menos peligroso, y no me quites la seguridad juntamente con la patria; que no me infundan temor las hordas que el íster apenas separa de mí, ni se exponga a caer en manos enemigas un súbdito tuyo. Sería oprobioso que, viviendo los Césares, un hombre nacido de la sangre latina arrastrase las cadenas de los bárbaros. Dos faltas me perdieron: los versos y una ofensa por error; sobre este extremo he de guardar silencio, no valgo tanto que remueva tus heridas, y es demasiado que las hayas padecido una vez. Queda el segundo, la acusación de un torpe delito, el haber dado impúdicas lecciones de adulterio. Es fácil algunas veces engañar a los espíritus celestes, y son muchas las cosas indignas de tu atención. Como Jove, ocupado en los asuntos del cielo y los dioses, no tiene espacio para atender a cosas insignificantes, así mientras abarcas con la vista el orbe sometido, los negocios de escaso interés escapan a tus desvelos. ¿Ibas, príncipe, a deponer la carga del Imperio por entregarte a la lectura de mis poesías escritas en dísticos? La grandeza del nombre romano que descansa sobre tus hombros, no es peso tan leve que consienta a tu divinidad solazarse con mis frívolos entretenimientos, ni examinar con tus ojos los frutos de mis ocios. Ya tienes que someter la Panonia, ya la Iliria; ya las armas de Recia o de Tracia provocan tu sobresalto. Ya el Armenio pide la paz y el caballero Partho entrega los arcos y los estandartes que nos arrebató. La Germania te siente rejuvenecido en tu prole, y en vez del gran César, otro César pone fin a la guerra. Por último, en cuerpo tan colosal como jamás ha existido, no hay parte alguna donde vacile tu Imperio. Asimismo te fatiga el gobierno de la ciudad, el sostenimiento de tus leyes y la reforma de las costumbres, que pretendes modelar por las tuyas; no eres dueño de permitirte la tranquilidad que proporcionas al mundo, y una multitud de guerras te quitan el descanso. ¿Había de sorprenderme que, abrumado por el peso de negocios tan importantes, no te hubieres fijado en mis poesías eróticas? Mas si, lo que me enorgullecerá bastante, hubieses tenido tiempo de hojearlas, no habrías leído nada criminal en mi Arte.

Confieso que esta obra adolece de falta de gravedad y la creo indigna de ser leída por tan alto príncipe; sin embargo, no encierra enseñanzas contrarias a las leyes, ni van dirigidas a las damas romanas. Porque no dudes, a quienes dicto sus reglas, en uno de los tres libros se estampan estos cuatro versos: «Lejos de aquí, cintas graciosas, emblemas del pudor; y vosotras, largas túnicas que ocultáis los pies de las matronas. Sólo cantamos los hurtos legítimos y permitidos del amor, y los versos corren libres de toda tacha criminal.» Pues ¡qué!, ¿no excluimos con rigor de nuestro Arte a cuantas mujeres visten la estola o son respetables por la cinta de sus cabellos? Se me objetará que la matrona pudiera aprovecharse de sus advertencias escritas para otras, encontrando lecciones no dedicadas a ellas; entonces, que se rechace toda lectura, porque toda composición poética puede incitarlas a delinquir. Cualquier libro que caiga en sus manos, si es inclinada al vicio, servirá para corromperla. Que tome Los Anales, no hay libro menos provocativo, y allí leerá cómo Ilia vino a dar a luz. En el poema que comienza con el nombre de la madre de los romanos, pronto aprenderá que ésta es la hermosa Venus. Yo probaré luego, si me dejan proceder con orden, que todo linaje de poesía es capaz de estragar las costumbres, y no por eso todo libro poético es condenable.

Todo lo que aprovecha puede perjudicar. ¿Qué cosa más útil que el fuego?; no obstante, el malhechor que se dispone a incendiar una casa, agita la tea en sus audaces manos. La Medicina a veces da la salud, a veces la quita, y nos enseña a distinguir las hierbas saludables de las nocivas. El ladrón y el viajero precavido se ciñen la espada: el uno como instrumento de sus fechorías, el otro como medio de defensa. Se estudia la elocuencia para sostener la causa de la justicia, y en ocasiones protege a los criminales y persigue a los inocentes. Así mis poemas, leídos con rectitud de juicio, a nadie causarán el menor daño. El que en mis escritos descubre motivos de escándalo se equivoca y me difama injustamente. Y cuando yo lo reconociese, ¿no suministran gérmenes de corrupción los mismos juegos? Manda, pues, suprimir todos los espectáculos, que fueron cien veces ocasión de fatales caídas, cuando el duro suelo se recubre con la arena del combate. Suprime el circo, porque en él reina segura la licencia y la inocente doncella se sienta al lado de un extranjero. Puesto que algunas pasean en los pórticos y dan citas a sus amantes, ¿por qué no se cierran todos ellos? ¿Hay lugar más augusto que el templo? Evite frecuentarlo la que sienta inclinación a pecar. Cuando penetre en el templo de Jove, el templo de Jove le recordará las muchas mujeres que hizo madres este dios; si va a adorar a Juno en el santuario vecino, pensará en la turba de concubinas que fueron el tormento de la diosa. En presencia de Palas deseará saber por qué esta virgen crió a Erictonio, fruto de un amor delincuente; y si se llega al templo del poderoso Marte alzado por tu munificencia, en la misma puerta verá a Venus junto al dios vengador. Si se sienta en el templo de Isis, querrá averiguar por qué la hija de Saturno la persiguió a través del mar Jonio y el Bósforo, y Venus le traerá al pensamiento a Anquises, la luna al héroe de Latinos y Ceres a Jasón. Todas las estatuas de estas diosas son capaces de corromper a un espíritu inclinado a la maldad, lo cual no impide que permanezcan firmes en sus lugares respectivos.

La primera página de mi libro, dirigido sólo a las meretrices, aparta lejos a las mujeres honestas; si alguna penetra en el santuario sin permiso del sacerdote, ella misma se declara culpable de criminal desobediencia. Mas no juzgo un crimen deleitarse en la lectura de versos galantes. A la mujer honrada se la permite que lea muchas cosas que no debe hacer. Es frecuente que una matrona de severo ceño contemple desnudas mujeres que se disponen a los combates de Venus. Los ojos de las Vestales ven los inmodestos cuerpos de las cortesanas, sin que les imponga por ello castigo el vigilante de sus actos. ¿Mas por qué reina tan desaforada lascivia en los partos de mi Musa? ¿Por qué mi libro incita al amor? Lo confieso, es un pecado, una culpa manifiesta, y me arrepiento de mi poco seso y maligno ingenio. ¿Por qué no celebré mejor en un nuevo poema las desdichas de Troya arrasada por las armas de los griegos? ¿Por qué no canté a Tebas con las heridas recíprocas de los dos hermanos y las siete puertas encomendadas a siete jefes diferentes? La belicosa Roma me brindaba abundante materia, y es labor meritísima referir los altos hechos de la patria. En suma: debí cantar alguna parte de tus excelsas virtudes, ¡oh César!, que llenas con tu grandeza la redondez del orbe. Como los rayos deslumbrantes del sol atraen las miradas, así tus insignes acciones debieron atraer mi genio.

Soy censurado sin razón; yo labro humilde campo, y aquélla era una obra de opulenta fecundidad. Por el hecho de haber recorrido pequeño lago, no ha de confiarse una barca a las olas del piélago, y aun acaso dude si es notable mi aptitud en la poesía ligera y sobresalgo en composiciones de corto vuelo; pero si me ordenas cantar a los gigantes aniquilados por el rayo de Júpiter, la carga abrumará mis fuerzas. Las heroicas empresas de César reclaman un vate de riquísima vena, para sostener la obra al nivel del sujeto. No obstante, me atreví; pero temí luego empañar tu gloria y cometer un sacrilegio que menoscabase tu grandeza. Me dediqué, pues, a obrillas de poco fuste, a poemas que cautivaran a la juventud, encendiendo en mi pecho una falsa pasión. Ojalá no lo hiciera; mas el destino me arrastraba, y el ingenio me ocasionó la desgracia. ¡Ay de mi! ¿Por qué estudié? ¿Por qué mis padres me educaron? ¿Por qué mis ojos aprendieron a distinguir las letras? Merecí tu aborrecimiento por el libertinaje con que, en tu opinión, mi Arte mancillaba el lecho del matrimonio, y jamás las casadas aprendieron en mis lecciones a cometer infidelidades, porque nadie puede enseñar lo que apenas conoce, y compuse las delicias de mis tiernos versos sin que la menor hablilla ultrajase mi fama. No hay un solo marido de la ínfima plebe a quien mis erróneos consejos convirtieran en padre dudoso. Créelo: mis costumbres son distintas de mis versos. Mi musa es juguetona; mi proceder, honrado. Gran parte de mis poemas, hijos de la ficción y la fantasía, se permiten atrevimientos que rechaza su autor.

Mi libro no es el espejo del alma, sino un honesto pasatiempo que mira al fin de cautivar los oídos; de otro modo, Accio sería un hombre truculento; Terencio, un parásito, y amigos de reyertas los que cantan guerras atroces. Además, no fui el único que compuso libros a los tiernos amores; el único, sí, castigado por haberlos compuesto. La musa del viejo lírico de Teos, ¿qué nos persuade sino alentar a Venus con repetidas copas? ¿Qué sino el amor enseña Safo a las doncellas de Lesbos? Y Safla y Anacreonte vivieron siempre sin peligro. Tampoco perjudicó al hijo de Bato haber confesado repetidas veces al lector sus íntimas satisfacciones. La intriga amorosa nunca falta en las comedias de Menandro, y son la lectura favorita de jóvenes y doncellas; la misma Ilíada, ¿es más que la historia de una torpe adúltera cuya posesión se disputan el esposo y el amante? El poema principia con la llama que encendió Briseida y la cólera que por el rapto de esta joven estalló entre los jefes. Y La Odisea, ¿no retrata a una esposa que durante la ausencia de su marido se vio solicitada por muchos pretendientes? ¿Quién sino el cantor de Meonia cuenta la sorpresa de Venus y Marte, cogidos en el lecho del placer? ¿Por quién sino por las noticias del gran Homero sabríamos que dos diosas se enamoraron de su huésped? Vence la tragedia en gravedad a todo género de poesía, y los asuntos amorosos constituyen su fondo. ¿Qué vemos en Hipólito? La ciega pasión de una madrastra, y Cánace es deudora de la celebridad al amor que sintió por su hermano. Pelops, el de la ebúrnea espalda, en alas del amor, ¿no guió su carro, tirado por los corceles frigios, hasta Pisa? La desesperación de un amor ultrajado, ¿no impulsó a una madre a clavar el hierro en las entrañas de sus hijos? El mismo transformó de pronto en aves a un rey y su concubina, con aquella madre que todavía llora a su querido Itis. Si el hermano de Erope no concibiese una incestuosa pasión, no leeríamos que los caballos del Sol retrocedieron espantados; ni la impía Escila hubiese calzado el coturno trágico, de no impulsarla el amor a cortar Ios cabellos de su padre. Al leer a Electra y a Orestes en su loco frenesí, lees el crimen de Egisto y de la hija de Tíndaro. ¿Qué decir del intrépido varón que domó la Quimera, a quien por poco mató la pérfida que le hospedaba? ¿Qué de Hermíone y la doncella hija de Esqueneo, y la profetisa amada por el rey de Micenas? ¿Qué de Dánae y su nuera, de la madre de Baco, de Hemón y de aquella en cuyo obsequio se unieron dos noches? ¿Hablaré del yerno de Pelias, de Tesco y del Pelasgo, que arribó el primero con su nave al litoral de Ilión? Suma también a Jole, la madre de Pirro, la esposa de Hércules, el hermoso Hilas y el joven Ganimedes. El tiempo me faltará si pretendo enumerar todas las tragedias del amor, y apenas ofrecerá mi libro una escueta lista de nombres. Del mismo modo la tragedia ha descendido a obscenas bufonerías, vertiendo multitud de frases ofensivas al pudor. No perjudicó al poeta que pintó a Aquiles afeminado ultrajar en verso las empresas esforzadas del héroe. Arístides trazó el cuadro de los vicios que se reprochaban a los de Mileto, y no por eso fue expulsado de la ciudad; ni Eubio, autor de un libro nefando, que enseña a las mujeres el empleo de los abortivos; ni el autor que hace poco compuso Los Sibaritas tuvo que huir; ni se desterró a las mujeres que pregonaron sus goces voluptuosos; confundidos se ven sus libros con las obras monumentales de los sabios, y puestos a disposición del público por la munificencia de nuestros caudillos. Y por que no arguyas que me defiendo con armas extranjeras, en la poesía romana hallarás a granel las procacidades. El grave Eunio empuñó la trompa bélica en honor de Marte, ingenio sobresaliente, pero rudo y sin artificio. Lucrecio explica las causas del fuego devorador y vaticina la destrucción de los tres elementos del mundo; pero el lascivo Catulo canta repetidas veces a su amiga, oculta bajo el seudónimo de Lesbia, y no satisfecho, divulga otros cien amoríos, confesando sin rubor tratos adúlteros. Iguales o parecidas licencias se permitió el liliputiense Calvo, descubriendo sus hurtos de varios modos. ¿A qué hablar de Ticidas y los versos de Menimio, que desterraron el pudor en los asuntos y en las palabras? Cinna es un compadre de éstos; Anser, todavía más procaz que Cinna, y muelles las poesías de Cornificio, lo mismo que las de Catón y las de los libros de Metelo, donde ya aparece el simulado nombre de Perila, ya el verdadero. El poeta que condujo la nave de Argos a las riberas del Fasis no supo callar sus secretos placeres, y no son más decorosos los cantos de Hortensio o los de Servio; ¿y quién vacilará en imitar tan notables modelos? Sisenna tradujo a Arístides, sin que le perjudicase el afear sus libros históricos con torpes bufonadas. No llenó de oprobio a Galo el celebrar a Licoris, sino el haber desatado la lengua por exceso en la bebida. Tibulo se siente poco dispuesto a creer en los juramentos de la que engaña con las mismas protestas a su esposo; confiesa que aconsejó a las casadas burlar a sus guardianes, y se lamenta de sufrir él mismo las consecuencias de sus lecciones. A veces, con el pretexto de admirar el diamante o el sello de su amada, recuerda que aprovechó la ocasión para cogerle la mano, y refiere que otras la habló con los dedos y los gestos, o trazando mudos caracteres en la redonda mesa, y las adoctrina en conocer los jugos que borran las manchas lívidas de la carne que lleva impresas las señales de los dientes, y por fin tiene la audacia de pedir al marido poco celoso que le permita los tratos con su mujer para que no multiplique las infidelidades. Sabe a quién ladran los perros cuando él solo ronda una casa, y por qué tose tantas veces ante una puerta cerrada; enseña mil astucias de este jaez, y advierte a las casadas cómo lograrán burlar a sus maridos, lo cual no le ocasionó ningún percance. Y Tibulo es leído, agrada a todos y ya era bien conocido cuando subiste al Imperio. Encontrarás iguales lecciones en el tierno Propercio, que no fue notado por ello con la menor infamia. Yo le sucedí, puesto que la prudencia me veda citar los autores insignes que viven, y confieso no haber temido que donde navegaron tantas barcas fuese a naufragar la mía, salvándose las demás. Otros escribieron libros sobre los juegos de azar, vicio grande en opinión de nuestros antepasados; el valor de las tabas y la habilidad de echarlas para sacar el punto mejor, evitando el tan funesto; los números que se señalan en los dados y el modo de arrojar éstos, a fin de conseguir las cifras anheladas y salir ganancioso con su combinación; explicaron cómo avanzan los peones de color diferente en línea recta, y por qué una pieza cae prisionera si la atacan dos enemigos; el arte de moverla y proteger su retirada, que no se efectúa sobre seguro si otra no la acompaña. En un reducido tablero se colocan dos líneas de piedrezuelas, y gana la partida el que sabe sostenerlas de frente. Hay otros muchos juegos – no me voy a ocupar de todos – con que se pierde el tiempo, que es un bien precioso. Hubo poetas que cantaron las pelotas de diversas formas y el modo de jugarlas. Éste enseña el arte de nadar; aquél, el del troco; quién dicta reglas para pintar el semblante o prescribe las leyes de los banquetes y las recepciones; quién nos da a conocer la tierra de que se fabrican los barros cocidos, y la mejor para preservar el vino de toda impureza: tales son los pasatiempos propios de los brumosos días de diciembre que no acarrearon mal a nadie.

Seducido por estos ejemplos, yo también compuse versos juguetones; pero el fatal castigo me alcanzó a consecuencia de mis juegos. Entre tantos escritores, excepto yo, no conozco uno solo a quien perdiera su musa. ¿Qué me habría sucedido si hubiera escrito las representaciones obscenas de los mimos, donde siempre se desarrolla una acción criminal, y en los que alternan siempre un adúltero imprudente y una esposa infiel que se burla de su necio marido? Sin embargo, las doncellas, las matronas, los esposos, los mozalbetes y gran parte de los senadores asisten a su representación, y no sólo acostumbran a corromper los oídos con voces incestuosas, pues también los ojos tienen que sufrir espectáculos de gran depravación. Cuando el amante burla al marido con alguna nueva estratagema, se le aplaude y decreta la palma en medio del mayor entusiasmo; y lo que es más pernicioso todavía, el poeta se hiera con su engendro criminal, y el pretor lo paga a alto precio. Reflexiona, Augusto, sobre el coste de tus juegos públicos, y verás que tales piezas te han salido hartó caras; que fuiste espectador de las mismas, y que las ofreciste a los demás: tanto se une en ti la majestad a la benevolencia; y que viste tranquilo en la escena tales adulterios, con esos ojos que velan por la seguridad del orbe. Si es lícito escribir mimos que rebosan la obscenidad, la materia que yo traté merece pena menor. Tal vez el escenario autoriza cualquier atrevimiento en este género de comedia, y permite decir en los mimos las más licenciosas osadías. Mis poemas se representaron muchas veces ante el pueblo por medio del baile, y en varias ocasiones pusiste en ellos los ojos. Tampoco es un secreto que en tus palacios resplandecen, pintadas por la mano de hábiles artistas, las figuras de los héroes antiguos, y que en sitio determinado cuelgan pequeñas tablas que representan escenas de amor y retratos de Venus. Allí se aparece el rostro de Telamón ardiendo de cólera, la bárbara madre cuyos ojos publican su crimen, y la misma Venus, que seca con la mano sus húmedos cabellos, como si aun estuviese cubierta por la onda que la dio a luz. Unos cantan la guerra erizada de dardos cruentos; otros, las hazañas de tus antepasados o las tuyas. La Naturaleza, envidiosa, me redujo a vivir en estrechos límites, por las débiles fuerzas de mi numen. No obstante, el autor de La Eneida, tu poema favorito, llevó al héroe y sus armas al lecho de la reina de Cartago, y ningún episodio se lee en toda la obra con tanto interés como estos amores no sancionados por un legítimo himeneo. El mismo, siendo joven, describió en sus poesías bucólicas la pasión, llena de ternura, de las Filis y Amarilis, y nosotros, que delinquimos ha tiempo en un solo poema, vemos castigada con un nuevo suplicio la antigua culpa, pues sus dísticos vieron la luz desempeñando tú la censura, y me dejaste pasar tantas veces como un cumplido caballero. Así, la obra que mi imprudencia no estimaba peligrosa en la juvenil edad, me acarreó la ruina en la vejez. Tarde llegó la pena impuesta a mi antiguo libro, y ya muy alejada del tiempo en que la culpa se había cometido. No por eso vayas a creer que mis restantes obras son de la misma índole; en varias ocasiones desplegó mi barca velas mayores. Publiqué seis meses de Fastos, cada uno de los cuales finaliza con el mes respectivo. Este poema, César, se escribió bajo el amparo de tu nombre, y mi suerte fatal vino a interrumpir un trabajo a ti dedicado. Dimos asimismo al coturno trágico las desventuras reales en el tono que conviene a la majestad de la tragedia, y aunque falte a la empresa comenzada la última lima, he narrado las transformaciones prodigiosas de los seres, y así temples un tanto la indignación de tu ánimo y ordenes que te lean en momentos de descanso algunas páginas de este poema, que empieza desde el primer origen del mundo y acaba en tu época, y verás cuánto brío prestaste a mi inspiración y con cuánto entusiasmo escribo de ti y de los tuyos. Yo nunca perseguí a nadie con mis versos mordaces, ni acusé con ellos los delitos de nadie; incapaz de ofender, nunca mezclé la hiel a mis festivas sales, y en ninguna de mis cartas descubrirás un rasgo emponzoñado; y entre tantos ciudadanos y tantos miles de versos como compuse, soy el único a quien hirió mi Calíope. Me atrevo a sospechar que ningún romano se alegra de mis desgracias, y muchos las lamentan. No me resuelvo a creer que haya quien me ultraje por mi caída, si mi bondad se paga con el debido reconocimiento. Puedan estas razones y otras muchas inclinar en mi favor tu divinidad, ¡oh padre, salud y defensa de la patria! No te suplico que me permitas regresar a Ausonia, como un día acaso no te desarme la duración excesiva de mi pena, sino un destierro más seguro y tranquilo, para que el castigo sea proporcionado a la culpa.


Libro tercero

ELEGIA 1

I.- Obra de un desterrado, penetro temblorosa en esta ciudad, adonde me envían; amigo lector, tiende tu mano benévola al viajero muerto de cansancio; no temas que mis páginas sean para ti motivos de vergüenza: ningún verso de mi epístola habla de amor. La fortuna de mi desdichado dueño no consiente disfrazar sus dolores con bromas de mal gusto; aunque demasiado tarde, ¡ay!, condena y abomina ese Arte que por su daño compuso en los días de la verde juventud. Hojea mi contenido; no verás en él más que tristezas, y las voces suenan en armonía con las circunstancias. Si notas que cojean y se detienen cada dos versos, es por razón del metro o lo largo del camino. No resplandezco con el aceite de cedro, ni estoy pulido con la piedra pómez, porque me ruboriza andar más elegante que mi dueño. Si las líneas están afeadas por algunas tachas, el mismo poeta las produjo con sus lágrimas; y si te ofenden ciertas expresiones poco latinas, ten en cuenta que se escribieron en tierra de bárbaros. Lectores, decidme, si no os molesto, ¿qué vía debo seguir y a qué punto dirigirme, como extranjero que soy en la ciudad? No bien mi lengua indecisa pronunció con timidez estas palabras, hallé con dificultad un solo hombre que quisiera indicarme el camino. Los dioses te den lo que no conceden a mi padre: vivir tranquilo en el seno de la patria. Ea, condúceme; ya te sigo, por más que llegue cansado de atravesar tierras y mares, desde comarcas remotas. Accedió, y guiando mis pasos, dijo: « Éste es el foro de César, ésta es la vía que por sus templos se llama Sagrada. Aquí se abre el santuario de Vesta, que guarda el Paladión y el fuego eterno; aquí se levanta el modesto palacio del antiguo Numa»; y de aquí pasando a la derecha, me dice: «Ésta es la puerta Palatina; éste el templo de Estator, donde tuvo su principio Roma.» Mientras admiro tales monumentos, veo resplandecer con trofeos de armas un pórtico suntuoso, morada digna de un dios, y pregunté: «¿Es el templo de Jove?»; porque una corona de encina daba indicios a tal conjetura. Luego que conocí quién era su señor, exclamé «No me engaño, cierto, es la mansión del potente Júpiter; mas ¿por qué reverdece el laurel ante la puerta, y rodea la entrada del augusto palacio con su opaco follaje? ¿Tal vez por los incesantes triunfos obtenidos, o porque fue amado siempre del dios de Léucade? ¿Es señal de la alegría que disfruta, o de la que difunde por todas partes, o el emblema de la paz con que ha tranquilizado el Universo? Como el verdor eterno del laurel y sus hojas, que nunca caen marchitas, así ella goza de gloria inmortal. Una inscripción declara el significado de la corona de encina, advirtiéndonos que se debe a sus esfuerzos la salud de los ciudadanos. Salva también, padre clementísimo, a un ciudadano que yace relegado en la extremidad del mundo, cuyo castigo, que confiesa haber merecido, no se le impuso a consecuencia de un crimen, sino de un error excusable. ¡Desgraciado de mí!; me espanta el sitio, venero a su señor, y noto mis letras trazadas por una mano temblorosa. ¿No ves cómo palidece el color de la carta, y se encogen de miedo sus líneas desiguales? Quiera el Cielo aplacarte un día con respecto a mi padre, y que yo te vea, sacra mansión, habitada por sus actuales dueños.» De allí, siguiendo nuestro camino, subimos por excelsas gradas al marmóreo templo del dios de intonsa cabellera, donde, entre columnas talladas en tierras remotas, se admiran las estatuas de las Danaides y de su bárbaro padre con el acero desnudo, y dentro las doctas concepciones de sabios, antiguos y modernos, ofreciéndose a la curiosidad del lector. Allí buscaba a mis hermanos, fuera de aquellos que su mismo padre quisiera no haber escrito, y los buscaba en vano, cuando el guardián encargado de su custodia me ordenó salir de tan santos lugares. Me dirijo a otro templo próximo al vecino teatro, y en donde igualmente se me prohibía poner los pies; la libertad me impidió atravesar el atrio de este primer santuario abierto a mis poemas instructivos. La fatalidad del mísero autor recae sobre la descendencia, y nosotros sus hijos estamos como él condenados a destierro. Acaso un día César, menos severo con el poeta y sus libros, se deje desarmar por la duración del castigo. Dioses y tú, César, la divinidad de más poderío (no he de dirigirme a la turba de los inmortales), os suplicó que escuchéis mis votos. En el ínterin, puesto que se me rehusa un asilo público, me ocultaré en cualquier casa particular. Vosotras, manos plebeyas, si se os permite, acoged mis versos, abatidos por el rubor de la repulsa.

II.- Estaba reservado a mis destinos visitar la Escitia y la tierra situada bajo la constelación de la hija de Licaón; vosotras, Piérides, doctas hijas de Latona, no socorristeis a vuestro sacerdote; de nada me aprovechó que en mis entretenimientos no se ocultara ningún crimen y que mi vida fuese aún menos reprensible que mi musa: después de afrontar grandes peligros en mar y tierra, me veo condenado a los fríos rigurosos del Ponto. Yo, enemigo de los negocios y nacido para el sosiego tranquilo; yo, que era delicado e incapaz de soportar las fatigas, al presente padezco extremados rigores, y el mar sin puerto de refugio y las penosas vicisitudes del viaje fueron impotentes para perderme. Mi ánimo sufrió penalidades sin número, y con las fuerzas que el cuerpo le prestaba pudo resistir lo que parecía insoportable. Pero cuando me puso entre la vida y la muerte el furor de los vientos y las olas, la misma ansiedad adormecía las cuitas de mi enfermo corazón; después que el viaje ha terminado, y el descanso ha puesto fin a sus peripecias, y he fijado las plantas en el lugar de mi destierro, ya sólo me consuelan las lágrimas, que saltan de mis ojos más abundantes que el agua de las nieves en primavera. Pienso en Roma, en mi casa, en aquellos sitios tan deseados y en cuanto me queda en la ciudad para siempre perdida. ¡Ay de mí, que llamé tantas veces a las puertas del sepulcro y no se abrieron jamás! ¿Por qué evité el filo de tantas espadas? ¿Por qué no sepultó mi cabeza en el abismo ninguna de las tempestades que tantas veces me amenazaron? ¡Oh dioses, que experimenté harto ceñudos y asociados a la cólera de otro dios!, yo os conjuro a que estimuléis mis hados tardíos, y que cesen de permanecer cerradas las puertas de mi sepulcro.

III.- Si acaso te sorprende mi carta escrita por mano extraña, sabe que estaba enfermo, sí, enfermo, en los remotos confines de un mundo desconocido, y poco seguro de mi remedio. Figúrate cuál será la postración de mi ánimo languideciendo en una tierra odiosa, entre los Sármatas y los Getas; no resisto el clima, no me acostumbro a beber estas aguas, y no sé por qué tengo aversión al país. Mi casa es incómoda, los alimentos nocivos al estómago, y ni encuentro quien distraiga mis pesares con el trato de las Musas, ni un solo amigo que me consuele y con su conversación abrevie las cansadas horas. Languidezco, abatido, en los últimos pueblos del mundo habitado, y en mi abatimiento suspiro por las mil cosas que me faltan. Tú, querida esposa, vences todos estos recuerdos y ocupas la mejor parte de mi ser. Hablo contigo en la ausencia, mi voz te llama a ti sola, y no transcurre día ni noche sin pensar en ti. ¿Qué más? Oigo decir que en los momentos de fiebre tu nombre suena siempre en mi boca delirante. Si mi lengua desfalleciese, y pegada al paladar no se reanimara al calor de un vino generoso, a la noticia de tu llegada recobraría el movimiento, y la esperanza de verte me prestaría vigor. Yo estoy aquí entre la vida y la muerte, y acaso tú allá, olvidando mis trabajos, pasas alegres los días; pero no, carisma esposa, lo sé y lo afirmo: sin mí, tus horas tienen que resbalar en la tristeza. Si al cabo se cumple el plazo señalado a mi destierro, y toco al término de la breve existencia, ¿qué os costaba, potentes dioses, perdonar al moribundo y permitir que al menos fuera sepultado en el suelo patrio, o que su castigo se difiriese hasta el momento de la muerte, o que ésta se precipitase anticipándose al destierro? ¿Conque he de perecer tan lejos, en ignotas playas, y a mi triste muerte se añadirá el horror de estos lugares? ¿Mi cuerpo exánime no reposará en el lecho acostumbrado; no habrá quien llore en mis funerales; las lágrimas de una esposa no vendrán a regar mi rostro, ni a detener un instante el alma fugitiva? ¿No dictaré mi postrer voluntad después de la última despedida? ¿La mano de un amigo no cerrará mis ojos sin luz? ¿Y sin fúnebres exequias, sin el honor del sepulcro ni el tributo del llanto, una tierra extranjera cubrirá mis infelices despojos? ¿Y tú, al oír estas nuevas, no sentirás turbada el alma, y no golpearás tu fiel pecho con mano temblorosa, y tendiendo los brazos hacia estas regiones, no pronunciarás en vano el nombre de tu desvalido esposo? ¡Ah!, cesa de martirizar tus mejillas y arrancarte el cabello, luz de mi vida; no es la vez única que me robaron a tu cariño; imagina que perecí al perder la patria; aquella muerte fue la primera y más cruel para mí. Ahora, amantísima esposa, si puedes, yo creo que no, regocíjate de que la muerte ponga fin a tantas desdichas como me asaltan. Lo que sí puedes es afrontar el dolor, sobrellevándolo con animoso brío: desde larga fecha hubiste de aprender lecciones de fortaleza. Pluguiese al Cielo que el alma pereciera con el cuerpo, y que ninguna parte del mío escapase a la llama devoradora; pues si el espíritu, de esencia inmortal, vuela a los sublimes espacios, confirmando la doctrina del viejo de Samos, la sombra de un romano vagará eternamente entre las de los Sármatas, siempre extranjera para sus bárbaros manes. Transporta a Roma en pequeña urna mis cenizas, y así, después de muerto, no me veré desterrado. Esto nadie te lo prohibe. Una princesa de Tebas desobedeció las órdenes del rey dando sepultura al hermano que acababa de morir. Mezcla mis restos con hojas y polvo de amono, deposítalos en tierra cerca de los muros de la ciudad, y graba en el mármol del túmulo con gruesos caracteres estos versos, que lean los ojos fugitivos del viandante: «Aquí reposo yo, el cantor de los tiernos amores, el poeta Nasón, perdido por su ingenio ¡Oh tú, pasajero!, si amaste algún día, no rehuses exclamar: «En paz descansen las cenizas de Nasón.» Esto basta para epitafio, pues mis obras serán un monumento más excelso y perdurable, y abrigo la confianza, aunque perdieron a su autor, que han de asegurarme renombre y gloria inmortal. No olvides llevar los fúnebres presentes a mi tumba, y adórnala con guirnaldas humedecidas con lágrimas. Aunque el fuego haya convertido mi cuerpo en cenizas, sus tristes reliquias serán sensibles a la piadosa ofrenda. Quisiera escribir mucho más, pero mi voz cansada y mi boca seca me privan de aliento para dictar. Recibe acaso el postrer recuerdo de mis labios y goza la salud que no tiene quien te la envía.

IV.- ¡Oh tú, que siempre me fuiste querido de verdad, y a quien conocí en los días adversos que me trajeron la ruina!, cree a un amigo aleccionado por la experiencia, vive para ti y huye lejos de los nombres ilustres; vive para ti, y en cuanto puedas evita lo deslumbrante. El rayo asolador desciende del alcázar celeste, pues si bien sólo los poderosos pueden ser útiles, no quiero nada del que puede causarme daño. La antena recogida burla a la deshecha tempestad, y la vela grande corre más peligro que la humilde. Ves cómo una leve corteza sobrenada en la superficie de las aguas, mientras el plomo de la red la sumerge en el fondo. Si yo me hubiera guiado par estos avisos que doy ahora, tal vez viviera en la ciudad que se me debe. Mientras viví contigo, mientras un soplo lejano impulsaba mi barca, bogué siempre por tranquilas ondas. El que cae en suelo llano, lo que sucede raras veces, cae de modo que se puede levantar presto de la tierra apenas tocada; mas el mísero Elpenor, arrojado de lo alto del palacio, apareció ante su rey como una leve sombra. ¿Por qué se vio a Dédalo agitar sin riesgo las alas, y a Icaro dar su nombre a la inmensa llanura? Porque éste volaba muy alto y aquél con brío menos audaz: uno y otro llevaban alas que no les pertenecían. Créeme: vive bien el que vive ignorado, y cada cual debiera permanecer en los términos de su fortuna. Eumedes no hubiera perdido a su hijo, si este insensato no se apasionara por los caballos de Aquiles. Merops no viera a Factón abrasado por el rayo y a sus hijas convertidas en árboles, si su vástago se contentara con tenerlo por padre. Tú, pues, teme la elevación, y advertido por estos escarmientos, recoge las velas ambiciosas. Eres digno de recorrer las etapas de la vida sin lastimarte las plantas, y gozar de prósperos destinos. Mereces los votos que hago en tu favor por tu afecto y lealtad, que nunca se borrarán de mi memoria. Yo te oí lamentar mi suerte con tan extremado dolor, como el que sin duda retrataba mi aspecto. Sentí tus lágrimas resbalar por mi semblante, y las apuré junto con el testimonio de tu fidelidad. Ahora igualmente defiendes al amigo desterrado y le confortas en sus trabajos, que apenas admiten consuelo. Vive exento de envidia; deja deslizar sin gloria tus días tranquilos; busca los amigos entre tus iguales, y ama el nombre de Nasón, que aun no ha sido desterrado; el Ponto de Eseitila posee lo demás.

Habito una comarca próxima a la constelación de la Osa de Erimanto, tierra endurecida por el frío glacial. Más allá se ven el Bósforo, el Tánais, los pantanos Escíticos y algunos pocos lugares de nombres desconocidos; detrás nada, sino campos inhabitables por el rigor del clima. ¡Ah, cuán vecino soy de la última tierra del orbe! Mi patria está lejos, lejos mi carisma esposa, y cuanto me es amado después de la una y la otra. Pero si vivo apartado de tales seres, si no alcanzo a percibirlos por el sentido, los veo cómo se reproducen en mi imaginación, y pasan ante mis ojos la casa, la ciudad, el aspecto de los lugares y los varios sucesos en ellos representados. La cara de mi esposa la tengo como presente a la vista; ella agrava mis padecimientos, y ella los alivia: los agrava por su ausencia, y los alivia con el amor que me profesa y la entereza en soportar la carga que la abruma. También vosotros, amigos, vivís impresos en mi corazón, y desearía nombrar a cada uno en particular; pero un temor prudente reprime mis ímpetus; sospecho que no queréis ser nombrados individualmente en mis escritos. Antes lo deseabais, considerando como un alto honor que vuestros nombres se leyesen en mis poemas. En esta incertidumbre, hablaré a cada cual en lo íntimo del pecho, y no daré motivo a vuestros temores; mis versos no revelarán quiénes son los amigos que prefieren pasar ignorados. Los que me amaron en secreto, que continúen amándome todavía. No obstante, sabed que aun relegado a este lejano país, os tengo siempre presentes en el alma. Según lo que alcance cada cual, esfuércese por endulzar parte de mis amarguras, y no me rehuséis en el destierro vuestra mano generosa. Así os sonría siempre la próspera fortuna y no tengáis que implorar el auxilio ajeno fustigados por mi suerte cruel.

V.- Tuve contigo una amistad tan poco íntima, que sin esfuerzo podrías negarla, y acaso no me hubieses estrechado con efusión en tus brazos, si un viento bonancible impulsara siempre mi nave. Cuando caí, por miedo de verse envueltos en la ruina, todos, volviendo la espalda, huyeron mi peligrosa amistad; mientras tú te acercaste al hombre herido por el rayo de Jove y pisaste los umbrales de su casa consternada. Amigo de ayer a quien había tratado poco tiempo, hiciste por mí lo que apenas hicieron dos o tres de los antiguos. Yo noté la confusión de tu semblante, vista que me impresionó; vi tu cara humedecida por el llanto y más pálida que la mía, y atento a las lágrimas que avaloraban cada una de tus palabras, abrevé mi boca con aquéllas y con éstas mis oídos. Recibí los abrazos con que estrechabas mi cuello abatido, y tus besos entrecortados por los sollozos. En la ausencia me defendiste con todas tus fuerzas, buen amigo; ya sabes que esta voz ocupa el lugar de tu verdadero nombre, y todavía me diste mayores pruebas de inequívoca abnegación que nunca se borrará de mi memoria. Los dioses te concedan medios para defender siempre a los amigos y empléalos en más favorables circunstancias. Si en el ínterin preguntas, lo que en ti hallo verosímil, qué hago perdido en estas comarcas, te diré que aliento débil esperanza; no pretendas arrebatármela, de desenojar a una divinidad ofendida, y ya confié sin motivo, ya realice al cabo mi anhelo, quiero que me persuadas de la posibilidad de alcanzarlo, y pongas a contribución tu elocuencia demostrándome que mis votos pueden ser escuchados.

Cuanto más alta la persona, mejor se suele aplacar; las almas generosas se conmueven fácilmente. Basta al magnánimo león postrar a su víctima, y pone fin a la lucha así que la ha rendido; pero el lobo, el oso repulsivo y las fieras menos nobles, se encarnizan con sus presas moribundas. ¿En quién hallamos la fortaleza de Aquiles ante los muros de Troya?, y se declaró vencido por el llanto del viejo rey de Dardania. Con la magnificencia de su pompa funeral atestigua Poros la suprema generosidad del caudillo de Ematia. Y por no alegar ejemplos de los mortales que refrenaron sus ímpetus iracundos, hoy es el yerno de Juno el que antes fue su enemigo. En fin, no me resigno a desesperar de mi salvación, porque el origen de mi castigo no es un crimen que manasangre.

Yo no intenté políticos trastornos amenazando la cabeza de César, que es la del orbe; yo no dije nada; mi lengua no pronunció ningún ultraje ni deslizó frases ofensivas en un momento de embriaguez; soy castigado porque mis ojos involuntariamente vieron un crimen, y mi falta se reduce a no haber estado ciego. En verdad no pretendo excusar enteramente mi culpa, pero su parte más punible estriba en un error; por eso abrigo la esperanza de que consigas aminorar mi pena, conmutándoseme el lugar del destierro, y ojalá el lucero de la mañana, precursor del sol resplandeciente, en su rápido corcel me traiga pronto día tan anhelado.

VI.- Ni quieres disimular, caro amigo, los lazos de amistad que nos unen, ni podrías, si por ventura lo quisieses. Mientras me fue permitido, no hubo para mí persona más grata que tú, ni en toda la ciudad quien te estimase más que yo. A tal punto se divulgó nuestra cordialidad, que era más conocida que nosotros mismos. El candor de tu alma en las efusiones amistosas vióse reconocido por el mortal a quien rendías culto. Nada me ocultabas, de todo me hacías partícipe, depositabas en mi pecho multitud de secretos, y a la vez eras el único a quien comuniqué los míos, excepto el suceso que ocasionó mi ruina. Si yo te lo hubiese revelado, aun gozarías de tu feliz amigo, salvo y sano gracias a tus consejos; pero el hado me impulsaba con fuerza a merecer el castigo, y me cerró todo camino de salvación. Tal vez la prudencia pudo evitar mi desgracia, tal vez la razón se estrella siempre contra el hado. Mas tú que me estás unido por tan larga intimidad; tú, cuya separación me produce el pesar más hondo, no me olvides, y si gozas de algún favor, te suplico que lo aproveches en el mío, para que temples la cólera del dios a quien ofendí y mi pena se mitigue con el cambio del lugar de destierro.

VII.- Carta escrita con precipitación y fiel mensajera de mis pensamientos, ve a saludar a Perila. Encontrarás la sentada junto a su dulce madre, o entretenida con los libros y las Musas; pero abandonará sus ocupaciones así que sepa tu llegada, y sin tardar te preguntará por el motivo del viaje, el estado en que me dejaste y las tareas a que me dedico. Le dirás que vivo de tal modo que prefiero la muerte, y que la duración de mi pena no me reporta ningún alivio; que he vuelto al cultivo de las Musas que tanto daño me acarrearon, y a combinar voces que se presten a versos desiguales. A la vez le preguntarás: «¿Tú prosigues en nuestros comunes estudios, y compones doctos poemas hoy desusados en Roma?» La Naturaleza y los hados te dieron púdicas costumbres, taras cualidades y notable ingenio. Yo fui el primero que encaminó tus pasos a la fuente Hipocrene, y no para ver cómo perecía desastrosamente la vena de tu inspiración; el primero que la descubrió en tus tiernos años, y tu guía y compañero como un padre lo es de su hija. Si todavía abrasa este fuego tu pecho, sólo la poetisa de Lesbos vencerá tus poemas magistrales. Pero temo que mi fortuna acorte tus vuelos, y que tras mi caída tu espíritu permanezca inactivo. Cuando nos fue lícito me leías gustosa tus versos, yo te recitaba los míos, y era con frecuencia tu juez y tu maestro. Yo prestaba atento oído a tus poesías recién acabadas, y corregía los desmayos de tu vena. Acaso con el ejemplo del daño que mis libros me atrajeron, recelas que te toque parte de mi condenación. No temas, Perila; mas tampoco desvíes a ninguna de sus deberes, y que ninguna aprenda el amor en tus escritos. Así, rechaza, mujer ilustre, los pretextos de la ociosidad, y vuelve al cultivo de las bellas artes, tu religión favorita. La hermosura de tu rostro sentirá los estragos de los años; un día surcarán tu frente las arrugas del tiempo pasado, y pondrá las manos en tu beldad la senectud caduca que nos acomete con pasos silenciosos, y cuando alguien exclame: «Hermosa fue esta mujer», te dolerás y quisieras que el espejo te engañase. Posees módicas rentas, aunque dignísima de mayores; imagínate que compiten con riquezas inmensas, pues la fortuna caprichosa las da y quita a quien se le antoja, y el que ayer era un Creso se convierte de súbito en el pobre Iro. ¿A qué detenerme en pequeñeces? Cuanto poseemos es deleznable, excepto las dotes del ánimo y el corazón; mírate en mí, privado de la patria, de mi casa, de vuestra compañía, y despojado de cuanto se me podía quitar, me entretengo y disfruto con mi ingenio, lo único que César no tiene derecho a perseguir. Cualquiera mano armada de acero cruel podría arrancarme la vida; pero después de muerto me sobrevivirá la fama, y seré leído mientras Roma vencedora contemple desde sus siete colinas la redondez del orbe dominado por sus armas. Y tú, a cuyos talentos deseo destinos más felices que los míos, evita también, ya que puedes, el perecer del todo en la hoguera.

VIII.- Ahora desearía montar el carro de Triptolemo, el que depositó en la inculta tierra las primeras semillas, ahora quisiera regir los dragones con cuyo auxilio Medea se fugó, ¡oh Corinto!, de tu ciudadela, ahora me arrojaría a tomar audaces alas, fuesen las de Perseo o las de Dédalo, para hendir con rápida marcha las tenues auras, y contemplar de repente el dulce suelo de la patria, el aspecto de mi desierta casa, los fieles amigos y, sobre todo, el rostro de mi queridísima esposa. Insensato, ¿por qué formas esos vanos y pueriles votos que ningún día ve ni verá realizados? Si has de suplicar alguna vez, adora el numen de Augusto y eleva humilde tus plegarias al dios cuyo enojo experimentaste. Él sólo te traerá las alas y los carros voladores; así que te permita el regreso, al instante emprenderás el vuelo.

Si impetrase este favor, el más grande que podría apetecer, temo que mis votos pareciesen demasiado ambiciosos. Tal vez un día, cuando su cólera se haya saciado, se me proporcione entonces la ocasión de rogarle con vivas instancias. En el ínterin solicitaré más pequeña merced, y para mi será muy grande, que me ordene salir de esta región adonde le plazca. Aquí me dañan las aguas, el clima, la tierra y el aire, y una postración crónica aniquila mi organismo; sea que el contagio de la mente enferma se comunique a los miembros, sea que resida la causa de mi dolencia en la naturaleza del país. Desde que arribé al Ponto, los insomnios me fatigan, la demacración casi descubre mis huesos y los alimentos me repugnan al paladar. En mi faz y mi cuerpo se retrata la palidez que en las primeras ráfagas otoñales seca las hojas heridas por los hielos precursores del invierno: me siento incapaz de restaurar las fuerzas perdidas y nunca faltan motivos a mis lamentaciones. Mi ánimo gime tan decaído como mi cuerpo igualmente enfermo; por una y otra parte arrostro un doble tormento. Siempre se me ofrece delante, como un espectro real, la imagen de mi triste destino, el aspecto de este lugar, las costumbres de sus moradores, sus trajes y su lengua; pienso en lo que soy y lo que fui antes, y de tal modo me sugestiona el amor de la muerte, que me lamento de que la cólera de César no haya vengado sus ofensas con la espada; mas puesto que su rigor se detuvo una vez, confío en que dulcifique mi destierro señalándome otro país.

IX.- ¿Quién lo creerá? Aquí existen también ciudades griegas entre estos nombres bárbaros y atroces; aquí vino una colonia procedente de Mileto, que edificó sus casas entre los Getas; pero el nombre primitivo del lugar anterior a la fundación de la ciudad, según las tradiciones, viene del asesinato de Absirto. En la nave construida por el esfuerzo de la belicosa Minerva, que surcó la primera estas aguas inexploradas, dícese que la impía Medea abordó un día a sus playas, huyendo del padre a quien abandonaba; así que lo descubre a lo lejos el centinela apostado en una eminencia, grita: «¡Que viene el enemigo; reconozco las velas de Coleos!» Los Minios se alarman, sueltan los cables del muelle, y el áncora obedezca las manos vigorosas que la elevan. La princesa de Colcos se golpea el pecho destrozado por los remordimientos con aquella mano que osó y osará cometer tantas atrocidades; y a pesar de la ingénita audacia de su ánimo, la palidez se pinta en el rostro atónito de la virgen. Luego, a la vista de la escuadra que avanza, grita: «Somos perdidos, y necesitamos detener a mi padre con cualquier estratagema.» Mientras busca su salvación y vuelve la vista a todas partes, la fija en su hermano que se hallaba presente, y exclama: «Vencimos; éste me salvará con su muerte. En seguida clava el mortífero hierro en las entrañas del inocente, que en su ignorancia no temía tan abominable traición; lo despedaza y dispersa por el campo sus miembros, que se habrían de recoger en sitios distintos, y a fin de que sepa su padre quién es la víctima, desde la cúspide de una roca expone a su vista las manos lívidas del joven y la cabeza que chorrea sangre, para que se detenga con esta nueva aflicción y retrase el funesto viaje, ocupado en recoger aquellos miembros inanimados. De aquí que este lugar se llame Tomos, porque en él una hermana hizo pedazos el cuerpo de su hermano.

X.- Si hay todavía en Roma quien se acuerde del desterrado Nasón y, a falta de mi persona, subsiste en ella todavía mi nombre, sepa que vivo en medio de la barbarie, bajo la constelación que nunca se sumerge en las olas, rodeado por los Sármatas, gente feroz, y los Besos y los Getas, voces bien poco dignas de sonar en mis poemas. Si reinan los templados Céfiros, el Danubio nos sirve de barrera, y con sus líquidos raudales nos protege de la invasión; mas cuando el triste invierno muestra su escuálida faz, y la escarcha convierte el suelo en mármol de blancura deslumbrante, cuando el Bóreas se desata y la nieve se amontona bajo la Osa, entonces estos pueblos se sienten oprimidos por el polo que estremecen las borrascas. La nieve cubre la tierra y ni el sol ni la lluvia la deshacen; el Bóreas la endurece y la convierte en perpetua; aun no derretida la primera, cae la segunda, y suele amontonarse en muchos sitios la de dos años. La fuerza del violento Aquilón es tal, que derriba las altas torres y se lleva las casas arrancadas de su asiento.

Con pieles y burdas bragas cosidas se defienden sus habitantes mal de los fríos, y de todo el cuerpo sólo descubren el rostro; es frecuente oír cómo suenan los cabellos a cualquier movimiento y ver las barbas blancas con los copos recogidos. El vino se sostiene sin liquidarse, conserva la forma de la vasija que lo guarda, y no se bebe a tragos, sino partido en pedazos. ¿Qué diré de los arroyos presos y solidificados por el frío, y los lagos donde se cavan bloques de agua? Este mismo río tan anchuroso como el que produce el pápiro que vierte en el vasto mar por muchas bocas su corriente, el íster de ondas azuladas se congela por la acción de los vientos y sus aguas por ocultas vías desembocan en el Euxino. Entonces camínase a pie por donde bogaban los barcos, el casco del caballo golpea las sólidas ondas, y mientras las líquidas resbalan por debajo, cruzan aquellos nuevos puentes los bueyes de los Sármatas que arrastran sus bárbaros carros. Apenas se me creerá, pero no teniendo interés en disfrazar la verdad, mi testimonio debe merecer plena confianza. Vimos el vasto Ponto cerrarse y detenerse, y que una capa de hielo oprimía sus inmóviles aguas; y no me bastó verlo, pisé su dura corteza, y mi pie no se mojó al tocar en la superficie de las ondas. Leandro, si hubieses en tu tiempo hallado así el mar, las aguas del estrecho no fueran las culpables de tu muerte. Entonces los delfines no pueden saltar al aire arqueando sus cuerpos, porque al intentarlo el duro invierno los contiene; y aunque el Bóreas sacuda las alas con estrépito, ni una ola se alza en el golfo cautivo. Las naves quedan aprisionadas entre témpanos semejantes a bloques de mármol, y el remo es impotente a romper la dureza de la superficie. Vimos a los peces sujetos y encadenados por el hielo, y muchos de ellos aun estaban vivos.

Cuando la fuerza cruel del violento Bóreas cristaliza las aguas marinas o las que desborda el río impetuoso, de súbito atraviesa el íster, congelado por los recios Aquilones, el bárbaro enemigo, tan temible por sus corceles como por sus saetas disparadas de lejos, que devastan las extensas llanuras vecinas. Los unos huyen, y como nadie defiende los campos, entregan al saqueo las riquezas abandonadas; pobres riquezas campestres reducidas a los rebaños, los carros rechinantes y las economías del mísero labriego; los otros, conducidos prisioneros con los brazos atados a la espalda, vuelven en vano las miradas hacia sus campos y sus Lares; una buena parte cae atravesada miserablemente por los arpones de las saetas, cuya ligera punta está teñida de mortal veneno: destruyen lo que no pueden coger y transportar consigo, y la llama enemiga devora las inocentes cabañas. Hasta en el reinado de la paz tiemblan con el espectro de la guerra, y la pesada reja se abstiene de romper las glebas. Aquí, o se ve o se teme al enemigo aun no visto, y el cultivo de la tierra cesa por el abandono. Aquí no se esconde el dulce racimo a la sombra de los pámpanos y las hojas, y el mosto no fermenta en las llenas cubas. La región niega toda especie de fruta, y Aconcio no encontraría una manzana donde escribir las palabras que dirigió a su amada. Los campos aparecen desnudos de árboles y verdor. ¡Ay!, estos lugares no debía visitarlos ningún mortal dichoso. Siendo tan dilatada la extensión del universo, ésta es la tierra que fue escogida para mi destierro.

XI.- Tú que insultas cobarde mis infortunios y sin descanso me persigues con tus cruentas acusaciones, sin duda naciste entre las rocas, te amamantaste con leche de fieras y alientas con un corazón de pedernal. ¿Hay grado mayor adonde llegue tu odio? ¿Crees que falta algo a mi desolación? Mírame en tierra extraña, en la playa inhospitalaria del Ponto, bajo la constelación de la Osa del Ménalo con su fiel Bóreas. No tengo trato ni conversación con esta gente feroz, y todos los sitios aquí infunden miedo. Como el tímido ciervo sorprendido por osos carniceros, o como tiembla la oveja asediada de lobos montaraces, así yo en medio de hordas belicosas tiemblo del enemigo que amenaza traspasarme el pecho. ¿Te parece poco castigo la separación de mi esposa, de mi patria y de tantas prendas queridas? Cuando no soportase otro daño que la cólera del César, ¿es poca desgracia para mí el arrostrarla? Y, sin embargo, no falta un hombre tan perverso que encone la herida todavía sangrienta, y ejercite su elocuencia perorando contra mis extravíos. Cualquiera logra ser elocuente en una causa fácil, y con poca fuerza se desmorona un edificio que amenaza caer. El valor estriba en allanar las fortalezas y los altos muros; hasta los cobardes pueden pisotear al caído. Ya no soy lo que fui; ¿por qué trituras mi vana sombra?, ¿por qué acometes con las piedras mis cenizas y mi hoguera? Héctor era tal, cuando luchaba en las batallas; amarrado a los caballos de Hemonia, ya no era el mismo Héctor. Ten presente que no soy el que conociste en otros días: de aquel sujeto no queda más que su fantasma. ¿A qué persigues feroz mi sombra con tus amargos dicterios? Cesa, te lo ruego, de ultrajar a mis manes. Demos que todos mis delitos son verdaderos y que en ellos no veas la imprudencia, sino el crimen: estoy pagando la pena que debe saciar tu rabia con el destierro, cruel por sí mismo y por el lugar que se me señaló. Mi suerte arrancaría lágrimas a los ojos de un verdugo; sólo a tu juicio no es bastante rigurosa. Eres más implacable que el siniestro Busiris o el rey que tostaba a fuego lento sus víctimas en las entrañas de un falso toro. El artífice que, según cuentan, lo ofreció al tirano de Sicilia, ponderaba en tales términos su labor maravillosa.«En este presente ¡oh rey!, hallarás que el empleo aventaja a la apariencia; su valor no estriba sólo en la bella forma ¿Ves esta abertura al diestro costado del toro? Por ella se ha de introducir la víctima que destines a la muerte, y una vez dentro, la encierras y la abrasas lentamente; enseguida mugirá, y creerás oír a un toro verdadero. Te suplico que pagues el regalo de mi invención con otro tal, que sea premio digno de su mérito». Así dijo, y Falaris le contestó: «Admirable inventor del nuevo suplicio, tú mismo regarás con tu sangre tan ingenioso artefacto ». Bien pronto, abrasado cruelmente por el fuego que inventara, dejó escapar de su trémula boca quejumbrosos mugidos. ¿Qué tengo que ver con los de Sicilia viviendo entre los Escitas y Getas? Mis quejas se vuelven contra ti, seas quien seas. Para que logres apagar tu sed en mi sangre y tu rencor implacable saboree gozoso este bárbaro placer, he sufrido en mi extrañamiento tales trabajos por mar y tierra, que, si los oyeras, pienso que tú mismo te moverías a compasión. Créeme que comparado con Ulises, la cólera de Neptuno fue menos iracunda que la de Jove. Así, seas quien fueres, cesa en el propósito de abrir mis llagas y poner tus crueles manos en la úlcera que me atormenta; deja que al fin se cicatrice por completo y que el olvido debilite el recuerdo de mi culpa. Teme las constantes alternativas de la suerte humana, que así nos eleva como nos humilla, y puesto que pones tanto interés en lo que me atañe, cosa que nunca imaginé pudiera suceder, desecha todo temor; mi fortuna ha llegado al colmo de la miseria, el enojo de César arrastra consigo todos los males, y para convencerte mejor y que no tomes mis protestas a fingimiento, desearía que tú mismo experimentases mis dolores.

XII.- Los Céfiros templan los rigores del frío, y el año terminó su revolución; pero este invierno de las playas Meótidas me ha parecido más largo que otros. El carnero que no pudo soportar la carga de Helle, iguala el tiempo de la noche con el día; los jóvenes y las alegres doncellas cogen en el campo las violetas que la baldía tierra produce sin que nadie las siembre; los prados se esmaltan con flores de diversos matices, y las parleras aves entonan sus cantos no aprendidos; la golondrina, para borrar el crimen de madre desnaturalizada, suspende en las vigas su cuna y frágil nido, y la hierba, hasta ahora oculta en los surcos de Ceres, asoma el débil tallo en la templada tierra. En los términos que hay viñas, las yemas brotan en los sarmientos, aunque la viña fructifica lejos de las playas Géticas; en los lugares de árboles las ramas se hinchan con la savia, pero los árboles distan largo trecho de los confines de los Getas. Roma ahora se entrega a las diversiones; los juegos suceden sin intervalo a las gárrulas contiendas del foro locuaz; ya se verifican las apuestas de caballos, ya simulacros bélicos con armas ligeras, ya se juega a la pelota, ya al troco que gira veloz. Después de la lucha, la juventud, frotada de aceite, baña sus fatigados miembros en la fuente Virginal. La escena se inaugura, el aplauso estalla en los opuestos bandos y los tres foros resuenan con el estrépito de los tres teatros. ¡Oh!, cuatro y mil veces venturoso el mortal a quien no se prohibe la estancia en Roma y goza de estos espectáculos. Yo no siento otra satisfacción que contemplar cómo el sol de primavera derrite la nieve y las aguas que ya no es preciso romper en los lagos endurecidos. Ni el mar se convierte en planicie de hielo, ni, como días atrás, el boyero Sármata conduce por el Ister su carro rechinante; al contrario, pronto comenzarán a nadar sobre su corriente los barcos, y algunas velas extranjeras arribarán a las costas del Ponto. Correré solícito a saludar al marinero, y le preguntaré adónde se dirige, quién es y de dónde viene. Me extrañaré mucho si partiendo de la región limítrofe no se reduce a bogar sin riesgos por las ondas vecinas. Es raro el navegante que viene de Italia a tan remotos mares; raro el que aborda este litoral sin puerto. Ya hable el griego, ya el latín, cuyas voces suenan más gratas en mis oídos, ya de la embocadura del estrecho y las ondas de la vasta Propóntide, el Noto propicio impulse aquí las velas de algún marino; cualquiera que sea, puede convertirse en el portavoz de fausta nueva y constituir una parte y un grado superior de la fama. Ojalá responda a mis súplicas, relatándome los triunfos que oyó de César y las acciones de gracias que a Jove tributa el Lacio, y la humillación de la rebelde Germania, que abate su triste cabeza a las plantas del magnánimo caudillo. Quien me refiera estos hechos, que sentiré no haber visto, inmediatamente será en mi casa recibido como huésped. ¡Ay de mí! ¿La morada de Nasón radicará siempre bajo el cielo de Escitia? ¿La sentencia fijó definitivamente sus Lares en este país? Quieran, César, los dioses que no sea tal el punto que se me asigna por patria y santuario de mis dioses, sino un sitio pasajero en el que expíe mi falta.

XIII.- He aquí que llega el tiempo señalado, el día inútil de mi natalicio, ¿pues para qué vi la luz? Cruel, ¿por qué vienes a aumentar los míseros años de un desterrado? Mejor deberías ponerles término. Si en algo te interesaste por mí, o conservaras un átomo de pudor no me habrías seguido tan lejos de la patria, y aquel lugar donde me conociste primero, tierno infante, hubieses procurado que fuese el último para mí, y darme la despedida en aquella ciudad que pronto había de abandonar, como hicieron mis amigos. ¿Qué te importa a ti el Ponto? ¿Acaso la cólera de César te relegó también a la extremidad de sus heladas tierras? ¿Esperas acaso que te tribute los honores acostumbrados, que flote caída de mis hombros la blanca vestidura, que ciña de flores el ara humeante y queme en el solemne fuego los granos del incienso, y te ofrezca la torta que festejó el día de mi nacimiento, y mi boca pronuncie palabras de fausto augurio? No, es tal mi situación, ni son los tiempos tan favorables que me regocije por tu advenimiento. Mejor me convendría una ara fúnebre ceñida de letal ciprés, y la llama dispuesta al incendio de la pira. Me resisto a ofrecer el incienso a los dioses inexorables, y a mis labios no acuden palabras de feliz presagio en tanto infortunio. Si a pesar de todo debo pedir alguna merced en este día, te suplico que no vuelvas a visitarme en estos lugares mientras habite el Ponto que baña los últimos límites del orbe y lleva el falso nombre de Euxino.

XIV.- Cultivador y pontífice sagrado de las doctas letras, tú que solías festejarme en la prosperidad, ¿te preocupas hoy por igual de que no viva completamente desterrado? ¿Acoges aún benévolo mis poemas, exceptuando aquel Arte que tan nocivo fuera a su autor? Te ruego que continúes en ese camino, amador de los nuevos poetas, y en cuanto de ti dependa, esfuérzate por detenerme en Roma. El destierro se dictó contra mi, no contra mis libros, nada merecedores de compartir el destino de su dueño. Con frecuencia un padre desterrado vaga por las regiones extremas del mundo, y, no obstante, se permite a sus hijos residir en la ciudad. A ejemplo de Palas, mis versos se crearon sin madre, y constituyen mi familia y mi posteridad. Te los recomiendo, por lo mismo que lloran huérfanos de padre, y ha de ser para ti una carga mayor su tutela. Tres de mis libros me acompañaron en la desgracia; interésate públicamente por todos los restantes. Escribí además quince volúmenes de Metamorfosis arrancadas al funeral de su dueño, obra que pudo alcanzar gran renombre, si la ruina no me sorprendiese antes de darle la última mano. Por eso llega incorrecta al juicio del público, si el público se acuerda todavía de leer mis poemas. Imita a los demás libros este nuevo, valga lo que valiere, que te envío de un hemisferio diferente, y quien lo lea, si alguien lo lee, considere en qué tiempo y lugar se compuso. Será juez imparcial de mis trabajos el que sepa que se escribieron en el tiempo del destierro y el lugar de la barbarie, y se asombrará de que en medio de tantas adversidades mi triste mano haya podido trazar una sola línea. Las desdichas han quebrantado mi ingenio, que ya antes era de infecunda y pobre vena; pero tal como fue, perdióse por falta de ejercicio, y la ha convertido en aridez la continua negligencia. Aquí no abundan los libros que me sirvan de incentivo y alimento; en su lugar resuenan los arcos y las armas. No hay hombre en esta tierra, si le recitase mis versos, capaz de comprenderlos, ni lugar adonde me retire, pues las puertas cerradas y el muro defensivo me separan de los enemigos Getas. A veces pregunto por la significación de una voz, un nombre y un lugar, y nadie satisface mis preguntas. Me sonroja confesarlo: muchas veces, cuando quiero decir algo, me faltan las palabras y no acierto a expresarme; casi nunca hiere mis oídos más que la jerga de Tracia y Escitia, y creo que podría escribir en la lengua de los Getas. No lo dudes, temo mezclar con los vocablos latinos los del Ponto, y que leas éstos estampados en mis escritos. Así, pues, acepta benévolo este libro de dudoso mérito, y excúsalo con el estado de mi presente fortuna.


Libro cuarto

I.- Si en mis libros, lector, se notan defectos de cuantía, como sin duda se notarán, sírvanles de excusa las circunstancias en que se escribieron. Estaba desterrado, y no apetecía la fama, sino el descanso y la distracción, que me impidiesen pensar continuamente en los rigores que me oprimen. Esto mismo incita al siervo que cava la tierra con los grillos en los pies, y, aligera el penoso trabajo con sus toscas canciones; por esto canta el barquero que encorva su fatigado cuerpo sobre la arena fangosa, al arrastrar la tardía barca contra la corriente del río, o cuando mueve a la vez los remos hacia el pecho y hiende con los brazos las aguas a compás. El pastor, fatigado, se apoya en su báculo o se sienta en la peña, y deleita a sus ovejas con la flauta de caña. Canta, y a la vez gira el huso la sirvienta, para engañar las horas transcurridas en su labor. Dícese que Aquiles, lleno de pesadumbre por el rapto de Briseida, disipó su tristeza con los acordes de la lira Hemonia, y Orfeo arrastraba las selvas y las rocas insensibles para consolarse de la doble pérdida de su esposa. La Musa es mi bálsamo de consuelo en la comarca del Ponto, adonde fui relegado, y la única fiel compañera de mi destierro, la única que no teme las emboscadas de los hombres, la espada del guerrero, el mar, los vientos y la barbarie. Conoce bien el error que cometí, causante de mi perdición, y sabe que en mi conducta hubo una falta y no un crimen. Sin duda ahora me lisonjea, por lo mismo que me perjudicó cuando fue declarada cómplice de mi delito. En verdad, no quisiera poner las manos en los misterios de las Musas, por lo dañosas que me han sido; pero, ¿qué he de hacer ahora? Vivo dominado por su influjo, y en mi delirio amo los cantos que me ocasionaron el desastre. Así el fruto desconocido del loto que gustaron los marinos de Duliquio, aunque dañoso, les fue grato al paladar. Siente por lo común el amante su martirio, y permanece aferrado a su amor y adora al ídolo que sin descanso le martiriza; y así me deleita la poesía, que tanto me ha perjudicado, y amo el dardo que me produjo tan cruel herida. Tal vez mi pasión se gradúe de locura; mas esta locura me reporta no escasa utilidad; impide al pensamiento fijarse de continuo en la tragedia del dolor y le hace olvidarse de los tedios actuales. Como la Bacante en delirio no se da cuenta de su herida al lanzar gritos en las cimas del Edón, así cuando el verde tirso agita mi inflamada fantasía, el entusiasmo se sobrepone a las miserias humanas, y entonces ni siento el destierro, ni las playas del Ponto de Escitia, ni luchar contra el enojo de los dioses, y como si bebiese las ondas soporíferas del Leteo, se embota en mí el sentimiento de la adversidad de los tiempos. Con razón venero a las diosas consoladoras de mis penas, que desde el Helicón me acompañaron al destierro; y ya por el piélago, ya por tierra, se embarcaron conmigo y siguieron a pie mis huellas: que al menos me sean propicias, pues la turba restante de los dioses se declaró por César, y me abruman tantas adversidades como arenas hay en la playa, peces en las olas y huevos en el seno de los peces. Antes contarás las flores de primavera, las espigas del estío, los frutos de otoño y los copos de nieve en invierno, que los sufrimientos que en todas partes me maltrataron, hasta que arribó mi infortunio al siniestro litoral del Euxino. Sin embargo, desde que llegué, en nada la fortuna aligeró mis angustias; el adverso destino me ha seguido hasta el fin de la peregrinación. Aquí hube de reconocer que la trama del estambre de mis días se urdió con negros vellones. Sin hablar de las asechanzas y los peligros que se cernieron sobre mi cabeza, harto ciertos, y que acaso parezcan increíbles, ¿cabe mayor infelicidad para un romano, cuyo nombre repetía el pueblo a todas horas, que vivir entre los Besos y los Getas; mayor angustia que las puertas y murallas defiendan su vida, apenas asegurada con las fortificaciones de la ciudad? Siempre huí de joven las ásperas contiendas bélicas, y nunca manejé las armas sino por juego; y ahora de viejo tengo que ceñir la espada, embrazar el escudo y cubrir con el yelmo mis canos cabellos; pues así que el centinela desde su puesto da la señal de alarma, en seguida mi trémula mano tiene que empuñar el acero. El enemigo feroz, provisto de sus arcos y flechas envenenadas, recorre las murallas con sus jadeantes corceles. Como el lobo rapaz sorprende y arrastra a través de campos y selvas la oveja que no se encerró a tiempo en el redil, así el bárbaro enemigo, si encuentra en el campo alguno que no se retiró tras de las puertas, le echa mano y lo declara cautivo, poniéndole la cadena al cuello, o le derriba, muerto con sus dardos emponzoñados. Aquí resido, nuevo colono de lugares tan peligrosos, donde, ¡ay!, arrastro una existencia demasiado larga, y a pesar de todo, entre tantas congojas, mi Musa extranjera se vuelve a los cantos y al antiguo culto; pero ni hallo nadie a quien recitar mis versos, ni nadie cuyos oídos puedan comprender las expresiones latinas. Yo, ¿en qué había de entretenerme? Escribo y leo para mí mismo, y mis obras viven seguras de la benevolencia de su juez. Muchas veces me digo: ¿Cuál es el objeto de tus afanes? ¿Por ventura han de leer tus libros los Sármatas y los Getas? Muchas veces también, al escribir, me saltan las lágrimas, y las letras quedan empapadas con mi llanto. Mi corazón siente las antiguas heridas como si fuesen de ayer, y el triste humor de los ojos resbala y cae en mi seno. Cuando recuerdo en mis vicisitudes lo que soy y lo que era, y pienso en el lugar que me deparó la suerte, y aquel de donde me arrojaron, cien veces arrebatado por la demencia, y enconado contra mis estudios malignos, arrojo los versos, condenándolos al fuego. Puesto que quedan pocos de una gran multitud, seas quien seas, dígnate leerlos con indulgencia. Tú, ¡oh Roma, cuyo, acceso se me prohibe!, acoge benigna mis poesías, que no valen más que mi fortuna.

II.- Ya, fiera Germania, vencida como todo el orbe, tienes que doblar la rodilla ante los Césares; acaso sus magníficos palacios se adornan de guirnaldas, y el incienso chisporrotea en el fuego y con sus nubes obscurece el día; tal vez la segur alzada hiende el cuello de la blanca víctima, cuya sangre enrojece el suelo, y los dos caudillos victoriosos se disponen a llevar las ofrendas prometidas a los templos de los propicios dioses, con los príncipes que crecen bajo el nombre de César, para que esta familia domine la tierra a perpetuidad. Livia, en compañía de las virtuosas nueras, brinda a los númenes por la salud de su hijo las ofrendas merecidas, que ha de renovar en mil ocasiones, y va seguida de las madres y las doncellas que en perpetua virginidad velan el fuego sagrado. La plebe piadosa se entrega al júbilo lo mismo que el Senado y el orden ecuestre, del cual poco ha constituía una mínima parte.

Yo, desterrado lejos, no participo de la común alegría, pues la fama llega empequeñecida a países tan remotos. Así todo el pueblo podrá admirar el triunfo, leer los nombres de los jefes enemigos, de las ciudades conquistadas, y contemplar cómo caminan con cadenas al cuello los reyes cautivos, delante de los corceles coronados de guirnaldas; observará a los unos con los rostros abatidos por el vencimiento, y a los otros amenazadores e insensibles a sus penas.

Parte del concurso pregunta los motivos de la guerra, sus éxitos y los nombres de los generales, y otra parte contesta, aunque no le sean bastante conocidos: «Ese que deslumbra elevado en su carroza y cubierto con el manto de Sidón, era el jefe de la campaña, el otro, su lugarteniente; aquel que ahora clava los tristes ojos en el suelo, no reveló igual abatimiento cuando empuñaba las armas; ese de feroz catadura y en cuyas miradas arde el odio todavía, fue el promotor y consejero de la guerra; el que esconde su repulsiva cara bajo mechones de cabellos, encerró con astucia nuestras huestes en una emboscada; el siguiente, dicen ser el ministro que sacrificaba los cautivos a los dioses, indignados de tal ofrenda; este lago, estos montes, aquellas fortalezas y aquellos ríos, viéronse llenos de cadáveres que enrojecieron sus ondas.» Druso, virtuoso vástago digno de su padre, conquistó en estas tierras el sobrenombre que lleva. Con los cuernos rotos y mal cubierto de verdes ovas, destácase el Rhin, coloreado por la sangre de sus hijos, y detrás viene la Germania, con los cabellos erizados; se sienta abatida a los pies del invicto caudillo, rinde su animoso cuello a la segur romana, y carga de cadenas las manos que empuñaron las armas. Por encima de todos, César, en el carro triunfal y vestido de púrpura, te ofrecerás a la vista del pueblo; por donde pases estallarán los aplausos de los tuyos, y las flores que arrojen alfombrarán tu camino. Ceñirás tus sienes con el laurel de Febo, y el soldado gritará con estruendosas voces: «¡Vítor, vítor! ¡Triunfo!» Con el ruido, el aplauso y las demostraciones populares sentirás a ratos que tus cuatro caballos rehusan avanzar; luego subirás al Capitolio, templo favorable a tus votos, y allí depositarás el laurel prometido y debido a Jove. Yo desde mi destierro veré tu exaltación en los raptos de la fantasía: ella tiene derecho a penetrar en los sitios que se me han prohibido; ella recorre libre la inmensidad del orbe, y en su vuelo audaz se eleva hasta el cielo; ella pasea sus miradas por el centro de la ciudad, y no me niega participar de tanta ventura; ella me abrirá la vía donde contemple la carroza de marfil, y me permitirá corto tiempo vivir en el seno de la patria; pero el pueblo, dichoso asistirá realmente al espectáculo, y gozará, alborozado, la presencia de su caudillo, mientras yo, desde país remoto, entregado a mis imaginaciones, sólo por el oído recibiré el gusto de tal solemnidad, y apenas hallaré quien satisfaga mi anhelo en alguno que desde el Lacio arribe a este mundo tan diferente, alguno que me refiera, aunque tarde, este triunfo ya antiguo, y que, no obstante, me regocijará en cualquier época me oiga referirlo. Luzca pronto el día en que abandone mis vestidos de duelo; la felicidad pública ahogará las quejas de mi situación personal.

III.- Osa mayor y menor que, siempre inmunes a las aguas, regís la una las naves griegas, la otra las de Sidón, que contempláis el vasto universo desde la altura del polo, sin sepultaros jamás en los mares de occidente, y sin tocar la tierra en vuestra revolución describís por encima del horizonte un círculo en torno del cielo, os conjuro a que dirijáis vuestras miradas hacia las murallas que con funesto arrojo osó franquear en otro tiempo Remo, el hijo de Ilía, y pongáis los brillantes ojos en mi esposa, para decirme si aún se acuerda de mí o si me ha olvidado. ¡Ah!, ¿por qué pregunto lo que es harto manifiesto?; ¿por qué vacilo entre el miedo y la esperanza? Cree que es como la deseas; desecha vanos temores, y ten la certeza de su intachable fidelidad. Lo que no te pueden decir las estrellas fijas en el polo, puedes decírtelo a ti mismo sin riesgo de equivocarte: se acuerda de ti, eres el objeto de su tierna solicitud, y ya que otro bien no te reste, conserva tu nombre en el corazón, ve tu fisonomía como si la tuviera presente, y aunque tan alejada de ti, vive sólo para amarte.

Y dime, cuando tu alma enferma se rinde al justo dolor, ¿huye el ligero sueño de tu cuerpo intranquilo?; ¿te asedian las cuitas al detenerte en la cámara del lecho nupcial y te impiden olvidarte un punto de mí?; ¿sientes la acometida de la fiebre?; ¿te parece eterna la noche y te duelen los miembros quebrantados del cuerpo? En verdad no dudo que sientas estas y otras dolencias, y que tu casto amor dé señales de hondo pesar: no es menor tu tormento que el de la princesa Tebana cuando vio a Héctor ensangrentado y arrastrado por los corceles de Tesalia. Por eso estoy dudoso acerca de lo que deba pedir, y no acierto a expresar de qué sentimiento quisiera verte poseída. Si estás triste, me indigno de ser la causa de tu aflicción; no lo estás, y quisiera verte digna de la pérdida de tu consorte. ¡Oh la más dulcísima de las esposas!, deplora tus males, que nacen de los míos y te obligan a llevar una penosa existencia; llora mi caída: hay cierta voluptuosidad en el llanto; las lágrimas sacian y templan el dolor, y ojalá te vieses forzada a lamentar, no mi vida, sino mi muerte, y por ésta te hubiese dejado sola en el mundo. Así mi alma se evaporase de tus brazos en el seno de la patria con las lágrimas piadosas derramadas sobre mi seno, y en la hora suprema tu mano me cerrara los ojos, puestos en el cielo que me es conocido, y mis cenizas reposaran depositadas en la tumba de mis abuelos, y cubriese mi cadáver la tierra que me vio nacer, y, en fin, hubiera muerto sin tacha como viví; mas ahora mi vida tiene que sonrojarse de su suplicio.

¡Mísero de mí, si cuando te oyes llamar la esposa del desterrado vuelves el rostro encendido de rubor! ¡Mísero de mí, si consideras afrentoso nuestro enlace y te avergüenza el llamarte mi mujer! ¿Dónde está aquel tiempo en que te envanecías de ser mi cara mitad y no ocultabas el nombre de tu marido? ¿Qué se hizo de aquel tiempo, si no te desvelas por olvidarlo, en que te gloriabas (lo recuerdo) de ser y llamarte mía, y como sienta a una mujer digna, te agradaban todas mis prendas, y tu amor profundo aun añadía otras mil a las verdaderas, y tenías de mí tan alto concepto que a ningún otro varón me hubieses pospuesto y a ningún otro querrías llamar tu esposo? Tampoco te sonrojes ahora de verte casada conmigo; si por ello no eres extraña al dolor, debes serlo a la vergüenza. Cuando el audaz Capaneo cayó de súbito herido, ¿leíste acaso que Evadne se ruborizara de llamarle su esposo? Porque el rey del mundo apagase el fuego con el fuego, ¿habían, Faetón, de negarte tus parientes? Semele no fue mirada como extraña de Cadmo, su padre, por haber perecido víctima de una insensata ambición; ni porque yo me sintiese tocado por los rayos crueles de Jove, la púrpura del rubor debe saltar en tu rostro delicado; antes bien, esfuérzate en mi defensa, preséntate como modelo de buenas esposas y alienta con tus virtudes lo difícil del encargo.

El camino de la gloria pasa a través de precipicios. ¿Quién conocería a Héctor en una Troya floreciente? Las públicas calamidades abrieron campo a su valor. Si no hubiera mares borrascosos, tu arte, Tifis, sería del todo inútil, y la tuya, Febo, si los hombres gozaran de perpetua salud. Oculta, perezosa y desconocida en los prósperos sucesos, la virtud se revela y enaltece en la adversidad; mi fortuna te brinda ocasión de ennoblecerte con nuevos títulos, y te proporciona motivos de ensalzar tu piedad. Aprovecha las circunstancias que ahora te son favorables; una vasta escena se ofrece a tus anhelos de gloria.

IV.- ¡Oh tú, vástago generoso de renombrados abuelos, que amortiguas el brillo de tu linaje con la nobleza de tus sentimientos, cuya alma refleja la integridad paterna con toda la fuerza de tu carácter, y cuyo genio perpetúa la memoria heredada de los tuyos, que no admite rival en el foro romano!; si parece que te nombro, contra mi voluntad, señalando tus virtudes, perdona los elogios en que me obligan a prorrumpir. No soy yo el culpable, tus prendas reconocidas te delatan; si apareces tal como eres, no eches la culpa a mi indiscreción, ni vayas a creer que el homenaje que mis versos te tributan pueda desconceptuarte a los ojos de un príncipe tan justo. Este padre de la patria, ¿quién más indulgente?, tolera que se escriba su nombre en mis poemas, y no podría prohibírmelo. César pertenece a la república, y me asiste derecho a una parte del bien común. Júpiter confía su divinidad a los ingenios de los poetas, y permite a cualquiera boca entonar sus alabanzas. Así aseguras tu causa con el ejemplo de dos dioses: el uno en quien se fijan nuestras miradas, y el otro en quien creemos.

Aunque cometa una indiscreción, me complacerá haberla cometido; porque mi carta no depende de tu voluntad, y si converso contigo, no lo tomes a nueva ofensa, pues antes de caer en desgracia eran nuestras conversaciones más frecuentes; y porque temas menos que mi amistad se te impute como un delito, si alguien te infiriese tal agravio, recaería sobre tu padre, cuya amistad cultivé desde los años juveniles, cosa que no pretenderás disimular, y aplaudió mi numen, bien lo recuerdas, mucho más de lo que a mi juicio, merecía, juzgando mis poemas con aquella gravedad que revelaba la alta nobleza de su cuna.

Cuando fui recibido en tu casa, no lo debí a tu benevolencia, sino más bien a la del autor de tus días; pero, créeme, no abusé jamás de la confianza; si quitas mi última falta, la conducta de mi vida resiste a cualquiera acusación; y esta misma falta que me aniquiló, no dirías que fuese un crimen, si conocieras las circunstancias de mi fatal caída. Hubo en ella temor o ceguedad de mi parte, y ésta me perjudicó sobre todo.

¡Ah!, permíteme que sepulte en el olvido mi triste destino, no sea que volviéndola a tocar de nuevo, mane sangre la herida aun no cicatrizada, y que apenas el tiempo sabrá curar. Así, reconociendo que en justicia merecí la pena, en mi pecado no hubo crimen ni premeditación, y esto lo sabe el dios que no me quitó la luz del día, ni consintió que otro poseyese mis riquezas confiscadas. Como viva los años que le deseo, acaso ponga fin a mi destino el día que se serene su cólera. Ahora le suplico que desde aquí me envíe a país distinto, si mis votos no son excesivamente atrevidos al solicitar un destierro menos riguroso, más próximo a Roma y más alejado del bárbaro enemigo. La clemencia de Augusto es tan grande, que si alguien le pidiera tal gracia en mi favor, acaso la concediese. Me aprisionan las heladas playas de este Ponto hospitalario, que en la antigüedad se llamó inhospitalario, cuyas olas son agitadas por vientos impetuosos, y cuya costa niega el refugio del puerto a las naves extranjeras. Las hordas que lo circundan viven de la rapiña a costa de su sangre, y la tierra es tan insegura como el pérfido mar. Estos pueblos que se regocijan con la sangre humana, hállanse situados casi bajo la misma constelación. No lejos de nosotros, el Quersoneso Táurico alimenta el ara de la diosa de la aljaba con horrible carnicería, y, según la tradición, en estas comarcas tan poco repulsivas a los criminales como odiadas de los buenos, reinó Thoas antiguamente. Aquí la virgen de la sangre de Pélops, que se vio substituida por una cierva, presidía el culto nefando de su diosa protectora. Así que Orestes- no sé si llamarle piadoso o criminal-, agitado por las Furias, arribó a tan execrable lugar con el príncipe de Focea, modelo de noble amistad, y dos cuerpos animados por una alma sola, los dos fueron al momento atados y conducidos al ara de Diana, que manaba sangre ante la doble puerta del templo; mas ni éste ni aquél se sintieron aterrados por la propia muerte: uno y otro se atribulaban por la vida del amigo. Ya la sacerdotisa aparece con el cuchillo desnudo, y ciñe con las bárbaras cintas las cabezas de los griegos, cuando por las respuestas Ifigenia reconoce a su hermano, y en vez de sacrificarlo lo estrecha en sus brazos, y alegre traslada de aquellos lugares a otros menos feroces la imagen de la diosa que aborrecía los sangrientos sacrificios. Tal es la región que tengo por vecina, última parte del inmenso mundo abandonada de los hombres y los dioses. ¡Ay!, ¡ojalá los vientos que de ella alejaron a Orestes, hiciesen regresar mis velas, ya aplacado el numen que me castiga!

V.- ¡Oh tú, que ocupas el primer lugar entre mis queridos compañeros, única ara que ofreció asilo a mi desvalimiento, que con tus exhortaciones resucitaste mi alma moribunda, como la luz de una lámpara a la que echan aceite, que no temiste abrir un puerto seguro de refugio a mi barca maltrecha por el rayo, y que con tu caudal me habrías librado de la indigencia, si César me arrebatara los bienes, paternos!; al desbordarse mi agradecimiento olvidando los tiempos que corren, ¡cuán cerca estuve de pronunciar tu nombre! Sin embargo, te reconoces, y tocado de la ambición de gloria, quisieras poder decir sin recelo: «Ese soy yo.» No te quepa duda, que si lo autorizases, me envanecería rendirte un público homenaje que inmortalizase tu rara fidelidad; pero temo que mis versos gratulatorios te perjudiquen, y dar a tu nombre un honor intempestivo. En cambio, puedes con seguridad regocijarte en el alma de que nunca te olvido, como no me olvidas tampoco. Ya que empezaste, sigue luchando con los remos para ayudarme, hasta que el dios, aplacado, me envíe un viento propicio. Defiende esta cabeza que nadie acertará a salvar si no la sostiene el que la hundió en las aguas de la Estigia, y apréstate, lo que es bien raro, con tu constancia a cumplir todos los deberes que impone una amistad inquebrantable. Así tu fortuna aumente con progreso perenne y logres favorecer a tus amigos sin necesitar nunca de ellos; así tu esposa iguale la bondad de tu corazón, y la menor querella no perturbe vuestro feliz enlace; así el que nació de tu misma sangre te ame siempre con aquel afecto que por Cástor sentía su piadoso hermano; así tu hijo mozo ser eleve a ti tan semejante, que cualquiera por sus virtudes lo reconozca imagen tuya, y así tu hija encienda la tea conyugal, te dé un yerno y, joven todavía, te regocijes pronto con el nombre de abuelo.

VI.- Con el tiempo se acostumbra el toro a la reja del labriego, y por sí mismo humilla la cerviz al corvo yugo; el corcel impetuoso, con el tiempo obedece a la flexible rienda, y dócil tasca el duro freno en la boca; con el tiempo se amansa la fiereza de los leones africanos, que acaban por perder su nativa ferocidad; la bestia informe de la India que obedece la voz de su dueño, vencida por el tiempo, acepta la servidumbre; el tiempo engrosa las uvas en los largos racimos, y apenas sus granos pueden contener el jugo que los hincha; el tiempo transforma la semilla en áureas espigas, y termina por dar a los frutos un sabor delicioso; el tiempo desgasta la reja del arado a fuerza de remover la tierra, quebranta las duras rocas y hasta el diamante; asimismo mitiga poco a poco las iras crueles, y aligera los duelos luctuosos y las penas del corazón. El tiempo que resbala con tácitos pasos, todo lo acaba menos mi tormento. Dos veces las espigas se han trillado en la era desde que me veo lejos de la patria, y otras tantas saltó el mosto de la uva bajo el pie desnudo del vendimiador, y en tan largo espacio ni recobré la necesaria paciencia, ni es menos intenso que al principio el sentimiento de mi desventura. Así a veces los toros viejos sacuden el corvo yugo, y el potro ya domado repugna obedecer al freno. Mi dolencia actual es más grave que la primera, pues siendo la misma, creció y aumentó al envejecer. Yo no conocía como al presente toda la intensidad de mis males, y los siento más insoportables porque me son más conocidos. No es de poca monta el poseer la plenitud de las fuerzas, y no sentirse aniquilado por los golpes. El novel luchador es más peligroso en medio de la arena que el que siente los brazos fatigados en continuas luchas. El gladiador sin heridas es más fuerte en el manejo de las armas que aquel que ha enrojecido los dardos en la propia sangre. La nave recién construida soporta mejor las violentas tempestades, y la vieja, por el contrario, a la menor borrasca se avería. Yo así afronté antes con más paciencia las contrariedades que hoy lamento multiplicadas por la duración. Creedme, desfallezco y sospecho que será corto el plazo de mis sufrimientos. Las fuerzas me abandonan, mi color se ha demudado y apenas la débil piel recubre mis huesos; mi ánimo yace más enfermo que el cuerpo, preocupado continuamente con sus trabajos. Me falta la vista de Roma, la compañía de mis caros amigos y la de mi esposa, más querida que todos; en cambio veo las hordas de los Escitas, las turbas con bragas de los Getas, y así, lo que veo y lo que no veo contribuye por igual a mi suplicio. La única esperanza que me consuela en tanto extremo, es que la muerte abreviará la duración de mis tormentos.

VII.- Dos veces el sol ha venido a visitarme tras los helados fríos del invierno, y otras tantas en su giro anual ha tocado en los Peces; y durante espacio tan largo, ¿por qué no me has dirigido algunas líneas que me acreditaran tu afecto?; ¿por qué enmudeció tu amistad, cuando me escribían otros con los cuales tuve menos trato?; ¿por qué cuantas veces rompí el sello de una carta esperaba verla firmada con tu nombre? Ojalá me hayas escrito multitud de ellas, y ninguna haya llegado a mis manos. Mi deseo se habrá realizado, porque antes creeré en la cabeza de la Górgona Medusa erizada de serpientes; en los perros que ladran bajo el vientre de una virgen; en la Quimera, mitad león y mitad serpiente, que vomitaba llamas; en los cuadrúpedos unidos por el pecho al busto de un hombre; en el mortal de los tres cuerpos y el perro de las tres cabezas; en las esfinges y las harpías y los gigantes con pies de dragón; en Giges el de los cien brazos y el monstruo semihombre y semitoro; creeré todos estos prodigios, caro amigo, antes que suponer que tu mudanza me relegue al olvido.

Montes innumerables se nos interponen; los caminos, los ríos, los campos y los vastos mares nos separan. Por mil motivos las cartas frecuentes que me escribiste, pudieron extraviarse y no llegar a mis manos. Vence estos mil obstáculos escribiéndome a menudo, y no me veré en la necesidad de excusarte a todas horas.

VIII.- Ya mi cabeza imita a las plumas de los cisnes, y las canas de la vejez blanquean mis negros cabellos; ya cargan sobre mí los frágiles años de la edad perezosa, y me cuesta gran esfuerzo sostenerme en las plantas poco firmes. Ahora debía poner fin a mis trabajos, vivir libre de cuitas y alarmas, entregado a los ocios que me fueron siempre tan gratos, dedicarme en sosiego a mis estudios favoritos, cuidar mi modesta casa, mis viejos Penates y los campos paternos, hoy privados de su dueño, y envejecer seguro entre los brazos de mi esposa, las caricias de mis nietos y el dulce seno de la patria. Así esperaba un tiempo que transcurriría mi existencia; así me creí digno de emplear los años postreros. No plugo esto a los dioses que me han lanzado a través de mares y tierras a los riesgos del país de los Sármatas. Remólcase al arsenal de la marina el navío quebrantado, por miedo de que se hunda en alta mar. Para que no caiga y desluzca las muchas palmas que ganó, el corcel abatido pace tranquilo las hierbas de los campos; el soldado ya inútil en el manejo de las brillantes armas que empuñó brioso, las deposita al pie de sus antiguos Lares, y asimismo mis fuerzas, quebrantadas por la tarda senectud, reclaman que se les conceda un pacífico retiro. Ya era tiempo de que no respirase en clima extraño; y no templara mi ardiente sed en las aguas de los Getas, sino de retraerme a la soledad de los jardines que poseía, y gozar la amistad de mis compatriotas y de Roma. Mi ánimo no adivinaba los secretos del porvenir cuando se prometía una vejez tranquila. Los hados se opusieron, y concediéndome al principio años felices, en los últimos me abrumaron con su rigor. Había deslizado diez lustros sin percances, cuando me perdí en la última etapa de la carrera. Cerca de la meta que me parecía casi tocar, mi carro se destrozó con espantable fracaso. En un rapto de demencia forcé a encolerizarse contra mí al mortal más benigno que existe en los ámbitos del mundo. La misma clemencia cayó vencida por mi culpa, y a pesar de su gravedad, aun me perdonó la vida, que he de pasar lejos de la patria, y habitando el país donde reina el Bóreas, en la ribera occidental del Ponto Euxino. Si el oráculo de Delfos o el de Dodona me hubiesen vaticinado este castigo, habría reputado por quiméricos al uno y al otro; pero no hay nada tan fuerte, aunque sujeto por cadenas diamantinas, que permanezca incólume si lo alcanza el rayo instantáneo de Jove, ni nada tan excelso, tan por encima de los peligros, que no se halle sometido al poder de un dios; pues si parte de mis males es consecuencia de mi error, la mayoría de ellos los debo a la cólera de un numen. En cuanto a vosotros, aleccionados como estáis por mi ejemplo, aprended a conciliaros el favor de un mortal que iguala a los inmortales.

IX.- Si puedo y lo mereces, callaré tu nombre con tus ruines hazañas, sepultaré tus hechos en las aguas del Leteo, y mi clemencia se dejará vencer por tus tardías lágrimas, siempre que me persuadas de que te has arrepentido. Precisa que tú mismo te condenes y, a ser posible, que acredites el empeño de borrar de tu vida esos días dignos de Tisífone; si no quieres, y sigue ardiendo en tu pecho el odio contra mí, con dolor inmenso me veré forzado a tomar las armas, y aunque me halle relegado a los últimos confines del mundo, mi cólera te alcanzará donde te encuentres. César, si lo ignoras, me dejó en posesión de mis derechos, y redujo mi castigo a privarme de la patria, que aun espero de su clemencia pisar de nuevo, como el cielo guarde sus días. Con frecuencia reverdece la potente encina, después de herida por el rayo de Jove. En fin, cuando no me quede otro medio de vengarme, las Musas me prestarán recursos y fuerzas. Por más que habite lejos de los míos en las playas de Escitia, viendo próximas las constelaciones que rehusan bañarse en el Océano, mi voz resonará en todas las naciones y mis quejas serán conocidas en todo el universo. Mis frases volarán desde el Oriente al Ocaso, y serán testigos la región de la Aurora y la de Hesperia. Mis gritos se oirán más allá de las tierras y los mares, y el eco de mis gemidos repercutirá en el porvenir, y no sólo tus tiempos te conocerán como malvado, sino que la posteridad eternizará tus maldades. Ya me apresto a la lucha y aún no he empuñado las armas, y ojalá no tuviese motivos para empuñarlas; antes de abrirse el circo ya el toro brioso esparce la arena y con su pezuña hiende impaciente la tierra. Esto es más de lo que pretendí. Musa, toca a retirada; aun se permite a tal sujeto ocultar su nombre.

X.- Yo soy el cantor de los tiernos amores; posteridad, oye mis palabras si quieres conocer al poeta que lees. Sulmona, abundante de frescos manantiales, es mi patria, que dista noventa millas de Roma. Allí vi la luz, y para que conozcas la época, fue el año en que perecieron los dos cónsules con una muerte igual. Si ello vale algo, heredé el orden ecuestre de mis insignes abuelos, y no debo a la fortuna el título de caballero. No fui el primogénito, sino nacido después de mi hermano mayor, que vino al mundo un año antes. La misma estrella presidió el natalicio de ambos, que festejábamos el mismo día con la ofrenda de dos tortas, y era éste uno de los cinco consagrados a las fiestas de la belicosa Minerva, el primero que se dedica a los combates sangrientos. Nuestra educación comenzó pronto, gracias al celo de mi padre, y asistimos a las lecciones de los maestros insignes de Roma. Mi hermano desde joven se inclinaba a la oratoria, como si hubiese nacido para las tempestuosas luchas del foro; y a mí desde niño me seducían los sagrados misterios, y la Musa en secreto me forzaba a rendirle culto. Muchas veces me dijo mi padre: «¿Por qué pierdes el tiempo en inútiles estudios? El mismo Homero no dejo ninguna riqueza.» Sus consejos me impresionaban, y abandonando todo el Helicón, intentaba coordinar palabras no sujetas a medida, espontáneamente acudían a formar pies cabales, y cuanto intentaba decir lo decía en verso. Entretanto los años resbalaban con pasos silenciosos, y mi hermano y yo tomamos la toga viril; echamos sobre nuestros hombros la púrpura laticlavia, y cada cual siguió su primera vocación. Ya mi hermano mayor había llegado a la edad de veinte años cuando murió, y comencé a carecer de una parte de mí mismo. Entré en el ejercicio de los cargos honoríficos que se conceden a la primera juventud, y fui nombrado triunviro. Me quedaba por conquistar el senado; mas esta carga era muy superior a mis fuerzas, y me contenté con la augusticlavia. De cuerpo poco vigoroso y natural menos apto para trabajos excesivos, y extraño a los impulsos de la turbulenta ambición, las hermanas Aonias, que siempre fueron de mí bien amadas, me convidaban a sus tranquilos ocios. Cultivé y frecuenté la amistad de los poetas de aquel tiempo, y creía ver otros tantos dioses en estos inspirados mortales. Muchas veces el viejo Macer me leyó sus poemas de las Aves y las Serpientes nocivas y las Hierbas saludables; muchas veces Propercio, unido a mí por íntimo afecto, me recitó sus fogosas elegías; Póntico, insigne por sus cantos heroicos, y Baso por sus yambos, se contaban como miembros queridos de mis reuniones, y el armonioso Horacio hechizaba mis oídos al acompañar con la lira de Ausonia sus elegantes odas. A Virgilio apenas le vi, y el avaro destino me arrebató pronto la amistad de Tibulo, que fue, Galo, tu sucesor, como de éste Propercio en la serie de los tiempos. Yo aparecí detrás, el cuarto, y lo mismo que veneré a los mayores, así los más jóvenes me veneraron a mí. No tardó mi Talía en darme a conocer; cuando leí al pueblo las poesías retozonas de mi juventud, sólo me había afeitado dos o tres veces. Exaltó mi numen una mujer celebrada en toda la ciudad, a la que dediqué mis Amores bajo el seudónimo de Corina. Compuse muchas obras, pero las que juzgué defectuosas, yo mismo las castigué entregándolas a las llamas; y antes de partir al destierro, quemé algunas que debían agradar, irritado contra mis estudios poéticos.

Mi tierno corazón, no invulnerable a las flechas de Cupido, se conmovía por la causa más leve, y a pesar de mi temperamento que se encendía con poco fuego, mi reputación no cayó envuelta en ninguna anécdota escandalosa. Casi niño todavía, díéronme una esposa ni digna ni conveniente, cuya unión se rompió en breve. Sucediole la segunda, de proceder irreprochable, pero que tampoco hubo de compartir mi lecho largo tiempo, y la última, que me acompañó basta la vejez, no se avergonzó de llamarse la esposa de un desterrado. Mi hija, dos veces fecunda en su primera juventud, aunque no de un solo esposo, me hizo otras tantas abuelo. Llegó por fin mi padre al término de su existencia, habiendo cumplido noventa años de edad, y lo lloré como él hubiese llorado mi pérdida; poco después pagué el último tributo a mi madre. ¡Felices ambos, sepultados a tiempo para no ver el día de mi condenación, y feliz yo también, porque no les hice testigos de mi infortunio ni les produje la consiguiente amargura! Si detrás de la muerte queda algo más que un vano nombre, y la leve sombra escapa a las llamas de la hoguera, y el rumor de mi falta llegó hasta vosotras, sombras de mis padres, y se juzgan mis delitos en el tribunal del infierno, quiero que sepáis la causa, y es imposible engañaros, que me ocasionó el destierro: fue por imprudente y no por criminal. Esto basta a los Manes: vuelvo a vosotros, espíritus curiosos de conocer los sucesos de mi vida. Transcurridos los años mejores, había llegado la vejez y sembrado de canas mi cabeza; desde mi nacimiento, ceñido en Pisa con la corona de olivo, el vencedor en la contienda de los carros había alcanzado diez veces el premio, cuando la cólera de un príncipe ofendido me obligó a residir en Tomos, ciudad sita a la izquierda del mar Euxino.

La causa de mi sentencia, harto conocida de todos, no necesita la confirmación de mi testimonio. ¿A qué referir la deslealtad de mis amigos, las acusaciones de los siervos y tantas amarguras más crueles que el mismo destierro? Pero mi ánimo se rebeló a sucumbir a tal prueba, y recogiendo sus fuerzas salió al fin victorioso; di al olvido la paz y los ocios de la pagada edad, tomé las armas extrañas a mis hábitos, cuando lo reclamaba la ocasión, y afronté tantos peligros por mar y tierra, como estrellas lucen en el polo que conocemos y el que se niega a nuestra vista, y después de largos rodeos arribé a las playas Sarmáticas vecinas de los Getas, hábiles en lanzar flechas. Aquí, aunque aturdido por el estruendo de las armas en torno mío resuenan, endulzo con la poesía mi triste situación; y aunque no haya un solo oído dispuesto a escucharme, abrevio y engaño con ella las horas eternas del día. Si vivo aún, y conllevo la dureza de mis trabajos, y no he llegado a aborrecer mi penosa existencia, es, Musa, gracias a ti, que me consuelas, que calmas mis inquietudes y alivias mis dolores. Tú eres mi guía y compañera; tú me libras de las riberas del Ister, y me conduces a la cumbre del Helicón; tú, caso raro, me diste en vida un nombre célebre que la fama no suele conceder más que a los muertos. La envidia, detractora de lo actual, no clavó su inicuo diente en ninguna de mis obras; habiendo producido nuestro siglo excelentes poetas, la murmuración no se enconó maligna contra mi ingenio, y si bien reconozco a muchos superiores, no se me reputa inferior a ellos, y soy muy leído en todo el orbe. Si es que encierran algo de verdad los presagios de los vates, no seré, ¡oh tierra!, tu despojo, desde el instante que muera; y ya deba al favor, ya a mis poemas este renombre, benévolo lector, recibe el testimonio legítimo de mi gratitud.


Libro quinto

I.- Devoto lector, añade a los cuatro libros anteriores, este último que te envío desde el litoral Gético, pues también será tal como lo exige la fortuna del poeta; no encontrarás en él un solo verso regocijado: como mi situación es lamentable, lamentables serán mis versos y su tono en armonía con el asunto. Alegre y dichoso compuse mis alegres poemas juveniles, que hoy me arrepiento de haber escrito. Desde que caí, sólo canto mi súbita catástrofe, y soy a la vez el protagonista de mi argumento. Como el cisne yerto en ]a ribera del Caistro dícese que llora su muerte con voz desfallecida, así yo, relegado a las playas de los Sármatas, me esfuerzo en que mis exequias no pasen silenciosas. Si alguien pretende que mis versos retocen de voluptuosidad, le advierto que no lea estas elegías. Mejor le convendrá leer a Galo, a Propercio, con sus dulzuras y a Tibulo, de estilo tan delicado. Ojalá no me contase en el número de estos Yates. ¡Ay de mí! ¿Por qué mi Musa se atrevió nunca a ciertas libertades? Pero pago mi culpa en los confines del Ister que toca en la Escitia, por aleccionar al Amor provisto de su aljaba. En adelante mis poesías tratarán materias que todos puedan leer, y les ordeno que no se olviden del nombre que llevan. Si alguno me pregunta porqué canto tan dolorosos afectos, es porque he sufrido hondas amarguras. Mi composición no es hija del arte ni del ingenio, sino que se inspira en el fondo de los propios males, y no delata más que una mínima parte de ellos. Dichoso el que a lo menos consigue precisar su número. Cuantos arbustos hay en la selva, arenas en el rojo Tíber y tallos de blanda hierba en el campo de Marte, tantos rigores sufrí, cuya medicina y quietud eficaz las hallo sólo en el estudio y trato de las Musas. Me dices: «Nasón, ¿cuándo vas a poner término a tus poesías henchidas de lágrimas?» El día mismo que mude de fortuna; ella me suministra una fuente inagotable de quejas; no soy yo el que habla, es la voz de mi destino. En el instante que me devuelvas a mi patria y carisma esposa, la satisfacción se pintará en mi rostro, y seré el que antes fui. Si el enojo del invicto César se templase en mi favor, te brindaría canciones rebosantes de alegría. Sin embargo, mis escritos no se excederán como en mi juventud; basta que lo haya hecho una vez a costa de mi libertad. Cantaré lo que él mismo aplauda, si conmutándome parte de la pena me libra de la barbarie y los crueles Getas; en el ínterin, ¿qué estamparé en mis libros sino tristes impresiones?

Este es el tono que conviene a mis funerales. Me contestas que me estuviera mejor soportar callado mis dolores, y disimular mi caída en el silencio. Exiges que la tortura no me arranque ningún gemido, y prohibes llorar al que recibió una herida gravísima. El mismo Fálaris consintió a sus víctimas prorrumpir en mugidos, y quejarse por la boca del toro que inventó Perilo. No se ofendió Aquiles con las lágrimas de Príamo, y tú, más cruel que mi enemigo, me niegas el derecho al llanto. Cuando la prole de Latona privó a Níobe de sus hijos, no le impidió humedecer en lágrimas sus mejillas. De algo sirve aliviar con las quejas el tormento que nos mata, y esto explica las lamentaciones de Proene y Halción, y por esto el hijo de Peán en su antro helado fatigaba con sus voces las rocas de Lemnos. El dolor que se reconcentra nos ahoga, arde dentro del pecho y multiplica los efectos de su violencia.

Sé, pues, lector, indulgente, o rechaza todos mis libros si te daña todo lo que me sirve de lenitivo; mas no pueden perjudicarte; mis escritos sólo fueron perniciosos a su autor. ¿Te parecen malos?; convenido; mas ¿quién te obliga a leer malos versos? Y si los leíste sufriendo una decepción, ¿quién te impide lanzarlos lejos de ti? Yo no los corrijo; pero quienes lean mis poemas compuestos aquí, los juzgarán menos bárbaros que la tierra donde han nacido. Roma no debe compararme con sus excelsos vates; en cambio, entre los Sármatas pasaré por un gran escritor. Por último, yo no voy en pos de la gloria o del renombre que suele estimular al ingenio; sólo trato de evitar que mi ánimo se consuma en las incesantes Cuitas que le acometen, a pesar de su tenaz oposición. Os he manifestado los motivos que me impulsan a escribir. ¿Queréis saber por qué os envío mis libros? Porque quiero de cualquier modo vivir con vosotros.

II.- ¿Por qué palideces en el momento de recibir una nueva epístola del Ponto, y la abres con mano temblorosa? Depón el temor; gozo de salud, y mi cuerpo, antes enfermizo y poco recio en los trabajos, se mantiene con vigor, fortalecido por la continuidad del sufrimiento, si no he llegado más bien a ser un enfermo crónico; pero mi energía languidece y decae a medida que pasa el tiempo, y afectado por las tristezas anteriores, las heridas que juzgué sanarían a la larga, están recientes como si fuesen de ayer; sin duda los años nos curan los pequeños males, y agravan con su transcurso las grandes aflicciones. El hijo de Peán alimentó cerca de dos lustros la llaga envenenada con la sangre de la Hidra. Télefo pereciera consumido por úlcera incurable si no le sanase la mano que le hirió, y si no cometí ningún crimen, espero que un día se resuelva a remediar mi daño el mismo que lo produjo, y satisfecho con lo que he sufrido, quiera quitar un poco de agua a este mar lleno de amarguras. Por mucho que me perdone, disminuirá en poco mi dolor, y una parte de mi castigo me servirá de castigo entero.

Cuantas conchas hay en las playas y flores esmaltan los jardines, cuantos granos lleva la adormidera letal, cuantas fieras habitan las selvas y peces bogan en las olas, cuantas aves agitan el aire con sus alas, tantas son mis adversidades; si me empeñase en contarlas, sería como si quisiese contar el número de las olas del mar donde se ahogó Icaro. Sin mencionar las molestias del viaje, los inminentes peligros de la navegación y las manos prontas a atacarme, tengo por residencia una tierra bárbara, la última del vasto continente, y un país rodeado de feroces enemigos. Mi culpa no es un crimen, y creo que sería trasladado de aquí como tú me favorecieses con el debido celo. Aquel dios vencedor que sustenta el poderío romano, más de una vez se manifestó clemente con el vencido. ¿Por qué vacilas y temes peligros imaginarios? Llégate a él y suplícale; en todo el universo no hallarás mortal más compasivo que César. ¡Infeliz de mí! ¿Cuál será mi suerte si mis próximos deudos me abandonan? ¿También tú substraes el cuello al yugo que nos une? ¿Adónde me dirigiré? ¿Dónde hallar el bálsamo de mis heridas? Ya ninguna áncora sujeta mi nave. Pues bien: aun aborrecido, me acogeré a su ara sagrada, que no rechaza las manos suplicantes, y dirigiré mis preces desde el destierro a este dios poderoso, si es lícito al mortal comunicarse con Jove. Arbitro del Imperio, cuya salud es la garantía del interés que los dioses todos sienten por el pueblo de Ausonia, gloria e imagen de la patria por ti floreciente, héroe no menos grande que el orbe que riges, así habites en la tierra, y así te envidie el cielo, y tardes años en ocupar el puesto que se te asigna entre las constelaciones. Te suplico que me perdones, quita una mínima parte a la furia de tu rayo, y con la restante quedaré harto castigado. La moderación reprime tu cólera; me concediste la vida, y no me quitaste el derecho ni el nombre de ciudadano, ni traspasaste a otro poseedor mi hacienda, ni se me llama desterrado en el decreto que me condena. Temí todos estos rigores, porque reconocía haberlos merecido; pero tu enojo no fue tan grande como mi falta. Me mandaste salir relegado a la comarca del Ponto, y surcar en fugitiva popa el mar de Escitia. Por tu mandato llegué hasta las ásperas playas del Euxino, tierra situada bajo el helado polo, y no me atormenta su clima riguroso, ni los campos siempre cubiertos por un manto de nieve, como oír la disonante jerga extraña a la lengua latina, en que el habla griega aparece corrompida por los Getas, y verme oprimido en torno de gentes belicosas, pues apenas mi débil mano me defiende de las flechas enemigas. La paz reina a intervalos, nunca la confianza en su duración; así que o se padecen o se temen los desastres de la guerra. ¡Ah!, por cambiar de residencia me expondría a que me devorase Caribdis cerca de Zanclea, y a precipitarme desde sus aguas en las de Estigia, o a ser abrasado sin espirar una queja por las ardientes lavas del Etna, o a precipitarme desde una roca en las olas del dios de Léticade. Lo que pido ya es un castigo; no trato de evadir mi infortunio, y lo pido para ser desgraciado con alguna mayor seguridad.

III.- Este es el día, Baco, en que suelen celebrarte los poetas, si no equivoco la fecha; en que ciñen sus inspiradas frentes con olorosas guirnaldas, y cantan tus alabanzas apurando copas de vino. Cuando la buena suerte me lo consentía, recuerdo que fui muchas veces entre ellos uno de los que más apreciabas, yo que ahora habito la Sarmacia, próxima a los feroces Getas, bajo la constelación de la Osa de Cinosura; yo, que dejé resbalar mi vida muelle y holgazana entregado a los estudios y el coro de las Musas, ahora, lejos de la patria, oigo cual suenan en torno mío los arcos de los Getas, después de haber afrontado mil peligros por tierras y mares. Ya proceda mi castigo del azar, o me lo haya infligido la cólera de los dioses, o la Parca sombría que presidió mi nacimiento, debiste sostener con tu divina protección al vate que profesaba el culto de la hiedra. ¿Acaso los decretos de las hermanas árbitras de nuestro destino están por encima del poder de los dioses? Tú, en verdad, has conseguido a fuerza de virtudes elevarte a las celestes mansiones, abriéndote el camino con incesantes trabajos. No habitaste en la patria, sino que recorriste el helado Estrimón y el país de los Getas belicosos, penetrando en la Persia hasta las espaciosas riberas del Ganges y los ríos en que bebe el indio atezado. Tal fue la ley que te impusieron dos veces las Parcas que hilan el fatal estambre, las dos veces que naciste. Si no es sacrilegio el medirme con los dioses, una suerte dura e inflexible me anonada, y mi caída iguala en lo horrenda la del jactancioso caudillo a quien derribó el rayo de Jove ante los muros de Tebas. Pero al oír que un vate gemía herido del rayo, debiste condolerte recordando a tu madre y exclamar viendo en torno tuyo a los poetas que celebraban tus misterios: «No sé cuál de mis adoradores falta aquí.» Bondadoso Baco, séme propicio, y así en recompensa el olmo se cargue de racimos y los granos de la uva se llenen de jugo; así formen tu séquito las Bacantes unidas a los jóvenes y bulliciosos Sátiros, y lancen delirantes exclamaciones en tu honor; así los huesos de Licurgo, el que empuñó contra ti una hacha impía, giman en el sepulcro, y sufra implacables tormentos la sombra sacrílega de Penteo; y así brille eternamente en el cielo y eclipse los astros vecinos la corona de tu esposa, la princesa de Creta. Llega aquí, ¡oh el más hermoso de los dioses!, endulza mis amarguras y ten presente que soy uno de tus adoradores. Los dioses se comunican entre sí; intenta, Baco, con tu divinidad vencer la de César, y así vosotros, piadosa turba, poetas compañeros de mis estudios, rogad juntos con la copa en la mano la misma merced, y alguno en particular oyendo el nombre de Nasón deponga la copa mezclada con sus lágrimas, se acuerde de mí, y al girar en torno suyo la mirada, exclame: «¿Dónde está Nasón, que hace poco formaba parte de nuestro coro?» Esto si merecí por mi bondad vuestro favor, si nunca critiqué con dureza los méritos ajenos, si venerando dignamente los libros de los poetas antiguos estimo que no valen menos los que florecen en nuestros días. ¡Ojalá en premio escribáis versos dignos de Apolo, y puesto que no se os prohibe, conservéis entre vosotros mi recuerdo!

IV.- Soy la epístola escrita por Ovidio, que llega del litoral Euxino fatigada de la navegación y el viaje por tierra, quien me dijo: «Ve a contemplar la ciudad de Roma ya que se te permite. ¡Ay! ¡Cuánto más feliz es tu suerte que la mía!» El desventurado me escribió llorando, y no mojó en la boca la piedra con que había de sellarme, sino en las húmedas mejillas. Si alguien quiere conocer la causa de su tristeza, es lo mismo que pedirme que le enseñe el sol, es no ver hojas en la selva, blanda hierba en el ameno prado ni aguas en el caudaloso río. ¿Quién extrañará el dolor de Príamo por la pérdida de Héctor, y los gritos que a Filotectes arrancó la herida de la Hidra? Pluguiera a los dioses que la situación de Ovidio fuese tal que no tuviera motivos de aflicción; sin embargo, como debe, soporta en paciencia sus trances amargos y no rehusa obedecer al freno como indómito potro. Confía que no ha de ser eterno el enojo del príncipe, persuadido de que cometió una falta y no un crimen. Muchas veces recuerda la generosa clemencia del dios, y suele contarse como uno de los ejemplos que lo atestiguan; pues si conserva su patrimonio y los derechos de ciudadano y con ellos la vida, a la generosidad de este numen lo debe.

En cuanto a ti, ¡oh el más caro de sus amigos!, si das crédito a palabras, no dudes que te lleva grabado en lo íntimo del corazón, y te iguala al hijo de Menecio, al compañero de Orestes, al hijo de Egeo, y te llama su Euríalo, y no se consume en ansia tan febril de visitar la patria y los numerosos seres que en ella siente haber perdido, como en el de recrearse a la vista de tu rostro y recibir tus miradas, ¡oh tú, más dulce que la miel depositada por la abeja de Atica en sus panales! Así mil veces en su desconsuelo se le reproduce aquel tiempo que lamenta no haber prevenido con la muerte, en que todos huían como de una peste su súbita catástrofe, temerosos de pisar los umbrales alcanzados por el rayo. Recuerda que tú le permaneciste fiel entre unos pocos, si pueden llamarse pocos dos o tres. En medio de su terror se daba cuenta de todo, y observó que sentías como propia su adversidad. Aun suele recordar tus palabras, tu aspecto triste, tus gemidos, y que humedeciste su seno con tu llanto; tu solicitud en acudir a su socorro y tus esfuerzos por consolar al amigo cuando necesitaba de mayor consuelo, por cuya abnegación te confirma su eterna gratitud y ternura, ya goce la luz del día, ya le sepulte la tierra, y hasta suele jurarlo por su cabeza y la tuya, que no estima menos preciosa. A tantas y tan grandes obligaciones responderá su inmenso agradecimiento, no permitiendo que tus bueyes labren la seca arena. Persevera en proteger siempre al desventurado; él, que te conoce bien, no te ruega; soy yo mismo quien te lo pide.

V.- La fecha del natalicio de mi esposa reclama los acostumbrados honores; id, manos mías, a disponer los piadosos sacrificios. Así en otra época el heroico hijo de Laertes festejó tal vez los días de su esposa en la extremidad del orbe. Que mi lengua, olvidada de tenaces infortunios, no pronuncie palabras de mal agüero, si acierta aún a decirlas favorables. Traedme la ropa blanca que visto una sola vez en el transcurso del año, aunque su color no armonice con mi negro destino; levantemos una ara de césped y entretejamos guirnaldas que adornen los braseros encendidos. Esclavo, trae el incienso que eleva columnas humeantes, y el vino que chisporrotea al derramarse en el piadoso fuego. Natalicio queridísimo, desde mi lejano destierro deseo que amanezcas esplendoroso y bien diferente del mío, y si algún contratiempo lamentable amenazaba a mi esposa, pagado con mis males, quede ella por siempre libre de su rigor, y en lo sucesivo su nave, quebrantada con horrible tormenta, navegue sobre un mar tranquilo. Goce ella de su casa, su hija y su patria, y baste a la persecución del destino haberme arrebatado tales glorias, y cuando no sea feliz en lo que toca a su caro esposo, deslícese el resto de su vida sin nubes amenazadoras; viva y ame a su marido ausente por ley de la necesidad, y llegue a contar muchos años, a los que añadiría los míos; mas temo que le sea fatal el contagio de mi destino. Nada hay estable para el hombre. ¿Quién había de imaginar que yo celebrara tal fiesta viviendo entre los Getas? Sin embargo, mira cómo el viento impulsa las nubes de incienso hacia Italia, lugar propicio a mis votos. Tal vez no carecen de significación las nubes ligeras que el fuego produce, ni huyen sin objeto los aires del Ponto. Cuando sobre el ara se verificaba el sacrificio común a los dos hermanos que perecieron el uno a manos del otro, no se dividió al azar el negro humo en dos columnas como si ellos lo ordenasen. Recuerdo haber dicho que este prodigio era imposible, y recusaba por falso al hijo de Bato. Ahora lo creo todo, viéndote, vapor advertido, volver la espalda al helado polo y encaminarte a la Ausonia. Este es el día, pues, que de no haber amanecido, no hubiera visto ninguna fiesta en mi presente miseria; este día produjo las excelsas virtudes de aquellas heroínas hijas de Acción y de Icarío; en este día nacieron el pudor, la honradez, la fidelidad y las puras costumbres; pero en lugar del regocijo reinan las cuitas, los pesares, la suerte indigna de tanta abnegación y las quejas legítimas por el tálamo reducido a la viudez. La virtud sin duda se pone a prueba en la adversidad, y en los tiempos difíciles recaba títulos de gloria. Si el esforzado Ulises no hubiera sufrido tantos reveses, Penélope habría sido feliz, nunca renombrada. Si hubiera penetrado vencedor en la fortaleza de Equión el esposo de Evadne, ésta apenas sería conocida en su misma tierra. Entre tantas hijas de Pelias, una sola conquistó la celebridad, porque una sola estuvo casada con un varón desdichado. Haz que otro arribe el primero a las playas de Ilión, y cesarán los elogios que se tributan a Laodamia, y tu ternura permaneciera desconocida, según mis deseos, si los vientos favorables hubiesen hinchado mis velas. No obstante, dioses, y tú, César, que has de contarte entre ellos, mas sólo cuando tus años igualen a los del viejo de Pilos, no me perdones a mí, que confieso merecer tu castigo, pero perdona a mi esposa, que padece rigores injustificados.

VI.- Tú, que en mejores días mereciste mi absoluta confianza, que eras mi refugio y mi único puerto, ¿tú abandonas también la defensa que aceptaste del amigo, y te descargas solícito de tan piadosa obligación? Confieso que soy una carga pesada, mas si habías de rechazarla en los momentos difíciles, nunca debiste aceptarla. Palinuro, ¿dejas el gobierno de la nave en medio del Océano? No huyas, y que tu constancia se eleve al nivel de tu pericia. ¿Cuándo el fiel Automedonte en medio del combate encarnizado abandonó por ligereza los corceles de Aquiles? ¿Cuándo Podalirio al asistir a un enfermo dejó de ministrarle los recursos de la medicina? Es más bochornoso despedir al huésped que rechazarlo; así no caiga nunca derribada por mi mano el ara que me ofreció asilo. Al principio sólo estabas obligado a mi defensa; ahora tienes que defender mi causa y tu buen nombre, pues no he recaído en nuevas culpas, ni mis actos excusan la súbita mudanza de tu amistad. Esta respiración oprimida por la atmósfera de Escitia cese de sostener mi vida como deseo, antes que lacerarte el pecho con mis delitos, y que parezca merecer tu reprobación. No estoy tan aniquilado por el destino fatal que mi ánimo se extravíe con la pesadumbre de sus desdichas; pero supónlo perturbado: ¡cuántas veces el hijo de Agamenón ultrajó a Pílades con infamantes dicterios! Hasta es algo verosímil que golpease a su amigo, quien permaneció, no obstante, fiel a sus deberes.

Lo único común a dichosos y miserables es la consideración que a unos y otros se guarda. Cédese el paso a los ciegos y a quienes la pretexta, las fasces y las imperiosas voces nos obligan a respetar. Si no me perdonas, debes ser indulgente con mi desgracia; nadie tiene derecho a enconarse conmigo. Escoge el más mínimo, el más insignificante de mis trabajos, y será mucho más grande de lo que tú te imaginas. Cuantos cañaverales surgen de los húmedos pantanos, cuantas abejas mantienen las flores del Hibla, cuantas hormigas suelen por estrecha senda acarrear a sus trojes los granos que encuentran, tal es la muchedumbre de aflicciones que me asaltan, y cree que mis lamentos se quedan por debajo de la realidad. El que juzgue pocas mis desdichas, derrame arenas en la playa, espigas en los campos de mies y aguas en el mar. Así, no des rienda libre a intempestivos temores, ni abandones mi nave en medio del Océano.

VII.- La epístola que lees te ha venido de aquella tierra donde el anchuroso íster tributa sus aguas al mar. Si gozas una vida rebosante de dulce salud, no osaré creerme por completo desdichado. Como siempre, me preguntas, caro amigo, en qué me ocupo, aunque podrías adivinarlo por mi silencio. Soy desgraciado: este es el breve resumen de mis penas, como lo será el mortal que haya ofendido a César. ¿Tienes empeño de conocer la región de Tomos y las costumbres de los habitantes entre quienes vivo? Aunque la población es una mezcla de Griegos y Getas, domina principalmente el influjo de los últimos, raza indomable y numerosa que con la de los Sármatas, va y vuelve por los caminos a caballo. Ninguno de ellos anda desprovisto de su carcaj, su arco y sus saetas teñidas del veneno de las víboras. Rudos en la voz y feroces en el aspecto, son la verdadera imagen del dios Marte; jamás se cortan la barba ni el cabello, y sus manos se alzan siempre prontas a clavar el cuchillo, que todo bárbaro lleva sujeto a la cintura. Entre éstos, ¡ay!, olvidado de los tiernos amores vive, amigo, tu poeta querido; son los únicos que ve y oye, y ojalá viva y no muera con ellos; al menos, huirá su sombra de sitios tan odiosos. Me escribes, amigo, que mis poemas se representan con bailes en el teatro, atestado de público, y que se aplauden con entusiasmo mis versos. Bien sabes que no compuse piezas teatrales y que mi Musa no ambiciona los aplausos; pero no me desagrada cuanto contribuye a mi recuerdo y a que pase de boca en boca el nombre del desterrado. A veces, cuando pienso en los daños que me ocasionaron, reniego de mis poemas y del favor de las Piérides; mas después de maldecirlas, no acierto a vivir sin su compañía, y corro tras el dardo que se ensangrentó en mi cuerpo, como aquel navío griego que, destrozado por el oleaje de Eubea, aun osó desafiar los escollos de Cafarea. Aunque mis vigilias no persiguen la alabanza, ni me esfuerzo en eternizar un nombre que me fuera más provechoso haber sumido en la obscuridad, divierto el ánimo con el estudio, engaño mis dolores, y me afano así por burlarme de mis cuitas. ¿Qué ocupación mejor hallaría abandonado en tan tétrico país?; ¿qué otro remedio intentaría aplicar a mis llagas? Si miro al lugar de mi residencia, lo hallo aborrecible y que no le hay más triste en todo el orbe; si miro a mis semejantes, apenas me parecen dignos de tal calificativo unos seres de más fiereza que los lobos salvajes, que no respetan las leyes, que atropellan la equidad con la fuerza, y bajo el acero del combatiente hacen caer la justicia vencida. Se preservan mal del frío con pieles y anchas bragas, y llevan sus horrendas caras erizadas de largos pelos. En pocos quedan vestigios de la lengua griega, convertida en un idioma bárbaro por el acento gético, y ni uno en la población sabe expresar en latín las ideas más corrientes. Yo mismo, vate romano, disculpadme, Musas, me veo obligado a emplear mil veces la lengua sarmática, y, ¡ay!, me abochorna confesarlo, por falta de costumbre apenas se me ocurren las voces latinas, y recelo que habrá no pocos barbarismos en este libro, lo cual no es imputable al escritor, sino al país en que reside; no obstante, para conservar el hábito de la lengua ausonia y que mi boca no permanezca muda a las patrias voces, suelo hablar conmigo mismo, repito las palabras poco usadas, y vuelvo a los signos del pensamiento que me han sido funestos: así deslizo las horas de la existencia, así me distraigo y aparto la contemplación de mis desventuras. Busco en los versos el olvido de mi miserias, y si consigo este premio me daré por satisfecho.

VIII.- No caí tanto, a pesar de mi abatimiento, que me considere por debajo de ti, pues nadie puede descender a tal punto. Perverso, ¿qué causa alienta la rabia con que me persigues?; ¿insultas las desgracias que tú mismo puedes padecer un día?; ¿no te vuelve más dulce y benévolo el verme abatido por golpes capaces de conmover a las fieras y obligarlas al llanto?; ¿no te asusta el capricho de la fortuna en pie sobre la movible rueda y que aborrece las palabras orgullosas? ¡Ah!, la vengativa Ramnusia te impondrá el condigno castigo. ¿Por qué pisoteas iracundo mi destino? Yo vi hundirse en el abismo al que se reía de un náufrago, y exclamé: «Nunca las ondas fueron más justas»; otro que negaba viles alimentos a los miserables, ahora vive gracias al pan que mendiga. La voluble fortuna vaga con pasos inciertos, y en ningún lugar permanece firme y estable: ya se nos muestra sonriente, ya nos pone cara sombría, y sólo es constante en su ligereza. Yo también florecí, mas mi flor era caduca, y la llama de mi leve paja brilló un solo instante; sin embargo, para que no se embriague con gozo cruel toda tu alma, aun abrigo la esperanza de aplacar al dios que ofendí; sea porque errase sin llegar a delinquir, y bien que mi falta me avergüence, no es de aquellas que provocan el odio; sea porque desde el Oriente al Ocaso, en la vasta extensión del universo, no existe príncipe más indulgente que aquel a quien obedece, y si nadie es capaz de vencerle a la fuerza, su corazón se rinde enternecido a las tímidas preces; y al ejemplo de los dioses entre quienes se ha de sentar, con el perdón de mis culpa le pediré otras muchas mercedes. Si cuentas los soles y nublados de un año entero encontrarás que han sido más numerosos los días espléndidos; así, no te regocijes demasiado con mi ruina; piensa que al fin puedo levantarme de mi postración, y piensa que, calmado el enojo del príncipe, podrías verme con dolor cara a cara en las calles de Roma. Que yo te vea desterrado por una causa gravísima; después de los primeros votos, es el más enérgico que hago.

IX.- Si consintieses que tu nombre sonara en mis versos, ¡qué de veces te verías repetido en ellos! A ti sólo cantaría mi profunda gratitud, y tu recuerdo llenaría las páginas todas de mis libros. Toda la ciudad sabría los favores que te debo, si a pesar de la expatriación lee aún las obras del desterrado; la edad presente y la futura conocerían tus bondades como mis escritos llegasen a triunfar de los tiempos, y el lector inteligente no cesaría de bendecirte, gloria bien merecida por la salvación de un poeta. Si aliento con vida, debo a César este primer beneficio; pero después de los grandes dioses, a ti sólo tengo que rendir acciones de gracias. Él me concedió la vida, tú defiendes lo que él me concedió, y por ti gozo el favor recibido. Cuando la mayor parte de mis amigos se espantaron de mi ruina y otra menor simulaba temerla y desde alta roca contemplaba mi caída, sin tender la mano al náufrago que luchaba con las irascibles olas, tú sólo salvaste de la onda Estigia al amigo expirante, y obra tuya es si hoy llego a reconocerlo. Que los dioses y César te sean siempre propicios; mis votos no pueden ir más lejos. Si lo permitieses, mi labor consignaría en versos sonoros tus servicios, dignos de exponerse a la luz del sol; pero aunque me ordenas el silencio, con dificultad se allana mi Musa a celar tu nombre. Como el perro que sigue la pista de tímida cierva, lucha vanamente por romper la cuerda que le sujeta; como el corcel brioso golpea con los pies y la frente la barrera aún no abierta de la liza, así mi Talía, atada y opresa por la ley que le impones, arde en deseos de proclamar tu nombre prohibido. Cesa de temer, obedeceré tus órdenes, no te perjudicará el testimonio de mi reconocimiento; mas no te obedeciera si con ello imaginases que me olvidaba de ti. Lo que no me prohibe tu voluntad es que te acredite mi gratitud, y mientras vea la luz del sol, ojalá por poco tiempo, me consagraré a rendirte los homenajes que mereces.

X.- Desde que resido en el Ponto, tres veces el hielo enfrenó la corriente del íster, tres veces se han endurecido las ondas del Euxino, y me parece estar lejos de la patria tantos años como la ciudad de Dárdano estuvo sitiada por las huestes de los Griegos. Diríase que el tiempo detiene tardío su marcha, y que el año recorre su camino a lentos pasos; ni el solsticio me quita un momento de sus prolongadas noches, ni el invierno abrevia mis días angustiosos. Sin duda en mí se trastorna el orden de la naturaleza y da a todo la duración eterna de mis tormentos. Acaso el tiempo sigue su curso ordinario para los demás y sólo se desliza lento para la vida que arrastro en las playas del Euxino, nombre engañoso, y las costas doblemente siniestras que baña el mar de Escitia.

Hordas innumerales nos amenazan de todos lados con guerras asoladoras, y no juzgan torpe el vivir de la rapiña. En las afueras nada hay seguro, y la pequeña colina se defiende trabajosamente con sus débiles muros y la posición del lugar. Cuando menos lo recelas, compactas falanges de enemigos vuelan como las aves, y apenas se les ha visto se lanzan sobre la presa. Muchas veces, dentro de los muros y cerradas las puertas, recogemos en las calles las flechas envenenadas que arrojan. Raro es el que se atreve a cultivar el campo, y el infeliz que se aventura, con una mano abre los surcos y con otra empuña el arma. Ceñido el yelmo, el pastor hace resonar su flauta de cañas unidas por la pez, y en lugar del lobo, el tumulto de la guerra asusta a las tímidas ovejas. Apenas nos escuda el castillo, en cuyo recinto una turba feroz, mezclada con los Griegos, siembra el espanto; pues los bárbaros habitan confundidos con nosotros y ocupan la mayor parte de las estancias. Cuando no te infundan miedo te infundirán odio, viéndolos cubiertos de pieles y con las sienes cercadas del argas greñas. Estos mismos, que se creen oriundos de una ciudad griega, en vez del traje patrio visten las bragas de los Persas, se entienden por una jerga común a todos, y yo tengo que valerme de los gestos si quiero ser comprendido. Aquí soy yo el bárbaro, porque ninguno me entiende, y los estólidos Getas se ríen al oír mis palabras latinas. A menudo, y con la mayor impunidad, dicen pestes de mí hallándome presente, y tal vez me imputan el destierro como un crimen; y si mientras hablan hago signos de aprobación o desaprobación, sacan de ellos argumentos contra mí. Añádase que la espada cruel es el ministro de su justicia, y que muchas veces corre la sangre a presencia del tribunal. ¡Oh Láquesis cruel, que no rompiste la trama de mi existencia, viéndola condenada al influjo de un astro pernicioso! Si carezco de la vista de la patria y la vuestra, amigos míos; si me lamento de morar en estos confines de Escitia, es porque una y otra pena son harto intolerables, y si merecí ser expulsado de Roma, no creo merezca habitar en tierra tan odiosa. ¡Ah! ¿Qué digo, insensato? Era digno hasta de pagar con la vida el haber ofendido la divinidad de César.

XI.- Te quejas en tu carta del miserable que te insultó llamándote la esposa del desterrado, y me duele su ruindad, no tanto porque hagan de ella caso mis infortunios, que ya me acostumbré a soportarlos con entereza, como por haber sido la causa de tu ultraje, que de ningún modo me fue posible evitar, y porque pienso que acaso te sonrojaste de mi castigo. Llévalo en paciencia y ten valor; sufriste golpes mucho más graves cuando la cólera del príncipe me arrebató de tus brazos. Pero se equivoca ese sujeto que por afrentarme me llama el desterrado; fue menos acerba la pena impuesta a mi culpa. Mi mayor responsabilidad estriba en haber ofendido a César, y hubiera querido que antes me llegase la última hora. Mi barca quedó quebrantada, no rota ni sumergida; carece de puerto, mas se sostiene sobre las aguas. No me quitó la vida, ni el patrimonio, ni los derechos de ciudadano, y en verdad que merecí perderlo todo por mi falta; pero como en ella no vio el menor indicio de crimen, sólo me impuso el abandono del patrio hogar, y como con otros, cuyo número es incalculable, se mostró clemente conmigo el numen de César. Empleó contra mí el nombre de relegado, no desterrado, y mi causa se asegura con tal juez. Tienen derecho, pues, mis versos, valgan lo que valieren, a entonar, César, con entusiasmo tus alabanzas, y, con derecho imploro de los dioses que no te abran aún las puertas del cielo, y te permitan ser otro dios entre los mortales. El pueblo suplica lo mismo, pues como los ríos se precipitan en el vasto Océano, así corren también los arroyos de exiguo caudal. Y tú, cuya lengua me llama el desterrado, cesa de agravar mis infortunios con ese falso título.

XII.- Me escribes que mate con el estudio el tiempo calamitoso, no sea que la torpe desidia aniquile mis bríos. Difícil es, amigo, seguir el consejo que me das, porque los versos son hijos de la alegría, y reclaman un espíritu sosegado. Mi fortuna se ve combatida por furiosas borrascas, y peor que la mía no es la suerte de nadie. ¿Quieres que Príamo se regocije en los funerales de sus hijos, y que Níobe, huérfana de los suyos, guíe las festivas danzas? ¿Es el duelo o el trabajo lo que, a tu juicio, debe preocuparme solo y relegado a los últimos confines de los Getas? Aunque supongas mi ánimo con la fortaleza del duro roble, como la fama pregona en el acusado de Anito, toda mi ciencia caería aplastada por la mole de mi ruina, pues la cólera de un dios sobrepuja a las fuerzas humanas. Aquel viejo a quien Apolo llamó el sabio río acertaría a componer una obra en circunstancias semejantes. Cuando me olvidase de la patria y de mí mismo, cuando perdiese el sentimiento de todo lo pasado, el temor me prohibiría entregarme a pacíficas tareas. Vivo rodeado de innumerables enemigos, y además el ingenio se embota en una larga inacción, y pierde sus bríos anteriores. El campo fértil, si no se remueve con surcos incesantes, no producirá más que grama y abrojos; el caballo largo tiempo sin ejercicio correrá mal, y llegará el último cuando se lance a la carrera; si alguna barca permanece meses y meses fuera de las aguas acostumbradas, la carcoma roe sus tablas y sus costados se entreabren. Yo, lo mismo, siendo ayer tan insignificante, desespero de llegar nunca a lo que fui. El continuo sufrimiento en los trabajos aniquila el ingenio, y ya me falta gran parte del antiguo vigor; lo que no obsta muchas veces a que torne las tablillas, como ahora mismo, y me afane en someter las palabras a los pies cabales, sin producir un solo verso, o produciéndolos tales como los que lees en consonancia con la situación de su autor y del lugar que habita. La gloria impulsa al ánimo con poderosos estímulos, y el amor de la alabanza crea partos fecundos. En otros días me deslumbraba el brillo de un nombre famoso, porque el aura propicia impulsaba mis velas; hoy no me siento tan dichoso que apetezca la gloria, y, a ser posible, desearía pasar completamente desconocido. Tal vez porque mis primeros poemas merecieron elogios, me persuades a que siga escribiendo, y a que conquiste nuevos éxitos. Séame permitido decirlo sin ofenderos, nueve hermanas, vosotras fuisteis la principal causa de mi extrañamiento. Como el artífice del toro de bronce pagó la pena merecida, así yo la debo igualmente a mi Arte. Yo no debiera nunca acordarme de escribir poesías, ni confiarme de nuevo a las olas después del naufragio; mas, en mi demencia, vuelvo de nuevo a su fatal estudio. ¿Será que este sitio me ofrezca ocasiones de proseguirlo? No hay aquí ningún libro, ni oídos dispuestos a escucharme, ni nadie que comprenda la significación de mis palabras. Reina por dondequier la barbarie, las voces propias de fieras y el acento espantable de los Getas. Hasta me parece haber olvidado el idioma latino desde que aprendí a hablar el Geta y el Sármata; y a pesar de todo, si he de confesarte la verdad, mi Musa no es dueña de contenerse en la manía de escribir. Escribo, y arrojo al fuego los poemas compuestos; y una ligera llama es el éxito que premia mis afanes. Deseo no escribir versos, y me es imposible; por esto condeno al fuego los productos de mis vigilias, y a vosotros llega sólo una mínima parte de mi inspiración que el azar o la astucia arrebata a las llamas. ¡Ojalá hubiese reducido igualmente a cenizas aquel Arte que perdió a su maestro, bien ajeno del golpe que le amenazaba!

XIII.- Tu amigo Nasón te envía salud desde la comarca del Ponto, si alguien puede enviar aquello de que carece. Enfermo del ánimo, he contagiado al cuerpo para que ninguna parte de mi ser quede libre de tormentos: sufro desde muchos días agudos dolores de costado, efecto, sin duda, de los fríos rigurosos del invierno; pero si tú gozas buena salud, yo no me hallaré mal del todo, puesto que en mi caída, tus hombros me sirvieron de sostén. Tú que me diste tan buenas pruebas de amistad, defendiendo mi vida día tras otro, haces mal en no dirigirme casi nunca una epístola consoladora, y cumplirás un piadoso oficio si eres conmigo menos avaro de recuerdos. Te suplico la enmienda, y si corriges esta falta, ningún lunar empañará el brillo de tu persona. Insistiría más en mi reproche si no temiera que no hayan llegado a mi poder las cartas que tal vez me escribiste. Plegue a los dioses que mi querella resulte infundada, y te acuse sin motivo de haberme olvidado. Lo que deseo es evidente; no me resigno a creer que la firmeza de tu amistad pueda desmentirse. Antes faltarán los blancos ajenjos en las llanuras heladas del Ponto, y en el Hibla de Sicilia desaparecerán los olorosos tomillos, antes que nadie te convenza de indiferente con tu amigo. No es tan negra todavía la trama de mi destino; mas para rechazar victorioso cualquiera falsa acusación, evita equívocas apariencias, y como solíamos entretener horas y horas en nuestros coloquios, sorprendiéndonos la noche con la palabra en la boca así lleven y vuelvan nuestras cartas los secretos del alma, y las tablillas y la mano substituyan al oficio de la lengua. Por no parecer sobre tal punto desconfiado en demasía, baste la advertencia de estos pocos versos: recibe el adiós con que siempre terminan las epístolas, y que no se parezca en nada al mío tu destino.

XIV.- Cuantos testimonios de estimación te he tributado en mis libros, tú misma lo ves, ¡oh esposa más querida que mi propia existencia! Por mucho que el rigor de la fortuna quite a la gloria del poeta, a lo menos serás célebre gracias a mi numen. Mientras sea leído, se leerán igualmente tus sonoros títulos, y no perecerás del todo en las llamas de la pira. Bien que parezcas digna de compasión por la caída de tu esposo, encontrarás algunas que quisieran verse en tu lugar, que te llamen feliz y te envidien a pesar de que apuraste buena parte de mis amarguras. No te hubiese dado más proporcionándote riquezas, pues la sombra del rico no se las brinda a los Manes, te di un nombre imperecedero, y con él recibes el don más precioso que pude hacerte. Añade que siendo el único apoyo de mi adversidad, no has conquistado honor de poca monta, y debes sentirte orgullosa del afecto de tu marido, cuya voz nunca permaneció muda en tu elogio.

Condúcete de modo que nadie pueda tacharme de lisonjero; sálvame y guarda la fidelidad que me juraste. Mientras vivimos juntos, tu virtud resplandeció sin la menor nube, y tu probidad intachable mereció mis alabanzas. Tampoco se ha desmentido después de mi desastre, y así acabe de coronar su obra tan magnífica abnegación. Ser buena es muy fácil cuando los obstáculos están remotos y nada se opone a que la esposa cumpla sus deberes; mas si un dios nos intimida con sus truenos, la verdadera piedad, el amor verdadero, consisten en arrostrar la tormenta. Rara es la virtud que no gobierne la fortuna y se sostenga firme cuando ésta desaparece; mas si la mujer espera por único premio la virtud misma, y se revela valerosa en los días de la persecución, huelga calcular el tiempo; su fama resuena en el transcurso de los siglos, y la admiran en todos los pueblos de la redondez del orbe. ¿No oyes cómo después de tantos años se tributan elogios que eternizan su nombre a la fidelidad de Penélope? Mira cómo se celebra a la esposa de Admeto, a la de Héctor y a la hija de Ifis, que no vaciló arrojarse a las llamas de la pira, y cómo vive la fama de la reina de Filaces, cuyo esposo se precipitó el primero en la tierra de Ilión. No necesito tu muerte, sino tu amor y tu fidelidad; puedes recabar alta gloria sin difíciles sacrificios; ni vayas a suponer que te aconsejo esta conducta porque no la sigues: izo las velas aunque mi barca se ayude con el remo; quien te persuade a obrar como ya obras, te alaba con sus avisos, y aprueba tu proceder con sus exhortaciones.

FIN

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