Cartas de Plinio el Joven: Libro II – Epístolas de Plinio

Cartas de Plinio el Joven: Libro II - Epístolas del escritor y abogado romano del siglo II Plinio el Joven a sus amigos y colegas.

Cartas de Plinio el Joven

Cayo Plinio Cecilio Segundo

Las Cartas de Plinio el Joven, también llamadas las Epístolas de Plinio el Joven, han sido objeto de estudio durante siglos, ya que las mismas ofrecen una mirada única e intima a la vida cotidiana de los romanos del siglo I d. C. A través de sus cartas el escritor y abogado romano Plinio el Joven (cuyo nombre completo era Cayo Plinio Cecilio Segundo) debate sobre cuestiones filosóficas y morales; pero a su vez también discute sobre asuntos cotidianos y temas relacionados con sus tareas administrativas. Una de estas cartas, la carta 16 del libro VI, dirigida a Tácito, posee un valor histórico sin igual. En esta Plinio describe la erupción del Monte Vesubio en el año 79 d. C. que destruyó a la ciudad de Pompeya.

Muchos estudiosos afirman que con sus cartas Plinio inventó un nuevo género literario: el de la carta escrita no sólo para entablar una comunicación amena con los pares sino para además publicarla posteriormente. Plinio recopiló copias de cada carta que escribió a lo largo de su vida y publicó las que consideraba las mejores en doce libros.

Cartas de Plinio el joven

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Notas

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Libro II

Carta 1

Plinio saluda a su estimado Romano.

Después de algunos años han supuesto un espectáculo singular y también memorable a los ojos del pueblo romano las exequias públicas de Virginio Rufo, ciudadano muy noble, ilustre y no menos afortunado. Pasó treinta años encumbrado en la fama; leyó poemas redactados sobre él, leyó narraciones y asistió a su propia prosperidad. Desempeñó por tres veces el consulado, alcanzando la dignidad más elevada para un particular al rechazar la de príncipe. Eludió a los Césares que lo consideraban sospechoso y hasta odioso por sus cualidades, dejó vivo al mejor y al más amigo suyo, como si hubiera estado destinado a honrarlo en sus exequias públicas. Ha muerto a los ochenta y tres años en la más profunda paz, con semejante respeto. Hizo gala de salud robusta a no ser porque le solían temblar las manos, pero sin dolerle. Sólo su agonía ha sido bastante penosa y prolongada, pero por eso elogiable. En efecto, cuando se disponía a hablar para dar las gracias al príncipe por el consulado, a él, ya anciano y en posición erguida, se le cayó, debido a su peso, un libro bastante voluminoso que casualmente había cogido. En el momento de intentar alcanzarlo y recogerlo, perdiendo el equilibrio, resbaló por culpa del suelo, pulido y resbaladizo, y se fracturó la cadera, que, reducida con poca pericia, se hasumado desgraciadamente a su avanzada edad.

El sepelio de este hombre ha proporcionado gran distinción al príncipe, grande a nuestra época, grande también al foro y a los tribunales. Ha pronunciado su elogio el cónsul Cornelio Tácito; en verdad, a su suerte le ha correspondido este eminente cenit, elpanegirista más elocuente. Y ha muerto ciertamente colmado de años, colmado de honores, incluso de aquéllos que declinó; sin embargo, nosotros debemos reivindicarlo y desearlo como modelo de la edad antigua, pero especialmente yo, que no sólo en público le mostraba tanta admiración como aprecio; primero, porque nuestra comarca era la misma, nuestras ciudades vecinas, nuestros campos y haciendas también colindantes, y, sobre todo, porque, como tutor mío, le profesé el cariño debido a un padre. Así, me honró con su voto cuando fui candidato; así, acudió desde su retiro a todas mis investiduras a pesar de que había rehusado, ya hacía tiempo, a obligaciones de este tipo; así, el día en que los sacer-dotes suelen elegir a quienes consideran muy merecedores del sacerdocio, me proponía siempre. Es más, durante esta última enfermedad, temiendo ser elegido por azar entre los quinquéviros nombrados por consejo del senado para reducir el gasto público, y, aunque tenía numerosos amigos ancianos y excónsules, me escogió a mí, a pesar de mi edad, a la que disculpó con estas palabras: “Aunque tuviera un hijo, te preferiría a ti”.

Por estos motivos es necesario que llore su muerte en tu regazo como si fuera prematura, si, con todo, es lícito llorar o llamar realmente muerte a aquel hecho mediante el cual se ha extinguido más la condición mortal que la vida de persona tan valiosa. Pues vive y vivirá eternamente, y residirá incluso más imborrablemente en el recuerdo y en el habla de los hombres después de haberse alejado de nuestra vista. Quiero escribirte otras muchas cosas, pero todo mi ánimo está fijado en esta sola consideración. Pienso en Virginio, veo a Virginio, ahora escucho, hablo y poseo a Virginio bajo sombras difusas, pero frescas; tal vez tenemos y tendremos a algunos ciudadanos semejantes a éste en cualidades, pero a nadie en gloria. Adiós.

Carta 2

Plinio saluda a su estimado Paulino.

Estoy enfurecido, y no tengo muy claro si debo, pero estoy enfurecido. Conocesqué injusta es la amistad a veces, vehemente a menudo, quisquillosa en todo momento. Sin embargo, se trata de un motivo importante, y no sé si justo; pero yo, igual que si fuera no menos justo que importante, estoy extremadamente enfurecido porque, desde hace mucho tiempo, ¡ni una carta tuya!. Puedes aplacarme de una sola forma, si me envías, al menosahora, muchas y muy extensas. Sólo esta justificación me parecerá sincera, las demás fa-laces. No estoy dispuesto a escuchar “es que no estaba en Roma” o “estaba demasiado atareado”; pues tampoco los dioses permitan aquello de “demasiado enfermo”. Yo, por mi parte, disfruto en mi hacienda a veces con el estudio y, a veces, con la indolencia, ambos nacidos del ocio. Adiós.

Carta 3

Plinio saluda a su estimado Nepote.

Gran fama había precedido a Iseo; resultó ser aún mayor. Sobresaliente es su capacidad, sus recursos, su abundancia; habla siempre improvisando, pero como si lo hubiera escrito durante largo tiempo. Su lengua el griego, concretamente el ático; susexordios pulidos, delicados, agradables, a veces nobles y sublimes. Insta a numerosas discusiones; deja la elección a sus oyentes, a menudo también la parte a defender; se levanta, se arregla la toga y comienza; acuden todos sus recursos al instante y casi espontáneos, pensamientos profundos, palabras -¡pero de qué tipo!selectas y esmeradas. En sus improvisaciones se trasluce un copioso hábito de lectura, una copiosa práctica de escritura. Preludia adecuadamente, expone claramente, arguye agudamente, resume vigorosamente, adorna primorosamente. En fin, enseña, entretiene, emociona; dudarías qué hace mejor; abundantes entimemas, abundantes silogismos, ajustados y perfectos, cualidades que es muy importante conseguir también con la pluma. Prodigiosa su memoria: repite desde el principio lo que ha dicho improvisadamente y no se le olvida una palabra. Ha llegado a tal aptitud por el estudio y por la práctica; en efecto, de día y de noche no hace otra cosa, no escucha otra cosa, no habla otra cosa. Ha superado los sesenta años y todavía es solo un estudioso: nada más franco, más natural o mejor que este tipo de personas. Pues nosotros, que estamos curtidos en el foro y en litigios reales, aprendemos, aunque no queramos, mucha picardía: la escuela, el auditorio y una causa fingida son algo inofensivo, inocente y no menos agradable, fundamentalmente para los ancianos. En efecto, ¿qué hay más agradable en la ancianidad que lo que es más placentero en la juventud? Por esto, considero a Iseo no sólo el más elocuente, sino también el más afortunado. Tú eres de piedra y de hierro si no deseas conocerlo. Por tanto, si no vienes por otro motivo o pormí mismo, hazlo ciertamente para oírlo. ¿Nunca has leído que cierto gaditano, impresionado por la fama y reputación de Tito Livio, vino a verlo desde la región más apartada de la tierra y se fue nada más verlo? Supone chabacanería, ignorancia, incapacidad y hasta casi necedad no valorar en su medida el afán por conocer, pues nada es más grato, nada másestimable, nada, en último extremo, más propio de la condición humana. Me dirás:“Tengo aquí a quienes leer y no menos instruidos”. De acuerdo, pero para leer siempre hay oportunidad, para escuchar no siempre. Además, como se dice habitualmente, la palabra emociona mucho más. En efecto, aunque sea bastante agudo lo que puedas leer, sin embargo, en el espíritu se graba más indeleblemente lo que también describe la dicción, la cara, el aspecto y los ademanes del hablante; a no ser que consideremos inexacto aquel episodio de Esquines, quien, al leer a los rodios un discurso de Demóstenes, ante el entusiasmo de todos, se dice que añadió: ¿Y qué si hubierais oído a esta fiera en persona?; yEsquines era, si hacemos caso a Demóstenes de palabra muy brillante. Sin embargo, confesaba que habría declamado mucho mejor el mismo discurso la persona que lo había compuesto. Todos estos ejemplos tienen como objetivo que escuches a Iseo incluso sólo por esto, para que lo hayas escuchado. Adiós.

Carta 4

Plinio saluda a su estimada Calvina.

Si tu padre hubiera estado endeudado con muchos o con cualquier otra persona distinta a mí, quizá hubiera cabido la duda de si podrías aceptar un legado oneroso incluso para un hombre. Pero, puesto que soy yo, movido por vínculos de amistad, una vez satisfechos todos los que eran, no digo los más molestos, sino los más impacientes, qiuen ha quedado como único acreedor, y puesto que, cuando vivía él, destiné cien mil sestercios como dote para tu boda además de aquella cantidad que tu padre dijo pagar en cierto modo de mi dinero (pues del mío debía ser costeada), tienes la total garantía de mi condescendencia con cuyo respaldo debes preservar su reputación y honor una vez muerto. Como prueba de esto, para no animarte más con palabras que con hechos, cualquier deuda que tu padre contrajo conmigo ordenaré que sea ingresada en tu cuenta. Y no debes temer que esta largueza me sea gravosa. En verdad tengo recursos modestos, un rango costoso, unarenta, a causa de la naturaleza de mis pequeños terrenos, no sé si más pequeña que insegura; pero aquello de lo que carezco por renta lo suple mi sobriedad, de la que se precipita, como de un manantial, mi generosidad. Con todo, ésta debe ser regulada de forma que no se agote con derroches fútiles; pero debe ser regulada en otros casos, pues, tratándose de ti,las cuentas le saldrán fácilmente, incluso si sobrepasa su límite. Adiós.

Carta 5

Plinio saluda a su estimado Luperco.

Te he enviado el discurso solicitado insistentemente por ti y prometido a menudo por mí, pero todavía no completo; pues aún hay una parte en vías de corrección. Entre tanto, lo que he creído acabado, no es inoportuno que lo someta a tu opinión. Te pidoque le dediques la atención propia del que escribe. Pues hasta ahora no me he ocupado de nada a lo que debiera prestar mayor interés. En efecto, en los demás discursos, presentaba a la consideración de los oyentes sólo mi escrupulosidad y lealtad, en éste, además, mi amor a la patria. Por ello también la obra se ha alargado, pues me complace embellecer y exaltar a la patria y a la vez colaboro en su defensa y fama. Tú, sin embargo, suprime cuanto dicte tu juicio. Pues, siempre que reparo en lo que causa aversión y placer a los lectores, veo que debo buscar el aprecio fundándome precisamente en una extensión moderada de la obra. Sin embargo, yo mismo, que reclamo de ti esta severidad, estoy obligado a pedir lo contrario, que en su mayor parte no frunzas el ceño. En efecto, se deben permitir ciertas licencias a los oídos de los jóvenes, sobre todo si el asunto no lo impide; pues es lícito detallar descripciones de lugares, que en esta obra serán bastante numerosas, no sólo a la manera de los historiadores, sino próximas a la de los poetas. No obstante, si hubiera alguien que creyera que la he compuesto más floridamente de lo que exige la gravedad de un discurso, las demás partes de la narración deberán mitigar su desencanto, por así llamarlo. En verdad, he procurado llegar a cualquier tipo de lector mediante la diversidad de estilo, y, así como temo que algunos no aprueben determinada parte en función de su propia índole, así también me parece que puedo confiar en que esta misma heterogeneidad lo haga favorable en su conjunto a cualquiera. Pues también en el ámbito de los banquetes, aunque cada uno nos abstengamos de la mayor parte de las viandas,sin embargo, todos solemos elogiar la comida en su conjunto, y lo que nuestro estómago rehúsa no le quita atractivo a aquello por lo que es cautivado. Y yo quiero que interpretes estas palabras así, no como si creyera que he logrado la perfección, sino como si me hubiera esforzado por lograrla, quizá no en vano si al menos tú prestas atención ahora a esefragmento y después a los que sigan. Argüirás que no puedes realizar esta labor consuficiente rigor a menos que conozcas antes el discurso completo: lo reconozco. No obstante, por el momento te familiarizarás con ese fragmento y habrá algún pasaje tal que pueda ser corregido por partes. En efecto, si vieras separada la cabeza de una estatua u otro miembro, ciertamente no podrías averiguar su proporción y su regularidad, pero sí podrías valorar si esa misma parte es suficientemente bella; los exordios de las obras se difunden no por otro motivo que porque se piensa que una parte está completa incluso sin las demás.

Cierto placer por hablar contigo me ha entretenido demasiado; pero finalizaré ya para no rebasar en una carta la medida que creo que también debe ser admitida para un discurso. Adiós.

Carta 6

Plinio saluda a su estimado Avito.

Es prolijo remontarse demasiado atrás y no importa cómo he llegado a comer en casa de cierto individuo poco amigo mío, generoso y austero, según él mismo, y mezquino a la vez que despilfarrador, según yo. Pues disponía copiosos manjares para él y para unos pocos y despreciables y escasos para los demás. Había distribuído también el vino en recipientes pequeños distinguiendo tres tipos, no para que hubiera posibilidad de escoger, sino para que no hubiera medio de rechazar: uno para él y para mí, otro para sus amigos menos íntimos (pues clasifica a sus amigos en diferentes grados) y otro para sus libertos y los míos. Lo advirtió el que estaba recostado junto a mí y me preguntó si lo aprobaba. Le dije que no; repuso: -“Entonces, ¿qué criterio sigues tú? -Brindo a todos lo mismo; pues invito a una comida, no a una afrenta, y trato de igual a igual en cualquier aspecto a quienes he igualado en mesa y triclinio. -¿También a los libertos? -También; pues entonces los considero comensales, no libertos. Y él: -Te costará mucho. -Muy poco. -¿Cómo es esoposible?Es posible porque, ciertamente, mis libertos no beben el mismo que yo, sino yo el mismo que mis libertos.” ¡Por Hércules! Si moderas tu apetito, no es costoso compartir con muchos lo que tú mismo disfrutas. Debe, pues, ser refrenado, debe ser, por decirlo así, regulado si te quieres abstener de gastos, por los que velarás con tu propia mesura másjustamente que con ultrajes ajenos.¿Para qué estas consideraciones?

Para que la suntuosidad de algunos en la mesa, acompañada de un aire de economía, no te influya a ti, joven de la mejor condición. Pues es necesario por el afecto que te profeso que, cuantas veces se me presente un caso de este tipo, te prevenga al hilo del ejemplo, sobre lo que debes evitar. Por tanto, recuerda que nada debe ser más evitado que esa nueva unión de suntuosidad y mezquindad; pues aunque divididas y aisladas son muy vergonzosas lo son en mayor medida cuando están unidas. Adiós.

Carta 7

Plinio a su estimado Macrino.

Ayer fue aprobada por el senado, a petición del príncipe, una estatua triunfal a Vestricio Espurina, no como a muchos, que nunca han estado en combate, que nunca han visto un campamento, que nunca, en fin, han escuchado las notas de las tubas excepto en los espectáculos, sino como a aquéllos que obtenían esa honra por su sudor, por su sangre y por sus acciones. Pues Espurina restableció en su trono por la fuerza de las armas al rey de los brúcteros y sometió por pavor a un pueblo muy belicoso mediante amenaza de guerra, lo que supone el tipo más glorioso de triunfo. Ciertamente ha recibido este homenaje a su valía y también un consuelo a su aflicción, porque se ha otorgado el honor de una estatua a su hijo Cocio, al que perdió cuando estaba ausente. Algo excepcional tratándose de un joven; pero también esto lo merecía su padre, cuya dolorosísima herida habría de ser calmada con tamaño apósito. Además, el propio Cocio había proporcionado un ejemplo tan eximio de comportamiento que su existencia, fugaz y efímera, debía ser dada a conocer con esta especie de inmortalidad. Pues tenía honestidad, rectitud y también autoridad en tan alto grado que podía rivalizar en virtud con aquellos ancianos con los que se ha igualado ahora en honor. Ciertamente con este honor, a mi juicio, se vela no sólo por el recuerdo del fallecido y por la aflicción de su padre, sino también por el afán de emulación. La concesiónde tales recompensas incluso a adolescentes, con tal que lo merezcan, estimulará a la juventud al buen comportamiento; la alegría si los han dejado vivos y un consuelo tan distinguido si los han perdido estimularán a los hombres más nobles a tener hijos. Por este motivo me alegro pública y no menos particularmente de la estatua de Cocio. Aprecié a estejoven de tan extraordinaria perfección tan apasionadamente como vivamente lo añoro ahora.Por tanto, me agradará en extremo contemplar su imagen de vez en cuando, volverme a verla de vez en cuando, detenerme a sus pies y ponerme ante ella. Pues si las efigies de los fallecidos erigidas en casa aminoran nuestra aflicción, ¡cuánto más aquéllas con las que se recuerda, en ubicación muy destacada, no sólo su aspecto y su cara, sino también su honor y su fama! Adiós.

Carta 8

Plinio a su estimado Caninio.

¿Estudias, pescas, cazas o todo a la vez? Pues todo ello puede realizarse a la vez en nuestro Lario. En efecto, de forma abundante el lago procura pesca; el bosque, por el que está rodeado el lago, fieras; esa soledad muy intensa, estudio. Pero ya hagas todo a la vez o ya sólo algo, no puedo decir: “te envidio”; sin embargo, me apena que no me esté permitido también a mí, cuando lo deseo tanto como los enfermos el vino, los baños y las fuentes. ¿Acaso no voy a poder romper estos vínculos tan apretados si no se me consiente soltarlos? No podré, creo. Pues a las antiguas se suman nuevas ocupaciones y, sin embargo, no se han terminado las primeras: la multitud de mis tareas, mayor cada día, se va prolongando con tantos compromisos, como tantas cadenas, por así llamarlas. Adiós.

Carta 9

Plinio saluda a su estimado Apolinar.

Me tiene angustiado y turbado la solicitud de mi estimado Sexto Erucio. Estoy preocupado y sufro como por otro yo la ansiedad que no tuve por mí; aparte de ello, está en juego mi honestidad, mi reputación y mi dignidad. Yo he conseguido de nuestro César para Sexto el rango senatorial y la cuestura; con mi voto tiene la posibilidad de pedir eltribunado; si no lo logra en el Senado, temo que parezca que he burlado al César. Por tanto, debo procurar que todos lo consideren tal como el príncipe creyó que era, confiando en mí. Si este motivo no estimulara mi afán, con todo, desearía que fuera ayudado un joven tan virtuoso, tan serio, tan instruido y, en última instancia, tan merecedor de cualquierelogio y, además de él, toda su familia. Pues su padre es Erucio Claro, hombre irreprochable, de antiguas costumbres, elocuente y ducho en litigios, que defiende con la mayor lealtad, con igual firmeza y con no menos discreción. Tiene como tío a C. Septicio, más cabal que el cual, más sencillo, más íntegro y más leal no he conocido nada. Todos me estiman a porfía y, pese a ello, en el mismo grado; ahora yo puedo darles las gracias a todos en una persona sola. Así, presiono a mis amigos, les imploro, los asedio, recorro casas y plazas, y pongo a prueba con mis súplicas en cuánto soy apreciado sea por mi influencia sea por los favores debidos y, te ruego que valores en mucho apoyarme en esta obligación. Yo, por mi parte, te devolveré el favor si me lo pides; te lo devolveré incluso si no me lo pides. Te aprecian, te respetan, y te visitan muchos; muestra sólo que tú lo quieres y no faltará quienes deseen lo que tú quieres. Adiós.

Carta 10

Plinio saluda a su estimado Octavio.

¡Hombre remiso o, mejor dicho, inflexible y casi despiadado, capaz de retener obras tan notables tanto tiempo! ¡Hasta cuándo tú y yo estaremos privados, tú del mayor elogio y yo del mayor placer? Permite que se propaguen por boca de los hombres y se divulguen en los mismos lugares en que se habla la lengua de Roma. Grande y ya prolongada es la expectación, que no debes malograr ni retardar ahora. Se han divulgado algunos versos tuyos y, a tu pesar, han roto su encierro. A no ser que los publiques juntos, alguna vez encontrarán, como fugitivos, alguien a quien le sean atribuidos. Ten presente tu condición mortal, de la que puedes escapar con sólo este testimonio; pues las demás cosas, frágiles y fugaces, sucumben y perecen no menos que los propios hombres. Me responderás, como acostumbras: “Eso es asunto de mis amigos”. Ciertamente deseo que tengas amigos tan leales, tan instruidos y tan diligentes que puedan y quieran encargarse de tan importante tarea y esfuerzo, pero mira no sea poco prudente aguardar deotros lo que no te proporcionas tú mismo. La publicación, ciertamente, hazla cuando quieras: pero, al menos, recítalos para que te agrade en mayor medida su edición y para que, de una vez, experimentes la satisfacción que presagio para ti desde hace tiempo no sin razón. Pues imagino qué concurrencia te puede aguardar, qué entusiasmo, qué aplausos, in-cluso qué silencio: yo, cuando hablo o recito, me complazco con éste no menos que con losaplausos siempre que sea un silencio intenso, atento y deseoso de escuchar lo siguiente. Estando tan dispuesta una recompensa de tal magnitud, permite despojar a tus trabajos de esa interminable vacilación; cuando ésta sobrepasa el límite conveniente, hay que temer que reciba el apelativo de apatía, de pereza o incluso de cobardía. Adiós.

Carta 11

Plinio a su estimado Arriano.

Te suele alegrar que suceda en el Senado algo merecedor de tal institución. En efecto, aunque estés retirado por deseo de tranquilidad, sin embargo, permanece en tu ánimo la preocupación por el honor del estado. Por tanto, escucha lo que ha ocurrido durante estos días, notorio por el rango del implicado, provechoso por la severidad del ejemplo e imperecedero por la importancia del asunto. Mario Prisco, ante una acusación de los africanos, de quienes fue procónsul, tras haber renunciado a su defensa, solicitó jueces. Cornelio Tácito y yo, nombrados defensores de la provincia, creímos que convenía a nuestra lealtad informar al Senado de que Prisco había sobrepasado con desmesura y crueldad las acusaciones por las que se podía conceder jueces, después de haber recibido dinero por condenar a inocentes e, incluso, por ajusticiarlos. Contestó Frontón Cacio y solicitó que la instrucción no sobrepasara el delito de concusión, y él, hombre muy diestro en hacer brotar lágrimas, hinchó todas las velas de su defensa como con cierta brisa de compasión. Enorme disputa; enorme griterío por todas partes: unos afirmaban que las diligencias del senado estaban delimitadas por ley; otros, que eran libres y sin trabas, y que se debía castigar en la medida en que hubiese delinquido el acusado. Julio Férox, cónsul recién nombrado, persona íntegra e irreprochable, manifestó entonces que, ciertamente, se le debían conceder jueces a Mario, y, además, que debían comparecer aquéllos alos que se decía que había vendido el castigo de inocentes. Esta opinión no sólo prevaleció, sino que, después de tantas disputas, fue la única que contó con el consenso generalizado; y la propia experiencia dejó patente que simpatía y lástima tienen enérgicas y violentas arremetidas iniciales y que, poco a poco, se calman como apagadas por la cordura yla reflexión. Así, sucedió que, lo que muchos defendían en medio del griterío, nadie, alguardar silencio los demás, quería manifestarlo; pues, cuando estás alejado de la multitud, se descubren las cosas que la multitud impide ver. Llegaron los comparecientes, Vitelio Honorato y Flavio Marciano; de ellos, Honorato estaba acusado de haber comprado por trescientos mil sestercios el destierro de un caballero romano y la muerte de siete amigos suyos; Marciano, por setecientos mil, cuantiosas torturas a un caballero romano; pues había sido golpeado con látigos, condenado a trabajos en la mina y estrangulado en la cárcel. Pero a Honorato una muerte a tiempo lo libró de las diligencias del senado, Marciano fue citado en ausencia de Prisco. Por eso, el excónsul Tucio Cerial solicitó, de acuerdo con lanormativa senatorial, que se le notificase a Prisco, ya porque pensaba que sería objeto de mayor lástima o de mayor odio si estuviera presente, ya porque (cosa que creo mayormente) era justo sobremanera que un delito cometido por varias personas fuera defendido por todas ellas y, si no podía ser refutado, se castigara a todas.

Se aplazó la vista para la siguiente reunión del senado, cuya misma contemplación fue muy majestuosa. La presidía el príncipe (pues era cónsul), además era el mes de enero, que destaca por la afluencia de senadores, principalmente, y del resto de ciudadanos; también, la importancia del proceso, la expectación, incrementada por el aplazamiento, los rumores y el deseo natural a los hombres de conocer los sucesos relevantes e infrecuentes habían estimulado a gentes de todas partes. Figúrate qué inquietud, qué temor teníamos nosotros, que debíamos hablar en asunto tan importante ante aquella asamblea en presencia del César. En verdad que he defendido causas en el Senado no una vez y además, en ninguna parte suelo ser escuchado con mayor benevolencia; sin embargo, entonces, todas las cosas, como si fueran desconocidas, me perturbaban con un temor desconocido. Advertía, además de lo que he expuesto anteriormente, la complejidad del proceso: comparecía ya un excónsul, ya un septénviro de los banquetes sagrados, ya una persona sin ninguno de los dos honores. Por tanto, era extremadamente complicado inculpar a un condenado sobre el que tanto pesaba la crueldad de la acusación, como le protegía una especie de compasión por la condena ya dictada. Sin embargo, de una u otra forma,concentré mi mente y mi pensamiento y comencé a hablar con una aprobación de los oyentes no menor que mi inquietud. Estuve hablando casi cinco horas, pues a las doce clepsidras, que había considerado muy amplias, me fueron añadidas cuatro más. Hasta tal punto aquellas cosas que me parecían difíciles y desfavorables cuando iba a comenzar a hablar, me resultaron propicias al decirlas. En verdad el César me mostró tanto afectoy también tanta atención (pues es demasiado hablar de interés) que repetidas veces advirtió a mi liberto, situado detrás de mí, que cuidara yo mi voz y mis pulmones, cuando él creía que me dejaba llevar más enérgicamente de lo que mi delgadez podía tolerar. En defensa de Marciano me contestó Claudio Marcelino. A continuación se suspendió la sesión del senado y fue convocada para el siguiente día, pues ya no cabía iniciar otro discurso sin que fuera interrumpido por la llegada de la noche.

Al siguiente día, en defensa de Mario habló Salvio Liberal, hombre sutil,metódico, agudo e ingenioso; ciertamente en este proceso mostró todo su talento. Le contestó Cornelio Tácito muy elocuentemente y, lo que destaca en sus discursos, solemnemente. En defensa de Mario habló, de nuevo, Frontón Cacio de forma brillante y, de acuerdo con lo que aquella situación exigía, agotó su turno más en ruegos que en la defensa. El ocaso puso fin a su discurso, pero no hasta el extremo de interrumpirlo. Por tanto, se dejó el examen de las pruebas para el tercer día. Ya era hermoso y propio de las viejas costumbres esto mismo: que las sesiones del senado fueran levantadas por la llegada de la noche, que fueran convocadas tres días consecutivos y que se mantuvieran tres días consecutivos. Cornuto Tértulo, cónsul electo, hombre distinguido y muy inquebrantable en la defensa de la verdad, propuso que los setecientos mil sestercios que había recibido Mario fueran entregados al tesoro público, que Mario fuera desterrado de la ciudad y de Italia, y Marciano, además de estos lugares, de África. En la última parte de su intervención añadió que, como Tácito y yo habíamos desempeñado el encargo recibido de forma escrupulosa y valerosa, el Senado estimaba que nosotros habíamos obrado de forma acorde con las funciones encomendadas. Estuvieron de acuerdo los cónsules electos y también todos los excónsules hasta que intervino Pompeyo Colega: él propuso que los setecientos mil sestercios fueran entregados al tesoro público, que Marciano fuera desterrado por cinco años y que a Mario le correspondiera sólo el castigo del delito de concusión que ya había sufrido. Había numerosos partidarios de una y otra opinión; tal vez incluso más de esta últimapor más moderada o más suave. Pues también algunos de los que parecían estar de acuerdo con Cornuto se adherían al que había hecho la propuesta después que ellos. Pero, al llegar la votación, quienes se encontraban cerca de los asientos de los cónsules comenzaron a decidirse por la opinión de Cornuto. Entonces, aquéllos que habían determinado apoyar a Colega se pasaron al otro bando y Colega quedó con pocos. Mucho después, él se halamentado de sus propios partidarios, sobre todo de Régulo, quien cambió la opinión que él mismo había propuesto. Por otra parte, Régulo es de carácter tan voluble que o bien se pasa de atrevido o bien de temeroso. Este fue el término de una instrucción muy extensa. Sin embargo, queda un asuntillo desagradable, no insignificante: Hostilio Fírmino, lugarteniente de Mario Prisco, que, encartado en este proceso, fue maltratado con intensidad y con violencia. En efecto, según las cuentas de Marciano y el discurso que había pronunciado ante la asamblea de loshabitantes de Leptis, quedaba demostrado que había prestado ayuda a Prisco en su muy indecoroso gobierno, que se había hecho prometer de Marciano cincuenta mil denarios y que él mismo había recibido, además, diez mil sestercios por un pretexto ciertamente muy indigno: a título de perfumista, lo cual no es contradictorio con el modo de vida de una persona en todo momento acicalada y depilada. Pareció bien, a propuesta de Cornuto, tratar este asunto en la siguiente sesión del senado; pues entonces estaba ausente por azar o a propósito.

Ya conoces los asuntos de la ciudad; cuéntame, en contrapartida, los del campo. ¿Cómo se encuentran tus arboledas, cómo tus viñas, cómo tus mieses, cómo tus muy delicadas ovejas? En fin, a no ser que devuelvas una carta igualmente extensa, no es posible que aguardes luego alguna mía excepto muy breve. Adiós.

Carta 12

Plinio saluda a su estimado Arriano.

Aquel asuntillo desagradable que te conté hace poco que quedaba del proceso de Mario Prisco ha sido cincelado y limado, no sé si suficientemente. Fírmino, en su comparecencia ante el Senado, contestó a la conocida acusación. Siguieron diferentes opiniones de los cónsules electos. Cornuto Tértulo propuso que se le expulsara del Senado;Acucio Nerva, que no tomara parte en el sorteo para asignar las provincias. Prevaleció esta última opinión como la más moderada, aunque, en otro sentido, es más penosa y amarga. Pues, ¿qué es más lamentable que alguien, privado e impedido de las honras senatoriales, no esté exento de sus tareas e incomodidades? ¿Qué más embarazoso que alguien, afectadopor tanto oprobio, no se pueda mantener en un lugar apartado, sino que se preste obligato-riamente a ser mirado y señalado en este muy insigne escaparate? Además, ¿qué es oficialmente menos conveniente o apropiado? ¡Que alguien, censurado por el Senado, se siente en el Senado, que se iguale con aquellos mismos por quienes ha sido censurado, que, excluido del proconsulado porque se ha comportado ignominiosamente en su cargo, juzgue sobre los procónsules y que, culpable de vilezas, declare culpables o inocentes a otros! Pero a los más les ha parecido bien esto. Pues las opiniones se cuentan, no se pesan; y no puede hacerse otra cosa en una asamblea en la que nada es tan desigual como la mismaigualdad. En efecto, aunque el conocimiento sea diferente, el derecho de todos es el mismo. He cumplido mi promesa y he mantenido la palabra de mi última carta, que supongo ya habrás recibido, dado el tiempo transcurrido; pues se la encomendé a un correo rápido y diligente, a no ser que haya encontrado algún obstáculo en su camino. Ahora es tu turno para que recompenses, primero, aquélla y, luego, esta última con cartas tan fecundas como desde allí pueden venir. Adiós.

Carta 13

Plinio a su estimado Prisco.

Tú aprovecharás muy gustosamente la oportunidad de conquistarme y yo no me obligo a nadie con mayor agrado. Así pues, por estos dos motivos, he decidido solicitarte especialmente a ti algo que deseo lograr por encima de todo. Mandas un ejército numerosísimo: por eso, has tenido gran oportunidad de hacer favores y, sobre todo, tiempo dilatado en el que has podido engrandecer a tus amigos. Atiende a los míos y de ellos a algunos. Realmente tú preferirías hacerlo con muchos, pero a mi pudor le basta uno o dos y, fundamentalmente, uno. Se trata de Voconio Romano. Su padre ilustre en el orden ecuestre; más ilustre su padrastro, mejor dicho, su segundo padre (pues sustituyó también a esa denominación por su bondad); su madre de familia principal. El mismo hasido recientemente ‘flamen’ de la Hispania Citerior (conoces la forma de pensar de esta provincia y cúan grande es su rigurosidad). Lo aprecié entrañable e íntimamente cuando estudiábamos juntos; ha sido compañero mío en la ciudad y en el campo, he compartido con él los asuntos serios, con él los juegos. Pues, ¿existe algo más leal como amigo o másagradable como compañero que él? El encanto es admirable en su charla, admirable tam-bién en su misma voz y en su semblante. Además, su talento, eximio, sagaz, dulce, espontáneo e instruido en litigios; ciertamente, escribe cartas tales que podrías creer que las mismas Musas hablan en latín. Yo lo estimo mucho, pero él no me va a la zaga. En verdad, cuando ambos éramos jóvenes le ofrecí muy gustosamente cuanto pude en función de mi edad y hace poco he obtenido para él de nuestro excelente príncipe el derecho por tres hijos; éste, aunque lo otorga rara vez y de forma selectiva, sin embargo, me lo ha otorgado como si él mismo lo escogiera. No puedo salvaguardar estos favores míos de ningún modo mejor que incrementándolos, sobre todo porque él mismo los aprecia de talmanera que, en tanto que recibe los primeros, es merecedor de los siguientes. Quedas informado de cómo es, de cómo lo estimo y lo quiero; te solicito que lo favorezcas en virtud de tu carácter y tu propia situación privilegiada. Sobre todo, estímalo; pues, aunque le concedas los favores más importantes que puedas, sin embargo, ninguno puedes más importante que tu propia amistad; para que sepas especialmente que es capaz de ella hasta para una profunda intimidad te he contado sucintamente sus intereses, sus costumbres y, en suma, toda su vida. Prolongaría mis súplicas si a ti te gustara ser objeto de mis ruegos largo tiempo y yo no lo hubiera hecho en toda la carta; pues pide, y ciertamente con muy buen resultado, quien expone los motivos de su petición. Adiós. 14. C.Plinio saluda a su estimado Máximo. Estás en lo cierto; me tienen ocupado los procesos centunvirales que me fatigan más que agradan. Pues la mayor parte de ellos son insignificantes y mezquinos; esporádicamente se presenta alguno notable por la celebridad de los implicados o por la importancia del asunto. Además, hay muy pocos con quienes agrade actuar; los demás, osados y también, en gran parte, jóvenes desconocidos, han acudido aquí a perorar tan irrespetuosa e irreflexivamente que me parece que nuestro Atilio llevaba razón cuandocomentaba que los niños empiezan en el foro desde procesos centunvirales como desde Homero en las escuelas. Pues tanto en un sitio como en otro se comienza por lo más grande. Pero ¡por Hércules!, antes de mi época (los de más edad así acostumbran a contarlo) los jóvenes, ni siquiera los de más alto rango, podían intervenir si no los presen-taba algún excónsul: con tanto respeto era honrado este muy noble ejercicio. Ahora, rotas las barreras de la modestia y del respeto, todo está abierto a todos y no son presentados, sino que irrumpen por sí mismos. Les atienden oyentes parecidos a estos actores, comprados y sobornados. Se busca un jefe de claque; se ofrecen dádivas en plena sala de juicios, tan ostensiblemente como en un comedor; por recompensa tal se acude de juicio en juicio. Por esto, han sido llamados no sin gracia sofocleos, porque claman sofós; a éstos mismos se les aplica el nombre latino laudicenos; sin embargo, esta infamia, designada en las dos lenguas, se acrecienta cada día más. Ayer dos esclavos míos (tienen realmente laedad de los que hace poco han tomado la toga) fueron incitados a mostrarse elogiosos por tres denarios cada uno. Tanto vale ser muy elocuente. Con esta paga se abarrotan los escaños aunque sean numerosos; con ella se concita una enorme asamblea; con ella se provocan aplausos sin cuento cuando el jefe de coro da la señal. En efecto, se necesita una señal para los no entendidos y ni siquiera oyentes, pues la mayor parte no oye ni elogia a nadie más. Si alguna vez pasas por la sala de juicios y quieres saber de qué manera habla cada uno, no tienes que entrar al juicio ni que prestar atención; es sencillo adivinarlo: sabrás que quien habla peor es el más elogiado.

Larcio Licino presentó el primero este tipo de audiencia, pero reunía a sus oyentes sólo con muchas súplicas. Recuerdo haberlo escuchado ciertamente así de Quintiliano, mi maestro. Contaba él: “Acompañaba yo a Domicio Afer. Al estar hablando ante los centúnviros severa y lentamente (pues éste era su tipo de discurso), escuchó en sus cercanías un griterío desmesurado y desacostumbrado. Calló sorprendido; cuando se hizo el silencio, prosiguió lo que había interrumpido. De nuevo el griterío; de nuevo calló, y, después que hubo silencio, comenzó a hablar. Y así una tercera vez. Finalmente preguntó que quién hablaba. Se le respondió: ‘Licino’. Entonces, abandonando el proceso, dijo: ‘centúnviros, este arte ha muerto’“. Por lo demás, comenzaba a morir cuando le parecía a Afer que había muerto, pero ahora está completamente aniquilado y destruido. Me avergüenza relatar qué discursos se declaman con dicción tan vacilante y con qué lánguidosclamores son acogidos. A estos cantos les falta sólo el aplauso y, más bien, címbalos y tímpanos; en verdad, sobran especialmente alaridos (pues no puede expresarse con otro término una aclamación inconveniente incluso en los teatros). Sin embargo, todavía me retrasan y detienen el servicio a mis amigos y la consideración de mi edad; pues temo que quizás parezca no que haya abandonado estos actos vergonzosos, sino que haya evitadoel trabajo. Sin embargo, voy más esporádicamente de lo que acostumbraba, lo cual supone el comienzo de una retirada paulatina. Adiós. 15.C.Plinio saluda a su estimado Valeriano. ¿Cómo te van tus antiguas posesiones en la región de los marsos? ¿Cómo la nueva compra? ¿Te agradan los campos después de haber tomado posesión de ellos? Cosa, por cierto, poco frecuente, pues nada es tan grato para uno si lo consigue quesi lo desea. A mí la hacienda de mi madre me trata muy poco favorablemente; sin embargo, me agrada en tanto que de mi madre y, por otra parte, el largo padecer me ha hecho insensible. Así finalizan los lamentos frecuentes: que se avergüenza uno de lamentarse. Adiós.

Carta 16

Plinio saluda a su estimado Anio.

Ciertamente, de acuerdo con tu escrupulosidad, me aconsejas que los codicilos de Aciliano, que me nombró heredero de una parte, sean tenidos por no escritos ya que no aparecen en su testamento; esta ley ni siquiera para mí es desconocida, porque incluso es conocida para aquellos que no saben ninguna otra cosa. Pero yo me he impuesto cierta norma particular: respetar las decisiones de los fallecidos como si estuvieran en regla, aunque no se ajusten a derecho. Además, está claro que estos codicilos fueron manuscritos por el propio Aciliano. Por tanto, aunque no aparezcan en su testamento, sin embargo, los consideraré como ratificados, sobre todo porque no hay pretexto para un acusador. Pues si hubiera lugar a temer que el erario público confiscara lo que yo hubiera legado, habría de ser tal vez más circunspecto y precavido; pero, como se permite conceder al heredero lo que queda en la herencia, no hay nada que obstaculice aquella norma mía, conla cual las leyes no chocan. Adiós.

Carta 17

Plinio saluda a su estimado Galo.

Te preguntas por qué me agrada tan intensamente mi hacienda de Laurentino o (si lo prefieres así) de Laurens; dejarás de preguntártelo cuando conozcas el encanto de la villa, la comodidad del paraje y la extensión de su playa. Dista de la ciudad diecisiete mil pasos, de modo que, una vez resueltos los asuntos que uno tenga que hacer, puedes permanecer allí sin acortar ni disminuir la jornada. Se va no sólo por un camino; pues la Vía Laurentina y la Ostiense conducen al mismo sitio, pero hay que desviarse de la Laurentina en el decimocuarto mojón y de la Ostiense en el undécimo. Por ambos lados se toma unsendero arenoso en un tramo, algo dificil y largo para los carros, corto y suave para un caballo. El paisaje es distinto aquí y allá: pues unas veces el camino se estrecha por bosques que salen al paso y, otras, se extiende y avanza por vastas praderas; allí numerosos rebaños de ovejas, numerosas manadas de caballos y bueyes que, alejados de las montañas en invierno, engordan gracias al pasto y a la bonanza propia de la primavera. La villa es suficiente para todas mis necesidades, su mantenimiento no costoso. En su entrada un atrio modesto, pero no insignificante; luego, un pórtico redondeado en forma de D, que contiene un patio muy pequeño, pero gracioso. Éste es un refugio excelente para el mal tiempo; pues está protegido con cristales y, sobre todo, con el saliente del tejado. Frente a su parte central hay un alegre patio interior, luego un comedor muy bello que se prolonga hacia la playa y que, si alguna vez el mar es empujado por el ábrego, queda bañado ligeramente por las sucesivas batidas del oleaje. En todos los lados tiene puertas y ventanas no más pequeñas que las puertas, y se orienta, así, por los lados y por el frente como a tres mares distintos; por la espalda da al patio interior, al pórtico, al patio pequeño, de nuevo al pórtico, luego al atrio, los bosques y los montes lejanos. En su lado izquierdo, un poco más adentro, hay una habitación grande, a continuación otra más pequeña, que acoge los rayos del sol naciente por una ventana y conserva los del sol poniente por la otra; por ésta también se ve el mar extendido ciertamente más lejos, pero más apacible. La habitación y el comedor, en su intersección forman un rincón que retiene y acrecienta los rayos más re-fulgentes del sol. Ésta es la habitación de invierno, éste también el gimnasio de mi gente; allí todos los vientos permanecen callados, salvo los que producen nublado y nos arrebatan el buen tiempo pero no el disfrute del lugar. Al rincón se une una habitación abovedada en forma de ábside que por todas sus ventanas acompaña la trayectoria del sol. Adosado a una pared de ella, a manera de biblioteca, hay un armario que guarda no los li-bros de lectura, sino los de consulta. Sigue un dormitorio con un conducto a través que, elevado y hueco, distribuye y suministra por todos sitios a temperatura adecuada el aire caliente generado. Los demás sitios de este ala están destinados a criados y libertos, la mayoría tan impecables que podrían acoger invitados. En la otra ala hay una habitación muy elegante; a continuación otra habitación grande o pequeño comedor que resplandece por el abundante sol y por el abundante reflejo del mar; después de ésta, otra habitación con su antesala, apta para el verano por estar elevada, apta para el invierno por sus abrigos, pues está protegida de cualquier viento. A esta habitación, por un tabique común, está unidaotra también con antesala. A continuación, la sala de baños fríos, amplia y extensa, en cuyos tabiques opuestos hay dos pilas de forma redonda como empotradas, bastante grandes si tienes en cuenta la proximidad del mar. Junto a ella se encuentra un perfumadero y la habitación de la calefacción; se encuentra tamibén la estufa del baño, luego dos cuartos más elegantes que ostentosos; a ellos se une una extraordinaria piscina de agua caliente, desde la que los nadadores ven el mar; y no lejos el lugar destinado al juego de pelota, que se encuentra con el sol muy templado al final del día. Aquí se yergue una torre, en cuya parte baja hay dos estancias, otras dos en ella misma y, además, un comedor que tiene vistas a una gran extensión de mar, a una muy vasta costa y a muy agradables villas. Hay también otra torre; en ella una habitación por la que el sol sale y se pone; detrás, una despensa grande y un granero, debajo de éste un comedor que no está turbado por nada excepto por el estruendo y el sonido del mar agitado, y éste, ya débil y amortiguado; mira al jardín y al paseo de las literas que rodea al jardín. El paseo de las literas está rodeado de boj o de romero donde falta el boj; en efecto, el boj, por la zona en la que está protegido, verdeguea copiosamente, pero se seca a la intemperie, expuesto al viento y a la salpicadura del mar, aunque lejana. Junto al paseo de las literas, formando un espacio circular interior, hay un majuelo umbrío y tierno y suave incluso para los pies descalzos. El jardín lo cubren abundantes moreras e higueras, árboles para los que esta tierra es extremadamente fértil, muy estéril para los demás. Un comedor, alejado del mar, disfruta deeste paisaje, no inferior al del mar; está rodeado a la espalda por dos estancias, bajo cuyas ventanas se encuentra el vestíbulo de la villa y un segundo jardín feraz y sencillo. Desde aquí parte una galería cerrada, propia casi de una obra pública. A ambos lados ventanas, la mayoría orientadas al mar y unas pocas al jardín, pero colocadas alternativamente frente a las otras. Cuando el tiempo es tranquilo y apacible, se abren todas sininconveniente; cuando está alterado por los vientos que soplan de uno u otro lado, sólo por donde los vientos están en calma. Delante de esta galería cerrada una terraza perfumada con violetas. La galería cerrada incrementa la temperatura templada por la reverberación del sol; retiene el sol, a la vez que impide y rechaza al aquilón y, cuanto calor hay delante, tanto fresco hay detrás; igualmente detiene al ábrego y, de este modo, debilita y pone límites a estos vientos tan contrarios, a uno por un lado y al otro por el otro. Éste su encanto en invierno, mayor en verano. Pues, antes de mediodía, refresca la terraza y,después de mediodía, el lugar más cercano al paseo de literas y al jardín con su propia sombra, que, a medida que la duración del día crece o mengua, cae en un lugar o en otro más o menos tiempo. Ciertamente, la misma galería cerrada está privada de sol sobre todo cuando, muy tórrido, ocupa su cenit. Además, con las ventanas abiertas recibe y deja pasar los vientos del oeste, y no se carga nunca por el ambiente inerte y cerrado. En el extremo de la terraza, a continuación de la galería cerrada del jardín, hay un pabellón, mis delicias, de verdad, mis delicias. Yo mismo lo hice construir. En él un solarium orientado por un lado a la terraza, por el otro al mar y por ambos al sol; la habitación, sin embargo, por su puerta lo está a la galería cerrada y por su ventana al mar. En el centro de un tabique se halla apartado un gabinete muy coqueto que, mediante una mampara de cristal y unas cortinas echadas o retiradas, queda unido o separado de la habitación. Contiene una cama y dos butacas; por los pies el mar, por la espalda las villas y por encima los bosques; la visión de tantos sitios está separada y se mezcla por otras tantas ventanas. Está unida a él una habitación para la noche y el sueño. No llegan a ella los gritos de los jóvenes esclavos ni el bramido del mar ni el fragor de las tormentas ni el resplandor de los rayos y ni siquiera la luz del día a no ser con las ventanas abiertas. La causa de soledad tan profunda y silenciosa estriba en que un corredor, situado en medio, separa los tabiques de la habitación y del jardín y, de este modo, impide cualquier ruido por su oquedad central. Está adosada a la habitación una cámara de calefacción muy pequeña, que por una estrecha abertura extraeo conserva el calor de dentro según sea necesario. Desde allí se extienden una antesala y una habitación orientadas al sol, al que conservan en su salida y luego, recibido después de mediodía, incluso en su ocaso, pero conservándolo. Cuando me retiro a este pabellón, me parece que estoy ausente incluso de mi propia villa y me solazo considerablemente, sobre todo, en Saturnales cuando el resto de la hacienda retumba con el desenfreno de esosdías y los gritos festivos, pues ni yo interrumpo las diversiones de los míos ni ellos mis estudios. Tal comodidad y tal encanto carece de agua corriente, pero tiene pozos y sobre todo fuentes; pues están cerca de la superficie. La naturaleza de esta costa es absolutamente admirable; donde remueves la tierra, se encuentra agua fácil y accesible, y además potable, no salina ni siquiera un poco, pese a su extrema proximidad con el mar. Los bosques cercanos suministran madera en gran cantidad; la población de Ostia proporciona los demás recursos. Sin duda, a una persona sobria le basta incluso la aldea, de la que está separada por una sola villa. En ella hay tres baños dignos, enorme ventaja si por ca-sualidad una llegada repentina o una estancia corta desaconsejan hacer calentar el baño de casa. La costa la embellecen, por su agradable variedad, los tejados de las villas, ya ininterrumpidos ya intercalados, que ofrecen la apariencia de numerosas ciudades de la que puedes gozar desde el mar o desde la misma playa; a ésta alguna vez una bonanza prolongada la ablanda, pero mucho más a menudo el oleaje habitual y adverso la hace impracticable. El mar, ciertamente, no es rico en pescados de lujo; sin embargo, ofrece excelentes lenguados y camarones. En verdad, mi villa presenta también otros recursos del interior, sobre todo leche; pues los ganados afluyen aquí desde los pastos cuando buscan agua o sombra.

¿No te parece que habito este retiro, que vivo en él y que lo aprecio por motivos fundados? Si no lo deseas eres en exceso amante de la ciudad. Y ¡ojalá lo desees! Para que a tantos y tales encantos de mi pequeña villa se añada el enorme honor de tu compañía. Adiós.

Carta 18

Plinio saluda a su estimado Maurico.

¿Qué me puedes encargar más agradable que buscar un maestro a los hijos de tu hermano? En efecto, al ayudarte regreso a la escuela y, por así decirlo, reanudo aquellaépoca grata sobremanera: me siento entre jóvenes, como acostumbraba, y observo incluso cuánta autoridad tengo entre ellos por mis estudios. Pues hace poco, en una sala abarrotada, bromeaban entre ellos, en voz alta, en presencia de muchas personalidades de nuestro rango; entré y callaron; no te lo contaría si no supusiera un elogio más para ellosque para mí y si no quisiera que confiaras en una adecuada educación para los hijos de tuhermano. Queda que cuando haya escuchado a los que se dedican a este menester, te escriba qué opinión tengo de cada uno y trate, cuanto pueda conseguir con una carta, que te parezca haberlos escuchado en persona a todos. Pues te debo a ti y debo al recuerdo de tu hermano este favor, este esfuerzo, sobre todo tratándose de algo tan importante. Pues, ¿qué puede preocuparte más que esos hijos (diría tuyos, a no ser porque ahora los quieras más) sean considerados dignos de aquel padre suyo y de ti, su tío? Esta tarea la habría reclamado para mí, aunque no me la hubieras encomendado. Y no desconozco que deboasumir los agravios inherentes a la elección de profesor, pero es conveniente que yo soporte por los hijos de tu hermano no sólo agravios, sino también enemistades con el mismo espíritu que los padres lo hacen por los suyos. Adiós.

Carta 19

Plinio saluda a su estimado Cerial.

Me aconsejas que lea el discurso ante muchos amigos. Lo haré porque lo aconsejas, aunque tengo muchas dudas. Pues no se me escapa que las defensas leídas pierden toda su fuerza, su ardor y casi su propio nombre; que suelen avalorarlas a la vez que mejorarlas la presencia de jueces, la nombradía de los abogados, el interés del asunto, la existencia de más de un orador y la simpatía de los oyentes por las partes; además, los ademanes del que habla, la forma de andar, también su conversación y la energía de su cuerpo en consonancia con toda su variedad de pensamiento. Así se explica que quienes actúan sentados, aunque tengan en su mayor parte las mismas cualidades que los que lo hacen de pie, sin embargo, al estar sentados, parece que éstas se debilitan y menguan. Ciertamente los que leen echan por tierra los principales recursos de la declamación, de la mirada y de las manos. Por ello no es extraño que se relaje la atención de los oyentes, no cautivada externamente por estos aderezos ni estimulada con sutilezas. Se añade a estosinconvenientes que el discurso del que hablo se opone a otro y es, por así decir, refutatorio. Además, la naturaleza dispone todo de tal modo que lo que redactamos con esfuerzo pensamos que también es escuchado con esfuerzo. Pues, en verdad, ¿cuántos oyentes hay tan serios que no disfruten con palabras agradables y enfáticas más que con austeras yconcisas? Ciertamente es muy desagradable esta controversia; sin embargo, se produceporque muchas veces los oyentes reclaman una cosa y los jueces otra, aunque, por lo demás, el oyente debería fijarse, sobre todo en los hechos que le influirían en mayor medida, si él mismo fuera juez. Sin embargo, puede suceder que, a pesar de estos inconvenientes, la novedad atraiga la atención hacia esta obra, novedad entre nosotros; pues entre los griegos hay alguna que, aunque diferente, no es, sin embargo, completamente distinta. En efecto, del mismo modo que entre ellos era costumbre demostrar el error de las leyes que consideraban contrarias a las anteriores mediante la confrontación de unas con otras, así lo que yo postulaba que se refería a la ley de concusión he tenido que extraerlo no sólo de estamisma ley, sino de otras; esto, de ningún modo atractivo para los oídos de los no entendidos, debe obtener favor entre los expertos en mayor medida cuanto menos lo obtiene entre los inexpertos. Yo, por mi parte, si decidiera leerlo, invitaré a público muy ilustrado. Pero reflexiona escrupulosamente todavía si debe ser leído, valora en un sentido y en otro todos los argumentos que he utilizado y escoge aquello en lo que salga victoriosa la razón. Pues a ti se te exigirá la razón, a mí me disculpará el haberte complacido. Adiós.

Carta 20

Plinio a su estimado Calvisio.

Prepara una moneda y escucha una historia que vale su peso en oro; o mejor, historias, pues la última me recuerda otras anteriores y no importa por cuál debo empezar. Se encontraba muy enferma Verania, esposa de Pisón, me refiero a aquel Pisón adoptado por Galba. Fue a verla Régulo. ¡Gran desvergüenza la de un hombre que va a ver a una enferma, de cuyo esposo había sido muy enconado enemigo y para ella misma muy odiado! Pase que vaya solamente, pero incluso se sentó cerca de su lecho y le preguntó en qué día y en qué hora había nacido. Cuando le contestó, con estudiada expresión, fija sus ojos, gesticula con los labios, mueve los dedos y cuenta. Nada. Después de haber dejado largo tiempo en la duda a aquella desgraciada, dice: “Te encuentras en un momento crítico, perote librarás. Para asegurarte mejor, consultaré a un harúspice al que he puesto a prueba a menudo”. Sin retraso, realiza un sacrificio y confirma que las entrañas se corresponden con la indicación de los astros. Ella, como una persona confiada en una situación límite, solicita unos codicilos y redacta un legado en favor de Régulo. Luego empeora y gritamoribunda: ‘hombre perverso, desleal y aún más que perjuro, capaz de jurar en falso por lasalud de su hijo’. Régulo, con no menos maldad que frecuencia, suele dirigir a la cabeza de su desdichado hijo la cólera de los dioses, a quienes él mismo burla a diario. Veleyo Bleso, aquel excónsul opulento, sufría una enfermedad mortal y deseaba modificar su testamento. Régulo, como confiaba obtener algo de esos segundos legajos porque había empezado a ganárselo recientemente, incitaba y pedía a los médicos que de la forma que fuera alargaran la vida a este hombre. Después de sellar el testamento, cambiade papel, invierte su discurso y dice a los mismos médicos: “¿Hasta cuándo vais a atormentar a este desgraciado? ¿Por qué priváis de una muerte digna a quien no podéis conceder la vida?” Fallece Bleso y, como si lo hubiera escuchado todo, a Régulo ni un céntimo. ¿Bastan dos historias o, de acuerdo con la norma de la escuela, me solicitas una tercera? Hay de donde sacarla. Aurelia, distinguida mujer, se había puesto unos vestidos muy hermosos para sellar su testamento. Régulo se presentó al acto de sellarlo y le dijo: “Te pido que me los dejes a mí”. Aurelia creía que este hombre bromeaba, pero él insistía de veras; en resumen, obligó a la mujer a reabrir los legajos y dejarle los vestidos que llevaba puestos; la acechó mientras escribía y examinó si lo había escrito. Aurelia ciertamente vive, pero él la obligó a esto como si estuviera a punto de fallecer. Él recibe herencias y donaciones, como si las mereciera. “Pero, ¿por qué extenderme” en esta ciudad en la que la disipación y la perversidad alcanzan ya hace tiempo recompensas no menores, incluso mayores que el pudor y la virtud? Mira a Régulo, que de pobre y mezquino ha conseguido llegar, mediante acciones vergonzosas, a tantas riquezas que, según él mismo me comentó, al consultar con cuánta rapidez iba a tener sesenta millones de sestercios, había encontrado el doble de entrañas, con las cuales se le presagiaba que iba a conseguir ciento veinte millones. Y los conseguirá, si como ha empezado a hacer, dicta testamentos desfavorables a los testadores, hecho que es el tipo de falsedad más perverso. Adiós.