Cartas de Plinio el Joven

Cayo Plinio Cecilio Segundo

Las Cartas de Plinio el Joven, también llamadas las Epístolas de Plinio el Joven, han sido objeto de estudio durante siglos, ya que las mismas ofrecen una mirada única e intima a la vida cotidiana de los romanos del siglo I d. C. A través de sus cartas el escritor y abogado romano Plinio el Joven (cuyo nombre completo era Cayo Plinio Cecilio Segundo) debate sobre cuestiones filosóficas y morales; pero a su vez también discute sobre asuntos cotidianos y temas relacionados con sus tareas administrativas. Una de estas cartas, la carta 16 del libro VI, dirigida a Tácito, posee un valor histórico sin igual. En esta Plinio describe la erupción del Monte Vesubio en el año 79 d. C. que destruyó a la ciudad de Pompeya.

Muchos estudiosos afirman que con sus cartas Plinio inventó un nuevo género literario: el de la carta escrita no sólo para entablar una comunicación amena con los pares sino para además publicarla posteriormente. Plinio recopiló copias de cada carta que escribió a lo largo de su vida y publicó las que consideraba las mejores en doce libros.

Cartas de Plinio el joven

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Notas

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Libro I

Carta 1

Plinio saluda a su estimado Septicio.

Repetidamente me has animado a reunir y a editar las cartas que, con un poco de esmero, hubiese escrito. Las he reunido sin guardar un orden cronólogico (pues no redactaba una historia), sino como cada una iba llegando a mis manos. Resta que no lamentes tú el consejo ni yo el cumplir tu deseo. Así, pues, haré por buscar las que hasta ahora están olvidadas y por no omitir otras que añada. Adiós.

Carta 2

Plinio saluda a su estimado Arriano.

Puesto que preveo que tu llegada se va a retrasar, te presento el libro que te había prometido en anteriores cartas. Te pido que lo leas y corrijas según tu costumbre, tanto más porque me parece que no he escrito nunca con el mismo afán de emulación nada igual. Pues he intentado imitar a Demóstenes, siempre tu predilecto y a Calvo, desde ha poco el mío, pero sólo en los procedimientos de estilo; en efecto el vigor de tales hombres lo pueden conseguir “unos pocos a los que un favorable…”. Y el asunto mismo (temo hablar con presunción) no se ha opuesto a esta imitación; pues casi todo él se fundaba en un esfuerzo oratorio que a mí, adormecido por una prolongada pereza, me ha estimulado, si es que soy de los que pueden ser estimulado. No he evitado, sin embargo, totalmente la ampulosidad de nuestro Marco, cuantas veces encantos no inoportunos me incitaban a alejarme un poco del camino; pues prefería ser agudo, no grave. Y no vayas a pensar que por esta licencia solicito la venia. En efecto, para lograr que corrijas con el mayor cuidado, te confesaré que yo mismo y mis amigos no desaprobamos su publicación, a condición de que añadas a nuestro posible yerro tu aprobación. Pues debe ser publicado ciertamente algo y, ojalá, sea preferentemente lo que está dispuesto (escuchas el deseo de la pereza). Además, se debe publicar por muchos motivos, especialmente porque se dice que los escritos que he editado están en todas las manos aunque hayan perdido ya el atractivo de su novedad, si es que los libreros no halagan mis oídos. Pero, aceptemos que sean halagos, con tal que, a través de este engaño, hagan propaganda a mis trabajos. Adiós.

Carta 3

Plinio saluda a su estimado Caninio Rufo.

¿Qué sucede en Como, recreo tuyo y mío? ¿Qué en la muy agradable finca próxima a la ciudad? ¿Qué en aquel pórtico siempre en primavera? ¿Qué en el platanar muy umbroso? ¿Qué en el canal verde y brillante? ¿Qué en el lago próximo y tributario suyo? ¿Qué en aquel paseo de literas blando y, sin embargo, firme? ¿Qué en aquel baño al que llena y rodea muchísimo sol? ¿Qué en aquellos triclinios de uso ordinario y en aquellos otros reservados? ¿Qué en las habitaciones para el día y para la noche? ¿Te tienen y comparten alternadamente? ¿Acaso, como acostumbrabas, eres reclamado por frecuentes viajes con la intención de ocuparte de tus bienes patrimoniales? Si te tienen, eres afortunado y dichoso, si no, uno de tantos. ¿Por qué tú (pues es el momento) no encomiendas las labores mezquinas y despreciables a otros y te dedicas tú mismo en ese profundo y fecundo retiro al trabajo intelectual? Ésta sea tu ocupación, éste tu ocio, ésta tu actividad, éste tu sosiego, en éste se apoye tu vigilia, en éste también tu sueño. Modela y forja algo que sea para siempre tuyo. En efecto, tus demás pertenencias, después de ti, caerán en suerte a uno u otro dueño; esto no dejará nunca de ser tuyo si comienza de una vez. Sé a qué mente, a qué inteligencia animo; tú esfuerzate sólo en valorarte tanto, cuanto parecerás a los otros, si tú te valoras. Adiós.

Carta 4

Plinio saluda a su suegra Pompeya Celerina.

¡Cuántos medios hay en tus residencias de Ocrículo, de Narni, de Cársula, de Perusia; en la de Narni, incluso está preparado el baño! Una de mis cartas (pues no hay necesidad de las tuyas) aquélla breve y antigua me basta. ¡Por Hércules! No es tan mío lo que es mío, como lo que es tuyo, pero hay una diferencia: tus siervos me reciben con más diligencia y esmero que los míos. Lo mismo te sucederá probablemente a ti si alguna vez te alojas en las mías. Querría que lo hicieses, en primer lugar para que disfrutes de mis cosas del mismo modo que yo de las tuyas; en segundo para que despabilen alguna vez mis siervos, que me atienden sin cuidado y casi con incuria. En efecto el temor a los dueños tolerantes con los siervos decae por el propio hábito; son estimulados por las novedades y procuran que sus dueños los juzguen a través de otros más que de ellos mismos. Adiós.

Carta 5

Plinio saluda a su estimado Voconio Romano.

¿Has visto a alguien más cobarde y más mezquino que M. Régulo tras la muerte de Domiciano? Bajo su mandato había perpetrado infamias no menores que bajo el de Nerón, pero sí más encubiertas. Comenzó a temer que estaba yo encolerizado con él y no se engañaba: estaba encolerizado. Había fomentado el proceso de Aruleno Rústico, se había regocijado con su muerte hasta el punto de leer y editar un libro en el que injuria a Rústico y también lo llama “mona de los estoicos”, añade “señalado con la marca de Vitelio” (ya conoces la elocuencia de Régulo) y en el que hostiga a Herenio Seneción de forma realmente tan inmoderada que le dijo Metio Caro: “¿Qué tienes tú que ver con mis víctimas? Por ventura ¿he importunado yo a Craso o Camerino?”; a los que aquél había inculpado bajo el mandato de Nerón. Régulo pensaba que todas estas cosas me habían dolido y por ello tampoco me había invitado a la lectura de su libro. Además, se acordaba de con qué peligro de muerte me había atacado a mí en persona ante los centúnviros. Yo actuaba en defensa de Arrionila, esposa de Timón, por petición de Aruleno Rústico, y Régulo en contra. En una parte de la defensa, me fundamentaba en la sentencia de Metio Modesto, hombre extremadamente recto: se encontraba éste a la sazón en el destierro, relegado por Domiciano. Ahí tienes a Régulo: “Te pregunto”, dice, “Segundo, qué piensas sobre Modesto”. Ya ves qué peligro si contestaba “bien”, y qué vergüenza si “mal”. No puedo decir otra cosa que entonces los dioses me ayudaron. “Te responderé, dije, si los centúnviros van a dictaminar sobre este asunto”. Y de nuevo él: “Te pregunto qué piensas sobre Modesto”. De nuevo yo: “Los testigos suelen ser preguntados sobre los acusados, no sobre los condenados”. Por tercera vez él: “Te pregunto no ya qué piensas sobre Modesto, sino qué sobre la lealtad de Modesto”. “Me preguntas, repuse, qué pienso; pero yo creo que ni siquiera es lícito preguntar acerca de quién ya hay pronunciamiento”. Se calló; alabanza y felicitaciones me siguieron, porque no había dañado mi propia reputación con una respuesta tal vez ventajosa, pero indecorosa y no me había enredado en los lazos de una pregunta tan pérfida.

Por tanto, aterrado por sus remordimientos, se granjea entonces a Cecilio Céler, luego a Fabio Justo; les pide que me reconcilien con él, y, no satisfecho, recurre hasta a Espurina; dado su carácter sumamente rastrero cuando está atemorizado le dice suplicante: “Te pido que veas mañana a Plinio en su casa, pero mañana sin falta (pues no puedo tolerar tanto tiempo la desazón) y que logres de cualquier manera que no esté enojado conmigo”. Me despierto: un correo de Espurina: “Voy a tu casa”. “Mejor yo a la tuya”; nos encontramos en el pórtico de Livia, puesto que nos dirigíamos uno a casa del otro. Me expone el encargo de Régulo, añade sus ruegos con moderación, como correspondía a un hombre muy honrado en favor de alguien completamente distinto. Le contesto: “Tú mismo sabrás qué consideras que se debe comunicar a Régulo. No es necesario que te engañe. Aguardo a Maúrico (todavía no había regresado del exilio), por esto no puedo contestarte nada en un sentido o en otro, ya que voy a hacer lo que él decida; ciertamente conviene que él sea el conductor de esta resolución y yo su compañero”.

Pocos días después Régulo en persona me aborda en la toma de posesión del pretor; siguiéndome con empeño allí, me llama aparte; teme, dice, que estuviera fijado en lo más profundo de mi ánimo lo que había dicho aquella vez en la causa de los centúnviros, al contestarme a mí y a Satrio Rufo: “Satrio Rufo, que no tiene afán de imitar a Cicerón y que está satisfecho con la oratoria de nuestra época”. Le contesté que ahora yo comprendía la malicia de sus palabras, puesto que él mismo lo confesaba, en otras circunstancias hubiera podido ser considerado elogioso. “Ciertamente, tengo, añado, afán de imitar a Cicerón y no estoy satisfecho con la oratoria de nuestra época; en efecto, considero muy necio no proponer lo mejor como modelo. Pero tú, que recuerdas esta causa, ¿por qué te has olvidado de aquélla en que me preguntaste qué pensaba sobre la lealtad de Metio Modesto?” Palideció ostensiblemente, pese a que en todo momento está pálido, y, vacilante, repuso: “Te pregunté no para perjudicarte a ti, sino a Modesto”. Observa el ensañamiento de un hombre que pretendía perjudicar a un desterrado sin disimulo. Notable motivo argumentó: “En una carta que fue leída ante Domiciano, escribió: ‘Régulo, el más perverso de todos los bípedos’“, afirmación que Modesto había escrito realmente con mucha razón.

Casi en este punto terminó nuestra conversación y no quise ciertamente prolongarla más para conservar toda mi libertad hasta que regresara Maúrico. Y no se me escapa que Régulo es difícil de doblegar; pues es rico, intrigante, es cortejado por muchos y temido por más, sentimiento que generalmente es más poderoso que el amor. Sin embargo, sucede, a veces, que estas cosas se desploman sacudidas violentamente. Pues el afecto de los malvados es tan poco de fiar como ellos mismos. Pero, por decirlo una vez más, aguardo a Maúrico. Es hombre noble, sensato, versado en numerosas pruebas hasta el punto de poder prever acontecimientos futuros a partir de los pasados. La decisión de alterar mi postura o mantenerme en ella estará acorde con su consejo. Te he comunicado estos hechos porque era oportuno que tú, por nuestro afecto recíproco, conocieras no sólo todas mis acciones y palabras, sino también mis opiniones. Adiós.

Carta 6

Plinio saluda a su estimado Cornelio Tácito.

Vas a reír y es lícito que rías. Yo, a quien tú conoces, he capturado tres jabalíes ciertamente magníficos. ¿Tú mismo, preguntas? Yo mismo, pero no hasta el punto de abandonar del todo mi inactividad y reposo. Estaba sentado junto a las redes; cerca tenía no el venablo o la jabalina, sino el punzón y las tablillas; pensaba y escribía algo para que, si volvía con las manos vacías, lo hiciera, al menos, con las ceras repletas. No debes despreciar esta manera de trabajar; es sorprendente que la mente se estimule con la actividad y el movimiento del cuerpo; por doquier el bosque, la soledad y el mismo silencio, intrínseco a la caza, son enormes estímulos para el pensamiento. Por consiguiente, cuando vayas de caza, te recomiendo que lleves un cesto de pan, una botella, y también unas tablillas; comprobarás que Diana no deambula por los montes más que Minerva. Adiós.

Carta 7

Plinio saluda a su estimado Octavio Rufo.

Mira en qué altura me sitúas cuando me otorgas la misma facultad y el mismo dominio que Homero a Júpiter Optimo Máximo: El padre le concedió una cosa, pero le denegó otra. Pues yo también puedo contestar a tu deseo con anuencia y renuencia parecidas. Porque, así como me está permitido, sobre todo a petición tuya, excusarme ante los béticos de la defensa contra un solo hombre, del mismo modo no es propio de mi lealtad ni de mi firmeza de carácter, que estimas, defenderte contra la provincia a la que en otro tiempo estuve ligado por tantos servicios, tantos esfuerzos e incluso por tantos riesgos personales. Así pues, guardaré proporción tal que de las dos cosas que, a la vez, me solicitas, escogeré más bien aquélla con la que contente no sólo tu deseo, sino también tu opinión sobre mí. Pues he de valorar no tanto qué quieres ahora tú, hombre extremadamente recto, cuanto qué vas a aprobar en todo momento. Espero estar en Roma sobre las idus de octubre y, cuando esté allí, ratificar también con mi lealtad y la tuya estas mismas palabras a Galo, al que puedes, sin embargo, garantizar ya ahora mi intención: Y asintió con sus oscuras cejas. ¿Por qué no voy a convencerte siempre con versos de Homero? Porque tú no toleras que lo haga con los tuyos por los que ardo en deseo tan vivo que, tal vez sólo podría ser sobornado con este precio para ayudarte incluso contra los béticos. Casi he pasado por alto, cosa que no me ha debido suceder de ningún modo, que he recibido tus exquisitos dátiles, los cuales ahora han de competir con tus higos y setas. Adiós.

Carta 8

Plinio saluda a su estimado Pompeyo Saturnino.

La carta en la que me solicitabas que te enviara alguno de mis escritos me ha llegado muy a propósito, ya que precisamente lo iba a hacer. Por tanto has aplicado espuelas a quien corre por propio impulso y has evitado a la vez tu excusa de rechazar el trabajo y mi pudor de ofrecértelo. Pues conviene que yo no utilice tímidamente la oportunidad que me has brindado y que tú no lleves a mal lo que me has pedido. Sin embargo, no debes aguardar ninguna obra nueva de un hombre perezoso. Pues voy a reclamarte que te dediques de nuevo al discurso que dirigí a mis paisanos cuando iba a inaugurar la biblioteca. Recuerdo, en verdad, que tú ya realizaste algunas sugerencias, pero de forma general; por ello, ahora te pido que no sólo lo mires en su conjunto, sino que también lo recorras pasaje a pasaje con el cuidado que acostumbras. Ciertamente, después de la corrección podré editar o bien guardar el libro. Y aún más, tal vez inclinará esta duda mía a una u otra decisión la amplitud de la corrección, que lo encontrará desmerecedor de publicación si se retoca en gran medida, o lo hará merecedor de ella, si supera esta prueba.

Aunque las causas de esta duda mía residen no tanto en el escrito, como en la misma naturaleza del contenido. Pues es, por así decir, un poco demasiado jactancioso y altivo; este hecho lastrará mi mesura, aunque el mismo estilo sea conciso y sencillo, sobre todo porque tengo que tratar no sólo sobre la generosidad de mis antepasados, sino también sobre la mía. Este es un trance comprometido y resbaladizo, aun cuando es la obligación quien lo saca a la calle. Pues, si las alabanzas, también las ajenas, suelen ser acogidas con oídos poco propicios, ¡cuán arduo es lograr que no parezca enojoso el discurso de quien habla sobre sí o sus parientes! En efecto, envidiamos no sólo la honradez misma, sino también en mayor grado su elogio y su manifestación y no desfiguramos y denigramos precisamente aquellas buenas acciones que se conservan en las sombras y en secreto. Por este motivo, menudo, me he preguntado si este tipo de escritos debía haberlos redactado sólo para mí o también para otras personas. Que para mí lo demuestra esto: que la mayoría de las acciones necesarias para la ejecución de un proyecto, una vez llevadas a cabo, no conservan ni provecho ni atractivo análogos.

Y para no evocar casos muy distantes, ¿qué ha sido más provechoso que describir la amplitud de mi generosidad incluso por escrito? Pues a través de ello conseguía en primer lugar detenerme en pensamientos nobles; luego, descubrir la belleza con su constante cultivo; en último lugar, guardarme del pesar inherente a la liberalidad repentina. Una cierta práctica en el menosprecio del dinero surgía de estas consideraciones. En efecto, aunque a todos los hombres la naturaleza les fuerza a guardarlo, a mí, por el contrario, el deseo de generosidad, muy meditado durante largo tiempo, me liberaba de las usuales ataduras a la codicia; y me parecía que mi liberalidad resultará más loable en tanto que es fruto no de un arrebato, sino de la reflexión.

Además de estos motivos no ofrecía juegos o combates de gladiadores, sino rentas anuales para sustento de los hombres libres. Por otra parte, el deleite de ojos y oídos no necesita estímulo, de manera que un discurso no debe alentarlo, sino refrenarlo; pero que uno asuma con agrado la tarea enojosa de la formación debe lograrse no sólo con recompensas, sino también con selectos consejos. Pues si los médicos acompañan con palabras muy dulces los brebajes salutíferos, pero desagradables, ¿cuánto mas convenía en mi tutela por el bien común ofrecer con la elegancia de un discurso un presente muy provechoso, aunque no de tanta aceptación general? Sobre todo porque tenía que esforzarme para que algo ofrecido a los padres fuera aprobado también por los que no tienen hijos, y para que el escaso número restante aguardara y se hiciera acreedor a esta prebenda pacientemente. Pero así como entonces me dedicaba más al provecho general que a la gloria particular al pretender que el propósito y la finalidad de mi presente fueran comprendidos, así también ahora con su publicación temo que quizás parezca que haya atendido no al beneficio de los demás, sino a la alabanza personal.

Además, recuerdo cómo en los espíritus más nobles, el fruto de la virtud radica más en el pensamiento que en la fama; en efecto, la notoriedad debe venir por sí misma, no ser buscada y, si no viniera por sí misma debido a alguna circunstancia imprevista, no es menos noble porque no mereciera la notoriedad. Por otra parte, quienes embellecen con palabras sus buenas acciones se piensa no que alardean porque las han hecho, sino que las han hecho para alardear. Así, la acción que ha podido ser gloriosa contándola otra persona se desvanece relatándola el mismo que la ha realizado. Pues los hombres, cuando no pueden arruinar una obra, arremeten contra su ostentación. De ese modo, si has realizado algo que deba callarse, tú mismo eres censurado por el propio hecho; si no silencias lo que deba ser alabado, también. Por otra parte a mí me molesta cierto hecho singular. En efecto, expuse estas mismas palabras no ante el pueblo, sino ante los decuriones, y no a la vista de todo el mundo, sino en la curia. Quizás, por tanto no sea bastante pertinente que, dado que he evitado en mi alocución la adulación y el aplauso de la multitud, ahora los pretenda con su misma publicación y que, dado que he alejado a la misma turba, a la que se beneficiaba, con las puertas y paredes de la curia para no caer en una especie de afán de popularidad, ahora busque también a aquéllos a quienes no les atañe nada de mi presente salvo para modelo, como si se tratara de un alarde manifiesto. Aquí tienes los motivos de mi duda; me someteré, sin embargo, a tu parecer, cuya autoridad me bastará visto tu buen juicio. Adiós.

Carta 9

Plinio saluda a su estimado Minicio Fundano.

Es sorprendente cómo se desarrolla o parece desarrollarse el quehacer en la ciudad cada día y cómo, tomados en su conjunto, no se desarrolla; En efecto, si preguntaras a alguien: “Hoy, ¿qué has hecho?”, te respondería: “He asistido a la investidura de una toga viril, he acudido a unos esponsales o a unas bodas, uno me ha llamado para sellar su testamento, otro para una defensa, otro para un consejo”. Estas ocupaciones, el día en que las has hecho, son ineludibles; las mismas, si consideras que las has realizado a diario, parecen frívolas, sobre todo cuando estás de descanso. Pues entonces te asalta un pensamiento: “¡Cuántos días he consumido en asuntos tan triviales!” Esto me sucede cuando en mi residencia de Laurento leo o escribo algo, o incluso ejercito el cuerpo, en cuyo sostén descansa la mente. Nada escucho que me arrepienta haber escuchado, nada digo que me arrepienta haber dicho; ante mí nadie denigra a nadie con discursos hostiles, yo mismo no reprocho a nadie sino a mí cuando escribo poco apropiadamente; ninguna expectativa, ningún recelo me atormenta, ningún chisme me turba; hablo sólo conmigo y con mis libros. ¡Vida íntegra y sencilla! ¡Ocio agradable, honorable y quizá más bello que toda ocupación! ¡Mar, costa, museo auténtico y recóndito, cuántas cosas me descubrís, cuántas cosas me aconsejáis!

Por tanto, abandona tú también esta barahúnda, la carrera vana y las ocupaciones, muchas veces absurdas, tan pronto como tengas oportunidad, y entrégate al estudio o al ocio. Pues es preferible, como nuestro Atilio dijo muy inteligente a la vez que graciosamente, estar ocioso que no hacer nada. Adiós.

Carta 10

Plinio saluda a su estimado Atio Clemente.

Si alguna vez nuestra ciudad ha sobresalido por los estudios liberales, ahora sobresale en mayor medida. Hay numerosos e ilustres ejemplos, pero bastaría uno, el filósofo Eúfrates. A él yo, en Siria, cuando de joven servía en la milicia, lo conocí profunda e íntimamente y me esforcé en lograr su estima, aunque no hacía falta. En efecto, es afable, accesible y está lleno de la bondad que recomienda. ¡Ojalá yo mismo haya podido confirmar la expectativa que forjó entonces sobre mí, del mismo modo que él la añadió en gran medida a sus propias cualidades! Quizá yo ahora las aprecio más porque las conozco más. Sin embargo ni siquiera ahora las conozco suficientemente; pues, así como no puede opinar sobre un pintor, un escultor o un alfarero sino un experto en esas materias, así tampoco uno que no sea sabio puede conocer a fondo a un sabio.

Pero por lo que a mí me es posible apreciar, en Eúfrates sobresalen y resaltan numerosas cualidades, hasta tal punto que atraen e impresionan también a los medianamente instruidos. Diserta ingeniosamente, rigurosamente, con elegancia y, muchas veces, incluso remeda aquella excelencia y amplitud de estilo de Platón. Su discurso es abundante, variado, ante todo agradable y capaz de conmover y seducir incluso a sus rivales. Añade elevada estatura, rostro armonioso, cabello largo, barba poblada y blanca, rasgos que, aunque se juzgan casuales y fútiles, le otorgan, sin embargo, la mayor consideración. No hay en su porte ningún desaliño, ningún abatimiento y sí mucha gravedad; ante su presencia, podrías mirarlo con respeto, pero no podrías sentir miedo. Extraordinaria la integridad de su existencia, análoga su benevolencia; censura los defectos, no a la persona, y no reprende a los que se equivocan, sino que los corrige. Podrías seguirlo atento y arrobado, cuando aconseja, y desear que te siga convenciendo aunque te haya convencido. Por cierto, tiene ya tres hijos, dos varones, a los que educa muy cuidadosamente. Su suegro, Pompeyo Juliano es noble y eximio tanto por el resto de su vida como especialmente por el hecho de que él, notable de la provincia, lo escogió el primero como yerno entre gentes de muy ilustre raigambre no por su distinción, sino por su sabiduría.

Aunque, ¿por qué digo yo tantas cosas de un hombre del que no me está permitido disfrutar? ¿Acaso para apenarme más porque no me está permitido? En efecto, me lo impide una tarea tan sumamente importante como ingrata; me siento ante el tribunal, firmo permisos, hago asientos contables, redacto numerosas cartas, pero muy poco literarias. Suelo en ocasiones (efectivamente, alguna vez sucede), lamentarme a Eúfrates de estas actividades. Él me consuela y asegura que también es propio de la filosofía, y realmente un cometido muy noble, desempeñar un empleo público, saber juzgar, dar a conocer y hacer cumplir la justicia y poner en práctica lo que ellos mismos enseñan. A mí, sin embargo, sólo esto no me convence: que sea preferible hacer esas cosas a emplear todos los días escuchándole y aprendiendo de él. Especialmente por ello, te aconsejo a ti, que tienes tiempo, que consientas en ser pulido y corregido por él, cuando regreses dentro de poco a la ciudad (aunque deberías regresar antes por esta razón). Pues no envidio, como muchos, a otros por un bien que yo no tengo, sino todo lo contrario: experimento cierta satisfacción si compruebo que mis amigos tienen en abundancia lo que a mí se me niega. Adiós.

Carta 11

Plinio saluda a su estimado Fabio Justo.

No me mandas ni una carta desde hace tiempo. No tengo nada, dices, que escribir. Pero escríbeme esto mismo: que no tienes nada que escribir; o sólo aquello con lo que acostumbraban a comenzar nuestros antepasados: “Si estás bien, me alegro; yo estoy bien”. Me basta esto, pues es lo más importante. ¿Crees que bromeo? Hablo en serio. Hazme saber qué haces, porque no puedo ignorarlo sin la mayor preocupación. Adiós.

Carta 12

Plinio saluda a su estimado Calestrio Tirón.

He sufrido una pérdida muy dura, si es que debe llamarse pérdida a la desaparición de un hombre de tanta valía. Ha muerto Corelio Rufo y ciertamente por su propia voluntad, hecho que exacerba mi aflicción. Pues el tipo de muerte más dolorosa es la que no parece originada por la naturaleza ni señalada por el hado. Efectivamente, en todo caso, en los que mueren por enfermedad, la propia inevitabilidad proporciona un gran alivio; pero en aquéllos a los que arrebata una muerte provocada, este hecho proporciona una incurable aflicción, porque se piensa que han podido vivir más tiempo. Ciertamente, un motivo importante, que para los sabios es necesidad, ha empujado a Corelio a esta decisión, pese a tener muchas razones para vivir, excelente conocimiento, excelente reputación, sumo predicamento, además de hija, esposa, nieto, hermanas y, entre tantos seres queridos, verdaderos amigos. Pero estaba aquejado de una enfermedad tan prolongada, tan cruel, que esos tan numerosos motivos para vivir fueron sobrepujados por las razones para morir. A los treinta y tres años, según le oí a él mismo, fue atacado por un acceso de gota. Le era hereditario; en efecto, a menudo también las enfermedades se transmiten, como otras cosas, a través de algunas generaciones. En tanto su edad fue lozana, la venció y dominó con ayuno y moderación; más recientemente, al agravarse con la vejez, la ha tolerado gracias a la entereza de su ánimo, a pesar de que ciertamente sufría molestias inimaginables y dolores muy inmerecidos. Pues la afección no estaba arraigada ya sólo en los pies, como al principio, sino que se extendía a todos los miembros. Fui a verlo cuando estaba postrado en su casa de las afueras en tiempos de Domiciano. Los criados salieron de su habitación (tenía esta costumbre siempre que entraba un amigo muy íntimo); es más, también su esposa, aunque muy capaz de guardar cualquier confidencia, se iba. Miró alrededor y dijo: “¿Por qué crees que resisto estos dolores tan intensos durante tanto tiempo? Evidentemente para sobrevivir a ese ladrón al menos un sólo día”. Si le hubieras otorgado un cuerpo semejante a esta disposición de ánimo, hubiera hecho lo que deseaba.

Sin embargo, el hado favoreció su deseo; una vez conseguido, como ya iba a morir tranquilo y libre rompió las ataduras de la vida, numerosas pero secundarias. Se había agudizado la enfermedad que intentó mitigar con la dieta; en su progreso la evitó con firmeza. Transcurrió el segundo día, el tercero, el cuarto: ayunaba. Me envió su esposa Híspula a nuestro común amigo C. Geminio con un mensaje muy patético: que Corelio había decidido morir y que no se conmovía ni con sus súplicas ni con las de su hija, que solo quedaba yo, como medio de hacerle volver a la vida. Me apresuré. Había llegado a los alrededores de su casa cuando me comunica Julio Ático de parte de la propia Híspula que ni siquiera yo iba a conseguir ya nada: tan obstinadamente se había empecinado cada vez más. Pues había dicho al médico que le incitaba a comer: estoy decidido, expresión que provocó en mi ánimo tanto estupor como ansiedad. Reflexiono de qué amigo, de qué hombre estoy privado. Cumplió ciertamente sesenta y siete años, edad que es bastante dilatada incluso para personas muy vigorosas; lo sé. Ha evitado una enfermedad crónica; lo sé. Ha dejado vivos a los suyos, en apogeo al estado, que para él era lo más querido de todo; también lo sé. Sin embargo, me aflijo por su muerte, como si fuera la de un hombre joven y muy fuerte; me aflijo, también, (aunque me consideres pusilánime) por mí. Pues he perdido, he perdido al testigo de mi vida, a mi guía, a mi mentor. En resumen, te diré lo que dije a mi amigo Calvisio llevado por la inmediata aflicción: “Temo vivir en el mayor abandono”. Así, pues, alíviame no con estas palabras: “era anciano, estaba enfermo” (pues esto ya lo sé), sino con otras nuevas, pero intensas, que no haya escuchado nunca, que no haya leído nunca. Pues las que he escuchado, las que he leído acuden a mí espontáneamente, pero las doblega aflicción tan intensa. Adiós.

Carta 13

Plinio saluda a su estimado Sosio Seneción.

Gran cosecha de poetas nos ha traído este año; en todo el mes de abril casi no ha habido un día en que no haya recitado alguno. Me complace que florezcan los trabajos literarios, que se dé a conocer y se ponga de manifiesto el talento de los hombres, aunque las audiencias se celebran con desgana. La mayoría se queda en las salas de charla, pasan el tiempo de la audición conversando y ordenan de vez en cuando que se les comunique si ha entrado ya el recitador, si ha pronunciado la introducción, si ha leído el libro en su mayor parte; sólo entonces y precisamente entonces acuden de forma lenta y vacilante; sin embargo, no aguantan, sino que se van antes del final, unos solapadamente y a escondidas; otros, abierta y francamente.

Pero, ¡por Hércules!, en tiempos de nuestros padres, se dice que el César Claudio, paseándose en el palacio y oyendo un alboroto, preguntó el motivo y, al ser informado de que Noniano estaba recitando, al punto y de forma inesperada acudió ante el recitador. Hoy en día hasta el más desocupado, aunque se le solicite con mucha antelación y se le ruegue insistentemente, o no acude o, si acude, se lamenta de que, porque no ha desaprovechado el día, lo ha desaprovechado. Pero tanto más hay que alabar y elogiar a quienes no demora en su afán por escribir o leer esta pereza o insolencia de los oyentes. En lo que a mí se refiere, no le he faltado a casi nadie. Ciertamente la mayoría eran amigos; pues no hay casi nadie que aprecie los trabajos literarios y no me aprecie a la vez a mí. Por este motivo, he empleado en la ciudad más tiempo que el que había previsto. Ya puedo buscar mi retiro y redactar algo que no voy a recitar, para no dar la impresión de que he sido no oyente, sino acreedor de aquéllos a cuyas lecturas asistí. Pues, como en los demás asuntos, así también en la función de oyente desaparece el favor si se solicita. Adiós.

Carta 14

Plinio saluda a su estimado Junio Maurico.

Me pides que proporcione esposo a la hija de tu hermano; con razón me haces a mí preferentemente a mí este encargo. Pues conoces cuánto he admirado y apreciado a aquel hombre distinguido, con qué consejos orientó mi juventud, también con qué elogios logró que se me tuviera por digno de elogio. Nada me puedes encomendar más importante o agradable, nada puedo asumir más noble que escoger al joven que debe ser padre de los nietos de Aruleno Rústico. Ciertamente éste debería ser buscado durante mucho tiempo si no fuera porque está dispuesto y, por así decir, preparado Minicio Aciliano, que me aprecia amistosamente como un joven a otro joven (pues es unos pocos años menor) pero me respeta como a un anciano. En efecto, desea ser enseñado y educado por mí del mismo modo que yo lo era habitualmente por vosotros. Su cuna es Brixia, de aquella excelente Italia nuestra, que aún conserva y mantiene en gran medida el pudor, la mesura y también la sencillez de antaño. Su padre es Minicio Macrino, primer inscrito del orden ecuestre porque nada quiso más insigne; pues, propuesto por el divino Vespasiano entre los senadores pretorianos, prefirió de forma consecuente la noble tranquilidad a esta nuestra, ¿podría llamarla ambición u honor? Su abuela materna es Serrana Prócula, de Padua. Conoces las costumbres de esta región; sin embargo, para los de Padua Serrana es también modelo de austeridad. También es tío suyo P. Acilio, hombre de seriedad, prudencia y lealtad casi únicas. En resumen, en toda la familia nada habrá que no te agrade tanto como en la tuya.

Ciertamente el mismo Aciliano tiene mucha fortaleza y diligencia, aunque con una buena dosis de pudor. Ha desempeñado la cuestura, el tribunado y la pretura muy honorablemente y ya te ha librado de la obligación de solicitarlas en su favor. Tiene distinguido semblante, lleno de vigor y muy sonrosado, es innata la elegancia de todo su porte y una prestancia digna de un senador. Considero que estas cualidades de ningún modo deben ser despreciadas; pues esto ha de otorgarse a la virtud de las jóvenes como si fuera una recompensa. No sé si añadir que su padre tiene enormes recursos. En efecto, cuando pienso en vosotros, a quienes busco yerno, creo que se debe guardar silencio sobre sus recursos; cuando me fijo en las costumbres más comunes y también en las leyes de la ciudad, que consideran que debe ser apreciado incluso entre las primeras cosas el patrimonio de las personas, me parece que ni siquiera debe obviarse esta faceta. Y, sin duda, en la elección de esposo uno, si piensa en sus descendientes sobre todo en un gran número también debe tener en cuenta este factor. Quizá pienses que he cedido a mi propio cariño y que presento sus cualidades por encima de lo que refleja la realidad. Pero te prometo por mi propia lealtad que las encontrarás todas ellas mucho más sobresalientes que lo que han sido anticipadas por mí. En verdad aprecio a este joven muy vivamente, como merece; sin embargo, lo propio de un amigo es no colmarlo de elogios. Adiós.

Carta 15

Plinio saluda a su estimado Septicio Claro.

¡Mira tú!, ¿te comprometes a asistir a una cena y no vienes? Esta es la sentencia: me pagarás los gastos hasta el último céntimo, y éstos no son pequeños. Había para cada uno una lechuga, tres caracoles, dos huevos, álica con vino mezclado y con nieve (pues la costearás también, sobre todo ésta, que se funde en el plato), aceitunas, remolachas, calabazas, cebollas y otros mil manjares no menos exquisitos. Habrías oído a un comediante o a un recitador o a un tañedor de lira o (lo que prueba mi generosidad) a todos. Sin embargo, en casa de no sé quien preferiste ostras, vientres de cerda, erizos y gaditanas. Pagarás tu castigo, no te digo cuál. Obraste insensiblemente; despreciaste, no sé si a ti, con seguridad a mí, pero, sin embargo, también a ti. ¡Cuánto nos hubiéramos divertido, reído, entretenido! Puedes cenar más lujosamente en casa de muchos, pero en ningún sitio con más regocijo, con más sencillez, con más despreocupación. En una palabra, compruébalo y, si después no prefieres excusarte ante los demás, excúsate siempre ante mí. Adiós.

Carta 16

Plinio saluda a su estimado Erucio.

Quería a Pompeyo Saturnino (me refiero a nuestro amigo) y alababa su talento, incluso antes de conocer qué polifacético era, qué dúctil, que versátil; ahora ciertamente me tiene, me cautiva, me domina del todo. Le he escuchado litigando con vehemencia y fogosidad, y con no menos perfección y belleza ya presentara discursos preparados ya improvisados. Hay en ellos razonamientos apropiados y numerosos, composición sólida y elegante, léxico armonioso y de antaño. Todas estas cosas agradan sobremanera cuando cierta vivacidad y un torrente de palabras las acompaña, agradan cada vez que se repasan. Pensarás como yo cuando tengas en tus manos sus discursos, que equipararás, fácilmente, a cualquier autor antiguo, de los que es epígono. Eso mismo, sin embargo, te satisfará más en la historia por la brevedad, por la claridad, por la dulzura, y hasta por la brillantez y por la grandiosidad de su narración. En efecto, tiene la misma fuerza en las arengas que en los discursos, sólo que es más conciso, más sucinto y más compendioso. Además, compone versos como los de mi estimado Catulo o Calvo, de verdad, como los de Catulo o Calvo. ¡Cuánta belleza hay en ellos, cuánto encanto, cuánta mordacidad, cuánta pasión! En verdad intercala, pero de forma deliberada, algunos versos durillos con otros agradables y delicados, y esto como Catulo y Calvo.

Hace poco me ha leído unas cartas; decía que eran de su esposa, yo creí leer a Plauto o a Terencio en prosa. Ya sean de su esposa, como asegura, ya de él mismo, como niega, me parece merecedor de igual fama quien pudo escribirlas o convertir a su esposa, con la que se casó cuando era ella muy joven, en mujer tan ilustrada y erudita. En consecuencia, está conmigo durante todo el día; lo leo a él antes de redactar, y también cuando he acabado de redactar, y también incluso cuando estoy descansando, como si no fuera el mismo. Te aconsejo y te sugiero a ti también que lo hagas. Pues no debe perjudicar a sus obras que esté vivo. ¿Acaso si hubiese destacado entre los que no vemos, no buscaríamos no sólo sus escritos, sino también sus efigies? ¿Su estima, ahora que está entre nosotros, y su encanto se debilita como si estuviéramos hastiados de él? Ahora bien, es insensato y mezquino no admirar a un hombre muy merecedor de admiración, porque uno pueda verlo, hablarle, escucharlo, abrazarlo, y no sólo alabarlo, sino también quererlo. Adiós.

Carta 17

Plinio saluda a su estimado Cornelio Ticiano.

Todavía hoy los hombres prestan atención a la lealtad y al deber; algunos mantienen su afecto también a los fallecidos. Titinio Capitón ha conseguido de nuestro emperador que le permita erigir una estatua de L. Silano en el foro. Es hermoso y merecedor del mayor elogio emplear la amistad del príncipe para esto y poner a prueba con las honras hacia los demás cuánto vales por tu testimonio de gratitud. Capitón acostumbra a honrar a hombres ilustres. Es admirable con qué respeto, con qué afecto conserva en su casa, donde puede hacerlo, las efigies de los Brutos, Casios y Catones. Igualmente ennoblece la existencia de cualquier persona muy ilustre con distinguidos versos. Puedes percatarte de que tiene en abundancia numerosas virtudes quien aprecia de tal manera las de los demás. Se ha tributado a L. Silano el honor debido, con cuya inmortalidad Capitón se procura igualmente la suya; pues no es más honroso y distinguido tener una estatua en el foro del pueblo romano que erigirla. Adiós.

Carta 18

Plinio saluda a su estimado Suetonio Tranquilo.

Me comunicas que, asustado por un sueño, temes sufrir alguna contrariedad en tu litigio; me pides que solicite su aplazamiento y que lo dilate unos pocos días, por lo menos al siguiente. Es complicado, pero lo intentaré: pues de Zeus también proviene el sueño. Sin embargo, conviene saber si sueles soñar con lo que va a acontecer o con lo contrario. A mí, al recordar un sueño propio, me da la impresión de que ese que tú temes presagia un litigio brillante. Había aceptado la causa de Junio Pastor cuando tuve la impresión, mientras descansaba, de que mi suegra, arrodillada, me suplicaba que no pleitease. Iba a pleitear todavía jovencillo, lo iba a hacer en los cuatro tribunales, lo iba a hacer frente a los más poderosos de la ciudad, incluso amigos del César; una sola de estas circunstancias podía haber trastornado mi pensamiento después de un sueño tan desalentador. Sin embargo, pleiteé tras reflexionar esto: hay un sólo augurio excelente, combatir por la patria . En efecto, mi lealtad me parecía la patria y, si es posible, algo más querido que la patria. Resultó bien y, además, aquel litigio me abrió la atención de las gentes y la puerta de la fama. Por tanto, medita si tú también, siguiendo este ejemplo, debes considerar bueno ese sueño; o, si piensas que es más seguro aquel dicho propio de alguien muy prudente: “lo que dudes no lo hagas”, escríbemelo. Yo encontraré alguna triquiñuela y defenderé tu causa de tal modo que puedas tú defenderla cuando quieras. Pues, sin duda, tu asunto está en una situación, el mío lo estuvo en otra, porque un proceso ante los centúnviros no puede ser demorado de ninguna forma; el tuyo ciertamente a duras penas, pero, no obstante, se puede. Adiós.

Carta 19

Plinio saluda a su estimado Romacio Firmo.

Eres paisano mío, condiscípulo y compañero desde nuestra infancia; tu padre era íntimo de mi madre, de mi tío y también de mí, en la medida en que lo permitió la diferencia de edad; son motivos importantes y de peso por los que debo asumir e incrementar tu propio rango. El censo indica claramente que tienes cien mil sestercios, puesto que eres decurión entre nosotros. Pues bien, para que te disfrutemos no sólo como decurión, sino también como caballero romano, te ofrezco trescientos mil sestercios a fin de completar la cantidad exigida a los caballeros. La larga duración de nuestra amistad me garantiza que tú recordarás este presente; yo ni siquiera te aconsejo lo que debería aconsejarte si no supiera que lo vas a hacer por propia voluntad: que uses del rango que te proporciono de la forma más intachable, como recibido de mí. Pues se debe cuidar con mucha escrupulosidad un honor en el que también se debe salvaguardar el favor de un amigo. Adiós.

Carta 20

Plinio saluda a su estimado Cornelio Tácito.

Mantengo habitual controversia con cierto individuo instruido y versado a quien en los litigios nada agrada tanto como la concisión. Reconozco que debe ser observada si el proceso lo permite; en caso contrario, es una deslealtad abreviar los argumentos necesarios y también es una deslealtad abordar deprisa y sucintamente los que deben ser inculcados, imbuidos y reiterados. En efecto, la mayoría de ellos, en una exposición muy extensa, adquieren cierto vigor y fuerza; y, así como las armas en el cuerpo, así también el discurso penetra en la mente no tanto de golpe como con dilación. Entonces él cita a autores relevantes y me muestra de entre los griegos los discursos de Lisias, de entre los nuestros los de los Gracos y Catón, la mayor parte de los cuales, sin duda, concisos y breves; a Lisias yo le opongo Demóstenes, Esquines, Hipérides y, además, otros muchos; a los Gracos y Catón, Polión, César, Celio y, sobre todo, Marco Tulio, cuyo mejor discurso se dice que es el que es más extenso. Y, ¡por Hércules!, al igual que otras cosas buenas, así también un buen libro es mejor cuanto más extenso. Ves que a las estatuas, a los grabados, a las pinturas, en suma, a las figuras de personas y de muchos animales, de árboles, aunque sean bellas, nada las avalora más que sus grandes proporciones. Lo mismo sucede con los discursos: incluso a los propios rollos sus grandes dimensiones les añaden cierta autoridad y belleza.

Como es inasible y escurridizo en la discusión, esquiva estos argumentos y otros muchos que esgrimo habitualmente sobre esta misma cuestión, hasta el punto de sostener que los mismos en cuyos discursos me fundamento han pronunciado menos palabras que las que han publicado. Yo creo lo contrario. Lo prueban muchos discursos de muchos y el ‘En defensa de Murena’ y el ‘En defensa de Vareno’ de Cicerón, en los que se presenta una breve y, por decirlo así, desnuda relación con tan sólo los enunciados de ciertas acusaciones. A la vista de ellos, parece que pronunció muchas palabras y que las suprimió en su publicación. Él mismo dice que en el ‘En defensa de Cluencio’, según la costumbre de antaño, habló él sólo durante todo el proceso y que el de ‘En defensa de C. Cornelio’ lo llevó a cabo en cuatro días, de manera que no podemos dudar de que las palabras que pronunció por extenso durante varios días (según era necesario) las redujo, abreviadas y corregidas, a un solo libro, ciertamente voluminoso, pero uno solo.

Ahora bien, una cosa es una adecuada defensa, otra un discurso escrito. Sé que algunos opinan de este modo; pero yo, quizá me equivoque, estoy convencido de que puede haber una defensa adecuada que no sea un adecuado discurso escrito y que no puede haber una defensa inadecuada que sea un adecuado discurso escrito. Pues el discurso escrito es el modelo de la defensa y, por decirlo así, el arquetipo. Por eso en los mejores encontramos mil expresiones inoportunas, incluso en los que sabemos que sólo han sido publicados, como en las ‘Verrinas’: “¿Qué artista? ¿Quién? Me lo recuerdas bien; decían que era Policleto”. Por tanto, se deduce que la defensa más perfecta es la que conserva en mayor grado semejanza con un discurso escrito, siempre que disponga del tiempo suficiente y obligado; si se deniega éste, no hay reproche alguno para el orador y sí el mayor para el juez. Corroboran este parecer mío las leyes, que ofrecen tiempo muy considerable y aconsejan a los que hablan no la concisión, sino la abundancia, es decir, la escrupulosidad; a ésta no la puede sobrepujar la concisión a no ser en los procesos muy breves. Añadiré lo que me ha enseñado la práctica, preceptora excelente. A menudo, he litigado; a menudo he juzgado; a menudo, he estado en sesiones; a cada persona le influyen cosas diferentes, y, muchas veces, hechos insignificantes acarrean las mayores consecuencias. Diversas son las opiniones de los hombres, diversas sus intenciones. Por esto, quienes han oído a la vez la misma causa, con frecuencia son de distinto parecer, algunas veces del mismo, pero desde diferentes sentimientos. Por lo demás, cada uno se apega a su propio pensamiento y lo acoge como el más sólido cuando otro dice lo que uno mismo ha visto de antemano. En consecuencia, se debe ofrecer a cualquiera algo que posea, que reconozca.

En cierta ocasión me comentó Régulo cuando actuábamos en la misma causa: “Tu crees que se debe explicar en un proceso todo; yo, al instante, le veo el cuello y lo aprieto”. Realmente aprieta lo que elige, pero a menudo se equivoca en la elección. Le contesté que tal vez fuera la rodilla o el tobillo lo que creía el cuello. “Sin embargo, le dije, yo, que no soy capaz de distinguir el cuello, lo examino todo, lo ensayo todo y, en última instancia, remuevo cualquier piedra”. Así como en el cultivo del campo cuido y trabajo no sólo viñas, sino también árboles y no sólo árboles, sino también labrantíos y así como en los propios labrantíos no siembro únicamente trigo o escanda, sino cebada, habas y las demás legumbres, así también en un proceso esparzo copiosamente muchos argumentos, como si fueran semillas, para recolectar lo que produzcan. Pues no menos impenetrable, enigmático y engañoso es el talante de los jueces que el del tiempo y el de los campos. Y no se me oculta que Pericles, el más eximio orador, fue alabado por el cómico Eúpolis del siguiente modo: además de su rapidez, cierta persuasión se instalaba en sus labios, así deleitaba y sólo él entre los oradores, el aguijón dejó en los oyentes.

Pero el mismísimo Pericles no hubiera tenido ni esa persuasión ni ese deleitaba por la concisión o rapidez o por ambas (pues son diferentes) sin un talento sobresaliente. En efecto, el deleite y la persuasión requieren abundante palabra y tiempo, y realmente sólo puede dejar el aguijón en la mente de los oyentes no quien lo pincha, sino quien lo clava. Añade lo que sobre el mismo Pericles dice otro cómico: Relampagueaba, tronaba, asolaba Grecia. Pues no truena, no relampaguea y, en último extremo, no agita y perturba todo un discurso sucinto y resumido, sino uno extenso, brillante y espléndido. ‘Sin embargo, hay un límite idóneo’. ¿Quién lo niega? Pero no guarda ese límite tanto quien trata el tema sin llegar como quien se pasa, tanto quien lo trata con excesiva concisión como quien lo hace con excesiva prolijidad. Por eso escuchas tan a menudo aquello de “desmesurada y difusamente” como esto de “parca y desmayadamente”. Se dice que uno ha rebasado el asunto y el otro no lo ha llenado. Ambos se equivocan igualmente, uno por defecto, otro por exceso, lo que, sin duda, es un vicio propio de un talento, si no muy cultivado, sí muy capaz. Pero, cuando manifiesto esta opinión, no apruebo a aquel charlatán de Homero, sino a éste: …y sus palabras, parecidas a los copos de nieve invernales, no porque no me agrade también el otro vivamente: con pocas palabras, pero muy claramente pronunciadas; sin embargo, si se me deja elegir, prefiero el discurso parecido a los copos de nieve invernales, es decir, profuso e ininterrumpido, pero también extenso; en suma, divino y maravilloso. ‘Con todo, es más agradable para muchos una defensa concisa’. Lo es, pero para los perezosos, cuyos placeres e indolencia es absurdo aceptar como opinión. Pues si tienes a éstos en la sesión, no sólo es suficiente hablar con concisión, sino no hablar absolutamente nada.

Éste es hasta ahora mi parecer, que alteraré si estás en desacuerdo conmigo, pero te pido que, en ese caso, me aclares perfectamente por qué estás en desacuerdo. Pues, aunque he de someterme a tu autoridad, sin embargo, considero más razonable ser convencido en tamaño asunto más por argumentos que por autoridad alguna. Del mismo modo, si te parece que no estoy equivocado, dímelo en una carta tan concisa como quieras, pero hazlo (pues reforzarás mi opinión); si estuviese equivocado, mándame una más larga. ¿No te soborno a ti yo, que te he impuesto, si te adhieres a mí, la obligación de una carta sucinta, y, si no estás de acuerdo, la de una muy extensa? Adiós.

Carta 21

Plinio saluda a su estimado Plinio Paterno.

Tengo la mayor confianza en la opinión tanto de tu pensamiento como de tus ojos, no porque tengas muy buen gusto (para que no te envanezcas), sino porque tienes tanto como yo; de todos modos también esto es bastante. Bromas aparte, considero que son bien parecidos los esclavos que me han sido comprados según tu recomendación; falta que sean discretos, cosa que en los que se venden se determina mejor por el oído que por los ojos. Adiós.

Carta 22

Plinio saluda a su estimado Catilio Severo.

Ya estoy detenido mucho tiempo en la ciudad y, ciertamente, ansioso. Me desazona la prolongada y contumaz enfermedad de Ticio Aristón, a quien admiro y aprecio extraordinariamente. Pues nada hay más sensato, más virtuoso, más sabio que él, hasta el punto de que me parece que corre extremo peligro no sólo un hombre, sino las mismas letras y todas las artes liberales en un solo hombre. ¡Qué diestro es él en el derecho privado y en el público! ¡Cuántos conocimientos posee, cuántos ejemplos, cuántos acontecimientos pasados! Nada hay que quieras aprender que él no pueda enseñar; realmente, para mí, cuantas veces indago algo desconocido, él es una enciclopedia. ¡Qué gran veracidad hay en sus palabras, qué gran autoridad, qué precisa y adecuada su lentitud! ¿Qué es lo que no sabe inmediatamente? Y, sin embargo, muchas veces vacila, duda por la profusión de argumentos, que resume, distingue y examina con reflexión aguda y sobresaliente desde su principio y etiología inicial. Además, ¡qué sobrio en su sustento, qué moderado en su género de vida! Suelo ver su misma habitación y su cama como un reflejo de la austeridad de antaño. Estas virtudes las realza su grandeza de espíritu, que nada concede al alarde, todo a su conciencia y busca acertadamente la recompensa de una acción no en el reconocimiento público, sino en la propia acción. En resumen, difícilmente compararás a este hombre con cualquiera de los que por su porte exterior ponen de manifiesto su dedicación a la sabiduría. En verdad no va a buscar gimnasios ni pórticos y no entretiene el sosiego de los demás ni el suyo propio con prolongadas discusiones, sino que se mantiene en sus ocupaciones y trabajos, ayuda a muchos con su defensa, a muchos más con su consejo; sin embargo, ninguno de ésos le puede ganar tampoco en integridad, benevolencia, equidad y fortaleza.

Te asombrarías, si estuvieras presente, con qué resignación soporta esta enfermedad, cómo aguanta el dolor, cómo resiste la sed, cómo pasa inmóvil y tapado el extraordinario calor de las fiebres. Hace poco me llamó y, conmigo, a unos pocos, a quienes aprecia mucho, y nos pidió que preguntáramos a los médicos sobre su terrible enfermedad, para, si era irreversible, morir por voluntad propia, y, si sólo era complicada y prolongada, aguantar y aguardar: en verdad, debía rendirse a los ruegos de su esposa, debía rendirse a las lágrimas de su hija, debía rendirse también a nosotros, sus amigos, para no truncar con muerte voluntaria nuestras propias esperanzas, si por lo menos no eran vanas. Esta decisión la considero yo harto difícil y merecedora del mayor elogio. En efecto, es habitual lanzarse corriendo a la muerte con cierta celeridad y arrebato, pero es propio de un espíritu sobresaliente meditar y sopesar los motivos y, según aconseje la reflexión, adoptar o desechar la idea de vivir o morir.

Ciertamente los médicos nos han ofrecido diagnósticos favorables: falta que la divinidad esté de acuerdo con los pronósticos y que por fin me libere de esta inquietud, librado de la cual volveré a mi casa de Laurento, es decir, a mis libros, a mis tablillas y a mi estudioso descanso. Pues ahora, no puedo, al estar junto a él, ni me agrada, al estar angustiado, leer ni escribir nada. Conoces qué temo, qué deseo, incluso qué espero para el futuro; escríbeme en contrapartida, pero en carta más alegre, qué has hecho, qué haces, qué quieres hacer. Si tú no te lamentas por nada habrá alivio no pequeño para mi turbación. Adiós.

Carta 23

Plinio saluda a su estimado Pompeyo Falcón.

Me preguntas si creo que debes litigar mientras eres tribuno. Importa mucho saber qué piensas que es el tribunado, si vana sombra y título sin honor o autoridad sacrosanta y de tal índole que no deba ser degradada por nadie; ni siquiera por el mismo tribuno. Cuando yo fui tribuno, quizás me equivocara al creerme importante, pero como si lo fuera, me abstuve de litigar: en primer lugar, porque consideraba indigno que aquél ante quien era necesario que todos se levantaran y le dejaran el sitio estuviera de pie mientras los demás estaban sentados y que, a quien podía ordenar callarse a cualquiera, le fuera impuesto silencio por una clepsidra y que, a quien no era lícito interrumpir, oyera incluso reproches y pareciera cobarde, si los sufría sin castigarlos, y soberbio si los castigaba. Se me presentaba también entonces la inquietud de si por azar me llamara aquél al que defendía o aquél contra el que litigaba, si intercedería por él y le ayudaría o permanecería inmóvil, me callaría y me transformaría en un particular como si hubiera renunciado a la magistratura. Inducido por estos motivos preferí ser tribuno de todos que defensor de unos pocos. Pero (lo repito), es primordial saber qué crees tú que es el tribunado, qué papel te arrogas; éste debe ser adecuado para una persona sabia de tal modo que pueda llevarlo a buen término. Adiós.

Carta 24

Plinio saluda a su estimado Bebio Hispano.

Tranquilo, amigo mío, quiere comprar una pequeña parcela que al parecer vende un amigo tuyo. Procura, te lo ruego, que la compre a un precio justo; pues así le agradará haberla comprado. En efecto, una desafortunada compra siempre causa disgusto, principalmente porque parece atribuir necedad a su comprador. Además, en esta pequeña parcela, caso de que le agrade su precio, muchas circunstancias complacen a mi querido Tranquilo: la cercanía de la ciudad, la calidad del camino, la modestia de la finca, las dimensiones del terreno, que más sirven de distracción que de ocupación. Pues a los hombres eruditos, como es él, les basta el sitio necesario para poder relajar su pensamiento, descansar su vista, moverse por su linde, recorrer una misma senda, conocer sus propias viñitas y contar sus arbolitos. Te he contado estas cosas para que sepas, sobre todo, que, cuanto él me deba a mí, yo te lo voy a deber a ti si esa pequeña hacienda, que es recomendable por estas bondades, la compra de forma tan ventajosa que no deje lugar al arrepentimiento. Adiós.

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