Vidas Paralelas: Tiberio Graco, por Plutarco

Vidas Paralelas, Plutarco - Tiberio Graco. Vida del reformista Tiberio Sempronio Graco (162 a. C. -133 a. C.).

Vidas Paralelas

Plutarco

Las Vidas paralelas, del historiador griego Plutarco, es una de las obras estudios biográficos pioneros de la Historia. Escrita entre los años 96 d. C. y el 117 d. C., la obra se caracteriza principalmente por su particular estructura. Es decir, el tomar a dos personajes, uno griego y otro romano relacionados a través de una dedicación o característica que Plutarco consideraba definitoria, y relatar sus vidas en detalle comparando a ambas figuras al final (práctica denominada σύγκρισις o sýnkrisis). De allí, lógicamente, el nombre de la obra, Vidas paralelas.

Como ocurre con muchos otros trabajos de la literatura clásica, la obra ha llegado incompleta hasta nuestros días, conservándose solo cuarenta y ocho biografías. De estas, veintidós pares corresponden a las Vidas paralelas y el resto a otros trabajos biográficos realizados por Plutarco.

Vidas paralelas

Tomo VI
FociónCatón el Joven – Comparación
Agis / CleómenesTiberio Graco / Gayo GracoComparación
DemóstenesCicerónComparación

Tomo ITomo IITomo IIITomo IVTomo VTomo VII

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Vida de Tiberio Sempronio Graco

(162 a. C. -133 a. C.)

I.- Habiendo referido ya la primera historia, nos quedan que ver no menores infortunios en la pareja romana, contraponiendo las vidas de Tiberio y Gayo. Eran hijos de Tiberio Graco, que, con haber sido censor de los romanos, cónsul dos veces y habiendo obtenido dos triunfos, todavía fue mayor la dignidad que debió a su virtud. Fue, por tanto, merecedor de tomar en matrimonio a Cornelia, hija de Escipión, el que venció a Aníbal, después de la muerte de éste, aunque no había sido su amigo, sino más bien de otro partido en el gobierno. Dícese que cogió una vez una pareja de dragones sobre su lecho, y que, habiendo examinado los agoreros este portento, no dejaron que se diera muerte a los dos, ni que los dos quedaran, sino que se eligiera uno, en la inteligencia de que, si se mataba el macho, esto anunciaba la muerte a Tiberio, y si la hembra, a Cornelia; y, finalmente, que amando mucho Tiberio a su mujer, y juzgando que era más conveniente morir él el primero, por tener más edad, pues Cornelia era todavía joven, mató de las serpientes el macho y dejó la hembra; y después, al cabo de poco tiempo, murió, dejando doce hijos tenidos en Cornelia. Encargada ésta de los hijos y de la casa, se mostró tan prudente, tan amante de sus hijos y tan magnánima, que entendieron todos no haber andado errado Tiberio en anteponer su muerte a la de semejante mujer, la cual no admitió el matrimonio del rey Tolomeo, que partía con ella la diadema y la pedía por mujer, y permaneciendo viuda, perdió todos los demás hijos, a excepción de una hija, que casó con Escipión el Menor, y los dos hijos Tiberio y Gayo, cuya vida escribimos; a los que dio tan esmerada crianza, que con ser, a confesión de todos, los de mejor índole entre los romanos, aun parece que se debió más su virtud a la educación que a la Naturaleza.

II.- Pues que en la semejanza de los Dióscuros, en sus imágenes pintadas o esculpidas se nota alguna diferencia que indica ora lo luchador, ora lo corredor de caballos, y de la misma manera en el grande aire que se dan estos jóvenes en el valor y modestia, en la liberalidad, en la elocuencia y en la elevación de ánimo, todavía salen y se notan en sus hechos y manera de gobiernos grandes desemejanzas; me parece que no será fuera de propósito que preceda su explicación. En primer lugar, en las facciones del rostro, en el mirar y en los movimientos, Tiberio era dulce y reposado, y Gayo fogoso y vehemente: tanto, que para hablar en público el uno permanecía sosegado en el mismo sitio, y el otro fue el primero de los Romanos que empezó a dar pasos en la tribuna y a desprenderse la toga del hombro, al modo que se refiere de Cleón el Ateniense haber sido el primero de aquellos oradores que se desprendía el manto y se golpeaba el muslo. En segundo lugar, el estilo de Gayo era acalorado y cargado de afectos, con tendencia a lo terrible, y el de Tiberio más dulce y más propio para mover a la compasión. En la dicción, el de éste era puro y trabajado con estudio; el de Cayo, persuasivo y florido. Del mismo modo, en cuanto al orden de vida y a la mesa, Tiberio parco y sencillo, y Gayo, si se le comparaba con los demás, sobrio y austero; pero mirada la diferencia con el hermano, lujoso y delicado; así es que Druso le afeó el haber comprado unas mesas délficas de plata, que le costaron a razón de mil doscientas cincuenta dracmas la libra. En sus costumbres, con relación a la diferencia del estilo, el uno era afable y benigno y el otro pronto e iracundo: de manera que, hablando en público, se dejaba muchas veces arrebatar de la ira contra su mismo propósito, con lo que se levantaba la voz, prorrumpía en dicterios y desordenaba el discurso; y por lo tanto, para reparo de este acaloramiento, tenía cerca de sí a su esclavo Licinio, que no carecía de talento, el cual, puesto a su espalda con el instrumento que sirve para dar los tonos, cuando advertía que precipitaba y cortaba la pronunciación por el demasiado ardimiento, le daba un tono bajo y suave, y en oyéndole, inmediatamente volvía sobre sí, templaba el calor de los afectos, y bajaba la voz con la mayor docilidad.

III.- Estas eran las diferencias que entre ellos había; pero la fortaleza contra los enemigos, la justicia con los súbditos, la actividad en los cargos y la continencia en los placeres era en ambos una misma. En cuanto a la edad, Tiberio tenía nueve años más y esto hizo que ejerciesen autoridad en distintos tiempos, lo que no fue de pequeño perjuicio para sus empresas, por no haber florecido a un tiempo ni podido reunir sus fuerzas, que juntas las de ambos hubieran sido grandes e insuperables. Hablaremos, pues, separadamente de cada uno, y primero del de más edad.

IV.- Éste, pues, apenas salió de la puericia tuvo ya tanto nombre, que al punto se le reputó digno del sacerdocio llamado de los Augures, más bien por su virtud que por su ilustre origen. Manifestólo así Apio Claudio, varón consular y censorio, primero por su dignidad entre los senadores de Roma, y muy aventajado en prudencia a los de su edad, porque, comiendo juntos los agoreros, habló y saludó con singular cariño a Tiberio, y él mismo lo pidió para esposo de su hija; y habiéndole él otorgado con la mejor voluntad, hechos en esta forma los esponsales, al entrar Apio en su casa empezó desde la puerta a llamar a su mujer y a decirle en voz alta: “Antistia, he dado esposo a Claudia”; y admirada aquella: “¿Qué prisa o qué precipitación es esa- le respondiócomo no sea Tiberio el marido que le has proporcionado?” Bien sé que algunos refieren esto al padre de los Gracos, Tiberio, y a Escipión el Africano, pero los más son de nuestro sentir, y Polibio dice que después de la muerte de Escipión el Africano sus deudos prefirieron entre todos a Tiberio para darle en matrimonio a Cornelia, significando con esto que el padre la había dejado sin desposar ni prometer. Militó el joven Tiberio en África con Escipión el Menor, que estaba casado con su hermana; y viviendo en una misma tienda con el general, al punto comprendió su índole, que daba grandes y continuos ejemplos de virtud, dignos de que todos los emulasen e imitasen. Bien presto, pues, se aventajó a todos los jóvenes en disciplina y en valor, y fue el primero que trepó al muro enemigo, como lo escribe Fanio, diciendo que él también subió con Tiberio y participó de aquel prez de valor. Así, mientras estuvo presente, tuvo el amor de los soldados, y después de haber partido del ejército fue muy sentida su ausencia.

V.- Nombrado cuestor después de aquella guerra, cúpole en suerte militar contra los de Numancia con el Cónsul Cayo Mancino, varón no vituperable, pero el general más desgraciado de todos los Romanos; por lo tanto, resplandeció más en acontecimientos tan extraños de fortuna y en semejantes adversidades no sólo la puntualidad y valor de Tiberio, sino lo que es de admirar, su veneración y respeto hacia el caudillo, cuando él mismo, oprimido de tantos males, hasta de que era general se había olvidado. Porque vencido en grandes y continuados combates, intentó retirarse de noche, abandonando el campamento; pero habiéndolo percibido los Numantinos, tomaron éste inmediatamente, cayeron sobre los fugitivos, dieron muerte a los que alcanzaron, y envolvieron por fin todo el ejército, impeliéndole hacia lugares ásperos, de los que no había salida; por lo que, desesperado Mancino de todo buen término, hizo publicar que trataría con ellos de conciertos de paz; pero respondieron que no se fiarían sino de sólo Tiberio, proponiendo que fuera éste el que se les enviara. Movíanse a ello ya por el mismo joven, a causa de la fama que de él había en el ejército, y ya también acordándose de su padre Tiberio, que haciendo la guerra a los Españoles, y habiendo vencido a muchas gentes, asentó paz con los Numantinos, y confirmada por el pueblo, la guardó siempre con rectitud y justicia. Enviado, pues, Tiberio, entró con ellos en pláticas, y ora haciendo recibir unas condiciones, ora cediendo en otras, concluyó un tratado por el que salvó notoriamente a veinte mil ciudadanos Romanos, sin contar los esclavos ni la demás turba que no entra en formación.

VI.- Cuanto quedó en el campamento lo tomaron o destruyeron los Numantinos. Había entre estos despojos unas tablas pertenecientes a Tiberio, que contenían las cuentas de su cuestura, y que en gran manera deseaba recobrar, por lo cual, retirado ya el ejército, volvió a la ciudad con tres o cuatro de sus amigos. Llamando, pues, a los magistrados de los Numantinos, les rogó que le entregaran las tablas, para no dar a sus contrarios ocasión de calumniarle por no tener con qué defenderse acerca de su administración. Alegráronse los Numantinos con la feliz casualidad de poder servirle, y le rogaban que entrase en la población, y como se parase un poco para deliberar, acercándose a él, le cogían del brazo, repitiendo las instancias y suplicándole que no los mirara ya como enemigos, sino que como amigos se fiara y valiera de ellos. Resolvióse, por fin, a hacerlo así, deseoso de recobrar las tablas, y temeroso de que entendieran los Numantinos que tenía desconfianza; y entrando en la ciudad, le convidaron a comer, interponiendo toda especie de ruegos para que comiera alguna cosa sentado con ellos, Restituyéronle después las tablas, y le propusieron que de lo demás del botín tomara lo que gustase; mas no tomó otra cosa que un poco de incienso, porque usaba de él para los sacrificios públicos, y con esto se retiró, saludándolos y despidiéndose con demostraciones de afecto.

VII.- Luego que volvió a Roma, aquel tratado se miró como ofensivo e ignominioso a la república, y fue por lo tanto puesto en examen y objeto de acusación; pero los deudos y amigos de los soldados, que eran una gran parte del pueblo, poniéndose alrededor de Tiberio, imputaron al general todo lo que el suceso había tenido de afrentoso, y atestiguaron que por él se habían salvado tantos ciudadanos. En tanto, los que atacaban el tratado decían que en aquel caso debían los Romanos imitar a sus antepasados; porque también éstos a los cónsules que se dieron por contentos con recibir libertad de los Samnites los arrojaron desnudos en manos de los enemigos, y a cuantos intervinieron y tuvieron parte en los tratados, como los cuestores y comandantes, igualmente los entregaron; haciendo que recayera sobre éstos el perjurio y el quebrantamiento de los pactos; pero aquí fue donde principalmente se vio el interés y amor con que el pueblo miraba a Tiberio; porque decretaron que el cónsul, desnudo y atado, fuese entregado a los Numantinos, y a todos los demás los trataron con indulgencia, a causa de Tiberio. Parece que contribuyó también a ello Escipión, que era entonces el principal y de mayor poder entre los Romanos; sin embargo, no faltaba quien le culpase de no haber salvado a Mancino ni procurado que se guardara a los Numantinos un tratado hecho por su deudo y amigo Tiberio. Bien es que esta acusación, a lo que parece, se debió en gran parte al amor propio de Tiberio, un poco ofendido, y a las conversaciones con que los amigos de éste y algunos sofistas le acaloraban; pero al cabo esta ligera desazón no tuvo consecuencia ninguna triste o desagradable. En lo que para mí no cabe duda es en que Tiberio no se habría visto en las adversidades que le sobrevinieron, si a sus operaciones de gobierno hubiera estado presente Escipión el Africano; pero ahora, cuando éste se hallaba ya en España, ocupado en la guerra de Numancia, fue cuando se dedicó a promover el establecimiento de nuevas leyes con la ocasión siguiente.

VIII.- Los Romanos de todas las tierras que por la guerra ocuparon a los enemigos comarcanos, vendieron una parte, y declarando pública la otra, la arrendaron a los ciudadanos pobres y menesterosos por una moderada pensión, que debían pagar al Erario. Empezaron los ricos a subir las pensiones; y como fuesen dejando sin tierras a los pobres, se promulgó una ley que no permitía cultivar más de quinientas yugadas de tierra. Por algún tiempo contuvo esta ley la codicia, y sirvió de amparo a los pobres para permanecer en sus arrendamientos y mantenerse en la suerte que cada uno tuvo desde el principio; pero más adelante los vecinos ricos empezaron a hacer que bajo nombres supuestos se les traspasaran los arriendos, y aun después lo ejecutaron abiertamente por sí mismos; con lo que, desposeídos los pobres, ni se prestaban de buena voluntad a servir en los ejércitos, ni cuidaban de la crianza de los hijos, y se estaba en riesgo de que la Italia toda se quedara desierta de población libre y se llenara de calabozos de esclavos, como los de los bárbaros: porque con ellos labraban las tierras los ricos, excluidos los ciudadanos. Intentó poner en esto algún remedio Gayo Lelio, el amigo de Escipión, pero encontró grande oposición en los poderosos; y porque, temiendo una sedición, desistió de su empresa, mereció el sobrenombre de sabio o prudente, que es lo que significa a un mismo tiempo la voz sapiens. Mas nombrado Tiberio tribuno de la plebe, al punto tomó por su cuenta este negocio, incitado, según dicen los más, por el orador Diófanes y el filósofo Blosio. Era Diófanes un desterrado de Mitilena, y Blosio de allí mismo, natural de Cumas, en Italia; al cual, habiendo sido en Roma discípulo de Antípatro de Tarso, dedicó éste sus tratados de filosofía. Algunos dan también algo de culpa a su madre Cornelia, que les echaba en cara muchas veces el que los Romanos le decían siempre la suegra de Escipión, y nunca la madre de los Gracos. Mas otros dicen haber sido la causa un Espurio Postumio, de la misma edad de Tiberio y que competía con él en las defensas de las causas: porque como al volver del ejército lo encontrase muy adelantado en gloria y gozando de grande fama, quiso, a lo que parece, sobreponérsele, haciéndose autor de una providencia arriesgada y que ponía a todos en gran expectación; pero su hermano Gayo dijo en un escrito que, al hacer Tiberio su viaje a España por la Toscana, viendo la despoblación del país, y que los labradores y pastores eran esclavos advenedizos y bárbaros, entonces concibió ya la primera idea de una providencia que fue para ellos el manantial de infinitos males. Tuvo también gran parte el pueblo mismo, acalorando y dando impulso a su ambición con excitarle por medio de carteles, que aparecían fijados en los pórticos, en las murallas y en los sepulcros, a que restituyera a los pobres las tierras del público.

IX.- Mas no dictó por sí solo la ley, sino que tomó consejo de los ciudadanos más distinguidos en autoridad y en virtud, entre ellos de Craso el Pontífice máximo, de Mucio Escévola el Jurisconsulto, que era cónsul en aquel año, y de Apio Claudio, su suegro. Parece además que no pudo haberse escrito una ley más benigna y humana contra semejante iniquidad y codicia; pues cuando parecía justo que los culpados pagaran la pena de la desobediencia, y sobre ella sufrieran la de perder las tierras que disfrutaban contra las leyes, sólo disponía que, percibiendo el precio de lo mismo que injustamente poseían, dieran entrada a los ciudadanos indigentes. Aunque el remedio era tan suave, el pueblo se daba por contento, y pasaba por lo sucedido como para en adelante no se le agraviara; pero los ricos y acumuladores de posesiones, mirando por codicia con encono a la ley, y por ira y tema a su autor, trataban de seducir al pueblo, haciéndole creer que Tiberio quería introducir el repartimiento de tierras con la mira de mudar el gobierno y de trastornarlo todo. Mas nada consiguieron; porque Tiberio, empleando su elocuencia en una causa la más honesta y justa, siendo así que era capaz de exornar otras menos recomendables, se mostró terrible e invicto cuando, rodeando el pueblo la tribuna, puesto en pie, dijo, hablando de los pobres: “Las fieras que discurren por los bosques de la Italia, tienen cada una sus guaridas y sus cuevas; los que pelean y mueren por la Italia sólo participan del aire y de la luz, y de ninguna otra cosa más, sino que, sin techo y sin casas, andan errantes con sus hijos y sus mujeres; no dicen verdad sus caudillos cuando en las batallas exhortan a los soldados a combatir contra los enemigos por sus aras y sus sepulcros, porque de un gran numero de Romanos ninguno tiene ara, patria ni sepulcro de sus mayores; sino que por el regalo y la riqueza ajena pelean y mueren, y cuando se dice que son señores de toda la tierra, ni siquiera un terrón tienen propio”.

X.- Estas expresiones, nacidas de un ánimo elevado y de un sentimiento verdadero, corrieron por el pueblo, y lo entusiasmaron y movieron de manera que no se atrevió a chistar ninguno de los contrarios. Dejándose, pues, de contradecir, acudieron a Marco Octavio, uno de los tribunos de la plebe, joven grave y modesto en sus costumbres, y amigo íntimo de Tiberio; así es que al principio, por respeto a él, había cedido; pero, por fin, siendo rogado e instado de muchos y de los más principales, como por fuerza se opuso a Tiberio y desechó la ley. Entre los tribunos prevalece el que se opone, porque nada hacen todos los demás con que uno solo repugne. Irritado con esto Tiberio, retiró aquella ley tan humana, y propuso otra más acepta a la muchedumbre y más dura contra los transgresores, mandándoles ya dejar las tierras que poseían contra las anteriores leyes. Eran, por tanto, continuas las contiendas que tenía con Octavio en la tribuna; en las que, sin embargo de que se contradecían con el mayor ardor y empeño, se refiere no haber dicho uno contra otro expresión ninguna ofensiva ni haber prorrumpido en el calor de la ira en ninguna palabra que pudiera parecer menos decorosa; y es que, según parece, no sólo en los banquetes, sino también en las contiendas y en las rencillas, el estar dotados de buena índole y haber sido educados con esmero sirve siempre de freno y ornamento a la razón. Y aun habiendo advertido que Octavio era uno de los transgresores de la ley, por estar en posesión de muchas tierras del público, le rogaba Tiberio que desistiera del empeño, prometiendo pagarle el precio de ellas de su propio caudal, a pesar de que no era de los más floridos. No habiendo Octavio escuchado la proposición, mandó por un edicto que cesaran todas las demás magistraturas en sus funciones hasta que se votara la ley, y puso sellos en el templo de Saturno para que los cuestores ni introdujeran ni extrajeran nada, publicando penas contra los pretores que contraviniesen; de manera que todos concibieron miedo, y dieron de mano a sus respectivos negocios. Desde aquel punto los poseedores de tierras mudaron de vestiduras, y en actitud abatida y miserable se presentaron en la plaza; pero ocultamente armaban asechanzas a Tiberio, y aun habían llegado a tener pagados asesinos; tanto, que él, a ciencia de todos, llevaba siempre en la cinta un puñal de los usados por los piratas, al que llaman dolón.

XI.- Llegado el día, llamaba al pueblo para proceder la votación; pero los ricos habían quitado las urnas, y este incidente produjo un grandísimo alboroto. Podían Tiberio y su partido emplear la fuerza, y a ello se disponían; pero en aquel momento Manlio y Fulvio, varones consulares, se dirigieron a Tiberio, y tomándole las manos, le rogaban con lágrimas que se contuviera. Reflexionando éste sobre las terribles consecuencias que ya preveía, y acatando además a tan autorizados varones, les preguntó qué querían hiciese; a lo que contestaron no creerse capaces de responder de pronto a semejante consulta, y que lo mejor sería poner la decisión en manos del Senado; y haciéndole sobre ello instancias, condescendió con su deseo. Mas como reunido el Senado nada adelantase, porque el mayor influjo era de los ricos, echó mano de un medio nada legal ni pacífico, cual fue el de privar del tribunado a Octavio, no encontrando otro para que la ley se pusiera a votación. Empezó para esto a interponer con él públicamente ruegos, hablándole en los términos más amistosos y humanos, y tomándole las manos, le suplicaba cediera en cuanto a la ley, y favoreciera al pueblo en una cosa tan justa y que sería ligera recompensa de grandes trabajos y peligros. Desechada por Octavio esta propuesta, ya hablándole en otro tono le repuso que, teniendo ambos una misma autoridad, y disintiendo sobre negocios de tan grande importancia, no habría cómo acabar su tiempo sin hacerse la guerra; que, por tanto, sólo veía un remedio a este mal, que era el de cesar uno de los dos en la magistratura, y propuso a Octavio que llamara al pueblo a votar acerca de él, pues por su parte descendería al punto, y quedaría reducido a la clase de particular, si así lo determinaban los ciudadanos. No conviniendo en ello Octavio, le dijo Tiberio que en tal caso estaba resuelto a llamar a votar acerca de él, a no ser que, pensándolo mejor, mudara de dictamen.

XII.- Con esto, entonces disolvió la junta; pero reunido el pueblo al día siguiente, subiendo a la tribuna, intentó de nuevo persuadir a Octavio; mas hallándole irreducible, propuso ley para privarle del tribunado, y al punto hizo dar la voz de que los ciudadanos pasaran a votarla. Eran treinta y cinco las curias, y cuando habían votado diecisiete y no faltaba más que una para que Octavio quedara de particular, mandó suspender, y otra vez se puso a rogarle. Abrazóle a vista del pueblo e hizo otras demostraciones, instándole y suplicándole que ni a sí mismo se expusiera a aquel sonrojo, ni a él le pusiera en la precisión de haber de ser causa de una providencia tan dura y tan cruel. Dícese que estos ruegos y súplicas no los escuchó Octavio enteramente inmóvil y sereno, sino que se le llenaron los ojos de lágrimas y estuvo en silencio largo rato. Pero luego que miró a los ricos y a los poseedores de tierras que le tenían rodeado, es de creer que de vergüenza y temor a lo que éstos dirían se resolvió a todo trance, y dijo con entereza a Tiberio que hiciera lo que gustase. Sancionada de este modo la ley, mandó Tiberio a uno de sus libertos que echara a Octavio de la tribuna, porque se valía de sus libertos como de ministros, y esto hizo más digno de compasión el suceso de Octavio, al ver que se le echaba con ignominia. Mas el pueblo aún arremetió contra él, y acudiendo los ricos y conteniendo a éste, con gran dificultad se salvó Octavio, escabulléndose y huyendo de la muchedumbre; pero a un fiel esclavo suyo, que se le puso delante como para defenderle, le sacaron los ojos, con gran pesar de Tiberio, que luego que tuvo noticia de lo que pasaba acudió al tumulto, corriendo con la mayor diligencia.

XIII.- De resultas de esto se sancionó también la otra ley sobre las tierras, y fueron elegidos tres ciudadanos para el discernimiento y el reparto: el mismo Tiberio Apio Claudio, su suegro, y Gayo Graco, su hermano, que no se hallaba presente, sino que militaba a las órdenes de Escipión contra Numancia. Ejecutadas estas cosas por Tiberio a todo su placer, sin que nadie se le opusiera, nombró además tribuno, no a una persona conocida, sino a un tal Mucio, que era su cliente; de lo que ofendidos los poderosos, y temiendo el poder que aquel iba adquiriendo, en el Senado le mortificaron y humillaron cuanto pudieron: pues que pidiendo, como era de costumbre, una tienda donde pudiera hacer el repartimiento de las tierras, no se la dieron, siendo así que se concedían a otros para objetos de menor entidad; y para expensas le señalaron por día nueve óbolos; siendo Publio Nasica quien promovía estas cosas, exponiéndose sin reserva a su enemistad, porque era el que más tierras poseía de las del público, y llevaba muy a mal que se le precisara a dejarlas. Con esto, el pueblo se encendía más, y habiendo muerto de repente un amigo de Tiberio, como en el cadáver se notasen ciertas señales reparables, empezaron a gritar que lo habían muerto con veneno, corrieron a su entierro, tomaron en hombros el féretro y no se apartaron mientras se le daba sepultura, no faltándoles razón para sospechar del veneno. Porque el cadáver se reventó, y arrojó gran cantidad de un humor corrompido; tanto, que se apagó la hoguera; y formando otra, no quiso arder hasta que la mudaron a otro lugar; y aun allí tuvieron mucho que hacer para que en él prendiera el fuego. En vista de estas cosas, Tiberio irritaba más a la muchedumbre, pues se mudó las vestiduras, y presentando los hijos, pedía al pueblo que se encargara de ellos y de su madre, considerándose ya perdido.

XIV.- Había muerto el rey Átalo Filométor, y vino Eudemo de Pérgamo a traer el testamento, en el que estaba nombrado heredero el pueblo romano; y arengando al punto Tiberio a la muchedumbre, propuso una ley para que, llegado que fuera el gran caudal heredado, sirviese a los ciudadanos a quienes habían tocado tierras para adquirir los enseres y utensilios de la labor; y acerca de las ciudades que eran del reino de Átalo dijo que no debía el Senado tomar providencia alguna, sino que él manifestaría su modo de pensar al pueblo. Incomodó esto sobremanera al Senado, y levantándose Pompeyo, dijo que era vecino de Tiberio, y por esta razón sabía que Eudemo de Pérgamo le había entregado la diadema y la púrpura del rey, como teniendo por cierto que había de reinar en Roma; y Quinto Metelo le echó en cara que cuando su padre, siendo censor, volvía a casa después de cenar, los ciudadanos que le acompañaban apagaban las luces, para que no pareciera que se habían detenido en diversiones y francachelas más de lo regular, y a él por la noche le iban alumbrando los más atrevidos y más miserables de la plebe. También Tito Anio, hombre que no tenía opinión de probidad ni de prudencia, pero que hablando en público pasaba por invencible en las preguntas y respuestas, desafió a Tiberio a que se defendiese de haber injuriado a su colega, siendo sacrosanto e inviolable por las leyes; y como se moviese grande alboroto, yéndose hacia él Tiberio, pedía auxilio al pueblo, diciendo que se le trajera para acusarlo. Anio, que en elocuencia y en autoridad se reconocía inferior, recurrió a su habilidad, y pidió a Tiberio que antes de hablar en su acusación le respondiera a una friolera. Convino en que preguntara, y quedando todos en silencio, dijo Anio: “Si queriendo tú afrentarme y deshonrarme me acogiere yo a alguno de tus colegas, y bajando éste a auxiliarme te enfadas tú de ello, pregunto: ¿le privarás del tribunado?” Se dice que a esta pregunta quedó tan cortado Tiberio, que con ser el más pronto que se conocía para hablar y el más atrevido y resuelto, enmudeció en aquella ocasión.

XV.- Disolvió, pues, entonces la junta, y habiendo entendido que de todas las disposiciones que a su propuesta se habían tomado la que peor impresión había hecho, no sólo en los poderosos, sino en la muchedumbre, era la relativa a Octavio- porque la grande y respetable autoridad de los tribunos, conservada ilesa hasta entonces, parecía que había sido hollada y escarnecida-, pronunció ante el pueblo un discurso, del que no deberá tenerse por inoportuno poner aquí algunos rasgos, para que se tenga idea de lo persuasivo y convincente de su dicción. Porque dijo: “Que un tribuno es sacrosanto e inviolable, a causa de que se consagra al pueblo y es del pueblo defensor; mas si cambiando de conducta ofende al pueblo, disminuye su poder, y le priva de votar, él mismo es quien se despoja de su dignidad, no haciendo aquello para que fue elegido, pues si no, al tribuno que arruinara el Capitolio o incendiara el arsenal debería dejársele en paz; y eso que el que esto hace es tribuno, aunque malo; pero si disuelve el pueblo ya no es tribuno. ¿Y no sería cosa repugnante que el tribuno pueda prender al cónsul, y que el pueblo no pueda despojar de su autoridad al tribuno cuando abusa de ella contra el mismo de quien la recibió? Porque al cónsul y al tribuno igualmente los elige el pueblo. Pues la prerrogativa real, conteniendo en sí todo poder y toda autoridad, era, además, consagrada con las ceremonias más augustas, y parecía en cierta manera cosa divina; y, sin embargo, la ciudad expelió a Tarquinio por ser injusto, y por la maldad de uno solo fue disuelta aquella autoridad patria que había fundado a Roma. ¿Y qué cosa hay en Roma tan sagrada y venerable como las que llamamos las vírgenes encargadas de guardar el fuego incorruptible? Y si alguna de ellas yerra, es enterrada viva: porque impías contra los dioses, no guardan lo inviolable y sagrado que por respeto a los mismos dioses se les concede. No es, pues, conforme a justicia que el tribuno injusto contra el pueblo conserve la inviolabilidad que en favor del pueblo le es dada, porque él mismo destruye la autoridad que le hace poderoso. Y si tiene justamente su autoridad, porque la mayor parte de las curias le votaron, ¿no se le quitará con mayor justicia todavía si todas votan contra él? Nada hay más santo e inviolable que las ofrendas y voto de los dioses, y nadie disputa al pueblo la facultad de usar de ellos, de moverlos y trasladarlos como le parece. Érale, pues, lícito trasladar al tribunado a otro, como una ofrenda; y prueba clara de no ser toda magistratura una cosa tan sagrada que no pueda quitarse, es que muchas veces los que las tienen hacen por sí renuncia y dimisión de ellas”.

XVI.- Estos eran los principales capítulos de la defensa de Tiberio; mas como sus amigos fuesen sabedores de las amenazas y de la conjuración que estaba tramada, tenían por preciso que se pusiera a cubierto para en adelante con pedir otra vez el tribunado; él trató de cautivar más a la muchedumbre con otras leyes, quitando tiempo a los empeños de la milicia, concediendo apelación de los jueces al pueblo, uniendo con los que entonces asistían a los juicios, que eran del orden senatorio, un número igual del orden ecuestre, y coartando de todas maneras la autoridad del Senado, más por encono y enemiga que con miras de justicia y conveniencia. Al darse los votos advirtieron que vencían los contrarios, porque no había concurrido todo el pueblo; y volviéndose primero contra los colegas con injurias y denuestos, gastaron así el tiempo, y después disolvieron la junta, mandando que acudieran al día siguiente. Por lo que hace a Tiberio, bajó a la plaza, y mostrándose abatido, pedía con lágrimas amparo a los ciudadanos; después, diciendo temía que en aquella noche arrasaran los enemigos su casa y le matasen, de tal modo los inflamó, que muchos formaron como un campo alrededor de su casa y pasaron allí la noche haciéndole la guardia.

XVII.- A la mañana, muy temprano, vino con las aves que servían para los agüeros el que cuidaba de ellas, y les echó de comer; pero no salió más que una, por más que el pollero sacudió bien la jaula, y aun ésta no tocó la comida, sino que tendió el ala izquierda, alargó la pata y se volvió a la jaula; lo que le hizo a Tiberio acordarse de otra señal que había precedido. Tenía, en efecto, un casco que usaba para las batallas, graciosamente adornado y muy brillante, y habiéndose metido en él unas culebras, no se vio que habían puesto huevos y los habían sacado; y por esta razón causó mayor turbación a Tiberio lo ocurrido con las aves. Iba, sin embargo, a subir, sabiendo que era grande el concurso del pueblo al Capitolio, y al salir tropezó en el umbral, dándose tal golpe en el pie, que se le partió la uña del dedo grande y le salía la sangre por el zapato. Habían andado muy poco, cuando sobre un tejado se vieron a la izquierda unos cuervos riñendo; y pasando muchos, como era natural, junto a Tiberio, una piedra arrojada por uno de ellos cayó precisamente a sus pies; lo que hizo detener aun a los más osados de los que le acompañaban; pero llegando a este tiempo Blosio de Cumas, dijo que era grande vergüenza y miseria que Tiberio, hijo de Graco, nieto de Escipión, y el defensor del pueblo romano, por temor de un cuervo no acudiera adonde los ciudadanos lo llamaban, y que esto, que era vergonzoso, no lo harían pasar por burla los enemigos, sino que le pintarían al pueblo como un tirano que ya se daba grande importancia. Al mismo tiempo corrieron hacia Tiberio desde el Capitolio muchos de sus amigos, diciéndole que entrase, porque allí todo estaba como se pudiera desear. Y al principio todo le salió bien, pues apenas pareció le aclamaron con voces de amistad; cuando acabó de subir le recibieron con las mayores demostraciones, y, puestos alrededor de él, cuidaban de que no se le acercara ningún desconocido.

XVIII.- Habiendo empezado Mucio a llamar de nuevo las curias, no pudo conseguir que se hiciera nada con concierto, por el gran tumulto que movían los últimos, impelidos e impeliendo a los que venían de la otra parte y se metían entre ellas a viva fuerza. En esto Fulvio Flaco, del orden senatorio, poniéndose en sitio de donde fuera visto, como no pudiese hacerse oír, hizo señas con la mano de que tenía que decir una cosa aparte a Tiberio; y mandando éste a la muchedumbre que le hiciera paso, subió aquel con gran dificultad, y, puesto en su presencia, le anunció que, reunido el Senado, los ricos, no habiendo podido atraer a su partido al cónsul, habían resuelto por sí quitarle la vida, teniendo armados a muchos de sus esclavos y amigos para el efecto.

XIX.- Luego que Tiberio dio parte de este aviso a los que le rodeaban, se ciñeron éstos las togas, y rompiendo los astiles con que los ministros hacen apartar a la muchedumbre, tomaron los pedazos para defenderse con ellos de los que les acometieran. Pasmábanse los que se hallaban algo lejos de lo que sucedía, y preguntando acerca de ello, Tiberio llevó la mano a la cabeza, queriendo indicar por señas su peligro, pues que la voz no podía ser oída; pero los contrarios, al ver esta demostración, corrieron a anunciar al Senado que Tiberio pedía la diadema, de lo que era señal el haberse tocado la cabeza. Alteráronse todos, y Nasica pedía al cónsul que mirara por la república y acabara con el tirano; mas como éste respondiese sencillamente que no era su ánimo emplear ninguna fuerza, ni quitar la vida a ningún ciudadano sin ser juzgado, y sólo si el pueblo diese algún decreto injusto, persuadido o violentado por Tiberio, no lo tendría por válido, levantóse entonces Nasica: “Pues que el cónsul- dijo- es traidor a la república, los que queráis venir en socorro de las leyes seguidme”. Y al decir esto se echó el borde de la toga sobre la cabeza, y se dirigió corriendo al Capitolio. Recogiéronse también las togas con la mano los que iban en pos de él, y apartaban a los que encontraban al paso, no habiendo ninguno que se atreviera a detenerlos por su autoridad, sino que más bien huían y se pisaban unos a otros. Los que eran de su facción habían traído de casa palos y mazas, y ellos, echando mano de los fragmentos y los pies de las sillas curules, hechas pedazos por la muchedumbre al tiempo de huir, marcharon contra Tiberio, hiriendo a los que se le ponían delante; y éstos fueron los primeros que murieron. Tiberio dio a huir, y llegó uno a asirle de la ropa; dejó aquel la toga, y continuó huyendo en túnica, pero tropezó y cayó sobre algunos de los que murieron antes que él, y al levantarse, el primero que se sabe haberle herido en la cabeza con el pie de una silla fue Publio Satureyo, uno de sus colegas; y el segundo golpe se lo dio Lucio Rufo, que se jactaba de ello como de una grande hazaña. Al todo murieron más de trescientos golpeados con palos y piedras, y ninguno con hierro.

XX.- Ésta dicen haber sido desde la expulsión de los reyes la primera sedición que terminó en sangre y muerte de los ciudadanos. Las demás, que no habían sido pequeñas ni nacidas de pequeñas causas, las habían aplacado cediendo unos a otros, los poderosos por miedo a la muchedumbre y la plebe por reverencia al Senado. Entonces mismo parece que fácilmente habría cedido Tiberio tratado con blandura, y más fácilmente se habría rendido sin muertes ni heridas a los que se hubieran presentado en actitud de acometerle, no teniendo consigo arriba de tres mil hombres; pero es de creer que esta sedición se movió contra él más bien por encono y odio de los ricos que no por los motivos que se pretextaron; de lo que es grande indicio la afrenta e ignominia con que fue tratado su cadáver. Porque no le permitieron recogerlo al hermano, que lo pedía para enterrarlo de noche, sino que con todos los demás muertos lo arrojaron al río. Y aun no acabó aquí, sino que de sus amigos a unos los proscribieron y desterraron sin juzgarlos, y a otros los prendieron y les dieron muerte, entre los que pereció el orador Diófanes. A Gayo Vilio lo encerraron en una jaula, y echando en ella víboras y culebras, de este modo tan inhumano lo mataron. Blosio de Cumas fue presentado a los cónsules, y preguntado sobre los hechos ocurridos, dijo que todo lo había ejecutado de orden de Tiberio; y replicándole Nasica: “¿Y si Tiberio te hubiera mandado poner fuego al Capitolio?” Al principio no contestó sino que Tiberio no podía mandar semejante cosa; pero como muchos le repitiesen la pregunta: “Si lo hubiera mandado- dijo-, lo hubiera tenido por bien hecho, porque Tiberio no lo habría dispuesto sino por ser útil al pueblo”. Libróse entonces de esta manera, y marchando después al Asia, al lado de Aristonico, cuando las cosas de éste tuvieron mal término, se quitó la vida.

XXI.- El Senado, para sosegar al pueblo, como las circunstancias lo pedían, ya no hizo oposición ninguna al repartimiento de tierras, y antes propuso que se eligiera otro repartidor en lugar de Tiberio. Tomando, pues, las tablillas, eligieron a Publio Craso, pariente de Graco: porque su hija Licinia estaba casada con Gayo, y aunque Cornelio Nepote dice que la que casó con Gayo Graco no fue hija de Craso, sino de Bruto, el que triunfó de los Lusitanos, los más refieren lo que dejamos escrito. Estaba el pueblo irritado con la muerte de Tiberio, y se echaba bien de ver que esperaba oportunidad de vengarse, además de que ya empezaban a moverse causas a Nasica; temiendo, pues, el Senado por su persona, decretó, sin que hubiera objeto alguno, enviarlo al Asia. Porque los ciudadanos siempre que se encontraban con él no ocultaban su desagrado, y antes se lo mostraban a las claras, llamándole en voz alta, cuando la ocasión se les presentaba, malvado y tirano, manchado con la muerte de una persona inviolable y sagrada, y violador del más santo y venerable templo entre todos los de la ciudad. Hubo, pues, de salir Nasica de Italia, sin embargo de que debieran detenerle las ocupaciones religiosas más augustas, porque era a la sazón Pontífice máximo. Anduvo, por tanto, en países extraños, afligido y errante, y al cabo de no largo tiempo murió en Pérgamo. Y no es de maravillar que el pueblo aborreciese tanto a Nasica, cuando Escipión Africano, al que con justa razón armaron los Romanos sobre todos los demás, estuvo en muy poco que perdiera esta benevolencia del pueblo, porque a la primera noticia que sobre Numancia se le dio de la muerte de Tiberio exclamó, con aquel verso de Homero: ¡ Siempre así; quien tal haga, que tal pague! Y preguntándole después en una junta pública Gayo y Fulvio qué le parecía de la muerte de Tiberio, dio una respuesta con la que significó no haber sido de su gusto los actos de aquel, de resulta de lo cual el pueblo le interrumpió en su discurso, cosa que nunca antes había ejecutado, y él prorrumpió también en expresiones ofensivas al pueblo. Pero de todo esto tratamos más detenidamente en la Vida de Escipión.