Vidas Paralelas: Demóstenes, por Plutarco

Vidas Paralelas, Plutarco - Demóstenes. Vida del gran orador y político ateniense Demóstenes (384 a. C. 322 a. C.).

Vidas Paralelas

Plutarco

Las Vidas paralelas, del historiador griego Plutarco, es una de las obras estudios biográficos pioneros de la Historia. Escrita entre los años 96 d. C. y el 117 d. C., la obra se caracteriza principalmente por su particular estructura. Es decir, el tomar a dos personajes, uno griego y otro romano relacionados a través de una dedicación o característica que Plutarco consideraba definitoria, y relatar sus vidas en detalle comparando a ambas figuras al final (práctica denominada σύγκρισις o sýnkrisis). De allí, lógicamente, el nombre de la obra, Vidas paralelas.

Como ocurre con muchos otros trabajos de la literatura clásica, la obra ha llegado incompleta hasta nuestros días, conservándose solo cuarenta y ocho biografías. De estas, veintidós pares corresponden a las Vidas paralelas y el resto a otros trabajos biográficos realizados por Plutarco.

Vidas paralelas

Tomo VI
FociónCatón el Joven – Comparación
Agis / CleómenesTiberio Graco / Gayo GracoComparación
DemóstenesCicerónComparación

Tomo ITomo IITomo IIITomo IVTomo VTomo VII

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Vida de Demóstenes

(384 a. C. 322 a. C.)

I.- El que escribió ¡ oh Socio! el elogio de Alcibíades, vencedor en Olimpia corriendo con los caballos, fuese Eurípides, como generalmente se cree, o fuese cualquier otro, dice que al hombre, para ser feliz, le ha de caber en suerte haber nacido en una ciudad ilustre; pero yo creo que para la verdadera felicidad, que principalmente consiste en las costumbres y en el propósito del ánimo, nada da ni quita haber nacido en una patria oscura e ignorada, o de una madre fea y pequeña. Porque sería cosa ridícula que hubiera quien pensase que Júlide, parte muy pequeña de una isla no grande como la de Ceo, y que Egina, de la que dijo un ateniense que debía quitarse como una legaña del Pireo, habían de haber llevado excelentes actores y poetas, y no habían de poder producir un hombre justo que se bastase a sí mismo, que tuviera juicio y fuera de un ánimo elevado. Porque lo natural es que las otras artes, que se alimentan con el trabajo y la fama, se marchiten en pueblos humildes y oscuros, y que la virtud, como planta fuerte y robusta, arraigue en todo terreno, si prende en una buena índole y en un ánimo inclinado al trabajo; de donde se sigue que si nosotros dejamos de pensar y conducirnos como corresponde, esto deberá justamente atribuirse, no a la pequeñez de la patria, sino a nosotros mismos.

II.- Y al que se ha propuesto tejer una relación o historia, no de hechos comunes y familiares, sino peregrinos y recogidos en gran parte de una lectura varia, en realidad le conviene ante todas cosas una ciudad de fama, de exquisito gusto y muy poblada, para tener copia de toda suerte de libros y poder instruirse y preguntar sobre aquellas cosas que, habiéndose ocultado a la diligencia de los escritores, adquieren más fe conservadas en la memoria y la tradición, para no dar una obra que salga falta de muchas noticias, y menos de las necesarias. Mas yo, que habito en una ciudad corta, en la que tengo formado empeño de permanecer para que no se haga más pequeña, y que mientras estuve en Roma y discurrí por la Italia no tuve tiempo para ejercitarme en la lengua latina, por los negocios políticos y por la concurrencia de los que venían a tratar conmigo de filosofía, tarde ya y siendo muy adelantado en edad, me acerqué a tomar conocimiento de las letras romanas, en lo que me ha sucedido una cosa extraña, pero muy cierta: y es que no tanto he aprendido y conocido las cosas por las palabras cuanto, tomando conocimiento de las cosas, ellas me han conducido a saber las palabras. Y lo que es llegar a percibir la belleza y velocidad de la pronunciación latina, las metáforas de los nombres, la armonía y todo lo demás con lo que se engalana el discurso, téngolo por útil y agradable; pero el estudio y ejercitación en este trabajo, como empresa difícil, sólo es para los que tienen ocio y tiempo que dedicar a tales primores.

III.- Por esta razón, escribiendo en este libro de las Vidas Paralelas las de Demóstenes y Cicerón, de sus hechos y del modo de conducirse en el gobierno, procuraremos colegir cuál era el carácter y disposición de cada uno, omitiendo el hacer cotejo de sus discursos, y manifestar cuál de los dos era más dulce o más primoroso en el decir, porque esto sería, como dijo Ion, la fuerza del delfín en tierra. Por ignorar esta máxima Cecilio, excesivo en todo, se metió sin reflexión a formar juicio entre Cicerón y Demóstenes; pero si a todos les fuera dado tener a la mano el conócete a ti mismo, no hubiera sido ésta tenida por una advertencia divina. Parece, pues, haber sido un mismo genio el que formó a Demóstenes y Cicerón, y acumuló en su naturaleza muchas semejanzas, como la ambición, el amor de la libertad cuando tomaron parte en el gobierno y la cobardía para los peligros y la guerra; con lo que mezcló también muchas cosas de las que son de fortuna; porque no creo que podrán encontrarse otros dos oradores que de oscuros y pequeños hubiesen llegado a ser grandes y poderosos, que hubiesen resistido a reyes y tiranos, que hubiesen perdido sus hijas, hubiesen sido arrojados de su patria y restituidos después con honor; que huyendo después hubieran sido alcanzados por los enemigos, y que en el mismo punto de expirar la libertad de sus conciudadanos hubiesen ellos perdido la vida; como que si a manera del de los artistas pudiera haber certamen entre la naturaleza la fortuna, sería muy difícil discernir si aquella los había hecho más semejantes en las costumbres o ésta en los sucesos. Diremos, pues, primero del que precedió en tiempo.

IV.- Demóstenes, el padre de este otro Demóstenes, era uno de los buenos y honrados ciudadanos, según dice Teopompo. Llamábanle por sobrenombre el Espadero, a causa de tener un gran obrador y muchos esclavos inteligentes que trabajaban en este oficio. Lo que el orador Esquines dijo acerca de su madre, dándola por hija de un tal Filón, que por causa de traición había huido de la ciudad, y de una mujer peregrina y bárbara, no podemos decir si fue cierto, o si lo fingió e inventó para desacreditarle. Muerto el padre, quedó Demóstenes, a la edad de siete años, con un buen patrimonio, pues montaría el valor de toda su hacienda a poco menos de quince talentos; pero sus tutores le perjudicaron notablemente, apropiándose unas cosas y descuidando otras, en términos de no haber con qué pagar el salario a sus maestros. Por esta causa parece que careció de instrucción en aquellas disciplinas que convienen a un joven libre, y también por su delicadeza y mala constitución física; por lo cual, ni la madre le aplicaba al trabajo, ni le precisaban a él sus preceptores, habiendo sido desde el principio flaco y enfermizo; de aquí dicen que le vino también el injurioso apodo de Bátalo, que le impusieron los muchachos burlándose de su persona. Era Bátalo, según dicen unos, un flautista desacreditado por afeminación, contra el que hizo con este motivo una especie de entremés el cómico Antífanes; pero otros hacen memoria de un poeta Bátalo, que escribió canciones lúbricas y báquicas. Parece también que en aquella época se daba en Atenas el nombre de Bátalo a una de las partes inhonestas del cuerpo, que no es decente nombrar. El apodo de Argas, pues se dice haber sido también éste uno de sus sobrenombres, parece que se le puso o por sus costumbres ásperas y desabridas, porque algunos poetas llaman Argas a la culebra, o por su modo de decir, que ofendía a los oídos, porque Argas era también el nombre de un poeta, autor de malos y desagradables versos. Mas de estas cosas dése aquí punto, como dice Platón.

V.- El haberse dedicado a la elocuencia se dice que tuvo este origen: Había de hablar el orador Calístrato en el Tribunal, en el juicio que se seguía sobre la ciudad de Oropo, y era grande la expectación en que todos estaban, ya a causa de la facundia del orador, que era el que entonces tenía mayor opinión, y ya también por el negocio mismo, que se había hecho muy célebre. Oyendo, pues, Demóstenes que varios maestros y preceptores tenían concertado entre sí asistir a este juicio, rogó a su preceptor y alcanzó de él que le llevase a oírlo. Tenía éste amistad con los porteros públicos del Tribunal, y por medio de éstos lo proporcionó un sitio en el que, sentado, pudiera oír cómodamente los discursos. Estuvo aquel día muy feliz Calístrato, y fue sumamente admirado, con lo que excitó en Demóstenes el deseo de gloria, por ver que eran muchos los que le acompañaban y le daban enhorabuenas; pero en el discurso, lo que más admiró fue una fuerza propia para allanarlo y vencerlo todo. Dando por tanto de mano a todas las demás enseñanzas y ocupaciones juveniles, él mismo se ejercitaba por sí y trabajaba con empeño a fin de ser él también uno de los oradores. Aun tuvo con todo por maestro de elocuencia a Iseo, sin embargo de que entonces Isócrates tenía escuela, o porque, como dicen algunos, no pudiese pagar a Isócrates el salario prefijado, que era de diez minas, a causa de su orfandad, o, lo que es más probable, porque prefiriese para su intento la elocuencia de Iseo, como más propia para la acción y más acomodada a las tretas del foro. Mas Hermipo escribe haberse encontrado unos comentarios anónimos, en los que se decía que Demóstenes asistió a la escuela de Platón, lo que le fue utilísimo para la elocuencia, y cita además a Ctesibio, quien había dicho que, habiendo adquirido Demóstenes por medio de Calias Siracusano y algunos otros las lecciones de retórica de Isócrates y Alcidamante, las encomendó a la memoria.

VI.- Llegado a la mayor edad, empezó a litigar con sus tutores y a escribir alegatos contra ellos, porque encontraban continuamente tergiversaciones y medios dilatorios; así, a fuerza de ejercitarse, según Tucídides, sus cuidados terminaron felizmente, aunque no sin peligros ni trabajo; no pudo, sin embargo, arrancar a los tutores más que una parte muy pequeña de los bienes paternos. Mas ya que esto no, adquiriendo resolución y el conveniente hábito de hablar en público, y tomando gusto a las alabanzas que por estas contiendas se reciben y al influjo que proporcionan, se decidió a salir a la palestra y tomar parte en los negocios públicos; y a la manera que de Laomedonte de Orcómeno se dice que para curarse de una enfermedad del bazo dio en andar mucho de orden de los médicos, y que con este penoso ejercicio adquirió tal robustez que concurrió a los certámenes gimnásticos y fue uno de los que más se distinguieron en la carrera, del mismo modo le sucedió a Demóstenes, que habiendo tenido que dedicarse a perorar en público para el recobro de su patrimonio, con esto adquirió soltura y facilidad para sobresalir ya, como los coronados en el circo, entre los ciudadanos que contendían en la tribuna. Al principio sufrió sus silbos, y que se riesen de la novedad que advertían en su estilo, que parecía confuso en los períodos y recargado excesivamente en las pruebas. Notábase además cierta falta de voz, torpeza en la lengua e interrupción en la respiración, la que turbaba el sentido de lo que se decía, por no cortarse bien los períodos. Finalmente, habiéndose retirado del foro por este desagradable ensayo, se andaba paseando por el Pireo, decaído ya de ánimo, cuando encontrándole Éunomo de Tría, que ya era muy anciano, le reprendió de que, teniendo un modo de decir muy semejante al de Pericles, se abandonase de aquella manera por cobardía y desidia, no sabiendo sostenerse con serenidad a vista de la muchedumbre, ni dando a su cuerpo el aire conveniente para aquella especie de contiendas, y antes dejando que todo se entorpeciera en el ocio.

VII.- En otra ocasión, en que no dio gusto, se dice que retirándose apesadumbrado y con la cabeza cubierta le fue siguiendo oportunamente el actor Sátiro, y entró con él en su casa. Quejósele amargamente Demóstenes de que con ser el que más trabajaba de los oradores, y con haber casi arruinado en este ejercicio su constitución, veía que no daba gusto al pueblo; y hombres desarreglados, unos marineros ignorantes, eran escuchados, y de él no se hacía caso; a lo que le contestó Sátiro: “Tienes razón ¡ oh Demóstenes!; pero yo remediaré fácilmente la causa, si quieres recitar de memoria alguna escena de Eurípides o Sófocles”. Hízolo así Demóstenes, y repitiendo Sátiro la misma escena, de tal manera la adornó, pronunciándola con la acción y postura conveniente del cuerpo, que a Demóstenes le pareció ya enteramente otra. Viendo entonces cuánta es la gracia y belleza que la acción concilia a lo que se dice, se convenció de que el esmero en la composición es nada para quien se descuida de la pronunciación y acción conveniente. En consecuencia de esto hizo construir un estudio subterráneo, que aun se conserva, y bajando a él se ejercitaba en formar y variar tanto la acción como el tono de la voz; muchas veces pasó allí dos y tres meses continuos, no afeitándose mas que un solo lado de la cabeza para no poder salir, aunque quisiera, detenido de la vergüenza.

VIII.- No sólo esto, sino que de las salutaciones, de las conversaciones y de los negocios que le ocurrían fuera tomaba ocasión y argumento para aquella clase de ejercicio. Así, luego que habían pasado, bajaba a su estudio y exponía los hechos, y enseguida las defensas que podían tener. Además de esto, si había oído un discurso, procuraba retenerlo, ponía por orden los pensamientos y los períodos, y se entretenía en corregir y variar de mil maneras, así lo que otros le habían dicho como lo que él mismo había dicho a otros. De donde nació la opinión de que no era naturalmente elocuente, sino que su habilidad y su fuerza se debían al trabajo; de lo cual parece que es también una convincente prueba el no haber oído nunca nadie a Demóstenes hablar extemporáneamente; y antes sucedió que estando sentado en las juntas, y siendo llamado del pueblo muchas veces por su nombre, no se presentó nunca si de antemano no estaba dispuesto y prevenido para hablar. Zaheríanle sobre esto muchos otros demagogos, y Piteas, satirizándole, le dijo que las pruebas de sus discursos olían mucho a la lámpara; mas a éste le volvió Demóstenes la burla con acrimonia diciéndole: “Pues a fe que la lámpara no sabe de mí y de ti las mismas cosas.” Con los demás no lo negaba, sino que reconocía francamente que no siempre decía lo que había escrito; pero sin escribir no hablaba nunca, porque decía que el estudiar para hablar en público acreditaba al hombre de popular, por ser esta preparación un principio de obsequio al pueblo, y que el no pensar cómo sentaría a la muchedumbre lo que se dijese, era de hombres oligárquicos que más atendían a la fuerza que a la persuasión. Dan también por prueba de su timidez para hablar de repente que Demades, viéndole turbado y aturdido muchas veces, se levantó y tomó la palabra para defender la misma causa; y él nunca hizo otro tanto con Demades.

IX.- ¿Pues cómo es, dirá alguno, que Esquines le tiene por admirable precisamente por su soltura en el decir? ¿Cómo es que a Pitón de Bizancio, que se había puesto a hablar con arrojo y con un torrente de palabras contra los Atenienses, se levantó él sólo y le contradijo? ¿Cómo es que habiendo Lámaco Mirrineo escrito el elogio de los reyes Alejandro y Filipo, en el que decía mil cosas en descrédito de los Tebanos y Olintios, cuando lo estaba leyendo en los Juegos Olímpicos se levantó también, y expresando con relación de los hechos y con pruebas positivas los muchos bienes que los Tebanos y Calcidenses habían hecho a la Grecia, y por la inversa, de cuántos males habían sido causa los aduladores de los Macedonios, mudó de tal modo los ánimos de los oyentes que, temiendo aquel sofista por el alboroto que se había movido, tuvo que huir del concurso? Lo que parece es que creyó no convenirle algunas de las cualidades de Pericles; pero su coordinación del discurso, su acción y el no hablar de repente sobre todo asunto sin preparación, como que éstas eran las que le habían engrandecido, las imitó y copió en cuanto pudo, sin dejar por eso de aspirar a la gloria de hablar extemporáneamente si lo pedía un grave caso, ni tampoco poner muchas veces su talento y habilidad en manos de la fortuna. Porque en las oraciones que pronunció usó sin duda de más osadía y desenfado que en las escritas, si hemos de creer a Eratóstenes, a Demetrio de Falero y a los cómicos, de los cuales Eratóstenes dice que muchas veces en las oraciones se ponía como fuera de sí; y Demetrio, que pronunció poseído de entusiasmo aquel juramento en metro que dice: Por la tierra, las fuentes, ríos, mares. De los cómicos, uno le llama charlatán de pacotilla; y otro, motejándole de que usaba de antítesis, dice: “Del mismo modo la recobró que la cobró, porque fue muy del gusto de Demóstenes este modo de decir”; a no ser que Antífanes hubiese querido aludir a la oración sobre la isla de Haloneso, acerca de la que aconsejaba a los Atenienses, no que la cobraran, sino que la recobraran de Filipo.

X.- En cuanto a Demades, todos convienen en que, entregado a su genio, era invencible y que, hablando, de pronto confundía todo el cuidado y prevenciones de Demóstenes; y Aristón de Quío refiere el juicio de Teofrasto acerca de los oradores; porque preguntado qué le parecía Demóstenes, respondió: “Digno de la ciudad”. “¿Y qué tal Demades?” “Por encima de la ciudad”. El mismo filósofo refiere que Polieucto de Esfecia, uno de los que por entonces tenían parte en el gobierno de Atenas, le había manifestado que Demóstenes era perfectísimo orador, pero que la elocuencia de Foción tenía más nervio, porque en pocas palabras encerraba gran sentido; del mismo Demóstenes se cuenta que cuantas veces se levantaba Foción para contradecirle, vuelto a sus amigos solía decir: “Ya está ahí el hacha de mis discursos”. Esto no se sabe si Demóstenes lo aplicaba a la elocuencia de aquel hombre ilustre o a su conducta y opinión, por estar persuadido de que una sola palabra, una seña de un hombre de probidad, tiene más fuerza que muchas y muy prolijas frases.

XI.- Para remediar los defectos corporales, empleó estos medios, según refiere Demetrio de Falero, que dice haber alcanzado oír a Demóstenes, cuando ya era anciano, que la torpeza y balbucencia de la lengua la venció y corrigió llevando guijas en la boca y pronunciando períodos al mismo tiempo; que en el campo ejercitaba la voz corriendo y subiendo a sitios elevados, hablando y pronunciando al mismo tiempo algún trozo de prosa o algunos versos con aliento cansado y, finalmente, que tenía en casa un grande espejo y que, puesto enfrente, recitaba, viéndose en él, sus discursos. Cuéntase que se le presentó un ciudadano pidiéndole su patrocinio y refiriéndole que le habían dado de golpes, y Demóstenes le replicó: “Me parece que no hay tal cosa, que no has sufrido nada de lo que dices”; y que levantando aquel la voz, y diciendo a gritos: “¿Conque yo nada he sufrido, Demóstenes?”, le contestó entonces: “Sí; a fe mía, ahora oigo la voz de un hombre que ha sido agraviado y ofendido”. ¡De tanto influjo le parecía, para conciliarse crédito, el tono y el gesto del que hablaba! Su acción era muy agradable a la muchedumbre; pero los inteligentes, y entre ellos Demetrio de Falero, la tenían por afeminada y poco decorosa; y Hermipo dice que, preguntado Esión por los oradores antiguos y los de su tiempo, respondió que oyéndolos cualquiera admiraría en la decencia y entereza con que hablaban al pueblo, pero que las oraciones de Demóstenes leídas se aventajaban mucho en primor y en energía. Ciertamente que de las oraciones suyas que nos han quedado escritas no habrá quien niegue que tienen mucho de amargo y de picante; y en las ocurrencias repentinas solía también emplear el chiste; por que diciéndole una vez Demades: “¿A mí Demóstenes? Esto es la puerca a Atenea”, “Pues esa Atenea- le respondió- hace poco que en Coluto fue cogida en mal caso”. A un ladrón llamado, por sobrenombre Broncíneo, que quiso morderle por sus trabajos y veladas nocturnas, “Ya sé- le dijo- que te incomodo con tener luz de noche; y vosotros ¡ oh Atenienses! no os admiréis de que haya hurtos cuando los ladrones son de bronce y las paredes de barro”. Mas acerca de estas cosas, aunque tenemos más que decir, dejémoslo en tal punto, porque es justo que examinemos ya, sobre sus hechos y sobre su conducta en el gobierno, cuál fue su carácter y cuáles sus costumbres.

XII.- Sus primeros pasos en los negocios públicos los dio durante la guerra de Focis, como lo dice él mismo y se puede colegir de sus oraciones filípicas; pues aunque algunos son posteriores a los sucesos de esta guerra, las más antiguas tocaron en ellos. Lo cierto es que la oración relativa a la acusación de Midias la ordenó y dispuso cuando tenía treinta y dos años, y no gozaba todavía ni de poder ni de opinión en el gobierno; por lo mismo, temeroso del éxito, a lo que yo entiendo, transigió por dinero en aquella persecución: Porque no era de ánimo benigno, ni de condición blanda y mesurada, sino ardiente y violento en sus venganzas; pero viendo que no era empresa ligera y fácil oprimir a un hombre atrincherado con riqueza y con amigos, cedió a los que por él intercedieron, pues las tres mil dracmas por sí mismas no parece que hubieran sido suficientes a embotar la cólera de Demóstenes si hubiera tenido esperanza de quedar superior. Mas tomando para las cosas de gobierno la ocasión más bella que podía ofrecerse, como era la de defender la causa de los griegos contra Filipo, y contendiendo en ella dignamente, al punto adquirió fama, y se hizo espectable por sus oraciones y su noble libertad, hasta el punto de ser admirado en la Grecia, obsequiado por el gran rey y tenido en consideración por Filipo sobre todos los demás que hablaban al pueblo, reconociendo hasta sus contrarios que tenían que lidiar con un hombre de grande opinión, como acusándole lo expresaron Esquines e Hiperides.

XIII.- No alcanzo, por tanto, a comprender cómo pudo decir Teopompo que era naturalmente inconstante y que ni en cuanto a los negocios ni en cuanto a las personas podía permanecer largo tiempo en un mismo propósito; porque antes parece que aquel partido y aquel empeño que desde el principio tomó y adoptó en el gobierno, aquel mismo conservó hasta el fin, no sólo sin hacer mudanza en él en toda su vida, sino aun exponiendo la vida por no mudar. Pues no fue como Demades, que para excusarse de su mudanza en punto a gobierno usó de la expresión de que para sí mismo bien había dicho muchas veces cosas contrarias, pero para la república nunca, o como Melanopo, que estando en oposición con Calístrato, ganado por éste muchas veces con dinero para que mudase, solía decir al pueblo: “Calístrato bien es mi enemigo, pero triunfe la utilidad de la República”; o como Nicodemo de Mesena, que al principio se puso de parte de Casandro, y trabajando después en favor de Demetrio, expresó que no decía cosas contrarias, puesto que siempre era conveniente ceder a los que más pueden. Mas de Demóstenes no podemos hablar de esta manera, sino que en el partido a que aplicó su voz o su acción, como si para el gobierno se le hubiera dado una clave fija, en aquel se mantuvo, guardando siempre en los negocios un solo tono; y el filósofo Panecio dice que, según están escritas las más de sus oraciones, para él lo honesto es a todo preferible por sí mismo: como la de la corona, la contra Aristócrates, la de las inmunidades y las filípicas, en todas las cuales no inclina a los ciudadanos a lo deleitable, o a lo fácil, o a lo útil, sino que muchas veces persuade que deben ponerse la seguridad y la salvación en segundo lugar después de lo honesto y de lo honroso; de manera que si en los asuntos que trató, al amor de la gloria y a la nobleza de los pensamientos hubiera unido el valor militar y de haber en todo obrado limpiamente, habría sido digno de que en el número de oradores se le colocara, no al lado de Merocles, Polieucto e Hiperides, sino más arriba con Cimón, Tucídides y Pericles.

XIV.- De los de su tiempo Foción, aunque no era del partido que se llevaba los aplausos, y antes parecía que macedonizaba, sin embargo, por su valor y su justificación no fue reputado inferior a Efialtes, a Aristides y a Cimón. Mas Demóstenes, no siendo de fiar en las armas, como dice Demetrio, ni bastante seguro en punto a recibir, pues aunque no se dejó cautivar con el oro de Filipo y de Macedonia, con el de Susa y Ecbátana se dejó domeñar y rendir, si pudo celebrar dignamente las virtudes de los hombres grandes que le precedieron, no le fue dado imitarlas; mas con todo a los oradores de su tiempo, si sacamos a Foción de esta cuenta, aun en la conducta les hizo ventaja. Parece que fue asimismo el que habló al pueblo con más libertad, resistiendo a sus deseos e increpando sus desaciertos, como de sus mismas oraciones se deduce; Teopompo refiere que encargándole un día los Atenienses una acusación, y alborotándose contra él porque no la admitía, se levantó y les dijo: “Por consejero, ¡ oh Atenienses!, me tendréis, aunque no queráis; pero por calumniador no, aunque os empeñéis en ello”. No dejó de ser bien aristocrático lo que ejecutó con Antifón, que, habiendo sido absuelto por la junta pública, le echó mano y lo llevó ante el consejo del Areópago, y no dándosele nada de desagradar al pueblo, convenció a aquel de que había prometido a Filipo incendiar los arsenales; y el Areópago hizo que fuera condenado a muerte. Acusó igualmente a la sacerdotisa Teoris, entre otros crímenes, de que enseñaba a los esclavos los modos de engañar, y habiendo pedido la pena capital, se le impuso.

XV.- Dícese que la oración contra el general Timoteo, que sirvió a Apolodoro para hacer que aquel fuera condenado como deudor a la república, fue escrita para éste por Demóstenes, del mismo modo que las oraciones contra Formión y Estéfano; lo que le fue justamente censurado; porque también Formión contendió contra Apolodoro con una oración de Demóstenes; lo que es como si en una tienda de espadero se vendieran puñales a los dos contrarios. De las oraciones sobre negocios públicos, las que son contra Androción, Timócrates y Aristócrates las escribió para otros, no habiéndose acercado todavía al gobierno, pues se conjetura que tendría veintisiete o veintiocho años cuando las compuso. La oración contra Aristogitón la pronunció él mismo, y también la de las inmunidades por el hijo de Cabrias Ctesipo, como lo dice él mismo; a lo que algunos añaden que fue con el objeto de enlazarse en matrimonio con la madre de aquel joven; sin embargo, no se casó con ella, sino con una mujer de Samo, según dice Demetrio Magnesio en su Tratado de los sinónimos. La de la falsa alegación contra Esquines no se sabe si se pronunció, y eso que Idomeneo asegura que Esquines fue absuelto por solos treinta votos más; parece no obstante, que esto no es verdad si hemos de tomar argumento de las oraciones de uno y otro sobre la corona, porque ninguno de los dos habla clara y abiertamente de aquel juicio como se hubiese llevado hasta sentencia; mas estos otros podrán decirlo mejor.

XVI.- La idea de Demóstenes en el gobierno era bien manifiesta; pues que aun durante la paz nada dejaba por reprender de lo que ejecutaba el Macedonio, sino que a cada cosa alborotaba a los Atenienses, inflamándolos contra él. Por lo mismo era persona de quien se hablaba mucho en la corte de Filipo, y cuando fue a Macedonia de embajador, aunque en décimo lugar, si bien Filipo escuchó a todos, a su discurso respondió con particular cuidado: mas, sin embargo, en los demás honores y obsequios ya no se portó del mismo modo con Demóstenes, sino que agasajó con mayor esmero a Esquines y Filócrates, de resulta de lo cual, alabando esto a Filipo de elocuente en el decir, de gallardo en su presencia y también de buen bebedor, no pudo contenerse, e irritado les volvió las palabras al cuerpo, diciendo que lo primero era de un sofista, lo segundo de una mujer, lo tercero de una esponja, y que en todo ello nada había que fuera propio del elogio de un rey.

XVII.- Luego que todo propendió a la guerra, por no poder Filipo tener reposo y por haber sido los Atenienses incitados de Demóstenes, lo primero que éste hizo fue moverlos a invadir la Eubea, esclavizada por los tiranos a Filipo, y pasando efectivamente a la isla en virtud de decreto que él escribió, arrojaron a los Macedonios. En segundo lugar, dio auxilio a los Bizantinos y Perintios, a quienes el Macedonio hacía la guerra, persuadiendo al pueblo a que, dejando a un lado la enemistad y el acordarse de las ofensas de unos y otros durante la guerra social, les enviara tropas; con las que se salvaron. Pasando después de embajador, habló a todos los griegos Y, fuera de unos pocos, los acaloró y levantó contra Filipo de manera que llegaron a juntarse quince mil infantes y dos mil caballos, además de la gente de las ciudades, y se recogió copiosamente caudal y sueldos para los estipendiarios. En esta ocasión dice Teofrasto haber pedido los aliados que se fijaran los tributos, y haber respondido el demagogo Cróbilo que la guerra no se mantiene con lo tasado. Puesta en expectación la Grecia para lo futuro, y formando Liga por naciones y ciudades los Eubeos, Aqueos, Corintios, Megarenses, Leucadios y Corcirenses, le quedó a Demóstenes el mayor empeño, que fue el de atraer a la alianza a los Tebanos, habitantes de un país confinante con el Ática, fuertes con tropas ejercitadas, y los más acreditados entonces por las armas entre todos los Griegos; no era fácil atraer a una mudanza a los Tebanos, ganados por Filipo con beneficios muy recientes durante la guerra de Focea, mayormente cuando las rencillas de las ciudades se encrespaban diariamente de una y otra parte con frecuentes encuentros a causa de la vecindad.

XVIII.- Con todo, cuando, engreído Filipo con las ventajas conseguidas en Anfisa, cayó repentinamente sobre Elatea e invadió la Fócide, sobrecogidos los Atenienses, y no atreviéndose nadie a subir a la tribuna, ni sabiendo qué pensamiento útil podrían proponer en medio de tanta incertidumbre y silencio, presentóse solo Demóstenes, aconsejando que se ganara a los Tebanos, y alentando e incitando al pueblo con esperanzas, como lo tenía de costumbre, fue con otro enviado de embajador a Tebas. Envió también Filipo para contrarrestar a éstos, como dice Marsias, a Amintas y Clearco, macedonios; a Dáoco, tésalo, y a Trasideo, de Elea. Qué era lo que convenía no dejó de entrar en los cálculos de los Tebanos, y antes cada uno tenía bien a la vista los horrores de la guerra, estando todavía frescas las heridas de la de Fócide; pero la elocuencia del orador, encendiendo sus ánimos, como dice Teopompo, y acalorando su ambición, hizo sombra a todos los demás objetos, de manera que les quitó delante de los ojos el miedo, su interés y su gratitud, entusiasmadas con el discurso de Demóstenes por sólo lo honesto. Pareció tan grande y tan admirable el efecto producido por su elocuencia, que Filipo envió inmediatamente heraldos a solicitar la paz; la Grecia toda se puso erguida en expectación de lo que iba a suceder; se ofrecieron a disposición de Demóstenes, para obrar según mandase, no sólo los generales, sino hasta los Beotarcas; y éste fue el que dirigió todas las juntas públicas, no menos las de los Tebanos que las de los Atenienses, amado y respetado de unos y otros, no sin razón ni sobre su mérito, como observa Teopompo, sino con sobrada justicia.

XIX.- Mas un hado superior en aquella agitación de los negocios, y en el momento en que al parecer iba a llevar a su colmo la libertad de la Grecia, se opuso a todo lo hecho, y dio muchas señales de la futura adversidad. Entre ellas, la Pita reveló diferentes vaticinios, y se comenzaba a cantar un oráculo antiguo de las sibilas: ¡Oh si la fiera lid del Termodonte a manera de águila pudiese mirar de lejos puesto allá en las nubes! Llora el vencido, el vencedor perece. Dícese que el Termodonte es un riachuelo de Queronea, nuestra patria, que entra en el Cefiso; pero nosotros ahora no conocemos ningún arroyo que se llame de este modo, y sólo inferimos que el que se llama Hemón se decía entonces Termodonte, y es el que corre junto al templo de Heracles, donde tuvieron su campo los Griegos, conjeturando que después de la batalla, por haberse llenado el río de sangre y de cadáveres, mudó éste su nombre en el que ahora tiene, aunque Duris dice que no era el río que se llamaba Termodonte, sino que armando los soldados una tienda y cavando con este objeto, encontraron una estatua pequeña de mármol con unas letras en que se significaba ser de Termodonte, que tenía en el regazo una amazona herida; acerca de lo cual añade se cantaba otro oráculo que decía: Aguarda, ¡ oh ave negra!, la batalla que ha de tener de Termodonte nombre, y allí de carne humana tendrás copia.

XX.- Mas el determinar y asegurar qué es lo que hubo en esto, es difícil. De Demóstenes se dice que, confiado en las armas de los Griegos, y deslumbrado con las fuerzas y el ardor de tantos soldados que provocaban a los enemigos, ni permitió que se atendiera a los oráculos, ni que se diera oídos a los vaticinios, sino que sospechó que la Pitia filipizaba, y se recordó a los tebanos el nombre de Epaminondas, y a los Atenienses el de Pericles, los cuales, teniendo todas estas cosas por pretextos del miedo, sin hacer cuenta de ellas se decidían por lo que convenía. Hasta aquí compareció como un hombre eminente, pero en la batalla no hizo ninguna acción distinguida y que conformara con sus palabras, sino que, abandonando el puesto, dio a huir ignominiosamente, arrojando las armas sin avergonzarse, como dijo Piteas, de la inscripción que con letras de oro tenía grabada en el escudo: “A la buena fortuna”. Por lo pronto, Filipo, haciendo burla con el desmedido gozo después de la victoria, en un banquete que tuvo entre los cadáveres, en medio de los brindis cantó el principio del decreto de Demóstenes, llevando el compás con los pies y las manos: Demóstenes Peaniense esto escribía; pero luego que estuvo sereno la grandeza del combate que había tenido que lidiar se pasmó de la fuerza y poder de la elocuencia de un orador que en la parte muy pequeña de un día le obligó a poner en riesgo su imperio y su persona. Llegó la fama de su nombre hasta el rey de los Persas, el cual envió órdenes a los sátrapas para que dieran dinero a Demóstenes y le obsequiaran sobre todos los Griegos, como a un hombre que en las revueltas de la Grecia podía distraer y contener al rey de Macedonia. Estas órdenes las vio más adelante Alejandro, habiendo encontrado en Sardes las cartas de Demóstenes y los asientos de los generales del rey, por los que se descubrían las sumas de dinero que se le habían dado.

XXI.- Después de esta derrota de los Griegos, volviéronse contra Demóstenes los oradores que no eran de su partido, le citaron a dar cuentas y le formaron causa; pero el pueblo, no sólo lo dio por libre de todo, sino que continuó honrándole y confiándole otra vez, por su celo, los negocios de gobierno; tanto, que habiéndose traído de Queronea los huesos y dádoseles sepultura, le encargó que pronunciara el elogio de los muertos no llevando con abatimiento ni apocadamente, lo sucedido, como lo escribe y celebra Teopompo, sino manifestando en el mismo hecho de honrar y apreciar tanto al consejero que no estaba pesaroso de sus dictámenes. Pronunció, pues, Demóstenes el discurso; pero en los decretos escribió, no su nombre, sino los de varios de sus amigos, no esperando buen agüero de su genio y de su fortuna hasta que otra vez cobró ánimo con la muerte de Filipo, que falleció no habiendo sobrevivido largo tiempo a la victoria de Queronea; esto parece que era lo que profetizaba el oráculo en el último de los versos: Llora el vencido, el vencedor perece.

XXII.- Supo Demóstenes con anticipación la muerte de Filipo, y para preparar a los Atenienses a tener confianza de mejorar de suerte, se presentó alegre en el consejo, significando haber tenido un sueño que le hacía pronosticar a los Atenienses sucesos muy prósperos; y de allí apoco parecieron los que traían la noticia de la muerte de Filipo. Sacrificaron, pues, inmediatamente por la buena nueva y decretaron coronas a Pausanias. Presentóse asimismo Demóstenes coronado con un rico manto, a pesar de que no hacía más que siete días que había muerto su hija, como lo dice Esquines para motejarle con este motivo y censurarle de desnaturalizado, acreditándose en esto él mismo de poco generoso y de abatido espíritu, pues que tenía el llanto y el lamento por señales de un ánimo benigno y piadoso, y desaprobaba en otros el que llevasen los infortunios con entereza y resignación. Por tanto yo, así como no diré que hubiese sido bien hecho tomar coronas y sacrificar por la muerte de un rey que después de haberlos vencido los trató con tanta mansedumbre y humanidad, porque, sobre ser repugnante, manifiesta cierta vileza haberle acatado vivo y haberle hecho ciudadano, y después, cuando fue muerto por mano de otro, no llevar moderadamente la alegría, sino saltar y hacer extremos de gozo, insultando a un difunto, como por una hazaña que se debiera a su valor, alabo y aplaudo en Demóstenes el que, dejando a las mujeres las desgracias, domésticas, las lágrimas y los lloros, hubiese hecho lo que creyó conveniente a la ciudad. Porque, en mi concepto, es de un ánimo verdaderamente social y esforzado, atendiendo siempre al bien, común y subordinando los intereses y sucesos particulares a los públicos, el saber guardar en todo la dignidad y el decoro, aun mejor que los que hacen en los teatros los papeles de reyes y tiranos, ya que éstos no lloran y ríen como quieren, sino como lo pide el paso y conviene al asunto. Fuera de esto, si se tiene por un deber el no abandonar y dejar sin consuelo al que gime en el infortunio, sino más bien usar de palabras que le conforten y llamar su atención a asuntos más lisonjeros, a manera de lo que hacen los facultativos con los que tienen mal de ojos, a quienes mandan que aparten la vista de los objetos resplandecientes y que reverberan la luz y la vuelvan a los que tienen color verde y opaco, ¿cómo podrá curar mejor el ciudadano su consuelo que haciendo mezcla, cuando la patria está en prosperidad, de los sucesos públicos y domésticos, para que con los que son felices y de mayor poder se borren los infaustos? Hame movido a decir estas cosas al ver que Esquines en su oración procura quebrantar y afeminar los ánimos, inclinándolos fuera de propósito a la compasión.

XXIII.- Las ciudades, inflamadas otra vez por Demóstenes, se sublevaron; los Tebanos acometieron a la guarnición con muerte de muchos, siendo Demóstenes quien les proporcionó las armas, y los Atenienses se preparaban para hacer la guerra con ellos. Ocupó con este objeto la tribuna Demóstenes y escribió a los generales del rey en Asia para suscitar allí guerra a Alejandro, a quien trataba de muchacho y de atolondrado. Mas cuando, dejando arregladas las cosas de su reino, invadió en persona con grandes fuerzas la Beocia, se cortó ya toda aquella arrogancia de los Atenienses, y el mismo Demóstenes se quedó parado; con lo que los Tebanos, abandonados cobardemente de ellos, pelearon solos y perdieron su ciudad. Movióse con esto grande alboroto en Atenas, y se resolvió enviar a Demóstenes. Nombrado, pues, embajador con otros cerca de Alejandro, como temiese su enojo, retrocedió desde el Citerón, desertando de la embajada. Entonces Alejandro reclamó de los Atenienses que le enviaran diez de los demagogos, según Idomeneo y Duris, u ocho, según los mas acreditados escritores de aquel tiempo, y fueron Demóstenes, Polieucto, Efialtes, Licurgo, Merocles, Damón, Calístenes y Caridemo. Con esta ocasión refirió Demóstenes la fábula de las ovejas que entregaron los perros a los lobos, atribuyéndose a sí mismo y a los otros demagogos ser los perros que defendían al pueblo, y viniendo a llamar lobo a Alejandro de Macedonia. “Vemos- añadió- que los mercaderes, cuando presentan muestra del trigo en una escudilla, en aquellos pocos granos venden muchas fanegas, y vosotros no advertís que en nosotros sois entregados todos”; siendo Aristobulo de Casandrea el que refirió estas particularidades. Conferencióse sobre este asunto, y hallándose en gran perplejidad los Atenienses, tomó Demades de los reclamados cinco talentos, y se ofreció a ir en embajada y pedir al rey por ellos, bien fuera porque confiase en su amistad, o bien porque esperase encontrarle ya como generoso león, harto y satisfecho de matanza. Persuadióle, en efecto, Demades, recabando el perdón de aquellos, y reconcilió con él a la ciudad.

XXIV.- Retirado que se hubo Alejandro, los otros se levantaron de ánimo, y Demóstenes quedó humillado y abatido. Después, cuando el espartano Agis hizo algunas novedades y mudanzas, dio él también algún paso, pero al punto cayó por no haber podido mover a los Atenienses, y también por haber muerto Agis y haber sufrido descalabros los Lacedemonios. Tratóse en este tiempo la causa sobre la corona contra Ctesifonte, intentada siendo arconte Querondas, poco antes de la batalla de Queronea, pero se juzgó diez años después siéndolo Aristofonte, y se hizo célebre más que ninguna otra de las causas públicas, ya por la fama de los oradores y ya también por la rectitud de los jueces, los cuales no hicieron el sacrificio de su voto contra Demóstenes a los enemigos de éste, que eran los que entonces tenían el mayor poder en la ciudad por ser del partido macedonio, sino que le absolvieron con tanta ventaja, que no tuvo Esquines en su favor ni la quinta parte de los votos; así es que al instante se salió de la ciudad, y pasó su vida en Rodas y en la Jonia, teniendo escuela de elocuencia.

XXV.- De allí a poco vino del Asia a Atenas Hárpalo, huyendo de Alejandro, ya porque realmente sus negocios se hallaban en mal estado a causa de su disipación y ya también por temer a éste, que se había hecho terrible a sus amigos. Acogiéndose, pues, al pueblo de Atenas, y poniéndose en sus manos con sus naves y sus bienes, al punto los demás oradores, puestos los ojos en la riqueza, estuvieron de su parte, y persuadían a los Atenienses que le admitieran y salvaran a un refugiado; Demóstenes al principio aconsejaba que se hiciera salir a Hárpalo, y se guardaran de precipitar a la ciudad en la guerra por un motivo no necesario e injusto, y al cabo de pocos días, habiéndose hecho el registro de los bienes que traía, viéndole Hárpalo prendado de una copa de las del rey y que examinaba su hechura y su forma, le dijo que la sopesara y viera el peso que tenía de oro. Admiróse Demóstenes de lo doble que era, y preguntando cuánto pesaba, sonriéndose Hárpalo: “Para ti- le dijo- llevará veinte talentos”; y apenas se hizo de noche le envió la copa con los veinte talentos. Fue Hárpalo muy perspicaz en descubrir en él su ánimo codicioso del oro por su semblante, por la viveza de sus ojos y por el modo de dirigir sus miradas. No pudo, pues, Demóstenes resistir a esta tentación; así, como plaza que admite guarnición, se rindió a Hárpalo, y al día siguiente, arropándose muy bien el cuello con lana y con vendas, se presentó así en la junta pública. Decíanle que se levantara y hablase, y él por señas daba a entender que tenía cortada la voz; pero algunos burlones decían con malignidad que aquella noche había sido acometido, no de angina, sino de argentina, el orador. Por fin vino a informarse todo el pueblo del regalo, y queriendo él defenderse y persuadirle, no le dio lugar, moviendo grande gritería y alboroto, mas, sin embargo, en medio de aquella bulla se levantó uno y dijo con mucho desenfado: “¿Cómo es esto, oh Atenienses? ¿No oiréis al que tiene la copa?”. Echaron entonces de la ciudad a Hárpalo, y temiendo no se les pidiera cuenta de las alhajas usurpadas por los oradores, hicieron por la ciudad una rigurosa cala y cata, registrando todas las casas, a excepción de la de Calicles hijo de Arrénides. Sólo a la de éste no permitieron que se llegara, por estar recién casado y hallarse ya dentro la esposa, como dice Teopompo.

XXVI.- Cediendo Demóstenes al torrente, escribió un decreto para que el Consejo del Areópago examinara este negocio, y los que le pareciera que habían delinquido sufrieran la pena. Condenado de los primeros por el Consejo, se presentó en el Tribunal; pero siendo la multa que se le impuso de cincuenta talentos, se le llevó a la cárcel, de la que de vergüenza, por lo feo de la causa, y también por enfermedad corporal que le hacía imposible sufrir el encierro, se dice haberse fugado sin sentirlo o advertirlo unos, y ayudando otros a que no se sintiese. Cuéntase que cuando todavía estaba a corta distancia de la ciudad notó que le seguían algunos ciudadanos del partido contrario, y quiso ocultarse; mas aquellos, llamándole por su nombre y llegándose cerca, le rogaron recibiera para el viaje las cantidades que le llevaban, pues para esto las habían tomado en casa, y éste era el motivo de haberle seguido; al mismo tiempo le exhortaron a tener buen ánimo y a no abatirse por lo sucedido, con lo cual todavía crecieron más los lamentos de Demóstenes, y prorrumpió en esta expresión: “¿Cómo no lo he de llevar con pesadumbre, dejando una ciudad donde los enemigos son tales cuales no suelen ser en otras los amigos?” Mostró en este destierro un ánimo apocado; deteniéndose lo más del tiempo en Egina y Trecene, y mirando al Ática con lágrimas en los ojos, se refiere haber proferido voces indecorosas y poco conformes a los elevados sentimientos que había manifestado en el gobierno; pues se dice que al perder de vista a la ciudad, tendiendo las manos hacia el alcázar, exclamó: “Reina, y señora de Atenas, ¿por qué te complaces en tres terribles fieras: la lechuza, el dragón y el pueblo?”; y que a los jóvenes que iban a verle y permanecían algún tiempo con él los retraía de tomar parte en el gobierno, diciéndoles que si al principio se le hubieran mostrado dos caminos, el uno que condujese a la tribuna y a la junta pública, y el otro opuesto a la sepultura, sabiendo ya los males que acompañan al gobierno, los temores, las envidias, las calumnias y las rencillas, sin detenerse se habría arrojado a la que más presto le condujese a la muerte.

XXVII.- Cuando aún se hallaba en este destierro que hemos dicho, murió Alejandro y se trató de sublevar de nuevo a los Griegos, mostrándose Leóstenes hombre esforzado, y encerrando a Antípatro en Lamia, ante la que corrió un muro; pero Piteas el orador y Calimedonte de Cárabis, huyendo de Atenas, abrazaron el partido de Antípatro, y corriendo las ciudades con los amigos y embajadores de éste, impedían a los Griegos el rebelarse y dejarse seducir por los Atenienses. Demóstenes, incorporándose por sí mismo con los embajadores de Atenas, se esforzaba y trabajaba con ellos para que las ciudades se arrojaran sobre los Macedonios y los echaran de la Grecia; y en Arcadia dice Filarco que riñeron y se denostaron Piteas y Demóstenes, hablando en la junta pública el uno por los Macedonios y el otro por los Griegos. Cuéntase haber dicho en esta ocasión Piteas que así como cuando vemos que se lleva leche de burra a una casa al instante pensamos que precisamente hay alguna enfermedad, del mismo modo no puede menos de estar doliente una ciudad adonde llega una embajada de los Atenienses; y que Demóstenes convirtió la comparación, diciendo que la leche de burra se da para la salud, y también los Atenienses buscan con sus Embajadas salvar a los enfermos, lo que fue tan del gusto del pueblo de Atenas, que decretó la vuelta de Demóstenes. Escribió el decreto Damón Peaniense, sobrino de Demóstenes, y se le envió una galera a Egina. Desembarcó en el Pireo, y no quedó ni arconte, ni sacerdote, ni nadie que no saliese a recibirle, sino que acudieron todos, y les dieron las mayores muestras de aprecio, diciendo Demetrio de Magnesia, que entonces tendió al cielo las manos y se dio el parabién de aquel dichoso día, por cuanto su vuelta era más lisonjera que la de Alcibíades, recibiéndole los ciudadanos por movimiento propio, y no violentados de él. Tenía, sin embargo, sobre sí la pena pecuniaria, porque no había facultad para remitir una condenación; y lo que hicieron fue eludir la ley, pues siendo costumbre en el sacrificio de Zeus Salvador dar una cantidad a los que componían y adornaban el altar, le dieron este encargo a Demóstenes, graduándole por él cincuenta talentos, que era el importe de la multa. XXVIII.- Mas no gozó por largo tiempo de esta vuelta a la patria, sino que, traídas al más infeliz estado las cosas de la Grecia, en el mes llamado Metagitnión fue la batalla de Cranón, en el de Boedromión se puso guarnición en Muniquia, y en el de Pianepsión murió Demóstenes de esta manera. Apenas se tuvo noticia de que Antípatro y Crátero se acercaban a Atenas, Demóstenes y los de su partido se salieron de la ciudad, y el pueblo los condenó a muerte, siendo Demades quien escribió el decreto. Esparciéronse por diferentes partes, y Antípatro envió gente que los prendiese, de la que era caudillo Arquias, llamado Cazafugitivos. Era éste natural de Turio, y se decía que por algún tiempo había representado tragedias, añadiéndose que Polo de Egina, muy superior a todos en el arte, había sido su discípulo. Hermipo pone a Arquias en la lista de los discípulos del orador Lácrito, y Demetrio dice que acudió también a la escuela de Anaxímenes. Arquias, pues, al orador Hiperides, a Aristonico de Maratón y a Himereo, hermano de Demetrio de Falera, que en Egina se habían refugiado al templo de Éaco, los sacó de allí y los envió a Cleonas a disposición de Antípatro, y allí se les quitó la vida, diciéndose que además a Hiperides le arrancaron la lengua.

XXIX.- En cuanto a Demóstenes, sabedor Arquias de que se hallaba en la isla de Calauria, refugiado en el templo de Posidón, se embarcó en un transporte con algunos Tracios de los de la guardia, y llegado allá le persuadía a que saliera del asilo y se fuera con él a la presencia de Antípatro, de quien no tenía que temer ningún duro tratamiento. Hacía la casualidad que Demóstenes había tenido entre sueños aquella misma noche una visión extraña, porque le parecía que estaba compitiendo con Arquias en la representación de una tragedia, y que, sin embargo de hacerlo bien y haber ganado el auditorio, por falta del aparato y coro convenientes, era vencido. Hablábale Arquias con la mayor humanidad, y él, volviéndose a mirarlo sentado como estaba: “Ni antes ¡oh Arquias!- le dijo- me moviste con la representación, ni ahora tampoco me moverás con las promesas”. Y como irritado Arquias empezase a hacerle amenazas, “Ahora hablas- le repuso- desde el trípode macedónico; lo de antes era representado; aguardarás un poco mientras escribo algunas letras a los de casa”. Dicho esto, se entró más adentro, y tomando un cuadernito como si fuera a escribir, se llevó a la boca la caña y la mordió, según lo tenía de costumbre mientras pensaba y escribía; estuvo así algún tiempo, y cubriéndose después la cabeza la reclinó. Con este motivo los guardias que estaban a la puerta se burlaban de él, creyendo que tenía miedo, y le trataban de afeminado y cobarde; pero Arquias, llegándose a él, le instaba a que se levantase, y le repetía las mismas expresiones de antes, queriendo hacerle entender que podía tenerse por reconciliado con Antípatro. Conociendo ya entonces Demóstenes que el veneno había penetrado bien dentro y hacía su efecto, se descubrió, y fijando la vista en Arquias, “Ya podrás apresurarte- le dijo- a representar el papel que hace Creonte en la tragedia, arrojando este cuerpo insepulto; yo- continuó- ¡ oh venerable Posidón! salgo todavía con vida de tu templo; pero de Antípatro y los Macedonios ni siquiera éste ha quedado puro y sin ser atropellado”. Y al decir estas palabras pidió que le sostuvieran, convulso ya y sin poder tenerse; tanto, que al mover el pie para pasar del ara, cayó en el suelo y, lanzando un sollozo, espiró.

XXX.- Aristón dice que tomó el veneno de la caña, como hemos sentado; pero un tal Papo, cuya historia copió Hermipo, escribe que el caer junto al ara, en el cuaderno se encontró escrito este principio de una carta: “Demóstenes a Antípatro”, y nada más; y que maravillándose todos de una muerte tan súbita, habían referido los Tracios que estaban a la puerta que tomando el veneno de un trapo, lo puso en la mano, lo acercó a la boca y lo tragó, creyendo ellos que era oro lo que había tragado, y la sirviente que le asistía, preguntada por Arquias, respondió que hacía tiempo llevaba Demóstenes consigo aquel atado como un amuleto o preservativo. Mas el mismo Eratóstenes dice que tenía guardado el veneno en una cajita que servía de guarnición a un brazalete de que usaba. No hay necesidad de seguir las demás variaciones que se hallan en los autores que han escrito de él, que son muchos, y sólo se advertirá que Demócares, deudo de Demóstenes, es de sentir que éste no murió de veneno, sino que por amor y providencia de los dioses fue arrebatado a la crueldad de los Macedonios con una muerte repentina y exenta de dolores. Murió el día 16 del mes Pianepsión, que es el más lúgubre de los de la fiesta de Méter, en el que las mujeres ayunan en honor de la diosa sin salir de su templo. Túvole al cabo de poco tiempo el pueblo de Atenas en el honor debido, erigiéndole una estatua de bronce y decretando que al de más edad de su familia se le mantuviese a expensas públicas en el Pritaneo, e hizo grabar en el pedestal de la estatua aquella inscripción tan sabida: Si hubiera en ti, Demóstenes, podido el valor competir con el ingenio, no habría el Macedón mandado en Grecia. porque los que dicen que el mismo Demóstenes la compuso en Calauria, cuando iba a tomar el veneno, deliran completamente.

XXXI.- Poco antes de haber ido yo a Atenas se dice haber sucedido este caso. Un soldado a quien se hizo proceso por su comandante, siendo llamado a juicio, puso todo el dinero que llevaba en las manos de la estatua, que tenía los dedos juntos unos con otros, y al lado de la cual estaba plantado un plátano muy alto. Cayeron de él muchas hojas, o porque el viento casualmente las derribara, o porque el mismo que puso el dinero lo ocultara con ellas; ello es que así estuvo, escondido el dinero por largo tiempo. Cuando, volviendo el soldado, lo encontró y corrió la voz de este suceso, muchos ingenios tomaron de aquí argumento para defender a Demóstenes de la nota de soborno, y compitieron entre sí escribiendo epigramas. A Demades, que no gozó largo tiempo de su brillante gloria, la venganza debida a Demóstenes lo llevó a Macedonia a ser justamente castigado por aquellos mismos a quienes había adulado vilmente, pues si ya antes les era odioso, entonces le encontraron envuelto en un reato, del que no había cómo librarse. Porque perdió unas cartas por las que instaba a Perdicas a que invadiese la Macedonia y salvara a los Griegos, colgados- decía- de un hilo podrido y viejo, queriendo significar a Antípatro. Estándole acusando de este crimen Dinarco de Corinto, se irritó Casandro de tal manera, que le mató a un hijo en sus propios brazos, y en seguida dio orden de que también le quitaran la vida, demostrando con estos grandes infortunios que las primeras víctimas de la infame venta de los traidores son ellos mismos, lo que no había querido creer, anunciándoselo Demóstenes muchas veces. Aquí tienes ¡ oh Sosio! la vida de Demóstenes, tomada de lo que hemos leído o de lo que ha llegado a nuestros oídos.