Contexto de la obra

Las Catilinarias o Discursos contra Catilina son cuatro alocuciones pronunciadas por el gran estadista e intelectual romano Marco Tulio Cicerón entre el 8 de noviembre y el 5 de diciembre del año 63 antes de Cristo, es decir, una década y media antes de desatarse la Guerra civil de 49 a.C. entre los populares y los optimates. Las mismas fueron pronunciadas de manera pasional por Cicerón en el Senado tras descubrir, y rápidamente reprimir, la conjura encabezada por Catilina para dar un golpe de estado contra el status quo optimate.

Catilina (108 – 62 a.C.) fue un estadista romano perteneciente a la facción de los populares, y como ya mencionamos la cabeza de la denominada Conjuración de Catilina. Si bien los populares, una facción política mucho más cercana al pueblo romano, se vio victoriosa una década y media más tarde cuando Julio César derrotó a los optimates en la que fue una de las guerras civiles más sangrientas en la Historia romana, la figura de Catilina quedó desdibujada y ciertamente envilecida debido a la influencia que la obra literaria de Cicerón tuvo en los historiadores y escritores de la época.

Sobre el traductor

Traducción realizada por Juan Bautista Calvo, seudónimo del editor don Luis Navarro. Don Luis Navarro fue un periodista español, académico numerario de la Real Academia de San Fernando y sobre todo un respetado crítico de arte del siglo XIX. También se destacó en el campo de la política consiguiendo un escaño de diputado en el período de la Restauración. Esta traducción pertenece a su monumental y laborioso esfuerzo personal por crear la Biblioteca Clásica en español.

Catilinarias

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Tercera Catilinaria

Oration In L. Catilinam Tertia Habita Ad Popvlvm

Contexto histórico: Pronunciada el 3 de diciembre del año 63 ante el pueblo de Roma.La finalidad primordial de este discurso era dar cuenta al pueblo de lo acaecido el día anterior y de la sesión del Senado habida en la mañana de este mismo día 3. Justamente el día 2 de diciembre habían sido detenidos en los alrededores de Roma unos emisarios de los alóbroges con cartas de presentación ante Catilina y con otras en que se instigaba a la asamblea de este pueblo a secundar la revuelta. Estos documentos constituían la prueba decisiva que necesitaba Cicerón, por lo que se apresuró a detener a los implicados y a convocar el Senado en la mañana del día 3. En esta sesión se vieron las declaraciones de los alóbroges, se examinaron las pruebas documentales y se presentaron estas evidencias ante los inculpados, que, incapaces de rebatirlas,acabaron por confesar sus culpas. Consecuentemente, se emitió un senado consulto por el que,aparte de las acciones de gracias a Cicerón y a los pretores por su vigilancia y diligencia, se ponía a los acusados bajo custodia a la espera de decidir cuál iba a ser su condena. En la parte final de su discurso, Cicerón se extiende en consideraciones sobre lo singular de la acción de gracias formulada en su nombre, hace hincapié en la decisiva intervención de los dioses, destaca las diferencias entre esta conjura y otras contiendas civiles anteriores y muy particularmente realza las divergencias entre las victorias logradas en el exterior y ésta, habida sobre un enemigo interior.

1. La república, ciudadanos romanos, la vida de todos vosotros, vuestras fortunas y bienes, vuestras mujeres e hijos, esta capital del gloriosísimo imperio, esta hermosísima y por todo extremo afortunada ciudad, ha sido en el día de hoy, por el sumo amor que os tienen los dioses inmortales, y gracias a mis esfuerzos, vigilancia y peligros, salvados del incendio y la matanza, librándoos de las garras de un hado adverso y siéndoos restituida y conservada la patria.

Puede decirse que el día en que se nos salva la vida no es menos feliz y solemne que aquel en que nacemos, porque la salvación es un goce positivo y cierto, y el nacimiento principio de incierta vida, y porque nacemos sin conocimiento y nos salvamos con plena satisfacción. Por ello, si la gratitud de nuestros antepasados puso entre los dioses inmortales a Rómulo, el fundador de esta ciudad,vosotros y vuestros descendientes deberéis honrar la memoria del magistrado que, encontrándola fundada y engrandecida, la salvó de su ruina. Porque toda la ciudad, templos, oratorios, casas y murallas estaban a punto de ser cercados por el fuego que supimos apagar, como también embotamos las espadas levantadas contra la república y apartamos de vuestras gargantas los puñales que las amenazaban.

Y puesto que ya lo he expuesto, aclarado y desvelado todo en el Senado, os daré brevemente cuenta de ello. Ignoráis aún cuán grande y evidente era la conspiración y los medios empleados para descubrirla y dominarla. Vais a saberlo,satisfaciendo yo vuestra justa impaciencia.Primeramente, desde que hace pocos días salió Catilina de Roma, (52) dejando aquí sus infames cómplices y los jefes más acérrimos de la malvada guerra contra la patria, aumenté mi vigilancia y las precauciones para quedar a salvo de sus ocultos intentos.

Recuerda que puedes consultar las notas en el siguiente enlance.

2. Cuando arrojaba a Catilina de la ciudad (no temo pronunciar esta palabra; (53) más bien temo que se me acuse de haberle dejado con vida), cuando quería exterminarle, creí que con él partirían sus cómplices,o que, quedando aquí sin él, serían impotentes para realizar sus malvados proyectos; pero al ver que aquellos a los que sabía inflamados por la mayor audacia y maldad continuaban en Roma y permanecían a nuestro lado, dediqué por completo los días y las noches a observar sus actos,a penetrar sus designios, pues, sabiendo, dada la magnitud del crimen, que vuestros oídos no darían crédito a mi discurso si no vieseis con vuestros propios ojos las pruebas manifiestas, debía amarrar perfectamente el caso a fin de que atendierais a vuestra salvación. Para sublevar a los galos y encender la guerra más allá de los Alpes, solicitó P.Léntulo (54) a los comisionados de los alóbroges, (55) quienes iban ya a ponerse en camino y a dar cuenta a sus compatriotas, llevando cartas para entenderse, al paso, con Catilina. Acompañábalos Volturcio,portador también de otra carta para Catilina. Sabedor de estos hechos, creí haber conseguido, en fin, lo que, dada su dificultad, con tanta ansia pedía a los dioses inmortales, que la conspiración quedara descubierta, no sólo para mí, sino también para el Senado y para vosotros.

Llamé ayer (56) a mi casa a L. Flaco y C. Pontinio,pretores valerosos y de probado amor a la república.Diles cuenta de todo y les manifesté lo que habían de hacer. Su fidelidad a la preclara y egregia república no les consintió rehusar ni retardar la ejecución: al anochecer fueron en secreto al puente Mulvio y se apostaron separadamente en dos casas de campo entre las cuales corre el Tíber y está el puente. (57) Los acompañaban muchos hombres valerosos reunidos también sin que las gentes lo advirtieran, y yo mismo les envié bastantes jóvenes de la prefectura de Rieti, (58) escogidos y armados con espadas, cuyos servicios utilizo para la tranquilidad de la república. Hacia las tres de la madrugada empezaron a pasar sobre el puente Mulvio con numeroso acompañamiento los legados de los alóbroges, y con ellos Volturcio. Acometióseles con ímpetu. Ellos y los nuestros empuñaron las espadas.Sólo los pretores estaban enterados; los demás todo lo ignoraban.

3. Al llegar Pontinio y Flaco hicieron cesar el combate empeñado. Todas las cartas, bien cerradas y selladas que los comisionados llevaban, se las entregaron a los pretores, y los legados y sus acompañantes fueron presos y traídos a mi casa al amanecer. Ordené en seguida que me llevaran al más perverso autor de estas criminales maquinaciones, Gabinio Cimber,el cual nada sabía de lo ocurrido. Hice también conducir a mi presencia a Estatilio y después a Cetego.

El que más tardó fue Léntulo. Sin duda el escribirlas cartas entregadas a los embajadores de los alóbroges le hizo velar aquella noche más de lo que acostumbra. (59)

Al saberse estos sucesos acudieron a mi casa multitud de ciudadanos distinguidos, los cuales deseaban que abriese las cartas antes de presentarlas en el Senado, para que, si no contenían ninguna cosa grave, no pareciera que por temor mío alarmaba a la población. Me negué a ello, porque, tratándose de un peligro de carácter público, quien primero debía conocer las pruebas era el Consejo público. En efecto, ciudadanos, aunque las cartas no dijeran lo que se me había referido, no temes que se censurara como excesiva mi prudencia cuando en tan gran peligro se encontraba la república.

Entonces, como habéis visto, reuní con amplia concurrencia el Senado, y al mismo tiempo envié un hombre seguro y valeroso, el pretor C. Sulpicio, a casa de Cetego para apoderarse de las armas que,según aviso de los alóbroges, había en ella;cogieron, en efecto, gran cantidad de espadas y puñales.

4. Hice entrar a Volturcio sin los galos. Por orden del Senado, y a nombre de la república, le garanticé la impunidad, excitándole a que sin temor ninguno dijera cuanto supiese. Cuando se repuso del gran terror que le dominaba, declaró que P. Léntulo le había dado para Catilina una carta e instrucciones, a fin de que se valiese del servicio de los esclavos y se acercara pronto con su ejército a Roma. Según el plan convenido, debía llegar a las puertas de la ciudad al mismo tiempo que los conjurados incendiaban todos los barrios y asesinaban multitud de ciudadanos. Catilina detendría a los que intentaran huir, uniéndose en seguida dentro de Roma a los cabecillas de su facción.

Introducidos después los galos, declararon haber recibido de Léntulo, Cetego y Estatilio juramentos y cartas para sus compatriotas; que éstos y L. Casioles habían recomendado enviar cuanto antes a Italia fuerzas de caballería, porque de infantería no había de faltarles. Léntulo, además, les había asegurado que, según las profecías de los libros sibilinos (60) y las respuestas de los arúspices, él era el tercer Cornelio, a quien los hados destinaban por necesidad a reinaren Roma con poder absoluto, como los dos Cornelios anteriores, Cinna y Sila. (61) Díjoles, además, que este año, el décimo, desde la absolución de las vestales, (62) y el vigésimo desde el incendio del Capitolio, (63) era el fatalmente destinado a la destrucción de Roma y de su imperio.

También declararon los galos que Cetego no estaba de acuerdo con los demás conjurados respecto al día en que debía producirse la matanza y el incendio de Roma, pues mientras Léntulo y otros querían que fuese en las fiestas Saturnales, (64) le parecía a aquél demasiado lejano dicho plazo.

5. Pero abreviemos este relato. Hago presentar a los conjurados las cartas que se les atribuyen. El primero a quien enseño su sello es Cetego, que lo reconoce. Corto el hilo, y abro la carta. (65) Escribía de su puño y letra al Senado y al pueblo de los alóbroges, asegurándoles que cumpliría lo que a sus legados había prometido y rogándoles hicieran ellos lo que éstos ofrecían. Cetego, que había explicado la captura en su casa de gran número de espadas y puñales diciendo que siempre fue aficionado a buenas armas, a la lectura de su carta quedó aterrado y confundido, y el testimonio de su propia conciencia le hizo enmudecer.

Hízose entrar después a Estatilio, quien reconoció también su letra y su sello. Leída la carta, resultó escrita en el mismo sentido y confesó su culpa. Entonces se le enseña la suya a Léntulo y le pido reconozca su sello, como lo hizo. «En efecto le dije, este sello es fácil de reconocer, porque contiene la imagen de tu abuelo, varón insigne que sólo amó a su patria y a sus conciudadanos; (66) aunque muda, debió apartarte esta imagen de tanta maldad.»

Su carta al Senado y al pueblo de los alóbroges fue leída como las precedentes. Le permito hablar si tiene algo que decir. Empieza negando; pero habiéndosele mostrado todas las pruebas, se levanta y pregunta a los galos qué negocio tenía con ellos y por qué motivo habían ido a su casa. Igual pregunta hizo a Volturcio. Respondieron éstos breve y serenamente, citando las veces que fueron a verle y quién los había llevado, y preguntándole a su vez sino era cierto que les había hablado de los libros sibilinos. Entonces la maldad le enloquece y se revela toda la fuerza de la conciencia, pues,pudiendo haber negado el hecho, de repente, contra la opinión de todos, lo confiesa. Y no mostró el ingenio y práctica en el decir que le son peculiar es para excusar su manifiesta y evidente maldad, ni tampoco el descaro y la insolencia en que supera a todos.

Volturcio pidió en seguida fuese abierta la carta que Léntulo le había dado para Catilina. Aunque muy perturbado ya Léntulo, reconoció también su letra y su sello. La carta no tenía firma y decía: «Por el que te envío sabrás quién soy. Procura mostrarte hombre; piensa en el paso que has dado y mira lo que te es preciso hacer. Busca auxiliares en todas partes, aun entre los ínfimos.» (67) Introducido después Gabinio, comenzó por negar descaradamente ya cabó por convenir en cuanto los galos le imputaban.

He aquí, pues, ciudadanos, las pruebas ciertísimas y los testimonios irrecusables del crimen: cartas, sellos, letra y la confesión de cada uno de los culpados; aun tenía a la vista otros más ciertos: su palidez, sus miradas, la alteración de su semblante,su silencio. Al verlos tan consternados, mirando al suelo, lanzándose mutuamente furtivas ojeadas,parecían, no acusados por otros, sino reos que mutuamente se denuncian.

6. Expuestas las pruebas y oídas las declaraciones, consulté al Senado, a fin de saber lo que quería que se hiciese para la salvación de la república. Los más ilustres senadores han propuesto determinaciones duras y enérgicas, aprobadas por unanimidad. Como el senado consulto no está aún escrito, os referiré de memoria, ciudadanos, lo que dispone.

En primer lugar, se me muestra el mayor agradecimiento por haber librado a la república con mi valor, solicitud y previsión de los mayores peligros. Después los pretores L. Flaco y C. Pontinio son elogiados con razón y justicia por el celo y abnegación con que me han secundado; también se alaba a mi colega en el consulado por haberse apartado en su conducta pública y privada de los comprometidos en esta conjuración. (68) Se ordena que P. Léntulo renuncie a la pretura y sea después encarcelado; (69) también se manda prender a C. Cetego, L. Estatilio, P. Gabinio, todos los cuales estaban presentes. Se decreta igualmente la prisión de L. Casio, que había tomado a su cargo la misión de incendiar la ciudad; de M. Cepario, designado para sublevar los pastores de la Apulia; de P. Furio,uno de los colonos establecidos por Sila en Fiesole; de Q. Amnio Quilón, que intervino en todas las intrigas de Furio para seducir a los alóbroges; por último, del liberto P. Umbreno, por constar que fue quien llevó a los galos a casa de Gabinio. Y la clemencia del Senado es tan grande, ciudadanos, que a pesar de la importancia de la conjuración, de la fuerza y multitud de los enemigos interiores,considera salvada la república castigando a nueve delos más criminales y dejando a los demás que se arrepientan de su extravío.

Ordénanse actos de gracias a los dioses por su singular protección, y esto se hará en mi nombre, ciudadanos, siendo yo el primero de los que visten toga que en esta ciudad ve proclamada en su nombre tal solemnidad. Las palabras del decreto son: «Porque yo he librado a la ciudad del incendio, a los ciudadanos de la muerte y a Italia de la guerra.» Lo que distingue esta acción de gracias, si se la compara con otras, es que este honor se ha concedido a otros muchos por servicios prestados a la república, a mí se me otorga por el singular mérito de haberla salvado. Después se ha hecho lo que debió hacerse desde el principio. P.Léntulo, cuya culpabilidad está demostrada por tantas pruebas y por sus propias declaraciones, había perdido, sin duda, en concepto del Senado, no sólo la dignidad de pretor, sino también la condición de ciudadano romano; sin embargo, ha renunciado el cargo, y del escrúpulo que no impidió al eminente varón C. Mario castigar con pena’ de muerte al pretor C. Glaucia, contra el cual no se había dado ningún decreto, (70) nos veremos libres al castigar a P.Léntulo, una vez convertido en simple ciudadano.

7. Ahora que tenéis, ciudadanos, cogidos y presos a los más peligrosos y malvados jefes de esta criminal conspiración, debéis considerar vencidas todas las huestes de Catilina, todas sus esperanzas y trabajos,y libre a Roma de peligros. Cuando eché de la ciudad a Catilina, tuve en cuenta que lejos él de nosotros nada debía temer de la somnolencia de P.Léntulo, de la obesidad de L. Casio, ni de la furiosa temeridad de Cetego. Sólo Catilina era temible, y lo era únicamente ‘dentro de Roma, porque de todo entendía, en todas partes tenía entrada; él era quien podía llamar, sondear, solicitar, y se atrevía a hacerlo; tenía aptitudes para el crimen y no le faltaban la elocuencia ni la fuerza. En cada cosa delas que habían de hacerse tenía ya elegidos y dispuestos los que debieran intervenir, y a pesar de ello, no creía cumplidas sus órdenes por el hecho de darlas. Todo lo inspeccionaba, acudiendo a todas partes, vigilando, trabajando, arrostrando el frío, la sed y el hambre.

Si yo no hubiese obligado a un hombre tan fuerte,tan dispuesto, tan audaz, tan astuto, tan vigilante para el crimen, tan diligente para ordenar las cosas más depravadas, a cambiar en bandolerismo públicolas ocultas asechanzas (lo diré como lo siento,ciudadanos), no hubiera podido desviar fácilmente de vuestras cabezas tan grande calamidad. Catilinano hubiese dilatado vuestro infortunio hasta las Saturnales; (71) ni anunciado con tanta anticipación el momento en que debía perecer la república; ni se hubiera expuesto a que su sello y sus cartas cayesen en vuestras manos, convirtiéndose en testigos irrecusables de sus crímenes.

A su ausencia debemos que jamás haya sido tan evidente el delito de un ladrón cogido in fraganti dentro de una casa, como el crimen de la tremenda conjuración descubierta y sofocada en el seno de la república. Verdad es que mientras Catilina estuvo en Roma, previne y reprimí constantemente sus intentos; pero si hubiera estado hasta hoy, lo menos que puedo decir es que habríamos necesitado luchar contra él, y jamás,teniendo tal enemigo dentro de Roma, pudiera yo librar a la república de tan grandes peligros, con tanta paz, tanto sosiego y tan calladamente.

8. Aunque todo esto lo he ordenado y dirigido yo,parece dispuesto por la voluntad y consejo de los dioses inmortales, cosa que podemos conjeturar por ser la gobernación de tan grandes negocios superior al consejo humano; como también porque en estos tiempos fue su auxilio tan claro, que casi podíamos verlo con nuestros propios ojos. Porque prescindiendo de los rojizos resplandores que durante la noche iluminaban por occidente el cielo,de los rayos que han caído, de los terremotos y de otros muchos prodigios ocurridos durante nuestro consulado, con los cuales anunciaban, al parecer, los dioses lo que ahora sucede, lo que voy a deciros,ciudadanos, no se debe pasar en silencio, ni debe caer en el olvido.

Durante el consulado de Torcuato y Cota (72) fueron muchos los objetos alcanzados por el rayo en el Capitolio: las imágenes de los dioses inmortales se movieron de su sitio, las estatuas de los héroes cayeron abatidas y se fundieron las tablas de bronce donde estaban escritas las leyes. Lisiado fue también el Rómulo, fundador de esta ciudad, que recordaréis haber visto en un grupo dorado y en forma de niño mamando de las tetas de una loba. Vinieron entonces los arúspices de toda la Etruria y anunciaron que se verían pronto mortandad e incendios, desprecio de las leyes, guerras civiles e intestinas y el fin de esta ciudad y de su imperio sino lográbamos aplacar por todos los medios a los dioses inmortales para que ante su poder cediera el de los hados.

Conforme a sus respuestas hiciéronse juegos públicos durante diez días, sin olvidar nada de lo que pudiera aplacar a los dioses. También ordenaron los arúspices que se erigiera a Júpiter una estatua mayor que la anterior, colocándola sobre alto pedestal y con la cara vuelta en sentido contrario, es decir, hacia oriente, pues esperaban, según dijeron,que cuando la imagen que ahora veis mirase a la vez la aurora, el foro y la Curia, serían descubiertas todas las conspiraciones tramadas contra Roma y su imperio, pudiendo enterarse de ellas el Senado y el pueblo romano. Los cónsules trataron inmediatamente la colocación de la estatua, pero se hizo la obra con tanta lentitud, que no terminó en tiempo de nuestros predecesores, ni pudimos nosotros colocarla hasta hoy.

9. ¿Habrá alguno tan enemigo de la verdad,ciudadanos, tan arrebatado, tan insensato, que desconozca el poder directivo de los dioses inmortales en todas las cosas y principalmente en lo que a esta ciudad atañe? Cuando las respuestas delos arúspices anunciaban asesinatos, incendios y el próximo fin de la república por mano de algunos ciudadanos perdidos, tales crímenes los consideraban muchos, por su enormidad, increíbles:y viendo estáis cómo los malvados los meditaban, y hasta cómo han puesto mano en su ejecución.¿Cómo no ver la intervención de Júpiter Óptimo Máximo en lo ocurrido hoy a presencia vuestra; la coincidencia de que al mismo tiempo de ser conducidos por orden mía los conjurados y sus denunciadores a través del foro al templo de la Concordia era colocada la estatua en el Capitolio? Apenas puesta sobre el pedestal y vuelto el rostro hacia vosotros y el Senado, lo mismo el Senado que todos vosotros visteis claro y manifiesto cuanto se tramaba contra vuestra vida.

Motivo es éste para que merezcan mayor odio y se imponga más duro castigo a los que proyectaban el horrendo crimen de consumir con el incendio, no sólo vuestras casas, sino también los templos de los dioses inmortales, a los cuales, si digo que yo he resistido, atribuiréme un mérito que no se me reconocerá. Júpiter, el mismo Júpiter es quien los resistió.Él ha querido salvar el Capitolio y estos templos y esta ciudad y a todos vosotros. Los dioses inmortales son los que han guiado mi mente y mi voluntad,ciudadanos, para hacer tan graves descubrimientos. Y esas tentativas de seducción a los alóbroges, y el secreto tan neciamente confiado por Léntulo y los demás enemigos interiores a desconocidos y bárbaros, y las cartas puestas en sus manos, ¿no prueba todo ello que los dioses inmortales quitaron a su audacia el juicio y el consejo? ¿Qué más? Los galos, representantes de una nación no bien sometida todavía, la única que queda con fuerza y acaso voluntad de hacer la guerra al pueblo romano,han desdeñado grandes esperanzas de aumentar su imperio y obtener otros muchos beneficios que les ofrecían algunos patricios, prefiriendo vuestra salvación a su provecho. ¿No juzgáis esto nuevo prodigio, cuando sin pelear y sólo callando pudieron vencernos?

10. Así pues, ciudadanos, ordenadas solemnes fiestas religiosas para dar gracias a los dioses inmortales, tomad parte en ellas con vuestras mujeres y vuestros hijos. Muchas veces los honores tributados a los dioses inmortales han sido justos y debidos,pero nunca tanto como ahora. Habéis escapado degrandísimo y terrible peligro y sois vencedores sin muertes, sin derramamiento de sangre, sin ejército,sin lucha, sin dejar vuestras togas y mandados y dirigidos por quien tampoco ha abandonado este traje de paz.

Recordad, ciudadanos, todas nuestras luchas intestinas, las que habéis oído referir y las que presenciasteis. Lucio Sila hizo morir a P. Sulpicio y expulsó de Roma a C. Mario, el salvador de esta ciudad, desterrando o matando a muchos varones ilustres. (73) El cónsul Gneo Octavio echó de Roma por fuerza a su colega en el consulado; (74) todo este sitio que ocupamos estuvo lleno de cuerpos muertos y cubierto de sangre de romanos. Vinieron después Mario y Cinna, y la muerte de los más preclaros ciudadanos extinguió lo que más resplandecía en Roma; (75) crueldades que vengó la posterior victoria de Sila, y bien sabéis lo que tales luchas disminuyeron el número de ciudadanos y aumentaron las calamidades de la república. (76) Estalló la discordia entre Marco Lépido y el preclaro y fortísimo varón Quinto Cátulo y murió Lépido, no sintiendo la república su muerte tanto como la de los otros. (77)

Todas estas disensiones no se encaminaban, ciudadanos, a destruir el Estado, sino a cambiar su forma. No pretendían los facciosos acabar con la república, sino dominar en ella; no querían que Roma ardiera, sino florecer en esta ciudad; y, sin embargo,todos estos disturbios, aunque sin afectar a la existencia de la república, terminaban, no por la reconciliación y la concordia, sino por la matanza de ciudadanos.

Pero en esta guerra, la más grande y terrible de que hay memoria humana; guerra que jamás hicieron a ninguna nación bárbara sus feroces hijos;guerra en la cual Léntulo, Catilina, Casio, Cetego se han impuesto como ley considerar enemigos a cuantos, al salvar la ciudad, fueran salvados, de tal modo me conduje, que todos estáis a salvo, y cuando vuestros enemigos creían reducido el número de romanos a los que se librasen de la matanza y la misma ciudad limitada a lo que no pudieran devorarlas llamas, yo he conservado íntegra la ciudad e intactos los ciudadanos.

11. Por tales servicios no os pido, romanos, recompensa alguna, ningún honor insigne, ningún laudatorio monumento, sino que guardéis de este día memoria sempiterna. En vuestra alma es donde yo quiero triunfar; en ella donde deseo tener mis títulos honoríficos, mis timbres de gloria, los trofeos de mi victoria. Nada me importan esos silenciosos y mudos monumentos que puede a veces conseguir el menos digno. En vuestra memoria, ciudadanos,vivirán mis servicios, aumentarán los vuestros relatos, y vuestras obras literarias les asegurarán la inmortalidad. Espero, pues, que la misma duración,que confío que será eterna, establecida para la existencia de la república sea la que alcance el recuerdo de mi consulado, pudiéndose decir que en esta época hubo dos ciudadanos en la república, uno que llevaba los límites del imperio, no a los de la tierra, sino hasta las regiones del cielo, (78) y otro que salvaba la capital de este imperio, la base de su poder.

12. Pero de todas estas cosas, las hechas por mí no son de igual condición ni tienen la misma fortuna que las realizadas en el exterior. Yo tengo que seguir viviendo entre los que vencí y subyugué, mientras el general deja a los enemigos, o muertos o prisioneros. Procurad, pues, ciudadanos, que cuando éste recoja el premio de sus servicios, no sea yo castigado por los míos. Os he salvado de los intentos perversos y criminales de los hombres más audaces;a vosotros toca ponerme al abrigo de su venganza,aunque en verdad ningún perjuicio pueden causarme: cuento con el gran apoyo de los hombres de bien, que me lo he asegurado para siempre; con la gran majestad de, la república; cuya constante y silenciosa protección no ha de faltarme; con la fuerza de la conciencia, que denunciaría a los que,prescindiendo de ella, intentaran atacarme.

Hay en mí, además, valor bastante para no ceder a los audaces y aun para atacar cara a cara a esos malvados. Pero si todos los ímpetus de nuestros enemigos domésticos, rechazados por vosotros, se dirigen contra mí, a vosotros, ciudadanos, tocará determinar en qué condición queréis que queden los que, por salvaros, arrostran todos los odios y todos los peligros.

Por lo que personalmente me atañe, ¿queda algo en el mundo que pueda halagarme, cuando ni de los honores que vosotros concedéis, ni de la gloria que proporcionan las virtudes hay nada más alto de lo que ya he obtenido?

Cuanto ambiciono, ciudadanos, es defender y ensalzar en la vida privada los hechos de mi consulado. De esta suerte los odios y envidias que haya suscitado al salvar la república dañarán a los envidiosos y contribuirán a mi gloria. Finalmente,obraré siempre con la república de modo que recuerde mis hechos y cuidados, demostrando con mi vida entera que aquéllos fueron producto de la virtud y no hijos del acaso. Vosotros, ciudadanos,puesto que ya se acerca la noche, haced actos de veneración a Júpiter, custodio vuestro y de la ciudad; retiraos después a vuestras casas y, aunque el peligro haya pasado, no dejéis de velar por vuestra defensa, como lo hicisteis anoche. Yo os libraré pronto de este cuidado, y podréis gozar de perpetua paz.

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