Navío griego

La Odisea de Homero, canto XX – Lo que precedió á la matanza de los pretendientes.

La Odisea de Homero, Canto XX, Lo que precedió á la matanza de los pretendientes.

CANTO XX

LO QUE PRECEDIÓ Á LA MATANZA DE LOS PRETENDIENTES

La Odisea es una de las obras más antiguas y a la vez más importantes de la literatura occidental. Para entender mejor el contexto histórico de la misma, su estructura y trama te invitamos a leer nuestro artículo sobre La Odisea. En el mismo encontrarás además información sobre el traductor de este texto, el gran lingüista español de principios de siglo Luis Segalá y Estalella, y una explicación de los temas tratados en la obra homérica. En caso de necesitar refrescar tus conocimientos sobre los dioses griegos, muy presentes en La Odisea, puedes leer el siguiente resumen. Nota: Esta traducción utiliza los nombres romanos de los dioses olímpicos, por lo cual la siguiente guía de equivalencias entre los nombres griegos y los romanos de los dioses y héroes te será muy útil. Esta obra es la continuación a los sucesos relatados en La Ilíada.

La Odisea

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Canto XX

1 Acostóse á su vez el divinal Ulises en el vestíbulo de la casa: tendió la piel cruda de un buey, echó encima otras muchas pieles de ovejas sacrificadas por los aqueos y, tan pronto como yació, cobijóle Eurínome con un manto. Mientras Ulises estaba echado y en vela y discurría males contra los pretendientes, salieron del palacio, riendo y bromeando unas con otras, las mujeres que con ellos solían juntarse. El héroe sintió conmovérsele el ánimo en el pecho, y revolvió muchas cosas en su mente y en su espíritu, pues se hallaba indeciso entre echarse sobre las criadas y matarlas ó dejar que por la última y postrera vez se uniesen con los orgullosos pretendientes; y en tanto el corazón desde dentro le ladraba. Como la perra que anda alrededor de sus tiernos cachorrillos, ladra y desea acometer cuando ve á un hombre á quien no conoce; así, al presenciar con indignación aquellas malas acciones, ladraba interiormente el corazón de Ulises. Y éste, dándose de golpes en el pecho, reprendiólo con semejantes palabras:

18 «¡Sufre, corazón, que algo más vergonzoso hubiste de soportar aquel día en que el Ciclope, de fuerza indómita, me devoraba los esforzados compañeros; y tú lo toleraste, hasta que mi astucia nos sacó del antro donde creíamos perecer!»

22 Tal dijo, increpando en su pecho al corazón que en todo instante se mostraba sufrido y obediente; mas Ulises revolvíase ya á un lado ya al opuesto. Del modo que, cuando un hombre asa á un grande y encendido fuego un vientre repleto de gordura y de sangre, le da vueltas acá y allá con el propósito de acabar pronto; así se revolvía Ulises á una y á otra parte, mientras pensaba de qué manera conseguiría poner las manos en los desvergonzados pretendientes, hallándose solo contra tantos. Pero acercósele Minerva, que había descendido del cielo; y, transfigurándose en una mujer, se detuvo sobre su cabeza y le habló diciendo:

33 «¿Por qué velas todavía, oh desdichado sobre todos los varones? Ésta es tu casa y tienes dentro á tu mujer y á tu hijo, que es tal como todos desearan que fuese el suyo.»

36 Respondióle el ingenioso Ulises: «Sí, muy oportuno es, oh diosa, cuanto acabas de decir; pero mi ánimo me hace pensar cómo lograré poner las manos en los desvergonzados pretendientes, hallándome solo, mientras que ellos están siempre reunidos en el palacio. Considero también otra cosa aún más importante: Si logro matarlos, por la voluntad de Júpiter y la tuya, ¿adónde me podré refugiar? Yo te invito á que lo pienses.»

44 Díjole entonces Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «¡Desdichado! Se tiene confianza en un compañero peor, que es mortal y no sabe dar tantos consejos; y yo soy una diosa que te guarda en todos tus trabajos. Te hablaré muy claramente. Aunque nos rodearan cincuenta compañías de hombres de voz articulada, ansiosos de acabar con nosotros peleando, te fuera posible llevarte sus bueyes y sus pingües ovejas. Pero ríndete al sueño, que es gran molestia pasar la noche sin dormir y vigilando; y ya en breve saldrás de estos males.»

54 Así le habló; y, apenas hubo infundido el sueño en los párpados de Ulises, la divina entre las diosas volvió al Olimpo.

56 Cuando al héroe le vencía el sueño, que deja el ánimo libre de inquietudes y relaja los miembros, despertaba su honesta esposa, la cual rompió en llanto, sentándose en la mullida cama. Y así que su ánimo se cansó de sollozar, la divina entre las mujeres elevó á Diana la siguiente súplica:

61 «¡Oh Diana, venerable diosa hija de Júpiter! ¡Ojalá que, tirándome una saeta al pecho, ahora mismo me quitaras la vida; ó que una tempestad me arrebatara, conduciéndome hacia las sombrías sendas, y me dejara caer en los confines del refluente Océano, de igual modo que las borrascas se llevaron las hijas de Pandáreo! Cuando, por haberles los númenes muerto los padres, se quedaran huérfanas en el palacio, la diosa Venus las crió con queso, dulce miel y suave vino; dotólas Juno de hermosura y prudencia sobre todas las mujeres; dióles la casta Diana buena estatura, y adestrólas Minerva en labores eximias. Pero, mientras la diosa Venus se encaminaba al vasto Olimpo á pedirle á Júpiter, que se huelga con el rayo, florecientes nupcias para las doncellas—pues aquel dios lo sabe todo y conoce el destino favorable ó adverso de los mortales—arrebatáronlas las Harpías y se las dieron á las odiosas Furias como esclavas. Háganme desaparecer de igual suerte los que viven en olímpicos palacios ó máteme Diana, la de lindas trenzas, para que yo penetre en la odiosa tierra, teniendo ante mis ojos á Ulises, y no haya de alegrar la mente de ningún hombre inferior. Cualquier mal es soportable, aunque pasemos el día llorando y con el corazón muy triste, si por la noche viene el sueño, que nos trae el olvido de las cosas buenas y malas al cerrarnos los ojos. Pero á mí me envía algún dios perniciosos ensueños. Esta misma noche acostóse á mi lado un fantasma muy semejante á él, tal como era Ulises cuando partió con el ejército; y mi corazón se alegraba, figurándose que no era sueño sino veras.»

91 Así dijo; y al punto se descubrió la Aurora, de áureo trono. Ulises oyó las voces que Penélope daba en su llanto, meditó luego y le pareció como si la tuviese junto á su cabeza por haberle reconocido. Á la hora recogió el manto y las pieles en que estaba echado y lo puso todo en una silla del palacio, sacó afuera la piel de buey y, alzando las manos, dirigió á Júpiter esta súplica:

98 «¡Padre Júpiter! Si vosotros los dioses me habéis traído de buen grado, por tierra y por mar, á mi patrio suelo, después de enviarme multitud de infortunios; haz que diga algún presagio cualquiera de los que en el interior despiertan y muéstrese en el exterior otro prodigio tuyo.»

102 Tal fué su plegaria. Oyóla el próvido Júpiter y en el acto mandó un trueno desde el resplandeciente Olimpo, desde lo alto de las nubes, que le causó á Ulises profunda alegría. El presagio dióselo en la casa una mujer que molía el grano cerca de él, donde estaban las muelas del pastor de hombres. Doce eran las que allí trabajaban solícitamente, fabricando harinas de cebada y de trigo, que son el alimento de los hombres; pero todas descansaban ya, por haber molido su parte correspondiente de trigo, á excepción de una que aún no había terminado porque era muy flaca. Ésta, pues, paró la muela y dijo las siguientes palabras, que fueron una señal para su amo:

112 «¡Padre Júpiter, que imperas sobre los dioses y sobre los hombres! Has enviado un fuerte trueno desde el cielo estrellado y no hay nube alguna; indudablemente es una señal que haces á alguien. Cúmpleme ahora también á mí, á esta mísera, lo que te voy á pedir: Tomen hoy los pretendientes por la última y postrera vez la agradable comida en el palacio de Ulises; y, ya que hicieron desfallecer mis rodillas con el penoso trabajo de fabricarles harina, sea también ésta la última vez que cenen.»

120 Así se expresó; y holgóse el divinal Ulises con el presagio y el trueno enviado por Júpiter, pues creyó que podría castigar á los culpables.

122 Las demás esclavas, juntándose en la bella mansión de Ulises, encendían en el hogar el fuego infatigable. Telémaco, varón igual á un dios, se levantó de la cama, vistióse, colgó del hombro la aguda espada, ató á sus nítidos pies hermosas sandalias y asió la fuerte lanza de broncínea punta. Salió luego y, parándose en el umbral, dijo á Euriclea:

129 «¡Ama querida! ¿Honrasteis al huésped dentro de la casa, dándole lecho y cena, ó yace por ahí sin que nadie le cuide? Pues mi madre es tal, aunque la discreción no le falta, que suele honrar inconsideradamente al peor de los hombres de voz articulada y despedir sin honra alguna al que más vale.»

134 Respondióle la prudente Euriclea: «No la acuses ahora, hijo mío, que no es culpable. El huésped estuvo sentado y bebiendo vino hasta que le plugo; y en cuanto á comer, manifestó que ya no tenía más gana, y fué ella misma quien le hizo la pregunta. Tan luego como decidió acostarse para dormir, ordenó tu madre á las esclavas que le aparejasen la cama; pero, como es tan mísero y desventurado, no quiso descansar en un lecho ni entre colchas y se tendió en el vestíbulo sobre una piel cruda de buey y otras de ovejas. Y nosotras le cubrimos con un manto.»

144 Así le dijo: Telémaco salió del palacio con su lanza en la mano y dos perros de ágiles pies que le seguían; y fuése al ágora, á juntarse con los aqueos de hermosas grebas. Entonces la divina entre las mujeres, Euriclea, hija de Ops Pisenórida, comenzó á mandar de este modo á las esclavas:

149 «Ea, algunas de vosotras barran el palacio diligentemente, riéguenlo y pongan tapetes purpúreos en las labradas sillas; pasen otras la esponja por las mesas y limpien las crateras y las copas dobles, artísticamente fabricadas; y vayan las demás por agua á la fuente y tráiganla presto. Pues los pretendientes no han de tardar en venir al palacio; antes acudirán muy de mañana, que hoy es día de fiesta para todos.»

157 Así les habló; y ellas la escucharon y obedecieron. Veinte esclavas se encaminaron á la fuente de aguas profundas y las otras se pusieron á trabajar hábilmente dentro de la casa.

160 Presentáronse poco después los servidores de los aqueos y cortaron leña con gran pericia; volvieron de la fuente las esclavas; é inmediatamente llegó el porquerizo con tres cerdos, los mejores de cuantos tenía á su cuidado. Eumeo dejó que pacieran en el hermoso cercado y hablóle á Ulises con dulces palabras:

166 «¡Huésped! ¿Te ven los aqueos con mejores ojos, ó siguen ultrajándote en el palacio como anteriormente?»

168 Respondióle el ingenioso Ulises: «Ojalá castigue un dios, oh Eumeo, los ultrajes que con tal descaro infieren, maquinando inicuas acciones en la casa de otro, sin tener ni sombra de vergüenza.»

172 De tal suerte conversaban. Acercóseles el cabrero Melantio, que traía las mejores cabras de sus rebaños para la comida de los pretendientes y le acompañaban dos pastores. Y, atando á aquéllas debajo del sonoro pórtico, le dijo á Ulises estas mordaces palabras:

178 «¡Forastero! ¿Nos importunarás todavía en esta casa, con pedir limosna á los varones? ¿Por ventura no saldrás de aquí? Ya me figuro que no nos separaremos hasta haber probado la fuerza de nuestros brazos; porque tú no mendigas como se debe, que hay otros convites de los aqueos.»

183 Así se expresó. El ingenioso Ulises no le dió respuesta; pero meneó la cabeza silenciosamente, agitando en lo íntimo de su alma siniestros propósitos.

185 Fué el tercero en llegar, Filetio, mayoral de los pastores, que traía una vaca no paridera y pingües cabras. Los barqueros, que conducen á cuantos hombres se les presentan, los habían transportado. Y, atando aquél las reses debajo del sonoro pórtico, paróse cabe al porquerizo y le interrogó de esta manera:

191 «¡Porquerizo! ¿Quién es ese forastero recién llegado á nuestra casa? ¿Á qué hombres se gloría de pertenecer? ¿Dónde se hallan su familia y su patria tierra? ¡Infeliz! Parece, por su cuerpo, un rey soberano; mas los dioses anegan en males á los hombres que han vagado mucho, cuando hasta á los reyes les destinan infortunios.»

197 Dijo; y, parándose junto á Ulises, le saludó con la diestra y le habló con estas aladas palabras:

199 «¡Salve, padre huésped! Sé dichoso en lo sucesivo, ya que ahora te abruman tantos males. ¡Oh, padre Júpiter!: no hay dios más funesto que tú; pues, sin compadecerte de los hombres, á pesar de haberlos criado, los entregas al infortunio y á los tristes dolores. Desde que te vi, empecé á sudar y se me arrasaron los ojos de lágrimas, acordándome de Ulises; porque me figuro que aquél vaga entre los hombres, cubierto con unos harapos semejantes, si aún vive y goza de la lumbre del sol. Y si ha muerto y está en la morada de Plutón, ¡ay de mí! á quien, desde niño, puso el eximio Ulises al frente de sus vacadas en el país de los cefalenos. Hoy las vacas son innumerables y á ningún hombre podría crecerle más el ganado vacuno de ancha frente; pero unos extraños me ordenan que les traiga vacas para comérselas, y no se cuidan del hijo de la casa, ni temen la venganza de las deidades, pues ya desean repartirse las posesiones del rey cuya ausencia se hace tan larga. Muy á menudo mi ánimo revuelve en el pecho estas ideas: malo es que en vida del hijo me vaya á otro pueblo, emigrando con las vacas hacia los hombres de un país extraño; pero me resulta más duro quedarme, guardando las vacas para otros y sufriendo pesares. Y mucho ha que me hubiese ido á refugiarme cerca de alguno de los prepotentes reyes, porque lo de acá ya no es tolerable; pero aguardo aún á aquel infeliz, por si, viniendo de algún sitio, dispersa á los pretendientes que están en el palacio.»

226 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Boyero! Como no me pareces ni vil ni insensato, y conozco que la prudencia rige tu espíritu, voy á decirte una cosa que afirmaré con solemne juramento: Sean testigos primeramente Júpiter entre los dioses y luego la mesa hospitalaria y el hogar del irreprochable Ulises á que he llegado, de que Ulises vendrá á su casa, estando tú en ella; y podrás ver con tus ojos, si quieres, la matanza de los pretendientes que hoy señorean en el palacio235 Díjole entonces el boyero: «¡Oh huésped! Ojalá el Saturnio llevara á cumplimiento cuanto dices; que no tardarías á conocer cuál es mi fuerza y de qué brazos dispongo.»

238 Eumeo suplicó asimismo á todos los dioses que el prudente Ulises volviera á su casa.

240 Así éstos decían. Los pretendientes maquinaban contra Telémaco la muerte y el destino, cuando de súbito apareció un ave á su izquierda, un águila altanera, con una tímida paloma entre las garras. Y Anfínomo les arengó diciendo:

245 «¡Amigos! Este propósito—la muerte de Telémaco—no tendrá buen éxito para nosotros; mas, ea, pensemos ya en la comida.»

247 De tal suerte se expresó Anfínomo, y á todos les plugo lo que dijo. Volviendo, pues, al palacio del divinal Ulises, dejaron sus mantos en sillas y sillones; sacrificaron ovejas muy crecidas, pingües cabras, puercos gordos y una gregal vaca; asaron y distribuyeron las entrañas; mezclaron el vino en las crateras; y el porquerizo les sirvió las copas. Filetio, mayoral de los pastores, repartióles el pan en hermosos canastillos; y Melantio les escanciaba el vino. Y todos echaron mano á las viandas que tenían delante.

257 Telémaco, con astuta intención, hizo sentar á Ulises dentro de la sólida casa, junto al umbral de piedra, donde le había colocado una pobre silla y una mesa pequeña; sirvióle parte de las entrañas, escancióle vino en una copa de oro y le habló de esta manera:

262 «Siéntate aquí, entre estos varones, y bebe vino. Yo te libraré de las injurias y de las manos de todos los pretendientes; pues esta casa no es pública, sino de Ulises que la adquirió para mí. Y vosotros, oh pretendientes, reprimid el ánimo y absteneos de las amenazas y de los golpes, para que no se suscite disputa ni altercado alguno.»

268 Tales fueron sus palabras y todos se mordieron los labios, admirándose de que Telémaco les hablase con tanta audacia. Entonces Antínoo, hijo de Eupites, dijo de esta suerte:

271 «¡Aqueos! Cumplamos, aunque es dura, la orden de Telémaco, que con tono tan amenazador acaba de hablarnos. No lo ha querido Jove Saturnio; pues, de otra suerte, ya le habríamos hecho callar en el palacio, aunque sea arengador sonoro.»

275 Así habló Antínoo; pero Telémaco no hizo caso de sus palabras. En esto, ya los heraldos conducían por la ciudad la sacra hecatombe de las deidades; y los aqueos, de larga cabellera, se juntaban en el umbrío bosque consagrado al flechador Apolo.

279 Tan pronto como los pretendientes hubieron asado los cuartos delanteros, retiráronlos de la lumbre, dividiéronlos en partes, y celebraron un gran banquete. Á Ulises sirviéronle los que en esto se ocupaban, una parte tan cumplida como la que á ellos mismos les cupo en suerte; pues así lo ordenó Telémaco, el hijo amado del divinal Ulises.

284 Tampoco dejó entonces Minerva que los ilustres pretendientes se abstuvieran por completo de la dolorosa injuria, á fin de que el pesar atormentara aún más el corazón de Ulises Laertíada. Hallábase entre los mismos un hombre de ánimo perverso llamado Ctesipo, que tenía su morada en Same, y, confiando en sus posesiones inmensas, solicitaba á la esposa de Ulises ausente á la sazón desde largo tiempo. Éste tal dijo á los ensoberbecidos pretendientes:

292 «Oíd, ilustres pretendientes, lo que os voy á decir. Rato ha que el forastero tiene su parte igual á la nuestra, como es debido; que no fuera decoroso ni justo privar del festín á los huéspedes de Telémaco, sean cuales fueren los que vengan á este palacio. Mas, ea, también yo voy á ofrecerle el don de la hospitalidad, para que á su vez haga un presente al bañero ó á algún otro de los esclavos que viven en la casa del divinal Ulises.»

299 Habiendo hablado así, tiróle con fuerte mano una pata de buey, que tomó de un canastillo; Ulises evitó el golpe, inclinando ligeramente la cabeza, y en seguida se sonrió con risa sardonia; y la pata fué á dar en el bien construído muro. Acto continuo increpó Telémaco á Ctesipo con estas palabras:

304 «¡Ctesipo! Mucho mejor ha sido para ti no acertar al forastero, porque éste haya evitado el golpe; que yo te traspasara con mi aguda lanza y tu padre te hiciera acá los funerales en vez de celebrar tu casamiento. Por tanto nadie se porte insolentemente dentro de la casa, que ya conozco y entiendo muchas cosas, buenas y malas, aunque antes fuese un niño. Y si toleramos lo que vemos—que sean degolladas las ovejas, y se beba el vino, y se consuma el pan—es por la dificultad de que uno solo refrene á muchos. Mas, ea, no me causéis más daño, siéndome malévolos; y si deseáis matarme con el bronce, yo quisiera que lo llevaseis á cumplimiento, pues más valdría morir que ver de continuo esas inicuas acciones: maltratados los huéspedes y forzadas indignamente las siervas en las hermosas estancias.»

320 Así habló. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos. Mas al fin les dijo Agelao Damastórida:

322 «¡Amigos! Nadie se irrite, oponiendo contrarias razones al dicho justo de Telémaco; y no maltratéis al huésped, ni á ningún esclavo de los que moran en la casa del divinal Ulises. Á Telémaco y á su madre les diría unas suaves palabras, si fuere grato al corazón de entrambos. Mientras en vuestro pecho esperaba el ánimo que el prudente Ulises volviese, no podíamos indignarnos por la demora, ni porque se entretuviera en la casa á los pretendientes; y aun hubiese sido lo mejor, si Ulises viniera y tornara á su palacio. Pero ahora ya es evidente que no volverá. Ea, pues, siéntate al lado de tu madre y dile que tome por esposo al varón más eximio y que más donaciones le haga; para que tú sigas en posesión de los bienes de tu padre, comiendo y bebiendo en los mismos, y ella cuide la casa de otro.»

338 Respondióle el prudente Telémaco: «No, ¡por Júpiter y por los trabajos de mi padre que ha fallecido ó va errante lejos de Ítaca!, no difiero, oh Agelao, las nupcias de mi madre; antes la exhorto á casarse con aquél que, siéndole grato, le haga muchísimos presentes; pero me daría vergüenza arrojarla del palacio contra su voluntad y con duras palabras. ¡No permitan los dioses que así suceda!»

345 Tales fueron las palabras de Telémaco. Palas Minerva movió á los pretendientes á una risa inextinguible y les perturbó la razón. Reían con risa forzada, devoraban sanguinolentas carnes, se les llenaron de lágrimas los ojos y su ánimo presagiaba el llanto. Entonces Teoclímeno, semejante á un dios, les dijo de esta suerte:

351 «¡Ah míseros! ¿Qué mal es ése que padecéis? Noche obscura os envuelve la cabeza, y el rostro, y abajo las rodillas; crecen los gemidos; báñanse en lágrimas las mejillas; y así los muros como los hermosos intercolumnios aparecen rociados de sangre. Llenan el vestíbulo y el patio las sombras de los que descienden al tenebroso Érebo; el sol desapareció del cielo y una horrible obscuridad se extiende por doquier.»

358 En tales términos les habló; y todos rieron dulcemente. Entonces Eurímaco, hijo de Pólibo, comenzó á decirles:

360 «Está loco ese huésped venido de país extraño. Ea, jóvenes, llevadle ahora mismo á la puerta y váyase al ágora, ya que aquí le parece que es de noche.»

363 Contestóle Teoclímeno, semejante á un dios: «¡Eurímaco! No pido que me acompañen. Tengo ojos, orejas y pies, y en mi pecho la razón que está sin menoscabo: con su auxilio me iré afuera, porque comprendo que viene sobre vosotros la desgracia, de la cual no podréis huir ni libraros ninguno de los pretendientes que en el palacio del divinal Ulises insultáis á los hombres, maquinando inicuas acciones.»

371 Cuando esto hubo dicho, salió del cómodo palacio y se fué á la casa de Pireo, que lo acogió benévolo. Los pretendientes se miraban los unos á los otros y zaherían á Telémaco, burlándose de sus huéspedes. Y entre los jóvenes soberbios hubo quien habló de esta manera:

376 «¡Telémaco! Nadie tiene en los huéspedes más desgracia que tú. Uno es tal como ese mendigo vagabundo, necesitado de que le den pan y vino, inhábil para todo, sin fuerzas, carga inútil de la tierra; y el otro se ha levantado á pronunciar vaticinios. Si quieres creerme—y sería lo mejor,—echemos á los huéspedes en una nave de muchos bancos y mandémoslos á Sicilia; y allí te los comprarán por razonable precio.»

384 Así decían, pero Telémaco no hizo ningún caso de estas palabras; sino que miraba silenciosamente á su padre, aguardando el momento en que había de poner las manos en los desvergonzados pretendientes.

387 La discreta Penélope, hija de Icario, mandó colocar su magnífico sillón en frente de los hombres, y oía cuanto se hablaba en la sala. Y los pretendientes reían y se preparaban el almuerzo que fué dulce y agradable, pues sacrificaron multitud de reses; pero ninguna cena tan triste como la que pronto iban á darles la diosa y el esforzado varón, porque habían sido los primeros en maquinar acciones inicuas.

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