De las cosas del campo, libro I – Marco Terencio Varrón

De las cosas del campo - libro I - Marco Terencio Varrón. Tratado sobre agricultura, apicultura y administración rural romano.

De las cosas del campo

Marco Terencio Varrón

De las cosas del campo, (en latín: Rerum rusticarum) publicada alrededor del año 19 a. C. es una de las tantas obras escritas por el polígrafo, historiador, funcionario y militar romano Marco Terencio Varrón. De clase ecuestre y aliado a Pompeyo Magno durante la Guerra Civil de 49 a. C. Varrón divide su obra en sus libros: el primero, el cual dedica a Fundania, su esposa, trata sobre la agricultura, el segundo trata sobre la ganadería y finalmente el tercero trata sobre los cuidados de la granja y la apicultura. La obra en sí tiene un carácter histórico muy interesante, ya que Varrón cita frecuentemente a las obras de otros dos grandes autores romanos del pasado que publicaron libros de agricultura: Marco Porcio Catón (y su obra De Agri Cultura) y Cayo Licinio Calvo Estolón.

De las 490 obras escritas por este prolífico autor solo unas pocas han llegado a nuestros días. No obstante, sus trabajos sobre la historia romana han sido cruciales para poder reconstruir una cronología de los eventos históricos de la República romana.

En la traducción se han conservado las unidades de medida romanas, puede consultar las siguientes tablas de medidas romanas en caso de tener alguna duda.

De las cosas del campo

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Libro I

De la agricultura

Nota importante: el siguiente texto ha sido digitalizado por imperivm.org utilizando un sistema automatizado de reconocimiento de caracteres a partir de un libro con la traducción de Domingo Tirado Benedí editado en 1945. Cualquier error (sobre todo en lo que respecta a los signos de puntuación) se debe a defectos en el proceso de digitalización de la obra no captados durante la revisión.

I.

[1]. Si dispusiera de tiempo, Fundania, te escribiría con más cuidado lo que ahora voy a exponer como me sea posible, pensando que he de darme prisa; porque, si (como se dice) al hombre es una burbuja, más lo será un anciano. En verdad, mis ochenta años me aconsejan que prepare mi equipaje antes de que me llegue el término de la vida. [2]: Como has adquirido una finca, la cual desearías que, bien cultivada, te diera los mejores frutos, me pides que me preocupe de ello y te dé mis consejos. Así lo haré, no sólo de manera que te sean útiles durante mi vida, sino aun después de mi muerte. [3] Lo que aconsejaba la Siblla no solo valía para aquellos que vivieron en sus años, sino también para los hombres que vinieron después de su desaparición y que ella no conoció jamás; todavía hoy, al cabo de tantos años, solemos consultar públicamente sus libros cuando deseamos que se haga algún portento a favor. Nuestro: no dudo, pues, que podré, mientras viva, dar igualmente algunos consejos necesaríos que aprovechen a los que están cerca de mí. [4] Sobre lo cual escribiré tres libros, a los que podrás acudir cuando necesites informarte de lo que hay que hacer en relación con los cultivos. Y puesto que (según se dice) los dioses ayudan a quienes hacen algo, comenzaré por invocarlos; no me dirigiré a las musas, como Homero y Ennio, sino a los doce dioses más importantes. No se trata, sin embargo, de los dioses de la ciudad, cuyas doradas imágenes se alzan en el Foro, seis dioses y seis diosas en total, sino de aquellos principales que presiden los trabajos de los labradores. [5] Primeramente me dirigiré a Júpiter y a Tellus, que guardan todos los frutos de la agricultura en el cielo y en la tierra. Por esto les dicen padres: padre se llama a Júpiter y madre tierra a Tellus. En segundo lugar invocaré al Sol y a la Luna, de los cuales observamos los tiempos cuando se trata de sembrar o de recolectar. En tercer lugar acudiré a Ceres y a Baco, cuyos frutos son los más necesaríos para la vida, ya que por ellos nos proporciona el campo los alimentos y las bebidas. [6] En cuarto lugar, a Robigo y a Flora, que, en estando propicios, ni el tizón echa a perder al trigo y a los árboles, ni éstos florecen a destiempo. A este efecto se instituyeron las «fiestas robigales» en honor de Robigo y los juegos florales en honor de Flora. Invocaré, después, a Minerva y a Venus, la primera de las cuales vela por los olivos y la segunda por los huertos. En su nombre se establecieron las «fiestas vinalias» campesinas. Y, por último, me dirigiré a la Linfa y a la diosa de la Buena Suerte, porque, sin el agua; toda vegetación es árida y pobre, y, sin el éxito de la buena suerte, sólo hay fracasos y no cultivo. [7] Ahora que he hecho un llamamiento a la veneración de los dioses, te pondré al corriente de aquellas conversaciones que tuvimos hace poco sobre agricultura y que contienen todas las cosas que necesitas saber, indicándote, cuando haga falta, aquellos escritores griegos y nuestros que tratan de ellas. Los escritores griegos que, en una u otra parte, se han ocupado de estos asuntos, son más de cincuenta. [8] He aquí los nombres de aquellos que podrás consultar con provecho, si lo deseas: Hierón de Sicilia y Atalo Filédmetor; entre los filósofos, al físico Demócrito, Jenofonte, discípulo de Sócrates, los peripatéticos Aristóteles y Teofrasto, Arquitas el Pitagórico, así como Anfiloco de Atenas, Anaxipolis de Taso, Apolodoro de Lemos, Aristófanes de Malo, Antigono de Cumás, Agatocles de Kios, Apolonio de Pérgamo, Aristandro de Atenas, Baquío de Milo, Bión de Solos, Kerestes y Kereas de Atenas, Diódoro de Priene, Dion de Colofén, Diofanes de Nicea, Epigenio de Rodas, Evagon de Taso, los dos Eufronios, el de Atenas y el de Anfipolis, Hegesias de Maronea, los dos Menandros, el de Priene y el de Heraclea, Nicesio de Maronea y Pithión de Rodas. [9] Otros, cuya patria desconozco, son: Androción, Escrién, Aristémenes, Atenágoras, Crates, Dadis, Dionisio, Eufiton, Euforion, Eubulo, Lisimaco, Mnaseas, Menestrato, Pleutifanes, Persis y Tedfilo. Todos los mencionados escribieron en prosa. Otros han escrito en verso, tales como Hesíodo de Ascra y Menécrates de Efeso. [10] El más famoso de todos es Magón de Cartago, que escribió en lengua fenicia y recogió en veintiocho libros todo cuanto se hallaba disperso en muchas obras publicadas antes de él. Casio Dionisio de Utica tradujo estos libros al griego, reduciéndolos a veinte y dedicándolos al pretor Sextilio. No obstante haber disminuido en ocho los libros de Magón, recogida en estos volúmenes otras valiosas aportaciones de los autores griegos citados más arriba. Didfanes redujo en Bitinia estos libros a seis volúmenes que dediqué al rey Deydtaro. [11] Voy a ser todavía más breve y a exponer todas estas cosas en tres libros: uno de agricultura, otro de ganadería, y el tercero de la cría de los animales en la granja. Primeramente separaré aquellos asuntos que, según mi opinión, no pertenecen a la agricultura. Comenzaré así por delimitar la materia y luego la trataré de conformidad con sus divisiones naturales. Mis observaciones tienen su origen en tres fuentes: una, mi práctica de los cultivos en mi hacienda; otra, mis lecturas, y, en tercer lugar, lo que he oído de los que entienden de estas cosas.

II.

[1] Con motivo de la fiesta de la siembra, había acudido al templo de Tellus invitado por el guardián del mismo, al que llamamos «aeditimus», como nuestros padres, pero que ahora llaman «aedituus» (conserje). Más me encontré con C. Fundanio, mi suegro, C. Agrio, caballero romano de la escuela socrática, y P. Agrasio, cobrador de impuestos, quienes estaban contemplando un cuadro mural que representaba a Italia. —¿Qué hacéis aquí? —les pregunté—, ¿Es, acaso, que la fiesta de la siembra os trae a pasar vuestros ratos libres como hacían nuestros padres y abuelos? [2] —En verdad —dijo Agrio— nos hallamos aquí, según. Creo, por la misma causa que tú, o sea por invitación del guardián del templo. Y, si es así, como lo reconoces, bien será que te quedes con nosotros en tanto regresa. Ha tenido que presentarse al edil que tiene a su cargo el cuidado de este templo y nos ha rogado que le esperemos hasta que vuelva. —¿Queréis, pues —dije—, que, mientras, pongamos en práctica el viejo proverbio: «El romano vence sentado»? —Muy bien — exclamó Agrio. Y como es hombre de los que piensan que lo más largo de un viaje es atravesar la puerta, se apresure a tomar asiento, en lo que le imitamos nosotros. [3] Luego que nos hubimos sentado, pregunto Agrasio: —Vosotros que habéis recorrido tantas tierras, visteis alguna tan bien cultivada como Italia? —En verdad —respondió Agrio—, no creo que haya ninguna que lo esté tan totalmente como ella. Atendiendo primero a la Naturaleza, Eratóstenes ha dividido al mundo terráqueo en dos partes principales: una que se extiende hacia el mediodía y otra hacia el septentrión, y, comoquiera que la parte septentrional es, sin duda alguna, [4] más saludable que la meridional y, por lo tanto, más fértil, e Italia está situada en aquella, puede decirse que es más adecuada para el cultivo que Asia, en primer lugar, por formar parte de Europa y, en segundo lugar, por existir en ella un clima más templado que en la parte interior, donde reina un invierno permanente. Y no hay que admirarse de ello, ya que existen regiones situadas entre el círculo septentrional y el eje del cielo en las que el sol no se ve durante seis meses seguidos. Dicen también que en aquella parte el océano no es navegable a causa de hallarse los mares helados. [5] —Y bien —dijo Fundanio—, ¿crees ti que un suelo semejante sea capaz de producir algo, o que lo que más nazca sea susceptible de cultivo? Pues; en efecto, como dice Pacuvio, «bajo un sol perpetuo o bajo una noche sin fin todos los frutos de la tierra perecerían, ya por el vapor ardiente ya por el frío». Si aquí mismo, donde la noche y el día se suceden regular y convenientemente, en los días de verano, no podría vivir si no los dividiera en dos partes con mi sueño de mediodía, [6] ¿qué se podria sembrar, cultivar y cosechar más, donde el día y la noche duran cada uno un semestre? En Italia, por el contrario, ¿qué planta útil no nace y se desarrolla?; ¿Qué mieses pueden compararse a las de la Campania? ¿Qué trigo es semejante al de la Apulia?; ¿qué vino supera al de Falerno? ¿Qué aceite al de Venafto? Todos los árboles de que está plantada Italia, ¿no se ven, acaso, llenos de frutas? [7] ¿Es que tiene más viñas la Frigia, a la cual llama vitícola Homero?, ¿es Argos, al que el mismo poeta denomina frugifero, más abundante en trigo? ¿En qué tierra una yugada produce doscientos y hasta trescientos cincuenta cántaros de vino, como en algunas comarcas de Italia? ¿No escribió M. Catón, en su libro «De los Orígenes», lo siguiente: «Se llama campo galoromano al que se extiende del lado de acá de Rimini y más en particular allá del Picentino. En este campo cada yugada produce en algunos lugares doscientos cántaros de vino? 2: no vemos también en el campo de Faenza viñedos que producen trescientas ánforas por yugada, de donde, a tales vides, les viene el nombre de «trecenarias»? Y, dirigiéndose a mí, agregue: Tu amigo Libo Marcio, intendente de talleres, me ha dicho que sus viñas de Faenza le producían esa misma cantidad de vino. [8] Los cultivadores de Italia consideran ante todo dos circunstancias: ¿dará la cosecha lo que se anticipa por ella en gastos y trabajo?, y luego, ¿es, o no, saludable el terreno? Quienquiera que descuidaré una de estas dos cosas, y se empeñase, no obstante, en cultivar, no estaría bien de la cabeza y habría que pensar en entregarlo a la tutela de sus parientes y allegados. Ningún hombre en su sano juicio quiere perder, a sabiendas, los anticipos hechos para el cultivo y no los hace, si no está seguro de recuperarlos, ni está tampoco dispuesto a correr el riesgo de arruinar sus cosechas a causa de la insalubridad del terreno. [9] Pero he aquí que veo venir a C. Licinio Estolón y a Cn. Tremelio Escrofa, quienes, según mi opinión, pueden hablar de estas cosas mejor que yo. El primero cuenta entre sus antepasados a los que nos trajeron las leyes sobre el modo de medir los campos. Aquella ley que prohíbe a todo ciudadano romano poseer más de quinientas yugadas de tierra es debida a un tal Licinio, al que se de el nombre de Estolón por la diligencia y atención puestas en los cultivos, a tal grado que, en su hacienda, nadie podía encontrar ninguna planta parasita sobre los árboles, ni echaba más raíces ningún retoño inútil, de los que llamaban estolones. De la misma familia es otro C, Licinio, tribuno del pueblo, quien, trescientos sesenta y cinco años después de la expulsión de los reyes, fue el primero que llevé al pueblo de los comicios al Foro e hizo aprobar la ley que asignaba a cada ciudadano siete yugadas de tierra. [10] El otro, a quien veo venir, es Cn. Tremelio Escrofa, tu colega en el grupo de veinte varones designados para distribuir las tierras de la Campania, varón adornado con todas las cualidades de los hombres cultos y a quien estiman los romanos como al más perito en cosas de agricultura. —¿Y no con razón? —dije yo entonces—. Sus fincas deben a su cuidado un aspecto más agradable que las mansiones regias de muchos otros y atraen a las gentes que vienen a las casas de campo, no a ver pinacotecas, como la de Lúculo, sino oporotecas. Además —agregué—, sus huertos se hallan situados en la parte alta de la vía Sacra, donde las frutas se venden a peso de oro. [11] En esto, los mencionados se juntaron a nosotros y Estolón nos dijo: —¿Llegamos ya tarde a la cena? ¿Dónde está L. Fundilio, que nos ha invitado? —tranquilízate —le respondió Agrio—. Todavía no han quitado el huevo que, en los juegos del circo, anuncia el fin se las últimas carreras de las cuadrigas; ni siquiera hemos visto aún el que suele ser primero en la pompa de los banquetes. [12] Así pues, mientras lo vemos y llega el guardián del templo, enséñanos algo sobre la utilidad de la agricultura, de los placeres que proporciona o de las dos cosas a la vez, ya que hoy está en tus: manos el cetro de esta ciencia, como en otro tiempo lo estuvo en las de Estolón, según dicen.—Hay que hacer una aclaración primeramente —dijo Escrofa—. Si hemos de limitarnos a lo que se siembra en los campos y en ellos se cultiva, o si hemos de abarcar también todo lo que tiene relación con lo que en el campo existe, los ganados, los grandes rebaños; [13] Porque veo que todos los que han escrito sobre agricultura, en lengua fenicia, griega o latina, han ido más allá de lo que hubiera convenido. —Pienso dijo Estolón— que no debemos imitarles en todo. Mi opinión es la de aquellos que han limitado el dominio de esta ciencia a lo que tiene relación con los cultivos, excluyendo las partes que no se refieren a los mismos, Así, por ejemplo, el pastoreo de los rebaños, que muchos lo relacionan con la agricultura, pertenece, según mi opinión, más bien a la ganadería, [14] Por esta razón tenemos nombres diferentes para designar a los que se ocupan preferentemente en uno u otro oficio, ya que a los primeros les llamamos labradores y a los otros dueños de rebaños, el labrador es el que se encarga especialmente del cultivo de la tierra y su nombre latino «uillicus» se deriva de «uilla» (huerta o explotación rural), por ser él quien se cuida de la recogida de fas cosechas en la finca y de su salida para la venta, Todavía hoy los campesinos en lugar de decir «uia» (camino) dicen «uea», palabra derivada de «uectura» (carro o medio de transporte), que, a su vez, se deriva de «ueho» (transporto), llamando «uella», y no «uilla, al lugar a donde se importa o de donde se exporta. De la misma manera se dice de los que viven del transporte, que trabajan en la «uelatura» (acarreo). [15] —Ciertamente —dijo Fundania— que el pastoreo es una cosa y la agricultura otra; pero son muy afines. Así también la flauta de la derecha y la de la izquierda son distintas; pero se hallan relacionadas entre si, ya que la una sirve para el canto y la otra para el acompañamiento. [16] —Añadid —dije yo— que el pastoreo pertenece a [a primera y ja agricultura a la segunda, según la sapientísima opinión de Dicearco, quien, al trazarnos el cuadro de las costumbres de los griegos primitivos, nos enseña que, en aquellos remotos tiempos, los hombres hacían vida de pastores y no sabían arar la tierra, ni plantar, ni podar árboles, por lo cual relaciona la aparición de la agricultura con una época más reciente. Por lo tanto, la última se halla subordinada a la primera, como la flauta de la izquierda esta subordinada a la de la derecha. [17]. —Con tu música —dijo Agrio— no sólo quitas al dueño de rebaños lo que posee y al esclavo el peculio que su señor le da, para que apacienten, sino que además anulas la ley rural que prohíbe llevar a pacer a un terreno de nueva plantación aquella especie de animales que la astrología coloca en el cielo junto al oro, es decir, las cabras. [18] —Ten cuidado —dijo Fundanio— en citar exactamente, ya que la ley referida añade más, pues dice: «y otras clases de ganados». Porque, ciertamente, hay ganados que son enemigos de los cultivos, como si tuvieran veneno. Tales son las cabras de que has hablado. Ellas destruyen, al pacer, todas las plantas jóvenes y sobre todo las vides y los olivos. [19] Por esta razón, entre nosotros se ha estatuido que a una divinidad determinada se le sacrifique un animal del género caprino, mientras que a otra no se permite tal ofrenda, lo que significa aversión para este animal en los dos casos: Uno supone su muerte, el otro no desea ni su vista siquiera. Por esto se sacrifican los machos cabríos a Baco, descubridor de las viñas, como para hacerles pagar con su cabeza los daños que ocasionan, mientras que a Minerva no se le hace nunca ofrenda semejante, precisamente porque se cree que los olivos se hacen estériles tan pronto como un macho cabrio los toca, pues la saliva de este animal se considera como un veneno para tales árboles. [20] Por esta misma razón sólo una vez al año entraban para el indispensable sacrificio las cabras en el templo de Atenas, para evitar que esta clase de animales tocase los olivos, de los que se dice tuvieron su origen en dicha ciudad. —No hay —dije yo— otros animales útiles a la agricultura sino aquellos que, con su trabajo, contribuyen a mejorar los campos y que son los que se uncen juntos al arado. [21] —Si así es —dijo Agrasio—, ¿cómo podríamos separar el ganado del campo, ya que el estiércol, tan esencial para los cultivos, son los animales los que lo producen? —Entonces —réplica Agrio— habrá que admitir también que un rebaño de esclavos forma parte del campo, si para este fin Jo establecemos, te equivocas, sin embargo, cuando dices que los rebaños pueden estar en el campo y considerarlos como los frutos del mismo. Esto no es consecuente. De esta manera habría que considerar también como pertenecientes al campo otros oficios; pues en una hacienda tenemos muchos tejedores con sus talleres y otros artesanos. —Perfectamente —dijo Escrofa—, separemos el pastoreo de la agricultura y otras cosas, si así lo deseáis. [22] —¿Imitaremos —dije yo— a los dos Sasernas, padre e hijo, en sus libros?. Discutiremos si la alfarería tiene más relación con la agricultura que con las minas de plata y de otros metales, cosas todas que en el campo se practican? [23] Pero de la misma manera que ni las canteras, ni los arenales pertenecen a la agricultura, tampoco la alfarería. No es que piense que tales trabajos no sean provechosos, sino que no deben contarse entre los que pertenecen al cultivo de los campos, pues si, en una finca próxima a una carretera, hay un lugar apropiado para establecer un albergue para los viajeros y se construye uno, por muy grandes que sean los beneficios que de él se obtengan, no podríamos, en modo alguno, considerarlo como de Ia agricultura, porque de los bienes que directa o indirectamente se saquen de un terreno nada habrá que sea verdaderamente agrícola más que lo que se logre de su siembra, lo que más nazca para ser utilizado. [24] Estolón me interrumpió: —Menosprecias tanto a esos escritores —me dijo—, que sólo por espíritu de crítica les censuras lo referente a las alfarerías. Hay, sin embargo, más muchas cosas que pertenecen a la agricultura y que no mencionas por no hacer su elogio. [25] Esta salida graciosa hizo sonreír a Escrofa, que conocía aquellos libros y no los apreciaba gran cosa; pero Agrasio, que también creía conocerlos y opinaba de otra manera, rogó a Estolón que dijera su opinión al respecto. —He aquí —dijo Estolón— lo que escribieron sobre la manera de destruir las chinches: «Hágase la infusión en agua de un cohombro silvestre. En todas partes que sean rociadas con tal infusión no se verán aparecer las chinches. O bien, frotad vuestro lecho con hiel de buey mezclada con vinagre.» [26] —Y, sin embargo —dijo Fundanio dirigiéndose a Escrofa—, he aquí algo que se relaciona con la agricultura. —Si —replicó éste—, tanto como su ungüento depilatorio: «Tomad una rana amarilla, haced que hierva en agua hasta que se reduzca en sus dos tercios y frotad, con lo que quede, vuestro cuerpo.» —Yo citaría más a gusto aquel pasaje que se refiere al mal que padece Fundanio, pues sufre de los pies y el dolor le hace fruncir la frente. [27] —Dilo por favor —exclamó Pundanio—. Más quiero oír de curar mis pies que de plantar pies de acelga. —Respecto a esto —dijo Estolón sonriéndose—, me será grato deciros aquellas palabras que escribieron en sus libros y que he oído a Tarquena: «Cuando el hombre sienta el dolor de sus pies, acuérdese de ti y podrá curarse.» —Pues bien —replicó Fundanio—, en ti pienso. Cirame mis pies. —»terra, guarda la enfermedad, Quédese aquí la salud» en mis pies. Nos recomienda que pronunciemos estas palabras tres por nueve veces, en ayunas, pisando la tierra y escupiendo al mismo tiempo, [28] —Todavía encontraréis en los libros de los Sasernas —dije yo— otras cosas igualmente maravillosas, que nada tienen que ver con la agricultura y que, por esta razón, deben rechazarse. —Como si —interrumpió Estolón— tales digresiones no se encontrasen también en otros muchos autores. ¿No trae muchísimas parecidas el gran libro de Catón que trata de agricultura?, más se encuentra lo que se refiere a la manera de preparar la masa y de hacer las tortas y la proporción de sal que debe ponerse en los perniles. —Te olvidas —dijo Agrio— de lo más importante que escribió: «Si quieres comer y beber mucho en un banquete, témate antes y después del mismo algunas hojas de col cruda mojadas en vinagre.»

III.

[1] —Puesto que hemos separado —dijo Agrasio— todo aquello que, en cierto modo, es ajeno al cultivo, sólo tenemos que hablar de as cosas que pertenecen a esta ciencia. ¿Lo que se nos enseña al cultivar, ¿es un arte, 0 es otra cosa? ¿Cuáles son sus principios y sus fines? Y Estolón, volviéndose a Escrofa, le dijo: —Tú, que eres superior a nosotros en. Edad, en rango y en saber, debes decirnos algo sobre estas cosas. Escrofa, sin hacerse de rogar más, hablé así: —En primer lugar, no sólo es un arte, sino algo tan grande como necesario, esta es una ciencia que nos enseña qué es lo que debe sembrarse en un terreno y qué hay que hacer en él, así como las condiciones que debe reunir para que nos dé los mejores frutos de un modo continuo.

IV.

[1] —Sus principios son los mismos que constituyen el mundo, según escribió Ennio: agua, tierra, aire y sol: Por lo tanto, antes de arrojar al suelo la semilla, hay que conocer estos elementos, que son el principio de donde salen todos los frutos. De ello se han de aprovechar los labradores, debiendo dirigir sus trabajos a dos fines: a la utilidad y al placer. La utilidad busca el provecho; la voluptuosidad, lo que deleita en él. De las dos cosas, debe atenderse a la que es útil antes que a la que es agradable. [2] Puede ocurrir, sin embargo, que un mismo cultivo sirva a la vez para que un terreno gane en aspecto y en rendimiento, como, por ejemplo, cuando se plantan, en debido orden, olivos u otros árboles frutales, se añade a una bella presentación, un mayor valor para la finca. Y cuando dos cosas valen lo mismo, quién no prefiere la que es más fructífera y más hermosa? [3] Sin embargo, el campo más útil es el más saludable, ya que en él los frutos son más seguros. En un suelo poco saludable, por fértil que sea, todos los esfuerzos pueden ser malogrados por las plagas de todo género que destruyen sus cosechas. Porque, donde a cada instante acecha la muerte, no se trata de que los frutos sean o no seguros, sino de la vida del cultivador. Donde no hay salubridad, el cultivo no puede ser otra cosa que un juego de azar, en el cual el dueño no solo arriesga su vida sino su fortuna. [4] En esto la ciencia puede atenuar algo. Pues aunque la salubridad depende de lo que proporcionan el cielo y la tierra y no esta, por consiguiente, dentro de nuestra potestad, sino en la de la Naturaleza, mucho podemos hacer, sin embargo. Muchas cosas que son graves las podemos convertir en leves con nuestra diligencia. Si a consecuencia de las emanaciones fétidas del suelo o de las aguas, en un determinado lugar, una finca es hedionda, o bien, por más exposición del terreno al sol ardiente o a la acción de los vientos, una finca no es buena, son inconvenientes que se pueden remediar con el saber y mediante inversiones bien aprovechadas. De aquí el gran interés que tiene el conocer cuál es la situación de las edificaciones de una granja, cuantos son y cuál es la colocación de sus patios, puertas y ventanas. [5] ¿No se ha visto, acaso, a la ciencia de Hipócrates, la medicina, que en tiempos de peste preservé del contagio no sólo a una casa, sino a un campo y ciudades enteras? ¿Pero, da qué invocar el testimonio de Hipócrates? No tenemos aquí a nuestro amigo Varrón que, cuando el ejército y la flota se hallaban en Corfú y todas las casas estaban repletas de enfermos y de muertos, hizo abrir nuevas ventanas hacia el viento del norte, obstruir las que daban paso a la pestilencia, cambiar las puertas y tomar otras medidas y disposiciones del mismo género, con las cuales pudo salvar a sus compañeros y a los servidores de éstos?

V.

[1] Puesto que os he dicho ya qué es la agricultura y cuáles sus principios y su fin, me queda por ver únicamente qué partes comprende esta disciplina. —Me parece —dijo Agrio— que deben ser innumerables, sobre todo cuando leo los muchos libros que escribió Teofrasto, unos bajo el título de ¨nota del¨ [2] —según creo —replica Estolón—, estos libros no son tan adecuados para los que quieren cultivar un campo, como para los que asisten a las escuelas de los filósofos. No quiero decir con esto que no puedan encontrar todos en ellos algo útil que les sea común. [3] Pero, sea lo que quiera, ti mismo ‘puedes explicarnos cuáles son las partes de la agricultura. —Cuatro son —dijo Escrofa— las partes principales de la agricultura y todas ellas consisten en conocer: primero, el terreno que ha de ser cultivado, su naturaleza y sus elementos; segundo, los que trabajan en la finca y los instrumentos necesaríos para su explotación; tercero, el tratamiento que el terreno exige, y cuarto, en qué época del año son dichas operaciones más convenientes. [4] Cada una de estas partes se subdivide, por lo menos, en otras dos. Las subdivisiones de la primera tienen por objeto, una, lo que pertenece al suelo mismo, y otra, lo que se refiere a los edificios y a los establos. La segunda: parte, que se relaciona con los hombres y con los elementos que contribuyen a realizar los cultivos, comprende igualmente dos subdivisiones: una que se refiere a los trabajadores y otra a los instrumentos que emplean. La tercera parte, que se ocupa de los trabajos, se subdivide, a su vez, en la que atañe a las operaciones preparatorias y la que trata de los sitios en que deben llevarse a cabo. La cuarta, que se ocupa de las diferentes épocas del año, comprende en su primera subdivisión lo que se relaciona con la marcha anual del sol, y en la segunda lo que se refiere al curso mensual de la luna. Me ocuparé primeramente de las cuatro partes principales y después trataré con más detalle cada una de las ocho subdivisiones secundarias.

VI.

[1] Por lo que se refiere, en primer lugar, al suelo de la finca, habremos de examinar cuatro cosas: la forma del terreno, su naturaleza, su extensión y sus condiciones de estabilidad. La forma de un terreno puede ser de dos clases: una, la que ofrece la naturaleza, y otra, la que es impuesta por los mismos cultivos. La primera puede estar bien dispuesta en unos campos y mal en otros; la segunda será diferente, según que la finca haya sido bien o mal cultivada. Hablaré primero de la forma natural. [2] Tenemos tres clases de terrenos simples: los de las llanuras, los de las colinas y los de las montañas. Hay también una cuarta clase formada por los terrenos mixtos que se obtienen combinando dos o tres ‘de los anteriores, como se puede ver en muchos lugares. Es indudable que lo que conviene a las montañas no puede aplicarse ni a terrenos llanos, en los cuales la temperatura es más cuida, ni a las colinas en donde es más templada que en los primeros y en las segundas. Esta diferencia es más apreciable cuanto más extensión ocupan los terrenos, cuando se trata de los tipos simples. [3] Así, donde los campos tienen mayor superficie, más intenso es el calor en ellos. Por ejemplo, en la Apulia los sitios son más caliginosos y el aire más pesado. Y en los lugares montañosos, como la región del Vesubio, son más ligeros y, por ello, más saludables. Los que cultivan en terrenos bajos trabajan más durante el verano, y los que siembran en terrenos altos, más en invierno. El verano es la mejor estación para los que siembran en terrenos campestres, porque más maduran los sembrados más pronto que en los sitios altos y las cosechas vienen más de prisa; no así en las alturas, en las que se siembra y recolecta más tarde. [4] Por esta razón las montañas producen árboles que resisten más al frío, tales como los abetos y las sabinas, mientras que en los llanos se desarrollan los que requieren temperatura más templada, como los chopos y los sauces. Las alturas son más fecundas en madroños y encinas, en cambio en los llanos se crían mejor los almendros y las higueras. En las colinas bajas se dan mejor también los frutales que en las montañas. [5] Por esta razón, los cultivos son diversos según las tres distintas formas del terreno: se prefieren las llanuras para el trigo, las vertientes para las viñas y las montañas para los bosques. Los inviernos son mejor para los que cultivan las vegas, porque más los prados se conservan herbosos y se puede hacer en tal época la poda de los árboles. Por el contrario, el verano es más propicio a las montañas porque más el aire es más fresco y el terreno más apto para el cultivo de árboles que resisten más el frío. [6] Para el suelo de las llanuras, una ligera inclinación es mejor que un terreno nivelado, porque la falta de vertiente da lugar a la formación de charcas al no encontrar salida las aguas. «Todas estas consideraciones han de tomarse en cuenta según las tres clases de terrenos, respecto a la forma de los campos, ya que cada uno ofrece condiciones diferentes para los cultivos en cada época.

VII.

[1] —Por lo que se refiere a la forma natural —dijo Estolón—, estoy de acuerdo con catón, cuando escribe que el campo más ventajoso es el que se halla situado al pie de una montaña y está orientado hacia el mediodía del cielo, [2] —Pero yo sostengo —replicó Escrofa— que, respecto a la forma, el rendimiento está en razón del aspecto que más agrada a la vista, como ocurre con los arbustos si están plantados al tresbolillo, a causa de las filas que forman y de las pequeñas distancias entre las mismas. Así nuestros mayores, de un campo labrado de igual extensión, pero peor cultivado que los nuestros, obtenían mucho menos y peores vinos y trigo que nosotros. Esto es debido a que, por la colocación simétrica, las plantas ocupan cada una menos sitio y no se estorban una a otras ni impiden que cada una reciba por igual la influencia del sol, de la luna y del viento. [3] Un ejemplo nos permitirá comprender mejor estas cosas: la cantidad de nueces sin cáscara, que cabe en una fanega, no cabra en fanega y media, si se echan más con sus cáscaras, ocupando éstas el lugar de aquellas. [4] Además, los árboles que se plantan en el orden debido podrán recibir, por igual, la acción del sol y de la luna. Esto hará que produzcan más uvas y más olivas y que maduren más pronto, con lo que se tienen dos cosas: mejor cosecha de vino y de aceite y precios más ventajosos. [5] Y vamos a la segunda parte, que trata de la manera de reconocer cómo es el suelo de una finca y de distinguir si una tierra es buena o mala. De la calidad de un terreno depende la elección que ha de hacerse de las plantas que deben sembrarse y cultivarse en él, pues no conviene el mismo terreno a todos los cultivos. Uno es bueno para viña, otro para trigo y el de más allá para otro cultivo distinto. [6] Así se dice de un plátano que se produce en Creta, cerca de Cortinia, que no pierde las hojas en invierno. Teofrasto nos habla de otro semejante en la isla de Chipre. En la ciudad de Sibari, que hoy llamamos Turíos, hay también una encina de propiedad semejante, que se ve delante de la ciudad. Del mismo modo, vemos en los campos de Elefantina que ni las higueras ni las vides quedan nunca sin hojas. Por la misma razón muchos árboles dan frutos dos veces al año, como las vides de junto al mar en Esmirna y los manzanos de las llanuras del Consentino. [7] Esto queda demostrado también por el hecho de que aquellos suelos, que por naturaleza son fértiles, mejoran todavía más al ser cultivados. Se pueden citar igualmente las plantas que solo pueden vivir en terrenos encharcados y hasta únicamente en el agua. Tampoco estas plantas viven indistintamente en todas las aguas, pues unas se dan bien en los lagos, como las cañas de Rieti, otras en los ríos, como los álamos del Epiro y otras en los mares, segun escribe Teofrasto de las palmás y de las esquelas. [8] Cuando iba al frente del ejército, en la Galia Transalpina, junto al Rhin llegué a ciertas regiones en donde no crecen ni vides, ni olivos, ni otros árboles frutales y donde se emplea una especie de greda blanca para abonar los campos; más no hay sal, ni gema ni marina, y utilizan en su lugar unos carbones salados obtenidos por la combustión de ciertos árboles. [9] —catón, por cierto —dijo Estolón—, haciendo una clasificación gradual de los diversos terrenos, distingue nueve clases, colocando en primer lugar aquellos en los que se dan las viñas que producen buen vino y abundante; en el segundo, las huertas que pueden regarse; en el tercero, los que crían sauces; en el cuarto, los que son buenos para los olivos; en el quinto, los prados; en el sexto, los campos para trigo; en el séptimo, los terrenos donde se dan los bosques de árboles que se cortan; en el octavo, las tierras donde se crían arbustos, y en el noveno, los terrenos en donde se producen los bosques de árboles que dan bellotas. [10] —Bien sé —dijo Escrofa— que Catón escribió eso; pero no todos están conformes con dicha ordenación, pues hay muchos que, como yo, dan el primer puesto a los buenos prados, que los antiguos llamaban «parata» (preparados). El edil César Vopisco, defendiendo una causa ante los censores, dijo que la campiña de Résea era la comarca nutricia de Italia, en donde un timón de arado olvidado el día anterior no se podía encontrar al día siguiente a causa de la hierba que lo cubría totalmente.

VII.

[1] —Contra la viña hay muchos que suponen que los gastos que ocasiona su cultivo son mayores que lo que produce. —¿Qué clase de viñas? —dije yo—Porque hay muchas especies de ellas, tenemos las rampantes, sin estacas, como las de España, y las de altas cepas, que llamamos rodrigadas, tan abundantes en Italia. Las hay rectas y aisladas sostenidas en estacas y otras enlazadas formando emparrados. [2] Estos pueden sostenerse con estacas, con calas, con sogas y hasta con los propios sarmientos de la planta. Las estacas se emplean en Falerno, las cañas en Arpano; las sogas o cuerdas en Brindis y las cepas y sarmientos en la campiña de Milán. Los enlaces se verifican de dos maneras: en líneas rectas, como en los campos de Canosa; o en líneas cruzadas, a lo largo y a lo ancho, que es la forma más común en Italia. Si en casa se tiene lo necesario para esta operación no hay que sentir el gasto, y apenas Si se siente tampoco cuando hay que proveerse en la vecindad. [3] En los tres primeros casos basta con tener mimbres, cañas o juncos, u otras plantas análogas, y en el cuarto basta con tener arbustos que puedan servir de guía a las cepas, como hacen en Milán, donde utilizan unos árboles que llaman arces. En Canosa se apoyan en higueras. [4] En cuanto a los soportes, son de cuatro clases: unos que son muy fuertes y los mejores, que se sacan de las encinas y de los enebros, y se llaman «ridica», Otros de varas o pértigas de madera dura para que sean más resistentes y que pueden volver a plantarse por un extremo cuando la humedad las ha podrido por el otro. Cuando faltan las estacas pueden suplirse con caflas, que constituyen una tercera clase de los soportes usados. A este efecto se toman juntas varias cañas, atadas con corteza de árbol, y se meten en tubos de barro cocido, sin fondo, llamados cúspides, para impedir la acción de la humedad, La cuarta clase de soportes podrian llamarse estacas naturales, ya que se utilizan para ello diversos árboles, en cuyas ramas se enlazan los sarmientos que algunos llaman rumpi. [5] La vid debe alcanzar la altura de un hombre y la colocación de fas estacas ha de hacerse a distancia tal que puedan pasar entre ellas dos bueyes uncidos para labrar. La viña menos costosa es aquella que, sin exigir soporte alguno, da un acratéforo de vino. Hay dos clases de viñas: una, aquellas cuyas uvas se arrastran por el suelo, como se ven en muchos lugares de Asia, donde las zorras casi vendimian tanto como los hombres también los ratones causan grandes daños en la cosecha, a menos que se coloquen ratoneras entre el viñedo, como se acostumbra hacer en la isla de Pandateria. [6] En otra especie de viñas los sarmientos que dan uvas se separan de la tierra elevándolos. Para ello se colocan sobre ramitas de unos dos pies de largo en forma de horquilla de dos púas. De esta manera, tales sarmientos, que no se cortan, se convierten poco a poco en sostenes de las uvas. Los sarmientos se sujetan a las cepas con una cuerda o atadijo de mimbre o junco, que los antiguos llamaban «cesto» más donde se produce esta clase de vides, el dueño tiene gran cuidado, al acabar la vendimia, de recoger todas las horquillas y guardarlas para el año siguiente, a fin de ahorrarse gastos. En Italia existe esta costumbre entre los habitantes de Rieti. [7] Por lo demás, la manera de cultivar la vía depende de la naturaleza del suelo. En las tierras húmedas hay que levantar las cepas lo más alto» posible, porque el jugo de la parra, cuando la uva se forma y engorda, no es agua lo que pide, sino sol. Por esta razón, según creo, las vides tienden a trepar por los árboles que crecen junto a ellas.

IX.

[1] —Como he dicho, hay necesidad de conocer la cualidad de la tierra y para qué sirve o no sirve. La palabra tierra debe entenderse en tres sentidos: común, propio y mixto. En sentido ordinario, hablamos del mundo de la tierra, de la tierra de Italia o de cualquier otra comarca; en esta denominación se comprende la piedra, la arena y demás elementos, seguían su género, de que la tierra se compone. En sentido propio, decimos tierra simplemente sin añadir a esta palabra ningún otro vocablo, ni epíteto alguno. [2] En el tercer sentido, que es el mixto, se habla de la tierra como buena para sembrar en ella y hacer crecer las plantas; así se dice tierra arcillosa, tierra pedregosa y de otras clases. En este sentido las variedades de tierra son también muchas, como en el sentido ordinario, ya que encierra en su seno, según las diversas fuerzas que la han producido, muchas substancias, como piedra, mármol, marga, arena, sílex, arcilla, barro, almagre, greda, cascajo, carbón (resto de la combustión de las raíces cuando la tierra es calcinada por el sol), y con ellas todo lo que une estos diversos materiales, [3] por lo cual, digo que se encuentra aquí todo lo que se llama tierra en el sentido propio y lo que hace que se le califique de arcillosa, arenosa, etc., según el elemento que predomina era la mezcla. Todas estas substancias constituyen otras tantas clases de tierra, cada una de las cuales admite tres grados en su formación. Así una tierra puede ser muy pedregosa, medianamente pedregosa o tierra pura, sin piedras. Igual puede decirse de las otras clases de tierras en sentido mixto, [4] Además, cada uno de estos tres grados es susceptible de subdividirse en otros tres, ya que hay tierras más húmedas y más secas y otras intermedias entre ambas.: Estas distinciones influyen considerablemente en lo que la tierra puede producir. Así, el perito sembrará más bien escanda que otra clase de trigo en los sitios más húmedos, mientras que en los más secos preferirá la cebada, y uno y otro en los terrenos mixtos. [5] Se pueden hacer todavía otras distinciones más sutiles: así, en un terreno arenoso es conveniente saber si la arena es blanca o roja, porque la arena blanca no es buena para las semillas que se dan bienen la arena roja. Es de gran importancia distinguir las tierras también en otras tres clases, según que sean gruesas, delgadas o medianas. Porque (en lo que se refiere al cultivo) las tierras gruesas son mucho más fértiles que las delgadas. En estas últimas, como en Pupinia, no se producen árboles frondosos ni viñas feraces, ni forrajes alimenticios, ni gordos higos, más sólo hay de ordinario árboles mezquinos y prados áridos y musgosos. [6] Por el contrario, en los campos en que la tierra es gruesa, como en Etruria, se pueden ver ricas mieses todos los años, árboles llenos de fruta y sin musgo por ninguna parte. En las tierras medianas, sin embargo, como en las de ‘Tivoli, el resultado depende de su mayor aproximación a unas u otras de las anteriores. [7] —Diófanes de Bythinia —dijo Estolón— ha escrito, y no sin razón, que se puede conocer si una tierra es buena o mala para el cultivo por su mismo aspecto o por lo que en ella crece espontáneamente. —En el primer caso se ve si la tierra es blanca o negruzca, si es ligera y fácil de remover, y si se puede desmenuzar o es compacta, y en el segundo, si la vegetación espontánea es abundante y si lo que en ella crece madura pronto y con facilidad. Pero, sigue y dinos algo de la tercera parte, o sea de las diversas maneras de medir los campos.

X.

[1] —En cada sitio hay diversos modos de medir los campos. Asi, en la España ulterior se emplea el «iugum», en la Campania el «uersus y en da Campiña romana y en el Lacio empleamos el * ‘iugerum», «Tugum» Iaman a la cantidad de tierra que puede arar en un dia una yunta de bueyes; «uersus» se dice de una extensión de cien pies de tierra en cuadro. [2] Cada «iugerum» comprende dos «actus quadratus». El ‘actus quadratus» mide ciento veinte pies cuadrados. Se le llama en latín «acnua». La menor de las divisiones del «iugerum» se llama «scripulum» y es diez pies de largo por diez de ancho según estos convenios, los agrimensores calculan habitualmente lo sobrante del «iugerum» en onzas, sextantes o cualquiera otra parte alícuota del «as», ya que el «iugerum» se compone de doscientos ochenta y ocho «scripula», que es el mismo número de unidades de peso que tenía nuestro antiguo «as», antes de las guerras púnicas. Dos «iugera», en tiempos de Rémulo, constituían una heredad, ya que se dice que ésta era la cantidad de tierra que asigne aquel a cada ciudadano para transmitirla en herencia a sus sucesores. Posteriormente, cien heredades formaron una «centuria». La «centuria» es una superficie cuadrada cuyos lados miden cada uno dos mil cuatrocientos pies de longitud. Cuatro centurias juntas, dos a dos por cada lado, reciben el nombre de «saltus» en los repartos públicos de tierras.

Nota del bibliotecario: ver artículo sobre las unidades de medición romanas para mayor información.

XI.

[1] —Cuando no se atiende debidamente a la medida de una finca se cometen muchas equivocaciones, dando a las construcciones, unas veces mucho menos terreno que el que necesitan, y otras más, con lo cual se perjudica tanto el patrimonio familiar como el rendimiento. Ya que, efectivamente, cuanto mayores son los edificios y en mayor número, más terreno ocupan y los gastos son superiores a lo que en ellos guardamos y, si son menores que los que la finca necesita, los frutos se pierden por no tener dónde recogerlos. [2] Es indudable que, cuando se trata de viñas, hay que disponer de bodegas más amplias y, si la finca se destina al cultivo del trigo, han de prepararse más grandes los graneros. Al construir los edificios para una granja deberá tenerse cuidado de que en su recinto haya agua, si no, que se pueda tomar fácilmente de algún lugar próximo. Lo mejor es disponer de un manantial o, en todo caso, de una corriente constante. Si esto no se puede lograr, hay que construir cisternas bajo tejado, y pozos al aire libre, los primeros para uso de las personas y los segundos para el ganado.

XII.

[1] —Coloca tus construcciones a la falda de un monte poblado de árboles, donde los pastos sean amplios, que se halle bien resguardado de los vientos y que su orientación sea la más saludable. La más ventajosa es la orientación hacia levante, que es muy propia para tener sombra en el verano y sol en invierno, si te ves obligado a edificar junto a un río, coloca las aberturas en la parte opuesta, a fin de evitar que las habitaciones sean demasiado frías en invierno y poco saludables en verano. [2] Hay que evitar también la proximidad a lugares pantanosos por las mismas razones y porque, además, se desarrollan más multitud de insectos, tan pequeños que no pueden ser percibidos por los ojos, pero que penetran en el cuerpo por la boca y las narices y causan terribles enfermedades. —¿Qué podré hacer —pregunté Fundanio— si llego a heredar una finca en estas condiciones, para evitar sus malignas influencias? —A esto la respuesta es fácil —dijo Agrio—. Véndela lo mejor que puedas y, si no, abandónala. [3] Escrofa continuó: —Hay que evitar que las fachadas de los edificios den hacia el lado de los vientos perjudiciales, así como edificar en el fondo de una cañada estrecha. Es mejor hacerlo en un lugar alto, ya que más basta un ligero viento para disipar las emanaciones inferiores, si las hay. Además, que Una vivienda en la que todo el día da el sol, es la más sana y en ella no hay que temer Ja invasión de los insectos; pues, si nacen más, se los lleva el viento, y, si vienen de otras partes, la sequedad los mata. [4] Los que habitan en lugares bajos y estrechos corren el peligro de las inundaciones y de los desbordamientos de los ríos y hasta los ladrones pueden asaltarles de improviso. De este doble riesgo se hallan libres los que se resguardan en los lugares elevados.

XIII.

[1] —AI disponer los establos en la casa de campo, reservad a los bueyes el sitio más caliente en invierno. Por lo que respecta a los líquidos, como el vino y el aceite, preparad bodegas al nivel del suelo. Las vasijas destinadas a contenerlos deben colocarse igualmente a ras de tierra. Para los áridos, como las habas, las lentejas, la cebada y el trigo, se colocaran sobre piso de tablas. Los criados deben tener una habitación donde puedan descansar tranquilamente y reponerse cuando tengan cansancio, calor o frío. [2] El capataz debe alojarse cerca de la puerta de la bodega para que pueda saber quién entra y quién sale más por la noche y qué es lo que lleva, mucho más cuando no haya portero, también la cocina deberá estar a su vista o en su proximidad, ya que más, en invierno, se tratan muchas cosas importantes antes de amanecer y en ella se prepara la comida y se toma el almuerzo. En el corral ‘deben tenerse grandes espacios cubiertos para meter los carros y las demás herramientas, a fin de resguardarlas de los daños de la lluvia del cielo. Si no se tienen bajo cubierto, y se dejan al aire libre, pueden llevárselas los ladrones estropearse por la intemperie. [3] En las grandes fincas hay que disponer de dos corrales. Uno interior, donde deberá haber una pila donde se recojan las aguas que vengan de las canaleras y se forme una especie de piscina. Los bueyes podrán beber y bañarse más cuando, en el verano, vengan del campo; así como los gansos y los cerdos cuando vuelvan de los pastos. En el otro corral, al exterior, habrá un estanque en el cual se remojaran los altramuces y otros granos que necesitan macerarse en el agua antes de emplearlos. [4]. Este corral, exterior, continuamente cubierto con paja y forrajes removidos por los pies del ganado, constituye un depósito de abonos para los campos. Además, toda granja debe tener dos estercoleros, o uno dividido en dos compartimientos. En el primero se pondrá el fiemo nuevo que se saque de los establos, y en el segundo, el fiemo más viejo que ha de sacarse para llevarlo al campo. El fiemo es peor cuanto más reciente, y mejor cuanto más removido y macerado. Es necesario remover de arriba abajo y por todos lados el estercolero y cubrirlo con ramaje y hierbas para que el sol no evapore el jugo, que es lo principal del estiércol para abonar la tierra. Por esta razón los labradores entendidos hacen que las aguas corran hacia el estercolero a fin de mantener en él la humedad. De esta manera conservan el jugo y hacen Megar también más para esto los excrementos de las letrinas. [5] Hay que construir asimismo un amplio cobertizo bajo el cual se pueda colocar a resguardo toda la cosecha de mies de la finca, y al que algunos dan el nombre de «nubllarium». Sus dimensiones serán proporcionadas a la extensión de la finca; se emplazará junto a la era y estará sólo abierto por el lado de ésta, a fin de poder sacar las gavillas de mies para trillarlas y, en caso de amenaza de nublado, poder meterlas de nuevo cómoda y rápidamente. Las ventanas habrán de colocarse de manera que permitan hacer circular el aire por el cobertizo cómodamente en todas direcciones, [6] —Las construcciones —dijo Fundanio— contribuirán indudablemente tanto mejor al rendimiento de la finca cuanto más se ajusten a la inteligente sencillez con que las concibieron los antiguos, más que a las pretensiones de lujo de ahora. Entonces se edificaba con vistas ‘a la utilidad, mientras que hoy sólo se piensa en satisfacer los caprichos más extravagantes. Por esta razón sus casas de campo eran de más valor que las de la ciudad, cuando hoy sucede todo lo contrario. Ellos alababan las casas de campo que tenían buena cocina, cómodas caballerizas y bodegas para el vino y para el aceite, adecuadas a las necesidades de la finca y con pavimento inclinado hacia un depósito. Esta disposición era tanto más importante cuanto que la fermentación del vino nuevo de la reciente cosecha rompía los toneles, a estilo de los que se usaban en España, y hasta las cubas, como las de Italia, y el vino que se derramaba era recogido en dicho recipiente. Ellos se preocupaban de dotar a la casa de campo de todo aquello que de un modo u otro servía para las necesidades del cultivo: [7] Contrariamente ahora, se trata de hacer la morada del amo, como las de la ciudad, lo más amplia y elegante posible y se intenta igualar a las residencias lujosas que Metelo y Lúculo han edificado para mal ejemplo de nuestra República. Los que en ellas trabajan se cuidan únicamente de exponer sus amplios comedores hacia el viento fresco del oriente en el verano y hacia el cálido sol de occidente en el invierno, en lugar de preocuparse, como los antiguos, en colocar en su sitio más conveniente las ventanas de las bodegas para el vino y el aceite, porque aquel, encerrado en los toneles, y exige frescura, y el aceite, en cambio, pide un lugar más caliente. Debemos añadir también que una colina, si nada lo impide, es el mejor sitio para el emplazamiento de una casa de campo.

XIV.

[1] —Hablaré ahora de los cercados que hay que colocar para salvaguarda de las fincas, tal como se hace en algunos sitios. Hay cuatro clases de resguardos: uno natural, otro campestre, un tercero militar y el cuarto artificial. Cada una de estas clases comprende otras muchas subdivisiones, La primera clase de resguardos la constituyen los setos vives, que se forman con matorrales y espinos dotados de raíces, y que es la que menos peligro corre de que los que pasen por más les prendan fuego por imprudencia. [2] La segunda clase de cercados se construye con troncos de madera del campo, pero no verde, se cortan maderos que se clavan en tierra y entre ellos se cruzan estacas verticales y horizontales; a veces se perforan los troncos para colocar en ellas travesaños dos o tres veces más largos. Se pueden construir también con troncos de árboles superpuestos horizontalmente y atados juntos uno con otro, La tercera clase, llamada de cercados militares, consiste en una zanja con terraplenes alrededor del campo. Para que la zanja retenga las debidas condiciones ha de ser bastante profunda para recoger las aguas de las lluvias y las que se acumulen más de los desastres de la finca. [3] El terraplén será bueno si se hace junto a la zanja y es bastante elevado para que no se pueda atravesar fácilmente. Esta clase de cercados es propia para resguardar las fincas que limitan con una gran carretera o con algún río. Se pueden ver en los alrededores de Crustumino, junto a la carretera que conduce a las salinas, grandes zanjas con terraplenes para evitar que los desbordamientos del río inunden los campos. Los terraplenes, que se hacen sin zanja al lado, se llaman macizos y se emplean como cercados en los campos de Rieti. [4] La cuarta clase, y la más reciente, la constituyen los cercados artificiales o tapias. Las tapias son de cuatro clases: las que se hacen de piedra, como en Tusculano; las de ladrillo cocido, como en los campos de la Galia; las de adobes, como en los campos de los sabinos y las que se hacen con tierra y piedras preparadas en forma conveniente, como en España y en el campo de Tarento.

XV.

[1]—Además de los cercados, se emplean, para señalar los límites de los predios, pies de árboles que separan los sembrados y evitan las disputas entre vecinos y los litigios judiciales. Algunos plantan pinos todo alrededor, como en un campo de mi esposa en el país de los sabinos:; otros cipreses, como he hecho en mi campo cerca del Vesubio; otros olmos, como muchos que tienen campos en Crustumino: no hay árbol, en efecto, que sea preferible a éste en los países llanos como lo es el que hemos mencionado; ninguno es más aprovechable para sostén de los setos y de las vides; es el abrigo más estimado para los rebaños de ovejas y de bueyes, y el mejor medio de provisión de ramaje para los cercados y de llena para el hogar y el horno. Y he aquí —termino Escrofa— los cuatro puntos principales que he dicho antes ha de tener en cuenta el agricultor: forma de la finca, naturaleza del terreno, medida del campo y medios de guardar sus límites.

XVI.

[1] —Nos queda por considerar aun otra parte, que se ocupa de lo exterior de la finca. Se trata de aquellas condiciones que rodean al campo y que, por afinidad, tienen relación con el cultivo. Estas condiciones son también de cuatro clases: si la región ofrece seguridad; si presenta oportunidades para explotar nuestros productos y hallar en ella los recursos que necesitamos para nuestros trabajos; en tercer lugar, si está próxima a caminos y ríos que sean idóneos para el transporte y, cuarto, si se puede esperar ventaja o temer daño de las fincas vecinas a la nuestra. [2] De estas cuatro condiciones, la primera se refiere a si la región es segura o no. Porque muchos campos hay, en efecto, que siendo excelentes para el cultivo, no se pueden explotar a causa de las depredaciones de los vecinos, como sucede en la Cerdeña cerca de Oelia, y en España cerca de Lusitania. En cuanto a la segunda condición, las tierras más ventajosas son las que ofrecen más facilidades para la venta, en sus cercanías, de todo lo que producen y para adquirir lo que se necesita para los trabajos en las mismas. Hay muchos predios, en efecto, que no producen ni trigo ni vino, y estos productos tienen que ser importados. Por el contrario, hay no pocos que tienen que exportar algún sobrante de lo que producen. [3] Así, en los huertos, cerca de las ciudades, se cultivan violetas, tosas y otras flores que se llevan a los mercados de las mismas, donde se reciben; mientras que en un predio lejano, donde no fuera posiblé hallar ocasión para su venta, no sería conveniente tal cultivo. Lo mismo, si se halla cerca de una ciudad o poblado, o junto a una rica casa de campo, donde se puede comprar lo que la finca necesita o colocar fácilmente los enseres sobrantes, tales como estacas, pértigas o caflas, se estará en mejores condiciones que si se tienen que traer estas cosas de lejos o donde no se encuentran a mano los elementos necesarios para el cultivo. [4] Por esta razón hay muchos propietarios que prefieren contratar por año, en la vecindad, los médicos, molineros y otros obreros de que puedan tener necesidad, más bien que no tenerlos permanentemente en su finca, ya que la muerte de uno de ellos se lleva buena parte del rendimiento de la misma. Pues, en verdad, sólo los propietarios de ricas y extensas fincas pueden permitirse el lujo de tener muchos sirvientes. Si la finca se halla lejos de la ciudad o de los poblados, habrá, de todas maneras, necesidad de tener operarios en la misma, enseñar a los miembros de la propia servidumbre a hacer los trabajos de esta clase que hagan falta para su mejor rendimiento. [5] Por eso los Sasernas aconsejan en sus libros que nadie salga de la finca, excepto el mayordomo o aquel a quien éste designe. Y si alguien contraviene la orden, no debe quedar impune. Además, ninguna ausencia debe durar más de un día y que no se repita más veces que lo que las necesidades del trabajo exijan. [6] En tercer lugar, la finca será más ventajosa si se pueden hacer fácilmente los viajes a ella, por haber caminos accesibles, o por estar cerca de un río navegable. Como ya sabemos, estos son los medios de importación y de exportación con que muchos predios cuentan. La cuarta condición se refiere a la clase de productos o cultivos que se dan en los predios vecinos. Si tu finca está junto a un encinar, harías mal en plantar olivos en ella, ya que son árboles de naturaleza contraria, con lo cual no sólo verías que te producían menos, sino también que ambas especies se repelen mutuamente, tal como sucede con las vides cuando se plantan al lado de las hortalizas, Lo mismo que las encinas, un gran nogal o cierto número de ellos bastan para hacer estéril toda la finca.

XVII.

[1] —Me he ocupado de las cuatro cosas esenciales que atañen al suelo del campo y de otras cuatro que se relacionan con los cultivos, aun cuando correspondan al exterior de la finca. Me ocuparé ahora de las dos cosas que se refieren al cultivo mismo. Algunos hacen de este asunto dos partes: la que se ocupa de los hombres y la que trata de sus instrumentos, sin los cuales no puede hacerse el cultivo. Los instrumentos son de tres clases: primera, los que hablan; segunda, los semivocales y, tercera, los instrumentos mudos. Al primer grupo corresponden los esclavos, al segundo los bueyes y al tercero las herramientas. [2] «Todo lo que se relaciona con el cultivo se lleva a cabo por hombres libres, por esclavos, por ambos a la vez. Los hombres libres que cultivan por sí mismos y con su progenie la tierra son, en mayor parte, pobres o mercenarios que se encargan de algunos trabajos mayores, tales como la siega o la vendimia y otra clase de gentes que trabajan bajo su dirección y a los que nuestros abuelos llamaban «obaerarii», y que se les encuentra todavía en gran número en las regiones de Asia, Egipto e Iliria. De todos ellos, en: general, digo lo siguiente: en los terrenos insalubres es mejor emplear mercenarios para el cultivo que esclavos, y hasta en los terrenos sanos debe darse a aquellos la preferencia para las operaciones del campo de mayor importancia; como son la vendimia y la recolección de las mieses. [3] Acerca de lo que a tales operaciones corresponde, he aquí lo que escribió Casio: deben escogerse obreros bien dispuestos, que puedan llevar adelante el trabajo, no menores de veintidós años de edad, y que tengan afición a la agricultura. Se puede formar juicio anticipado de su calidad mediante trabajos de prueba o preguntándoles acerca de lo que hacían con su anterior amo. Los jefes no han de ser ni insolentes, ni tímidos. [4] Los que han de dirigir deben tener cierta ilustración y buenas maneras y ser honrados y de mayor edad que los obreros. De este modo serán mejor obedecidos por los más jóvenes. Además han de conocer muy bien todo lo que se refiere a las operaciones del campo; pues no sólo deben mandar, sino también trabajar, para que su ejemplo sea imitado, y a fin de que sus subordinados conozcan que se hallan en su puesto por su saber y por su experiencia. [5] Tampoco debe permitírseles emplear los azotes para hacerse obedecer, cuando se puede lograr lo mismo con buenas palabras. No deben tenerse muchos esclavos de la misma nación, pues ello es causa de bastantes disensiones domésticas. Es bueno también estimularlos con recompensas tales como permitirles la formación de su propio peculio y hasta unirse con las sirvientas de la casa para constituir familia. Los hijos de tales uniones hacen que los padres se sientan más firmemente ligados a la finca. Por esta razón los esclavos del Epiro son reconocidos como los mejores y son más caros. [6] En cuanto a los jefes, hay que cultivar su amor propio, dándoles alguna distinción honorífica y también a los obreros que sobresalgan, haciéndoles alguna consulta sobre lo más conveniente en algunos trabajos. Esta consideración los realza a sus propios ojos, al pensar que se les tiene en cuenta para alguna cosa. [7] A los más aplicados debe animárseles con un tratamiento mejor, una alimentación escogida y con mejores vestidos, así como libertarlos de ciertos trabajos pesados, o bien permitiéndoles que tengan algún ganado propio en los pastos de la finca. De esta manera se contrarrestan los efectos de una orden mal dada o de un castigo algo severo y se les inspira buena voluntad y benevolencia para con sus dueños.

XVIII.

[1] —De la servidumbre: Catón atiende a dos cosas, a la extensión de la hacienda y a la clase de cultivo, ofreciendo dos fórmulas, al escribir sobre las viñas y sobre los olivares. En la primera supone una plantación.de olivos, de doscientas cuarenta yugadas, en la cual: coloca trece esclavos: un mayordomo y su esposa, cinco obreros, tres boyeros, un borriquero, un porquero y un pastor. La otra fórmula se relaciona con una plantación de viña, de cien yugadas de extensión, para la cual hay que tener quince esclavos, a saber: el mayordomo y su esposa, diez obreros, un boyero, un borriquero y un porquero. [2] Saserna escribió que un hombre basta para cada ocho yugadas, empleando cuarenta y cinco días en la labranza; pues si bien son suficientes cuatro días para labrar cada yugada, él calcula trece días más para pérdidas posibles, tales como enfermedades, mal tiempo, pereza del criado y tolerancia por parte del amo. [3] —Ni uno ni otro —dijo Licinio— me parecen bastante claros sobre la manera de realizar sus fórmulas. Si Catón quería dar a entender (como debía) que hay que aumentar o disminuir el número de esclavos de acuerdo con la extensión de la hacienda, no tenía para qué incluir entre ellos al mayordomo y su esposa. Porque, en efecto, aun en el caso de que un olivar sea menor de doscientas cuarenta yugadas, nunca se podrá tener menos de un mayordomo. [4] Y en el caso en que la finca sea doble, o más, no se podrán tomar dos o tres mayordomos para dirigir los cultivos. Son, pues, solamente los obreros o los boyeros los que se toman en la proporción; aumentando su número si el predio es mayor, o disminuyéndolo si es menor. Y también es necesario que todo el campo sea de la misma calidad. Porque, si es desigual, áspero e inclinado, como no podrá ser labrado en todas sus partes, se necesitaran menos bueyes, y por lo tanto, menos boyeros para trabajarlo. Y no digo nada sobre la extensión de los campos que calcula catón, ya que asigna al uno doscientas cuarenta yugadas, que no es una unidad de medida. Debería, en efecto, haber calculado por centurias, 0 cabida de doscientas yugadas. [5] Ahora bien, como para esto hay que restar cuarenta yugadas de las doscientas cuarenta, o sea la sexta parte, no veo de qué manera, siguiendo su precepto, podríamos quitar la sexta parte del número trece de los esclavos y todavía sería más difícil tomar la sexta parte de once, si no contamos entre ellos al mayordomo ni a su esposa. ¿Admitiremos, pues, que para cultivar cien yugadas de viña hacen falta quince esclavos? Entonces sería necesario admitir que, para un campo de una centuria de extensión, plantado la mitad de vides y la otra mitad de olivos, habría que tener dos mayordomos, lo que es ridículo. [6] Hay, pues, que tomar otra base para determinar el número de esclavos necesarios y esto tanto más cuanto que Saserna da un número más acertado, al decir que cada yugada necesita el empleo de un obrero durante cuatro jornadas. Pero, si esta fórmula de Saserna era buena para la Galia, donde estaba situada su finca, no será válida para los terrenos montañosos de Liguria. Según esto, se puede determinar mejor, tanto el número de obreros como de instrumentos que se necesitan para el cultivo, atendiendo a tres cosas principales, a saber: [7] la naturaleza de los predios colindantes, su extensión y el número de individuos que se hallan ocupados en cada una, y las modificaciones que, en más o menos, hay que hacer a este número. Dos caminos nos ha dado la Naturaleza para el cultivo: la experiencia y la imitación, Los más antiguos labradores establecieron sus reglas mediante ensayos, a tientas; sus hijos no han hecho otra cosa, en su mayoría, que imitarles. [8] Nosotros debemos seguir los dos caminos: imitar, por un lado, a nuestros predecesores, y, por otro, buscar mediante la experiencia lo que sea necesario modificar, tomando siempre como guía, no el azar, sino la razón. Por ejemplo, si decidimos dar a la segunda labor de nuestras viñas más o menos profundidad que la que le dan otros, no debemos hacerlo a capricho. Como hicieron aquellos que empezaron escardando dos o tres veces la tierra o los que introdujeron el injerto de las higueras en verano cuando antes se hacía en primavera, debemos atender sólo a los resultados eficaces.

XIX.

[1] —Por lo que se refiere a aquella parte de los instrumentos de cultivo llamados semivocales, Saserna escribió que para labrar un campo de doscientas yugadas bastaba con dos yuntas de bueyes; Catón exige tres yuntas para un campo de olivos de doscientas cuarenta yugadas. Según esto, si es cierta la opinión de Saserna, necesitaremos para cien yugadas una yunta de bueyes; pero, si seguimos a Catón, habremos de admitir que, con una yunta, sólo podremos labrar ochenta yugadas. Pero no creo que ni uno ni otro cálculo sean aplicables a toda clase de tierras, así como que ambos pueden tomarse como buenos en algunos casos. [2] Porque, en efecto, las tierras son unas más fáciles y otras más difíciles. Las hay que, en ellas, los bueyes no llegan a abrirse paso sino con muchos esfuerzos, y de tal naturaleza, que muchas veces hasta se rompe el arado y se queda la reja en el surco. De donde se sigue que, en tanto no colocamos las peculiaridades del terreno, y mientras seamos novicios en él, hay que, seguir esta triple regla: hacer lo que hicieron los que nos precedieron en el dominio de la finca; imitar a nuestros vecinos y no entregarnos a muchos tanteos. [3] A todo esto hay que añadir los asnos, tres para acarrear el estiércol y otro para dar vueltas ala mula, y para una viña de cien yugadas se necesitan una yunta de bueyes y otra de asnos y un asno para la muela. De este género de instrumentos semivocales se podrá añadir que, tratándose del ganado, hay que limitarse al número estricto para el cultivo a fin de facilitar los servicios de los instrumentos que se cuidan a sí mismos, como son los esclavos. En cuanto al número, no sólo los que tienen prados, que pueden criar en ellos ovejas y cerdos, sino también los que no los tienen, han de pensar en que el variado no sólo sirve para aprovechar el suelo de los prados, sino también para tener estiércol.

XX.

[1] —En relación con los cuadrúpedos, hay que atender primero a contar con el número suficiente de bueyes que se han de comprar para hacer la labranza, cuidando de que, si están todavía poco entrenados, no tengan menos de tres años ni más de cuatro. Han de ser fuertes y bien igualados, para que el más fuerte no agote en el trabajo al más débil: cuernos bien separados y negros, en lo posible, con amplia frente, narices achatadas, ancho pecho y recios muslos. [2] De aquellos que han servido ya, no debe emplearse en países montañosos y rudos los que trabajaron en los llanos y recíprocamente. Si se trata de novillos, que no han sido uncidos al yugo, hay que colocarles las colleras y no quitárselas ni para comer. En pocos días se volverán dóciles y fáciles de domar. Se les acostumbrará luego al yugo, unciendo un buey joven con otro ya veterano. Pues, por imitación, se le domara más fácilmente. Hay que comenzar por hacerles marchar por un suelo uniforme, sin tirar todavía del arado; luego se les atara a un arado ligero que arrastraran, al principio, por un terreno arenoso o esponjoso, fácil de remover. [3] En cuanto a los bueyes destinados a las carretas, se principiará igualmente por hacerles arrastrar vehículos sin carga, y, si es posible, se les llevará por medio de poblados y de ciudades. Se les habituará, de esta manera, al ruido y al movimiento de tales sitios, cosa de gran utilidad para su más rápida preparación. Cuando se ha comenzado por colocar un buey al lado derecho, no debe ponerse siempre más: cambiarlo de lado equivale a concederle cierto descanso cuando trabaja. [4] Donde la tierra es ligera, como en la Campania, se sustituyen los bueyes con vacas, con asnos, que son más fáciles de acostumbrar a un arado poco pesado. Para el molino o para hacer los acarreos dentro de la misma finca, se emplean asnos, vacas o mulos, según que el forraje esté más o menos abundante. Porque, efectivamente, es más fácil de alimentar un asno que una vaca; pero ésta es más útil. [5] Para la elección de estos animales, el labrador deberá atender también a la naturaleza del suelo. Si el terreno es montañoso y difícil, se necesitan animales más resistentes y de los que se pueda obtener tanto trabajo como utilidad en las operaciones en que se emplean.

XXI.

[1]—Se pueden tener perros de buena casta, pero no muchos. Debe acostumbrárseles a velar de noche y a estar dormidos, atados con su cadena, durante el día. Cuando se les suelta, redoblan su actividad: Esto es todo lo que tenemos que decir (y hacer) de los animales a los que no se les somete al yugo. Sien la finca hay prados y el dueño no tiene rebaños, cuando ha vendido su forraje, debe procurarse ganados extraños que vengan a pacer y a alojarse en sus campos.

XXII.

[1] Por lo que se refiere a los instrumentos, entre los cuales contamos las cestas, toneles y otros utensilios, he aquí lo que se recomienda. En primer lugar, no debe comprarse nada de lo que se puede recoger o confeccionar en la misma finca por los criados; entre estas cosas contamos todas las que se pueden hacer con mimbres o con otro material campestre, como cestos, canastos trineos, mazos y rastrillos. Lo mismo los que se hacen con cáñamo, lino, junco, palmas y retamas, tales como sogas, cuerdas y redes. [2] De aquellos utensilios que no se pueden sacar de los propios materiales de la finca, hay que cuidar, al comprarlos, más de su utilidad que de su apariencia, porque se gasta menos y el rendimiento es mejor, Debe adquirirse con preferencia lo que se puede comprar más cerca, sea de mejor calidad y resulte más barato. La clase y número de estos instrumentos se halla subordinada a la extensión de la hacienda y a Ja importancia de lo que en ella se cultiva. [3] —Esta es la causa —dijo Estolón— por la cual, sin duda alguna, Catón escribió de estas cosas refiriéndose a una superficie dada. Dice que quien cultiva un olivar de doscientas cuarenta yugadas, deberá tener en número de cinco de cada clase de las siguientes vasijas: calderas, orzas y jarras de cobre. De instrumentos de madera y de hierro necesitará tres carretas, seis arados con sus rejas y cuatro parihuelas para el estiércol, etc. Vienen luego las diversas herramientas que son de muchas clases y para muy diferentes operaciones, tales como ocho horcas, otros tantos escardillos, cuatro azadas, etc. [4] Otra fórmula distinta da para una finca dedicada a viña, sobre lo cual ha escrito: si tiene una extensión de cien yugadas, se necesitan tres prensas completas, cubas provistas de su tapadera, en número suficiente para dar cabida a dieciséis mil cántaros de vino, veinte cuévanos destinados a transportar las uvas y otros veinte depósitos para trigo. Al exigir Catón más cubas para el vino que otros autores, creo que lo hace para que el cultivador no tenga que vender el vino todos los años, y pueda guardarlo, pues este producto alcanza mayor precio cuanto más viejo es y la misma cantidad se coloca con más o menos ventaja, según el precio de cada momento. [5] Entra luego en detalles sobre otras herramientas de muy diversas clases, tales como hoces, palas, rastrillos. Incluso llega a hacer subdivisiones de algunas clases de estos instrumentos, como de las hoces. De ellas señala las cantidades siguientes: cinco navajas de vendimia, cinco podadoras de vides; otras cinco hachas para cortar leña; tres podadoras de árboles y diez para cortar zarzas, [6] —El dueño de la finca —dijo entonces Escrofa— debera hacer un inventario detallado de todos sus instrumentos rústicos y llevar una copia del mismo a la ciudad. El mayordomo, por su parte, cuidará de que cada instrumento ocupe su lugar y todo esté en debido orden. Tendrá especial vigilancia de todas aquellas cosas que no estén bajo llave, principalmente las que sean de empleo menos frecuente, como las vasijas que solo se usan en la vendimia. Porque cuanto más cosas están bajo su cuidado, menos expuestas se hallaran a la acción de los ladrones.

XXIII.

[1] —Hemos hablado —dijo Agrio— de dos de las cuatro partes de la agricultura; de Ja finca y de los instrumentos que se emplean para su cultivo. Espero que hablemos ahora de la tercera parte. —Como no entiendo por rendimiento de la tierra —repuso Escrofa— más que lo que ésta produce cuando se ha sembrado, sólo nos quedan por examinar dos cosas: lo que se ha de sembrar y las condiciones que debe reunir la tierra en donde se ha de sembrar. Porque una tierra es buena para el heno, otra para el trigo; ésta para la viña, aquella para el olivo. Y lo mismo de todo cuanto pertenece a lo que se llama forraje, tal como el trébol, los cereales segados en verde, arvejas, alfalfa, leguminosas y altramuces. [2] Es un error creer que una tierra rica es apta para cualquier simiente y que en una tierra pobre nada se puede sembrar. Estará bien, por el contrario, que se escoja una tierra pobre para aquellas plantas que no exigen mucho jugo, como las leguminosas, y también los garbanzos, si se considera esta planta como legumbre, comprendiendo bajo este nombre todo lo que se coge del tallo y no por su reproducción, porque lo que se coge se llama «legumbre», de «legere» (coger). En las tierras ricas se podrá sembrar todo lo que pide mucha substancia, tal como las hortalizas, el trigo, el centeno y el lino. [3] Muchas plantas se siembran, no por su rendimiento inmediato, sino por las mejoras que proporcionan a la tierra para la cosecha del año siguiente. Así los altramuces, antes de que comiencen a echar granos, y lo mismo las habas, antes de que de sus vainas se desprenda el fruto, si el campo es pobre sirven como estiércol enterradas las plantas en verde. [4] Hay que hacer distinción también de aquellos cultivos que tienen por objeto servir sólo de placer o de esparcimiento, a los que llamamos frutales y plantas de flores. Lo mismo que de aquellos otros que, aunque no sirven de alimento ni de delectación a los sentidos, son de gran utilidad a la finca, Es necesario elegir terreno adecuado, pues; unos, como los sauces y las cañas, requieren cierta humedad. [5] Por el contrario, más donde no se puede sembrar trigo, podrán ponerse muy bien habas. Lo mismo, algunas plantas exigen un terreno seco, otras seco y umbrío, como el espárrago silvestre y el de huerta; muchos quieren terreno abrigado, como aquel en donde se siembran las violetas y las hortalizas, que se alimentan con el sol. En cambio la mimbrera, de cuyos mimbres se hacen cestos y con los que se atan las duelas de los toneles, las estacas de las vides y las gavillas, exige matorrales. Otro distinto piden asimismo los árboles que se podan y los que se dejan crecer para la caza. [6] Hay que destinar terrenos especiales al cáñamo, al lino, a los juncos y al esparto, de los que se saca la paja para la cama de los bueyes y de los que se hacen sogas, cuerdas y maromás. Otros terrenos sirven indiferentemente para cualquier clase de plantas. Así vemos cultivar hortalizas en los huertos de frutales recién plantados, cuando los arbolitos alineados no han echado todavía fuertes raíces, cosa que no se hace después, cuando los árboles están más crecidos y se corte peligro de perjudicarles. [7] —Así —replicó Estolón— se concilia perfectamente esto con lo que escribió catón, con gran acierto, al decir que en un campo rico, bien abonado y sin árboles, debe sembrarse trigo y que en un suelo umbrío deben cultivarse nabos, rábanos, mijo y panizo.

XXIV.

[1] —En un campo rico y cálido prosperan los olivos cuyo fruto se pone en conserva, la «radius mator», las alentinas, y las orcales, óseas, sergianas, colminianas y albiceras, las cuales se dan en los lugares en que se estiman con preferencia, Un campo destinado a olivar ha de estar abierto al viento del oeste y bien expuesto al sol, pues cualquier otro noes bueno. [2] Si el suelo es un tanto pobre y un poco frío, se deberán plantar en é1 olivos licinianos. Si el campo es rico y cálido, esta especie no dará el debido rendimiento de aceite, aunque tengan tantas olivas que agoten el árbol. [3] Al aceite que se exprime de las olivas en cada vuelta de prensa o «factus», se le llama «hostus». El contenido de un «factus» es, según unos, de ciento sesenta modios de aceite; otros le dan una cabida sólo de ciento veinte, reduciendo proporcionalmente las vasijas y las medidas fraccionarias. Catón aconseja plantar alrededor de la finca olmos y chopos, con lo que se tendrá ramaje y hojas para alimento de las ovejas y de los bueyes y madera para otros usos. Peto esto no es de aplicación general a todas las fincas, ni en aquellas en donde se plantan se hace esto, principalmente por el follaje. Se pueden colocar árboles sin daño alguno para la finca, en el lado del norte, pues colocados más no impiden la llegada de los rayos del sol. [4] Y añade el mismo autor: si el sitio es húmedo, deben plantarse con preferencia chopos y caflas a una distancia de tres pies uno de otro, plantando entre ellos espárragos silvestres, que darán buenos tallos comestibles, pues cahlas Y espárragos exigen un terreno semejante. Estas plantaciones se pueden rodear de sargas, o mimbreras, con lo cual se tendrán más adelante mimbres para atar las vides.

XXV.

[1] —He aquí lo que debe tenerse en cuenta para elegir el terreno donde ha de plantarse la viña. El sitio mejor y más soleado debe reservarse para el amíneo minúsculo, de uva doble, de color dorado. Donde el suelo es fuerte y el cielo nebuloso debe preferirse el amíneo mayúsculo, el murgentino, el de Apicio o el lucano. Las demás vides, y principalmente la garnacha común, se dan por igual en toda clase de terrenos.

XXVI.

[1] —EI viñador ha de atender con toda diligencia a que los rodrigones de las vides estén colocados de manera que la planta quede abrigada por la parte del norte. Cuando se emplea para esto el ciprés vivo, deben plantarse alternativamente un pie de vid y otro de ciprés, impidiendo que este último alcance más altura que un soporte ordinario. Tampoco deben hallarse las vides próximas a coles ni a otras legumbres que puedan causar daño a sus raíces. —Mucho temo —dijo Agrio, mirando a Fundanio— que el guardián del templo venga antes de que hayamos llegado a tratar de la cuarta parte, sea de la vendimia, que estoy esperando con ansiedad. —Tranquilizate —repuso Escrofa—. El mismo va a preparar los cestos y las vasijas.

XXVIT.

[1] —En cuanto a las épocas, las tenemos de dos clases: una, el año que representa un circuito del sol, y la otra el mes, que es el circuito de la luna. Hablaré primero del sol. Su curso anual, por lo que se refiere a los frutos del campo, se divide en cuatro partes, cada una de tres meses aproximadamente, o, con más exactitud, en ocho partes, de mes y medio cada una. La primera división es la de las cuatro estaciones: primavera, verano, otoño e invierno. [2] La primavera es la época de ciertas siembras y aquella en que debe darse la primera labor al campo a fin de extirpar las malas hierbas región nacidas antes que echen sus granos. Removida la tierra, se hace más accesible a la acción del sol y de las lluvias y más manejable para las operaciones ulteriores. Conviene dar a la tierra dos labores y aun tres. [3] En el verano se recogen las mieses. En otoño, durante el tiempo seco, deben hacerse las vendimias y la corta de los árboles. Estos deben cortarse por su tronco a ras de tierra; pero no hay que arrancar las raíces hasta pasadas las primeras lluvias, a fin de impedir la salida de nuevos tallos, en invierno hay que hacer la poda de los árboles cuidando de que no haya hielo, ni agua de lluvía, ni escarcha sobre la corteza.

XXVIII.

[1] —La primavera comienza en el paso de la constelación de Acuario, el verano en la del Toro, el otoño en la del León y el invierno en la del Escorpión; pero como el primer día de cada estación es el vigesimotercero del paso del sol por el signo respectivo, se deduce de aquí que la primavera tiene noventa y un días, el verano noventa y cuatro, el otoño noventa y uno y el invierno ochenta y nueve. En relación con nuestro año civil, el primer día de la primavera corresponde al séptimo de los idus de febrero; el primer día del verano, al séptimo le los idus de mayo; el primero del otoño al tercero de los idus de agosto, y el primero del invierno al cuarto de los idus de noviembre. [2] más exacta todavía es la división del año en ocho periodos. El primero de cuarenta y cinco días, desde la llegada del viento favonio hasta el equinoccio de primavera; el segundo de cuarenta y seis días, desde el equinoccio de primavera hasta la salida de las Pléyades; el tercero de cuarenta y ocho días, desde la aparición de las Pléyades al solsticio de verano; el cuarto de veinticuatro días, desde este solsticio a la canícula; el quinto de sesenta y ocho días, desde la canícula al equinoccio de otoño; el sexto de cuarenta y cinco días, desde el equinoccio de otoño hasta la desaparición de las Pléyades; el séptimo de cuarenta y cuatro días, desde la desaparición de las Pléyades al solsticio de invierno, y el octavo de cuarenta y cinco días, desde el solsticio de invierno hasta cuando el sol se pone por el lado por donde se eleva el viento favonio.

XXIX.

[1] —En el primer periodo, entre la aparición del viento favonio al equinoccio de primavera, he aquí lo que conviene hacer: preparar las semillas de todas clases, podar los arbustos, estercolar en los prados, recortar las vides y cavar a su alrededor para cortar las raíces intitules que salen a tierra; escardar los prados, plantar los sauces y rastrillar los sembrados. Así se llaman las tierras ya labradas que han recibido las semillas, para distinguirlas de los campos solamente labrados en los que no se han sembrado todavía. Barbecho se llama a las tierras que no se siembran sino cada dos años. [2] Por otra parte, arar la tierra por primera vez se llama roturar, mientras que la segunda labor recibe el nombre de binar, pues esta última tiene por objeto deshacer los terrones que la primera operación no hizo más que levantar. (Y porque se repite se le da el nombre de «binar».) A la tercera labor que se da a la tierra ya sembrada, para hacer los surcos, se lama «terciar», y consiste en pasar la reja con dos tablas atadas a la misma, de tal modo que, recogiendo las semillas:echadas sobre los caballones abren al mismo tiempo los surcos para que den fácilmente paso a las aguas de la lluvia. No pocos que cultivan en tierras de mediana extensión (como se hace en la Apulia) acostumbran a pasar el rastrillo por sus tierras labradas, a fin de arrastrar los terrones que han podido quedar sobre los lomos o caballones. [3] La raya profunda que deja la reja al pasar por la tierra, se llama surco, y el saliente que queda entre dos surcos recibe el nombre de lomo o caballón (en latín «porca», de «porricere», arrojar o alzar). Por esta razón se designa hoy con Ja misma palabra el acto de ofrecer a los dioses las entrañas de las víctimas de los sacrificios.

XXX.

[1] —En el segundo periodo, comprendido entre el equinoccio de primavera y la aparición de las Pléyades, se dispondrán las siguientes operaciones: rastrillar las tierras labradas o dar la primera labor a aquellas que todavía no la hayan recibido; cortar los sauces y cercar los prados, Dar la última mano a las labores empezadas en el periodo anterior y que no estuvieran terminadas; plantar los árboles antes de que comiencen a brotar las yemas y a echar flores, porque todo árbol que no conserve sus hojas todo el año, sólo puede ser plantado antes de que eche hojas nuevas también hay que plantar y podar los olivos en este periodo.

XXXI.

[1] —En el tercer intervalo, entre la aparición de las Pléyades y el solsticio de verano, he aquí lo que debe hacerse. Hay que cavar o arar las viñas nuevas y rastrillarlas después, es decir, romper los terrenos hasta desmenuzarlos totalmente. Se denomina a esta operación «occare» (desterronar), de «occidero», (destruir), porque se destruyen los terrones de tierra. Hay también que despampanar las vides, operación más importante todavía que la poda de los árboles y arbustos. [2] Despampanar es quitar los tallos que crecen con exceso en las cepas y no se destinan para sostener las uvas; esta operación no debe confiarse a manos inexpertas sólo se dejan los dos o tres primeros tallos que se consideran más fuertes, cortando las puntas de los restantes, a fin de que no absorban todo el jugo de la planta, por esta razón suelen cortarse los de los pies de la vid, tan pronto como salen de tierra, a fin de que al segundo empuje surjan más fuertes. [3.] Cuando la cepa sale de tierra con un solo tallo débil, no puede echar sarmientos más fuertes y productivos. A estos sarmientos menores se les llama renuevos, y a los troncos mayores que se destinan a sostener las uvas, se les llama cepas. El nombre latino del renuevo es «flagellum», de «flatus», soplo, para indicar su poca consistencia. La cepa se llama «palma», palabra derivada probablemente de «parilema», suprimiendo algunas letras, de «parire», parir o producir, porque cría o produce las uvas. [4] Hay otra parte llamada «capreoli» (zarcillos), especie de filamentos en forma de espiral. Con ellos la vid se enrosca a lo que crece junto a ella; de aquí su nombre, derivado de «capere», coger o agarrar. En este mismo periodo se siega también toda clase de forrajes, tales como trébol, hierbas, arvejas y el heno nuevo. El nombre latino del trébol es «ocinum», del griego óxús, que viene pronto. Igual propiedad tiene el que se cría en los huertos. Probablemente su designación se debe a que afloja el vientre de los bueyes, a quienes se les da sirviéndoles como de purga. [5] Es una planta que se siega en verde, antes de que grane. En cambio el fárrago es una mezcla de cebada, arvejas y otras plantas leguminosas, que se siembran juntas y se siegan en verde para alimento de los animales. Su nombre procede, o bien del instrumento de hierro con el que se siega, o de que primitivamente se escogían para su siembra las tierras en que se había sembrado trigo («farraciae segetes»). Se les da en la primavera a los caballos, asnos y otros animales de carga, sirviéndoles de purga primero y luego les engorda. Las arvejas «vicia» reciben su nombre de «vincere», atar, porque tienen zarcillos como las vides, con los cuales se enroscan a los altramuces y otras plantas próximas a las que «atan» con su follaje. Si los prados pueden regarse, debe procederse a su riego antes de la siega del heno. Cada tarde, en el tiempo seco, deben regarse también los árboles frutales. Su nombre latino, «poma», les viene seguramente de que siempre tienen ‘necesidad de beber, «potare».

XXXII.

[1] —En el cuarto periodo, entre el solsticio de verano y la canícula, se hace la siega de las mieses, porque se dice que el trigo debe estar quince días en su tallo, quince días en flor y otros quince en su espiga hasta alcanzar su madurez. Esta es también la época de hacer las labores que faltan, ya que la tierra labrada en caliente es más fecunda. Hecha la primera labor, se pasa otra vez el arado a fin de deshacer los terrones que la primera no hizo más que remover. [2] Hay que sembrar en este periodo las arvejas, lentejas, guisantes y otras especies de leguminosas, que otros (como en la Galia) llaman «legaria». Estas palabras tienen su comían origen en la voz «legere» (coger), porque su cosecha se hace arrancando las plantas y no segándolas. Si todavía quedan terrones en las viñas, debe pasarse el rastrillo dos veces si las vides son viejas y tres si son nuevas.

XXXIII.

[1] Durante el quinto periodo, o sea después de la canícula hasta el equinoccio de otoño, hay que cortar la paja y ponerla en gavillas y amontonarla, terminar las Ultimás labores, podar los árboles y hacer la segunda siega de los prados regables.

XXXIV.

[1] —Al comienzo del sexto periodo, esto es, a partir del equinoccio del otoño (según los que escribieron de estas cosas), se debe proceder a la siembra, dedicando a ésta los noventa y un días restantes, y no sembrar una vez que haya llegado el solsticio de invierno, salvo en caso de necesidad absoluta, esto es tanto más importante cuanto que lo que se siembra antes de las nieblas nace en siete días y lo que se siembra después solo aparece apenas a los cuarenta. Los mismos escritores opinan que no se debe sembrar antes del equinoccio, porque nos exponemos a que se pudran las semillas, si el tiempo no es propicio. La época mejor para sembrar las habas es la de la desaparición de las Pléyades. [2] Sin embargo, entre el equinoccio de otoño y el ocaso de las Pléyades se deben recoger las uvas y hacer la vendimia. Inmediatamente después se comienza a podar las viñas y a multiplicar y plantar los árboles frutales. En aquellas regiones en que los fríos del invierno se dejan sentir pronto, es preferible demorar estos trabajos hasta la llegada de la primavera.

XXXV.

[1] —En el séptimo periodo, o sea entre el ocaso de las Pléyades y el solsticio de invierno, se deben plantar (según los mismos escritores) los lirios y el azafrán. Para plantar los rosales se escogen pies que tengan ya raíces; para ello se hace una pequeña hendidura en el tallo, como de un palmo de larga, y después se cubre de tierra. Este mismo tallo se trasplanta luego, cuando haya comenzado a echar raíces. El cultivo de las violetas tiene el grave inconveniente de exigir tierra amontonada. A este efecto se hacen montones de tierra, que más tarde se arrastra y barre con los riegos y las lluvias y el suelo queda empobrecido. [2] Cuando el sol se pone por el lado de donde se levanta el viento favonio hasta la aparición de Arturo, es el tiempo para trasplantar el serpol desde el semillero a la tierra en que ha de desarrollarse, esta hierba debe su nombre a sus propiedades rampantes («quod serpit»). Se pueden abrir nuevos pozos y limpiar los antiguos, podar las viñas y los arbustos a los que se halla ligada; pero hay que suspender todos estos trabajos durante los quince días que preceden y siguen al solsticio de invierno; no obstante, algunos árboles, como los olmos, pueden plantarse en dicho intervalo.

XXXVI.

[1] —En el octavo periodo, es decir, después del solsticio de invierno hasta la aparición del viento favonio, hay que hacer correr las aguas estancadas en los campos labrados y arrancar las malas hierbas si la estación ha sido seca y la tierra se conserva blanda, Todavía se pueden podar las viñas y los árboles frutales. Cuando ya no se pueda trabajar en el campo, prepárense aquellas cosas que han de hacerse bajo techo durante las heladas de invierno. Todas estas cosas que he dicho deben escribirse y colocarse a la vista de todos en la finca, a fin de que puedan conocerlas bien, especialmente el mayordomo.

XXXVII.

[1] —Los días lunares deben ser también objeto de una atención especial. Se agrupan en dos series: una, aquella en que la luna va creciendo hasta convertirse en luna llena, y la otra, cuando decrece hasta que aparece la luna nueva, este día, último de una lunación y primero de la siguiente, era llamado por los atenienses óvny xai véav (antiguo y nuevo) y por los demás griegos tplaxáda (el trigésimo). Hay trabajos que es más conveniente hacerlos durante el cuarto creciente de la luna, y otros, al contrario, deben hacerse mejor en el cuarto menguante. En este caso se hallan la siega del trigo y la tala de los árboles. [2] —En cuanto a mí —dijo Agrasio—, sigo el consejo de mi padre, no sólo de no esquilar las ovejas durante la luna menguante, sino que ni siquiera me corto los cabellos en tal periodo por temor a quedarme calvo. ¿—Qué son —pregunté Agrio— los cuartos de la luna y cuál es la influencia de esta división sobre los campos? [3] —cómo! —exclamé Tremelio—, no has oído hablar nunca en el campo del tercer día antes de la luna creciente y del octavo anterior a la luna decreciente y de que hay trabajos que sólo se hacen en el primer periodo y que hay otros que es mejor comenzarlos antes que después de este octavo día? ¿Y que si hay que hacer algo en el periodo decreciente, el mejor momento es aquel en que este astro tiene menos fuego? Y esto es todo cuanto puede decirse respecto a la división cuatripartita de la marcha de la luna y de su influencia en el cultivo de los campos. [4] —Se podría —prosiguió Estolón— dividir también el año en seis partes, tomando en cuenta, a la vez, los cursos de la luna y del sol; porque, en efecto, todos los frutos de Ja tierra pasan por cinco fases sucesivas hasta llegar al quinto grado, que es cuando entran en el granero o en las cubas de la bodega. De más salen para satisfacer las necesidades de la vida, lo que constituye la sexta y última de sus fases. Estas son: primera, preparación; segunda, siembra; tercera, crecimiento; cuarta, recolección; quinta, almacenamiento, y sexta, consumo, Los cuidados de la preparación varían según la clase de cultivo: cavar o abrir los hoyos, binar y alinear para las viñas o los huertos de frutales; labrar y cavar, para los cereales y hortalizas. Algunas plantas exigen que el suelo sea removido más o menos con la pala, según la mayor o menor expansión de sus raíces. [5] Los cipreses, por ejemplo, extienden poco sus raíces, mientras que las de los plátanos adquieren un desarrollo extraordinario, como escribió Teofrasto respecto de un plátano que había en Atenas, en el Liceo, que todavía era joven y sus raíces tenían ya una longitud no menor de treinta y tres codos. Otros cultivos exigen una doble labor de arado antes de echar la semilla a la tierra. En cambio los prados no necesitan ninguna labor pre

XXXVI.

[1] —Veamos ahora como deben estercolarse los campos y qué clase de fiemo es preferible. Esta distinción es algo importante. El mejor estiércol, escribió Casius, es el formado por las deyecciones de las aves en general, excepción hecha del que proviene de las acuáticas. La superioridad corresponde al estiércol de las palomas, a causa de ser muy caliente y hacer fermentar la tierra, Hay que lanzarlo por el campo muy bien esparcido y no ponerlo en montones, como se hace con el fiemo de los otros animales. [2] Mi opinión es que el fiemo que proviene de los aviarios de tordos y de mirlos es el preferible, porque no sólo es útil al campo, sino que sirve para alimentar a los bueyes y a los cerdos, a los que hace engordar. Por esta razón, el precio de los bueyes de las casas de campo en las cuales el dueño se reserva las deyecciones de los aviarios para estiércol, alcanzan menos precio que los de aquellos que se lo dan como alimento. [3] Casio escribió que al estiércol de las aves sigue en importancia el que proviene de las deyecciones humanas. En tercer lugar coloca el de las cabras, el de las ovejas y el de los asnos. El fiemo de los caballos es el menos bueno para los cereales. En cambio, es muy bueno para los prados, lo mismo que el de los demás animales de carga, porque la cebada con que se les alimenta hace crecer considerablemente la hierba. Es conveniente que el estercolero esté próximo a la casa de campo, para facilitar las diversas operaciones que su cuidado exige. Si queréis que no pululen en él las serpientes, colocad en medio un tronco de alguna madera dura.

XXXIX.

[1] —En cuanto a la segunda fase, o sea la siembra, tanto como lo que se refiere al campo, hay que tener también en cuenta lo que tiene relación en la estación más favorable para que crezca la planta; no vemos, acaso, plantas que florecen en primavera y otras que lo hacen en verano, y que no son las mismas que echan flores en otoño o en invierno? [2] Por esta razón se les siembra, injerta o trasplanta antes o después, según su naturaleza, siendo, en general, preferible la primavera al otoño para injertar, aunque haya que demorar esta operación hasta el solsticio para las higueras y hasta los días de las brumas de invierno para los cerezos. [3] Por lo que se refiere a las siembras, son estas de cuatro géneros diferentes: una, la que se hace por vía natural; otra, por medios artificiales, como los traslados de plantas con raíces de una tierra a otra; la tercera, cuando se introduce en el suelo por un extremo la rama de una planta, para que se transforme luego en planta independiente, y, por último, el injerto en el tronco de un árbol de Ja rama desgájala de otro. Veamos ahora las condiciones de lugar y tiempo que reclama cada una de éstas.

XL.

[1] —La siembra, que es el comienzo de toda vegetación, puede ser de dos maneras: una que se oculta a nuestros sentidos y otra que se hace al descubierto. Es oculta, si las semillas son esparcidas en el aire, como dice el filósofo naturalista Anaxagoras, y traídas a la tierra por el agua que cae sobre el campo, como escribió Teofrasto. La otra, que se hace a la vista del labrador, es la que merece mayor atención. Algunas semillas son tan pequeñas que apenas son visibles, como las del ciprés. Las piñas redondas de fina corteza que produce este árbol no son la semilla, sino que son su cubierta; dentro de ellas se hallan las semillas. [2] Los primeros gérmenes nos los da la Naturaleza; el resto corresponde a la experiencia de los cultivadores. En primer lugar, existe la vegetación que nace espontáneamente, sin que nadie la siembre, y; en segundo lugar, la que, procediendo de la primera, es necesario cuidar que no esté pasada ni mezclada, ni confundir, por semejanza, las semillas auténticas con las falsas. Las semillas viejas sufren por la acción del tiempo hasta llegar a alterar su naturaleza. Así, la semilla de la col produce nabos y la de nabos coles, si se deja envejecer ambas, en cuanto a la segunda forma, hay que tener en cuenta que los trasplantes no deben hacerse ni demasiado pronto ni demasiado tarde. [3] Las épocas propicias, según escribió «Teofrasto, son la primavera, el otoño y la llegada de la canícula; pero hay que tener en cuenta la naturaleza del suelo y el género de la planta. Así, cuando el suelo es árido, pobre y arcilloso, el mejor tiempo es la primavera, ya que el terreno no tiene de por sí bastante humedad. En tierra buena y rica es mejor el otoño, ya que sería demasiado húmedo en la primavera. En cuanto a las operaciones de la siembra, hay quienes aconsejan dedicarles un periodo de treinta días. [4] En relación con la tercera forma de sembrar, que consiste en sacar de un árbol las ramas (que luego se plantan en tierra), hay que tener buen cuidado en escoger el momento del trasplante, el que debe hacerse antes de que los vástagos comiencen a echar botones o a florecer. Hay que cuidar también de cortarlos del árbol y no desgarrarlos, pues cuanto más pie se les deje, antes echaran raíces, También hay que procurar ponerlos en tierra antes de que se les seque la savia. Para proporcionarse vástagos de olivos, basta con cortar una rama tierna (de los árboles) de igual grosor por ambas extremidades y de un pie de longitud aproximadamente. Algunos les llaman «clavola» (estaquíllas) y otros «talea» (brotes). [5] En cuanto a la cuarta forma, que consiste en tomar de un árbol una ramita e injertarla en el tronco de otro árbol, hay que tener en cuenta el árbol del que se toma el injerto, aquel sobre el cual se coloca, al momento de hacer la operación y el método que se ha de emplear. Pues el peral no puede ser injertado sobre la encina, ni tampoco sobre el manzano. He aquí de lo que tienen mucho cuidado aquellos que escuchan los augurios, quienes dicen que cuantos más injertos distintos se ponen en un árbol, tantos golpes de rayo tiene que sufrir. Si sobre un peral silvestre se injerta otro peral, por muy buena que sea su clase el fruto será siempre de calidad menos sabrosa que si se injerta sobre un peral cultivado. [6] Si cualquier árbol que haya que injertar de otro de la misma especie, es decir, manzano sobre manzano, por ejemplo, hay que cuidar que aquel del que se tome el injerto sea de clase mejor que la de aquel al que se aplica. Se ha ideado también otra forma, que consiste en injertar entre sí dos árboles próximos. En el árbol que se desea injertar se hace una pequeña incisión, en la que se introduce una ramita tomada del árbol cercano cuya clase de fruta se desea obtener. En la ramita debe rebajarse con una navaja, por todos lados, el extremo que se pone en contacto, de modo que, por la parte exterior, su corteza se adapte perfectamente a la del tronco en que se injerta. Hay que cuidar también de que la otra extremidad de la rama injertada se dirija hacia el cielo y que la corteza de una se ajuste con la de la otra, al año siguiente, cuando el injerto haya tomado, se hace la separación de la ramita injertada con respecto al árbol de que procede.

XLI.

[1] —Por lo que se refiere al tiempo en que han de hacerse los injertos, he aquí lo primero que debe tenerse en cuenta: muchas clases de árboles, que antes se injertaban en primavera, se injertan actualmente durante el solsticio de verano, como las higueras, cuya madera es poco densa y, por lo tanto, necesita calor. Por esta razón no se dan en lugares fríos. También el agua reciente es perjudicial a sus injertos, pues esta madera, cuando es tierna, se pudre con gran rapidez. [2] Así pues, se estima que el mejor tiempo para injertar estos árboles es la canícula. En cuanto a las plantas de naturaleza menos delicada, se les coloca encima de sus injertos un recipiente con agua cuyo contenido se vierte gota a gota sobre ellos, a fin de que la ramita introducida no se seque antes de que se incorpore al nuevo árbol. Hay que conservar intacta la corteza de los injertos y cuidar, al colocarlos, de no dejar la médula al descubierto. Hasta es bueno cubrir con barro la parte exterior y sujetarlos con una tira de corteza a fin de impedir que les causen daño las lluvias o el calor. [3] Por la misma razón, se hace la incisión en los sarmientos de las vides tres días antes de colocar los injertos para limpiar a la planta de la humedad excesiva. O bien, si se coloca el injerto inmediatamente, se hace la incisión un poco más arriba para dar una salida a la humedad en caso necesario. Por el contrario, las higueras y los granados y, en general, todos los árboles de naturaleza más árida, se injertan sin necesidad de tales precauciones. En otras especies hay que cuidar, al injertarlas, que la corteza tenga ya yemas, como en las higueras. [4] De las cuatro formas de propagación de las plantas, el injerto es la que se aplica con preferencia para aquellas que, como las higueras, tardan mucho en desarrollarse por medio de semillas. Ya que, en efecto, la semilla natural de las higueras son los granitos que se encuentran en la pulpa de los higos cuando nos los comemos y que son tan menudos que apenas si podrían producir algunas plantitas insignificantes, muy difíciles de desarrollar. En general, toda semilla seca y compacta es lenta en desarrollarse; cuanto más suelta es una semilla resulta tanto más fecunda, como sucede entre macho y hembra en el reino animal. Así, la higuera, el granado y la viña, que tienen una blandura semejante a la de las hembras, crecen con más rapidez. Al contrario que la palmera, el ciprés y el olivo, que son más tardíos en desarrollarse. Son efectivamente de naturaleza más seca que húmeda. [5] Por lo tanto, para tener higueras es mejor recurrir al trasplante de vástagos que a las semillas, a menos que no se pueda hacer otra cosa y que haya necesidad de recibir esta planta de países lejanos, del otro lado del mar, o de enviarla a tales sitios a los que quieran pedirla. En este caso se atan en cuerdas, por medio de hilos, higos de los que comemos, y cuando estén bien maduros y secos se les podrá empaquetar y enviarlos a donde se quiera y sólo habrá que ponerlos en tierra, para obtener un semillero de higueras. [6] De esta manera nos han llegado a Italia las higueras de Kios, de Calcis, de Lydia, de África y de otras comarcas de ultramar. Lo mismo se puede decir de los olivos, cuya semilla es una almendra, y de ella se desarrolla la planta más lentamente que por medio de brotes, de que hemos hablado antes y, por eso, se emplean los brotes para formar los plantíos.

XLII.

[1]—Para la alfalfa se necesita, en primer lugar, una tierra que no sea ni demasiado seca ni demasiado húmeda, esto es, de una naturaleza intermedia. Los que han escrito de estas cosas, dicen que una tierra de tal clase sólo exige un modio y medio de semilla por yugada. Se siembra como el trigo y el heno, es decir, esparciendo la semilla a voleo.

XLII.

El cítiso se siembra en tierra bien removida, lo mismo que la col. Tan pronto como ha nacido se le trasplanta, colocando las matas a un pie de distancia una de otra; o bien, de un cítiso fuerte se toman varios vástagos que se plantan en tierra colocándoles espaciados como aquellos que proceden de la semilla.

XLIV.

[1] —Se siembran cuatro modios de habas por yugada; cinco de trigo; seis de cebada y diez de forraje. Esta cantidad varía según la naturaleza del suelo; en más, si la tierra es rica; en menos, si es pobre. Para ello se hará bien en observar las costumbres locales, y esto con tanta mayor razón cuanto que la misma cantidad de semilla da, en ciertas regiones, diez por uno y, en otras, quince, como en Etruria, por ejemplo, y en otros lugares, en Italia, en Sibari, dicen que el rendimiento ordinario es el céntuplo. Lo mismo en Gradara de Siria y en Bizancio, en África, de un modio de siembra se cosechan ciento. Hay que distinguir para la siembra, entre las tierras nuevas y las llamadas «restibiles», que se siembran todos los años, y [as de barbecho, en las que la producción es alterna. [3] —En Olintia —dijo Agrio— se siega todos los años; pero se dice que cada tres años la cosecha es más abundante. —Después de cada cosecha —dijo Licinio—, habrá que dejar siempre un año de descanso a la tierra 0, al menos, uno cada dos años, y habría que poner en ella semillas bastante ligeras para no agotarla. —Hablemos ahora —dijo Agrio— de la tercera fase, de la alimentación de las plantas que produce la tierra. [4] —Las que han nacido —repuso Licinio— se alimentan de la tierra; cuando son adultas conciben, y cuando maduran se producen gérmenes totalmente semejantes a aquellos de que las plantas han nacido. Así pues, si arrancáis una flor de peral o de otro árbol cualquiera, o cogéis un fruto todavía verde, nada sale ya en todo el año en el sitio de donde los habéis arrancado; porque las plantas no pueden tener dos producciones en un mismo año. Pues, en efecto, de la misma manera que las mujeres tienen sus partos a su tiempo, así también los árboles sus frutos.

XLV.

[1] —La cebada sale de la tierra ordinariamente a los siete días y un poco más tarde el trigo. Las leguminosas nacen a los cuatro o cinco días, a excepción de las habas, que tardan un poco más. El mijo, el sésamo y otras plantas análogas germinan con la misma época, al menos que se retrasen a causa del tiempo o de la calidad del suelo. [2] Las plantas que nacen en semilleros son de naturaleza muy delicada. Si la región es fría, hay que cubrirlas durante el invierno con paja o con hojas; cuando el frío es seguido de lluvia, hay que evitar que las aguas se estanquen en los semilleros, pues el hielo es, en efecto, como un veneno para sus tiernas raíces, lo mismo que para sus frágiles tallos, que incluso pueden ser detenidos en su desarrollo. En otoño y en invierno, las plantas se aprovechan más de la parte que está dentro de la tierra que de la que crece encima, ya que la capa de tierra les guarda el calor, mientras que la parte de encima se enfría con el aire por todos lados. Esto se observa en toda vegetación silvestre que no ha necesitado sembrador. [3] El crecimiento de las raíces es más rápido que la parte superior del tallo, sin pasar nunca del punto a donde se detiene el influjo del sol. El tamaño y desarrollo de las raíces depende de dos causas: primero, de su propia naturaleza, y luego de la calidad de la tierra donde ellas se abren paso más fácilmente que otras.

XLVI.

[1] —Por su manera de obrar hay que admirar muchas cosas en los seres naturales. Así, vemos que hay plantas que por la sola posición de sus hojas nos indican la época del año en que nos hallamos, como los olivos, los álamos blancos y los sauces, pues sus hojas, en efecto, al volverse del otro lado, nos dicen que el solsticio de verano ha pasado. No menos digno de admiración es lo que hacen las flores que se llaman heliotropos o girasoles, que vemos volverse por la mañana hacia el sol naciente y le van siguiendo en su curso hacia el ocaso, siempre de frente a él.

XLVI.

[1] —A las plantas: de renuevos, cultivadas en semilleros, como la higuera y el olivo, y que, como he dicho, son de naturaleza muy delicada, es necesario formarles un abrigo con dos tablas atadas por sus lados derecho e izquierdo. Se deberán arrancar todas las hierbas alrededor del tronco, haciéndolo lo más pronto posible, antes de que esta vegetación extraña se haga más fuerte y resista y se rompa antes que ceder al estirón necesario para extirparla. Por el contrario, la hierba que crece en los prados, y que se destina para heno, no debe arrancarse, sino que debe protegerse para que crezca, alejando de sus cercanías los rebaños, los asnos y hasta los hombres, ya que, en efecto, la hierba desaparece bajo las pisadas de los hombres y por los pasos repetidos se forman senderos.

XLVIII.

[1] —En sembrados de grano, aquella parte que se ve en el punto más elevado del tallo, se llama espiga; cuando está entera la espiga de la cebada y el trigo, se compone de tres elementos unidos uno a otro: los granos, la gluma que los envuelve y la raspa, sin contar la vaina que rodea a toda la espiga cuando comienza a brotar. Se llama grano al cuerpo sólido que se encuentra en el interior de la espiga; gluma es la capa que envuelve al grano, y la raspa esta formada por una especie de agujas con que la gluma esta defendida. De donde se deduce que la gluma es como la caja del grano y las raspas forman como una empalizada. [2] Las raspas y el grano son cosas conocidas de todos; pero pocos saben lo que es la gluma sólo Ennio, que yo sepa, ha escrito sobre ella, en los libros de versos de Evhemerus. Se ve que este vocablo viene de «glubere» (descortezar, pelar), porque hay que quitar la película del grano que cubre. Por esto se aplica la misma palabra a [a piel que cubre la pulpa que nos comemos de los higos. La «arista» (raspa) se llama así, de «arescere», secar, porque es la parte que se seca la primera. La voz «grano» viene de «gerere» (llevar), porque es por él, contenido en la espiga, por lo que se siembra el trigo, y no por la gluma ni por la raspa, lo mismo que las viñas se plantan, no para que den pámpanos, sino uvas. La espiga, que todavía los campesinos por tradición llaman «speca», parece que se deriva de «spes» (esperanza) porque se siembra con la esperanza de recoger. [3] Se llama «mutlla» (sin cuernos) a la espiga que no tiene raspas, porque éstas hacen en la espiga el oficio de cuernos, cuando comienza a formarse la espiga, se encuentra encerrada en una pequeña cubierta llamada vagina (vaina), igual nombre que el que se da a la funda de la espada. La parte superior de la espiga madura, que es menor que el grano, se llama «frit» y la extremidad inferior, en el punto de unión con el tallo, que también es menor que el grano, se denomina «ur»

XLIX.

[1] Estolón se calló y, al ver que nadie le preguntaba ya sobre la nutrición de las plantas, creyó que nada más deseaban saber de ello. —Hablaremos ahora —dijo— de la recolección de los frutos maduros. Y de ellos, primeramente, de los prados bajos, cuya hierba se ha de segar cuando, en el verano, comienza a secarse, después, para que se complete su desecación, ha de revolverse con la horca. Cuando esté seca, se ata en fajos y se lleva a la granja. Luego se pasa el rastrillo por el campo para recoger la hierba que haya quedado en tierra, y que se junta con los montones de heno. [2] Después de segados los prados, vienen las segundas cortas, o sea, que se vuelve a pasar de nuevo la hoz para recoger las hierbas que no pudieron tomarse la primera vez y que forman pequeñas matas en la superficie del prado. A esta operación se le lama «sectio» (corta) y de más viene «sicilire», segar la hierba del prado por segunda vez.

L.

[1] —Se da el nombre de «mieses», de «meto» (segar), a todo lo que se siega y principalmente al trigo. Se siega éste de tres maneras: una como en la Umbría, consistente en cortar la paja al ras de tierra, y atarla en manojos seguidamente. [2] Cuando se ha hecho un buen número de éstos, se toman uno a uno para sacudirlos y separar las espigas de la paja. Se reinen todas las espigas en cestos, y se llevan a la era. La paja que queda en el campo, se recoge y se amontona, otra forma es la que emplean en Piceno, donde se utiliza un instrumento de madera curvada, a cuyo extremo se adapta una sierra pequeña de hierro. Este instrumento reine en manojos las espigas que va cortando, dejando en pie la paja, que se corta más tarde. La tercera forma es la que se usa en los alrededores de Roma y otros muchos sitios, que consiste en cortar la paja por su punto medio, agarrando las matas por el extremo con la mano izquierda, de donde viene, según eso, el que se les llama mieses de «medium» (medio). Seguidamente se corta la paja de la parte inferior, cercana a tierra. [3] Por lo que se refiere a la paja que lleva la espiga, se echa en cestos y se lleva a la era más se le separa para amontonarla en lugar descubierto, «palam», por lo cual tal vez se le lama «paja» (palea). El otro nombre que se da a la paja, «stramentum», lo hacen derivar algunos de «stare» (mantener en pie) y de «stamen» (lo que se tiene derecho). Otros le hacen venir de «stratus (extendido), porque la paja se extiende cuando sirve de cama a los rebaños. La siega se hace cuando los sembrados están maduros y, en estas condiciones, se dice que un hombre puede segar fácilmente una yugada en un día, meter las espigas en los cestos y [levarlos a la era.

LI.

[1] —La era debe hallarse en un lugar elevado, en medio del campo, a fin de que pueda llegar a ella el viento de todas direcciones. Debe ser de extensión moderada y proporcional a la del campo; su forma debe ser circular con preferencia y un poco más elevada en el centro, para dar una vertiente rápida a las aguas en caso de Muvía (ya que en el círculo el camino más corto es el que va del centro a la orilla); suelo ha de estar formado con tierra bien deshecha, de arcilla, si es posible, pues en otro caso el calor del verano produce grietas y hoyos, por donde se meten los granos, se detiene el agua, o sirve de escondite a las ratas y a las hormigas. Por esta razón se suele echar en el suelo de la era hez de aceite, que impide que nazca la hierba y es un veneno para las hormigas y los grillos, [2] Algunos, para hacer más firme el suelo de la era, colocan piedras con las que se forma un pavimento. Otros, como los de Bagienis, llevan su atención hasta colocar en las eras resguardos contra las tempestades, muy frecuentes en aquella región en la época de la siega. Donde la era esta al descubierto, en los países cálidos, hay que construir resguardos en donde los obreros puedan ponerse a la sombra, en el verano, durante el calor de mediodía.

LII.

[1] —Aquella parte de la cosecha que sea mejor y la más abundante en espigas, debe seleccionarse para sembrar. En la era se separa el grano de la espiga, lo que se consigue por medio de un trillo arrastrado por jumentos. El trillo se construye con una tabla ancha en cuya cara inferior se clavan piedras y trozos de hierro con aristas y puntas cortantes y sobre la cual se coloca el conductor u otro peso semejante; arrastrado por una yunta de jumentos, se hace pasar sobre las espigas y así se separan de ellas los granos que contienen. Muchas veces el trillo consiste también en la reunión de varias tablas provistas de dientes y rodajas, recibiendo entonces el nombre de carreta típica. Sobre ella se coloca sentado el conductor y se arrastra también por una yunta de jumentos, como se hace en la España Citerior y en otros sitios. [2] Otros se contentan con hacer que los animales pisen las espigas y van removiéndolas con la horca o con varas muchas veces. Cuando el trigo ha sido bien trillado se le avienta mediante el instrumento llamado vallum o vallabrum (pala u horca), cuidando para hacer esta operación de escoger el momento en que el viento tenga bastante fuerza para llevarse las partes más ligeras llamadas acus (granzas), de manera que el trigo caiga por su propio peso y se pueda meter ya limpio en los sacos.

LIII.

[1] —Hecha la siga es conveniente vender el derecho de espigar, o bien arrancar el rastrojo y llevarlo a casa. Si las espigas que quedan en el campo son raras y las operaciones

LIV.

[1] —En las viñas, cuando la uva está madura, hay que proceder a la vendimia, debiendo pensar, en primer lugar, por qué especie de uva y en qué parte de la viña se habrá de comenzar. Porque la uva temprana y la mezclada, que se llama generalmente uva negra, maduran mucho antes que las otras especies; por lo cual hay que cogerlas las primeras y comenzar por aquella parte del viñedo que esté más al abrigo. [2] Al hacer la vendimia hay que escoger la uva que se destina para comer en racimo y separarla de la destinada para el vino. Esta última se lleva en cuévanos al lagar y de más a la prensa y a los toneles; la otra se mete en cestos y luego en vasijas de barro que se colocan en el fondo de un barril donde se ha depositado orujo. Se le guarda también en ánforas embadurnadas con pez que se colocan en el fondo de un depósito de agua, o bien se secan al aire, antes de meterlas en la despensa. Cuando la uva ha sido estrujada, colóquse bajo la prensa con el orujo para exprimirla, sacando así lo que pueda quedar de mosto que se echa a la misma cuba que el anterior. [3] Cuando el orujo no da ya más mosto, se recorta todo lo que sobresale de la prensa para comprimirlo de nuevo. Lo que sale de esta segunda prensadura se llama «circumcisitum» (vino de recortadura); pero se le pone aparte, porque sabe a hierro. Cuando el orujo ha sido bien comprimido, se mete en toneles que se llenan de agua, obteniendo de él una bebida que se llama «lora» (aguaje), abreviación de «lota acina» (levadura del orujo) y que se da a los trabajadores, en lugar de vino, en el invierno.

LV.

[1] —De la cosecha de las olivas. Cuando las olivas están bajas, o cuando se pueden coger fácilmente mediante una escalera, lo mejor es hacer la recolección a mano que mediante vareo, porque la oliva vapuleada se seca y no da tanto aceite. Y también es mejor recogerla con la mano desnuda, que no con dedales, pues la dureza de éstos no sólo estropea los frutos, sino que descorteza las ramitas del árbol que quedan así más expuestas al frío. [2] Cuando las olivas no están al alcance de la mano, se deben emplear cañas para abatirlas con preferencia a las varas. Porque, entre dos males, el médico escoge siempre el menor. [3] No hay que sacudir el árbol en dirección contraria, a fin de no atrancar los renuevos, con lo cual el árbol sería estéril al año siguiente, esta es, indudablemente, la causa por la cual los olivos no dan fruto sino cada dos años, según se dice. [4] Como las uvas, las olivas, una vez cogidas, sirven para dos cosas: o bien se cogen para comerlas o se las convierte en un líquido untuoso que se aplica al cuerpo humano por fuera, tal como nos servimos de él en el baño y en el gimnasio. [5] La oliva, de la que se saca aceite, se pone en montones sobre tablas donde se le deja macerar por algún tiempo. Luego cada montón, por el mismo orden en que se formaron, se transporta en vasijas al trapecio. Así se llama un aparato formado por dos piedras de moler, construidas con piedra dura y arenosa. [6] Las olivas que se dejan mucho tiempo amontonadas fermentan y dan un aceite rancio. Así, pues, si no se puede hacer el aceite en seguida deben removerse los montones para que penetre el aire en ellos. [7] De la oliva se sacan dos productos: el aceite que todos conocen y la amurca (hez de aceite), cuya utilidad es ignorada por muchos, pues se le ve rodar sin provecho por los campos, donde deja anchos trozos de tierra ennegrecidos, que, si son muchos, hacen el suelo estéril, si el líquido ha sido embebido profundamente. Sin embargo, esta substancia tiene una aplicación útil a la agricultura: colocada al pie de los árboles, de los olivos principalmente, sirve para matar todas las hierbas nocivas que los circundan.

LVI.

[1] —Agrio dijo entonces: —He aquí que hace ya tiempo que estoy sentado en las puertas de la granja, con las llaves en la mano, esperando, Estolón, que vengas con la cosecha, Estolón replica: —aquí estoy. He llegado al umbral. Abre la puerta. En primer lugar, por lo que se refiere al heno, es necesario meterlo directamente, mejor que dejarlo en montones al descubierto. Así les gusta más a los animales, como puede comprobarse, dando al ganado ocasión de escoger entre uno y otro.

LVI.

[1] —En cuanto al trigo, hay que encerrarlo en silos elevados, que reciban la acción de los vientos del norte y del este y en donde la humedad no pueda penetrar por ningún lado, Las paredes y el suelo deben revestirse con una capa de masa formada con mármol machacado, [2] o al menos de arcilla mezclada con paja de trigo y orujo de olivas. Esto guarda a los granos de la acción de las ratas y de los gusanos y contribuye al mismo tiempo a dar al grano solidez y resistencia. Algunos untan el grano con hez de aceite, en la proporción de un «quadrantal» por cada mil modios aproximadamente. Otros echan por encima o extienden por el granito greda de Calcidia o de Caria, o ajenjo y otras substancias análogas. Otros tienen graneros subterráneos, cavernas que se llaman «sirus», como en Capadocia y Tracia. Otros emplean pozos, como en la España Citerior, y en los campos de Huesca y de Cartagena. El suelo de estos pozos se cubre de paja; no penetra nunca en ellos la humedad, porque no se abren nunca, ni se deja pasar el aire, si no es que hay necesidad de echar mano a esta reserva, por lo cual no hay peligro de que se meta más el gorgojo. [3] El trigo se conserva en estos pozos unos cincuenta años y el mijo podría conservarse en ellos, por lo menos, cien años. Otros, por último, construyen en sus propios campos unos silos que se hallan como suspendidos. Se ve tal tipo de trojes en la España Citerior y en algunas comarcas de la Apulia. Estos graneros son ventilados, no sólo por los lados, con el aire que penetra por las ventanas, sino también por el que sopla por debajo del piso de los mismos.

LVIII.

[1] —Las habas y las legumbres se conservan mucho tiempo sin estropearse en vasijas con aceite, cubiertas con ceniza. Catón dice que la amínea pequeña y la mayor y la apicia se guardan muy bien en ollas. Igualmente se pueden conservar muy bien en arrope y mosto. Las que mejor se guardan son las duracinas y las amíneas escantianas.

LIX.

[1] —De las frutas, como los membrillos, las peras, escantianas, quirinianas, las redondas y las que antes se llamaban musteas y ahora se les denomina melimelas, todas se conservan muy bien en sitios secos y fríos encima de paja. Para ello, cuando se construyen las oporotecas se colocan ventanas hacia el norte, a fin de que penetren más los aires que vienen de ese lado. Es conveniente que las ventanas tengan postigos, porque las corrientes de aire quitan a las frutas su jugo y las hacen insípidas. [2] Por lo mismo, a fin de conservar el fresco se recubren de yeso las paredes, las bóvedas y el pavimento de estos depósitos, e incluso hay hasta quienes preparan más sus lechos y su comedor. ¿Pues, en efecto, cuando se es bastante rico para hacer del comedor una pinacoteca, forzando el arte a proporcionar tal espectáculo, ¿por qué rehusar el goce completamente natural de contemplar durante la comida las frutas más variadas colocadas con la mayor simetría? No imitemos a aquellos que, cuando convidan a hacer una comida en el campo, colocan en sus oporotecas todos los restos de los mercados de Roma. [3] En cuanto a la preparación de las oporotecas de manzanas, muchos las colocan sobre tableros o en mesas de mármol y otros prefieren ponerlas sobre paja o sobre borra de lana. Las granadas se guardan con sus ramos, en toneles llenos de arena. Los membrillos, las ancianas, así como las manzanas que maduran en época de siembra, se conservan en vino cocido. Las serbas y las peras, una vez cortadas en trozos, se las deja secar al sol. Las serbas se podrán guardar también enteras, con tal que se coloquen en sitios secos y frescos. Los nabos cortados en pedazos se conservan entre mostaza y las nueces en arena, y lo mismo las granadas, cuando se cogen ya maduras (como he dicho), y las no maduras, se colocan con su rama en una olla sin fondo que se mete en tierra, después de haber untado las ramas con pez, para sustraerlas a la influencia del aire exterior y al sacarlas después se ve que no sólo se conserva el fruto intacto, sino que alcanza una gordura que jamás tuvo en el árbol.

LX.

[1] —Por lo que se refiere a las olivas, Catón escribió que las mejores para guardar son las orcales y las negrillas, tanto secas como verdes, metidas en salmuera o en aceite de lentisco. Las orcales negras se las coloca en sal, dejándolas que se impregnen al sol, durante dos días, para conservarlas convenientemente también se conservan sin sal en vino cocido.

LXI.

[1] —Los labradores inteligentes hacen muy bien en guardar la amurca en toneles, como el vino o el aceite, para ello, tan pronto como se saca del orujo se hierve y se deja enfriar luego, para meterla en las vasijas. Hay otras maneras de preparar las heces del aceite, como la de mezclarlas con mosto, por ejemplo.

LXII.

[1] —Como nadie conserva los frutos del campo, sino para usarlos más adelante, voy a hablar de la sexta categoría de operaciones, de las que es poco lo que puede decirse. Los productos de la tierra se sacan de sus depósitos para guardarlos mejor, o para consumirlos, o para venderlos. Y como son tan distintos entre sí, son también diferentes las épocas en que deben sacarse o consumirse.

LXIII.

[1] —El trigo hay que sacarlo del granero tan pronto como se note que le ataca el gorgojo. Entonces se pondrá al sol, cerca de depósitos de agua, en donde los gorgojos no tardaran en ahogarse. Los que tienen el trigo en subterráneos llamados Gelpoús no deben penetrar en ellos sin haber dejado estos depósitos abiertos algún tiempo, porque se correría el peligro de asfixiarse, como se han dado casos. El trigo que se guarda con las espigas y que se destina para el consumo inmediato, se debe retirar de sus depósitos en invierno para molerlo y luego tostarlo,

LXIV.

[1] —La amurca, cuando se han prensado las olivas, es aquel residuo acuoso, mezclado con las materias que el aceite deja en el fondo de las vasijas en que se guarda. He aquí lo que conviene hacer para conservarla. Se separa el orujo de encima del líquido en que sobrenada, después de dejarlo quince días en reposo. Se traspasa a otras vasijas y así se repite la operación doce veces durante seis meses consecutivos, en intervalos de quince días. Debe tenerse cuidado en que la última vez el trasiego coincida con el cuarto menguante de la luna. Se hierve luego en calderas a fuego lento, hasta dejarlo reducido a la mitad, y se deposita definitivamente para utilizarla cuando haga falta.

LXV.

[1] —Cuando el mosto se coloca en las cubas para hacer el vino no se debe sacar de más durante la fermentación, ni siquiera cuando ésta se halle tan adelantada que pudiera considerarse el vino como ya hecho. Si deseáis beber vino viejo, no deberéis sacarlo de las cubas hasta que pase un año, pues hasta pasado ese tiempo no se le puede considerar como viejo. Si es de aquella clase de uvas que, al madurar, tiran a agrias, debe consumirse en seguida, antes de que llegue la vendimia próxima. Hay clases de vinos, como los de Falerno, que su calidad es mejor cuanto más años pasan sin consumirlos.

LXVI.

[1] Las olivas blancas, cuando se las pone en conserva antes de que estén maduras, toman un gusto agrio que repugna al paladar. Lo mismo las negras, si antes no se las macera con sal, para utilizarlas con más comodidad.

LXVII.

[1] —Las nueces, los dátiles y los higos son más sabrosos cuanto menos se les conserva, pues cuanto más se prolonga el tiempo, los higos pierden su gusto, los dátiles se pudren y las nueces se secan.

LXVIII.

[1] —En cuanto a las frutas que se cuelgan para conservarlas, como las uvas, las manzanas y las serbas, su mismo aspecto indica cuando pueden consumirse, pues por el cambio de su color y por su estado de desecación se ve que están en disposición de podérselas comer, a fin de que no llegue el momento en que sólo sirvan para tirarlas. Las serbas deben comerse en cuanto se pongan maduras; cuando se hallan verdes se pueden guardar más tiempo, ya que lo necesitan para llegar al estado de madurez que no pudieron alcanzar en el árbol, al cogerlas antes.

LXIX.

[1] —Durante el invierno se saca la harina del trigo destinado al consumo de la casa, teniendo que tostarla antes para poder hacer el pan. En cuanto al trigo para simiente, se guarda hasta el momento en que los campos están preparados para recibirlo. Lo mismo puede decirse de toda especie de granos. No hay que sacarlos de sus depósitos hasta el momento de sembrarlos. Respecto al que se destina para la venta, hay que aguardar el momento más ventajoso. Cuando los productos de la tierra no pueden conservarse sin que se echen a perder, hay que darse prisa a deshacerse de ellos, si se pueden guardar, esperad a que su precio sea más elevado. Los que saben esperar no solo sacan buen rédito de su mercancía, sino que algunos duplican su valor. [2] Cuando esto decía Estolón, vino un liberto del guardián del templo, todo deshecho en lágrimas, pidiéndonos que le perdonáramos por habernos hecho esperar, e invitándonos para que, al día siguiente, asistiéramos a los funerales de su dueño. Todos nos levantamos exclamando al mismo tiempo: «cómo! ¿A sus funerales? ¿Qué ha pasado?» Y él, sin dejar de llorar, nos contó cómo su amo acababa de ser asesinado de una cuchillada y que su asesino había huido confundido entre la muchedumbre. Sólo por una exclamación que profirió el herido, pudo saberse que el crimen había sido debido a una equivocación.

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