Historias, Polibio – Exordio del autor

Historias, por Polibio de Megalópolis - Tomo I - Exordio del autor. Obra pionera de la Historia universal escrita alrededor del año 140 a. C.

Historias

Polibio de Megalópolis

Las Historias, también llamadas Historia universal bajo la República romana, es la obra máxima del historiador griego Polibio de Megalópolis (203 – 120 a. C.). Junto a Tucídides, Polibio fue uno de los primeros historiadores en escribir sobre sucesos históricos como un fenómeno meramente humano, ignorando el accionar de los dioses. Las Historias son un trabajo pionero de la Historia universal, abarcando los acontecimientos ocurridos en los pueblos mediterráneos entre el año 264 a.C. hasta el año 146 a.C. (y más específicamente entre los años 220 a.C. a 167 a.C.). Exactamente el período en el cual Roma derrota a Cartago y se vuelve una potencia marítima y militar en el Mediterráneo. La obra, que fue preservada a lo largo de los siglos en una biblioteca bizantina, se divide en tres tomos y cuarenta libros, algunos de los cuales han llegado incompletos hasta nuestros días.

Historias

Tomo I (Libros 1 a 4)
Exordio del autorLibro 1 — Libro 2Libro 3Libro 4

Tomo II (Libros 5 a 14)

Tomo III (Libros 15 a 40)


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Exordio del autor

Si aquellos que me han precedido en poner luz en hechos y acciones históricos hubieran omitido hacer el elogio de la historia, tal vez me vería en la precisión de inclinar a todos a la elección y estudio de estos comentarios, en el supuesto de que no hay profesión más apta para la instrucción del hombre que el conocimiento de las cosas pretéritas. Pero como no algunos, ni de un mismo modo, sino casi los historiadores todos se han valido de este mismo exordio, sentando que el estudio y ejercicio más seguro en materias de gobierno es el que se aprende en la escuela de la historia, y que la única y más eficaz maestra para poder soportar con igualdad de ánimo las vicisitudes de la fortuna es la memoria de las infelicidades ajenas no tiene duda que así como a ningún otro sentaría bien el repetir una materia de que tantos y tan bien han tratado, mucho menos a mí. Sobre todo cuando la misma novedad de los hechos que voy a referir es suficiente por cierto para atraer y excitar a todos, jóvenes y ancianos, a la lectura de esta obra. Pues, a decir verdad, ¿habrá hombre tan estúpido y negligente que no apetezca saber cómo y por qué género de gobierno los romanos llegaron en cincuenta y tres años no cumplidos a sojuzgar casi toda la tierra, acción hasta entonces sin ejemplo? ¿O habrá alguno tan entregado a los espectáculos, o a cualquiera otro género de estudio, que no prefiera instruirse en materias tan interesantes como éstas?

Pero el modo de manifestar que el tema de mi discurso es singular y magnífico, será principalmente si comparamos y cotejamos los más célebres imperios que nos han precedido, y de que los historiadores han dejado copiosos monumentos, con aquel soberbio poder de los romanos, estados a la verdad dignos de semejante parangón y cotejo. Los persas obtuvieron por algún tiempo un vasto imperio y dominio pero cuantas veces osaron exceder los límites del Asia aventuraron, no sólo su imperio, sino también sus personas. Los lacedemonios disputaron por mucho tiempo el mando sobre la Grecia; pero después de conseguido, apenas fueron de él pacíficos poseedores doce años. Los macedonios dominaron en la Europa desde los lugares vecinos al mar Adriático hasta el Danubio parte a la verdad bien corta de la susodicha región; añadieron después el imperio del Asia, arruinando el poder de los persas; pero en medio de estar reputados por señores de la región más vasta y rica, dejaron no obstante una gran parte de la tierra en ajena manos. Dígalo la Sicilia, la Cerdeña, el África, que ni aun por el pensamiento se les pasó jamás su conquista. Díganlo aquellas belicosísimas naciones situadas al occidente de la Europa, de quienes apenas tuvieron noticia. Mas los romanos, al contrario, sujetaron, no algunas partes del mundo, sino casi toda la redondez de la tierra, y elevaron su poder a tal altura que lo presentes envidiamos ahora y los venideros jamás podrán superarle. Todas estas cosas se manifestarán más claramente por la relación que se va a hacer, y al mismo tiempo se evidenciará cuántas y cuán grandes utilidades es capaz de acarrear a un amante de la instrucción una fiel y exacta historia.

Por lo que hace al tiempo, comenzaremos esta obra en la olimpíada ciento cuarenta: por lo perteneciente a los hechos, daremos principio entre los griegos por la guerra que Filipo, hijo de Demetrio y padre de Perseo, junto con los aqueos, declaró a los etolios, llamada guerra social; entre los asiáticos, por la que Antíoco y Ptolomeo Filopator disputaron entre sí la Cæle-Syria; en Italia y África por la que se suscitó entre romanos y cartagineses, llamada comúnmente guerra de Aníbal. Todos estos hechos son una consecuencia de los últimos de la historia de Arato el Siciliano. En los tiempos anteriores a éste, los acontecimientos del mundo casi no tenían entre sí conexión alguna. Se nota en cada uno de ellos una gran diferencia, procedida, ya de sus causas y fines, ya de los lugares donde se ejecutaron. Pero desde éste en adelante, parece que la historia como que se ha reunido en un solo cuerpo. Los intereses de Italia y África han venido a mezclarse con los de Asia y Grecia, y el conjunto de todos no mira sino a un solo fin y objeto, causa por que he dado principio a su descripción en esta época. Pues vencedores los romanos de los cartagineses en la guerra mencionada, y persuadidos de que tenían andada la mayor y más principal parte del camino para la conquista del universo, osaron desde entonces por primera vez extender sus manos a lo restante y transportar sus ejércitos a la Grecia y países del Asia.

Si nos fuese familiar y notorio el gobierno de los estados que entre sí disputaron el sumo imperio, no nos veríamos acaso en la precisión de prevenir qué designios o fuerzas les estimularon a emprender tales y tan grandes obras. Pero supuesto que los más de los griegos ignoran la política de los romanos y de los cartagineses y no tienen noticia de su antiguo poder y acciones, tuvimos por indispensable que éste y el siguiente libro precediesen a lo demás de la historia, para que ninguno, cuando llegue a la narración de los hechos, dude ni tenga que preguntar de qué recursos o de qué fuerzas y auxilios se valieron los romanos para emprender unos proyectos que los hicieron señores de toda la tierra y mar que conocemos. Antes bien por estos dos libros y la preparación que en ellos se haga, vendrán en conocimiento los lectores de cuán justas medidas tomaron para concebir el designio y conseguir hacer universal su imperio y dominio. Lo peculiar de mi obra y lo que causará la admiración de los presentes

es, que así como la Providencia ha hecho inclinar la balanza de casi todos los acontecimientos del mundo hacia una parte y los ha forzado a tomar un mismo rumbo, así también yo en esta historia expondré a los lectores bajo un solo punto de vista el mecanismo de que ella se ha servido para la consecución de todos sus designios. Esto es principalmente lo que me ha incitado y movido a escribir esta obra, como asimismo haber notado que ninguno en mis días había emprendido una historia universal, cosa que entonces hubiera estimulado mucho menos mi deseo. Veía yo al presente historiadores que han descrito guerras particulares y han sabido recoger varios sucesos acaecidos a un mismo tiempo; pero al mismo paso echaba de ver que ninguno, a lo menos que yo sepa, se hubiese tomado la molestia de emprender una serie universal y coordinada de hechos, cuándo y en qué principios se habían originado y cómo habían llegado a su conocimiento. Por lo cual creí ser absolutamente necesario no omitir ni permitir pasase en confuso a la posteridad la mejor y más útil obra de la Providencia. Y a la verdad que estando ella creando cada día seres nuevos y ejerciendo sin cesar su poder sobre las vidas de los hombres, jamás ha obrado cosa igual ni ostentado mayor esfuerzo que el que al presente admiramos. De esto es imposible enterarse el hombre por las historias particulares, a no ser que por haber corrido una por una las más célebres ciudades o haberlas visto pintadas con distinción, se presumen al instante haber comprendido toda la figura, situación y orden del universo, cosa a la verdad bien ridícula.

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias.

Daremos principio a este libro por la primera expedición de los romanos fuera de Italia. Ésta se une con el fin de la historia de Timeo, y coincide en la olimpíada ciento veintinueve. Por lo cual deberemos explicar el cómo cuándo y con qué motivo, después de bien establecidos en Italia, emprendieron pasar a la Sicilia, el primero de todos los países fuera de Italia que invadieron; asimismo exponer netamente el motivo de su tránsito, no sea que inquiriendo causa sobre causa hagamos insoportable el principio y fundamento de toda nuestra historia. En este supuesto, por lo que hace a la cronología, deberemos tomar una época confesada y sabida de todos, y tal que por los hechos pueda ser distinguida por sí misma, aunque nos sea preciso recorrer brevemente los tiempos anteriores para dar una noticia, aunque sucinta, de lo acaecido en este intervalo. Pues una vez ignorada o dudosa la época, tampoco lo restante merece asenso ni crédito; como al contrario, bien establecida y fijada, todo lo que se sigue encuentra aprobación en los oyentes.