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POLIBIO DE MEGALÓPOLIS
HISTORIA UNIVERSAL BAJO LA REPÚBLICA ROMANA
TOMO II
LIBRO QUINTO

 

TOMOS
TOMO I  --  TOMO II --  TOMO III

 

LIBRO QUINTO


CAPÍTULO PRIMERO
Filipo recobra la voluntad de los aratos, y logra por su influjo que los aqueos le ayuden para ponerse en campaña.- Decide hacer la guerra por mar.- Conspiración de tres de sus oficiales.- Tala de los campos de Palea.

Se dejaban ya ver las Pleiades, cuando concluyó el año de la pretura de Arato el joven (219 años antes de J. C.), Tal es el modo de computar los tiempos entre los aqueos. Efectivamente, Arato depuso el mando, Eperato le sucedió, y Dorimaco era por entonces pretor de los etolios. Para este mismo tiempo, Aníbal declaró públicamente la guerra a los romanos, y a la entrada del verano partió de Cartagena, atravesó el Ebro, y emprendió su propósito y viaje para Italia. Los romanos enviaron a Tiberio Sempronio con ejército al África, y a Publio Cornelio para España. Antíoco y Ptolomeo, desesperanzados de que las negociaciones y conferencias diesen fin a la disputa que tenían sobre la Cæle-Siria, se disponían a que la decidiesen las armas. El rey Filipo, falto de víveres y dinero para las tropas, convocó a junta a los aqueos por medio de sus magistrados. Reunido el pueblo en Egio según costumbre, advirtió que los aratos obraban con indolencia, por el tiro que Apeles les había hecho en las elecciones precedentes; y que Eperato era negado por naturaleza, y menospreciado de todos. Por estos antecedentes acabó de conocer lo mal que le habían servido Apeles y Leoncio, y se propuso ganar otra vez el corazón de los aratos. Para ello persuadió a los magistrados que transfiriesen la asamblea a Sición, donde llevada a cabo una conferencia con los dos aratos, y echando la culpa a Apeles de todo lo pasado, les exhortó a permanecer en el afecto que antes le profesaban. Efectivamente, los aratos se rindieron con prontitud y el rey entró en la asamblea, donde con el apoyo de estos dos, logró todo lo que necesitaba para la empresa. Se ordenó que los aqueos contribuyesen por el pronto con cincuenta talentos desde el primer día que el rey se pusiese en marcha, que abonasen a la tropa la paga de tres meses con diez mil modios de trigo, y para lo sucesivo, mientras que personalmente hiciese la guerra en el Peloponeso, se le entregarían cada mes diecisiete talentos. Aprobado este decreto, los aqueos se retiraron cada uno a sus ciudades. Así que las tropas salieron de cuarteles de invierno, el rey consultó con sus confidentes, y decidió hacer la guerra por mar. Creía que sólo así podría prontamente atacar por todos lados a sus contrarios, los cuales no podrían socorrerse mutuamente, estando como estaban dispersos en diferentes países, y recelándose cada uno por sí de la incertidumbre y prontitud con que podía venir por mar el enemigo. Era la guerra contra los etolios, lacedemonios y eleos. Tomada esta decisión, el rey reunió los navíos de los aqueos y los suyos en Lequeo, donde a costa de un ejercicio continuado, adiestró y acostumbró la falange al manejo del remo, hallando en los macedonios una ciega obediencia a sus mandatos. Porque esta nación es no sólo la más experta y esforzada en las batallas campales, sino también la más a propósito para los ministerios navales, si la ocasión se presenta. Son gentes ejercitadas en cavar fosos, levantar trincheras, y en fin, endurecidos con semejantes fatigas, son tales como nos pinta Hesíodo a los eacidas, más contentos en la guerra que en los banquetes. Mientras que el rey y los macedonios se ocupaban en Corinto, éstos en el ejército de la marina, y aquel en el acopio de pertrechos; Apeles, que no podía volver a ganar el corazón de Filipo, ni sufrir el menosprecio de su abatimiento, tramó una conjuración con Leoncio y Megaleas; para que, mientras ellos, presentes a todas las resoluciones del rey, pervertían y frustraban sus propósitos, él ausente en Calcis, cuidase de cortar todas las municiones para sus empresas. Comunicado este aleve trato con sus dos amigos, marchó a Calcis, pretextando al rey algunas vanas excusas para su partida. Durante su estancia en esta ciudad, observó tan religiosamente lo pactado bajo juramento, y se aprovechó tan bien de la privanza anterior para persuadir a los pueblos, que al fin redujo al rey a empeñar la vajilla de su uso para mantenerse. No obstante, después que estuvieron reunidos los navíos, y los macedonios adiestrados en el manejo del remo, el rey, distribuidos víveres y satisfechas las pagas al soldado, se hizo a la vela y arribó al segundo día a Patras, con un ejército de seis mil macedonios y mil doscientos mercenarios.
Para entonces Dorimaco, pretor de los etolios, había enviado quinientos neocretas, bajo el mando de Agelao y Scopas, para socorrer a los eleos. Éstos, recelando de que Filipo no intentase sitiar a Cilene, habían alistado tropas extranjeras, habían armado las del país, y fortificado la ciudad con gran cuidado. En atención a esto Filipo formó un cuerpo de los extranjeros de Acaia, de los cretenses que tenía consigo, de alguna caballería gálata, y de dos mil infantes aqueos de tropa escogida, y lo dejó en Dimas, para que a un mismo tiempo la guarneciese, y sirviese de barrera contra las empresas de los eleos. Él mientras, habiendo escrito con anticipación a los messenios, epirotas, acarnanios y a Scerdilaidas, para que equipase cada uno sus navíos y acudiesen a Cefalenia, se hizo a la vela de Patras al día señalado, y llegó a Pronos, pueblo de la Cefalenia. La consideración de que esta pequeña fortaleza era difícil de sitiarse, y el país estrecho, le hizo pasar adelante y fondear en Palea con su armada. Aquí, advirtiendo que el país abundaba en granos y podía sustentar el ejército, desembarcó sus tropas, y acampó frente a la ciudad. Puso después en seco su escuadra, la ciñó con foso y trinchera, y envió a los macedonios al forraje. Entretanto, por dar tiempo a que viniesen los aliados para emprender el ataque, se puso a recorrer la plaza y reconocer por qué parte se podrían aplicar las obras y las máquinas a sus murallas. Su objeto era, primero, quitar a los etolios el puesto más importante, ya que desde aquí, sirviéndose de las naves de los cefalenios, hacían sus desembarcos en el Peloponeso, y talaban las costas del Epiro y la Acarnania; y en segundo lugar, prevenir para sí y para sus aliados una acogida cómoda para hacer correrías sobre el país enemigo. Porque la Cefalenia yace sobre el golfo de Corinto, extendiéndose hacia el mar de Sicilia; domina aquella parte del Peloponeso que mira al Septentrión y ocaso, y especialmente el país de los eleos, y confina hacia el Mediodía y Occidente con el Epiro, la Etolia y la Acarnania.

 

CAPÍTULO II
Asedio de Palea frustrado.- Disparidad de opiniones sobre el camino que había de tomar el rey.- Decisión de pasar a la Etolia el teatro de la guerra.- Saqueo de esta provincia.- Desprevención de Termas.

Atento Filipo a que el sitio era el más oportuno para la reunión de los aliados, y su emplazamiento el más ventajoso para ofender a los enemigos y auxiliar a los suyos, deseaba con ansia reducir esta isla bajo su dominio (219 años antes de J. C.) Habiendo advertido que todos los otros lugares de la ciudad se hallaban defendidos o por el mar, o por los riscos, y que sólo por el lado de Zacinto había un corto espacio de terreno llano, pensó por esta parte arrimar las baterías e insistir en el ataque. Ocupaban estas disposiciones su atención, cuando arribaron quince bergantines de parte de Scerdilaidas, que no había podido enviar más a causa de las sediciones y alborotos que se habían originado en la Iliria entre los principales de la nación. Llegó también el socorro prometido de los epirotas, acarnanios y messenios. Porque éstos una vez tomada Fialea, ya no tenían excusa para eximirse de la guerra. Dispuesto ya todo para el asedio, y situadas en los convenientes lugares las baterías de ballestas y catapultas para contener a los cercados, el rey animó a los macedonios, avanzó las máquinas a la muralla, y por medio de ellas emprendió las minas. La actividad de los macedonios en estos trabajos fue tal, que en breve quedaron en el aire doscientos pies de muro. Entonces el rey se aproximó a la muralla, e invitó a los de dentro a concertar con él las paces. Mas no haciendo éstos caso, prendió fuego a los puntales, y a su tiempo vino a tierra todo el muro suspendido. Hecho esto, destacó por delante a los rodeleros bajo el mando de Leoncio, divididos en cohortes, con orden de forzar la brecha. Pero este comandante, atentó a lo que había pactado con Apeles, impidió que tres jóvenes que ya habían superado sucesivamente las ruinas, no acabasen de tomar la ciudad. Tenía corrompidos de antemano los principales oficiales, él obraba con indolencia, y aparentaba peligro a cada paso; y así, aunque pudo cómodamente apoderarse de la plaza, al fin fue arrojado de la brecha con mucha pérdida. El rey, viendo tímidos los oficiales y cubiertos de heridas los macedonios, desistió del asedio y consultó con sus confidentes sobre lo que se había de hacer en lo sucesivo. Para entonces Licurgo irrumpió por la Messenia, y Dorimaco, con la mitad de los etolios, hizo una penetración en la Tesalia, persuadidos uno y otro a que retraerían a Filipo del cerco de Palea. Con este mismo objeto llegaron al rey embajadores de parte de los acarnanios y messenios. Los acarnanios le instaban a que entrase por la Etolia, corriese talando impunemente todo el país, y de este modo haría desistir a Dorimaco de la invasión de la Macedonia. Los messenios, por medio de su embajador Gorgos, imploraban su auxilio y le manifestaban que mientras reinasen los vientos Etesios era fácil pasar en un solo día desde Cefalenia a Messenia, de cuyo repentino y eficaz ataque sobre Licurgo le aseguraban un buen resultado. Leoncio, atento a su propósito, coadyuvaba con empeño la pretensión de Gorgos. Veía que Filipo vendría a estar mano sobre mano todo el estío, pues aunque la navegación a la Messenia era fácil, el regreso durante los vientos Etesios era imposible. De aquí infería por seguro que Filipo, encerrado en la Messenia con su ejército, se vería forzado a pasar el resto del verano en inacción, mientras que los etolios, corriendo la Tesalia y el Epiro, talarían y arrasarían uno y otro país sin obstáculo. Tales y tan perniciosos eran los consejos que sugerían al rey Gorgos y Leoncio. Arato, que se encontraba presente, era del sentir opuesto. Aconsejaba al rey que convenía dirigirse a la Etolia y pasar allá el teatro de la guerra, pues habiendo salido los etolios con Dorimaco a una expedición, era la ocasión más oportuna de invadir y arrasar su país. El rey, que ya se hallaba poco satisfecho de Leoncio por lo mal que se había portado en el sitio de Palea, y había llegado a conocer la perfidia con que le había consultado, se atuvo al parecer de Arato. Efectivamente, escribió a Eperato, pretor de los aqueos, para que, tomando tropas de su nación, viniese al socorro de los messenios; él mientras salió de Cefalenia, y abordó al segundo día a Leucades con la escuadra durante la noche. Dispuestas todas las cosas en el istmo de Doricto, hizo pasar los navíos y tomó el rumbo por el golfo de Ambracia, que corriendo desde el mar de Sicilia, se introduce hasta el corazón de la Etolia, como ya hemos apuntado. Al fin de su viaje, fondeó poco antes de amanecer en Limnea, donde mandó a las tropas que comiesen, se aligerasen de la mayor parte del equipaje, y estuviesen dispuestas para la marcha. Entretanto, reunió guías del país, se informó del terreno, y enteró de las ciudades próximas. A la sazón vino Aristofantes, pretor de la Acarnania, con todas las tropas de su nación. Este pueblo había tenido en el pasado mucho que sufrir de parte de los etolios, y deseaba con ansia vengarse y desquitarse de cualquier modo. Por eso entonces, abrazando con gusto la ocasión de auxiliar a los macedonios, habían tomado las armas no sólo los que estaban obligados por la ley a alistarse, sino también algunos ancianos. Igual impulso estimulaba a los epirotas por semejantes causas, bien que por la extensión del país y repentina llegada de Filipo, no habían tenido tiempo de reunir sus tropas. Dorimaco había salido a la expedición con la mitad de los etolios, como hemos mencionado, y había dejado la otra mitad, en la inteligencia de que sería lo bastante para guarnecer las ciudades y el país en un caso imprevisto. El rey, habiendo dejado el equipaje con una buena escolta, marchó por la tarde de Limnea, y al cabo de sesenta estadios de camino, hizo alto para que cenase y descansase un rato la tropa; después volvió a emprender la marcha, y sin cesar de andar en toda la noche, llegó a las márgenes del Aqueloo al rayar el día, entre Conope y Strato, con el anhelo de arrojarse de repente y de improviso sobre Termas.
Dos motivos hacían creer a Leoncio que Filipo conseguiría su propósito y los etolios no podrían evitar el golpe: uno era la pronta e inopinada venida de los macedonios; otro, el que no habiendo sospechado jamás que llegase la temeridad del rey a arrojarse sobre una plaza tan fuerte como Termas, los cogería descuidados y desprovistos del todo para la defensa. Atento a estas consideraciones, y firme en la traición que había tramado, persuadía a Filipo que acampase sobre el Aqueloo y diese descanso a la tropa, fatigada con la marcha de toda una noche. Su propósito en esto era dar a los etolios una tregua, aunque corta, de prevenirse para la defensa. Arato, por el contrario, conocía que el logro de la expedición era instantáneo, que el consejo de Leoncio era un manifiesto retardo, y así protestaba al rey no malograse la ocasión ni se detuviese. Efectivamente, el rey, ofendido ya de Leoncio, abrazó este partido y prosiguió su camino sin detenerse. Atravesó el Aqueloo y avanzó en derechura a Termas, quemando y talando de paso la campaña. Durante su marcha dejó sobre la izquierda a Strató, Agrinio y Testita, y sobre la derecha a Conope, Lisimaquia, Triconio y Foiteo. Una vez llegado a Metapa, ciudad situada sobre las gargantas mismas del lago Triconis, y distante poco menos de sesenta estadios de Termas, la tomó por haberla desamparado sus moradores, e introdujo dentro quinientos hombres con el fin de servirse de ella como de presidio para la entrada y salida de los desfiladeros. Todas las proximidades del lago son montuosas, ásperas y cubiertas de árboles, de suerte que sólo franquean un paso del todo estrecho y difícil. Atento a esto, emprendió el paso de los desfiladeros, situando a la vanguardia los extranjeros, detrás los ilirios, en seguida los rodeleros y la falange y cerrando la retaguardia con los cretenses. Por el lado derecho marchaban fuera del camino los traces y armados a la ligera, y por el izquierdo iban defendidos del lago que se extiende casi treinta estadios. Pasadas estas gargantas llegó el rey a un lugar llamado Panfia, donde, puesta igualmente guarnición, prosiguió hacia Termas por un camino no sólo arduo y demasiado áspero, sino cortado entre elevadas rocas, que a veces sólo permitían un sendero en extremo peligroso y estrecho, cuya subida se extendía casi a treinta estadios. La actividad de los macedonios atravesó estos desfiladeros en tan poco tiempo que llegaron a Termas con muchas horas de día. Sentado aquí su campo, permitió a la tropa que talase los pueblos circunvecinos, que corriese los campos de Termas y que saquease las casas de la ciudad, donde se encontró no sólo cantidad de trigo y demás provisiones, sino inmensidad de muebles preciosos. Porque como los etolios celebraban aquí cada año las ferias y juegos más solemnes y era este el sitio determinado para sus comicios, había traído cada uno lo más precioso que tenía para su hospedaje y aparato de las festividades. Esto lo hacían prescindiendo de su propia conveniencia, porque creían no poder hallar lugar más seguro. Jamás enemigo alguno había tenido la osadía de poner el pie en semejante sitio, tan fuerte por su naturaleza, que estaba reputado por la ciudadela de toda la Etolia. He aquí por qué después de una paz de tantos años, estaban llenas de inmensas riquezas las casas próximas al templo y los lugares circunvecinos. Cargados los macedonios de un botín inmenso, pasaron allí la noche. Al día siguiente decidieron llevar consigo lo más precioso y rico del despojo; de todo lo demás hicieron un montón a la vista de las tiendas, y lo quemaron. Igual diligencia practicaron con las armas que estaban colgadas en los pórticos; las de más valor las arrancaron y llevaron consigo, otras las cambiaron, y del resto, que ascendía a más de quince mil, hicieron una cima y la prendieron fuego.

 

CAPÍTULO III
Profanación de los lugares sagrados en que incurre el ejército de Filipo en Termas.- Consideraciones sobre estos oncesos.

No hay hasta este momento algo que desdiga de la justicia y de las leyes de la guerra; mas lo que se sigue, no sé cómo calificarlo. Los macedonios, recordándose de los excesos que los etolios habían cometido en Dío y Dodona, prendieron fuego a los pórticos del templo, hicieron pedazos los donativos restantes, entre los cuales existían algunos de una hechura costosa, de exquisito gusto y de mucho valor. No se contentaron únicamente con quemar los techos, echaron también por tierra el edificio, derribaron pocas menos de dos mil estatuas e hicieron pedazos las más, a excepción de las que tenían alguna inscripción o imagen de los dioses, que de éstas se abstuvieron. Se escribió sobre las paredes aquel célebre verso, obra del ingenio que empezaba ya a descubrirse en Samos, hijo de Crisógono, y educado con el rey. Dice así:

Repara en Dío, y verás de dónde el rayo se fulmina.

Aun al rey mismo y a sus amigos asombraba tal estrago; bien que creían que obraban con justicia, y vengaban con castigo igual la crueldad cometida en Dio por los etolios. Mas yo opino de diverso modo, y si mi juicio es recto o no, está a la vista. No me valdré de otros ejemplos que los de la misma casa real de Macedonia. Antígono, después de haber vencido en batalla ordenada, y haber hecho huir a Cleomenes rey de Lacedemonia, se apoderó de Esparta; y aunque en absoluto pudo disponer de esta ciudad y de sus moradores a su antojo, distó tanto de tratar con rigor a los que había sojuzgado, que al contrario, les restituyó su antiguo gobierno, les concedió la libertad, y no regresó a su corte hasta que hubo derramado las mayores gracias en general y en particular sobre los lacedemonios. De este modo, pasó no sólo entonces por bienhechor, sino después de muerto por libertador, y adquirió, tanto entre los lacedemonios como en toda la Grecia, una estimación y gloria inmortal con estas acciones.
Aquel Filipo que primero ensanchó los límites de su imperio, y que fue el fundamento del esplendor de la casa real de Macedonia, vencidos los atenienses en Queronea, no logró tanto por sus armas, cuanto por la equidad y templanza de sus costumbres. La guerra y las armas le sujetaron y le hicieron señor únicamente de sus contrarios; mas la benignidad y moderación le conquistaron todos los atenienses y la misma Atenas. No dominaba la cólera a sus acciones, perseguía sí sus enemigos y émulos, hasta que se presentaba ocasión de manifestar su mansedumbre y beneficencia. Por eso remitió los prisioneros sin rescate, ofreció los últimos honores a los atenienses muertos, encomendó a Antipatro la traslación de sus huesosa Atenas, vistió la mayor parte de los que se salvaron, y con esta política consiguió a poca costa la mayor conquista. Pues rindiendo su magnanimidad la altivez de los atenienses, de enemigos que eran, los convirtió en aliados los más sacrificados en su servicio. Y ¿qué diré de Alejandro? Irritado contra Tebas, hasta poner a sus moradores en pública subasta y arrasar la ciudad, sin embargo no se olvidó al tomarla del respeto debido a los dioses; por el contrario, puso el mayor cuidado para que no se cometiese, aun por imprudencia, la más leve falta contra los templos y demás lugares sagrados. Asimismo, cuando pasó al Asia a vengar a los griegos de la crueldad de los persas, procuró obtener de los hombres un castigo condigno a sus excesos; pero se abstuvo de todo lo consagrado a los dioses, siendo así que contra los santuarios era contra quienes más se habían encruelecido los persas en la Grecia. Estos ejemplos debiera Filipo haber grabado en su corazón eternamente, y preciarse, no tanto de ser heredero de tales personajes en el imperio, cuanto de ser su sucesor en las costumbres y grandeza de alma. Fue nimio en el transcurso de toda su vida en ostentar que era pariente de Alejandro y de Filipo; mas hizo muy poco caso de ser su imitador en las virtudes. Por eso a proporción que su conducta fue opuesta a la de estos príncipes, fue también contraria la reputación que obtuvo entre los hombres, cuando ya grande.
Sirva de prueba, entre otras, lo que entonces hizo. No obstante de que la cólera le hacía incurrir en iguales excesos que a los etolios, y remediaba un mal con otro, jamás creyó que obraba con injusticia. Afeaba a cada paso la insolencia e impiedad de Scopas y Dorimaco, por los sacrilegios que habían cometido en Dodona y Dío; y él, autor de iguales excesos, no echaba de ver que se adquiría el mismo concepto entre los que le oían. Quitar y arruinar los castillos de nuestros enemigos, cegar sus puertos, tomar sus ciudades, matar su gente, apresar sus navíos, talar sus frutos y otras cosas semejantes, por donde se consiga debilitar las fuerzas del contrario, aumentar las nuestras y dar nuevo vigor a nuestros propósitos, estas son leyes indispensables y permitidas por el derecho de la guerra; pero lo que no puede traer o acarrear ventaja a nuestros intereses, ni disminución a los de los contrarios cuanto a la guerra presente, esto es, por un exceso de venganza quemar templos, romper estatuas, y profanar otros adornos semejantes, esto nadie negará que es efecto de una conducta depravada y de una cólera rabiosa. Los buenos reyes no hacen la guerra para ruina y exterminio de los que los han ofendido, sino para corrección y arrepentimiento de sus faltas; ni envuelven en el castigo indistintamente a delincuentes y no delincuentes, sino que conservan y entresacan a los inocentes de los culpados. Es propio de un tirano aborrecer y ser aborrecido de sus súbditos, y a fuerza de malos tratamientos exigir por el miedo un vasallaje forzado; pero un rey, derramándose en gracias para con todos, debe hacer que a costa de su munificencia y dulzura le tribute el pueblo un respeto y obediencia voluntaria. Se echará de ver mejor el yerro que cometió entonces Filipo, al considerar qué concepto era regular hubiesen hecho los etolios si observando la conducta opuesta no hubiera quemado los pórticos, quebrado las estatuas ni profanado los demás ornamentos. Yo no dudo que le hubieran reputado por el rey mejor y más humano. Su conciencia les hubiera representado las profanaciones hechas en Dío y Dodona, y hubieran confesado que Filipo, aunque, como dueño de obrar a su antojo, los hubiera tratado con el máximo rigor, no había hecho más de lo que debía atento a sus merecimientos; pero que por un efecto de su clemencia y magnanimidad no echó mano de semejantes medios.
De aquí se infiere que los etolios verosímilmente se hubieran condenado a sí mismos, y hubieran alabado y admirado en Filipo el ánimo regio y magnánimo con que había ostentado a un tiempo su respeto para con los dioses y su cólera para con ellos. Efectivamente, no es menos, antes es más ventajoso, vencer al enemigo con la generosidad y justicia, que con las armas en la mano. Este se rinde por necesidad, aquél por inclinación. En el uno se consigue la corrección a mucha costa, en el otro se encuentra el arrepentimiento sin dispendio. Y lo principal, que en el vencimiento de aquel tienen la mayor parte los vasallos, y en el rendimiento de éste el príncipe por sí solo se lleva todo el lauro. Acaso pretenderá alguno no echar a Filipo toda la culpa de estas impiedades, atento a su tierna edad, sino que sus consejeros y confidentes, entre otros Arato y Demetrio de Faros, tuvieron la principal parte. Mas aun en este caso no será difícil descubrir, sin haberse hallado en el lance, de cuál de los dos pudo dimanar tal consejo. Prescindiendo del método de vida de Arato, en el que no se hallará resolución alguna temeraria ni inconsiderada, y en Demetrio muchas, tenemos pruebas incontestables del carácter de uno y otro en iguales casos, de que haremos la correspondiente memoria a tiempo oportuno.

 

CAPÍTULO IV
Hostilizan los etolios la retaguardia de Filipo.- Ofrenda que efectúa este príncipe a los dioses en acción de gracias, y convite con que obsequia a los oficiales.- Motín en el campamento, y escarmiento de los promotores.

Habiendo cogido Filipo cuanto pudo llevar y conducir (aquí interrumpimos la narración), marchó de Termas, y regresó por el mismo camino por donde había venido. Puso en la vanguardia el botín y los pesadamente armados, y dejó en la retaguardia los acarnanios y extranjeros. Todo su anhelo era atravesar cuanto antes los desfiladeros, porque presumía que los etolios se aprovecharían de las dificultades del camino para picarle la retaguardia, como en efecto ocurrió al instante. Se reunieron hasta casi tres mil etolios al mando de Alejandro Triconiense para acudir al socorro. Mientras el rey estuvo sobre las cumbres, no se aproximaron, permanecieron sí quietos en ciertos lugares ocultos, pero lo mismo fue moverse la retaguardia, se echaron sobre Termas, y atacaron las últimas líneas. Cuanto mayor era la confusión en la retaguardia, tanto con mayor brío los etolios, favorecidos del terreno, les cargaban y mataban. Mas el rey, que tenía previsto este lance, había apostado al bajar al pie de cierta colina un trozo de ilirios y rodeleros escogidos; los cuales, acometiendo y cargando sobre el enemigo que venía en su seguimiento, mataron ciento treinta, cogieron prisioneros pocos menos, y el resto emprendió la huida sin orden por senderos extraviados. Después de esta victoria, la retaguardia prendió fuego de paso a Panfio, atravesó sin riesgo los desfiladeros, y se incorporó con los macedonios. Filipo tenía sentado el campo alrededor de Metapa, donde esperaba el último tercio del ejército. Al día siguiente que llegó, ordenó arrasar esta ciudad, echó a andar, y acampó alrededor de Acras. Al día después prosiguió su marcha talando de paso la campiña, y sentó sus reales en Conope, donde permaneció el día inmediato. Al siguiente levantó el campo, y marchó a orillas del Aqueloo hasta Estrato; donde, atravesado el río, situó el ejército fuera de tiro, para inquietar a los de dentro. Tenía noticia de que habían entrado en esta plaza, tres mil infantes etolios, cuatrocientos caballos, y quinientos cretenses. Mas viendo que nadie osaba salir fuera, volvió a emprender su viaje, ordenando a la vanguardia marchase a Limnea, donde estaba su escuadra. Lo mismo fue separarse de la ciudad la retaguardia, que salir por el pronto algunos caballos etolios a inquietar las últimas líneas. A éstos vinieron a reunirse los cretenses y algunos infantes etolios, los cuales, dando mayor vigor a la acción, forzaron la retaguardia macedonia a hacer frente, y venir a las manos. Al principio se peleó por ambas partes con igual fortuna; pero acudiendo los ilirios a sostener los extranjeros de Filipo, la caballería etolia y los mercenarios volvieron la espalda, y emprendieron la huida en desorden. La mayor parte fue perseguida por los del rey hasta las puertas y muros de la ciudad, en cuyo alcance mataron cien personas. Después de este choque ya no se atrevieron a moverse los de dentro, y la retaguardia se incorporó sin peligro con el ejército y los navíos. En Limnea el rey, después de haber acampado cómodamente, hizo un sacrificio a los dioses en acción de gracias por la dicha concedida a su empresa, y dio un convite a los oficiales. Se tenía por temeridad el que el rey se hubiese arrojado en un terreno tan escabroso, donde hasta entonces nadie había osado penetrar con sus armas; pero él entró y salió sin riesgo, después de haber conseguido sus propósitos. Por eso ahora, alegre en extremo, hacía este obsequio a los oficiales. Sólo Megaleas y Leoncio, que tenían tratado con Apeles embarazar todas las ideas de este príncipe, se dolían de la felicidad que había alcanzado. Pero viendo frustrados sus esfuerzos, y que las cosas habían salido al contrario, aunque tristes, concurrieron al fin con los demás convidados. A poco rato dieron que sospechar al rey y a los demás, de que no se interesaban tanto como ellos en la felicidad de las armas. Mas prontamente descubrió sus interiores la continuación de los brindis y la intemperancia en la comida y bebida, a que se vieron precisados por acompañar a los demás. No bien se había concluido el convite, cuando locos y enajenados con la borrachera, echan a buscar a Arato, le encuentran cuando se retiraba, le llenan por el pronto de improperios, y emprenden después acabar con él a pedradas. Al instante acudieron muchos a sostener uno y otro partido, y se levantó un alboroto y conmoción en el campamento. La vocería llegó a oídos del rey, quien mandó gentes para que se informasen y remediasen el desorden. Llegaron éstos, Arato les cuenta lo sucedido, pone por testigos a los circunstantes, redime la vejación, y se retira a su tienda. Por lo que hace a Leoncio, escapó entre la confusión sin saber cómo. El rey, informado del hecho, envió a llamar a Megaleas y Crinon, y los reprendió ásperamente. Pero ellos, lejos de someterse, prorrumpieron en nuevas amenazas, diciendo que no desistirían del propósito hasta haber dado a Arato su merecido. El rey, irritado con este desacato, los mandó multar al instante en veinte talentos, y llevarlos a la cárcel. Al día siguiente envió a llamar a Arato, y le exhortó a que viviese seguro de que pondría el remedio conveniente en el asunto. Leoncio, informado de lo que pasaba con Megaleas, vino a la tienda del rey acompañado de alguna tropa. Estaba persuadido a que este príncipe se atemorizaría por su poca edad y mudaría prontamente de resolución. Lo mismo fue presentarse que preguntar: «¿Quién ha tenido osadía para echar mano a Megaleas, y llevarle a la cárcel? - Yo», respondió el rey con entereza; palabra que aterró a Leoncio, le hizo dar un gran suspiro y retirarse enfurecido.
Después el rey se hizo a la vela con toda la escuadra, atravesó el golfo, y arribó en breve tiempo a Leucades. Aquí, dada orden a los que estaban encargados de la distribución del botín para que la evacuasen cuanto antes, reunió mientras sus confidentes, para examinar la causa de Megaleas. Arato entabló la acusación de éste y de sus compañeros, recorriendo la serie de sus excesos desde el principio. Hizo ver claramente que eran autores de una muerte que se había perpetrado después de la partida de Antígono, que tenían tramada una conjuración con Apeles, y que por ellos no se había tomado Pelea. A todos estos cargos, que Arato hizo palpables y demostró con testigos, no tuvo qué responder Megaleas, por lo que fue condenado a una voz por todos. Crinón permaneció en la prisión, y Leoncio salió por fiador de la multa de Megaleas. He aquí el estado de la conjuración de Apeles y Leoncio, cuyo éxito vino a ser distinto de lo que se habían prometido al principio. Creyeron que aterrarían a Arato, que dejarían al rey solo, y que obrarían después según su conveniencia; pero les salió al contrario.

 

CAPÍTULO V
Correrías de Licurgo, de los eleos y de Dorimaco.- Invasión y talas por Filipo en Laconia.- Pretenden los messenios unirse a Filipo, pero Licurgo se apodera de su bagaje, y los obliga a retirarse a su patria.

Al mismo tiempo (219 años antes de J. C.) regresó Licurgo de la Messenia, sin haber realizado cosa que merezca la pena de relatarse. Poco después volvió a salir a campaña, tomó a Elea, y emprendió sitiar la ciudadela, donde se habían refugiado los moradores; mas frustrados sus esfuerzos, tuvo que retirarse otra vez a Esparta.
Los eleos hicieron también correrías en el país de los dimeos. Éstos enviaron alguna caballería para su defensa, pero cayó en una emboscada y con facilidad fue puesta en huida. Muchos gálatas quedaron sobre el campo, algunos de la ciudad fueron hechos prisioneros, entre otros Polimedes, Egeo, y Agesipolis y Megacles, dimeos.
Dorimaco al principio salió a campaña con los etolios, persuadido, como hemos dicho antes, a que talaría impunemente la Tesalia y haría levantar a Filipo el cerco de Palea; pero hallando en esta provincia a Ghrisógono y Patreo dispuestos a hacerle frente, no se atrevió a bajar al llano, y se contentó con costear las laderas, hasta que, informado de la irrupción de los macedonios en Etolia, dejó la Tesalia y se dirigió con diligencia al socorro de su patria. Pero llegó cuando ya los macedonios habían salido de la Etolia: tan tardo y pesado era en todas sus cosas.
Filipo, habiéndose hecho a la vela de Leucades, taló de paso la costa de los hianteos y abordó a Corinto con toda la escuadra. Hizo pasar los navíos a puerto Lequeo, donde desembarcó los soldados, y despachó correos a las ciudades aliadas del Peloponeso, señalándolas día en que deberían todas hacer noche con sus tropas en Tegea. Dadas estas órdenes, sin detenerse un instante en Corinto ordenó marchar a los macedonios, y pasando por Argos llegó a Tegea al segundo día. Aquí tomó los aqueos que habían acudido, y condujo su ejército por las montañas con el fin de penetrar en el país de los lacedemonios sin ser apercibido. Después de cuatro días de marcha por lugares desiertos, se dejó ver sobre unas eminencias situadas frente por frente de la ciudad, y dejando a la derecha a Menelea llegó hasta la misma Amicla. Los lacedemonios, que vieron desde la ciudad pasar por delante aquel ejército, quedaron atónitos y asombrados. Se hallaban aún suspensos sus espíritus con la noticia del saqueo de Termas y demás acciones de Filipo en la Etolia. A más de esto corría cierto rumor de que Licurgo salía al socorro de los etolios; y así ni aun por el pensamiento se les había pasado el que con tanta precipitación viniese a descargar el golpe sobre ellos, mediando tanta distancia y siendo aún muy despreciable la edad del rey para semejantes empresas. Por eso un suceso tan inesperado les tenía sobrecogidos con motivo. En igual desvelo e inquietud estaban todos los enemigos de este príncipe, porque conducía sus propósitos con un ardor y viveza superior a su edad. Efectivamente, sale del corazón de la Etolia, como hemos dicho, atraviesa en una noche el golfo Ambraceo y arriba a Leucades. Después de dos días de estancia en esta ciudad, se hace a la vela en la madrugada del tercero, tala en el siguiente la costa de la Etolia y fondea en Lequeo. Prosigue sin detenerse su viaje, y se deja ver al séptimo sobre las eminencias inmediatas a Menelea; de suerte que los más de los lacedemonios, sin dar crédito a lo que veían, aterrados con la novedad dudaban qué partido tomar en tales circunstancias.
El primer día acampó Filipo alrededor de Amiclas, plaza de la Laconia abundante en árboles y sazonados frutos, distante de Lacedemonia como veinte estadios. Se ve en ella un edificio consagrado a Apolo, casi el más célebre de cuantos templos tiene la provincia. La situación de la ciudad está mirando a la parte del mar. Al día siguiente hizo la tala del país y llegó al real que llaman de Pirro. Después de haber saqueado en los dos días siguientes los lugares próximos, sentó su campo delante de Carnio; de allí marchó para Asina, donde viendo cuán inútiles eran los esfuerzos que hacía contra esta plaza, levantó el sitio y corrió talando todo el país que mira al mar de Creta hasta Tenaro. Torció después la ruta y se encaminó a un astillero de los lacedemonios, llamado Gitio, que tiene un puerto seguro y dista de la ciudad treinta estadios. Dejado éste a la derecha, fue a acampar alrededor de Elia, país que, atendidas todas sus circunstancias, es el mayor y más bello que tiene la Laconia. De aquí destacó las tropas al forraje, llevó a sangre y fuego los frutos de toda la comarca, y llegó con la tala hasta Acria, Leuca y Boea.
Los messenios, así que recibieron las cartas de Filipo que los llamaba para la guerra, no cedieron en afecto a los demás aliados. Salieron a campaña con toda diligencia, y enviaron dos mil infantes y doscientos caballos de tropas escogidas; pero lo largo del camino hizo que llegasen a Tegea más tarde que Filipo. Por el pronto dudaron qué partido tomar en tales circunstancias; mas temiendo que, por las sospechas que ya de ellos se tenía, no se atribuyese esto acaso pensado, marcharon por el país de Argos a la Laconia para incorporarse con Filipo. Llegados al castillo de Glimpia, situado sobre las fronteras de estas dos provincias, acamparon a su vista con imprudencia y descuido. Porque ni rodearon el campamento con foso y trinchera, ni eligieron lugar ventajoso, sino que satisfechos de la benevolencia de los habitantes hicieron alto sin malicia al pie de sus murallas. Licurgo, informado de la llegada de los messenios, marchó con los extranjeros y algunos lacedemonios, llegó allá al rayar el día y atacó con vigor su campamento. Los messenios, aunque en todo lo demás habían consultado mal sus intereses y sobre todo en haber pasado de Tegea sin tener el número suficiente de soldados ni querer escuchar el parecer de los peritos, con todo hicieron en el lance lo posible para defenderse. Lo mismo fue descubrirse el enemigo que abandonar al instante todo el equipaje y refugiarse prontamente al castillo. Es cierto que Licurgo se apoderó de la mayor parte de la caballería y del bagaje, pero a excepción de ocho caballeros que mató, todos los demás se salvaron. Después de este descalabro, los messenios regresaron por Argos a su patria. Licurgo, soberbio con la victoria, vino a Lacedemonia para prevenirse a la defensa, y consultó con sus amigos cómo no se dejaría salir del país a Filipo sin forzarle al trance de una batalla. Pero este príncipe, habiendo levantado el campo de Elia, continuó talando el país, y después de cuatro jornadas llegó por segunda vez a Amiclas con todo el ejército a la mitad del día.
Licurgo, dadas las órdenes a los oficiales y amigos para el combate que les aguardaba, salió de la ciudad con dos mil hombres a lo más, y se apoderó de los puestos contiguos a Menelea. Recomendó a los que quedaban dentro que estuviesen atentos para cuando se les diese la señal, y entonces se echasen fuera con prontitud por muchas partes, y ordenasen sus gentes de frente al Eurotas por la parte que este río se halla menos distante de Esparta. Tal era el estado de Licurgo y de los lacedemonios.
Pero para que la ignorancia de los lugares no confunda y oscurezca la narración, será conveniente describir la naturaleza y situación del terreno. Ésta ha sido una costumbre que hemos observado en toda la obra, para unir y conciliar los lugares desconocidos con los que ya se conocen y de que se tiene noticia. Porque como en las guerras, bien sean por mar, bien por tierra, se engañan los más por no hacer distinción de los lugares, y nuestro propósito es el que todos sepan, no tanto lo que pasó, cuanto el cómo se hizo; creemos que en ningún acontecimiento se debe omitir la descripción del sitio, y mucho menos en asuntos militares, ni dejar de expresar ciertas señales, ya de puerto, mar o isla, ya de templo, monte, denominación de país, o por último diferencia de clima, puesto que éstas son las nociones más comunes a todos los hombres, y el único medio de conducir los lectores al conocimiento de lo que ignoran, como ya hemos mencionado. La naturaleza del país de que ahora hablamos, es como sigue.

 

CAPÍTULO VI
Descripción de Esparta.- Desfiladero que debe atravesar Filipo, y victoria que obtiene sobre Licurgo a la vista de esta ciudad.

Considerada en general. Esparta es una ciudad de figura circular y situada en terreno llano; pero en particular se encuentran en ella lugares desiguales y sitios en declive. En la parte de Oriente la baña el Eurotas, río que por su mucho caudal es invadeable la mayor parte del año. Al Oriente del invierno, del otro lado del río, existen unas montañas, donde está situada Menelea, ásperas, escarpadas y de una elevación prodigiosa, que dominan por completo el espacio que media entre la ciudad y el río. Este intervalo, por donde transcurre el Eurotas al pie mismo de la cordillera, no se extiende más que a estadio y medio. Por este desfiladero había de pasar Filipo por precisión a su regreso, teniendo a la izquierda la ciudad y los lacedemonios prevenidos y dispuestos, y a la derecha el río y las tropas de Licurgo, que coronaban las eminencias. A más de esto, habían excogitado esta estratagema. Cegaron el río por parte arriba y dejaron que el agua cubriese el espacio que hay entre la ciudad y las montañas, con cuyo ardid, no digo la caballería, pero ni aun la infantería podía afirmar el paso. De, suerte que al rey no le quedaba otro recurso que hacer desfilar su ejército a todo lo largo del camino por la falda misma de las montañas, posición que imposibilitaba la defensa, y era entregarse en manos del enemigo. Atento a esto Filipo, después de haber consultado con los demás oficiales, determinó como lo más oportuno a la presente coyuntura desalojar ante todas las cosas a Licurgo de los puestos próximos a Menelea. Para esto tomó los extranjeros, los rodeleros y los ilirios, y cruzó el río avanzando hacia las montañas. Licurgo, que advirtió el intento de Filipo, ordena sus tropas, las anima para la acción, y da la señal a los de la ciudad. Inmediatamente los jefes de éstos sacan sus soldados, los forman en batalla delante los muros, y cubren el ala derecha con la caballería.
Así que Filipo se halló cerca de Licurgo, destacó por el pronto contra él los extranjeros, de que provino ser más ventajosos los inicios del combate a los lacedemonios, a quienes favorecían no poco las armas y el terreno. Pero apenas envió los rodeleros para sostener a los combatientes, y él con los ilirios atacó en flanco al enemigo, cuando los extranjeros, alentados con este socorro, volvieron a la carga con redoblado espíritu; y las tropas de Licurgo, temiendo la impresión de los pesadamente armados, retrocedieron y volvieron la espalda. Ciento quedaron sobre el campo, pocos más fueron los prisioneros, y el resto se refugió en la ciudad. El mismo Licurgo, seguido de pocos, escapó de noche por caminos extraviados, y penetró en Esparta. Los ilirios ocuparon las eminencias, y Filipo con la infantería ligera y los rodeleros regresó al ejército. Mientras venía Arato conduciendo la falange desde Amiclas, y ya se hallaba cerca de la ciudad cuando el rey cruzó el río para cubrirla con la infantería ligera, los rodeleros y la caballería, y dar tiempo a que los pesadamente armados desembocasen por el pie de las montañas mismas aquellos desfiladeros sin peligro. Los de la ciudad emprendieron atacar la caballería que venía al socorro; la acción fue viva, los rodeleros pelearon con arrojo, Filipo consiguió aun cuanto a esta parte una conocida ventaja, y persiguió la caballería lacedemonia hasta las puertas de la ciudad. Después el rey pasó el Eurotas sin obstáculo, y marchó a la espalda de su falange. Como era ya tarde, se vio precisado a acampar en la salida de aquellos desfiladeros.
Por casualidad las guías habían elegido este lugar para campamento, puesto que no se podía dar más a propósito para hacer una irrupción en la Laconia a la vista de la misma Esparta. Está situado a la entrada de los desfiladeros que hemos mencionado, y bien se venga de Tegea, bien de cualquiera otra parte mediterránea a Lacedemonia, se ha de pasar por él a distancia de dos estadios cuando más de la ciudad, y sobre la margen del río. El lado que mira a Esparta y a el Eurotas está defendido todo de una cordillera elevada y del todo inaccesible, sobre cuya cumbre se halla una llanura de buen terruño, abundante de aguas, y cómodamente situada para la entrada y salida de las tropas. De suerte que el que llegue a apostarse en este sitio, y a apoderarse de la colina que le domina, puede decir que está acampado a cubierto de todo insulto de parte de la ciudad, y que tiene la llave de la puerta y paso de los desfiladeros.
Filipo, después que hubo sentado aquí el real con toda seguridad, al día siguiente envió por delante el bagaje, y sacó sus tropas al llano en orden de batalla a la vista de la ciudad. Permaneció algún tiempo en esta postura; pero después doblando hacia un lado tomó la ruta de Tegea. Cuando llegó a aquel lugar donde Antígono y Cleomenes se dieron la batalla, hizo alto; y después de haber reconocido al día siguiente los puestos y haber sacrificado a los dioses sobre uno y otro monte, llamados Olimpo y Eva, fortificó la retaguardia y continuó su camino. En Tegea hizo vender el botín, y pasando por Argos, llegó a Corinto con todo el ejército. Aquí se encontró con los embajadores de Rodas y Chío, enviados para concluir la guerra. El rey, después de haber conferenciado con ellos, disimulando su intención, les dijo que siempre había estado dispuesto, tanto ahora como antes, a un ajuste con la Etolia, y los despidió encargándoles tratasen el asunto con los etolios. Él después bajó a Lequeo y se dispuso para pasar a la Focida, donde tenía que tratar asuntos más importantes.

 

CAPÍTULO VII
Nuevas maquinaciones de Leoncio, Megaleas, Ptolomeo y Apeles. Escarmiento de estos traidores.

Para entonces, Leoncio, Megaleas y Ptolomeo, persuadidos aún que amedrentarían a Filipo y de este modo ocultarían sus anteriores delitos, difundieron la voz entre los rodeleros y las guardias macedonias, de que ellos se exponían a los peligros por la salud común, y con todo no se les guardaba justicia ni se les entregaba en el botín apresado la parte que tenían de costumbre. Estos discursos inflamaron la juventud, y dividida en bandos emprendió saquear las habitaciones de los cortesanos más distinguidos, forzar las puertas del palacio del rey, y quebrar las tejas. Este accidente puso en conmoción y alboroto la ciudad, y Filipo advertido vino de Lequeo con diligencia. Reúne los macedonios en el teatro, y ya con dulzura, ya con amenazas, les reprende el hecho. En medio del motín y confusión, unos eran de parecer que se echase mano y castigase a los autores, otros que se sosegase la sedición y no se tomase en cuenta lo pasado. El rey, que estaba bien enterado de las cabezas del alboroto, disimulando por entonces, afectó estar satisfecho y se retiró a Lequeo, después de haber exhortado a todos a la unión. Sosegado este tumulto, ya hubo sus dificultades en los negocios de la Focida, cuyo logro se tenía por seguro.
Leoncio, destituido de recurso por habérsele malogrado todos sus propósitos, acudió a Apeles. Le envió frecuentes cartas para hacerle venir de Chalcida, y le dio cuenta de las penas y trabajos que se le habían seguido de la desavenencia con el rey. Apeles, durante su estancia en Chalcida, había usado del poder a su antojo. Había dado a entender que el rey, joven aún, estaba sujeto en lo más a su arbitrio, que no era dueño de hacer nada, que el manejo de los negocios y la disposición de todo corría por su mano, que los magistrados e intendentes de Macedonia y Tesalia le daban a él cuentas, y que las ciudades de la Grecia, bien fuese en la formación de decretos, bien en la dispensa de honores, bien en la distribución de premios, contaban poco con la persona del rey, y sólo él era árbitro y autor de todo. Hacía tiempo que Filipo, informado de estos excesos, se lamentaba y sufría con impaciencia semejante conducta; y aunque Arato, que estaba a su lado, le instaba con maña a que pusiese remedio, él no obstante se contenía y ocultaba a todos su intención y modo de pensar. Apeles, que lejos de saber lo que contra él se maquinaba, se hallaba persuadido a que sólo con ponerse en presencia del rey lo manejaría todo a su arbitrio, partió de Chalcida a socorrer a Leoncio. A su llegada a Corinto, Leoncio, Ptolomeo y Megaleas, comandantes de los rodeleros y otros cuerpos del ejército los más distinguidos, hicieron grandes esfuerzos para empeñar la juventud a que saliese a recibirle. Efectivamente, entró en la ciudad a manera de un general, por medio de la multitud de oficiales y soldados que salieron al encuentro, y marchó sin detenerse a palacio. Quiso entrar al cuarto del rey, según tenía por costumbre; pero le contuvo un lictor que ya se hallaba prevenido, diciendo que no era hora de hablarle. Apeles extrañó la novedad, quedó suspenso por mucho tiempo, y al fin se retiró confuso. Todo aquel lucido acompañamiento desapareció al punto, de suerte que entró en su casa acompañado sólo de su familia. De este modo el hombre pasa en un instante desde la elevación al abatimiento; pero donde esto se ve con más frecuencia es en los palacios de los reyes. Ciertamente los cortesanos se asemejan a los cálculos en las mesas de los aritméticos, que reciben ya el ínfimo, ya el sumo valor, a gusto del que calcula. De igual modo los palaciegos, según la voluntad del rey, son felices o miserables en un momento. Megaleas, viendo frustrado el auxilio de Apeles contra lo que esperaba, lleno de turbación pensó ausentarse. Apeles continuó disfrutando de la conversación del rey, consejo y del número de los que ordinariamente frecuentaban su mesa. Sin embargo, pocos días después, teniendo el rey que pasar de Lequeo a la Focida a ciertos asuntos, se le llevó consigo; pero no saliéndole las cosas como pensaba, se volvió atrás desde Elatesa.
Entonces fue cuando Megaleas se retiró a Atenas, abandonando a Leoncio que había salido por su fiador en los veinte talentos; pero mal admitido por los magistrados de esta ciudad, tuvo que volver de nuevo a Tebas. El rey se hizo a la vela de Cirra, y fondeó con sus guardias en el puerto de Sción. De aquí pasó a la ciudad, donde sus magistrados le ofrecieron alojamiento; pero él no aceptó sino el de Arato, con quien trataba de continuo, y ordenó a Apeles marchase para Corinto, Habiendo sabido después la fuga de Megaleas, despachó a Trifalia, bajo las órdenes de Taurión, a los rodeleros, en quienes mandaba antes Leoncio, aparentando que necesitaba allí de su servicio. No bien habían partido estas tropas, cuando mandó prender a Leoncio por el pago de la fianza. Los rodeleros, informados de lo que sucedía por un mensajero que éste les destacó, despacharon al rey diputados, con el ruego de que, si la prisión de Leoncio era por algún nuevo crimen, no pasase a la sentencia sin estar ellos presentes; de lo contrario, lo reputarían por un gran desprecio y notable injuria (tal era la libertad con que los macedonios hablaban siempre a sus reyes); pero que si era por la fianza que había hecho por Megaleas, ellos satisfarían la deuda repartiéndola entre todos. Este afecto de los rodeleros no hizo sino avivar la cólera del rey y acelerar la muerte de Leoncio antes de lo que tenía pensado.
A la sazón volvieron de la Etolia los embajadores de Rodas y Chío con la noticia de haber alcanzado una tregua por treinta días y quedar dispuestos los etolios para un ajuste. Habían también señalado día fijo para el cual suplicaban al rey se encontrase en Río, asegurándole que los etolios harían cuanto estuviese de su parte por efectuar el convenio. Filipo aceptó la tregua, y escribió a los aliados previniéndoles enviasen a Patras sus diputados para tratar de la paz con los etolios. Él se hizo a la vela de Lequeo, y arribó allá al segundo día. Para entonces recibió unas cartas de la Focida, que Megaleas enviaba a los etolios, en las que les exhortaba a proseguir la guerra con tesón, pues Filipo se hallaba en el último extremo por falta de municiones; y añadía a esto varias acriminaciones y burlas, que manifestaban su rencor contra este príncipe. Leídas estas cartas, el rey conoció que Apeles era el motor de todos estos disturbios, y al punto mandó llevar preso a Corinto con buena escolta a él, a su hijo y a un joven a quien amaba. Destacó después a Alejandro para Tebas, con orden de perseguir en juicio a Megaleas por la fianza ante los magistrados. Alejandro cumplió tan exactamente su comisión, que Megaleas, sin esperar a la decisión, se dio la muerte. Por estos mismos días murió también Apeles, su hijo y el querido joven. Así terminaron estos traidores, fin proporcionado a sus delitos, y principalmente a la insolencia con que habían tratado a Arato.

 

CAPÍTULO VIII
Propósitos de los etolios frustrados.- Prosecución de la guerra.-- Retorno de Filipo y sus tropas a Macedonia.- Situación de Aníbal, Antíoco, Licurgo y los aqueos.

Todos los etolios se hallaban ansiosos que la paz se concertase (219 años antes de Jesucristo) Estaban cansados de una guerra que había desmentido en todo sus esperanzas. Llegaron a presumir que manejarían a Filipo como a un niño sin juicio, debido a su tierna edad y escasa experiencia; pero se hallaron con un hombre cabal, tanto en la empresa como en la ejecución de sus propósitos, y ellos se acreditaron en todas sus acciones públicas y particulares de hombres despreciables y pueriles. Luego que llegó a su noticia el alboroto de los rodeleros y la muerte de Apeles y Leoncio, dilataron y difirieron el día señalado para ir a Río, con la esperanza de que se originaría algún grave y peligroso trastorno en el palacio del rey. Filipo abrazó tanto con mayor gusto este pretexto, cuanto que fiaba del buen éxito de la guerra y había venido con ánimo de dificultar el convenio. Y así, lejos de inducir a la paz a los aliados que habían concurrido, los alentó para la guerra, y vuelto a hacerse a la vela, se dirigió a Corinto. Aquí dio licencia a todos los macedonios para marchar por la Tesalia a invernar a sus casas. Él partió de Cencras, y costeando el Ática, vino por el Euripo a fondear en Demetriades, donde hizo cortar la cabeza en un consejo de macedonios a Ptolomeo, único cómplice que quedaba de la conjuración de Leoncio. Por entonces Aníbal, invadida la Italia, acampaba sobre el Po al frente de las legiones romanas; Antíoco, sojuzgada la mayor parte de la Cæle-Siria, había licenciado para invernar sus tropas; y Licurgo, rey de Lacedemonia, se había refugiado en la Etolia por temor de los eforos, quienes informados falsamente de que quería perturbar el Estado, se habían reunido una noche y asaltado su casa; pero él, presintiendo el golpe, había huido con su familia.
Llegado el invierno, Filipo regresó a Macedonia. Eperato, pretor de los aqueos, era aborrecido de las tropas de la república y menospreciado hasta el máximo de las extranjeras. Nadie obedecía sus órdenes, ni había disposición alguna para la defensa de las fronteras. Pirrias, a quien los etolios habían enviado por pretor de los eleos, advirtió este descuido, y tomando mil cuatrocientos etolios, los extranjeros de los eleos, y hasta mil infantes y doscientos caballos de su república, de suerte que el total ascendía a tres mil hombres, saqueó no sólo el país de los dimeos y fareos, sino también los campos de Patras. Por último, acampado sobre el monte Panachaico, que domina la ciudad de Patras, talaba todo el país que se extiende hasta Río y Egio. Las ciudades aqueas, maltratadas con la guerra y sin poder defenderse, pagaban con dificultad los impuestos. Los soldados, dilatadas y retenidas sus pagas, cumplían del mismo modo con su ministerio. De estos dos atrasos resultaron en cambio dos desórdenes: ir las cosas a peor, y desertarse las tropas extranjeras, efecto todo de la indolencia del jefe. En este estado estaban las cosas de los aqueos, cuando cumplido el año, Eperato dejó la pretura, y Arato el viejo fue puesto en su lugar al inicio de la primavera. Hasta aquí de los negocios de la Europa. Y puesto que la distinción de los tiempos y la conclusión de los asuntos nos ofrecen bella proporción de pasar al Asia a relatar los hechos ocurridos en la misma olimpíada, convirtamos la narración a aquella parte.

 

CAPÍTULO IX
Razones del historiador para no juntar los asuntos de la Grecia con los del Asia.- Conveniencia de sentar un buen principio a una obra.- Presunción de los escritores superficiales refutada.

En primer lugar expondremos, según nuestro primer propósito, la guerra que hubo entre Antíoco y Ptolomeo con motivo de la Cæle- Siria. No ignoramos que esta guerra duraba aún en la misma época en que se hacía la de la Grecia; pero preferimos dar a la ilación de nuestra historia este orden y esta distribución. Porque para librar de error a los lectores en la exactitud del tiempo en que cada cosa había ocurrido, creímos que les dábamos una instrucción suficiente con haberles apuntado en cada año de la dicha olimpíada, y entre las acciones de los griegos, el principio y fin de lo que sucedía en el Asia. Nada me pareció más importante para la inteligencia y claridad de la narración, que el no mezclar en esta olimpíada los hechos de la Grecia con los del Asia, sino separarlos y distinguirlos en lo posible; hasta llegar a las siguientes, en que empezaremos a tratar de cada cosa por años promiscuamente. Efectivamente, como nos hemos propuesto escribir no un hecho particular, sino todos los del universo; y en cuanto a historia, casi estoy por decir, y lo he repetido anteriormente, hemos tomado a cargo la mayor empresa que jamás se ha visto, nos ha parecido conducente poner el mayor esmero en la distribución y economía, para que en el discurso de la obra no se encuentre género de duda, ni en el todo ni en las partes. En este supuesto, recorramos ahora desde un poco más arriba los reinados de Antíoco y Ptolomeo, y procuremos sentar principios incontestables y notorios de lo que se va a decir, circunstancia la más esencial en tales casos.
Los antiguos, cuando dijeron que el principio es la mitad del todo, nos quisieron recomendar el máximo cuidado que se ha de poner en dar a cualquier obra un buen principio. Ellos creyeron haber dicho una exageración, pero en mi concepto aun se quedaron muy cortos. Cualquiera puede asegurar sin rubor que el principio no sólo es la mitad del todo, sino que tiene concernencia con el fin. Y si no, ¿cómo comenzar bien una obra sin haber comprendido antes mentalmente el todo de la empresa, ni haber examinado de dónde la comenzará, hasta dónde la proseguirá, y con qué motivo la dará principio? ¿Cómo recapitular los hechos de un modo conveniente, sin que haya tal analogía entre el fin y el principio, que se sepa de dónde, cómo y por qué grados han llegado las cosas a tal extremo? Convengamos, pues, en que los que escriben o leen una historia universal deben poner su principal estudio en que los principios tengan no sólo conexión con los medios, sino también con los fines. Esto es lo que ahora procuraremos observar.
No ignoro que otros muchos escritores han dicho como yo, que escribían una historia universal y emprendían la mayor obra que hasta entonces se había visto. Pero a excepción de Eforo, el primero y único que se ha puesto a escribir una historia universal, de todos los demás se me dispensará el hablar o mentar sus nombres. Sólo sí diré que algunos historiadores de nuestro tiempo presumen haber hablado de todos los acaecimientos del mundo, con sólo haber referido en tres o cuatro páginas la guerra de los romanos y cartagineses. Pero ¿habrá alguno tan necio que no sepa que al mismo tiempo se realizaron muchas y sobresalientes acciones en España, África, Sicilia e Italia, y que la guerra de Aníbal, la más célebre y larga de todas, a excepción de la de Sicilia, fue de tanta consideración que puso en expectativa a todos, recelándose cada uno del éxito de sus consecuencias? Con todo, se encuentran escritores que, tocando las cosas aun con más superficialidad que la que acostumbran los pintores en ciertas repúblicas cuando simbolizan algún hecho en las paredes, presumen haber comprendido todos los acontecimientos de los griegos y de los bárbaros. La causa de esto es, que de palabra es muy fácil emprender la mayor acción, pero de obra muy difícil llevarla a cabo. Por eso lo primero, como consiste en una medianía, lo consiguen casi todos sólo con intentarlo; pero lo segundo, que raya con la perfección, es muy arduo, y aun apenas se alcanza al cabo de la vida. No he tenido otro fin en decir esto, que la jactancia con que algunos admiran sus propias producciones. Pero ahora volvamos a nuestro propósito.

 

CAPÍTULO X
Comportamiento lamentable de Ptolomeo Filopator, opuesto al de sus antecesores.- Ruego de Cleomenes, rey de Esparta, a Ptolomeo para su regreso a la patria, no concedido.

Apenas murió su padre, Ptolomeo Filopator quitó la vida a su hermano Magas y a sus parciales, y se apoderó del trono de Egipto (220 años antes de J. C.) Creía que su maña y el dicho fratricidio le habían liberado de los recelos domésticos, y que la fortuna le ponía a cubierto de todo insulto exterior, después de haber llevado de esta vida a Antígono y Seleuco, y haber puesto en su lugar a Antíoco y Filipo, jóvenes por cierto y casi niños. Satisfecho de estas esperanzas, pasaba su reinado en continuas diversiones. No se dejaba ver ni tratar de los cortesanos y demás gobernadores de Egipto. Miraba con desprecio y descuido las potencias vecinas: asunto cabalmente sobre que sus predecesores habían velado más que sobre el gobierno interior de su propio reino. Efectivamente, dueños de la Cæle-Siria y de Chipre, tenían en respeto al rey de Siria por mar y tierra; despóticos en las ciudades, puestos y puertos más considerables que hay por toda la costa desde la Panfilia hasta el Helesponto y lugares próximos a Lisimaquia, observaban a los potentados de Asia y aun a las mismas islas; señores de Eno, Maronea y otras ciudades más remotas, estaban a la vista de lo que pasaba en Tracia y Macedonia. Así, extendiendo sus miras a más de lo que daba de sí el Egipto, y poniendo por delante de sus límites una dilatada barrera de estados, no tenían que cuidar de su propio reino. He aquí justamente por qué ponían tanta intensidad en lo que pasaba exteriormente. Pero este rey por el contrario, entregado a indecentes amores y a locas y continuas borracheras, miraba con abandono estos asuntos. ¡Qué mucho se levantasen en breve tiempo contra su vida y corona infinitos enemigos! Efectivamente, el primero de todos fue Cleomenes Espartano.
Éste, mientras vivió Ptolomeo Evergetes con quien tenía contraída alianza, estuvo quieto, persuadido a que siempre lograría de su favor el auxilio competente para recobrar el reino de sus padres. Pero así que pasó de esta vida, y andando el tiempo, vio que los intereses de la Grecia casi le estaban llamando por su nombre; pues Antígono había muerto, los aqueos habían tomado las armas, y los lacedemonios, según su primer propósito y designio, se habían asociado con los etolios contra los aqueos y macedonios; entonces ya se vio forzado a insistir con mayor empeño en salir de Alejandría. Para esto tuvo una conferencia con el rey, a fin de que le enviase con la tropa y municiones correspondientes; pero desatendida su instancia echó mano del ruego, para que al menos le dejase ir solo con su familia, puesto que el tiempo le proporcionaba una ocasión favorable de recobrar el reino paterno. Ptolomeo, a quien los desórdenes le retraían del conocimiento de los asuntos y de extender sus vistas hacia adelante, necio e imprudente, hacía poco caso de la súplica de Cleomenes. Pero Sosibio, en quien residía la suma autoridad de los negocios, reunió un consejo, en el que después de varias contestaciones se decidió que no se dejase salir a Cleomenes con armada ni provisiones. Creían que, muerto Antígono, eran de poca importancia los negocios extranjeros, y por consiguiente sería superfluo un gasto semejante. A más de esto, temían que Cleomenes, no teniendo quien se opusiese a sus ideas después de la muerte de Antígono, sojuzgaría prontamente y sin trabajo la Grecia, y vendría a ser para el Egipto un rival poderoso y formidable, principalmente cuando conocía a fondo el estado de los negocios, estaba lleno de desprecio contra el rey, y veía muchas provincias del reino separadas y a larga distancia que le ofrecerían mil ocasiones de obrar con ventaja. Porque en efecto había en Samos bastantes navíos, y en Efeso buen número de soldados. He aquí por qué desaprobaban el pensamiento de enviar a Cleomenes con el aparato correspondiente. Por otra parte, despachar a un príncipe de su consecuencia sin haberle atendido, era adquirirse un enemigo declarado e irreconciliable, paso que no les podría traer cuenta alguna. No quedaba más arbitrio que detenerle contra su voluntad. Pero este medio fue desechado al instante de todos sin más examen, persuadidos a que no era seguro abrigar en un mismo redil al león y a las ovejas. Sobre todo, quien más temía se tomase este partido era Sosibio, por el motivo que se sigue.

 

CAPÍTULO XI
Razones que tuvo Sosibio, ministro de Ptolomeo, para arrestar a Cleomenes.- Ardid de que se valió para este fin.- Encarcelamiento y muerte de este príncipe.

En el tiempo en que se estaba fraguando la muerte de Magas y Berenice (220 años antes de J. C.), temerosos los autores de este atentado de que la audacia principalmente de esta princesa no malograse sus propósitos, procuraron cohechar a todos los cortesanos con ofertas que les hicieron si salían con la empresa. Entonces Sosibio, advirtiendo que Cleomenes necesitaba del auxilio del rey y que era hombre de prudencia y habilidad para asunto de importancia, lisonjeó sus esperanzas y le reveló el proyecto. Cleomenes, viendo que el principal sobresalto y recelo de Sosibio provenía de los extranjeros y mercenarios, procuró animarle, y le prometió que estas tropas, lejos de dañarle, coadyuvarían su intento. Advirtió que le había sorprendido aún más esta promesa, y le dijo: «¿No ves que entre los extranjeros hay aquí hasta tres mil peloponesiacos y mil cretenses, que a la menor señal mía ejecutarán mis órdenes? ¿Puestos éstos de tu lado, a quién temes? Sin duda a los soldados de Siria y Caria.» Este discurso agradó a Sosibio y le dio redoblado espíritu para lo que maquinaba contra Berenice; pero de allí adelante cada vez que consideraba la indolencia de Ptolomeo se acordaba de esta conversación y se le representaba a lo vivo la audacia de Cleomenes y el afecto que le profesaban los extranjeros. Por eso ahora principalmente incitaba al rey y a sus amigos a que prendiesen y encerrasen su persona. Contribuyó también a la consecución de su proyecto esta casualidad.
Había cierto Nicágoras en Messenia que por su padre tenía derecho de hospitalidad con Arquidamo, rey de Lacedemonia. En los primeros tiempos de su amistad existió poco trato entre los dos; mas cuando Arquidamo tuvo que huir de Esparta por temor de Cleomenes y acogerse a Messenia, Nicágoras no sólo le franqueó con gusto su casa y demás necesario, sino que con el continuo trato vino a haber después entre los dos la unión y amistad más estrecha. De suerte que en la consecuencia, habiendo Cleomenes dado esperanzas a Arquidamo de que volvería y se reconciliaría con él, fue Nicágoras quien compuso estas diferencias y salió por garante de este tratado. Ratificadas sus condiciones, Arquidamo regresó a Esparta bajo la fe del convenio concertado por la mediación de Nicágoras; pero Cleomenes salióle a recibir y le quitó la vida, perdonando a Nicágoras y demás que le acompañaban. Nicágoras aparentó exteriormente que era deudor a Cleomenes de haberle perdonado, mas en su interior sintió en el alma esta perfidia, como que se le podía achacar a él la causa.
Transcurrido poco tiempo este Nicágoras llegó a Alejandría con una conducción de caballos, y al desembarcar encontró a Cleomenes Panteo e Hippitas que se andaban paseando a la orilla del muelle. Lo mismo fue verle Cleomenes que al instante le abrazó, le saludó amistosamente y le preguntó a qué venía. Y respondiendo éste que a traer caballos, «cuánto mejor hubiera sido, le dijo Cleomenes, que en vez de caballos trajeras bellos jóvenes y cantarinas, pues esto es lo que más aprecia el rey de hoy día.» Nicágoras se sonrió sin hablar una palabra. Pocos días después, habiéndosele proporcionado con motivo de los caballos alguna más familiaridad con Sosibio, le contó el cuento que hemos dicho, y advirtiendo que lo escuchaba con gusto, le descubrió todo su antiguo odio contra Cleomenes.
Sosibio, conociendo la enemistad que existía entre los dos, con dádivas que le hizo por el pronto y otras que le ofreció para el futuro, le indujo a que escribiese una carta contra Cleomenes y la dejase cerrada, para que a pocos días después de su mancha se la viniese a traer un criado de parte suya. Efectivamente, Nicágoras cumplió lo prometido; la carta fue entregada por el criado a Sosibio después de su salida, y éste, acompañado del portador, se la presentó al rey sin detenerse. El criado confesó que Nicágoras le había dejado aquella carta con orden de entregarla a Sosibio. Ésta contenía que Cleomenes pensaba conmover el reino si no se le enviaba con el aparato y auxilio correspondiente. De este bello pretexto se sirvió al momento Sosibio para incitar al rey y a los demás amigos a que sin dilación se custodiase y encerrase a Cleomenes. Efectivamente, se puso en ejecución y se le dio una gran casa, donde se hallaba bien custodiado, con la sola diferencia, respecto de otros prisioneros, de que vivía en una cárcel más espaciosa. En vista de esto, Cleomenes, perdida la esperanza de salvarse, decidió arriesgarlo todo, no tanto porque presumiese salir con su intento, pues se veía privado de los medios proporcionados para la empresa, cuanto porque quería morir gloriosamente y no sufrir cosa que desdijese de su valor heredado. En mi concepto, le vino también a la imaginación y le ocurrió aquel sentimiento tan frecuente en las personas magnánimas:

No moriré de manera vil y oscura,
será mi muerte decorosa y noble,
de que siempre hablará la gente futura.

Efectivamente, observó el tiempo en que el rey debía partir para Canobo, y esparció la voz entre los guardias que prontamente el rey le pondría en libertad. Con este motivo dio un convite a sus criados, y distribuyó carnes, coronas y vino entre los que le custodiaban. Éstos comieron y bebieron sin sospechar malicia alguna; y cuando ya estuvieron borrachos, Cleomenes toma a los amigos y familiares que allí tenía y salen todos a la mitad del día con sus puñales en la mano, sin que lo adviertan los guardias. Conforme iban andando encontraron en la plaza a Ptolomeo, gobernador que era entonces de la ciudad, y pasmados los que le acompañaban de tanto arrojo, le sacan a él de su carro, le encierran y exhortan al pueblo a la libertad. Pero viendo que nadie les seguía ni se ponía de su parte por lo arriesgado de la empresa, cambian de intento y se dirigen a la ciudadela. Su ánimo era forzar las puertas y valerse de los prisioneros; pero los oficiales, que habían presentido este lance, fortificaron las puertas, por lo que, malogrado también este propósito, se dieron la muerte a sí mismos con un ánimo varonil y propio de lacedemonios. De este modo acabó Cleomenes, príncipe de un trato insinuante, sagaz para manejar asuntos, y, en una palabra, nacido para mandar y dar leyes.

 

CAPÍTULO XII
Pacto que hizo Teodoto, gobernador por Ptolomeo de la Cæle-Siria para entregarla a Antíoco.- Subida de este príncipe al trono.- Sublevación de Molón.- Modo de ser de Hermias, ministro de Antíoco.- Opinión de Epigenes sobre la sublevación de Molón no aprobada.- Boda de Antíoco.- Primera campaña de Molón.- Descripción de la Media.

Transcurrido poco tiempo después de este acontecimiento, Teodoto, gobernador de la Cæle-Siria, de nación etolio, decidió verse con Antíoco y hacerle entrega de las plazas de su gobierno. Dos motivos le movían a esta traición: el uno el poco aprecio que hacía del rey por su liviandad y vida afeminada; el otro, lo poco satisfecho que se hallaba de la Corte, pues no obstante de que había hecho poco antes importantes servicios a su príncipe, ya en otras materias, ya en la invasión que Antíoco acababa de realizar contra la Cæle-Siria, lejos de remunerarle con alguna gracia, por el contrario se le había llamado a Alejandría y había estado cerca de perder la vida. Efectivamente, Antíoco abrazó con gusto la propuesta, y en pocos días se arregló el convenio. Pero para proceder con la casa real de Antíoco del mismo modo que hemos hecho con la de Ptolomeo, recorreremos los tiempos desde que este príncipe entró a reinar, y proseguiremos sumariamente la narración, hasta el principio de la guerra que vamos a exponer. Antíoco, hijo menor de Seleuco Callinico, después que por muerte de su padre entró a reinar su hermano Seleuco, se retiró desde luego al Asia superior, donde vivió algún tiempo; pero muerto a traición su hermano de parte allá del monte Tauro, a donde había pasado con ejército, según hemos mencionado, volvió a ocupar el trono. Confío a Aqueo el gobierno de esta parte del monte Tauro (222 años antes de J. C.), y encomendó el mando de las provincias superiores del reino a Molón y a Alejandro, su hermano, de suerte que aquél vino a quedar por sátrapa de la Media y éste de la Pérsida. Estos dos hermanos, llenos de desprecio por la poca edad del rey, fiados de que Aqueo entraría en sus miras, y sobre todo temerosos de la crueldad y perfidia de Hermias, que se hallaba entonces a la cabeza de los negocios, emprendieron desmembrar y sustraer de la dominación de Antíoco los gobiernos del Asia superior. Hermias, cario de nación, gobernaba el Estado, por confianza que de él había hecho Seleuco, hermano de Antíoco, cuando se dirigía a la expedición del monte Tauro. Elevado a tan alta dignidad, envidiaba a todos los otros cortesanos que estaban en alguna altura. Cruel por naturaleza, interpretaba como atroces las más leves faltas y las castigaba con rigor. En los falsos crímenes que con facilidad forjaba y achacaba, se mostraba juez inexorable y severo. Pero lo que más deseaba y anhelaba era perder a Epigenes, que había vuelto a traer las tropas alistadas en favor de Seleuco. Conocía que era hombre de decir y hacer y que tenía grande autoridad entre las tropas; por eso, firme en su propósito, andaba acechando siempre cómo aprovecharse de cualquier motivo o pretexto para malquistarle. Oportunamente se reunió un consejo para tratar de la rebelión de Molón, y el rey ordenó que cada uno dijese su sentir sobre los medios que convenía tomar contra los rebeldes. Epigenes, el primero de todos, opinó de este modo: que sin dilación alguna se pusiese pronto remedio en el asunto, para lo cual debía el rey dirigirse allá ante todas cosas y presenciar por sí mismo los momentos de obrar con ventaja. De este modo los rebeldes, o no osarían, a la vista de su rey y de su ejército competente, perturbar el Estado, o dado el caso se atreviesen y persistiesen en su resolución los mismos pueblos los contendrían prontamente y reducirían a la obediencia.
Aun no había concluido de hablar Epigenes, cuando arrebatado de cólera Hermias, dijo: «Mucho tiempo ha que habéis sido oculto enemigo y traidor del reino, pero felizmente os habéis descubierto con el consejo que acabáis de dar, deseando entregar al rey, acompañado de pocos, en manos de los rebeldes.» Hermias, satisfecho por entonces con haber dado un bosquejo de la calumnia, despidió a Epigenes, aparentando que más era esto efecto de una dureza intempestiva que de un odio inveterado. Su voto se redujo a desaprobar la expedición contra Molón, ya que, poco instruido en el arte militar, se temía algún riesgo por este lado; pero insistió en que se tomasen las armas contra Ptolomeo, persuadido a que ésta era una guerra sin peligro, a la vista de la indolencia en que el rey vivía. De este modo, atemorizado el consejo, hizo nombrar a Jenón y a Teodoto Hemiolio, por conductores de la guerra contra Molón, e incitó sin cesar a Antíoco a que debía pensar en el recobro de la Cæle-Siria. De este solo modo creía que el joven rey, rodeado por todas partes de guerras, combates y peligros, y necesitado de sus servicios, no pensaría en castigar sus delitos pasados ni en removerle de la privanza presente. Por último, fingió que le había llegado una carta de Aqueo y la presentó al rey, esta contenía que Ptolomeo instaba a Aqueo a que se apoderase del gobierno, y que él le ayudaría con navíos y dinero para la empresa si tomaba la diadema y aspiraba abiertamente a la soberanía que ya tenía en efecto, pero que, faltándole el título, parecía que rehusaba la corona que la fortuna le presentaba. El rey dio crédito a esta carta, y prontamente se dispuso para la expedición contra la Cæle-Siria.
Durante su estancia en Seleucia, cerca de Zeugma, llegó de Capadocia contigua al Euxino el almirante Diognetes, conduciendo a Laodice, hija del rey Mitrídates, doncella que venía destinada para mujer de Antíoco. Mitrídates blasonaba descender de uno de los siete persas que mataron al mago, y de haber conservado la dominación que desde el principio sus ascendientes habían recibido de Darío junto al Ponto Euxino. Antíoco salió a recibir la princesa con un lucido acompañamiento, y celebró sin dilación sus bodas con la magnificencia y aparato propio de un rey. Finalizados que fueron estos festejos, fue a Antioquía, dio a reconocer por reina a Laodice, y después sólo pensó en disponerse para la guerra.
Durante este tiempo, Molón había ya atraído a su devoción todos los pueblos de su gobierno, parte con las esperanzas que les había dado de un rico botín, parte con el terror en que había puesto a los próceres fingiéndoles cartas llenas de amenazas de parte del rey. Había también hecho entrar en sus miras a Alejandro, su hermano, y estaba asegurado de parte de los sátrapas vecinos, cuya amistad había ganado a fuerza de presentes. Con estas precauciones salió a campaña con un poderoso ejército contra los generales del rey. Jenón y Teodoto temieron su venida, y se retiraron a las ciudades. Con esto Molón, a más de que ya era antes formidable por la extensión de su gobierno, dueño ahora del país de los apoloniatas, tenía todo género de víveres en abundancia. Efectivamente, todas las crías de caballos del rey se hallan en la Media. Es infinito el número de granos y ganados que allí se encuentra. Cuanto a la fortaleza y extensión del país, toda ponderación es poca. Porque la Media está situada en el corazón del Asia, pero considerada en particular, excede a todas las otras partes en extensión y altura de montañas de que está rodeada. Señorea las naciones más fuertes y populosas. Por el lado de Oriente tiene por aledaños las llanuras de un desierto que existe entre la Pérsida y la Parrasia, domina y manda a lo que llaman las Puertas Caspias, y confina con los montes Tapiros, próximos al mar de Hircania. La parte que mira a Mediodía, toca con la Mesopotamia y los Apoloniatas, parte límites con la Pérsida, y está defendida por el monte Zagro, cuya elevación es de cien estadios. Este monte contiene en sí muchas y diversas concavidades, formadas en parte por cavernas, y en parte por valles que habitan los cosseos, corbrenas, carchos, y otras muchísimas naciones bárbaras, recomendables para el servicio de la guerra. Por la parte de Occidente linda con los Atropatios, pueblos poco alejados de los que confinan con el Ponto Euxino. Finalmente, al Septentrión la rodean los elimeos, ariaraces, caddusios y matianos, y predomina la parte del Ponto que toca con la laguna Meotis. De Oriente a Poniente la cruzan varios montes, entre los cuales yacen campos cubiertos de ciudades y aldeas.

 

CAPÍTULO XIII
Adelantamientos de la sublevación de Molón.- Nombramiento de Jenetes por generalísimo de las tropas.- Cruce del Tigris y exigua ventaja que logra este general.- Derrota total que sufre más tarde por Molón, y conquistas de este rebelde.

Una vez dueño Molón de este país tan acomodado para establecer su trono (222 años antes de J. C.), a más de que ya antes era formidable por la magnitud de su gobierno, ahora con la cesión que acababan de hacerle los generales del rey de todo el país abierto, y el ánimo que habían cobrado sus tropas con el buen éxito de los primeros ensayos, había esparcido el terror por todas partes y todos los pueblos del Asia desconfiaban poder hacerle resistencia. Su primer propósito fue pasar el Tigris y poner sitio a Seleucia; mas estorbado el paso del río por Zeuxis, que había quitado todos los barcos, tuvo que retirarse al campo que llaman de Ctesifón, donde acumuló víveres para pasar el invierno. Así que el rey supo los progresos de Molón y la retirada de sus generales, hizo ánimo a desistir de la guerra contra Ptolomeo, y volver sus armas contra este rebelde, por no dejar pasar la ocasión. Pero Hermias, tenaz en su primer propósito, envió por generalísimo de las tropas contra Molón a Jenetes Aqueo. «Basta, decía, que los generales hagan la guerra contra los rebeldes; pero contra los reyes es preciso que el mismo rey presencie las deliberaciones y los combates, como que en ellos va el sumo imperio.» Como gobernaba al joven rey a su arbitrio, continuó adelante, reunió las tropas en Apamea, desde donde levantó el campo, y se dirigió a Laodicea. De aquí el rey partió con todo el ejército, y cruzando el desierto penetró en un valle llamado Marsia, que situado entre los pies del Líbano y el Antilíbano, viene a quedar reducido a un desfiladero por estos montes. En lo más estrecho de este paso se hallan unos pantanos y lagunas, donde se cogen cañas odoríferas.
Este desfiladero está dominado por ambos lados de dos castillos, el uno llamado Brochos, y el otro Gerra, que no dejan más que un estrecho camino. El rey, tras de muchos días de marcha por este valle, y haber reducido a la obediencia las ciudades vecinas, llegó a Gerra, donde hallando que Teodoto el Etolio tenía tomados con anticipación los dichos castillos, había fortificado el estrecho de la laguna con fosos y trincheras, y guarnecido con piquetes los sitios ventajosos; al principio pensó atacarle, pero como la fortaleza del lugar y la entereza en que estaba aún Teodoto le ocasionaban a él más daño que el que hacía, tuvo que desistir de su empeño. Y así, en medio del grande embarazo en que se hallaba, lo mismo fue recibir la noticia de que Jenetes había sido completamente derrotado y Molón había sometido todos los gobiernos del Asia superior, al instante dejó esta empresa, y marchó al socorro de sus propios estados. Jenetes, que como hemos dicho anteriormente había sido enviado por generalísimo de las tropas, apenas se vio con mayor poder que el que esperaba, empezó a tratar con desprecio a los amigos y a proceder temerario con los enemigos. Mudó, sin embargo, el campo a Seleucia, y habiendo llamado a Diógenes y a Pitiades, el uno gobernador de la Susiana, y el otro del mar Rojo, sacó sus tropas a campaña; y atrincherado con el Tigris, se apostó al frente del enemigo. Supo por muchos desertores que pasaban a nado desde el campo de Molón al suyo, que si cruzaba el río, todo el ejército de Molón se pondría de su parte, porque las tropas aborrecían a éste y amaban entrañablemente a Antíoco. Alentado con estas esperanzas, pensó pasar el río, simulando querer tenderle un puente por cierto sitio que formaba una especie de isla; pero como no disponía nada de lo necesario para este efecto, Molón cuidaba poco del propósito que fingía. Después puso gran empeño en reunir y aparejar barcos, entresacó de todo el ejército la gente más esforzada de infantería y caballería, y dejando a Zeuxis y a Pitiades para defensa del real, marchó de noche como ochenta estadios por bajo del campamento de Molón, pasó sus tropas sin obstáculo en los bateles, y se apostó antes del día en un lugar ventajoso, bañado por todas partes del río, a excepción de una que estaba defendida por lagunas y pantanos.
Molón, que advirtió lo que pasaba, destacó su caballería para impedir a los que pasaban y acabar con los que ya habían pasado. Mas el poco conocimiento del terreno la hizo aproximar tanto a Jenetes, que no precisó de enemigos para su ruina. Ella misma se sumergió y precipitó en los pantanos, con lo que, imposibilitada de obrar, pereció en gran parte. Jenetes, persuadido a que con sólo acercarse se pondrían de su parle las tropas de Molón, echó a andar lo largo del río, y acampó contiguo al enemigo. Entonces Molón, bien fuese por estratagema, bien por sospecha de que no sucediese en efecto lo que Jenetes se prometía, deja en el real todo el bagaje, levanta el campo durante la noche, y hace una marcha forzada hacia la Media. Jenetes, que creyó que Molón huía temeroso de su llegada, y poco satisfecho de la fe de sus soldados, se apodera con prontitud del campamento de los contrarios, y hace pasar a él su caballería y bagajes desde el otro campo que cuidaba Zeuxis. Reúne después el ejército; le exhorta a que confíe y conciba buenas esperanzas de la empresa, pues Molón había vuelto la espalda. Finalmente, les ordena que se cuiden y prevengan, porque al amanecer ha de seguir el alcance del enemigo.
La tropa, llena de confianza y abundante en todo género de provisiones, se entrega a la glotonería y borrachera, y, por consiguiente, al abandono que traen consigo estos excesos. Pero Molón, tras de haber andado un largo espacio, hace que tomen un bocado las tropas, vuelve sobre sus pasos, halla los enemigos desmandados y borrachos y ataca al amanecer su campamento. Jenetes, aunque le sobrecogió lo inopinado del caso y le fue imposible despertar a sus soldados aletargados con el vino, él, sin embargo, salió al enemigo con imprudencia y perdió la vida. A la mayoría de los que dormían sirvió de sepulcro su propia cama, el resto se arrojó al río e intentó pasar al campamento que estaba a la margen opuesta, pero los más fueron despojo de las aguas. En una palabra, todo era confusión, todo tumulto en los dos campos. Los soldados se hallaban aterrados y muertos de miedo, y como el campamento de la margen opuesta estaba a la vista y no había más distancia entre uno y otro que lo ancho del río, el amor a la vida hacía olvidar el ímpetu y peligro de la corriente. Era tal la enajenación y el deseo de salvarse, que todos se arrojaban al agua y echaban allá las bestias con sus equipajes, como si el río, por una cierta providencia, hubiese de coadyuvar sus intentos y pasarlos sin peligro al otro lado. De esto provenía que el río representaba el espectáculo más trágico y extraño, pues entre los nadadores fluctuaban los caballos, las bestias, las armas, los cadáveres y todo género de equipajes.
Dueño Molón del campo de Jenetes, cruzó después el río sin riesgo ni impedimento por haber huido Zeuxis, y se apoderó asimismo del campamento de éste. Realizado esto, marchó con el ejército para Seleucia, y tomándola por asalto por haberla abandonado Zeuxis y Diomedón, su gobernador, pasó adelante y sojuzgó las provincias del Asia superior sin hallar resistencia. Señor de Babilonia y del gobierno del mar Rojo, fue a Susa, de la que se apoderó también por asalto, pero fueron inútiles sus esfuerzos contra la ciudadela. Diógenes se había adelantado y metido en ella, por lo cual tuvo que desistir del empeño. Sin embargo, dejó gentes que la sitiasen, y él con el ejército volvió a tomar el camino de Seleucia sobre el Tigris. Aquí, después de haber refrescado sus tropas con grande esmero y haberlas animado para las expediciones ulteriores, sojuzgó toda la ribera del río hasta Europo y toda la Mesopotamia hasta Duras.

 

CAPÍTULO XIV
Determina Antíoco marchar contra Molón por consejo de Epigenes.- Asesinato de éste por Hermias.- Opinión de Zeuxis por la cual se decide el rey a cruzar el Tigris.- Propósito de Molón de sorprender de noche el ejército del rey, pero sin resultado.

El conocimiento de esta derrota (221 años antes de J. C.), hizo renunciar a Antíoco las esperanzas que tenía sobre la Cæle-Siria y convertir sus miras contra este rebelde. En esta situación volvió a reunir el consejo y ordenó que cada uno dijese su parecer sobre el moco de disponer la guerra contra Molón. Epigenes tomó también el primero la palabra, y dijo que ya hacía tiempo que, según su sentir, se había de haber marchado contra el enemigo antes que hubiese hecho tales progresos; pero, esto no obstante, aun ahora insistía en lo mismo. Hermias, arrebatado como antes de una cólera inconsiderada y audaz, le llenó de oprobios, sin olvidarse al paso de hacer vanamente el elogio de sí mismo. Formuló mil cargos improbables y falsos a Epigenes, y suplicó al rey no hiciese caso de un consejo tan imprudente, ni desistiese del proyecto que había formado contra la Cæle-Siria. Esto chocó a todos y enfadó a Antíoco, quien, aun después de muchas instancias para conciliarlos, apenas pudo sosegar la contienda. Aprobado por todos el parecer de Epigenes, como más urgente y ventajoso, se decidió llevar las armas contra Molón y preferir este partido. No bien fue tomada la decisión, cuando de repente condescendió Hermias, y como si fuera diverso hombre dijo que, pues estaba decidido era indispensable ejecutarlo todo sin excusa, y dedicó todos sus cuidados a las prevenciones de la guerra.
Así que se congregaron las tropas en Apamea, se originó un levantamiento por ciertas pagas que se les estaban debiendo. Hermias, observando cuán consternado y temeroso se hallaba el rey con una conmoción en tan críticas circunstancias, se ofreció a satisfacer las raciones al ejército con sola la gracia de que no fuese a la expedición Epigenes, pues no era dable obrar de concierto en esta campaña habiendo precedido tal enemistad y discordia entro los dos, El rey escuchó la propuesta con indignación, como que apreciaba infinito el que le acompañase Epigenes, a causa de su pericia en el arte militar; pero rodeado y prevenido de los tesoreros de ejército, de las guardias y demás sirvientes que la malicia de Hermias había ganado, no fue dueño de sí mismo, cedió a las circunstancias y concedió lo que le pedía.
Retirado Epigenes según la orden de Apamea, los que componían el consejo se consternaron con este golpe; pero las tropas, por el contrario, lograda su pretensión, cambiaron de ánimo e inclinaron su afecto al autor de la satisfacción de sus sueldos. Solos los cirrestas, en número de seis mil, se amotinaron, se separaron del ejército y dieron bien que hacer a Antíoco durante mucho tiempo; pero finalmente, vencidos en batalla por uno de los generales del rey, perecieron los más, y los que sobrevivieron se rindieron a discreción. Hermias, después de haber intimidado los confidentes del rey y haberse granjeado el afecto de las tropas, levantó el campo y marchó con Antíoco. No satisfecho con esto, fraguó después otra traición contra Epigenes, valiéndose de Alexis, a cuyo cargo se hallaba la ciudadela de Apamea. Fingió una carta como enviada por Molón a Epigenes, y habiendo cohechado a uno de los criados de éste con grandes promesas, le persuadió la llevase a su amo y se la mezclase entre otros papeles. Realizado esto, fue allá al instante Alexis y le preguntó si había recibido alguna carta de Molón. Epigenes negó el hecho con indignación. Entonces Alexis, sin más ni más, entra a registrar la casa, encuentra la carta, y bajo este pretexto mata al punto a Epigenes. Esta muerte se la describió al rey como justa; pero a los cortesanos, aunque les contenía el miedo, les pareció sospechosa.
Luego que llegó Antíoco al Éufrates y se incorporó con las tropas, volvió a proseguir su marcha y llegó a Antioquía, en la Migdonia, a la entrada del invierno, donde permaneció hasta pasar la fuerza y rigor de la estación. Después de cuarenta días de estancia, pasó a Liba, donde tuvo un consejo para saber por qué camino se había de ir contra Molón, que se hallaba entonces acampado en los alrededores de Babilonia, y cómo y de dónde se habían de acarrear víveres para el viaje. Hermias fue de parecer que se marchase a lo largo del Tigris, a fin de llevar el ejército apoyado por un lado de este río, y por el otro del Licos y el Capros. Zeuxis, aunque le aterraba la viva imagen de la muerte de Epigenes para dar libremente su voto, sin embargo, a la vista de ser tan clásico el error de Hermias, se aventuró, aunque con repugnancia, a aconsejar que se debía pasar el Tigris. Para esto alegaba que, de hacerse la marcha por la orilla del río, a más de otras dificultades, había la de que, tras de haber anclado un largo camino y haber cruzado un desierto durante seis días, por precisión se había de venir a parar al foso real, al cual, una vez tomado con anticipación por los enemigos, el pasar adelante sería imposible y el volver atrás por el desierto infaliblemente ruinoso, por la escasez de víveres que sufría el ejército. Pero por el contrario, de pasar del otro lado del Tigris, era indudable que los moradores del país apoloniático, arrepentidos, llamarían a su rey, pues la obediencia que ahora prestaban a Molón no era efecto de la voluntad, sino de la necesidad y temor: que la fertilidad del país proveería al ejército abundantemente de lo necesario; y lo principal que, cortada a Molón la retirada para la Media, y privado de víveres, se le forzaría a venir a un riesgo, y cuando no quisiese abrazar este medio, las tropas se pasarían al momento al partido de su rey.
Aprobado el parecer de Zeuxis, al punto se dividió el ejército en tres trozos, y por otras tantas partes del río pasó la gente y el bagaje. Después se tomó el camino de Duras, que a la sazón se hallaba sitiada por uno de los generales de Molón, y al instante se la liberó del cerco. Se levantó el campo sin dilación de esta plaza, y superado el Orico al octavo día, se llegó a Apolonia. Molón, advertido de la llegada del rey, poco satisfecho por una parte de la fe de los pueblos de Susiana y Babilonia, que acababa de someter recientemente y de un modo extraordinario; por otra, receloso de que no le cortasen la retirada a la Media, decidió tender un puente al Tigris y pasar del otro lado sus tropas, a fin, si podía, de prevenir a Antíoco en las montañas de la Apoloniátida, por la mucha confianza que tenía en los honderos llamados cirtios. Efectivamente, puso en ejecución lo decidido, y marchó allá con diligencia y sin detenerse. Pero al tiempo mismo que él se iba aproximando a aquellos lugares, venía también marchando el rey desde Apolonia con todo el ejército, de que provino que los armados a la ligera, que uno y otro habían destacado por delante, se encontrasen a un tiempo sobre aquellas eminencias. Al principio vinieron a las manos y probaron mutuamente sus fuerzas, pero al avistarse las dos armadas desistieron, y retirados a sus respectivos campamentos hicieron alto a cuarenta estadios los unos de los otros. Llegada la noche, Molón, considerando cuán aventurado y repugnante era a unos rebeldes pelear cara a cara y a la luz del día contra su rey, pensó atacar a Antíoco por la noche. Para ello entresacó los más aptos y esforzados de todo el ejército, y reconoció varios puestos, con el fin de caer sobre el enemigo desde parte superior; pero sabiendo en el camino que diez jóvenes se habían pasado al cuartel de Antíoco, desistió del intento. Volvió prontamente sobre sus pasos, y con su llegada al amanecer al campo, todo el ejército se llenó de confusión y alboroto. Poco faltó para que los que habían quedado en el real, asombrados entre sueños con la vuelta de sus compañeros, no abandonasen el campamento. Molón hizo cuanto pudo para sosegar este sobresalto.

 

CAPÍTULO XV
Disposición de los dos ejércitos para la batalla.- Victoria lograda por el rey, y castigo de los rebeldes. Incursión de Antíoco contra Artabazanes y sumisión de éste.- Castigo de los crímenes de Hermias.

Hallándose ya el rey resuelto a pelear, lo mismo fue rayar el día (221 años antes de J. C.), que sacar sus tropas de los reales. Situó sobre el ala derecha, primero la caballería de lanza al mando de Ardis, personaje de acreditado valor en las funciones militares; contiguo a ésta puso los aliados de Creta, después los tectosages gálatas, sucesivamente los extranjeros y mercenarios griegos, y finalmente la falange. Sobre el ala izquierda colocó la caballería llamada los compañeros del rey. Los elefantes, en número de diez, fueron dispuestos al frente del ejército a cierta distancia. La tropa subsidiaria de infantería y caballería fue distribuida sobre ambas alas, con orden de cercar al enemigo, después de empeñada la acción. Recorrió después las líneas, animándolas brevemente a cumplir con su obligación, dio el mando del ala izquierda a Hermias y Zeuxis, y se encargó él de la derecha.
Molón, a pesar de que sacó sus tropas con disgusto y las formó tumultuariamente, a causa del desorden de la noche precedente; no obstante dividió su caballería sobre las dos alas, adaptándose a la formación del enemigo; situó en el centro los rodeleros, los gálatas, y, en una palabra, toda la infantería pesadamente armada: colocó sobre una y otra ala a los lados de la caballería los flecheros, honderos y todo género de infantería ligera; y puso al frente del ejército los carros armados de hoces a cierta distancia. Encargó el mando de la izquierda a su hermano Neolao, y él se tomó el de la derecha.
Después de esto se empezó la acción. El ala derecha de Molón conservó la fidelidad, e hizo una defensa vigorosa contra Zeuxis; pero la izquierda, lo mismo fue verse a presencia de su rey que pasarse a su partido: acción que, al paso que abatió al ejército de Molón, infundió nuevo espíritu al del rey. Molón, considerando que los suyos le habían abandonado, y que ya se veía atacado por todos lados, se le representaron los castigos que le esperaban si era hecho prisionero y vivo, y se dio la muerte a sí mismo. Igualmente todos los que habían tenido parte en la rebelión se retiraron a sus casas, y tuvieron el mismo fin. Neolao, así que escapó del combate, se fue a la Pérsida a casa de Alejandro, hermano de Molón, degolló a la madre e hijos de éste, hizo consigo lo mismo y persuadió igual acción a Alejandro. El rey, saqueado el campo del enemigo, ordenó poner sobre una picota el cadáver de Molón en el lugar más manifiesto de la Media. Los comisionados ejecutaron al punto la orden, lo llevaron a la Calonítida, y lo clavaron a una cruz en la subida del monte Zagro. Antíoco, después de hecha una severa reprensión a las tropas, las dio su mano en señal de perdón, y las señaló gentes que las condujesen a la Media y tranquilizasen el país. Él, mientras, bajó a Seleucia, y sosegó los gobiernos del contorno, usando con todos de suavidad y prudencia. Por lo que hace a Hermias, siempre cruel según su costumbre, acumuló varios delitos a los de Seleucia, multó la ciudad en mil talentos, desterró a los magistrados llamados Diganes, mutiló, mató, atormentó y perdió a muchos de sus moradores. El rey en parte aprobó, aunque con repugnancia, lo dispuesto por Hermias; en parte tomó por su cuenta los negocios, con lo que sosegó la ciudad, y con la multa de solos ciento cincuenta talentos que les impuso en castigo de su yerro, restableció la tranquilidad. Arreglados estos asuntos, dejó a Diógenes por gobernador de la Media, y a Apolodoro de la Susiana. Tuchón, primer secretario y comandante de ejército, fue enviado a las inmediaciones del mar Rojo. Así calmó la rebelión de Molón, y se aquietaron las alteraciones que de ella se siguieron en el Asia superior. Soberbio Antíoco con tan feliz suceso, y deseoso de amedrentar y aterrar los príncipes bárbaros confinantes con sus dominios, para que en la consecuencia no tuviesen atrevimiento de tomar las armas ni auxiliar a sus rebeldes, decidió salir a campaña contra ellos. Su primer propósito fue contra Artabazanes, que parecía el más poderoso y sagaz, y dominaba a los atropatios y otras naciones próximas. Hermias, aunque recelaba de la expedición contra estos pueblos del Asia superior, por el peligro que podría resultar, y deseaba con ansia convertir las armas contra Ptolomeo según su primer propósito; sin embargo, al punto que supo que al rey había nacido un hijo, consintió en la expedición, presumiéndose que podría muy bien ocurrirle alguna fatalidad en esta guerra contra los bárbaros, o que se le podrían presentar ocasiones de quitarle la vida. Se hallaba persuadido a que, quitando de en medio a Antíoco, sería tutor de su hijo, y dueño absoluto del gobierno. Decidida la expedición, se pasó el monte agro, y se invadió el país de Artabazanes. Esta región toca con la Media, y sólo hay de por medio unas montañas. Domina al Ponto por aquel lado por donde desemboca el río Fasis. Confina con el mar de Hircania. Sus naturales son robustos, y sobre todo los caballos. Abunda en todo género de aparatos para una guerra. Este reino se había conservado desde los persas, porque no se había hecho caso de él en tiempo de Alejandro. Artabazanes, que a la sazón era muy viejo, temió la llegada del rey, cedió al tiempo, y concertó un tratado con las condiciones que quiso Antíoco.
Firmada esta paz, Apolofanes, médico a quien el rey tenía en gran estima, viendo que ya no se podía sufrir la soberbia y poder de Hermias, llegó a temer por la vida del rey, y mucho más a recelar la suya propia. Por eso, cuando halló ocasión de sacar la conversación al rey, le exhortó a que no se descuidase a que viviese con temor de la audacia de Hermias, y a que no difiriese tanto el remedio que acaso le sobreviniese igual fatalidad que a su hermano. Le aseguró que el peligro se hallaba lejos, que debía atender y acudir con prontitud a su salud y a la de sus amigos. Antíoco confesó que aborrecía y temía a Hermias, y dio gracias al médico porque, solícito de su salud, se había atrevido a hablarle sobre el asunto. Apolofanes cobró nuevo aliento al ver que no había desagradado al rey la noticia, antes bien era conforme a sus ideas. Y así, no bien le rogó Antíoco que contribuyese no sólo con las palabras, sino con las obras a la conservación de su salud y la de sus amigos, cuando le halló pronto para todo. Después de conferenciado el asunto, Fse pretextó que el rey padecía vahídos de cabeza, para separar de su lado por unos días las guardias y demás gentes que solían servirle. De este modo hubo proporción para que entrasen a visitarle aquellos amigos con quienes se quería comunicar privadamente el negocio. Ya que hubo la gente conveniente para jugar el lance (bien que todos se ofrecían con gusto por el odio que tenían a Hermias), se pasó a la ejecución. Para ello mandaron los médicos que saliese el rey a paseo al amanecer para tomar el fresco. Hermias y todos los confidentes que tenían noticia de la conjuración vinieron a la hora señalada; pero los demás vinieron tarde, por ser tan irregular la salida del rey respecto de lo que acostumbraba. Efectivamente, sacaron a Hermias del campamento, y cuando estuvieron en un sitio desamparado, el rey se separó un poco del camino, como para hacer una diligencia, y le dieron de puñaladas. Así acabó la vida Hermias, castigo que aún no igualaba a sus excesos. Libre Antíoco de tanto sobresalto y embarazo, tomó la ruta para la corte. En todos los pueblos por donde pasaba no se oía sino elogios de sus acciones y empresas, pero sobre todo de haberse deshecho de Hermias. Al mismo tiempo, en Apamea las mujeres quitaron la vida a su esposa, y los muchachos a sus hijos.

 

CAPÍTULO XVI
Sublevación de Aqueo contra Antíoco y sus primeras conquistas.- Consejo de guerra sobre la incursión contra Ptolomeo.- Voto de Apolofanes sobre que se debía en primer lugar tomar a Seleucia.- Ubicación y escalada de esta ciudad.

De regreso en la corte Antíoco (220 años antes de J. C.), y puestas sus tropas en cuarteles de invierno, despachó una embajada a Aqueo para reprenderlo y afearle, en primer lugar la osadía de haber ceñido la diadema y haberse proclamado rey, y en segundo para advertirle que estaba enterado de la alianza que tenía con Ptolomeo, y de otros muchos excesos a que le ha-bía conducido su injusticia. Efectivamente, Aqueo se había llegado a persuadir que en la expedición contra Artabazanes podría muy bien ocurrir a Antíoco alguna fatalidad, o caso que no le ocurriese, se prometía, por la gran distancia que mediaba, invadir con anticipación la Siria, y con la ayuda de los cirrestas que habían abandonado el partido del rey, apoderarse rápidamente del reino. Con este propósito había salido de Lidia al frente de su ejército, llegó hasta Laodicea en Frigia, se ciñó la corona, tuvo la osadía de proclamarse rey y escribir como tal a las ciudades, estimulándole a esto principalmente un desterrado llamado Siniris. Iba continuando sin interrupción su camino, y ya se hallaba cerca de Licaonia, cuando se amotinaron las tropas, disgustadas de que se las llevase contra su rey natural. Aqueo, que advirtió la mudanza de espíritus en sus soldados, desistió de la idea proyectada; y para persuadirles que jamás había sido su ánimo invadirla Siria, torció el camino y taló la Pisidia, donde hecho un rico botín, con que ganó el afecto y confianza de su ejército, regresó a la corte.
Antíoco, bien instruido de todos estos excesos, despachaba continuos pliegos para Aqueo, llenos de amenazas, como hemos apuntado; pero le llevaban toda la atención las prevenciones de la guerra contra Ptolomeo. Con este fin, llegada la primavera, reunió sus tropas en Apamea, y consultó con sus amigos sobre él cómo se había de atacar la Cæle-Siria. Después de haberse disertado largamente sobre este particular, sobre la naturaleza de los lugares, sobre los preparativos y lo mucho que podría contribuir para esto una armada, Apolofanes, de quien anteriormente hicimos mención, natural de Seleucia, refutó todos los votos precedentes. Dijo que era una necedad anhelar tanto por la conquista de la Cæle-Siria, y entretanto mirar con indiferencia que Ptolomeo poseyese a Seleucia, silla y domicilio, digámoslo así, de los dioses Penates del imperio; que prescindiendo de la ignominia que causaba al reino verla guarnecida por los reyes de Egipto, podía acarrear grandes y conocidas proporciones para el buen éxito de los negocios; que mientras estuviese en poder de los contrarios sería un obstáculo invencible a todos los propósitos, pues a cualquier parte que el rey pensase llevar sus armas, no menos debería providenciar y cuidar de poner en buen estado las plazas de su reino, por el daño que le podía provenir de esta ciudad, que de hacer preparativos contra los enemigos. Pero una vez tomada Seleucia, su bella situación era tal, que no sólo serviría de defensa al reino, sino que contribuiría muchísimo al logro de cualquier otro designio o proyecto por mar o tierra. Aprobado unánimemente el parecer de Apolofanes, se decidió tomar ante todo a Seleucia, plaza que hasta entonces había tenido guarnición egipcia, desde que Ptolomeo Evergetes, irritado contra Seleuco por la muerte de Berenice, había marchado contra la Siria y se había apoderado de ella.
Tomada esta decisión, Antíoco ordenó al almirante Diognetes que marchase con una escuadra a Seleucia; él, mientras, partió de Apamea con el ejército y acampó junto al circo, a cinco estadios de distancia de la ciudad. Despachó también a Teodoto el Hemiolio con las fuerzas correspondientes a la Cæle-Siria, para que si, apoderase de los desfiladeros y estuviese a la mira de sus intereses. La situación de Seleucia y naturaleza de sus alrededores es como se sigue. Yace esta ciudad sobre el mar, entre la Cicilia y la Fenicia. Tiene contiguo a ella un monte muy elevado, llamado Corifeo. En la falda occidental de esta montaña vienen a estrellarse las olas del mar, que separan a Chipre de la Fenicia; y la oriental domina el país de Antioquía y Seleucia. La ciudad está mirando hacia la parte meridional, separada de la montaña por un barranco profundo e impenetrable. Uno de sus lados toca con el mar, y por casi todas las demás partes está rodeada y ceñida de precipicios y peñascos escarpados. Por la parte que la baña el mar se encuentra una llanura, donde está la plaza del comercio y el arrabal bien guarnecido de murallas. El restante espacio de la ciudad se halla igualmente defendido de costosos muros, y por dentro adornado de magníficos templos y edificios. Por el lado del mar sólo tiene una entrada a manera de escalera, hecha a mano y cortada con frecuentes y continuas gradas y escalones. A poca distancia de la ciudad desagua el Orontes, río que tomando su origen en las inmediaciones del Líbano y Antilíbano, transcurre por el llano de Amica, viene a Antioquía por donde cruza, y recogiendo en sus aguas todas las inmundicias de esta ciudad, desemboca por último en el antes mencionado mar no lejos de Seleucia.
El primer paso de Antíoco fue enviar emisarios, que ofreciesen dinero y magníficas esperanzas a los principales, si de buenas a primeras le entregaban a Seleucia. Fueron inútiles sus persuasiones para con los magistrados principales, pero corrompió algunos de los subalternos, bajo cuya confianza dispuso su armada, como que iba a atacar la ciudad por el lado del mar con la escuadra, y por el lado de tierra con las tropas del campo. Dividió su ejército en tres trozos, y después de haberlos animado como lo pedía la ocasión, y haber publicado grandes premios y coronas, tanto a los simples soldados, como a los oficiales que se señalasen, encargó a Zeuxis y a las tropas de su mando la puerta que conduce a Antioquía, apostó a Hermógenes junto al templo de Cástor y Pólux, y comisionó el ataque del puerto y del arrabal a Ardis y Diognetes, a causa de haberse convenido entre Antíoco y los de dentro que, una vez ganado por fuerza el arrabal, ellos le entregarían después la ciudad. Dada la señal, se avanzó por todas partes con vigor y esfuerzo; pero el ataque más vivo fue el de Ardis y Diognetes, porque por las demás partes no se podía llegar a la escalada, si no se iba gateando y peleando al mismo tiempo; al revés de lo que pasaba por el lado del puerto y del arrabal, que se podía llevar, fijar y arrimar sin riesgo las escalas. Y así atacado con vigor el puerto por la escuadra, y escalado el arrabal por Ardis, al punto se rindió éste a la vista de la imposibilidad que había de ser socorrido por los de la ciudad, a quienes amenazaba por todas partes el mismo riesgo. Tomado el arrabal, sin dilación los magistrados inferiores que Antíoco había sobornado, acudieron a Leoncio, en quien residía la suprema autoridad, para que enviase a tratar de paces con el rey antes que fuese tomada la ciudad por asalto. Leoncio, ignorante del soborno de sus subalternos, y asombrado de ver su consternación, envió diputados para que tratasen con el rey sobre la seguridad de todos los que se hallaban dentro de la plaza. El rey aprobó la condición, y prometió no hacer daño a las personas libres, en número de seis mil. Tomada después la ciudad, no sólo perdonó a los libres, sino que restituyó a su patria los desterrados y los restableció en el goce de su gobierno y haciendas; mas puso una buena guarnición en el puerto y en la ciudadela.

 

CAPÍTULO XVII
Conquistas de Antíoco en la Cæle-Siria.- Medio que emplean los ministros de Ptolomeo para contener los adelantamientos de Antíoco.- Número de tropas que éstos reclutan.

Todavía no había concluido de solucionar el rey estas cosas (219 años antes de J. C.), cuando llegó un correo de Teodoto, que le llamaba con instancias para entregarle la Cæle-Siria. Este aviso dejó perplejo y dudoso al rey sobre el partido que había de tomar y uso que había de hacer de la noticia. Ya hemos dicho que Teodoto, de nación etolio, a pesar de haber hecho señalados servicios al rey Ptolomeo, lejos de haber merecido alguna recompensa, había estado cerca de perder la vida; y que cuando Antíoco se dirigía a la expedición contra Molón, este Teodoto, no esperando ya cosa buena de parte de su rey, y con desconfianzas de parte de los cortesanos, después de haberse apoderado por sí de Ptolemaida y haber matado a Tiro por medio de Panetolo, había llamado a Antíoco con grandes instancias. Bajo este supuesto, Antíoco desistió de los propósitos que tenía contra Aqueo, y dejando todo otro pensamiento, levantó el campo y echó a andar con el ejército por el mismo camino que anteriormente. Cruzó el valle de Marsias, y sentó su campo en los desfiladeros próximos a Gerra, junto al lago que está de por medio. Aquí, con la noticia que tuvo que Nicolao, comandante de las tropas de Ptolomeo, iba marchando a Ptolemaida a sitiar a Teodoto, dejó la infantería pesadamente armada, con orden a sus jefes de que pusiesen sitio a Brocos, castillo situado entre el lago y el camino; y él, seguido de los armados a la ligera, marchó a Ptolemaida a liberarla del asedio. Nicolao, que ya se hallaba informado anteriormente de la llegada del rey, se retiró del cerco, y destacó a Lagoras, cretense, y a Dorimenes, etolio, para que se apoderasen de los desfiladeros de Berito. Mas Antíoco marchó allá al momento, los derrotó y sentó allí su campo.
Allí le llegaron las demás tropas, y después de una exhortación conveniente a los propósitos que premeditaba, echó a andar con todo el ejército, lleno de confianza y engreído con las bellas esperanzas que se le presentaban. Teodoto, Panetolo y sus amigos le salieron al encuentro. El rey los recibió benignamente, y ellos le entregaron a Tiro y Ptolemaida con todos los pertrechos que existían en estas dos ciudades: entre otros se contaban cuarenta navíos; de éstos, veinte con puente, bien equipados, y el que menos de cuatro órdenes; los restantes eran de tres, dos y un solo orden de remos. Todos estos navíos fueron entregados al almirante Diognetes. Después, con la noticia que tuvo que Ptolomeo se había retirado a Menfis, había reunido sus tropas en Pelusio, había abierto los diques al Nilo, y cegado los manantiales de agua dulce, desistió del empeño de marchar contra esta plaza. Sin embargo, recorrió las ciudades y procuró reducirlas, unas por fuerza y otras por halagos. Los pueblos abiertos, aterrados con su llegada, se le rindieron; pero los que se creyeron bien pertrechados y defendidos, persistieron firmes; y a éstos fue preciso ponerles sitio, en lo que gastó mucho tiempo. Ptolomeo, no obstante una perfidia tan manifiesta, ni aun pensaba siquiera poner pronto remedio a sus intereses como convenía: tanta era la desidia y el desprecio con que miraba lo perteneciente a la guerra.
De aquí se siguió que Agatocles y Sosibio, que gobernaban a la sazón el reino, tuvieron que tomar el mejor arbitrio que pudieron, según las actuales circunstancias. Decidieron que mientras se hacían los preparativos para la guerra, se enviasen embajadores a Antíoco, que contuviesen su ardor, y en la apariencia le confirmasen en el concepto que tenía hecho de Ptolomeo, a saber: que jamás este príncipe se atrevería a medir con él sus armas; que antes echaría mano de las conferencias, y le rogaría por sus amigos a que se retirase de la Cæle- Siria. Tomada esta decisión, y encargados de ella Agatocles y Sosibio, se cuidó de despachar una embajada a Antíoco, y se enviaron otras a los rodios, bizantinos, cizicenos y etolios, convidándoles con la paz. Mientras que iban y venían estas embajadas, uno y otro rey tuvo oportunidad y tiempo de prevenirse para la guerra. Era Menfis el congreso donde se fraguaban estas negociaciones; era allí donde se recibía y se daba honestas respuestas a las demandas de Antíoco. Pero al mismo tiempo era Alejandría a donde se convocaba y congregaba la tropa mercenaria que el rey tenía a sueldo en las ciudades fuera de Egipto; de donde salían emisarios a reclutar tropas extranjeras; donde se almacenaban raciones para las que ya había, y para las que habían de venir; y en fin, donde se acopiaban todo género de preparativos; de suerte que se cruzaban de continuo los correos de Menfis a Alejandría, para que no faltase cosa a los designios proyectados. Para la fábrica de armas y para la elección y distribución de los hombres, comisionaron a Equecrates de Tesalia, a Fosidas de Melita, a Euriloco de Magnesia, a Sócrates de Beocia y a Cnopias de Alora. Fue la mayor dicha para el Egipto encontrar hombres que, habiendo militado bajo Demetrio y Antígono, tuviesen un mediano conocimiento de lo que era la guerra, y de lo que se requería para poner un ejército en campaña. Efectivamente, éstos, tomando a su cargo las tropas, las enseñaban en lo posible el arte militar.
Ante todo los dividieron por naciones y por edades, dieron a cada uno sus armaduras proporcionadas, y desecharon las que antes tenían. Abolieron el antiguo modo de formarse, y las matrículas que antes había para distribuir la ración al soldado, sustituyendo una ordenanza propia a la actual urgencia. Con los frecuentes ejercicios que cada cuerpo hacía, no sólo se acostumbraba a la obediencia, sino al manejo peculiar de su arma. A veces los hacían poner a todos sobre las armas, donde se advertía a cada uno su obligación. En esta reforma militar tuvieron la mayor parte Andrómaco de Aspenda y Polícrates de Argos; personajes recién llegados de Grecia, ambos llenos de aquel ardimiento y sagacidad tan naturales a los griegos, ambos ilustres por su patria y riquezas; bien que Polícrates excedía al otro en la antigüedad de su casa y en la gloria que su padre, Mnasiades, había ganado en los combates públicos. Efectivamente, estos extranjeros, a fuerza de exhortaciones que hicieron a los soldados en particular y en público, supieron inspirarles valor y ardimiento para la lid que esperaban. A cada uno de estos personajes que acabo de nombrar se dio el cargo más adecuado a su talento. Euriloco el magnesio mandaba un cuerpo de casi tres milhombres, llamado entre los reyes la Guardia Real; Sócrates el beocio tenía bajo sus órdenes dos mil rodeleros; Foxidas Aqueo, Ptolomeo hijo de Traseas y Andrómaco Aspendio adiestraban la falange y los griegos mercenarios; pero el mando de aquella, compuesta de veinticinco mil hombres, se hallaba a cargo de los dos últimos, y el mando de éstos, en número de ocho mil, residía en el primero. Los setecientos caballos de que se compone la guardia del rey, la caballería de África y la que sacó del Egipto, su total hasta tres mil caballos, estaba a las órdenes de Polícrates. La caballería griega y toda la mercenaria en número de dos mil, después de bien disciplinada por Equecrates, a cuyas órdenes se hallaba, sirvió de muchísimo en la batalla. Ninguno tuvo más esmero que Cnopias Alorita en instruir las tropas de su mando, compuestas de tres mil cretenses, entre los cuales había mil neocretas, al mando de Filón de Cnosia. Se armaron tres mil africanos a la manera de Macedonia, y estaban a cargo de Ammonio Barceo. La falange egipcia, compuesta de veinte mil, se hallaba a las órdenes de Sosibio. De traces y gálatas, tanto de los que había en el país, como de los que recientemente habían sido enganchados, aquellos en número de cuatro mil, y éstos de dos mil, se formó un cuerpo, cuyo mando se dio a Dionisio el tracio. Tal era el ejército que Ptolomeo había prevenido, y tan diversas las naciones que lo componían.

 

CAPÍTULO XVIII
Suspensión temporal de hostilidades entre los dos reyes, y retirada de Antíoco a Seleucia.- Respuesta sobre la pertenencia de la Cæle-Siria sin resultado.- Nicolao es convertido en general de las armas de Ptolomeo.- Penetración de Antíoco por la Cæle-Siria.

Al mismo tiempo Antíoco estrechaba el cerco que tenía puesto a Duras (219 años antes de J. C.) Mas viendo que la fortaleza del lugar y los socorros de Nicolao inutilizaban sus esfuerzos, aproximándose el invierno, convino con los embajadores de Ptolomeo en concertar una tregua por cuatro meses, y que en lo demás se avendría a todo lo razonable. Hacía esto, al paso que se hallaba muy ajeno de cumplirlo; pero cansado de estar tanto tiempo ausente de su casa, deseaba llevar su ejército a Seleucia a pasar el invierno; porque ya no dudaba de las asechanzas de Aqueo contra sus intereses, y de que auxiliaba abiertamente a Ptolomeo. Concertado este armisticio, Antíoco despachó los embajadores de Ptolomeo, con orden de que cuanto antes le trajesen la respuesta de la voluntad de su rey, y le viniesen a buscar a Seleucia. Él, así que puso guarnición en los puestos oportunos, y dejó a Teodoto la incumbencia de todo, regresó a su reino; y llegado a Seleucia, distribuyó su ejército en cuarteles de invierno. De allí adelante cuidó muy poco de disciplinar sus tropas. Se hallaba persuadido de que, siendo como era señor de algunas provincias de la Cæle-Siria y Fenicia, no necesitaría ya tomar las armas; lisonjeándose de que las restantes entrarían en la obediencia o de voluntad o por negociación, y que Ptolomeo jamás osaría aventurar una batalla campal. Los embajadores de uno y otro príncipe estaban en el mismo concepto: los de Antíoco, por la humanidad con que Sosibio había admitido en Menfis sus representaciones; los de Ptolomeo, porque se les había despachado sin dejarlos enterar de los preparativos que se hacían en Alejandría.
A más de esto, por relación de los embajadores de Antíoco se sabía que Sosibio se hallaba dispuesto a todo; y en las conferencias que Antíoco tenía con los de Ptolomeo, ponía sumo cuidado en excederles, tanto en la justificación de su causa, como en el poder de sus armas. Efectivamente, después que llegaron a Seleucia y se procedió a tratar por menor del convenio, según las instrucciones que tenían de Sosibio, el rey, en la justificación de su causa, lejos de considerar el agravio y ofensa manifiesta que acababa de cometer en haberse apoderado de parte de la Cæle-Siria, por el contrario, ni aún reputaba ésta por injusticia, en el concepto de que sólo había recobrado lo que le pertenecía. Hacía mucho mérito de que Antígono el Tuerto había conquistado el primero esta provincia, que Seleuco la había dominado, y que éstos eran los más valederos y justificativos títulos de posesión, por donde le pertenecía a él la Cæle-Siria con preferencia a Ptolomeo. Pues aunque este príncipe había llevado sus armas contra Antígono, no había sido por apropiársela para sí, sino para Seleuco. Sobre todo apoyaba su dictamen en el convenio general de los reyes Casandro, Lisímaco, y Seleuco, cuando vencido Antígono, unánimes todos decidieron en un consejo que se adjudicase a Seleuco toda la Siria. Los embajadores de Ptolomeo insistían en lo contrario.
Exageraban la injusticia presente. Reputaban por cosa indigna el que se violase así la fe por la traición de Teodoto y la invasión de Antíoco. Alegaban la posesión en que había estado Ptolomeo hijo de Lago; pues si había unido sus armas con Seleuco, había sido para adjudicar a éste el imperio del Asia, mas con la condición de retener para sí la Cæle- Siria y Fenicia. Se disputaba largamente de una y otra parte sobre estos y otros puntos semejantes, en los congresos y conferencias. Pero no se concluía nada; a causa de que como la controversia se trataba por amigos comunes, no había entre ellos uno que pudiese moderar y reprimir el ímpetu del que parecía perjudicar al otro. Lo que servía de mayor embarazo a unos y otros era el asunto de Aqueo. Ptolomeo tenía empeño en incluirle en el tratado. Antíoco, por el contrario, ni aun sufrir podía que se tratase de esto; teniendo por cosa indigna que Ptolomeo sirviese de capa a un rebelde, y se atreviese a hacer mención de semejante hombre.
Durante esta contextación donde cada uno proponía sus defensas, y al fin nada se decidía sobre el convenio, llegó la primavera, y Antíoco reunió sus tropas, con ánimo de atacar por mar y tierra, y reducir la parte de la Cæle-Siria que le faltaba. Ptolomeo hizo generalísimo de sus armas a Nicolao, acumuló en Gaza víveres con abundancia, y destacó allá sus ejércitos de mar y tierra. Con la llegada de éstos, lleno de confianza Nicolao se dispuso para la guerra, teniendo en todo sujeto a sus órdenes al almirante Perigenes, a quien Ptolomeo había enviado por comandante de las fuerzas navales, y cuya escuadra consistía en treinta naves con puente, y más de cuatrocientas de carga. Nicolao era de nación etolio, mas en la experiencia y ardor militar no cedía ventaja a los otros generales de Ptolomeo. Efectivamente, ocupó anticipadamente con una parte de su ejército los desfiladeros de Platano, y con la restante, a cuya cabeza él se hallaba, se apoderó de los contornos de la ciudad de Porfireón; con lo cual y el auxilio que al mismo tiempo le prestaba la escuadra, cerró al rey el paso por esta parte.
Antíoco pasó a Moratho, a donde habiendo acudido los aradios a ofrecerle su alianza, no sólo les admitió a su amistad, sino que sosegó y cortó las diferencias antiguas que había entre los insulares y los habitantes de tierra firme. Después entró en la Siria por Teoprosopo, tomó de paso a Botris, prendió fuego a Trieres y Calamo, y vino a Berito. De aquí destacó por delante a Nicarco y Teodoto, con orden de ocupar con anticipación los desfiladeros inmediatos al río Lico. Él, mientras, echó a andar con el ejército y acampó en las márgenes del Damura, acompañándole al mismo tiempo por la costa la escuadra del almirante Diognetes. Ahí, habiendo vuelto a tomar la infantería ligera del mando de Teodoto y Nicarco, marchó a reconocer los desfiladeros, de que con anticipación se había apoderado Nicolao; y después de inspeccionada la naturaleza del terreno, regresó al campamento. Al día siguiente, dejando en el campo la infantería pesadamente armada bajo las órdenes de Nicarco, marchó con el resto del ejército a ejecutar lo que tenía proyectado.

 

CAPÍTULO XIX
Batalla por mar y tierra entre Nicolao y Antíoco.- Victoria por éste y conquista de muchas ciudades.

Además que la falda del monte Líbano en este lugar viene a reducir la costa a un estrecho y corto espacio, sucede que este mismo se halla coronado de una cordillera áspera e inaccesible que sólo franquea un pasaje angosto y difícil a orillas de la misma mar. Ahí acampado Nicolao (219 años antes de J. C.), después de ocupados varios puestos con buen número de soldados, y fortificados otros con obras que había levantado, creía que con facilidad prohibiría la entrada a Antíoco. Este príncipe, dividido el ejército en tres trozos, había dado el uno a Teodoto, con orden de atacar y forzar al enemigo sobre la falda misma del monte Líbano; el otro lo tenía Menedemo, con orden expresa de intentar el paso por medio de la colina; el tercero, a cuya cabeza se hallaba Diocles, gobernador de la Parapotamia, estaba situado a la orilla del mar; él con sus guardias ocupaba el centro para presenciarlo todo y acudir a donde fuese necesario. Al mismo tiempo Diognetes y Perigenes se habían dispuesto para un combate naval. Se acercaron a la costa cuanto era dable, y procuraron hacer que las dos armadas de mar y tierra no presentasen más que un frente. Dada la señal, se atacó a un tiempo por todas partes. En el mar, como el número y los aparatos de una y otra armada eran iguales, se peleaba con igual fortuna. Pero en tierra, aunque al principio Nicolao, valido de la fortaleza del sitio, consiguió alguna ventaja, poco después desalojados por Teodoto los que se hallaban al pie del monte, y atacados desde lo alto, toda la gente de Nicolao emprendió la huida a banderas desplegadas. Dos mil hombres fueron muertos en el alcance, otros tantos se hicieron prisioneros, los restantes se refugiaron en Sidón. Perigenes, que empezaba a esperar un feliz éxito del combate naval, lo mismo fue advertir la derrota del ejército de tierra que, abatido el espíritu, retirarse a la misma ciudad.
Antíoco tomó el ejército, y vino a acampar frente a Sidón, mas no tuvo a bien intentar el asedio de la plaza, ya por la abundancia de provisiones que había dentro, ya por el gran número de habitantes y gentes que en ella se habían refugiado. Echó a andar con el ejército hacia Filoteria, y ordenó al almirante Diognetes que navegase a Tiro con la escuadra. Filoteria está situada sobre el lago mismo donde entra el Jordán y de donde, volviendo a salir, transcurre por los llanos próximos a Escitopolis. Dueño de estas dos ciudades por convenio, concibió mejores esperanzas para los propósitos que maquinaba. Porque como todo el país estaba sujeto a estas dos plazas, podía mantener con facilidad aquí el ejército, y acopiar con abundancia lo necesario para cualquier urgencia. Efectivamente, asegurados con guarnición estos puestos, pasó las montañas y fue a Atabirio; plaza situada sobre una eminencia, que elevándose poco a paco, tiene de subida más de quince estadios. Para apoderarse de esta ciudad, se valió de una estratagema. Tendió una emboscada, empeñó a los de la plaza en una escaramuza, y cuando ya los tuvo a larga distancia, ordena que hagan frente los que huían, y que salgan los que estaban emboscados; con lo que mata a muchos, persigue a los demás, e infunde en ellos tal terror, que se apodera también de esta ciudad al primer intento. A la sazón, Kereas, uno de los gobernadores de Ptolomeo, se pasó al partido contrario. La honrosa acogida que éste consiguió de Antíoco excitó a la deserción a otros muchos oficiales del rey de Egipto. De este número fue Ipoloco de Tesalia, que llegó poco después con cuatrocientos caballos de su mando. Antíoco, puesta guarnición en Atabirio, levantó el campo y tomó de paso a Pela, Camus y Gefrún. Este feliz suceso conmovió de tal suerte los pueblos de la vecina Arabia, que estimulados unos de otros, fueron todos a rendírsele de común acuerdo. El rey con este nuevo auxilio aumentó sus esperanzas, y continuó adelante. Fue a la Galátida y se apoderó de Abila, y de todos los que habían acudido a su socorro, a cuya cabeza se hallaba Nicias, amigo y pariente de Meneas. Sólo le faltaba Gadara, plaza que pasaba por la más fuerte de aquella comarca. Acampó a su vista, hizo sus aproches, y al punto se aterraron y rindieron sus vecinos. Después, informado de que en Rabatamana, ciudad de la Arabia, se habían congregado buen número de enemigos, que talaban y arrasaban el país de los árabes que habían abrazado su partido; propuestos todos los designios, marcha allá, y acampa en unos collados, donde está situada la ciudad. Andando recorriendo la colina, advirtió que por solas dos partes tenía subida, y por ahí hizo avanzar sus gentes y asestar sus máquinas. Dio la inspección de las obras, parte a Nicarco, parte a Teodoto; entretanto él cuidaba con igual diligencia de lo que uno y otro hacía, y observaba la emulación de ambos en su servicio.
Efectivamente, hacían estos dos capitanes los más vivos esfuerzos, e incesantemente competían a porfía sobre cuál de los dos derribaría antes con las máquinas la parte de muro que tenía delante; cuando de repente, y sin saber cómo, se vino abajo uno y otro lienzo. Después de esto, todo fue asaltos noche y día, todo ataques, sin interrupción de tiempo. Pero a pesar de los frecuentes rebatos que daban a la ciudad, nada conseguían, por la mucha gente que se había retirado dentro; hasta que mostrada por un prisionero tina mina, por donde bajaban a coger agua los sitiados, y cegada y tupida ésta con madera, piedras y otras cosas semejantes, la escasez de agua al fin obligó a los moradores a rendirse. Dueño el rey de Rabatamana por este medio, dejó a Nicarco dentro de la ciudad con una guarnición competente, y envió a Ipoloco y Kereas, dos capitanes que habían abandonado a Ptolomeo, con cinco mil hombres a los alrededores de Samaria, para cubrir y asegurar la quietud de los pueblos que se le habían sometido. Él mientras movió el campo hacia Ptolemaida, con ánimo de pasar allí el invierno.

 

CAPÍTULO XX
Asedio de Pedneliso por los selgenses.- Socorro que envía Aqueo a los sitiados, bajo la conducción de Garsieris.- Derrota de los selgenses por este general.- Alevosía de Logbasis, descubierta y castigada por los selgenses.- Convenio entre éstos y Aqueo.- Conquistas de Attalo.

En el transcurso del mismo verano (220 años antes de Jesucristo), los pedneliseos sitiados y estrechados por los selgenses, enviaron a Aqueo por auxilio; y oída por éste favorablemente su embajada, sufrían el asedio con constancia, fiados en la esperanza del socorro. Efectivamente, Aqueo les envió sobre la marcha seis mil infantes y quinientos caballos, bajo la conducción de Garsieris. Mas los selgenses, que supieron la llegada de este refuerzo, ocupan anticipadamente las gargantas próximas a Climax con la mayor parte de sus tropas, se apoderan de la entrada de Saporda, y cortan todos los caminos y travesías que a ella conducían. Garsieris entró por fuerza en Miliada, y sentó su campo a la vista de Cretópolis; pero advirtiendo que tomados los puestos por el enemigo, era imposible pasar adelante, usó de este ardid de guerra. Volvió sobre sus pasos, aparentando que desistía de llevar el socorro, a la vista de estar tomados los desfiladeros. Los selgenses, creyendo incautamente que Garsieris se retiraba desesperanzado, unos se fueron al campamento, otros a la ciudad, porque instaba la recolección de las mieses. Mas éste vuelve pies atrás, y después de una marcha forzada llega a aquellas cordilleras, las encuentra sin defensa, las guarnece con piquetes, y deja a Falio para su custodia. Él, mientras marcha con el ejército a Perga, y envía desde allí varias embajadas a los otros pueblos de la Pisidia y Panfilia, para representarles el insufrible poder de los selgenses, animarles a contraer alianza con Aqueo, y acudir al socorro de los pedneliseos. Entretanto los selgenses, confiados en el conocimiento que tenían del país, creyeron que, con destacar allá un capitán con un cuerpo de tropas, aterrarían a Failo, y le desalojarían de sus puestos. Pero lejos de conseguir el intento, perdieron mucha gente en los ataques; de suerte que renunciando a esta esperanza, insistieron en el asedio y construcción de las obras, con más empeño que hasta entonces. Los etennenses, pueblo de la Pisidia que habitan las montañas por cima de Sida, enviaron a Garsieris ocho mil hombres pesadamente armados, y los aspendios cuatro mil. Los siditas, bien fuese por respeto a la amistad de Antíoco, o más bien por el odio que profesaban a los aspendios, no entraron a la parte en el socorro. Garsieris, con estos refuerzos y las tropas que él tenía, se aproximó a Pedneliso, persuadido de que con sólo presentarse haría levantar el sitio; mas viendo que no había hecho impresión su venida en los selgenses, se atrincheró a una distancia proporcionada. Entretanto, como el hambre hostigaba a los sitiados, dispuso introducir por la noche en la plaza dos mil hombres con una medida de trigo cada uno, para remediar la escasez en lo posible. Los selgenses que supieron el propósito, sálenles al encuentro, y se apoderan de todo el convoy, después de haber dado muerte a la mayor parte de los que le traían. Fieros con este suceso, intentaron no sólo continuar el cerco de Pedneliso, sino sitiar a Garsieris en su mismo campamento: tan temerarias y arriesgadas son siempre en la guerra las decisiones de los selgenses. Para ello, dejada en su campo la guarnición necesaria, distribuyen los restantes en varios puestos, y atacan con vigor el del enemigo. Garsieris, que se vio invadido de improviso por todas partes, y aun por algunas arrancada ya la empalizada, desesperanzado de todo remedio, destacó la caballería a cierto puesto que no estaba custodiado. Los selgenses creyeron que estas gentes se retiraban atemorizadas y por evitar el peligro, y sin hacer caso, los dejaran ir simplemente. Pero a poco rato esta caballería rodea al enemigo, le ataca por la espalda, y carga sobre él toscamente. Con este suceso recobra el ánimo la infantería de Garsieris, que aunque ya deshecha, vuelve a defenderse de los que la atacaban; y los selgenses rodeados tienen que emprender la huida.
Al mismo tiempo los pedneliseos dan sobre los que habían quedado en el real, y los desalojan. Finalmente, declarada la fuga por todas partes, quedaron diez mil sobre el campo. De los que se salvaron, los aliados se retiraron a sus casas, y los selgenses escaparon por las montañas a su patria. Garsieris levantó el campo, y siguió el alcance. Todo su anhelo era cruzar los desfiladeros y aproximarse a Selga antes que los fugitivos le detuviesen o deliberasen sobre su llegada. Efectivamente, llegó con sus tropas a la vista de la ciudad. Los selgenses, sin esperanzas de socorro en sus aliados por el común desastre, y abatidos con la precedente derrota, temían por sí y por su patria. Bajo esta consideración llamaron a junta, y decidir enviar por embajador a Logbasis, uno de sus ciudadanos. Este personaje había sido muy amigo y huésped de aquel Antíoco que murió en Tracia; había tenido en depósito a Laodice, mujer que había sido después de Aqueo, la había criado como a hija, y la había amado tiernamente. Por eso ahora los selgenses le diputaron, creyendo no podían elegir mejor intercesor en tales circunstancias. Efectivamente, fue a una conferencia privada con Garsieris, y lejos de procurar la salud de su patria, como era de su obligación, por el contrario exhortó a Garsieris a que diese parte cuanto antes a Aqueo de que él se encaraba de poner la ciudad en sus manos. Garsieris abrazó con gusto la propuesta, y escribió a Aqueo dándole cuenta de lo que sucedía para que viniese. Entretanto, concertada una tregua con los selgenses, difería siempre la conclusión del tratado, moviendo dificultades y pretextos sobre cada una de sus condiciones, para esperar mientras a Aqueo, y dar tiempo a Logbasis de conferenciar y disponer su propósito.
En el transcurso de estas sesiones, la frecuente comunicación que había entra unos y otros engendró cierta libertad en las tropas de pasar del campo a la plaza para tomar víveres; libertad que, después de repetida ya tantas veces, ha sido causa a muchos de su ruina. De suerte que, en mi concepto, el hombre no obstante pasar por el animal más astuto, es el más fácil de ser engañado. ¿Cuántos campamentos cuántas guarniciones, cuántas y cuán grandes ciudades se han perdido por esta poca cautela? Y a pesar de haber sucedido ya a muchos esta calamidad tan frecuente y notoria, permanecemos, sin saber cómo, siempre bisoños e inexpertos contra estos arbitrios. La causa sin duda es el que no cuidamos tener presentes los infortunios en que incurrieron nuestros mayores. Sufrimos fatigas, hacemos gastos para acumular víveres, reunir dinero, levantar murallas y fabricar armas para un caso extraordinario; y despreciamos la historia, que es el medio más fácil y el que nos provee de más recursos en las circunstancias desesperadas; y esto cuando de ella y de su manejo podríamos enriquecernos de estos conocimientos a costa sólo de un honesto recreo y entretenimiento. Efectivamente, Aqueo llegó al tiempo señalado. Los selgenses, después de haber conversado con él, concibieron magníficas esperanzas de que conseguirían el convenio más ventajoso. Pero entre tanto, Logbasis iba reuniendo poco a poco en su casa los soldados que entraban desde el campo en la ciudad, y aconsejaba a sus ciudadanos que no dejasen pasar la ocasión; antes respecto a la humanidad que les había mostrado Aqueo, conferenciasen y llevasen a su conclusión el tratado. Así fue; se convocó a junta todo el pueblo para tratar del negocio presente, y aun se decidió llamar a los que estaban de guardia, ya que iban a finalizar el asunto.
Entonces Logbasis, haciendo señal a los enemigos, prepara los soldados que tenía reunidos en su casa. Al mismo tiempo se dispone él, y arma a sus hijos para la acción. Aqueo, con la mitad de las tropas, se aproxima a la misma ciudad. Garsieris con la parte restante avanza hacia Cesbedio, templo de Júpiter, que domina ventajosamente la plaza y la sirve de ciudadela. Un cabrero advirtió por casualidad lo que pasaba, y dando cuenta a la junta, unos acuden rápidamente a Cesbedio, otros a los cuerpos de guardia, y el pueblo ciego de ira a la casa de Logbasis; donde descubierta la traición, parte suben al tejado, parte fuerzan las puertas del vestíbulo y degüellan a Logbasis sus hijos y todos los demás que se hallaban dentro. Después publicaron libertad para los esclavos, y repartieron sus fuerzas para ir a defender los puestos ventajosos. Garsieris, así que vio a los sitiados apoderados de Cesbedio, no continuó adelante. Aqueo intentó romper las puertas de la ciudad; mas con una salida que hicieron los cercados, la mataron setecientos hombres, e hicieron a los demás desistir del empeño; con lo cual Aqueo y Garsieris tuvieron que retirarse a su propio campo. Los selgenses, temerosos de alguna otra sedición intestina y del poder enemigo que tenían sobre sí, enviaron los ancianos dela ciudad con señales de paz para concertar un convenio. Efectivamente, acabó la guerra con estas condiciones:

que pagarían de contado cuatrocientos talentos, restituirían a los pedneliseos sus prisioneros, y pasado algún tiempo, añadirían a la suma otros trescientos talentos. De este modo los selgenses liberaron con su favor la patria del peligro en que la había puesto la maldad de Logbasis, sin deslucir la nobleza y parentesco que tenían con los lacedemonios.

Aqueo, después de haber reducido a Miliada y la mayor parte de la Panfilia, levantó el campo y marchó a Sardes, donde sostuvo una guerra continua con Attalo, amenazó a Prusias, y se hizo temer y respetar de todos los pueblos de esta parte del monte Tauro. Mientras que Aqueo se hallaba ocupado en la expedición contra los selgenses, Attalo con un cuerpo de gálatas tectosages corría las ciudades de la Eólida y todos los pueblos próximos que por temor se habían puesto antes bajo la obediencia de Aqueo. La mayor parte de éstas se le rindieron voluntariamente y con gusto; pero algunas esperaron a la fuerza para entregarse. Entre las que se le rindieron de grado, fueron las primeras Cumas, Smirna y Focea. Ægea y Temnita, temiendo que viniese sobre ellas, siguieron después el mismo ejemplo. Los teios y colofonios le enviaron embajadores para ofrecerle sus personas y ciudades. Attalo los recibió a su amistad bajo los mismos pactos que anteriormente, y les exigió rehenes; pero a los diputados de Smirna los trató con particular agasajo, por haber excedido a todos en la fidelidad que le guardaron. Prosiguió después su camino, y atravesado el río Lico, penetró por los pueblos de la Misia. De aquí fue a Carsea, a cuya guarnición, así como a la de Didma, aterró tanto su llegada, que Temístocles, a quien Aqueo había dejado por gobernador de estos puestos, le entregó ambas a dos fortalezas. Por último, entró talando los campos de Apia, y superado el monte Pelecante, sentó su campo en las márgenes del Megisto.
Durante su estancia en este lugar, se produjo un eclipse de luna, y los gálatas que ya sufrían con impaciencia las molestias del camino, ya que hacían la guerra seguidos de sus mujeres e hijos conducidos en carros, se valieron de este presagio para no querer pasar adelante. Attalo no había obtenido de ellos servicio alguno importante; pero el marchar separados, el acampar aparte, su total inobediencia, y su mucha altanería, le pusieron en grande embarazo. Por un lado recelaba que, inclinándose al partido de Aqueo, no perjudicasen sus intereses; por otro temía cobrar mala fama si, cogidas como en una red, pasaba a cuchillo aquellas gentes que sólo por afecto habían pasado con él al Asia. Por eso valiéndose del pretexto que la ocasión le presentaba, les prometió por el pronto que los restituiría a donde los había sacado, que los asignaría terreno conveniente para establecerse, y para adelante que les concedería cuantas solicitudes estuviesen en su mano, si fuesen justas. De este modo restituyó estos tectosages al Helesponto, y tratados con agasajo los lampsacenos, alejandrinos e ilienses, porque le habían sido fieles, se retiró después a Pérgamo con su ejército.

 

CAPÍTULO XXI
Las fuerzas de Antíoco y de Ptolomeo.- La intrepidez de Teodoto contra la vida de este príncipe.- Disposición de uno y otro ejército.

Al iniciarse la primavera (218 años antes de J. C.), Antíoco y Ptolomeo tenían ya hechas todas sus prevenciones para decidir la guerra al trance de una batalla. Ptolomeo partió de Alejandría con setenta mil infantes, cinco mil caballos y setenta y tres elefantes. Antíoco, con la nueva de que el enemigo se aproximaba, reunió su ejército, en el que había cinco mil hombres armados a la ligera, daaos, carmanios y cilices, cuya inspección y mando tenía Bittaco el macedonio; veinte mil escogidos de todo el reino, armados a la manera macedonia, los más con broqueles de plata, mandados por Teodoto el etolio, aquel que había desertado de Ptolomeo; veinte mil de que se componía la falange, que conducía Nicarco y Teodoto el hemiolio; dos mil flecheros y honderos agrianos y persas; mil traces que mandaba Menedemo el alabandense; cinco mil medos, cisios, caddusios y carmanios, que obedecían a Aspasiano el modo; diez mil hombres de Arabia y otros países cercanos, a las órdenes de Zabdifilo; cinco mil griegos mercenarios bajo las órdenes de Hippoloco de Tesalia; mil quinientos cretenses bajo Euriloco; mil neocretas y quinientos flecheros de Lidia, mandados todos por Zeles de Gortinia; y mil cardaces gobernados por Lisímaco el gálata. La caballería consistía en seis mil caballos, mandados por Antípatro sobrino del rey, y los restantes por Temesión; de suerte que todas las fuerzas de Antíoco ascendían a sesenta y dos mil infantes, seis mil caballos y ciento dos elefantes.
Ptolomeo se dirigió primero a Pelusio y sentó su campo en esta ciudad. Allí aguardó a los que venían detrás, y distribuidos víveres al ejército por la escasez y falta de agua que había en aquellos países, continuó su marcha a lo largo del monte Casio y lo que llaman los Abismos. Así que llegó a Gaza esperó el resto del ejército, y prosiguió adelante a lento paso. Al quinto día llegó a donde se había propuesto, y acampó a cincuenta estadios de distancia de Rafia, la primera ciudad de la Cæle-Siria que se encuentra saliendo de Egipto, después de Rinocorura. Al mismo tiempo Antíoco, habiendo pasado de parte allá de esta ciudad, fue de noche con su ejército a acamparse a diez estadios del enemigo: esta fue la primera distancia que hubo entre los dos campamentos. Pocos días después, con el fin de mudar a otro terreno más ventajoso, y al mismo tiempo infundir aliento a sus soldados, se atrincheró a la vista de Ptolomeo, a la distancia sólo de cinco estadios. Entonces ya fueron frecuentes las refriegas de los forrajeadores y de los que salían al agua, como también comunes las escaramuzas, ya de caballería, ya de infantería, que se produjeron entre los dos campos. Por este tiempo Teodoto emprendió una hazaña propia de un etolio, y por lo mismo de mucho valor. Bien enterado de la manera y método de vida de Ptolomeo, ya que había vivido mucho tiempo en su palacio, penetró al amanecer acompañado de otros dos en el real de los enemigos. Como era de noche, no se le conoció por el rostro; y como había diversidad de trajes en el campo, tampoco se hizo reparo en el vestido y demás compostura. Se dirigió resuelto a la tienda del rey, cuyo sitio tenía observado, con motivo de haber sido allí cerca las escaramuzas de los días anteriores. Efectivamente, después de haber pasado por todas las primeras guardias sin ser conocido, entra en la tienda donde acostumbraba el rey a cenar y dar audiencia, registra todos los rincones, no le halla por haber dado la casualidad de estar descansando en otra diferente, cose a puñaladas a dos que se hallaban durmiendo, mata a Andreas, su médico, y se retira a su campo sin más estorbo que el de haberse conmovido un poco la gente cuando ya iba a salir del real enemigo. Por el valor hubiera conseguido sin duda su propósito, pero le faltó la prudencia, por no haber examinado bien dónde acostumbraba a descansar Ptolomeo.
Después de haber estado al frente los dos reyes cinco días, decidieron uno y otro que las armas resolviesen el asunto. Lo mismo fue empezar Ptolomeo a mover sus tropas del campamento, que al punto sacar Antíoco las suyas. Ambos formaron sus respectivas falanges y la flor de las tropas armadas a la macedónica, al frente unas de otras. En cuanto a las alas, Ptolomeo las ordenó de este modo: Polícrates con la caballería de su mando ocupaba la izquierda; entremedias de éste y la falange se hallaban los cretenses al lado de la misma caballería; seguíanse las guardias del rey; después los rodeleros al mando de Sócrates, y junto a éstos los africanos armados a la macedónica. En la derecha estaba Equecrates de Tesalia con la caballería de su mando, a la izquierda de ésta se hallaban formados los gálatas y los traces, después los mercenarios de Grecia conducidos por Foxidas, que tocaban con la falange egipcíaca. De los elefantes cuarenta estaban situados sobre el ala izquierda, donde Ptolomeo en persona había de pelear; y treinta y tres cubrían la derecha, delante de la caballería extranjera.
Antíoco puso sesenta elefantes, que mandaba Filipo, su hermano de leche, al frente del ala derecha, en donde él había de pelear con Ptolomeo. Detrás de éstos situó dos mil caballos mandados por Antípatro, y otros dos mil que formó a manera de media luna. Contiguos a la caballería colocó de frente a los cretenses, después ordenó los extranjeros de Grecia, y entre éstos y los armados a la macedónica entremetió los cinco mil que mandaba Bittaco el macedonio. El ala izquierda la cubrió con dos mil caballos al mando de Temisón; a su lado estaban los flecheros cardaces y lidios; después tres mil infantes a la ligera conducidos por Menedemo; sucesivamente los cisios, medos y carmanios; e inmediato a éstos los árabes y sus vecinos que tocaban con la falange. Los restantes elefantes los situó sobre el ala izquierda, a las órdenes de, un joven llamado Myisco, paje del rey.

 

CAPÍTULO XXII
Acción de Rafia.- Victoria lograda por Ptolomeo.- Suspensión temporal de hostilidades entre éste y Antíoco.

Puestos en orden de batalla de este modo los ejércitos (218 años antes de J. C.), ambos reyes acompañados de sus generales y amigos se presentaron al frente de sus líneas para exhortar a los soldados. El mayor empeño de uno y otro era alentar sus respectivas falanges, ya que en estas tropas fundaba cada uno sus mayores esperanzas. Andrómaco, Sosibio y Arsinoe, hermana del rey, como jefes, animaban también la falange de Ptolomeo; y Teodoto y Nicarco por su parte procedían del mismo modo con la de Antíoco. Las arengas de una y otra parte se redujeron a lo mismo. Pues como ninguno de estos príncipes tenía ejemplo peculiar ilustre o memorable que proponer a sus soldados porque ambos acababan de subir al trono, sólo se valieron de recordarles la gloria y hechos de sus mayores, para excitar en ellos el espíritu y ardimiento. Y así rogaron y exhortaron para que se portasen con valor y esfuerzo en la ocasión presente, y para esto ofrecieron principalmente premios en particular a todos los oficiales, y en general a todos los soldados que habían de pelear. A esto o cosa parecida se redujo lo que dijeron los reyes, ya por sí, ya por sus intérpretes.
Después que Ptolomeo con su hermana estuvo de vuelta en el ala izquierda de toda su formación, y Antíoco acompañado de sus guardias en su derecha, se dio la señal de acometer, y los elefantes dieron principio a la acción. Algunos de los de Ptolomeo hicieron resistencia a los de Antíoco; sobre cuyas torres era de ver el vivo choque de los combatientes, disparando lanzas, e hiriéndose mutuamente tan de cerca. Pero aun admiraba más ver batirse y herirse de frente los mismos elefantes; porque el reñir de estos animales es de este modo: se enredan, se tiran dentelladas haciendo hincapié con todas fuerzas para no perder el terreno, hasta que el más poderoso aparta a un lado la trompa de su antagonista. Una vez está torcida, le coge por el flanco y le hiere a mordiscos, al modo que hacen los toros con las astas. La mayor parte de los elefantes de Ptolomeo temieron el combate. Esto es muy ordinario en los elefantes de África. A mi entender, consiste en que no pueden sufrir el olfato y bramido de los de la India, y asustados de su magnitud y fuerza, emprenden la huida antes que aquellos se acerquen, como efectivamente sucedió entonces. Porque alborotadas las bestias, desordenaron las líneas que tenían al frente, y oprimiendo a la guardia real de Ptolomeo la hicieron volver la espalda. Antíoco entonces pasó de parte allá de las bestias, y atacó la caballería que mandaba Polícrates. Al mismo tiempo los extranjeros griegos que se hallaban cerca de la falange, invadieron por entremedias de los elefantes los rodeleros de Ptolomeo, cuyas líneas habían ya confundido sus bestias. De este modo fue forzada y puesta en huida toda el ala izquierda de Ptolomeo.
Equecrates, que mandaba la derecha, al principio estuvo esperando el éxito de esta contienda. Mas así que vio que el polvo iba a parar a los suyos, y que sus elefantes no se atrevían a acercarse a los contrarios, ordena a Foxidas, comandante de los griegos mercenarios que ataque a los que tenía al frente; él, mientras, hace desfilar por la punta del ala su caballería y la que estaba detrás de los elefantes, con cuya maniobra evita la impresión de las fieras; y cargando por la espalda y en flanco sobre la caballería enemiga, la derrota en un instante. Lo mismo hizo Foxidas y los que se hallaban a su lado. Dieron sobre los árabes y medos y los forzaron a tomar una fuga precipitada; de suerte que Antíoco venció en el ala derecha y quedó vencido en la izquierda.
Ya no quedaban intactas más que las dos falanges, que desnudas de sus respectivas alas permanecían en medio del llano, fluctuando entre el temor y la esperanza. Mientras que Antíoco proseguía la victoria en el ala derecha, Ptolomeo, que se había refugiado en su falange, se presenta en medio, se deja ver de los dos ejércitos, con lo que aterra a los contrarios e infunde ardor y espíritu a los suyos. A su ejemplo Andrómaco y Sosibio ponen en ristre sus lanzas y se dirigen al enemigo. La flor de las tropas de Siria sostuvo el choque por algún tiempo, pero las que mandaba Nicarco cedieron y se retiraron. Entretanto Antíoco, como joven y poco experimentado, juzgando del resto de su ejército por la ventaja que él había conseguido en el ala derecha, seguía el alcance de los que huían; hasta que un anciano le advirtió, aunque tarde, que reparase en que el polvo de la falange enemiga iba a parar a su propio campo. Entonces conociendo el yerro, acudió rápidamente con sus guardias al campo de batalla; pero hallando a los suyos que habían emprendido la huida, se retiró él también a Rafia, con el consuelo de haber vencido por su parte, y en la inteligencia de que si le había desmentido lo demás de la acción había sido por la flojedad y timidez de los otros oficiales.
Después que la falange decidió la batalla, y la caballería del ala derecha unida a los extranjeros mató gran número de enemigos en el alcance, Ptolomeo se retiró a pasar la noche al campamento que antes tenía. Al día siguiente, después de recogidos y enterrados sus muertos, y despojados los de los enemigos, levantó el real y avanzó hacia Rafia. El primer pensamiento de Antíoco después de la derrota fue reunir todos los cuerpos de tropas que venían huyendo y acampar fuera de la ciudad; pero como la mayor parte de las gentes se había metido dentro, se vio forzado también a retirarse. Salió después al amanecer con las reliquias de su ejército y se encaminó a Gaza, donde acampó; y obtenida licencia de Ptolomeo para el recobro de sus muertos, les hizo los últimos honores. Ascendían éstos por parte de Antíoco a poco menos de diez mil infantes, más de trescientos caballos, más de cuatro mil prisioneros, tres elefantes que quedaron sobre el campo, y dos que murieron después de sus heridas. De parte de Ptolomeo se redujo la pérdida a mil quinientos infantes, setecientos caballos, dieciséis elefantes muertos, y casi todos los demás tomados. Este fue el éxito de la batalla de Rafia, que se dio entre los dos reyes con objeto de la Cæle-Siria.
Antíoco, después de sepultados los muertos, se retiró a su reino con el ejército. Ptolomeo tomó sin oposición a Rafia y otras ciudades, esmerándose a porfiar sus ayuntamientos sobre cuál volvería primero a su poder y pasaría más pronto a su dominio. Cosa muy ordinaria entre los hombres acomodarse al tiempo en semejantes revoluciones; pero sobre todo los pueblos de la Cæle-Siria son muy inclinados y dados a este género de obsequios. En esta ocasión no hay que extrañar usasen de esta política, pues les guiaba el afecto que profesaban de antemano a los reyes de Egipto; porque en todo tiempo estos pueblos han tenido cada vez más veneración por esta casa. Así fue que no omitieron especie de agasajo para captar la voluntad de Ptolomeo: coronas, sacrificios, altares y todo género de cultos se tributaron en su obsequio. Antíoco, así que llegó a la ciudad que lleva su nombre, envió sin dilación a Antípatro, su sobrino, y Teodoto Hemiolio por embajadores a Ptolomeo para tratar de paz y alianza. Temía la invasión del enemigo; desconfiaba de sus pueblos después de la derrota que acababa de sufrir, y recelaba que Aqueo no se aprovechase de la ocasión. Con nada de esto echaba cuentas Ptolomeo. Alegre con la extraordinaria victoria que había logrado, y sobre todo con la inesperada conquista de la Cæle-Siria no tan sólo no aborrecía el reposo, sino que lo amaba más de lo que convenía, arrastrado de la vida afeminada y voluptuosa que siempre había llevado. Y así no bien hubo llegado Antípatro, cuando hechas algunas amenazas y dadas unas leves quejas de los procederes de Antíoco, le concedió treguas por un año, y despachó a Sosibio para ratificar el tratado. Él permaneció tres meses en la Siria y Fenicia para restablecer la quietud de las ciudades; pasados los cuales, dejó a Andrómaco el aspendio por gobernador de estos países, y levantó el campo con su hermana y confidentes para Alejandría, causando admiración a sus vasallos que, atento su modo de vivir, hubiese puesto a la guerra fin tan dichoso. Concluido el tratado con Sosibio, Antíoco volvió a su primer propósito, y se previno para la guerra contra Aqueo. Tal era el estado de los negocios de Asia.

 

CAPÍTULO XXIII
Regalos que los reyes y potentados concedieron a los rodios a causa de un terremoto que sufrieron.

En el transcurso de este mismo tiempo, los rodios, con motivo de haber sufrido poco antes un terremoto que había arruinado su gran Coloso y la mayor parte de sus muros y arsenales, se supieron conducir con tal arte y prudencia en el desastre, que en vez de perjuicio les sirvió de provecho el accidente. Tanta es la diferencia que hacen los hombres de la necedad y desidia a la actividad y prudencia, bien sea en los asuntos privados, bien en los públicos. Con aquellos vicios, las dichas se nos convierten en infortunios; y con estas virtudes, sacamos partido aun de las desgracias. Efectivamente, los rodios tuvieron tal proceder en la exagerada y lastimosa descripción que hicieron de su desastre; se portaron con tanta majestad y entereza, bien fuese en las conferencias públicas de sus embajadores, bien en las conversaciones privadas; y supieron interesar de tal modo a las ciudades, y sobre todo a los reyes, que no sólo recibieron magníficos presentes, sino que quedaron reconocidos los mismos que los hicieron.
Hierón y Gelón les dieron setenta y cinco talentos de plata, parte de contado, parte dentro de un breve plazo, para el gasto de aceite que se hacía en las luchas de los atletas; calderos de plata con sus pies, algunos cántaros, diez talentos para los sacrificios, otros tantos para fomento de la población; de suerte que todo el donativo ascendía a cien talentos. Eximieron de impuestos a todos los que navegasen a Rodas, y les enviaron cincuenta catapultas de tres codos. Por último, después de tan magnífico presente, como si fuesen deudores del beneficio, levantaron dos estatuas un la plaza pública, que representaban al pueblo de Rodas coronado por el de Siracusa.
Ptolomeo les prometió trescientos talentos de plata, un millón de medidas de trigo, madera de construcción para diez navíos de cinco órdenes y otros tantos de a tres, cuarenta mil codos de vigas de pino cuadradas, mil talentos de monedas de bronce, tres mil de estopa, tres mil velas y mástiles de navío, tres mil talentos para reedificar el Coloso, cien arquitectos, trescientos cincuenta artesanos, catorce talentos anuales para su manutención, doce mil artabas de trigo para juegos y sacrificios, y veinte mil para la provisión de diez trirremes. La mayor parte de estas cosas fueron dadas de contado, y la tercera parte de todo el dinero.
Igualmente Antígono les dio diez mil vigas desde dieciséis codos hasta ocho para cuñas y estacas, cinco mil tablas de siete codos, tres mil talentos de hierro, mil de pez, mil metretas de resina por cocer y cien talentos de plata. Criseis, su mujer, les hizo un presente de cien mil medidas de trigo y tres mil talentos de plomo.
Seleuco, padre de Antíoco, a más de haber eximido de tributo a todo rodio que arribase a sus puertos, y a más de haberles provisto de diez navíos de cinco órdenes y de doscientas mil medidas de granos, les regaló diez mil codos de madera y mil talentos en resina y pelo. Iguales donativos les hicieron Prusias, Mitrídates y todos los potentados que a la sazón había en el Asia, como el de Lisania, Olímpico y Limnaio. Son innumerables las ciudades que contribuyeron a su alivio, según sus facultades. De suerte que si se considera el tiempo desde que esta ciudad comenzó a ser restaurada y poblada, causará grande admiración que en tan corto espacio hayan tomado tal ascendente las fortunas de sus ciudadanos y los edificios públicos de la ciudad; pero si se atiende a su bella situación, a lo mucho que le entra de fuera y al conjunto de comodidades que consigue, lejos de admirarse, se hallará que está menos floreciente de lo que debía. Hemos apuntado estas liberalidades, en primer lugar, para hacer ver el celo de los rodios por su República, digno por cierto de emulación y aplauso; y en segundo, para mostrar la mezquindad de los reyes de hoy día y lo poco que reciben de ellos las ciudades y pueblos. De este modo, los reyes no presumirán que han hecho alguna gran cosa con derramar cuatro o cinco talentos, ni pretenderán de los griegos igual reconocimiento y honor al que tributaron a sus predecesores. Igualmente las ciudades griegas, teniendo a la vista las inmensas generosidades que en otro tiempo recibieron, no se equivocarán en dispensar los más sublimes honores por mercedes tan despreciables como las que hoy día se acostumbran; antes bien, acordándose del grande exceso que existe de un griego a los demás hombres, sabrán dar a cada gracia su justo precio. Pero ahora volvamos a continuar el hilo, desde donde nos separamos de la guerra de los aliados.

 

CAPÍTULO XXIV
Preparativos de Arato para la guerra.- Penetración de Licurgo y Pirrias por la Messenia, sin resultado.- Discordias de los megalopolitanos aplacadas por Arato.- Derrota de los eleos por Lico, propretor de los aqueos.

Se había iniciado ya el estío, Agetas mandaba a los etolios, y Arato obtenía la pretura de los aqueos, cuando Licurgo el espartano regresó de la Etolia a su patria (218 años antes de J. C.) Los eforos le habían enviado a llamar, desengañados de la falsa acusación que había dado motivo a su destierro. Éste, pues, había tratado con Pirrias el etolio, pretor que era a la sazón de los eleos, de hacer una irrupción en la Messenia. Arato había encontrado corrompida la tropa extranjera de los aqueos, y hallado las ciudades con pocas disposiciones de contribuir a sus gastos. La causa de esto era la malicia e indolencia con que Eperato, su predecesor, había manejado los asuntos públicos. A pesar de estos atrasos, convocó los aqueos, consiguió un decreto para remedio de estos males, y pensó con actividad sobre las disposiciones de la guerra. He aquí lo que contenía el decreto de los aqueos: que se mantendrían ocho mil infantes de tropa extranjera y quinientos caballos, y que se alistarían en la Acaia tres mil hombres de a pie y trescientos caballos, entre los cuales habría quinientos infantes megalopolitanos con escudos de bronce, cincuenta caballos y otros tantos argivos. Se ordenó también que cruzasen tres navíos hacia Acta y el golfo de Argos, y otros tres por las costas de Patras, Dima y mares próximos.
Mientras que Arato se ocupaba de hacer estos preparativos, Licurgo y Pirrias, convenidos ambos en salir a campaña a un mismo tiempo, avanzaron hacia la Messnia. El pretor aqueo, que comprendió su propósito, acudió con los mercenarios y un cuerpo de tropa escogida a Megalópolis, para socorrer a los messenios. Licurgo, apenas salió de Esparta, tomó por traición a Calamar, castillo de la Messenia, y se dirigió después con diligencia a incorporarse con los etolios. Mas Pirrias, que había partido de la Elida con muy poca gente, tuvo que volver atrás por el obstáculo que halló en los ciparisseos, a la entrada de la Messenia. De suerte que Licurgo, imposibilitado de unirse con Pirrias, y sin fuerzas para obrar por sí solo, después de hechas algunas pequeñas correrías para subvenir a las necesidades del ejército, se volvió a Esparta sin haber hecho cosa de provecho. Frustrados los propósitos de los enemigos, Arato, como prudente y próvido en lo porvenir, persuadió a Taurión y a los messenios a que cada uno por su parte alistase cincuenta caballos y quinientos infantes. Su mira era guarnecer con esta gente a Messenia, Megalópolis, Tegea y Argos, países que, limítrofes de la Laconia, se hallaban más expuestos que el resto del Peloponeso a las incursiones de los lacedemonios, y cubrir él con la flor de Acaia y los mercenarios las fronteras de esta provincia que miran a la Elea y a la Etolia.
Arreglados estos asuntos, Arato, atento al decreto de los aqueos, reconcilió entre sí a los megalopolitanos, que arrojados recientemente de su patria por Cleomenes, y arruinados por el pie, como se suele decir, necesitaban de muchas cosas y estaban escasos de todas. Como siempre los espíritus se hallaban en las mismas disposiciones, siempre se encontraba imposibilidad para contribuir a los gastos, ya públicos, ya privados. Todo era contestaciones, todo disputas y todo rencor de unos a otros, como de ordinario sucede, tanto en las repúblicas como entre los particulares, cuando faltan los medios para completar los propósitos. El primer motivo de disensión era sobre el restablecimiento de los muros. Decían unos que se debía estrechar la ciudad y reducir sus muros a tal extensión que fuese asequible la empresa y la posibilidad de defenderla en caso de ataque; pues si ahora se había perdido, había sido por su magnitud y despoblación. A más de esto pedían que los propietarios contribuyesen con el tercio de sus fondos para aumentar el número de moradores. Los del bando opuesto ni podían sufrir que se estrechase la ciudad, ni consentían en la contribución del tercio de sus posesiones. El segundo y principal objeto de división eran las leyes que les había dado Pritanis, personaje ilustre entre los peripatéticos, y de esta secta, a quien Antígono había enviado por su legislador. No obstante tales desavenencias, Arato hizo todos los esfuerzos posibles para sosegar la contienda, y consiguió al cabo cortar las disputas. Las condiciones de esta concordia fueron grabadas sobre una columna que se puso junto al altar de Vesta en Omario.
Después de esta reconciliación, Arato levantó el campo, fue a la asamblea de los aqueos y dio el mando de los extranjeros a Lico de Faros, por ser éste a la sazón propretor del territorio asignado a su patria. Los eleos, disgustados con Pirrias, volvieron a pedir a los etolios por pretor a Euripidas. Éste esperó a que llegase la asamblea de los aqueos, y poniéndose en campaña a la cabeza de sesenta caballos y dos mil infantes, atravesó los campos de Faros, corrió talando el país hasta Ægea, y hecho un rico botín, se retiró a Leoncio. Lico, con esta nueva, marchó al socorro con diligencia. Encuentra al enemigo, le ataca de repente, mata cuatrocientos y hace doscientos prisioneros, entre los cuales los más ilustres eran Fissias, Antanor, Clearco, Androloco, Evanoridas, Aristogitón, Nicasippo y Aspasio. Las armas y el equipaje quedó todo por el vencedor. Por el mismo tiempo el almirante aqueo, haciéndose a la vela para Molicria, trajo consigo pocos menos de cien prisioneros, y volviendo a salir, se dirigió a Calcea, donde, vencida la oposición de los moradores, apresó dos navíos largos con sus tripulaciones, y cogió un bergantín etolio junto a Río, con todo el equipaje. De suerte que la concurrencia por mar y tierra a un tiempo de despojos, y la abundancia de dinero y provisiones que éstos rindieron, dio confianza a los soldados aqueos de recobrar sus pagas, y a las ciudades esperanza de que no serían cargadas en el futuro con impuestos.

 

CAPÍTULO XXV
Diversos sucesos de la guerra de los aliados.- Ocupación de Bilazora por Filipo.- Escalada de Melitea frustrada.- Consideraciones sobre este punto.

Mientras tanto Scerdilaidas (218 años antes de J. C.), creyéndose ofendido de Filipo por no haberle satisfecho aún cierta suma de dinero en que estaban convenidos por un tratado, destacó quince bergantines con ánimo de hacerse cobro fraudulentamente de este débito. Efectivamente, habiendo arribado a Leucades estos buques, fueron recibidos como amigos, en virtud de la alianza que mediaba, y aunque no se propasaron a hacer daño alguno, ni pudieron, sin embargo atacaron contra la fe de los tratados a Agatino y Cassandro, corintios que habían llegado y fondeado allí como amigos con cuatro navíos de Taurion; y apresados ellos y sus buques, los remitieron a Scerdilaidas. De allí se hicieron a la vela, y tomando el rumbo hacia Malea saquearon a sus comerciantes y los forzaron a tomar tierra. Con motivo de acercarse la siega, y no cuidar Taurión de custodiar las mencionadas ciudades, Arato se propuso cubrir con sus tropas escogidas la recolección de granos de los argivos. Euripidas, por su parte, salió a campana a la cabeza de los etolios, con ánimo de talar el país de los Tritaios. Pero Lico y Demodoco, comandantes de la caballería aquea, con la noticia que tuvieron de que los etolios habían salido de la Elida, congregaron los dimeos, pratenses, fareos, y unidos a éstos los extranjeros, hicieron una irrupción en Elea. Llegado que hubieron a Fixio, destacaron la infantería ligera y la caballería a talar la campiña, y dejaron emboscados en torno a esta fortaleza los pesadamente armados. El pueblo eleo salió al encuentro de los que saqueaban el país, y siguió el alcance de los que se retiraban. Entonces Lico sale de la emboscada, ataca a los que encuentra, y los eleos, sin poder sostener el ímpetu, vuelven la espalda al primer choque, quedan doscientos sobre el campo, ochenta hechos prisioneros, y los aqueos sacan impunemente el botín que habían cogido. Al mismo tiempo el almirante aqueo, hechos varios desembarcos en las costas de Calidonia y Naupacta, arrasó el país, venció dos veces la oposición de sus naturales, y trajo prisionero a Cleoncio de Naupacta, quien por ser huésped público de los aqueos no fue vendido al punto, sino remitido poco después sin rescate.
Hacia este mismo tiempo el pretor Agetas alistó todo el pueblo etolio, y después de haber saqueado el país de los acarnanios, y haber talado impunemente todo el Epiro, se retiró a su patria y despidió los etolios a sus ciudades. Los acarnanios, en venganza invadieron las tierras de Strato; mas poseídos de un terror pánico se retiraron vergonzosamente, aunque sin pérdida, porque los stratenses no se atrevieron a perseguirles, temiendo que el retiro no encubriese alguna emboscada.
En Fanote hubo una traición simulada, que ocurrió de este modo. Alejandro, gobernador por Filipo de la Fócida, fraguó un engaño a los etolios, por medio de un cierto Jasón, su lugarteniente en la ciudad de Fanote. Este envió un correo a Agetas, pretor de los etolios, ofreciéndole que le entregaría la ciudadela de Fanote. Concertado el convenio con los juramentos ordinarios, Agetas va al día señalado con sus etolios durante la noche, destaca cien hombres escogidos y esforzados a la ciudadela, y él se queda encubierto con el resto a cierta distancia. Jasón confiado en que Alejandro tenía puestas sobre las armas sus tropas dentro de la ciudad, recibe los cien etolios en la ciudadela, según había jurado. No bien éstos habían entrado, cuando Alejandro los atacó y cogió prisioneros. Llegado el día, Agetas conoció lo que pasaba, y se retiró a su patria, cogido en un lazo poco diferente de los que él había tendido tantas veces.
Mientras que esto sucedía en Grecia, el rey Filipo tomó a Bilazora, ciudad la más importante de la Peonia, y situada ventajosamente para contener las correrías desde la Dardania a la Macedonia. Con esta conquista ya casi no tenía que temer de parte de los dardanios; pues no les era fácil atacar la Macedonia, siendo él dueño de la entrada con la toma de esta plaza. Puesta en ella una buena guarnición, despachó a Crisógono con diligencia a alistar tropas en la alta Macedonia mientras que él, con las que había recogido de la Bottia y de la Anfajitida, iba marchando a Edesa. Incorporado aquí con la gente que había conducido Crisógono, se puso en camino con todo el ejército y se dejó ver al sexto día delante de Larissa. Prosiguió su marcha sin descansar día y noche, y al amanecer llegó a Melitea, a cuyos muros intentó aplicar las escalas. Los melitenses se sobresaltaron tanto con un ataque tan repentino y extraordinario, que pudiera haber tomado con facilidad la ciudad; pero por ser las escalas mucho más cortas que lo que pedía la urgencia, se le frustró el golpe. He aquí casos en donde no se puede menos de culpar a los generales. Efectivamente, ¿no se increpará la temeridad de ciertos comandantes, que sin haber tomado precaución alguna, sin haber medido los muros, sin haber reconocido la altura de los precipicios y otros lugares semejantes, por donde piensan hacer sus aproches, se presentan sin reflexión a tomar una plaza? ¿Y no son reos de un justo vituperio, si después de haber tomado por sí mismos las medidas, encargan luego sin más consideración al primero que se presenta la construcción de las escalas y otras parecidas máquinas, cuyo trabajo, aunque de poca meditación, es de suma importancia en el lance? Esta es una clase de empresas donde no existe parvidad en las omisiones. Descuidarse y seguirse el castigo, todo es uno, y esto de muchas maneras. Porque si se ejecuta la acción, expone al peligro sus más valientes soldados y si se retira, incurre en otro mayor, que es el desprecio del enemigo. Esto se justifica con muchísimos ejemplos. Pues se hallará que entre aquellos a quienes se han malogrado semejantes empresas, más son los que han quedado en la estacada, o han estado cerca de perder la vida, que los que han escapado sin lesión. A más de que éstos adquieren para el futuro una general desconfianza y aborrecimiento, van anunciando a todos la precaución, y llevan en cierto modo un sobrescrito de cautela y reserva que habla con todos, tanto los que presenciaron el lance, como los que después le oyeron. Convengamos, pues en que los que están a la cabeza de los negocios no deben emprender parecidos propósitos sin una premeditación escrupulosa. El modo de medir las escalas y fabricar otros instrumentos de guerra es muy fácil y seguro si se tiene principios. Pero sobre esta materia se nos ofrecerá ocasión y tiempo más oportuno en el discurso de la obra, en que haremos ver cómo se ha de evitar todo error en las escaladas. Ahora volvamos a continuar la narración.

 

CAPÍTULO XXVI
Asedio y ocupación de Tebas por Filipo.- Demetrio de Faros propone al rey que se convenga con los etolios y piense trasladarse a Italia.- Buena acogida que encuentra en Filipo esta sugerencia.

Al haberse malogrado esta empresa (218 años antes de Jesucristo), Filipo sentó su campo en las márgenes del Enipeo, a donde hizo venir de Larissa y de otras ciudades los aparatos de guerra que había hecho durante el invierno para sitiar a Tebas en Phtiotida. Todo el objeto de su expedición era la toma de esta ciudad, situada no lejos del mar y a trescientos estadios de Larissa. Esta plaza domina por un lado la Magnesia y por otro la Tesalia, pero con especialidad aquella parte de la Magnesia que habitan los demetrienses, y aquella otra de la Tesalia que ocupan los farsalios y Feraios. Mientras los etolios poseyeron esta ciudad, no cesaron con continuas correrías de causar grandes perjuicio, a los demetrienses, farsalios y larisseos. Pasaron muchas veces con sus talas hasta el campo Amirico. Por eso Filipo, atento a la importancia de la plaza, ponía todo su ahínco en tomarla por la fuerza. Cuando ya tuvo reunidas ciento cincuenta catapultas y veinticinco mil pedreros, avanzó hacia Tebas, y dividido el ejército entres trozos, ocupó los puestos próximos. Situó el uno alrededor de Scopio, otro cerca de Heliotropio y el tercero acampaba sobre un monte que domina la ciudad. Los espacios que mediaban entre los tres campos los rodeó con un foso y dos empalizadas, y los fortificó de cien en cien pasos con torres de madera, donde puso la guarnición competente. A consecuencia de esto acumuló en un sitito todas sus municiones, y empezó a acercar las máquinas contra la ciudadela. En los tres primeros días, como hacía la plaza una generosa y obstinada resistencia, no se pudieron adelantar las obras. Pero después que las continuas escaramuzas y la multitud de tiros acabó con una parte dela guarnición e inutilizó la otra, relajado algún tanto el valor de los sitiados, se aplicaron los macedonios a las minas y aunque tenían por contrario el terreno, la continuación hizo que al cabo de nueve días llegasen a los muros. Se turnó en los trabajos día y noche sin cesar, de suerte que en tres días quedaron socavados y apuntalados doscientos pies de muro. Pero como estos puntales eran muy débiles para sostener tanto peso, el muro se vino abajo antes que los macedonios les prendiesen fuego. Se trabajó después con actividad en desembarazar la brecha y disponerla para el avance, pero cuando ya se iba a dar el asalto, consternados los sitiados, entregaron la ciudad. Filipo, puestas a cubierto la Magnesia y la Tesalia con esta conquista, privó a los etolios de una gran ventaja e hizo ver a sus tropas la justa razón que había tenido para quitar la vida a Leoncio por haber dado antes tan mala cuenta de su persona en el cerco de Palea. Dueño de Tebas, puso en subasta los moradores que tenía, la pobló de macedonios, y en vez de Tebas la llamó Filippopolis.
Arreglado todo lo perteneciente a esta plaza, le vinieron por segunda vez embajadores de Chío, Rozas Bizancio y del rey Ptolomeo, para tratar de paz. Filipo les respondió, como había hecho antes, que estaba pronto a concertarla si iban primero a explorar las intenciones de los etolios, pero interiormente cuidaba poco de convenirse y sólo pensaba en llevar adelante sus proyectos. Así fue que habiendo tenido noticia de que la escuadra de Scerdilaidas pirateaba alrededor de Malea, que trataba a todos los comerciantes como enemigos y que contra la fe de los tratados había apresado algunos de sus buques anclados en Leucades, equipó doce navíos con puente, ocho sin él y treinta de dos órdenes y atravesó el Euripo. Su cuidado era sorprender a los ilirios; pero todas sus miras iban dirigidas contra los etolios, ya que no sabía nada de lo acaecido en Italia. Pues no había pasado aún a la Grecia la noticia de que los romanos habían sido derrotados en la Toscana por Aníbal al tiempo mismo que él estaba sitiando a Tebas. Filipo, no habiendo podido alcanzar los navíos de Scerdilaidas, fondeó en Cencras. De allí destacó los navíos con puente, con orden de tomar el rumbo de Malea para ir a Egio y Patras, y mandó pasar los demás por el istmo del Peloponeso, para que todos anclasen en Lequeo. Él, acompañado de sus amigos, partió con diligencia a Argos para asistir a los juegos Nemeos. Allí mientras que se hallaba viendo uno de los combates gímnicos, le llegó un correo de la Macedonia con la nueva de que los romanos habían perdido una gran batalla y de que Aníbal era dueño de todo el país abierto. El rey mostró al momento la carta a sólo Demetrio de Faros y le previno el secreto. Demetrio se valió de esta ocasión para aconsejarle a que dejase cuanto antes la guerra de la Etolia y pensase en llevar sus armas contra la Iliria, y de allí pasar a Italia. «La Grecia toda, decía, obedece ya ahora vuestras órdenes y las obedecerá en adelante; los aqueos han entrado de voluntad en vuestros intereses; los etolios entrarán de miedo con lo que han sufrido en la guerra presente; con que sólo el paso a Italia puede seros el principio para la monarquía universal. El proyecto a nadie cuadra mejor que a vos, y la ocasión es ahora, que están arruinados los romanos.»
Un discurso semejante no podía menos de inflamar el corazón de un rey joven, afortunado en sus empresas, intrépido en sumo grado y, sobre todo, descendiente de una casa que, con preferencia a otras, había ambicionado siempre el imperio del universo. Efectivamente, aunque por entonces no descubrió el contenido de la carta sino a Demetrio, reunió después sus confidentes y tuvo un consejo para concertar la paz con los etolios. Arato gustaba de que se compusiesen las cosas, en el concepto de que, superiores como eran en la guerra, concluirían una paz ventajosa. Por eso el rey, sin esperar a los embajadores con quienes había de tratar en general del convenio, despachó al punto a la Etolia a Cleónico de Naupacta, personaje que desde que había sido hecho prisionero estaba aguardando la asamblea de los aqueos. Él, mientras, tomando los navíos que tenía en Corinto y un ejército de tierra se dirigió a Egio, donde, para no parecer que deseaba demasiado la conclusión de la guerra, se aproximó a Lassión tomó una torre situada sobre las ruinas de esta ciudad y simuló querer atacar a Elea. Después de haber ido y venido Cleónico dos o tres veces, los etolios pidieron se les admitiese a una conferencia. Filipo consintió, y suspendidas todas las hostilidades, escribió a las ciudades aliadas, exhortándolas enviasen sus diputados para que interviniesen y deliberasen en común sobre el tratado. Él pasó con el ejército a acampar alrededor de Panormo, puerto del Peloponeso, frente por frente de Naupacta donde aguardó a los plenipotenciarios de los aliados. Mientras éstos se reunían, se hizo a la vela para Zacinto, y arreglado que hubo por si mismo los asuntos de esta isla regresó a Panormo.

 

CAPÍTULO XXVII
Reunión de Naupacta, donde se concierta la paz de los aliados.- Parlamento de Agelao para persuadirles a la unión.

Así que estuvieron reunidos los plenipotenciarios (218 años antes de J. C.), Filipo despachó a la Etolia a Arato y Taurión con algunos otros que los acompañasen. Éstos llegaron allá a tiempo que toda la nación celebraba una asamblea en Naupacta. A las primeras conferencias que tuvieron, advirtieron los deseos que todos tenían por la paz, y al punto volvieron a dar cuenta a Filipo de lo sucedido. Los etolios, con el anhelo de acabar la guerra, enviaron con éstos sus embajadores a Filipo, rogándole viniese a Naupacta con sus tropas, para que tratados más de cerca los asuntos, se concluyesen con más conveniencia. El rey cedió a sus instancias, y pasó a la cabeza de su ejército a lo que llaman los valles de Naupacta, distantes veinte estadios de la ciudad. Allí acampó, levantó una trinchera alrededor de sus navíos y campamento, y esperó el tiempo del congreso. Los etolios acudieron todos sin armas, y separados dos estadios del campo de Filipo, trataban y conferenciaban sobre lo que ocurría. Lo primero que envió a decir el rey a los diputados de los aliados, fue que concertasen la paz con los etolios, bajo la condición de que unos y otros retuviesen lo que al presente poseían. Esto lo aprobaron los etolios. Sobre los demás artículos particulares hubo de una y otra parte frecuentes legaciones que omitimos por no contener cosa que merezca la pena de referirse. Sólo haremos mención del discurso que tuvo Agelao de Naupacta en la primera sesión, a presencia del rey y de los aliados que habían concurrido.
«Lo que más importa a la Grecia, dijo, es no tener guerras intestinas, y sería un gran favor de los dioses, si con unos mismos sentimientos y cogidos de las manos como los que vadean los ríos, consiguiésemos rebatir los insultos de los bárbaros y conservar nuestras ciudades y personas. Pero ya que no se pueda cimentar esta concordia para siempre, al menos en las actuales circunstancias nos conviene conspirar y velar por la salud común, si echamos la vista sobre los formidables ejércitos e importancia de la guerra que se está haciendo al presente. Pues no habrá alguno, por medianamente instruido que se halle en la ciencia del gobierno, que no advierta que los vencedores, bien sean cartagineses, bien romanos, jamás se contendrán verosímilmente dentro de la Italia y la Sicilia, sino que extenderán y alargarán sus miras y fuerzas más allá de lo justo. Bajo este supuesto, a todos nos conviene estar atentos al peligro, pero sobre todo a vos, Filipo. El medio de estar a la mira es, si en vez de arruinar la Grecia y facilitar su conquista a los invasores, la miráis como a vuestro propio cuerpo, y tomáis a cargo la defensa de todas sus partes como miembros y pertenencias de vuestro reino. Si de este modo manejáis sus intereses, los griegos os estarán afectos y os serán socios inviolables en vuestros propósitos; y los bárbaros, asustados de la fe que la Grecia os profesa, no podrán maquinar contra vuestro reino. Sin embargo, si os arrastra la ambición de mandar, volved los ojos al Occidente, y considerad la guerra que abrasa la Italia; que como espiéis con cuidado la ocasión, ello os abrirá camino para el imperio del universo, pensamiento nada extraño en las actuales circunstancias. Pero si tenéis alguna contestación o guerra que hacer a los griegos, os suplico la remitáis a otro tiempo más desocupado; y ahora anheléis sobre todo a que esté en vuestra mano la potestad de hacer la paz o la guerra con ellos a vuestro antojo. Porque si permitís que la nube que ahora se descubre al Occidente venga a descargar sobre la Grecia, temo con sobrado fundamento que de tal modo nos corte la libertad de hacer treguas, tomar las armas y terminar las disputas que ahora tenemos, que tengamos que suplicar a los dioses nos concedan la facultad de hacer la guerra a nuestro arbitrio, concertar la paz entre nosotros, y, en una palabra, ser árbitros de nuestras contestaciones.» Este razonamiento de Agelao inflamó a todos los aliados para la paz, pero especialmente a Filipo, a cuyo deseo, dispuesto de antemano por las exhortaciones de Demetrio, fue más conforme el discurso. Y así, convencidos sobre los artículos particulares se firmó el tratado y se retiró cada uno a su casa, llevando a su patria la paz en vez de la guerra. Todos estos acaecimientos, a saber, la batalla perdida por los romanos en la Toscana, la de Antíoco sobre la Cæle-Siria, y la paz de los aqueos y Filipo con los etolios sucedieron en el tercer año de la ciento cuarenta olimpíada. Ésta fue la primera época, ésta la primera asamblea en que los intereses de Italia y África se mezclaron con los de Grecia. De aquí adelante, bien se hiciese la guerra, bien se concertase la paz, ni Filipo ni los jefes de las repúblicas griegas reglaban sus asuntos con respecto solo a la Grecia, sino que todos tornaban sus miras a la Italia. Los insulares y los pueblos del Asia siguieron poco después el mismo ejemplo. Porque si tenían algún disgusto con Filipo o alguna diferencia con Attalo, ya no acudían a Antíoco y a Ptolomeo, ni miraban al Mediodía y Levante; volvían sí sus ojos al Occidente; y bien a Cartago, bien a Roma, todos dirigían allá sus embajadas. Del mismo modo los romanos, conociendo la audacia de Filipo, enviaban sus legados a la Grecia, por temor que en circunstancias tan calamitosas no se les añadiese este nuevo enemigo.
Pero puesto que hemos manifestado claramente, según ofrecimos al principio, el cuándo, cómo y con qué motivo los intereses de Grecia vinieron a mezclarse con los de Italia y África; y que consecutivamente hemos referido las acciones de los griegos, hasta aquellos tiempos en que los romanos perdieron la batalla de Cannas, época en que acaba la narración de los hechos de Italia, será bien finalicemos igualmente este libro, una vez que lo hemos igualado con aquella data.

 

CAPÍTULO XXVIII
Situación de todos los pueblos de Grecia y Asia. Así que dejaron las armas los aqueos (217 años antes de J. C.),

eligieron por pretor a Timoxeno, y restablecieron sus antiguos usos y costumbres. Asimismo las demás ciudades del Peloponeso entraron en el goce de sus haciendas, cultivaron sus campos e instauraron sus sacrificios, juegos y demás ritos con que cada pueblo daba culto a sus dioses; funciones todas que por la continuación de las guerras precedentes, casi las más habían sido olvidadas. Ciertamente yo no sé cómo los peloponesios, inclinados por naturaleza más que otro pueblo a la vida quieta y sosegada, han gozado hasta ahora de este reposo menos que ninguno, antes bien, según Eurípides, han estado siempre rodeados de trabajos y con las armas en la mano. En mi concepto, es justo castigo porque amantes por naturaleza del mando y de la libertad, viven en una continua guerra, por disputarse sin cesar la primacía. Los atenienses, por el contrario, apenas se vieron libres del terror de la Macedonia, creyeron ya gozar de una libertad constante. Gobernados por Euriclidas y Mición, no se mezclaron en los asuntos de los demás griegos. Siguieron sí ciegamente la conducta e impulsos de sus dos magistrados: fueron pródigos en honrar a todos los reyes, y sobre todo a Ptolomeo; y no hubo especie de decreto o encomio por que no pasasen, ajando en cierto modo la decencia por indiscreción de sus dos jefes.
Poco después del tiempo en que vamos (217 años antes de J. C.), Ptolomeo tuvo que tomar las armas contra sus vasallos. Ciertamente que este rey, en el hecho de haber armado los egipcios contra Antíoco, tomó por el pronto un arbitrio conveniente, pero para adelante le fue pernicioso. Porque ensoberbecidos con la victoria de Rafia, ya no se dignaban obedecer sus órdenes; al contrario, creyéndose capaces de hacerle resistencia, andaban buscando sólo una cabeza o jefe para rebelarse, como en efecto hicieron transcurrido poco tiempo. Antíoco, después de hechos grandes preparativos durante el invierno (217 años antes de J. C.), superó el monte Tauro a la entrada del verano, y asociado con el rey Attalo, emprendió la guerra contra Aqueo.
Los etolios (217 años antes de J. C.) ya que no les había salido la guerra conforme a sus ideas, al principio aprobaron la paz contraída con los aqueos, y por eso eligieron por pretor a Agelao de Naupacta, atento a que había sido el autor principal del ajuste. Mas no pasó mucho tiempo sin que se disgustasen y quejasen de su pretor, porque habiendo hecho la paz, no con un pueblo particular, sino con la Grecia toda, les había quitado todas las proporciones de enriquecerse a costa de sus vecinos, y aun les había cortado las esperanzas para el futuro. Pero Agelao sufrió con constancia estas quejas indiscretas, y supo reprimir tan bien sus impulsos, que tuvieron que tolerar la paz, aunque con repugnancia.
Filipo, después de la paz, regresó por mar a Macedonia (217 años antes de J. C.) Allí encontró a Scerdilaidas, quien, bajo el mismo pretexto que tuvo para atacar contra los tratados los navíos en Leucades, había saqueado ahora la villa de Pisseo en la Pelagonia, ganado las ciudades de la Dassarétida, sobornado con promesas las de Antipatria, Crisondión y Gertún en la Foibatida, y talado muchos campos de la vecina Macedonia. El rey salió a campaña sin dilación para recobrar las plazas perdidas, y resuelto a medir sus armas con Scerdilaidas. Nada creía era de mayor importancia para otros propósitos que meditaba, y sobre todo para pasar a Italia, como el arreglar primero las cosas de la Iliria. Demetrio incitaba tan de continuo el ánimo del rey a este proyecto, que aun durmiendo soñaba y pensaba en esta expedición Filipo. Esto no lo hacía por amor que le tuviese, apenas tocaba a la amistad un tercer lugar en este asunto; sino por odio que profesaba a los romanos, y principalmente por conveniencia propia, pues sólo así esperaba volver a mandar en Faros. Efectivamente, Filipo recobró las ciudades que hemos dicho y ocupó a Creonión y Gerún, en la Dassarétida; a Enquelanas, Cerace, Satión y Boios, junto al lago Lichnidio; a Bantia, en el país de los calicoenos, y a Orgiso, en el de los pissantinos. Finalizada la campaña, envió a invernar sus tropas. En este mismo invierno fue cuando Aníbal, arrasados los más bellos países de Italia, fue a acuartelarse en torno a Gerunio en la Apulia, y cuando los romanos crearon cónsules a Aulo Terencio y L. Emilio.
Filipo durante el cuartel de invierno reflexionó que para sus propósitos necesitaba navíos y marinería; esto no tanto porque esperase poder medir sus fuerzas por mar con los romanos, cuanto porque de este modo transportaría con más comodidad sus tropas, llegaría más pronto a donde se había propuesto y se presentaría al enemigo cuando menos lo pensase. Para este proyecto creyó no había mejor construcción de buques que la de los ilirios, y ordenó fabricar cien bergantines, siendo en esto casi sin segundo entre los reyes de Macedonia. Ya que tuvo equipados estos navíos, reunió sus tropas a la entrada del estío, ejercitó algún tanto sus macedonios en el remo y se hizo a la vela al mismo tiempo que Antíoco superaba el monte Tauro. Habiendo atravesado el Euripo y doblado hacia Malea, arribó a las costas de Cefalenia y Leucades, donde fondeó, y puesto de observación se informó acerca de la escuadra romana. Enterado de que se hallaba anclada en Lilibea, salió del puerto lleno de confianza y dirigió la proa hacia Apolonia.
Ya iba a tocar con la embocadura del Loío, río que baña a Apolonia, cuando un terror pánico, semejante a los que tienen a veces los ejércitos de tierra, se apodero de sus tropas. Algunos barcos de los que venían a la retaguardia, habiendo fondeado en Saso, isla situada a la entrada del mar Jonio, vinieron por la noche a decirle que al mismo tiempo que ellos, habían abordado unos navíos procedentes del Estrecho, y éstos les habían contado cómo dejaban en Regio diez navíos romanos de cinco órdenes que navegaban hacia Apolonia a dar socorro a Scerdilaidas. Filipo creyendo que ya tenía sobre sí tan grande escuadra, lleno de miedo ordenó sin dilación levar anclas y tomar el camino que había traído. Después de una retirada sin orden ni concierto y una navegación de un día y una noche sin cesar, abordó al siguiente a Cefalenia, donde, alentado algún tanto, dio a entender que había vuelto arreglar ciertos negocios del Peloponeso. Efectivamente, el terror del rey... no era del todo mal fundado. Porque Scerdilaidas, con la noticia de que Filipo hacía construir durante el invierno gran número de buques, pronosticando que vendría contra él, había participado a los romanos esta noticia para rogar su socorro, y éstos le habían enviado diez navíos de la escuadra que estaba en Lilibea, los mismos que se habían avistado delante de Regio. Ciertamente si Filipo aterrado no hubiera tomado inconsideradamente la huida, sin duda hubiera conseguido sus propósitos en la Iliria; pues ocupada toda la atención y fuerzas de los romanos con Aníbal y la batalla de Cannas, verosímilmente se hubiera apoderado de los diez navíos. Pero amedrentado con el aviso, se retiró a la Macedonia sin lesión, mas no sin ignominia.
Por este mismo tiempo realizó Prusias un hecho memorable. Los gálatas que Attalo, por la reputación de su valor, había traído de Europa para hacer la guerra contra Aqueo, habiéndose separado de este rey por los temores que ya hemos apuntado, fieros e insolentes talaban las ciudades del Helesponto. Por último, ya habían emprendido el asedio de los ilienses, cuando los alejandrinos que habitan la Troada hicieron una hazaña esclarecida. Destacaron allá a Temistes, quien con cuatro mil hombres los hizo levantar el sitio, los cortó los víveres, frustró sus proyectos y los desalojó de toda la Troada. Los gálatas después se apoderaron de Arisba, en el país de los abidenos, desde donde insidiaban y mantenían guerra continua con las demás ciudades de aquellos alrededores. Prusias salió contra ellos y les dio la batalla. Los hombres quedaron todos tendidos sobre el campo de batalla, los hijos y las mujeres fueron degollados casi todos dentro de los reales, y los equipajes abandonados a los vencedores. Con esta acción libertó Prusias de un gran miedo y sobresalto las ciudades del Helesponto, y dio una buena lección a los bárbaros venideros para que no aventurasen otra vez con tanta facilidad el tránsito de Europa al Asia. Tal era el estado de los negocios de Grecia y Asia. En Italia, después de la batalla de Cannas, la mayor parte de los pueblos se pasaron al partido de Cartago, como hemos mencionado antes. Ahora, puesto que hemos expuesto todo lo que contiene la olimpíada ciento cuarenta concerniente a los asiáticos y griegos, daremos fin a la narración en esta época. En el libro siguiente, después que hayamos recordado en pocas palabras lo que hemos anticipado, en éste convertiremos la palabra al gobierno de los romanos, según prometimos al principio.

 


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