Comentarios sobre la guerra de las Galias – Julio César – Libro VII

El siguiente es el libro III de la obra de Julio César La Guerra de las Galias, también conocida como De bello Gallico. Segunda expedicion a Germania

LA GUERRA DE LAS GALIAS – Libro VII

Segunda expedicion a Germania

Los Comentarios sobre la guerra de las Galias (Commentarii de bello Gallico o, de manera abreviada, De bello Gallico) fueron una serie de siete libros escritos por Gayo Julio César en tercera persona durante la Guerra de las Galias y publicados tras su finalización (más un octavo libro continuador por Aulo Hircio). César publica estos libros a manera de defensa propia, cuando sus enemigos en Roma comenzaron a desparramar rumores en su contra e intentaron proscribirlo, algo que podía poner seriamente en riesgo su vida. Al relatar sus victorias y hazañas en la guerra contra los galos, César buscó ganar el apoyo del pueblo y el favor del ejército. Para entender el contexto histórico de dicho período histórico puede leer el siguiente artículo. Estos libros se consideran como una obra antecesora a los Comentarios de la guerra civil. De bello Gallico es una obra no solo de importante valor histórico y militar, es también un rico tratado sobre las culturas, tradiciones y costumbres de los pueblos galos.

Nota: Las anotaciones pueden hallarse al final de la página. Así mismo también pueden hallarse las anotaciones realizadas por Napoleón Bonaparte.

De bello Gallico

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Libro VII

I. Sosegada ya la Galia, César, conforme a su resolución, parte para Italia a presidir las juntas. Aquí tiene noticia de la muerte de Publio Clodio. Sabiendo asimismo que por decreto del Senado todos los mozos de Italia eran obligados a alistarse, dispone hacer levas en toda la provincia. Espárcense luego estas nuevas por la Galia Transalpina, abultándolas, y poniendo de su casa los galos lo que parecía consiguiente: «que detenido César por las turbulencias de Roma, no podía durante las diferencias venir al ejército». Con esta ocasión, los que ya de antemano estaban desabridos por el imperio del Pueblo Romano, empiezan con mayor libertad y descaro a tratar de guerra. Citándose los grandes a consejo en los montes y lugares retirados, quéjanse de la muerte de Acón; y reflexionando que otro tanto puede sucederles a ellos mismos, laméntanse de la común desventura de la Galia. No hay premios ni galardones que no prometan al que primero levante bandera y arriesgue su vida por la libertad de la patria. Ante todas cosas, dicen: «Mientras la conspiración está secreta, se ha de procurar cerrar a César el paso al ejército; esto es fácil, porque ni las legiones en ausencia del general han de atreverse a salir de los cuarteles, ni el general puede juntarse con las legiones sin escolta. En conclusión, más vale morir en campaña, que dejar de recobrar nuestra antigua militar gloria, y la libertad heredada de los mayores. »

II. Ponderadas estas cosas, salen a la empresa los chartreses prometiendo exponerse a cualquier peligro por el bien común, y dar principio a la guerra; y por cuanto era posible en el día recibir y darse rehenes, por no propalar el secreto, piden pleito homenaje sobre las banderas (ceremonia para ellos la más sacrosanta) que no serán desamparados de los demás, una vez comenzada la guerra. Con efecto, entre los aplausos de los chartreses, prestando juramento todos los circunstantes y señalado el día del rompimiento, se despide la junta.

III. Llegado el plazo, los de Chartres, acaudillados de Cotuato y Conetoduno, dos hombres desaforados, hecha la señal, van corriendo a. Genabo, y matan a los ciudadanos romanos que allí residían por causa del comercio, y entre ellos el noble caballero Cayo Fusio Cota, que por mandato de César cuidaba de las provisiones, y roban sus haciendas. Al instante corre la voz por todos los Estados de la Galia, porque siempre que sucede alguna cosa ruidosa y muy notable la pregonan por los campos y caminos. Los primeros que oyen pasan a otros la noticia, y éstos de mano en mano la van comunicando a los inmediatos, como entonces acaeció; que lo ejecutado en Genabo al rayar el Sol, antes de tres horas de noche se supo en la frontera de los alvernos a distancia de ciento setenta millas.

IV. De la misma suerte aquí Vercingetórige (joven muy poderoso, cuyo padre fue Celtilo el mayor príncipe de toda la Galia, y al fin muerto por sus nacionales por querer hacerse rey), convocando sus apasionados, los amotinó fácilmente. Mas sabido su intento, ármanse contra él, y es echado de Gergovia (126) por Gobanición su tío y los demás señores que desaprobaban este atentado. No se acobarda por eso, antes corre los campos enganchando a los desvalidos y facinerosos. Junta esta gavilla, induce a su partido a cuantos encuentra de los ciudadanos. Exhórtalos a tomar las armas en defensa de la libertad; con que abanderizada mucha gente, echa de la ciudad a sus contrarios, que poco antes le habían a él echado de ella. Proclámase rey de los suyos; despacha embajadas a todas partes conjurando a todos a ser leales. En breve hace su bando a los de Sens, de París, el Poitú, Cuera, Turena, a los aulercos limosines, a los de Anjou y demás habitantes de las costas del Océano. Todos a una voz le nombran generalísimo. Valiéndose de esta potestad absoluta, exige rehenes de todas estas naciones, y manda que le acudan luego con cierto número de soldados. A cada una de las provincias determina la cantidad de armas y el tiempo preciso de fabricarlas. Sobre todo cuida de proveerse de caballos. Junta en su gobierno un sumo celo con una severidad suma. A fuerza de castigos se hace obedecer de los que andaban perplejos. Por delitos graves son condenados al fuego y a todo género de tormentos; por faltas ligeras, cortadas las orejas o sacado un ojo, los remite a sus casas para poner escarmiento y temor a los demás con el rigor del castigo.

V. Con el miedo de semejantes suplicios, formado en breve un grueso ejército, destaca con parte de él a Lucterio de Cuerci, hombre sumamente arrojado, al país de Ruerga, y él marcha al de Berri. Los bierrienses, sabiendo su venida, envían a pedir socorro a los eduos, sus protectores, para poder más fácilmente resistir al enemigo. Los eduos, de acuerdo con los legados, a quienes César tenía encomendado el ejército, les envían de socorro algunos regimientos de a pie y de a caballo; los cuales ya que llegaron al río Loire, que divide a los berrienses de los eduos, detenidos a la orilla algunos días sin atreverse a pasarlo, dan a casa la vuelta, y por excusa a nuestros legados el temor que tuvieron de la traición de los berrienses, que supieron estar conjurados con los alvernos para cogerlos en medio caso que pasasen el río. Si lo hicieron por el motivo que alegaron a los legados, y no por su propia deslealtad, no me parece asegurarlo, porque de cierto no me consta. Los berrienses, al punto que se retiraron los eduos, se unieron con los alvernos.

VI. César, informado en Italia de estas novedades, viendo que las cosas de Roma por la buena maña de Cneo Pompeyo habían tomado mejor semblante, se puso en camino para la Galia Transalpina. Llegado allá, se vio muy embarazado para disponer el modo de hacer su viaje al ejército. Porque si mandaba venir las legiones a la Provenza, consideraba que se tendrían que abrir el camino espada en mano en su ausencia; si él iba solo al ejército, veía no ser cordura el fiar su vida a los que de presente parecían estar en paz.

VII. Entre tanto Lucterio el de Cuerci, enviado a los rodenses, los trae al partido de los alvernos. De aquí, pasando a los nitióbriges y gábalos, (127) de ambas naciones saca rehenes; y reforzadas sus tropas, se dispone a romper por la Provenza del lado de Narbona, de cuyo designio avisado César, juzgó ser lo más acertado de todo el ir derecho a Narbona. Entrado en ella, los serena; pone guarniciones en los rodenses pertenecientes a la Provenza ()128 en los volcas arecómicos, (129) en los tolosanos, y en los contornos de Narbona, vecinos al enemigo. Parte de las milicias provinciales y las reclutas venidas de Italia manda pasar a los helvios, confinantes con los alvernos.

VIII. Dadas estas disposiciones, reprimido ya y vuelto atrás Lucterio por considerar arriesgada la irrupción de los presidios, César dirige su marcha a los helvios. Y no obstante que la montaña Cebena, que separa los alvernos de los helvios, cubierta de altísima nieve por ser entonces lo más riguroso del invierno, le atajaba el paso, sin embargo, abriéndose camino por seis pies de nieve con grandísima fatiga de los soldados, penetra en los confines de los alvernos. Cogidos éstos de sorpresa, porque se creían defendidos del monte como de un muro impenetrable, y en estancia tal que ni aun para un hombre solo jamás hubiera senda descubierta, da orden a la caballería de correr aquellos campos a rienda suelta, llenando de terror a los enemigos. Vuela la fama de esta novedad por repetidos correos hasta Vercingetórige, y todos los alvernios lo rodean espantados y suplican: «mire por sus cosas; que no permita sean destrozados de los enemigos viendo convertida contra sí toda la guerra». Rendido en fin a sus amonestaciones, levanta el campo de Berri encaminándose a los alvernios.

IX. Pero César, a dos días de estancia en estos lugares, como quien tenía previsto lo que había de hacer Vercingetórige con motivo de reclutar nuevas tropas y caballos, se ausenta del ejército, y entrega el mando al joven Bruto, con encargo de emplear la caballería en correrías por todo el país; que él haría lo posible para volver dentro de tres días. Ordenadas así las cosas, corriendo a todo correr, entra en Viena cuando menos le aguardaban los suyos. Encontrándose aquí con la nueva caballería dirigida mucho antes a esta ciudad, sin parar día y noche por los confines de los eduos, marcha a los de langres donde invernaban las legiones, para prevenir con la presteza cualquiera trama, si también los eduos por amor de su libertad intentasen urdirla. Llegado allá, despacha sus órdenes a las demás legiones, y las junta todas en un sitio antes que los alvernos pudiesen tener noticia de su llegada. Luego que la entendió Vercingetórige, vuelve de contramarcha con su ejército a Berri; de donde pasó a sitiar a Gergovia, población de los hoyos, que se la concedió César con dependencia de los eduos, cuando los venció en la guerra helvética.

X. Este sitio daba mucho que pensar a César, porque si mantenía en cuarteles las legiones el tiempo que faltaba del invierno, temía no se rebelase la Galia toda por la rendición de los tributarios de los eduos, visto que los amigos no hallaban en él ningún amparo; si las sacaba de los cuarteles antes de sazón, exponíase a carecer de víveres por lo penoso de su conducción. En todo caso le pareció menos mal sufrir antes todas las incomodidades, que con permitir tan grande afrenta enajenar las voluntades de todos sus aliados. En conformidad de esto, exhortando a los eduos a cuidar del acarreo de vituallas, anticipa a los boyos aviso de su venida alentándolos a mantenerse fieles y resistir vigorosamente al asalto de los enemigos. Dejadas, pues, en Agendico (130) dos legiones en los equipajes de todo el ejército, toma el camino de los boyos.

XI. Al día siguiente llegado a Velaunoduno, castillo de los senones, determinó sitiarlo, por no dejar a las espaldas enemigo que impídese las remesas de bastimentos. A los dos días le tenía circunvalado; al tercero, saliendo de la plaza comisarios a tratar de la entrega, les mandó rendir las armas, sacar fuera las cabalgaduras y dar seiscientos rehenes. Encomienda la ejecución de esto a Cayo Trebonio su legado; él, por no perder un punto de tiempo, mueve contra Genabo, ciudad de los chartreses; los cuales acabando entonces de oír el cerco de Velaunoduno, y creyendo que iría muy despacio, andaban haciendo gente para meterla de guarnición en Genabo, adonde llegó César en dos días, y plantando enfrente sus reales, por ser ya tarde, difiere para el otro día el ataque, haciendo que los soldados preparen lo necesario; y por cuanto el puente del río Loire estaba contiguo al muro, recelándose que a favor de la noche no huyesen los sitiados, ordena que dos legiones velen sobre las armas. Los genabeses, hacia la medianoche, saliendo de la ciudad con silencio, empezaron a pasar el río; de lo cual avisado César por las escuchas, quemadas las puertas, mete dentro las legiones, que por orden suya estaban alerta, y se apodera del castillo, quedando muy pocos de los enemigos que no fuesen presos, porque la estrechura del puente y de las sendas embarazaba a tanta gente la huida. Saquea la ciudad y la quema; da los despojos a los soldados, pasa con ellos el Loire y entra en el país de Berri.

XII. Cuando Vercingetórige supo la venida de César, levanta el cerco y le sale al encuentro. César había pensado asaltar a Neuvy, fortaleza de los berrienses, situada en el camino. Pero vinieron a ella diputados a suplicarle «les hiciese merced del perdón y de la vida»; por acabar lo que restaba con la presteza que tanto le había valido en todas sus empresas, les manda entregar las armas, presentar los caballos, dar rehenes. Entregada ya de éstos una parte, y estándose entendiendo en lo demás, y los centuriones con algunos soldados dentro para el reconocimiento de las armas y bestias, se dejó ver a lo lejos la caballería enemiga que venía delante del ejército de Vercingetórige. Al punto que la divisaron los sitiados, con la esperanza del socorro alzan el grito, toman las armas, cierran las puertas, y cubren a porfía la muralla. Los centuriones que estaban dentro, conociendo por la bulla de los galos que maquinaban alguna novedad, desenvainadas las espadas tomaron las puertas, y se pusieron en salvo con todos los suyos.

XIII. César destaca su caballería, que se traba con la enemiga; yendo ya los suyos de vencida, los refuerza con cuatrocientos caballos germanos, que desde el principio solía tener consigo. Los galos no pudieron aguantar su furia, y puestos en huida, con pérdida de muchos se retiraron al ejército. Ahuyentados éstos, atemorizados de nuevo los sitiados, condujeron presos a César a los que creían haber alborotado la plebe, y se rindieron. Acabadas estas cosas, púsose César en marcha contra la ciudad de Avarico, la más populosa y bien fortificada en el distrito de Berri, y de muy fértil campiña, con la confianza de que, conquistada ésta, fácilmente se haría dueño de todo aquel Estado.

XIV. Vercingetórige, escarmentado con tantos continuados golpes recibidos en Velaunoduno, Genabo, Neuvy, llama los suyos a consejo; propóneles «ser preciso mudar totalmente de plan de operaciones; que se deben poner todas las miras en quitar a los romanos forrajes y bastimentos. Ser esto fácil por la copia de caballos que tienen y por la estación, en que no está para segarse la hierba; que forzosamente habían de esparcirse por los cortijos en busca de forraje, y todos estos diariamente podían ser degollados por la caballería. Añade que por conservar la vida debían menospreciarse las haciendas y comodidades, resolviéndose a quemar las aldeas y caserías que hay a la redonda de Boya hasta donde parezca poder extenderse los enemigos a forrajear; que por lo que a ellos toca, todo les sobraba, pues serían abastecidos de los paisanos en cuyo territorio se hacía la guerra. Los romanos o no podrían tolerar la carestía, o con gran riesgo se alejarían de sus tiendas; que lo mismo era matarlos que privarles del bagaje, sin el cual no se puede hacer la guerra; que asimismo convenía quemar los lugares que no estuviesen seguros de toda invasión por naturaleza o arte, porque no sirviesen de guarida a los suyos para substraerse de la milicia, ni a los romanos surtiesen de provisiones y despojos. Si esto les parece duro y doloroso, mucho más debía parecerles el cautiverio de sus hijos y mujeres, y su propia muerte, consecuencias necesarias del mal suceso en las guerras».

XV. Aplaudiendo todos este consejo, en un solo día ponen fuego a más de veinte ciudades en el distrito de Berri. Otro tanto hacen en los demás. No se ven sino incendios por todas partes; y aunque les causaba eso gran pena, sin embargo se consolaban con que, teniendo casi por cierta la victoria, muy en breve recobrarían lo perdido. Viniendo a tratar en la junta si convendría quemar o defender la plaza de Avarico, échanse los berrienses a los pies de todos los galos, suplicando que no los fuercen a quemar con sus manos propias aquella ciudad, la más hermosa de casi toda la Galia, baluarte y ornamento de su nación; dicen ser fácil la defensa por naturaleza del sitio, estando, como está, cercada casi por todos lados del río y de una laguna, con sólo una entrada y esa muy angosta. Otórgase la petición, oponiéndose al principio Vercingetórige, y al cabo condescendió movido de sus ruegos y de lástima del populacho. Guarnécenla con tropa valiente y escogida.

XVI. Vercingetórige, a paso lento, va siguiendo las huellas de César, y se acampa en un lugar defendido de lagunas y bosques, a quince millas de Avarico. (131) Aquí le informaban sus espías puntualmente y a todas horas de lo que se hacía en Avarico, y daba las órdenes correspondientes. Acechaba todas nuestras salidas al forraje, y en viendo algunos desbandados que por necesidad se alejaban, arremetía y causábales gran molestia, en medio de que los nuestros procuraban cautelarse todo lo posible, variando las horas v las veredas.

XVII. César, asentado sus reales enfrente de aquella parte de la plaza que, por no estar cogida del río y de la laguna, tenía, según se ha dicho, una subida estrecha, empezó a formar el terraplén, armar las baterías y levantar dos bastidas, porque la situación impedía el acordonarla. Instaba continuamente a los boyos y a los eduos sobre las provisiones; pero bien poco le ayudaban: éstos, porque no hacían diligencia alguna; aquéllos, porque no podían mucho, siendo como eran poca gente v sin medios, con que presto consumieron los romanos lo que tenían. Reducido el ejército a suma escasez de víveres por la poquedad de los hoyos, negligencia de los eduos, incendios de las granjas, en tanto grado que por varios días carecieron de pan los soldados, y para no morir de hambre tuvieron que traer de muy lejos carnes para alimentarse; con todo no se les escapó ni una palabra menos digna de la majestad del Pueblo Romano v de las pasadas victorias. Antes bien, hablando César a las legiones en medio de sus fatigas, y ofreciéndose a levantar el cerco si les parecía intolerable aquel trabajo, todos a una voz le conjuraban que no lo hiciese; que pues tantos años habían militado bajo su conducta sin la menor mengua, no dejando jamás por acabar empresa comenzada, desistir ahora del asedio emprendido sería para ellos la mayor ignominia; que mejor era sufrir todas las miserias del mundo, que dejar de vengar la muerte alevosa que dieron los galos a los ciudadanos romanos en Genabo. Estas mismas razones daban a los centuriones y tribunos, para que se las expusiesen a César.

XVIII. Arrimadas ya las bastidas al muro, supo César de los primeros que Vercingetórige, acabado el forraje, había movido su campo mas cerca de Avarico, y él mismo en persona con la caballería y los volantes, hechos a pelear al estribo de los caballos, se había puesto en celada hacia el paraje donde pensaba irían los nuestros a forrajear el día siguiente. Con esta noticia, César, a medianoche, marchando a la sordina, llegó por la mañana al campo de los enemigos. Éstos, luego que fueron avisados por las escuchas, escondieron el carruaje y las cargas entre la maleza del bosque, y ordenaron todas sus tropas en un lugar alto y despejado. Sabido esto, César al punto mandó poner aparte los tardos y aprestar las armas. Estaba el enemigo en una colina, que se alzaba poco a poco del llano. Ceñíala casi por todas partes una laguna pantanosa, de cincuenta pies no más en ancho. Aquí, rotos los pontones, se hacían tuertes los galos, confiados en la ventaja del sitio, y repartidos por naciones, tenían apostadas sus guardias en todos los vados y trancos de la laguna, con firme- resolución de cargar a los romanos atollados, si tentasen atravesarla; por manera que quien viese la cercanía de su posición, pensaría que se disponían a pelear casi con igual partido, mas quien mírase la desigualdad del sitio, echaría de ver que todo era no más que apariencia y vana ostentación. Indignados los soldados de que los enemigos estuviesen firmes a su vista en tan corta distancia, y clamando por la señal de acometer, César les representa: «cuánto daño se seguiría, y a cuántos soldados valerosos costaría la vida, sin poderlo remediar, esta victoria; que pues ellos se mostraban tan prontos a cualquier peligro por su gloria, sería él tenido por el hombre más ingrato del mundo si no estimase la vida de ellos más que la suya». Contentando así a los soldados, se retiró con ellos ese mismo día a los reales, y prosiguió aparejando lo que faltaba para el ataque de la plaza.

XIX. Vercingetórige, cuando a los suyos dio la vuelta, es acusado de traidor, «por haberse acercado tanto a los romanos; por haberse ido con toda la caballería; por haber dejado el grueso del ejército sin cabeza, y haber sido causa con su partida de que los romanos viniesen tan a punto y tan presto; no ser creíble que todo este conjunto de cosas hubiese acaecido casualmente o sin trato; ser visto que quería más ser rey de la Galia por gracia de César que por beneficio de los suyos». A tales acusaciones respondió él en esta forma: «Que si partió, fue por falta de forraje y a instancias de ellos mismos; el haberse acercado a los romanos fue por la seguridad que le daba la ventaja del sitio, que por sí mismo estaba bien guardado; que la caballería de nada hubiera servido en aquellos pantanos, y fue útilmente empleada en el lugar de su destino; que de propósito al partirse a ninguno entregó el mando, temiendo no se arriesgase al combate por instigación de la chusma; a lo cual veía inclinados a todos por la demasiada delicadeza y el poco aguante para el trabajo. Los romanos, si es que vinieron por acaso, dad gracias a la fortuna; si alguien los convidó, dádselas a éste; pues que mirándolos de alto, pudisteis enteraros de su corto número y valor, que no osando combatir, se retiraron vergonzosamente a los reales; que muy lejos estaba de pretender el reino de mano de César, teniéndole en la suya con la victoria, que él y todos los galos daban por cierta. Todavía les perdonaba, si pensaban no tanto recibir de él la libertad y la vida, cuanto hacerle mucha honra. Y para que veáis, dice, que hablo la pura verdad, escuchad a los soldados romanos. » Saca unos prisioneros hechos pocos días antes en las dehesas, transidos de hambre y de las cadenas; los cuales de antemano instruidos de lo que habían de responder, dicen «ser soldados legionarios; haber huido de los cuarteles forzados del hambre y lacería, por si podían encontrar por esos campos un pedazo de pan o carne; estar todo el ejército reducido a la misma miseria; no hay quien pueda tenerse en pie, ni sufrir las fatigas; y así el general está resuelto, si no se rinde la plaza dentro de tres días, a levantar el cerco». «Todo esto, dice entonces Vercingetórige, debéis al que acusáis de traidor; por cuya industria, sin costaros gota de sangre, veis un ejército tan poderoso casi muerto de hambre; que si, huyendo vergonzosamente, buscare algún asilo, precavido tengo que no lo halle en parte ninguna. »

XXI. Le vitorean todos, y batiendo las armas, como usan hacerlo en señal de que aprueban las razones del que habla, repiten a voces que Vercingetórige es un capitán consumado; que ni se debe dudar de su fe, ni administrarse puede mejor la guerra; y ordenan que diez mil hombres escogidos entren en la plaza, no juzgando conveniente fiar de los bierrienses solos la común libertad; porque de la conservación de esta fortaleza pendía, según pensaban, toda la seguridad de la victoria.

XXII. Los galos, siendo como son gente por extremo mañosa y habilísima para imitar y practicar las invenciones de otros, con mil artificios eludían el valor singular de nuestros soldados. Unas veces con lazos corredizos se llevaban a los sitiadores las hoces, y teniéndolas prendidas, las tiraban adentro con ciertos instrumentos; otras veces con minas desbarataban el vallado, en lo que son muy diestros por los grandes minerales de hierro que tienen, para cuya cava han ideado y usan toda suerte de ingenios. Todo el muro estaba guarnecido con torres de tablas cubiertas de pieles. Demás de esto, con salidas continuas de día y de noche, o arrojaban fuego a las trincheras, o sorprendían a los soldados ocupados en las maniobras; y cuando subían nuestras torres sobre el terraplén que de día en día se iba levantando, otro tanto alzaban las suyas trabando postes con postes, y contraminando nuestras minas, impedían a los minadores, ya con vigas tostadas y puntiagudas, ya con pez derretida, ya con cantos muy gruesos, el arrimarse a las murallas.

XXIII. La estructura de todas las de la Galia viene a ser ésta: Tiéndense en el suelo vigas de una pieza derechas y pareadas, distantes entre sí dos pies, y se enlazan por dentro con otras al través, llenos de fagina los huecos; la fachada es de gruesas piedras encajonadas. Colocado esto y hecho de todo un cuerpo, se levanta otro en la misma forma y distancia paralela, de modo que nunca se toquen las vigas, antes queden separadas por trechos iguales con la interposición de las piedras bien ajustadas. Así prosigue la fábrica hasta que tenga el muro competente altura. Éste por una parte no es desagradable a la vista, por la variedad con que alternan vigas y piedras, unas y otras en línea recta paralela sin perder el nivel; por otra parte es de muchísimo provecho para la defensa de las plazas, por cuanto las piedras resisten al fuego, y la madera defiende de las baterías, que como está por dentro asegurada con las vigas de una pieza por la mayor parte de cuarenta pies, ni se puede romper ni desunir.

XXIV. En medio de tantos embarazos, del frío y de las lluvias continuas que duraron toda esta temporada, los soldados, a fuerza de incesante trabajo, todo lo vencieron, y en veinticinco días construyeron un baluarte de trescientos treinta pies en ancho con ochenta de alto. Cuando ya este pegaba casi con el muro, y César, según costumbre, velaba sobre la obra, metiendo prisa a los soldados, porque no se interrumpiese ni un punto el trabajo, poco antes de medianoche se reparó que humeaba el terraplén minado de los enemigos; que al mismo tiempo, alzando el grito sobre las almenas, empezaban a salir por dos puertas de una y otra banda de las torres. Unos arrojaban desde los adarves teas y materias combustibles al terraplén, otros pez derretida y cuantos betunes hay propios para cebar el fuego; de suerte que apenas se podía resolver adonde se acudiría primero, o qué cosa pedía más pronto remedio. Con todo eso por la providencia de César, que tenía siempre dos legiones alerta delante del campo, y otras dos por su turno empleadas en los trabajos, se logró que al instante unos se opusiesen a las salidas, otros retirasen las torres (132) y cortasen el fuego del terraplén, y todos los del campo acudiesen a tiempo de apagar el incendio.

XXV. Cuando en todas partes se peleaba, pasada ya la noche, creciendo siempre más y más en los enemigos la esperanza de la victoria, mayormente viendo quemadas las cubiertas de las torres y no ser fácil que nosotros fuésemos al socorro a cuerpo descubierto, mientras ellos a los suyos cansados enviaban sin cesar gente de refresco; y considerando que toda la fortuna de la Galia pendía de aquel momento, aconteció a nuestra vista un caso que, por ser tan memorable, he creído no deberlo omitir. Cierto galo que a la puerca del castillo las pelotas de sebo y pez que le iban dando de mano en mano las tiraba en el fuego contra nuestra torre, atravesado el costado derecho con un venablo, cayó muerto; uno de sus compañeros, saltando sobre el cadáver, proseguía en hacer lo mismo; muerto este segundo de otro golpe semejante, sucedió el tercero, y al tercero el cuarto, sin que faltase quien ocupase sucesivamente aquel puesto, hasta que apagado el incendio, y rechazados enteramente los enemigos, se puso fin al combate.

XXVI. Convencidos los galos con tantas experiencias de que nada les salía bien, tomaron al día siguiente la resolución de abandonar la plaza por consejo y mandato de Vercingetórige. Como su intento era hacerlo en el silencio de la noche, esperaban ejecutarlo sin pérdida considerable, porque los reales de Vercingetórige no estaban lejos de la ciudad, y una laguna continuada que había de por medio los cubría de los romanos en la retirada. Ya que venida la noche disponían la partida, salieron de repente las mujeres, corriendo por las calles, y postradas a los pies de los suyos con lágrimas y sollozos, les suplicaban que ni a sí ni a los hijos comunes, incapaces de huir por su natural flaqueza, los entregasen al furor enemigo. Mas viéndolos obstinados en su determinación (porque de ordinario en un peligro extremo puede más el miedo que la compasión), empezaron a dar voces y hacer señas a los romanos de la fuga intentada. Por cuyo temor asustados los galos, desistieron del intento, recelándose que la caballería romana no les cerrase los caminos.

XXVII. César, el día inmediato, adelantada la torre y perfeccionadas las baterías, conforme las había trazado, cayendo a la sazón una lluvia deshecha, se aprovechó de este incidente, pareciéndole al caso para sus designios, por haber notado algún descuido en las centinelas apostadas en las murallas, y ordenó a los suyos aparentasen flojedad en las maniobras, declarándoles su intención. Exhortando, pues, a las legiones, que ocultas en las galerías estaban listas a recoger de una vez en recompensa de tantos trabajos el fruto de la victoria, propuso premios a los que primero escalasen el muro, y dio la señal del asalto. Inmediatamente los soldados volaron de todas partes, y en un punto cubrieron la muralla. Los enemigos, sobresaltados de la novedad, desalojados del muro y de las torres, se acuñaron en la plaza y sitios espaciosos con ánimo de pelear formados, si por algún lado los acometían. Mas visto que nadie bajaba al llano, sino que todos se atropaban en los adarves, temiendo no hallar después escape, arrojadas las armas, corrieron de tropel al último barrio de la ciudad. Allí unos, no pudiendo coger las puertas por la apretura del gentío, fueron muertos por la infantería; otros, después de haber salido, degollados por la caballería. Ningún romano cuidaba del pillaje; encolerizados todos por la matanza de Genabo y por los trabajos del sitio, no perdonaban ni a viejos, ni a mujeres, ni a niños. Baste decir que de cuarenta mil personas se salvaron apenas ochocientas, que al primer ruido del asalto, echando a huir, se refugiaron en el campo de Vercingetórige: el cual, sintiéndolos venir ya muy entrada la noche, y temiendo algún alboroto por la concurrencia de ellos y la compasión de su gente, los acogió con disimulo, disponiendo les saliesen lejos al camino personas de su confianza y los principales de cada nación, y separándolos allí unos de otros, llevasen a cada cual a los suyos para que los alojasen en los cuarteles correspondientes, según la división hecha desde el principio.

XXIX. Al día siguiente, convocando a todos, los consoló y amonestó «que no se amilanasen ni apesadumbrasen demasiado por aquel infortunio; que no vencieron los romanos por valor ni por armas, sino con cierto ardid y pericia en el modo de asaltar una plaza, de que no tenían práctica; yerran los que se figuran que todos los sucesos de la guerra les han de ser favorables; que él nunca fue de dictamen que se conservase Avarico, de que ellos mismos le podían ser testigos; la imprudencia de los berrienses y la condescendencia mal entendida de los demás ocasionaron este daño; bien que presto lo resarciría él con ventajas, pues con su diligencia uniría las demás provincias de la Galia disidente hasta ahora, formando de todas una Liga general, que sería incontrastable al orbe todo, y ya la tenía casi concluida. Entretanto era razón que por amor de la común libertad no se negasen a fortificar el campo para más fácilmente resistir a los asaltos repentinos del enemigo».

XXX. No fue mal recibido por los galos este discurso, mayormente viendo que después de una tan grande derrota no había caído de ánimo, ni escondídose, ni avergonzándose de parecer en público; demás que concebían que a todos se aventajaba en providenciar y prevenir las cosas, pues ante el peligro había sido de parecer que se quemase Avarico, y después que se abandonase. Así que, al revés de otros generales a quien los casos adversos disminuyen el crédito, el de éste se aumentaba más cada día después de aquel mal suceso, y aun por sola su palabra esperaban atraer a los demás Estados de la Galia. Ésta fue la primera vez que los galos barrearon el ejército, y quedaron tan consternados, que siendo como son enemigos del trabajo, estaban determinados a sufrir cuanto se les ordenase.

XXXI. No menos cuidaba Vercingetórige de cumplir la promesa de coligar consigo las demás naciones, ganando a sus jefes con dádivas y ofertas. A este fin valíase de sujetos abonados, que con palabras halagüeñas o muestras de amistad fuesen los más diestros en granjearse las voluntades. A los de Avarico refugiados a su campo proveyó de armas y vestidos. Para completar los regimientos desfalcados, pide a cada ciudad cierto número de soldados, declarando cuántos y en qué día se los deben presentar en los reales. Manda también buscar todos los ballesteros, que había muchísimos en la Galia, y enviárselos. Con tales disposiciones en breve queda restaurado lo perdido en Avarico. A este tiempo Teutomato, hijo de Olovicon, rey de nitióbriges, cuyo padre mereció de nuestro Senado el renombre de amigo, con un grueso cuerpo de caballería suya y de Aquitania se juntó con Vercingetórige.

XXXII. César, con la detención de muchos días en Avarico y la gran copia de trigo y demás abastos que allí encontró, reparó su ejército de las fatigas y miserias. Acabado ya casi el invierno, cuando la misma estación convidaba a salir a campaña y él estaba resuelto a ir contra el enemigo, por si pudiese o bien sacarle fuera de las lagunas y bosques, o forzarle con cerco, se halla con una embajada solemne de los eduos principales suplicándole: «que ampare a la nación en las circunstancias más críticas; que se ve en el mayor peligro, por cuanto siendo antigua costumbre crear anualmente un solo magistrado, que con potestad regia gobierne la república, dos ahora se arrogan el gobierno, pretendiendo cada uno que su elección es la legítima. Uno de éstos es Convictolitan, mancebo bienquisto y de grandes créditos; el otro Coto, de antiquísima prosapia, hombre asimismo muy poderoso y de larga parentela, cuyo hermano Vedeliaco tuvo el año antecedente la misma dignidad; que toda la nación estaba en armas; dividido el Senado y el pueblo en bandos, cada uno por su favorecido. Que si pasa adelante la competencia, será inevitable una guerra civil y César, con su diligencia y autoridad puede atajarla».

XXXIII. Éste, si bien consideraba el perjuicio que se le seguía de interrumpir la guerra y alejarse del enemigo, todavía Conociendo cuantos males suelen provenir de las discordias, juzgó necesario precaverlos, impidiendo que una nación tan ilustre, tan unida con el Pueblo Romano, a quien él siempre había favorecido y honrado muchísimo, viniese a empeñarse en una guerra civil, y el partido que se creyese más flaco solicitase ayuda de Vercingetórige. Mas porque según las leyes de los eduos no era lícito al magistrado supremo salir de su distrito, por no contravenir a ellas, quiso él mismo ir allá, y en Decisa convocó el Senado y a los competidores. Congregada casi toda la nación, y enterado por las declaraciones secretas de varios que Vedeliaco había proclamado por sucesor a su hermano donde y cuando no debiera contra las leyes que prohíben no sólo nombrar por magistrados a dos de una misma familia, viviendo actualmente ambos, sino también el tener asiento en el Senado, depuso a Coto del gobierno y se lo adjudicó a Convictolitan, creado legalmente por los sacerdotes conforme al estilo de la república, asistiendo los magistrados inferiores.

XXXIV. Dada esta sentencia, y exhortando a los eduos a que olvidadas las contiendas y disensiones, y dejándose de todo, sirviesen a la guerra presente (seguros de recibir el premio merecido, conquistada la Galia) con remitirle cuanto antes toda la caballería y diez mil infantes, para ponerlos en varias partes de guardia por razón de los bastimentos, dividido el ejército en dos trozos: cuatro legiones a Labieno para que las condujese al país de Sens y al de París; él marchó a los alvernos llevando seis a Gergovia el río Alier abajo. De la caballería dio una parte a Labieno, otra se quedó consigo. Noticioso Vercingetórige de esta marcha, cortando todos los puentes del río, empezó a caminar por su orilla opuesta.

XXXV. Estando los dos ejércitos a la vista, acampados casi frente a frente, y apostadas atalayas para impedir a los romanos hacer puente por donde pasar a la otra banda, hallábase César muy a pique de no poder obrar la mayor parte del verano por el embarazo del río, que ordinariamente no se puede vadear hasta el otoño. Para evitar este inconveniente, trasladados los reales a un boscaje enfrente de uno de los puentes cortados por Vercingetórige, al día siguiente se ocultó con dos legiones formadas de la cuarta parte de las cohortes de cada legión con tal arte, que pareciese cabal el número de las seis legiones. A las cuatro envió como solía con todo el bagaje, y ordenándoles que avanzasen todo lo que pudiesen, cuando le pareció era ya tiempo de que se hubiesen acampado, empezó a renovar el puente roto con las mismas estacas que por la parte inferior todavía estaban en pie. Acabada la obra con diligencia, transportadas sus dos legiones, y delineado el campo, mandó venir las demás tropas. Vercingetórige, sabido el caso, por no verse obligado a pelear mal de su grado, se anticipó a grandes jornadas.

XXXVI. César, levantando el campo, al quinto día llegó a Gergovia; y en el mismo, después de una ligera escaramuza de la caballería, registrada la situación de la ciudad, que por estar fundada en un monte muy empinado, por todas partes era de subida escabrosa, desconfió de tomarla por asalto; el sitio no lo quiso emprender hasta estar surtido de víveres. Pero Vercingetórige, asentados sus reales cerca de la ciudad en el monte, colocadas con distinción las tropas de cada pueblo a mediana distancia unas de otras, y ocupados todos los cerros de aquella cordillera, en cuanto alcanzaba la vista, presentaba un objeto de horror. Cada día, en amaneciendo, convocaba a los jefes de diversas naciones que había nombrado por consejeros, ya para consultar con ellos, ya para ejecutar lo que fuese menester; y casi no pasaba día sin hacer prueba del coraje y valor de los suyos mediante alguna escaramuza de caballos entreverados con los flecheros. Había enfrente de la ciudad un ribazo a la misma falda del monte harto bien pertrechado y por todas partes desmontado, que una vez cogido por los nuestros, parecía fácil cortar a los enemigos el agua en gran parte, y las salidas libres al forraje. Pero tenían puesta en él guarnición, aunque no muy fuerte. Como quiera, César, en el silencio de la noche, saliendo de los reales, desalojada la guarnición primero que pudiese ser socorrida de la plaza, apoderado del puesto, puso en él dos legiones, y abrió dos fosos de a doce pies, que sirviesen de comunicación a entrambos reales, para que pudiesen sin miedo de sorpresa ir y venir aun cuando fuese uno a uno.

XXXVII. Mientras esto pasa en Gergovia, Convictolitan el eduo, a quien, como dijimos, adjudicó César el gobierno, sobornado por los alvernos, se manifiesta con ciertos jóvenes, entre los cuales sobresalían Litabico y sus hermanos, nacidos de nobilísima sangre. Dales parte de la recompensa, exhortándolos «a que se acuerden que nacieron libres y para mandar a otros; ser sólo el Estado de los eduos el que sirve de rémora a la victoria indubitable de la Galia; que por su respecto se contenían los demás; con su mudanza no tendrían en la Galia dónde asentar el pie los romanos. No negaba él haber recibido algún beneficio de César, si bien la justicia estaba de su parte, pero en todo caso más estimaba la común libertad. Porque ¿qué razón hay para que los eduos en sus pleitos vayan a litigar en los estrados de César, y los romanos no vengan al consejo de los eduos?» Persuadidos sin dificultad aquellos mozos no menos de las palabras de su magistrado que de la esperanza del premio, hasta ofrecerse por los primeros ejecutores de este proyecto, sólo dudaban del modo, no esperando que la nación se moviese sin causa a emprender esta guerra. Determinóse que Litabico fuese por capitán de los diez mil hombres que se remitían a César, encargándose de conducirlos, y sus hermanos se adelantasen para verse con César; establecen asimismo el plan de las demás operaciones.

XXXVIII. Litabico al frente del ejército, estando como a treinta millas de Gergovia, convocando al improviso su gente: « ¿adonde vamos, dice llorando, soldados míos? Toda nuestra caballería, la nobleza toda acaba de ser degollada; los príncipes de la nación, Eporedórige y Virdomaro, calumniados de traidores, sin ser oídos, han sido condenados a muerte. Informaos mejor de los que han escapado de la matanza, que yo, con el dolor de la pérdida de mis hermanos y de todos mis parientes, ya no puedo hablar más». Preséntanse los que tenía él bien instruidos de lo que habían de decir, y con sus aseveraciones confirman en público cuanto había dicho Litavico: «que muchos caballeros eduos habían sido muertos por achacárseles secretas inteligencias con los alvernos; que ellos mismos pudieron ocultarse entre el gentío y librarse así de la muerte». Claman a una voz los eduos instando a Litavico que mire por sí. «Como si el caso, replica él, pidiese deliberación, no restándonos otro arbitrio sino ir derechos a Gergovia y unirnos con los alvernos. ¿No es claro que los romanos después de un desafuero tan alevoso, están afilando las espadas para degollarnos? Por tanto, si somos hombres, vamos a vengar la muerte de tantos inocentes, y acabemos de una vez con esos asesinos. » Señala con el dedo a los ciudadanos romanos que por mayor seguridad venían en su compañía. Quítales al punto gran cantidad de trigo y otros comestibles, y los mata cruelmente a fuerza de tormentos. Despacha mensajeros por todos los lugares de los eduos, y los amotina con la misma patraña del degüello de los caballeros y grandes, incitándolos a que imiten su ejemplo en la venganza de sus injurias.

XXXIX. Venía entre los caballeros eduos (133) por llamamiento expreso de César, Eporedórige, joven nobilísimo y de alta jerarquía en su patria, y con él Virdomaro, de igual edad y valimiento, bien que de linaje inferior, a quien César, por recomendación de Diviciaco, de bajos principios había elevado a suma grandeza. Éstos se disputaban la primacía, y en aquel pleito de la magistratura echaron el resto, uno por Convictolitan, otro por Coto. Eporedórige, sabida la trama de Litavico, casi a medianoche se la descubre a César, rogándole no permita que su nación por la mala conducta de aquellos mozos se rebelase contra el pueblo romano, lo que infaliblemente sucedería si tantos millares de hombres llegasen a juntarse con los enemigos, pues ni los parientes descuidarían de su vida, ni la república podrá menospreciarla.

XL. César, que siempre se había esmerado en favorecer a los eduos, entrando en gran cuidado con esta novedad, sin detenerse saca de los reales cuatro legiones a la ligera y toda la caballería. Por la prisa no tuvo tiempo para reducir a menos espacio los alojamientos; que el lance no sufría dilación. Al legado Cayo Fabio con dos legiones deja en ellos de guarnición. Mandando prender a los hermanos de Litavico, halla, que poco antes se habían huido al enemigo. Hecha una exhortación a los soldados sobre que no se les hiciese pesado el camino siendo tanta la urgencia, yendo todos gustosísimos, andadas veinticinco millas, como avistase al ejército de los eduos, disparada la caballería, detiene y embaraza su marcha, y echa bando que a ninguno maten. A Eporedórige y Virdomaro, a quienes tenían ellos por muertos, da orden de mostrarse a caballo y saludar a los suyos por su nombre. Con tal evidencia descubierta la maraña de Litavico, empiezan los eduos a levantar las manos y hacer seña de su rendición, y depuestas las armas, a pedir por merced la vida. Litavico, con sus devotos (que según fuero de los galos juzgan alevosía desamparar a sus patronos, aun en la mayor desventura), se refugió en Gergovia.

XLI. César, después de haber advertido por cartas a la república Eduana, que por beneficio suyo vivían los que pudieran matar por justicia, dando tres horas de la noche para reposo al ejército, dio la vuelta a Gergovia. A la mitad del camino, unos caballos, despachados por Fabio, le traen la noticia «del peligro grande en que se han visto; los reales asaltados con todas las fuerzas del enemigo, que de continuo enviaba gente de refresco a la que se iba cansando, sin dejar respirar a los nuestros de la fatiga, precisados por lo espacioso de los reales a estar fijos todos cada uno en su puesto; ser muchos los heridos por tantas flechas y tantos dardos de todas suertes, bien que contra esto les habían servido mucho las baterías; que Fabio, a su partida, dejadas solas dos puertas, tapiaba las demás y añadía nuevos pertrechos al vallado, apercibiéndose para el asalto del día siguiente». En visto de esto, César, seguido con gran denuedo de los soldados, antes de rayar el Sol llegó a los reales.

XLII. Tal era el estado de las cosas en Gergovia cuando los eduos, recibido el primer mensaje de Litavico, sin más ni más, instigados unos de la codicia, otros de la cólera y temeridad (vicio sobre todos connatural a esta gente, que cualquier hablilla cree como cosa cierta), meten a saco los bienes de los romanos, dando a ellos la muerte o haciéndolos esclavos. Atiza el fuego Convictolitan, encendiendo más el furor del populacho, para que, despeñado en la rebelión, se avergüence de volver atrás. Hacen salir sobre seguro de Chalons a Marco Aristio, tribuno de los soldados, que iba a juntarse con su legión; obligan a lo mismo a los negociantes de la ciudad, y asaltándolos al improviso en el camino, los despojan de todos sus fardos; a los que resisten cercan día y noche, y muertos de ambas partes muchos, llaman en su ayuda mayor número de gente armada.

XLIII. En esto, viniéndoles la noticia de que toda su gente estaba en poder de César, corren a excusarse con Aristio, diciendo: «que nada de esto se había hecho por autoridad pública»; mandan que se haga pesquisa de los bienes robados; confiscan los de Litavico y sus hermanos; despachan embajadores a César con orden de disculparse, todo con el fin de recobrar a los suyos. Pero envueltos ya en la traición, y bien hallados con la ganancia del saqueo, en que interesaban muchos, y temerosos del castigo, tornan clandestinamente a mover especies de guerra, y a empeñar en ella con embajadas a las demás provincias. Lo cual, dado que César no lo ignoraba, todavía respondió con toda blandura a los enviados: «que no por la inconsideración y ligereza del vulgo formaba él mal concepto de la república, ni disminuiría un punto su benevolencia para con los eduos». Él, por su parte, temiendo mayores revoluciones de la Galia, para no ser cogido en medio por todos los nacionales, andaba discurriendo cómo retirarse de Gergovia, y reunir todo el ejército, de suerte que su retirada, ocasionada del miedo de la rebelión, no tuviese visos de huida.

XLIV. Estando en estos pensamientos, preséntesele ocasión al parecer de un buen lance. Porque yendo a reconocer los trabajos del campo menor, reparó que la colina ocupada de los enemigos estaba sin gente, cuando los días anteriores apenas se podía divisar por la muchedumbre que la cubría. Maravillado, pregunta la causa a los desertores que cada día pasaban a bandadas a su campo. Todos convenían en afirmar lo que ya el César tenía averiguado por sus espías: que la loma de aquella cordillera era casi llena, mas por donde comunicaba con la otra parte de la plaza, fragosa y estrecha; que temían mucho perder aquel puesto persuadidos de que, si los romanos, dueños ya del uno, los echaban del otro, forzosamente se verían como acorralados V sin poder por vía alguna salir al forraje; que por eso Vercingetórige los había llamado a todos a fortalecer aquel sitio.

XLV. En consecuencia, César manda ir allá varios piquetes de caballos a medianoche, ordenándoles que corran y metan ruido por todas partes. Al rayar del día, manda sacar de los reales muchas recuas de mulos sin albardas, y a los arrieros, montados encima con sus capacetes, correr en derredor de las colinas, como si fueran unos diestros jinetes. Mezcla con ellos algunos caballos, que con alargar más las cabalgadas representen mayor número, mandándoles caracolear y meterse todos en un mismo término. Esta maniobra se alcanzaba a ver desde la plaza, como que tenía la vista a nuestro campo, aunque a tanta distancia no se podía bien distinguir el verdadero objeto. César destaca una legión por aquel cerro, y a pocos pasos, apuéstala en la bajada oculta en el bosque. Crece la sospecha en los galos, y vanse a defender aquel puesto todas las tropas. Viendo César evacuados los reales enemigos, cubriendo las divisas de los suyos y plegadas las banderas, hace desfilar de pocos en pocos, porque no fuesen notados de la plaza, los soldados del campo mayor al menor; y declara su intento a los legados comandantes de las legiones. Sobre todo les encarga repriman a los soldados, no sea que por la gana de pelear o codicia del pillaje se adelanten demasiado; háceles presente cuánto puede incomodarles lo fragoso del sitio, a que sólo se puede obviar con la presteza; ser negocio éste de ventura, no de combate. Dicho esto, da la señal, y al mismo tiempo a mano derecha por otra subida destaca los eduos.

XLVI. El muro de la ciudad distaba del llano y principio de la cuesta por línea recta, si no fuese por los rodeos, mil doscientos pasos; todo lo que se rodeaba para suavizar la pendiente, alargaba el camino. En la mitad del collado, a lo largo, habían los galos fabricado de grandes piedras una cortina de seis pies contra nuestros asaltos; y desocupada la parte inferior del collado, la superior hasta tocar el muro de la plaza estaba toda erizada de municiones y gente armada. Los soldados, dada la señal, llegan corriendo a la corrida, y, saltándola, se apoderan de tres diversas estancias; pero con tanta aceleración, que Teutomato, rey de los nitióbriges, cogido de sobresalto en su pabellón durmiendo la siesta, medio desnudo, apenas pudo escapar, herido el caballo, de las manos de los soldados que saqueaban las tiendas.

XLVII. César, ya que consiguió su intento, mandó tocar la retirada, y la legión décima, que iba en su compañía, hizo alto. A los soldados de las otras legiones, bien que no percibieron el sonido de la trompeta a causa de un gran valle intermedio, todavía los tribunos y legados, conforme a las órdenes de César, los tenían a raya. Pero inflamados con la esperanza de pronta victoria, con la fuga de los enemigos, y con los buenos sucesos de las batallas anteriores, ninguna empresa se proponía tan ardua que fuese a su valor insufrible, ni desistieron del alcance hasta tropezar con las murallas y puerta de la ciudad. Aquí fueron los alaridos que resonaban por todas partes, tanto que los de los últimos barrios, asustados con el repentino alboroto, creyendo a los enemigos dentro de la plaza, echaron a huir corriendo. Las mujeres desde los adarves arrojaban sus galas y joyas, y descubiertos los pechos, con los brazos abiertos, suplicaban a los romanos las perdonasen, y no hiciesen lo que en Avarico, donde no respetaron ni al sexo flaco ni a la edad tierna. Algunas, descolgadas por las manos de los muros, se entregaban a los soldados. Lucio Fabio, centurión de la legión octava, a quien se oyó decir este mismo día que se sentía estimulado de los premios que se dieron en Avarico, ni consentiría que otro escalase primero el muro, tomando a tres de sus soldados, y ayudado de ellos, montó la muralla, y dándoles después la mano, los fue subiendo uno a uno.

XLVIII. Entre tanto los enemigos, que, según arriba se ha dicho, se habían reunido a la parte opuesta de la plaza para guardaría, oído el primer rumor, y sucesivamente aguijado de continuos avisos de la toma de la ciudad, con la caballería delante corrieron allá de tropel. Conforme iban llegando, parábanse al pie de la muralla, y aumentaban el número de los combatientes. Juntos ya muchos a la defensa, las mujeres que poco antes pedían merced a los romanos, volvían a los suyos las plegarias, y desgreñado el cabello al uso de la Galia, les ponían sus hijos delante. Era para los romanos desigual el combate, así por el sitio, como por el número; demás que cansados de correr y de tanto pelear, dificultosamente contrastaban a los que venían de refresco y con las fuerzas enteras.

XLIX. César, viendo la desigualdad del puesto, y que las tropas de los enemigos se iban engrosando, muy solícito de los suyos, envía orden al legado Tito Sestio, a quien encargó la guarda de los reales menores, que sacando prontamente algunas cohortes, las apostó a la falda del collado hacia el flanco derecho de los enemigos, a fin de que si desalojasen a los nuestros del puesto, pudiese rebatir su furia en el alcance. César, adelantándose un poco con su legión, estaba a la mira del suceso.

L. Trabado el choque cuerpo a cuerpo con grandísima porfía, los enemigos, confiados en el sitio y en el número, los nuestros en sola su valentía, de repente, por el costado abierto de los nuestros, remanecieron los eduos destacados de César por la otra ladera a mano derecha para divertir al enemigo. Ésos por la semejanza de las armas gálicas espantaron terriblemente a los nuestros, y aunque los veían con el hombro derecho desarmado, que solía ser la contraseña de gente de paz, eso mismo atribuían los soldados a estratagema de los enemigos para deslumbrarlos. En aquel punto el centurión Lucio Fabio y los que tras él subieron a la muralla, rodeados de los enemigos y muertos, son tirados el muro abajo. Marco Petreyo, centurión de la misma legión, queriendo romper las puertas, viéndose rodeado de la muchedumbre y desesperando de su vida por las muchas heridas mortales, vuelto a los suyos: «Ya que no puedo, les dijo, salvarme con vosotros, por lo menos aseguraré vuestra vida, que yo he puesto a riesgo por amor de la gloria. Vosotros aprovechad la ocasión de poneros en salvo. » Con esto se arroja en medio de los enemigos, y matando a dos, aparta los demás de la puerta. Esforzándose a socorrerle los suyos: «En vano, dice, intentáis salvar mi vida; que ya me faltan la sangre y las fuerzas. Por tanto, idos de aquí, mientras hay tiempo, a incorporaros con la legión. » Así peleando, poco después cae muerto, y dio a los suyos la vida.

LI. Los nuestros, apretados por todas partes, perdidos cuarenta y seis centuriones, fueron rechazados de allí; pero siguiéndolos desapoderadamente los galos, la décima legión, que estaba de respeto en lugar menos incómodo, los detuvo; al socorro de esta legión concurrieron las cohortes de la decimotercera, que al mando de Tito Sestio, sacadas de los reales menores, estaban apostadas en lugar ventajoso. Las legiones, luego que pisaron el llano, se pusieron en orden de batalla contra el enemigo. Vercingetórige retiró de las faldas del monte los suyos dentro de las trincheras. Este día perecieron poco menos de setecientos hombres.

LII. Al siguiente, César, convocando a todos, «reprendió la temeridad y desenfreno de los soldados, que por su capricho resolvieron hasta dónde se había de avanzar, o lo que se debía hacer, sin haber obedecido al toque de la retirada ni podido ser contenidos por los tribunos y legados».
Púsoles delante, «cuánto daño acarrea la mala situación, y su ejemplo mismo en Avarico, donde sorprendido el enemigo sin caudillo y sin caballería, quiso antes renunciar a una victoria cierta que padecer en la refriega ningún menoscabo, por pequeño que fuese, por la fragura del sitio. Cuanto más admiraba su magnanimidad, que ni por la fortificación de los reales, ni por lo encumbrado del monte, ni por la fortaleza de la muralla se habían acobardado, tanto más desaprobada su sobrada libertad y arrogancia en presumirse más próvidos que su general en la manera de vencer y dirigir las empresas, que él no apreciaba menos en un soldado la docilidad y obediencia que la valentía y grandeza de ánimo».

LIII. A esta amonestación, añadiendo por último para confortar a los soldados, «que no por eso se desanimasen, ni atribuyesen al valor del enemigo la desgracia originada del mal sitio», firme en su resolución de partirse, movió el campo y ordenó las tropas en lugar oportuno. Como ni aun así bajase Vercingetórige al llano, después de una escaramuza de la caballería, y ésa con ventaja suya, retiró el ejército a sus estancias. Hecho al día siguiente lo mismo, juzgando bastar esto para humillar el orgullo de los galos y alentar a los suyos, tomó la vía de los eduos. No moviéndose ni aun entonces los enemigos, al tercer día, reparado el puente del Alier, pasó el ejército.

LIV. Inmediatamente los dos eduos Virdomaro y Eporedórige le hacen saber que Litavico con toda su caballería era ido a cohechar a los eduos, que sería bien se anticipasen los dos para confirmar en su fe a la nación. Como quiera que ya por las muchas experiencias tenía César bien conocida la deslealtad de los eduos, y estaba cierto que con la ida de éstos se apresuraba la rebelión, con todo no quiso negarles la licencia, porque no pareciese o que les hacía injuria, o que daba muestras de miedo. Al despedirse, les recordó en pocas palabras «cuánto le debían los eduos, cuáles y cuan abatidos los había encontrado, (134) forzados a no salir de los castillos, despojados de sus labranzas, robadas todas sus haciendas, cargados de tributos, sacándoles por fuerza con sumo vilipendio los rehenes; y a qué grado de fortuna los había sublimado, tal que no sólo recobraron su antiguo estado, sino que nunca se vieron en tanta pujanza y estimación». Con estos recuerdos los despidió.

LV. En Nevers, fortaleza de los eduos, fundada sobre el Loire en un buen sitio, tenía César depositados los rehenes de la Galia, los granos, la caja militar con gran parte de los equipajes suyos y del ejército, sin contar los muchos caballos que con ocasión de esta guerra, comprados en Italia y España, había remitido a este pueblo. Adonde habiendo venido Eporedórige y Virdomaro, e informándose en orden al estado de la república, cómo Litavico había sido acogido por los eduos en Bibracte, ciudad entre ellos principalísima, Convictolitan el magistrado y gran parte de los senadores unídose con él, y que de común acuerdo eran enviados embajadores a Vercingetórige a tratar de paces y liga, les pareció no malograr tan buena coyuntura. En razón de esto, degollados los guardas de Nevers con todos los negociantes y pasajeros, repartieron entre sí el dinero y los caballos. Los rehenes de los pueblos remitiéronlos en Bibracte a manos del magistrado; al castillo, juzgando que no podrían defenderlo, porque no se aprovechasen de él los romanos, pegáronle fuego; del trigo, cuanto pudieron de pronto, lo embarcaron, el resto lo echaron a perder en el río o en las llamas. Ellos mismos empezaron a levantar tropas por la comarca, a poner guardias y centinelas a las riberas del Loire y a correr toda la campiña con la caballería para meter miedo a los romanos, por si pudiesen cortarles los víveres o el paso para la Provenza, cuando la necesidad los forzase a la vuelta. Confirmábase su esperanza con la crecida del río, que venía tan caudaloso por las nieves derretidas, que por ningún paraje parecía poderse vadear.

LVI. Enterado César de estas cosas, determinó darse prisa para que si al echar puentes se viese precisado a pelear, lo hiciese antes de aumentarse las fuerzas enemigas. Porque dar a la Provenza la vuelta, eso ni aun en el último apuro pensaba ejecutarlo, pues que se lo disuadían la infamia y vileza del hecho, y también la interposición de las montañas Cebenas y aspereza de los senderos; sobre todo deseaba con ansia ir a juntarse con Labieno y con sus legiones. Así que a marchas forzadas, continuadas día y noche, arribó cuando menos se le esperaba a las orillas del Loire, y hallado por los caballos un vado, según la urgencia, pasadero, donde los brazos y los hombres quedaban libres fuera del agua lo bastante para sostener las armas, puesta en orden la caballería para quebrantar el ímpetu de la corriente, y desconcertados a la primera vista los enemigos, pasó sano y salvo el ejército; y hallando a mano en las campiñas trigo y abundancia de ganado, abastecido de esto d ejército, dispónese a marchar la vuelta de Sens.

LVII. Mientras pasa esto en el campo de César, Labieno, dejados en Agendico para seguridad del bagaje los reclutas recién venidos de Italia, marcha con cuatro legiones a París, ciudad situada en una isla del río Sena. A la noticia de su arribo acudieron muchas tropas de los partidos comarcanos, cuyo mando se dio a Camulogeno Aulerco, que sin embargo de su edad muy avanzada, fue nombrado para este cargo por su singular inteligencia en el arte militar. Habiendo éste observado allí una laguna contigua que comunicaba con el río y servía de grande embarazo para la entrada en todo aquel recinto, púsose al borde con la mira de atajar el paso a los nuestros.

LVIII. Labieno, al principio, valiéndose de andamios, tentaba cegar la laguna con zarzos y fagina, y hacer camino. Mas después, vista la dificultad de la empresa, moviendo el campo traído llegó a Meudon, ciudad de los seneses, asentada en otra isla del Sena, bien así como París. Cogidas aquí cincuenta barcas, trabadas prontamente unas con otras, y metidos en ellas los soldados, atónito de la novedad el poco vecindario, porque la mayor parte se había ido a la guerra, se apodera de la ciudad sin resistencia. Restaurado el puente que los días atrás habían roto los enemigos, pasa el ejército, y empieza río abajo a marchar a París. Los enemigos, sabiéndolo por los fugitivos de Meudon, mandan quemar a París y cortar sus puentes, y dejando la laguna, se acampan a las márgenes del río enfrente de París y los reales de Labieno.

LIX. Ya corrían voces de la retirada de César lejos de Gergovia, igualmente que del alzamiento de los eduos y de la dichosa revolución de la Galia, y los galos en sus corrillos afirmaban que César, cortado el paso del Loire y forzado del hambre, iba desfilando hacia la Provenza. Loe beoveses al tanto, sabidos la rebelión de los eduos, siendo antes de suyo poco fieles, comenzaron a juntar gente y hacer a las claras preparativos para la guerra. Entonces Lavieno, viendo tan mudado el teatro, conoció bien ser preciso seguir otro plan muy diverso del que antes se había propuesto. Ya no pensaba en conquistas ni en provocar al enemigo a batalla, sino en cómo retirarse con su ejército sin pérdida a Agendico; puesto que por un lado le amenazaban los beoveses, famosísimos en la Galia por su valor, y por el otro le guardaba Camulogeno con mano armada. Demás que un río caudalosísimo cerraba el paso de las legiones al cuartel general donde estaban los bagajes. A vista de tantos tropiezos, el único recurso era encomendarse a sus bríos.

LX, En efecto, llamando al anochecer a consejo, los animó a ejecutar con diligencia y maña lo que ordenaría; reparte a cada caballero romano una de las barcas traídas de Meudon, y a las tres horas de la noche les manda salir en ellas de callada río abajo y aguardarle allí a cuatro millas; deja de guarnición en los reales cinco cohortes que le parecían las menos aguerridas, y a las otras cinco de la misma legión manda que a medianoche se pongan en marcha río arriba con todo el bagaje, metiendo mucho ruido. Procura también coger unas canoas, las cuales agitadas con gran retumbo de remos, hace dirigir hacia la misma banda. Él, poco después, moviendo a la sorda con tres legiones, va derecho al paraje donde mandó para las barcas.

LXI. Arribado allá, los batidores de los enemigos, distribuidos como estaban por todas las orillas del río, fueron sorprendidos por los nuestros a causa de una recia tempestad que se levantó de repente; a la hora es transportada la infantería y la caballería mediante la industria de los caballeros romanos escogidos para este efecto. Al romper del día, casi a un tiempo vienen nuevas al enemigo de la extraordinaria batahola que traían los romanos en su campo; que un grueso escuadrón iba marchando río arriba; que allí mismo se sentía estruendo de remos, y que poco más abajo transportaban en barcas a los soldados. Con estas noticias, creyendo que las legiones pasaban en tres divisiones, y que aturdidos todos con la sublevación de los eduos se ponían en huida, dividieron también ellos sus tropas en tres tercios; porque dejando uno de guardia enfrente de los reales, y destacando hacia Meudon una partida pequeña que fuese siguiendo paso a paso nuestras naves, el resto del ejército lleváronlo sobre Labieno.

LXII. Al amanecer, ya los nuestros estaban desembarcados y se divisaban las tropas enemigas. Labieno, después de haber exhortado a los soldados «que se acordasen de su antiguo esfuerzo y de tantas victorias ganadas, haciendo ahora cuenta que César, bajo cuya conducta innumerables veces habían vencido a los enemigos, los estaba mirando», da la señal de acometer. Al primer encuentro por el ala derecha, donde la séptima legión peleaba, son derrotados y ahuyentados los enemigos; por la izquierda, que cubría la legión duodécima, cayendo en tierra las primeras filas de los enemigos atravesados con los dardos, todavía los demás se defendían vigorosamente, sin haber uno que diese señas de querer huir. El mismo general de los enemigos, Camulogeno, acudía a todas partes animando a los suyos. Mas estando aún suspensa la victoria, llegando a saber los tribunos de la legión séptima la resistencia porfiada en el ala izquierda, cogieron y cargaron a los enemigos por la espalda. Ni tampoco entonces se movió ninguno de su puesto, sino que cogidos todos en medio, fueron muertos, y con ellos también Camulogeno. El cuerpo de observación apostado contra los reales de Labieno, a la nueva el choque, corrió a socorrer a los suyos, y tomó un collado, mas no pudo aguantar la carga cerrada de los vencedores. Con que así mezclados en la fuga con los suyos, los que no se salvaron en las selvas y montes, fueron degollados por la caballería. Concluida esta acción, vuelve Labieno a la ciudad de Agendico, donde habían quedado los bagajes de todo el ejército. Desde allí, con todas sus tropas, vino a juntarse con César.

LXIII. Divulgado el levantamiento de los eduos, se aviva más la guerra. Van y vienen embajadas por todas partes. Echan el resto de su valimiento, autoridad y dinero en cohechar los Estados. Con el suplicio de los rehenes, confiados a su custodia por César, aterran a los indecisos. Ruegan los eduos a Vercingetórige se sirva venir a tratar con ellos del plan de operaciones. Logrado esto, pretenden para sí la superintendencia; puesto el negocio en litigio, convócanse Cortes de toda la Galia en Bilbracte. Congréganse allí de todas partes en gran número. La decisión se hace a pluralidad de votos. Todos, sin faltar uno, quieren por general a Vercingetórige. No asistieron a la junta los remenses, langreses, ni trevirenses; aquéllos, por razón de su amistad con los romanos; los trevirenses, por vivir lejos y hallarse infestados de los germanos, que fue la causa de no aparecer en toda esta guerra y de mantenerse neutrales. Los eduos sienten en el alma el haber perdido la soberanía; quéjanse del revés de la fortuna, y ahora echan menos la benignidad de César para ellos; mas ya empeñados en la guerra, no tienen valor para separarse de los demás. Eporedórige y Virdomaro, mozos de grandes esperanzas, se sujetan de mala baña a Vercingetórige.

LXIV. Éste exige rehenes de los demás pueblos, señalándoles plazo. Manda que le acudan luego todos los soldados de a caballo hasta el número de quince mil, diciendo que se contentaría con la infantería que hasta entonces había tenido; que no pensaba aventurarse ni dar batalla, sino estorbar a los romanos las salidas a las mieses y pastos, cosa muy fácil teniendo tanta caballería; sólo con que tengan ellos mismos por bien malear sus granos y quemar las caserías, a trueque de conseguir para siempre, con el menoscabo de sus haciendas, el imperio y la independencia. Determinadas estas cosas, da orden a los eduos y segusianos, que confinan con la Provenza, de aprontar diez mil infantes y a más de ochocientos caballos. Dales por capitán un hermano de Eporedórige, y le manda romper por los alóbroges. Por otra parte envía los gabalos y los albernos (135) de los contornos contra los helvios, como los de Ruerga y Cuerci contra los volcas arecómicos. (136) En medio de esto no pierde ocasión de ganar ocultamente con emisarios y mensajes a los alóbroges, cuyos ánimos sospechaba estar aún resentidos por la guerra precedente. A los grandes promete dinero, y a la república el señorío de toda la provincia.

LXV. Para prevenir todos estos lances estaban alerta veintidós cohortes, que formadas de las milicias, el legado Lucio César tenía distribuidos por todas partes. Los helvios, adelantándose a pelear con los pueblos comarcanos, son batidos; y muerto con otros muchos el príncipe de aquel Estado, Cayo Valerio Donatauro, hijo de Caburo, se ven forzados a encerrarse dentro de sus fortalezas. Los alóbroges, poniendo guardias a trechos en los pasos del Ródano, defienden con gran solicitud y diligencia sus fronteras. César, reconociendo superioridad de la caballería enemiga, y que por estar tomados todos los caminos ningún socorro podía esperar de la Provenza y de Italia, procúralos en Germania de aquellas naciones con quien los años atrás había sentado paces, pidiéndoles soldados de a caballo con los peones ligeros, hechos a pelear entre ellos. Llegados que fueron, por no ser castizos sus caballos, toma otros de los tribunos, de los demás caballeros romanos, y de los soldados veteranos, y los reparte entre los germanos.

LXVI. En este entre tanto se unen las tropas de los enemigos venidos de los alvernos con la caballería que se mandó aprontar a toda Galia. Junto este grueso cuerpo, Vercingetórige, al pasar César por las fronteras de Langres a los sequenos, para estar más a mano de poder cubrir la Provenza, se acampó como a diez millas de los romanos en tres divisiones, y llamando a consejo a los jefes de caballería: «venido es, les dice, ya el tiempo de la victoria. Los romanos van huyendo a la Provenza y desamparan la Galia; si esto nos basta para quedar libres por ahora, no alcanza para vivir en paz y sosiego en adelante, pues volverán con mayores fuerzas, ni jamás cesarán de inquietarnos. Ésta es la mejor ocasión de cerrar con ellos en la faena de la marcha. Que si la infantería sale a la defensa y en ella se ocupa, no pueden proseguir el viaje; si tiran, lo que parece más cierto, a salvar sus vidas, abandonando el bagaje, quedarán privados de las cosas más necesarias, y sin honra. Pues de la caballería enemiga, ninguno aun de nosotros duda que no habrá un solo jinete que ose dar paso fuera de las filas. Para más animarlos les promete tener ordenadas sus tropas delante de los reales, y poner así espanto a los enemigos. Los caballeros, aplaudiéndole, añaden, que deben todos juramentarse solemnísimamente a no dar acogida, ni permitir que jamás vea sus hijos, sus padres, su esposa, quien no atravesase dos veces a caballo por las filas de los enemigos».

LXVII. Aprobada la propuesta, y obligados todos a jurar en esta forma, el día inmediato, dividida la caballería en tres cuerpos, dos se presentan a los dos flancos, y el tercero por el frente comenzó a cortar el paso. Al primer aviso César da también orden que su caballería en tres divisiones avance contra el enemigo. Empiézase un combate general; detiénese la marcha, y se recoge el bagaje en medio de las legiones. Dondequiera que los nuestros iban de caído o se veían más acosados, César estaba encima, revolviendo allá todas sus fuerzas. Con eso cejaban los enemigos, y con la esperanza del refuerzo se rehacían los nuestros. Al cabo los germanos por la banda derecha, ganando un repecho, derrocan a los enemigos, y echan tras dios, matan a muchos hasta el río, donde acampaba Vercingetórige con la infantería. Lo cual visto, los demás temiendo ser cogidos en medio, huyen de rota batida, y es general el estrago. Tres de los eduos más nobles son presentados a César: Coto, general de la caballería, el competidor de Convictolitan en la última creación de magistrados; Cavadlo, que después de la rebelión de Litavico mandaba la infantería; y Eporedórige, que antes de la venida de César fue caudillo en la guerra de los eduos con los saqueaos.

LXVIII. Desbaratada toda la caballería, Vercingetórige recogió sus tropas según las tenía ordenadas delante los reales; y sin detención tomó la vía de Alesia, plaza fuerte de los mandubios, mandado alzar luego los bagajes y conducirlos tras sí. César, puestos a recaudo los suyos en collado cercano con la escolta de dos legiones, siguiendo el alcance cuanto dio de sí el día, muertos al pie de tres mil hombres de la retaguardia enemiga, al otro día sentó sus reales cerca de Alesia. Reconocida la situación de la ciudad, y amedrentados los enemigos con la derrota de la caballería, en que ponían su mayor confianza; alentando los soldados al trabajo, empezó a delinear el cerco fornal de Alesia.

LXIX. Estaba esta ciudad fundada en la cumbre de un monte muy elevado, por manera que parecía inexpugnable sino por bloqueo. Dos ríos por dos lados bañaban el pie de la montaña. Delante la ciudad se tendía una llanura casi de tres millas a lo largo. Por todas las demás partes la ceñían de trecho en trecho varias colinas de igual altura. Debajo del muro toda la parte oriental del monte estaba cubierta de tropas de los galos, defendidos de un foso y de una cerca de seis pies en alto. Las trincheras trazadas por los romanos ocupaban once millas de ámbito. Los alojamientos estaban dispuestos en lugares convenientes, fortificados con veintitrés baluartes, donde nunca faltaban entre día cuerpos de guardia contra cualquier asalto repentino; por la noche se aseguraba con centinelas y buenas guarniciones.

LXX. Comenzada la obra, trábanse los caballos en aquel valle que por entre las colinas se alargaba tres millas, según queda dicho. Pelease con sumo esfuerzo de una y otra parte. Apretados los nuestros, César destaca en su ayuda a los germanos, y pone delante de los reales las legiones, para impedir toda súbita irrupción de la infantería contraria. Con el socorro de las legiones se aviva el coraje de los nuestros. Los enemigos, huyendo a todo huir, se atropellan unos a otros por la muchedumbre y quédanse hacinados a las puertas, demasiado angostas. Tanto más los aguijan los germanos hasta las fortificaciones. Hácese gran riza. Algunos, apeándose, tientan a saltar el foso y la cerca. César manda dar un avance a las legiones apostadas delante los reales. No es menor entonces la turbación de los galos que dentro de las fortificaciones estaban. Creyendo que venían derechos a ellos, todos se alarman. Azorados algunos entran de tropel en la plaza. Vercingetórige manda cerrar las puertas, porque no queden sin defensa los reales. Muertos muchos y cogidos buen número de caballos, los germanos retíranse al campo.

LXXI. Vercingetórige, primero que los romanos acabasen, de atrincherarse, toma la resolución de despachar una noche toda la caballería, ordenándoles al partir: «Vaya cada cual a su patria y fuerce para la guerra a todos los que tuvieren edad. Represéntales sus méritos para con ellos, y los conjura que tengan cuenta con su vida, y no lo abandonen a la saña cruel de los enemigos para ser despedazado con tormentos, siendo tan benemérito de la pública libertad; que por poco que se descuiden, verán perecer consigo ochenta mil combatientes, la flor de la Galia; que por su cuenta escasamente le quedan víveres para treinta días, bien que podrán durar algunos más cercenando la ración.» Con estos encargos despide la caballería sin ruido antes de medianoche por la parte que aun no estaba cerrada con nuestro vallado; manda le traigan todo el trigo, poniendo pena de la vida a los desobedientes; reparte por cabeza las reses recogidas con abundancia por los mandubios; el pan lo va distribuyendo poco a poco y por tasa. Todas las tropas acampadas delante de la plaza las mete dentro. Tomadas estas providencias, dispone aguardar los refuerzos de la Galia y proseguir así la guerra.

LXXII. Informado César de estos proyectos por los desertores y prisioneros, formó de esta suerte las líneas: Cavó un foso de veinte pies de ancho con las márgenes aniveladas, de arte que el suelo fuese igual en anchura al borde; todas las otras fortificaciones tirólas a distancia de cuatrocientos píes de este foso, por razón de que habiendo abarcado por necesidad tanto espacio, no siendo fácil poner cordón de soldados en todas partes, quería evitar los ataques improvisos o nocturnos del enemigo, y entre día los tiros contra los soldados empleados en las obras. Después de este espacio intermedio abrió don zanjas, anchas de quince pies y de igual de altura; la interior llenó de agua, guiada del río por sitios llanos y bajos. Tras éstas levantó el terraplén y estacada de doce pies, guarnecida con su parapeto y almenas con grandes horquillas a manera de asta de ciervo, sobresalientes entre las junturas de la empalizada, para estorbar al enemigo la subida. Todo el terraplén cercó de cubos, distantes entre sí ochenta pies.

LXXIII. Era forzoso a un tiempo ir a cortar madera, buscar trigo y fabricar tan grandes obras, divididas las tropas, que tal vez se alejaban demasiado de los reales; y los galos no perdían ocasión de atajar nuestras labores, haciendo salidas de la plaza con gran furia por varias puertas. Por lo cual a las obras dichas trató César de añadir nuevos reparos, para poder cubrir las trincheras con menos gente. Para esto, cortan troncos de árboles o ramas muy fuertes, acepilladas y bien aguzadas las puntas, tirábanse fosas seguidas, cuya hondura era de cinco pies. Aquí se hincaban aquellos leños, y afianzados por el pie para que no pudiesen ser arrancados, sacaban las puntas sobre las enramadas. Estaban colocados en cinco hileras, tan unidos y enlazados entre sí, que quien allí entraba, él mismo se clavaba con aquellos agudísimos espolones, a que daban el nombre de cepos. Delante de éstos se cavaban unas hoyas puestas en forma de ajedrez, al sesgo, su hondura de tres pies, que poco a poco se iban estrechando hacia abajo. Aquí se metían estacas rollizas del grueso del muslo, aguzadas y tostadas sus puntas de arriba, de modo que no saliesen fuera del suelo más de cuatro dedos. Asimismo, a fin de asegurarlas y que no se moviesen, cada pie desde el hondón se calzaba con tierra, y para ocultar el ardid se tapaba la boca de la hoya con mimbres y matas. Ocho eran las hileras de este género de hoyas, distantes entre sí tres pies, que llamaban lirios por la semejanza del tamaño de un pie, erizados con púas de hierro, sembrados a trechos por todas partes, con el nombre de abrojos.

LXXIV. Concluidas estas cosas, siguiendo las veredas más acomodadas que pudo según la calidad del terreno, abarcando catorce millas, dio traza cómo se hiciesen otras fortificaciones semejantes, vueltas a la otra banda contra les enemigos de fuera, para que ni aun con mucha gente, si llegase el caso de su retirada, pudiesen acordonar las guarniciones de las trincheras, y también porque no se viesen obligados a salir de ellas con riesgo, manda que todos hagan provisión de pan y heno para treinta días.

LXXV. Mientras iban así las cosas en Alesia, los galos, en una junta de grandes, determinan, no lo que pretendía Vercingetórige, que todos los que fuesen de armas tomar se alistasen, sino que cada nación contribuyese con cierto número de gente; temiendo que con la confusión de tanta chusma, no les sería posible refrenar ni distinguir a los suyos, ni hallar medio de abastecerse. A los eduos y a. sus dependientes los segusianos, ambivaretos, aulercos branovices y branovíos echan la cuota de treinta y cinco mil hombres; igual número a los alvernos y a sus vasallos, que solían ser los eleuteros de Caors, los gabalos y velaunos; a los sens, los sequanos, los de Berri, del Santonge, de Rodes, de Chartres doce mil; a los beoveses diez mil; otros tantos a los lemosines; cada ocho mil a los de Poitiers, de Turs, París y helvios; a los de Soisons, a los amienses, los metenses, los perigordenses, nervios, morinos, nitióbriges a cinco mil; otros tantos a los aulercos de Maine; cuatro mil a los de Artois; a los belocases, lisienses, eulercos eburones cada tres mil; a los rauracos y boyos treinta mil; a seis mil a todas las merindades de la costa del Océano, llamadas en su lenguaje armóricas, a que pertenecen los cornuaille, de Renes, los ambibaros, caletes, osismios, vaneses y únelos. De éstos los beoveses sólo rehusaron contribuir con su cuota, diciendo querían hacer la guerra a los romanos por sí y como les pareciese, sin dependencia de nadie; no obstante, a ruego de Comió y por su amistad, enviaron dos mil hombres.

LXXVI. Este Comió es el mismo que los años pasados hizo fieles e importantes servicios a César en Bretaña; por cuyos méritos habían declarado libre a su república, restituídole sus fueros y leyes, sujetando a su jurisdicción los morinos. Pero fue tan universal la conspiración de toda la Galia en orden a defender su libertad y recuperar su primera gloria militar, que ninguna fuerza les hacían ni los beneficios recibidos ni las obligaciones de amigos, sino que todos, con todo su corazón y con todas sus fuerzas, se armaban para esta guerra, en que se contaban ocho mil caballos y cerca de doscientos cuarenta mil infantes. Hacíase la masa del ejército y la revista general en las fronteras de los eduos; nombrábanse capitanes; fíase todo el peso del gobierno a Comió el de Artois, a los eduos Virdomaro y Eporedórige, a Vergasilauno Alverno, primo de Vercingetórige, dándoles por consejeros varones escogidos de todos los Estados. Alborozados todos y llenos de confianza, van camino de Alesia. Ni había entre todos uno solo que pensase hallar quien se atreviese a sufrir ni aun la vista de tan numeroso ejército y más estando entre dos fuegos: de la plaza con las salidas; de fuera con el terror de tantas tropas de a caballo y de a pie.

LXXVII. Pero los sitiados de Alesia, pasado el plazo en que aguardaban el socorro, consumidos todos los víveres, ignorantes de lo que se trataba en los eduos, juntándose a consejo, consultaban acerca del remedio de sus desventuras. Entre los varios partidos propuestos, inclinándose unos a la entrega, otros a una salida mientras se hallaban con fuerzas, no me pareció pasar en silencio el que promovió Critoñato por su inaudita y bárbara crueldad. Éste, nacido en Albernia de nobilísimo linaje y tenido por hombre de grande autoridad: «Ni tomar quiero en boca, dice, el parecer de aquellos que llaman entrega la más infame servidumbre; estos tales para mí no son ciudadanos ni deben ser admitidos a consejo. Hablo sí con los que aconsejan la salida; cuyo dictamen a juicio de todos vosotros parece más conforme a la hidalguía de nuestro valor heredado. Mas yo no tengo por valor sino por flaqueza el no poder sufrir un tanto la carestía. Más fácil es hallar quien se ofrezca de grado a la muerte que quien sufra con paciencia el dolor. Yo por mí aceptaría este partido por lo mucho que aprecio la honra, si viese que sólo se arriesga en él nuestra vida, pero antes de resolvernos, volvamos los ojos a la Galia, la cual tenemos toda empeñada en nuestro socorro. ¿Cuál, si pensáis, será la consternación de nuestros allegados y parientes al ver tendidos en tierra ochenta mil ciudadanos, y haber por fuerza de pelear entre sus mismos cadáveres? No queráis, os ruego, privar del auxilio de vuestro brazo a los que por salvar vuestras vidas han aventurado las suyas, ni arruinar a toda la Galia condenándola a perpetua esclavitud por vuestra inconsideración y temeridad, o mejor diré, por vuestra cobardía. ¿Acaso dudáis de su lealtad y firmeza porque no han venido al plazo señalado? ¿Cómo? ¿Creéis que los romanos se afanan tanto en hacer aquellas líneas de circunvalación por mero entretenimiento? Si no podéis haber nuevas de ellos, cerradas todas las vías, recibid de su próxima venida el anuncio de los mismos enemigos, que con el temor de ser sobresaltados no cesan de trabajar día y noche. Diréisme: pues, ¿qué aconsejas tú? Que se haga lo que ya hicieron nuestros mayores en la guerra de los cimbros y teutones, harto diferente de ésta; que sitiados y apretados de semejante necesidad, sustentaron su vida con la carne de la gente a su parecer inútil para la guerra, por no rendirse a los enemigos. Aunque no tuviéramos ejemplo de esto, yo juzgaría cosa muy loable el darlo por amor de la libertad para imitación de los venideros. Y ¿qué tuvo que ver aquella guerra con ésta? Los cimbros, saqueada toda la Galia y hechos grandes estragos, al fin salieron de nuestras tierras y marcharon a otras, dejándonos nuestros fueros, leyes, posesiones y libertad; mas los romanos, ¿qué otra cosa pretenden o quieren, sino por envidia de nuestra gloria y superioridad experimentada en las armas, usurparnos las heredades y poblaciones, y sentenciarnos a eterna servidumbre, puesto que nunca hicieron a otro precio la guerra? Y si ignoráis qué sucedió a las naciones lejanas, ahí tenéis vecina la Galia, que convertida en provincia suya, mudado el gobierno, sujeta a su tiranía, gime bajo el yugo de perpetua servidumbre. »

LXXVIII. Tomados los votos, deciden «que los inútiles por sus ajes o edad despejen la plaza, y que se pruebe todo primero que seguir el consejo de Critoñato; pero a más no poder, si tarda el socorro, se abrase, antes que admitir condición alguna de rendición o de paz». Los mandubios, que los habían recibido en la ciudad, son echados fuera con sus hijos y mujeres. Los cuales arrimados a las trincheras de los romanos, deshechos en lágrimas, les pedían rendidamente que les diesen un pedazo de pan y serían sus esclavos. Mas César, poniendo guardias en la barrera, no quería darles cuartel.

LXXIX. Entre tanto Comió y los demás comandantes llegan con todas sus tropas a la vista de Alesia, y ocupada la colina de afuera, se acampan a media milla de nuestras fortificaciones. Al día siguiente, sacando la caballería de los reales, cubren toda aquella vega, que, como se ha dicho, tenía de largo tres millas, y colocan la infantería detrás de este sitio en los recuestos. Las vistas de Alesia caían al campo. Visto el socorro, búscanse unos a otros; danse mil parabienes, rebosando todos de alegría. Salen, pues, armados de punta en blanco, y plántanse delante de la plaza; llenan de zarzo y tierra el foso inmediato, con que se disponen para el ataque y cualquier otro trance.

LXXX. César, distribuido el ejército por las dos bandas de las trincheras de suerte que cada cual en el lance pudiese conocer y guardar su puesto, echa fuera la caballería con orden de acometer. De todos los reales que ocupaban los cerros de toda aquella cordillera se descubría el campo de batalla, y todos los soldados estaban en grande expectación del suceso. Los galos habían entre los caballos mezclado a trechos flecheros y volantes armados a la ligera, que los protegiesen al retroceder y contuviesen el ímpetu de los nuestros. Por estos tales heridos al improviso, varios se iban retirando del combate. Con eso los galos, animados por la ventaja de los suyos y viendo a los nuestros cargados de la muchedumbre, tanto los sitiados como las tropas auxiliares con gritos y alaridos atizaban por todas partes el coraje de los suyos. Como estaban a la vista de todos, que no se podía encubrir acción alguna o bien o mal hecha, a los unos y a los otros daba bríos no menos el amor de la gloria que el temor de la ignominia. Continuándose la pelea desde mediodía hasta ponerse el sol con la victoria en balanzas, los germanos, cerrados en pelotones arremetieron de golpe y rechazaron a los enemigos, por cuya fuga los flecheros fueron cercados y muertos. En tanto los nuestros persiguiendo por las demás partes a los fugitivos hasta sus reales, no les dieron lugar a rehacerse. Entonces los que habían salido fuera de la plaza, perdida la esperanza de la victoria, se recogieron muy mustios adentro.

LXXXI. Un día estuvieron los galos sin pelear, gastándolo todo en aparejar gran número de zarzos, escalas, garabatos, con que saliendo a medianoche a sordas de los reales, se fueron arrimando a la línea de circunvalación, y de repente alzando una gran gritería que sirviese a los sitiados por seña de su acometida, empiezan a tirar zarzos, y con hondas, saetas y piedras a derribar de las barreras a los nuestros y aprestar los demás instrumentos para el asalto. Al mismo punto Vercingetórige, oída la grita, toca a rebato, y saca su gente de Alesia. De los nuestros cada cual corre al puesto que de antemano le estaba señalado en las trincheras, donde con hondas que arrojaban piedras de a libra, con espontones puestos a mano y con balas de plomo arredran al enemigo. Los golpes dados y recibidos eran a ciegas por la oscuridad de la noche; muchos los tiros de las baterías. Pero los legados Marco Antonio y Cayo Trebonio, encargados de la defensa por esta parte, donde veían ser mayor el peligro de los nuestros, iban destacando en su ayuda de los fortines de la otra soldados de refresco.

LXXXII. Mientras los galos disparaban de lejos, hacían más efecto con la gran cantidad de tiros; después que se fueron arrimando a las líneas, o se clavaban con los abrojos, o caídos en las hoyas quedaban empalados en las estacas, o atravesados desde las barreras y torres con los rejones, rendían el alma. En fin, recibidas de todas partes muchas heridas, sin poder abrir una brecha, rayando ya el día, por miedo de ser cogidos por el flanco de las tropas de la cuesta, tocaron retirada. En esto los de la plaza, mientras andan afanados en manejar las máquinas preparadas por Vercingetórige para el asalto, en cegar los primeros fosos, gastado gran rato en tales maniobras, entendieron la retirada de los suyos antes de haberse acercado ellos a nuestras fortificaciones. Así volvieron a la plaza sin hacer cosa de provecho.

LXXXIII. Rebatidos por dos veces con pérdida los galos, deliberan sobre lo que conviene hacer. Consultan con los prácticos del país. Infórmanse de ellos sobre la posición y fortificaciones de nuestro campamento de arriba. Yacía por la banda septentrional una colina que, no pudiendo abrazarla con el cordón los nuestros por su gran circunferencia, se vieron forzados a fijar sus estancias en sitio menos igual y algún tanto costanero. Guardábanlas los legados Cayo Antistio Regino y Cayo Caninio Rehilo con dos legiones. Batidas las estradas, los jefes enemigos entresacan cincuenta y cinco mil combatientes de las tropas de aquellas naciones que corrían con mayor fama de valerosas, y forman entre sí en secreto el plan de operaciones. Determinan para la empresa la hora del mediodía, y nombran por cabo de la facción a Vergasilauno Alverno, uno de los cuatro generales, pariente de Vercingetórige. Sale, pues, de los reales a prima noche, y terminada su marcha cerca del amanecer, se oculta tras del monte, y ordena a los soldados que descansen sobre los reales arriba mencionados, y a la misma hora empieza la caballería a desfilar hacia las trincheras del llano, y el resto del ejército a escuadronarse delante de sus tiendas.

LXXXIV. Vercingetórige, avistando desde el alcázar de Alesia a los suyos, sale de la plaza, llevando consigo zarzas, puntales, árganos, hoces y las demás baterías aparejadas para forzar las trincheras. Embisten a un tiempo por todas partes, y hacen todos los esfuerzos posibles. Si ven algún sitio menos pertrechado, allá se abalanzan. La tropa de los romanos se halla embarazada con tantas fortificaciones, ni es fácil acudir a un tiempo a tan diversos lugares. Mucho contribuyó al terror de los nuestros la vocería que sintieron en el combate a las espaldas, midiendo su peligro por el ajeno orgullo. Y es así, que los objetos distantes hacen de ordinario más vehemente impresión en los pechos humanos.

LXXXV. César, desde un alto, registra cuanto pasa y refuerza a los que peligran. Unos y otros se hacen la cuenta de ser ésta la ocasión en que se debe echar el resto. Los galos si no fuerzan las trincheras, se dan por perdidos; los romanos con la victoria esperan poner fin a todos sus trabajos. Su mayor peligro era en los reales altos, atacados, según referimos, por Vergasilauno. Un pequeño recuesto cogido favorece mucho a los contrarios. Desde allí unos arrojan dardos; otros avanzan empavesados; rendidos unos, suceden otros de refresco. La fagina, que todos a una echan contra la estacada, así facilita el paso a los galos, como inutiliza los pertrechos que tenían tapados en tierra los romanos. Ya no pueden más los nuestros, faltos de armas y fuerzas.

LXXXVI. En vista de esto, César destaca en su amparo a Labieno con seis cohortes; ordénale que si dentro no puede sufrir la carga, rompa fuera arremetiendo con su gente; pero no lo haga sino como último recurso. Él mismo va recorriendo las demás líneas, esforzando a todos a que no desfallezcan; que aquél era el día y la hora de recoger el fruto de tantos sudores. Los de la plaza, desconfiando de abrir brecha en las trincheras del llano por razón de su extensión tan vasta, trepan lugares escarpados, donde ponen su armería, con el granizo de flechas derriban de las torres a los defensores; con terrones y zarzos allanan el camino; con las hoces destruyen estacada y parapetos.

LXXXVII. César destaca primero al joven Bruto con seis cohortes, y tras él al legado Fabio con otras siete. Por último, él mismo en persona, arreciándose más la pelea, acude con nuevos refuerzos. Reintegrado el combate, y rechazados los enemigos, corre a unirse con Labieno. Saca del baluarte inmediato cuatro cohortes. A una parte de la caballería ordena que le siga; otra, que rodeando la línea de circunvalación, acometa por las espaldas al enemigo. Labieno, visto que ni estacadas ni fosos eran bastantes a contener su furia, juntando treinta y nueve cohortes, que por dicha (137) se le presentaron de los baluartes más cercanos, da parte a César de lo que pensaba ejecutar. César viene a toda prisa, por hallarse presente a la batalla.

LXXXVIII. No bien hubo llegado, cuando fue conocido por la vistosa sobreveste que solía traer en las batallas; vistos también los escuadrones de caballería y el cuerpo de infantería que venía tras él por su orden (pues se descubría desde lo alto lo que pasaba en la bajada de la cuesta), los enemigos traban combate. Alzado de ambas partes el grito, responden al eco iguales clamores del vallado y de todos los bastiones. Los nuestros, tirados sus dardos, echan mano de la espada. Déjase ver de repente la caballería sobre el enemigo. Avanzan las otras cohortes; los enemigos echan a huir, y en la huida encuentran con la caballería. Es grande la matanza. Sedulio, caudillo y príncipe de los limosines, es muerto; Vergasilauno, en la fuga, preso vivo; setenta y cuatro banderas presentadas a César; pocos los que de tanta muchedumbre vuelven sin lesión a los reales. Viendo desde la plaza el estrago y derrota de los suyos, desesperados de salvarse, retiran sus tropas de las trincheras. Entendido esto, sin más aguardar los galos desamparan sus reales. Y fue cosa que a no estar los nuestros rendidos de tanto correr a reforzar los puestos y del trabajo de todo el día, no hubieran dejado hombre con vida. Sobre la medianoche, destacada la caballería, dio alcance a su retaguardia prendiendo y matando a muchos; los demás huyen a sus tierras.

LXXXIX. Al otro día Vercingetórige, convocada su gente, protesta «no haber emprendido él esta guerra por sus propios intereses, sino por la defensa de la común libertad; mas ya que es forzoso ceder a la fortuna, él está pronto a que lo sacrifiquen, o dándole, si quieren, la muerte o entregándolo vivo a los romanos para satisfacerles», Despachan diputados a César, Mándales entregar las armas y las cabezas de partido. Él puso su pabellón en un baluarte delante los reales. Aquí se le presentan los generales. Vecingetórige es entregado. Arrojan a sus pies las armas. Reservando los eduos y alvernos a fin de valerse de ellos para recobrar sus Estados, de los demás cautivos da uno a cada soldado a título de despojo.

XC. Hecho esto, marcha a los eduos, y se le rinden. Allí recibe embajadores de los alvernos que se ofrecen a estar en todo a su obediencia. Mándales dar gran número de rehenes. Restituye cerca de veinte mil prisioneros a los eduos y alvernos. Envía las legiones a cuarteles de invierno. A Tito Labieno manda ir con dos y la caballería a los secuanos, dándole por ayudante a Marco Sempronio Rutilo. A Cayo Fabio y a Lucio Minucio Basilo aloja con dos legiones en los remenses, para defenderlos de toda invasión contra los beoveses sus fronterizos. A Cayo Antistio Regino remite a los ambivaretos; a Tito Sestio a los berrienses; a Cayo Caninio Rebilo a los rodenses, cada uno con su legión. A Quinto Tulio Cicerón y a Publio Sulpicio acuartela en Chalóns y Macón, ciudades de los eduos a las riberas del Arar, para el acopio y conducción del trigo. Él determina pasar el invierno en Bilbracte. Sabidos estos sucesos por cartas de César, se mandan celebrar en Roma fiestas por veinte días.

Notas

126 No se sabe con certeza si este famoso pueblo corresponde hoy a Clermont, Saint-Flour u otro. Parece hubo dos del mismo nombre, uno en los Boyos, otro en los Avernos.

127 Los de Agen y Gevandan.

128 César: Ruthenis provincialibus. De los rutenos, unos estaban en la provincia romana, otros en la Aquitania.

129 Queda dicho que éstos eran distintos de los volcas tectosages.

130 Sens.

131 Bourges.

132 Eran movedizas, con ruedas por debajo.

133 Entiéndese de los que ya estaban incorporados al ejército de César.

134 Para saber el estado infeliz en que se hallaban los eduos al tiempo que llegó César, basta leer la arenga que el edúo Diviciaco le hizo ponderando sus calamidades (lib. I).

135 Los de Gevandan y los de comarca de Auvernia

136 Del Bajo Languedoc.

137 Número parece éste increíble para encontrado de paso; pero así está en el texto: coactis una de o unde quacinta cohortibus… quas sors obtulit, en letra y no en cifra, porque no se piense ser yerro del amanuense.

NOTAS DE NAPOLEÓN AL LIBRO VII

  1. En esta campaña, César dio varias batallas y llevó a cabo grandes asedios, en dos de los cuales consiguió éxito; es la primera vez que tuvo que combatir con los galos unidos. Su resolución, el talento de su general Vercingetórige, la fuerza de su ejército, todo hace de esta campaña la más gloriosa para los romanos. Tenían éstos diez legiones, lo que, con la caballeria, las tropas auxiliares, los alemanes, las tropas ligeras, debían de hacer un ejército de 80.000 hombres. La conducta de los habitantes de Bourges, la del ejército de socorro; la conducta de los Clermonteses, la de los habitantes de Alesia, nos enseñan a la vez la resolución, el valor de los galos y su impotencia por la falta de orden, de disciplina, de dirección militar. Cap. LXVII.
  2. Pero, ¿es posible que Vercingetórige se hubiese encerrado con 80.000 hombres en una ciudad de tan exigua extensión? Cuando hizo salir su caballería, ¿por qué no hacer lo propio con las tres cuartas partes de su infantería? Veinte mil hombres eran más que suficientes para reforzar a la guarnición de Alesia, asentada sobre una elevación de 3.000 toesas de circunferencia, y que contenía además una población numerosa y aguerrida. En la plaza quedaban sólo víveres para 30 días, ¿por qué, pues, encerrar tantos hombres inútiles para la defensa, pero que habían de acelerar la rendición? Alesia era una plaza fuerte por su posición; no tenía que temer sino el hambre. Si en lugar de 80.000 hombres, Vercingetórix hubiese tenido únicamente 20.000, hubiese contado con víveres para cien días, mientras que 60.000 hombres acampados en los alrededores hubiesen inquietado a los asaltantes. Necesitábanse más de cincuenta días para reunir un nuevo ejército galo y para que éste hubiese podido llegar en socorro de la plaza. Finalmente, sin Vercingetórix hubiese contado con 80.000 hombres, ¿puede creerse que se hubiera encerrado entre los muros de la ciudad? Había ocupado los alrededores defendiéndose con atrincheramientos, presto a saltar y a caer sobre César. El ejército de socorro estaba, según César, compuesto de 240.000 hombres. Este ejército no acampó, no maniobró como podía hacer un ejército tan superior al del enemigo, sino como un ejército igual. Tras dos ataques destacó 60.000 hombres para lanzarse contra la altura del Norte; este destacamento fracasó, lo cual no era motivo para obligar al ejército a retirarse en desorden. Capítulo LXXI.
  3. Las obras de César eran considerables; el ejército dispuso de cuarenta días para construirlas, y las armas ofensivas de los galos eran impotentes para destruir tales obstáculos, ¿Un problema semejante podría ser resuelto en nuestros días? ¿Podrían cien mil hombres bloquear una plaza con líneas de contravalación y ponerse al abrigo de los ataques de cien mil hombres detrás de su circunvalación? Cap. LXXIII.