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POLIBIO DE MEGALÓPOLIS HISTORIA UNIVERSAL BAJO LA REPÚBLICA ROMANA
TOMO II
LIBRO QUINTO
LIBRO QUINTO
CAPÍTULO PRIMERO
Filipo recobra la voluntad de los aratos, y logra por su influjo que los aqueos le ayuden para ponerse en campaña.- Decide hacer la guerra por mar.- Conspiración de tres de sus oficiales.- Tala de los campos de Palea.
Se dejaban ya ver las Pleiades, cuando concluyó el año de la pretura de Arato el joven (219 años antes de J. C.), Tal es el modo de computar los tiempos entre los aqueos. Efectivamente, Arato depuso el mando, Eperato le sucedió, y Dorimaco era por entonces pretor de los etolios. Para este mismo tiempo, Aníbal declaró públicamente la guerra a los romanos, y a la entrada del verano partió de Cartagena, atravesó el Ebro, y emprendió su propósito y viaje para Italia. Los romanos enviaron a Tiberio Sempronio con ejército al África, y a Publio Cornelio para España. Antíoco y Ptolomeo, desesperanzados de que las negociaciones y conferencias diesen fin a la disputa que tenían sobre la Cæle-Siria, se disponían a que la decidiesen las armas. El rey Filipo, falto de víveres y dinero para las tropas, convocó a junta a los aqueos por medio de sus magistrados. Reunido el pueblo en Egio según costumbre, advirtió que los aratos obraban con indolencia, por el tiro que Apeles les había hecho en las elecciones precedentes; y que Eperato era negado por naturaleza, y menospreciado de todos. Por estos antecedentes acabó de conocer lo mal que le habían servido Apeles y Leoncio, y se propuso ganar otra vez el corazón de los aratos. Para ello persuadió a los magistrados que transfiriesen la asamblea a Sición, donde llevada a cabo una conferencia con los dos aratos, y echando la culpa a Apeles de todo lo pasado, les exhortó a permanecer en el afecto que antes le profesaban. Efectivamente, los aratos se rindieron con prontitud y el rey entró en la asamblea, donde con el apoyo de estos dos, logró todo lo que necesitaba para la empresa. Se ordenó que los aqueos contribuyesen por el pronto con cincuenta talentos desde el primer día que el rey se pusiese en marcha, que abonasen a la tropa la paga de tres meses con diez mil modios de trigo, y para lo sucesivo, mientras que personalmente hiciese la guerra en el Peloponeso, se le entregarían cada mes diecisiete talentos. Aprobado este decreto, los aqueos se retiraron cada uno a sus ciudades. Así que las tropas salieron de cuarteles de invierno, el rey consultó con sus confidentes, y decidió hacer la guerra por mar. Creía que sólo así podría prontamente atacar por todos lados a sus contrarios, los cuales no podrían socorrerse mutuamente, estando como estaban dispersos en diferentes países, y recelándose cada uno por sí de la incertidumbre y prontitud con que podía venir por mar el enemigo. Era la guerra contra los etolios, lacedemonios y eleos. Tomada esta decisión, el rey reunió los navíos de los aqueos y los suyos en Lequeo, donde a costa de un ejercicio continuado, adiestró y acostumbró la falange al manejo del remo, hallando en los macedonios una ciega obediencia a sus mandatos. Porque esta nación es no sólo la más experta y esforzada en las batallas campales, sino también la más a propósito para los ministerios navales, si la ocasión se presenta. Son gentes ejercitadas en cavar fosos, levantar trincheras, y en fin, endurecidos con semejantes fatigas, son tales como nos pinta Hesíodo a los eacidas, más contentos en la guerra que en los banquetes. Mientras que el rey y los macedonios se ocupaban en Corinto, éstos en el ejército de la marina, y aquel en el acopio de pertrechos; Apeles, que no podía volver a ganar el corazón de Filipo, ni sufrir el menosprecio de su abatimiento, tramó una conjuración con Leoncio y Megaleas; para que, mientras ellos, presentes a todas las resoluciones del rey, pervertían y frustraban sus propósitos, él ausente en Calcis, cuidase de cortar todas las municiones para sus empresas. Comunicado este aleve trato con sus dos amigos, marchó a Calcis, pretextando al rey algunas vanas excusas para su partida. Durante su estancia en esta ciudad, observó tan religiosamente lo pactado bajo juramento, y se aprovechó tan bien de la privanza anterior para persuadir a los pueblos, que al fin redujo al rey a empeñar la vajilla de su uso para mantenerse. No obstante, después que estuvieron reunidos los navíos, y los macedonios adiestrados en el manejo del remo, el rey, distribuidos víveres y satisfechas las pagas al soldado, se hizo a la vela y arribó al segundo día a Patras, con un ejército de seis mil macedonios y mil doscientos mercenarios.
Para entonces Dorimaco, pretor de los etolios, había enviado quinientos neocretas, bajo el mando de Agelao y Scopas, para socorrer a los eleos. Éstos, recelando de que Filipo no intentase sitiar a Cilene, habían alistado tropas extranjeras, habían armado las del país, y fortificado la ciudad con gran cuidado. En atención a esto Filipo formó un cuerpo de los extranjeros de Acaia, de los cretenses que tenía consigo, de alguna caballería gálata, y de dos mil infantes aqueos de tropa escogida, y lo dejó en Dimas, para que a un mismo tiempo la guarneciese, y sirviese de barrera contra las empresas de los eleos. Él mientras, habiendo escrito con anticipación a los messenios, epirotas, acarnanios y a Scerdilaidas, para que equipase cada uno sus navíos y acudiesen a Cefalenia, se hizo a la vela de Patras al día señalado, y llegó a Pronos, pueblo de la Cefalenia. La consideración de que esta pequeña fortaleza era difícil de sitiarse, y el país estrecho, le hizo pasar adelante y fondear en Palea con su armada. Aquí, advirtiendo que el país abundaba en granos y podía sustentar el ejército, desembarcó sus tropas, y acampó frente a la ciudad. Puso después en seco su escuadra, la ciñó con foso y trinchera, y envió a los macedonios al forraje. Entretanto, por dar tiempo a que viniesen los aliados para emprender el ataque, se puso a recorrer la plaza y reconocer por qué parte se podrían aplicar las obras y las máquinas a sus murallas. Su objeto era, primero, quitar a los etolios el puesto más importante, ya que desde aquí, sirviéndose de las naves de los cefalenios, hacían sus desembarcos en el Peloponeso, y talaban las costas del Epiro y la Acarnania; y en segundo lugar, prevenir para sí y para sus aliados una acogida cómoda para hacer correrías sobre el país enemigo. Porque la Cefalenia yace sobre el golfo de Corinto, extendiéndose hacia el mar de Sicilia; domina aquella parte del Peloponeso que mira al Septentrión y ocaso, y especialmente el país de los eleos, y confina hacia el Mediodía y Occidente con el Epiro, la Etolia y la Acarnania.
CAPÍTULO II
Asedio de Palea frustrado.- Disparidad de opiniones sobre el camino que había de tomar el rey.- Decisión de pasar a la Etolia el teatro de la guerra.- Saqueo de esta provincia.- Desprevención de Termas.
Atento Filipo a que el sitio era el más oportuno para la reunión de los aliados, y su emplazamiento el más ventajoso para ofender a los enemigos y auxiliar a los suyos, deseaba con ansia reducir esta isla bajo su dominio (219 años antes de J. C.) Habiendo advertido que todos los otros lugares de la ciudad se hallaban defendidos o por el mar, o por los riscos, y que sólo por el lado de Zacinto había un corto espacio de terreno llano, pensó por esta parte arrimar las baterías e insistir en el ataque. Ocupaban estas disposiciones su atención, cuando arribaron quince bergantines de parte de Scerdilaidas, que no había podido enviar más a causa de las sediciones y alborotos que se habían originado en la Iliria entre los principales de la nación. Llegó también el socorro prometido de los epirotas, acarnanios y messenios. Porque éstos una vez tomada Fialea, ya no tenían excusa para eximirse de la guerra. Dispuesto ya todo para el asedio, y situadas en los convenientes lugares las baterías de ballestas y catapultas para contener a los cercados, el rey animó a los macedonios, avanzó las máquinas a la muralla, y por medio de ellas emprendió las minas. La actividad de los macedonios en estos trabajos fue tal, que en breve quedaron en el aire doscientos pies de muro. Entonces el rey se aproximó a la muralla, e invitó a los de dentro a concertar con él las paces. Mas no haciendo éstos caso, prendió fuego a los puntales, y a su tiempo vino a tierra todo el muro suspendido. Hecho esto, destacó por delante a los rodeleros bajo el mando de Leoncio, divididos en cohortes, con orden de forzar la brecha. Pero este comandante, atentó a lo que había pactado con Apeles, impidió que tres jóvenes que ya habían superado sucesivamente las ruinas, no acabasen de tomar la ciudad. Tenía corrompidos de antemano los principales oficiales, él obraba con indolencia, y aparentaba peligro a cada paso; y así, aunque pudo cómodamente apoderarse de la plaza, al fin fue arrojado de la brecha con mucha pérdida. El rey, viendo tímidos los oficiales y cubiertos de heridas los macedonios, desistió del asedio y consultó con sus confidentes sobre lo que se había de hacer en lo sucesivo. Para entonces Licurgo irrumpió por la Messenia, y Dorimaco, con la mitad de los etolios, hizo una penetración en la Tesalia, persuadidos uno y otro a que retraerían a Filipo del cerco de Palea. Con este mismo objeto llegaron al rey embajadores de parte de los acarnanios y messenios. Los acarnanios le instaban a que entrase por la Etolia, corriese talando impunemente todo el país, y de este modo haría desistir a Dorimaco de la invasión de la Macedonia. Los messenios, por medio de su embajador Gorgos, imploraban su auxilio y le manifestaban que mientras reinasen los vientos Etesios era fácil pasar en un solo día desde Cefalenia a Messenia, de cuyo repentino y eficaz ataque sobre Licurgo le aseguraban un buen resultado. Leoncio, atento a su propósito, coadyuvaba con empeño la pretensión de Gorgos. Veía que Filipo vendría a estar mano sobre mano todo el estío, pues aunque la navegación a la Messenia era fácil, el regreso durante los vientos Etesios era imposible. De aquí infería por seguro que Filipo, encerrado en la Messenia con su ejército, se vería forzado a pasar el resto del verano en inacción, mientras que los etolios, corriendo la Tesalia y el Epiro, talarían y arrasarían uno y otro país sin obstáculo. Tales y tan perniciosos eran los consejos que sugerían al rey Gorgos y Leoncio. Arato, que se encontraba presente, era del sentir opuesto. Aconsejaba al rey que convenía dirigirse a la Etolia y pasar allá el teatro de la guerra, pues habiendo salido los etolios con Dorimaco a una expedición, era la ocasión más oportuna de invadir y arrasar su país. El rey, que ya se hallaba poco satisfecho de Leoncio por lo mal que se había portado en el sitio de Palea, y había llegado a conocer la perfidia con que le había consultado, se atuvo al parecer de Arato. Efectivamente, escribió a Eperato, pretor de los aqueos, para que, tomando tropas de su nación, viniese al socorro de los messenios; él mientras salió de Cefalenia, y abordó al segundo día a Leucades con la escuadra durante la noche. Dispuestas todas las cosas en el istmo de Doricto, hizo pasar los navíos y tomó el rumbo por el golfo de Ambracia, que corriendo desde el mar de Sicilia, se introduce hasta el corazón de la Etolia, como ya hemos apuntado. Al fin de su viaje, fondeó poco antes de amanecer en Limnea, donde mandó a las tropas que comiesen, se aligerasen de la mayor parte del equipaje, y estuviesen dispuestas para la marcha. Entretanto, reunió guías del país, se informó del terreno, y enteró de las ciudades próximas. A la sazón vino Aristofantes, pretor de la Acarnania, con todas las tropas de su nación. Este pueblo había tenido en el pasado mucho que sufrir de parte de los etolios, y deseaba con ansia vengarse y desquitarse de cualquier modo. Por eso entonces, abrazando con gusto la ocasión de auxiliar a los macedonios, habían tomado las armas no sólo los que estaban obligados por la ley a alistarse, sino también algunos ancianos. Igual impulso estimulaba a los epirotas por semejantes causas, bien que por la extensión del país y repentina llegada de Filipo, no habían tenido tiempo de reunir sus tropas. Dorimaco había salido a la expedición con la mitad de los etolios, como hemos mencionado, y había dejado la otra mitad, en la inteligencia de que sería lo bastante para guarnecer las ciudades y el país en un caso imprevisto. El rey, habiendo dejado el equipaje con una buena escolta, marchó por la tarde de Limnea, y al cabo de sesenta estadios de camino, hizo alto para que cenase y descansase un rato la tropa; después volvió a emprender la marcha, y sin cesar de andar en toda la noche, llegó a las márgenes del Aqueloo al rayar el día, entre Conope y Strato, con el anhelo de arrojarse de repente y de improviso sobre Termas.
Dos motivos hacían creer a Leoncio que Filipo conseguiría su propósito y los etolios no podrían evitar el golpe: uno era la pronta e inopinada venida de los macedonios; otro, el que no habiendo sospechado jamás que llegase la temeridad del rey a arrojarse sobre una plaza tan fuerte como Termas, los cogería descuidados y desprovistos del todo para la defensa. Atento a estas consideraciones, y firme en la traición que había tramado, persuadía a Filipo que acampase sobre el Aqueloo y diese descanso a la tropa, fatigada con la marcha de toda una noche. Su propósito en esto era dar a los etolios una tregua, aunque corta, de prevenirse para la defensa. Arato, por el contrario, conocía que el logro de la expedición era instantáneo, que el consejo de Leoncio era un manifiesto retardo, y así protestaba al rey no malograse la ocasión ni se detuviese. Efectivamente, el rey, ofendido ya de Leoncio, abrazó este partido y prosiguió su camino sin detenerse. Atravesó el Aqueloo y avanzó en derechura a Termas, quemando y talando de paso la campaña. Durante su marcha dejó sobre la izquierda a Strató, Agrinio y Testita, y sobre la derecha a Conope, Lisimaquia, Triconio y Foiteo. Una vez llegado a Metapa, ciudad situada sobre las gargantas mismas del lago Triconis, y distante poco menos de sesenta estadios de Termas, la tomó por haberla desamparado sus moradores, e introdujo dentro quinientos hombres con el fin de servirse de ella como de presidio para la entrada y salida de los desfiladeros. Todas las proximidades del lago son montuosas, ásperas y cubiertas de árboles, de suerte que sólo franquean un paso del todo estrecho y difícil. Atento a esto, emprendió el paso de los desfiladeros, situando a la vanguardia los extranjeros, detrás los ilirios, en seguida los rodeleros y la falange y cerrando la retaguardia con los cretenses. Por el lado derecho marchaban fuera del camino los traces y armados a la ligera, y por el izquierdo iban defendidos del lago que se extiende casi treinta estadios. Pasadas estas gargantas llegó el rey a un lugar llamado Panfia, donde, puesta igualmente guarnición, prosiguió hacia Termas por un camino no sólo arduo y demasiado áspero, sino cortado entre elevadas rocas, que a veces sólo permitían un sendero en extremo peligroso y estrecho, cuya subida se extendía casi a treinta estadios. La actividad de los macedonios atravesó estos desfiladeros en tan poco tiempo que llegaron a Termas con muchas horas de día. Sentado aquí su campo, permitió a la tropa que talase los pueblos circunvecinos, que corriese los campos de Termas y que saquease las casas de la ciudad, donde se encontró no sólo cantidad de trigo y demás provisiones, sino inmensidad de muebles preciosos. Porque como los etolios celebraban aquí cada año las ferias y juegos más solemnes y era este el sitio determinado para sus comicios, había traído cada uno lo más precioso que tenía para su hospedaje y aparato de las festividades. Esto lo hacían prescindiendo de su propia conveniencia, porque creían no poder hallar lugar más seguro. Jamás enemigo alguno había tenido la osadía de poner el pie en semejante sitio, tan fuerte por su naturaleza, que estaba reputado por la ciudadela de toda la Etolia. He aquí por qué después de una paz de tantos años, estaban llenas de inmensas riquezas las casas próximas al templo y los lugares circunvecinos. Cargados los macedonios de un botín inmenso, pasaron allí la noche. Al día siguiente decidieron llevar consigo lo más precioso y rico del despojo; de todo lo demás hicieron un montón a la vista de las tiendas, y lo quemaron. Igual diligencia practicaron con las armas que estaban colgadas en los pórticos; las de más valor las arrancaron y llevaron consigo, otras las cambiaron, y del resto, que ascendía a más de quince mil, hicieron una cima y la prendieron fuego.
CAPÍTULO III
Profanación de los lugares sagrados en que incurre el ejército de Filipo en Termas.- Consideraciones sobre estos oncesos.
No hay hasta este momento algo que desdiga de la justicia y de las leyes de la guerra; mas lo que se sigue, no sé cómo calificarlo. Los macedonios, recordándose de los excesos que los etolios habían cometido en Dío y Dodona, prendieron fuego a los pórticos del templo, hicieron pedazos los donativos restantes, entre los cuales existían algunos de una hechura costosa, de exquisito gusto y de mucho valor. No se contentaron únicamente con quemar los techos, echaron también por tierra el edificio, derribaron pocas menos de dos mil estatuas e hicieron pedazos las más, a excepción de las que tenían alguna inscripción o imagen de los dioses, que de éstas se abstuvieron. Se escribió sobre las paredes aquel célebre verso, obra del ingenio que empezaba ya a descubrirse en Samos, hijo de Crisógono, y educado con el rey. Dice así:
Repara en Dío, y verás de dónde el rayo se fulmina.
Aun al rey mismo y a sus amigos asombraba tal estrago; bien que creían que obraban con justicia, y vengaban con castigo igual la crueldad cometida en Dio por los etolios. Mas yo opino de diverso modo, y si mi juicio es recto o no, está a la vista. No me valdré de otros ejemplos que los de la misma casa real de Macedonia. Antígono, después de haber vencido en batalla ordenada, y haber hecho huir a Cleomenes rey de Lacedemonia, se apoderó de Esparta; y aunque en absoluto pudo disponer de esta ciudad y de sus moradores a su antojo, distó tanto de tratar con rigor a los que había sojuzgado, que al contrario, les restituyó su antiguo gobierno, les concedió la libertad, y no regresó a su corte hasta que hubo derramado las mayores gracias en general y en particular sobre los lacedemonios. De este modo, pasó no sólo entonces por bienhechor, sino después de muerto por libertador, y adquirió, tanto entre los lacedemonios como en toda la Grecia, una estimación y gloria inmortal con estas acciones.
Aquel Filipo que primero ensanchó los límites de su imperio, y que fue el fundamento del esplendor de la casa real de Macedonia, vencidos los atenienses en Queronea, no logró tanto por sus armas, cuanto por la equidad y templanza de sus costumbres. La guerra y las armas le sujetaron y le hicieron señor únicamente de sus contrarios; mas la benignidad y moderación le conquistaron todos los atenienses y la misma Atenas. No dominaba la cólera a sus acciones, perseguía sí sus enemigos y émulos, hasta que se presentaba ocasión de manifestar su mansedumbre y beneficencia. Por eso remitió los prisioneros sin rescate, ofreció los últimos honores a los atenienses muertos, encomendó a Antipatro la traslación de sus huesosa Atenas, vistió la mayor parte de los que se salvaron, y con esta política consiguió a poca costa la mayor conquista. Pues rindiendo su magnanimidad la altivez de los atenienses, de enemigos que eran, los convirtió en aliados los más sacrificados en su servicio. Y ¿qué diré de Alejandro? Irritado contra Tebas, hasta poner a sus moradores en pública subasta y arrasar la ciudad, sin embargo no se olvidó al tomarla del respeto debido a los dioses; por el contrario, puso el mayor cuidado para que no se cometiese, aun por imprudencia, la más leve falta contra los templos y demás lugares sagrados. Asimismo, cuando pasó al Asia a vengar a los griegos de la crueldad de los persas, procuró obtener de los hombres un castigo condigno a sus excesos; pero se abstuvo de todo lo consagrado a los dioses, siendo así que contra los santuarios era contra quienes más se habían encruelecido los persas en la Grecia. Estos ejemplos debiera Filipo haber grabado en su corazón eternamente, y preciarse, no tanto de ser heredero de tales personajes en el imperio, cuanto de ser su sucesor en las costumbres y grandeza de alma. Fue nimio en el transcurso de toda su vida en ostentar que era pariente de Alejandro y de Filipo; mas hizo muy poco caso de ser su imitador en las virtudes. Por eso a proporción que su conducta fue opuesta a la de estos príncipes, fue también contraria la reputación que obtuvo entre los hombres, cuando ya grande.
Sirva de prueba, entre otras, lo que entonces hizo. No obstante de que la cólera le hacía incurrir en iguales excesos que a los etolios, y remediaba un mal con otro, jamás creyó que obraba con injusticia. Afeaba a cada paso la insolencia e impiedad de Scopas y Dorimaco, por los sacrilegios que habían cometido en Dodona y Dío; y él, autor de iguales excesos, no echaba de ver que se adquiría el mismo concepto entre los que le oían. Quitar y arruinar los castillos de nuestros enemigos, cegar sus puertos, tomar sus ciudades, matar su gente, apresar sus navíos, talar sus frutos y otras cosas semejantes, por donde se consiga debilitar las fuerzas del contrario, aumentar las nuestras y dar nuevo vigor a nuestros propósitos, estas son leyes indispensables y permitidas por el derecho de la guerra; pero lo que no puede traer o acarrear ventaja a nuestros intereses, ni disminución a los de los contrarios cuanto a la guerra presente, esto es, por un exceso de venganza quemar templos, romper estatuas, y profanar otros adornos semejantes, esto nadie negará que es efecto de una conducta depravada y de una cólera rabiosa. Los buenos reyes no hacen la guerra para ruina y exterminio de los que los han ofendido, sino para corrección y arrepentimiento de sus faltas; ni envuelven en el castigo indistintamente a delincuentes y no delincuentes, sino que conservan y entresacan a los inocentes de los culpados. Es propio de un tirano aborrecer y ser aborrecido de sus súbditos, y a fuerza de malos tratamientos exigir por el miedo un vasallaje forzado; pero un rey, derramándose en gracias para con todos, debe hacer que a costa de su munificencia y dulzura le tribute el pueblo un respeto y obediencia voluntaria. Se echará de ver mejor el yerro que cometió entonces Filipo, al considerar qué concepto era regular hubiesen hecho los etolios si observando la conducta opuesta no hubiera quemado los pórticos, quebrado las estatuas ni profanado los demás ornamentos. Yo no dudo que le hubieran reputado por el rey mejor y más humano. Su conciencia les hubiera representado las profanaciones hechas en Dío y Dodona, y hubieran confesado que Filipo, aunque, como dueño de obrar a su antojo, los hubiera tratado con el máximo rigor, no había hecho más de lo que debía atento a sus merecimientos; pero que por un efecto de su clemencia y magnanimidad no echó mano de semejantes medios.
De aquí se infiere que los etolios verosímilmente se hubieran condenado a sí mismos, y hubieran alabado y admirado en Filipo el ánimo regio y magnánimo con que había ostentado a un tiempo su respeto para con los dioses y su cólera para con ellos. Efectivamente, no es menos, antes es más ventajoso, vencer al enemigo con la generosidad y justicia, que con las armas en la mano. Este se rinde por necesidad, aquél por inclinación. En el uno se consigue la corrección a mucha costa, en el otro se encuentra el arrepentimiento sin dispendio. Y lo principal, que en el vencimiento de aquel tienen la mayor parte los vasallos, y en el rendimiento de éste el príncipe por sí solo se lleva todo el lauro. Acaso pretenderá alguno no echar a Filipo toda la culpa de estas impiedades, atento a su tierna edad, sino que sus consejeros y confidentes, entre otros Arato y Demetrio de Faros, tuvieron la principal parte. Mas aun en este caso no será difícil descubrir, sin haberse hallado en el lance, de cuál de los dos pudo dimanar tal consejo. Prescindiendo del método de vida de Arato, en el que no se hallará resolución alguna temeraria ni inconsiderada, y en Demetrio muchas, tenemos pruebas incontestables del carácter de uno y otro en iguales casos, de que haremos la correspondiente memoria a tiempo oportuno.
CAPÍTULO IV
Hostilizan los etolios la retaguardia de Filipo.- Ofrenda que efectúa este príncipe a los dioses en acción de gracias, y convite con que obsequia a los oficiales.- Motín en el campamento, y escarmiento de los promotores.
Habiendo cogido Filipo cuanto pudo llevar y conducir (aquí interrumpimos la narración), marchó de Termas, y regresó por el mismo camino por donde había venido. Puso en la vanguardia el botín y los pesadamente armados, y dejó en la retaguardia los acarnanios y extranjeros. Todo su anhelo era atravesar cuanto antes los desfiladeros, porque presumía que los etolios se aprovecharían de las dificultades del camino para picarle la retaguardia, como en efecto ocurrió al instante. Se reunieron hasta casi tres mil etolios al mando de Alejandro Triconiense para acudir al socorro. Mientras el rey estuvo sobre las cumbres, no se aproximaron, permanecieron sí quietos en ciertos lugares ocultos, pero lo mismo fue moverse la retaguardia, se echaron sobre Termas, y atacaron las últimas líneas. Cuanto mayor era la confusión en la retaguardia, tanto con mayor brío los etolios, favorecidos del terreno, les cargaban y mataban. Mas el rey, que tenía previsto este lance, había apostado al bajar al pie de cierta colina un trozo de ilirios y rodeleros escogidos; los cuales, acometiendo y cargando sobre el enemigo que venía en su seguimiento, mataron ciento treinta, cogieron prisioneros pocos menos, y el resto emprendió la huida sin orden por senderos extraviados. Después de esta victoria, la retaguardia prendió fuego de paso a Panfio, atravesó sin riesgo los desfiladeros, y se incorporó con los macedonios. Filipo tenía sentado el campo alrededor de Metapa, donde esperaba el último tercio del ejército. Al día siguiente que llegó, ordenó arrasar esta ciudad, echó a andar, y acampó alrededor de Acras. Al día después prosiguió su marcha talando de paso la campiña, y sentó sus reales en Conope, donde permaneció el día inmediato. Al siguiente levantó el campo, y marchó a orillas del Aqueloo hasta Estrato; donde, atravesado el río, situó el ejército fuera de tiro, para inquietar a los de dentro. Tenía noticia de que habían entrado en esta plaza, tres mil infantes etolios, cuatrocientos caballos, y quinientos cretenses. Mas viendo que nadie osaba salir fuera, volvió a emprender su viaje, ordenando a la vanguardia marchase a Limnea, donde estaba su escuadra. Lo mismo fue separarse de la ciudad la retaguardia, que salir por el pronto algunos caballos etolios a inquietar las últimas líneas. A éstos vinieron a reunirse los cretenses y algunos infantes etolios, los cuales, dando mayor vigor a la acción, forzaron la retaguardia macedonia a hacer frente, y venir a las manos. Al principio se peleó por ambas partes con igual fortuna; pero acudiendo los ilirios a sostener los extranjeros de Filipo, la caballería etolia y los mercenarios volvieron la espalda, y emprendieron la huida en desorden. La mayor parte fue perseguida por los del rey hasta las puertas y muros de la ciudad, en cuyo alcance mataron cien personas. Después de este choque ya no se atrevieron a moverse los de dentro, y la retaguardia se incorporó sin peligro con el ejército y los navíos. En Limnea el rey, después de haber acampado cómodamente, hizo un sacrificio a los dioses en acción de gracias por la dicha concedida a su empresa, y dio un convite a los oficiales. Se tenía por temeridad el que el rey se hubiese arrojado en un terreno tan escabroso, donde hasta entonces nadie había osado penetrar con sus armas; pero él entró y salió sin riesgo, después de haber conseguido sus propósitos. Por eso ahora, alegre en extremo, hacía este obsequio a los oficiales. Sólo Megaleas y Leoncio, que tenían tratado con Apeles embarazar todas las ideas de este príncipe, se dolían de la felicidad que había alcanzado. Pero viendo frustrados sus esfuerzos, y que las cosas habían salido al contrario, aunque tristes, concurrieron al fin con los demás convidados. A poco rato dieron que sospechar al rey y a los demás, de que no se interesaban tanto como ellos en la felicidad de las armas. Mas prontamente descubrió sus interiores la continuación de los brindis y la intemperancia en la comida y bebida, a que se vieron precisados por acompañar a los demás. No bien se había concluido el convite, cuando locos y enajenados con la borrachera, echan a buscar a Arato, le encuentran cuando se retiraba, le llenan por el pronto de improperios, y emprenden después acabar con él a pedradas. Al instante acudieron muchos a sostener uno y otro partido, y se levantó un alboroto y conmoción en el campamento. La vocería llegó a oídos del rey, quien mandó gentes para que se informasen y remediasen el desorden. Llegaron éstos, Arato les cuenta lo sucedido, pone por testigos a los circunstantes, redime la vejación, y se retira a su tienda. Por lo que hace a Leoncio, escapó entre la confusión sin saber cómo. El rey, informado del hecho, envió a llamar a Megaleas y Crinon, y los reprendió ásperamente. Pero ellos, lejos de someterse, prorrumpieron en nuevas amenazas, diciendo que no desistirían del propósito hasta haber dado a Arato su merecido. El rey, irritado con este desacato, los mandó multar al instante en veinte talentos, y llevarlos a la cárcel. Al día siguiente envió a llamar a Arato, y le exhortó a que viviese seguro de que pondría el remedio conveniente en el asunto. Leoncio, informado de lo que pasaba con Megaleas, vino a la tienda del rey acompañado de alguna tropa. Estaba persuadido a que este príncipe se atemorizaría por su poca edad y mudaría prontamente de resolución. Lo mismo fue presentarse que preguntar: «¿Quién ha tenido osadía para echar mano a Megaleas, y llevarle a la cárcel? - Yo», respondió el rey con entereza; palabra que aterró a Leoncio, le hizo dar un gran suspiro y retirarse enfurecido.
Después el rey se hizo a la vela con toda la escuadra, atravesó el golfo, y arribó en breve tiempo a Leucades. Aquí, dada orden a los que estaban encargados de la distribución del botín para que la evacuasen cuanto antes, reunió mientras sus confidentes, para examinar la causa de Megaleas. Arato entabló la acusación de éste y de sus compañeros, recorriendo la serie de sus excesos desde el principio. Hizo ver claramente que eran autores de una muerte que se había perpetrado después de la partida de Antígono, que tenían tramada una conjuración con Apeles, y que por ellos no se había tomado Pelea. A todos estos cargos, que Arato hizo palpables y demostró con testigos, no tuvo qué responder Megaleas, por lo que fue condenado a una voz por todos. Crinón permaneció en la prisión, y Leoncio salió por fiador de la multa de Megaleas. He aquí el estado de la conjuración de Apeles y Leoncio, cuyo éxito vino a ser distinto de lo que se habían prometido al principio. Creyeron que aterrarían a Arato, que dejarían al rey solo, y que obrarían después según su conveniencia; pero les salió al contrario.
CAPÍTULO V
Correrías de Licurgo, de los eleos y de Dorimaco.- Invasión y talas por Filipo en Laconia.- Pretenden los messenios unirse a Filipo, pero Licurgo se apodera de su bagaje, y los obliga a retirarse a su patria.
Al mismo tiempo (219 años antes de J. C.) regresó Licurgo de la Messenia, sin haber realizado cosa que merezca la pena de relatarse. Poco después volvió a salir a campaña, tomó a Elea, y emprendió sitiar la ciudadela, donde se habían refugiado los moradores; mas frustrados sus esfuerzos, tuvo que retirarse otra vez a Esparta.
Los eleos hicieron también correrías en el país de los dimeos. Éstos enviaron alguna caballería para su defensa, pero cayó en una emboscada y con facilidad fue puesta en huida. Muchos gálatas quedaron sobre el campo, algunos de la ciudad fueron hechos prisioneros, entre otros Polimedes, Egeo, y Agesipolis y Megacles, dimeos.
Dorimaco al principio salió a campaña con los etolios, persuadido, como hemos dicho antes, a que talaría impunemente la Tesalia y haría levantar a Filipo el cerco de Palea; pero hallando en esta provincia a Ghrisógono y Patreo dispuestos a hacerle frente, no se atrevió a bajar al llano, y se contentó con costear las laderas, hasta que, informado de la irrupción de los macedonios en Etolia, dejó la Tesalia y se dirigió con diligencia al socorro de su patria. Pero llegó cuando ya los macedonios habían salido de la Etolia: tan tardo y pesado era en todas sus cosas.
Filipo, habiéndose hecho a la vela de Leucades, taló de paso la costa de los hianteos y abordó a Corinto con toda la escuadra. Hizo pasar los navíos a puerto Lequeo, donde desembarcó los soldados, y despachó correos a las ciudades aliadas del Peloponeso, señalándolas día en que deberían todas hacer noche con sus tropas en Tegea. Dadas estas órdenes, sin detenerse un instante en Corinto ordenó marchar a los macedonios, y pasando por Argos llegó a Tegea al segundo día. Aquí tomó los aqueos que habían acudido, y condujo su ejército por las montañas con el fin de penetrar en el país de los lacedemonios sin ser apercibido. Después de cuatro días de marcha por lugares desiertos, se dejó ver sobre unas eminencias situadas frente por frente de la ciudad, y dejando a la derecha a Menelea llegó hasta la misma Amicla. Los lacedemonios, que vieron desde la ciudad pasar por delante aquel ejército, quedaron atónitos y asombrados. Se hallaban aún suspensos sus espíritus con la noticia del saqueo de Termas y demás acciones de Filipo en la Etolia. A más de esto corría cierto rumor de que Licurgo salía al socorro de los etolios; y así ni aun por el pensamiento se les había pasado el que con tanta precipitación viniese a descargar el golpe sobre ellos, mediando tanta distancia y siendo aún muy despreciable la edad del rey para semejantes empresas. Por eso un suceso tan inesperado les tenía sobrecogidos con motivo. En igual desvelo e inquietud estaban todos los enemigos de este príncipe, porque conducía sus propósitos con un ardor y viveza superior a su edad. Efectivamente, sale del corazón de la Etolia, como hemos dicho, atraviesa en una noche el golfo Ambraceo y arriba a Leucades. Después de dos días de estancia en esta ciudad, se hace a la vela en la madrugada del tercero, tala en el siguiente la costa de la Etolia y fondea en Lequeo. Prosigue sin detenerse su viaje, y se deja ver al séptimo sobre las eminencias inmediatas a Menelea; de suerte que los más de los lacedemonios, sin dar crédito a lo que veían, aterrados con la novedad dudaban qué partido tomar en tales circunstancias.
El primer día acampó Filipo alrededor de Amiclas, plaza de la Laconia abundante en árboles y sazonados frutos, distante de Lacedemonia como veinte estadios. Se ve en ella un edificio consagrado a Apolo, casi el más célebre de cuantos templos tiene la provincia. La situación de la ciudad está mirando a la parte del mar. Al día siguiente hizo la tala del país y llegó al real que llaman de Pirro. Después de haber saqueado en los dos días siguientes los lugares próximos, sentó su campo delante de Carnio; de allí marchó para Asina, donde viendo cuán inútiles eran los esfuerzos que hacía contra esta plaza, levantó el sitio y corrió talando todo el país que mira al mar de Creta hasta Tenaro. Torció después la ruta y se encaminó a un astillero de los lacedemonios, llamado Gitio, que tiene un puerto seguro y dista de la ciudad treinta estadios. Dejado éste a la derecha, fue a acampar alrededor de Elia, país que, atendidas todas sus circunstancias, es el mayor y más bello que tiene la Laconia. De aquí destacó las tropas al forraje, llevó a sangre y fuego los frutos de toda la comarca, y llegó con la tala hasta Acria, Leuca y Boea.
Los messenios, así que recibieron las cartas de Filipo que los llamaba para la guerra, no cedieron en afecto a los demás aliados. Salieron a campaña con toda diligencia, y enviaron dos mil infantes y doscientos caballos de tropas escogidas; pero lo largo del camino hizo que llegasen a Tegea más tarde que Filipo. Por el pronto dudaron qué partido tomar en tales circunstancias; mas temiendo que, por las sospechas que ya de ellos se tenía, no se atribuyese esto acaso pensado, marcharon por el país de Argos a la Laconia para incorporarse con Filipo. Llegados al castillo de Glimpia, situado sobre las fronteras de estas dos provincias, acamparon a su vista con imprudencia y descuido. Porque ni rodearon el campamento con foso y trinchera, ni eligieron lugar ventajoso, sino que satisfechos de la benevolencia de los habitantes hicieron alto sin malicia al pie de sus murallas. Licurgo, informado de la llegada de los messenios, marchó con los extranjeros y algunos lacedemonios, llegó allá al rayar el día y atacó con vigor su campamento. Los messenios, aunque en todo lo demás habían consultado mal sus intereses y sobre todo en haber pasado de Tegea sin tener el número suficiente de soldados ni querer escuchar el parecer de los peritos, con todo hicieron en el lance lo posible para defenderse. Lo mismo fue descubrirse el enemigo que abandonar al instante todo el equipaje y refugiarse prontamente al castillo. Es cierto que Licurgo se apoderó de la mayor parte de la caballería y del bagaje, pero a excepción de ocho caballeros que mató, todos los demás se salvaron. Después de este descalabro, los messenios regresaron por Argos a su patria. Licurgo, soberbio con la victoria, vino a Lacedemonia para prevenirse a la defensa, y consultó con sus amigos cómo no se dejaría salir del país a Filipo sin forzarle al trance de una batalla. Pero este príncipe, habiendo levantado el campo de Elia, continuó talando el país, y después de cuatro jornadas llegó por segunda vez a Amiclas con todo el ejército a la mitad del día.
Licurgo, dadas las órdenes a los oficiales y amigos para el combate que les aguardaba, salió de la ciudad con dos mil hombres a lo más, y se apoderó de los puestos contiguos a Menelea. Recomendó a los que quedaban dentro que estuviesen atentos para cuando se les diese la señal, y entonces se echasen fuera con prontitud por muchas partes, y ordenasen sus gentes de frente al Eurotas por la parte que este río se halla menos distante de Esparta. Tal era el estado de Licurgo y de los lacedemonios.
Pero para que la ignorancia de los lugares no confunda y oscurezca la narración, será conveniente describir la naturaleza y situación del terreno. Ésta ha sido una costumbre que hemos observado en toda la obra, para unir y conciliar los lugares desconocidos con los que ya se conocen y de que se tiene noticia. Porque como en las guerras, bien sean por mar, bien por tierra, se engañan los más por no hacer distinción de los lugares, y nuestro propósito es el que todos sepan, no tanto lo que pasó, cuanto el cómo se hizo; creemos que en ningún acontecimiento se debe omitir la descripción del sitio, y mucho menos en asuntos militares, ni dejar de expresar ciertas señales, ya de puerto, mar o isla, ya de templo, monte, denominación de país, o por último diferencia de clima, puesto que éstas son las nociones más comunes a todos los hombres, y el único medio de conducir los lectores al conocimiento de lo que ignoran, como ya hemos mencionado. La naturaleza del país de que ahora hablamos, es como sigue.
CAPÍTULO VI
Descripción de Esparta.- Desfiladero que debe atravesar Filipo, y victoria que obtiene sobre Licurgo a la vista de esta ciudad.
Considerada en general. Esparta es una ciudad de figura circular y situada en terreno llano; pero en particular se encuentran en ella lugares desiguales y sitios en declive. En la parte de Oriente la baña el Eurotas, río que por su mucho caudal es invadeable la mayor parte del año. Al Oriente del invierno, del otro lado del río, existen unas montañas, donde está situada Menelea, ásperas, escarpadas y de una elevación prodigiosa, que dominan por completo el espacio que media entre la ciudad y el río. Este intervalo, por donde transcurre el Eurotas al pie mismo de la cordillera, no se extiende más que a estadio y medio. Por este desfiladero había de pasar Filipo por precisión a su regreso, teniendo a la izquierda la ciudad y los lacedemonios prevenidos y dispuestos, y a la derecha el río y las tropas de Licurgo, que coronaban las eminencias. A más de esto, habían excogitado esta estratagema. Cegaron el río por parte arriba y dejaron que el agua cubriese el espacio que hay entre la ciudad y las montañas, con cuyo ardid, no digo la caballería, pero ni aun la infantería podía afirmar el paso. De, suerte que al rey no le quedaba otro recurso que hacer desfilar su ejército a todo lo largo del camino por la falda misma de las montañas, posición que imposibilitaba la defensa, y era entregarse en manos del enemigo. Atento a esto Filipo, después de haber consultado con los demás oficiales, determinó como lo más oportuno a la presente coyuntura desalojar ante todas las cosas a Licurgo de los puestos próximos a Menelea. Para esto tomó los extranjeros, los rodeleros y los ilirios, y cruzó el río avanzando hacia las montañas. Licurgo, que advirtió el intento de Filipo, ordena sus tropas, las anima para la acción, y da la señal a los de la ciudad. Inmediatamente los jefes de éstos sacan sus soldados, los forman en batalla delante los muros, y cubren el ala derecha con la caballería.
Así que Filipo se halló cerca de Licurgo, destacó por el pronto contra él los extranjeros, de que provino ser más ventajosos los inicios del combate a los lacedemonios, a quienes favorecían no poco las armas y el terreno. Pero apenas envió los rodeleros para sostener a los combatientes, y él con los ilirios atacó en flanco al enemigo, cuando los extranjeros, alentados con este socorro, volvieron a la carga con redoblado espíritu; y las tropas de Licurgo, temiendo la impresión de los pesadamente armados, retrocedieron y volvieron la espalda. Ciento quedaron sobre el campo, pocos más fueron los prisioneros, y el resto se refugió en la ciudad. El mismo Licurgo, seguido de pocos, escapó de noche por caminos extraviados, y penetró en Esparta. Los ilirios ocuparon las eminencias, y Filipo con la infantería ligera y los rodeleros regresó al ejército. Mientras venía Arato conduciendo la falange desde Amiclas, y ya se hallaba cerca de la ciudad cuando el rey cruzó el río para cubrirla con la infantería ligera, los rodeleros y la caballería, y dar tiempo a que los pesadamente armados desembocasen por el pie de las montañas mismas aquellos desfiladeros sin peligro. Los de la ciudad emprendieron atacar la caballería que venía al socorro; la acción fue viva, los rodeleros pelearon con arrojo, Filipo consiguió aun cuanto a esta parte una conocida ventaja, y persiguió la caballería lacedemonia hasta las puertas de la ciudad. Después el rey pasó el Eurotas sin obstáculo, y marchó a la espalda de su falange. Como era ya tarde, se vio precisado a acampar en la salida de aquellos desfiladeros.
Por casualidad las guías habían elegido este lugar para campamento, puesto que no se podía dar más a propósito para hacer una irrupción en la Laconia a la vista de la misma Esparta. Está situado a la entrada de los desfiladeros que hemos mencionado, y bien se venga de Tegea, bien de cualquiera otra parte mediterránea a Lacedemonia, se ha de pasar por él a distancia de dos estadios cuando más de la ciudad, y sobre la margen del río. El lado que mira a Esparta y a el Eurotas está defendido todo de una cordillera elevada y del todo inaccesible, sobre cuya cumbre se halla una llanura de buen terruño, abundante de aguas, y cómodamente situada para la entrada y salida de las tropas. De suerte que el que llegue a apostarse en este sitio, y a apoderarse de la colina que le domina, puede decir que está acampado a cubierto de todo insulto de parte de la ciudad, y que tiene la llave de la puerta y paso de los desfiladeros.
Filipo, después que hubo sentado aquí el real con toda seguridad, al día siguiente envió por delante el bagaje, y sacó sus tropas al llano en orden de batalla a la vista de la ciudad. Permaneció algún tiempo en esta postura; pero después doblando hacia un lado tomó la ruta de Tegea. Cuando llegó a aquel lugar donde Antígono y Cleomenes se dieron la batalla, hizo alto; y después de haber reconocido al día siguiente los puestos y haber sacrificado a los dioses sobre uno y otro monte, llamados Olimpo y Eva, fortificó la retaguardia y continuó su camino. En Tegea hizo vender el botín, y pasando por Argos, llegó a Corinto con todo el ejército. Aquí se encontró con los embajadores de Rodas y Chío, enviados para concluir la guerra. El rey, después de haber conferenciado con ellos, disimulando su intención, les dijo que siempre había estado dispuesto, tanto ahora como antes, a un ajuste con la Etolia, y los despidió encargándoles tratasen el asunto con los etolios. Él después bajó a Lequeo y se dispuso para pasar a la Focida, donde tenía que tratar asuntos más importantes.
CAPÍTULO VII
Nuevas maquinaciones de Leoncio, Megaleas, Ptolomeo y Apeles. Escarmiento de estos traidores.
Para entonces, Leoncio, Megaleas y Ptolomeo, persuadidos aún que amedrentarían a Filipo y de este modo ocultarían sus anteriores delitos, difundieron la voz entre los rodeleros y las guardias macedonias, de que ellos se exponían a los peligros por la salud común, y con todo no se les guardaba justicia ni se les entregaba en el botín apresado la parte que tenían de costumbre. Estos discursos inflamaron la juventud, y dividida en bandos emprendió saquear las habitaciones de los cortesanos más distinguidos, forzar las puertas del palacio del rey, y quebrar las tejas. Este accidente puso en conmoción y alboroto la ciudad, y Filipo advertido vino de Lequeo con diligencia. Reúne los macedonios en el teatro, y ya con dulzura, ya con amenazas, les reprende el hecho. En medio del motín y confusión, unos eran de parecer que se echase mano y castigase a los autores, otros que se sosegase la sedición y no se tomase en cuenta lo pasado. El rey, que estaba bien enterado de las cabezas del alboroto, disimulando por entonces, afectó estar satisfecho y se retiró a Lequeo, después de haber exhortado a todos a la unión. Sosegado este tumulto, ya hubo sus dificultades en los negocios de la Focida, cuyo logro se tenía por seguro.
Leoncio, destituido de recurso por habérsele malogrado todos sus propósitos, acudió a Apeles. Le envió frecuentes cartas para hacerle venir de Chalcida, y le dio cuenta de las penas y trabajos que se le habían seguido de la desavenencia con el rey. Apeles, durante su estancia en Chalcida, había usado del poder a su antojo. Había dado a entender que el rey, joven aún, estaba sujeto en lo más a su arbitrio, que no era dueño de hacer nada, que el manejo de los negocios y la disposición de todo corría por su mano, que los magistrados e intendentes de Macedonia y Tesalia le daban a él cuentas, y que las ciudades de la Grecia, bien fuese en la formación de decretos, bien en la dispensa de honores, bien en la distribución de premios, contaban poco con la persona del rey, y sólo él era árbitro y autor de todo. Hacía tiempo que Filipo, informado de estos excesos, se lamentaba y sufría con impaciencia semejante conducta; y aunque Arato, que estaba a su lado, le instaba con maña a que pusiese remedio, él no obstante se contenía y ocultaba a todos su intención y modo de pensar. Apeles, que lejos de saber lo que contra él se maquinaba, se hallaba persuadido a que sólo con ponerse en presencia del rey lo manejaría todo a su arbitrio, partió de Chalcida a socorrer a Leoncio. A su llegada a Corinto, Leoncio, Ptolomeo y Megaleas, comandantes de los rodeleros y otros cuerpos del ejército los más distinguidos, hicieron grandes esfuerzos para empeñar la juventud a que saliese a recibirle. Efectivamente, entró en la ciudad a manera de un general, por medio de la multitud de oficiales y soldados que salieron al encuentro, y marchó sin detenerse a palacio. Quiso entrar al cuarto del rey, según tenía por costumbre; pero le contuvo un lictor que ya se hallaba prevenido, diciendo que no era hora de hablarle. Apeles extrañó la novedad, quedó suspenso por mucho tiempo, y al fin se retiró confuso. Todo aquel lucido acompañamiento desapareció al punto, de suerte que entró en su casa acompañado sólo de su familia. De este modo el hombre pasa en un instante desde la elevación al abatimiento; pero donde esto se ve con más frecuencia es en los palacios de los reyes. Ciertamente los cortesanos se asemejan a los cálculos en las mesas de los aritméticos, que reciben ya el ínfimo, ya el sumo valor, a gusto del que calcula. De igual modo los palaciegos, según la voluntad del rey, son felices o miserables en un momento. Megaleas, viendo frustrado el auxilio de Apeles contra lo que esperaba, lleno de turbación pensó ausentarse. Apeles continuó disfrutando de la conversación del rey, consejo y del número de los que ordinariamente frecuentaban su mesa. Sin embargo, pocos días después, teniendo el rey que pasar de Lequeo a la Focida a ciertos asuntos, se le llevó consigo; pero no saliéndole las cosas como pensaba, se volvió atrás desde Elatesa.
Entonces fue cuando Megaleas se retiró a Atenas, abandonando a Leoncio que había salido por su fiador en los veinte talentos; pero mal admitido por los magistrados de esta ciudad, tuvo que volver de nuevo a Tebas. El rey se hizo a la vela de Cirra, y fondeó con sus guardias en el puerto de Sción. De aquí pasó a la ciudad, donde sus magistrados le ofrecieron alojamiento; pero él no aceptó sino el de Arato, con quien trataba de continuo, y ordenó a Apeles marchase para Corinto, Habiendo sabido después la fuga de Megaleas, despachó a Trifalia, bajo las órdenes de Taurión, a los rodeleros, en quienes mandaba antes Leoncio, aparentando que necesitaba allí de su servicio. No bien habían partido estas tropas, cuando mandó prender a Leoncio por el pago de la fianza. Los rodeleros, informados de lo que sucedía por un mensajero que éste les destacó, despacharon al rey diputados, con el ruego de que, si la prisión de Leoncio era por algún nuevo crimen, no pasase a la sentencia sin estar ellos presentes; de lo contrario, lo reputarían por un gran desprecio y notable injuria (tal era la libertad con que los macedonios hablaban siempre a sus reyes); pero que si era por la fianza que había hecho por Megaleas, ellos satisfarían la deuda repartiéndola entre todos. Este afecto de los rodeleros no hizo sino avivar la cólera del rey y acelerar la muerte de Leoncio antes de lo que tenía pensado.
A la sazón volvieron de la Etolia los embajadores de Rodas y Chío con la noticia de haber alcanzado una tregua por treinta días y quedar dispuestos los etolios para un ajuste. Habían también señalado día fijo para el cual suplicaban al rey se encontrase en Río, asegurándole que los etolios harían cuanto estuviese de su parte por efectuar el convenio. Filipo aceptó la tregua, y escribió a los aliados previniéndoles enviasen a Patras sus diputados para tratar de la paz con los etolios. Él se hizo a la vela de Lequeo, y arribó allá al segundo día. Para entonces recibió unas cartas de la Focida, que Megaleas enviaba a los etolios, en las que les exhortaba a proseguir la guerra con tesón, pues Filipo se hallaba en el último extremo por falta de municiones; y añadía a esto varias acriminaciones y burlas, que manifestaban su rencor contra este príncipe. Leídas estas cartas, el rey conoció que Apeles era el motor de todos estos disturbios, y al punto mandó llevar preso a Corinto con buena escolta a él, a su hijo y a un joven a quien amaba. Destacó después a Alejandro para Tebas, con orden de perseguir en juicio a Megaleas por la fianza ante los magistrados. Alejandro cumplió tan exactamente su comisión, que Megaleas, sin esperar a la decisión, se dio la muerte. Por estos mismos días murió también Apeles, su hijo y el querido joven. Así terminaron estos traidores, fin proporcionado a sus delitos, y principalmente a la insolencia con que habían tratado a Arato.
CAPÍTULO VIII
Propósitos de los etolios frustrados.- Prosecución de la guerra.-- Retorno de Filipo y sus tropas a Macedonia.- Situación de Aníbal, Antíoco, Licurgo y los aqueos.
Todos los etolios se hallaban ansiosos que la paz se concertase (219 años antes de Jesucristo) Estaban cansados de una guerra que había desmentido en todo sus esperanzas. Llegaron a presumir que manejarían a Filipo como a un niño sin juicio, debido a su tierna edad y escasa experiencia; pero se hallaron con un hombre cabal, tanto en la empresa como en la ejecución de sus propósitos, y ellos se acreditaron en todas sus acciones públicas y particulares de hombres despreciables y pueriles. Luego que llegó a su noticia el alboroto de los rodeleros y la muerte de Apeles y Leoncio, dilataron y difirieron el día señalado para ir a Río, con la esperanza de que se originaría algún grave y peligroso trastorno en el palacio del rey. Filipo abrazó tanto con mayor gusto este pretexto, cuanto que fiaba del buen éxito de la guerra y había venido con ánimo de dificultar el convenio. Y así, lejos de inducir a la paz a los aliados que habían concurrido, los alentó para la guerra, y vuelto a hacerse a la vela, se dirigió a Corinto. Aquí dio licencia a todos los macedonios para marchar por la Tesalia a invernar a sus casas. Él partió de Cencras, y costeando el Ática, vino por el Euripo a fondear en Demetriades, donde hizo cortar la cabeza en un consejo de macedonios a Ptolomeo, único cómplice que quedaba de la conjuración de Leoncio. Por entonces Aníbal, invadida la Italia, acampaba sobre el Po al frente de las legiones romanas; Antíoco, sojuzgada la mayor parte de la Cæle-Siria, había licenciado para invernar sus tropas; y Licurgo, rey de Lacedemonia, se había refugiado en la Etolia por temor de los eforos, quienes informados falsamente de que quería perturbar el Estado, se habían reunido una noche y asaltado su casa; pero él, presintiendo el golpe, había huido con su familia.
Llegado el invierno, Filipo regresó a Macedonia. Eperato, pretor de los aqueos, era aborrecido de las tropas de la república y menospreciado hasta el máximo de las extranjeras. Nadie obedecía sus órdenes, ni había disposición alguna para la defensa de las fronteras. Pirrias, a quien los etolios habían enviado por pretor de los eleos, advirtió este descuido, y tomando mil cuatrocientos etolios, los extranjeros de los eleos, y hasta mil infantes y doscientos caballos de su república, de suerte que el total ascendía a tres mil hombres, saqueó no sólo el país de los dimeos y fareos, sino también los campos de Patras. Por último, acampado sobre el monte Panachaico, que domina la ciudad de Patras, talaba todo el país que se extiende hasta Río y Egio. Las ciudades aqueas, maltratadas con la guerra y sin poder defenderse, pagaban con dificultad los impuestos. Los soldados, dilatadas y retenidas sus pagas, cumplían del mismo modo con su ministerio. De estos dos atrasos resultaron en cambio dos desórdenes: ir las cosas a peor, y desertarse las tropas extranjeras, efecto todo de la indolencia del jefe. En este estado estaban las cosas de los aqueos, cuando cumplido el año, Eperato dejó la pretura, y Arato el viejo fue puesto en su lugar al inicio de la primavera. Hasta aquí de los negocios de la Europa. Y puesto que la distinción de los tiempos y la conclusión de los asuntos nos ofrecen bella proporción de pasar al Asia a relatar los hechos ocurridos en la misma olimpíada, convirtamos la narración a aquella parte.
CAPÍTULO IX
Razones del historiador para no juntar los asuntos de la Grecia con los del Asia.- Conveniencia de sentar un buen principio a una obra.- Presunción de los escritores superficiales refutada.
En primer lugar expondremos, según nuestro primer propósito, la guerra que hubo entre Antíoco y Ptolomeo con motivo de la Cæle- Siria. No ignoramos que esta guerra duraba aún en la misma época en que se hacía la de la Grecia; pero preferimos dar a la ilación de nuestra historia este orden y esta distribución. Porque para librar de error a los lectores en la exactitud del tiempo en que cada cosa había ocurrido, creímos que les dábamos una instrucción suficiente con haberles apuntado en cada año de la dicha olimpíada, y entre las acciones de los griegos, el principio y fin de lo que sucedía en el Asia. Nada me pareció más importante para la inteligencia y claridad de la narración, que el no mezclar en esta olimpíada los hechos de la Grecia con los del Asia, sino separarlos y distinguirlos en lo posible; hasta llegar a las siguientes, en que empezaremos a tratar de cada cosa por años promiscuamente. Efectivamente, como nos hemos propuesto escribir no un hecho particular, sino todos los del universo; y en cuanto a historia, casi estoy por decir, y lo he repetido anteriormente, hemos tomado a cargo la mayor empresa que jamás se ha visto, nos ha parecido conducente poner el mayor esmero en la distribución y economía, para que en el discurso de la obra no se encuentre género de duda, ni en el todo ni en las partes. En este supuesto, recorramos ahora desde un poco más arriba los reinados de Antíoco y Ptolomeo, y procuremos sentar principios incontestables y notorios de lo que se va a decir, circunstancia la más esencial en tales casos.
Los antiguos, cuando dijeron que el principio es la mitad del todo, nos quisieron recomendar el máximo cuidado que se ha de poner en dar a cualquier obra un buen principio. Ellos creyeron haber dicho una exageración, pero en mi concepto aun se quedaron muy cortos. Cualquiera puede asegurar sin rubor que el principio no sólo es la mitad del todo, sino que tiene concernencia con el fin. Y si no, ¿cómo comenzar bien una obra sin haber comprendido antes mentalmente el todo de la empresa, ni haber examinado de dónde la comenzará, hasta dónde la proseguirá, y con qué motivo la dará principio? ¿Cómo recapitular los hechos de un modo conveniente, sin que haya tal analogía entre el fin y el principio, que se sepa de dónde, cómo y por qué grados han llegado las cosas a tal extremo? Convengamos, pues, en que los que escriben o leen una historia universal deben poner su principal estudio en que los principios tengan no sólo conexión con los medios, sino también con los fines. Esto es lo que ahora procuraremos observar.
No ignoro que otros muchos escritores han dicho como yo, que escribían una historia universal y emprendían la mayor obra que hasta entonces se había visto. Pero a excepción de Eforo, el primero y único que se ha puesto a escribir una historia universal, de todos los demás se me dispensará el hablar o mentar sus nombres. Sólo sí diré que algunos historiadores de nuestro tiempo presumen haber hablado de todos los acaecimientos del mundo, con sólo haber referido en tres o cuatro páginas la guerra de los romanos y cartagineses. Pero ¿habrá alguno tan necio que no sepa que al mismo tiempo se realizaron muchas y sobresalientes acciones en España, África, Sicilia e Italia, y que la guerra de Aníbal, la más célebre y larga de todas, a excepción de la de Sicilia, fue de tanta consideración que puso en expectativa a todos, recelándose cada uno del éxito de sus consecuencias? Con todo, se encuentran escritores que, tocando las cosas aun con más superficialidad que la que acostumbran los pintores en ciertas repúblicas cuando simbolizan algún hecho en las paredes, presumen haber comprendido todos los acontecimientos de los griegos y de los bárbaros. La causa de esto es, que de palabra es muy fácil emprender la mayor acción, pero de obra muy difícil llevarla a cabo. Por eso lo primero, como consiste en una medianía, lo consiguen casi todos sólo con intentarlo; pero lo segundo, que raya con la perfección, es muy arduo, y aun apenas se alcanza al cabo de la vida. No he tenido otro fin en decir esto, que la jactancia con que algunos admiran sus propias producciones. Pero ahora volvamos a nuestro propósito.
CAPÍTULO X
Comportamiento lamentable de Ptolomeo Filopator, opuesto al de sus antecesores.- Ruego de Cleomenes, rey de Esparta, a Ptolomeo para su regreso a la patria, no concedido.
Apenas murió su padre, Ptolomeo Filopator quitó la vida a su hermano Magas y a sus parciales, y se apoderó del trono de Egipto (220 años antes de J. C.) Creía que su maña y el dicho fratricidio le habían liberado de los recelos domésticos, y que la fortuna le ponía a cubierto de todo insulto exterior, después de haber llevado de esta vida a Antígono y Seleuco, y haber puesto en su lugar a Antíoco y Filipo, jóvenes por cierto y casi niños. Satisfecho de estas esperanzas, pasaba su reinado en continuas diversiones. No se dejaba ver ni tratar de los cortesanos y demás gobernadores de Egipto. Miraba con desprecio y descuido las potencias vecinas: asunto cabalmente sobre que sus predecesores habían velado más que sobre el gobierno interior de su propio reino. Efectivamente, dueños de la Cæle-Siria y de Chipre, tenían en respeto al rey de Siria por mar y tierra; despóticos en las ciudades, puestos y puertos más considerables que hay por toda la costa desde la Panfilia hasta el Helesponto y lugares próximos a Lisimaquia, observaban a los potentados de Asia y aun a las mismas islas; señores de Eno, Maronea y otras ciudades más remotas, estaban a la vista de lo que pasaba en Tracia y Macedonia. Así, extendiendo sus miras a más de lo que daba de sí el Egipto, y poniendo por delante de sus límites una dilatada barrera de estados, no tenían que cuidar de su propio reino. He aquí justamente por qué ponían tanta intensidad en lo que pasaba exteriormente. Pero este rey por el contrario, entregado a indecentes amores y a locas y continuas borracheras, miraba con abandono estos asuntos. ¡Qué mucho se levantasen en breve tiempo contra su vida y corona infinitos enemigos! Efectivamente, el primero de todos fue Cleomenes Espartano.
Éste, mientras vivió Ptolomeo Evergetes con quien tenía contraída alianza, estuvo quieto, persuadido a que siempre lograría de su favor el auxilio competente para recobrar el reino de sus padres. Pero así que pasó de esta vida, y andando el tiempo, vio que los intereses de la Grecia casi le estaban llamando por su nombre; pues Antígono había muerto, los aqueos habían tomado las armas, y los lacedemonios, según su primer propósito y designio, se habían asociado con los etolios contra los aqueos y macedonios; entonces ya se vio forzado a insistir con mayor empeño en salir de Alejandría. Para esto tuvo una conferencia con el rey, a fin de que le enviase con la tropa y municiones correspondientes; pero desatendida su instancia echó mano del ruego, para que al menos le dejase ir solo con su familia, puesto que el tiempo le proporcionaba una ocasión favorable de recobrar el reino paterno. Ptolomeo, a quien los desórdenes le retraían del conocimiento de los asuntos y de extender sus vistas hacia adelante, necio e imprudente, hacía poco caso de la súplica de Cleomenes. Pero Sosibio, en quien residía la suma autoridad de los negocios, reunió un consejo, en el que después de varias contestaciones se decidió que no se dejase salir a Cleomenes con armada ni provisiones. Creían que, muerto Antígono, eran de poca importancia los negocios extranjeros, y por consiguiente sería superfluo un gasto semejante. A más de esto, temían que Cleomenes, no teniendo quien se opusiese a sus ideas después de la muerte de Antígono, sojuzgaría prontamente y sin trabajo la Grecia, y vendría a ser para el Egipto un rival poderoso y formidable, principalmente cuando conocía a fondo el estado de los negocios, estaba lleno de desprecio contra el rey, y veía muchas provincias del reino separadas y a larga distancia que le ofrecerían mil ocasiones de obrar con ventaja. Porque en efecto había en Samos bastantes navíos, y en Efeso buen número de soldados. He aquí por qué desaprobaban el pensamiento de enviar a Cleomenes con el aparato correspondiente. Por otra parte, despachar a un príncipe de su consecuencia sin haberle atendido, era adquirirse un enemigo declarado e irreconciliable, paso que no les podría traer cuenta alguna. No quedaba más arbitrio que detenerle contra su voluntad. Pero este medio fue desechado al instante de todos sin más examen, persuadidos a que no era seguro abrigar en un mismo redil al león y a las ovejas. Sobre todo, quien más temía se tomase este partido era Sosibio, por el motivo que se sigue.
CAPÍTULO XI
Razones que tuvo Sosibio, ministro de Ptolomeo, para arrestar a Cleomenes.- Ardid de que se valió para este fin.- Encarcelamiento y muerte de este príncipe.
En el tiempo en que se estaba fraguando la muerte de Magas y Berenice (220 años antes de J. C.), temerosos los autores de este atentado de que la audacia principalmente de esta princesa no malograse sus propósitos, procuraron cohechar a todos los cortesanos con ofertas que les hicieron si salían con la empresa. Entonces Sosibio, advirtiendo que Cleomenes necesitaba del auxilio del rey y que era hombre de prudencia y habilidad para asunto de importancia, lisonjeó sus esperanzas y le reveló el proyecto. Cleomenes, viendo que el principal sobresalto y recelo de Sosibio provenía de los extranjeros y mercenarios, procuró animarle, y le prometió que estas tropas, lejos de dañarle, coadyuvarían su intento. Advirtió que le había sorprendido aún más esta promesa, y le dijo: «¿No ves que entre los extranjeros hay aquí hasta tres mil peloponesiacos y mil cretenses, que a la menor señal mía ejecutarán mis órdenes? ¿Puestos éstos de tu lado, a quién temes? Sin duda a los soldados de Siria y Caria.» Este discurso agradó a Sosibio y le dio redoblado espíritu para lo que maquinaba contra Berenice; pero de allí adelante cada vez que consideraba la indolencia de Ptolomeo se acordaba de esta conversación y se le representaba a lo vivo la audacia de Cleomenes y el afecto que le profesaban los extranjeros. Por eso ahora principalmente incitaba al rey y a sus amigos a que prendiesen y encerrasen su persona. Contribuyó también a la consecución de su proyecto esta casualidad.
Había cierto Nicágoras en Messenia que por su padre tenía derecho de hospitalidad con Arquidamo, rey de Lacedemonia. En los primeros tiempos de su amistad existió poco trato entre los dos; mas cuando Arquidamo tuvo que huir de Esparta por temor de Cleomenes y acogerse a Messenia, Nicágoras no sólo le franqueó con gusto su casa y demás necesario, sino que con el continuo trato vino a haber después entre los dos la unión y amistad más estrecha. De suerte que en la consecuencia, habiendo Cleomenes dado esperanzas a Arquidamo de que volvería y se reconciliaría con él, fue Nicágoras quien compuso estas diferencias y salió por garante de este tratado. Ratificadas sus condiciones, Arquidamo regresó a Esparta bajo la fe del convenio concertado por la mediación de Nicágoras; pero Cleomenes salióle a recibir y le quitó la vida, perdonando a Nicágoras y demás que le acompañaban. Nicágoras aparentó exteriormente que era deudor a Cleomenes de haberle perdonado, mas en su interior sintió en el alma esta perfidia, como que se le podía achacar a él la causa.
Transcurrido poco tiempo este Nicágoras llegó a Alejandría con una conducción de caballos, y al desembarcar encontró a Cleomenes Panteo e Hippitas que se andaban paseando a la orilla del muelle. Lo mismo fue verle Cleomenes que al instante le abrazó, le saludó amistosamente y le preguntó a qué venía. Y respondiendo éste que a traer caballos, «cuánto mejor hubiera sido, le dijo Cleomenes, que en vez de caballos trajeras bellos jóvenes y cantarinas, pues esto es lo que más aprecia el rey de hoy día.» Nicágoras se sonrió sin hablar una palabra. Pocos días después, habiéndosele proporcionado con motivo de los caballos alguna más familiaridad con Sosibio, le contó el cuento que hemos dicho, y advirtiendo que lo escuchaba con gusto, le descubrió todo su antiguo odio contra Cleomenes.
Sosibio, conociendo la enemistad que existía entre los dos, con dádivas que le hizo por el pronto y otras que le ofreció para el futuro, le indujo a que escribiese una carta contra Cleomenes y la dejase cerrada, para que a pocos días después de su mancha se la viniese a traer un criado de parte suya. Efectivamente, Nicágoras cumplió lo prometido; la carta fue entregada por el criado a Sosibio después de su salida, y éste, acompañado del portador, se la presentó al rey sin detenerse. El criado confesó que Nicágoras le había dejado aquella carta con orden de entregarla a Sosibio. Ésta contenía que Cleomenes pensaba conmover el reino si no se le enviaba con el aparato y auxilio correspondiente. De este bello pretexto se sirvió al momento Sosibio para incitar al rey y a los demás amigos a que sin dilación se custodiase y encerrase a Cleomenes. Efectivamente, se puso en ejecución y se le dio una gran casa, donde se hallaba bien custodiado, con la sola diferencia, respecto de otros prisioneros, de que vivía en una cárcel más espaciosa. En vista de esto, Cleomenes, perdida la esperanza de salvarse, decidió arriesgarlo todo, no tanto porque presumiese salir con su intento, pues se veía privado de los medios proporcionados para la empresa, cuanto porque quería morir gloriosamente y no sufrir cosa que desdijese de su valor heredado. En mi concepto, le vino también a la imaginación y le ocurrió aquel sentimiento tan frecuente en las personas magnánimas:
No moriré de manera vil y oscura,
será mi muerte decorosa y noble,
de que siempre hablará la gente futura.
Efectivamente, observó el tiempo en que el rey debía partir para Canobo, y esparció la voz entre los guardias que prontamente el rey le pondría en libertad. Con este motivo dio un convite a sus criados, y distribuyó carnes, coronas y vino entre los que le custodiaban. Éstos comieron y bebieron sin sospechar malicia alguna; y cuando ya estuvieron borrachos, Cleomenes toma a los amigos y familiares que allí tenía y salen todos a la mitad del día con sus puñales en la mano, sin que lo adviertan los guardias. Conforme iban andando encontraron en la plaza a Ptolomeo, gobernador que era entonces de la ciudad, y pasmados los que le acompañaban de tanto arrojo, le sacan a él de su carro, le encierran y exhortan al pueblo a la libertad. Pero viendo que nadie les seguía ni se ponía de su parte por lo arriesgado de la empresa, cambian de intento y se dirigen a la ciudadela. Su ánimo era forzar las puertas y valerse de los prisioneros; pero los oficiales, que habían presentido este lance, fortificaron las puertas, por lo que, malogrado también este propósito, se dieron la muerte a sí mismos con un ánimo varonil y propio de lacedemonios. De este modo acabó Cleomenes, príncipe de un trato insinuante, sagaz para manejar asuntos, y, en una palabra, nacido para mandar y dar leyes.
CAPÍTULO XII
Pacto que hizo Teodoto, gobernador por Ptolomeo de la Cæle-Siria para entregarla a Antíoco.- Subida de este príncipe al trono.- Sublevación de Molón.- Modo de ser de Hermias, ministro de Antíoco.- Opinión de Epigenes sobre la sublevación de Molón no aprobada.- Boda de Antíoco.- Primera campaña de Molón.- Descripción de la Media.
Transcurrido poco tiempo después de este acontecimiento, Teodoto, gobernador de la Cæle-Siria, de nación etolio, decidió verse con Antíoco y hacerle entrega de las plazas de su gobierno. Dos motivos le movían a esta traición: el uno el poco aprecio que hacía del rey por su liviandad y vida afeminada; el otro, lo poco satisfecho que se hallaba de la Corte, pues no obstante de que había hecho poco antes importantes servicios a su príncipe, ya en otras materias, ya en la invasión que Antíoco acababa de realizar contra la Cæle-Siria, lejos de remunerarle con alguna gracia, por el contrario se le había llamado a Alejandría y había estado cerca de perder la vida. Efectivamente, Antíoco abrazó con gusto la propuesta, y en pocos días se arregló el convenio. Pero para proceder con la casa real de Antíoco del mismo modo que hemos hecho con la de Ptolomeo, recorreremos los tiempos desde que este príncipe entró a reinar, y proseguiremos sumariamente la narración, hasta el principio de la guerra que vamos a exponer. Antíoco, hijo menor de Seleuco Callinico, después que por muerte de su padre entró a reinar su hermano Seleuco, se retiró desde luego al Asia superior, donde vivió algún tiempo; pero muerto a traición su hermano de parte allá del monte Tauro, a donde había pasado con ejército, según hemos mencionado, volvió a ocupar el trono. Confío a Aqueo el gobierno de esta parte del monte Tauro (222 años antes de J. C.), y encomendó el mando de las provincias superiores del reino a Molón y a Alejandro, su hermano, de suerte que aquél vino a quedar por sátrapa de la Media y éste de la Pérsida. Estos dos hermanos, llenos de desprecio por la poca edad del rey, fiados de que Aqueo entraría en sus miras, y sobre todo temerosos de la crueldad y perfidia de Hermias, que se hallaba entonces a la cabeza de los negocios, emprendieron desmembrar y sustraer de la dominación de Antíoco los gobiernos del Asia superior. Hermias, cario de nación, gobernaba el Estado, por confianza que de él había hecho Seleuco, hermano de Antíoco, cuando se dirigía a la expedición del monte Tauro. Elevado a tan alta dignidad, envidiaba a todos los otros cortesanos que estaban en alguna altura. Cruel por naturaleza, interpretaba como atroces las más leves faltas y las castigaba con rigor. En los falsos crímenes que con facilidad forjaba y achacaba, se mostraba juez inexorable y severo. Pero lo que más deseaba y anhelaba era perder a Epigenes, que había vuelto a traer las tropas alistadas en favor de Seleuco. Conocía que era hombre de decir y hacer y que tenía grande autoridad entre las tropas; por eso, firme en su propósito, andaba acechando siempre cómo aprovecharse de cualquier motivo o pretexto para malquistarle. Oportunamente se reunió un consejo para tratar de la rebelión de Molón, y el rey ordenó que cada uno dijese su sentir sobre los medios que convenía tomar contra los rebeldes. Epigenes, el primero de todos, opinó de este modo: que sin dilación alguna se pusiese pronto remedio en el asunto, para lo cual debía el rey dirigirse allá ante todas cosas y presenciar por sí mismo los momentos de obrar con ventaja. De este modo los rebeldes, o no osarían, a la vista de su rey y de su ejército competente, perturbar el Estado, o dado el caso se atreviesen y persistiesen en su resolución los mismos pueblos los contendrían prontamente y reducirían a la obediencia.
Aun no había concluido de hablar Epigenes, cuando arrebatado de cólera Hermias, dijo: «Mucho tiempo ha que habéis sido oculto enemigo y traidor del reino, pero felizmente os habéis descubierto con el consejo que acabáis de dar, deseando entregar al rey, acompañado de pocos, en manos de los rebeldes.» Hermias, satisfecho por entonces con haber dado un bosquejo de la calumnia, despidió a Epigenes, aparentando que más era esto efecto de una dureza intempestiva que de un odio inveterado. Su voto se redujo a desaprobar la expedición contra Molón, ya que, poco instruido en el arte militar, se temía algún riesgo por este lado; pero insistió en que se tomasen las armas contra Ptolomeo, persuadido a que ésta era una guerra sin peligro, a la vista de la indolencia en que el rey vivía. De este modo, atemorizado el consejo, hizo nombrar a Jenón y a Teodoto Hemiolio, por conductores de la guerra contra Molón, e incitó sin cesar a Antíoco a que debía pensar en el recobro de la Cæle-Siria. De este solo modo creía que el joven rey, rodeado por todas partes de guerras, combates y peligros, y necesitado de sus servicios, no pensaría en castigar sus delitos pasados ni en removerle de la privanza presente. Por último, fingió que le había llegado una carta de Aqueo y la presentó al rey, esta contenía que Ptolomeo instaba a Aqueo a que se apoderase del gobierno, y que él le ayudaría con navíos y dinero para la empresa si tomaba la diadema y aspiraba abiertamente a la soberanía que ya tenía en efecto, pero que, faltándole el título, parecía que rehusaba la corona que la fortuna le presentaba. El rey dio crédito a esta carta, y prontamente se dispuso para la expedición contra la Cæle-Siria.
Durante su estancia en Seleucia, cerca de Zeugma, llegó de Capadocia contigua al Euxino el almirante Diognetes, conduciendo a Laodice, hija del rey Mitrídates, doncella que venía destinada para mujer de Antíoco. Mitrídates blasonaba descender de uno de los siete persas que mataron al mago, y de haber conservado la dominación que desde el principio sus ascendientes habían recibido de Darío junto al Ponto Euxino. Antíoco salió a recibir la princesa con un lucido acompañamiento, y celebró sin dilación sus bodas con la magnificencia y aparato propio de un rey. Finalizados que fueron estos festejos, fue a Antioquía, dio a reconocer por reina a Laodice, y después sólo pensó en disponerse para la guerra.
Durante este tiempo, Molón había ya atraído a su devoción todos los pueblos de su gobierno, parte con las esperanzas que les había dado de un rico botín, parte con el terror en que había puesto a los próceres fingiéndoles cartas llenas de amenazas de parte del rey. Había también hecho entrar en sus miras a Alejandro, su hermano, y estaba asegurado de parte de los sátrapas vecinos, cuya amistad había ganado a fuerza de presentes. Con estas precauciones salió a campaña con un poderoso ejército contra los generales del rey. Jenón y Teodoto temieron su venida, y se retiraron a las ciudades. Con esto Molón, a más de que ya era antes formidable por la extensión de su gobierno, dueño ahora del país de los apoloniatas, tenía todo género de víveres en abundancia. Efectivamente, todas las crías de caballos del rey se hallan en la Media. Es infinito el número de granos y ganados que allí se encuentra. Cuanto a la fortaleza y extensión del país, toda ponderación es poca. Porque la Media está situada en el corazón del Asia, pero considerada en particular, excede a todas las otras partes en extensión y altura de montañas de que está rodeada. Señorea las naciones más fuertes y populosas. Por el lado de Oriente tiene por aledaños las llanuras de un desierto que existe entre la Pérsida y la Parrasia, domina y manda a lo que llaman las Puertas Caspias, y confina con los montes Tapiros, próximos al mar de Hircania. La parte que mira a Mediodía, toca con la Mesopotamia y los Apoloniatas, parte límites con la Pérsida, y está defendida por el monte Zagro, cuya elevación es de cien estadios. Este monte contiene en sí muchas y diversas concavidades, formadas en parte por cavernas, y en parte por valles que habitan los cosseos, corbrenas, carchos, y otras muchísimas naciones bárbaras, recomendables para el servicio de la guerra. Por la parte de Occidente linda con los Atropatios, pueblos poco alejados de los que confinan con el Ponto Euxino. Finalmente, al Septentrión la rodean los elimeos, ariaraces, caddusios y matianos, y predomina la parte del Ponto que toca con la laguna Meotis. De Oriente a Poniente la cruzan varios montes, entre los cuales yacen campos cubiertos de ciudades y aldeas.
CAPÍTULO XIII
Adelantamientos de la sublevación de Molón.- Nombramiento de Jenetes por generalísimo de las tropas.- Cruce del Tigris y exigua ventaja que logra este general.- Derrota total que sufre más tarde por Molón, y conquistas de este rebelde.
Una vez dueño Molón de este país tan acomodado para establecer su trono (222 años antes de J. C.), a más de que ya antes era formidable por la magnitud de su gobierno, ahora con la cesión que acababan de hacerle los generales del rey de todo el país abierto, y el ánimo que habían cobrado sus tropas con el buen éxito de los primeros ensayos, había esparcido el terror por todas partes y todos los pueblos del Asia desconfiaban poder hacerle resistencia. Su primer propósito fue pasar el Tigris y poner sitio a Seleucia; mas estorbado el paso del río por Zeuxis, que había quitado todos los barcos, tuvo que retirarse al campo que llaman de Ctesifón, donde acumuló víveres para pasar el invierno. Así que el rey supo los progresos de Molón y la retirada de sus generales, hizo ánimo a desistir de la guerra contra Ptolomeo, y volver sus armas contra este rebelde, por no dejar pasar la ocasión. Pero Hermias, tenaz en su primer propósito, envió por generalísimo de las tropas contra Molón a Jenetes Aqueo. «Basta, decía, que los generales hagan la guerra contra los rebeldes; pero contra los reyes es preciso que el mismo rey presencie las deliberaciones y los combates, como que en ellos va el sumo imperio.» Como gobernaba al joven rey a su arbitrio, continuó adelante, reunió las tropas en Apamea, desde donde levantó el campo, y se dirigió a Laodicea. De aquí el rey partió con todo el ejército, y cruzando el desierto penetró en un valle llamado Marsia, que situado entre los pies del Líbano y el Antilíbano, viene a quedar reducido a un desfiladero por estos montes. En lo más estrecho de este paso se hallan unos pantanos y lagunas, donde se cogen cañas odoríferas.
Este desfiladero está dominado por ambos lados de dos castillos, el uno llamado Brochos, y el otro Gerra, que no dejan más que un estrecho camino. El rey, tras de muchos días de marcha por este valle, y haber reducido a la obediencia las ciudades vecinas, llegó a Gerra, donde hallando que Teodoto el Etolio tenía tomados con anticipación los dichos castillos, había fortificado el estrecho de la laguna con fosos y trincheras, y guarnecido con piquetes los sitios ventajosos; al principio pensó atacarle, pero como la fortaleza del lugar y la entereza en que estaba aún Teodoto le ocasionaban a él más daño que el que hacía, tuvo que desistir de su empeño. Y así, en medio del grande embarazo en que se hallaba, lo mismo fue recibir la noticia de que Jenetes había sido completamente derrotado y Molón había sometido todos los gobiernos del Asia superior, al instante dejó esta empresa, y marchó al socorro de sus propios estados. Jenetes, que como hemos dicho anteriormente había sido enviado por generalísimo de las tropas, apenas se vio con mayor poder que el que esperaba, empezó a tratar con desprecio a los amigos y a proceder temerario con los enemigos. Mudó, sin embargo, el campo a Seleucia, y habiendo llamado a Diógenes y a Pitiades, el uno gobernador de la Susiana, y el otro del mar Rojo, sacó sus tropas a campaña; y atrincherado con el Tigris, se apostó al frente del enemigo. Supo por muchos desertores que pasaban a nado desde el campo de Molón al suyo, que si cruzaba el río, todo el ejército de Molón se pondría de su parte, porque las tropas aborrecían a éste y amaban entrañablemente a Antíoco. Alentado con estas esperanzas, pensó pasar el río, simulando querer tenderle un puente por cierto sitio que formaba una especie de isla; pero como no disponía nada de lo necesario para este efecto, Molón cuidaba poco del propósito que fingía. Después puso gran empeño en reunir y aparejar barcos, entresacó de todo el ejército la gente más esforzada de infantería y caballería, y dejando a Zeuxis y a Pitiades para defensa del real, marchó de noche como ochenta estadios por bajo del campamento de Molón, pasó sus tropas sin obstáculo en los bateles, y se apostó antes del día en un lugar ventajoso, bañado por todas partes del río, a excepción de una que estaba defendida por lagunas y pantanos.
Molón, que advirtió lo que pasaba, destacó su caballería para impedir a los que pasaban y acabar con los que ya habían pasado. Mas el poco conocimiento del terreno la hizo aproximar tanto a Jenetes, que no precisó de enemigos para su ruina. Ella misma se sumergió y precipitó en los pantanos, con lo que, imposibilitada de obrar, pereció en gran parte. Jenetes, persuadido a que con sólo acercarse se pondrían de su parle las tropas de Molón, echó a andar lo largo del río, y acampó contiguo al enemigo. Entonces Molón, bien fuese por estratagema, bien por sospecha de que no sucediese en efecto lo que Jenetes se prometía, deja en el real todo el bagaje, levanta el campo durante la noche, y hace una marcha forzada hacia la Media. Jenetes, que creyó que Molón huía temeroso de su llegada, y poco satisfecho de la fe de sus soldados, se apodera con prontitud del campamento de los contrarios, y hace pasar a él su caballería y bagajes desde el otro campo que cuidaba Zeuxis. Reúne después el ejército; le exhorta a que confíe y conciba buenas esperanzas de la empresa, pues Molón había vuelto la espalda. Finalmente, les ordena que se cuiden y prevengan, porque al amanecer ha de seguir el alcance del enemigo.
La tropa, llena de confianza y abundante en todo género de provisiones, se entrega a la glotonería y borrachera, y, por consiguiente, al abandono que traen consigo estos excesos. Pero Molón, tras de haber andado un largo espacio, hace que tomen un bocado las tropas, vuelve sobre sus pasos, halla los enemigos desmandados y borrachos y ataca al amanecer su campamento. Jenetes, aunque le sobrecogió lo inopinado del caso y le fue imposible despertar a sus soldados aletargados con el vino, él, sin embargo, salió al enemigo con imprudencia y perdió la vida. A la mayoría de los que dormían sirvió de sepulcro su propia cama, el resto se arrojó al río e intentó pasar al campamento que estaba a la margen opuesta, pero los más fueron despojo de las aguas. En una palabra, todo era confusión, todo tumulto en los dos campos. Los soldados se hallaban aterrados y muertos de miedo, y como el campamento de la margen opuesta estaba a la vista y no había más distancia entre uno y otro que lo ancho del río, el amor a la vida hacía olvidar el ímpetu y peligro de la corriente. Era tal la enajenación y el deseo de salvarse, que todos se arrojaban al agua y echaban allá las bestias con sus equipajes, como si el río, por una cierta providencia, hubiese de coadyuvar sus intentos y pasarlos sin peligro al otro lado. De esto provenía que el río representaba el espectáculo más trágico y extraño, pues entre los nadadores fluctuaban los caballos, las bestias, las armas, los cadáveres y todo género de equipajes.
Dueño Molón del campo de Jenetes, cruzó después el río sin riesgo ni impedimento por haber huido Zeuxis, y se apoderó asimismo del campamento de éste. Realizado esto, marchó con el ejército para Seleucia, y tomándola por asalto por haberla abandonado Zeuxis y Diomedón, su gobernador, pasó adelante y sojuzgó las provincias del Asia superior sin hallar resistencia. Señor de Babilonia y del gobierno del mar Rojo, fue a Susa, de la que se apoderó también por asalto, pero fueron inútiles sus esfuerzos contra la ciudadela. Diógenes se había adelantado y metido en ella, por lo cual tuvo que desistir del empeño. Sin embargo, dejó gentes que la sitiasen, y él con el ejército volvió a tomar el camino de Seleucia sobre el Tigris. Aquí, después de haber refrescado sus tropas con grande esmero y haberlas animado para las expediciones ulteriores, sojuzgó toda la ribera del río hasta Europo y toda la Mesopotamia hasta Duras.
CAPÍTULO XIV
Determina Antíoco marchar contra Molón por consejo de Epigenes.- Asesinato de éste por Hermias.- Opinión de Zeuxis por la cual se decide el rey a cruzar el Tigris.- Propósito de Molón de sorprender de noche el ejército del rey, pero sin resultado.
El conocimiento de esta derrota (221 años antes de J. C.), hizo renunciar a Antíoco las esperanzas que tenía sobre la Cæle-Siria y convertir sus miras contra este rebelde. En esta situación volvió a reunir el consejo y ordenó que cada uno dijese su parecer sobre el moco de disponer la guerra contra Molón. Epigenes tomó también el primero la palabra, y dijo que ya hacía tiempo que, según su sentir, se había de haber marchado contra el enemigo antes que hubiese hecho tales progresos; pero, esto no obstante, aun ahora insistía en lo mismo. Hermias, arrebatado como antes de una cólera inconsiderada y audaz, le llenó de oprobios, sin olvidarse al paso de hacer vanamente el elogio de sí mismo. Formuló mil cargos improbables y falsos a Epigenes, y suplicó al rey no hiciese caso de un consejo tan imprudente, ni desistiese del proyecto que había formado contra la Cæle-Siria. Esto chocó a todos y enfadó a Antíoco, quien, aun después de muchas instancias para conciliarlos, apenas pudo sosegar la contienda. Aprobado por todos el parecer de Epigenes, como más urgente y ventajoso, se decidió llevar las armas contra Molón y preferir este partido. No bien fue tomada la decisión, cuando de repente condescendió Hermias, y como si fuera diverso hombre dijo que, pues estaba decidido era indispensable ejecutarlo todo sin excusa, y dedicó todos sus cuidados a las prevenciones de la guerra.
Así que se congregaron las tropas en Apamea, se originó un levantamiento por ciertas pagas que se les estaban debiendo. Hermias, observando cuán consternado y temeroso se hallaba el rey con una conmoción en tan críticas circunstancias, se ofreció a satisfacer las raciones al ejército con sola la gracia de que no fuese a la expedición Epigenes, pues no era dable obrar de concierto en esta campaña habiendo precedido tal enemistad y discordia entro los dos, El rey escuchó la propuesta con indignación, como que apreciaba infinito el que le acompañase Epigenes, a causa de su pericia en el arte militar; pero rodeado y prevenido de los tesoreros de ejército, de las guardias y demás sirvientes que la malicia de Hermias había ganado, no fue dueño de sí mismo, cedió a las circunstancias y concedió lo que le pedía.
Retirado Epigenes según la orden de Apamea, los que componían el consejo se consternaron con este golpe; pero las tropas, por el contrario, lograda su pretensión, cambiaron de ánimo e inclinaron su afecto al autor de la satisfacción de sus sueldos. Solos los cirrestas, en número de seis mil, se amotinaron, se separaron del ejército y dieron bien que hacer a Antíoco durante mucho tiempo; pero finalmente, vencidos en batalla por uno de los generales del rey, perecieron los más, y los que sobrevivieron se rindieron a discreción. Hermias, después de haber intimidado los confidentes del rey y haberse granjeado el afecto de las tropas, levantó el campo y marchó con Antíoco. No satisfecho con esto, fraguó después otra traición contra Epigenes, valiéndose de Alexis, a cuyo cargo se hallaba la ciudadela de Apamea. Fingió una carta como enviada por Molón a Epigenes, y habiendo cohechado a uno de los criados de éste con grandes promesas, le persuadió la llevase a su amo y se la mezclase entre otros papeles. Realizado esto, fue allá al instante Alexis y le preguntó si había recibido alguna carta de Molón. Epigenes negó el hecho con indignación. Entonces Alexis, sin más ni más, entra a registrar la casa, encuentra la carta, y bajo este pretexto mata al punto a Epigenes. Esta muerte se la describió al rey como justa; pero a los cortesanos, aunque les contenía el miedo, les pareció sospechosa.
Luego que llegó Antíoco al Éufrates y se incorporó con las tropas, volvió a proseguir su marcha y llegó a Antioquía, en la Migdonia, a la entrada del invierno, donde permaneció hasta pasar la fuerza y rigor de la estación. Después de cuarenta días de estancia, pasó a Liba, donde tuvo un consejo para saber por qué camino se había de ir contra Molón, que se hallaba entonces acampado en los alrededores de Babilonia, y cómo y de dónde se habían de acarrear víveres para el viaje. Hermias fue de parecer que se marchase a lo largo del Tigris, a fin de llevar el ejército apoyado por un lado de este río, y por el otro del Licos y el Capros. Zeuxis, aunque le aterraba la viva imagen de la muerte de Epigenes para dar libremente su voto, sin embargo, a la vista de ser tan clásico el error de Hermias, se aventuró, aunque con repugnancia, a aconsejar que se debía pasar el Tigris. Para esto alegaba que, de hacerse la marcha por la orilla del río, a más de otras dificultades, había la de que, tras de haber anclado un largo camino y haber cruzado un desierto durante seis días, por precisión se había de venir a parar al foso real, al cual, una vez tomado con anticipación por los enemigos, el pasar adelante sería imposible y el volver atrás por el desierto infaliblemente ruinoso, por la escasez de víveres que sufría el ejército. Pero por el contrario, de pasar del otro lado del Tigris, era indudable que los moradores del país apoloniático, arrepentidos, llamarían a su rey, pues la obediencia que ahora prestaban a Molón no era efecto de la voluntad, sino de la necesidad y temor: que la fertilidad del país proveería al ejército abundantemente de lo necesario; y lo principal que, cortada a Molón la retirada para la Media, y privado de víveres, se le forzaría a venir a un riesgo, y cuando no quisiese abrazar este medio, las tropas se pasarían al momento al partido de su rey.
Aprobado el parecer de Zeuxis, al punto se dividió el ejército en tres trozos, y por otras tantas partes del río pasó la gente y el bagaje. Después se tomó el camino de Duras, que a la sazón se hallaba sitiada por uno de los generales de Molón, y al instante se la liberó del cerco. Se levantó el campo sin dilación de esta plaza, y superado el Orico al octavo día, se llegó a Apolonia. Molón, advertido de la llegada del rey, poco satisfecho por una parte de la fe de los pueblos de Susiana y Babilonia, que acababa de someter recientemente y de un modo extraordinario; por otra, receloso de que no le cortasen la retirada a la Media, decidió tender un puente al Tigris y pasar del otro lado sus tropas, a fin, si podía, de prevenir a Antíoco en las montañas de la Apoloniátida, por la mucha confianza que tenía en los honderos llamados cirtios. Efectivamente, puso en ejecución lo decidido, y marchó all&aac |