LIBRO DUODÉCIMO CAPÍTULO PRIMERO Hippón, ciudad de Lybia... abraca, ciudad de Lybia... Sus habitantes llamábanse tabracianos. Singa, cuyos habitantes llamábanse singeanos... Asimismo Polyhistor, en el lib. III de su Tratado sobre África, cita, como Demóstenes, una ciudad africana llamada Chalcea, pero comete un error, pues Chalcea no es ciudad, sino una fábrica donde se trabaja el bronce. Existe en las inmediaciones de Syrtes una comarca llamada Byssatida, la cual tiene dos mil estadios de circunferencia y figura circular.
CAPÍTULO II Los lotos son árboles de poca elevación, retorcidos y espinosos; sus hojas verdes se asemejan a las del espino, pero son un poco más largas y oscuras; el fruto, cuando empieza a formarse, se parece en el color y en lo grueso a las bayas blancas del mirto cuando están maduras. Al entrar en sazón toma color escarlata y adquiere un grosor casi igual al de las aceitunas redondas; el hueso es muy pequeño. Cógese el fruto cuando está maduro, y triturado, se le hace cuajar en unas vasijas para servir de comida a los esclavos, o quitándoles el hueso, se les conserva para alimento de los hombres libres. Tiene sabor parecido a los higos silvestres y a los dátiles, y el olor es desagradable. Triturándolo y mezclado con agua se hace un vino de suave y agradable gusto. Bébenle también puro y sin agua; pero esta bebida no se puede conservar más de diez días, por lo cual los habitantes del país la preparan a medida que la consumen. Con este fruto se hace también vinagre.
CAPÍTULO III Del mismo modo que el África es un país de una fertilidad admirable, así también se puede decir que Timeo, cuando nos la describe toda arenisca, seca e infructuosa, se acredita no sólo de ignorante en la historia de esta región, sino de superficial, imprudente y del todo entregado a antiguas hablillas que no merecen ningún crédito. Lo mismo que digo de la fertilidad de la tierra, digo de los animales. Pues es tanta la multitud de caballos, bueyes, ovejas y cabras que se cría en este país, que no sé si se podrá hallar igual en lo restante del mundo. La causa de esto es que como muchos pueblos del África ignoran el cultivo de la tierra, se mantienen de los ganados, y con ellos pasan la vida. Pero ¿quién no conoce que se dan aquí elefantes, leones, fuertes leopardos, hermosos búfalos y grandes avestruces, animales todos de que carece la Europa, y el África está llena? Con todo, Timeo, sin hablar siquiera una palabra de esto, parece que adrede se propuso contarnos lo contrario a la verdad.
CAPÍTULO IV En verdad he estado muchas veces en la ciudad de Locros, y he hecho a sus moradores servicios considerables. Por mí se libraron de ir a la expedición de España. Por mí se eximieron de enviar a los romanos para la guerra de Dalmacia las tropas de mar que debieran según el tratado. También ellos, libres por mí de vejaciones, peligros y gastos no pequeños, me han tributado todo honor y agasajo en reconocimiento. De suerte que más motivos tengo para hablar bien de los locrenses, que para lo contrario. Con todo, esto no me debe impedir de que diga y siente que la historia que trae Aristóteles de su colonia es más verdadera que la que cuenta Timeo. Porque me consta, por confesión de los mismos naturales, que la relación que hace Aristóteles es conforme a la tradición que han recibido de sus mayores, y no la de Timeo. Para esto alegan las pruebas siguientes.
CAPÍTULO V Manifiesta Timeo el Tauromenitano en el noveno libro de su Historias «No era antiguamente costumbre hereditaria en los griegos tener a su servicio esclavos comprados»; y escribe además: «Objeto fue Aristóteles de públicas censuras por el error que cometió en su tratado sobre las costumbres de los locrenses. Efectiva-mente, las leyes de este pueblo prohibían tener esclavos».
CAPÍTULO VI De igual manera que la regla, dice Timeo, que sea más corta, que sea menos ancha, con tal que sea recta, siempre es regla y merece este nombre, y por el contrario, si la falta esta cualidad esencial, todo lo puede ser menos regla; así también la Historia, sea el que fuere su estilo y disposición, o tenga cualquier otro defecto en sus partes integrales, como guarde verdad, merece el nombre de Historia; pero si ésta le falta, es indigna de semejante nombre. Convengo en que en esta clase de escritos ha de reinar siempre la verdad, y aun yo mismo he manifestado en cierta parte de esta obra, que así como un animal sin ojos queda del todo inservible, del mismo modo una Historia sin verdad no viene a ser más que una narración infructuosa. Pero con todo, digo que existen dos formas de faltar a la verdad: una hija de la ignorancia, otra hija de la voluntad; y que aquellos que se separan de la verdad porque no la conocen, merecen excusa, pero aquellos otros que mienten de propósito, son las gentes más abominables.
CAPÍTULO VII La historia de Timeo está llena de idénticos errores, y no incurre, al parecer, en tal defecto por ignorancia de los hechos, sino por espíritu de partido; pues siempre que alaba o censura a alguno, olvida lo que a sí mismo se debe, e infringe todas las leyes del decoro. Aristóteles no necesita justificación, y ya se ha visto por qué y con cual fundamento habló de los locrenses, como hemos referido.
CAPÍTULO VIII Refiere Timeo que Demochares se había prostituido hasta el extremo de no permitírsele encender con su soplo el fuego sagrado, hallándose en sus escritos más obscenidades que en los de Botris, Filenis y otros autores lascivos. Admira que un hombre bien educado emplee frases que causarían rubor en un lupanar. Comprendiendo el horror de esta calumnia, y temeroso de que se le atribuya la invención, toma Timeo por testigo un poeta cómico sin nombrarle. Persuadido estoy de que Demochares no es culpado de estas suciedades. Le justifica pertenecer a ilustre familia, siendo sobrino de Demóstenes, y haber recibido excelente educación, como asimismo que los atenienses le confiaran el mando de sus tropas, concediéndole otras dignidades: inverosímil es que honraran tanto al autor de tales infamias. Timeo no advierte que al maltratar con tanta crueldad a Demochares, a quien más daña es a los atenienses, que estimaron a este historiador hasta el punto de confiarle la defensa de la república y de la propia vida. No es, pues, Demochares merecedor de la censura de Timeo.
CAPÍTULO IX Seguíase pleito en Locros entre dos jóvenes sobre un esclavo; el uno que lo había poseído por mucho tiempo, y el otro que sólo dos días antes de la contestación había salido al campo y se lo había traído por fuerza a casa estando ausente su dueño. El amo, informado del caso, se dirigió a la casa, cogió su siervo, le presentó en el tribunal, y manifestó que él debía ser el dueño dando fianzas; pues la ley de Zaleuco prevenía que se mantuviese en la posesión de la cosa controvertida durante el pleito a aquel en cuyo poder estaba cuando se contextó. El otro, fundado en la misma ley, sostenía que el siervo debía volver a su casa, pues de ella había sido extraído para traerle a juicio. Los jueces ante quienes dependía aquel pleito, no sabiendo qué decidir sobre el asunto, llevaron al esclavo al Cosmopolita, y le refirieron el hecho. Este supremo magistrado interpretó la ley diciendo que aquellas palabras en cuyo poder estaba cuando se contextó, se debían entender de aquel que últimamente hubiese estado en pacífica posesión por algún tiempo de la cosa contextada. Pero en el caso de que uno llevase a su casa una cosa quitándosela a otro por fuerza, y después el dueño se la extrajese para presentarla en juicio, la posesión de aquel no era legítima. El joven que había salido condenado negó que fuese este el sentido del legislador. Entonces el Cosmopolita propuso si había alguno que quisiese discutir sobre el sentido de la ley, según la fórmula prescrita por Zaleuco. Esta se reducía a que los dos sustentantes explicasen con una soga al cuello el espíritu del legislador en una junta de mil personas; y aquel que peor interpretase el sentido de la ley, fuese ahorcado delante de los mil con su misma soga. A esta propuesta del Cosmopolita replicó el joven, y dijo que no era igual el trato; pues que el Cosmopolita, teniendo ya poco menos de noventa años, apenas le quedarían de vida dos o tres, en vez de que a él le restaba aún probablemente la mayor parte. Con este gracejo el joven redujo a pasatiempo un acto tan serio, y los jueces decidieron según el parecer del Cosmopolita.
CAPÍTULO X Relataremos una sola batalla que se dio de poder a poder en la Cilicia entre Alejandro y Darío, batalla la más famosa, la menos lejana del tiempo en que nos encontramos, y lo principal, en la que se halló el mismo Calistenes. Ya Alejandro, manifiesta este historiador, había cruzado los desfiladeros llamados en Cilicia las Pilas, y Darío emprendida la marcha por las Pilas Amanidas, había llegado con su ejército a la Cilicia, cuando informado este príncipe por los naturales, de que Alejandro iba marchando delante hacia Siria, se propuso seguirle: que llegando a unos desfiladeros, acampó sobre el río Pinaro; que había en aquel lugar un espacio que no tenía desde el mar hasta el pie de la montaña más que catorce estadios, y que el río, naciendo en la montaña entre dos precipicios, corría serpenteando por el llano hasta el mar, metido entre dos colinas escarpadas e inaccesibles. Expuestas estas circunstancias, dice que como Alejandro, vuelto sobre sus pasos, se fuera ya acercando al enemigo, Darío y sus generales decidieron ordenar toda la falange en el mismo campamento; que antes tenían, cubrirse con el río que pasaba por delante, colocar la caballería a la orilla del mar, contiguos a ésta los extranjeros sobre la margen del río, y los coraceros junto al pie de las montañas.
CAPÍTULO XI Frecuentemente declama Timeo contra Eforo, sin advertir que él mismo incurre en dos faltas y reprende airado defectos que no supo evitar, empleando frases e inspirando a sus lectores ideas tales, que hacen sospechar extravío en su entendimiento. Si con justificado motivo hizo morir Alejandro a Calistenes en el suplicio, ¿cuál no merece Timeo? Porque, de seguro, más irritada debe hallarse la divinidad contra él que contra Calistenes. Negóse éste siempre a poner a Alejandro en el rango de los dioses, a pesar del general convencimiento de que nunca produjo la naturaleza humana ser que pudiera igualársele, y Timeo, en cambio, pone sobre los dioses mayores a un tal Timoleón, cuyo único viaje militar fue de Corinto a Siracusa. ¡Buen trecho en comparación del universo! Antojárase a Timeo que si por distinguirse en un rinconcillo del mundo, como lo es Sicilia, merece Timoleón figurar en su historia al nivel de los héroes más famosos, por haber escrito él lo que sucedió en Italia y Sicilia se le compararía a los que han escrito la historia del mundo entero. Paréceme que quedan vengados Aristóteles, Teofrasto, Calistenes, Eforo y Demochares de los insultos que Timeo les prodigó. Lo que he dicho de este historiador basta para desengañar a quienes le creen escritor de ánimo recto y desapasionado.
CAPÍTULO XII En verdad cuesta trabajo averiguar el carácter de este historiador. De darle crédito, conoceríase el de los poetas y otros escritores en determinadas frases que con frecuencia repiten. La de «distribuir la carne», que Homero emplea muchas veces, prueba, a juicio de Timeo, que este poeta era aficionado a comer. Aristóteles habla frecuentemente de condimentos, y esto basta para persuadirle de que era goloso y aficionado a lo exquisito, defecto que asimismo atribuye a Dionisio, por gustar a este tirano la limpieza de los lechos y buscar con empeño los más variados y ricos tapices. Dada esta manera de juzgar, hay que deducir que Timeo tenía genio adusto y difícil de contentar, porque, grave y severo para la crítica, sus ideas propias son ilusiones, prodigios, cuentos de vieja y supersticiones impropias hasta de una mujer. Por lo demás, lo ocurrido a Timeo prueba que la ignorancia y falta de juicio ciegan a veces a algunos escritores hasta el punto de apartarlos dejos del asunto que han de tratar y de impedirles ver lo que precisan.
CAPÍTULO XIII Fue creencia general antes de Timeo la de que Falaris había hecho construir en Agrigento un toro de bronce, en el interior del cual introducía a los condenados a muerte, y encendiendo por debajo del toro una hoguera, calentábase el bronce hasta quemar y consumir a los encerrados en aquel horno. Asegurábase también que el toro estaba construido de forma que los gritos de los desgraciados por la violencia del suplicio parecían mugidos del animal. Decíase igualmente que durante la dominación de los cartagineses en Sicilia fue transportado el toro de Agrigento a Cartago, y que se veía aún la abertura por donde el tirano hacía meter a sus súbditos sospechosos. No hay motivo alguno, para suponer que este toro había sido construido en Cartago. A pesar de la tradición por todos admitida, Timeo niega el hecho, y afirma que los poetas e historiadores al referirlo se engañaron; que nunca fue llevado el toro de Agrigento a Cartago, y que ni estuvo siquiera en Agrigento. No encuentro calificativos para tal osadía, que merece todas las invectivas empleadas por Timeo en sus ataques. Bien se ve, por lo que antes hemos manifestado, cuán característicos eran en este historiador el embrollo y la falta de pudor y de veracidad, y se verá que además era completamente ignorante. Prueba de ello es, entre otras, lo que al fin de su libro XXI hace decir a Timoleón: «Toda la tierra está dividida en tres partes: una se llama Asia, otra África, y la tercera Europa.» Admiraría oír tal cosa al imbécil Margites, que entre los historiadores es el más ignorante. Ciertamente tan fácil es censurar los errores como difícil no incurrir en ellos.
CAPÍTULO XIV Tales faltas de Timeo son inexcusables, sobre todo en él, que procura curar a costa de los demás los padrastros que le salen en sus dedos. Censura, por ejemplo, a Teopompe haber dicho que Dionisio volvió de Sicilia a Corinto en un buque redondo, siendo así que hizo la travesía en un buque alargado; califica a Eforo de mentiroso porque dijo que Dionisio el antiguo ocupó el poder a los veintitrés años, reinó cuarenta y dos y murió a los sesenta y tres. Error de esta índole debe atribuirse al copista y no al historiador, que para cometerlo necesitaba ser más inepto que Cocebos y Margites, por no calcular que cuarenta y dos y veintitrés suman sesenta y cinco. Si de Eforo no puede suponerse tal cosa, claro es que el error lo cometió el copista. ¿Cabe, pues, aprobar en Timeo la ambiciosa pretensión de censurar a todo el mundo?
CAPÍTULO XV Manifiesta Timeo en su historia de Pirro, que para conmemorar en determinado día la toma de Troya, los romanos mataban a flechazos un caballo de guerra en un sitio llamado el Campo, porque un caballo que se llamaba Durius había sido causa de la toma de esta ciudad. No puede darse explicación más pueril, conforme a la cual todos los bárbaros descenderían de los troyanos, porque todos o casi todos, al empezar una guerra o cuando van a librar batalla decisiva, acostumbran a inmolar un caballo, considerando presagio la manera como cae a tierra.
CAPÍTULO XVI Paréceme que, en esta parte de su justificación, Timeo no sólo da pruebas de impericia, sino de la torpeza hija de instrucción inoportuna y propia de quien, porque los romanos inmolaban caballos, imagina que lo tenían por costumbre, y que un caballo ocasionó la toma de Troya. Claro está que su historia de Libia, de Cerdeña y especialmente de Italia ha de ser defectuosa, por desatender el examen crítico de los hechos, que tan grande importancia tiene. Ocurriendo sucesos al mismo tiempo en muchos lugares, y no pudiendo un hombre estar a la vez en todos ellos y ser testigo ocular de todos los acontecimientos, no queda otro medio al historiador que reunir el mayor número de informes, elegir los testimonios más fidedignos y ser juez imparcial e ilustrado de los actos que relata. En este punto, aunque se rodee Timeo de las más imponentes apariencias, paréceme que se ha apartado mucho de la verdad, no sólo cuando se refiere a testimonios ajenos sin investigar lo que haya en ellos de verosímil, sino cuando habla de hechos que presenció o lugares que ha visitado. Prueba evidente de ello es lo que dice respecto a Sicilia; y su ignorancia y sus errores acerca de los sitios más célebres donde nació y vivió, excusa demostrar cuánto se equivoca respecto a otras cosas. Pues bien, dice que la fuente Aretusa que se encuentra en Siracusa, tiene nacimiento en el Peloponeso, en las aguas del río Alfeo, que después de recorrer la Arcadia y el territorio de Olimpia penetra bajo tierra en un espacio de cuatro mil estadios, corre por debajo del mar de Sicilia y reaparece en Siracusa, probándolo así el hecho de que, habiendo llovido una vez copiosamente mientras se celebraban los juegos Olímpicos, desbordóse el río, inundando el sagrado recinto, y la fuente Aretusa arrojó gran cantidad de excremento de los toros inmolados en la solemnidad, como además un frasquito de oro, que reconocieron y recogieron por haber pertenecido a la fiesta.
CAPÍTULO XVII Por tanto quien juzgue estos hechos opinará como Aristóteles y no como Timeo. Es de todo punto absurda e inocente la opinión que sigue a la referida, y que intenta demostrar Timeo, de ser contrario a la razón que los esclavos de los lacedemonios, compañeros de armas de sus señores, cobrasen a los amigos de éstos el mismo cariño que a sus amos tenían, porque los que han sido esclavos y sin esperarlo les favorece la fortuna, procuran mantener y estrechar las relaciones de benevolencia con sus amos, y aun crear otras do hospitalidad y parentesco con ellos, por importárseles menos sus antiguos lazos de familia que los medios de borrar el recuerdo de su primera abyección y oscuridad. Prefieren, pues, pasar por descendientes que por emancipados de sus señores.
CAPÍTULO XVIII Declara Timeo que la mayor falta que puede cometer un historiador es la mentira, y que los historiadores convencidos de impostura pueden elegir para sus obras cualquier otro título, menos el de historias. Estamos de acuerdo; pero advierto que existe gran diferencia entre la infidelidad cometida por ignorancia y la voluntaria: digna aquella de perdón, debe ser corregida con indulgencia; ésta, por el contrario, es acreedora a justa e inexorable censura, y por ello la merece Timeo. Sirva esto para comprender su carácter.
CAPÍTULO XIX A los que faltan a sus compromisos, se les aplica el proverbio: «Locrenses en los convenios». Investigando el origen de este dicho, se sabe que los historiadores y los que no lo son afirman de acuerdo lo siguiente: Cuando la invasión de los heráclidas, acordaron los locrenses con los del Peloponeso en levantar farolas en señal de guerra si los heráclidas pasaban, no por el istmo, sino doblando el cabo Rhion. Advertidos los del Peloponeso de antemano por medio de estas señales, podían prepararse contra el ataque. Pero no sólo dejaron de ponerlas los locrenses, sino que al presentarse los heráclidas pusieron farolas en señal de amistad, y así los heráclidas pasaron sin dificultad alguna; y los del Peloponeso, a causa de la traición de los locrenses, no se informaron a tiempo ni pudieron impedir que el enemigo llegara a sus moradas.
CAPÍTULO XX ...Acusar y buscar en las memorias visiones de soñadores y apariciones de genios... Quienes se permiten no pocas de estas sandeces, en vez de censurar a los demás, como hace Timeo, deberían contentarse con no ser censurados. Manifiesta, efectivamente, que al escribir tales cosas Calistenes, había sido un adulador, y que, apartándose mucho de la filosofía, prestó atención a los cuervos y a las mujeres delirantes y que recibió de Alejandro justo castigo por haber perjudicado cuanto pudo su gloria y fortuna. Pero Timeo elogia a Demóstenes y a los oradores que en su tiempo florecieron, y dice que se mostraron dignos de Grecia negándose a conceder a Alejandro honores divinos, mientras el filósofo Calistenes, que otorgó a un mortal la égida y el rayo, recibió de la divinidad justo castigo a su cobardía.
CAPÍTULO XXI Hasta el final de un suceso, como se apura la última gota de un licor, así debe formarse opinión en el asunto de que tratamos. Si, efectivamente, se descubren en una historia dos o tres falsedades de propósito escritas, es evidente que nada de lo dicho por el autor puede inspirar seguridad y confianza. Procuremos desengañar a los partidarios de Timeo, refiriéndonos especialmente a las arengas, a las alocuciones, y sobre todo, a los discursos de los embajadores; en una palabra, a todas las composiciones de esta clase que son como puntos capitales de los hechos y abarcan toda la historia. Ahora bien: ¿qué lector no comprende que Timeo publica deliberadamente discursos inventados? Porque ni relata lo que se dijo ni cómo se dijo: proponiéndose por el contrario, demostrar cómo se debía hablar, da todos los discursos y enumera todas las circunstancias de los hechos, como pudiera hacerlo en un certamen oratorio sobre asunto dado, para ostentar su talento, no como narración que reproduce el lenguaje del orador sin ofender la verdad. Útil es referir las vicisitudes del destino de estos hombres y los acontecimientos de los pasados tiempos, porque el conocimiento de lo sucedido nos hace más atentos a las cosas de lo porvenir, siempre que pueda contarse con la veracidad de la historia; pero cometería insigne error quien creyera, como Timeo, que tenía bastante con esta única competencia para escribir hábilmente la historia: tanto valdría creerse pintor, y pintor hábil, por haber visto cuadros antiguos. Quedará demostrado esto con lo que he de decir en adelante, y particularmente con lo ocurrido a Eforo en algunos puntos de su historia. Paréceme que este historiador conocía algo las batallas navales, pero no las terrestres. De aquí que cuantas veces habla de los combates por mar próximos a Chipre y a Gnido y de las empresas de los generales del rey de Persia contra Evagoras en Salamina, o contra los lacedemonios, se admira con razón la elocuencia y habilidad del historiador, y su relato sirve de útil enseñanza para casos parecidos; pero cuando refiere la batalla de tebanos y lacedemonios en Leuctras, o la de Mantinea, en la que Epaminondas perdió la vida, si se atiende a las diversas partes de la narración y se siguen las varias evoluciones y movimientos militares que en el calor del combate describe, adviértese ser aquello tan ridículo e inhábil como si jamás hubiese visto cosa parecida. Y prueba la ignorancia del historiador, no tanto la batalla de Leuctras (batalla sencilla en la cual se practicó un solo género de operaciones militares), como la de Mantinea, que fue tan variada, manifestándose verdadero talento de mando; todo lo cual desaparece en esta historia por ignorancia del historiador. Lo dicho será evidente para los que, pudiendo darse cuenta del aspecto de los terrenos, quieran representar en ellos la ejecución de los movimientos que Eforo describe.
CAPÍTULO XXII Ciertamente tan imposible es escribir bien de asuntos militares sin conocimiento del arte de la guerra, como discutir los negocios públicos sin estudiarlos ni practicarlos; por consiguiente, quien se contenta con la lectura de los libros, no puede producir en el género de la historia nada hábil y perfectamente cierto, y de sus escritos no sacará fruto alguno el lector, porque quitando a la historia la utilidad que puede ofrecernos, queda sólo una composición miserable e indigna de persona inteligente. Debo añadir que si se quiere escribir en particular sobre ciudades y países, se cometerán errores de igual índole de no estar perfectamente versado en geografía, por omitir muchas cosas dignas de ser referidas y contar otras que no debían mencionarse. Así sucedió a Timeo por no viajar.
CAPÍTULO XXIII Timeo, en el libro XXXIV de su historia dice: «Durante cincuenta años he sido huésped de Atenas, estudiando atentamente todos los usos de la guerra.» No habiendo visitado nunca ninguno de los países que describe, cuantas veces tiene que dar en su obra alguna noción de geografía incurre en falsedad por ignorancia, y si alguna vez atina con la verdad lo ocurre como al pintor, que para representar animales salvajes copia los domésticos; encontrándose en ellos las formas exteriores, pero no el vigor independiente que caracteriza al animal salvaje, ni la vida real, que es el principal objeto de la pintura. Esto ha sucedido a Timeo, como a cuantos se fían demasiado de los conocimientos que de los libros sacan. A todas sus narraciones las falta la savia, la vida, que sólo se encuentra en los historiadores que han manejado por sí mismos los negocios, y que son los únicos capaces de inspirar al lector sensaciones útiles y duraderas. Por ello nuestros antepasados buscaban esta cualidad evidente de acción personal en todos los comentarios, queriendo que los que escribiesen de política fueran hombres políticos y hubiesen demostrado habilidad al serlo; los que de guerra, hubiesen batallado arrostrando los peligros, y los escritores sobre la vida doméstica supieran por sí lo que es el matrimonio y la educación de los hijos. De esta suerte, cada composición literaria se acomoda a un género de vida, y es lo cierto que sólo se encuentra utilidad en los que escriben sobre lo que han hecho y se aplican a esta historia práctica. Se me dirá sin duda que es por demás difícil tener conocimientos prácticos de todas las artes y ciencias; pero conviene apropiarse los principales y de más común uso. Y que esto no es imposible bien lo prueba Homero, en quien brilla extenso y variado conocimiento de todas las cosas. Dedúcese de ello que el estudio de los libros es la tercera de las cualidades del historiador, aunque no tenga tal rango en nuestro autor. Prueban fácilmente esta verdad los discursos, las exhortaciones y las arengas de los embajadores que Timeo escribe. A corto número de lectores agradan sus extensos discursos: la mayoría los prefiere cortos, y algunos que no los hubiera escrito. Nuestro siglo desea una cosa; el pasado deseaba otra. Unas gustaban a los etolios, otras a los del Peloponeso y otras a los atenienses; y los mismos atenienses, según los tiempos, preferían esto a aquello. Multiplicar tales discursos aprovechando cualquier motivo, como lo hace Timeo, siempre palabrero en lo que escribe, es ocupación miserable y digna de escuela. Este sistema ha hecho con frecuencia mucho daño a los historiadores, provocando el disgusto del lector; pero es un mérito real escoger oportunamente el momento para los discursos y darles el tono y medida que les convienen.
CAPÍTULO XXIV Para finalizar la prueba de mi juicio sobre Timeo y de lo dicho acerca de su ignorancia y propensión a faltar a sabiendas a la verdad, citaré algunos de sus escritos que pasan por más fidedignos. Sabido es que de todos los que dominaron en Sicilia, los más hábiles fueron Hermócrates, Timoleón y Pirro de Epiro, siendo inconveniente atribuir a tales hombres discursos dignos de estudiantes. Pues bien, Timeo refiere en su libro XXI, que cuando Eurimedón se trasladó a Sicilia y excitaba a las ciudades a declarar la guerra a los siracusanos, agobiados por el infortunio los ciudadanos; de Gela, enviaron diputados a los camarinienses para obtener una tregua, y éstos se apresuraron a atender su demanda. Ambos pueblos de común acuerdo despacharon embajadores a sus aliados, pidiéndoles que enviasen a Gela ciudadanos escogidos y fieles para concertar las condiciones de la paz con recíprocas ventajas. Cuando los embajadores se presentaron en el Senado y comenzó la deliberación del asunto, Timeo hace hablar de esta manera a Hermócrates:
CAPÍTULO XXV Procure ante todas las cosas traer a la memoria de los que componen el Congreso, que en tiempo de guerra nos hace levantar de la cama al amanecer el sonido de las trompetas, y en tiempo de paz el canto de los gallos. Expliqué la intención y modo de pensar de Hércules en la institución de los Juegos Olímpicos y solemnidad de esta fiesta; y que si hizo mal a todos los pueblos contra quienes llevó sus armas, fue por necesidad y precepto; pero que voluntariamente jamás hizo daño a mortal alguno. A consecuencia de esto diga, cómo Homero representa a Júpiter airado contra el dios Marte, y diciéndole: Entre los dioses que el Olimpo habitan, Traiga aquel otro dicho del héroe más prudente: Quien la guerra sangrienta y cruel ama, Añada que del mismo sentir que Homero es Eurípides, cuando dice: ¡Oh dulce paz, emporio de riquezas, Finalmente, diga que la guerra se parece a la enfermedad, y la paz a la salud; que en ésta recobran su salud los enfermos, y en aquella pierden la vida los sanos; que durante la paz los viejos son enterrados por los mozos, pero durante la guerra los mozos por los viejos; y lo principal, que en tiempo de guerra ni aun existe seguridad dentro de los muros, en vez de que en tiempo de paz llega la tranquilidad hasta las fronteras. Y otras cosas semejantes. Difícil me es decir cuántas más puerilidades pueden añadirse en una amplificación escolástica o en una lección en que se quiera argumentar a propósito de las personas presentes. Los discursos que Timeo atribuye a Hermócrates parece que han servido para distinto objeto que el atribuido. En el mismo libro XXI, Timoleón induce a los suyos a dar batalla a los cartagineses, y cuando están a punto de venir a las manos, les aconseja que no atiendan al número de sus adversarios sino a su debilidad, «porque si es verdad que África está por todas partes muy poblada de hombres, dícese proverbialmente de un lugar desierto, una soledad africana, y no nace esta alocución de la soledad de los parajes, sino del corto número de habitantes, dotados de carácter viril». «En una palabra, añade, ¿quién teme a hombres que, olvidando que la naturaleza les ha dado las manos como ventaja sobre los animales, llévanlas ociosas bajo la túnica, y que además, se ponen debajo de éstas lazos para no parecer amedrentados ante el enemigo?»
CAPÍTULO XXVI A propósito de haber prometido Gelón socorrer a los griegos con veinte mil soldados de infantería y doscientos barcos si se le concedía el mando en jefe de las fuerzas de mar y tierra, refiérese que el Senado de los griegos, que por entonces residía en Corinto, inspirándose en sabia política, contestó a sus emisarios prescribiendo a Gelón acudir como auxiliar con sus tropas, dejando a los acontecimientos que dieran el mando en jefe a aquel cuya ayuda fuera más eficaz. Con esto quisieron demostrar que no cifraban todas sus esperanzas en el auxilio de Siracusa sino en sí mismos, y que exhortaban a todos sus amigos para acudir a la lucha del valor y a merecer la corona de la virtud. Pero de tal suerte multiplica y alarga Timeo y sus arengas sobre cualquier asunto; con tanto entusiasmo procura ensalzar a Sicilia sobre toda Grecia en esplendor y poder, mencionando cuanto allí se ha hecho como más bello y grande que lo sucedido en el resto del mundo; tanto pondera la sabiduría de los sicilianos como superior a toda otra sabiduría; habla, en fin, de los siracusanos como de personas tan eminentes y tan maravillosamente propias para los grandes negocios, que no podrían añadir hipérbole alguna los escolares aficionados a ejercitarse en el estilo admirativo con amplificaciones declamatorias llenas de vulgaridades sobre asuntos baladíes, como, por ejemplo, los elogios de Tersites, la crítica de Penélope o cualquiera otra necedad semejante.
CAPÍTULO XXVII De Timeo poseemos, además de los comentarios, una parte de su historia general, llena del mismo fárrago de errores, y ya he juzgado algunos de sus párrafos. Diré ahora a qué atribuyo la falta de Timeo, y aunque a algunos parezca inverosímil, es sin duda la verdadera fuente de sus errores. Haciendo ostentación de asiduidad en las investigaciones, de larga práctica y de genio, y fingiendo los esfuerzos más concienzudos en la redacción de su historia, resulta en ciertas partes de ésta el más inhábil y negligente de los hombres que merezcan nombre de historiadores. Voy a confirmarlo con los hechos siguientes. De dos órganos con que parece habernos dotado la naturaleza para informarnos e instruirnos a fondo de las cosas, el oído y la vista, éste es incomparablemente más cierto, según Heráclito, porque los ojos son testigos más exactos que las orejas. De estos dos caminos de inquirir la verdad, Timeo ha elegido el más suave, pero el menos seguro. Por ahorrarse el trabajo de ir a verlo, se ha contentado con oírlo, y de dos formas que podemos percibir las cosas por el oído, a saber, la lectura de los libros y la investigación propia, ha andado muy indolente con esta última, como hemos manifestado anteriormente. La causa que le pudo impeler a esta preferencia es fácil de conocer, si se atiende a que los conocimientos que adquirimos por la lectura nos provienen sin peligro ni fatiga, únicamente con la mera prevención de avecindarnos en un pueblo donde exista copia de libros, o tener a la mano una biblioteca. Con este solo auxilio ya puede cualquiera, tendido a la larga y sin la más mínima incomodidad, investigar lo que pretende, cotejar los escritores pasados y advertir sus defectos. Pero aquellos otros conocimientos que nos provienen por investigación propia, cuestan muchas penalidades y gastos, bien que contribuyen infinito y constituyen la parte más apreciable de una historia. Esto lo comprueba el testimonio de aquellos mismos que han compuesto este género de obras. Eforo dice que si fuera dable que los historiadores mismos presenciasen todos los hechos, éste sería el mejor modo de conocerlos. Y Teopompo afirma, que aquel es más sobresaliente en el arte de la guerra, que se ha hallado en más combates. Aquel es más elocuente orador, que ha pleiteado mayor número de causas. Lo mismo ocurre en la medicina y el pilotaje. Pero esto mismo quien nos lo expresa con más energía es Homero, cuando queriéndonos mostrar cuál debe ser el hombre político, nos propone el ejemplo en la persona de Ulises, diciendo: Aquel sagaz varón me acuerda, oh Musa, Más abajo: Varias ciudades vio, y de muchos hombres Después: Se halló en muchas batallas con los hombres. Un personaje como éste pedía, a mi entender, la dignidad de la historia. Platón decía que entonces serían felices los hombres, cuando los filósofos fuesen reyes o los reyes filósofos; y yo pudiera decir ahora, que entonces la historia se vería en su esplendor, cuando los hombres de Estado se propusiesen escribirla, no por pasatiempo, como ahora se hace, sino persuadidos a que entre todas las obligaciones, ésta, como la más necesaria y más honorífica, les debe ocupar toda la vida, sin dejarla de la mano; o cuando los que se ponen a escribirla, reputasen el uso y el manejo de los negocios por prevención indispensable para un historiador. Hasta entonces no se dejarán de encontrar defectos en las historias. Timeo no se tomó siquiera el más mínimo desvelo para adquirir estas cualidades. Se avecindó y vivió sin salir de un pueblo, casi como un hombre que de propósito hubiese renunciado a la vida activa. Sin conocimiento de las acciones militares, sin manejo de las civiles y sin aquella experiencia propia, hija de los ojos y de los viajes, con todo, y no se cómo llegó a la reputación y consiguió la preeminencia de historiador. Y que todos estos requisitos los exija la historia, es buena prueba su misma confesión en el prólogo del sexto libro. Algunos, dice, están en la opinión de que el género demostrativo pide más talento, más laboriosidad y más aparato que no la historia. Eforo, prosigue, fue el primero a quien chocó esta proposición; pero, no pudiéndola rebatir sólidamente, procuró a menos comparar y cotejar la historia con el género demostrativo. Esta afirmación es absurda y calumniosa para el historiador, porque Eforo en su Historia universal es verdaderamente admirable por su elocuencia, por la elección de los hechos y por la distribución de los asuntos; ingenioso siempre en las digresiones y en las máximas, hasta el punto de que cuantas veces, apartándose del asunto principal, adorna pomposamente algún discurso, no sé cómo ocurre que siempre se encuentra placer en comparar los talentos de historiador y de autor. Timeo, sin embargo, para que no parezca que calumnia a Eforo ni a ningún otro historiador, censura en términos generales cuanto hacen bueno los demás. Imagina que hablando mal en conjunto no habrá lector viviente que comprenda su malicia.
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