LIBRO SÉPTIMO
Las gentes de Capua en la Campania acopiaron, por la feracidad del suelo, tanta riqueza, que entregados a la molicie y al lujo más suntuoso, superaron cuanto se refería de los crotonatas y sibaritas, célebres por sus vicios. No pudiendo, dice, soportar el peso de su opulencia, llamaron a Aníbal y por ello les causaron los romanos los más duros y atroces sufrimientos. Los petelenios, por el contrario, fieles observadores de la jurada fe a los romanos, con tan grande valor y constancia resistieron a Aníbal cuando fue a sitiarles, que después de comerse todos los cueros encerrados en la ciudadela, y las cortezas y raíces tiernas de los árboles que crecían en el interior del recinto amurallado, tras de once meses de sitio sin recibir socorro alguno, reducidos se vieron a rendirse a los cartagineses, con el consentimiento de los romanos, que hicieron los mayores elogios de su fidelidad.
CAPÍTULO II había llevado a cabo con los romanos y se une a los cartagineses. Transcurrida la conjuración contra la vida de Hierónimo, rey de Siracusa, y muerto Thrason, Zoippo y Andranodoro convencieron a este príncipe para que despachara al instante embajadores a Aníbal. Escogidos para esta embajada Policretes de Cirene y Filodemo de Argos, recibieron orden de partir para Italia y concertar alianza con los cartagineses. Al mismo tiempo envió el rey a sus hermanos a Alejandría. Recibió Aníbal amablemente a los embajadores, ponderándoles las ventajas que al joven monarca produciría la proyectada alianza, y les envió acompañados de embajadores suyos, que eran Aníbal de Cartago, comandante entonces de las galeras, Hippocrates y Epicides, su hermano menor, ambos siracusanos. Estos hermanos militaban hacía tiempo a las órdenes de Aníbal, y aún se habían establecido en Cartago porque su abuelo, acusado de atentar contra la vida de Agatharco, hijo menor de Agathocles, vióse obligado a expatriarse. Llegaron los embajadores a Siracusa, y Aníbal de Cartago refirió al rey las órdenes que le diera el general de los cartagineses. Predispuesto Tierónimo a aliarse con éstos, dijo a Aníbal que convenía partiera inmediatamente para Cartago, prometiéndole que le acompañarían embajadores suyos para tratar con el gobierno de este pueblo.
CAPÍTULO III Considerada su posición en general, Leoncio se halla mirando al Septentrión. La atraviesa por medio un llano valle, donde están las casas de Ayuntamiento, los Tribunales, y por último el mercado. De uno y otro lado del valle se extienden sin interrupción unos collados escarpados, cuyas planas cimas se encuentran cubiertas de casas y templos. La ciudad tiene dos puertas, de las cuales la una está al extremo meridional del dicho valle y conduce a Siracusa; la otra al extremo septentrional y guía a los campos llamados Leontinos y tierras de labor. Por bajo de una de estas cordilleras escarpadas, la que está hacia el Ocaso, corre el Lisso, sobre cuyas márgenes y al pie mismo de la montaña se extiende una hilera continuada de casas, entre las cuales y el río media el camino que hemos dicho.
CAPÍTULO IV Ciertos historiadores que han referido la muerte de Hierónimo, se valieron, para admirar a las gentes, de profusas descripciones, bien sobre los prodigios que precedieron y anunciaron su tiranía, bien sobre las desdichas de los siracusanos, apelando a veces a exagerados detalles, propios de poetas trágicos, para representar la crueldad de su carácter o de sus actos impíos, o los extraordinarios y atroces sucesos que a su muerte acaecieron, hasta el punto de que se crea que ni los Falaris ni los Apollodoro ni ninguno de los tiranos conocidos le sobrepujaron en crueldad. No obstante, este príncipe ocupó el trono siendo niño, y murió a los trece meses de reinado, en cuyo breve plazo habrá ocurrido ciertamente algún caso de aplicación del tormento, y aun de la pena de muerte a algunos de sus propios amigos o de los demás siracusanos, mas la inaudita crueldad y la ponderada impiedad que a Hierónimo atribuyen es increíble. Es indudable su carácter ligero e injusto, pero tampoco se le puede comparar con cualquiera de los tiranos antes citados. Los autores de historias particulares, por lo limitado del asunto y la escasez de acontecimientos, vense, a mi juicio, obligados a exagerar cosas de poca importancia y a narrar extensamente sucesos indignos de mención. Por falta de juicio incurren asimismo otros historiadores en igual defecto. Con mayor exactitud y elocuencia hubieran podido aplicarse a la historia de Hierón y Gelón, sin recordar a Hierónimo, las reflexiones añadidas para llenar libro, como complemento a la narración histórica; más agradable y útil fuera esto a los hombres ávidos de leer e instruirse.
CAPÍTULO V «Juramento con que hace la paz (216 años antes de J. C.) el general Aníbal, Magón, Mircan, Barmocar, todos los senadores que se hallan con él, y todos los cartagineses que militan en su ejército, con Jenofanes, ateniense, hijo de Cleomaco, embajador que nos ha enviado el rey Filipo, hijo de Demetrio, en su nombre, y en el de los macedonios y aliados.
CAPÍTULO VI Al triunfar la democracia entre los messenios y ser desterrados los hombres más ilustres, poniéndose al frente de los negocios de la ciudad los que por sorteo se distribuyeron sus bienes, los antiguos ciudadanos que habían permanecido en Messena vieron con pena a estos hombres gozar de los mismos derechos que ellos.
CAPÍTULO VII Gorgo el messenio no era inferior a ninguno de sus conciudadanos por sus riquezas e ilustre progenie, y como atleta fue en su juventud el más célebre de cuantos lucharon por la corona de los juegos gimnásticos. Ciertamente, ni por la nobleza de sus formas, ni por su constante conducta, ni por el número de coronas que había conseguido, a ninguno de su edad cedía. Muy al contrario, cuando retirado de los combates de la gimnasia dedicóse al gobierno de la República y a la administración de los asuntos de su patria, no logró menor gloria en estas tareas que en las de su vida anterior. Lejos de mostrar la ignorancia y rusticidad que casi siempre caracteriza a los atletas, alcanzó en la República reputación de hombre muy hábil y prudente en el manejo de los negocios públicos.
CAPÍTULO VIII El rey de Macedonia, Filipo, que quería apoderarse de la ciudadela de los messenios, manifestó a las personas principales de la ciudad su deseo de visitarla y hacer allí un sacrificio a Júpiter. Subió a ella con su acompañamiento.
CAPÍTULO IX Hagamos una interrupción momentánea en el hilo de nuestra narración para hablar algo de Filipo, por ser ésta la época del cambio fatal que hizo en su conducta y manera de gobernar. No puede presentarse ejemplo más ilustre a quienes, estando al frente de los negocios públicos, procuran instruirse con la lectura de la historia. Dueño al nacer de un poderoso reino y con las mejores inclinaciones, le conocen los griegos por sus buenas cualidades y sus defectos, por los afortunados que aquéllas le proporcionaron y las desdichas que éstos le produjeron. Joven ascendió al trono, y a ningún rey amaron tanto en Tesalia, Macedonia; las demás comarcas sometidas a su dominación. ¿Se quiere de ello innegable prueba? Mientras guerreó con etolios y lacedemonios, casi siempre se hallaba fuera de Macedonia; a pesar de ello, ni los citados pueblos, ni los bárbaros vecinos de su reino se atrevieron a poner en éste los pies. ¿Qué diré del afecto y solicitud que mostraron en servirle Alejandro, Crisógenes y todos sus otros amigos? Pródigo en beneficios, consiguió en breve tiempo la adhesión por reconocimiento vivo y sincero de los pueblos del Peloponeso, la Beocia, el Epiro y la Acarnania, y me atreveré a decir que era por su carácter servicial y benéfico el amor y delicia de toda la Grecia. Admirable prueba del crédito que da a los príncipes la reputación de probidad y rectitud, es la de que los habitantes de Creta le escogieran unánimemente como jefe y señor de su isla, y cosa nunca vista, que esto se hiciera sin armas ni combates. Mas después] de su conducta con los messenios, todo cambió de aspecto, y el odio que desde entonces le tuvieron igualó al cariño que antes inspiraba; y así debió esperarlo. Con determinaciones contrarias a las primitivas y actos conformes a las determinaciones, natural era que perdiese la reputación conseguida, y que sus negocios tuvieran distinto éxito al anterior a este cambio. Así ocurrió, efectivamente, y se verá en el curso de esta historia.
CAPÍTULO X En el momento en que Filipo se declaró francamente hostil a los romanos y cambió por completo de conducta respecto a sus aliados, le expuso Arato mil motivos, razones mil para disuadirle de tal empresa. Lo alcanzó, no sin trabajo. Ruego aquí a mis lectores, para que de nada les quede duda, recuerden una promesa que les hicimos en el libro V de esta historia. Al referir la guerra de Etolia, manifestamos que si Filipo había destruido pórticos y otros adornos de la ciudad de Therme, no debía imputarse estos excesos a él, cuya juventud era incapaz de cometerlos, sino a los amigos que le acompañaban; y siendo estos excesos incompatibles con el carácter dulce y moderado de Arato, correspondía sólo la censura a Demetrio de Pharos. Lo dicho entonces prometimos probarlo después. Ahora bien; visto está en lo relatado de los messenios que Arato se encontraba a una jornada de distancia, y Demetrio junto al rey, cuando este príncipe empezó a gustar, por decirlo así, la sangre humana, a faltar a la fe con sus aliados y a degenerar en tirano. Mas lo que mejor caracteriza la diferencia entre ambos es el consejo que cada uno dio al rey respecto a la ciudadela de Messena. Siguiendo el de Arato, no se apoderó de ella Filipo, y así consoló en cierto modo a los messenios de la carnicería que en la ciudad había llevado a cabo; y por escuchar el de Demetrio contra los etolios entregóse a una violencia impropia en él, y se hizo detestar de los dioses y de los hombres; de los dioses, profanando sus templos; de los hombres, excediendo las leyes de la guerra. La isla de Creta proporciona nueva prueba de la sabiduría de Arato. Mientras Filipo le consultó los negocios de ella, no haciendo a nadie daño o perjuicio, vio a los cretenses recibir sumisos sus órdenes, y por la benignidad de su gobierno a todos los griegos ponerse de su parte; pero al seguir los consejos de Demetrio, les llevó los horrores de la guerra, convirtióse en enemigo de todos sus aliados, y destruyó la confianza que en él tenían los demás pueblos de Grecia. ¡Tan importante es para un rey joven elegir sus consejeros, pues de ello depende la felicidad o ruina de sus Estados, y, no obstante, la mayoría de los príncipes ni siquiera se dignan pensar en cosa de tan graves consecuencias!
CAPITULO XI Producíanse en torno a Sardes continuas escaramuzas y refriegas sin cesar noche y día (215 años antes de J. C.) No existía género de asechanzas, emboscadas y ataques que los soldados no excogitasen unos contra otros. Efectuar una relación circunstanciada de todo esto, sería no solo infructuoso, sino demasiado prolijo. Ya era el segundo año que duraba el asedio, cuando Lagoras Cretense, hombre de bastante experiencia en el arte de la guerra, puso fin a la contienda. Había observado que las más fuertes ciudades vienen por lo regular con más facilidad a poder del enemigo; porque la negligencia de los habitantes, satisfecha de la fortaleza natural y artificial de la plaza, descuida y abandona del todo su custodia. Había notado también que las plazas tal vez se toman por la parte más fuerte y menos esperada en el concepto de los enemigos. En este supuesto, viendo que la antigua opinión en que se hallaba Sardes de su fortaleza había hecho desconfiar a todos de poderla tomar por asalto, y que sólo el hambre era el arbitrio de rendirla, se aplicó tanto con mayor intensidad a examinar e inquirir si por algún medio le fuera dable tomarla. Advirtió que aquella parte del muro que une la ciudad con el alcázar, llamada Sierra, no estaba custodiada: no fue menester más para entregarse a este pensamiento y esperanza. El descuido de las centinelas lo infirió de un indicio semejante. Aquel sitio era un lugar sumamente escarpado, al pie del cual existía un abismo, donde se acostumbraba arrojar de la ciudad los cadáveres, y viera tres de caballos y bestias muertas. Allí se reunían diariamente un gran número de buitres y otros géneros de pájaros. Lagoras había reparado en que después de saciados estos animales, se iban de continuo a descansar sobre la roca y la muralla. De aquí infirió que aquella parte de muro indefectiblemente estaba abandonada y desierta la mayor parte del tiempo. Esto bastó para que todas las noches fuese a aquel sitio, y examinase con cuidado por dónde se podría entrar y poner las escalas. Cuando ya hubo encontrado un paraje accesible en una de aquellas rocas, dio cuenta al rey de su propósito. Antíoco aceptó el pensamiento, y exhortó a Lagoras a llevar al cabo su proyecto, prometiéndole que haría cuanto estuviese de su parte. Lagoras rogó al rey le diese por socios y compañeros en la acción a Teodoto el etolio, y a Dionisío capitán de guardias, por parecerle que uno y otro tenían el valor y audacia que se requería para la empresa proyectada. Conseguida la venia del rey, conferenciaron los tres, y después de sopesadas entre sí todas las circunstancias, aguardaron a una noche en que al amanecer no hubiese luna. Llegada ésta, el día antes del que habían de poner por obra su propósito, al ponerse el sol, eligieron los quince hombres más robustos en fuerzas y espíritu de toda la armada para llevar a un tiempo las escalas, subir por ellas, y acompañarles en la empresa. A más de éstos, entresacaron otros treinta, que dejaron emboscados a cierta distancia, para que después que los primeros, superado el muro, hubiesen llegado a la puerta contigua, los segundos procurasen por la parte exterior forzar y romper los quicios y umbrales, mientras que aquellos por la parte interior hacían lo mismo con los cerrojos y pestillos. En pos de éstos había de ir caos mil, los cuales tenían orden de atacar y ocupar la cima del Teatro, sitio que domina ventajosamente la ciudad y la ciudadela. Para que por este destacamento no se sospechase de modo alguno la verdad de la acción, se esparció la voz que los etolios pensaban arrojarse en la ciudad por cierto barranco, y para precaver con eficacia lo que se presumía, se habían escogido estas gentes.
CAPÍTULO XII Los pueblos que habitan Oricón se hallan situados en el mar Adriático a la derecha del navegante que entra en él...
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