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POLIBIO DE MEGALÓPOLIS HISTORIA UNIVERSAL BAJO LA REPÚBLICA ROMANA TOMO I
LIBRO CUARTO
LIBRO CUARTO
CAPÍTULO PRIMERO
Recapitulación.- Puntos de referencia establecidos por el autor para entrar en la historia de los griegos.
Quedaron expuestas en el libro precedente las causas de que se originó la segunda guerra púnica entre romanos y cartagineses (220 años antes de J.C.); manifestamos la entrada de Aníbal en Italia; y a más, recorrimos los combates que tuvieron lugar entre unos y otros, hasta aquella batalla que se dio a las márgenes del Aufido, junto a la ciudad de Cannas. Ahora haremos mención de lo que sucedió en la Grecia por el mismo tiempo, esto es, en el transcurso de la olimpíada ciento cuarenta. Pero antes recordaremos brevemente lo que en el libro segundo, como preámbulo de esta obra, se dijo de los griegos, y especialmente de la nación Aquea, por haber tomado esta república un maravilloso incremento, tanto en los tiempos pasados como en los presentes.
Dimos principio por Tisamenes, uno de los hijos de Orestes, y dijimos que los aqueos habían sido gobernados por reyes de esta línea hasta Ogiges; pero que habiendo adoptado después el más bello sistema de gobierno democrático, al instante los habían dispersado por las ciudades y aldeas los reyes de Macedonia. A consecuencia de esto expusimos cómo volvieron otra vez a confederarse, y cuándo y quiénes fueron los autores de esta decisión. Manifestamos asimismo de qué medios y auxilios se valieron para atraer a la liga las ciudades, y estimular a todos los peloponesios a tomar un mismo nombre y gobierno. Después de haber hablado en general de este proyecto, y haber tocado brevemente los hechos particulares, proseguimos la narración hasta el tiempo en que Cleomenes, rey de Lacedemonia, fue destronado. Por último, hecha una sucinta relación de lo que comprende nuestro preámbulo, hasta la muerte de Antígono, Seleuco y Ptolomeo, reyes que todos murieron hacia el mismo tiempo; resta que, atento a nuestra promesa, demos principio a la historia por las acciones que a éstas se siguieron.
Creo ser esta la más bella época de mi historia. Lo primero, porque aquí finaliza la obra de Arato, y lo que me propongo decir en adelante de los griegos no será sino una consecuencia; lo segundo, porque los tiempos siguientes y los de nuestra historia tienen entre sí tal conexión, que o los hemos visto nosotros, o los han alcanzado nuestros padres. De aquí proviene que lo que adelante se dirá, o lo hemos presenciado nosotros mismos, o lo sabemos de testigos oculares. Y a la verdad, tomar el agua de más arriba, de suerte que escribamos por oídas lo que otros saben de oídas, no me parece seguro, ni para formar idea, ni para resolver con acierto. Pero sobre todo, hemos dado principio desde esta data, porque en ella como que la fortuna hizo mudar de semblante a toda la haz de la tierra.
Efectivamente, Filipo, hijo de Demetrio, aunque niño, ocupó el trono de Macedonia; Aqueo, dueño del país de parte acá del monte Tauro, obtuvo, no sólo la majestad, sino el poder regio; Antíoco, llamado el Grande, fallecido poco antes su hermano Seleuco, sucedió en su más tierna edad en el reino de Siria; Ariarates reinó en Capadocia; Ptolomeo Filopator se apoderó del Egipto; Licurgo fue hecho rey de Lacedemonia; y los cartagineses, en fin, acababan de elegir a Aníbal por su jefe para las empresas que hemos dicho. Tal mudanza en los estados, por precisión había de producir novedades. Esto es muy natural y forzoso que ocurra, como en efecto se verificó entonces. Los romanos y cartagineses promovieron la guerra de que hemos hablado; al mismo tiempo Antíoco y Ptolomeo disputaron entre sí la Cæle-Siria; los aqueos y Filipo pelearon contra los etolios y lacedemonios por los motivos siguientes.
CAPÍTULO II
Carácter del pueblo etolio.- Sus motivos para hacer la guerra a los messenios.
Hacía ya mucho tiempo que los etolios padecían con impaciencia la paz y el mantenerse a su costa. Estaban acostumbrados a vivir a expensas de sus vecinos. Su natural arrogancia les había constituido en la precisión de muchos gastos, y esclavos de esta pasión, codiciaban siempre lo ajeno, mantenían una vida feroz, no reconocían amigo, y reputaban a todos por enemigos. En los tiempos anteriores, mientras vivió Antígono, los había contenido el respeto a los macedonios; pero después que éste falleció y dejó por sucesor al joven Filipo, llenos de desprecio por su persona, buscaron ocasiones y pretextos para mezclarse en los asuntos del Peloponeso, y arrastrados, según su inveterada costumbre, del deseo de saquear esta provincia, se creyeron con mayor derecho para hacer la guerra a los aqueos. En este pensamiento estaban, cuando contribuyendo algún tanto el acaso a sus propósitos, se valieron de este pretexto para el rompimiento.
Dorimaco Triconense, hijo de aquel Nicostrates que violó la asamblea general de los beocios, joven intrépido y codicioso, como buen etolio, fue enviado de parte de su república a Figalea, ciudad del Peloponeso, situada en los confines de los messenios, y confederada a la sazón con los etolios, con el fin, en apariencia, de defender la ciudad y el país, pero en realidad con el de espiar lo que pasaba en el Peloponeso. Durante su estancia acudieron a Figalea muchos piratas, y sin arbitrio para proporcionarles algún botín con justa causa, por durar aún entonces la paz general de la Grecia ajustada por Antígono; finalmente, falto de recurso, les permitió robar los ganados de los messenios, que eran sus amigos y aliados. Al principio robaron sólo los rebaños que había en las fronteras, pero después, pasando adelante la insolencia, emprendieron saquear las alquerías de la campiña, asaltándolas de noche y cuando menos se pensaba. Los messenios llevaron muy a mal estos procedimientos, y enviaron legados a Dorimaco. Éste al principio no hizo caso. Tenía interés en que se enriqueciesen las tropas de su mando, y enriquecerse él mismo con la parte que tenía en los despojos. Repetidas las instancias de los diputados por la frecuencia de excesos, respondió que iría a Messena y satisfaría las quejas contra los etolios. Efectivamente fue, acudieron a él los agraviados; pero o se burló de ellos con mofas, o los insultó y amenazó con escarnios.
Una noche que se hallaba él aún en Messena, los piratas se aproximaron a la ciudad, y aplicadas las escalas, asaltaron el cortijo de Chirón, degollaron a los que se resistieron, maniataron los restantes criados y se llevaron consigo los ganados. Hasta ese momento los eforos habían padecido, aunque con dolor, estos excesos y la llegada de Dorimaco; pero entonces, creyendo que ya pasaba a desprecio, le citaron ante la asamblea de los magistrados. Era a la sazón Eforo de los messenios Scirón, personaje de probada conducta entre sus ciudadanos. Éste fue de parecer que no se dejase salir de la ciudad a Dorimaco sin que resarciese todos los daños a los messenios, y entregase los autores de tantas muertes para expiar sus delitos. Aprobado unánimemente el parecer de Scirón como tan justo, Dorimaco irritado les dijo: «Sois demasiado necios si creéis que este insulto es a mí y no a la república de los etolios; la acción, a mi ver, es muy indigna para que deje de atraeros un público castigo, que os estará bien merecido.» Había a la sazón en Messena un hombre malvado, sacrificado del todo a las miras de Dorimaco, por nombre Babirtas, quien si se ponía la gorra y vestido de Dorimaco, no era fácil distinguirle: tanta era la uniformidad de voz, y demás partes del cuerpo que había entre los dos. No ignoraba esto Dorimaco. Éste, tratando con imperio y altanería a los messenios, Scirón montado en cólera, «¿juzgas acaso, Babirtas, le dijo, que haremos caso de ti ni de tus amenazas?» Estas palabras bastaron para que Dorimaco cediese al instante a la necesidad, y permitiese a los messenios tomar venganza de todos los excesos cometidos. Vuelto a la Etolia, le pareció tan cruel y áspero el dicho de Scirón, que sin otro justo motivo, sólo por esto suscitó la guerra a los messenios.
CAPÍTULO III
Discurso de Dorimaco para animar a los etolios hacia la guerra.- Declaración de ésta.- Primera campaña.
Por entonces (221 años antes de J. C.) era pretor de los etolios Aristón, quien por ciertos achaques corporales que le inhabilitaban para el servicio de la guerra, y por el parentesco que le unía a Dorimaco y Scopas, cedió en cierto modo todo el mando en el primero. Dorimaco no osaba persuadir en público a los etolios para la guerra contra los messenios. No tenía pretexto alguno que mereciese la pena; por el contrario, sabían todos que la infidelidad y el desprecio recibido de Scirón le estimulaban a este rompimiento. Y así, desechado este medio, inducía en secreto a Scopas a que le acompañase a la empresa contra los messenios. Para esto le manifestaba que no había que temer de parte de los macedonios por la temprana edad de su rey Filipo, que a la sazón no pasaba de diecisiete años. Agregaba la enajenación de ánimos que había entre lacedemonios y messenios. Le traía a la memoria la benevolencia y alianza de los eleos con los etolios, de donde deducía que podrían hacer una irrupción sin peligro en la Messenia. Pero lo más capaz de hacer impresión sobre un etolio, era que le ponía a la vista el rico botín que sacarían de la Messenia, país desapercibido, y el único en el Peloponeso que no había experimentado en tiempo de Cleomenes los rigores de la guerra. Sobre todo le ponderaba el afecto que se granjearían de todo el pueblo etolio; que si los aqueos les impedían el paso, no tendrían de qué quejarse si se lo abrían por fuerza; y si se estaban quietos, no pondrían obstáculo a sus designios; finalmente, que no faltaría pretexto contra los messenios, quienes ya anteriormente habían hecho la injusticia de prometer el favor de sus armas a los aqueos y macedonios.
Dichas estas y otras parecidas razones al mismo intento, infundió tal ardor en Scopas y en sus amigos, que sin esperar la asamblea general del pueblo, sin consultar con los senadores, y sin ejecutar cosa de las que requería el caso, aconsejados sólo de su pasión y capricho, declararon la guerra a un tiempo a los messenios, epirotas, aqueos, acarnanios y macedonios. Sin dilación destacaron por mar a los piratas, quienes, encontrando junto a Cithera un navío del rey de Macedonia, le condujeron a la Etolia con toda la tripulación, y vendieron los pilotos, la marinería y la nave misma. Talaron la costa del Epiro, sirviéndose para tanta maldad de los navíos de los cefalenios; intentaron apoderarse de Thireo, ciudad de la Acarnania; enviaron espías encubiertos por el Peloponeso, y tomaron en el centro del país de los megalopolitanos el castillo de Clarió, de que se sirvieron para vender los despojos y guardar lo que robaban. Aunque en pocos días fue forzada esta fortaleza por Timojeno, pretor de los aqueos, acompañado de Taurión, a quien Antígono había dejado en el Peloponeso para velar sobre los intereses de los reyes de Macedonia. Pues a pesar de que el rey Antígono, con permiso de los aqueos, se había apoderado de Corinto en tiempo de Cleomenes; no obstante, habiendo tomado por fuerza a Orcomeno, lejos de restituirla a los aqueos, la había retenido para sí; con el propósito, a mi modo de entender, de ser dueño no sólo de la entrada del Peloponeso, sino de tener a cubierto el país mediterráneo, por medio de la guarnición y pertrechos que tenía en esta plaza.
Dorimaco y Scopas, habiendo observado la ocasión, en que faltase poco tiempo a Timojeno para concluir la pretura, y en que Arato, elegido sucesor para el año siguiente por los aqueos no hubiese entrado aún en el cargo, congregaron en Río todo el pueblo etolio; y después de haber preparado pontones, y equipado los navíos de los cefalenios, trasladaron estas tropas al Peloponeso y avanzaron hacia Messena. Durante la marcha por el país de los patrenses, fareos y tritaios, aparentaron no querer hacer agravio a los aqueos; pero no pudiendo abstenerse el soldado de la codicia del despojo, atravesaron talando y destruyendo todo hasta llegar a Figalea. Hecha esta irrupción, se arrojaron de improviso y con insolencia sobre los campos de los messenios, sin tener la menor consideración a la amistad y alianza que de tiempos antiguos mediaba con este pueblo, ni al derecho común establecido entre las gentes. Sobre todos estos respetos prevaleció la codicia; talaron impunemente el país, sin atreverse los messenios a salirles al paso.
CAPÍTULO IV
Arato toma el mando de las tropas aqueas.- Semblanza de este ilustre pretor.
Llegado que fue el tiempo legítimo de su asamblea (221 años antes de J. C.), los aqueos concurrieron a Egio. Luego de formado el consejo, los patrenses y fareos expusieron los perjuicios que había sufrido su país con el paso de los etolios. Los messenios acudieron por sus diputados, y pidieron igualmente que se les amparase contra la injusticia y perfidia de estas gentes. Escuchadas estas representaciones, los aqueos se condolieron de los patrenses y fareos, y tuvieron compasión del infortunio de los massenios. Pero sobre todo, lo que más les llegó al alma, fue el que los etolios, sin haberles concedido ninguno licencia para el paso, ni haber intentado siquiera el prohibírselo, se hubiesen atrevido a penetrar con ejército en la Acaia contra el tenor de los tratados. Irritados con todos estos motivos, decretaron socorrer a los messenios; y una vez puestos sobre las armas los aqueos por su pretor, lo que pareciese conveniente a los miembros de la asamblea, aquello se tuviese por valedero. Timojeno, a quien duraba aún el tiempo de la pretura, como que tenía poca confianza en los aqueos, gentes que en aquella era habían mirado con descuido el ejercicio de las armas, rehusaba encargarse de la expedición y del alistamiento de las tropas. Efectivamente, después de la caída de Cleomenes, rey de Esparta, los peloponesios, cansados con las guerras anteriores, y fiados en la tranquilidad presente, habían abandonado todo lo concerniente a la guerra. Pero Arato, condolido e irritado con la insolencia de los etolios, manejaba con más ardor el asunto, como que ya de antaño provenía la enemistad con estas gentes. Por lo cual procuró poner cuanto antes sobre las armas a los aqueos, resuelto a venir a las manos con los etolios. Finalmente, habiendo recibido de Timojeno el sello público cinco días antes del tiempo acostumbrado, escribió a las ciudades para que congregasen en Megalópolis con sus armas a todos los de edad competente. Pero me parece del caso anticipar una breve noticia del raro talento de este pretor.
Tenía Arato, entre otras dotes, el de ser un perfecto estadista. Poseía el talento de la palabra, el del ingenio y el del siglo. En calmar disensiones civiles, granjearse amigos y adquirirse aliados, no tenía igual. En hallar trazas, artificios y asechanzas contra un enemigo, y éstas llevarlas a debido efecto a costa de fatigas y constancia, era el más astuto. De esto se pudieran dar muchos claros testimonios, pero los más sobresalientes se ven particularmente en la toma de Sicione y Mantinea, en el desalojamiento de los etolios de la ciudad de Pelene, y sobre todo, en la astucia con que sorprendió el Acrocorinto. Pero este mismo Arato, puesto en campaña al frente de un ejército, era tardo en el consejo, apocado en la resolución e incapaz de esperar sin moción la apariencia de un peligro. Por eso, aunque llenó el Peloponeso de sus trofeos, con todo, casi siempre fue despojo de sus contrarios por este pero. Así es que entre los hombres existe no sólo cierta diversidad en los cuerpos, sino aun más en los espíritus; de forma que un mismo hombre ya es apto, ya inepto, no digo para diversas funciones, sino aun para algunas de la misma especie. Vemos muchas veces a uno mismo ser ingenioso y estúpido, igualmente que a otro intrépido y tímido. Ni son estas paradojas; son sí verdades comunes y notorias a los que quieren reflexionar. Vemos unos ser animosos en las cacerías para pelear con las fieras, y estos mismos ser cobardes en la guerra y a la vista del enemigo. Tal es expedito y astuto para el ministerio militar cuando el combate es particular y de hombre a hombre, pero en uno general y formado con otros es de ningún provecho. La caballería thesálica, por ejemplo, situada por escuadrones en batalla ordenada, es irresistible; pero fuera de aquí, para luchar de hombre a hombre, cuando el tiempo y la ocasión lo requieren, es inútil y pesada. A los etolios sucede todo lo contrario. Los cretenses, bien sea por mar, bien por tierra, si se trata de emboscadas, ladronicios, sorpresas del enemigo, ataques nocturnos, y cuanto requiera dolo en una acción particular, son intolerables; pero en batalla campal y al frente del enemigo son cobardes y apocados de espíritu. Los aqueos y macedonios al contrario. Hemos apuntado estas reflexiones para que los lectores no extrañen al escuchar si alguna vez de unas mismas personas proferimos juicios diversos sobre institutos entre sí semejantes.
CAPÍTULO V
La batalla de Cafias.
Reunidos (221 años antes de J. C.) en Megalópolis- aquí fue donde interrumpimos el hilo de la narración- todos los de edad competente para llevar las armas, según se había resuelto en la asamblea aquea; los messenios se presentaron por segunda vez, rogando no abandonasen a unas gentes a quienes tan abiertamente se les había faltado a los pactos. Deseaban entrar a la parte en la liga común, e insistían en que se les alistase con los demás; pero los jefes aqueos no aceptaron su alianza, manifestando que no podían recibir pueblo alguno sin el consentimiento de Filipo y demás aliados. Subsistía aún la alianza jurada que Antígono había hecho en tiempo de Cleomenes entre los aqueos, epirotas, focenses, macedonios, beocios, arcadios y thesalos. Sin embargo, prometieron que saldrían a campaña y les socorrerían, con tal que los presentes pusiesen en rehenes sus hijos en Lacedemonia, para resguardo de que jamás se reconciliarían con los etolios sin la voluntad de los aqueos. Armaron también sus gentes los lacedemonios según el tenor de la alianza, y acamparon en las fronteras de los megalopolitanos, más como tropas subsidiarias y espectadoras que como aliadas.
Arato, evacuado que hubo de este modo el asunto de los messenios, envió diputados para instruir a los etolios de lo resuelto, exhortarles a que saliesen del país de los messenios, y no tocasen en la Acaia; o de lo contrario, trataría como enemigos a los contraventores. Scopas y Dorimaco, apenas recibieron esta noticia, y supieron que los aqueos se habían reunido, pensaron les tenía cuenta obedecer sus órdenes. Sin dilación despacharon correos a Cilene, y a Aristón, pretor de los etolios, para que les enviasen cuanto antes a la isla de Fliades los barcos de carga que tuviesen. Ellos, dos días después, levantaron el campo llevando por delante el botín, y dirigieron su ruta hacia el país de los eleos, con quienes siempre habían tenido amistad, y de cuya conexión se habían valido para robar y saquear el Peloponeso. Arato, tras de haberse detenido dos días y haber fiado neciamente en que los etolios se retirarían a su patria, como lo habían dado a entender, licenció todos los aqueos y lacedemonios para sus casas, y reteniendo solos tres mil infantes, trescientos caballos y las tropas que mandaba Taurión, avanzó hacia Patras, contentándose con ir flanqueando a los etolios. Dorimaco, informado de que Arato le seguía de cerca y permanecía armado, llegó a temer por una parte que no le atacase mientras se estaba embarcando, pero como por otra deseaba con ansia provocar la guerra, envió el botín a los navíos bajo una escolta suficiente y apta para su transporte, con orden de conducirle hasta Río, ya que desde allí se habían de hacer a la vela. Él al principio marchó escoltando la comitiva del botín pero a poco tiempo torció el camino y se dirigió hacia Olimpia. Con el aviso que tuvo de que Taurión y Arato acampaban con sus tropas en torno a Clitoria, seguro que era imposible pasar por el Río sin exponerse al trance de una batalla, creyó convenía a sus intereses venir cuanto antes a las manos con Arato, que a sazón tenía poca gente y no esperaba tal fracaso; con el pensamiento de que, si lograba vencerle, talaría el país y partiría de Río sin peligro, mientras que Arato cuidaba y deliberaba reunir por segunda vez a los aqueos; y si, atemorizado éste, se retiraba y rehusaba el combate, dispondría su partida sin riesgo cuando más bien le pareciese. Ocupado en estos propósitos, emprendió su marcha y acampó alrededor de Methidrio en el país de los megalopolitanos.
Los jefes aqueos que supieron la llegada de los etolios, consultaron tan mal sus intereses, que llegó hasta lo sumo la necedad. Vueltos de Clitoria, sentaron sus reales alrededor de Cafias; y cuando pasaban los etolios desde Methidrio por delante de Orcomeno, sacaron sus tropas, y las ordenaron en batalla en las llanuras de Cafias, poniendo por barrera el río que por allí pasa. Los etolios, ya por las dificultades que mediaban (había a más del río muchos fosos difíciles de vencer), ya por la buena disposición que aparentaban los aqueos para la batalla, temieron venir a las manos según su primer propósito, y marcharon en buen orden por aquellas eminencias hasta Oligirto, dándose por muy contentos si nadie los inquietaba ni precisaba a arriesgar un trance. Ya la vanguardia de los etolios había llegado a las eminencias, y la caballería que cerraba la retaguardia, atravesando el llano, tocaba con el pie de la montaña llamada Propo, cuando Arato destaca la caballería e infantería ligera al mando de Epistrato Acarnanio, con orden de picar la retaguardia y tentar a los contrarios. Efectivamente, caso de arriesgar un trance, de ningún modo convenía venir a las manos con la retaguardia, cuando ya el enemigo había atravesado las llanuras, sino atacar la vanguardia, al punto que ésta hubiese penetrado en el llano. De esta forma, todo el combate hubiera sido en terreno llano y descampado; donde habrían sido sin duda incomodados los etolios por la clase de sus armas y orden de batalla, y los aqueos por las disposiciones contrarias hubieran tenido la prepotencia y la ventaja. Pero por el contrario, no supieron aprovecharse del terreno ni de la ocasión, y entraron en la lid cuando todo era favorable al enemigo. Consiguientemente el éxito del combate correspondió a los principios. No bien se había comenzado por los armados a la ligera, cuando la caballería etolia se acogió sin perder el orden al pie de la montaña, con el anhelo de incorporarse con su infantería. Arato, sin ver bien lo que ocurría, ni inferir justamente las resultas, luego que advirtió que se retiraba la caballería, en el entender de que volvía la espalda, destaca de sus alas la infantería pesada, con orden de socorrer e incorporarse con la ligera. Él, mientras, hizo tornar corriendo y con precipitación el ejército sobre una de las alas. Lo mismo fue atravesar el llano la caballería etolia y unirse con la infantería, que apoyada del pie de la montaña hacer alto, exhortar a la infantería a que se colocase sobre sus costados, y a sus voces acudir prontamente al socorro todos los que iban aún andando. Cuando ya creyeron que eran los bastantes, se vuelven, acometen las primeras líneas de la caballería e infantería ligera de los aqueos; y como eran más en número y atacaban desde lo alto no obstante la obstinada resistencia, al cabo hacen emprender la huida a los que entraron en la acción. En el hecho mismo de volver éstos la espalda, los pesadamente armados que venían andando a su socorro sin orden y descompuestos, unos sin saber lo que pasaba, otros chocando de frente con los que se retiraban, fueron forzados a huir y a seguir su ejemplo. De aquí provino que en la acción sólo quedaron sobre el campo quinientos hombres, cuando eran más de dos mil los que iban huyendo. Pero advertidos los etolios por el lance mismo de lo que debían hacer, siguieron el alcance con grande y descompasada algazara. Mientras los aqueos se iban retirando hacia los pesadamente armados, en la inteligencia de encontrarlos en puesto seguro según la formación que habían tomado al principio, su huida era honesta y provechosa; pero apenas advirtieron que éstos habían desamparado sus fortificaciones y que se hallaban a larga distancia y des-mandados, unos al instante se dispersaron y refugiaron sin orden en las ciudades inmediatas, otros, encontrándose de frente con la falange que venía a su socorro, su propio miedo sin necesidad de enemigos les forzó a tomar una huida precipitada y acogerse en las ciudades circunvecinas. Orcomeno y Cafias, pueblos inmediatos, sirvieron de asilo a muchos. Sin este auxilio acaso hubieran perecido todos sin remedio. Tal fue el éxito de la batalla que se dio en las cercanías de Cafias.
CAPÍTULO VI
Cargos formulados por los aqueos contra Arato, y justificación de éste.- Resolución de la Asamblea aquea.- Proyecto ridículo del pueblo etolio.
Apenas conocieron los megalopolitanos que los etolios se habían acampado en torno a Methidrio, convocado el pueblo al son de trompeta, llegaron al socorro el día después de la batalla; y cuando creían que, vivos aún sus compañeros, podrían batir a los enemigos, se vieron en la necesidad de haber de dar sepultura a los que habían muerto. Efectivamente, cavaron un hoyo en las llanuras de Cafias, y amontonados los cadáveres, hicieron las exequias con todo honor a aquellos infelices. Los etolios, alcanzada una victoria tan inesperada por medio de su caballería e infantería ligera, cruzaron después con toda seguridad por medio del Peloponeso. En esta marcha intentaron tomar la ciudad de Pelene, arrasaron los campos de Sicione y finalmente hicieron su salida por el istmo. Tal fue la causa y motivo de la guerra social: el principio provino del decreto que todos los aliados reunidos en Corinto redactaron después siendo autor de la decisión el rey Filipo.
Pocos días después, reunido el pueblo aqueo en la asamblea acostumbrada, todos en general y en particular reprendieron amargamente a Arato de haber sido causa sin discusión de la derrota precedente. Pero lo que más irritó y exasperó al pueblo fueron los cargos que le hicieron los de la facción contraria, y las claras pruebas que de ellos daban. Sentaban por primer yerro clásico, el que antes de tener en propiedad la pretura, y en el tiempo de su predecesor, se hubiese encargado de tales empresas, que por una repetida experiencia sabía se le habían malogrado: el segundo cargo, más grave aún que el precedente, era el haber licenciado los aqueos, cuando permanecían todavía los etolios en el centro del Peloponeso, y por otra parte se podía presumir que Scopas y Dorimaco no pensaban más que en turbar el estado presente y suscitar una guerra el tercero era el haber venido a las manos, teniendo tan poca gente, y sin necesidad alguna que le forzase cuando podía haberse refugiado sin peligro en las ciudades próximas, reunir los aqueos, y atacar entonces al enemigo, si lo creía del todo conveniente; el último y mayor de todos era que ya que se propuso pelear se había portado con tan poca prudencia y cautela en el lance, que sin aprovecharse del terreno llano, ni valerse de la infantería pesada, con solo la ligera había dado la batalla a los etolios al pie de una montaña cosa que no podía serles más ventajosa ni acomodada.
Esto no obstante, lo mismo fue presentarse Arato y recordar los servicios y acciones hechas anteriormente a la República; dar satisfacción a los reparos ya que no habían provenido por su culpa; pedir perdón, si alguna omisión había tenido en aquella jornada; y en una palabra, rogar se examinase sin pasión y con humanidad el asunto; se advirtió tan repentino y generoso arrepentimiento en el pueblo, que se irritó sobre manera contra los del bando opuesto que le acusaban, y en adelante siguió en un todo el consejo de este pretor. Todo esto ocurrió en la olimpíada anterior; lo que se sigue, pertenece a la olimpíada ciento cuarenta.
La decisión de los aqueos fue que se enviasen diputados a los epirotas, beocios, focenses, acarnanios y Filipo, para que conociesen cómo los etolios, contra el tenor de los tratados, habían penetrado ya dos veces de mano armada en la Acaia, e implorasen su socorro en virtud del convenio; que tuviesen a bien admitir a los messenios en la alianza; que el pretor elegiría entre los aqueos cinco mil infantes y quinientos caballos; que socorrería a los messenios, caso que los etolios atacasen su país; y que, en fin, arreglaría con los lacedemonios y messenios el número de caballería e infantería que unos y otros habían de suministrar para las públicas urgencias. Tomadas estas providencias, los aqueos sufrieron con constancia el revés que les acababa de ocurrir, y no desampararon a los messenios, ni el proyecto que habían abrazado. Los comisionados para estas embajadas cumplieron con su encargo. Arato alistó la tropa aquea que prevenía el decreto, los lacedemonios y messenios convinieron en contribuir cada uno con dos mil quinientos infantes y doscientos cincuenta caballeros; de forma que para cualquiera urgencia que pudiese suceder, había un ejército de diez mil infantes y mil caballos.
Los etolios, llegado que fue el tiempo legítimo de la asamblea, reunidos tomaron la depravada decisión de hacer paces con los lacedemonios, messenios y demás aliados para sustraerlos y separarlos de la amistad de los aqueos, y con éstos concertar un tratado, caso que se apartasen de la alianza de los messenios, o cuando no, declararles la guerra. El proyecto era el más ridículo del mundo; pues siendo a un mismo tiempo aliados de los aqueos y messenios, si éstos vivían en amistad y concordia entre sí, declaraban la guerra a los aqueos; y si eran enemigos, hacían la paz separadamente con los messenios: proyecto a la verdad tan extraño, que jamás se le ocurrió a ningún hombre iniquidad semejante.
Los epirotas y el rey Filipo, habiendo escuchado a los diputados, admitieron en la alianza a los messenios; y aunque de momento se ofendieron de los excesos cometidos por los etolios, duró poco su sorpresa, por no ser extraordinarias, antes sí muy comunes tales perfidias entre estas gentes. Efectivamente, su cólera no pasó adelante, y decidieron concertar la paz con este pueblo: tan cierto como esto es que más bien alcanza perdón una injuria frecuente y continuada, que una maldad rara y extraordinaria.
Los etolios, acostumbrados a este género de vida, eran unos perpetuos ladrones de la Grecia; infestaban los pueblos sin declararles la guerra, y ni aun se dignaban dar satisfacción a las quejas, por el contrario, si alguno les reconvenía de lo que habían hecho o pensaban hacer, no sacaba otra respuesta que la mofa. Los lacedemonios, no obstante de que acababan de recobrar la libertad por la munificencia de Antígono y de los aqueos, y el reconocimiento les obligaba a no dar paso en contra de los macedonios ni de Filipo, con todo, despacharon por debajo de cuerda diputados a los etolios, y contrajeron con ellos una amistad y alianza secreta. Ya se hallaba alistada la juventud aquea, y los lacedemonios y messenios se habían convenido en el socorro, cuando Scerdilaidas y Demetrio de Faros salieron de la Iliria con noventa bergantines, y pasaron de parte allá del Lisso, contra el tratado concertado con los romanos. Al principio abordaron a Pila y aunque intentaron tomarla, no dio resultado. Después, Demetrio con cincuenta bergantines marchó contra las Ciclades, y bloqueando aquellas islas, de unas exigió un tributo, y a otras las destruyó. Scerdilaidas dirigió su rumbo hacia la Iliria, y aportó a Naupacta con la escuadra restante, fiado en la amistad de Aminas, rey de los atamanos, con quien tenía parentesco. Allí, efectuado que hubo un convenio con los etolios sobre el reparto del botín por mediación de Agelao prometió ayudarlos contra la Acaia. Entraron en este tratado a más de Scerdilaidas. Agelao, Dorimaco y Scopas, y ganando con maña la ciudad de Cineta, re unieron todo el pueblo etolio, e hicieron una irrupción en la Acaia con los ilirios.
CAPÍTULO VII
Estado de Cineta.- Traición de algunos de sus habitantes.- Saco y ruina de esta ciudad por los etolios.- Inacción de Arato.
Mientras tanto, Aristón, pretor de los etolios, permanecía quieto en su casa, aparentando ignorar lo que ocurría. Manifestaba (220 años antes de J. C.) que, lejos de tener guerra con los aqueos, observaba exactamente la paz, conducta a la verdad bien ridícula y pueril. Pues es claro que se acredita de necio y loco quien presume ocultar con palabras lo que publican las obras Dorimaco, emprendiendo su ruta por la Acaia, se presentó de repente frente a Cineta. Esta ciudad, originaria de la Arcadia, ardía desde hacía mucho tiempo en grandes e interminables alborotos, hasta llegar a matarse y desterrarse los unos a los otros. Uníase a esto, que existía mutua facultad de robar y hace nuevos repartos de tierras. Pero finalmente, superiores los que estaban por los aqueos, se habían apoderado de la ciudad, pusieron guarnición en los muros, y trajeron un gobernador de la Acaida. Tal era el estado de Cineta, cuando poco antes de la llegada de los etolios, los desterrados enviaron diputados a sus conciudadanos, rogando les admitiesen a su gracia y permitiesen volver a sus hogares. Los que tenían la ciudad se hallaban inclinados a acceder a sus ruegos, pero enviaron una embajada a los aqueos para efectuar la reconciliación con su consentimiento. Los aqueos no encontraron dificultad en el permiso. Se hallaban persuadidos de que de esta forma se congraciarían con ambos bandos: con los de la ciudad, porque depositarían en ellos todas sus esperanzas; y con los desterrados, porque deberían su bien al asenso de los aqueos. Efectivamente, los cinetenses enviaron la guarnición y el comandante, para concertar la paz y admitir en la ciudad a los prófugos, en número casi de trescientos, tomándoles antes las seguridades que reputan los hombres por más poderosas. Pero éstos, sin esperar a que se presentase causa o pretexto que les diese pie para nuevas discordias, sino todo lo contrario, al instante que regresaron conspiraron contra su patria y libertadores. A mi entender, en el tiempo mismo que juraban sobre las víctimas una fidelidad mutua, ya entonces estaban maquinando la impiedad que habían de cometer contra los dioses y contra los que de ellos se fiaban. Pues lo mismo fue tener parte en el gobierno, que llamar al instante a los etolios y venderles la ciudad, con el fin de acabar del todo con sus libertadores y con la patria que los había criado. Ve aquí la audacia y modo con que tramaron la traición. Entre los que habían vuelto del destierro había algunos que obtenían el mando militar, llamados Polemarcos. Estos magistrados cuidaban de cerrar las puertas de la ciudad, guardar las llaves mientras estaban cerradas, y hacer la guardia durante el día. Los etolios se hallaban dispuestos y con las escalas preparadas, esperando la ocasión. Un día los desterrados que a la sazón eran Polemarcos, habiendo degollado a sus compañeros en la guardia y abierto la puerta, parte de los etolios penetraron por ella, parte, aplicadas las escalas, forzaron y ocuparon el muro. Los habitantes, atónitos con tal fracaso, no sabían qué hacerse ni qué partido tomar. No podían oponerse a los que penetraban por la puerta, porque les llamaban la atención los que escalaban el muro, ni acudir al muro sin cuidar de los que forzaban las puertas. Esto fue causa de que los etolios se apoderasen prontamente de la ciudad. Entre tantos excesos como cometieron, éste a lo menos no puede dejar de sea aplaudido: y fue, que ante todas las cosas degollaron y robaron los bienes de los que los habían introducido y vendido la ciudad, aunque se siguiese después la misma suerte por todos los demás. Finalmente, alojados en las casas, lo saquearon todo, y atormentaron a aquellos ciudadanos en quienes sospecharon encontrar oculto algún dinero, alhaja o mueble precioso.
Saqueada de este modo Cineta, levantaron el campo dejando guarnición para custodia de los muros, y se encaminaron a Lisso. Llegados que fueron al templo de Diana, que se halla situado entre Clitoria y Cineta y los griegos veneran como lugar de asilo, intentaron robar los ganados de la diosa, y lo demás que había en torno al templo. Mas la prudencia de los lissiatas, dándoles parte de los ornamentos sagrados, evitó que cometiesen alguna impiedad o sacrilegio inexpiable. Y así, tomando lo que les dieron, partieron al punto acamparon frente a Clitoria. Para entonces Arato, pretor de los aqueos, había enviado a pedir socorro a Filipo; alistaba la flor de sus tropas, y pedía a los lacedemonios y messenios las fuerzas que prevenía el tratado. Los etolios al principio exhortaron a los clitorios a que, abandonado el partido aqueo, contrajesen con ellos alianza; pero despreciando éstos en redondo su propuesta, les atacaron la ciudad e intentaron escalar sus muros. Los clitorienses se defendieron con tanto valor y esfuerzo, que cediendo a la suerte los etolios, tuvieron que levantar el sitio y encaminarse otra vez hacia Cineta, donde saquearon y llevaron consigo los rebaños de la diosa. Ellos bien hubieran querido entregar esta ciudad a los elios, pero rechazando éstos recibirla, tomaron la resolución de guardarla por sí mismos, nombrando por gobernador a Eurípides. Después, por temor del socorro que, según decían, venía de Macedonia, prendido fuego a la ciudad se retiraron, dirigiéndose otra vez a Río, de donde tenían dispuesto pasar a su patria.
Taurión, conocedor por una parte de la invasión de los etolios y de los excesos que habían cometido en Cineta, por otra viendo que Demetrio de Faros había aportado a Cencras desde las islas Ciclades, rogó a este príncipe socorriese a los aqueos, atravesase el istmo con sus bergantines, y se opusiese al paso de los etolios. Demetrio, que por temor a los rodios que le venían siguiendo se había retirado de las islas Ciclades con un rico botín, pero con bastante ignominia, asintió a la propuesta de Taurión, tanto con mayor gusto, cuanto que este príncipe tomaba por su cuenta los gastos del paso de la armada. Efectivamente, habiendo atravesado el istmo cuando ya hacía dos días que lo habían pasado los etolios, se contentó con talar algunos lugares de la costa, y se retiró otra vez a Corinto. Los lacedemonios descuidaron de mala fe en enviar el socorro estipulado, bien que, atendiendo sólo al qué dirán, remitieron alguna caballería e infantería. Arato, acompañado de sus aqueos, se condujo en esta ocasión más como político que como capitán. La consideración y memoria del descalabro precedente le contuvo en inacción, hasta que Scopas y Dorimaco, efectuado su propósito a medida del deseo, se volvieron a su patria; aunque el camino que llevaban fuese tan estrecho y cómodo para atacarles, que un solo trompeta hubiera bastado para la victoria. Por fin, en medio de los grandes infortunios y contratiempos que los cinetenses padecieron de los etolios, todo el mundo creyó que les estaba bien merecido.
CAPÍTULO VIII
Sobre el carácter de los cinetenses.
Ya que entre todos los griegos los arcades conservan en general cierto concepto de virtudes, no sólo por la hospitalidad, dulzura de costumbres y método de vida, sino principalmente por el respeto a los dioses, será del caso disertar brevemente sobre la ferocidad de los cinetenses, y preguntar cómo siendo también éstos arcades sin discusión, excedieron tanto en aquella época al resto de la Grecia en inhumanidad y perfidia. En mi concepto no es otra la causa que el haber sido los únicos que primero abandonaron las máximas establecidas con tanta prudencia por sus mayores y adaptadas a la inclinación de todos los pueblos de la Arcadia. Por ejemplo, la música (hablo de la verdadera música) es un ejercicio útil a todo hombre, pero a un arcade es necesario. Pues no debemos presumir que la música, como dice Eforo en el prólogo de su obra tomando esta voz en una acepción indigna, fuese inventada para engaño e ilusión de los hombres; ni que los antiguos cretenses y lacedemonios sustituyesen sin sobrado fundamento, en vez de la trompeta, la flauta y las canciones, para animar a los soldados a la guerra; ni que los primeros arcades, en lo demás tan austeros, dispensasen sin motivo tanto honor a la música en su república, que quisiesen, no sólo la mamasen con la leche los niños, sino que la ejercitasen los jóvenes hasta los treinta años. Es público y notorio que casi sólo en la Arcadia es donde se acostumbra a los niños por las leyes a cantar desde la infancia himnos y canciones, con que celebran al estilo del país sus héroes y dioses patrios; que instruidos en los tonos de Filoxenes y Timoteo, todos los años por los bacanales danzan con mucha emulación al son de flautas en los teatros, y se ejercitan los niños en juegos de niños, y los jóvenes en juegos de hombres. Igualmente durante todo el transcurso de la vida en los entretenimientos de sus convites, no hacen tanto aprecio de las recitaciones estudiadas como de la primacía del canto en que van turnando. No reputan por vergonzoso confesar que ignoran las otras ciencias, pero no pueden negar que saben cantar, porque a todos obliga la ley; ni excusarse con decir que lo saben, porque esto se tiene por indecoroso. Estos ejercicios al son de la flauta según las reglas del arte, y estas danzas dirigidas y costeadas por el público, en que se emplean los jóvenes todos los años en los teatros, dan una idea de sus talentos a sus conciudadanos.
En mi concepto, esto lo instituyeron nuestros mayores, no por afeminación y deleite, sino por consideración a la laboriosidad de los arcades; y en una palabra, a su vida penosa y dura. Consideraron la austeridad de sus costumbres, y que ésta provenía del frío y triste aire que generalmente se respira en aquel país, con el cual se han de conformar por precisión las inclinaciones del hombre. Ésta y no otra es la causa porque, a proporción de la mayor distancia que hay entre las naciones, es también más notable la diferencia de unas y otras, en costumbres, rostros, colores, y mayor parte de institutos. Convengamos, pues, que para dulcificar y morigerar este natural áspero y duro, introdujeron los ejercicios mencionados; que a este fin instituyeron asambleas y sacrificios públicos, igualmente para hombres y mujeres, y danzas para niños de uno y otro sexo; y para ahorrarme de razones, que con este intento pensaron todos los medios, para que lo desabrido de su genio se civilizase y domesticase con la cultura de las costumbres. Ve aquí por qué abandonados del todo estos consejos por los cinetenses, cuando era el pueblo que más necesitaba de este lenitivo, por respirar un aire y ocupar un terreno el más desapacible de la Arcadia, se entregaron a las disputas y mutuas contestaciones; y finalmente llegó a tanto su fiereza, que en ninguna otra ciudad de la Grecia se cometieron crueldades mayores ni más frecuentes. Prueba de la infelicidad de los cinetenses por cuanto a esto se refiere, y de la detestación que el resto de la Arcadia tenía a sus institutos es que, después de una carnicería semejante, cuando enviaron legados a Lacedemonia, en todas las ciudades de la Arcadia donde penetraron durante su marcha se les intimó al instante que se retirasen. Aun más hicieron los mantinenses: se purificaron después de su salida, y condujeron víctimas en sacrificio alrededor de su ciudad y territorio.
Hemos apuntado estas reflexiones para que ninguno otro pueblo vitupere las costumbres públicas de los arcades; también, para que algunos habitantes de la Arcadia no estén en el entender que la profesión de la música es un acto de supererogación entre ellos, y se atrevan a despreciar este arte; finalmente, para corrección de los cinetenses, y para que, si Dios algún día se lo permite, se conviertan a aquella educación que puede humanizar su carácter, y sobre todo a la música. Éste es el único antídoto capaz de despojarles de su antigua barbarie. Mas ahora, expuestas las desgracias de los cinetenses, tornaremos a tomar el hilo de la historia.
CAPÍTULO IX
Levantamiento de Esparta.- Diversidad de opiniones en el consejo de Filipo sobre el castigo.- Sabia actitud que el rey toma en el asunto.- Declaración de guerra por todos los aliados contra los etolios.
Así que los etolios hubieron terminado esta expedición en el Peloponeso (220 años antes de J. C.), se retiraron a su patria sin peligro. Entretanto Filipo llegó a Corinto con ejército para socorrer a los aqueos; mas habiendo llegado tarde, despachó correos a todos los aliados para que sin dilación le enviase cada uno a Corinto personas con quienes consultar sobre los intereses comunes Él, mientras, levantó el campo sin detenerse hacia Tegea, informado de las muertes y alborotos que entre sí tenían los lacedemonios. Este pueblo, acostumbrado a ser regido por reyes y a obedecer ciegamente a sus jefes, acababa entonces de recibir la libertad por favor de Antígono. Lo mismo fue verse sin cabeza, que al instante se suscitaron alborotos y creyeron todos tener igual derecho en el gobierno. Al principio dos de los eforos tenían oculto el partido que abrazaban, y los otros tres mantenían trato con los etolios, persuadidos a que la tierna edad de Filipo no bastaría a gobernar el Peloponeso. Pero lo mismo fue salir de esta provincia los Etolios, y llegar de la Macedonia Filipo más presto de lo que se esperaba; recelosos los tres de uno de los otros dos, llamado Adimantes, porque enterado de todos sus propósitos no aprobaba su conducta, temieron que, venido el rey, no le revelase todo el secreto. Para prevenir este daño, comunicaron su intento a ciertos jóvenes, y bajo el pretexto de que venían marchando los macedonios contra la ciudad, publicaron un bando para que todos los que tuviesen edad acudiesen con sus armas al templo de Minerva. Una noticia tan inesperada hizo que la gente se congregase prontamente. Adimantes, aunque con repugnancia, procuró manchar el primero, y después de reunidos les dijo: «Estas asonadas y rebatos para poner a todos sobre las armas, fueron del caso poco ha, cuando supimos que los etolios, nuestros enemigos, se aproximaban a las fronteras de nuestro país; pero no ahora, cuando sabemos que son los macedonios, nuestros bienhechores y salvadores, los que vienen con su rey Filipo.» Aun no había pronunciado estas palabras, cuando los jóvenes encargados le atravesaron con sus espadas, y mataron juntamente a Stenelao, Alcamenes, Tiestes, Bionidas y otros muchos más ciudadanos. Polifontes y algunos otros, previendo prudentemente las resultas, se pasaron a Filipo.
Después de esta carnicería, los eforos que gobernaban a Esparta despacharon sin dilación diputados a Filipo para acriminar la conducta de los muertos, rogarle difiriese su llegada hasta tanto que, sosegada la conmoción, recobrase la ciudad su antiguo estado, y entre tanto estuviese en todo la fe y amistad con los macedonios. Los diputados alcanzaron a Filipo cerca del monte Partenio, y expusieron inmediatamente su comisión. El rey, después de haberlos escuchado, ordenó que tornasen con diligencia a Lacedemonia y participasen a los eforos cómo sin detenerse iba a poner su campo sobre Tegea, y que a ellos tocaba enviarle cuanto antes personas de autoridad con quienes consultar sobre el caso presente. Los diputados ejecutaron el mandato y los eforos de Lacedemonia, escuchada la resolución del rey, despacharon diez ciudadanos que, marchando a Tegea y admitidos al consejo de Filipo, con Omias a su cabeza, acusaron a Adimantes como a autor del pasado alboroto, ofrecieron al rey que cumplirían en todo como buenos aliados, y que cuanto al efecto por su persona, manifestarían ser superiores a cuantos creía serle sus más verdaderos amigos. Dichas éstas y otras parecidas razones, los lacedemonios se retiraron.
Entre los que componían el consejo hubo diferentes pareceres. Unos, instruidos de la maldad cometida en Esparta, y persuadidos a que Adimantes y sus compañeros habían perdido la vida por amor a su partido, como también que los lacedemonios habían intentado asociarse con los etolios, aconsejaron al rey hiciese un ejemplo con este pueblo, y los tratase como Alejandro había tratado a los tebanos tan pronto como tomó las riendas del imperio. Otros, los más provectos, dijeron que esta pena era más rigurosa que la que merecía el delito; sin embargo, que se castigase a los autores, se les depusiese de los empleos, y se confiriese el gobierno y los cargos a los amigos del rey. Después de todos habló Filipo con mucha prudencia, si se ha de dar crédito a lo que entonces se dijo. Pues no es creíble que un joven de diecisiete años pudiese dar tal corte en asunto de tanta importancia. Pero a los historiadores nos toca atribuir las decisiones tomadas en los congresos a los que están a la cabeza de los negocios; conque los lectores deban dar por supuesto que semejantes consejos y deliberaciones proceden por lo regular de los privados, y en especial de los que andan al lado de los reyes. Lo más conforme a razón es atribuir a Arato la determinación que el rey tomó entonces. Ésta fue que las injurias particulares cometidas entre los aliados, en tanto eran de su inspección, en cuanto de palabra o por escrito le tocaba poner remedio y darse por entendido; pero que los insultos contra la alianza en general, eran los únicos de quienes él debía tomar un castigo y corrección pública con parecer del consejo: que los lacedemonios no habían pecado notoriamente contra la alianza en general, antes bien, ofreciendo cumplir exactamente con sus deberes, no había motivo para mostrarse con ellos inexorable; pues no era puesto en razón que a quienes no había maltratado su padre, no obstante haberlos sujetado como a enemigos, él los tratase con rigor por motivos tan leves. Rubricada esta determinación, por la que quería se mirase con indiferencia todo lo pasado, despachó al instante el rey a Petreo su confidente con Omias y sus compañeros para que exhortasen a la plebe a permanecer en la buena correspondencia que tenían con él y con sus macedonios, y al mismo tiempo a prestar y recibir los juramentos sobre la alianza. Él, mientras, levantó el campo y volvió a Corinto, dando una brillante prueba de su afecto para con los aliados en la respuesta que dio a los lacedemonios.
Habiendo hallado en Corinto a los que habían venido de las ciudades aliadas, consultó y conferenció con ellos sobre lo que había de hacer, y cómo se había de portar con los etolios. Los beocios les acusaban de haber robado durante la paz el templo de Minerva Itonia; los focenses, de haber tomado las armas para apoderarse de las ciudades de Ambriso y Daulio; los epirotas, de haberles talado su país; los arcananios, de haber tramado una conspiración contra Thireo y haberse atrevido a atacarla de noche; finalmente, los aqueos exponían cómo habían tomado a Clario en el país de Megalópolis, habían talado al pasar los campos de los patrenses y farenses, habían saqueado a Cineta, habían profanado en Lisso el templo de Diana, habían sitiado a Clitoria, habían intentado arruinar por mar a Pila, y por tierra a Megalópolis de Iliria, que acababa de ser poblada. Expuestos estos cargos en la asamblea, todos unánimes fueron de parecer que se declarase la guerra a los etolios. Estas acusaciones sirvieron de cabeza al manifiesto, y se formó un decreto del tenor siguiente: Que todos los aliados se unirían para recobrar cualquier país o ciudad que los etolios hubiesen usurpado después de la muerte de Demetrio, padre de Filipo; igualmente que todos aquellos a quienes las circunstancias habían forzado contra su voluntad a entrar en la república de los etolios serían restablecidos en su antiguo gobierno y poseerían sus países y ciudades, sin guarnición, sin impuesto, libres en todo, gozando de las leyes y usos de sus padres; finalmente, que restituirían sus leyes a los amfictiones, y les ayudarían a poner en su poder el templo con todos sus anejos, de que los etolios les habían despojado.
CAPÍTULO X
Aprobación del decreto por los aqueos.- Conducta de los etolios en nombrar por pretor a Scopas.- Regreso de Filipo a Macedonia.- Motivo por el que se tratan aparte estas guerras.
Transcurría el primer año de la olimpíada ciento cuarenta (220 antes de J. C.) cuando se ratificó este decreto, época en que la guerra llamada Social comenzó justo y conforme a los excesos que los etolios habían cometido. El Consejo envió al punto diputados a los aliados para que, aprobado el decreto por cada una de las ciudades, declarasen todas desde su país la guerra a los etolios. Filipo escribió asimismo a éstos, advirtiéndoles que si tenían que hacer alguna defensa contra las acusaciones compareciesen a exponerla antes de disolverse el Congreso; pues si presumían que después de haber saqueado y talado los campos de todos sin decreto alguno público no habían de tomar satisfacción los ofendidos, o que si la tomaban habían de ser reputados por primeros promotores de la guerra, eran los más necios del mundo. Recibida esta carta, los pretores etolios en la inteligencia al principio de que Filipo no iría, señalaron día fijo en que comparecerían en Río; pero informados después de que, en efecto, había llegado, le despacharon un correo con el aviso de que sin reunir antes el pueblo nada podían arreglar por sí mismos sobre los asuntos del Estado. Los aqueos, congregados en la asamblea acostumbrada confirmaron todos el decreto y permitieron por un bando el saqueo contra los etolios. El rey fue a este Consejo que se celebraba en Egio, donde después de haber perorado largamente, todos recibieron con aceptación su discurso y le renovaron los vínculos de amistad que habían hecho anteriormente a sus antecesores.
Entretanto, los etolios, llegado el tiempo de las elecciones, nombraron por pretor a Scopas, que había sido causa de todos los excesos precedentes. Yo no sé qué decir de esta determinación. Porque no hacer la guerra con declaración alguna pública, y al mismo tiempo armado todo el pueblo robar y pillar las tierras de sus vecinos; no castigar a los culpados, antes bien elegir y honrar con el mando a los autores de estos excesos, es un proceder, en mi concepto, donde rebosa toda la malicia. Porque, ¿qué otro nombre se ha de dar a semejantes iniquidades? Pero mi sentir se manifestará mejor con lo siguiente. Los lacedemonios, cuando Febidas tomó por trato a Cadmea, castigaron al autor, pero no sacaron la guarnición de la plaza, como si estuviese bien satisfecha la injuria con el castigo del agresor, en vez de que debieran haber hecho lo contrario, y esto era lo que tenía cuenta a los tebanos. Asimismo en tiempo de la paz de Antalcida manifestaron que dejarían las ciudades en el goce de su libertad y de sus leyes, pero no sacaron de ellas a los gobernadores que se hallaban en su nombre. Después de haber arruinado a los mantinenses, sus amigos y aliados, publicaban que no les habían agraviado; únicamente de una ciudad en que vivían los habían distribuido en muchas, locura a la verdad acompañada de malicia creer que con que uno cierre los ojos todo el mundo está ciego. Este indiscreto celo de gobierno fue origen de los mayores infortunios a una y otra república; conducta que de ningún modo deben abrazar, ni en particular ni en general, los que deseen manejar bien sus intereses. Filipo, después de haber reglado los negocios de los aqueos, tornó a Macedonia con su ejército, a fin de hacer las prevenciones para la guerra. Con el decreto antecedente, no sólo los aliados, sino también la Grecia toda concibió lisonjeras esperanzas de su clemencia y magnanimidad regia.
Todas estas cosas ocurrieron hacia el mismo tiempo en que Aníbal, apoderado ya de cuanto baña el Ebro por esta parte, pensaba romper contra Sagunto. Si desde el principio hubiéramos mezclado los primeros movimientos de Aníbal con las acciones de la Grecia, nos hubiéramos visto sin duda precisados en el primer libro, por seguir el orden de los tiempos, a tratar de éstas alternativamente e interpolarlas con las de España. Pero pues que la Italia, Grecia y Asia tuvieron cada una sus motivos particulares para la guerra, aunque los éxitos fueron los mismos, resolvimos hacer mención de ellos separadamente hasta llegar a aquella época en que, mezclados los hechos unos con otros, comenzaron todos a mirar a un mismo fin y objeto. De esta forma la narración de los inicios de cada guerra será más clara, y la mezcla de unas con otras, de que ya hemos hablado al principio, más patente. Luego que hayamos declarado el cuándo, cómo y por qué causas ocurrió, únicamente nos quedará hacer una historia general de todas ellas. Esta unión de intereses sucedió hacia el fin de la guerra de que hablamos, en el año tercero de la olimpíada ciento cuarenta. Por eso las guerras siguientes las referiremos juntas, según el orden de los tiempos, pero las antecedentes se tratarán separadas como hemos dicho. Únicamente recordaremos de paso lo que dijimos en el libro primero que había acaecido al mismo tiempo, a fin de que la narración vaya consiguiente y cause más admiración a los lectores.
CAPÍTULO XI
Filipo atrae a Scerdilaidas al partido de los aliados.- Accesión de los acarnanios a la alianza, y elogio de este pueblo.- Hipocresía de los epirotas.- Error de los messenios al no entrar en la liga.- Aviso para éstos.
Durante su permanencia en el cuartel de invierno en Macedonia, Filipo alistaba con diligencia tropas para la guerra que esperaba, y aseguraba sus Estados contra los insultos de los bárbaros. Se entrevistó después con Scerdilaidas, y tuvo la temeridad de ponerse en sus manos para proponerle su amistad y alianza. Fácilmente le hizo asentir a sus súplicas, ya por la ayuda que le prometió para arreglar los negocios de la Iliria, ya por las acusaciones que hizo contra los etolios, materia que abría ancho campo a su discurso. Los agravios cometidos de persona a persona no se diferencian de los que se hacen de Estado a Estado, sino en que éstos son en mayor número y de mayor consecuencia. Vemos que aun las sociedades particulares que se forman de malévolos y salteadores no se disuelven ordinariamente por otra causa, sino porque no se observa mutuamente justicia y, en una palabra, porque se violan los pactos. Pues esto es exactamente lo que entonces ocurrió a los etolios. Habían convenido con Scerdilaidas en que le cederían una parte del botín si les acompañaba en la irrupción contra la Acaia. Este príncipe había aceptado y cumplido el pacto por su lado; pero saqueada la ciudad de Cineta y hecho un rico botín de esclavos y ganados, no le cupo parte alguna en el despojo. Por eso irritado con ese procedimiento, a pocas declaraciones que le hizo Filipo asintió al punto, y convino entrar en la común alianza, con tal que se le concediesen veinte talentos cada año y navegar con treinta bergantines para hacer la guerra por mar a los etolios.
Al mismo tiempo que Filipo se ocupaba en estas cosas, los diputados que se enviaron a los aliados llegaron primero a la Acarnania, donde tuvieron una conferencia. Los acarnanios ratificaron el decreto con ingenuidad, y desde su país llevaron la guerra a los etolios, no obstante de que a ningún otro pueblo le estaba más bien condescender, pretextar dilaciones y temer una guerra con sus vecinos. Efectivamente, los acarnanios eran limítrofes de los etolios; además, su país fácil de conquistar, y lo principal, la enemistad que poco antes habían tenido con esta nación, les había hecho padecer los mayores infortunios. Pero, en mi concepto, los hombres de bien nunca hacen más, ni en general ni en particular, que lo que deben. Esta prenda la conservaron los acarnanios en los mayores peligros más que ningún otro pueblo de la Grecia, a pesar de que les sufragaban poco sus fuerzas. Jamás se arrepintió alguno de haberse confederado con ellos aun en las más críticas circunstancias; por el contrario, se puede contar en su fe más que en la de otro pueblo de la Grecia, porque, bien sea en particular, bien en general, son constantes y amantes de la libertad.
Los epirotas, al contrario, gentes infames y de doble trato, oída la embajada ratificaron igualmente el decreto, y decidieron hacer la guerra a los etolios cuando el rey la hiciese, pero respondieron a los legados de los etolios que les convenía vivir en paz con su República. Se envió asimismo una embajada al rey Ptolomeo rogándole no socorriese a los etolios con dinero ni pertrechos contra Filipo y sus aliados. Los messenios, por quienes se había emprendido la guerra, respondieron a los diputados que no tomarían las armas mientras no se quitase a los etolios la ciudad de Figalea, situada sobre sus fronteras y a la sazón baje su obediencia. Oinis y Nicippo, eforos de los messenios y algunos otros que estaban por la oligarquía, hicieron prevalecer esta resolución contra la oposición del pueblo; consejo, en mi concepto, poco acertado y muy aje no de la conveniencia. Confieso que se debe temer la guerra, pero no ha de ser tanto nuestro temor que queramos sufrirlo todo para evitarla. Entonces, ¿a qué efecto defendemos con tanto tesón la igualdad, el derecho de opinar libremente y el ídolo de la libertad, si no hay cosa más amable que la paz? No elogiamos a lo tebanos por haberles hecho abrazar el temor al partido de los persas, sustrayéndose al peligro que amenazaba a la Grecia en la guerra médica; ni alabamos a Píndaro, del mismo sentir que los tebanos, por haber dicho en sus poesías: que para conservar un ciudadano la tranquilidad pública busque la alegre luz del magnífico reposo. Este poeta creyó por el pronto haber proferido una sentencia, pero poco después se halló ser autor de una máxima la más vergonzosa y nociva. Efectivamente la paz, si la ajustan la justicia y el honor, es la prenda más dulce y provechosa; pero si la hace la ignominia e infame servidumbre, es la cosa más torpe y perjudicial.
Pero los principales de los messenios que favorecía la oligarquía, consultando en la actualidad con su particular conveniencia, se inclinaban a la paz con más empeño que era justo. Por esta causa padecían muchas veces reveses y contratiempos, aunque tal vez evitaban sobresaltos y peligros. Pero habiendo llegado a lo sumo el mal por esta conducta, colocaron a la patria frente a los mayores infortunios. En mi concepto, el motivo no es otro que el ser los messenios vecinos de los arcades y lacedemonios, los dos pueblos más poderosos del Peloponeso, o por mejor decir, de la Grecia toda. Desde su establecimiento en la Messenia, los lacedemonios los trataron siempre como a enemigos irreconciliables, y los arcades los amaron y protegieron; pero ni supieron defenderse con honor del odio de aquellos, ni cultivar la amistad de éstos. Mientras los dos pueblos se hallaban ocupados en guerras uno contra otro, o con los extraños, los messenios lo pasaban bien, vivían en paz y gozaban siempre del reposo que la situación del país les prestaba. Pero desde el instante en que los lacedemonios estaban en paz y desocupados, convertían sus armas en perjuicio de los messenios, y como éstos no se hallaban en estado de contrarrestar por sí el poder de aquellos, ni, por otra parte, se habían granjeado de antemano amigos verdaderos que los sostuviesen en todo trance, o se veían forzados a sufrir el yugo de la esclavitud y servir de bestias a los espartanos, o a abandonar la patria y andar prófugos con sus hijos y mujeres, si querían evitar la servidumbre; suerte que ya han sufrido repetidas veces y no hace mucho tiempo.
Ojalá prospere el estado en que al presente se halla el Peloponeso, para que jamás tenga necesidad del aviso que le voy a dar. Pero si por casualidad sobreviniese alguna conmoción o trastorno, sólo veo un medio para que los messenios y megalopolitanos puedan poseer su país por largo tiempo, si, ateniéndose a lo que dijo Epaminondas, prefieren en todo caso y evento vivir en una unión sincera.
En confirmación de lo que acabo de decir, regístrese la historia antigua. Entre otras muchas pruebas de reconocimiento que los messenios dieron a los megalopolitanos, consagraron en tiempo de Aristómenes una columna junto al altar de Júpiter Licio, en la que, según Calístenes, estaba escrito este epigrama: El tiempo halla siempre castigo para el rey injusto. Messena, con la ayuda de Jove, fácilmente encontrar pudo su traidor. No es posible que se oculte a la deidad el hombre que perjura, salve, Júpiter rey, la Arcadia salva. En mi concepto, los messenios ruegan a los dioses en esta inscripción por la salud de la Arcadia, porque, privados de su propia patria, consideraban a ésta por su segunda. Y con razón, pues, arrojados de su país en la guerra de Aristómenes, no sólo los recibieron a su mesa los arcades y los hicieron sus ciudadanos, sino que resolvieron dar en matrimonio sus hijas a los jóvenes messenios de edad competente. Aparte de esto, se informaron de la traición que el rey Aristócrates cometió en la batalla llamada del Tafro, le quitaron la vida y acabaron con su linaje.
Pero, sin recurrir a tiempos tan remotos, lo que acaba de ocurrir después de la reunión de Megalópolis y Messena, prueba bastante lo que hemos dicho. En tiempo de la batalla que los griegos dieron en Mantinea, donde quedó dudosa la victoria por la muerte de Epaminondas, aunque los lacedemonios se opusieron a que fuesen comprendidos en el tratado los messenios por tener aún esperanzas de apoderarse de su ciudad, los megalopolitanos y todos los aliados de los arcades insistieron tanto en lo contrario, que al fin los messenios fueron admitidos y comprendidos en los juramentos y convenciones, y solos los lacedemonios en toda la Grecia fueron excluidos. A la vista de esto, ¿dudará la posteridad, si lo considera, que tengo razón en el consejo que acabo de dar? Todo esto se ha dicho por los arcades y messenios para que, trayendo a la memoria fatalidades que han sufrido sus patrias por causa de los lacedemonios, vivan siempre en buena correspondencia y fe sincera, y para que ni el temor de la guerra ni el deseo de la paz los separen de la unión en las circunstancias más desesperadas.
CAPÍTULO XII
Debates de los lacedemonios sobre el partido que habían de abrazar.- Superioridad por el de Filipo.- Sedición en Esparta y alianza que hace esta ciudad con los etolios.- Nuevos reyes.- Sus primeras expediciones.
En este asunto los lacedemonios obraron según costumbre, y, lo que era consiguiente a su conducta, despacharon los diputados de los aliados sin respuesta; tan ofuscados los tenía la sinrazón e iniquidad: y tan cierto como esto, es, en mi concepto, que una audacia desenfrenada acaba las más de las veces en locura, y en no ponérsele nada por delante. Nombrados luego nuevos eforos, los que primero habían perturbado el estado y habían sido autores de las muertes anteriores, enviaron a pedir a los etolios un embajador. Éstos oyeron con gusto su propuesta, y les remitieron poco después a Macatas, quien al punto se presentó a los eforos; los perturbadores tuvieron por conveniente que Macatas perorase al pueblo para que se nombrasen reyes según costumbre y no se sufriese por más tiempo que el imperio de los Heráclidas estuviese abolido contra el tenor de las leyes. A los eforos disgustaban estas pretensiones, pero no pudiendo reprimir el ímpetu, y temiéndose alguna facción de parte de la juventud, respondieron que, cuanto a los reyes, se deliberaría después, y por ahora, se concedía licencia a Macatas para la asamblea. Reunido el pueblo, se presentó Macatas, y para persuadirle a abrazar el partido de los etolios, acusó en un largo razonamiento a los macedonios con temeridad e insolencia, y elogió a su nación con impostura y engaño. Apenas se retiró, hubo muchas controversias sobre el asunto. Unos estaban por los etolios, y persuadían al pueblo a confederarse con ellos; otros opinaban al contrario. Pero finalmente algunos ancianos, recordando al pueblo por una parte los beneficios recibidos de Antígono y de los macedonios, por otra los perjuicios de Caríjenes y Timeo, cuando, puesto sobre las armas todo el pueblo etolio, arrasaron su país, redujeron a servidumbre los habitantes del contorno, e intentaron tomar por trato y con violencia a Esparta sirviéndose de los desterrados; consiguieron que la multitud mudase de parecer y permaneciese al fin en la alianza de Filipo y de los macedonios, con lo cual Macatas tuvo que regresar a su país sin haber efectuado nada.
Los primeros autores del alboroto, no pudiendo conformarse en modo alguno con el estado presente, corrompieron algunos jóvenes y emprendieron ejecutar la acción más impía. Había la costumbre de que, en cierto sacrificio que se hacía a Minerva, fuesen armados los jóvenes de edad competente, acompañando la víctima al templo Calcioico, y que los eforos, durante el sacrificio, estuviesen en torno al templo. En esta ocasión, algunos jóvenes de los que habían ido armados en la comitiva, dieron de improviso sobre los eforos durante el sacrificio, y los degollaron. Y el templo que hasta entonces había servido de asilo a los que en él se refugiaban aunque fuesen reos de muerte, en aquella ocasión vino a tal desprecio por la impiedad de los agresores que alrededor del mismo altar y de la misma mesa de la diosa se vio correr la sangre de los eforos. Después, para complemento de sus propósitos, quitaron la vida a Giridas y a otros ancianos, desterraron a los del partido opuesto a los etolios, crearon entre ellos otros eforos y concertaron la alianza con este pueblo. Impelióles a este despropósito el odio contra los aqueos, la ingratitud con los macedonios y, en una palabra, la consideración que gastaban para con todos. No menos fue causa de este atentado el amor que profesaban Cleomenes, de quien esperaban y aguardaban escaparía pronto y tornaría a su patria. Tan cierto como esto es que los que saben insinuarse diestramente en los ánimos de los hombres con quienes tratan, no sólo estando presentes, sino muy distantes, dejan un incentivo poderosísimo de inclinación hacia sus personas. Ya hacía casi tres años de la huida de Cleomenes (220 años antes de J. C.), que los que a la sazón gobernaban la república, sin meterme con otros, ni siquiera habían pensado crear reyes en Esparta; pero lo mismo fue saberse que este príncipe había muerto, que al punto pasó a nombrar reyes el pueblo y el consejo de los eforos. Aquellos eforos que apoyaban el partido de los amotinados (esto es, de los que habían hecho la alianza con los etolios, de que poco hicimos mención) eligieron uno con las solemnidades y ritos acostumbrados. Éste era Agesípolis, joven a la verdad de pocos años, pero hijo de Agesípolis, y nieto de Cleombroto, quien había entrado a reinar después que Leonides fue arrojado del trono, por tener un inmediato parentesco con esta familia. Diéronle por tutor a Cleomenes, hijo de Cleombroto y hermano Agesípolis. De la otra familia real, aunque Arquidamo, hijo de Eudamidas, tenía dos niños de la hija Hippomedonte; y aunque este Hippomedonte, hijo de Agesilao y nieto de Eudamidas, vivía aún, así como otros muchos descendientes de esta casa, que si no tan inmediatos como los antecedentes, por lo menos tenían parentesco; todos fueron postergados, y nombraron rey a Licurgo, honor que jamás habían logrado sus ascendientes. No le costó para hacerse descendiente de Hércules y rey de Esparta, sino dar un talento a cada eforo: tan fáciles de comprar son a veces las mayores dignidades. Y así no fueron los hijos de los hijos, sino los mismos que le nombraron rey, los que primero sufrieron el castigo de su locura.
Macatas, informado de lo que había ocurrido en Lacedemonia, volvió otra vez a Esparta, para persuadir a los eforos y a los reyes a declarar la guerra a los aqueos. Éste es el único medio, dijo, de que cese la pertinacia de los lacedemonios, que impiden de todos modos la alianza con los etolios, y la de los etolios que hacen los mismos esfuerzos. Convencidos los eforos y los reyes, Macatas se volvió a su patria, después de conseguido su intento, por la necedad de aquellos con quien trataba. Licurgo, tomando tropas y algunos de la ciudad, atacó las fronteras de los argivos, cuando éstos se hallaban del todo desprevenidos por la tranquilidad de que gozaban. Sorprendió a Polichna, Prasias, Leucas y Cifantes, y echándose sobre Glimpes y Zarace, las sustrajo del dominio de los argivos. Después de esta expedición, los lacedemonios publicaron a voz de pregonero el saqueo contra los aqueos. Macatas indujo también a los elios, con las mismas razones que había expuesto a los lacedemonios, a declarar la guerra contra este pueblo. Finalmente, los etolios, componiéndoseles las cosas admirablemente y a medida del deseo, emprendieron la guerra con brío. Todo lo contrario sucedía a los aqueos. Filipo, en quien fundaban sus esperanzas, estaba aún ocupado en los preparativos; los epirotas se disponían para pelear; los messenios se estaban quietos, y entretanto los etolios, apoyados de la necedad de los elios y lacedemonios, los invadían por todos lados. Por este tiempo (220 años antes de J. C.) había expirado ya la pretura de Arato, y su hijo Arato, nombrado sucesor por los aqueos, había tomado las riendas del gobierno. Scopas mandaba a los etolios, pero llevaba ya mediado el tiempo de su pretura. Porque los etolios celebran las elecciones al punto que pasa el equinoccio del otoño, y los aqueos las suyas al empezar la primavera. Ya comenzaba el estío, y Arato el joven obtenía el mando, cuando resonó la guerra por todos lados. Aníbal se disponía para sitiar a Sagunto; los romanos habían despachado a L. Emilio con ejército a la Iliria contra Demetrio de Faros, como hemos dicho en el libro anterior; Antíoco meditaba apoderarse de la Cæle-Siria con la ayuda de Theodoto, que le entregaba a Ptolemaida y a Tiro; Ptolomeo hacía preparativos contra Antíoco; Licurgo, que quería arrogarse la misma autoridad que Cleomenes, había acampado frente al Ateneo de los megalopolitanos, para ponerle sitio; los aqueos alistaban tropas extranjeras de caballería e infantería, para la guerra que les amenazaba; y finalmente, Filipo se desplazaba de Macedonia, con una falange de diez mil macedonios, cinco mil rodeleros y ochocientos caballos. Tales eran las disposiciones y preparativos que hacían estas potencias, y por este mismo tiempo fue cuando los rodios declararon la guerra a los bizantinos por los motivos siguientes.
CAPÍTULO XIII
Descripción de Bizancio, del Ponto y de la laguna Meotis.
Por la parte del mar, Bizancio logra la situación más feliz para la seguridad y conveniencia de cuantas tiene nuestro hemisferio; pero la por parte de tierra es la más desprovista de estas dos ventajas. Por el lado del mar, domina de tal modo la boca del Ponto, que ni entrar ni salir puede nave alguna de comercio sin su licencia; y como este país abunda en infinitas cosas cómodas a la vida de los mortales, de todas ellas son dueños los bizantinos. Para las necesidades indispensables de la vida, nos suministra el Ponto pieles y un prodigioso número de esclavos, los más excelentes sin disputa; y para las comodidades, nos provee abundantemente de miel, cera y carne salada. Recibe en cambio de nuestros sobrantes el aceite y todo género de vinos; en cuanto a granos, estamos en igual balanza, unas veces proveemos y otras somos proveídos según la necesidad. Era necesario que los griegos, o careciesen absolutamente de estas cosas, o hiciesen un comercio del todo infructuoso, si los bizantinos les quisiesen mal, y se asociasen, bien con los gálatas, o más bien con los traces, o abandonasen del todo aquellos países. La estrechez del mar, y los muchos bárbaros que habitan aquellas costas, nos harían intransitable el Ponto sin discusión. Sean en hora buena los bizantinos los que disfruten principalmente las comodidades de la vida que les ofrece la situación del país, pues que les da facilidad para extraer lo superfluo e introducir lo necesario con ventaja, sin ningún trabajo ni peligro; pero también nos alcanzan, como hemos dicho, muchas utilidades a los demás hombres por su ocupación. Por lo cual, siendo como unos bienhechores comunes, con razón son acreedores, no sólo al reconocimiento, sino a que toda la Grecia los auxilie contra las irrupciones de los bárbaros.
Pero puesto que los más ignoran la excelente y bella situación de esta ciudad, por caer un poco más lejos de aquellas partes del mundo a donde solemos viajar; y supuesto que deseamos que todos se instruyan y examinen con su vista, principalmente aquellos países recomendables por alguna singularidad y rareza; y cuando esto no sea posible, tomen a lo menos las nociones e ideas más verosímiles, será del caso exponer de dónde provenga y cuál sea la causa de tanta y tan grande abundancia como goza esta ciudad.
Lo que se llama el Ponto comprende una extensión de cerca de veintidós mil estadios. Tiene dos bocas diametralmente, opuestas; la una de parte de la Propóntide, y la otra de parte de la laguna Meotis, la cual tiene por sí sola ocho mil estadios de circunferencia. Como en estos depósitos vienen a desembocar muchos grandes ríos de Asia, y muchos más caudalosos y en mayor número de Europa, sucede que una vez llena la laguna Meotis, desagua en el Ponto por una de las bocas, e igualmente el Ponto en la Propóntide. La boca de la laguna Meotis se llama el Bosporo Cimmerico, cuya latitud es poco más o menos de treinta estadios y su longitud de sesenta. Toda ella es vadeable. La boca del Ponto se llama el Bosporo Tracio. Tiene ciento veinte estadios de longitud, pero su latitud no es igual por todas partes. Comienza para los que vienen de la Propóntide en el espacio que media entre Calcedonia y Bizancio, y es de catorce estadios. Por la parte del Ponto se llama Hierón, lugar donde dicen sacrificó Jasón por primera vez a los doce dioses cuando volvía de Colcos. Este lugar está situado en Asia, dista de Europa doce estadios, y tiene frente por frente el templo de Serapis en la Tracia. Dos son las causas por que está saliendo agua de continuo fuera de la laguna Meotis y del Ponto. La primera, y notoria a todos por sí misma, es porque entrando muchos ríos en una circunferencia de límites prescritos, siempre el agua ha de ir más y más en aumento; y si ésta no tiene desagüe, es forzoso que rebose y ocupe siempre un espacio mayor y más dilatado que la madre natural; pero si tiene derrames, es preciso que todo aquel exceso y aumento que le sobreviene salga y corra de continuo por las bocas. La segunda es porque los ríos con las grandes lluvias llevan consigo todo género de broza a estas concavidades, y empujando al agua el cúmulo de cieno, la hace rebosar y salir por la misma razón por sus derrames; y como la broza que traen los ríos y la corriente de las aguas es sin cesar y continua, es forzoso asimismo que el desagüe por las bocas sea sin intermisión y perpetuo. Tales son las verdaderas causas porque salen fuera las aguas del Ponto; causas que no están fundadas en la relación de los comerciantes, sino en la contemplación de la naturaleza, que es la prueba más exacta.
Pero pues hemos llegado a este punto, no dejaremos cosa por tocar, aun de aquellas cuyo conocimiento depende la misma naturaleza, escollo en que han solido tropezar los más de los historiadores. Antes bien nos valdremos en nuestra narración de demostraciones, para no dejar género de duda a los amantes de estas curiosidades. Esta indagación constituye el carácter del presente siglo, en el que habiéndose hecho todo el orbe navegable o transitable, sería vergonzoso que, para lo que se ignora, echásemos mano de testimonios poéticos y fabulosos, defecto en que incurrieron nuestros predecesores en las más de las cosas, trayéndonos, según Heráclito, pruebas increíbles sobre asuntos contextables. Por el contrario, procuraremos que la misma historia sirva de testimonio suficiente a los lectores.
Decimos, pues, que la laguna Meotis y el Ponto, tanto antiguamente como al presente, se tupen, y con el tiempo se vendrán a cegar del todo, si subsiste la misma disposición en aquellos lugares y las mismas causas que motivan la bascosidad de continuo. Porque siendo la sucesión del tiempo infinita, y estas madres limitadas del todo, no hay duda que, aunque sea poca la horrura que entre, al fin vendrán a llenarse. Es una ley de naturaleza que todo lo que tiene límites prescritos, si crece o mengua de continuo, aunque sea muy poco, como suponemos por ahora, durante un espacio de tiempo infinito ha de llegar a su total complemento o aniquilación sin remedio. Ahora, pues, siendo no corta sino infinita la broza que entra, bien se deja ver que prontamente tendrá efecto lo que hemos dicho. Esto lo demuestra ya la experiencia. La laguna Meotis se halla ya cegada, pues por las más de sus partes tiene sólo cinco o siete varas de profundidad, de suerte que los navíos grandes no pueden navegar sin peritos. Y aunque los antiguos contextan en que en otro tiempo este mar se comunicaba con el Ponto, al presente no es sino un lago de agua dulce, por haber la broza y el influjo de los ríos vencido y expelido las aguas del mar. Lo mismo ocurrirá con el Ponto, y al presente ya se nota. Pero esto no lo advierte el vulgo por la extensión de la madre; bien que los que reflexionan un poco no ponen en duda en el efecto. Pues desembocando desde Europa el Istro por muchas bocas en el Ponto, ha formado al frente un banco de casi mil estadios, distante de tierra un día de camino. Este cúmulo de arena crece diariamente con el cieno que arrojan las bocas de los ríos, contra el cual suelen varar de noche los navegantes, estando en alta mar y cuando menos lo piensan. A estos bancos llaman los marinos .
La razón porque esta broza no se amontona cerca de tierra, sino que es impulsada lejos, es porque mientras la violencia e impetuosidad de los ríos prevalece y rechaza las aguas del mar, el cieno y todo cuanto viene envuelto en sus corrientes por precisión ha de ser llevado por delante sin dejarlo tomar asiento ni detenerse. Pero cuando las corrientes han perdido su fuerza por la profundidad e inmensidad del mar, entonces, por una razón natural, la broza se va al fondo y se asienta y remansa. De aquí proviene que los ríos rápidos y caudalosos forman los bancos a lo lejos, aunque el mar sea profundo junto a la costa, y los riachuelos que corren lentamente amontonan la bascosidad cerca de las mismas embocaduras. Esto se ve palpablemente, sobre todo en las grandes lluvias. Entonces, aun los riachuelos más insignificantes, venciendo las olas del mar a la entrada, impulsan el cieno a tanta mayor distancia cuanta es a proporción la violencia de cada uno cuando desemboca. No debe causar admiración lo que hemos dicho del gran banco de arena que forma el Istro, ni de la cantidad de piedras, madera y tierra que consigo arrastran los ríos. Sería una necedad no creerlo, cuando estamos viendo que los riachuelos más insignificantes rompen a veces y se abren paso en poco tiempo por montañas las más elevadas, arrastran consigo todo género de broza, tierra y madera, y forman tales bancos, que en ocasiones desfiguran el lugar, y pasado algún tiempo no se conoce si es el mismo.
A la vista de esto no se debe extrañar que ríos tan caudalosos, corriendo de continuo, obren el efecto que hemos dicho y finalmente vengan a cegar el Ponto. Esto, si se considera atentamente, no tan sólo es verosímil, sino preciso que suceda. Prueba de que llegará a ocurrir es que en cuanto el agua de la laguna Meotis es más dulce que la del Ponto, otro tanto es el exceso que visiblemente se advierte de ésta a la de nuestro mar. De donde se infiere que cuando llegue a pasar a proporción un espacio de tiempo, como el en que se llenó la laguna Meotis, atendida la desigualdad de madre a madre; entonces el Ponto vendrá a hacerse pantanoso, dulce y estancado, lo mismo que la laguna; y esto se verificará tanto antes, cuanto los ríos que desembocan en el Ponto son más caudalosos y en mayor número.
Hemos hecho estas reflexiones contra los que no pueden convencerse de que el Ponto se ciega al presente, y con el tiempo se tupirá de tal modo que no vendrá a ser sino un lago y un lodazal; asimismo contra los embustes y patrañas que nos cuentan los navegantes, para que la ignorancia no nos haga estar como niños con la boca abierta a todo lo que se dice; antes bien, teniendo algunas nociones de la verdad, podamos por nosotros mismos discernir lo cierto o falso de lo que se nos cuenta. Pero ahora volvamos a continuar la bella situación de Bizancio.
CAPÍTULO XIV
Prestigio marítimo de Bizancio.- Utilidad para el tráfico mercante.- Ventajas que tiene sobre Calcedonia.
Acabamos de decir que el estrecho que une el Ponto con la Propóntide tiene ciento veinte estadios de longitud, y que por el lado del Ponto termina en cabo Hierón, y por el de la Propóntide en Bizancio. En medio de estos extremos se eleva en el mar, sobre un promontorio perteneciente a la Europa, el templo de Mercurio, distante de Asia cinco estadios. Éste es el lugar más angosto de todo el estrecho, y en el que dicen que Darío tendió un puente cuando iba contra los escitas. Por el otro lado del Ponto, como las costas de una y otra parte del estrecho son iguales, es también igual el curso de las aguas; pero cuando el flujo que viene del Ponto, coartado por el promontorio, llega con violencia al templo de Mercurio, donde hemos dicho que se halla la mayor estrechez, entonces, rechazado, vuelve y se estrella contra las costas opuestas de Asia, desde donde retrocede como por una repercusión hacia aquellos promontorios de la Europa llamados Estias. Desde allí vuelve a arrojarse con ímpetu contra el promontorio llamado Buey en el Asia, donde cuentan que se detuvo lo la primera vez, después de pasado el estrecho. Finalmente, desde aquí corren con ímpetu las aguas hasta la misma Bizancio, donde separadas en dos partes, la menor forma el golfo llamado Cuerno, y la mayor vuelve a retroceder; pero aminorada ya su violencia, no puede llegar a la costa opuesta, donde está Calcedonia. Porque como es impelida y rechazada tantas veces, y halla por otra parte espacio para extenderse; debilitada la corriente en este lugar, ya no hace prontas repercusiones hacia la costa opuesta en ángulos rectos, sino en obtusos; por lo cual, dejando a Calcedonia, pasa adelante. He aquí lo que acarrea tantas ventajas a Bizancio y tantas desconveniencias a Calcedonia; y aunque a la vista parezca igualmente bella la situación de una y otra, no obstante a ésta no es fácil abordar, aun que se quiera, y a aquella te llevará la corriente por necesidad, aunque no quieras. Prueba de esto es que lo que quieren atravesar desde Calcedonia a Bizancio no pueden navegar en línea recta por las corrientes que hay de por medio, sino que tienen que virar hacia el Buey y Chrisópolis, ciudad de que apoderados los atenienses en otro tiempo por consejo de Alcibíades, fueron los primeros en exigir un tributo de los que navegaban al Ponto; y de allí adelante abandonados al declive de las aguas, la misma corriente los lleva por necesidad hasta Bizancio. Lo mismo ocurre a los que navegan de parte allá o acá de esta ciudad, porque bien sople un austro desde el Helesponto, bien corra un morte desde el Ponto al Helesponto, la navegación desde Bizancio tomando la costa de la Europa, es recta y fácil hasta el estrecho de la Propóntide, donde se hallan Abides y Sexto, y desde aquí a allá del mismo modo. Todo lo contrario ocurre a los que salen de Calcedonia, pop que a más de que la costa está llena de ensenadas, e país de los Cizicenos avanza demasiado dentro del mar. Para venir desde el Telesponto a Calcedonia se tiene que tomar la costa de Europa; pero cuando ya se ha llegado a las proximidades de Bizancio, la corriente y los obstáculos dichos dificultan virar y tomar el rumbo hacia Caledonia. Del mismo modo, saliendo de esta ciudad, es imposible dirigirse en línea recta hacia la Tracia; ya por las corrientes que hay de por medio, ya también por los vientos que impiden una y otra navegación. Pues el noto nos impele hacia el Ponto, el norte nos separa, y para uno y otro recorrido es forzoso servirnos de estos vientos. Éstas son las ventajas que disfrutan los bizantinos por el lado del mar; ahora se van a exponer los inconvenientes que tienen por tierra.
El rodear la Tracia al país de Bizancio de mar a mar, hace que los bizantinos estén en una guerra continua y ruinosa con este pueblo. Por más que bien pertrechados venzan tal vez a los traces, nunca pueden evitar para el futuro la guerra, por la multitud de bárbaros y potentados. Si sojuzgan tal vez algún pueblo, en vez de uno se levantan tres más poderosos. En vano se convienen y arreglan impuestos y tratados, pues la condescendencia con uno les suscita otros muchos enemigos por el mismo caso; motivo por el cual se hallan siempre en una perpetua y perniciosa guerra. Y, a la verdad, ¿qué cosa más peligrosa que un mal vecino? ¿Qué mal más cruel que la guerra con un pueblo bárbaro? A más de estas calamidades con que luchan de continuo por tierra, sin hablar de otras que trae consigo la guerra, sufren un castigo semejante al que los poetas cuentan de Tántalo. Dueños del país más fértil, cuando ya le tienen cultivado y esperan la abundante cosecha de sus sazonados frutos, vienen los bárbaros, talan una parte, se llevan otra, y los bizantinos, a más de perdidos los trabajos y gastos, quedan con el dolor de ver la asolación de sus excelentes frutos y maldicen su fortuna. A pesar de la continua guerra con los traces, mantuvieron siempre su antigua amistad con los griegos, hasta que atacándoles los galos bajo la conducta de Comontorio, llegó al colmo su desgracia.
Estos galos eran de los que habían salido de su patria con Brenno, se salvaron de la derrota de Delfos, y llegados al Helesponto no habían querido pasar al Asia. Habían sentado el real en Bizancio, embelesados de la bondad del país. Sojuzgaron después la Tracia, y sentada su corte en Tila, pusieron a los bizantinos en el mayor aprieto. En las primeras invasiones que hicieron en tiempo de Comontorio, su primer rey, los bizantinos tuvieron que darles, ya tres mil, ya cinco mil, y tal vez hasta diez mil piezas de oro por redimir su país de la tala. Por último fueron forzados a conceder un tributo de ochenta talentos por año, que pagaron hasta el tiempo de Cavaro, en que se disolvió la monarquía, porque cambiándose la suerte, los traces, más poderosos que los galos, acabaron del todo con esta nación.
CAPÍTULO XV
Causas de la guerra de los bizantinos y Aqueo contra los rodios y Prusias.- Aqueo toma bajo su protección a los bizantinos.- Dilatados estados de este príncipe.- Prusias abraza el partido de los rodios.- Infaustos hechos para los bizantinos.- Final de la guerra.
Para entonces (220 años antes de J. C.), los bizantinos, agobiados de impuestos, enviaron primero legados a los griegos, rogando les socorriesen y aliviasen su infeliz estado. Despreciada casi por todos su demanda, la necesidad los forzó a imponer un tributo sobre los que navegaban al Ponto. Todo el mundo se resintió del gran perjuicio e inconveniencia que causaba el tributo que los bizantinos exigían de las mercaderías del Ponto; pero sobre todo se culpaba a los rodios, por ser ellos a la sazón los más poderosos en el mar. De este disgusto se originó la guerra que vamos a exponer. Porque los rodios, estimulados, ya de sus propios perjuicios, ya de los atrasos ajenos, asociados con los aliados, despacharon primero diputados a los bizantinos para que se sirviesen levantarles el impuesto. Pero viendo que había sido despreciada del todo su embajada, y que Ecatontodoro y Olimpiodoro, gobernadores entonces de Bizancio, se hallaban persuadidos de que tenían justos motivos para obtener de ellos este resarcimiento, los embajadores rodios se retiraron sin haber efectuado nada, y vueltos a su patria declararon la guerra a los bizantinos. Al punto despacharon legados a Prusias para empeñarle en esta guerra. Conocían que este príncipe tenía varios motivos de resentimiento con los bizantinos. Éstos pusieron en práctica igual diligencia y despacharon una embajada a Atalo y a Aqueo para implorar su socorro. Atalo estaba pronto; pero encerrado a la sazón dentro de los estados de su padre, era muy débil el contrapeso que podía hacer para la victoria. Aqueo, que dominaba todo el país de parte acá del monte Tauro, y acababa de tomar el título de rey, les ofreció su amparo; y en el hecho de haber abrazado este partido, infundió mucho aliento a los bizantinos, así como, por el contrario, gran terror a los rodios y Prusias. Era Aqueo pariente de aquel Antíoco que había sucedido en el reino de Siria, y he aquí por qué dominaba tan dilatados estados.
Después que Seleuco, padre del mencionado Antíoco, falleció, y sucedió en el reino Seleuco el mayor de sus hijos, Aqueo, asociado con éste por mediación del parentesco, pasó de parte allá del monte Tauro, como dos años antes del tiempo en que vamos. Tan pronto entró a reinar Seleuco el joven, informado de que Atalo tenía ya sojuzgado todo el país de parte acá del monte Tauro, resolvió poner remedio en sus cosas; pero, atravesado el monte con un poderoso ejército, perdió la vida en una emboscada que le tendieron Apaturio el Galo y Nicanor. Aqueo vengó al punto la muerte de su pariente matando a Nicanor y Apaturio, y manejó con tanta prudencia y magnanimidad las tropas y demás asuntos, que aunque la ocasión que se le presentaba y los deseos de las tropas contribuían a ceñirse la diadema, rehusó aceptarla, y reservando el reino para Antíoco, el más joven de los hijos de Seleuco, tomó la guerra con empeño y recobró todo lo perdido. Pero luego que por una dicha inesperada tuvo a Atalo encerrado en Pérgamo y bajo su poder los demás estados, ensoberbecido con tan prósperos sucesos, al punto dio al traste con su probidad. Se ciñó la diadema, se hizo proclamar rey, y vino a ser el más poderoso y temible de todos los reyes y potentados de esta parte del Tauro. En este príncipe pusieron los bizantinos sus principales esperanzas cuando iniciaron la guerra contra los rodios y Prusias.
Ya de tiempos atrás se hallaba este rey resentido de los bizantinos, porque habiéndole decretado ciertas estatuas, lejos de habérselas consagrado, lo habían echado en olvido y escarnio. Estaba también ofendido de que hubiesen puesto tanto empeño en aplacar el odio y la guerra entre Aqueo y Atalo, amistad que, en su concepto, era perjudicial a sus intereses por muchos motivos. Agriaba su dolor ver que los bizantinos, en los juegos consagrados a Minerva, habían enviado ciudadanos que acompañasen a Atalo en los sacrificios y que a él, cuando celebraba los votos Soterios, no le habían enviado ninguno. Como todos estos agravios tenían reconcentrada la cólera en su corazón, abrazó con gusto la propuesta de los rodios, y convino con los embajadores en que atacasen ellos a los bizantinos por mar, que él prometía hacer otro tanto por tierra. Tales son las causas y principios de la guerra de los rodios contra los bizantinos.
Estos al principio tomaron con ardor las armas, persuadidos de que Aqueo vendría a su socorro. Habían llamado de la Macedonia a Tibites para contener el miedo y sobresalto en que Prusias los había puesto. Este príncipe, llevado del impulso que hemos dicho, les había atacado y quitado a Hierón, plaza sobre la boca del estrecho, que los bizantinos por su bella situación habían comprado poco antes a mucha costa, para quitar toda sombra de temor a los comerciantes que navegaban al Ponto, a sus siervos y al tráfico que hacían por mar. Les había ganado también en Asia aquella parte de la Misia que los bizantinos poseían desde hacía mucho tiempo. Los rodios, por su parte, con seis buques que equiparon y otros cuatro que se les unieron de los aliados, compuesta una escuadra de diez navíos al mando de Jenofontes, marcharon al Helesponto. Toda esta flota quedó al ancla en torno a Sesto para interceptar la navegación del Ponto, menos un navío en que marchó el comandante a tentar a los bizantinos, por si atemorizados los hacía arrepentirse de su propósito. Pero viendo que éstos hacían poco aprecio, se retiró, e incorporado con el resto de sus buques tornó a Rodas con toda la escuadra. Entretanto, los bizantinos despacharon dos embajadas, una para implorar el socorro de Aqueo, y otra para traer de la Macedonia a Tibites. Tenían el concepto de que este príncipe tenía igual derecho al reino de Bithinia que Prusias, de quien era tío. Pero los rodios, viendo la const |