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POLIBIO DE MEGALÓPOLIS HISTORIA UNIVERSAL BAJO LA REPÚBLICA ROMANA TOMO I
LIBRO TERCERO
LIBRO TERCERO
CAPÍTULO PRIMERO
Panorama de toda la obra y distribución de materias que se han de tratar en adelante.
Dijimos en el libro primero de toda la obra, y tercero respecto de éste, que iniciaríamos nuestra historia por la guerra social, la de Aníbal y la de la Cæle-Siria. Allí también expusimos las causas porque, recorriendo los tiempos anteriores, escribiríamos los dos libros precedentes. Ahora trataremos de referir con claridad estas guerras, las causas de que se originaron y los motivos porque se hicieron tan memorables. Pero antes diremos algo sobre el propósito de la obra.
El único objeto de todo lo que nos hemos propuesto escribir es hacer ver el cómo, cuándo y por qué causa todas las partes del mundo conocido fueron sometidas al poder de los romanos; y como este suceso tiene principio conocido, tiempo determinado y conclusión evidente, tuvimos a bien poner a la vista como en bosquejo aquellos principales hechos que mediaron entre su fin y principio. Nada en mi concepto es más capaz de dar al lector una justa idea de todo el propósito. Porque como muchas veces el ánimo por el todo viene en conocimiento de los particulares, y al contrario, por los particulares muchas a la cierta ciencia del todo; nosotros, que reputamos por el mejor método de enseñar y explicar el que proviene de ambos, daremos consiguientemente a lo dicho un prospecto de nuestra historia. La idea general del argumento y términos en que está prescrito ya la hemos declarado.
Los hechos particulares tienen su origen en las guerras que hemos mencionado; su conclusión y éxito en la ruina del reino de Macedonia; el tiempo que ha mediado entre su principio y fin, cincuenta y tres años; en los cuales se contienen tales y tan sobresalientes acciones, cuales ninguna edad anterior comprendió en igual intervalo. La narra ción de éstas, empezando desde la olimpíada ciento cuarenta, es como se sigue.
Luego que hayamos demostrado las causas por qué se suscitó la guerra llamada anibálica entre cartagineses y romanos, expondremos cómo aquellos, invadida Italia y arruinado su poder, pusieron en el mayor apuro a las personas y patria de éstos, y llegaron concebir la magnífica y extraordinaria esperanza de hacerse dueños, por asalto de la misma Roma. Trataremos después de explicar cómo por aquel mismo tiempo Filipo, rey de Macedonia, finalizada la guerra con los etolios y sosegados los disturbios de la Grecia, empezó a unir sus miras con los cartagineses; cómo Antíoco y Ptolomeo Filopator disputaron entre sí y vinieron al cabo a tomar las armas por la Cæle-Siria, cómo los rodios y prusias declararon la guerra a los bizantinos, y les obligaron a levantar el tributo que exigían de los que navegaban al Ponto. Aquí nos detendremos y examinaremos la política de los romanos, para hacer ver al mismo tiempo que contribuyó muchísimo lo peculiar de su gobierno a recobrar no sólo el mando de la Italia y de la Sicilia y añadir a su imperio la España y la Galia, sino también a sojuzgar finalmente a los cartagineses y pensar en la conquista del universo. Al mismo tiempo daremos cuenta por una breve digresión de la ruina del reino de Hierón Siracusano. Añadiremos después los alborotos de Egipto, y de qué modo, muerto el rey Ptolomeo, Antíoco y Filipo, conspiraron sobre la división del reino, dejando a su hijo, y atacaron con engaño y violencia éste el Egipto y la Caria y aquel la Cæle-Siria y la Fenicia.
A esto seguirá un resumen de las acciones de romanos y cartagineses en la España, África y Sicilia, de donde nos trasladaremos con la narración a los pueblos de la Grecia y a las alteraciones que sobrevinieron en sus intereses. Referiremos las batallas navales de Atalo y los romanos contra Filipo, como también la guerra que hubo entre este príncipe y los romanos, por qué motivos y cuál su éxito. Uniremos a esto sus resultas, y haremos mención de aquel despecho que condujo a los etolios a llamar del Asia a Antíoco, y encender la guerra entre aqueos y romanos. Manifestaremos las causas de esta guerra, y el paso de Antíoco por Europa. Expondremos primero cómo huyó de la Grecia;
después cómo fue derrotado y tuvo que abandonar el país de parte de acá del monte Tauro; y finalmente, cómo los romanos, castigada la audacia de los gálatas, se apoderaron del imperio del Asia sin disputa, y libraron a los habitantes del Asia citerior de los sobresaltos e injurias de estos bárbaros. Expondremos después los infortunios de los etolios cefallenios, y emprenderemos las guerras que Eumenes sostuvo contra Prusias y los gálatas, así como la que este príncipe y Ariarato hicieron contra Farnaces. Después de haber apuntado la concordia y gobierno del Peloponeso y el auge de la república de los rodios, haremos una recapitulación de todo el discurso y de las acciones, sin omitir la expedición de Antíoco Epifanes contra el Egipto, la guerra de Perseo y ruina del imperio de Macedonia. Todos estos hechos nos manifestarán por menor la conducta con que se manejaron los romanos para llegar a sojuzgar toda la tierra.
Si los sucesos prósperos o adversos bastasen para formar juicio de lo laudable o vituperable de los hombres y de los Estados, convendría sin duda que finalizásemos el discurso y concluyésemos nuestra historia en las últimas acciones que acabamos de apuntar. Puesto que, según nuestro primer propósito, se completa aquí el tiempo de los cincuenta y tres años llega a su apogeo el auge y extensión del Imperio Romano, y todo el mundo se vio forzado a confesar que no había más que obedecer a Roma y someterse a sus leyes. Pero como el mero éxito de las batallas no es capaz de dar una justa idea de los vencedores ni vencidos, porque a muchos las mayores prosperidades manejadas sin cordura acarrearon tamaños infortunios, y a no pocos las más horribles adversidades soportadas con constancia se les convirtieron muchas veces en ventajas, tuvimos a bien añadir a lo dicho cuál haya sido la conducta de los vencedores después de la victoria, y cómo hayan gobernado el universo, qué aceptación y crédito hayan merecido de los pueblos, y cuáles y cuán diversos juicios se hayan formado de los que manejaban los negocios; qué inclinaciones y afectos prevalecieron y reinaron en el gobierno privado de cada uno, y en general de la república. Por aquí conocerá el siglo presente si es de desechar o adoptar la dominación romana, y los siglos venideros juzgarán si era digna de elogio y emulación, o de infamia y vituperio. En esto consistía principalmente la utilidad de nuestra historia, tanto para ahora como para el futuro. Pues yo no creo que ni los comandantes de ejército ni los que juzgan de sus acciones, se propongan por último fin las victorias y las conquistas. Ningún hombre de entendimiento emprende una guerra por el solo fin de triunfar de sus contrarios, ni surca los mares sólo por pasar de una parte a otra, ni aprende las ciencias y artes únicamente por saberlas. Todos se mueven en sus operaciones, o por el placer, o por la gloria, o por la utilidad que en ellas encuentran. Por lo cual la mayor perfección de esta obra estará en dar a conocer cuál era el estado de cada pueblo después de la conquista y sujeción del universo al poder romano, hasta que se volvieron a suscitar nuevas alteraciones y alborotos. La importancia de los hechos y lo extraordinario de los sucesos me han precisado a describir estas conmociones dándolas origen muy diverso. Pero la principal razón es haber sido no sólo testigo ocular de las más de las acciones, sino haber coadyuvado a la ejecución de unas y haber sido autor principal de otras.
Durante esta conmoción fue cuando los romanos llevaron la guerra contra los celtíberos y vacceos los cartagineses contra Massanisa, rey de África, y Atalo y Prusias disputaron entre sí sobre el Asia. En este tiempo Ariarates, rey de Capadocia, destronado por Orofernes con la ayuda de Demetrio, recobró por sí mismo el reino paterno; Demetrio, hijo de Seleuco, después de haber reinado en Siria doce años, perdió la vida y el reino por conspiración de otros reyes; los griegos, acusados de haber sido autores de la guerra de Perseo, y absueltos del crimen que se les imputaba, fueron restituidos a su patria por los romanos. Poco tiempo después estos mismos atacaron a los cartagineses, al principio por desalojarlos, y después con ánimo de arruinarlos por completo, por motivos que más adelante se dirán. Finalmente, hacia este mismo tiempo, separados los macedonios de la amistad de los romanos, y los lacedemonios de la república de los aqueos, se vio empezar y acabar a un tiempo el común infortunio de la Grecia toda.
Tal es el plan que me he propuesto. Quiera la fortuna prolongarme la vida hasta llevar a cabo la empresa. Bien que, aunque me sobrevenga la muerte, estoy persuadido que no quedará abandonado el asunto, ni faltarán hombres capaces que estimulados por su importancia, tomen a cargo llevarlo a la perfección. Pero, puesto que hemos recorrido sumariamente los hechos más señalados, con el fin de dar a los lectores una idea general y particular de toda la historia, será bien que, acordándonos de lo prometido, demos principio a nuestro argumento.
CAPÍTULO II
Algunos errores sobre las verdaderas causas de la segunda guerra púnica.- Refutación al historiador Fabio.
Ciertos escritores que narraron los hechos de Aníbal, queriéndonos exponer las causas por que se suscitó la segunda guerra púnica entre romanos y cartagineses, asignan por primera el sitio de Sagunto por los cartagineses, y por segunda, el paso del Ebro por estos mismos, contra lo que se había pactado. Yo más bien diría que estos fueron los principios de la guerra, pero de ningún modo concederé que fuesen los motivos. A no ser que se quiera decir que el paso de Alejandro por Asia fue causa de la guerra contra los persas, y que la guerra de Antíoco contra los romanos provino del arribo de éste a Demetriades, motivos que ni uno ni otro son verdaderos ni aun probables. Porque ¿quién ha de pensar que estas fueron las causas de las muchas disposiciones y preparativos que Alejandro, y anteriormente Filipo durante su vida, habían realizado para la guerra contra los persas, o de las operaciones de los etolios anteriores a la venida de Antíoco para la guerra contra los romanos? Esto es de hombres que no comprenden cuánto disten y qué diferencia haya ente principio, causa y pretexto; que estos dos últimos preceden a toda acción, y que el principio es lo último de los tres. Yo llamo principio de toda acción aquellos primeros pasos, aquellas primeras ejecuciones de lo que ya tenemos proyectado; pero causas, aquello que antecede a los juicios y deliberaciones, como son pensamientos, especies, raciocinios que se hacen sobre asunto, y por los cuales nos determinamos a juzgar emprender alguna cosa. Lo que sigue manifestará mejor mi pensamiento.
Cualquiera comprenderá con facilidad cuáles fueron los verdaderos motivos y origen que tuvo la guerra contra los persas. El primero fue la retirada de los griegos, bajo la conducta de Jenofonte, de las provincias del Asia superior en la que atravesando toda Asia con quien se hallaban en guerra, no hubo bárbaro que osase interrumpirles el paso. El segundo fue el paso por Asia de Agesilao, rey de Lacedemonia, en el que, en medio de no haber encontrado quien se opusiese a sus designios, tuvo que volverse sin haber ejecutado, cosa de provecho, por los alborotos que se originaron en la Grecia en este intermedio. De estas expediciones infirió y conjeturó Filipo la cobardía y flojedad de los persas, al paso que advirtió en él y en los suyos la pericia en el arte militar, y se le pusieron de manifiesto las grandes y sobresalientes ventajas que obtendría de esta guerra; y lo mismo fue conciliarse la benevolencia de toda la Grecia que, bajo pretexto de querer vengarla de las injurias recibidas de los persas, tomar la resolución y propósito de hacer la guerra y disponer todo lo necesario para la empresa. Quede pues, sentado que las causas de la guerra contra los persas son las dos primeras que hemos dicho: el pretexto este segundo, y el principio el paso de Alejandro por Asia.
De igual modo es indudable que se debe tener por motivo de la guerra entre Antíoco y los romanos la indignación de los etolios. Pues imaginándose éstos que los romanos los despreciaban por el feliz éxito de la guerra contra Filipo, como hemos dicho anteriormente, no sólo llamaron a Antíoco, sino que la cólera que por entonces concibieron los condujo a emprenderlo y sufrirlo todo por vengarse. El pretexto fue la libertad de la Grecia, a la que sin fundamento y con engaño exhortaban los etolios, recorriendo con Antíoco las ciudades; y el principio fue el arribo de este rey a Demetríades. Me he detenido más de lo regular sobre esta distinción, no por censurar a los historiadores, sino por librar de error a los lectores. Porque ¿de qué sirve al enfermo el médico que ignora las causas de las enfermedades del cuerpo humano? ¿O qué utilidad la de un ministro de Estado que no sabe distinguir el modo, motivo y origen de donde toma principio cada asunto? Ciertamente que ni aquel aplicará los remedios convenientes, ni éste manejará con acierto los negocios que lleguen a sus manos, sin el previo conocimiento de lo que hemos dicho. En esta inteligencia, nada se ha de observar ni inquirir con tanto estudio como las causas de cada suceso. Pues muchas veces de una cosa de poca monta se originan los más graves asuntos, y en cualquiera materia se remedian con facilidad los primeros impulsos y pensamientos.
Refiere Fabio, escritor romano, que la avaricia y ambición de Asdrúbal, junto con la injuria hecha a los saguntinos, fueron la causa de la segunda guerra púnica; que este general, después de haber adquirido en España un dilatado dominio, emprendió a su vuelta de África abolir las leyes patrias, y erigir en monarquía la república de Cartago, pero que los principales senadores, comprendiendo su propósito, se le habían opuesto de común acuerdo; que Asdrúbal, receloso de esto, se retiró de África, y en la consecuencia gobernó la España a su antojo, sin miramiento alguno al senado de Cartago, que Aníbal, compañero y émulo desde la infancia de los intentos de Asdrúbal, observó la misma conducta en los negocios que su tío, cuando se le encomendó el gobierno de la España; que por eso hizo ahora esta guerra a los romanos por su capricho contra el dictamen de la república, pues no hubo en Cartago hombre de autoridad que aprobase lo que Aníbal había hecho con Sagunto. Por último, añade que después de la toma de esta ciudad vinieron los romanos a Cartago, resueltos, o a que los cartagineses les entregasen a Aníbal, o a declararles la guerra. Pero si se le preguntase a este historiador: ¿y qué ocasión más oportuna se pudo presentar a Cartago, o qué resolución más justa y ventajosa pudiera haber tomado, puesto que desde el principio, como asegura, se hallaba ofendida del proceder de Aníbal, que acceder entonces a la solicitud de los romanos, entregarles al autor de las injusticias, deshacerse buenamente del enemigo común de la patria por ajena mano, asegurar la tranquilidad al Estado, evitar la guerra que la amenazaba, y satisfacer su resentimiento a costa sólo de un decreto? ¿Qué tendría que responder a esto? Bien sé yo que nada. Pues los cartagineses estuvieron tan ajenos de echar mano de este expediente, que, por el contrario, hicieron la guerra diecisiete años continuos por parecer de Aníbal, y no la terminaron hasta que, exhaustos de todo recurso, se vieron por fin cerca de perder su patria y personas.
CAPÍTULO III
Los verdaderos motivos de la segunda guerra púnica: el odio de Amílcar contra los romanos, la toma de la Cerdeña por éstos, los nuevos tributos que impusieron a los cartagineses, y los éxitos de los cartagineses en la España.
El haber mencionado a Fabio y a su historia, no es porque tema que la verosimilitud de sus declaraciones halle crédito en algunos. Los absurdos de este escritor son tales, que, sin que yo los advierta, ellos por sí mismos se presentarán a la vista de los lectores. Sino para avisar a los que tomen en la mano su historia, que no reparen en el título del libro, sino en lo que contiene. Pues existen hombres que no deteniéndose en las palabras, sino en quien las dice, e impresionados de que el autor es contemporáneo y miembro del senado, reputan al instante por verdadero cuanto refiere. Mi sentir es, que así como no se debe despreciar la autoridad de este escritor, tampoco darla por sí sola un entero asenso, sino examinar a más los hechos para formar juicio.
Bajo este supuesto, se debe reputar por primera causa de la guerra entre romanos y cartagineses (aquí fue donde nos separamos del asunto) la indignación de Amílcar, llamado Barca, padre natural de Aníbal. Este general mantenía un espíritu invencible aun después de la guerra de Sicilia. Advertía que las tropas que habían estado bajo su mando en Erice se conservaban aún enteras y en los mismos sentimientos que su jefe, y que si el descalabro que sufrió en el mar su república la obligó a ceder al tiempo y a concertar la paz, su rencor siempre era el mismo, y sólo esperaba ocasión de declararle. Y en verdad, que a no haberse sublevado en Cartago los extranjeros, por su parte hubiera vuelto de nuevo a emprender la guerra. Pero prevenido de las sediciones intestinas, tuvo que ocuparse en sosegarlas.
Aquietados que fueron estos alborotos, los romanos declararon la guerra a los cartagineses. Al principio éstos se pusieron en defensa, esperanzados de que la justificación de su causa volvería por la victoria, como hemos declarado en los libros anteriores, sin los cuales no será posible comprender cómodamente, ni lo que ahora se dice, ni lo que se dirá en la consecuencia. Pero como los romanos cuidasen poco de su justicia, los cartagineses, oprimidos y sin saber qué hacerse, tuvieron que acomodarse al tiempo, evacuar la Cerdeña, y consentir en pagar otros mil doscientos talentos sobre los primeros, por redimirse de una guerra en tales circunstancias. Esta es la segunda causa, y en mi concepto la mayor, de la guerra que más tarde se originó. Pues Amílcar, uniendo a su particular resentimiento el odio de sus ciudadanos, apenas hubo deshecho los rebeldes extranjeros y asegurado la tranquilidad a la patria, puso toda su atención en la España, con la intención de servirse de ella como de almacén para la guerra contra los romanos. Los venturosos resultados de los cartagineses en este país se deben tener por tercera causa; pues fiados en estas tropas, emprendieron con vigor la mencionada guerra. Existen muchas pruebas de que Amílcar fue el principal autor de la segunda guerra púnica, aunque su muerte había sido diez años antes que aquella comenzase. Para testimonio de lo dicho bastará lo que voy a decir.
Cuando vencido Aníbal por los romanos tuvo finalmente que retirarse de su patria y acogerse a la corte de Antíoco, los romanos, conocedores ya de lo que los etolios maquinaban, enviaron legados a este príncipe con la misión de sondear sus intenciones. Los embajadores, advirtiendo que el rey daba oídos a los etolios y que meditaba la guerra contra ellos, dieron en hacer la corte a Aníbal, con el fin de hacerle sospechoso con Antíoco. Efectivamente, vieron cumplidos sus deseos. Andando el tiempo, y creciendo más y más en el rey los recelos contra Aníbal, se presentó finalmente la ocasión de sacar a cuento uno a otro su interior desconfianza. En este coloquio, luego de haber traído Aníbal muchas pruebas en su defensa, viendo que de nada servían sus razones, vino a parar en esto: «Cuando mi padre se disponía a partir a España con ejército, contaba yo solo nueve años: me hallaba arrimado al altar, mientras él sacrificaba a Júpiter; y después de tributadas a los dioses las libaciones y ritos acostumbrados, mandó se retirasen un poco los circunstantes; y llamándome, me preguntó con caricias si quería acompañarle a la expedición; yo le respondí con gozo que sí, y aun se lo supliqué con aquel modo propio de un muchacho; él entonces, tomándome de la derecha, me acercó al altar, y me mandó que, puesta la mano sobre las víctimas, jurase no ser jamás amigo de los romanos. En este supuesto, estad seguro que mientras penséis en suscitar ofensas contra los romanos podéis fiar de mí, como de un hombre que os servirá con fe sincera; pero si tratáis de compostura o alianza, no necesitáis dar oídos a calumnias, sino recelarse y guardarse de mí, pues siempre obraré contra Roma en todo lo posible.»
Este discurso, que pareció a Antíoco sincero y de corazón, disipó todas sus anteriores sospechas; y al mismo tiempo se debe reputar por un testimonio evidente del odio de Amílcar y de todo su proyecto, como se vio por los mismos hechos. Pues suscitó a los romanos tales enemigos en Asdrúbal, su yerno, y Aníbal, su hijo natural, que llegó al exceso de la enemistad. Es verdad que Asdrúbal murió antes de hacer público su propósito, pero para eso a Aníbal le sobró tiempo para manifestar el rencor que había heredado do su padre contra los romanos.
Por eso los que gobiernan Estados deben poner su principal estudio en comprender las intenciones que tienen las potencias en reconciliarse o en contraer alianza, cuándo reciben la ley forzada de la necesidad, y cuándo postradas de corazón, para cautelarse de aquellas, reputándolas como espiadoras de la ocasión; y fiarse de éstas como de súbditas y amigas verdaderas, participándolas cuanto ocurra sin reparo. Tales son las causas de la guerra de Aníbal. Ahora se van a exponer los principios.
CAPÍTULO IV
Expediciones de Aníbal por España.- Pretextos con que procura equivocar a la embajada de los romanos.- Sitio y toma de Sagunto.
Aunque los cartagineses sufrían con impaciencia la pérdida de la Sicilia, aumentaba mucho más su indignación la de la Cerdeña y la suma de dinero que últimamente se les había impuesto, como hemos indicado. Por tal motivo, así que tuvieron bajo su dominio la mayor parte de la España, todas las acriminaciones contra los romanos hallaron en ellos buena acogida. Entonces llegó la noticia de la muerte de Asdrúbal, a quien se había encargado el mando de la España por falta de Amílcar. De momento esperó la República, hasta ver a quién se inclinaban las tropas; pero después que se supo que el ejército había elegido de común consentimiento a Aníbal por su jefe, al punto, junto el pueblo, ratificó a una voz la elección de los soldados. No bien Aníbal había tomado el mando, cuando se propuso sujetar a los olcades. Fue a acamparse delante de Althea, ciudad la más fuerte de esta nación, y después de un vigoroso y terrible ataque (221 años antes de J. C.) se apoderó de ella en un momento. Este accidente aterró a los demás pueblos y los sometió al poder de Cartago. Más tarde vendió el botín de estas ciudades, y dueño de infinitas riquezas se volvió a invernar a Cartagena. Allí, generoso con los que le habían servido, satisfizo las raciones al soldado, ofreció gratificaciones para el futuro, se granjeó un sumo aprecio y excitó en sus tropas magníficas esperanzas. Al iniciarse el verano dio principio a la campaña por los vacceos, atacó a Salamanca y la tomó por asalto (220 años antes de J. C.) Puso sitio asimismo y ganó por fuerza a Arbucala, ciudad que por su magnitud, gran población y fuerte resistencia de sus habitantes le costó mucho trabajo. A la vuelta, los carpetanos, nación casi la más poderosa de aquellos países, le atacaron y pusieron en el mayor apuro. Se habían unido a éstos los pueblos vecinos, conmovidos principalmente Por los olcades fugitivos, y sublevados por los salmantinos que se habían salvado. Si los cartagineses se hubieran visto forzados a combatir en batalla ordenada, hubieran perecido sin remedio. Pero Aníbal tuvo en esta ocasión la sagacidad y prudencia de irse retirando lentamente, poner por barrera al río Tajo y dar la batalla en el paso del río. Efectivamente, auxiliado de las ventajas del río y de los casi cuarenta elefantes que tenía, todo le salió maravillosamente como había pensado. Los bárbaros intentaron superar y vadear el río por muchas partes; pero la mayoría perecieron en el desembarco, porque al paso que iban saliendo los elefantes que estaban a la margen, los atropellaban antes de ser socorridos. Aparte de esto, la caballería, como resistía mejor la corriente y desde encima del caballo peleaba contra la infantería con ventaja, mató mucha gente en el mismo río. Por último, Aníbal pasó al otro lado, y dando sobre los bárbaros, ahuyentó más de cien mil. Con esta derrota no hubo ya pueblo, del Ebro para acá, que osase hacer frente a los cartagineses, como no sea Sagunto. Pero Aníbal, atento a las instrucciones y consejos de su padre, procuraba en cuanto podía no mezclarse con esta ciudad, a fin de no dar a las claras pretexto alguno de guerra a los romanos, hasta haberse asegurado de lo restante de España. Entretanto los saguntinos enviaban a Roma correos de continuo, ya porque, presintiendo lo que había de ocurrir, temían por sus personas, ya porque querían informar a los romanos de los progresos de los cartagineses en la España. En Roma se habían mirado con indiferencia estas representaciones; pero entonces se despacharon embajadores que inquiriesen la verdad del hecho. Por este mismo tiempo Aníbal, después de haber sujetado los pueblos que se había propuesto, volvió por segunda vez con el ejército a invernar a Cartagena, que era como la capital y la corte de lo que los cartagineses poseían en la España. Allí encontró los embajadores romanos, y admitiéndolos a audiencia, escuchó su comisión. Estos le declararon que no tocase a Sagunto, pues estaba bajo su amparo, ni pasase el Ebro, según el tratado concluido con Asdrúbal. Aníbal, joven entonces, lleno de ardor militar, afortunado en sus propósitos y estimulado de un inveterado odio contra los romanos, como si hubiese tomado por su cuenta la protección de Sagunto, se quejó a los embajadores: de que originada poco antes una sedición en Sagunto, los vecinos habían tomado por árbitros de la disputa a los romanos, y éstos habían quitado la vida injustamente a algunos de los principales; que esta perfidia no la podía dejar él impune, pues los cartagineses tenían por costumbre, recibida de sus mayores, no permitir se hiciesen injurias. Pero al mismo tiempo envió a Cartago para saber cómo se portaría con los saguntinos que, validos de la alianza de los romanos, maltrataban algunos pueblos de su dominio. En una palabra, Aníbal obraba con imprudencia y cólera precipitada. Por eso, en vez de verdaderos motivos echaba mano de fútiles pretextos, costumbre ordinaria de los que, prevenidos de la pasión, desprecian lo honesto. ¿Cuánto mejor le hubiera estado manifestar que los romanos le restituyesen la Cerdeña, y juntamente el tributo que validos de la ocasión les habían exigido sin justicia, o de lo contrario declararía la guerra? Pero Aníbal, por haber silenciado en esta ocasión el verdadero motivo y haber supuesto la injuria de los saguntinos, que no había, dio a entender que empezaba la guerra, no sólo sin fundamento, pero aun contra todo derecho.
Los embajadores romanos, asegurados de que la guerra sería indefectible, se embancaron para Cartago con el propósito de hacer a los cartagineses las mismas protestas. No se persuadían a que el teatro de la guerra fuese en la Italia, sino en la España, en cuyo caso les serviría Sagunto de plaza de armas. Por eso el senado romano, que adaptaba sus deliberaciones a este intento, previendo que la guerra sería importante, dilatada y distante de la patria, tomó la providencia de asegurar los negocios de la Iliria.
Ocurrió por este tiempo (220 años antes de J. C.) que Demetrio de Faros, olvidado de los beneficios anteriormente recibidos de los romanos, y despreciándolos por el terror que antiguamente los galos y actualmente los cartagineses les habían infundido; depositada toda su confianza en la casa real de Macedonia por haber socorrido y acompañado a Antígono en la guerra cleoménica, talaba y arruinaba en la Iliria las ciudades de la dominación romana, navegaba con cincuenta bergantines del otro lado del Lisso contra el tenor del tratado, y saqueaba muchas de las islas Ciclades. A la vista de esto, los romanos, considerando el floreciente estado de la casa real de Macedonia, procuraron poner a cubierto las provincias situadas al Oriente de Italia. Se hallaban persuadidos a que después de corregida la locura de los ilirios y reprendida y castigada la ingratitud e insolencia de Demetrio, tendrían aún tiempo de prevenir los intentos de Aníbal. Pero les fallaron sus propósitos. Pues Aníbal les ganó por la mano y les quitó la ciudad de Sagunto. Esto fue causa de que la guerra se hiciese, no en la España, sino a las puertas de Roma y en toda Italia. Sin embargo, los romanos, siguiendo su primer proyecto, enviaron a la Iliria con ejército a L. Emilio por la primavera del año primero de la olimpíada ciento cuarenta. Aníbal partió de Cartagena con sus tropas y se encaminó hacia Sagunto.
Esta ciudad se halla situada en la falda de una montaña que, uniendo los extremos de la Iberia y de la Celtiberia, se extiende hasta el mar. Dista de éste como siete estadios. Su territorio produce todo género de frutos, los más sazonados de la España. Aníbal, acampado frente a Sagunto, estrechaba con vigor el cerco (220 años antes de J. C.) Preveía que de la toma de esta plaza por fuerza le provendrían muchas ventajas para el futuro. Ante todo presumía que quitaría a los romanos la esperanza de hacer la guerra en España; después estaba persuadido a que el terror que esparciría este ejemplo haría más dóciles a los que ya eran sus súbditos, y más circunspectos a los que estaban aún independientes, y, sobre todo, que no dejando enemigos tras de él proseguiría su marcha sin peligro. Aparte de esto, creía que abundaría de dinero para la empresa, que el botín que cada uno conseguiría daría ánimo a sus soldados para seguirla, y que la remisión de despojos a Cartago le atraería el afecto de sus conciudadanos. Estas reflexiones le estimulaban a insistir en el sitio con brío. Unas veces, dando ejemplo al soldado, trabajaba él mismo en la construcción de las obras; otras, exhortando a la tropa, se exponía, arrojado, a los peligros, sin rehusar fatiga ni cuidado. Finalmente, a los ocho meses tomó la ciudad a viva fuerza. Dueño de muchos dineros, prisioneros y muebles, el dinero lo aplicó a sus propósitos particulares, como se había propuesto; los prisioneros los distribuyó entre los soldados, a cada uno según su mérito, y los muebles todos los remitió al instante a Cartago. En nada desmintió la acción a su idea; todo le salió como él había imaginado. La tropa vino a ser más intrépida para el peligro, los de Cartago más propensos a sus mandatos, y él, bien provisto de pertrechos, emprendió muchas acciones ventajosas.
CAPÍTULO V
Expedición de Emilio a la Iliria y toma de muchas plazas por éste.- Victoria sobre Demetrio.- Embajada de Roma a Cartago.- Manifiesto en que esta República justifica su derecho.
Mientras tanto Demetrio, conocida la intención de los romanos, introdujo en Dimalo una guarnición competente con todas las municiones necesarias. En las demás ciudades hizo matar a los del bando contrario, y entregó los gobiernos a sus amigos. Él eligió entre sus vasallos seis mil hombres los más valerosos, y se metió con ellos en Faros (220 años antes de J. C.) Entretanto el cónsul romano llegó a la Iliria con las legiones, y advirtiendo que los enemigos vivían confiados en la fortaleza y provisiones de Dimalo y en que en su concepto era inconquistable, decidió iniciar la campaña por esta plaza con el fin de aterrar a los enemigos. Para ello exhortó en particular a los tribunos, y tras haber avanzado las obras por muchas partes, emprendió el sitio con tal vigor que a los siete días tomó la ciudad. Este repentino accidente abatió tanto el espíritu de los contrarios, que al instante vinieron de todas las ciudades a rendir y ofrecer la obediencia a los romanos. El cónsul recibió a cada uno bajo los pactos competentes, y se hizo a vela hacia Faros contra Demetrio mismo. Pero enterado de que la ciudad se hallaba bien fortificada, que encerraba gran número de tropas escogidas y que estaba provista de víveres y demás pertrechos, recelaba no viniese a ser el sitio difícil y duradero. Para precaver estos inconvenientes se valió de esta estratagema a su llegada. Arribó a la isla durante la noche con todo el ejército, desembarcó la mayor parte en unos lugares montuosos y cóncavos, y llegado el día se hizo a la mar con veinte navíos, a la vista de todos, para el puerto cercano a la ciudad. Demetrio, que advirtió los navíos, despreciando su corto número, salió de la ciudad al puerto para impedir el desembarco.
Luego que vinieron a las manos, se enardeció la batalla. Acudían de la plaza continuos refuerzos, hasta que finalmente salieron todos. Los romanos que habían desembarcado durante la noche, caminando por lugares ocultos llegaron a este tiempo, y ocupando una eminencia fortificada que existe entre esta ciudad y el puerto, cortaron la retirada a los que salían de la plaza al socorro. Visto esto por Demetrio, desistió de impedir el desembarco, y después de unidas y exhortadas sus tropas, resolvió combatir en batalla ordenada contra los que ocupaban la colina. Los romanos, que advirtieron que los ilirios les atacaban con vigor y en buen orden, dieron también sobre ellos con un valor espantoso. Al mismo tiempo los que habían saltado de los navíos invadieron por la espalda a los ilirios, y acosados por todas partes, se vieron en un desorden y confusión extrema. Finalmente, molestados por el frente y por la espalda, tuvieron que emprender la huida. Algunos se refugiaron a la ciudad, pero la mayor parte se esparció en la isla por caminos extraviados. Demetrio se embarcó en unos bergantines que tenía anclados en ciertas calas desiertas para un accidente, y haciéndose a la vela durante la noche, aportó felizmente a la corte del rey Filipo, donde pasó el resto de su vida. Era un príncipe dotado de valor y espíritu, pero inconsiderado y del todo indiscreto. Su fin fue semejante al método de vida. Pues habiendo emprendido tomar la ciudad de Messenia con parecer de Filipo, su arrojo y temeridad en el acto mismo de la acción le hizo perder la vida. Pero de esto hablaremos pormenor cuando llegue el caso. Emilio al punto tomó a Faros por asalto y la destruyó; después, apoderado del resto de la Iliria y ordenadas las cosas a medida de su gusto, volvió a Roma al fin del estío, donde celebró su entrada con triunfo y toda magnificencia; premio debido, no sólo a la destreza, sino aun más al valor con que se había conducido en los negocios.
Así que llegó a Roma la nueva de la toma de Sagunto, no se puso en deliberación si se había de emprender la guerra. Algunos escritores lo dicen, y aun refieren las opiniones que hubo de una y otra parte, pero incurren en el absurdo más clásico. ¿Cómo es posible que los romanos, que en el año anterior habrían declarado la guerra a los cartagineses en caso que invadiesen las tierras de Sagunto, tomada ahora por fuerza la ciudad, se reuniesen estos mismos a consultar si se había de emprender o no la guerra? ¿Cómo no se ha de extrañar que, al insinuar la consternación de los senadores, añadan estos escritores que los padres llevaron a los hijos de doce años al senado, y que habiéndoles dado parte de la consulta, ni aun a sus parientes revelaron el secreto? Esto es inverosímil y absolutamente falso. A no ser que se quiera decir que la fortuna, a más de otras prerrogativas, ha dispensado a los romanos el don de la prudencia desde el vientre de su madre. Semejantes escritos, como los de Chæreas y Sosilo, no merecen más refutación. Estos, en mi concepto, no tienen traza ni disposición de historia, sino de cuentos forjados en la tienda de un barbero y propalados por el vulgo.
Luego que supieron los romanos el atentado contra Sagunto, nombraron embajadores y los enviaron a Cartago sin tardanza, con orden de proponer dos partidos a los cartagineses: uno que no podían aceptar sin deshonor y perjuicio, y otro que era principio de una costosa y desastrosa guerra. Solicitaban, o que se les entregase a Aníbal y sus consejeros, o intimarles la guerra. Llegados que fueron a Cartago los embajadores y admitidos en el senado, expusieron sus instrucciones. Los cartagineses escucharon con indignación el objeto de su propuesta; sin embargo, dieron comisión al más capaz de ellos para exponer el derecho de la República.
Éste callaba el tratado ajustado con Asdrúbal, como si no se hubiese llevado a cabo; y caso de serlo, como que en nada les perjudicaba, por haberse concluido sin el parecer del senado. Para prueba de esto, traía el ejemplo de los mismos romanos cuando Luctacio firmó la paz en la guerra de Sicilia, que no obstante estar ya ésta aprobada por el cónsul, la dio después por nula el pueblo romano, por haberse hecho sin su consentimiento. Toda su defensa se redujo a insistir y apoyarse en los últimos tratados que se habían concertado en la guerra de Sicilia, en los que decía no había nada dispuesto sobre la España; sólo si se había prevenido expresamente que habría seguridad entre los aliados de uno y otro pueblo; pero negaba que en aquel tiempo fuesen aliados de los romanos los saguntinos, y para prueba de esto leía a cada paso los tratados.
Los romanos rehusaban absolutamente disputar sobre el derecho. Manifestaban que esta discusión tendría lugar en el caso de que Sagunto permaneciese en su primitivo estado, y entonces sería factible que las palabras solas terminasen la controversia pero una vez arruinada esta ciudad contra la fe de los tratados, o se les había de entregar a los autores de la infracción, hecho por donde harían ver al mundo que no habían tenido parte en semejante atentado y que se había cometido sin su consentimiento, o no queriendo hacerlo, confesar que habían coadyuvado..., y entonces a qué fin tan vagos y generales discursos. Nos ha parecido preciso no silenciar este pasaje, para que aquellos a quienes toca e interesa conocer a fondo estas materias no ignoren la verdad en las deliberaciones más urgentes ni los políticos, seducidos de la ignorancia y parcialidad de los escritores, yerren en adquirir una noticia exacta de los tratados que ha habido entre romanos y cartagineses desde el principio hasta nuestros días.
CAPÍTULO VI
Tratados de paz entre romanos y cartagineses antes de la segunda guerra púnica.
Ciertamente los primeros tratados que se llevaron a cabo entre romanos y cartagineses fueron en tiempo de L. Junio Bruto y Marco Horacio, los dos primeros cónsules que se nombraron después de abolidos los reyes, y por quienes fue consagrado el templo de Júpiter Capitolino, veintiocho años antes del paso de Jerjes a la Grecia.
Expresamos aquí sus palabras, interpretándolas con la exactitud posible. Pues es tal la diversidad que se encuentra, aun entre los romanos, de la lengua de hoy a la de aquellos tiempos (509 años antes de J. C.), que apenas los más inteligentes podrán explicar con trabajo algunos lugares. El tratado está comprendido en estos términos: «Habrá alianza entre romanos y cartagineses y sus aliados respectivos con estas condiciones: no navegarán los romanos ni sus aliados de parte allá del Bello Promontorio, a no ser que los completa alguna tempestad o fuerza enemiga, y en caso de ser alguno arrojado por fuerza, no le será lícito su buque o culto de sus dioses, y partirá dentro de cinco días. Los que vengan a comerciar no pagarán derecho alguno más que el del pregonera y el del escribano. Todo lo que sea vendido en presencia de éstos, la fe pública servirá de garante al vendedor, bien la venta sea en África o bien en Cerdeña. Si algún romano aportase a aquella parte de Sicilia en que mandan los cartagineses, guárdesele en un todo igual derecho. Los cartagineses no ofenderán a los ardeatos, antiatos, laurentinos, ciroeienses, tarracinenses ni otro algún pueblo de los latinos que obedezca a los romanos. Se abstendrán de hacer agravio a las ciudades aliadas, aunque no estén bajo la dominación romana. Si tomasen alguna, la restituirán íntegra a los romanos. No construirán fortaleza en el país de los latinos, y si entran en esta provincia como enemigos, no pasarán la noche en ella.»
Llámase Bello Promontorio el que está al frente de la misma Cartago hacia el Septentrión, pasado el cual prohíben absolutamente los cartagineses que los romanos naveguen con navíos largos hacia el Mediodía. La causa de esto, a mi entender, es para que no les exploren las campiñas próximas a Bizacio y a la pequeña Sirtes, que por la fertilidad del terreno llaman ellos Emporios. Conceden, sin embargo, lo necesario al que, arrojado por la tempestad o violencia enemiga, necesite alguna cosa para los sacrificios y reparo de su buque; pero previenen no tome nada por fuerza y salga al quinto día de haber fondeado. Permiten a los romanos comerciar en Cartago, en todo el país de África de parte acá del Bello Promontorio, en Cerdeña y en aquella parte de Sicilia sujeta a Cartago, y prometen bajo fe pública que les guardarán justicia. Bien se deja ver por este tratado que los cartagineses hablan de la Cerdeña y del África como propias; pero de la Sicilia, por el contrario, hacen distinción expresa, comprendiendo el tratado aquella sola parte que obedece a Cartago. Del mismo modo los romanos expresan el Lacio en la convención; pero no mencionan lo restante de Italia, por no hallarse bajo su dominio.
A éste se siguió otro tratado, en el que los cartagineses incluyeron a los tirios y Uticenses, y se añadió al Bello Promontorio Mastia y Tarseio, pasadas las cuales, se prohibió que los romanos pirateasen ni construyesen ciudad (352 años antes de J. C.) Su tenor es el siguiente: «Habrá alianza entre romanos y sus aliados, y los cartagineses, tirios, uticenses y aliados de éstos con estas condiciones: no andarán a corso, ni comerciarán ni edificarán ciudad los romanos de parte allá del Bello Promontorio, Mastia y Tarseio. Si los cartagineses tomasen alguna ciudad en el Lacio que no esté sujeta a los romanos, retendrán para sí el dinero y los prisioneros, pero restituirán la ciudad. Si los cartagineses apresasen alguno con quien estén en paz los romanos por algún tratado escrito, aunque no sea su súbdito, no le llevarán a los puertos de los romanos; y en caso de ser llevado, si le coge algún romano, quedará libre. A lo mismo estarán atenidos los romanos. Si éstos tomasen agua o víveres de alguna provincia de la dominación de Cartago, con el pretexto de los víveres no ofenderán a nadie con quien tengan paz y alianza los cartagineses... A ninguno será lícito hacerse justicia por su mano y si la hiciese, será esto reputado por crimen público. Ningún romano comerciará ni construirá ciudad de Cerdeña y África, ni aportará allá sino para tomar víveres y reparar su buque. Si la tempestad le arrojase, saldrá dentro de cinco días. En aquella parte de Sicilia en que mandan los cartagineses y en Cartago obrará y venderá un romano con la misma libertad que un ciudadano. El mismo derecho tendrá un cartaginés en Roma.»
Por segunda vez insisten los cartagineses en este tratado en hablar del África y de la Cerdeña como propias, y prohibir a los romanos todo arribo. Por el contrario de la Sicilia, especifican aquella sola parte dominada por ellos. De igual forma los romanos, por lo respectivo al Lacio, estipulan no se haga daño a los ardeatos, antiatos, circeios y tarracinos. Estas son las ciudades marítimas que se hallan sobre la costa del Lacio, y que quieren estén comprendidas en el tratado. Últimamente, antes que los cartagineses comenzasen la guerra de Sicilia (281 años antes de J. C.), concertaron los romanos otro tratado hacia el paso de Pirro por Italia. En él se observan los mismos pactos que en los precedentes, con la diferencia de añadirse lo siguiente: «Si los romanos o cartagineses quieren hacer alianza por escrito con Pirro, la harán unos y otros con la condición de que se podrá auxiliar mutuamente a los que sean atacados. En el caso de que cualquiera de los dos pueblos necesite de socorro, los cartagineses pondrán los navíos, tanto para el viaje como para el combate; pero cada uno pagará el sueldo a sus tropas. Los cartagineses socorrerán a los romanos aun en el mar, si fuese necesario. Pero ninguno será forzado a echar fuera la tripulación contra su voluntad.»
Los tratados estaban confirmados con estos juramentos. En el primero los cartagineses juraron por los dioses patrios, y los romanos por una piedra, según una antigua costumbre, y a más por Marte Quirino y Grandivo. El juramento por una piedra era de este modo: el que firmaba el tratado con este juramento después de haber jurado sobre la fe pública, tomaba una piedra en la mano y decía estas palabras: «Si juro verdad, que me suceda bien, y si pensase u obrase de otro modo, que salvos todos los demás en sus patrias en sus leyes, en sus bienes, templos y sepulcros, yo solo sea exterminado, como ahora lo es esta piedra»; y diciendo esto arrojaba la piedra de la mano.
Estos tratados subsisten y se conservan en láminas de bronce hasta hoy en el templo de Júpiter Capitolino, en el archivo de los ediles. A la vista de esto cualquiera extrañará con razón en el historiador Filino no el que ignore estos monumentos; esto no es sorprendente, cuando aun en nuestros días no los sabían los romanos y cartagineses más ancianos, ni los que se preciaban haber hecho su principal estudio en el derecho público; sino el que se atreva sin autoridad ni razón a escribir lo contrario, a saber, que había un tratado entre romanos y cartagineses, por el que aquellos se obligaban a abstenerse de toda la Sicilia, y éstos de toda la Italia, y que los romanos habían violado el pacto y el juramento en el acto mismo que pasaron la primera vez a la Sicilia; cuando semejante instrumento jamás ha existido, ni se halla de él memoria alguna. Estas son sus palabras terminantes en el segundo libro, cuya relación circunstanciada emitimos para este lugar cuando hicimos de ellas mención en el conjunto de nuestra obra, para desengaño de muchos que creen en los escritos de Filino. Ciertamente, si en el paso de los romanos a la Sicilia se considera en que al cabo recibieron a los mamertinos en su gracia, y los socorrieron después a sus instancias, no obstante haber faltado a la fe a los de Messina y Regio; con razón se vituperará el hecho. Pero creer que pasaron a la Sicilia contra algún juramento o tratado, es una crasa ignorancia.
Terminada la guerra de Sicilia (242 años antes de J. C.), se concertó otro tratado cuyas principales condiciones son estas: «Abandonarán los cartagineses la Sicilia y todas las islas situadas entre ésta y la Italia; habrá seguridad entre los aliados de uno y otro pueblo; no dispondrá el uno en la dominación del otro, ni reedificará públicamente, ni reclutará tropas, ni contraerá alianza con los aliados del otro pueblo; los cartagineses pagarán dos mil doscientos talentos en diez años, los mil de contado; los cartagineses restituirán a los romanos sin rescate todos sus prisioneros.» Concluida después la guerra de África (239 años antes de J. C.), los romanos hicieron un decreto para declarar la guerra a los cartagineses, y añadieron estos pactos al tratado: «Los cartagineses saldrán de la Cerdeña, y añadirán otros mil y doscientos talentos a la suma que hemos apuntado.» A más de éstos se terminó el último tratado con Asdrúbal en la España, por el que se convino que los cartagineses no pasarían con las armas el río Ebro (229 años antes de J. C.).
Estos son los convenios que hubo entre romanos y cartagineses desde el principio hasta el tiempo de Aníbal: por donde se ve que así como no se halla que los romanos violasen juramento alguno para pasar a la Sicilia, igualmente no se encontrará causa ni pretexto razonable para la segunda guerra, por la que se apropiaron la Cerdeña. Por el contrario, es incontestable que las circunstancias precisaron a los cartagineses a evacuar la Cerdeña, contra todo derecho, y a pagar la suma de dinero que hemos dicho. Porque el agravio que los romanos suponen, de que durante la guerra de África fueron maltratados sus comerciantes, quedó remitido cuando entregados de todos los prisioneros que los cartagineses habían conducido a sus puertos, restituyeron ellos en reconocimiento y sin rescate los que tenían, como hemos demostrado por menor en el libro antecedente. Siendo esto así, sólo nos resta examinar e inquirir a cuál de los dos pueblos se ha de atribuir la causa de la guerra de Aníbal.
CAPÍTULO VII
Manifiesto en que exponen los romanos su derecho.- A cuál de las dos repúblicas se debe atribuir la causa de la segunda guerra púnica.- Utilidades de la historia y ventajas en que excede la universal a la particular.
Acabamos de ver lo que los cartagineses alegan por su parte. Ahora diremos las razones que exponen los romanos, de que entonces, ciegos con la cólera de haber perdido a Sagunto, no hicieron uso, y al presente andan en boca de todos. Ante todo, que no se debía reputar por inválido el tratado terminado con Asdrúbal, como se atrevían a proferir los cartagineses. Porque en éste no se añadió, como en el de Luctacio, la cláusula de que sería valedero si lo ratificaba el pueblo romano; sino que Asdrúbal, con autoridad absoluta, firmó sus condiciones, en las que se contenía que los cartagineses no pasarían con las armas el río Ebro. A más de que en el tratado que se hizo sobre la Sicilia estaba contenido, como ellos confiesan, que habría mutua seguridad entre los aliados de uno y otro pueblo; esto es, no sólo entre los que entonces había, como interpretan los cartagineses, pues entonces se hubiera añadido: o que no se recibirían otros aliados más que los que ya había, o que el tratado no comprendería a los que después se recibiesen. Pero no habiéndose especificado ninguno de estos extremos, es evidente que la seguridad debe ser comprensiva a todos los aliados de uno y otro pueblo, tanto los que a la sazón había, como los que se recibiesen en el futuro. Esto la razón misma lo está dictando, pues ciertamente no hubieran concertado un tratado que les quitaba la libertad de admitir, según las circunstancias, los amigos o aliados que les pareciesen ventajosos, y les obligaba a pasar por las ofensas que otros hiciesen a los que habían tomado bajo su amparo. La mente principal de unos y otros en este tratado fue abstenerse mutuamente de ofender a los aliados que ya entonces tenía cada uno, y de ninguna manera el uno contraer alianza con los aliados del otro; pero respecto de los que después se podrían recibir, que no se reclutasen tropas que no dispusiese el uno en la dominación y aliados del otro, y que se guardaría seguridad entre todos los aliados por ambas partes.
Siendo esto así, es también notorio que los saguntinos, muchos años antes del tiempo de Aníbal, se habían puesto bajo la protección de los romanos. La mayor prueba de esto, y que asimismo confiesan los mismos cartagineses, es que, amotinados entre sí los saguntinos, no se comprometieron en los cartagineses, aunque vecinos y dueños ya de la España, sino en los romanos, por cuya mediación lograron el restablecimiento de su gobierno. Convengamos, pues, en que si se sienta por causa de la segunda guerra púnica la ruina de Sagunto, se deberá conceder que los cartagineses emprendieron la guerra injustamente: bien se mire al tratado de Luctacio, por el que se previene que habrá seguridad en los aliados de uno y otro pueblo, bien al de Asdrúbal, por el que se prohíbe a los cartagineses adelantar sus conquistas del otro lado del Ebro. Pero si se atiende a la pérdida de la Cerdeña y al nuevo tributo que con ella se les impuso, se confesará precisamente que los cartagineses, en haberse valido de la ocasión para satisfacerse de los que les habían ofendido en situación tan urgente, iniciaron la guerra de Aníbal con justicia. Quizá me dirá alguno de los que lean sin reflexión este pasaje, que he individualizado sin necesidad esta materia más de lo que convenía. Yo confesaré sin reparo que si alguno se supone ser por sí solo bastante contra cualquier accidente, el conocimiento de las cosas pasadas le será curioso, pero no necesario. Mas como ningún mortal se atreverá a decir otro tanto, ni de sí propio, ni del estado, pues aunque por el presente viva feliz, si tiene entendimiento, no asegurará con prudencia la misma dicha para el futuro; por eso me confirmo en que le es no sólo útil, sino aun preciso, el saber las cosas que nos han precedido. Sin este conocimiento, ¿cómo se hallarán socios o aliados que nos venguen de nuestras particulares injurias, o de las de la patria? ¿Cómo, para promover o emprender de nuevo algún proyecto, se incitará a otros a que coadyuven nuestros propósitos? ¿Cómo, finalmente, contento con los sucesos contemporáneos, se ganarán amigos que corroboren nuestro dictamen y conserven el estado actual, si no se sabe recordar a cada uno lo pasado? Por regla general los hombres se acomodan a lo presente, y en dichos hechos se parecen a los monos; de suerte que es difícil a veces calar sus intenciones y descubrir a fondo la verdad. Pero las acciones de los pasados, como las ha calificado el mismo éxito, nos muestran sin rebozo la intención y pensamiento de sus autores, y nos enseñan de quiénes debemos esperar favor, beneficio o socorro, y de quienes lo contrario. Por ellas se conoce a cada paso quién se compadecerá de nuestros infortunios, quién tomará parte en nuestra indignación, y quién nos vengará de la ofensa; cosa que acarrea infinitas ventajas, ya en común, ya en particular, para el trato civil de las gentes. Por lo cual los que escriben o leen historias, no tanto deben cuidar de la narración de los hechos mismos cuanto de los antecedentes, coincidentes y consecuencias. A la historia, si se la quita el porqué, cómo, con qué fin se hizo tal acción, y si correspondió el éxito; lo que queda no es más que un mero ejercicio de palabras que no produce instrucción. Y aunque por el pronto divierte, es de ninguna utilidad para adelante.
En este supuesto, los que se imaginen que nuestra obra será difícil de comprar y de leer por el número y magnitud de sus libros, tengan entendido que no saben cuánto más fácil es comprar y leer cuarenta libros coordinados bajo una cuerda, que nos den una justa idea de lo sucedido en Italia, Sicilia y África desde el tiempo en que Timeo termina la historia de Pirro hasta la toma de Cartago, y al mismo tiempo lo que ha ocurrido en las otras partes del mundo, desde la huida de Cleomedes, rey de Esparta, hasta la batalla dada entre aqueos y romanos junto al istmo del Peloponeso, que leer o comprar las obras que se han escrito sobre cada uno de estos hechos. Porque a más de que estos escritos superan muchísimo a mis comentarios, es imposible que los lectores saquen de ellos cosa fija. En primer lugar, porque los más no concuerdan sobre las circunstancias de un mismo asunto; después, porque omiten los hechos contemporáneos, de cuya recíproca comparación y confrontación se forma juicio muy diverso del que se concibió viéndolos separados; y últimamente, porque son del todo incapaces de tocar las cosas más importantes. El principal constitutivo de la historia, según hemos dicho, es lo que se siguió a los hechos, lo que acaeció al mismo tiempo, y más aún lo que dio motivo. Así es que vemos que la guerra de Filipo dio ocasión a la de Antíoco, la de Aníbal a la de Filipo, la de Sicilia a la de Aníbal, y que en el espacio intermedio hubo muchos y diversos sucesos, que todos concurrieron a un mismo fin. Todo esto se puede comprender y conocer por una historia universal; pero por las que tratan separadamente de cada una de estas guerras, como la de Perseo o la de Filipo, es imposible. A no ser que alguno presuma que leídas en estos autores las simples descripciones de las batallas, se halla ya enterado a fondo de la economía y disposición de toda la guerra, error a la verdad bien manifiesto. Soy, pues, de sentir que cuanta ventaja hay del saber al simple oír, otro tanto superará mi historia a las relaciones particulares.
CAPÍTULO VIII
Declaración de la guerra.- Sabias providencias que toma Aníbal para poner a cubierto el África y la España.- Marcha desde Cartagena hasta los Pirineos.- Numerosas e importantes conquistas.
Enterados los embajadores romanos (aquí nos separamos del hilo de la narración), de lo que los cartagineses exponían, no pronunciaron más palabra que decir el más anciano, descubriendo su seno a los senadores: «Aquí os traemos la guerra y la paz; escoged la que queréis que saque.» El presidente de los cartagineses respondió: «Sacad la que os parezca.» A lo que dijo el romano, que sacaba la guerra, y los más de los senadores contestaron a voces que la aceptaban. Con esto se separaron los embajadores y la asamblea.
Aníbal, que entonces se hallaba en cuarteles de invierno en Cartagena, licenció ante todo a los españoles para sus casas, con el propósito de tenerlos prontos y dispuestos para el futuro. Más tarde instruyó a su hermano Asdrúbal de la conducta que había de observar en el gobierno y mando con los españoles, y de las prevenciones que debía tomar contra los romanos, caso que él se ausentase. Por último, tomó providencias para poner a cubierto el África. Para esto se valió de una sagaz y prudente política. Hizo pasar las tropas de África a España, y las de España a África, ligando con este vínculo la fidelidad entre ambos pueblos. Los que pasaron de España a África fueron los thersitas, los mastianos, los de las montañas y los olcades. El total de estas gentes ascendía a mil doscientos jinetes, y trece mil ochocientos cincuenta infantes. Pasaron también los baleares, llamados propiamente honderos. Se les llamó así, como también la isla, por el uso de la honda. Acuarteló la mayor parte de estas tropas en Metagonia de África, y al resto en la misma Cartago. Sacó de los pueblos de los metagonitas otros cuatro mil infantes, y los envió a Cartago para que sirviesen a un tiempo de rehenes y de tropas auxiliares. Dejó a su hermano Asdrúbal en España cincuenta navíos de cinco órdenes, dos de a cuatro, y cinco de a tres. Treinta y dos de los primeros y los cinco últimos estaban bien tripulados. Dejóle también cuatrocientos cincuenta jinetes libifenices y africanos, trescientos lorgitas, y mil ochocientos númidas, massilios, masselios, macios y mauritanos de los que habitaban la costa del océano; con una infantería de once mil ochocientos cincuenta africanos, trescientos ligures, quinientos baleares y veintiún elefantes. Nadie debe extrañar que describamos las operaciones de Aníbal en la España con la exactitud que apenas podrá otro que haya manejado privativamente esta materia; ni imputarme que me asemejo a aquellos escritores que palean sus embustes para que merezcan crédito. Pues habiéndome encontrado en Lacinio una plancha de bronce escrita por Aníbal cuando estaba en Italia, resolví darla una entera fe en el asunto, y preferí atenerme a esta memoria.
Aníbal, una vez tomadas todas las providencias para la seguridad del África y de la España, no aguardaba ni esperaba ya más que los correos que le habían de enviar los galos. Se hallaba ya exactamente informado de la fertilidad del país que yace al pie de los Alpes y a los contornos del Po, del número de habitantes de aquella comarca, del espíritu belicoso de sus moradores, y lo más importante, del odio que conservaban todavía contra los romanos por las guerras precedentes, de que ya hemos hecho mención en el libro anterior para que el lector comprendiese lo que habíamos de decir en la consecuencia. Satisfecho de esta esperanza, todo se lo prometía de la exacta correspondencia que mantenía con los príncipes galos, tanto cisalpinos, como inalpinos. Pensaba que el único modo de hacer la guerra a los romanos dentro de Italia, era si superadas primero las dificultades del camino pudiese llegar a los mencionados países, y hacer que los galos cooperasen y tomasen parte en su premeditado propósito. Finalmente, llegaron los correos, le enteraron de la voluntad y expectación de los galos, y le expusieron los grandes trabajos y dificultades que había que vencer en las cumbres de los Alpes, pero que no eran insuperables. Con esto, llegada la primavera, sacó sus tropas de los cuarteles de invierno. Ensoberbecido con las noticias que acababa de recibir de Cartago, y seguro del afecto de sus ciudadanos, empezó ya a animar las tropas a las claras contra los romanos. Les informó cómo éstos se habían atrevido a pedir que se les entregase su persona y todos los jefes del ejército. Les descubrió la fertilidad del país donde habían de ir, la benevolencia de los galos y la alianza con ellos contraída. Habiendo manifestado las tropas un pronto deseo de seguirle, alabó su buena voluntad, señaló día para la marcha, y despidió la junta.
Evacuados estos asuntos en el transcurso del invierno, y puesto el conveniente resguardo en las cosas de África y España, sacó su ejército el día señalado, compuesto de noventa mil infantes y cerca de doce mil caballos. Pasado que hubo el Ebro, sojuzgó los ilergetas, bargusios, áirennoslos y andosinos, pueblos que se extienden hasta los Pirineos. Tras de haber sujetado todas estas gentes y haber tomado por fuerza algunas de sus ciudades pronta e inesperadamente, bien que después de frecuentes y reñidos combates y con pérdida de mucha gente, dejó a Annón el gobierno de todo el país de parte acá del Ebro y el mando de los bargusios, de quienes principalmente se desconfiaba por la amistad que tenían con los romanos. Separó de su ejército diez mil infantes y mil caballos para Annón, y le dejó el equipaje de los que habían de seguirle. Despidió otros tantos a sus casas, con el propósito, ya de dejar a éstos afectos a su persona y dar a los demás esperanzas de volver a su patria, ya de que todos, tanto los que iban bajo sus banderas como los que permanecían en la España, tomasen las armas con gusto, si llegaba el caso de necesitar de su socorro. Con esto, desembarazado del bagaje el restante ejército, compuesto de cincuenta mil infantes y nueve mil caballos, tomó el camino por los montes Pirineos para pasar el Ródano; armada a la verdad no tan numerosa como fuerte y aguerrida con las continuas campañas que había hecho en la España.
CAPÍTULO IX
Digresión geográfica.- División del universo y nociones más comunes de esta materia.
A fin de que la ignorancia de los lugares no haga confusa la narración a cada paso, será necesario que digamos de dónde partió Aníbal, cuáles y cuántos países pasó y a qué parte de Italia fue su llegada. Expondremos no sencillamente las nomenclaturas de los lugares, ríos y ciudades, como hacen algunos escritores, creyendo ser esto suficiente para la individual inteligencia y discernimiento. Confieso que si se trata de lugares conocidos, contribuye muchísimo para renovar la especie de dominación de los hombres; pero en los completamente desconocidos, la simple relación de los nombres tiene igual fuerza a aquellas dicciones imperceptibles que vagamente pulsan nuestros oídos. Pues como el entendimiento carece de dónde apoyarse, ni puede referir a idea alguna conocida lo que le dicen, no le viene a quedar más que una noción vaga y confusa. En este supuesto indicaremos un método que facilite al lector acomodar a principios ciertos y conocidos lo que se le diga sobre especies desconocidas. La primera, más importante y más común noción a todos los hombres es por la que cualquiera, aunque de cortos alcances, conoce la división y orden del universo en Oriente, Occidente, Mediodía y Septentrión. La segunda por la que acomodando los diferentes lugares de la tierra bajo cada una de las mencionadas partes, y refiriendo mentalmente lo que escucha a una de ellas, reducimos los lugares desconocidos y que no hemos visto a ideas conocidas y familiares.
Sentados estos principios del mundo en general, síguese ahora, observando la misma división, instruir al lector de la tierra que conocemos. Esta se divide en tres partes, con sus tres distintas denominaciones. La una se llama el Asia, la otra el África, y la tercera la Europa. Finalizan estas tres partes el Tanais, el Nilo y el estrecho de las columnas de Hércules. El Asía yace entre el Nilo y el Tanais; está situada respecto del universo bajo el espacio que media entre el Oriente del estío y el Mediodía. El África yace entre el Nilo y las columnas de Hércules; su situación está bajo el Mediodía del universo, y sucesivamente bajo el Ocaso del invierno hasta el Occidente equinoccial que cae a las columnas de Hércules. Estas dos regiones, consideradas en general, ocupan la costa meridional del mar Mediterráneo desde Levante hasta Occidente.
La Europa yace al frente de estas dos partes hacia el Septentrión, y se extiende sin interrupción desde Levante hasta Occidente. Su mayor y más considerable parte se halla situada bajo el Septentrión, entre el río Tanais y Narbona, que dista poco hacia el Ocaso de Marsella y de las bocas por donde el Ródano desemboca en el mar de Cerdeña. Desde Narbona y sus alrededores habitan los celtas hasta los montes Pirineos, que se extienden sin interrupción desde el mar Mediterráneo hasta el Océano. La restante parte de la Europa, desde los mencionados montes hasta el Occidente y las columnas de Hércules, parte está rodeada por el mar Mediterráneo, parte por el Océano. La parto que está sobre el Mediterráneo hasta las columnas de Hércules se llama Iberia; la que baña el Océano, llamado el mar Grande, no tiene aún nombre común, por haberse descubierto recientemente. Toda ella se halla habitada por naciones bárbaras y en gran número, de las que hablaremos con detalle en la consecuencia.
Como ninguno hasta nuestros días puede asegurar con certeza si la Etiopía, en donde el Asia y el África se unen, es continente por la parte que se extiende sin interrupción hacia el Mediodía, o está rodeada del mar; del mismo modo no tenemos hasta ahora noticia del espacio que cae al Septentrión entre el Tanais y Narbona, a no ser que en el futuro a fuerza de descubrimientos sepamos alguna cosa. Lo cierto es que los que hablan o escriben de otro modo de estas tierras se deben reputar por ignorantes y forjadores de fábulas. Hemos apuntado estas noticias para que la narración no venga a ser del todo incomprensible a los que ignoran la geografía; antes bien puedan, según estas generales divisiones, aplicar y referir mentalmente cualquier noticia, haciendo sus cómputos por la situación del universo. Porque así como en el mirar acostumbramos volver siempre el rostro hacia el lugar que nos señalan, de igual forma en el leer debemos trasplantar y llevar la imaginación a los lugares que nos apunta el discurso. Pero dejándonos de estas digresiones, volvamos a tomar la serie de nuestra historia.
CAPÍTULO X
Número de estadios que hay desde Cartagena a Italia. Roma envía a la España a Publio Cornelio, y al África a Tiber Sempronio.- Sublevación de los boios.- Arribo de Escipión a las bocas del Ródano.
Por este tiempo los cartagineses eran dueños de todas las provincias de África que se hallan sobre el Mediterráneo, desde los altares de Fileno que caen junto a la gran Sirtes hasta las columnas de Hércules, espacio de costa de más de dieciséis mil estadios de longitud. Habían sometido también, pasado el estrecho que está junto a las columnas de Hércules, toda la España hasta aquellas rocas donde confinan los Pirineos con el mar Mediterráneo y se separan los españoles de los galos. Distan estos montes del estrecho de las columnas de Hércules aproximadamente mil estadios. Porque desde las columnas hasta Cartagena, de donde emprendió Aníbal su viaje para Italia, se cuentan tres mil. Desde Cartagena, o la Nueva Cartago como otros llaman, hasta el Ebro hay dos mil seiscientos; desde el Ebro hasta Emporio mil seiscientos, y desde allí hasta el paso del Ródano otros tantos. En la actualidad los romanos tienen medido y señalado este camino con exactitud de ocho en ocho estadios. Desde el paso del Ródano, ascendiendo por el mismo río hacia su nacimiento hasta principiar el camino de los Alpes que va a Italia, se cuentan mil cuatrocientos estadios. Las restantes cumbres de los Alpes, las que era forzoso superar para llegar a las llanuras de Italia que baña el Po, se extienden cerca de mil doscientos. De forma que todo el camino que Aníbal debía atravesar para venir desde Cartagena a Italia, ascendía a cerca de nueve mil estadios. De este espacio, si se mira a la longitud, tenía ya casi andado la mitad, pero si se atiende a las dificultades le restaba aún la mayor parte.
Ya se disponía Aníbal a pasar los desfiladeros de los Pirineos, receloso de que los galos por la defensa natural de los lugares no le cerrasen el paso, cuando los romanos conocieron por los embajadores enviados a Cartago lo que se había resuelto y decretado. Llegada antes de lo que se esperaba la nueva de que Aníbal, había pasado el Ebro con ejército, tomaron la decisión de enviar a la España a Publio Cornelio, y al África a Tiberio Sempronio (219 años antes de J. C.) Mientras que estos dos cónsules disponían sus legiones y realizaban los demás preparativos, procuraron finalizar el asunto que anteriormente tenían entre manos, de enviar colonias a la Galia Cisalpina. Pusieron toda diligencia en cercar con muros las ciudades, y dieron orden para que los que habían de vivir en ellas (en número de seis mil hombres para cada una) partiesen a su destino en el término de treinta días. Una de estas colonias fue construida de parte acá del Po, y se llamó Placencia; la otra de parte allá, y se la dio el nombre de Cremona.
Luego que se establecieron estas colonias, los galos llamados boios, que de tiempos atrás maquinaban romper con los romanos y por falta de ocasión no lo habían llevado a efecto, alentados y fiados en las nuevas de que venían los cartagineses, se separaron de los romanos, abandonándolos los rehenes que habían dado al finalizar la última guerra, de que ya hicimos mención en el libro antecedente. Atrajeron a su partido a los insubrios, que fácilmente conspiraron en la rebelión por el antiguo odio, y talaron los campos que los romanos habían adjudicado a cada colonia. Persiguieron a los fugitivos hasta Motina, colonia romana, y la pusieron sitio. Se encontraron cercados dentro de la plaza tres ilustres romanos que habían sido enviados para la división de las tierras, uno de ellos Cayo Lutacio, varón consular, y dos pretores. Éstos pidieron se les admitiese a una conferencia, y se la concedieron los boios; mas tuvieron la deslealtad de prenderlos a la salida, persuadidos a que por éstos canjearían sus rehenes. Con esta nueva, Lucio Manlio, pretor y comandante de las tropas de aquel país, se dirigió prontamente a su socorro. Pero los beocios que supieron la venida, le tendieron una emboscada en un monte, y luego que hubieron entrado en lo fragoso los romanos, los atacaron por todas partes y dieron muerte a los más. Los demás emprendieron la huida al iniciarse el combate; y aunque después de ganar las alturas se hicieron fuertes por algún tiempo, apenas pudo pasar esto por una honesta retirada, Los boios siguieron tras de ellos, y los encerraron en un pueblo llamado Tanes. Luego que llegó a Roma la noticia de que los boios tenían cercada la cuarta legión y la sitiaban con brío, se destacó al instante a su socorro la legión que antes se había entregado a Publio bajo las órdenes de un pretor, y se ordenó a éste que levantase y dispusiese otras tropas entre los aliados.
Éste era el estado de los galos desde el inicio de la guerra hasta la llegada de Aníbal; el éxito que después tuvieron fue tal como hemos dicho en los libros anteriores y acabamos de exponer al presente. Al llegar la primavera, los cónsules romanos, preparado todo¡ lo necesario para la ejecución de sus propósitos, se hicieron a la mar para las expediciones que se habían propuesto. Escipión marchó a la España con sesenta navíos, y Sempronio al África con ciento sesenta buques de cinco órdenes. Éste pensó hacer la guerra con tanto asombro y acopió tantos pertrechos en Lilibea, donde juntó las guarniciones de todas las ciudades, como si al primer arribo hubiera de poner sitio a la misma Cartago. Escipión, costeando la Liguria, llegó al quinto día a las inmediaciones de Marsella, y fondeando en la primera boca del Ródano, llamada de Marsella, desembarcó a sus gentes. Allí supo que ya Aníbal había pasado los Pirineos, bien que le juzgaba aún muy distante por las dificultades del camino y multitud de galos que había en el intermedio. Mas Aníbal, ganados unos con el dinero y vencidos otros con la espada, llegó con su ejército al paso del Ródano cuando menos se esperaba, teniendo el mar de Cerdeña a la derecha. Escipión, sabida la llegada de los enemigos, ya porque le parecía increíble la celeridad de la marcha, ya porque quería enterarse a punto fijo, destaca trescientos hombres de a caballo, los más valerosos, dándoles por guías y auxiliadores a los galos que se hallaban a sueldo de los de Marsella. Él, mientras, reparó sus tropas de la fatiga de la navegación, y deliberó con los tribunos qué puestos se habían de ocupar y dónde se había de salir al encuentro al enemigo.
CAPÍTULO XI
Llegada de Aníbal al Ródano - Preparativos que hace para pasarle.- Oposición que encuentra entre los bárbaros del país.
Luego que se acercó Aníbal a las inmediaciones del río, sentó el campo a cuatro jornadas de su embocadura, y se dispuso a pasarlo por ser allí la madre de una regular anchura. Después de haber ganado de todos modos la confianza de los pueblos próximos, les compró todas las canoas de una pieza y esquifes de que tenían abundancia, por ser muy dados al comercio marítimo sus naturales. Tomóles también toda la madera para la construcción de buques de una pieza, con la que en dos días se construyó un número exorbitante de pontones, procurando cada uno fundar en sí mismo la esperanza de pasar el río sin necesidad del compañero. Mientras tanto se reunió en el lado opuesto un gran número de bárbaros para impedir el paso a los cartagineses. A la vista de esto, Aníbal, infiriendo de las actuales circunstancias que ni le era posible pasar el río por fuerza, teniendo sobre sí tal número de enemigos, ni permanecer en aquel sitio, a menos de tener que recibir el ímpetu de los contrarios por todos lados, destacó a la entrada de la tercera noche una parte de su ejército al mando de Annón, hijo del rey Bomílcar, dándole por guías a los naturales del país. Éstos, remontando el río cerca de doscientos estadios, llegaron a un paraje, donde dividiéndose la corriente de agua en dos partes, formaba una pequeña isla. Allí hicieron alto, y trabando unos y ligando otros los leños cortados en el vecino bosque, en corto tiempo construyeron el número de balsas que bastaba a la actual urgencia, en las que atravesaron el río sin riesgo ni impedimento. Se apoderaron después de un sitio ventajoso, donde pasaron todo aquel día, para recobrarse de la pasada fatiga y disponerse al mismo tiempo a ejecutar la orden que se les había dado. Aníbal, por su parte, hacía lo mismo con las tropas que le habían quedado. Pero lo que más cuidado le daba era el paso de sus elefantes, en número de treinta y siete.
Apenas llegó la quinta noche, los que ya habían pasado al otro lado, marcharon al amanecer junto al río, contra los bárbaros que estaban al frente del ejército. Entonces Aníbal, que tenía dispuestos los soldados, puso por obra su pasaje. Embarcó la caballería pesadamente armada en los bateles, y la infantería más ligera en las barcazas. Los bateles formaban una línea en la parte superior de la corriente, y por bajo estaban las barcazas de menos resistencia, a fin de que sosteniendo aquellos la violencia principal del agua, hiciesen a éstas más seguro el paso. Se decidió asimismo llevar a nado los caballos en las popas de los bateles. De esta forma, como un solo hombre conducía del ramal tres o cuatro en cada costado de la popa, en un instante a la primera remesa pasaron un buen número de caballos al otro lado. Los bárbaros, que advirtieron el intento de los enemigos, salen tumultuosamente y a pelotones del campamento persuadidos a que con facilidad impedirían el desembarco a los cartagineses. Apenas vio Aníbal los fuegos que los suyos hacían de la otra parte, señal que se les había dado cuando ya estuviesen cerca, ordenó embarcar a todos, y que los que gobernaban los bateles se opusiesen a la violencia de la corriente. Hecho esto prontamente, los que iban en los bateles se alentaban mutuamente a gritos y luchaban con la violencia del agua; los dos ejércitos cartagineses que estaban viéndolo sobre una y otra margen, esforzaban y animaban con algazara a sus compañeros; los bárbaros, formados al frente, cantaban sus himnos y pedían la batalla, de suerte que el conjunto presentaba un espectáculo pavoroso y capaz de inspirar espanto. En ese instante los cartagineses que se hallaban al otro lado, dando súbita y repentinamente sobre los bárbaros que habían desamparado sus tiendas, unos prenden fuego al campamento y los más marchan contra los que defendían el paso. Los bárbaros, sobrecogidos con un tan inesperado accidente, parte acuden al socorro de las tiendas, parte se defienden y pelean contra los que los atacaban. Entonces, Aníbal, viendo que el efecto correspondía a sus deseos, al paso que los suyos iban desembarcando, los forma en batalla, los exhorta y los lleva contra los bárbaros, que desordenados y atónitos con lo imprevisto del caso, vuelven la espalda prontamente y emprenden la huida.
CAPÍTULO XII
Aníbal atraviesa el Ródano.- Exhortación a sus tropas.- Encuentros de dos partidas de caballería romana y cartaginesa.- Tránsito de los elefantes.
Dueño del pasaje y victorioso, Aníbal dio prontamente providencia para el paso de la gente que había quedado en la otra orilla. Una vez que hubieron pasado en corto tiempo todas las tropas, sentó sus reales, aquella noche en la margen del mismo río. Al día siguiente, con la nueva que tuvo de que la escuadra romana había anclado en las bocas del Ródano, destacó quinientos caballos númidas escogidos a reconocer el sitio, número y operaciones del contrario. Al mismo tiempo ordenó a los peritos que pasasen los elefantes. Él, mientras, convocado el ejército, mandó entrar a Magilo, potentado que había venido de los llanos alrededor del Po, y por medio de un intérprete hizo saber a sus tropas la resolución tomada por los galos este era un estímulo muy poderoso para excitar el valor de los soldados. Pues a más de que por una parte era eficaz la presencia de los que los convidaban y ofrecían ayudar en la guerra contra los romanos, y por otra no se podía dudar de la promesa que hacían de que los conducirían a Italia por lugares, en donde no les faltase nada y la marcha fuese corta y segura, se unía a esto la fertilidad y extensión del país a donde habían de ir, y la buena voluntad de los naturales con quienes habían de hacer la guerra contra los romanos. Expuestas estas razones, se retiraron los galos. Acto seguido tomó la palabra Aníbal, y renovó a sus tropas la memoria de lo que habían realizado hasta entonces. Dijo que de cuantas arrojadas acciones y peligros habían emprendido, en ninguna les había desmentido el deseo, siguiendo su parecer y consejo; que tuviesen buen ánimo en adelante, a la vista de haber superado el mayor de los obstáculos; que ya eran dueños del paso del río, y testigos oculares de la benevolencia y afecto de los aliados; por último, que descuidasen sobre el mecanismo de la empresa, puesto que se hallaba a su cargo, y que sólo obedientes a sus a órdenes se portasen como buenos y dignos de sus anteriores acciones. El ejército mostró y atestiguó un gran ardor y deseo de seguirle. Aníbal alabó su buena disposición, hizo votos a los dioses por todos, y ordenó que se cuidasen y preparasen con diligencia para trasladar el campo al día siguiente.
No bien se había disuelto la asamblea, cuando llegaron los númidas que habían sido antes enviados a la descubierta, la mayoría de ellos muertos, y los restantes huyendo a rienda suelta. Pues a corta distancia del campo, cayendo en manos de la caballería romana que Escipión había destacado para el mismo efecto, fue tal la obstinación con que unos y otros se batieron, que de romanos y galos murieron ciento cuarenta, y de númidas más de doscientos. Terminado el combate, los romanos se acercaron en su persecución a examinar con sus ojos el campamento de los cartagineses, y se volvieron prontamente para informar al cónsul de la llegada del enemigo, como efectivamente lo hicieron apenas llegaron a los reales. Escipión, después de haber embarcado con prontitud el bagaje, levantó el campo, y condujo su ejército a orillas del río, deseoso de venir a las manos con los enemigos. Aníbal, el día después de la junta, al amanecer situó toda la caballería de frente al mar, para que sirviese de cuerpo de reserva, y ordenó a la infantería ponerse en mancha. Él esperó a los elefantes y demás gente que había quedado con ellos. El paso de los elefantes fue de esta manera. Construidas muchas balsas, unieron fuertemente dos la una a la otra, que juntas componían como cincuenta pies de anchura, y las fijaron bien en la tierra a la entrada del río. A éstas añadieron otras dos por la parte que estaba fuera del agua, y dieron mayor extensión a esta especie de puente para el paso. Para que toda la obra estuviese inmóvil y no se la llevase el río, aseguraron desde tierra el costado expuesto a la corriente, atándole con gumenas a los árboles que había al margen. Luego que se hubo dado a todo el puente doscientos pies de longitud, se construyeron después otras dos balsas excesivamente mayores y se unieron a las últimas. Estas dos estaban fuertemente ligadas entre sí, pero respecto de las otras, de tal modo que fuese fácil romper las ligaduras. A éstas ataron muchas maromas, con las que los bateles que habían de ir tirando a remolque impidiesen que el río se las llevase, y sosteniéndolas contra la fuerza de la corriente, pudiesen las fieras pasar y abordar en ellas al otro lado. Después trajeron y esparcieron cantidad de tierra, hasta que pusieron con céspedes la entrada semejante, igual y del mismo color que el camino que conducía las fieras hasta el pasaje. Estos animales estaban acostumbrados a obedecer siempre a los indios hasta llegar al agua, pero meter el pie dentro jamás se habían atrevido. Para esto echaron delante por el terraplén dos hembras, y al instante siguieron los demás. Luego que estuvieron sobre las últimas balsas, cortaron las ligaduras que las asían a las otras, y tirando a remolque los bateles, separaron al instante las fieras y balsas que las sostenían, de las que estaban terraplenadas. De momento se alborotaron las bestias, volviendo y revolviendo de una parte a otra; pero viéndose rodeadas del agua por todos lados, se intimidaron y se contuvieron por precisión en su lugar. Así es como Aníbal, uniendo las balsas de dos en dos, pasó la mayor parte de las fieras. Algunas, asustadas, se arrojaron al río en medio del pasaje, cuyos conductores todos se ahogaron, pero se salvaron las bestias. Pues como tienen fuertes y largas las trompas, levantándolas sobre el agua, respiraban y despedían cuanto les venía encima, con lo que resistiendo la corriente por mucho tiempo pasaron en derechura al otro lado.
CAPÍTULO XIII
Ruta que tomó Aníbal después de pasado el Ródano para superar los Alpes.- Extravagantes testimonios de los historiadores cuando describen el tránsito de Aníbal por estas montañas.
Una vez finalizado el paso de los elefantes, Aníbal formó de ellos y de la caballería la retaguardia, y marchó junto al río, dirigiendo su ruta desde el mar hacia el Oriente en ademán de quien va al interior de Europa. Porque el Ródano tiene su nacimiento por encima del golfo Adriático hacia el Occidente, en aquella parte de los Alpes que miran al Septentrión, corre hacia el ocaso del invierno y desemboca en el mar de Cerdeña. Su curso generalmente es por un valle cuya parte septentrional habitan los galos ardieos, y la meridional toda confina con el arranque de los Alpes que miran al Septentrión. Las llanuras inmediatas al Po, de que ya hemos hablado largamente, se hallan separadas del valle por donde corre el Ródano por las cumbres de dichos montes, que, principiando desde Marsella, se extienden hasta la extremidad del golfo Adriático. Éstos son, pues, los montes que Aníbal atravesó ahora para entrar en Italia.
Ciertos historiadores, cuando hablan de estas montañas, por querer asombrar a los lectores con prodigios, incurren imprudentemente en dos defectos muy ajenos de la historia. Se ven precisados a contar embustes y contradicciones. Pues al paso que representan a Aníbal como un capitán de inimitable valor y cordura, nos le pintan como el más insensato sin disputa. Y cuando ya no hallan cabo ni salida al enredo, introducen a los dioses y semidioses en los hechos verdaderos de la historia. Nos pintan tan escabrosas y ásperas las cordilleras de los Alpes que apenas, no digo a la caballería, ejército y elefantes, pero ni aun a la infantería ligera la sería asequible el tránsito. De igual modo nos describen tal la soledad de estos lugares, que a no habérseles aparecido algún dios o héroe que les mostrase el camino, faltos de consejo, hubieran perecido todos. Confesemos, pues, que esto es incurrir en los dos defectos que hemos apuntado.
Porque ¿se dará general más imprudente, ni capitán más insensato que Aníbal, que, conduciendo un tan numeroso ejército, en quien fundaba la esperanza del logro de sus propósitos, ignorase los caminos y lugares y no supiese a dónde ni contra quién se dirigía, y, lo que es un exceso de locura, emprendiese, no lo que dicta la razón, sino lo imposible? Meter un ejército en un terreno desconocido, es cosa que no harían otros, reducidos al último extremo y faltos de todo consejo; pues esto es cabalmente lo que atribuyen a Aníbal cuando estaba aún en tiempo de prometérselo todo de su empresa. Lo mismo digo de la soledad, escabrosidad y asperezas de estos lugares; todo ello es un manifiesto embuste. Estos escritores no saben que antes de la venida de Aníbal, los galos vencidos del Ródano, no una ni dos veces, no en tiempos remotos, sino recientemente, habían pasado los Alpes con numerosas tropas para auxiliar a los galos de los contornos del Po y llevar sus armas contra los romanos, como hemos dicho en los libros anteriores. Ignoran que sobre los mismos Alpes habitan muchísimos pueblos. Por eso, faltos de estos conocimientos, cuentan que se apareció un semidiós para servir de guía a los cartagineses. En esto se asemejan precisamente a los compositores de tragedias. Así como estos poetas, por sentar al principio supuestos falsos y repugnantes, tienen que recurrir para la catástrofe y desenredo de sus dramas a algún dios o a alguna máquina, del mismo modo aquellos escritores se ven precisados a fingir que se les ha aparecido algún héroe o dios, por haber supuesto fundamentos falsos e inverosímiles. Porque ¿cómo se puede con absurdos principios dar a la acción un éxito razonable? Aníbal se condujo en esta empresa, no como éstos escriben, sino con demasiada prudencia. Se había informado muy en detalle de la bondad del país a donde dirigía sus pasos y de la aversión de los pueblos contra los romanos. Para las dificultades que pudieran ocurrir en el intermedio, se había valido de guías y conductores de la misma tierra, hombres que, por la comunión de intereses, habían de correr el mismo riesgo. Nosotros hablamos de estas cosas tanto con mayor satisfacción, cuanto que las hemos sabido de boca de los mismos contemporáneos, hemos examinado con la vista estos lugares y hemos viajado en persona por los Alpes para ilustración y propio conocimiento.
CAPÍTULO XIV
Llega Aníbal a lo que se llama la isla y pone en posesión del trono a un potentado de aquel país.- Oposición que encuentra en los allobroges al principiar los Alpes.- Victoria por los cartagineses.
Tres días después de haber levantado el campo los cartagineses, llegó el cónsul Escipión al paso del río; e informado de que habían marchado, fue, como era regular, tanto mayor su sorpresa cuanto estaba persuadido a que jamás los enemigos se atreverían a tomar aquella ruta para Italia, ya por la multitud de bárbaros que habitaban aquellas comarcas, ya por lo poco que había que fiar en sus palabras. Mas desengañado de que, efectivamente, habían tenido tal osadía, se retiró otra vez a sus navíos. Luego que llegó, embarcó las tropas, envió a la España a su hermano y él volvió a tomar el rumbo hacia la Italia, con el anhelo de prevenir a Aníbal en las cordilleras de los Alpes, atravesando la Etruria. Aníbal, a los cuatro días de camino tras haber pasado el Ródano, llegó a lo que llaman la Isla, país bien poblado y abundante en granos. Llámase así por su misma situación; pues corriendo el Ródano y el Saona cada uno por su costado, rematan en punta al confluente estos dos ríos. Es semejante en extensión y figura a lo que se llama Delta en Egipto, a excepción de que en la Delta cierra él un costado al mar, donde vienen a desaguar los dos ríos, y en la Isla unas montañas impenetrables y escarpadas, o, por mejor decir, inaccesibles. Aquí halló Aníbal dos hermanos que, armados el uno contra el otro, se disputaban el reino. El mayor supo obligar y empeñar a Aníbal en su ayuda para adjudicarse la corona. El cartaginés asintió, prometiéndose de esta acción por el pronto casi seguras ventajas. Efectivamente fue así, que unidas sus armas con las de éste y arrojado el menor, logró del vencedor infinitas recompensas. No sólo proveyó abundantemente la armada de granos y demás utensilios, sino que, sustituyendo en vez de las armas viejas y usadas otras nuevas, renovó oportunamente todas las fornituras del ejército. Vistió asimismo y calzó a la mayor parte, con lo que les procuró una gran comodidad para superar los Alpes. Pero el principal servicio fue que, entrando Aníbal con temor en las tierras de los galos llamados allobroges, puesto a la retaguardia con su ejército, le puso a cubierto de todo insulto, hasta que llegó a la subida de los Alpes. Ya había caminado Aníbal junto al río ochocientos estadios en diez días, cuando al iniciar la subida de los Alpes se vio en un inminente riesgo. Mientras estuvo en el país llano, los jefes subalternos de los allobroges se habían abstenido de inquietar su marcha, parte porque temían la caballería, parte porque respetaban los bárbaros que le acompañaban. Pero apenas éstos se retiraron a sus casas y Aníbal comenzó a entrar en tierra quebrada, entonces, reunidos los allobroges en bastante número, ocuparon con anticipación los puestos ventajosos por donde había de subir Aníbal. Si hubieran sabido ocultar su propósito, la ruina del ejército cartaginés era inevitable; pero fueron descubiertos a tiempo, y aunque hicieron mucho daño, fue menor el que ellos recibieron. Pues apenas advirtió el cartaginés que los bárbaros ocupaban los puestos ventajosos, ordenó hacer alto, acampando al pie de las colinas. Envió delante algunos galos de los que servían de guías para explorar los intentos y disposición del contrario. De vuelta de su comisión, supo que por el día observaban una exacta disciplina los allobroges y guardaban sus puestos, pero que por la noche se retiraban a la ciudad inmediata. Atento a esta noticia, formó el plan siguiente. Hizo avanzar el ejército a la vista de todos y acampó no lejos del enemigo al pie de aquellas gargantas. Llegada la noche, ordenó encender fuegos, dejó aquí la mayor parte del ejército y él con la tropa más valerosa y expedita atravesó los desfiladeros y se apoderó de los puestos que anteriormente habían abandonado los bárbaros, por haberse retirado a la ciudad según su costumbre.
Apenas los allobroges, llegado el día, echaron de ver lo sucedido, desistieron por el pronto del intento; pero advirtiendo después que el número de acémilas y caballería subía con dificultad y a larga distancia aquellos despeñaderos, se valieron de la ocasión para salir al paso. Efectivamente, atacaron la retaguardia por muchos lados, y hubo una gran mortandad en el ejército cartaginés, principalmente de caballos y bestias, no tanto por los golpes de los bárbaros cuanto por la desigualdad del terreno. Pues como el camino era no sólo angosto y áspero sino en declive y pendiente, a cualquier movimiento o a cualquier vaivén iban rodando por aquellos precipicios muchas bestias y acémilas con sus cargas. Pero la principal confusión la causaron los caballos heridos, pues espantados unos, chocaban con las bestias que tenían al frente, e impetuosos otros, atropellaban cuanto se les oponía por delante de los desfiladeros, de lo que provenía un gran desorden. Atento a esto Aníbal, reflexionando que, perdido el bagaje, no habría ya remedio que esperar aun para los que se salvasen, toma a los que por la noche se habían apoderado de las eminencias, y se dirige al socorro de los que emprendían la subida. De esta forma, como los atacó desde arriba, causó un grande estrago en los enemigos, bien que no fue menor el de los suyos, porque se aumentó la confusión por ambas partes al ver la gritería y choque de los nuevos combatientes. Pero después que la mayoría de los allobroges perecieron, y el resto, vuelta la espalda, tuvo que retirarse, entonces hizo pasar, aunque con pena y trabajo, aquellos desfiladeros a las bestias y caballos que le habían quedado, y él, reuniendo las reliquias que pudo de la acción, atacó la ciudad, de donde los contrarios le habían salido al encuentro. Tomóla a poca costa, porque la esperanza del botín había echado fuera a todos sus moradores y la habían dejado casi desierta. Esta conquista le reportó muchas ventajas, tanto para el presente como para el futuro. Se rehizo por el pronto del número de caballos, bestias |