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MARCO TULIO CICERON

DIALOGOS DEL ORADOR

LIBRO II

 

Diálogos del Orador: Libro Primero - Libro Segundo - Libro Tercero.

 

LIBRO SEGUNDO

En nuestra infancia, hermano Quinto, recordarás que era opinión muy acreditada la de que Lucio Craso no tuvo más instrucción que la que suele adquirirse en los primeros años; pero que Marco Antonio carecía absolutamente de ella, y era ignorante. Muchos había que sin creer esta opinión, tenían placer en divulgarla, para desalentar así más fácilmente a los que veían inflamados en el amor de la elocuencia. Porque si aquellos hombres, no siendo eruditos, habían alcanzado tan increíble elocuencia, vano e inútil sería nuestro trabajo, y el afán de nuestro padre, óptimo y prudentísimo varón, en instruirnos. Refutábamos este parecer, como niños que éramos, citando como testigos domésticos a nuestro padre y a nuestro pariente Cayo Acúleo, y a nuestro tío Lucio Ciceron; porque del ingenio y doctrina de Craso nos habían hablado mucho nuestro padre y Acúleo (casado con nuestra tía materna), a quien Craso tuvo más cariño que a nadie, y nuestro tío, que fue con Antonio a Sicilia. Y habiéndonos educado con nuestros primos los hijos de Acúleo, y aprendido lo que era del agrado de Craso, y con los maestros que él elegía, vimos muchas veces (porque esto es cosa que hasta los niños pueden ver) que sabía el griego como si nunca hubiese hablado otra lengua, y conocimos por las cuestiones que él proponía a nuestros doctores, y por lo que trataba en conversación, que nada era nuevo ni inaudito para él.
De Antonio, aunque había oído contar muchas veces a nuestro buen tío cuánto se había dedicado en Atenas y Rodas al trato con los hombres más doctos, sin embargo, cuanto lo consentía la timidez propia de un jóven, hice al mismo Antonio muchas preguntas. Y no será nuevo para tí lo que escribo, pues más de una vez te lo he dicho: que en tantas y tan variadas conversaciones como tuve con él, nunca me pareció rudo ni ignorante en cosa alguna que yo pudiera juzgar. Pero hubo en ambos esta particularidad: que Craso quería que se le tuviese por hombre docto, pero que despreciaba la ciencia de los Griegos anteponiéndoles en todo la sabiduría de los nuestros; mientras que Antonio creía hacer más agradables sus discursos al pueblo fingiendo que lo ignoraba todo. Así, era punto de honra, en el uno, despreciar a los Griegos; en el otro, no conocerlos absolutamente. Por qué hacían esto, no me toca ahora averiguarlo: hasta dejar sentado que nadie se aventajó en la elocuencia sin el estudio de los preceptos y sin una grande y variada sabiduría.
Porque las demás artes tienen sus propios límites; pero el bien decir, el hablar con sabiduría, elegancia y ornato, no tiene región bien definida cuyos términos le circunscriban. Todo lo que puede ser materia de controversia entre los hombres, debe decirlo bien el orador, si es que merece este nombre; por lo cual, si en nuestra Roma y en la misma Grecia, que tanto estimó siempre este arte, hubo muchos, que no sabiendo tanto, sobresalieron por su ingenio y facundia, no puedo conceder, sin embargo, que exista tanta elocuencia cuanta hubo en Craso y Antonio, sin el conocimiento de todas las cosas que pueden ser materia del arte. Por eso he accedido gustoso a escribir el diálogo que ambos tuvieron sobre este asunto; ya para desterrar la opinión de que el uno no fue doctísimo, y el otro fue del todo ignorante; ya para compendiar y conservar por escrito lo que dos tan grandes oradores divinamente hablaron acerca de la elocuencia; ya para salvar del olvido y del silencio, en cuanto yo pueda, su fama, que ya va decayendo y borrándose. Si pudiéramos conocerlos por sus escritos, menos necesario fuera este trabajo; pero el uno nos dejó muy pocas cosas, y éstas escritas en su juventud, y el otro nada escribió. Justo es, pues, que los que conservamos viva la memoria de tales hombres, procuremos hacerla inmortal en lo posible. Y emprendo éste trabajo con tanta mayor esperanza, cuanto que no escribo de la elocuencia de Servio Galba o de Cayo Carbon, donde podría yo fingir lo que quisiera, sin que la memoria de ninguno pudiera desmentirme, sino que escribo para los que más de una vez oyeron a los oradores de quienes hablo. De esta suerte, la memoria de los que conocieron a aquellos dos oradores vivos y presentes, servirá para trasmitir sus alabanzas a los que no pudieron oír a ninguno de ellos.
Ni me propongo, hermano carísimo y excelente, importunarte con esos libros retóricos que tienes por bárbaros. ¿Pues qué cosa hay más sesuda ni más elegante que tu dicción? Pero ya sea por prudencia, como sueles decir; ya por aquel pudor y timidez ingenua que detenía al mismo Isócrates, padre de la elocuencia; ya porque (como dices con chiste) juzgabas suficiente que hubiese un orador en una familia y aun en toda una ciudad, te has abstenido siempre de hablar en público. Pienso, sin embargo, que no colocarás este libro entre los que, por la aridez de su estilo, merecen agria censura. En estos coloquios de Craso y Antonio creo que nada falta de lo que puede conocerse y alcanzarse consumo ingenio, infatigable estudio, copiosa doctrina y práctica grande: lo cual podrás juzgar muy fácilmente tú, que has querido aprender el arte por tí mimo, dejándome a mí la práctica. Mas para dar cima al empeño, no leve, que sobre mí he tomado, dejemos todo preámbulo, y volvamos al coloquio y disputa de nuestros interlocutores. Al día siguiente de la conversación ya referida, cerca de la hora segunda, estando todavía Craso en la cama y cerca de él sentado Sulpicio, y Antonio y Cota paseándose por el pórtico, se les presentó de repente Quinto Cátulo el viejo, con su hermano Cayo Julio. Así que lo supo Craso, se levantó a toda prisa, no alcanzando a comprender la causa de visita tan inesperada; y después de haberse saludado muy amistosamente como era costumbre entre ellos, les preguntó Craso: «Qué novedad os trae tan de mañana?
-Ninguna, dijo Cátulo, pues ya ves que es tiempo de juegos públicos; pero aunque nos tengas por impertinentes y molestos, te diré que, habiendo venido ayer tarde César de su granja Tusculana a la mía, se había encontrado con Escévola, el cual le había referido maravillas: que tú, de quien yo nunca había conseguido con ruegos ni exhortaciones que hablases de estas cosas, habías disputado largamente de la elocuencia con Antonio, al modo de la escuela griega: entonces mi hermano me rogó encarecidamente que te trajera, a lo cual yo asentí por el deseo que tenía de oírte, si bien temía seros molesto. Escévola me había asegurado que buena parte de la conversación había quedado para este día. Si crees que hemos obrado con ligereza, atribúyeselo a César; si con amistad, a cualquiera de nosotros. Por lo demás, si no os somos molestos, nos alegraremos mucho de haber venido.» Entonces dijo Craso: «Sea cualquiera la causa que aquí os haya traído, siempre me place ver en mi casa a tan buenos amigos míos, pero quisiera que el motivo hubiera sido otro del que decís. Pues yo (y os lo digo como lo siento) nunca he quedado más descontento de mí mismo que ayer; aunque esto me sucedió más por mi condescendencia que por otra culpa mía, pues queriendo dar gusto a estos jóvenes, me he olvidado de que yo era un viejo, y he hecho lo que nunca hice ni aun de joven: disputar sobre todo lo que abraza el arte de la palabra. Bien me ha venido que hayáis llegado cuando está acabada mi parte y empieza la de Antonio.»
Respondióle César: «En verdad, Craso, tanto gusto tengo de oírte, que si no logro una controversia larga y seguida, a lo menos he de disfrutar de tu cotidiana conversación. Así veré si mi amigo Sulpicio o Cota tienen más valimiento contigo, y te suplicaré que hagas algo en obsequio mío y de Cátulo; pero si no quisieres complacerme, no insistiré más, para que no me tengas por inepto, cosa que aborreces tanto.» Respondió Craso: «En verdad que de todas las palabras latinas apenas hallo ninguna que tenga tanta fuerza como ésta. Paréceme que el que no tiene aptitud para una cosa, debe ser calificado de inepto, y así lo prueba el uso común de nuestro lenguaje. El que dice las cosas fuera de tiempo, o habla mucho, o es vanaglorioso, o no atiende a la dignidad y al interés de los que lo oyen, o es incoherente y descompuesto, debe ser calificado de inepto. De este vicio adolece la eruditísima nación de los Griegos, y como no les parece vicio, tampoco tienen nombre para él; pues si preguntas qué es lo que entienden los Griegos por inepto, no hallarás esta palabra en su lengua. De todas las inepcias, que son innumerables, no sé si hay otra mayor que la de los que suelen disputar con mucho aparato, en cualquier parte y ante cualquier auditorio, de cosas muy difíciles o no necesarias. Esto tuve yo que hacer con harta repugnancia mía, movido por los ruegos de estos jóvenes.»
Entonces dijo Cátulo: «Ni los mismos Griegos que en sus ciudades fueron tan ilustres y esclarecidos como tú en la tuya y nosotros todos queremos serlo, fueron parecidos a esos Griegos que tanto molestan nuestros oídos; y, sin embargo, en los ratos de ocio no desdeñaban estas conversaciones y disputas. Y si te parecen ineptos los que no tienen consideración con el lugar, el tiempo y los hombres, por ventura ¿no te parece acomodado lugar este pórtico donde estamos, esta palestra y estos asientos? ¿no te traen a la memoria los gimnasios y las controversias de los Griegos? ¿Te parece inoportuno este tiempo de ocio tan deseado y tan rara vez concedido? ¿o tendrás por hombres ajenos de estos estudios a todos los que aquí estamos, y que sin estos coloquios no podemos pasar la vida?
-Todo esto, dijo Craso, lo interpreto yo de otro modo, pues entiendo, Cátulo, que los mismos Griegos inventaron la palestra, los asientos y el pórtico para ejercicio y deleite, no para disputa; y hubo gimnasios muchos siglos antes que los filósofos empezasen a graznar en ellos; y hoy mismo, que se han apoderado de todos los gimnasios, prefieren los circunstantes jugar al disco más bien que oir al filósofo, al cual abandonan en la mitad de su discurso por más que trate de materias de importancia, y se van a ungir a la palestra. Así prefieren a la utilidad más grave la diversión más frívola, según ellos mismos confiesan. Dices que gozamos de descanso: pero el fruto del descanso ha de ser no la fatiga, sino el sosiego del ánimo.
»Muchas veces oí contar a mi suegro que cuando Lelio salía con Escipión al campo, se volvían niños los dos de una manera increíble, escapando de la ciudad como quien escapa de una prisión. Apenas me atrevo a contarlo de varones tan grandes; pero muchas veces oí referir a Escévola que solían ambos coger conchas en Gaeta y Laurento, y entretenerse en los más pueriles juegos y diversiones. Pues así como los pájaros construyen y edifican sus nidos por causa de procreación y utilidad, y luego que han terminado la obra vuelan libres y sin dirección como para recrearse, así nosotros, cansados de los negocios forenses y urbanos, deseamos volar libres de todo cuidado y trabajo. Por eso yo en la causa de Curio dije a Escévola, como lo sentía: «Si ningún testamento está bien hecho sino los que tú escribes, iremos todos los ciudadanos a tu casa con las tablillas para que extiendas los testamentos de todos; pero entonces, ¿cómo desempeñarás los negocios públicos, cómo los de tus amigos, cómo los tuyos propios?» Y añadí: «porque para mí no es libre sino el que alguna vez no hace nada.» En esta opinión persisto, Cátulo, y ya que he venido aquí, nada me deleita tanto como no hacer nada y descansar del todo. Y lo que en tercer lugar añadiste, que la vida era para vosotros desagradable sin estos estudios, más bien que convidarme a la disputa, me detiene. Solía decir Cayo Lucilio, hombre docto y muy gracioso, que no quería que leyesen sus escritos ni los muy ignorantes ni los muy doctos, porque los unos no entendían nada, y los otros querían entender más de lo que él había escrito. «No quiero, decía, que me lea Persio, varón el más docto de todos los nuestros; quiero que me lea Lelio Décimo, hombre de bien y no literato, pero en nada comparable con Persio.» De igual suerte yo, si tuviera que hablar de estos estudios nuestros, no quisiera que me oyesen los rústicos, pero mucho menos los otros; prefiero que no se entienda mi oración a que se reprenda.»
Entonces dijo César: «En verdad, Cátulo, que no hemos perdido el tiempo en venir aquí, pues esta misma recusación de la disputa, es ya una disputa para mí muy agradable. Pero ¿por qué detenernos a Antonio, que se ha encargado de discurrir acerca de toda la elocuencia y a quien Cota y Sulpicio esperan ávidos hace mucho tiempo ? -Pero yo, dijo Craso, no permitiré a Antonio decir una palabra, y me callaré yo mismo, si antes no logro de vosotros una cosa. -¿Cuál? dijo Cátulo. -Que hoy os quedéis aquí.»
Y dudando Cátulo si aceptar (porque había prometido a su hermano pasar el día con él), dijo Julio: «Yo respondo por los dos; y aunque me impusieras la condición de no hablar tú una palabra, me quedaría.» Entonces se sonrió Cátulo, y dijo: «Ya no queda duda, porque en casa no he mandado que me esperasen, y César, que me tenía convidado, ha prometido quedarse, sin consultarme nada.»
Entonces fijaron todos la vista en Antonio, y éste dijo: «Escuchad, escuchad: oiréis a un hombre no salido de la escuela y de los maestros, ni erudito en letras griegas, y hablaré con tanta más confianza, cuanto que nos oye Cátulo, a quien no sólo concedemos nosotros la palma en la pureza y elegancia de la lengua latina, sino también los Griegos en la suya. Pero como esto de la oratoria, sea artificio o estudio, requiere siempre algo de audacia, os enseñaré, oh discípulos, lo que yo no aprendí nunca, lo que pienso sobre los distintos géneros oratorios.» Riéronse todos, y continuó Antonio: «La facultad oratoria me parece gran cosa, pero el arte mediano; porque el acto ha de versar sobre materias que se saben a ciencia cierta, al paso que el orador se ejercita en cosas opinables y que no se pueden reducir a ciencia: pues hablamos delante de los que nada saben, o decimos los que nosotros mismos ignoramos; y por eso los distintos oradores sentimos y juzgamos muy diferentemente en unas mismas causas, y no sólo hablo yo contra Graso, y Craso contra mí, por donde es forzoso que uno de los dos no tenga razón, sino que muchas veces defiende un mismo orador, en causas semejantes, opiniones contrarias, siendo así que una sola puede ser la verdadera. Os hablaré, pues, si queréis oírme, de una cosa que está fundada en la mentira, que nunca llega a ser ciencia y que se alimenta con las opiniones y errores de los hombres.
-Sí que te oiremos con placer, dijo Cátulo, y tanto más, cuanto que te presentas sin ostentación alguna, puesto que has principiado no vanogloriosamente, sino atendiendo a la verdad mucho más que a esa supuesta dignidad y alteza de la materia.
-Así como hablando en general, dijo Antonio, afirmé que él arte no era gran cosa, así afirmo ahora que pueden darse algunos preceptos muy útiles para dominar los ánimos de los hombres y regir sus voluntades. Si alguno quiere llamar arte a estos preceptos, por mí no lo repugno, porque si muchos defienden causas en el foro sin sujetarse a ninguna razón ni principio, hay otros que, ya sea por el continuo ejercicio, ya por cierta disposición natural, lo hacen con más destreza. Observando, pues, en cada género la razón por qué unos hablan mejor que otros, podrá llegar a constituirse una especie de arte, ya que no un arte perfecto, y ojalá que pudiera yo explicárosle tan claramente como lo veo en el foro y en las causas. Pero yo veré lo que puedo alcanzar; ahora sólo diré, porque estoy persuadido de ello, que aunque la oratoria no sea un arte, nada hay más excelente que un buen orador. Y dejando aparte el poder que la palabra ejerce en toda ciudad tranquila y libre, tanto deleite causa ella por sí misma, que nada más agradable pueden oír ni entender los hombres. ¿Qué canto más dulce puede hallarse que una oración armoniosamente pronunciada? ¿Qué versos más rotundos que un período concluido con artificio? ¿Qué actor tan agradable en la ficción, como el orador en la realidad? ¿Qué hay más ingenioso que las sentencias agudas y frecuentes? ¿Qué más admirable que el esplendor de cosas y palabras? ¿Qué más perfecto que un discurso lleno de riquezas? Pues no hay materia ajena del orador, siempre que éste sepa tratarla con gravedad y ornato. A él pertenece el dar prudente consejo en los negocios dudosos; a él levantar al pueblo de su apatía o refrenar sus ímpetus. La elocuencia sirve a la vez para castigar el fraude y para salvar al inocente. ¿Quién puede exhortar con más vehemencia a la virtud; quién apartar con más fuerza de los vicios; quién vituperar a los malvados con más aspereza; quién alabar tan magníficamente a los buenos; quién reprender y acusar los desórdenes; quién consolar mejor las tristezas? La historia misma, testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida, mensajera de la antigüedad, ¿con qué voz habla a la inmortalidad sino con la voz del orador? Pues si hay alguna otra arte que enseñe la ciencia de usar y elegir las palabras, o si de alguno más que del orador se dice que pueda formar el discurso y variarle y adornarle con el esplendor de palabras y sentencias, o si hay otro arte fuera de este para hallar los argumentos y las ideas o la descripción y el orden, tendremos que confesar, o que la materia que este profesa es ajena de él, o que le es común con otras artes. Pero si de ella sola han de tomarse la razón y los preceptos, por más que hablen bien los que profesan otras artes, habremos de confesar que el bien decir es propio de esta; pues así como el orador, según decía ayer Craso, puede hablar con acierto de todas materias, aunque superficialmente las conozca, así los cultivadores de otras artes pueden hablar con elegancia si han aprendido algo de retórica; pero no porque el labrador use un estilo elegante en las cosas rústicas, o el médico al tratar de las enfermedades, o el pintor de pintura, hemos de creer que la elocuencia entra en sus respectivos conocimientos, porque es tal la fuerza del ingenio humano, que muchos, sin especial cultura, consiguen adivinar algo de todas las artes y ciencias. Pero aunque se pueda juzgar del objeto de cada una por lo que enseña, no es menos cierto que todas las artes pueden sin la elocuencia alcanzar su fin; pero que sin ella no puede conseguirse el nombre de orador. Los demás, si son disertos, lo deben en parte a este conocimiento; pero el orador, si no está preparado con armas domésticas, no puede tomarlas prestadas de otro arte.»
Entonces dijo Cátulo: «¡Oh Antonio, perdóname si te interrumpo, aunque no debiera cortar el hilo de tu discurso! No puedo menos de exclamar como aquel personaje del Trinunnio: «¡Con cuánto ingenio y elocuencia has expresado el poder de la palabra! Solo al hombre elocuente corresponde hablar de la elocuencia.» Pero sigue: estoy contigo en que solo a vosotros pertenece el arte de bien decir, y que si algún otro lo posee, es como prestado, no como propio.»
Dijo entonces Craso: «La noche, Antonio, te ha hecho más culto y humano; pues en tu discurso de ayer nos habías descrito un remero u operario, falto de toda instrucción y cultura, y (como dijo Cecilio) hombre de un solo negocio.
-Ayer, contestó Antonio, me había propuesto refutarte, para apartar de tí estos discípulos; pero ahora que me oyen Cátulo y César, paréceme que debo no tanto disputar contigo, como decir lo que realmente pienso. Y ya que el orador ha de presentarse en el foro y a los ojos de los ciudadanos, hemos de ver qué cargo y obligación le confiamos. Craso, ayer, cuando vosotros no estabais presentes, hizo en breves palabras la misma división del arte que suelen hacer los Griegos, y no dijo lo que él sentía, sino lo que habían enseñado otros. Afirmó que había dos géneros de cuestiones: unas definidas, y otras indefinidas. Parece que entendía por indefinidas las que proceden en términos generales, vg.: ¿es apetecible la elocuencia? ¿lo son los honores? Y llamaba definida a la que trae designación de personas y hechos, como son todas las causas que se tratan en el foro y entre ciudadanos. En mi opinión, éstas pueden dividirse en litigios y deliberaciones. En cuanto al tercer género que admitió Craso, y según tengo entendido admite el mismo Aristóteles, que tanto ilustró esta materia, aunque es conveniente, me parece menos necesario.
-¿Cuál? dijo Cátulo. ¿El género demostrativo?
-El mismo, respondió Antonio; y eso que yo, y todos los que estaban presentes, se deleitaron mucho con el panegírico que hiciste de tu madre Opilia, la primera mujer, según creo, a quien se ha concedido este honor en nuestra ciudad. Pero no creo que todos los discursos puedan reducirse al arte y a los preceptos; porque de las mismas fuentes de donde se toman las reglas generales, pueden, tomarse las particulares del género demostrativo. Y aunque nadie las enseñara, ¿quién ignora lo que en un hombre puede alabarse? Tomemos por ejemplo el exordio de Craso en aquella oración que pronunció contra su colega: «En los bienes que son de naturaleza o de fortuna, consentiré con ánimo resignado que él me aventaje, pero no en los que el hombre puede adquirir por sí mismo.» Así, el que intente elogiar a alguno, no deberá omitir sus cualidades de fortuna; éstas son, el linaje, la riqueza, los parientes y amigos, el poder, la salud, la hermosura, la fuerza, el ingenio y las demás cualidades, ya de cuerpo, ya extrínsecas. Si tiene estas dotes, ponderará el buen uso que de ellas ha hecho; si no las tiene, la paciencia con que ha sobrellevado su falta; si las ha perdido, la moderación con que ha sabido carecer de ellas. Después elogiará los actos de sabiduría, liberalidad, fortaleza, justicia, magnificencia, piedad, gratitud, humanidad; en suma, cualquiera de sus virtudes. En todo esto, claro que ha de fijarse el que quiera alabar a una persona, como en los vicios contrarios el que se proponga vituperarla.
¿Por qué dudas, dijo Cátulo, en admitir ese tercer género, puesto que está en la naturaleza de las cosas? Y no porque sea el más fácil hemos de excluirle del número de tus otros.
-Es, dijo Antonio, porque no quiero tratar de todo lo que alguna vez cae en la jurisdicción del orador, aunque sea de poca monta, con tanto esmero como si nada pudiera decirse sin preceptos especiales. También hay que dar muchas veces testimonio, y a veces muy por extenso, como me aconteció en la causa de Sexto Ticio, ciudadano codicioso y turbulento. En aquel testimonio tuve que explicar todos los actos de su consulado, la resistencia que había hecho a los tribunos de la plebe y sus actos de sedición contra la república. Mucho me detuve en esto, mucho tuve que oír, mucho que responder. Ahora bien: cuando des preceptos de elocuencia, ¿te parecerá necesario incluir entre ellos el modo de dar testimonios en juicio?
-No por cierto, dijo Cátulo; no me parece necesario.
-¿Y qué? si como suele acontecer a los varones esclarecidos, te mandan con embajadas de un general al Senado, o del Senado a un general o a un rey o a un pueblo, en cuyo caso tendríamos que usar una oratoria más escogida, ¿nos parecerá esto bastante para admitir un nuevo género, de causas o preceptos especiales?
-De ninguna suerte, dijo Cátulo, porque al hombre elocuente no le faltará en estos casos la facilidad de hablar bien, adquirida en el manejo de otras causas y negocios.
-Pues por la misma razón, dijo Antonio; aun los mismos asuntos que requieren siempre cierta elegancia del lenguaje, y que yo mismo, al hacer antes el elogio de la elocuencia, dijo que eran propios del orador, no ocupan lugar alguno en la división de las partes, y se sujetan a preceptos determinados, y sin embargo deben tratarse con no menor ornato que los litigios, reprensiones, exhortaciones y consuelos; todo lo cual exige grande ornato de palabra, pero no reglas artificiales y oficiosas.
-Estoy conforme, dijo Cátulo.
-Ahora bien, dijo Antonio. ¿Crees que se necesita ser un grande orador para escribir historia?
-Para escribirla como los Griegos la escriben, respondió Cátulo, me parece necesario; para escribirla como los nuestros, basta que el historiador no sea mentiroso.
-No te burles de los nuestros, dijo Antonio; también los Griegos escribieron al principio como nuestro Caton, como Pictor, como Pison. La historia no era más que la composición de los anales, en que para perpetua memoria consignaba el Pontífice máximo los acontecimientos de cada año, y los escribía en una tabla blanca, que suspendía a la puerta de su casa para que el pueblo pudiera leerla; costumbre que duró desde el principio de la república romana hasta el pontificado de Publio Mucio. Estos anales se llaman Máximos; siguieron muchos este modo de escribir, consignando sin la menor elegancia los tiempos, los sucesos y los lugares. Lo que entre los Griegos fueron Ferécides, Helánico, Acusilao y otros muchos, fueron entre los nuestros Caton, Pictor y Pison, que ni tienen elegancia en la frase (lo cual nos vino más tarde de Grecia), ni buscan otra alabanza que la de la brevedad, y la de que se entienda bien lo que dicen. Algo más se elevó y dio mayor dignidad a la historia aquel excelente varón Antipatro, amigo de Craso; los demás no fueron exornadores de los hechos, sino solamente narradores.
-Cierto es lo que dices, respondió Cátulo; pero el mismo Antipatro no adornó la historia con variedad de colores, ni atendió a la colocación de las palabras, ni a la suavidad y elegancia del estilo, sino que trabajó como podía hacerlo un hombre, que no era muy docto ni muy literato: venció sin embargo, como has dicho muy bien, a los anteriores.
-No es de admirar, prosiguió Antonio, que todavía no se hayan escrito grandes historias en nuestra lengua, porque entre los nuestros nadie se dedica a la elocuencia, sino en cuanto ha de brillar en las causas y en el foro, al paso que entre los Griegos, los hombres más elocuentes, como vivieron apartados de las causas forenses, se dedicaron a otro género, y sobre todo, a la historia: así de Herodoto, el príncipe de ésta, no sabemos que se ejercitase nunca en las causas, y eso que su elocuencia es tan grande, que aun a mí, que entiendo poco el griego, me deleita mucho. Vino en pos de él Tucídides, que, a mi parecer, venció a todos los demás en el artificio oratorio: tan grande es en él la abundancia de ideas, que iguala casi el número de las sentencias con el de las palabras, y es tan enérgico y cerrado en la frase, que apenas se puede determinar si las palabras ilustran en él a las cosas o las cosas a las palabras. Y aunque anduvo mezclado en los negocios de la república, tampoco sabemos que defendiera ninguna causa, y sus libros los escribió cuando estaba ya apartado de los negocios y desterrado; suerte común a todos los grandes hombres de Atenas. Siguió a este el siracusano Fillisto, que siendo muy amigo de Dionisio el Tirano, gastó sus ocios en escribir historia, y a mi parecer se propuso a Tucídides por modelo. Después salieron de la famosa escuela del retórico Isócrates dos grandes ingenios, Teopompo y Eforo; pero los dos se consagraron a la historia; ninguno de ellos a las causas forenses.
»De la filosofía salieron también, primero Jenofonte, discípulo de Sócrates; después Calístenes, discípulo de Aristóleles y compañero de Alejandro. Escribía éste en estilo casi retórico; el otro, con más sencillez y sin llegar al ímpetu oratorio; pero si es menos vehemente, es, a mi parecer, más dulce que el otro. Más reciente que éstos fue Timeo, hombre eruditísimo (en cuanto yo puedo juzgar), muy abundante en ideas y sentencias, y no inculto ni rudo en la composición de las palabras: tuvo ciertamente grande elocuencia, pero no práctica forense.» Habiendo acabado de hablar Antonio, dijo César: «¿Qué te parece, Cátulo? ¿Dónde están los que niegan que Antonio sepa griego? Cuántos historiadores nombró, ¡con cuánta sabiduría y propiedad discurrió sobre todos ellos!
-En verdad, dijo Cátulo, que estoy admirado; pero mucho más me admiraba antes de que siendo Antonio, como decían, poco instruido, fuera tanta su elocuencia.
-Por cierto, dijo Antonio, que suelo leer estos y algunos otros libros, no tanto por utilidad como por recreo en mis ratos de ocio. ¿He sacado algún fruto de ellos? Quizá alguno, pues así como andando al sol se me enciende la cara, aunque no sea este mi deseo, así cuando leo estos libros en Miseno, porque en Roma apenas tengo tiempo, siento que a su contacto se va encendiendo y coloreando mi discurso. Pero para que no os parezca mi inteligencia de los Griegos mayor de lo que en sí es, os diré que sólo conozco lo que escribieron para el vulgo; y en cuanto a vuestros filósofos, si alguna vez los he abierto, engañado por los títulos de sus libros, que ofrecen generalmente tratar de cosas conocidas y claras, vg., de la virtud, de la justicia, de la honestidad, del deleite, no entendí ni una palabra: tan concisas y enredadas son sus disputas. En cuanto a los poetas, nunca los toco, como si hablaran en otra lengua. Sólo me entretienen los historiadores, los oradores y los que han escrito para el vulgo de las gentes que no son muy eruditas. Pero vuelvo a mi asunto.
»Ya habéis visto cuán propio es del orador el escribir historia, y no sé si es la empresa más alta, atendida, su variedad y la riqueza que ha de darse al estilo; y sin embargo no encuentro sobra ella preceptos especiales en las obras de los retóricos: será porque son claros y evidentes. ¿Pues quién ignora que la primera ley de la historia es que el escritor no diga nada falso, que no oculte nada verdadero, que no haya sospecha de pasión y de aborrecimiento? Estos son los fundamentos conocidos de todos; pero el edificio estriba en las cosas y en las palabras. La narración pide orden en los tiempos, descripción de las regiones; y como en los grandes sucesos lo primero que se ha de considerar es el propósito, lo segundo el hecho, y lo postrero el resultado, necesario es que indique el historiador, no sólo lo que se hizo y dijo, sino el fin y el modo como se hizo, y las causas todas, dando a la fortuna, a la prudencia o a la temeridad la parte que respectivamente tuvieron; y no ha de limitarse a estas acciones, sino retratar la vida y costumbres de todos los que en fama y buen nombre sobresalieron. El estilo debe ser abundante y sostenido, fluido y apacible, sin la aspereza judicial ni el aguijón de las contiendas forenses. De todas estas cosas tan importantes, ¿hallaréis ningún precepto en las artes de los retóricos? »En el mismo silencio han dejado otros muchos oficios propios del orador: las exhortaciones, las consolaciones, los preceptos y advertencias; todo lo cual ha de tratarse con mucha elegancia, aunque no tiene lugar señalado en las artes que sobre esto se han escrito. Hay, sin embargo, en este género una materia casi infinita, porque la mayor parte de los oradores (como antes decía Craso) distinguen dos géneros de elocuencia: versa el uno sobre causas fijas y determinadas, como son los litigios y deliberaciones, y aun puede añadirse el género demostrativo; el otro, que casi todos los escritores nombran y ninguno explica, comprende las cuestiones indefinidas sin designación de persona ni de tiempo. Cuando dicen esto, no expresan, a mi parecer, con bastante claridad lo que pretenden; pues si al orador pertenece hablar de cualquier asunto indefinido, tendrá que decir de la magnitud del sol, y de la forma de la tierra, y de matemáticas, y de música, sin que pueda excusarlo en manera alguna. En una palabra: el orador que crea que entran en su jurisdicción, no sólo las causas del lugar y tiempo definido, como son todas las forenses, sino las infinitas cuestiones generales, tendrá que confesar que no hay asunto que esté fuera de su dominio. »Pero si queremos también conceder al orador ese género de cuestiones vagas, libres y extensas, vg., de lo bueno y de lo malo, de lo apetecible y de lo que debe huirse, de lo honesto y de lo torpe, de lo útil y de lo inútil, de la virtud de la justicia, de la continencia, de la prudencia, de la magnanimidad, de la liberalidad, de la piedad, de la amistad, de la buena fe, de las obligaciones, de las virtudes y de sus vicios contrarios, y si creemos que el orador ha de hablar asimismo de la república, del imperio, de la milicia, de la disciplina de la ciudad, de las costumbres; concedámoslo también, pero dentro de justos límites. En verdad que todo lo que pertenece al trato social, a la vida de los ciudadanos, a sus costumbres, al gobierno de la república, al estado social, al sentido común, a las inclinaciones naturales, es materia propia del orador, y todo debe conocerlo, si no tanto que pueda contestar separadamente a cada una de estas cosas como hacen los filósofos, tanto a lo menos como es necesario para intercalar esas materias con discreción en una causa. Y debe hablar de estas cosas como hablaron los que constituyeron las leyes, el derecho y las ciudades: sencilla y espléndidamente, sin aparato de controversia, ni seca disputa de palabras. Y para que nadie se admire de que no dé yo precepto alguno sobre tantas y tan importantes materias, diré que así en esta como en las demás artes, aprendido lo más difícil, no hay para qué insistir en lo más fácil o en lo muy semejante. Así, en la pintura, el que sabe hacer la figura de un hombre, puede, sin nuevas reglas, darle la edad o las facciones que le parezcan mejor, y no hay peligro que sabiendo pintar un león o un toro, no pueda hacer lo mismo con cualquier otro cuadrúpedo. Pues no hay arte alguna en que el maestro tenga que enseñar todo lo que dentro del arte puede hacerse, sino que adquiridas las primeras nociones, fácil es deducir lo restante. Lo mismo pienso que sucede en este ejercicio o facultad oratoria: el que haya adquirido la fuerza que puede mover a su arbitrio los ánimos de los que oyen y han de decidir de los intereses de la república o de los suyos propios o de sus amigos y enemigos; el que tenga esta fuerza, digo, no necesitará especiales preceptos sobre cada género de discursos, a la manera que Policleto cuando labraba la estatua de Hércules, acertaba a esculpir la piel y la hidra, aunque nunca lo había hecho separadamente.»
-Entonces, dijo Cátulo: «Paréceme, Antonio, que nos has expuesto muy bien lo que debe saber el que se dedique a la oratoria, y aunque no lo haya aprendido, de dónde puede con facilidad tomarlo; pero sólo has hablado de dos géneros de causas; las demás, que son innumerables, las dejas a la experiencia y al ejercicio. Pero mira no sea que esos dos géneros sean para tí la hidra y la piel, y que el Hércules y todas las demás obras mayores se queden entre las cosas que omites. No me parece tan fácil hablar de las cuestiones universales como de las particulares, y es mucho más difícil tratar de la naturaleza de los Dioses que de los litigios humanos.
-No es así, replicó Antonio; y lo que voy a decir, Cátulo, no nace de mi ciencia, sino de mi larga experiencia. Créeme, todos los demás géneros de discursos son como juegos para un hombre que no sea rudo e inexperto, ni carezca de las letras y educación que suelen tenerse, al paso que en las luchas forenses la dificultad es grande, y quizá la mayor que cabe en obra humana, pues muchas veces los ignorantes juzgan del mérito, del orador por el éxito y la victoria, y además se presenta un adversario armado, a quien hay que herir y rechazar. Allí, el que ha de decidir la cuestión es muchas veces enemigo tuyo y amigo de tu adversario, o está enojado contigo o no te conoce; unas veces tendrás que instruirle, otras que desengañarle, o reprimirle, o incitarle o moderarle con discursos acomodados a cada tiempo y causa, trayéndole muchas veces de la benevolencia al odio, o del odio a la benevolencia, y excitando los distintos afectos de severidad, indulgencia, tristeza y alegría. A todo esto ha de añadirse la gravedad de las sentencias, el peso de las palabras y la acción variada, vehemente, llena de alma, llena de espíritu, llena de verdad. El que consiga todo esto, y pueda, como Fidias, labrar la estatua de Minerva, no necesitará hacer nuevo estudio para cincelar el escudo de la Diosa.»Entonces dijo Cátulo: «Cuánto más lo ponderas y encareces, tanto más entro en curiosidad de saber por qué medios y preceptos se adquiere esa fuerza prodigiosa; y no porque me interese mucho el saberlo, pues ya mi edad no es para aprender, y además, porque yo he seguido siempre otro género de oratoria que no arranca por la fuerza las sentencias de manos de los jueces, sino que más bien procura calmar sus ánimos y recibe con agradecimiento cuanto ellos se dignan conceder. Sin embargo, deseo oír esas explicaciones tuyas por satisfacer la curiosidad , más que por sacar provecho de ellas. Ni eres tú un retórico griego que repite los vulgares preceptos sin haber visto nunca el foro ni los juicios, a la manera que el peripatético Formion, cuando Aníbal expulsado de Cartago se refugió en Efeso en casa de Antioco y fue invitado por su huésped a que oyera a aquel filósofo que tenía gran fama entre ellos, dicen que habló con mucha elegancia, por espacio de algunas horas, de los oficios del general y de todo el arte de la guerra. Los oyentes estaban muy satisfechos, y preguntaron a Aníbal qué le parecía de aquel filósofo. Y dicen que el cartaginés respondió, no como elegante Griego, sino con toda libertad y franqueza, que había visto muchos viejos delirantes, pero a ninguno que delirase tanto como Formion. Y tenía razón a fe mía. ¿Pues qué mayor arrogancia y locuacidad que atreverse un sofista griego que nunca había visto enemigos ni campamentos, ni había desempeñado ningún cargo militar, a dar preceptos a Aníbal que por tantos años había disputado la victoria al pueblo romano, dominador de todas las naciones? Así me parece que obran todos los que dan preceptos sobre el arte oratoria: quieren enseñar a los demás lo que ellos nunca aprendieron. Pero en esto quizá yerran menos que Formion, porque no quieren enseñarte a ti (como él quería enseñar a Aníbal), sino a niños y a jovenzuelos.
-Te equivocas, Cátulo, dijo Antonio, pues yo mismo he tropezado ya con muchos Formiones. ¿Quién de esos Griegos deja de pensar que puede enseñárselo todo a cualquiera de nosotros? Y, sin embargo, no me son molestos. Fácilmente los sufro y tolero. A veces lo que dicen no me desagrada, y me libra del sentimiento de no haberlo aprendido. Los despido, pues, no con ofensas, como hizo Aníbal con aquel filósofo, sino más bien burlándome de su ridícula doctrina. Dividen todo el arte en dos géneros, controversia de causa y de cuestión. Llaman causa a toda controversia que se funda en hechos ciertos y determinados, cuestión, a la que es de materia indefinida. Dan preceptos sobre la causa, pero guardan harto silencio respecto de la cuestión. Cinco partes admiten en la elocuencia: invención, disposición, exornación, memoria, y, finalmente, acción y pronunciación. Esto, a la verdad, no es cosa muy recóndita; ¿pues quién no ve por sí mismo que nadie puede hablar bien si no sabe lo que va a decir, y las palabras y el orden con que ha de decirlas, y si no lo retiene en la memoria? No digo que estas divisiones sean inútiles, pero sí que son evidentes, y que poco importa que sean cuatro, cinco, seis o siete las partes del discurso, ya que ni aun en esto se hallan de acuerdo los autores. Quieren éstos que en el exordio se haga al auditorio benévolo, dócil y atento: que la narración sea verosímil, clara y breve: que después se divida la causa o se haga la proposición: que se confirme nuestro parecer con argumentos y razones, y se refute el del contrario. Después colocan algunos la conclusión o peroración, y otros quieren que preceda al exordio una digresión que sirva a realzar o amplificar lo que se ha dicho. Tampoco reprendo esta división, porque es ingeniosa, aunque no es práctica, como podía temerse de hombres faltos de experiencia. Los preceptos que ellos dan para los principios y narraciones deben observarse en todo el discurso. Porque más fácil es captarse la benevolencia de los jueces en el curso de la oración, que cuando todavía no han oído nada; y más fácil es atraerse su docilidad y atención cuando se muestra y explana el asunto, y cuando de mil maneras se conmueve el ánimo de los jueces, que cuando sencillamente se anuncia lo que se va a demostrar. Tienen razón en advertir que la narración debe ser verosímil, clara y breve; pero muchos se equivocan en creer que estas cualidades son más propias de la narración que del resto del discurso, y su error procede de juzgar que este arte no es desemejante de los otros, y que se parece, por ejemplo, al del derecho civil de que Craso nos hablaba el otro día, en el cual deberían exponerse primero los géneros, siendo vicioso el omitir ninguno; después las partes de cada género, sin que haya más ni menos que las necesarias, y finalmente, las definiciones de cada vocablo, en que nada falte ni sobre. Pero si en el derecho civil, si en cosas pequeñas o medianas pueden alcanzar esto los más doctos, no creo que acontezca lo mismo con el arte oratoria, que es de suyo tan inmensa. Y los que otra cosa piensen, acudan a los preceptistas y lo hallarán todo explicado y desenvuelto, pues son innumerables los libros de este arte, y no están oscuros ni escondidos. Pero vean bien si lo que quieren es salir armados al juego y al simulacro o a la pelea. Una cosa es la lucha y la batalla, y otra muy distinta el juego y la palestra. Y sin embargo, el arte de la esgrima es útil al gladiador y al soldado; pero lo que hace a los varones invictos es el valor, presencia y serenidad de ánimo, aunque a estas cualidades bueno es que se agregue el arte.»
Por lo cual, si yo hubiera de educar a un orador, miraría bien, ante todo, lo que él podía hacer. Quisiera yo que tuviese alguna tintura de letras, que leyera y oyera algo, que aprendiera esos mismos preceptos, y luego que ejercitara la voz, las fuerzas, la respiración, la lengua. Si entendía yo que él podía llegar a la perfección, y me parecía además hombre de bien, no sólo le exhortaría a trabajar, sino que se lo suplicaría. Tengo para mí que un excelente orador que sea al mismo tiempo hombre de bien, es el mayor ornamento de una ciudad. Pero si veía que a pesar de todos sus esfuerzos no podría pasar de mediano, le dejaría hacer lo que quisiera, sin molestarle en nada. Y si era del todo incapaz, le aconsejaría que lo dejase o que se dedicase a otro estudio. Porque soy de opinión, que al que tiene excelentes disposiciones se le debe ayudar siempre con nuestros consejos, y que tampoco debe desanimarse al que puede llegar a ser mediano, pues lo primero, me parece propio de la Divinidad, y lo segundo, es decir, el no empeñarse en lo que no se puede hacer perfectamente, o el continuar haciendo lo que no se hace del todo mal, es propio de la condición humana; pero el dar voces a tontas y a locas es (como tú, Cátulo, decías de cierto declamador) reunir a voz de pregonero innumerables testigos: de la propia necedad. Yo sólo hablará del que merece ser ayudado con consejos, y le diré lo que la experiencia me ha enseñado, para que él, llevándome por guía, llegue al término adonde he llegado sin tener nadie que me mostrase el camino. Y para empezar por un amigo nuestro, me acuerdo, Cátulo, que cuando oí por primera vez a este nuestro Sulpicio, siendo todavía muy joven y defendiendo una causa de poca importancia, descubrí en su voz, en su acción, en el movimiento del cuerpo y en todo lo demás, disposición grande para la elocuencia: su discurso, era acelerado y ardiente, condición propia de su ingenio; sus palabras eran acaloradas y un poco redundantes, lo cual no me disgustó por ser efecto de la edad. Me agrada que en el joven se muestre esta fecundidad y exceso de vida; y así como en las vides es fácil cortar las cepas qua arrojan demasiado, y no lo es cultivar nuevos sarmientos en tierra estéril, así quiero que haya en los discursos del joven algo que se pueda cortar, porque no puede durar mucho el jugo en los talentos que llegan demasiado pronto a madurez. Conocí en seguida su índole, y sin perder tiempo le aconsejé que mirara el foro como una especie de palestra, y que eligiera un maestro, advirtiéndole que, a mi parecer, el mejor sería Lucio Craso; él prometió hacerlo, y aun añadió, sin duda en muestra de gratitud, que yo sería otro de sus maestros. No había pasado un año de esta conversación, cuando él acusó a Cayo Norbano, defendiéndole yo, y es increíble cuánta diferencia me pareció notar entre lo que era entonces y lo que había sido el año anterior. Ciertamente que su naturaleza le llevaba a aquel estilo magnífico y espléndido de Craso, pero nunca hubiera llegado a él si con todo ahínco y estudio no se hubiera propuesto imitar a Craso, fijando en la mente sus discursos. Mi primera regla será, pues, el modelo que ha de imitarse, y en este modelo las cualidades más dignas de imitación. Añádase a esto el ejercicio, que sirve para reproducir el modelo que se imita, no como muchos imitadores que yo conozco, que sólo trasladan lo que les parece más fácil, o lo que es un verdadero defecto. Nada más fácil que imitar el traje, la estatura o el ademán de alguno. Tampoco es muy difícil remedar sus defectos: así este Julio, que con haber perdido la voz todavía es una calamidad para nuestra república, no alcanza el nervio que tuvo en el decir Cayo Fimbria, pero reproduce su maledicencia y sus defectos de pronunciación; de suerte que ni supo elegir el mejor modelo, ni imitar en él más que los defectos. El que quiera evitar estos escollos, necesario es que elija un buen modelo, y, después, que estudie bien aquello que constituye su principal excelencia. ¿En qué pensáis que consiste el que cada época haya tenido un género de elocuencia propio? Y esto no se ve tanto en nuestros oradores, porque dejaron pocos escritos que nos den luz como en los Griegos, por cuyas obras podemos conocer el gusto e inclinaciones de cada tiempo. Los más antiguos de quienes se conservan oraciones son Pericles, Alcibiades y Tucídides, escritores sutiles, agudos y breves más abundantes en sentencias que en palabras. Su estilo no hubiera podido ser tan igual si no se hubieran propuesto un mismo ejemplar y dechado. A estos siguieron Critias, Teramenes, Lisias. De Lisias hay muchos escritos; algunos de Critias; de Teramenes nunca vi ninguno. Todos éstos conservaban el nervio de Pericles, pero el hilo de su oración era más abundante.»Todos ellos habían tenido por maestro a Isócrates, de cuya escuela, como del caballo de Troya, no salieron más que príncipes. Unos sobresalieron en la pompa; otros en la batalla. Entre los primeros, se cuentan Teopompo, Eforo, Filisto, Panerates y muchos otros de diverso ingenio, pero semejantes entre sí, y con su maestro, en el gusto. Y los que se dedicaron a las causas forenses como Demóstenes, Pericles, Licurgo, Esquines, Dinareo y otros muchos, aunque no fueron iguales entre sí, se parecieron todos en el arte de imitar la naturaleza; y mientras esta imitación duró, se mantuvo la sencillez y el buen gusto; pero después que ellos murieron y su memoria se fue oscureciendo y apagando, empezó a florecer otro estilo más muelle y remiso.Entonces florecieron Democares (a quien dicen hijo de una hermana de Demóstenes) y Demetrio Falereo, que a mi parecer fue más culto que todos ellos y tuvo muchos imitadores; y si quisiéramos prolongar es la reseña hasta nuestro tiempo, hallaríamos a Menecles Alabandense y a su hermano Hiérocles, a quien, según he oído, imita ahora toda el Asia, porque siempre hay alguno a quien los demás quieren parecerse.l que quiera con la imitación alcanzar tal excelencia, debe ejercitarse continuamente en hablar y en escribir, y a buen seguro que si nuestro Sulpicio lo hiciera, sería mucho más sobrio su estilo, en el cual (como de las hierbas dicen los rústicos) suele notarse, en medio de una gran riqueza, cierto lujo excesivo que convendría enmendar.» Entonces dijo Sulpicio: «Razón tienes en advertírmelo, mucho te lo agradezco, aunque tampoco creo, Antonio, que tú bayas escrito mucho.»
Replicó Antonio: «¡Como si no pudiera yo aconsejar a otros lo que yo mismo no hago! Dicen que escribo tan poco, que dicen que ni aun llevo mis cuentas; pero te probará lo contrario el estado de mi hacienda y el estilo de mis discursos, por poco que valgan. Veo que hay muchos que a nadie imitan, y por su propio ingenio hablan como quieren, sin parecerse a nadie, lo cual puede advertirse en vosotros, César y Cola, de los cuales, el uno tiene una sal y gracia desconocida de nuestros oradores, y el otro un género de decir agudo y sutil. Ni Curio, que es casi de nuestro mismo tiempo, parece que se propuso imitar a nadie (aunque su padre fue, a mi parecer, el más elocuente de su tiempo, si no en lo grave de las palabras, en la elegancia y riqueza) puede decirse que se forjó un estilo y manera propios, lo cual pude juzgar en la causa que defendió contra mí ante los Centunviros en defensa de los hermanos Cosos, en la cual nada se echó de menos de cuanto puede exigirse a un fecundo y sabio orador.»Pero traigamos ya al hecho de la causa al orador a quien instruímos, y fijémonos sobre todo en los juicios y pleitos que tienen más dificultad. Quizá se burle alguno del precepto que voy a dar, pues no es tan agudo como necesario, y parece más propio de un prudente consejero que de un erudito maestro. Lo primero que le recomiendo es que estudie bien la causa que va a defender. Estos preceptos no se dan bien en las escuelas, porque las causas que se proponen a los muchachos son fáciles, vg. esta: La ley prohíbe al extranjero subir al muro; un extranjero sube, rechaza a los enemigos y es acusado. Poco trabajo cuesta el entender esta causa; por eso los maestros de retórica, no dan ningún precepto sobre este particular, como que en las escuelas la causa es una mera fórmula.«Pero en el foro hay que conocer los documentos, los testimonios, los pactos, convenios, estipulaciones, parentescos afinidades, decretos, respuestas; finalmente, toda la vida y, costumbres de los que litigan, y la ignorancia de estas cosas hace que se pierdan muchas causas, sobre todo de las privadas, que son casi siempre las más oscuras. Algunos hay que por querer dar mucha importancia a su trabajo, y extender su nombre por el foro, y volar, digámoslo así, de causa en causa, se ponen a defender algunas que les son enteramente desconocidas. En lo cual merecen grave censura o de negligencia o de perfidia, porque cualquiera tiene que hablar muy mal de lo que no sabe. Y así, queriendo librarse de la tacha de inercia, incurren en otra mucho más grave, y por ellos más temida, que es la de torpeza. Yo suelo hacer que cada uno me informe de su negocio, y esto sin que ninguno esté presente, para que pueda él hablar con más libertad. Defiendo yo la causa del adversario; defiende el cliente la suya, y encuentra ocasión de desarrollar todos sus argumentos. Cuando él se ha retirado, procuro representar yo, sin pasión alguna de ánimo, tres papeles; el mío, el del adversario y el del juez. Elijo para el discurso los argumentos que tienen más ventajas que inconvenientes, y rechazo del todo los que no están en ese caso. Así consigo pensar lo que he de decir, antes de decirlo, al contrario de lo que hacen muchos fiados en su ingenio. Y ciertamente que algo mejor hablarían si se tomasen algún tiempo para meditar las causas antes de defenderlas.»Cuando he conocido ya el asunto y la causa, me fijo en el punto de la dificultad. No hay caso de duda, ya se trate de una acusación criminal, ya de una controversia de herencia, ya de una deliberación de guerra, ya de la alabanza de una persona, ya de una disputa sobre el método de vida, en que no se pregunte qué es lo que se ha hecho, o lo que se va a hacer, o cuál es el asunto, o cómo se ha de calificar.»En nuestras causas, como son casi siempre criminales, basta generalmente negar. Así sucede en las causas de peculado, que son tan frecuentes. En las de concusión no es fácil distinguir siempre la liberalidad y generosidad de la ostentación y del soborno; pero en las causas de asesinato, de envenenamiento, de peculado, es necesario negarlo todo. Este es el primer género de causas, fundado en controversias de hecho. En las deliberaciones no se suele tratar del hecho presente o pasado, sino del futuro. Muchas veces no se pregunta si la cosa es o no es, sino cómo es; así, cuando el cónsul Cayo Carbon defendía ante el pueblo la causa de Lucio Opimio, no negaba la muerte de Cayo Graco, sino que sostenía haber sido hecha con justicia y por la salvación de la patria. A este mismo Carbon, siendo tribuno de la plebe y gobernando con muy distintas ideas la república, le había contestado Publio Escipion Africano que la muerte de Tiberio Graco había sido justa y legítima. Todas estas causas se pueden defender con argumentos de conveniencia, o de necesidad, o de imprudencia o de acaso. Se disputa a veces sobre el nombre, como nos sucedió a Sulpicio y a mí en la causa de Norbano: yo concedía casi todo lo que éste me objetaba; pero no que el reo hubiese incurrido en el crimen de lesa majestad, del cual, según la ley Apuleya, dependía toda aquella causa. En este género de cuestiones previenen algunos que se definan claro y brevemente las palabras en que la causa consiste; pero esto me parece muy pueril, porque de muy diverso modo se define cuando se disputa entre hombres doctos de las cosas que son materia de ciencia, vg., qué es el arte, qué es la ley, qué es la ciudad. En estos casos mandan de consuno la razón y los preceptos que se exprese de tal manera la naturaleza de la cosa que se define, que ni falte ni sobre nada. Lo cual ni Sulpicio hizo en aquella causa, ni yo procuré hacer. Pero en cuanto pudimos, explicamos con gran copia de palabras lo que era crimen de lesa majestad. Porque una definición, en cuanto se reprende, añade o quita una palabra, es un argumento perdido y que se nos arranca de las manos: además, por su forma huele a enseñanza y ejercicio pueril, y no puede penetrar en el ánimo y en la mente del juez, pues pasa y desaparece antes que él haya podido hacerse cargo de ella.Pero cuando se duda sobre la naturaleza del hecho, suele nacer toda controversia de la interpretación de un escrito en que hay alguna cosa ambigua. Aun cuando el escrito discrepa de la sentencia, hay cierto género de ambigüedad, la cual se disipa supliendo las palabras que faltan, añadidas las cuales, se explica y deja claro el sentido de lo escrito. Cuando hay dos escritos contrarios, no nace un nuevo género de controversia, sino que se duplica la causa del género anterior, porque, o no se podrá resolver la dificultad, o se resolverá sólo supliendo algunas palabras en el escrito que defendemos. Así es que todas estas causas pueden reducirse a un sólo género de controversia: ambigüedad en los términos.»Muchos géneros hay de ambigüedad y los conocen muy bien los dialécticos; pero no los oradores, aunque debían no menos saberlos, porque es frecuentísima en todo escrito o discurso la ambigüedad que nace de haberse omitido una o varias palabras. Y es grave error de los nuestros haber separado este linaje de causas que estriban en la interpretación de un escrito, de aquellas otras en que se discute la naturaleza de una cosa, pues esto se hace casi siempre por escrito y nada tiene que ver con la controversia de hecho. Tres son, pues, los géneros de causas en que puede haber duda: qué se hace, se ha hecho o ha de hacerse; cómo se califica y cómo ha de llamarse. Y aunque los Griegos añaden un cuarto género, «si se obró con rectitud,» esto entra en la calificación misma del hecho.»Pero vuelvo a mi asunto. Cuando conocido el género de la causa empiezo a tratarla, determino ante todo el fin a donde se ha de encaminar todo el discurso para que sea propio de la cuestión y del juicio: después me fijo en los medios de hacerme agradable a los oyentes y de conmover sus ánimos para determinarlos a lo que deseo. Todo el arte de la persuasión consiste en probar que es cierto lo que defendemos, en atraernos la benevolencia de los oyentes, y en mover sus afectos del modo más favorable a nuestra causa.Tiene el orador dos géneros de pruebas: uno que él no inventa, sino que, dadas por el mismo asunto, después con el raciocinio las desarrolla, vg., escritos, testimonios, pactos, cuestiones, leyes, decretos del Senado, sentencias en juicios, decretos, respuestas de los jurisconsultos, y todo lo demás que la causa y los reos facilitan. El segundo género de pruebas estriba todo en argumentación y razonamiento. Por eso, en el primer caso importa sólo el modo de tratar los argumentos; en el segundo hay que inventarlos. Los mismos que dividen las causas en muchos géneros, señalan a cada uno de ellos gran copia de argumentos, lo cual, aunque sea útil para educar a los principiantes, porque, una vez presentada la causa, tengan a donde acudir en demanda de argumentos, sin embargo es muestra de ingenio tardo el buscar los arroyos y no ver las fuentes de las cosas, y ya en nuestra edad y en nuestra experiencia debemos tomarlo todo desde su origen y fuente. Y en primer lugar, debemos tener bien meditadas, para hacer uso de ellas en toda ocasión oportuna, las pruebas del primer género, vg.: por los escritos y contra los escritos, por los testigos y contra los testigos, por las cuestiones y contra las cuestiones, ya separada y universalmente, ya determinando personas, tiempos y causas. A vosotros, Cota y Sulpicio, os recomiendo mucho estudio y meditación sobre estos argumentos, para que siempre se os ofrezcan fáciles y explícitos. Largo sería explicar la manera de confirmar o de refutar los testigos, los documentos, las cuestiones: todo esto exige poco ingenio, pero mucho ejercicio; y sólo es necesario el arte y los preceptos para exornar los argumentos con elegancia de estilo. La invención de las pruebas del segundo género, obra en todo del orador, no es difícil, pero requiere una explicación lúcida y ordenada. Por eso, en toda causa debemos atender primero a lo que se va a decir; segundo, al modo de decirlo. Lo primero, aunque requiere arte, no excede los límites de una mediana prudencia; en lo segundo, es decir, en el estilo adornado copioso y vário, es donde más lucen la naturaleza y facultades del orador.»De la primera parte no rehusaré hablar, ya que tenéis tanto empeño; pero no sé con qué acierto lo ejecutaré: vosotros seréis jueces. »Os diré de qué fuentes puede tomar el orador sus argumentos para conciliar los ánimos, enseñarlos y moverlos. En cuanto al modo de ilustrarlos, presente está quien puede enseñar a todos, quien introdujo primero este arte en nuestras costumbres, quien más le perfeccionó, quien le ha ejercitado casi solo.»Pues yo, Cátulo (y lo diré sin temor de pasar por lisonjero), pienso que no ha habido en nuestra edad ningún orador algo ilustre, así griego como latino, a quien yo más de una vez, y con diligencia, no haya oído. Y si algún talento hay en mí (lo cual casi me atrevo a creer, viendo que vosotros, hombres de tanto ingenio, prestáis tal atención a mis palabras), consiste en que nunca oí decir a un orador nada que inmediatamente no se fijase en mi memoria. Pero si algo vale mi juicio, sin vacilar afirmo que de cuantos oradores he oído, ninguno ha aventajado a Craso en ornato y gala de elocución. Si a vosotros os parece lo mismo, creo que no llevaréis a mal esta división del trabajo; es decir, que yo, después de engendrar, criar y robustecer al orador, se lo entregue a Craso para que le vista y adorne.»onces dijo Craso: «Sigue educándole, Antonio, ya que empezaste; pues no es digno de un padre bueno y generoso dejar de vestir y adornar al hijo a quien procreó y educó, especialmente cuando no puedes negar que eres rico. Pues ¿qué ornamento, qué fuerza, vigor o dignidad pudo faltar al orador que, en la peroración de una causa, no dudó en hacer levantar de su asiento a un reo consular, y rasgando su túnica, mostrar a los jueces las cicatrices de las heridas que había recibido aquel anciano general? ¿0 cuando defendía a un hombre turbulento y sedicioso acusado por nuestro Sulpicio, y no dudó en elogiar la sedición misma, demostrando con gravísimas palabras que muchos ímpetus del pueblo no son injustos, y que nadie puede atajarlos, y que muchas sediciones han sido útiles a la república, vg., la que expulsó a los reyes o la que constituyó la potestad tribunicia; y que la sedición de Norbano, como producida por la indignación de los ciudadanos y por el odio contra Cepion que había perdido su ejército, era justa y no había podido reprimirse? ¿Cómo pudo tratarse un argumento tan difícil, tan inaudito, resbaladizo y nuevo, sino con una increíble vehemencia y habilidad en el decir? ¿Y qué diré de la conmiseración que logró excitar a favor de Cneo Manlio y de Quinto Rex y de otros innumerables, en cuyas causas no sólo brilló la singular agudeza de ingenio que te conceden todos, sino las mismas cualidades que ahora tan liberalmente me otorgas?»
Entonces dijo Cátulo: «Lo que yo más suelo admirar en vosotros, es que siendo tan desemejantes en el modo de decir las cosas, habláis de tal manera que parece que ni la naturaleza ni el arte os han negado nada. Por lo cual, oh Craso, no nos prives de tu agradable conversación, y si algo olvida o deja de decir Antonio, explícanoslo tú, aunque jamás atribuiremos, Antonio, tu silencio a que no hubieras podido decirlo tan bien como Craso, sino a que has querido dejárselo a él.»
Entonces dijo Craso: «¿Por qué, Antonio, no omites eso que ibas a decir y que nadie de los presentes necesita, es decir, las fuentes o lugares de donde pueden sacarse los argumentos? Pues aunque tú sabrías tratarlo de un modo nuevo y excelente, al cabo es cosa fácil, y son ya muy conocidos esos preceptos. Dinos más bien los recursos oratorios que sueles emplear, y siempre con mucho acierto.
-Sí que lo haré, dijo Antonio, para conseguir de tí más fácilmente lo que deseo, no negándote yo nada. Tres son las razones en que todos mis discursos, y aun la misma facultad de hablar que Craso ensalzaba tanto, se fundan: la primera conciliar los ánimos; la segunda instruirlos, y la tercera moverlos: para lo primero se requiere cierta suavidad de dicción; para lo segundo agudeza, y para lo tercero fuerza. Porque es necesario que el que haya de sentenciar nuestra causa se incline a nosotros, o por natural propensión, o por los argumentos que presentemos, o por moción de afectos. Pero como esta doctrina parece que está contenida casi entera en la parte del discurso que encierra la explicación y defensa de los hechos, de esta hablaré primero, aunque poco, porque muy pocas son las observaciones que sobre esto tengo hechas y guardo en la memoria. Con gusto seguiré tus sabios consejos, Lucio Craso, dejando aparte las defensas para cada una de las causas, que suelen enseñar los maestros a los niños, y fijándome sólo en los principios, de donde fácilmente desciende el raciocinio a todo linaje de causas y discursos. Pues no siempre que se escribe una palabra se ha de pensar en cada una de las letras de que se compone, ni cuantas veces se defiende una causa, otras tantas se ha de recurrir a los argumentos que le están subordinados, sino tener ciertos lugares comunes que se nos presenten con tanta facilidad como las letras al escribir la palabra. Pero estos lugares sólo pueden ser útiles al orador que esté versado en los negocios, ya por la experiencia y la edad, ya por el estudio y diligencia en oír y aprender, que muchas veces se adelanta a la edad. Aunque me presentes un hombre erudito, severo y agudo en el pensar y expedito en la pronunciación, si no está versado en las leyes, ejemplos o instituciones de la ciudad, si es peregrino en las costumbres y voluntades de sus conciudadanos, no le servirán mucho los lugares de donde se toman los argumentos. Lo que se necesita es un ingenio cultivado, no como el campo que se ara una sola vez, sino como el que se renueva muchas veces para que dé mejores y más copiosos frutos. El cultivo del ingenio consiste en la práctica del foro, en la lectura, en la instrucción y en el ejercicio de escribir. Lo primero que el orador ha de ver es la naturaleza de la causa, porque siempre se trata, o del hecho mismo, o de su calificación, o del nombre que le pertenece. Conocido esto, el buen juicio enseña mejor que los rodeos de los retóricos lo que constituye el nudo de la causa, sin lo cual la causa misma no existiría: finalmente, la cuestión que viene a juicio. Los retóricos enseñan a buscar los argumentos de este modo: Mató Opimio a Graco. ¿En qué estriba la causa? En que le mató por el bien de la república y llamando a los ciudadanos a las armas por un senatus-consultum. Si esto quitas, no habrá controversia; pero Decio niega que la muerte haya sido legítima. La cuestión que se liga es, pues, la siguiente ¿Fue lícito el darle muerte por un senatus-consultum y para salvar la república? Todo esto es evidente, y el sentido común lo dicta; pero lo que conviene hallar son los argumentos que han de alegar el acusador y el defensor sobre el asunto en litigio. Y aquí es de notar un grande error de los maestros a quienes enviarnos nuestros hijos; no porque esto tenga mucho que ver con la elocuencia, sino para que veáis cuán torpes y rudos son esos hombres que se tienen por tan eruditos. Admiten dos géneros de causas: uno de cuestiones universales sin personas ni tiempos; y otro en que se rijan los tiempos y las personas. Y no saben que toda controversia viene a resolverse en principios universales. En la misma causa que propuse antes, nada importa para los argumentos del orador la persona de Opimio ni la de Decio, porque la cuestión es general; es decir: ¿habrá de ser castigado el que mata a un ciudadano por salvar la patria y en virtud de un senatus-consultum, aunque las leyes no lo permitan? No hay causa alguna de cuantas vienen a juicio donde el interés dependa de la persona de los reos, y no de las proposiciones universales. En las mismas cuestiones de hecho, vg., si Publio Decio tomó dinero contra lo prevenido por los leyes, es necesario reducir los argumentos a proposiciones universales. Si el reo fue pródigo, trataremos del lujo; si ávido de lo ajeno, de la avaricia; si sedicioso, de los malos y turbulentos ciudadanos. Si las acusaciones son muchas, de la calidad de los testimonios. Y por el contrario, las pruebas en defensa del reo han de abstraerse de las condiciones de persona y tiempo y resolverse en un principio más general. Quizá a un hombre que no comprenda rápidamente la naturaleza de las cosas, lo parezcan muchos y complicados los puntos que se litigan en una cuestión de hecho; pero aunque el número de las acusaciones sea casi infinito, no lo es tanto el de las defensas y el de las pruebas. »
Cuando no se duda del hecho, búsquese la calificación que ha de dársele. Si atiendes a los reos, estas calificaciones serán innumerables y oscuras; si te fijas en las cosas mismas, serán muy pocas y muy claras. Porque si reducimos la causa de Mancino a la sola persona de Mancino, siempre que los enemigos no quieran recibir al ciudadano que se les entrega, nacerá una nueva causa. Pero si la controversia es: ¿puede considerarse que tiene el derecho de Post liminio el ciudadano que es entregado a los enemigos, pero no recibido por ellos? nada importa aquí para los argumentos de defensa el nombre de Mancino. Y si la dignidad o indignidad del hombre añade algo a la gravedad del caso, esto queda fuera de la cuestión, y así y todo habrá que referirlo a otro principio más general. Yo no defiendo esto por empeño de censurar a los retóricos, aunque merezcan reprensión por haber admitido un género de causas concretado a tiempos y personas. Pues aunque intervengan tiempos y personas, siempre se ha de entender que no de éstas, sino del género de la cuestión, depende la causa. Pero esto nada importa ahora, ni es ocasión de disputar con los retóricos. Basta entender que ni siquiera han conseguido, a pesar de estar apartados de los negocios forenses, discernir los géneros de las causas y explicarlos con alguna claridad. Repito que esto no me atañe. Lo único que me importa, y mucho más a vosotros, Cota y Sulpicio, es que, según la doctrina de ésos, ha de ser temible y aun infinita la muchedumbre de causas, porque habrá tantas como personas. Pero si se refieren a cuestiones generales, serán tan pocas, que los oradores diligentes, memoriosos y sobrios podrán tenerlas todas en el pensamiento y recordarlas cuando el caso llegue; a no ser que creáis que en la causa de Marco Curio, empleó Lucio Graso argumentos personales para probar que Curio, aunque no era hijo póstumo, debía heredar a Coponio. Para la abundancia de argumentos y la naturaleza de la causa, nada influía el nombre de Coponio ni el de Curio, la cuestión era universal y no dependiente de personas ni de tiempos, porque el testamento decía: «Si me naciere un hijo y éste muriere, aquel será entonces mi heredero.»
La cuestión es ver si, no habiendo nacido el hijo, debe heredar el legatario establecido para el caso en que el hijo muriere. Es un punto de derecho civil universal y perpetuo, que no requiere nombres de personas, sino arte en el decir y buena elección de argumentos. En esto, los mismos jurisconsultos nos ponen obstáculos y nos apartan del estudio de su arte. Veo en los libros de Caton y de Bruto las consultas que ellos dieron sobre puntos jurídicos a tal o cual varón o mujer, con sus nombres expresos, como si quisieran persuadirnos de que en los hombres y no en las cosas estaban los motivos de la consulta o la duda, para que desistiésemos de conocer el derecho, perdiendo a vez la voluntad y la esperanza de aprenderle, por ser las personas tan innumerables. »Pero esto ya Craso nos lo explicará algún día, distribuyendo las cuestiones en géneros, porque has de saber, Cátulo, que ayer nos prometió reducirlas a ciertas divisiones y formar un arte del derecho civil, que ahora anda disperso y confuso.
-Y ciertamente, dijo Cátulo, esto no ha de serle difícil a Craso, porque aprendió del derecho civil cuanto se puede saber, y además tiene lo que ha faltado a sus maestros; así es que puede escribir e ilustrar con elegancia todo lo que pertenece al derecho.
-Esto, dijo Antonio, lo aprenderemos todos de Craso, cuando cumpla su propósito de trasladarse del tumulto del foro al tranquilo asiento del jurisconsulto.uchas veces le he oído decir, replicó Cátulo, que tenía pensamiento de alejarse de los negocios y de las causas; pero yo le respondo que esto no le será lícito, ni podrá consentir que tantos hombres de bien imploren en vano su auxilio, ni lo podrá tolerar la misma Roma, que careciendo de la voz de Lucio Craso quedará privada de uno de sus mejores ornamentos.
-A fe mía, dijo Antonio, que si Cátulo dice verdad en esto, tú, Craso, y yo, tendremos que moler juntos en la misma tahona y dejar el ocio y el descanso para la perezosa y soñolienta sabiduría de los Escévolas y de otros no menos felices.» Craso se sonrió entonces blandamente, y dijo a Antonio:
«Prosigue lo que has empezado: ojalá me restituya pronto a mi libertad esa soñolienta sabiduría, así que me refugie en ella»-He acabado ya lo que tenía que decir, dijo Antonio; pues queda probado que no en la infinita variedad de los hombres y de los tiempos, sino en la naturaleza y en los principios generales recae la duda y controversia; y que los géneros, no sólo son en número limitado, sino muy pocos, de suerte que sea cual fuere la materia del discurso, los que sean estudiosos de la oratoria pueden fácilmente construir, disponer y exornar con palabras y sentencias el discurso en todas sus partes. Las palabras se ofrecerán naturalmente, y siempre serán felices, si nacen de las entrañas mismas del asunto. Mas si queréis saber con verdad lo que pienso (pues no me atrevo a afirmar sino mi parecer y opinión), digo que debemos llevar al foro todo este arsenal de principios y argumentos universales, y no escudriñar para cada asunto los lugares comunes y sacar de ellos las pruebas. Esto es fácil a todo el que después de algún estudio y práctica presta la debida atención a las cosas; pero siempre se elevará el pensamiento a los principios y lugares capitales de donde nacen las pruebas para todo el discurso. Todo esto es obra del arte, de la observación y de la costumbre: después de saber el coto donde vamos a cazar, nada se nos escapará, y cuanto pertenezca al asunto nos saldrá al encuentro y caerá en nuestro poder, si es que tenemos alguna práctica de negocios.Como para la invención son necesarias tres cosas: primero, agudeza de ingenio; segundo, método, o si queréis, arte; tercero, diligencia; no puedo menos de conceder al ingenio la primacía, por más que el mismo ingenio se aguza con la diligente aplicación, que vale tanto en las causas como en todo lo demás. Esta debemos cultivar y ejercitar principalmente; con esta se consigue todo. Conocida ya en todos sus ápices una causa, es preciso oír atentamente al adversario y fijarnos no sólo en sus pensamientos, sino en todas sus palabras y en su semblante, que muchas veces revela los afectos del alma; pero esto ha de hacerse con disimulación, para que el adversario no se aproveche de nuestra torpeza. La atención hace que el orador ordene en su mente los lugares de que antes hablé, y se vaya insinuando hasta las entrañas de la causa, sirviéndose de la luz de la memoria. El estudio finalmente corrige y perfecciona la voz y el gesto. Entre el ingenio y la aplicación poco lugar queda para el arte. El arte te dice dónde encontrarás lo que deseas; todo lo demás depende del estudio, de la atención, de la vigilancia, asiduidad y trabajo; de la diligencia, en una palabra; porque esta virtud comprende todas las restantes. Ya vemos qué abundancia de dicción tienen los filósofos; los cuales (como tú, Cátulo, mejor que yo sabes) no dan precepto alguno de oratoria, y sin embargo hablan copiosa y elegantemente de cualquier asunto que se les proponga.»
Entonces dijo Cátulo: «Dices bien, Antonio, que muchos filósofos no dan precepto alguno de oratoria, sino que tienen preparado siempre algo que decir en cualquier materia. Pero Aristóteles, a quien yo admiro mucho, propuso ciertos lugares comunes de los cuales se pueden sacar argumentos, no sólo para las disputas filosóficas, sino también para las forenses. Y por cierto que tus discursos, Antonio, no se alejan mucho de sus preceptos, o sea que tú, por la semejanza de ingenio, hayas venido a tropezar en las huellas de aquel divino filósofo, o sea porque le has leído y estudiado, lo cual parece más verosímil, ya que te has dedicado a las letras griegas más de lo que creímos.-Te diré la verdad, Cátulo: siempre creí que sería más agradable al pueblo el orador que manifestase muy poco artificio y ningún conocimiento de las letras griegas; pero también juzgué siempre que era de bestias y no de hombres el no oír a los Griegos cuando prometen enseñar cosas oscurísimas, y dar preceptos de buen vivir y de bien hablar, y no oírlos en público, por el pueril temor de disminuir nuestra autoridad entre los conciudadanos, sin perjuicio de atender con disimulo a lo que dicen. Así lo hice, oh Cátulo, y así adquirí un conocimiento sumario de las causas y de los géneros.-¡Por vida de Hércules! dijo Cátulo, que te has acercado muy tímidamente, y como si fueras a tropezar en algún escollo de liviandad, a la filosofía, la cual nunca fue despreciada entre nosotros. Porque en otro tiempo estuvo llena de Pitagóricos Italia, cuando una parte de esta región se llamaba Magna Grecia, y aun dicen algunos que nuestro rey Numa Pompilio fue también pitagórico, siendo así que vivió muchos años antes que Pitágoras; por lo cual es digno de mayor admiración el que conociera el arte de constituir las ciudades, dos siglos antes que este arte naciera entre los Griegos. Y ciertamente no ha tenido Roma varones más gloriosos ni de más autoridad ni discreción que Publio Africano, Cayo Lelio y Lucio Furio, los cuales públicamente tuvieron siempre consigo algunos eruditísimos Griegos. Muchas veces les oí decir que los Atenienses habían hecho cosa muy grata a ellos y a muchos personajes principales de la república, enviando de embajadores sobre gravísimos negocios a los tres ilustres filósofos de aquella edad: Carneades, Critolao y Diógenes. Así es que mientras estuvieron en Roma, iban los nuestros con mucha frecuencia a oírlos. Y me admiro, Antonio, de que cites esas autoridades, tú que has declarado guerra o poco menos a la filosofía, lo mismo que el Zeto de Pacuvio.-Nada de eso, dijo Antonio, sino que más bien quiero filosofar como el Neoptolemo de Ennio: poco, porque mucho me desagrada. Este es mi parecer, que ya creo haber expuesto: no reprendo esos estudios, con tal que sean moderados; pero tengo por perjudicial al orador en el ánimo de los jueces la menor sospecha de artificio, porque esto disminuye su autoridad y quita crédito a sus discursos.ero, volviendo al punto de donde habíamos partido,¿No recuerdas que uno de esos tres filósofos que a Roma vinieron fue Diógenes, el cual prometía enseñar el arte de bien decir y de distinguir lo verdadero de lo falso, el cual arte, con una palabra griega, llamamos dialéctica? En este, si es que existe, no hay precepto alguno para encontrar la verdad, sino sólo para juzgarla. Pues todo lo que hablamos al decir que una cosa es o no es, se reduce en el sistema de los dialécticos a un juicio sobre la verdad o falsedad de la proposición, cuando ésta es sencilla; pero si va unida con otras, hay que ver si la unión es recta y legítima, y si el raciocinio que resulta es verdadero. En suma, ellos se hieren con su propio aguijón, y a fuerza de indagar, no sólo tropiezan con dificultades insolubles, sino que destejen la tela que venían tramando. De poco nos sirve, pues, ese tu filósofo estoico, porque no nos enseña el modo de hallar lo que ha de decirse, sino que más bien nos estorba inventando dificultades que él cree sin resolución, y usando cierto género de estilo no claro, fluido y elegante, sino seco, árido, conciso y menudo, que podrá ser alabado, pero que de ninguna manera es a propósito para la oratoria. Porque nuestro estilo debe acomodarse a los oídos de la multitud para deleitar los ánimos, y nuestras palabras han de ser pesadas, no en la balanza del joyero, sino en la balanza popular. Dejemos, ese arte tan mudo en la invención de los argumentos, tan locuaz en el modo de juzgarlos. En cuanto a ese Critolao que dices que vino con Diógenes, algo más útil pudo ser a estos estudios, porque era discípulo de Aristóteles, de cuyos principios no difiero yo mucho, según tú dices; y entre ese Aristóteles, de quien he leído el libro en que expuso los preceptos de todos los maestros anteriores, y aquellos otros en que él discurrió por su cuenta acerca de este arte; entre éste, digo, y los legítimos maestros del arte, creo que hay esta diferencia: que Aristóteles con aquella fuerza de entendimiento que le hizo penetrar la naturaleza de todas las cosas, dio también con la que pertenecía al arte de bien decir, mientras que los otros, dedicándose sólo al cultivo de este arte, se encerraron en un estrecho circulo, no con la misma sabiduría que él, pero con más práctica y estudio. Mucho debíamos envidiar nosotros la increíble fuerza y variedad en el decir que tuvo Carneades, el cual nunca defendió proposición que no probara, ni combatió ninguna que no destruyera; pero esto es pedir mucho más, que lo que pueden darnos los que enseñan estas materias.»Pero yo, si quisiera hacer orador a uno que fuese del todo ignorante, le entregaría más bien a esos artífices incansables que día y noche machacan en el yunque, y que por decirlo así, meten en la boca de los discípulos el alimento en parte muy pequeña, y ya mascado, como hacen las nodrizas con sus criaturas. Pero si el que aspira a la oratoria ha sido ya liberalmente educado, y tiene alguna práctica y es de agudo ingenio, le llevaré, no a algún apartado remanso, sino a la fuente del caudaloso río, y le mostraré el asiento, y, por decirlo así, el domicilio, y se los definiré con claridad y exactitud. ¿Pues cómo ha de dudarse en la elección de argumentos, cuando es sabido que todas las pruebas y refutaciones se toman o de la naturaleza del asunto o de fuera de él? Se toman de la naturaleza del asunto cuando se examina, ya en su totalidad, ya en parte, investigando el nombre o calificación que cuadra bien a la cosa. Otras veces se toman de circunstancias excéntricas y que no son inherentes a la cosa misma.»Si se pregunta por la totalidad, hay que dar una definición universal, vg.: «si la majestad es la grandeza y dignidad de un pueblo, la disminuye el que entregó el ejército a los enemigos del pueblo romano, no el que entregó al pueblo romano al que había cometido este crimen.»
Si se pregunta por las partes, hay que hacer una división, vg.: «en el peligro de la República era necesario obedecer al Senado, o buscar otro consejo, u obrar con autoridad propia: lo primero hubiera sido soberbia; lo segundo arrogancia: hubo, pues, que obedecer al Senado. Si se trata del significado de la palabra, diremos como Carbon: «Si Cónsul es el que mira por el bien de la República, ¿qué otra cosa hizo Opimio?»
Si se trata de lo que tiene relación con el asunto, hay muchos lugares y fuentes de argumentación, porque pueden tomarse de las palabras conjuntas, de los géneros, de las especies, de la semejanza y desemejanza. de los contrarios, de los consiguientes, de los antecedentes, de los opuestos, de las causas y de los efectos, de lo mayor, de lo igual y de lo menor.»
Argumentos de palabras conjuntas: «Si a la piedad se debe una alabanza, debéis enterneceros al ver a Quinto Metelo llorar tan piadosamente.»
Argumento de género: «Si los magistrados deben estar sometidos a la potestad del pueblo, ¿por qué acusar a Norbano, que en su tribunado no hizo más que cumplir como buen general?»Argumento de especie: «Si todos los que miran por el bien de la República merecen nuestro cariño, ninguno más que los generales, que con su valor y prudencia, y exponiéndose a todo género de peligros, mantienen nuestra seguridad y la dignidad del imperio.»
Argumento de semejanza: «Si las fieras aman a sus cachorros, ¿no hemos de amar nosotros a nuestros hijos?»Argumento de desemejanza: «Si de los bárbaros es vivir al día, nuestros designios deben tender a lo inmutable y eterno.» En uno y otro género, en el de semejanza y en el de desemejanza, suelen intercalarse ejemplos de ajenos dichos o hechos o de narraciones fingidas. Argumento de contrariedad: «Si Graco obró mal, muy bien Opimio.»Argumento de consecuencia: «Si tu amigo murió a hierro, y a ti se te encontró con la espada ensangrentada en el mismo lugar donde se había consumado el delito, y nadie estaba allí sino tú, y nadie más tenía interés en aquella muerte, ¿cómo hemos de dudar de que tú fuiste el reo?»
Argumento de conformidad, de antecedentes y de repugnancia, como cuando dijo en otro tiempo el joven Craso: «Oh Carbon, no por haber defendido a Opimio te llamarán buen ciudadano; y es evidente que fingiste y que llevabas segunda intención, porque muchas veces en tus discursos deploraste la muerte de Tiberio Graco: porque fuiste cómplice en la de Publio Escipion: porque diste aquella ley en tu tribunado, porque disentiste siempre de la opinión de los buenos.»Argumento de causa: «Si queréis matar la avaricia, matad primero el lujo, que es su causa.»De efecto, vg.: Si nos valemos de los tesoros del Erario para ayuda de la guerra y ornamento de la paz, tratemos de aumentar la renta pública.»rgumento de comparación: de lo mayor: «Si la buena fama es preferible a la riqueza, y ésta la deseamos tanto, ¿cuánto más debemos apetecer la gloria?»De lo menor, vg.: «Si habiéndola tratado tan poco siente tanto su muerte, ¿qué haría si la hubiese amado? ¿qué hará cuando me pierda a mí que soy su padre?
Argumento de igualdad: «Igual delito es robar las rentas públicas que hacer prodigalidades contra la república.» Hay también argumentos extrínsecos que no se fundan en la naturaleza de la cosa, sino en circunstancias exteriores, vg.: «Esto es verdad; lo dijo Quinto Lutacio: esto es falso; lo prueba la cuestión de tormento: esta consecuencia es necesaria; lo probaré con documentos.»
»He dicho estas cosas con la mayor brevedad posible; pues si quisiera indicar a alguno dónde estaba enterrado el oro, me bastaría darle las señas e indicios del terreno para que luego él, cavando, y con poco trabajo, y sin engañarse, encontrase lo que deseaba: de la misma manera me basta saber estas notas de los argumentos para encontrarlos cuando es necesario; lo demás es obra del cuidado y de la atención. »En cuanto al género de argumentos que más conviene a las causas, no es de un arte exquisito el prescribirlos, sino de un mediano juicio el estimarlos. Y yo no trato ahora de explicar el arte oratorio, sino de comunicar a hombres muy doctos las observaciones que me dicta la experiencia.»
Impresos en la mente estos lugares comunes, y fijándose en ellos siempre que un nuevo asunto se presenta, nada habrá que pueda ocultarse al orador, así en las disputas forenses como en la teoría. Si consigue además que aparezca lo que él desea demostrar, y mueve y atrae los ánimos de los que le escuchan, nada le faltará de cuanto exige la elocuencia. Ya hemos visto que de ninguna manera basta la invención si no se sabe tratar bien lo inventado. Y en esto debe haber variedad, para que el oyente no conozca el artificio o no se fatigue con la repetición de cosas muy semejantes. A veces conviene proponer en forma, y dar las pruebas de la proposición, y unas veces sacar de ella las consecuencias, y otras abandonarlas y pasar a otra materia. En ocasiones, la proposición va envuelta en las mismas pruebas. En las comparaciones, pruébese primero la semejanza, y aplíquese luego al caso particular. No marques demasiado las divisiones de los argumentos, y aunque estén distinguidos en realidad, parezcan confusos en las palabras. »
He dicho todo esto de prisa, porque hablo entre doctos y yo no lo soy, y porque deseo llegar a mayores cosas. Nada hay, Cátulo, que favorezca tanto al orador como atraerse la voluntad de los que le escuchan, de suerte que se mueva, más por el ímpetu y perturbación del alma, que por el juicio o prudencia. Porque los hombres, la mayor parte de las veces juzgan por odio, por amor, por codicia, por ira, por dolor, por alegría, por esperanza, por temor, por error, o algún otro afecto del alma, más bien que por la verdad ni por la ley o el derecho, ni por las fórmulas del juicio; por lo cual, si os place, pasaremos a otra materia.
-Paréceme, dijo Cátulo, que aún falta algo de lo que ibas exponiendo, y debes acabarlo antes de pasar adelante.
-¿Qué me falta? dijo Antonio.
-El orden y disposición de los argumentos, dijo Cátulo, en el cual sueles parecerme un Dios.
Entonces respondió Antonio: «Ya ves, Cátulo, cual lejos estoy de ser un Dios; pues, si no me lo adviertes, de seguro que se me hubiera ido de la memoria, y de aquí debes inferir que si alguna vez acierto en mis discursos es por casualidad, o en fuerza de la costumbre; y esta que yo omitía, como si nunca la hubiera conocido, tiene para vencer más fuerza que ninguna otra cosa.
»Creo, sin embargo, que me has hecho esta pregunta antes de tiempo. Porque si yo hubiera hecho consistir toda la fuerza de la oratoria en los argumentos y pruebas, ya sería tiempo de tratar del orden y colocación de los argumentos; pero como he propuesto tres cosas y todavía estoy hablando de la primera, ya llegará su turno a la disposición de todo el discurso.
»Vale, pues, mucho para vencer, el que se forme buena opinión de las costumbres, acciones y vida del orador y del defendido, y, por el contrario, desventajoso concepto de los adversarios, y que se inspire benevolencia a los oyentes. Sirven para conciliar los ánimos la dignidad personal, los grandes hechos, lo irreprensible de la vida; todo lo cual es más fácil de encarecer si es cierto, que de fingirse si es falso. Ayudan al orador la suavidad de la voz, la serenidad apacible del semblante, la modestia y cortesía, de suerte, que, aun en los momentos de mayor acritud, muestre que obra así por necesidad y a disgusto. Muy útil será dar muestras de liberalidad, gratitud, piedad, mansedumbre, y de no ber codicioso, ni avaro, ni acre, ni pertinaz, ni envidioso, ni acerbo; porque todo lo que indica probidad y modestia atrae los ánimos hacia el orador, y por el contrario, los enajena de aquellos en quien no se hallan estas cualidades. Por eso debe procurarse hacer recaer en los adversarios las cualidades contrarias. Brilla sobre todo este género de oratoria en las causas que no requieren una vehemente y arrebatada moción de afectos. No siempre se busca un modo de decir vigoroso y enérgico: en ocasiones una defensa tranquila, en lenguaje sumiso y blando, favorece más a los reos. Llamo reos, no sólo a los acusados, sino a todos aquellos de cuyos negocios se trata en juicio, pues esta es la primitiva acepción de la palabra. Manifestar, pues, sus costumbres, y pintarlos como hombres justos, íntegros, religiosos, tímidos, sufridores de injurias, es de grande efecto, tanto en el exordio como en la narración y en la peroración, y si se trata con juicio y discreción, suele hacer más efecto que la causa misma: tanto es lo que se consigue con esta habilidad oratoria, que quedan, por decirlo así, impresas en el discurso las costumbres del orador. Con cierto género de palabras y sentencias, unidas a una acción agradable y fácil, se consigue que el orador parezca hombre morigerado, probo y de buenas costumbres. A este modo de decir, únese otro muy diverso que mueve e impele los ánimos de los jueces a odiar, o a amar, o a envidiar, o a desear la salvación de alguno, o a temer, o a esperar, o a aborrecer, o a alegrarse, o a entristecerse, o acompadecerse, o a castigar, o a cualquiera otra pasión de las que son análogas a éstas. Lo que más puede desear el orador es que los jueces traigan ya alguna disposición de ánimo favorable al interés de su causa; porque es más fácil (como suele decirse) incitar al que corre, que mover al que está sentado. Pero si no existe esta disposición de ánimo en los jueces, o no se la conoce bien; así como el médico diligente, antes de dar una medicina al enfermo se entera no sólo de la enfermedad que quiere curar, sino también del régimen y temperamento del paciente; así yo, cuando emprendo una causa dudosa y grave, pongo toda mi atención y cuidado en descubrir, con cuanta sagacidad puedo, lo que sienten, piensan o quieren los jueces, para ver a dónde con más facilidad pueden inclinarse sus ánimos. Si espontáneamente se entregan, como antes dijimos, y propenden y se inclinan a nuestro lado, acepto lo que se me da, y vuelvo las velas hacia la parte de donde sopla el viento. Si el juez es frío y sosegado, el trabajo será mayor, porque hay que excitar los ánimos, sin que ayude la naturaleza. Pero tanta fuerza tiene la elocuencia, que con razón la llama un buen poeta, domeñadora de los ánimos y reina de todas las cosas. De suerte que no sólo impele al que está inclinado, sino que como hábil y esforzado guerrero, puede vencer aun a los adversarios que más de frente le resistan.
»Estos son los recursos que antes me pedía Craso que os explicara, burlándose, sin duda, al decir que yo solía tratarlos divinamente, y trayendo por ejemplo la causa de Marco Aquilio, la de Cayo Norbano y algunas otras. Yo si que suelo admirarme del empleo que haces de estos recursos en las causas que defiendes: tanta es la fuerza de ánimo, el ímpetu, el dolor que manifiestas con los ojos, con el semblante, y hasta con los mismos dedos; tan copioso es el río de gravísimas y escogidas palabras; tan íntegras, verdaderas y nuevas las sentencias; tan sin pueriles y vanos afeites de suerte que parece no sólo que abrasas a los jueces sino que estás ardiendo tú mismo. Ni es posible que el oyente sienta dolor, ni odio, ni envidia, ni temor, ni se mueva a llanto o a misericordia, si todos estos afectos que el orador quiere excitar en el juez, no están impresos o grabados en el mismo orador. Porque si quiere fingir el dolor, y en su discurso nada se encuentra que no sea falso y afectado, tendrá que recurrir a un artificio mayor. No sé, Craso, lo que te sucederá, a tí y a los demás oradores: de mí puedo decir (y no mentiré en presencia de varones tan prudentes y tan amigos míos) que nunca he intentado excitar en los jueces el dolor, la misericordia, la envidia o el odio, sin estar yo antes conmovido de las mismas pasiones que quería excitar. Ni es fácil de conseguir que el juez se enoje, si tú mismo pareces mirar con tranquilidad el crimen, ni que aborrezca a alguno, si antes no te ve ardiendo en odio, ni que se mueva a misericordia, si antes no das muestras de tu dolor en palabras y sentencias, en la voz, en el rostro y en las lágrimas. Pues así como no hay materia tan fácil de encender que, si no le aplicamos fuego, se encienda, así el ánimo de ningún juez no llegará a encenderse, si el orador no le comunica su fuego y le abrasa en su propia llama. Y para que no os parezca cosa extraña y maravillosa que un mismo hombre se enoje tantas veces y tantas veces se duela, y por tantos afectos se conmueva, espacialmente en negocios ajenos, advertiré que es tan grande la fuerza de los argumentos y sentencias de que se vale el orador en sus discursos, que no necesita simulación ni falacia, porque la misma naturaleza del discurso con que se propone conmover los ánimos, conmueve al orador mucho más que a ninguno de los que lo oyen. ¿Y por qué no ha de acontecer esto en las causas, en los juicios, en el peligro de los amigos, en la ciudad, en el foro, cuando se trata, no sólo de la estimación en que pueda tenerse nuestro ingenio (porque esto sería cosa leve y de poca entidad, aunque tampoco debe despreciarla el que quiera hacer lo que hacen pocos) sino de cosas mucho mayores, la fe, el deber, la reputación, todo lo cual nos obliga, si queremos pasar por hombres de bien, a no tener por ajenos ni aun los negocios más extraños? ¿Qué cosa puede haber más fingida que los versos, la escena y las fábulas? Y sin embargo, muchas veces he visto centellear al través de la máscara los ojos del histrion al recitar aquellos versos:
¿Sin él osaste entrar en Salamina?
¿Y a mirar a tu padre te atreviste?
Nunca pronunciaba aquella palabra, «mirar» sin que me pareciese estar viendo a Telamon, furioso por la muerte de su hijo. Luego repetía con voz doliente y lastimera: «Has afligido, contristado y desesperado a tu miserable padre en su vejez, y no te ha conmovido la muerte de tu hermano ni de su hijo pequeño, que estaba encomendado a tu custodia.» Parecía que recitaba esto llorando y gimiendo. Y si aquel histrion, a pesar de repetir esto todos los días, no podía decirlo sin lágrimas, ¿creéis que Pacuvio lo escribió con ánimo tranquilo? De ningún modo. Pues muchas veces he oído decir, y lo sostienen Platón y Demóstenes en sus escritos, que no hay buen poeta sin fuego en el alma y sin cierta manera de furor.
»Por lo cual bien podéis creer que yo, que no tenía que imitar fingidas desgracias de antiguos héroes, y que no representaba el papel de otra persona sino el mío, no pude sin gran dolor defender la causa de Marco Aquilio, cuando quería yo salvarle del destierro.
»Pues cuando yo recordaba que había sido cónsul, general victorioso y triunfador en el Capitolio; cuando le veía afligido, debilitado, triste y en nuevo peligro, movíame yo mismo a compasión, antes de conmover a los otros. Y observé que la conmoción de los jueces llegó a su colmo cuando hice levantar de su asiento a este triste y malaventurado anciano. Y esto lo hice, oh Craso, no por el arte, que apenas conozco, sino por un vehemente impulso y dolor que me hizo romper su túnica y mostrar sus cicatrices. Y cuando Mario, que estaba sentado entre los jueces, acompañó mi peroración con sus lágrimas, y yo, dirigiéndole de continuo la palabra, le llamaba colega suyo, y le incitaba a defenderle en aquel común peligro de todos los generales, entonces sí que, no sin lágrimas, no sin gran dolor, invoqué a todos los Dioses, a los hombres, a los ciudadanos y a los aliados. Pues ciertamente que si yo no hubiera sentido nada de lo que entonces dije, no sólo hubiera sido digno de compasión sino de risa mi discurso. Por lo cual, Sulpicio, el precepto que te doy como bueno y práctico maestro, es que te enojes, te duelas y llores de verdad. Pero ¿qué he de enseñarte a tí que en la acusación de aquel cuestor amigo mío, produjiste tal incendio, no sólo con la palabra, sino mucho más con la fuerza del dolor y la ira, que yo mismo apenas pude extinguirle? Tenías todas las ventajas; clamabas en juicio contra la violencia, la fuga, el apedreo, la crueldad tribunicia, el miserable caso de Cepion; constaba, además, que Marco Emilio, príncipe del Senado y de la ciudad, había sido apedreado, y nadie podía negar que habían sido arrojados violentamente del templo Lúcio Cota y Tito Didio, por querer oponerse al decreto.
»Añadíase a esto que parecía bien en tí, que eres joven, defender la dignidad de la república, al paso que yo, que había sido censor, apenas podía decorosamente abogar por un ciudadano sedicioso y que se había mostrado tan cruel con un varón consular. Eran jueces los mejores ciudadanos; el foro estaba lleno de hombres de bien, y apenas se me podía admitir la excusa que yo daba de que defendía a un hombre que había sido mi cuestor. ¿Diré que me valí entonces de algún artificio? Os referiré sencillamente lo que hice, y si os agrada, vosotros diréis en qué lugar del arte debe colocarse mi defensa.
»Recordé todos los vicios y peligros de las sediciones, trayendo a la memoria toda la variedad de tiempos de nuestra república, y de aquí deduje que aunque las sediciones fueran siempre lamentables, podía haber algunas justas y casi necesarias.
»Luego defendí (como antes ha dicho Craso) que ni los reyes hubieran sido expulsados de la ciudad, ni se hubieran establecido los tribunos de la plebe, ni se hubiera podido disminuir con tantos plebiscitos la potestad consular, ni concederse al pueblo romano la apelación, defensora de los derechos y libertad del ciudadano, sin que a todas estas cosas hubiese precedido una sedición de los nobles; y si estas sediciones habían sido útiles a la ciudad, claro es que por el mero hecho de haber amotinado al pueblo, no debía acusarse a Cayo Norbano de tan nefando crimen ni condenarle a pena capital. Y si alguna vez le concedió al pueblo romano el derecho de sublevarse, nunca con más razón que entonces.
»Después encaminé todo mi discurso a reprender la fuga de Cepion, a llorar la pérdida del ejército: así renové el dolor de los que lloraban a los suyos, e infundí en el ánimo de los caballeros romanos, que eran jueces de la causa, grande odio contra Cepion, con quien andaban enojados por la cuestión de los juicios.»Cuando conocí que llevaba de vencida la causa, y que tenía segura la defensa, porque me había conciliado la benevolencia del pueblo, cuyos derechos, hasta el de sedición, había yo defendido, y por haber predispuesto en favor de mi causa los ánimos de todos los jueces, ya por la calamidad pública,